La personalidad adaptativa - Leandro Fernández Macho - E-Book

La personalidad adaptativa E-Book

Leandro Fernández Macho

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Beschreibung

Gracias al eneagrama podrás analizar las motivaciones y los miedos que te mueven, también tus fortalezas, debilidades, hábitos mentales, emocionales y conductuales. Pero, sobre todo, gracias al innovador método que Leandro Fernández Macho proporciona en este libro, con ejemplos claros y pautas precisas aplicables a cada tipo de personalidad, podrás hackear tu personalidad, crecer y mejorar, desarrollar tu inteligencia emocional y tu inteligencia adaptativa y tus relaciones en tu entorno personal y laboral.

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Seitenzahl: 320

Veröffentlichungsjahr: 2025

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La personalidad adaptativva

Diseña tu mejor versión con la ciencia de los hábitos

Leandro Fernández Macho

Primera edición en esta colección: marzo de 2025

© Leandro Fernández Macho, 2025

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 979-13-87568-36-8

Diseño de cubierta: Arantxa Álvarez

Adaptación de cubierta y fotocomposición: Grafime, S.L.

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

1. Cómo se forma la personalidad

2. El mapa para conocerte y crecer

3. Herramientas para descifrar tu personalidad

4. Diseñando tu cambio con la ciencia de los hábitos

5. Ejecutando tu cambio con la ciencia de los hábitos

6. El eneatipo uno: la necesidad de sentirse correcto

7. El eneatipo dos: la necesidad de sentirse apreciado

8. El eneatipo tres: la necesidad de sentirse exitoso

9. El eneatipo cuatro: la necesidad de sentirse único

10. El eneatipo cinco: la necesidad de sentirse experto

11. El eneatipo seis: la necesidad de sentirse seguro

12. El eneatipo siete: la necesidad de sentirse estimulado

13. El eneatipo ocho: la necesidad de sentirse poderoso

14. El eneatipo nueve: la necesidad de sentirse en armonía

15. La necesidad de compartir su sentir

Notas

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Comenzar a leer

Notas

Colofón

1.Cómo se forma la personalidad

«Conocer a los demás es inteligencia; conocerte a ti mismo es verdadera sabiduría. Dominar a los demás es fuerza; dominarte a ti mismo es verdadero poder».

Lao-Tse

La paradoja de la estabilidad y el crecimiento

Me siento privilegiado de estar escribiendo estas palabras y contar en este preciso instante con tu atención. Ese bien cada vez más preciado por el que compiten ferozmente decenas, cientos o miles de estímulos en nuestro día a día. No en vano un informe de Microsoft Corporation1 señaló que la atención promedio de una persona había descendido de doce segundos en el año 2000 a ocho en el 2015. Por ello, no solo me siento agradecido por el valioso tiempo que me estás dedicando, sino también responsable de ofrecerte un retorno provechoso.

La V.I.D.A. (Vertiginosa, Incierta, Desafiante y de Aprendizaje permanente) puede desplegarse de forma sostenida y sostenible si encontramos el equilibrio entre dos fuerzas opuestas y a la vez complementarias: la estabilidad y el crecimiento. Esta dualidad conforma el eje central de nuestra existencia, de nuestro florecimiento o marchitamiento como individuos y como especie.

La estabilidad es un ancla en medio de océanos de incertidumbre. Cimenta nuestro bienestar físico, mental y social, otorgándonos un espacio desde el que sentirnos más capaces de salir a explorar nuevos territorios y enfrentarnos a nuevos desafíos. Todo ello sabiendo que, de ser necesario, tenemos tierra firme a la que volver. Algunas personas podrían pensar que la estabilidad se encuentra en la tan manida «zona de confort». Esa zona que, de atraparnos, podría derivar en un peligroso e insatisfactorio estancamiento vital. Pero la estabilidad no es peligrosa: es seguridad que da poder, es consistencia, apoyo y red. Es el orden que nos da claridad y confianza, son los hábitos que nos nutren y los valores que guían nuestras decisiones cuando aparece la incertidumbre.

Por otro lado, dando tensión a la estabilidad, encontramos el crecimiento que nos empuja a evolucionar. ¿Podría acaso haber llegado la V.I.D.A. hasta nuestros días sin este desafiante y audaz compañero de viaje? Crecer es una necesidad primitiva que abre puertas, derriba muros y dibuja senderos hacia nuevos horizontes. Una necesidad que ofrece su recompensa, al elevarnos a un nuevo peldaño desde el que vemos todo con mayor amplitud y precisión, equipados con nuevos recursos gracias a los que el asunto del vivir se siente más ligero, más ilusionante y, sobre todo, con más sentido.

Y de esta profunda necesidad trata el libro que en este momento nos conecta. De cómo manejar esta danza dinámica entre la estabilidad y el crecimiento, descubriendo las raíces a las que aferrarnos y las alas que nos empoderan en su despliegue. Y todo ello usando poderosas herramientas para conocernos a nosotros mismos y a los demás, además de ciencia para desplegar con éxito ese cambio que implica crecer.

