La Promesa De Brodie - Slade Heather - E-Book

La Promesa De Brodie E-Book

Slade Heather

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Beschreibung

De ser la novia de su difunto hermano a convertirse en su alma gemela. Un romance campestre entre viñedos; un duelo compartido, nuevos amores y una pasión arrolladora que no dejará de ser puesta a prueba. ¿Podrá el nuevo vínculo entre Brodie y Peyton sobrevivir a los percances que el destino les tiene preparados?

BRODIE Nunca había creído en el destino hasta que conocí a Peyton Wolf. Nuestra conexión fue instantánea. Solo la culpa consiguió mantenerme alejado de ella. No podía permitirme amar a la novia de mi hermano. Menos aún si éste había fallecido. Sobrevivir a un accidente de avión en Argentina me hizo poner en orden mis prioridades. Ahora estoy decidido a regresar a su lado, demostrarle mi amor y reclamar un lugar en su vida. Sin importar los desafíos, nada me impedirá darle la familia que ambos merecemos. Pero, en un mundo donde el pasado tiene tanto poder, ¿nuestro amor será suficiente? PEYTON Pensaba que tenía la vida resuelta. Como madre soltera y dueña de mi propio bar y sala de cata de vinos, nunca se me ocurrió aspirar a más. Pero nada me preparó para no caer ante los encantos de Brodie Butler, el hermano de mi difunto novio. Sin embargo, tras haber desaparecido después de una apasionada noche juntos, ahora me veo obligada a afrontar sola un embarazo inesperado. Con mi exesposo luchando por la custodia de mis hijos y mi salud en riesgo, deberé encontrar la fuerza necesaria para proteger a mi familia. ¿Podré darle otra oportunidad al amor, o el peso de los fantasmas del pasado finalmente conseguirá separarnos?

PUBLISHER: TEKTIME

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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LA PROMESA DE BRODIE

EL RANCHO DE LOS BUTLER: LIBRO UNO

LIBRO I

HEATHER SLADE

Traducido porLISSETHE HERRERA

Tektime

Copyright © 2024 by Heather Slade

Todos los derechos reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o de cualquier otro tipo, incluyendo su incorporación a sistemas de almacenamiento y recuperación de información, sin la autorización previa y por escrito del autor, salvo en el caso de breves citas utilizadas en artículos críticos o reseñas literarias.

ÍNDICE

La Promesa de Brodie

1. Peyton

2. Brodie

3. Peyton

4. Brodie

5. Peyton

6. Brodie

7. Peyton

8. Brodie

9. Peyton

10. Brodie

11. Peyton

12. Brodie

13. Peyton

14. Brodie

15. Peyton

16. Brodie

17. Peyton

18. Brodie

19. Peyton

20. Brodie

21. Peyton

22. Brodie

23. Peyton

24. Brodie

25. Peyton

26. Brodie

27. Peyton

28. Brodie

29. Peyton

30. Brodie

31. Peyton

32. Brodie

33. Peyton

34. Brodie

35. Peyton

36. Brodie

37. Peyton

38. Brodie

LA TREGUA DE MADDOX

Maddox

Sobre la Autora

Sin título

La Promesa de Brodie

El Rancho de los Butler: Libro Uno

De ser la novia de su difunto hermano a convertirse en su alma gemela.

Un romance campestre entre viñedos; un duelo compartido, nuevos amores y una pasión arrolladora que no dejará de ser puesta a prueba. ¿Podrá el nuevo vínculo entre Brodie y Peyton sobrevivir a los percances que el destino les tiene preparados?

Nunca había creído en el destino hasta que conocí a Peyton Wolf. Nuestra conexión fue instantánea. Solo la culpa consiguió mantenerme alejado de ella. No podía permitirme amar a la novia de mi hermano. Menos aún si éste había fallecido. Sobrevivir a un accidente de avión en Argentina me hizo poner en orden mis prioridades. Ahora estoy decidido a regresar a su lado, demostrarle mi amor y reclamar un lugar en su vida. Sin importar los desafíos, nada me impedirá darle la familia que ambos merecemos. Pero, en un mundo donde el pasado tiene tanto poder, ¿nuestro amor será suficiente?

Pensaba que tenía la vida resuelta. Como madre soltera y dueña de mi propio bar y sala de cata de vinos, nunca se me ocurrió aspirar a más. Pero nada me preparó para no caer ante los encantos de Brodie Butler, el hermano de mi difunto novio. Sin embargo, tras haber desaparecido después de una apasionada noche juntos, ahora me veo obligada a afrontar sola un embarazo inesperado. Con mi exesposo luchando por la custodia de mis hijos y mi salud en riesgo, deberé encontrar la fuerza necesaria para proteger a mi familia. ¿Podré darle otra oportunidad al amor, o el peso de los fantasmas del pasado finalmente conseguirá separarnos?

1

PEYTON

El cielo azul y el sol radiante podían ser engañosos. Cuando se vivía cerca del océano, el viento podía resultar implacable, incluso en los días más soleados. Aun así, no importaba qué tanto frío hiciese, ella iría a buscar la leche y jugo de naranja que sus hijos necesitaban.

