La pregunta incesante - Lierni Irizar - E-Book

La pregunta incesante E-Book

Lierni Irizar

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Beschreibung

La pregunta incesante trata, más allá de lo que el título enfatiza, sobre el uso de la palabra como instrumento para buscar una respuesta siempre penúltima. A partir de diez eminentes ensayos, los autores de este libro, exploradores del verbo, escudriñan en esta segunda obra escrita a dos manos, lo que las palabras dicen y lo que no escuchamos al decirlas y que incluye la subjetividad, el misterio de lo irrepresentable, lo que se sustrae a la razón y que, no obstante, permanece siempre presente en lo que buscamos decir. Inquilinos del asombro, descentrados de la totalidad y de los absolutismos, buscando con la mayor transparencia posible el sentido de una ausencia, más que la ausencia de un sentido, con la cabeza descubierta bajo la lluvia de los interrogantes, acogen, con pasión por el lenguaje, aquellas cuestiones siempre irresueltas, pero nunca agotadas: la muerte, el amor, la música, la poesía, la finitud, etc. Toman las palabras partiendo de su fisonomía múltiple y equívoca para indagar lo que esconden bajo la piel y se apoyan, para ello, en diez notables y admirados ensayistas. Santiago Kovadloff, Delphine Horvilleur, Alain Finkielkraut, Miguel de Unamuno, Marc-Alain Ouaknin, Joan-Carles Mèlich, George Steiner, Albert Camus, Rafael Argullol y Roberto Juarroz (además de otros) son la compañía elegida en esta fascinante aventura con su duende, su musa, su inspiración, porque estos ensayistas no escriben para llenar un vacío sino para mantenerlo abierto, dado que, como los autores sostienen en muchos momentos, escribir es abrir, porque la palabra abre, desgarra pero también abraza.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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SINOPSIS

La pregunta incesante trata, más allá de lo que el título enfatiza, sobre el uso de la palabra como instrumento para buscar una respuesta siempre penúltima. A partir de diez eminentes ensayos, los autores de este libro, exploradores del verbo, escudriñan en esta segunda obra escrita a dos manos, lo que las palabras dicen y lo que no escuchamos al decirlas y que incluye la subjetividad, el misterio de lo irrepresentable, lo que se sustrae a la razón y que, no obstante, permanece siempre presente en lo que buscamos decir.

Inquilinos del asombro, descentrados de la totalidad y de los absolutismos, buscando con la mayor transparencia posible el sentido de una ausencia, más que la ausencia de un sentido, con la cabeza descubierta bajo la lluvia de los interrogantes, acogen, con pasión por el lenguaje, aquellas cuestiones siempre irresueltas, pero nunca agotadas: la muerte, el amor, la música, la poesía, la finitud, etc. Toman las palabras partiendo de su fisonomía múltiple y equívoca para indagar lo que esconden bajo la piel y se apoyan, para ello, en diez notables y admirados ensayistas.

Santiago Kovadloff, Delphine Horvilleur, Alain Finkielkraut, Miguel de Unamuno, Marc-Alain Ouaknin, Joan-Carles Mèlich, George Steiner, Albert Camus, Rafael Argullol y Roberto Juarroz (además de otros) son la compañía elegida en esta fascinante aventura con su duende, su musa, su inspiración, porque estos ensayistas no escriben para llenar un vacío sino para mantenerlo abierto, dado que, como los autores sostienen en muchos momentos, escribir es abrir, porque la palabra abre, desgarra pero también abraza.

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Lierni Irizar

Arnoldo Liberman

LA PREGUNTAINCESANTE

Bajo la piel de las palabras

Pórtico

El pórtico de un libro, cualesquiera fueran sus intenciones, es siempre un desafío y a veces un peligro, cuando no una presunción, una voluntad excedida. Y decimos voluntad excedida no sólo por nuestra pasión por la literatura (“el amor es fou y si no es fou no es ni fu ni fa”, como decía un amigo), sino porque pensamos que la única manera de decir nuestra verdad, la verdad personal, es transitar no sólo lo que vemos sino lo que no vemos, lo que sentimos y lo que no podemos sentir, lo cierto y lo incierto, lo que queda y lo que se va, lo imprevisto, lo incompleto, lo quimérico, lo asombroso, lo inesperado. Recorrer las palabras como el salvoconducto de nuestras convicciones y nuestras imprevisiones, de nuestro anhelo y nuestra utopía, la literatura como pretexto para contarnos a nosotros mismos aquellos restos que los grandes creadores, su mirada lúcida, su tono relevante, nos dejan de regalo en este camino del vivir. En síntesis, atravesar esas señales, esas huellas que son como una revelación, un deslumbramiento que a veces nos produce una frase que creíamos manida y a veces, de sopetón, surge en ella una palabra imprevisible y desconcertante, de golpe y porrazo (como decíamos en nuestra infancia) allí está, presente y luminosa, como surgida de lo imposible. Y cuando se ama la retórica poética como nosotros la amamos (retórica es un término desvalorizado que defendemos con tesón y que tiene más que ver con lo persuasivo y elocuente que con lo altisonante y pomposo), el riesgo es mayor. Reivindicamos la retórica injustamente ninguneada porque los dos autores de este libro pertenecemos a esa tribu de inquisidores del alma (“¿los argentinos y los vascos todavía hablan del alma?”, preguntaba Félix Grande alguna vez), a esa tropa de seres interrogantes e interrogados que anhelan una respuesta posible que nos permita diagramar una hipótesis sobre la literatura, es decir, sobre la vida. Porque en una indagación sobre literatura –en este caso sobre ensayistas notables que nos han enseñado a pensar– importa el porqué de lo que hacemos, el sentido de dicha indagación, esa red de rizomas (empleando el feliz término de Deleuze y Guattari) que nos conforman no sólo como lectores sino como miembros de la urdimbre humana.

Hacemos una serpentina. Cuando Paolo Freire, el notable psicopedagogo brasilero, en su primera visita a Buenos Aires, dio una conferencia, comenzó con estas palabras: “No vine aquí para hacer un discurso sino para conversar. Les haré preguntas y ustedes me las harán a mí. Nuestras respuestas darán sentido al tiempo que pasaremos juntos”. Hubo un silencio y uno de los presentes dijo: “Muy bien, gracias por ahorrarnos un discurso aburrido. Tengo ya mi primera pregunta”. Y Freire le respondió: “Adelante, pues”. “Maestro, ¿qué significa preguntar?” y Freire, luego de un silencio, contestó: “Vivir en la pregunta”. Suponemos que, como afirma Ariel Liberman, quiso decir que se trata de: “Habitar la pregunta, comprometerse con ella, hacerla entraña”. Esto es esencial al significado y el sentido de la pregunta, su capacidad de hacerse carne, expresión de vida. “Una cosa es la forma y otra la pregunta. La forma no significa que la pregunta esté habitada. Hay preguntas habitadas y preguntas deshabitadas”, nos dice Ariel, y agrega: “Si está esencialmente vinculada, la pregunta es genuina”. Como dice Santiago Kovadloff hablando de Martin Buber: “No es lo mismo hablar de que hablar desde”. Palabras válidas. Quizá es similar a sentirse espectador o vivirse convocado como protagonista.