Cómo se forma la personalidad

¿A qué llamamos personalidad? Según los investigadores Costa y McCrae,2 la personalidad es un conjunto de patrones de pensamiento, sentimiento y comportamiento relativamente estables a lo largo del tiempo que diferencian a una persona de otra.

Si tienes hermanos, hijas o sobrinos, ya te habrás dado cuenta de que, aun naciendo de los mismos padres, las personas llegamos al mundo con personalidades diferentes. Pero ¿cómo es eso posible? ¿Por qué somos tan distintos unos de otros? ¿Qué factores influyen en que unas personas se muestren más sociables y otras más tímidas, unas más prudentes u otras más decididas? Para explicarlo, veamos qué nos dice la ciencia al respecto. En concreto, una doctora experta en este campo: Nicole Strüber, que basa sus conclusiones no solo en sus propias investigaciones, sino también en las de otros colegas. En sus palabras: «El temperamento se forma a partir de la carga genética y las experiencias tempranas. Antes del nacimiento, las bases de la personalidad individual ya se encuentran determinadas».3

¿Qué te parece?

Las redes neuronales que se forman a partir de lo que ocurre en nuestro interior y en nuestro entorno funcionan de manera diferente en cada persona, moldeando cada manera de ser. Digamos que nuestras neuronas están interconectadas de formas distintas, lo cual influye en factores como nuestra sensibilidad al estrés, la búsqueda de estímulos externos o la sociabilidad. A esto hay que sumarle también la influencia de los neurotransmisores en las redes neuronales, como la dopamina o la oxitocina. Veamos un ejemplo:

Imagina que tienes una reunión importante en el trabajo. Te toca presentar un proyecto ante un cliente y, en esta ocasión, para mayor deleite tuyo, te acompaña tu jefa. Esa que no se casa con nadie y que tiende más a la crítica que al elogio, esté quien esté delante. Tu cerebro, como un director de orquesta, comienza a activar una sinfonía de reacciones químicas con el objetivo de prepararte para este momento decisivo.

En el instante en que percibes la complejidad y la importancia de la situación, tu cerebro empieza a producir una serie de moléculas que viajan a través de intrincadas vías nerviosas para alcanzar regiones cerebrales específicas. Allí, como llaves abriendo cerraduras, se unen a sus correspondientes receptores, regulando la actividad de las neuronas, que gestionan cómo interpretamos y respondemos al entorno.

En este estado de alerta, similar al que experimenta un atleta antes de una carrera importante, tu cerebro pone en marcha un mecanismo de reacción optimizado. La noradrenalina te mantiene alerta, y el cortisol, esa hormona que a veces nos parece enemiga, aquí se convierte en aliada, proporcionándote la energía necesaria para enfrentarte al desafío. La acetilcolina agudiza tu atención y tu memoria, centrándote en lo que quieres transmitir durante la presentación y evitando que olvides lo importante. Y la dopamina, ese neurotransmisor asociado al placer y la motivación, te impulsa a seguir adelante a pesar de los nervios o las dudas.

Una vez superado el reto, el CEO de la empresa cliente te dice: «Buen trabajo, has sabido captar muy bien lo que necesitábamos y es exactamente esto. El proyecto es vuestro». A continuación, se acerca tu jefa, te sonríe, te estrecha la mano y te felicita. En este escenario, un nuevo actor químico hace acto de presencia: la oxitocina, conocida como la hormona de la empatía y la conexión social. Esta hormona te permite sintonizar con tu jefa, con el CEO y con su equipo directivo, para así entender sus emociones y fortalecer los lazos que os unen de cara al proyecto. Incluso te permite reconocer que, detrás del gesto del director financiero, tal vez se esconda alguna reticencia hacia el CEO o su decisión, por cómo lo ha mirado cuando te ha dado la enhorabuena.

Esta capacidad de atención y conexión social varía de una persona a otra. Y es que los neurotransmisores no actúan con la misma eficacia en todos los cerebros, ya que no se desactivan a la misma velocidad ni tardan lo mismo en regresar a la célula después de cumplir con su función. Y, por si fuera poco, el número de receptores (cerraduras) asociados a esos neurotransmisores (llaves) también son diferentes en cada persona, lo cual influye en su grado de eficiencia.

Nuestro cerebro es como un complejo sistema de comunicación donde los neurotransmisores actúan como mensajes que se envían de un punto a otro. Estos mensajes afectan a cómo pensamos, sentimos y nos comportamos, tanto en la infancia como en la edad adulta. Los genes, como si fueran un programa preestablecido, influyen en la forma en que operan los neurotransmisores. Por ejemplo, algunas personas tienen una variante genética que las hace más irritables, mientras que otras son más propensas a la depresión. O quizás algunas se sientan más necesitadas de conexión emocional ante situaciones estresantes, mientras que otras se muestren más distantes.

Entonces ¿sabemos qué porcentaje aproximado de rasgos de personalidad se hereda? A ver si lo adivinas:

Los famosos estudios con gemelos, tanto monocigóticos (idénticos) como dicigóticos (fraternos), han sido fundamentales en la investigación sobre genética del comportamiento. Revisando estos estudios, Bouchard y McGue encontraron que, en promedio, los rasgos de personalidad tienen una heredabilidad del 40 - 50 %.4 Esto significa que la mitad de la variabilidad en rasgos de personalidad puede atribuirse a diferencias genéticas.

