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La primera carta de Pedro es un libro poco conocido, pero su tema principal es muy actual. Los cristianos a los que se destina, hoy como ayer, son alentados a mostrar su esperanza, aun cuando vivan en un mundo que parece hostil. El autor anónimo, que se oculta bajo el nombre del apóstol Pedro, invita a regresar a los compromisos bautismales y a reforzar los vínculos de fraternidad en la comunidad. Cristo, que se entregó al Padre durante la pasión, es un modelo, ¿quién osaría negarlo? Pues bien, los cristianos no pueden dejar de "hacer el bien", cueste lo que cueste.
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Seitenzahl: 110
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Portada
Prólogo
Portadilla
Introducción
Una carta encíclica
El mensaje de la carta
I – Dirección (1,1-2)
II – La llamada a ser santo (1,3–2,10)
El plan de Dios (1,3-12)
Llamados a ser santos en su comportamiento (1,13–2,10)
III – En las huellas de Cristo (2,11–4,19)
Una conducta perfecta entre los paganos (2,11–3,12)
Imitar a Cristo (3,13-4,11)
Sufrir haciendo el bien (4,12-19)
IV – Final (5,1-11 y 12-14)
Conclusión – Leer 1 Pedro en la actualidad
Para saber más
Lista de recuadros
Créditos
CB184
Aveces es calificada como «primera encíclica» porque se trata de una carta circular que reivindica que Pedro, el jefe de los apóstoles, es el autor. Independientemente de lo que se piense sobre esta atribución, la fuerza y la actualidad de la primera carta de Pedro son reales.
Aunque los creyentes destinatarios eran objeto de crítica y de sospecha por parte de su entorno, la carta los invita a dar testimonio de su esperanza y a «hacer el bien». Renunciando a toda polémica, está animada por una doble convicción: el sufrimiento debe vivirse en vinculación profunda con la pasión de Cristo y solo la influencia mediante el ejemplo puede cambiar la actitud de los adversarios. «Hacer el bien» siempre es el leitmotiv de la carta. «Hacer el bien», tal es la voluntad de Dios.
El lector actual no se sentirá ofendido por el conformismo social que marca aquí las relaciones humanas. En el siglo XXI, las relaciones son diferentes (y se han producido otros conformismos sociales). Le estará agradecido al viejo escrito apostólico por haber afrontado con lucidez situaciones concretas, a veces dolorosas. Le agradecerá su aliento a «mover las líneas» del campo social con el ejemplo y el amor universal.
Hace más de treinta años, en 1984, el padre Édouard Cothenet nos introdujo a la epístola de Pedro (Cuaderno Bíblico 47). Su estudio no ha perdido su pertinencia. Pero damos las gracias a fray Dominique Charles, dominico, por el nuevo frescor de su aportación. Su lectura, lenta y reposada, será útil para quienes buscan fundamentar su acción cristiana en el mundo.
GÉRARD BILLON
Dominique Charles, sacerdote de la Orden de Predicadores, es médico y especialista en teología moral. Doctor en Teología Bíblica, ha enseñado Nuevo Testamento en el Seminario Mayor de Bangui (República Centroafricana) y en el Instituto de Teología de Meylan (Grenoble). Actualmente, es docente en la Universidad dominica en línea DOMUNI, en el Seminario Mayor de Lorraine (Metz) y en la Universidad de Lorraine. Su tesis, defendida en la Universidad de Friburgo (Suiza), ha sido publicada con el título «Volonté de Dieu» et «faire le bien» dans la Prima Petri. Origine et portée éthique d’une association féconde (Peeters, 2016).
Destinada a cristianos de Asia Menor recientemente convertidos, la prima carta de Pedro los anima a mantenerse firmes en un entorno hostil. Los exhorta, por una parte, a vivir los compromisos bautismales con fe y esperanza, y, por otra, a reforzar los vínculos de fraternidad entre ellos. Les recuerda el modelo de Cristo, que, en su pasión, se puso en manos de su Padre. Los cristianos no deben dejar de «hacer el bien» cueste lo que cueste, pues esta es la «voluntad del Padre».
DOMINIQUE CHARLES, OP
La primera epístola (o carta) de Pedro pertenece a un grupo de siete cartas del Nuevo Testamento (Sant; 1 Pe; 2 Pe; 1 Jn; 2 Jn; 3 Jn; Jds) denominadas «epístolas católicas», según la denominación que encontramos en Eusebio de Cesarea (Historia eclesiástica II 23, 25; VI 25, 5; véase recuadro «El estatus de la epístola de Pedro según Eusebio de Cesarea»), porque son consideradas como cartas destinadas a la Iglesia universal. Llamada a menudo por su nombre en latín, la Prima Petri fue insertada muy rápidamente en el corpus de las Escrituras cristianas. Ya en el siglo II, en la Carta a los Filipenses de san Policarpo, obispo de Esmirna, encontramos algunas citas de la misma. Probablemente escrita en Roma, en las últimas décadas del siglo I, estaba destinada a varias comunidades de Asia Menor (1 Pe 1,1) que el autor parece conocer muy bien.