Somos muchos los candidatos a pensadores que hemos agradecido a Freud la permisividad que nos otorga la libre asociación: asociar pensamientos y disparar preguntas príncipes es oficio de vivir. No buscamos deslumbrar (anhelo imposible y prescindible) sino iluminar nuestro propio camino, “aunque sea con la luz de una vela”, como decía ese poeta inmenso que fue Antonio Porchia. No tratamos de crear una “parroquia amable y rentable” (como diría Fernando Savater) sino exponer libremente nuestras más entrañables cojeras y nuestras adhesiones más hondas e intentar sentirnos cómodos en nuestra búsqueda. Recordamos el viejo chiste de la beata moribunda, cuando el sacerdote intenta consolarla elogiando las alegrías del cielo ya inminentes. Y la anciana responde: “Todo está muy bien, padre, pero como en casa en ninguna parte”. El sacerdote logra conmoverla, pero no convencerla. Esta búsqueda es nuestra casa y en ella vamos a vivir este encuentro. “El ser humano se plasma en la recíproca presencia, se reconoce y se realiza en cada encuentro”, dice Buber. Y lo más valioso del encuentro es que no tiene fines utilitarios: es un encuentro en sí. La palabra primordial se borra en cuanto la corruptela cotidiana mete sus manos, cuando perdemos nuestra condición de sujetos, cuando la intención entrañable se transforma en manipulación, cuando hay una invocación perversa de la palabra amor. Por eso Santiago Kovadloff nos dice “cuando bebas agua recuerda la fuente” y agrega: “Es una relación auténticamente dialógica porque se trata de interlocutores que se escuchan”. Y rubrica: “Tú es el otro cuando mi palabra lo alcanza en la intimidad de la revelación, en el ámbito del misterio”. Es decir, decimos nosotros, que el Tú y el Yo establecen un vínculo simbiótico nacido del compartido afán de redescubrirse mutuamente y, claro, compartimos totalmente que se trata de una revelación. Muchas veces la asociación libre nos trae al tú que nos habita. Como dice Kovadloff, “yo soy el Yo de un Tú cuando rebaso mi actitud natural, cuando trasciendo mi actitud problemática, y logro, mediante la gracia de la revelación, descubrirme”. Claro que no se trata de soplar y hacer botellas y nuestro hipotético lector lo comprenderá fácilmente. Como sabemos bien por nuestra experiencia, la comunicación no es algo que se tiene sino algo que se hace. La aridez de la página en blanco no es un desierto sino el incentivo para buscar la mirada del otro, y de ahí que en realidad la página en blanco sea un silencio maravilloso donde puede nacer lo mejor de nosotros mismos. Ese silencio al que nosotros deberemos darle nuestra propia mirada abastecidos de aquellos otros silencios, el del Mediodía de Nietzsche, el de la Noche de Lautréamont, el del Moisés y Aarón de Schönberg, el del Tractatus de Wittgenstein, todos aquellos silencios asombrosos que nos enseñaron a preguntar, a querer saber, a ponerle nombre a ese a-Dios que no termina de ser despedida y que posee un entrañable aroma a cierta religiosidad.

De ahí la importancia decisiva de la música. El silencio y la palabra dejan de ser instrumentos retóricos para transformarse en límite del sentido y la corchea adquiere una soberanía sin igual. Una estructura musical básica que, detrás de todas las palabras o debajo de ellas, lo llamemos Nietzsche o Lautréamont o Schönberg o Wittgenstein o cualquiera de nuestras emociones ocultas, forman parte de lo que los románticos llamaban “el fondo enigmático del alma”. Y naturalmente el emergente más conmovedor de esta inquietud es la música, de la que en muchos momentos hablaremos. Uno de los paradigmas de esta aseveración es la ópera Moisés y Aarón de Arnold Schönberg, esa ambiciosa dicotomía entre palabra y música, ese Moisés que recibe el mensaje divino, pero es incapaz de comunicarlo y ese Aarón que comunica el mensaje, pero traicionándolo. Aarón se transforma así en el líder de un pueblo que busca su tierra prometida y Moisés en el héroe trágico, enfrentado con el imperativo categórico del deber ser y no poder. Su grito final: “¡Me falta la palabra!”, arrodillado y solitario, abandonado y lloroso, es uno de los gritos más dolidos que los seres humanos han transformado en un alarido metafísico. Moisés no canta, solamente tartamudea, y su imposibilidad de encontrar la palabra válida es la que refleja nuestra propia impotencia. Como dice Kovadloff que dice Buber: “El territorio del diálogo, el sitio del encuentro, no constituye una morada a la que ingreso para no volver a salir: soy un ser transitivo, voy y vengo del Yo al Tú y de éste al Yo, quien se extravía y quien recupera la verdad”, como nos sucederá a nosotros en nuestra navegación. Aquel que se desconoce y se reconoce, quien recupera certezas efímeras y vuelve a caer en interrogantes últimos. Moisés es un representante prototípico de nuestras propias imposibilidades, pero nosotros, como él, rompemos las Tablas de la Ley buscando la respuesta posible (o imposible). Esa búsqueda de respuesta es una de las motivaciones de nuestra asociación libre, esa inquisición por nuestro inconsciente más revelador. Por eso –el que avisa no es traidor– dicha libertad será parte sustancial de nuestros interrogantes y surgirá en los momentos menos esperados.

La pregunta a la que invitamos en el título de este libro es de esa madera, incita a hacer de la pregunta una docencia, a no quedarse en la respuesta. No sólo porque la respuesta siempre es múltiple sino porque la pregunta es un desafío por sí misma, entre lo que promete y lo que logra, entre lo que enuncia y plasma, entre lo que invoca y convoca. Vivencia más que intelección, revelación más que persuasión, compromiso del ser entero, un hondo careo con nuestras propias subjetividades y por ello incesante como nuestra sed de saber. No recordamos quién dijo: “El vestido de los hechos aprieta demasiado la verdad. ¡Cuánto más holgada está vestida de ficciones!”. Y aunque la verdad no sea quizá algo tan alejado de la ficción, nuestro centro de atención se detiene más en el encanto embriagador de las burbujas que en la aparente solidez de una respuesta posible, más en la pregunta en sí misma que en la inquietud por una certeza imposible. Cerramos la serpentina.

Mientras escribíamos Dos más dos son diez. Las palabras que cuentan, nos pareció válido intentar este otro libro con ensayistas, y a medida que el primer proyecto ganaba impulso era habitual que habláramos en ciertos momentos de este otro, que muy pronto y progresivamente fue excediendo las dimensiones de un sueño. El resultado no es un conjunto de retales sino un intento orgánico de expresar esa deuda que hemos adquirido con los bien elegidos, como decía Camus.

Cualquiera sea nuestra claridad expositiva –que por momentos puede nublarse o hacerse hermética, como todo intento donde el encuentro o “la colisión” de dos seres distantes sea enunciado y anunciado– sabemos que el tema emerge de un resbaladizo y fascinante grupo de palabras que signan nuestra coincidencia y conforman nuestra alegría; palabras que encierran acercamientos, convergencias y a la vez contienda, refriega y duelo (“No hay ateos en las trincheras” es un aforismo que viene a la cabeza de uno de nosotros, vaya a saber por qué). Como también brota otra cita que, creemos, es de George Bataille, pero no lo aseguramos drásticamente: “La amistad y el amor es poder ser frágiles juntos”.

Lierni y Arnoldo, una psicoanalista vasca y un psicoanalista argentino, ambos escritores, diagramamos este dueto a la manera en que lo señala Rafael Argullol, cuando expresa que nacemos con una mitad de nosotros mismos y nos pasamos la vida buscando la otra mitad, justamente en un símil de la inferencia platónica. No estamos comentando esta reflexión de Argullol por azar sino porque expresa el anhelo, consciente y seguramente subliminal, de estas páginas, de habernos encontrado para dibujar este libro, como hicimos con nuestro libro anterior. Lo proclamaba Aristófanes: “Así de antiguo es el deseo mutuo que se implanta en nosotros por reunificar nuestra naturaleza original, buscando hacer uno de dos y por sanar (este verbo es siempre múltiple) el estado del ser humano”. Aristófanes rubrica estas líneas con su habitual sentido del humor: “Haremos bien en ser devotos y adorar a los dioses. Si no Zeus podría considerar oportuno dividirnos otra vez y nos pasaríamos la vida saltando por ahí a la pata coja”.