Además de los propios genes, su interacción con el ambiente también juega un papel muy relevante en la formación de nuestra personalidad. Las investigaciones de Plomin, DeFries, Knopik y Neiderhiser5 sugieren una relación bidireccional: los genes influyen en cómo interactuamos con nuestro ambiente y, a su vez, el ambiente afecta al modo en el que se expresan nuestros genes. Esto se conoce como epigenética. Por si no estuvieras familiarizado con el término, déjame que te explique de forma sencilla en qué consiste:

La epigenética actúa como una serie de interruptores que controlan cómo funcionan nuestros genes. Aunque el ADN es como un libro de instrucciones fijo que obtenemos de nuestros padres, la epigenética decide qué partes de ese libro se leen y cuáles no. Si tu ADN fuese un libro de recetas, la epigenética serían las notas adhesivas de los márgenes, que pueden decir «ignora esta parte de la receta» o «repite este paso antes de continuar». Aunque la receta original no cambia, estas notas alteran la manera de cocinarla.

Estos interruptores epigenéticos pueden activarse o desactivarse por diferentes factores: lo que comemos, cuánto ejercicio hacemos, el estrés, las sustancias químicas a las que estamos expuestos, etc. Esto significa que, aunque no podemos cambiar nuestros genes, sí podemos influir en cómo se expresan.

Antes hablábamos de los famosos estudios con gemelos, y es que los de gemelos idénticos han sido fundamentales en este campo de investigación. Aunque comparten inicialmente el mismo ADN, con el tiempo pueden empezar a pensar, sentir y actuar de forma diferente, mostrando también distintas características de salud, debido a que sus experiencias vitales no han sido exactamente las mismas. La epigenética puede encender y apagar nuestros genes sin cambiar propiamente el ADN, en base a nuestras experiencias y al entorno en el que nos desarrollamos.

Y hablando de experiencias, las que vivimos a una edad temprana también juegan un papel importante en el desarrollo de nuestra personalidad. Incluso antes de nacer, las vivencias de la madre pueden afectar al feto. Por ejemplo, según las investigaciones de Sonia Estringer,6 el estrés materno aumenta el riesgo de que el bebé sufra alteraciones posteriormente, aunque no es causante directo de un trastorno. El aumento del cortisol en la sangre de la madre somete al feto a concentraciones elevadas de ese neurotransmisor, lo cual alteraría el sistema del feto para regular su propio cortisol. Por ello, cuando deba enfrentarse a situaciones estresantes en su V.I.D.A. diaria, quizás libere más cortisol del necesario y se altere ante el mínimo obstáculo o desafío. O, por el contrario, es posible que no se active lo suficiente, limitando su capacidad para enfrentarse a los problemas.

Por otro lado, según Nicole Strüber, cuyo estudio ya mencioné antes, una educación afectiva guiada por la inteligencia emocional de los padres aumenta la oxitocina en el cerebro de los bebés, lo que refuerza las conexiones neuronales que le ayudan a regular las emociones. Esto equilibra el sistema de cortisol, facilitando que el bebé gestione mejor el estrés a largo plazo.

No quiero acabar esta parte del capítulo sin mencionar las esenciales teorías del apego de John Bowlby7 y Mary Ainsworth,8 para entender el impacto de las relaciones tempranas en nuestra personalidad.

El apego es un vínculo emocional profundo que se desarrolla entre un bebé y sus cuidadores principales, generalmente sus padres, que le brindan seguridad y consuelo. Este vínculo es crítico para la supervivencia y el desarrollo del bebé, y es una parte fundamental de nuestra naturaleza como seres humanos. Al fin y al cabo, sin cuidadores, ningún bebé podría sobrevivir.

El psicólogo británico John Bowlby fue el primero en introducir la teoría del apego en la década de 1960. Bowlby observó que los bebés necesitan desarrollar una relación segura y confiable con al menos un cuidador para tener un crecimiento emocional y social saludable. Más tarde, su colaboradora Mary Ainsworth realizó experimentos para entender mejor cómo se manifestaba el apego en los bebés. Descubrió que existen diferentes tipos de apego, reflejando la calidad de la relación entre el bebé y su cuidador:

Apego seguro: el bebé se siente seguro y confiado, y explora el mundo sabiendo que tiene un refugio al que regresar.

Apego inseguro evitativo: el bebé evita o ignora al cuidador. Esto suele suceder cuando el cuidador es distante o desatento.

Apego inseguro ansioso o ambivalente: el bebé siente ansiedad por la disponibilidad del cuidador y muestra una mezcla de búsqueda y resistencia hacia él.

Apego desorganizado: se da en situaciones más extremas, donde el bebé muestra comportamientos contradictorios y parece confundido o asustado por el cuidador.

El tipo de apego experimentado en la primera infancia influye de forma significativa en cómo una persona conecta con los demás y gestiona las relaciones, el estrés y las emociones en la edad adulta. Tiene mucha relación con el desarrollo de la personalidad, ¿no crees?

