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"La pregunta de Octubre" es una obra que analiza histórica y críticamente la fundación, apogeo y crisis del neoliberalismo chileno para comprender las causas que llevaron al surgimiento de la revuelta popular en Chile en octubre del año 2019.
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Seitenzahl: 385
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© LOM ediciones Primera edición, agosto 2022 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN Impreso: 9789560015990 ISBN Digital: 9789560016416 Imagen de portada: Paulo Slachevsky<https://www.flickr.com/photos/pauloslachevsky/> Todas las publicaciones del área de Ciencias Sociales y Humanas de LOM ediciones han sido sometidas a referato externo. Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56–2) 2860 6800 [email protected] | www.lom.cl Diseño de Colección Estudio Navaja Tipografía: Karmina Registro N°: 407.022 Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile
A Maite, hija amada.
Agradecimientos
A la Escuela de Sociología de la Universidad de Chile y al Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Estatal de O’ Higgins. En sus salas, con sus estudiantes, se ha conversado página a página de este ensayo.
A Mario Guajardo, escritor y amigo, que puso su oficiopara mejorar notablemente el texto.
Y como siempre, a Editorial LOM, su equipo, y especialmentea Silvia Aguilera, por su compañía imprescindible en esta maravillosa posibilidad de hacer un libro.
La idea nunca nos gustó.
Jorge González
Introducción
I. Memorias de un cotidiano
II. Mercadeo educacional
III. Octubre
IV. A modo de cierre: Después de Octubre (refundación o desmán)
Este libro trata de la vida cotidiana en Chile en el tiempo neoliberal. Reviso el proceso de fundación, desarrollo y crisis de ese cotidiano y de la subjetividad que aprendió y se formó habitándolo. Abordo la construcción social de una realidad, una normalidad, sus múltiples conformismos, sus tensiones y desmoronamientos hasta hacer crisis en Octubre.
Hacia fines de los setenta, en Chile, junto al experimental modelo de economía neoliberal, tomó forma una propuesta de un régimen social de vida: un cotidiano.
Se modeló un modo de vivir socialmente desconocido hasta entonces. Fue anunciado y proyectado hace ya casi medio siglo como nueva ley de la vida de los tiempos que partían. Esa normalidad que nos rigió desde entonces se agotó y se cortó en Octubre de 2019.
Hubo conformismo popular al respecto. El pueblo se ajustó a las prácticas y relatos de la realidad cotidiana que hicieron posible la duración y la reproducción del esquema neoliberal.
Sobre ese consenso profundo, convivido, se estabilizó el orden nuevo. Fluyó la economía bajo su patrón de acumulación, se sostuvo su orden político y se legitimó a sí mismo durante cuarenta años.
Octubre es el estallido de ese consenso, la refutación de esa filosofía y la denuncia de la crisis de sostenibilidad subjetiva, personal, de la vida cotidiana así dispuesta.
En este momento vivimos la crisis del sentido común, de lo normal y lo corriente.
Si hay ahora desnormalización es porque hubo antes una normalidad, es decir, un actor social lo suficientemente fuerte como para construir una realidad, un sistema de relaciones sociales que funcionara y se reprodujera como orden válido, legítimo y verificado en lo acostumbrado, en lo que se ve, se oye y se sabe. Esto es, que las personas se «hallaran» o encontraran allí como en su mundo, donde vivían y cursaban el sentido de su vida. En esa realidad vivida respiraba el sujeto la existencia cotidiana, lo que daba por fondo estable, por cierto y por obvio. A un allí profundo como intuía Jorge Vergara entonces1, buscaba llegar la nueva verdad dominante, dirigida por el programa.
Gramsci entendía este fenómeno como asunto de hegemonía. De la capacidad de una clase dirigente para guiar subjetivamente a las clases populares, según una filosofía de potencia tal que es capaz de hacerse sentido común. Se trata de ideas acerca de lo humano y de la vida en sus universales, como cualquier filosofía, pero al mismo tiempo se hacen orgánicas a las vidas contingentes, en la división de clases, en el devenir de la historia. Tanto así que pueden hacerse el sentido actuante de sus participantes. Como las religiones, por ejemplo, que inculcan coherencias o esquemas que pueden finalmente sujetar los ánimos y los imaginarios de modo filosóficamente consistente y vivencialmente disciplinantes. En esa coherencia y disciplina religiosa late siempre el Estado, la forma más compleja del poder social. Es la lucha por el control o la emancipación de la subjetividad.
La crisis de normalidad de la vida cotidiana no es sino una crisis de hegemonía. Por lo mismo, es la prueba de que sí hubo una hegemonización suficiente y sofocantemente exitosa que ahora hace crisis y pone a prueba a cualquier actor que intente proponer una dirección histórica en medio del conflicto.
Vengo observando esa cotidianidad y ese proceso de hegemonización desde sus inicios, cuando se anunciaba apenas y parecía hasta delirio o megalomanía fundacional, a fines del 78. Dicho trayecto es el que presento en el curso Sujeto y cotidiano en el Chile neoliberal que imparto hace algunos años para los estudiantes de Sociología de la Universidad de Chile. Hasta Octubre lo trataba como un caso exitoso e inédito, el modo neoliberal de construcción de una normalidad o cotidianidad y los modos de sujetarse allí, que, sin embargo, resistía cada vez más difícilmente las torsiones y fatigas subjetivas a las que sometía a sus intérpretes o jugadores. Ocurría que las personas, al realizar el modelo, quedaban como retenidas en situaciones subjetivamente insostenibles, existencial y ontológicamente hablando. Por cumplir se fallaba. Como si lo normal viniera, para las nuevas generaciones populares, con una trampa biográfica insalvable. Mientras durara esa normalidad, la contrahechura del sistema se viviría como torsión psicológica, individual.