Desde el otro lado del estacionamiento, Peyton vio a un hombre entrar en el único supermercado del pueblo. Algo en su porte le resultaba familiar; su cazadora —desgastada por el paso de los años— ceñía sus hombros, cayendo suelta sobre sus anchas caderas, y pese a que sus jeans tenían un aspecto más moderno que rural, sus botas y su sombrero Stetson negro reflejaban un estilo inconfundiblemente campestre.

No era la primera vez que su mente había intentado engañarla, haciéndole creer que veía lo que sabía que era imposible. Una vez dentro, se permitió echar un vistazo a su alrededor, sin poder encontrar al hombre que, seguramente, no sería más que otra ilusión.

Tras haber llenado la mitad de su carrito con las bebidas que necesitaba, repasó su lista de compras y se dirigió a la sección de frutas y verduras, donde se encontró con un par de ojos de un profundo azul terriblemente familiar; los ojos de Kade Butler, alguien a quien jamás creyó volver a ver.

El hombre, cuyo único parecido con Kade se limitaba a sus ojos y a su forma de moverse, apenas movió el mentón en señal de reconocimiento.

—¿Hola?

Peyton se estremeció. Aquel profundo tono de voz le resultaba inconfundible.

—Lo siento, es que te pareces tanto a alguien...

—Sí… —confirmó en un murmullo.

—¿Te lo dicen mucho? —No consiguió reír, el dolor que le provocaba pensar en Kade seguía demasiado latente.

—No, la verdad no.

—¿Perdón...?

—Que no me lo dicen mucho.

—Oh… eh… bueno… —Sus manos se aferraron al manillar del carrito, pero antes de que pudiera moverlo, él la retuvo, sujetando la canastilla metálica.

—Te he estado buscando.

—¿Disculpa?

—Soy Brodie Butler.

Peyton se permitió cerrar los ojos durante un instante, tiempo suficiente para que un par de traicioneras lágrimas rodaran por sus mejillas.

—No quería encontrarnos así —añadió.

—¿Pero pretendías que pasara?

—Como te dije, te he estado buscando —enfatizó.

No era como si se hubiera estado escondiendo. Si la familia de su exnovio —ahora fallecido— la hubiera estado buscando, no tardarían en encontrarla. Su casa en Moonstone Beach estaba a apenas un par de kilómetros de allí, en Cambria. Además, el pueblo tenía menos de cinco mil habitantes, y la mitad de ellos vivía allí a intervalos irregulares.

Tras la muerte de Kade, Peyton y sus hijos se hospedaron durante un tiempo en una pequeña vivienda anexa al rancho de sus padres, que estaba ubicado a unos cincuenta kilómetros de la costa. Los niños seguían quedándose allí la mayoría de los fines de semana, cuando Stave —el bar con sala de cata de vinos que había administrado desde que se había graduado de la universidad— cerraba más tarde de lo habitual.

Había oído hablar de Brodie, pero no había tenido la oportunidad de conocerlo, por lo que ignoraba el parecido que compartía con su hermano mayor. Aunque tampoco se le escapaban las diferencias; su rostro, más anguloso y afilado que el de Kade, lucía una sombra de barba desaliñada. En cambio, su expareja siempre mantenía la suya, de un tono marrón rojizo más oscuro, perfectamente recortada.

—Tengo algo para ti —explicó Brodie—. De parte de Kade.

—Lo siento, pero no puedo aceptarlo.

No le dio tiempo a responder. Abandonó su carrito en medio del pasillo y salió corriendo de la tienda, cruzando la calle en dirección a su coche.

Una vez dentro, echó un vistazo en su dirección, descubriéndolo sentado en una mesita de picnic junto a la entrada. Parecía estar esperando a que regresara, lo cual no haría. En lo que a ella respectaba, podía quedarse con lo que sea que fuera a entregarle.

Ya habían sido demasiadas las ocasiones en que Peyton creyó haber visto a Kade caminando por la playa o conduciendo frente a su establecimiento. En todas ellas, le bastaba con parpadear para darse cuenta de que él había desaparecido, o de que la persona que creía haber visto no era él. De modo que, ¿debía aceptar algo que continuaría recordándole su pérdida? No, gracias.

Volvería más tarde, después de haber recogido a los niños de la escuela. Tal vez incluso los dejaría elegir algo sencillo que solo tuvieran que calentar, pues preparar la cena se había convertido en otro cruel recordatorio de cómo el hombre que la había convencido de darle otra oportunidad al amor se había ido.

A pesar de que aún fuera temprano, Peyton se dirigió directamente a Stave. Una vez abierta la puerta trasera y desconectada la alarma, subió la calefacción y comenzó a encender su computadora.

Unos minutos más tarde, escuchó como alguien más entraba por la misma puerta que ella.

—Hola, Alex.

Su mejor amiga, y directora de marketing tanto de la sala de catas como de la Westside Winery Collaborative⁠*, se sentó con tranquilidad en la silla ubicada al lado de su escritorio.

—¿Cómo no tienes frío? —decidió preguntarle.

Alex llevaba una camiseta negra de seda sin mangas, jeans y unas botas de tacón de al menos diez centímetros.

—Sangre latina, amiga —respondió con una sonrisa.

—Estamos a 4 ºC, pero con todo el viento que hace parece que estuviéramos a -6 ºC. Tú nunca tienes frío. Yo sí, incluso en verano.

