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La pereza es culpable de males como la tristeza, la desesperación, la ansiedad, la indiferencia, el aburrimiento o la depresión. Si bien en la visión religiosa comenzó siendo un pecado capital, hoy día, en su visión laica y moderna, se ha trasformado en una enfermedad psiquiátrica. En distintas épocas este mal se ha representado con diferentes caras en occidente. Desde la visión demoníaca en los tiempos de los monjes medievales al spleen baudeleriano, de la melancolía romántica de Leopardi al tedio de algunos personajes de la literatura rusa como Oblomov o los antihéroes de Chejov, de la angustia existencialista de Heidegger, Sartre o Camus al oscuro vacío en la mente de los deprimidos de hoy en día que buscan ayuda tanto en el psicoanálisis como en medicamentos psicotrópicos. Este viaje por los estados del ánimo, que son semejantes pero no iguales, tiene como hilo común una dolorosa y devastadora tentación; el desinterés por el mundo y por los otros.
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Veröffentlichungsjahr: 2015
LA PEREZA
PASIÓN POR LA INDIFERENCIA
Traducción deJuan Antonio Méndez
www.machadolibros.com
Pecados capitales
Colección dirigida por: Carlo Galli
VOLÚMENES:
La ira,Remo BodeiLa avaricia,Stefano ZamagniLa gula,Francesca RigottiLa lujuria,Giulio GiorelloLa envidia,Elena PulciniLa pereza,Sergio BenvenutoLa soberbia,Laura Bazzicalupo
Sergio Benvenuto
La perezaPasión por la indiferencia
Título original:Accidia. La passione dell’indifferenza© 2008 by Società editrice il Mulino, Bologna © de la traducción, Juan Antonio Méndez, 2014© de la presente edición,Machado Grupo de Distribución, S.L. C/ Labradores, 5. Parque Empresarial Prado del Espino 28660 Boadilla del Monte (Madrid)[email protected]: 978-84-9114-148-8
Preámbulo
I. El tiempo de la Acidia. Medioevo europeo
1. «Demondland»
2. Secularización del pecado
3. El deseo triste
4. Fenomenología del malestar
5. Siete
6. Luto y melancolía
7. El humor negro
8. Ingenua Salerno
II. Renacimiento de la melancolía
1. El problema de Aristóteles
2. La libido de Ficino
3. Durero, «Melencolia»
4. Demonología gastro-intestinal
5. La devoción patógena
6. Satanás las prefiere locas
III. El melancólico barroco. La «enfermedad isabelina»
1. Hamlet y el pueblo de navegadores
2. Melancolía en Oxford
3. La utopía sádica
IV. El pesimismo y su cura. De Schopenhauer a Cioran
1. Suicidas sublimes
2. El músico del pesimismo (Schopenhauer)
3. La cura dionisíaca (Nietzsche)
4. Leopardi, la seducción del desánimo
5. El suicidio diferido de Cioran
6. ¿Es reaccionario el pesimismo?
V. Baudelaire, elspleendel dandy
1. Dandy
2. Belleza versus Naturaleza
3. El tímido escandaloso
4. El orgullo de ser culpable
5. «Spleen IV»
VI. El activismo industrial y su doble
1. Inmovilidad de Bartleby
2. Pereza marxista
VII. La enfermedad rusa. Goncharov y Chejov
1. El sueño de Oblomov
2. «Ivanov»
3. El hijo del droguero de Taganrog
4. Escribir como un médico
5. El Modesto Stil - El Estilo Modesto
6. Caridad nihilista
7. El siglo ruso
VIII. Freud: narcisismo, luto, melancholia
1. Escisión
2. Narcisismo
3. La sombra sobre el espejo
4. Narcisismo como obstáculo
5. La moral y la melancolía
6. Eros y Thanatos
7. Arribismo de la felicidad
8. Causas y culpas
IX. Angustia y autenticidad en Heidegger. Extrañeidad existencialista
1. Salvación para Heidegger
2. Los ejercicios espirituales de Roquentin
3. Sartre, la libertad del secuestrado
4. Camus o el humanismo del asesino
5. El «engagement» en los «cafés»
X. Beckett, la escritura blanca
1. «Lessness»
2. Tiempo
3. Espacio
4. Palabra
5. Significantes
6. Desnuda vida
XI. La depresión. Cultura biotecnológica de hoy
1. Prozac para Maiakovski
2. Números
3. Antidepresivos «te va a gustar»
4. Cosmética del alma
5. El imperio de la felicidad
6. Retorno al desierto
Despedida
1. Depresiones étnicas
2. Parecidos de familia
3. El Gran Diseño
4. Una libra de alma
Bibliografía
A Cristina
Nam Sibyllam quidem Cumis ego ipse oculis meis vidi in ampolla pendere, et cum ille pueri deicerent:Σἰβνλλα τἰ θἐλεις, respondebat illa:ἀποθανεἰν θἐλω.