Específicamente, seguía en esa cátedra las trayectorias de las generaciones que iban ingresando al y egresando del nuevo sistema de educación superior no selectiva. De la mano con mis estudiantes, entendía que por allí pasaba lo sustancial de la historia del proceso chileno, pues era ahí donde la tal normalidad había llegado más lejos en su innovación institucional e ideológica y había producido un conformismo más o menos inesperado –los antiguos bailarines del baile de los que sobran eran ahora los afortunados de la historia del «tú puedes»– y que, al mismo tiempo, era el lugar donde la torsión se hacía insostenible y se acumulaba como una demanda imparable por irrebatible.
Octubre añade un capítulo nuevo a esta historia. De la fundación al apogeo y del apogeo a su crisis. En eso estaba el curso y lo que investigaba cuando se levantó el país el año 2019 como acontecimiento de la crisis de aquella normalidad.
El libro se organiza en tres secciones. La primera recorre la historia, hace una memoria del proceso de instalación de este cotidiano y sus mecanismos de incorporación. Reviso ahí la memoria, las memorias, explorando las formas socioculturales que fueron inculcadas, grabadas y representadas para su aprendizaje en el régimen de vida neoliberal. Esta sección muestra, según fue desplegándose –en intervenciones publicitarias, institucionales, sociológicas, políticas–, el relato o filosofía de vida y de sociedad del proyecto neoliberal. Cuenta una/s historia/s de nuestro sentido común.
Luego, la segunda sección ensaya un esquema conceptual para describir el ethos neoliberal que se formó y que ahora se derrite al calor de la crisis. Se basa en el análisis de las prácticas sociales en el ámbito de la educación y los discursos que de ahí surgen, para identificar en ellos la pauta de actuación y de sujeción social tras las formas de la vida cotidiana mercadeada. Intento una descripción comprensiva y crítica del ethos neoliberal y la forma popular que predomina en el mercadeo educacional de manera particularmente emblemática.
Finalmente, la última sección interpreta la crisis de Octubre y las nuevas direcciones y preguntas que la sociedad chilena expresa como una impugnación contrahegemónica.
En la base de la crisis de Octubre se encuentra la crisis de normalidad de la vida cotidiana neoliberal, especialmente en las nuevas generaciones populares. Ellos han recorrido ya el viaje completo de la promesa neoliberal de vida y chocan contra el muro de lo vano y lo inverosímil. Este conflicto repercute directamente como crisis de la naturalización oligárquica de esa promesa, invisibilizada en el tiempo hegemónico del esquema neoliberal.
Deshecho el andamiaje del orden cotidiano y puesta a la luz la dualidad estructural de siempre, entran también en el marco de esta crisis la normalidad política y el proceso constituyente que intenta procesarla. Para qué hablar de la crisis policial, aún en veremos durante los días de esta escritura. Propongo, en la última parte, un modo de comprender las causas estructurales de Octubre. Planteo la necesidad de una refundación que considere la matriz productiva, el modo de hacer sociedad y el de hacer política. Por último, me refiero a las emociones que se toman la subjetividad a partir de ese momento y el peligro que implica su incomprensión.
1 Jorge Vergara (1981). Institucionalización y formas de hegemonía en el actual proceso político chileno, Proposiciones 3.
Por todos los flancos campeaba el régimen durante el 78. El terror continuaba. Las nuevas reglas de la economía y el trabajo habían removido o estaban cambiando estructuralmente los empleos y la reproducción cotidiana. El consumo masivo incipiente sonaba como novedad potente y avanzaban los intentos de institucionalización política o constitucional del régimen. Acaso lo más sorprendente: anunciaban, o forzaban más bien, una revolución de la vida cotidiana, una nueva normalidad en los modos de ser y hacerse personas o sujetos sociales. Anunciaban, o construían, un régimen de subjetividad de individuación privatizada que, por doctrina, se dirigía contra el Estado, como diría Spencer2. «Una jaula salió en busca de su pájaro», como reza uno de los aforismos de Kafka.
Nunca antes un totalitarismo moderno llegó o intentó llegar a esas profundidades.
El proyecto de sociedad que iniciaba en esos años llevaba a una dimensión nueva, lo que se conocía por entonces como neoliberalismo. Donde los mentores entendían solo una racionalidad económica sana3, en Chile imaginaron un modelo total de sociedad: lo que se postulaba como la razón natural de los mercados, hasta entonces aplicado al registro de la producción, podía entenderse como la forma general de las relaciones humanas.
¿Por qué no habría de regir la misma ley, esa de una supuesta naturaleza humana, ya fuera la producción y la compra-venta de mercancías como el cobre o la fuerza de trabajo, ya fueran los modos en que las comunidades conviven, crían, estudian, mejoran de sus enfermedades o velan y despiden a sus muertos?
Las relaciones sociales, cualesquiera que fueran, podían y debían tratarse y comprenderse como relaciones mercantiles.
Fue decisivo que tras el planteo no hubiera tanto, o tan solo, una avaricia incesante por nuevas áreas de negocio hasta ese momento reservadas a la gestión con sentido público. Hubo también una pretensión de dominación o dirección sociocultural; un ordenamiento del mundo social legitimado desde la intimidad existencial, en el interior de las personas. Los ideólogos veían en su nueva doctrina un método para controlar o dirigir la sociedad, disolviéndola mediante la autosujeción privatizada de los participantes.
El nuevo tiempo se organizaba en torno a una señal básica: la sociedad no existe; solo los individuos mercadeando.
Ser sujeto, el buen sujeto del tiempo que vendría, fue sinónimo de pensarse, sentirse y actuar como mercader, en un mundo que no fue sino un gran mercado, junto a los otros y sus acciones transmutados en mercancías.