El tema del dos y el uno es fundamental y no vamos a negar que, en ocasiones, Lierni y Arnoldo, nos preguntamos quién de nosotros, en ciertos momentos, es Santiago Kovadloff o Rafael Argullol, ese instante de sorpresa ante lo real del que hablaban los griegos y que permite al filósofo reflexionar, y al escritor, escribir. “¿Los fervorosos que se entregan a una línea de Shakespeare no son, literalmente, Shakespeare?”, dice Borges en Nueva refutación del tiempo. Se trata de lo que él mismo llamó “la angustia de las influencias” (tomado de Harold Bloom), esa ambigüedad inquietante; la de no saber quién habla en nuestro texto. Ese vacío central que instaura la admiración y a la vez la identificación. Desde luego que no hay dudas de autoría en el sentido técnico de la palabra y por supuesto no hay la más mínima sombra de imitación, plagio o copia o el efecto inconfundible de la re-escritura. Se trata de una operación de cobijo del otro (Heidegger habla de habitación del otro), de ese otro texto o texto del otro que Michel Foucault llamó “fundadores de la discursividad”, aquellos que abrieron el espacio para algo distinto a ellos “y que sin embargo pertenece a lo que fundaron” (como dice el mismo Foucault). En síntesis: el francés concede a aquellos “que no sólo pertenecen a lo que fundaron”, la incitación de reglas de producción de otros libros que ellos indujeron a escribir. No queremos ser herméticos, pero es justo llamar a esta instancia mitología metafísica.

La figura del Doppelgänger, del doble, del otro yo –de tan transitada tradición germánica– opera subterráneamente en nosotros y nos hace sentir que Kovadloff o Mèlich o Juarroz o Ouaknin provocan una escritura clandestina atravesada por la admiración y el fervor que se nos impone espontáneamente, toda vez que leer es escribir para autores que, como nosotros, se consideran siempre y primeramente lectores agradecidos.

Se puede leer a los ensayistas que hemos elegido para este libro como una prescripción, ofrendándoles todo el tiempo y entregándonos como lectores a la manera en que Marcel Proust somete a sus personajes a los caprichos a la vez crueles y benéficos de eso que se ha llamado tiempo perdido y recuperado. Y ya que recordamos a Proust –ahora que se cumplen ciento un años de su muerte– aprendimos con él que es difícil definir lo bello porque en cada belleza particular, en cada ensayista que transitamos, está la belleza toda y original, con su fascinación y su extrañeza. Se trata de eso: entregarse. Y se trata de entregarse para saber, porque el amante de la sabiduría, al carecer de ella, desea poseerla. Nuestra intención es tener siempre a mano aquella entrañable frase de Platón: “De noche, sobre todo, es hermoso pensar en la luz”. Es decir, crear un espacio de experiencias compartidas en el que podamos vernos en el espejo y crear con sentimientos y reflexiones simultáneas –conservando cada uno su propio cristal– un espacio con la intención de hacer menos frágil nuestra condición de mitades platónicas.

Se trata de recorrer un túnel partiendo de sus dos extremos. Si nos es posible encontrarnos en ese sendero lo consideraremos una caricia, según el significado que le han otorgado Emmanuel Lévinas, el filósofo lituano, y Marc-Alain Ouaknin, el filósofo francés y en consonancia también con las reflexiones de Joan-Carles Mèlich, Chantall Maillard y Richard Rorty, unidos en este caso por el pensamiento talmúdico: “el texto se hurta si se le deja hurtarse”, declara Ouaknin. Y en esta búsqueda incesante de sentido, la lectura se hace actitud interrogante que se opone a toda violencia y a la voluntad insensata de tener razón. Pues el movimiento de retirada necesario (retirarse de las certezas y buscar lo nuevo) depende, ante todo y esencialmente, del intérprete, de su modo de ser frente al texto, de su manera de acercarse a él, de su estilo de mimar o palpar un libro. “A este modo de ser lo llamamos caricia”, señala Ouaknin. La caricia expresa el amor, pero no intenta apoderarse del otro. Es encuentro fugaz, no acto concreto. La mano está abierta sin ánimo de apretar, de posesionarse. “Es –dice Lévinas– como descubrir qué tiene el otro, porque la caricia no sabe lo que busca, es como un juego de algo que se sustrae, de algo que siempre es otro, siempre finalmente inaccesible”. La caricia es la espera de ese eventual porvenir, de un futuro estallido, dice Ouaknin. Algunos poetas hablan de “acariciar con el alma”.

Etimológicamente proviene del italiano, exactamente de carezza, que es fruto de la suma de dos componentes: el adjetivo “caro” que es equivalente de querido y el sufijo “ezza” que se emplea para indicar cantidad. Naturalmente alude a una demostración de afecto que se concreta rozando con la mano el cuerpo de otro ser humano. Marcel Proust lo dice con claridad meridiana: “Cuando era pequeño y me ponía triste, lo único que me consolaba eran las caricias de mi madre”. Por ello, la caricia no es un querer fugaz y sin historia, no sólo la mano que da calor, es –y no creemos exagerar– un principio ético, un gesto que tramita búsqueda y entrega de amor. Por eso puede ser considerada como una de las expresiones más auténticas del ser humano. En su mayor extensión, la caricia puede ser simbólica y consistir en elogios, halagos y expresiones de amor o reconocimiento. “Este elogio es una caricia para mí”. Claro que ese sendero no será de sumisión absoluta al concepto porque siempre tendremos como compañero de ruta aquel pensamiento del rabí Najman de Braslav: “No preguntes nunca por tu camino a quien lo conoce porque no podrías perderte”. Por eso no es sólo una metáfora decir que en este libro perseguimos ese vínculo que hemos tratado de explicar y a la vez esa integridad que Zeus dividió. No se trata pues y solamente de un buen gobierno de Eros, sino simultáneamente, del intento de llevar nuestro diálogo al alcance de la mirada de un presunto lector, haciendo de ese dios íntimo una guía de lectura que nos, y le acompañe, en este camino de búsquedas.

Juntos pero no revueltos nos rodeamos de esos “venerables maestros” de los que habla Joan Carles Mélich, que nos ayudan a ponernos a la altura de nuestras expectativas. En este camino somos compañeros de ruta de una inquisición amable que nos gustaría compartir con vosotros sin diluir su proyecto expresivo y permaneciendo fieles a ese amor por la palabra, por el ensayo en este caso, que justifique esa pluralidad de voces que se harán escuchar o, por lo menos, oír. Como toda obra de búsqueda siempre será penúltima, pero mientras tanto nuestro voluntario tránsito intentará transformar nuestras palabras en un providencial hechizo, así de fascinante, así de imposible. Lo único que podemos prometer inequívocamente es la autenticidad de nuestra devoción por aquellos seres que hemos elegido para que nos acompañen en este pentagrama, en este reclamo por convertir la vida en un acto reflexivo y poético. Quizá somos una especie en extinción, pero queremos abandonar las catacumbas del espíritu y ser parte de quienes quieren habitar la complejidad del mundo. Amantes de la diferencia, ansiosos de explorar lo múltiple y lo desconocido para volver a casa con el bagaje de los sucesivos saberes que habremos adquirido en el camino. Al no soportar una excesiva claustrofobia de la identidad propia, buscamos en el espacio absorto de lo ajeno aquello que pueda enriquecer nuestro origen y sus raíces. El hijo pródigo de la parábola bíblica encarna a la perfección ese anhelo: el conocimiento de los otros es finalmente el conocimiento de uno mismo y ese saber es el que nos atrae y fascina. Una vez nos decía Rafael Argullol: “Me río de mí mismo cuando soy ese infeliz que se mira el ombligo y cree saber mucho de la vida”. Pues eso.