—Tu problema es que te falta carne en los huesos.

—Pero si pesas menos que yo —le recalcó.

Ambas se habían hecho amigas durante la adolescencia, al mismo tiempo que sus padres. Tras la compra de un rancho por parte de los padres de Alex y la decisión de convertir la mitad del terreno en viñedos, Alfonso Ávila, le vendió portainjertos al suyo y ayudó a su familia a iniciarse en el negocio de los vinos.

Antes de que sus cuerpos maduraran durante la pubertad, la imagen de ambas era muy similar a la de unos «espárragos». Pero ahora, aparte de sus estaturas y delgadas pero curvilíneas figuras, su apariencia no podía ser más opuesta. Peyton tenía el cabello rubio y los ojos verdes mientras que el cabello largo de Alex era de un castaño oscuro, casi negro, con una tonalidad de ojos a juego.

—¿Por qué tan enojada?

—Perdón, tuve una mañana de mierda.

—¿Tan temprano? —Comprobó la hora en su teléfono—. ¿Les pasó algo a los chicos?

—Están bien, tía Alex. No, no tiene nada que ver con ellos.

—¿Entonces qué? Cuéntame.

—Me encontré con Brodie Butler en el supermercado.

—Oh. Mierda. Como lo siento, cariño.

—Fui grosera con él, y ahora me siento mal.

—No sabía que se conocían.

—No lo conozco. O, bueno, no lo conocía. Él se presentó.

—Debió ser difícil ver a un familiar de Kade…

—Dijo que quería entregarme algo de su parte —se apresuró a añadir.

—Mierda —repitió Alex.

—Después me fui. —Su compañera asintió—. Me refiero a que salí corriendo del supermercado. Pobre Louie, seguramente se estará preguntando por qué dejé un carrito lleno de leche y jugo de naranja en el pasillo seis.

—No es para tanto, Peyton. Louie lo entenderá.

—Me disculparé con él más tarde, pero ¿qué hay de Brodie? También le debo una disculpa.

—No le debes nada. ¿Qué le hizo pensar que confrontarte allí sería una buena idea?

—No me confrontó. Es más, no creo que esperara encontrarse conmigo.

—Tienes razón. Seguro que condujo unos cincuenta kilómetros a una tienda diez veces más pequeña que la que tiene a diez minutos de su rancho porque… No sé, ¿aquí tienen una mejor selección de mortadela?

—No ayudas. Ya me siento bastante mal.

Alex se acercó a ella, apoyando su mano sobre la suya en señal de apoyo.

—Lo siento, cariño —volvió a disculparse.

—¿Qué debería hacer? No quiero llamar al rancho.

—¿Por qué no? Los padres de Kade siempre preguntan por ti. Seguro que les alegraría recibir noticias tuyas.

—No puedo —repitió.

—Puedo hacerlo por ti, si quieres.

—¿No te importaría?

—Son nuestros vecinos, ¿o no?

Los Caballeros⁠* —rancho de mil acres, propiedad de los Ávila— se encontraba al lado del de los Butler. Las familias no siempre se habían llevado bien, pero tras el fallecimiento del padre de Alex hacía unos años, la antigua enemistad entre Laird Butler y Alfonso Ávila fue dejada en el olvido.

—Claro que no. ¿Quieres que te traiga lo que te iba a dar Brodie?

—No. Diles por favor que… Que no puedo.

—¿Qué no puedes qué? Me perdí.

—Sea lo que sea, no lo quiero.

—Peyton...

Se levantó y abandonó el despacho antes de que concluyera la frase, cubriéndose los oídos cuando su compañera la alcanzó.

—Por Dios, ¿qué tienes, diez años? Basta.

No respondió. En cambio, salió por la puerta trasera del local y se subió a su coche. Por segunda vez en aquella mañana, había elegido escapar.

No obstante, en lugar de volver a casa, optó por aparcar cerca del sendero que conducía a la playa. Un paseo por la orilla podría ayudarla a despejarse, y, con suerte, le permitiría reconectar con su adulta interior, y a dejar de actuar como la niña que Alex le había dicho que era.

*N. de la T.: La Westside Winery Collaborative es un grupo de bodegas que trabajan en conjunto para la producción y comercialización de vinos.

*N. de la T.: En español en el original.

2

BRODIE

Le tomó un minuto reconocer a la mujer que tenía delante, ya que solo la había visto en unas cuantas fotografías.

«Busca a Peyton», le había indicado su madre, señalando una caja. «Tenemos que dársela».

«Falleció hace un año, Ma, y no has sabido de ella desde el funeral».

«No importa. Esto le pertenece».

La caja contenía las pertenencias de su hermano mayor, quien había pedido que le fueran entregados a Peyton en caso de que algo le sucediera.

La había seguido hasta el exterior después de contemplar como salía corriendo de la tienda, siendo testigo de cómo cruzaba la calle y se subía a un BMW negro Serie 4. Al escuchar como encendía el motor, decidió sentarse en una de las mesitas exteriores, aguardando su fuga.

Apenas se había inclinado hacia delante y apoyado los antebrazos en las rodillas cuando, instantes después, Peyton dio marcha atrás y condujo en dirección contraria, hacia la parte trasera del estacionamiento. Habría sido más fácil salir por delante, pero aquello habría significado volver a cruzarse.