Se trataba de la expansión de la lógica (racionalidad, espíritu o alma) del productor mercantil de forma general y capitalista en su forma plena, de quien calcula para optimizar cada una de sus decisiones conforme al total de las relaciones sociales; el imperio ahora, la regla del cálculo formal del beneficio también en las relaciones sociales de la vida cotidiana. Era la ley del mercadeo, la economía del individuo y sus señales: cada agente hará o decidirá según sus intereses, individuales, «privados», lo que mejor conviene a ello según el cálculo de resultantes. Programación profunda que se socializó como discernimiento obligante (jugando en el mercado no queda sino mercadear), excluyente (solo es posible mercadear) e involucrante (asimilando la filosofía, la técnica y el sentido del mercader). Se decía con los signos –esos que la subjetividad interpreta– pero sobre todo aparecía con las señales –esas flechas cuya dirección el sujeto ha de seguir.
Por el interés propio –ese egoísmo si bien «feo», también virtuoso, según enseñaba Smith– aprende el humano. Esa orientación y su enseñanza en las disposiciones o en los ánimos, en la reiteración de la escena y sus prácticas, también se acumuló y se hizo cada vez más fuerte, más firme, hasta copar la subjetividad entera. El sujeto invertido: atado a su propio acumularse, ya no disponible desde la fuerza de trabajo sino en tanto capital y ganancia.
Asistimos a una totalización de la forma mercancía (la razón de lo óptimo, técnica y/o ganancial) según mandataba la forma misma de la subjetividad social en su total; más allá del fetichismo de la mercancía, o más bien llevándolo a su forma extrema, la neoliberal, se proponía entonces una mímesis del capital. La subjetividad no se postraba o alienaba ante el mercado, sino que asimilaba su ley a la de su existencia.
Fue un llamado, forzoso, a unirse al baile de las mercancías, pero esta vez desde la subjetividad, o «por dentro», como bien intuyó Jorge Vergara, tan profundamente como no se había conocido caso.
Las siete modernizaciones buscan introducir márgenes de libertad personal desconocidos para el chileno (…) Todas ellas robustecen la libertad de decisión de las personas.
José Piñera4
Las siete modernizaciones o reformas (en lo laboral, en lo previsional, de la salud, de la educación, de la justicia, la renovación de la agricultura y del aparato administrativo) consiguieron, cada una de ellas, la programación definitiva de la subjetividad social en y desde el lenguaje y la filosofía neoliberal: la configuración del ethos del mercadeo.
Podrían describirse como un sistema de prácticas cotidianas reproductoras de un mismo esquema de «subjetivación»: una misma forma de relacionarse del sujeto con su acción, los otros y el colectivo. En la salud, en la vivienda o en sus aprendizajes, el programa era el mismo, la estructura dramática del «elegir» y su héroe, el ser libre que lo recitaba: «uno elige».
La sujeción como acto de libertad, la autonomía de los mercaderes: así se sujetó social, cultural y políticamente al sujeto que apareció cuando se le liberó dentro del mercado. En palabras de Nicanor Parra: «Dentro de la jaula hay alimento. Poco, pero hay. Fuera de ella sólo se ven enormes extensiones de libertad».
Ese era el principio esencial de la reorganización de la acción o la inacción estatal –por ejemplo, en el sistema de las AFP, en el voucher escolar, o en el sistema médico. Ya no los principios de la previsión social, del Estado docente, ni de la salud pública, porque el nuevo principio no se explicaba solo, acaso ni principalmente, en las posibilidades de lucro que abriera, o de la ventaja productiva que permitiera el mercado como asignador de recursos, etc. Este principio tuvo su fundamento en la constitución institucional del elector universal.
Un modo de individuación, por supuesto, distinto al sabido. Donde la individuación clásica proponía un individuo autonomizado en su conciencia moral, en el feliz ¡Sapereaude!5 de Kant, y en la ciudadanía política y cultural que se basaba sobre aquella; la nueva modernidad, por su parte, impuso una nueva individuación privatizada, esto es, un modo en que la singularidad del participante se revistió de forma managerial, gerencial, mercantil. Individuos sí, por supuesto, pero como en la feria, no como en las asambleas o los sindicatos, mucho menos como opinión pública. En vez del atrevimiento a pensar por sí mismo, el nuevo credo llamaba a atreverse a elegir todo, siempre, pues la expresión de la preferencia era lo único que había de hacerse con significado existencial. El individuo razonante de Kant cedió paso, en esta propuesta, en vez de, o junto al ya conocido en Europa neogregarismo de la masa consumidora, a un individuo calculador con lógica de capital (rentabilizándose, produciendo, agregándose valor o capturándolo, etc.).
Pero también es necesario considerar como algo especialmente novedoso, en esa época, la potente intuición del intento respecto al registro no «representacional» sino «práctico». La nueva ideología no se aprendía leyendo las entrevistas hechas a sus líderes o los panfletos de autoelogio que podían redactarse, sino en la savia que corría por las ramas del mercado y que cada participante aprendía, captaba y asimilaba según su posición en el ciclo. No ya por una palabra externa que interpelara y llamara, «Hey tú», como a fin de cuentas funciona todavía la publicidad –al modo que lo fuera antiguamente la ley política o la sagrada–, sino por una suerte de aprendizaje directo, pragmático, controlado desde lo que pulsa o impulsa, lo que empuja, afinado siempre en un mismo registro, como si hubiera solo intereses y estos fueran siempre del mismo tipo de los que echa en falta o anda buscando el mercader.
De este modo se daba forma, finalmente y de a poco, a unos sujetos totalizados en una misma lógica (o paralógica), reducidos a y controlados por la pulsión. Sujetos bajo un disciplinamiento del ánimo más allá o más acá de su dimensión reflexiva o de conciencia. Aunque, como veremos, la pulsión podía exagerarse e intentar llegar incluso más allá de sus posibilidades, haciéndose posibles sus crisis correspondientes y necesarias.
Las primeras consecuencias se vieron a propósito de la reforma previsional. Fue ese el experimento clave donde trasuntaba toda la nueva doctrina: en vez de trabajadores jubilados o pasivos, recibiendo sus recursos de la sociedad en retribución solidaria por su aporte en su vida activa, aparecieron individuos invirtiendo su previsión en su cuenta de capitalización individual. La idea era conceptualmente plena: la capitalización individual fue el inicio de una subjetividad gerencial obligada al cálculo de capital, a la racionalidad empresarial en forma, donde se acumulaban los asuntos de su propia existencia en el depósito e inversión de su biografía. Al mismo tiempo, el aportante se sintió estimulado a ello por el brillo del ahorro que crecía allá al final de su arcoíris en forma de capital y como el merecido premio por el trabajo bien hecho. Enganchaba más que convencía la AFP.