Otra serpentina. En muchos momentos de este texto hablaremos del término metafísico (“la metafísica es la primera filosofía”, declaraban los griegos, es decir “el estudio del ser en cuanto ser” u ontología, o, en otra interpretación, “la ciencia de los hombres libres”, como la llamaron los defensores de su incitación al pensamiento soberano) y quisiéramos aproximar algunos matices y breves reflexiones sobre el tema. Desde el “barullo metafísico” de una de nuestras abuelas (comentario irónico) hasta la “mitología metafísica” (con el que tratamos de calificar nuestra búsqueda de respuestas a nuestros interrogantes últimos: ¿qué es el ser? ¿qué es la realidad? ¿cuál es la esencia del existir y cuál el sentido de las palabras, su auténtica realidad? ¿qué es el amor? ¿qué la muerte?, y así en más), siempre existe una tendencia (por lo menos nuestra) a convocar dicho término. Stefan Zweig diría que se trata de “lanzar preguntas al mundo”, como lo hacía Freud, con el mismo talento y pasión –anhelo de toda búsqueda auténtica– que el novelista austríaco adjudicaba al creador del psicoanálisis, porque hay elementos o atributos que nos despiertan la misma adhesión y fervor –permítannos el símil– que la palabra retórica y asociación libre como instrumentos ad usum para expresar nuestras inquietudes. Son –podríamos decir– funcionales tics o cercanos y hondos recursos que nos sirven para decir lo que pretendemos decir o para intentar saber lo que no sabemos, si es posible saber. Quizá metafísica es eso: el intento de abordar aquello que parece inabordable.

De esta metafísica hablamos Lierni y Arnoldo, no de aquella que, según Aristóteles, trata de saber cuáles son las leyes invariables que rigen la existencia y se aparcan en determinadas certezas, sino de aquellas otras mutables, inestables, enigmáticas, historia oculta de los seres humanos a la que llamamos muchas veces poesía. Quizá ese sentimiento que nos invade frente al enigma de la vida: el asombro, que despierta el ansia de saber o, como decía un amigo, “mientras quieras saber y mantengas el deseo, no serás viejo”.

Tuvimos la idea de preguntarle a Rafael Argullol por mail su concepción brevemente expresada de lo metafísico y nos envió fraternalmente esta respuesta: “Es una pregunta de casi imposible respuesta. Creo que para mí lo metafísico es lo que trasciende lo inmediato, la expresión de lo aparentemente inexpresable, lo universal que hay en lo singular, lo abstracto que hay en lo sensible. Y en general ese “más allá” que hay en el “más acá”. Es, por tanto, lo inmóvil alrededor del cual se encarnan todos los movimientos. Con mi abrazo más afectuoso”. Precisas palabras las de Rafael, que riman con lo que venimos afirmando. Al fin de cuentas, se trata de un rostro jánico: el pensamiento y lo incomprensible, lo unívoco y lo multívoco, lo real y lo arcano, lo secreto y lo manifiesto, y –como dice Juarroz– “formas que debieran ser una sola, como el espíritu es uno solo, aunque sople donde quiera y como quiera”. Es decir, aquellos hechos profundos que hacen a la historia concreta e íntima del ser humano, que signan su posible sentido. La tiranía del espacio nos impide continuar, pero creemos haber arrimado palabras esclarecedoras a ese recóndito y misterioso concepto filosófico. Cerramos la serpentina.

El ensayo es una expresión acuosa, una especie de mar, con su intensidad y su aparente oleaje mecido por las olas de las frases, pero también con sus tempestades y sus juegos de luz, siempre nuevos, siempre renovados, que obtiene su materia de los espacios del conocimiento –literatura, pensamiento, filosofía, poesía– plasmando así la conocida profecía de Claude Bernard: “llegará el día que psicólogo y poeta hablarán la misma lengua y entre ellos se entenderán”. Esta afirmación se aproxima a lo que Santiago Kovadloff afirma en Sobre el ensayo como ejercicio de intimidad, texto en el que considera el ensayo como ejercicio literario. Una “ofrenda sostenida de intimidad” en la que el escritor brinda lo que es, el latido de su vida que incluye sus ideas, sensaciones, sueños, desencantos, dudas y esperanzas.

Hemos señalado en nuestro libro anterior el amor a la cita, (ese ejercicio de admiración, que decía Cioran) que nos ayuda y enriquece al compartir esta aventura, esta requisa que es más fácil nombrarla que justificarla con precisión. Un diálogo es un intento, creemos, de transitar un sendero en la búsqueda de un entendimiento común que permita nuestro despliegue de artesanos de la palabra y, a lo hondo, cazadores de nuestra intimidad más emocionante. En verdad, no sabemos exactamente de qué sendero se trata porque las hipótesis pueden ser muchas pero las incertidumbres también. Para saber algo es necesario adentrarse en ello y explorarlo. Recurrir jubilosamente a “seres inolvidables” (como decía Camus), es recorrer dicho sendero, aunque en muchos momentos las cimas y las oscuridades nos inciten a enarbolar nuestra propia linterna. “Una llama despierta a otra llama “, dijo alguna vez Gabriel Marcel. Se trata, claro, del amor a la sabiduría, que no es otra cosa que afán de saber y reflejar en el papel nuestros tozudos interrogantes. Es inevitable que inicialmente esta intención no pueda menos que hacernos sentir perplejos a la hora de identificar un objetivo orquestal y orgánico. Es como si por momentos uno se inclinara a buscar distintos puertos (el amor, el alma, la retórica, la escritura misma) en el que no se distinguen matices drásticamente diferenciales. Sabemos que el pensamiento puede llegar a ser un navío sin rumbo llevado por el viento de la persuasión sofística, pero intentamos lo contrario, convocar la palabra del ensayo como un alimento incanjeable de nuestra inquietud, no sólo necesario sino deseado. Sabemos de su ambigüedad, pero sabemos también de su poder expresivo y, en manos de ciertos pensadores, de su belleza sin par, como una corchea en la gran sinfonía de la vida. Y sabemos también el nivel de desafío que eso implica, vaivenes entre el ideal y la realidad, entre el latido y el prejuicio, entre el sueño y el yo consciente, entre un presente que exige y un pasado que alimenta y revalida y cuestiona. Al fin de cuentas, somos psicoanalistas y el vaivén entre las ambivalencias del ser humano es nuestra comprobación cotidiana. Por eso no vamos a hablar de un ser rocoso, fijo, inalterable, leal sólo a sí mismo, sino de ese otro ser, más cercano a la realidad, incierto, curioso, vacilante, contradictorio, para el que la vida es una continua reinterpretación en la que Heráclito es más señero que Platón, si se nos permite la transgresora metáfora. Se trata de seguir un itinerario acreditado por la historia de nuestros interrogantes y que quizá nos sirva para expresar cosas que necesitamos decir.

Sigmund Freud (uno de nuestros maestros) señalaba en 1923 la necesidad de una obra que requiere de dos, uno para amalgamar lo que en el otro está fragmentado, necesidad de dos para crear unidades más amplias y complejas, la presencia de Eros fabricando puentes levadizos, laberintos para hacer equilibrio sobre el abismo. Cuando muchos de los maestros citados dicen que Eros no es sin el otro, es porque es el otro el encargado de dar vida, el que diagrama el camino mediante sus limitaciones y desvíos que son retomados creativamente por cada sujeto del dúo. Ese tope al narcisismo ególatra es una enseñanza básica de Freud: yo soy el otro, quizá cada uno buscando al otro que le falta, cosa que los poetas anticiparon antes que los psicoanalistas, como reconoce el mismo maestro. Semejantes y diferentes, cada uno debe reconocerse y reconocer al otro como fuente de diálogo: nadie es objetivo único y, aunque nuestro amor propio nos haga sentir “especie única” (como decía Unamuno), no somos esencialmente intransferibles. Y aunque repetidamente nos creemos capaces de recrear el mundo a nuestro antojo para hacer de él el lugar deseado, casi siempre se trata de la historia de una frustración, de la conciencia de que nos hemos hecho trampa a nosotros mismos, acorde con una sociedad que ha hecho de la falsedad y la distorsión su modus vivendi. Recordamos a Kafka en ese diálogo definitorio: “No importa si es verdad; sólo importa si es necesario”, dice el sacerdote. Y Kafka responde: “Entonces queda avalada la mentira como cotidiano estado social”. Por eso siempre oscilamos y fluctuamos (en ese péndulo que tan bien dibujaron Zygmunt Bauman y Gustavo Dessal) entre Poesía y Verdad de Goethe y Poesía y Mentira de Proust. Reiteramos, Freud antecedió estas reflexiones cuando señalaba que cada uno busca al otro que le falta (¿no lo serás tú, eventual lector?). Porque es una relación basada en la simetría, es decir, en la que el otro es nuestro igual, en la que hay una memoria de la alteridad que implica la posibilidad de la identificación y al mismo tiempo de la diferencia. Nadie es objeto exclusivo, insistimos. Existe esa secuencia en la cual el otro es la media naranja de nuestra ansiedad por conocer y ello se aproxima bastante al juego en el sentido de la alegría, del placer de compartir, de ser el otro, de buscar.