Pese a que tenía una idea de adónde se dirigía, se abstuvo de seguirla. No habría sido justo, especialmente después de haberla visto a punto de derrumbarse en el establecimiento.

En su lugar, volvió dentro y se dirigió a la panadería, en donde compró un bollo y una taza de café para desayunar. Al finalizar, y sin ganas aún de volver a casa, condujo por la autopista hasta detenerse en Moonstone Beach, donde se sentó a contemplar cómo las olas rompían en la orilla.

Durante su paseo matutino, se cruzó con varios surfistas que se preparaban para desafiar las gélidas aguas del océano Pacífico. Un desafío al que, incluso con un traje de neopreno, Brodie no se habría unido. Tal vez lo hubiera hecho hace unos diez años, pero ahora prefería surfear en temperaturas más cálidas, como las que se encontraban a un par de horas al sur, cerca de Santa Bárbara.

«No seas marica», le había dicho su hermano Maddox la primera vez que Kade lo había invitado a surfear con ellos a su lugar favorito.

Su hermano mayor no había tardado en amonestarlo con un golpe y decirle que lo dejara en paz. Acto seguido, había fulminado con la mirada a Naughton, su otro hermano, desafiándolo a continuar con la burla.

Kade era nueve años mayor que él, seis años mayor que Naughton y tres años mayor que Maddox. Brodie tenía doce la primera vez que sus hermanos lo incluyeron en el viaje de cuarenta y cinco minutos desde su rancho en Adelaida Trail, que atravesaba las ondulantes colinas de la carretera 46, hasta Moonstone Beach.

«Cuídalo, Kade. No lo dejes meterse al agua si está a menos de 10 ºC».

El mayor le había guiñado un ojo con complicidad antes de volverse a su madre y responder:

«Sí, Ma».

Tras haber pasado tan solo dos semanas en casa, volvería a irse a la mañana siguiente, de modo que Brodie le había rogado que lo dejara acompañarlos. Para convencerlo, había pronunciado una frase que aún continuaba atormentándolo hasta el día de hoy.

«Nunca sé si volverás. Me prometiste enseñarme a surfear. ¿Y si ésta es nuestra única oportunidad?».

Su estómago se estremeció al recordar su insensibilidad, aunque, por otro lado, agradecía que su madre no lo hubiera escuchado.

La primera vez que lo oyó mencionar su jubilación había sido después de llevar varios meses saliendo con Peyton. Durante tres años, su trabajo había requerido que pasara dos meses en casa antes de volver a ausentarse por otros dos. Sin embargo, en los últimos tiempos se había visto más renuente a marcharse. Sus misiones habían dejado de ser su principal prioridad, siendo reemplazadas por Peyton y sus dos hijos.

Brodie recorrió su galería, buscando la última foto en la que la familia aparecía completa. Su padre la había tomado la Navidad anterior. Dos meses después, sus padres habían abierto la puerta, solo para encontrarse con una devastadora noticia que todo padre con un hijo o una hija sirviendo en el ejército rezaba por jamás escuchar. Kade había muerto en combate.

Por un momento, se planteó mirar el contenido de la caja que su madre le había encomendado, cosa de la que se arrepintió de inmediato. Se sentía como una invasión muy personal a su intimidad. En cambio, optó por salir de su camioneta y bajar los desvencijados escalones hasta la playa, sentándose en una de las rocas que salpicaban la orilla.

El gélido viento y la arena golpeaban su rostro, obligándolo a meter las manos en los bolsillos de su chaqueta. En el rancho de su familia, ubicado a unos sesenta kilómetros de allí, las temperaturas solían ser más agradables. No obstante, hoy en particular, abrazó la sensación del aire salino contra su piel. Era un recordatorio de que estaba vivo. A diferencia de su hermano, él continuaba con vida, lo que significaba que aún tenía una promesa que cumplir.

Alzó la vista justo en el instante en el que un BMW se estacionaba en el extremo opuesto de la playa. Y, pese a que se trataba de un modelo bastante corriente en aquel pueblecillo costero, no había forma de no reconocer a su conductora.

Una vez que Peyton bajó los escalones que separaban el asfalto de la playa, la saludó con la mano. Sorprendentemente, ella le devolvió el gesto. Pero lo más sorprendente de todo fue verla acercándose a él.

—Te debo una disculpa —comenzó una vez se encontró a su lado—. Podría darte cualquier excusa, pero… la verdad es que fui grosera contigo, y lo siento.

—Yo también lo siento, Peyton. No esperaba encontrarme contigo en la tienda.

En lugar de mirarlo, dirigió la vista hacia el mar.

—Seguro piensas que actué como una tonta.

—No tengo porqué juzgar tu reacción.

Brodie deseó ver sus ojos, pero por más que volteara, estos permanecían ocultos tras unos lentes de sol.

—Kade hizo prometer a mamá que te daría esto si le pasaba algo. —Señaló la sencilla caja de cartón que descansaba a sus pies.

Peyton se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. Por un momento, pensó que volvería a escapar. Para su sorpresa, se apoyó en la roca contigua a él.

—Sé que me hará parecer una persona terrible, pero no la quiero —reveló al fin.