Desde entonces convivimos en esa doble historia con ellas que, si bien estorban o parecen abusar, lo hacen porque han capturado el ánimo propietario, ese de la individualidad que se mide según lo que se acumula o se posee. Esa cantidad, que es suya, es también un modo de ser del sujeto. Las Administradoras mostraban el método y el mensaje por el método, enganchando, adiestrando. Se redujo el costo o pago previsional del trabajador a la mitad y se prometieron pensiones al final de los días laborales mejores que las de entonces; como negocio, de ser cierta la promesa final, fue una oportunidad para iniciar el aprendizaje mediante un excelente estímulo: subía el sueldo inmediatamente en un 10% como premio por confiar en la eficiencia del nuevo sistema. El mensaje era el nombre: capitalízate, gobiérnate como capital. A partir de este momento se sabe que en Chile se es, subjetivamente hablando, al hacerse parte de la filosofía y la práctica neoliberales: uno es su capital y la vida de uno es su capitalización individual. No hay sociedad, solo individuos optimizando, comerciando.
Es cierto que las AFP fueron objetivamente la base de financiamiento de la inversión en Chile y en ese sentido cumplen todavía una función vital, no tanto para las previsiones de las personas, pero sí para la economía en su conjunto, o para el capital en particular. Con todo, aquí he querido subrayar este otro lazo, psicosocial, de sujeción o aprendizaje, en las reglas de la vida; el modo en el cual la persona se trata a sí misma como un recurso, acaso el único y acaso, por lo mismo, por ahí se le va toda la vida, en ese «recursarse» continuo, esa forma suya de aparición.
En su famosa entrevista de 1979, sentenciaba José Piñera: «El desarrollo otorga la posibilidad de eliminar la pobreza, y permite conseguir la adhesión de las mayorías al sistema porque les proporciona bienestar material. Pero esto no tiene un efecto decisivo sobre la penetración marxista, como se puede comprobar al observar lo que sucede en algunos países europeos. Lo que detiene el avance socialista es la extensión del campo de la libertad personal y la efectiva participación de base. No bastan la política económica y el éxito material. Es necesario asentar la libertad en las raíces de la sociedad, en todos los ámbitos que son vitales en la vida diaria de una persona». No se podía volver, según él, «a un sistema en que cada seis años éramos convocados a elegir una autoridad que tenía un poder desmesurado para decidir el curso de nuestras vidas». Antes de la fundación neoliberal, «era tan decisiva cada elección presidencial que se transformaba casi en una guerra civil política que dividía profundamente a los chilenos. Al marxismo le bastaba dar la lucha por el poder político para intentar imponer su modelo aberrante de sociedad. En una sociedad verdaderamente libre, para triunfar hay que ganar infinitas batallas a nivel de individuos, sociedades intermedias, y poder de cúpula. Y al marxismo eso le es imposible»6.
José Piñera imaginó, con ciencia y método, unas reglas de vida gracias a las que, por cumplirlas con disciplina, como un sujetamiento por la práctica, se moldeaba un sujeto hecho a imagen y semejanza de esas reglas. Si alguien juega a elegir cada día en todos los asuntos de la vida cotidiana, como quien estuviera continuamente mercadeando, terminará siendo aquel jugador optimizante que allí se aprende. Y entonces, cuando su pulsión y el músculo del interés propio, lo propio-privado, estén ya bien fortalecidos, entonces las rendijas se habrán cerrado. Pensará, sentirá la vida, cada vez como Adam Smith, Spencer, Thatcher, o como un comerciante.
El análisis de Piñera tenía lógica: el objetivo final de las transformaciones era la formación de una subjetividad que, por el esquema en que venía entrenada, disciplinada en el ejercicio práctico, diario, continuo, de las instituciones diseñadas para tal efecto, estuviera protegida, por clausura, de la convocatoria marxista o, en general, de la acción colectiva que por definición era organizada, haciendo desaparecer el horizonte de lo posible y lo deseable que esta pudiera proyectar.
José Piñera lo entendió temprano: de la sana doctrina de la economía advendría una sana doctrina de la sociedad. Él comprendió su trabajo –la modernización neoliberal de Chile– como un dispositivo esencialmente protector del orden. Los que se insubordinaron y sublevaron fueron los mismos que antes estuvieron disponibles, en su vida cotidiana, para la palabra seductora o diabólica.
La tarea de propiciar una nueva subjetividad consistió entonces en cerrar las rendijas de la vida cotidiana por donde se colaba todavía el discurso y la convocatoria sociopolítica, ya de los liberales caídos en la desgracia de la duda y lo pusilánime, o bien, sobre todo, de los enemigos de la sociedad libre –el marxismo y, en general, «la política».
Es necesario asentar la libertad en las raíces de la sociedad, en todos los ámbitos que son vitales en la vida diaria de una persona.
José Piñera7
Si queremos una democracia auténticamente libertaria, y no estatista o socializante, es menester arraigar en los chilenos el ejercicio de las libertades económico-sociales, identificadas con los derechos cotidianos que más gravitan en la efectiva decisión de cada persona respecto de su destino personal y familiar.
Jaime Guzmán8
Ya por la sola consonancia de las voces de Piñera y Guzmán se trasuntaba la importancia del asunto. También por lo rebuscado de las fórmulas: a) derechos «cotidianos» es una figura acaso hasta inventada por el hablante; por cierto, de rigor dudoso, pues no queda claro qué puedan ser los otros, los derechos «no cotidianos». De lo que estaba hablando, en diagonal, era de los derechos del individuo privatizado: el elector. Como fuera, Guzmán fue el único que entendió, en su propio concepto de lo «cotidiano», lo que estaba en juego con las reformas. Se trataba de una forma de vida, una forma entonces de subjetividad, una conformidad y una hegemonía, todo a la vez.