El dueto de este libro quiere pensar desde nosotros, pero sin circunscribirnos a ello. Los ensayistas elegidos nos acompañan y no son cualquiera. Kovadloff nos recuerda que el ensayo nació́ en el siglo XVI para responder al deseo de escapar al frío e impersonal discurso escolástico, pero terminó ahogado en la monografía académica que incluye una diversidad imprecisa y demasiado amplia de cuestiones y estilos. Por eso, hemos buscado la compañía de aquellos que reproducen el valor original del ensayo como estilo y ofrenda de lo singular, de un punto de vista único, de una voz propia. Hemos tomado esos ensayos que, al estilo de Montaigne, testimonian y nos regalan reflexiones y preguntas desde lo más hondo de su ser de escritores. Tomamos la palabra de algunos de aquellos que a lo largo del siglo XX y también del XXI, se han dejado la piel en el esfuerzo de un decir que no pereciera ahogado en la confusión de un mar de voces y gritos de un siglo convulso y terrible. Los hemos elegido por simpatía, por el afecto que su persona y su obra despiertan en nuestro ser de lectores, por nuestra inclinación a su palabra vibrante o sus ideas enriquecedoras. Porque sentimos que algo nos une a su decir, a la voz que escuchamos tras las letras y no solo a sus dichos. Una voz que parece convocar la nuestra bajo la piel de las palabras. Con su compañía tratamos de elaborar nuestra propia modalidad de ensayo que busca acompasarse a un decir que admiramos y que deseamos incluya también, en la medida de lo posible, nuestro decir más propio, nuestro latido.

Cerramos este pórtico con versos que nos perfilan (¿qué mejor?) de Félix Grande: “Somos los lentos forajidos / que inventamos los mitos / y la historia, el lenguaje y las drogas / y el amor, únicamente porque sabemos que vamos a morir / Ahora sé que un abrazo lleva en el fondo / un pequeño violín de espanto / una matriz de desconcierto / Y en la alta noche, a unos pasos de los antiguos / y a unos pasos de nuestros futuros arqueólogos / nos sentamos sobre las mantas / ateridos de perplejidad y emoción / Y algo gigantesco y cósmico / nos acaricia un poco nuestra cabeza ebria / antes de que tengamos tiempo de llegar / como locos / al interruptor de luz”.

La perplejidad y la emoción de Félix Grande son también nuestras, y es de ahí que brotan nuestros interrogantes múltiples, esos que abarcan todo lo humano y que nos llevan a recorrer cuestiones necesarias como el amor, la finitud, el silencio, la música, la muerte, el lenguaje, la poesía. Esperamos que el lector desee acompañarnos en este interminable viaje que constituye la pregunta incesante, esa que siempre insiste, que cada vez y nuevamente, nos convoca.

Lierni Irizar y Arnoldo Liberman

El silencio primordial

de Santiago Kovadloff

La única inmoderación que me permito es la del corazón.

Miguel Hernández

Me encanta / de vez en cuando / estar a solas conmigo / Los fantasmas / pueden ser / una grata compañía.

Santiago Kovadloff

Vamos a referirnos a uno de los tantos libros relevantes de Santiago Kovadloff: El silencio primordial, del que Lierni se ocupará más detalladamente en tanto yo me referiré a la personalidad del autor. El silencio primordial es uno de los varios libros de Kovadloff transitado frecuentemente por los buscadores de perlas. Para mí escribir sobre Santiago Kovadloff es una cercanía fraterna, una alegría insomne, una reverencia respetuosa y un compromiso ético. Porque Santiago Kovadloff es un maestro, un guía de caminos, a veces procelosos, a veces fascinantes, como una notable agenda de viajes que sabe de qué se trata, un modelo de gramática y senderos existenciales y filosóficos, un bosque de araucarias (árbol muy común a Brasil y Argentina, lugares en los que el autor vivió y vive, alimenticio como sus mismas palabras), un bosque similar al que Heidegger decidió habitar y escribir en uno de sus sitios abiertos y diáfanos. Claro que con lo mucho y bueno que se ha escrito sobre el autor de El silencio primordial, este intento es, más que nada, un desafío y, creo yo, este tipo de desafío sólo se puede sostener a través de la retórica (como hemos señalado en el pórtico), alejado de lo pomposo y centrado en lo persuasivo, como es realmente la retórica auténtica, sustantivo tan vapuleado por aquellos que leen con premura o impaciencia o aquellos que padecen de una crónica pereza lectora como si temieran el vértigo de la belleza. Porque es cierto que retórico significa ampuloso, grandilocuente, altisonante, pero también significa, en su más auténtico sentido, insisto, ser elocuente, convincente, sugestivo, con los instrumentos que uno posee.

La retórica no es una cojera que padecemos sino un desafío que exige expresión, un instrumento que muchas veces pierde su apego a la lógica, pero nunca deja de ser –cuando es legítima– un atributo de nuestra subjetividad, más allá del artista de la razón del que hablaba Kant y lo más cercano posible al caballero de la fe del que hablaba Kierkegaard o de aquellas palabras de Heráclito: “el carácter de una persona es su destino. Lograr personas que cultiven su interioridad, que sean críticos del mundo para mejorarlo, que sepan encontrar lo que verdaderamente vale la pena en la vida, todo ello es labor de filósofo”.

En el caso de Kovadloff –a quien me estoy refiriendo– se trata de ser lo más fiel posible a aquello que signa a este gran orador e insustituible pensador que es Santiago, con un amor profundo e incondicional por la cultura, un personalísimo lenguaje de notable estilo literario y un rebosante humanismo que lo marca en el costado, atento siempre a exigirnos que la dignidad humana necesita una nueva salvaguarda y, en fin, a hacernos saber que el escritor es un ser anónimo, un hijo de la intertextualidad cuya sabiduría no es explícita sino implícita, porque todo es susceptible de risa como lo es simultáneamente de llanto. Esa risa y ese llanto (ensayados) que se encuentran detrás de las palabras, gestos que es imposible no intentar capturar allí donde se encuentren, incluso en el dominio de lo irrepresentable e inconsciente.

Un ensayo no es, como alguna gente tiende a pensar apresuradamente, un obra académica aburrida y sospechosa de cataplasma y engorro, cuando es todo lo contrario: un género enriquecedor y hasta divertido, un inventario de nuestra existencia en la tierra que lleva en sí su propio feudo, habitado de nobleza y potestad, un género nunca excedido en sus atribuciones (pese a lo que piensen algunos racionalistas de cafetería, aquellos que a través de un “racionalismo empecinado, no ven lo que la realidad tiene de sutil, esquivo, equívoco, insinuante e inaferrable para el entendimiento y aún para el corazón”, como dice el autor en Los locos de Dios), “y al que yo me resisto a dejar de llamar ensayo”.