Si la primera epístola de Pedro fue rápidamente considerada canónica y atribuida al apóstol, la segunda formó parte de los escritos disputados durante los primeros siglos. Eusebio de Cesarea las vincula en su Historia eclesiástica, en el siglo IV.
II 15,2: [Según el testimonio de Papías, obispo de Hierápolis en el 120] «Pedro hace mención de Marcos en su primera carta; dicen que esta la compuso en la misma Roma y que él mismo lo da a entender en ella al llamar a dicha ciudad, metafóricamente, Babilonia, con estas palabras: “Os saluda la que está en Babilonia, elegida con vosotros, y mi hijo Marcos”» (BAC, 1998, p. 89).
II 23,24-25: «... Tal es la historia de Santiago, del que se dice que es la primera carta de las llamadas católicas. Pero ha de saberse que no se considera auténtica. De los antiguos no son muchos los que hacen de ella mención, como tampoco de la llamada de Judas, que es también una de las siete llamadas católicas. Sin embargo, sabemos que también estas, junto con las restantes, se utilizan públicamente en la mayoría de las iglesias» (p. 112).
III 1,2: «Pedro, según parece, predicó en el Ponto, en Galacia y en Bitinia, en Capadocia y en Asia, a los judíos de la diáspora; al final llegó a Roma y fue crucificado con la cabeza para abajo, como él mismo había pedido padecer» (p. 120).
III 3,1: «De Pedro está admitida una sola carta, la llamada I de Pedro. Los mismos presbíteros antiguos la utilizaron como algo indiscutible en sus propios escritos. En cambio, de la llamada II carta, la tradición nos dice que no es testamentaria; sin embargo, por parecer provechosa a muchos, se la ha tomado en consideración con las otras Escrituras» (p. 121).
III 4,2: «Por las palabras de Pedro en su carta, de la que ya hemos dicho que está admitida, y que escribe a los hebreos de la diáspora, moradores del Ponto, de Galacia, de Capadocia, de Asia y de Bitinia, se ve claro en qué provincias predicó él a Cristo y transmitió la doctrina del Nuevo Testamento a los que procedían de la circuncisión» (p. 123).
III 25,1-3: «Llegados aquí, es razón de recapitular los escritos del Nuevo Testamento ya mencionados. En primer lugar, hay que poner la tétrada santa de los Evangelios, a los que sigue el escrito de los Hechos de los Apóstoles. Y después de este hay que poner en lista las cartas de Pablo. Luego se ha de dar por cierta la llamada I Juan como también la de Pedro. Después de estas, si parece bien, puede colocarse el Apocalipsis de Juan, acerca del cual expondremos oportunamente lo que de él se piensa. Estos son los que están entre los admitidos. De los libros discutidos, en cambio, y que, sin embargo, son conocidos de la gran mayoría, tenemos la carta llamada de Santiago, la de Judas y la II de Pedro, así como las que se dicen ser II y III de Juan, ya sean del evangelista, ya de otro del mismo nombre» (pp. 164-165).
IV 14,9: «Por lo que hace a Policarpo, en la mencionada carta suya a los filipenses, conservada hasta el presente, hace uso de algunos testimonios tomados de la primera carta de Pedro» (pp. 221-222).
VI 14,1: «En las Hypotyposeis, por decirlo en resumen, da Clemente unas explicaciones precisas de la Escritura testamentaria entera, sin omitir los escritos discutidos, quiero decir, la carta de Judas y las demás cartas católicas, así como la carta de Bernabé y el llamado Apocalipsis de Pedro».
VI 25,5: «El segundo fue el evangelio de Marcos, quien lo hizo como Pedro se lo había indicado, el cual, en su carta católica, lo proclama hasta hijo suyo, con las siguientes palabras: “Os saluda la iglesia de Babilonia, elegida, y Marcos, mi hijo”».
VI 25,7-8: «Y en el libro quinto de los Comentarios al Evangelio de Juan, el mismo autor [Orígenes] dice acerca de las cartas de los apóstoles lo siguiente: “... Y Pedro, sobre quien se edifica la Iglesia de Cristo, contra la cual no prevalecerán las puertas del hades, dejó una sola carta por todos reconocida. Quizás también una segunda, pero se la pone en duda”».