Por otro lado, b) las «libertades económico-sociales» fueron otro invento considerable para juntar la racionalidad del capital y el interés con la racionalidad reproductiva social o popular. Esto es, se enunciaba la homología plena, incluso terminológica, entre la razón del capital en sus inversiones, por ejemplo, y la razón de una familia eligiendo escuelas o previsiones. Lo rebuscado fue lo encontrado: lo que habitualmente se entendía como «derechos económico-sociales», desde un lenguaje, si se quiere, «socialdemócrata», el enemigo mayor del nuevo verbo neoliberal, aquí se torcía en «libertades económico–sociales» con la intención de decir exactamente lo contrario. Sonaba tan bien como la otra, pero en un sentido opuesto. De cualquier modo, en lo «económico-social» se estaba aludiendo, exclusivamente, a lo que llamamos la «reproducción social», la vida cotidiana –en ella, centralmente, la casa y sus afanes9.
Por si esto no bastara, c) «en todos los ámbitos que son vitales en la vida diaria de una persona», decía José Piñera, era donde había que reeducar. La redundancia es por abundancia, pareciera: «todos los ámbitos» es la vida entera, lo que es vital es de la vida, la vida es la vida diaria, el diario es lo de las personas, etc. Bastaba decir: «en todos los ámbitos de la vida». Pero el pleonasmo de Piñera, en ese aparecer del diario y de la vida, resonaba en la enunciación aguda de Guzmán cuando apuntaba al cotidiano y los mundos personales.
Muestran, también, estas citas, la notable concurrencia de racionalidades católicas conservadoras, de nacionalismos autoritarios y de teóricos y promotores del nuevo capitalismo, en un bloque de dirección convergente en lo que ya les parecía un proyecto de sociedad completo, una consecución plena de su tarea hegemónica como clases dirigentes. A los católicos conservadores y al nuevo empresario, lo mismo que al nacionalismo autoritario, les espantaba la politización popular y las formas de Estado democrático reciente, civil, laico e interventor. Todos ellos entendían la potencia del nuevo modo respecto de sus propias contiendas y adversarios. Disuelta la identidad patronal de los fundos por la historia, en el tráfago de esos años reaparecía una identidad de clase dirigente con su propio proyecto de sociedad y modos de vida. Solo le lastraba la parte liberal democrática que huía por esos días de la rudeza de la nueva alianza. Sin embargo, en la década de los noventa la reunión será plena. Pero no nos adelantemos.
Se puede afirmar que si el destino pertenece a los individuos y no al Estado, los cambios serán graduales y no drásticos, y muchas veces violentos. Por eso, el gran desafío para el Gobierno es transformarse en aquel que puede hacer la última revolución, la libertaria, aquella que al arrebatar el poder al Estado y devolverlo a los individuos, termine con todas las revoluciones.
José Piñera10
Si quieres tener fe, híncate y reza, decía Pascal.
La libertad de la que se hablaba comenzaba en el modo de producir, pero terminaba, sin discontinuidad, hilando sujetos, formando conformidades, conformando, formando y domando un ánimo.
Y donde estaba la sociedad –y sus formas, mediadoras entre los sujetos y la totalidad– aparecía ahora el vacío. Individuos, solo individuos intercambiando, coordinando acciones, comerciando, mercadeando.
M. Friedmann, en su famosa carta a Pinochet en el 75, le señalaba a este no solo la virtud de una economía sana según donde fluyera la racionalidad mercantil, sino también una segunda virtud, no solo económica sino también política y moral. Específicamente, la reeducación de la población, en el ejercicio de la autorresponsabilización individual de los destinos y situaciones: dicho en reverso, en sus palabras: «dejar de ver en el Estado el solucionador de sus problemas». En esa cláusula, estimo, está lo esencial a partir de lo cual giraba la reflexión de José Piñera. Observaba él cómo en esa negatividad –dejar de mirar al Estado– se afirmaba una positividad revolucionaria –la ya dicha autorresponsabilización de los individuos, tal cual ocurre en el juego universal y ubicuo del mercadeo–. Transformó la doctrina económica neoliberal en una propuesta de dirección político-moral, un intento de hegemonía.
Decía en esa misma carta Friedman: «Hace unos cuarenta años, Chile, como muchos otros países, incluyendo el mío, se encausó en la ruta equivocada (por buenas razones y sin maldad, ya que fueron errores de hombres buenos y no malos). El mayor error, en mi opinión, fue concebiral Estado como el solucionador de todos los problemas».
Mientras el sujeto siguiera esperando, mirando a lo público y a la sociedad, todavía era posible que terminara actuando en colectivo. La tarea, por ende, consistía en desviar esa mirada: a la sociedad no se la debía mirar ni pensar; se debía recibir y actuar. Y se la vive desde y para lo propio o lo privado.
No era una obra menor: la forma tradicional consistía, antes de la individuación, por varios siglos, en los sujetos mirando a Dios y al patrón. Luego, por un puñado de décadas, hubo el primer intento de individuación, mirándose entre ellos, como en la polis. Se reintentó la individuación que entonces no alcanzó a ser, pero en otra dirección: ni a Dios, ni al patrón, ni al Estado, ni al vecino. Individuarse aquí es no mirar a nadie. La vista fija en la aguja del sí mismo, como con anteojeras, enfocado en la maximización en cada paso. Una individuación hostil, sin más ley que «toma y saca». Otra vez, el mercadeo.
No solamente «todo es contractual en los contratos», contradiciendo la última esperanza de Durkheim. Esta vez, finalmente, se llevó a cabo el extremismo conceptual de H. Spencer: «el individuo contra el Estado», y todo podía ser campo de batalla para esa guerra.