Y esto me lleva a una reflexión marginal que no quiero dejar pasar: señalar que en muchos momentos no se necesita de la palabra; el pulgar y el índice separados como haciendo una C alcanzan para que el camarero nos traiga un café, un garabato dibujado en el aire será suficiente como para que nos traiga la cuenta (“la dolorosa”, como decimos en Buenos Aires) o un pulgar erecto el agradecimiento por lo servido o regalado. Estos pequeños gestos diagraman el entendimiento en un lenguaje universal que los psicólogos llaman lenguaje preverbal, que la mayor parte de las veces es inconsciente, pero delata opiniones, intenciones o decisiones. En algunos otros momentos (los más) se requiere la oralidad, la verbalización, aunque no por dejarse seducir por los énfasis de la transparencia lógica, sino por la conciencia probable, que muchas veces es nuestra intimidad, esa luz oscura (valga el oxímoron) porque –como dice Kovadloff– se trata de esa enseñanza según la cual la luz, cuando se excede, mata la claridad. Algunos estudios de antropología sostienen que cuando alguien habla sólo se recibe un 7%, que un 38% corre a cuenta del tono y de algunos otros atributos de la voz (en Santiago Kovadloff esto es esencial) y que es el lenguaje del cuerpo el que transmite el 55% del contenido de la comunicación. Decía Emerson “lo que expresas habla tan alto que no puedo escuchar lo que dices”. Esta presencia del cuerpo adquiere en ciertos discursos presencia relevante: Katia Buniatishvili, la estupenda y guapísima pianista georgiana, dijo en un reportaje: “yo hablo dos idiomas: cuerpo y teclado” y los que valoramos mucho sus interpretaciones llegamos hasta el punto de prescindir de sus formas espectaculares cuando pone las manos sobre el teclado.

Hasta Wittgenstein describía el cuerpo como “la mejor imagen del alma humana”. E incluso otro, un matemático cuyo nombre no recuerdo, decía de la importancia de lo que no se dice con palabras: “Se les dio lenguaje a los hombres para ocultar sus pensamientos y sólo la intención del gesto permite revelarlos”. Se trata de la soberanía de lo no dicho: un ínfimo gesto de los labios y ya se quiebra una certeza que parecía eterna. Lo dice Félix Grande en un epígrafe ante estas circunstancias: “Murió mi eternidad y estoy velándola. La lumbre del decir frente al no decir”. De múltiples maneras el “gesto inútil que lo dice todo” es un puro juego, muchas veces inconsciente, que nos enseña qué cosas importantes se ocultan debajo de la superficie, qué tesoros relevantes se esconden entre las ruinas o los escombros de una secuencia consciente e irresoluta. Lo tanto de bueno y de literariamente imprescindible, que la sola idea de abdicar de ella se impone, fatalmente como renuncia a nuestra misma sustancia; ésa que Bioy Casares señaló como nadie al decir que lo propio del ensayo es “un estilo despreocupado y llano, un tono de conversación junto al fuego. ¿Qué significa esto sino intimidad? Por eso el ensayo es tal vez uno de los géneros perpetuos”, decís Santiago. Y agregás algo que determina el diagnóstico: “el gozo de decir las mayores verdades sin el compromiso de demostrarlo”.

Es importante, digo yo, señalar que no hay escritor que posea una originalidad absoluta pues, como lo sabe cualquier avisado, nadie escribe desde la nada y en mayor o menor medida todo texto –como bien lo diagnosticó nuestro ciego vidente que fue Borges– todo texto es un mosaico de citas, un collage de palabras que dialogan y remiten a otras palabras. Ese socorrido lenguaje intertextual que tanto exaltaba don Antonio Machado y que de alguna manera Freud transitó magistralmente en su concepción de lo siniestro.

He escuchado alguna vez a Kovadloff decir que nada le cuesta más que encontrar las palabras apropiadas y que su exposición oral encubre una dificultad de expresión que le impide decirse como quisiera. Pero yo imagino que uno, leyendo a Kovadloff, piensa que se trata de una broma del autor. Pero no es así cuando nos enteramos (por nuestro diálogo y por la lectura de sus textos) que, seguramente, él querría escribir como Camus, como Borges, como Pessoa, como Chesterton, como Heidegger y hasta como Platón, Aristóteles y Heráclito, sus verdaderos maestros que aún hoy siguen siéndolo. Cuando un periodista le dice que se caracteriza por la facilidad de palabra en la exposición de un coherente universo de pensamientos lúcidos, Kovadloff responde: “Me resulta difícil reconocerme en lo que usted llama “facilidad de palabra”. Mi relación con el lenguaje, si bien intensa, si bien esencial, es tormentosa. Nada me cuesta más que encontrar palabras apropiadas, el término justo. Mis textos, aún mis exposiciones orales, encubren una profunda dificultad para expresarme como lo desearía. Tal vez no se debería llamar facilidad de palabra a ese encubrimiento”. El autor busca el término justo (que como la búsqueda del Grial es un anhelo siempre penúltimo), ese impulso hacia la palabra única y definitiva. Alejandra Pizarnik hablaba de esa retórica que nos puede llevar a escribir en los límites de la expresión. Daba este ejemplo: “el verso es mero muro mira muere” que los estudiosos llaman paranomasia y que Cabrera Infante inmortalizó con aquello de Tres tristes tigres comen trigo en un trigal o que los enamorados han hecho suya: “¿Cómo quieres que te quiera si no me quieres como quiero que me quieras?” (similares, creo, a versos de Paul Valery en su poemario Tú y yo o Gerard de Nerval en su poemario El desdichado) y que nos lleva a recorrer ansiosamente todo el diccionario a nuestro alcance. Las “pocas metáforas” de las que habla Borges, se transforman en un tráfago de vocablos con el que buscamos instalar la sacralidad y la precisión de la palabra que intenta formular nuestra oscuridad interior.

Kovadloff es aquel que escribe mientras uno pregunta, aquel que sabe mientras uno indaga, aquel que conoce mientras uno descifra, aquel que desnuda y descarta el prejuicio mientras uno pisa la ambigüedad, aquel que rescata el olvido mientras nos invade la amnesia, aquel que nos lleva allí donde mora el objeto inasible que habita en el fondo de nuestra subjetividad y nos permite dialogar con él de un modo incomparable, de esa manera que soñamos expresarnos, de ese modo único, exclusivo, singular. Kovadloff es aquél que nos enseña mucho antes la palabra inventiva que la palabra ecolalia. Aquel que nos hace otro a través de su enunciación. Aquel que nos conmueve, de la manera que lo decía Arnold Schönberg, cuando clamaba bíblicamente que prefería ver a Mahler intentando atarse los cordones de los zapatos que comentar una reseña periodística o musical de los repetidores de siempre. Ese plus –¿lo llamamos así?– que nos enriquece vivir cuando se trata de disfrutar de un pensamiento original e independiente, que nos pone delante de los ojos una reflexión inédita, aquella que despliega los caminos posibles, para que, en un suelo fecundo, demos lugar a una anhelada poética en la que habite el ser muchas veces hecho de silencio.

Porque Kovadloff sabe que dar voz al silencio, enunciar su existencia por medio de palabras, es la aspiración fundamental de su credo poético, es decir, de su vínculo con la poesía y el pensamiento. Decir el silencio es un oxímoron especialmente revelador del carácter temerario y arduo de su escritura que tiende, desde su lucidez y su atractivo, a ese camino que lleva finalmente a lo inaccesible y lo supremo. El silencio, en Kovadloff, se presenta íntimamente ligado a su aventura poética y al desarrollo mismo de sus escribidurías, como decía Kafka.