Por ejemplo, alguien con un apego seguro en la infancia tiende a formar relaciones estables y saludables en la edad adulta, mientras que un apego inseguro puede provocar dificultades en las relaciones y problemas emocionales.

Y ahora viene la pregunta del millón que tal vez te estés haciendo: ¿es permanente el estilo de apego? Pues, aunque los patrones de apego temprano son influyentes, no son definitivos. Las experiencias a lo largo de la V.I.D.A., las intervenciones terapéuticas y el propio autoconocimiento pueden ayudar a las personas a desarrollar estilos de apego más seguros, incluso si tuvieron malas experiencias en la infancia. Y estas son muy buenas noticias que dan sentido al libro que en este momento nos conecta.

La herramienta que transforma la mirada

Analizar la personalidad resulta útil en muchos contextos. A la hora de profundizar en el autoconocimiento, en la actualidad hay cinco grandes herramientas muy conocidas y utilizadas a escala global. Estas herramientas son el Myers-Briggs Type Indicator (MBTI), el Big Five (cinco grandes factores de personalidad), el DISC Assessment, el Clifton Strenghts y el eneagrama de la personalidad.

De entre esas cinco, hay una que considero especialmente transformadora: el eneagrama de la personalidad. Llevo desde el año 2006 trabajando con esta herramienta y he sido testigo del enorme impacto que ha generado no solo en mi V.I.D.A., sino en las de miles de personas con las que he tenido la oportunidad de trabajar.

El eneagrama de la personalidad destaca por su profundidad en el análisis de las motivaciones y los miedos que mueven a las personas, además de sus fortalezas, sus debilidades y sus hábitos. Pero, sobre todo, identifica cómo mejorar la capacidad de gestionarnos a nosotros mismos y a nuestras relaciones. La combinación de estos factores la convierten en una herramienta muy potente para desarrollar la inteligencia emocional y adaptativa.

Aún recuerdo el momento en el que descubrí mi propio eneatipo (la estrategia dominante de mi personalidad). Fue algo así como ver una película a cámara súper rápida, en la que se sucedían imágenes de situaciones pasadas que iban encajando una tras otra, desde una nueva perspectiva que les daba sentido. Fue muy impactante comprender tantas cosas de mi forma de pensar, sentir y actuar, de mis alegrías, ilusiones, temores, desdichas…

Y no menos impactante resultó comprender los motivos ocultos tras las conductas de multitud de personas que habían pasado o estaban en mi V.I.D.A. personal y profesional. Redefinió por completo mi modo de verlas, sentirlas y relacionarme con ellas. Como si, hasta ese momento, hubiera caminado con las gafas empañadas y, de repente, alguien las hubiera limpiado y me hubiera dicho: «Toma y mira ahora».

2.El mapa para conocerte y crecer

«Conocerse a uno mismo es el comienzo de la sabiduría».

Sócrates

Comenzando a conocer el eneagrama de la personalidad

El eneagrama es el resultado de un largo proceso de evolución, desde sus raíces en antiguas tradiciones de conocimiento hasta su papel actual como herramienta psicológica de autoconocimiento, comprensión de los demás y desarrollo.

Se trata de un sistema profundo, dinámico y práctico que describe los hábitos de la personalidad y su origen. A través de estos hábitos, tratamos de adaptarnos al entorno con el fin de sobrevivir. La supervivencia tanto del individuo como de la especie es el objetivo principal alrededor del cual se organiza y se desarrolla nuestro cerebro.1

El eneagrama es un mapa que describe las nueve estrategias básicas o tipos de personalidad, que adoptamos los seres humanos. A estas nueve estrategias las llamamos eneatipos y si han llegado hasta nuestros días sin desaparecer por el camino, será por algo, ¿no te parece?

Vamos a observarlo bajo el prisma de los principios de la selección natural de Charles Darwin, que describen cómo evolucionan las especies a través de procesos naturales:2

Variación: dentro de una población, los individuos presentan variaciones en sus características físicas y de comportamiento. Estas variaciones son heredables en parte.

Competencia: los recursos como los alimentos, los espacios y las parejas son limitados en el ambiente, lo que genera una competencia entre los individuos por sobrevivir y reproducirse.

Adaptación: los individuos con variaciones más ventajosas para sobrevivir en su ambiente tienden a reproducirse más que aquellos con variaciones menos favorables.

Selección: con el tiempo, las características ventajosas se vuelven más comunes en la población, mientras que las menos beneficiosas disminuyen o desaparecen. De este modo, la población se adapta al ambiente.

Especiación: a largo plazo, la acumulación de cambios adaptativos puede dar origen a nuevas especies, especialmente si una misma especie se ha separado en grupos, adaptándose a condiciones ambientales distintas.

Si estas estrategias de la personalidad han sobrevivido a la evolución, es porque han representado una ventaja adaptativa para nuestros antepasados. Y esa ventaja ha tenido que darse tanto a nivel individual como de especie, lo que muestra que su diversidad es la combinación ganadora.