«No hay sociedad; solo individuos» decía Margaret Thatcher. Complementaría Piñera: solo individuos eligiendo todo en el diario vivir de la vida social. Individuo es, positivamente dicho, quien elige. La sociedad se redujo a polvo estadístico. Nada de forma o estructura. Nada de sistema o capacidad de autoproducción o gobierno. La sociedad se disolvió en individuos y todos sus lazos en contratos.
Pero los alcances fueron todavía mayores: por un lado a) se desfondaba todo –salud, educación, ropa de estación, longanizas–. Todo era igual y nada era mejor, como en el tango. Lo importante era aplicar la tecnoeficiencia, producir ganancias y sacar ventaja. Por otra parte, b) se ataba al sujeto a esta forma de libertad, responsabilizándolo de la calidad de sus decisiones, desatando el lazo social de la reciprocidad o la solidaridad de clase o de conjunto. No hubo más sociedad, solo individuos eligiendo sus destinos. No hubo estructura (que discriminara) ni conjunto (que respondiera)11.
Desaparecía con ello la estructura social –esa reja en la que estaba parado, posicionado, el eligiente y las reglas de lo elegible o no elegible que esa posición le imponía– y desaparecía la historicidad del orden –lo que era propio de un tiempo y sus clases, aparecía como propio del orden natural y antropológico–. Se trataba, sin embargo, de hechos sociales.
Uno de los asuntos mayores de esos años fue la aceptación de la evidencia del carácter fundacional, refundacional, y no meramente represivo-restaurativo de la dictadura, así como lo expresaba José Piñera. Asunto distinto es que aquello se creyera y/o entendiera en sus reales alcances. Aún más distinto es que se pretendiera una adhesión ideológica total a ello.
Es mérito de Manuel Antonio Garretón haber señalado, entonces, el asunto y sus consecuencias12. Concretamente, obligaba a repensar el talante o carácter sociológico del régimen dictatorial y, de paso, la propia racionalidad de una resistencia, oposición o alternativa política. Si la dictadura no se trataba solo de represión restaurativa, entonces la resistencia quedaba fuera de foco.
Ahora bien, en sus análisis Garretón logró captar la refundación esencialmente en sus modos de «doctrina económica» y en su pretensión de institucionalización política (la democracia protegida era, después de todo, una institución, una de esas pocas de las que podía decirse que «funcionan»). De hecho, él estimaba que radicaba allí una debilidad insuperable del proyecto, ya que no lograba un equivalente funcional a lo que él mismo valoraba, con agudeza, como la función histórico-estructural de la política en la sociedad chilena, al menos en la que él conoció de niño y de joven, en los años cuarenta y sesenta. No encontraba en la propuesta de Piñera y sus amigos la columna vertebrante de una sociedad chilena que, sin ella, quedaba desarmada. La sociedad, en la interpretación de Garretón se hacía en la política.
La fundación en ciernes, sin embargo, no era solo económica o eventualmente política, como se ha señalado. También quería ser una revolución sociocultural. El primero en percibir esto fue Norbert Lechner13. Quizás porque arribó a la sociedad inmediatamente anterior, la que no llegó a ser, esa del Chile democratizador/industrializador, y se tuvo que enterar de una sociedad que empezó a serlo con modos impensados aquí y en cualquier mundo sabido. En ese sentido, su caso es análogo al de quienes fueron niños/as y jóvenes durante la Unidad Popular: nacidos en esa sociedad perdida y renacidos en otra que nunca sería la suya y a la que verían, sin embargo, desplegarse.
En lo esencial, estudiando el uso del tiempo libre –lo que se podía sin levantar polvareda inconveniente–, Lechner oyó por vez primera el decir del nuevo tiempo. Escuchó al sujeto regresando a, o reapareciendo desde, sus mundos privados.
La privatización de la vida cotidiana fue una fórmula potente para Lechner. Intuyó lo que aún no podía saberse, o no al menos desde la sola observación del tiempo libre. La privatización del cotidiano significaba la cancelación de todo lazo gregarizante, organizante, colectivizante, público.
Una suerte de sociofobia que comenzaba en esta forma negativa, de retraimiento, de encierro, del «metro cuadrado». Si la sociedad no existía, tampoco la ciudad ni la plaza. Solo individuos y sus familias. Ni civis, ni polis, sino una subjetividad en el encierro, que dibujaba y remarcaba el círculo de su retraimiento respecto del espacio de la civis –el encuentro con extraños como norma de la ciudad, al decir de Sennett– del mismo modo que estaba obligado al retraimiento de la polis –el encuentro de los ciudadanos en asamblea. El hacha14 neoliberal cortaba todas las relaciones por esos días. Atomizado el sujeto, la ciudad era un peligro que se conjuraba con la indiferencia, tratándola como si no existiera. Así fue tomando forma el vacío anunciado por Thatcher: se vaciaron la plaza y la calle, la civis, justamente cuando también la polis era invadida y reconquistada por los militares.
Lo que estaba escuchando e intentando decir Lechner al hablar de privatización de la vida cotidiana fue uno de los rasgos de subjetividad a desarrollar en este tiempo y que más tarde algunos observaríamos como una forma de individuación hostil y paranoide. El uno no se relaciona o «mete» con nadie, por miedo. ¿A quién? Al otro: el roto, el cuma, el rasca, el picante, el punga, el flaite, todas versiones del mismo tropismo. Del trabajo a la casa, y a la inversa. Y en la casa, puertas cerradas.
Lechner, puede decirse, inició con esos estudios la observación de la cotidianidad y de lo subjetivo, situándolo en un lugar esencial para la comprensión del nuevo orden15.
A mi juicio, la comprensión más aguda en esta avanzada desde la perplejidad (y por cierto como planteamientos marginales en la a su vez marginal discusión sociológica de entonces) fue la que le escuchamos, en el año 80, a Jorge Vergara. Acuñó él una noción que sonaba extraña, pero necesaria: «hegemonía fáctica», la cual quería interpretar cómo un régimen de facto; en medio de los propios actos cotidianos, podía estar logrando la formación de una subjetividad al final «disciplinada» y conforme a las nuevas reglas o al nuevo orden.