Thomas S. Eliot,The Waste Land
(Y luego la Sibila: lo he visto en persona con mis propios ojos, en Cuma, mientras se balanceaba sobre la tinaja y cuando sus niños le decían [en griego] «Sibila, ¿qué quieres?». Ella replicaba [en griego] «quisiera morir».)
La pereza, que nunca ríe.
Japone da Todi,Laudi
Agradezco a todos los que me han ayudado –incluidos los que me rogaron que no los citase– a vencer mi pereza para llevar a término este libro. Cristiana Cimino y mi hermano Renato se comprometieron en una precisa tarea decopy editingsin concesiones. Dominique Ducos, de Ginebra, me ha proporcionado algunas indicaciones cruciales, empezando por el subtítulo, que se lo debo a ella. Todas las veces que me he tropezado con citas o bibliografías difíciles de localizar, siempre pude contar con la generosadépensede erudición de Francesco Fanelli y de Teo Orlando; Alessia Graziano, deIl Mulino, ha seguido, diligente y discreta, la construcción del libro como ángel custodio que vigila cada uno de los pasos del custodiado. Antonella Mancini me ha sido paticularmente útil por sus críticas radicales al planteamiento del libro (si un libro no es radicalmente puesto en cuestión, ¿cómo terminarlo?).
Sobre la cabeza del monje, allí en Egipto, solo en el desierto de piedra, donde transcurre su vida tratando de parecerse todo lo posible a Cristo, se cierne un peligro mortal. A medio día, cuando el sol ha llegado a lo más alto y el calor aprieta, el «demonio del mediodía» –enemigo que no da tregua y despiadado– se adueña del alma del solitario.Monakos, en griego, quiere decir solitario y célibe –singleque diríamos hoy–. Esos solitarios, por lo demás singulares, llamaránakedia, en griego, a este flagelo del mediodía, término posteriormente latinizado enacedia. El «a» es privativo ykedosquiere decir cuidado. Así pues,acidiaes desgana, indiferencia, negligencia. Es no tener cuidado de… Hoy los traductores italianos de ese término prefieren usarsconforto, de connotaciones más directamente relacionadas con desánimo o desaliento.
Más tarde, desde las tebaidas egipcias –Nitria, Kellia, Scetis– laacidiaoacedía,como también se dice en castellano, pasó a los monasterios de Occidente.
Decía Juan Clímaco: «el médico pasa visita a los enfermos a primera hora de la mañana, la pereza, sin embargo, visita a los monjes hacia el mediodía». A esa hora, escribe san Nilo en suDe octo spiritibus malitiae, elhomo religiosusestá «torpe y como desconcertado»:
Si está leyendo, se interrumpe intranquilo y al cabo de un minuto se desliza hacia el sueño; se frota la cara con las manos, extiende los dedos y, separando la mirada del libro, la fija en la pared; vuelve a ponerla en el libro, sigue leyendo algunas líneas, repitiendo en voz baja el final de cada palabra leída; mientras tanto, se llena la cabeza de cálculos inútiles, cuenta el número de las páginas y las hojas de los cuadernos.
En definitiva, no logra concentrarse en la lectura, con frecuencia cae en un breve sueño, del que se despierta con una necesidad compulsiva de comer.