Aunque todos nos vemos influidos en mayor o menor medida por las motivaciones, los temores y los hábitos de los nueve eneatipos, hay una motivación hacia la que nos mostramos más sensibles, así como una estrategia que utilizamos de forma más natural. Esa estrategia se siente como nuestra «casa» y nos sentimos más seguros usándola. Esto muestra a la vez nuestros mayores talentos y nuestros mayores desafíos.

Déjame explicártelo con un símil: imagina un niño que nace «con alma de carpintero». Como veíamos antes, la personalidad se define a partir de la carga genética y las experiencias tempranas, por lo que sus bases ya existen antes de nacer. Nuestro protagonista tiene una predisposición genética para usar el martillo como estrategia con la que ganarse la vida. Esto no significa que solo pueda utilizar el martillo, pero sí lo inclina a optar por esta herramienta frente a otras, ya que se siente más seguro usándola. En su caja de herramientas vital, hay también un metro, un pegamento, una escalera, un pincel, una lupa, un detector de vigas, una sierra de calar y una lima.

Nuestro niño carpintero comenzó a darse cuenta de que cada vez que usaba su martillo con esa destreza natural, las personas a su alrededor lo celebraban con sonrisas, reconocimientos y gestos de cariño. Menudo botín, ¿no? Con estas recompensas alegrando su pequeño corazón, el joven carpintero se sentía cada vez más y más seguro martillo en mano, y consideraba que su destino no era otro que martillear todo lo que apareciera en el camino. Así, su motivación lo impulsaba a perfeccionar esa destreza más cada día, de modo que martillear se convirtió en su respuesta preferida ante cualquier desafío.

Sin embargo, la V.I.D.A. le presentó un día una situación difícil de resolver a martillazos. Recibió el encargo de tomar un tosco tablón de madera y convertirlo en un bello tablero de ajedrez. Fue entonces cuando nuestro intrépido protagonista, entre la ilusión de crear algo nuevo, bello y desafiante, y la inseguridad de quien explora territorios desconocidos, extendió su mano hacia la sierra. Esta siempre había estado en su caja de herramientas vital y, aunque hasta el momento no había practicado con ella, prometía la flexibilidad que requería su encargo. La primera vez que la usó, el resultado no fue tan bueno como esperaba. Pero no fue su decepción inicial lo que desgarró su corazón: como cuchillas que hieren todo lo que tocan, las miradas de desaprobación y los reproches de su entorno resquebrajaron en mil pedazos la aún inmadura confianza de nuestro joven aprendiz. Él tan solo deseaba explorar, practicar y aprender, con el deseo de ofrecer a sus estimados solicitantes el más bello tablero de ajedrez que sus manos y su imaginación pudieran modelar.

Desde ese momento, la sombra del dolor y el miedo al rechazo se convirtieron en sus ineludibles guardianes. El miedo lo seguía para que no olvidara el dolor que le esperaba si se atrevía a soltar a su acompañante natural, el martillo. ¿Cómo se atrevería el joven e inseguro aprendiz a explorar cualquier otra posibilidad, por cercana o apropiada que le pareciese? Finalmente, ante la imposibilidad de cumplir con el encargo sin más recursos que su fiel martillo, nuestro joven aprendiz de carpintero desistió.

La impotencia, la frustración y el desaliento fueron apoderándose de él, al verse incapaz de hacer muchas cosas que, en el fondo, no solo anhelaba, sino que sentía que podría lograr con paciencia, apoyo y práctica. Esos sentimientos reprimidos iban generando más y más presión, buscando cualquier rendija por la que escapar y encontrar alivio. El martillo, que antes había tenido el noble fin de construir, pasó a convertirse en una herramienta para destruir.

Con el paso de los años, algo dentro de nuestro ya no tan joven martilleador lo empujaba a mirar en su interior, en la dirección de su «alma de carpintero». Esa alma encerrada en una mazmorra profunda y custodiada por un ejército de miedos, alistados a lo largo de años de frustración, rabia, tristeza y sinsabores. Y he aquí que un buen día, con esa inquietud latente, nuestro protagonista conoció a alguien. Una persona normal, como podríamos ser tú o yo, con la particularidad de que había vivido muchas experiencias dolorosas similares a las de nuestro carpintero. Pero ella había sido capaz de digerir ese dolor, conectar con su valor y desplegar sus alas.

Cuenta la historia que esa persona compartió su secreto con nuestro protagonista. Que todo comenzó con un libro titulado La personalidad adaptativa, que le ayudó a mirarse a sí mismo con la distancia y la profundidad necesarias para activar ese «clic» que inicia cualquier proceso de transformación. Y pudo reconocer que la destreza que alimenta el alma es aquella que nos invita a explorar nuestras enormes posibilidades como seres humanos, sosteniendo la incomodidad para ir más allá de nuestros miedos. Que la verdadera maestría no reside en la inflexible seguridad de dominar una sola herramienta, sino en la inteligencia adaptativa de reconocer y elegir la que la situación demanda. Y todo ello desde la confianza que nos concede libertad para explorar, equivocarnos, aprender y crecer.