Puede considerarse legítimamente 1 Pe como una carta «encíclica», puesto que se dirige a varias comunidades mencionadas al comienzo: «... en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia»; los cristianos destinatarios, por tanto, vivían en las ciudades griegas de Anatolia, donde constituían una minoría, lo que puede deducirse de la frase «a los elegidos que viven como extranjeros en la dispersión» (1,1). La palabra «extranjero» (parépidèmos) es retomada más adelante asociada con «gentes de paso» (paroikos, 2,11).
«Extranjero y huésped». En la Biblia griega, llamada LXX, estas palabras remiten a Abrahán, que define así su situación en Gn 23,4 (véase Heb 11,13). El Sal 38 (39),13b recurre a ellas para hablar de la situación del salmista. Caracterizan, además, al pueblo hebreo exiliado en Egipto o en Babilonia (véase Gn 15,3; Ex 2,22; 18,3; Sal 104 [105],12). El autor de la epístola las usa, sin duda, con una doble intención. Por una parte, al hacerse creyentes, los destinatarios son en la tierra como extranjeros y migrantes; su verdadera patria no está en la tierra. Por otra parte, los cristianos eran considerados por sus conciudadanos como «extranjeros» y «exiliados», porque participaban poco en la vida pública de las ciudades en las que vivían. Si tenemos en cuenta las escasas veces en las que se emplean estas palabras en el Nuevo Testamento (véase Hch 7,6.29; Ef 2,19), parece probable que el autor las emplee para evocar la difícil situación marginal en la que se encontraban estos cristianos: las poblaciones paganas en cuyo seno estaban dispersos, les eran hostiles por su fe, de ahí la referencia sutil al personaje de Abrahán.
Según las informaciones que da la carta, no estaban sumidos en una persecución violenta, como las que estallaron en tiempos del emperador Nerón (54-66) o del emperador Trajano (98-117). La causa principal de su sufrimiento era más bien estar marginados al no ser reconocidos o aceptados como cristianos en la vida social: la afirmación pública de su pertenencia a Cristo exigía valentía y presentaba probablemente ciertos riesgos.
Puede deducirse que la carta fue escrita entre las dos grandes persecuciones oficiales mencionadas anteriormente. Ahora bien, san Pedro fue crucificado durante la persecución de Nerón, después del incendio de Roma en el 64; la persecución violenta que le siguió solo afectó, sin embargo, a los cristianos de Roma, no a los de Anatolia. En consecuencia, la redacción de la carta debe situarse entre el 72, el año en el que el emperador Vespasiano (68-79) reorganizó las provincias del Ponto, Galacia y Capadocia, por una parte, y los últimos años tumultuosos del reinado del emperador Domiciano (81-96), por otra parte. En general, la redacción de la carta se ubica en la horquilla entre el año 80 y el 90.
Según Eusebio de Cesarea, y otros después de él, los destinatarios eran judeocristianos. Al leer la carta, en cambio, nos damos cuenta de que eran más bien cristianos de origen pagano que se habían convertido recientemente. Sus conciudadanos entendieron mal su elección de hacerse discípulos de Cristo. Su conversión al cristianismo los llevó a romper con su tradicional manera de vivir. Al no participar en las actividades de la sociedad pagana de sus ciudades, se habían convertido en personas consideradas como «extranjeras». Principalmente fue por esta razón por la que llegaron a ser objeto de críticas y quizá de calumnias. Podemos imaginar que, bajo la presión de su entorno, estos cristianos se vieron fuertemente tentados a regresar a las prácticas paganas que habían sido las suyas antes de su conversión (véase 4,3-4). Presintiendo que una situación así debilitaría a las comunidades cristianas de Anatolia, el autor tomó la decisión de escribirles para consolarlas y reconfortarlas, pero sobre todo para animarlas y que no cayeran en la defección.
Para abordar la lectura de la primera carta de Pedro no podemos olvidarnos de este contexto histórico de crisis. La actualidad de esta carta del primer siglo es incuestionable. Muchos cristianos viven sin duda en el siglo XXI en situaciones muy parecidas, afrontando oposiciones e incluso persecuciones, que los lleva o bien a huir de sus países para seguir siendo cristianos o bien a renunciar a su fe. Mantenerse fieles a la pertenencia cristiana en situaciones de crisis grave es un desafío actual muy real. ¿Cómo comprender e interpretar la aparente discreción de Dios, que parece guardar silencio e incapaz de salvar a quienes se ven sumidos en tales pruebas? El autor de la carta nunca propone a los cristianos anatolios que huyan de sus ciudades, al contrario, los invita a mantenerse firmes en medio de las pruebas, caminando tras los pasos del Señor (2,21), que siempre confió en el Padre, incluso cuando fue probado en su pasión.
La carta es esencialmente un discurso «parenético» o de exhortación. Fundamentándose en la Escritura, por una parte, y, por otra, en el comportamiento de Cristo, que invita a imitar, el autor anima a los cristianos a resistir en sus pruebas.