Cuando el demonio meridiano le atrapa, escribe Cassiano (ca. 360-435) enDe instituis coenobiorum, «le inocula un horror por el lugar en que se encuentra, una incomodidad en relación con su propia celda y un asco por los hermanos con los que convive, que ahora le parecen negligentes y groseros». Entonces el perezoso se lamenta de la inutilidad de la vida conventual, se queja porque su espíritu acabará secándose si continúa en ese lugar. Se aflige por haberse quedado vacío e inmóvil en la misma celda.
Se entrega a exagerados elogios de los monasterios ausentes y lejanos y evoca los lugares en los que se encontraría sano y feliz; […] y lo contrario, todo lo que tiene al alcance de la mano le parece árido y difícil, sus hermanos carentes de toda cualidad y hasta la comida le parece complicado procurársela sin un gran esfuerzo. [Piensa en abandonar su celda y luego, por la tarde,] le asalta un desfallecimiento corporal y una rabiosa necesidad de comer, como […] si hubiera ayunado durante dos o tres días. Entonces empieza a mirar a un lado y a otro alrededor suyo, entra y sale de la celda y mira fijamente al sol como si pudiese retrasar el ocaso, hasta que, por fin, le sobreviene a su mente una insensata confusión.
Escribe Adam Scoto (cartujo del sigloXII):
Con frecuencia, cuando estás solo en la celda, se apodera de ti cierta inercia, una insensibilidad mental y una náusea del corazón. Notas una inmensa repugnancia. Eres un peso para ti mismo y aquella alegría interna que antes hacía que te sintieras tan feliz te ha abandonado. La dulzura de ayer o de anteayer se ha trocado en gran amargura; se ha secado el flujo de lágrimas que te bañaba. Se ha apagado el vigor intelectual, tu calma interior ha muerto. Tu alma está en pedazos, confusa y dividida, triste y amargada. No te gusta leer, la oración no te proporciona la paz que buscas, no consigues reencontrar la dulce lluvia de las meditaciones espirituales. […] Ya no existe en ti alegría y júbilo espiritual. Estás dispuesto y preparado para las bromas, los chismes y para las conversaciones ociosas, pero eres lento en llegarte al silencio y en asumir un compromiso válido o dedicarte a los ejercicios espirituales.
Llaman aquí la atención las representaciones de lasequedadperezosa: las lágrimas consoladoras se secan, se detiene la dulce lluvia de la meditación. La pereza es, también, enfriamiento espiritual. Esta cualidadfríade la pereza –a diferencia de otros pecadoscalientes– disfrutará de una larga carrera en Occidente. La pereza primero y la melancolía luego serán descritas como frías y secas: el alma fría, carente de fervor, se reseca. También hoy, quien sufre de «depresión severa», petrificado en su desesperación, no consigue llorar.
Dijimos que la pereza era, de hecho, un ataque de pasotismo. ¿De qué es de lo que el solitario ya no se preocupa? De su trabajo, que consiste en encontrar a Dios y por tanto de laesichia: gozo de su unión con Él, labeatitudo, como suma felicidad, lejos de las ocupaciones del mundo. En lugar de disfrutar del contacto divino, el eclesiásticodesea… Ya no le interesa nada, porque un deseo sin objeto, desligado, desatado, paradójicamente, por una parte le inmoviliza en la cama y por otra le empuja febrilmente a vagar, hambriento, por el mundo.
En fin, la aflicción del perezoso, en sus diferentes formas, se revela como la otra cara, preocupada y desconsolada, de una necesidad deestar despreocupadosal máximo. Esta humana, demasiado humana, distracción tienta al espíritu que tiende al Gran Proyecto –en el caso de los monjes, esperar que Dios se manifieste–. Se trata de las ganas de comer bien, beber, bromear, divertirse, copular…
¿Cuál es la razón por la que «el demonio de la pereza» se presenta, por lo general, al mediodía? Dice Heine que los dioses del paganismo grecorromano se convirtieron en los demonios del cristianismo. Efectivamente, el mediodía, en el mundo pagano, era la hora en la que –en bosques y campos– irrumpía el tremendo Pan.
Pan, dios pastor con piernas y cuernos de cabra, con pezuñas y piernas hirsutas, en la antigüedad era elSeñor de los campos y de los bosques a la hora del mediodía. Vagaba por los bosques tocando y bailando, excitado trataba de hacerse con ninfas y pastores. Con engaños sedujo incluso a la Luna, pero cuando un muchacho o una muchacha se le escapaba, se masturbaba obscenamente. Terrible era su grito salvaje que asustaba incluso a sí mismo –grito de mediodía, en la culminación de la luz y de la lascivia–. En definitiva, que tenía la cualidades precisas para inspirar la iconografía cristiana de Satanás. ¿Era entonces la acidia la tentación de Pan? El mediodía era, precisamente, la horapánica.
Efectivamente, Pan era el dios del deseo en estado salvaje. Pura concupiscencia. Como veremos, la historia de la pereza y sus derivas y consecuencias –la melancolía, el pesimismo, la depresión, etc.– ilustra una fenomenología del deseo que salvajemente emerge y distrae del Goce de lo que realmente importa. El demonio de la depresión –diríamos hoy– nos hace sentir entonces todo el peso de lo real, devuelto a la árida y gélida verdad del desierto.
No nos entristezcamos como si tuviéramos que perecer, […] más bien permanezcamos del todo alegres pensando que estamos salvados […] Cuando llegan los demonios, efectivamente adecuan su comportamiento a lo que encuentran en nosotros y crean imágenes de acuerdo con los pensamientos que encuentran en nosotros. De modo que si nos ven llenos de miedo y turbación, nos asaltan de inmediato […] y agigantan así los pensamientos que ya encontraron en nosotros.
Anastasio de Alejandría,Vida de Antonio
La acidia es el «camino real» que abre el demonio –o que ya encuentra abierto– para tentar al hombre santo con la panoplia de todo el resto de los pecados. Y los pecados, para el pensamiento medieval, en el fondo, no son más que ilusiones. El místico apunta a lo Real. En cambio, quien peca persigue quimeras. Las tentaciones mismas, si bien tremendas, no son más que apariencias y, aunque doloroso, mero «humo». Doloroso en sentido físico: a veces, los demonios cubren al monje de golpes, de los que sale completamente magullado. Determinadas puestas en escena diabólicas tienen a veces el aspecto de apariciones divinas. Se adelanta caminando un obispo y el eremita queda perplejo. Pero basta con que se le pregunte: «¿Quién eres y de dónde vienes?» A esta pregunta el Divisor (diabolosen griego esel que divide) no sabe contestar con la mentira. El obispo desaparece. La lúcida palabra que cuestiona hace desaparecer el Mal, siempre imagen vana.
Muchas tentaciones consisten en estimular un excesivo fervor religioso. Amalek, el Enemigo, con frecuencia se presenta con aspecto de monje, canta los salmos, cita las Escrituras, de noche saca al eremita de la cama para obligarle a rezar y le conmina a no comer en absoluto; le empuja a ascetismos extremos. En fin, el demonio es fundamentalista. Cuando el monje lee las Escrituras, el demonio le pone nervioso repitiendo como un eco sus mismas palabras.
Satanás no pierde el tiempo en tentar monjes tibios y débiles, o a los novicios, presas demasiado fáciles. Concentra más bien sus ataques contra la tranquilidad de los hombres más santos y piadosos. Por cantidad y calidad de las tentaciones, elguinessde los records que diríamos hoy, lo ostenta Antonio, copto egipcio, que vivió entre el 250 y el 356. Toda su vida fue una lucha constante contra los demonios. Para expulsar de «su» desierto a este legendario fundador del monaquismo, Belcebú preparó una fantasmagórica máquina de monstruosidades. Así es como tomó el nombre del inventor del eremitismo cristiano un flagelo epidémico medieval, el fuego sagrado conocido con el nombre de «fuego de san Antonio».
Para atormentar a Antonio el Grande, el Divisor, con sus perros, asume diferentes formas –mujeres atractivas, cuerpos gigantescos, furibundos ejércitos–. Pero sobre todo despliega un terrorífico zoo: leones, osos, leopardos, toros, serpientes, víboras, escorpiones, lobos, hienas, un gigante mitad hombre mitad asno… A su manera, el Divisor provoca «efectos especiales»: los cofrades escuchan con espanto, proveniente de la montaña donde Antonio se ha retirado, fragores de terremoto, disparos, gritos y estrépitos de multitudes; ven la montaña iluminada por chispas.
Pero Satanás, con todo su despliegue, en el fondo no es más que un fanfarrón. Presume de poder desecar el mar, pero, dehecho, aunque astuto, es un fracasado. Lucifer, hijo de la Aurora, de hecho envidia patéticamente al cristiano. Y los demonios que libera son una especie de niños maleducados, ladronzuelos a los que les gusta la juerga, jóvenes lascivos etíopes completamente negros, que recuerdan al Jaimito de los chistes:
Los demonios hacen de todo y dicen cualquier cosa, se agitan, simulan, crean desconcierto para engañar a los simples. Meten ruido y arman jaleo, ríen de manera vulgar y silban, pero si no se les presta atención, acaban llorando y lamentándose como derrotados. (Atanasio,Vida de Antonio, 26, 6.)
Son matones frágiles y violentos pero, en el fondo, inofensivos: dan golpes, hacen rechinar sus dientes, bailan indecorosamente, lloran como niños. El aire, nos asegura Orígenes, está hasta arriba de estos demonios pueriles. Pero a veces es suficiente soplar contra ellos o hacer la señal de la cruz para que desaparezcan.
Para nuestra sensibilidad, muchas tentaciones, más que profundas maceraciones mentales, pueden parecer superficiales, luminarias de un parque de atracciones. Pero sería un error pensar por eso que fuera superficial la mística de la época. Para ella, Dios proviene siempre del silencio y de la soledad; contrariamente al demonio –como todo lo que es mundano, secular– se impone con ruido, estrépitos y espectaculares criaturas. El Divisor es un charlatán de feria.
La espectacular opulencia de las tentaciones de Antonio inspiró los célebres cuadros de Deutsch, de Grünewald, el tríptico de El Bosco de Lisboa (fig. 4), así como un buen número de miniaturas tardomedievales. En El Bosco, el maligno desencadena contra Antonio el infierno del fuego y de las aguas. Así, mientras un descomunal incendio hiere el cielo nocturno, monstruos acuáticos, estrafalarios peces, planean en el espacio del santo.
Pero si Satanás se emperra, precisamente, contra los más virtuosos, la conclusión es fatal:la tentación es señal inequívoca de santidad.A Antonio justamente se le atribuye el dicho crucial: «suprime las tentaciones y no se salva nadie».
Si, por un lado, la pereza y otras extrañas agresiones de las que son víctimas los místicos son heridas, por otro –de esto nos damos cuenta inmediatamente– sin esas heridas no habría salvación. El desfile de los ataques diabólicos –sobre todo de la pereza– es el estigma de la salvación. De ese modo, el vicio –la cara inversa e isomorfa de la virtud– tiende a elevarse a imprescindible testimonio de la virtud misma. Cuanto más humo exista de la pereza, mayor es la seguridad con la que podemos apostar por el fuego de la santidad. Y no por casualidad Guillermo de Auvergne (ca. 1180-1249) dirá en suDe universo: «muchos hombres piadosísimos y religiosísimos deseaban ardientemente la enfermedad de la melancolía», donde el concepto médico de melancolía acaba superponiéndose al motivo ético de la pereza. Lo que, por un lado, se señala como el más radical de los pecados, por otro esgracia. La acidia o melancolía se convierte enpruebaen el doble sentido del término: prueba en cuanto desaliento y dolor que es necesario superar para santificarse, pero prueba también en el sentido casi jurídico, como evidencia de la propia nobleza. Este será el gran cambio que va a tener lugar en la idea renacentista y barroca de la Melancolía.
De modo que, durante siglos, la pereza fue privilegio del eclesiástico. También del monje de Occidente, aunque este vivía –a partir de la reforma benedictina– en comunidad, nunca aislado de sus hermanos. La soledad del monje oriental le empuja a una incesante observación de los movimientos de su propia mente (bastante más rápida que la investigación que hoy se articula con un psicoanalista): de ahí su ideal deapatheia, apatía, indiferencia a todos los efectos. Pero la pereza parece ser el precio que este «single» acaba pagando por su indiferencia respecto de las cosas del mundo.
En cambio, la jornada monástica en el cristianismo europeo está pensada de manera que el monje siempre tenga algoque hacer: trabaja manualmente o reza. No hay espacio para la prolongada y ociosa introspección. Incluso en las variantes más eremíticas el monje está obligado a vivir, al menos en parte, en el cenobio, con los hermanos, al servicio de los huéspedes. Las minuciosas reglas monásticas son, en gran parte, una gran máquina para combatir la pereza. Por lo demás, todos los días, uno o dos monjes ancianos hacen la ronda para sacar de su guarida al «hermano perezoso o desganado, dedicado al ocio o que se deja llevar por sus propias fantasías» y castigarle (san Benedicto).
Efectivamente, el monje está en constante lucha contra la tentación de la pereza y cada uno de ellos elabora su truco para alejarla de sí. San Rodolfo (sigloIX), por ejemplo, superó una devastadora pereza colocando cuerdas en el techo de la celda, colgándose de ellas por los brazos y cantando salmos en esa postura. «La irrupción del alba, momento en el que la pereza se viene encima con mayor fuerza, debe encontrarnos levantados y recitando el Oficio» (Pier Damiani). La pereza hace tenderse al cuerpo. La Vigilancia lo mantiene en pie. Como se ve, elclimaxde la pereza se ha trasladado desde el mediodía a la primera hora de la mañana (tal y como la psiquiatría moderna describe hoy los síndromes depresivos: lo peor viene con el despertar matutino).
Es verdad que, a lo largo del Medioevo, cambia el sentido de la pereza, porque escritores y períodos distintos ponen el acento en uno u otro aspecto del pecado. En cualquier caso, la pereza también afecta a los laicos. Pero al secularizarse se acaba banalizando. Porque, mientras tanto, el cristianismo se democratiza.
Durante los diez primeros siglos, la Salvación cristiana era escasa. Se dice que, cerca ya de su muerte (430), Agustín de Hipona confió a sus más íntimos que estaba seguro de que Dios salvaría a muy pocos seres humanos, ¡a muy pocos! Durante muchos siglos las grandes figuras eclesiásticas cristianas, en el fondo, pensaban lo mismo que Agustín. Y esto siguió siendo así hasta el agustiniano Lutero, igualmente pesimista respecto de la salvación de la masa. En la primera mitad de suhistoria, el cristianismo fue divulgado por hombres y mujeres dedicados a una ascesis desesperadamente aristocrática: lo que verdaderamente tenía importancia, más que cualquier otra cosa, era la salvación de lapropiaalma. En el fondo, era un poco lo contrario de aquello en lo que las iglesias cristianas parece que se han convertido hoy: organizaciones y sistemas de pensamiento fundamentalmente aptos para consolar a la gente corriente.
En cambio, la nobleza monástica se había afirmado a través del repudio total de toda convención mundana. Los Padres del desierto retomaban de los filósofos cínicos, como Diógenes, el radical rechazo no solo de toda comodidad, sino también de todo decoro social. Se autodenominaban «atletas de Cristo» porque, como los atletas de la época, siempre iban desnudos. San Gerónimo dice que Hilarión «jamás lavaba el saco con el que se cubría, declarando inútil toda pretensión de limpieza bajo el cilicio. Cambiaba de túnica solo cuando se le caía a jirones». Durante toda su vida, Antonio llevó un vestido de pelo sobre el cuerpo y encima una piel de animal. Esta piel la lavó una sola vez en toda su vida. Y en toda su vida nunca se lavó los pies. No se afeitaban. Paternuncio tenía el rostro recubierto de una barba en la que, a propósito, introducía parásitos. Este desapego total por el cuerpo era la otra cara de la Preocupación que les devoraba: ser «mártires del corazón». Para distinguirse radicalmente de la masa perdida de la gente, estaban estimulados por una apasionada voluntad de selección.