Cuenta también la historia que nuestro protagonista soltó el martillo, abrazó su alma de carpintero y todo cambió. Porque él cambió.

Los eneatipos y sus necesidades

Descubrir nuestro eneatipo requiere observar nuestros hábitos automáticos, cuestionarnos a nosotros mismos y analizar nuestras motivaciones y miedos más profundos. Es el primer paso de este camino hacia un nuevo nivel de conocimiento y gestión, tanto de uno mismo como de las relaciones con los demás.

Cada eneatipo es como un software instalado en nuestro cerebro. Determina el modo en el que interpretamos la información del entorno que llega a nuestros sentidos y cómo respondemos para sobrevivir. Cada software está compuesto por su propio paquete de valores, miedos, deseos, creencias, hábitos, talentos y debilidades, tanto naturales como potenciales. El eneagrama nos permite reconocer ese software más activo en nosotros y en los demás. Organiza la información sobre nosotros mismos para que sea más fácil ver cuándo algún estímulo ha activado inconsciente y automáticamente respuestas emocionales, mentales o conductuales. Estas respuestas son comúnmente conocidas como hábitos.

Como veremos en capítulos posteriores, el cerebro ama los hábitos. Y es que desde el punto de vista del consumo energético (glucosa, oxígeno y riego sanguíneo) resultan muy baratos.3 Como ya explicaba en La inteligencia adaptativa: El mundo cambia, ¿y tú?, el modelo de cerebro con el que vamos equipados es un Homo sapiens sapiens, actualizado para poder sobrevivir en la sabana salvaje, donde el suministro de energía constante en forma de alimento no estaba garantizado.4 Por ello, los hábitos son una solución energéticamente eficiente a ese problema, pero en determinados escenarios puede acabar saliéndonos muy cara.

Verás que denomino a cada eneatipo con un número y una definición que dice «la necesidad de sentirse…». Por ejemplo: «El eneatipo uno, la necesidad de sentirse correcto». La palabra específica que completa la frase en cada eneatipo muestra su motivación básica. Recordar estas palabras te ayudará a comprender mucho mejor todo lo que rodea a cada tipo de personalidad, tanto si es el tuyo como si es el de otra persona. Además, uso la palabra necesidad porque las necesidades, cuando uno está bajo mucha presión, son capaces de merendarse a los valores y las buenas intenciones.

En situaciones de estrés emocional, el cerebro tiende a buscar placeres inmediatos para compensar, sin valorar el impacto a largo plazo de esas acciones. Tu buena intención de cuidar tu salud puede irse al garete después de un disgusto. Para opacar el malestar, puedes caer de nuevo en un buen chute de helado que calme tu ansiedad. Aunque sabemos que descuidar la salud puede tener consecuencias peligrosas a largo plazo, buscamos justificaciones que alivien la ansiedad que nos produce saltarnos nuestros propios valores.

La lucha interna por controlar nuestras decisiones está servida: las áreas más primitivas de nuestros cerebros batallan contra las más evolucionadas. Las más primitivas, instintivas y emocionales priorizan las conductas impulsivas para sobrevivir en la sabana salvaje a corto plazo. Mientras tanto, las áreas neocorticales, más evolucionadas y racionales, tratan de considerar el impacto a largo plazo de nuestras decisiones, para dirigir la conducta y sobrevivir no solo hoy sino también mañana, pasado mañana y hasta el año que viene.

Así, cada eneatipo tiene una serie de necesidades basadas en:

Por un lado, los miedos a los que nuestro sistema de amenaza cerebral es más sensible, por herencia genética y condiciones ambientales.

Por otro lado, las motivaciones a las que nuestro sistema de recompensa cerebral es más sensible, por las mismas razones.

El sistema de amenaza cerebral y los miedos

Imagina que estás caminando solo por un callejón oscuro y, de repente, te parece oír pasos detrás de ti. Inmediatamente, tu corazón se acelera y sientes el impulso de salir corriendo. Tu miedo raíz, el miedo a perder la V.I.D.A., ha puesto en marcha tu sistema de amenaza y la respuesta de estrés. Entonces, te das la vuelta y compruebas que no hay nadie y solo ha sido cosa de tu imaginación, que te ha jugado una mala pasada.

La respuesta al estrés es un mecanismo complejo diseñado por la evolución para ayudar a los seres humanos y a otros animales a adaptarnos a los cambios del entorno, reaccionando ante las amenazas, los peligros o los desafíos. Esta respuesta involucra varios sistemas del cuerpo, incluyendo el sistema nervioso, el endocrino (hormonal) y el inmunológico, que juntos preparan al cuerpo para enfrentarse a una situación de estrés o huir de ella.