—Puede que algún día cambies de opinión.

—Tu hermano me conocía lo suficiente, o al menos eso creí, como para hacer algo así.

Esperó a que continuara. Sin embargo, salvo por el constante ritmo de las olas y las lentas bocanadas de aire con las que intentaba calmarse, ambos permanecieron en silencio. Al intuir que no diría nada más, decidió intervenir:

—Dime por qué no lo habría hecho, Peyton.

Se giró hacia él, tomándose de nuevo su tiempo para respirar hondo. Una vez más, Brodie le dio oportunidad de hablar, volviendo a ser recibido por el mismo silencio de antes.

Finalmente, Peyton se encogió de hombros a su vez que empezaba a enderezarse, soltándole un breve «nos vemos, Brodie» como despedida.

No la siguió cuando la vio cruzar el sendero ni se movió de su lugar hasta mucho después, una vez que se dirigió hacia la autopista que la llevaría de vuelta a la ciudad.

Al cabo de un rato, Brodie recogió la caja y la llevó de vuelta a su camioneta, donde abrió la puerta para depositarla en el asiento del copiloto.

—Supongo que solo seremos tú y yo por un tiempo. —Acarició la tapa con los dedos extendidos, como si al hacerlo pudiera absorber cualquier vestigio de Kade que aún perdurara en las pertenencias que tanto deseaba que Peyton conservara.

3

PEYTON

El local había abierto oficialmente hacía quince minutos, aunque sabía que nadie vendría por vino tan temprano. Peyton solía llegar sobre las diez y rara vez veía clientes hasta la una, mucho menos un lunes. La mayoría de los turistas se marchaban el domingo por la noche, de modo que ella y Alex acordaron que era mejor permanecer abiertos los lunes por si había algún rezagado que quisiera beber algo antes de irse a casa, para después cerrar el negocio los martes y miércoles.

Cuando su padre le pidió dirigir la sala de catas familiar, poco después de haber terminado la universidad, pensaba que solo se trataría de un empleo de verano. Trece años más tarde, se había convertido en su vida, junto con sus dos hijos, Jamison, de diez años, y Finn, que había celebrado su octavo cumpleaños la semana anterior.

Después de haber obtenido su licenciatura en Agronegocios en la Universidad Politécnica Estatal de California, había recibido varias ofertas de trabajo de bodegas del valle de Napa, mismas que rechazó a favor del ritmo más pausado que le ofrecía la región vinícola de Paso Robles.

Pese a que su plan original había sido trabajar en el viñedo, dirigir Stave le había parecido más atractivo a largo plazo.

Al cabo de unos meses al mando, incluso se atrevió a hablar con su padre sobre posibles expansiones. En lugar de limitarse a ofrecer vinos de la bodega familiar, lo animó a también incorporar en su catálogo a los miembros de la Westside Winery Collaborative de Paso Robles. Esta decisión consiguió que las ventas se dispararan, al igual que sus ingresos. De modo que, cuando un restaurante de la zona oeste del pueblo cerró sus puertas y el local quedó disponible para su alquiler, volvió a hacerle una vista, esta vez en compañía de Alex.

Su progenitor había alzado las manos en señal de rendición después de que su amiga le contara como la junta directiva de la asociación también le había pedido que fuera su directora de marketing.

«Este es tu bebé, Peyton. Asegúrate que prospere. Tú también, Alex», le había dicho en señal de aprobación.

Fue entonces que Peyton y Alex renombraron lo que primero había sido la «Sala de Catas & Vinatería Wolf», a «Sala de Catas Westside Collaborative», hasta dar finalmente con el nombre de Stave, el cual hacía alusión a las piezas de madera finas, estrechas y perfiladas que formaban los laterales de una barrica. Éstas estaban formadas por treinta y una duelas, el mismo número de bodegas que conformaban la colaboración.

Y, gracias a sus esfuerzos mutuos, las ventas de las bodegas del oeste habían superado con creces las de las otras subregiones.

—Volviste. —Alex la esperaba cerca de la barra de degustación con los brazos cruzados.

—Lo siento, Alex.

—Olvídalo. Y también olvídate de Brodie y de Kade. Tenemos una cena programada dentro de un par de semanas que debemos planificar, así que centrémonos en eso, ¿de acuerdo?

El lunes de cada mes, su establecimiento organizaba una degustación nocturna. Se trataba de un grupo exclusivamente local, donde la mayoría de sus miembros eran propietarios de restaurantes, tiendas de la ciudad o de algún negocio de localidades vecinas. De ese modo, las bodegas colaboradoras tenían la oportunidad de presentar sus creaciones y lograr que éstas fueran incorporadas en algún menú.

La cena era preparada por un chef invitado en la cocina de Stave. Cada una requería mucho trabajo, pero las comisiones generadas a través de las ventas de vino valían la pena. Iniciaban la planificación con cuatro semanas de antelación, empezando con una reunión con el chef seleccionado.

—¿Quién vendrá hoy? —quiso saber Alex.

—Peter Wells del Lark. Me sorprende que lo hayas olvidado.

—Cierto, Peter. Sí que está bueno.

—Hablando de eso, ¿qué pasó entre ustedes?