Entendía Vergara que el objetivo esencial del nuevo sistema de reglas no era la adhesión ideológica, como si pretendiera obtener el cariño y el fervor popular. Este buscaba, en su lectura, una adhesión subjetivo-práctica, en tanto funcionaba como una institucionalidad que en su propio operar educaba a los ánimos en direcciones propicias para su adecuación al régimen.
El poder, a través de un complejo proceso, parecía haberse interiorizadoymediatizado. Estaba produciéndose una forma de dirección social que consistía en el condicionamiento de las conductas, el control de los cuerpos y de los actos, más que en la aceptación consciente y racional. La subversión del poder autoritario-mercantil se mostraba como estrategia de disciplinamiento,como la capacidad de un bloque de poder organizado alrededor de y en el Estado para someter a la sociedad chilena de acuerdo con el doble criterio de obediencia y utilidad. Se trataba de una técnica minuciosa de control social de las conductas a través del control de los cuerpos, de los espacios, de la medida y sentido del tiempo.
La disciplina fue parca y eficaz en su actuar. Creó sujetos disciplinados, obedientes y útiles gracias, además, a la eficacia negativa que dificultaba o más bien impedía el surgimiento, la transformación de esos sujetos en sujetos democráticos, sociales y autónomos. Esto último sucedió gracias tanto a la represión directa, como a la de los múltiples mecanismos capilares disciplinarios que recorrían la vida cotidiana a la vez que condicionaban y configuraban la nueva situación.
En la misma dirección de Vergara, en el colectivo de la revista Kritica planteábamos el reto histórico propuesto e impuesto por la dictadura con su proyecto de refundación no solo del capitalismo, sino, con él, la formación de una subjetividad con orientaciones y enganches desconocidos y hasta alucinantes. Entendíamos que lo que comenzaba a fortalecer al régimen no era solo la represión. Tampoco una ideología-verbo que exigiera ser creída como tal. Intentamos en ese momento poner el oído en esas prácticas sociales en que, por actuarlas, aprendía el sujeto a ser y estar de una manera coherente y orgánica con ese nuevo disciplinamiento.
La apuesta del régimen fue por una filosofía de vida sostenida en una praxis institucionalizada. No eran palabras; era el juego de la vida donde las palabras se aprendían a pronunciar de cierto modo, para ciertos fines, adoptando ciertas actitudes esenciales hacia el otro y el colectivo. En esos textos de Kritica percibíamos que estábamos ante una filosofía plena en el sentido gramsciano: una idea de la realidad y de la vida que apostaba o pretendía convertirse en espíritu colectivo, en saber vivir popular y corriente, en un ethos, un modo de ser y estar en el mundo.
El régimen no aparecía entusiasmado en la formación de unas huestes de seguidores, ni tampoco en imponer finalmente una doctrina económica sin más; lo que le interesaba era la despolitización y el redisciplinamiento, el reentrenamiento de las personas en las reglas del juego de la nueva vida. No era la doctrina económica ni el relato nacionalista autoritario; era el programa cotidiano neoliberal donde se fraguaba, a mi juicio, el corazón de la conformidad que duraría tantas décadas.
Por mi parte, planteé en algún momento que el asunto que se abría era el de la subjetividad: no eran débiles los dominantes por no tener apoyo o adhesión. Mejor aún, eran fuertes por partida doble, en tanto lo que buscaban de fondo era, precisamente, la despolitización. Y fue en medio de esta despolitización donde el régimen encontró su hábitat ideal, no entre unas bandas fascistizadas o politizadas de cualquier modo.
No se necesitaron huestes aclamando, aunque algunos las hubiesen deseado: el nuevo orden requería individuos subjetivamente privatizados por una ideología «privatista».
Tratamos en su momento de entender e interpretar los dispositivos silenciosos de conformidad o «incorporación» del régimen. Y en vez de mirar las posibilidades de la institucionalización política, o bien de la institucionalización de la nueva economía, apuntamos a esta potencia hegemónica en ciernes y su particular método «por la praxis». Los dispositivos incorporativos, o de conformidad, se asentaron en la misma dinámica reproductiva de la realidad nueva. Por ejemplo, las nuevas formas de vida universitaria que configuraban la situación en que se desarrollaba la práctica de los sujetos sociales. Las condiciones, por ejemplo, en las que el estudiante era forzado, por ley de la realidad o las cosas, a participar cotidianamente. Son ellas las que, por sí mismas, generaron efectos de incorporación. Se impuso una realidad cuyas reglas obligaban, en la práctica, a competir, no tanto por mediación de un mensaje o algo que se decía, sino porque todo estaba ordenado para ello.
Por eso el discurso asociado a «las siete modernizaciones» estaba cargado de lenguaje mitológico y cuasi mágico, como si su propósito consistiera en crear un mundo, un camino y un sujeto dispuesto a recorrerlo y habitarlo respectivamente. Lo necesario era producir sujetos, no instituciones.
En el año 1983 publiqué un artículo en revista Margen que llevó por nombre «Las nuevas formas de dominación universitaria»16, en donde desarrollé una caracterización sobre estos dispositivos de integración o conformidad en el contexto universitario. Sobre esa base propuse que, a través de la promesa de incorporar una élite, el fomento a la competitividad y la introducción de una racionalidad mercantil, entre otros aspectos, se fueron reestructurando los principios de constitución de los grupos sociales mismos. El efecto de esto, más que una despolitización de la vida, fue una nueva concepción de la política, desde la cual, como hemos visto hasta el momento, se concibe como innecesaria la mediación entre el individuo y la totalidad.
«Las nuevas formas de dominación en la universidad», revista Margen N°3, 1982, fragmentos:
«(…) la invitación que se hace al estudiante a acceder a una integración disciplinada al orden establecido, con la recompensa de llegar a constituir parte de la élite. En palabras recientes del Rector de la U. de Chile, General Medina Lois, la misión de la Universidad es generar élites (…) y formar a los estudiantes que han de constituir la élite de la sociedad que las Fuerzas Armadas están construyendo. En concreto, hay una invitación a la integración privilegiada al sistema.
»Más que la capacidad de convencimiento que tenga esta invitación, que a mi entender no es muy alta, me parece interesante destacar en este tipo de mecanismo la definición, implícita en ella, del invitado. Porque aquí no se llama, ni se convoca, un movimiento estudiantil a apoyar activamente el sistema que se está creando; al contrario, se llama al estudiante individual, a una incorporación también individual que asume la forma de una inversión a futuro.
»El segundo tipo de mecanismos incorporativos es mucho menos explícito, pero, a mi juicio, mucho más eficaz. Ellos se asientan en la propia dinámica reproductiva de la realidad impuesta, de cierta vida universitaria y ciertas condiciones en que ella se desenvuelve, que han sido impuestas y de allí en adelante conforman la situación en que se desarrolla la práctica de los sujetos sociales: son las condiciones en las que el estudiante es forzado a participar cotidianamente que, por sí mismas, van generando efectos de incorporación, derivados de la dinámica reproductiva de la realidad misma en que se desenvuelve actualmente el estudiante.
»Un primer ejemplo se refiere a la competitividad, a cómo ella se fomenta a través de las reglas mismas. A veces se da a entender que los estudiantes (pongamos aquí alternativamente: los jóvenes, las mujeres, los obreros, etc.) son inducidos a la competitividad a través de un conjunto de «canales» ideológicos, en particular de los medios de comunicación de masas, etc. Ciertamente uno no va a afirmar que los medios de comunicación en el Chile de hoy buscan desarrollar entre los habitantes la solidaridad, la fraternidad o la justicia. Sin embargo, no parece ir por allí la principal fortaleza con que cuenta la ideología oficial, sino, más bien, por el hecho de que se impone una realidad cuyas reglas obligan, en la práctica, a competir; ese es, más que el mensaje explícito, el principal factor que genera conductas «competitivas. En las Escuelas de Economía, por el hecho de utilizarse un sistema de evaluación basado en la media aritmética, está de hecho establecido que una determinada cantidad de alumnos reprueba por el hecho de que otros aprueban: hay entonces una obligación de competir, incluso como necesidad darwiniana de supervivencia. No se trata entonces tanto de lo que a uno le hablen sobre las ventajas de la competencia, sino del hecho de que uno se ve obligado a competir y esa conducta pasa a ser casi un dato de la realidad misma; porque la realidad la define la autoridad.
»(…) la posibilidad de triunfar en un conflicto universitario (y muy probablemente esto se aplica a otras esferas de la vida social en el Chile de hoy) muchas veces –las más de las veces– no depende tanto de la capacidad de presionar colectivamente sino que la autoridad estimula la presentación individual de los conflictos y demandas.
»Está, por último, el aspecto de la introducción de una racionalidad mercantil en la vida cotidiana (…) Se trata aquí de una perspectiva que reduce al otro a la condición de mero instrumento; es la instrumentalización tanto del espacio en que Yo coexisto con el Otro, como también de la persona misma del Otro. Se trata de la reducción de las comunicaciones y las relaciones intersubjetivas a meras relaciones funcionales y de “mutuo provecho”, lo que también va generando asilamiento, en contra de la posibilidad de una práctica colectiva.
»Creo que, a través de estos mecanismos de castigo y de estos mecanismos incorporativos (…) se configura un cambio sustancial en los principios de constitución de los sujetos (en este caso, del movimiento estudiantil).
»La nueva dominación transforma a los sujetos (...)
»La ausencia de énfasis en la institucionalización de este tipo de mecanismos de participación o de procesamiento de los conflictos (…) llevaría a plantear, desde el estudio del caso concreto, una hipótesis de interpretación más general: es decir, que la dimensión clave para comprender las nuevas formas de dominación es entender que ellas no se configuran tanto como un conjunto de mediaciones entre los grupos y la autoridad, sino más bien como una trasformación de la relación entre la totalidad y el individuo (en este caso, por ejemplo, entre el estudiante y el sistema universitario y/o el sistema laboral al cual se va a incorporar). Cabría discutir si esto es válido en otras instancias de la sociedad y, más en general, en el conjunto: esto es, si la nueva pauta de la dominación, o los intentos de restructurarla, se centran en el problema de la edificación de nuevas formas institucionales de mediación, entre los grupos sociales (la sociedad civil, o como se llame) y el Estado, o se centra fundamentalmente en un intento de reestructurar los principios de constitución de los grupos sociales mismos, con el objetivo, incluso, de llegar progresivamente a hacer innecesaria la mediación entre el individuo y la totalidad. Es decir, si estamos en presencia de un nuevo «régimen político» que está emergiendo o si, por el contrario, se trata de la imposición de nuevos principios constitutivos de los grupos y las clases sociales.
»Quiero referirme al punto de la recuperación de lo subjetivo, que aquí ha sido acompañado de la preocupación extra acerca de la recuperación de lo cotidiano para la definición de las prácticas políticas y como contenido propio del accionar político.
»Que era necesario construir una práctica política que no admitía reducirse a ciertos temas específicos y que obligaba a volver a lo cotidiano; volver allí mismo donde los hombres estaban desenvolviéndose. Esto, claro, expresa una situación nueva, donde –como tanto se ha dicho– no hay mediaciones ni un Estado interlocutor. Pero también expresó posteriormente –y esto lo creo fundamental– una nueva concepción de la política, que atacaba las bases mismas de lo que entendíamos por política y por práctica política. Y allí lo cotidiano adquirió un sentido profundo, porque se pasó a entender que la invención de un futuro no es cuestión de élite sino colectiva. ¿De dónde podrían estas colectividades inventar un futuro?
»Este era el punto que yo quería poner en la discusión»17.