Santiago es el campo de batalla de un difícil equilibrio entre la libertad, la autoestima y los peligros de la autosuficiencia, una cuestión de extremada actualidad. Kovadloff no pone su yo en el centro de la existencia (no está obsesionado por él), pero lo hace bascular entre su liberación y su sometimiento a sí mismo. Como Fichte, Kovadloff podría asegurar que la libertad siempre viene acompañada de obligaciones morales o éticas y que ello nos eleva por encima de nuestros instintos básicos. La tentación del narcicismo es significativa en todos los casos, pero en Kovadloff su actitud es –como uno de sus maestros, Emmanuel Lévinas– poner al otro antes que a sí mismo y eso lo llama, como aquel filósofo, responsabilidad. Él sabe que es lo adecuado, es más, que es un imperativo ético: responder al llamado del otro. El otro que nos necesita y nos justifica.

En Kovadloff existen dos formas del silencio: la primera es lo que él llama “dificultad de expresión”, que no le permite llegar a decir todo lo que quisiera, que se conflictúa frente a la tensión imposible, que no se dirige tanto a lo que es conocido y verosímil sino, más osadamente, hacia lo ignoto, lo indecible y hasta lo improbable. El segundo silencio trata de su mundo auténtico, intacto y personal, que confina con la poesía misma además de ser profundamente filosófico, es aquello que dice y no termina de decir. Su discurso filosófico y lirico, siempre ulterior, debe entenderse no como aquello no dicho por incapacidad o retracción, sino como aquello que es su cuota de silencio dentro de la palabra misma. Por eso no hablamos de un pentagrama continuum (usando este latinazgo musical), sino de una disonancia intermitente que remite a esa búsqueda contemporánea (en el mismo sentido que en música podemos citar a Arnold Schönberg) del ardiente conflicto por articular enunciación con enmudecimiento, disonancia con armonía, luz con oscuridad, palabras con Palabra. Es justamente en Kovadloff donde sentimos que la disonancia no es una ausencia de armonía, ásperamente un ruido, sino un sustantivo hecho de corcheas y que en su incesante irrupción conforma un nuevo lenguaje, un nuevo pentagrama. Como diría Alejandra Pizarnik: perseguir el mito de la palabra para desembocar más allá de su propio límite y así tener acceso al silencio. El intento de Kovadloff de dominar la palabra (de ahí su quejica, como gritaba nuestra querida Paquita Aguirre, ante la imposibilidad) para decir todo aquello que se presenta como misterioso, silencioso e inefable y apoderarse de ello. Si nombrar es reparar la falta esencial (como dice Lacan y, quizá, antes, Freud) es porque darle nombre al silencio es otorgarle presencia y validez a través de esa escritura que –convenga o no Kovadloff conmigo– es una experiencia mística en la medida que su propuesta se propone como meta lo inasible y, por ello, esa experiencia de poner letra al caos pasando de una obra a otra hasta quizá el infinito, es su manera de abismarse, ese movimiento que Alejandra decía que era hacia atrás y hacia abajo para alcanzar la esencia de las cosas.

Para que el silencio hable es necesario que todo lo demás calle, desaparezca o por lo menos se esconda, porque un verdadero ensayista como Kovadloff busca lo que falta, lo que está ausente, lo que habla de lo inefable. Nuestro escritor, como la misma Alejandra, se une al silencio, lo deja hacer, se deja beber, se deja decir. Por eso insisto en el temple místico de la prosa de Kovadloff que, sin dejar de lado sus intereses más vitales (identidad, país, política, realidad cotidiana), asume esa renuncia de sí que es el despojamiento interior, quizá condición indispensable para alcanzar la posible respuesta a las preguntas finales. Palabra y silencio conforman un tándem de elementos opuestos, un oxímoron que acerca y no que aleja, donde los dos términos antagonistas se enriquecen mutuamente, lo que los latinos llamaban coincidentia oppositorum, signo de la disonancia y sonido de la complementariedad.

Este ensayo trata, pues, acerca de las reflexiones que me despierta el libro de la vida de un maestro a través de su lectura y de su propia presencia. Lo que el mismo Kovadloff llama intelectuales admirables que trazan el camino para llegar al arte de razonar con aliento innovador y uno de los cuales es él mismo (Santiago: las verdades hay que admitirlas). Kovadloff es de esa estirpe, de esa madera humana (como me gusta decir), capaces de una propuesta privilegiada que hace de la urdimbre filosófica, de una tradición teológica metafísica (Kovadloff quizá no esté de acuerdo con estas palabras) abordada con acento inconfundiblemente personal, un recorrido necesario para lectores y discípulos que buscan en la vida, proustianamente, aquella mot juste, aquella palabra insustituible que permita ingresar en lo invisible y atar todos los cabos. Recuerdo en este momento una frase suya que me conmovió por lo desafiante de su aserto: “El judío confía en una interpretación más y cree que es posible volver a empezar. El holocausto no tuvo la última palabra”. Y otra que me dio permiso para mis serpentinas y énfasis retóricos: “Y así como, oyéndolo, no somos ya las cosas que nos pasan: somos por obra de la música que nos transporta, sustrae y exalta, un desnudo pasar sin cosas: la más pura intensidad”. Para un melómano insaciable como lo soy yo, estas palabras suenan a libertad, a júbilo, a condescendencia, a transigencia, a insinuación. Asocio que cuando traté de explicar mis sentimientos respecto del exilio, recurrí, entre otras serpentinas, a una frase de él que me justificaba: “No vamos hacia lo atroz, concebido como lo imposible de ser radicalizado. Venimos de lo atroz. Somos, en esa medida, sobrevivientes”. Y en nuestro caso sobrevivientes que hacemos preguntas. Lo dice así:

Las verdaderas preguntas no atañen a información de la cual disponen otros y no nosotros. Las verdaderas preguntas no pueden ser respondidas más que por nosotros mismos, en un acto de responsabilidad intransferible. ¿Qué es el tiempo? ¿Por qué quiero ser libre? ¿Qué significa la palabra yo? ¿Por qué debo morir? ¿Cuál es el bien al que debo ajustar mi conducta? Estas preguntas nos abren el camino para entender qué pregunta quien asume con responsabilidad personal lo que nadie puede brindarme en forma de respuesta. Las verdaderas preguntas surgen de la pérdida de la vigencia de respuestas disponibles. La pregunta es una experiencia de desconcierto, de desorientación, que, habitada por el espíritu crítico y la sensibilidad personal, dan vida a esas preguntas asumidas como propias.

Este extenso párrafo es la respuesta de Kovadloff a mis interrogantes derivados de esta última reflexión que he hecho a través de sus enseñanzas: la aventura de pensar, la pasión por los libros, qué significa preguntar y, ¿por qué no decirlo?, a nuestra condición de judíos auténticos. ¿No es acaso la pregunta el trofeo después de muchas respuestas?, como él mismo dice. O como dice algún poema por allí encontrado respecto del maestro: “Vivía para esto, para estar en la vida, para esperarla, para recibirla cuando llegara”. Esa actitud siempre de agradecer, en la que uno lleva un esqueleto controversial y sus palabras lo cubren con piel de persuasión, con carne de vida, siempre retador, siempre torero (como dicen los españoles), siempre lejos del dogma y las certezas que congelan el latido, de lo adulterado y lo apócrifo. Claro que no es nuevo para mí ocuparme de la obra de Santiago Kovadloff, esa obra múltiple, grávida, lúcida y relevante (es difícil encontrar un adjetivo que lo retrate verazmente, de ahí la incitación y la nobleza de la retórica). Todos sabemos ya que estoy hablando de una de las voces más penetrantes y conmovedoras del pensamiento argentino y seguramente del contemporáneo. Un militante de la libertad, pensador y poeta, que nos hace bucear en profundidad y muchas veces reflexiona por nosotros, como lo hacen los verdaderos docentes, para introducirnos en las cosas esenciales de la vida, en los grandes interrogantes últimos y, si es posible, en la proximidad de anheladas respuestas. Aquel que sabe lo que nosotros no sabemos (o que, por lo menos, lo intuye), que intenta poner su grano de arena para que sepamos junto a él. Kovadloff, ese argentino contrariado, ese judío interrogado, habitado de sus perplejidades y sus búsquedas, con la ambición de ponerle punto y aparte a las verdades definitivas, pero cotidianamente consciente de lo imposible de tal anhelo, porque, al fin de cuentas, somos lo que somos. En mi caso particular, Kovadloff es un maestro incanjeable que me ayudó sustancialmente a saber lo poco que pueden atesorar mis recoletas meninges, siempre sensibles a ese relumbrón que brotaba de su personalidad, su voz y sus indagaciones. William Faulkner decía que la sabiduría suprema es tener sueños lo bastante extensos y desaforados, como para no perderlos de vista mientras se persiguen. Pero no nos engañemos, Kovadloff puede diagramar esos sueños mayúsculos con la misma inteligencia creativa que puede dibujar sueños mínimos, quiero decir, cotidianos, de pequeñas cosas, de breves instantes de la existencia (y si no, lean su entrañable poemario a través de los años).