—No mucho —comentó tras soltar un suspiro—. Los ingredientes prometían, pero se veían mejor solos que servidos.

—Estás mezclando metáforas —le hizo saber.

—Solo no hubo química, ¿entiendes? —Finalizó con un encogimiento de hombros.

—Sé de qué hablas —concordó al tiempo en que también soltaba un suspiro.

—Lleva enamorado de ti desde la universidad. Supongo que no fui una buena sustituta.

—No estoy interesada —se apresuró a contestar.

—¿Bromeas? ¿Cómo qué no?

—Basta, Alex.

—Bien, ya paro. ¿Qué va a preparar?

Peyton sacó la carpeta que contenía los detalles de la cena programada para abril.

—Chile pasilla relleno de camarón y provolone como entrada —leyó.

—Mmm, ya me dio hambre.

—Pienso servirlo con el Charbono.

—¿De quién?

—De los Harrington.

—Mmm, que rico.

Aunque sus pensamientos parecían rondar más en torno a Brodie que hacía a Kade, perderse entre combinaciones de vinos y platillos era justo lo que Peyton necesitaba para olvidarse de los hermanos Butler.

Las estrellas de su primera degustación habían sido los vinos elaborados por Maddox Butler. Traídos directamente desde su bodega familiar, le habían permitido conocer a su hermano, Kade, quien había acudido en carácter de invitado, aquella noche. A partir de entonces, se había propuesto visitar Stave siempre que estuviera en el pueblo, plantando la semilla de una eventual amistad.

Kade era del tipo que hacía más preguntas de las que estaba dispuesto a responder, aunque admitía que tampoco se le habían ocurrido demasiadas. Sabía que servía en el ejército, en algo relacionado a operaciones especiales, pero ignoraba las especificaciones. A menudo se ausentaba durante varias semanas y luego volvía a casa durante el mismo periodo de tiempo, lo que no tardó en llamar su atención. Pronto, comenzó a reconocer ciertos patrones, llegando incluso a anticipar sus idas y venidas.

Tras una noche de viernes especialmente larga, en la que un grupo de turistas había decidido quedarse hasta mucho después de la hora de cierre, recibió un correo suyo. En este le informaba que estaría fuera dos semanas más de lo previsto, pero que esperaba verla la noche de su regreso. En broma, le había preguntado si acaso la estaba invitando a una cita, a lo que él respondió que sí unos minutos después. Asustada, dio por concluida la conversación. Con dos hijos pequeños y un corazón que aún no había conseguido recuperarse a causa del divorcio, salir con alguien no estaba en su lista de prioridades.

No sabía qué esperar durante su próximo encuentro. Sin embargo, una vez llegada la noche de su regreso, la conversación no se vio afectada por el incómodo intercambio electrónico como había creído, fluyendo con la misma naturalidad de siempre.

La noche previa a su ida, incluso le había confesado que lo extrañaría.

«¿Cuánto?», la había cuestionado.

«Mucho», se permitió admitir.

«Entonces, sal conmigo cuando regrese».

—Yuju, ¿Peyton? —Alex le dio un codazo en un intento por llamar su atención.

—Lo siento, eh... —No pasó por alto la mirada de complicidad que se dirigieron su amiga y el chef—. Creo que deberíamos empezar con algo más ligero.

—Ajá —profirió a su vez que le sonreía con malicia.

Pese a que Peter parecía ajeno al doble sentido de la conversación, accedió a cambiar su entrada por alcachofa a la parrilla.

—Perfecto. La acompañaremos con una Falanghina —concluyó.

Una vez terminaron de decidir, su compañera escoltó al chef de vuelta a su auto, para luego volver a hacerle compañía en la sala de catas.

—Creí que tú también te irías —comentó cuando la vio regresar.

El lunes era su día libre. Solo la veía si necesitaban organizar una cena o montar algún maridaje⁠*.

—Le pedí que volviera la semana que viene para otra sesión —le reveló Alex.

—¿Por qué? Estamos bien. No necesita venir hasta acá otra vez. Podemos encargarnos de lo que falta sin él —se defendió.

—Ah, ya entiendo —comprendió al ver cómo se cruzaba de brazos—. Quieres que vuelva para poder quedar con él —intuyó.

—Nope —respondió al tiempo que negaba con la cabeza.

—Entonces, ¿para qué?

—Porque, Peyton, ya es hora.

—No —respondió al instante.

—¿Por qué no?

Había razones de sobra. En primer lugar, estaban sus hijos. Le había tomado meses sentirse lo suficientemente cómoda como para invitar a Kade a conocerlos y pasar tiempo con ellos. No estaban listos para contemplar a otro hombre en sus vidas. Ni ella tampoco.

Finn apenas tenía un año recién cumplido, y su hijo mayor, Jamison, tres cuando Lang Becker le confesó que, después de todo, tener hijos no era «lo suyo», dejándola por otra mujer que no los tenía. Había abandonado a sus hijos sin el menor remordimiento. Y Kade, bueno, su relación con él había sido complicada, y ahora que se había ido, no estaba dispuesta a intentarlo de nuevo solo para que el siguiente sujeto que atravesara su puerta volviera a dejarlos.

Además, Peter vivía en Santa Bárbara, a dos horas en coche sin tráfico, lo cual no sucedía muy a menudo. Rara vez se veían. Por lo que, ¿por qué iniciar algo que sabía que no tenía futuro? Ya tenía a dos chicos en su vida cuya compañía disfrutaba inmensamente, y a quienes incluso sentía que no les dedicaba tiempo suficiente.

—Te dije que no estaba interesada —repitió al darse cuenta de que Alex esperaba una respuesta.

—Vamos, Peyton —la animó.

—No. Si alguna vez llega el momento en que esté lista para tener una cita, serás la primera en saberlo. Hasta entonces, fin de la discusión.

—Al menos conseguiremos otra degustación —concedió con resignación.

—Admito que Peter es un gran chef, pero eso no significa que quiera salir con él.

A pesar de su asentimiento, Peyton dudaba que tuviera intención de olvidar el tema. Al fin y al cabo, aquella mujer era terca como una mula.

*N. de la T.: El maridaje consiste en emplatar un platillo y una bebida de modo que se complementen entre sí, realzando sus sabores.

4

BRODIE

Tras su encuentro matutino con Peyton en la playa, no sintió ganas de regresar al rancho. En su lugar, condujo hasta Morro Bay, en donde se pidió un almuerzo. Al finalizar, caminó alrededor de la reserva Whale Rock, logrando matar el tiempo suficiente como para que, al regresar a casa, ya hubiera oscurecido. Aun así, no fue suficiente para que dejara de pensar en ella.

Cerró los ojos, visualizando su aspecto con la máxima claridad posible. Le había sorprendido lo alta que era, parecía medir 1.70 o 1.80 cm. aproximadamente. Llevaba el pelo largo y rubio, apartado de la cara y recogido en una coleta, y sus ojos verde pálido le habían recordado a la salvia silvestre que crecía en las colinas. Vestía un grueso jersey gris que no alcanzaba a cubrir el cinturón negro que se enganchaba en sus jeans desgastados, los cuales complementaba con unas botas negras de montar hasta la rodilla.

Poco después de la muerte de Kade, había encontrado fotos suyas acompañadas de su hermano, algunas en las que parecía encontrarse de excursión con sus hijos, o dónde practicaba piragüismo. Incluso había una en la que aparecía sujetando una tabla de surf, vistiendo un traje de neopreno rosa y gris ajustado que no dejaba nada a la imaginación.

Sabía por las fotos que sería guapa, pero una vez la vio en persona, le había parecido preciosa. Preciosa y atrevida. No era de extrañar que Kade se enamorara de ella. Cualquier hombre lo haría.

Brodie se detuvo ante las puertas del rancho, esperando a que terminaran de abrirse por completo. Su padre las había programado para cerrarse del anochecer hasta el amanecer, función que también podían controlar a través de sus teléfonos. A veces pensaba que había perseguido la vocación equivocada. Sabía tanto de tecnología como cualquiera que hubiera conocido cuando trabajaba en Silicon Valley, pero había preferido dedicar su vida al rancho en lugar de a los circuitos y códigos, algo que aún no terminaba de comprender.

Finalmente, aparcó su camioneta delante de la casa principal en la que crecieron él y sus hermanos.

Años atrás, su padre había añadido tres casitas anexas de piedra de estilo escocés, donde dos de sus habitaciones eran réplicas exactas de las habidas en la casa principal. Maddox vivía en una, Naughton en otra, y cuando Brodie regresó al rancho tras la muerte de Kade, se había instalado en la tercera.

En cuanto a sus hermanas, Skye, que era dos años menor, vivía en Paso Robles con su esposo, mientras que Ainsley, la más pequeña, se encontraba terminando su doctorado en Stanford.

Una vez salió del vehículo, se encontró a sus padres sentados en el columpio del porche.

—¿Ese es mi Brodie? —preguntó su madre con un fuerte acento escocés.

A pesar de que rondaba casi los setenta, no había perdido su belleza ni el potente tono rojo fuego de su cabello. Él y sus hermanos habían heredado sus profundos ojos azules que, según su padre, eran la viva imagen del mar.

Su madre había conocido a su esposo, Laird Butler, cuando éste se encontraba de viaje en Escocia al poco tiempo de haberse graduado de la universidad. Habían empezado a salir al principio del viaje, casándose tres meses después. Kade había insinuado una vez que su historia era muy diferente a la que le habían contado, pero jamás tuvo la oportunidad de preguntarle a qué se refería.

—Sí, soy yo, Ma —respondió al fin.

—¿Pudiste encontrar a Peyton?

No quería contarle como había rechazado la caja, pero sabía que ella no tardaría en descubrirlo si le decía lo contrario.

—¿A qué te refieres? —cuestionó su esposo.

—No te preocupes, Laird. Brodie solo fue a entregarle algo que encontramos.

Bueno, si su madre iba a mentirle a su padre, no veía por qué él no podría hacer lo mismo.

—Sorcha, será mejor que no te estés entrometiendo en donde no te llaman —le advirtió.

—Por supuesto que no —señaló con firmeza, para después levantarse—. Hablaremos después de cenar, Brodie.

Antes de que pudiera seguirla dentro, su padre le indicó que tomara asiento. Obedeció, sentándose frente a él en la mesa donde la pareja solía compartir el té de la tarde.

—Dime de qué se trata, Brodie —le pidió sin rodeos.

—Mamá me pidió que le entregara unas cosas a Peyton Wolf, algunas suyas y otras de Kade.

—Ah, y supongo que no tuviste éxito —comentó al tiempo que sacaba una bolsa de tabaco de su bolsillo, con la que comenzó a llenar su pipa.

—¿Cómo supiste?

En lugar de responder, se concentró en encender la pipa antes de llevársela a los labios.

—No quiso aceptarlas —añadió Brodie.

—Ya veo.

—Y no quiero decírselo a mamá.

—Excúsate al final de la cena. No sacará el tema delante de mí.

—Gracias, Pa.

Cuando se hizo el silencio, un escalofrío le recorrió la espalda a causa del mal tiempo.

—Tu mamá hizo pastel de pastor. Te calentará.

A continuación, dejó su pipa sobre la barandilla del porche y, con un gesto, le indicó que lo siguiera hacia al calor del interior.

—Hoy vi a Peyton Wolf —le contó a Naughton más tarde mientras se dirigían a sus respectivas cabañas.

Su hermano, quien parecía haberlo escuchado, se abstuvo de responder.

—Lo extraña —complementó.

—Todos lo hacemos, Brodie —contestó al fin.

—¿Qué tan seria crees que fuera su relación?

—Ni idea.

No le pareció extraña su reticencia. Después de todo, solía recordarles que su inclinación por trabajar en los viñedos se debía a su preferencia por la soledad.

—¿Conociste a su primer esposo?

—Sí, se graduó de la Politécnica. —Naughton negó con la cabeza—. Me enteré de que incluso la engañó antes de su matrimonio.

—Cierto, fueron a la misma universidad —recordó.

Naughton se había licenciado en viticultura, la ciencia del cultivo de la vid, en la universidad de San Luis Obispo. En cambio, Brodie había seguido los pasos de Maddox yendo a la UC Davis, donde ambos se especializaron en enología, la ciencia de la elaboración del vino. Allí, obtuvo un máster en Dirección de Empresas Vitivinícolas, que combinaba la enología y la viticultura con la gestión empresarial.

—Ella se especializó en economía agrícola, como tú, mientras que Lang se especializó en viticultura, aunque nunca llegó a tomárselo en serio. Ni siquiera sé cómo se graduó —comentó con sorna.

Pese a que creyó escucharlo murmurar algo más, no logró entenderlo, aunque sospechó que se trataba de algún insulto dirigido hacia a Lang.

—Él y Kade tuvieron una pelea muy fea —le reveló.

Aquello lo sorprendió. Kade había sido un tipo grande con una fea cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, la cual acentuaba su intimidante apariencia. Dado su aspecto, odiaba salir a los bares, ya que, inevitablemente, algún imbécil borracho buscaría pleito con él. Un perfil en el que Lang parecía encajar a la perfección.

—Kade evitó que la situación escalara hasta llegar a los golpes, pero no dudó en hacerle saber lo que pensaba.

—¿Qué le dijo? —presionó Brodie.

—Lo llamó perdedor e idiota por haber abandonado a sus hijos y por lo que le hizo a Peyton.

Aquella era una de las cosas que distinguían a Kade; por muy intimidante que fuera físicamente, su inesperado ingenio conseguía infligir más daño que sus puños. Era un hijo de puta muy listo, uno al que no podía evitar echar de menos. Lo extrañaba tanto que dolía. No podía imaginarse cómo debía sentirse Peyton.

—No pasó mucho para que Kade me contara que Lang estaba preso por no haber pagado la manutención. Los tribunales apresan a cabrones por mierdas así —relató su hermano.

—Está mejor sin él.

—Sí, pero Kade me dijo que, para ella, el dinero era lo de menos. Lo que más le dolía era que sus hijos se quedaran sin padre.

Rol que su hermano mayor habría podido cumplir. Mierda. Con razón Peyton había rechazado la caja.

Cuando Naughton se despidió de él, Brodie reanudó su caminata. Si bien hacía un frío infernal, se obligó a continuar, necesitando despejarse tras la conversación. ¿Cuántas veces no había hecho lo mismo? Últimamente, sus paseos nocturnos parecían girar en torno a sus preocupaciones respecto a su hermano.

Todos admiraban a Kade, y todos lo echaban de menos a su manera. Al fin y al cabo, no había mejor ejemplo a seguir que Kade Butler.

Había muerto a los cuarenta y, por lo que sabía, nunca había ido tan en serio con nadie como para hablar de matrimonio hasta que conoció a Peyton. Lo mismo pasaba con sus hermanos. Skye era la única que estaba casada y, para alivio de todos, se encontraba esperando su segundo hijo. La mayor era una niña, Spencer, y no hacía mucho se habían enterado de que ahora tendrían un niño. Con otro nieto en camino, su madre finalmente había dejado de presionar tanto al resto.

Brodie no tenía ni idea de cuál sería su siguiente movimiento, pero sabía que debía haber uno. Tanto si Peyton quería las cosas de su hermano como si no, no había forma de que pudiera mantenerse alejado de ella.

Recibió un mensaje de Naughton justo en el momento en el que se encontró frente a la puerta de su cabaña.

«Voy a abrir una botella. ¿Te unes?».