Cuando se percibe una amenaza, la amígdala, una región del cerebro más antiguo y primitivo, activa la respuesta de lucha o huida.5 La amígdala envía señales al hipotálamo, que actúa como un centro de comando, comunicándose con el resto del cuerpo a través del sistema nervioso autónomo. Este sistema, que opera de manera involuntaria, tiene dos componentes: el sistema nervioso simpático, que energiza el cuerpo, y el sistema nervioso parasimpático, que lo calma. Bajo estrés, tu sistema nervioso simpático se activa, liberando adrenalina y cortisol. Ambas hormonas preparan a tu cuerpo para la acción rápida, aumentando tu ritmo cardíaco y tu presión arterial, y redirigiendo la sangre a los músculos esenciales. Este proceso es parte de la respuesta de lucha o huida, que está diseñada para enfrentar amenazas físicas, pero también se activa cuando las amenazas solo están en tu imaginación.6

El estrés agudo puede hacer que tu atención se centre solo en la fuente de ansiedad, reduciendo tu capacidad para procesar cualquier otra información y tomar decisiones racionales. La amígdala, que procesa las emociones, toma el control y bloquea temporalmente el córtex prefrontal, responsable del pensamiento racional y el autocontrol. Esto se conoce como secuestro amigdalino o amigdalar,7 y es lo que te pasa cuando, en un momento de saturación emocional, dices o haces algo de lo que luego te arrepientes.

Percibir la situación a la que nos enfrentamos y evaluar los recursos disponibles para hacerle frente son procesos cognitivos fundamentales en nuestra respuesta al estrés. Estos procesos determinan si una situación es vista como amenaza o como desafío, generando emociones como el miedo, la ansiedad, la ira o la motivación para superarlo.8 A largo plazo, el estrés crónico puede derivar en trastornos como la depresión y la ansiedad, que afectan negativamente a tu salud mental.9

Podemos adoptar diferentes estrategias ante un agente estresor, que pueden ser adaptativas o desadaptativas, dependiendo de la situación y de cómo afecten a la persona a largo plazo. Por ejemplo, puedes reaccionar evitando las conversaciones difíciles, mostrándote irritable cuando aparecen situaciones de estrés o incluso desarrollando hábitos poco saludables, como comer en exceso, beber, comprar compulsivamente, ver series como si no hubiera un mañana, abusar de sustancias, pasar horas haciendo scroll en redes sociales… Estos son mecanismos que, a corto plazo, evitan la sensación de incomodidad, miedo, ira o ansiedad. Pero, a largo plazo, generan más problemas de los que ya tenías.

Y ¿cómo influye todo esto en nuestra personalidad? Pues, por ejemplo, una persona que experimenta ansiedad crónica puede adquirir una sensibilidad aumentada al sistema de amenaza, desarrollando rasgos de personalidad más cautelosos o, por el contrario, más agresivos. ¿Conoces a alguien que haya tenido una mala experiencia hablando en público? Su sistema de amenaza puede activarse en el futuro cada vez que tenga que pronunciar unas palabras incluso delante de sus propios amigos o de su familia. Ni te cuento cómo se puede activar en una presentación del trabajo o en un congreso multitudinario. La ansiedad podría influir en su personalidad, haciendo que evite roles que requieran hablar en público, lo cual reforzará la percepción que esta persona tiene de sí misma como tímida o insegura.

Por todo esto, cuando denomino a cada eneatipo como «la necesidad de sentirse…», quiero decir que cualquier cosa que pueda llevar a la persona a dejar de sentirse así representa un altísimo riesgo para su supervivencia, porque así lo procesa su cerebro primitivo. Se pone en riesgo su estrategia fundamental de adaptación al entorno, disparando todas las defensas para evitar que eso suceda. Y, si ocurre de verdad, el cerebro pone todos los batallones a trabajar para recuperar esa sensación asociada a mantenerse con V.I.D.A. cueste lo que cueste. Ahí es donde corremos el peligro de ser irracionales, incapaces de analizar el impacto futuro de nuestras acciones.

Conocer el funcionamiento del sistema de amenaza cerebral te ayudará a comprender con mucha más precisión lo que estresa y pone a la defensiva a cada tipo de personalidad.

El sistema de recompensa cerebral y las motivaciones

El sistema de recompensa del cerebro es una parte crucial de cómo experimentamos el placer y la motivación. Funciona como un circuito de retroalimentación que nos impulsa a repetir comportamientos gratificantes.

¿Recuerdas la última vez que comiste tu postre favorito? ¿Qué sentiste al saborearlo de nuevo? ¿O incluso antes, mientras pensabas en pedirlo? No es la recompensa en sí lo que influye más en tus comportamientos y tus recuerdos, sino la expectativa de recibirla. Si comes tu postre favorito y sientes placer, es porque tu cerebro está liberando dopamina en el sistema de recompensa, lo que te hace querer repetir esa experiencia.

Desarrollaste el hábito de pedir siempre ese postre porque la primera vez que lo probaste el premio fue mayor de lo que tu cerebro esperaba. Estaba tan rico que tu sistema de recompensa se inundó de dopamina.10

Si el postre te hubiese decepcionado en aquel momento, la descarga de dopamina habría flojeado para reducir la probabilidad de consolidar una respuesta habitual. Así, la próxima vez probarías otra cosa, con la esperanza de conseguir una descarga de dopamina desbordante. Esto, en resumen, se conoce como aprendizaje por refuerzo.

Para sobrevivir, nuestro cerebro recibe la ayuda de dos motivaciones secundarias: evitar el dolor y buscar el placer. Por eso contamos con los sistemas de amenaza y de recompensa cerebral.

El sistema de recompensa del cerebro está relacionado principalmente con una región llamada núcleo accumbens, situada en el cerebro límbico o emocional, que a su vez interactúa con el área tegmental ventral y con el córtex prefrontal.11 El área tegmental ventral actúa como fuente de liberación de dopamina, iniciando la señalización de recompensa y placer.12 Dice «¡eh, ahí tenemos algo bueno!».

El núcleo accumbens actúa como receptor de señales dopaminérgicas, integrando la información de recompensa y motivando la respuesta conductual.13 Dice «¡eh, vayamos a por ello!».

El córtex prefrontal, siempre que no esté desactivado por el estrés de amenaza, regula la toma de decisiones, la inhibición de impulsos y la evaluación de las consecuencias.14 Dice «¡espera! ¡Pensemos a largo plazo y veamos si realmente merece la pena ir a por ello!».

La dopamina liberada viaja a través del núcleo accumbens y otras áreas del cerebro, generando una sensación de bienestar y placer. Este mecanismo refuerza la conducta que provocó el placer, motivándonos a repetirla en el futuro.

Además, el sistema de recompensa también involucra a otros neurotransmisores, como la serotonina y el GABA, que modulan distintos aspectos del placer y la motivación.15 La serotonina desempeña un papel más complejo y sutil en comparación con la dopamina, regulando el estado de ánimo, la impulsividad y la motivación relativa al aprendizaje y el recuerdo de las recompensas.

Por su parte, el GABA tiene efectos inhibidores en varias áreas del cerebro. Ayuda a regular la intensidad de la respuesta de recompensa y a prevenir la sobreestimulación, induce calma para reducir la ansiedad, influye en la capacidad para tomar decisiones y controlar comportamientos compulsivos… En definitiva, intenta asegurarse de que la respuesta a las recompensas sea apropiada y adaptativa.

¿Sabes qué influye en tus niveles de serotonina y GABA?16 Pues, por ejemplo, la dieta, ya que aproximadamente el 90 % de la serotonina del cuerpo se encuentra en el tracto gastrointestinal, y solo un 10 % es producido por el cerebro. La serotonina se sintetiza a partir del triptófano, un aminoácido esencial que se obtiene de alimentos como el salmón, los huevos, el yogur y algunos quesos, frutos secos y frutas.

Tus niveles de serotonina también se ven afectados por tu grado de exposición a la luz solar, además de por el nivel de actividad física, que también afecta al GABA.

Por cierto, ¿recuerdas que anticiparse a posibles recompensas también activa la liberación de dopamina? Esto puede influir en nuestra toma de decisiones, ordenando nuestras prioridades según la expectativa de placer.17 Además, cuando la recompensa se recibe de forma impredecible, por ejemplo, solo el 50 % de las veces, la cantidad de dopamina liberada en el cerebro es mayor que si la recompensa es predecible.18

Pero ¿cuándo siente nuestro cerebro la necesidad de un chute dopamínico de placer? ¿Has oído hablar de la homeostasis? Es el mecanismo que utiliza nuestro cuerpo para mantenerse equilibrado y funcionar correctamente, ajustándose de forma constante a los cambios internos y externos. Por ejemplo, cuando hace calor, nuestro cuerpo nos hace sudar, tratando de enfriarse para volver a su temperatura ideal.

De igual forma, ante el estrés emocional, el cerebro busca regularse rápidamente con conductas que alivien el malestar, debido a su necesidad de mantener la homeostasis y asegurar la supervivencia.19 Esta necesidad es una estrategia que permite al organismo lidiar con desafíos inmediatos. Sin embargo, aunque las conductas adoptadas para aliviar el estrés ofrecen un alivio temporal, pueden tener consecuencias muy negativas a largo plazo. Especialmente, si se convierten en mecanismos habituales para afrontar el estrés emocional. Este balance entre la necesidad inmediata de regular el estrés y su impacto potencial a largo plazo es crucial para la salud, el bienestar general y la inteligencia adaptativa.

Imagina que has tenido uno de esos días frustrantes en el trabajo. Pasas con el coche por delante de tu restaurante habitual y, por suerte para ti, está abierto. Tu cerebro, que está buscando la homeostasis para aliviarte del malestar de la dura jornada, recuerda el chute dopamínico de tu postre favorito. ¡Claro! ¡Ya está! Decides parar el coche un momento delante del restaurante y entrar a comprar ese postre, con el que ya se te empieza a hacer la boca agua. Guiado por la dopamina, a tu cerebro no le hace falta tu aprobación consciente. Para eso están los hábitos, ¿no? Para ahorrarte el tener que andar tomando decisiones todo el día. Además, ¡qué narices! ¡Te lo mereces! Después de un día como el que has pasado, te has ganado con creces esa pequeña recompensa. ¡Y qué placer cuando llegas a casa, te pones el pijama y, después de cenar, te regalas el homenaje de disfrutar de tu merecido postre! ¿Qué tiene de malo? Solo es un postre.