Santiago (lo nombraré así) sabe de lo efímero y que sus palabras no son todas las soñadas sino las entrevistas, las vislumbradas, las necesarias para hacernos sentir que su voz respira y que, más o menos diáfanas, más o menos especulativas (“como las corcheas disonantes de Arnold Schönberg”, dije una vez), sus palabras pueden escaparse en el mismo momento en que accedemos a atraparlas, porque su semántica es siempre nueva, imprevista y a veces provisional, él, que afirma esencialmente que sólo se siente bien como metáfora, en este caso cuando lo abstracto se hace trascendente. Y si a eso sumamos que en su ética la solidaridad tiene dos manos (una sola mano no puede dar palmas) y su generosidad una mirada siempre vigente, entonces coincidirán conmigo que estamos ante una persona, un personaje y una personalidad que produce asombro.

Abro una serpentina. En este momento recuerdo al tío de Santiago, a Jacobo (Pipo) Kovadloff, ese maestro de maestros, que tuvimos el privilegio de conocer y que Santiago lo amó con una devoción que, claro, Pipo, su mentor anímico, merecía. Una vez me dijo: “¡Cuánto le debo a Pipo! Mi vínculo con él fue entrañable toda la vida. Era un interlocutor eterno, siempre apoyándome, alentándome, respaldándome, en mi amor a la literatura y la filosofía. Y ni qué decir respecto del judaísmo. De él proviene mi apego a lo judío y mi descubrimiento de lo judío que me dejó como la mejor de sus herencias”. Simplemente agrego que Pipo fue un exilado (en New York) a raíz de las persecuciones y las amenazas de muerte de los grupos de extrema derecha argentinos. Fue muchos años presidente de la Sociedad Hebraica Argentina, insobornable defensor de los derechos del ser humano, ejerció un fecundo liderazgo en la comunidad judía argentina, oficio de vivir que continuó varios años más como director en New York de la Oficina Latinoamericana del American Jewish Committee. De él son estas valientes palabras: “La Junta Militar argentina es de desconfiar respecto de sus sentimientos antisemitas y no descarto una especie de ensañamiento”. Cierro la serpentina.

Emmanuel Lévinas decía respecto de una lectura que alguien hizo de sus libros: “estos textos contienen más de lo que yo sabría encontrar en ellos”, cosa que me sucede cada vez que recorro las páginas de Santiago, con la avidez de un aprendiz y con la magra pero significativa experiencia de un hombre que se dirige a los noventa años. Kovadloff es consciente que en el intento de comprender o testimoniar la vida no existe una trama lógica ni un sentido orgánico unívoco, sin titubeos. Sabe que los seres humanos tenemos muchas veces necesidad de humanizar lo sagrado para justificarnos frente a nuestro propio espejo. En versos que recuerdo, Kovadloff expresaba: “A quien hilvane mis retazos / ¿sabrá de mí lo que ignoro? / ¿O hará, como el mago / brotar lo que no había?”. Seguramente eso no es parte de nuestra inquisición en las entrañas de esta relación, pero, querido Santiago, debo tranquilizarte: al leerte no hay nada absoluto, pero no nos engaña tu lucidez, porque en todo aquello en que hacés referencia al ser humano, te implicás en el paso del tiempo, en la tensión que vivís frente a inéditas evidencias, en esa apología de lo que pasa y nunca deja de pasar, donde el sueño es eterno, donde todo camina en un sendero de “embrujos repentinos” (como vos lo dirías), a quienes preguntás si tu palabra es el espejismo donde encontrar consuelo, el minuto de paz que precede a la tormenta o una cosa más entre tantas que no significan otra cosa que ese minuto de sosiego. Porque mañana amenaza tormenta, ese diapasón dialéctico entre la vida y la muerte donde tu inquietud constante nace a la utopía, ese espacio inexplorable donde asienta tu soberanía de hombre que siente, palpita, transmite y conmueve. Ese maestro que sabe de la paz cualquiera sea la tempestad que se avecina. A ese espacio donde lo inacabado es en sí mismo lo inagotable. Como esos perpetuum mobile que signan muchas veces grandes obras de la música.

Estamos no sólo ante la presencia de un filósofo que hace honor a su opción, sino que a la vez es capaz de dejarnos, a puro cacumen y genio nomás, trazos de una ofrenda que nos incita y nos agita (y a veces nos amotina): el secreto y gozoso estremecimiento de vivir. Como estar frente a un espejo que en su reflejo silencioso nos habla, no deja de reflexionar y reflexionarnos en el sentido oculto de nuestra aventura diaria, el que, en fin, subraya lo esencial que está a nuestro lado e ilumina con luces clandestinas la obviedad de nuestras torpezas y nuestros tropiezos. Existe una interacción estrecha entre el Santiago que siente y el que reflexiona (es quizá a eso a lo que Lierni Irizar llama sensamientos) y es en esa interacción, en ese trueque, que permítanme llamarlo trascendente (otro adjetivo que debe ser recuperado de la notaría de los repetidores), donde Kovadloff, donde Santiago, encuentra su inspiración. Si no fuera demasiado enfático –que hablando de él no lo es– diría que expresa en su día a día su diálogo con la eternidad (permítanme un oxímoron siempre conflictivo: con esa fugaz eternidad que nos ha tocado vivir). No puedo evitar en este instante recordar a Woody Allen: “La eternidad es muy larga, sobre todo al final”. Santiago deberá admitirme decirlo así: su pensamiento está lleno de religiosidad, pero no se trata de ese ritual que nace en los templos, las iglesias o las sinagogas (señalo que no soy de misas ni sinagogas pero la vida me ha enseñado a no menospreciar la fe de nadie), sino de ese calendario de fiestas de la religión cotidiana, de ese a ras de tierra que muchas veces nos sirve de refugio cuando las presiones de lo político, lo social o lo económico (o lo anímico) se vuelven incómodos o inhabitables. Hacerlos habitables, es decir, recuperables, disponibles, es eficacia de educador. Muchas veces hemos hablado con Santiago de nuestra “vocación metafísica” y muchas veces he asistido, deslumbrado, a la relevancia de su pensamiento, a su capacidad de penetración, a sus puertas abiertas al jardín soñado (aquel que anhelaba Rilke), a esa actitud vital que no se ampara en el prestigio de una ideología sino en el latido de un corazón.

Siempre empeñado en rendir homenaje a la existencia, Santiago sabe que no hay vida sin reflexión y que lo cotidiano es el abracadabra de toda meditación vital. Porque siempre estamos ante un enigma que hay que resolver y buscando una respuesta, por mínima que sea, a nuestros interrogantes obstinados, al conjuro de la memoria. Y, además, Santiago, por judío, sabe que una pregunta es el último paso de varias respuestas. Una vez lo dijo transparentemente: “La pregunta es el trofeo obtenido después de varias respuestas”. Y recuerdo bien palabras suyas: