La Tregua De Maddox - Slade Heather - E-Book

La Tregua De Maddox E-Book

Slade Heather

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Beschreibung

Cuando las raíces familiares son profundas, el amor florece en el viñedo. Butler y Ávila: dos familias, un legado, una enemistad convertida en amor. ¿Podrán Maddox y Alex forjar un futuro tan rico y complejo como su mejor vino?

MADDOX Siempre he sabido moverme por un viñedo, pero ¿en el amor? Eso es harina de otro costal. Cuando heredé una misteriosa bodega de mi difunto hermano, me encontré descorchando algo más que un buen vino. Los secretos familiares, las rivalidades empresariales y Alex Ávila, la mujer que no puedo olvidar, fermentan en una compleja mezcla. Ella ha sido el sabor al que no puedo resistirme desde que éramos adolescentes, pero ¿estoy preparado para esconder mis miedos y admitir por fin que podría ser mi pareja perfecta? Mientras navego por las soleadas colinas de la región vinícola de la Costa Central, estoy decidido a demostrar que algunos amores, como los mejores vinos, sólo mejoran con el tiempo. ALEX Llevo años intentando convencerme de que Maddox Butler es solo un varietal más en la bodega de mi vida. Pero con la bodega de mi familia enfrentándose a una posible crisis y Maddox repentinamente de nuevo en escena, me estoy dando cuenta de que algunos vinos dejan una impresión duradera en tu paladar. Mientras trabajo para salvar el legado de mi familia, me siento cada vez más atraída por el hombre que siempre ha estado fuera de mi alcance. Con viejas rencillas familiares, nuevas amenazas empresariales y un barril lleno de secretos que amenazan con desbordarse, ¿puedo confiar mi corazón a un hombre que siempre me ha hecho sentir segura y en calma? En un mundo donde el pasado tiene tanto poder, debo decidir si nuestro amor está finalmente listo para la cosecha perfecta, o si está destinado a permanecer como un secreto guardado en una botella para siempre. Aunque cada libro de la serie Rancho Butler es independiente con su propio Final Feliz, puede ser más agradable leerlos en orden.

PUBLISHER: TEKTIME

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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LA TREGUA DE MADDOX

BUTLER RANCH

LIBRO II

HEATHER SLADE

Traducido porALICIA TIIBURCIO

Tektime

Derechos de Autor © 2024 por Heather Slade

Todos los derechos reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro en cualquier forma o por cualquier medio electrónico o mecánico, incluidos los sistemas de almacenamiento y recuperación de información, sin el permiso por escrito del autor, excepto para el uso de citas breves en una reseña del libro.

LA TREGUA DE MADDOX

Cuando las raíces familiares son profundas, el amor florece en el viñedo. Butler y Ávila: dos familias, un legado, una enemistad convertida en amor. ¿Podrán Maddox y Alex forjar un futuro tan rico y complejo como su mejor vino?

MADDOX

Siempre he sabido moverme por un viñedo, pero ¿en el amor? Eso es harina de otro costal. Cuando heredé una misteriosa bodega de mi difunto hermano, me encontré descorchando algo más que un buen vino. Los secretos familiares, las rivalidades empresariales y Alex Ávila, la mujer a la que no puedo olvidar, fermentan en una compleja mezcla. Ella ha sido el sabor al que no puedo resistirme desde que éramos adolescentes, pero ¿estoy preparado para esconder mis miedos y admitir por fin que podría ser mi pareja perfecta? Mientras recorro las colinas bañadas por el sol de la región vinícola de la Costa Central, estoy decidido a demostrar que algunos amores, como los mejores vinos, solo mejoran con el tiempo.

ALEX

Me he pasado años intentando convencerme de que Maddox Butler es solo un varietal más en la bodega de mi vida. Pero con la bodega de mi familia enfrentándose a una posible crisis y Maddox repentinamente de nuevo en escena, me estoy dando cuenta de que algunos vinos dejan una impresión duradera en tu paladar. Mientras trabajo para salvar el legado de mi familia, me siento cada vez más atraída por el hombre que siempre ha estado fuera de mi alcance. Con viejas rencillas familiares, nuevas amenazas empresariales y un barril lleno de secretos que amenazan con desbordarse, ¿puedo confiar mi corazón a un hombre que siempre me ha hecho sentir segura y en calma? En un mundo donde el pasado tiene tanto poder, debo decidir si nuestro amor está finalmente listo para la cosecha perfecta, o si está destinado a permanecer como un secreto guardado en una botella para siempre.

ÍNDICE

1. Maddox

2. Alex

3. Maddox

4. Alex

5. Maddox

6. Alex

7. Maddox

8. Alex

9. Maddox

10. Alex

11. Maddox

12. Alex

13. Maddox

14. Alex

15. Maddox

16. Alex

17. Maddox

18. Alex

19. Maddox

20. Alex

21. Maddox

22. Alex

23. Maddox

24. Alex

25. Maddox

26. Alex

27. Maddox

28. Alex

29. Maddox

30. Alex

31. Maddox

32. Maddox

Epílogo

El secreto de Naughton

Naughton

Acerca de la autora

Otras Obras de Heather Slade

1

MADDOX

Si no estuviera en una casa ajena, Maddox atravesaría una pared con su puño. Había aguantado la mierda de Alex desde que eran adolescentes y ya estaba harto.

Ya lo había hecho antes, pero de alguna manera, siempre daba vueltas y terminaba justo en el mismo lugar.

¿Lo último que había decidido ella? Ofrecerse a cuidar a los hijos de su mejor amiga Peyton en su casa. Su casa. No la suya.

En cuanto a los niños, parecían estar bien, pero Maddox nunca cuidaba a nadie, ni siquiera a su sobrina, Spencer. Su hermana Skye nunca se lo pidió. Era demasiado lista para pensar en dejar un niño a su cuidado.

Antes de que ella sugiriera la fiesta de pijamas, Alex lo había estado evitando desde esa mañana, cuando él había tratado de impedir que ella interfiriera en la relación de su hermano con su mejor amiga. Ella no le había hecho caso, como de costumbre. Y había tenido razón, también como de costumbre. Llevaba días intentando que Brodie dejara de evadir la realidad y arreglara las cosas con Peyton, y en dos horas, Alex había conseguido lo que él no había podido.

Ahora, Peyton y Brodie estaban juntos y a punto de marcharse a casa de ella mientras los dos hijos de Peyton recogían sus cosas para una fiesta de pijamas con el tío Maddox.

Así lo llamaba Alex, y aunque era probable que Peyton y Brodie se casaran pronto, sobre todo teniendo en cuenta que ella estaba embarazada del hijo de Brodie, ¿no era prematuro que los chicos lo llamaran tío?

Maddox siguió a su hermano y a Peyton por las escaleras de la casa de los padres de ella y llevó sus maletas a la camioneta de Brodie.

Alex cerró la puerta después de que Brodie ayudara a Peyton a entrar y apoyó el brazo en la parte inferior de la ventanilla abierta. Maddox no pudo oír lo que le dijo a Peyton, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.

Cuando Alex se alejó de la camioneta, se ubicó detrás de ella y le rodeó la cintura con los brazos. Saludaron mientras Brodie se alejaba.

—Tenemos que hablar, —susurró.

Trató de sostenerla con más fuerza cuando ella intentó zafarse de sus brazos.

—No vas a ir a ninguna parte, Alex. Vamos a hablar.

—No, no lo haremos, Maddox.

— ¿Qué es toda esa mierda del tío Maddox?

— ¿En serio? No te va a matar hacer algo bueno por tu hermano, especialmente con todo lo que le has hecho pasar.

La soltó y la hizo girar. — ¿Qué dijiste?

—Ya me has oído. Podrías haberlo ayudado. En vez de eso, te hiciste el omnisciente todopoderoso, diciéndole que tenía que resolver las cosas por sí mismo. Mientras tanto, mi mejor amiga tenía el corazón tan roto como Brodie.

—Si tuviera que hacerlo de nuevo, no cambiaría nada de lo que hice.

—Por supuesto que no.

— ¿No puedes admitir que si Brodie hubiera ido por todo, como había planeado, habría alejado más a Peyton?

—Podrías haberle dicho cómo se sentía.

—No, no podría haberlo hecho porque no conozco a Peyton como tú. Puedes decir que era muy simple, pero sabes muy bien que no lo era.

—Eso no importa. Ahora están juntos de nuevo, y sus hijos, que resultan ser mis ahijados, están de pie en el porche de la casa de sus abuelos, viendo al tipo en cuya casa van a dormir esta noche discutir con su tía. Me siento honrada de ser su tía, Maddox.

—Son unos chicos increíbles que están a punto de soportar una batalla terrible por la custodia entre su madre y un padre al que nunca han conocido. ¿Quiero que pasen una noche lejos de toda la mierda que ha habido en sus vidas? Claro que sí. Quiero que sea la mejor fiesta de pijamas que hayan tenido nunca. Si no puedes ayudarme a conseguirlo, al menos no te metas y no la arruines.

Por mucho que quisiera retorcerle el cuello, no pudo resistirse al fuego que había en ella. Ella defendía a los indefensos, aliviaba el dolor de los heridos y protegía ferozmente a los que amaba. Había momentos en los que deseaba que ella lo amara, pero la mayoría de las veces, la idea de que pudiera quererlo lo asustaba.

Cuando Alex se acercó a los chicos, Maddox se quedó donde estaba y la observó bromear y reír con ellos. Tenía una sonrisa que siempre lo dejaba sin aliento. Había sido así desde la primera vez que la vio.

Llevaba el cabello largo, castaño, casi negro, lacio, con las puntas besándole la curva de su trasero, otra de las cosas a las que nunca podía mantenerse indiferente.

Llevaba unos vaqueros remangados lo suficiente por encima de los tobillos como para que se vieran sus botas rojas de ante con tacón de diez centímetros. La blusa sin mangas de seda y encaje color crema que llevaba era larga por detrás, pero lo bastante corta por delante como para que, al estirarse, Maddox viera su vientre moreno. Sus ojos, del mismo color que su cabello, brillaban mientras hablaba con los chicos.

— ¿Listos, chicos? —preguntó Maddox, uniéndose a ellos en el porche.

Jamison, el hijo mayor de Peyton, tenía diez años. Su hermano Finn tenía ocho. Cuando él y su hermano Kade tenían su edad, tenían sus propias «malditas mejores fiestas de pijamas», unas que Alex ni siquiera podía imaginar.

Antes de que lo mataran en Afganistán en la que iba a ser su última misión con Delta Force, Kade había salido con la madre de los chicos. Maddox sabía que, aunque agradecían el papel de Brodie en la vida de su madre, seguían echando de menos a Kade. ¿Cómo no iban a hacerlo? Era el tío más genial que jamás había existido.

Si Alex quería que se divirtieran esta noche, seguro que lo harían. Puede que ella no, pero ellos sí.

Maddox cargó las mochilas de los chicos en su camioneta y les dijo que subieran al asiento trasero del todoterreno.

— ¿Listos? —Le guiñó un ojo a Alex.

— ¿Qué te traes entre manos, Mad-man?

—Ya lo verás, Al. Querías diversión, ¿verdad?

2

ALEX

Oh, Señor. ¿Qué había empezado?

Siempre había sido así entre ella y Maddox. Ella lo desafiaba, y él daba un paso al frente y la dejaba boquiabierta. Maddox Butler era el hombre menos aburrido que había conocido y, además, el más atractivo. Había sacudido su mundo desde la primera vez que lo vio.

Ella tenía catorce años, él diecisiete, y era algo más que su edad lo que lo había mantenido fuera de su alcance. Era un Butler, un apellido innombrable en la casa de los Ávila.

Incluso entonces, Maddox era todo un hombre. Con un metro ochenta de estatura y unos ojos azules como el acero que brillaban cuando sonreía, Mad siempre parecía saber algo escandaloso que nadie más sabía. Siempre había llevado el cabello oscuro corto, incluso cuando era más joven.

Su torso duro como una roca rivalizaría con el de cualquier aficionado al gimnasio, pero su cuerpo era el de un hombre que levantaba barriles llenos de vino como si fueran bolsas de papas de tres kilos.

Su rostro parecía cincelado, robusto y curtido por los días pasados bajo el sol de los viñedos, con una sonrisa traviesa enmarcada por una barba oscura que ocultaba los hoyuelos que ella a veces olvidaba que tenía. Mientras que las mujeres de la familia Butler eran rubias y pelirrojas, los hombres lucían su piel aceitunada como una armadura. Su rastro de vello oscuro estaba perfectamente colocado, bajando desde su musculoso cuello, sobre sus abdominales rugosos, hasta la pelvis.

Los tatuajes que cubrían ambos brazos combinaban diseños tribales tradicionales con diseños celtas y se detenían justo a la altura de sus manos. Extendidas, esas manos podían cubrir sus amplios pechos, poseerla con su poder, llevarla al límite con poco más que su calor, y luego ser igual de suaves cuando sus dedos callosos rozaran sus pezones.

Alex suspiró, sabiendo que esas manos no cubrirían su cuerpo esta noche. Echarlas de menos, echar de menos la plenitud que solo experimentaba cuando Mad la penetraba, era lo que la hacía volver a él incluso cuando sabía que estaban destinados a estallar.

Maddox condujo por Adelaida Trail, saliendo de la propiedad de la familia Wolf, pasando por Los Caballeros, el rancho que los antepasados del padre de Alex habían construido en la región vinícola de Paso Robles y, finalmente, por la valla de raíles divididos que marcaba simbólicamente la división entre Los Caballeros y el rancho Butler.

Nunca valoró el paisaje, a pesar de haber vivido aquí toda su vida. Los robles de un verde intenso estaban esparcidos en la tierra que se mantenía abierta para el ganado, mientras que los verdes más brillantes de las hileras y más hileras de viñedos atravesaban las doradas laderas.

—Se ha descubierto el secreto, —murmuró Maddox.

— ¿Qué quieres decir?

—Tío Maddox y tía Alex.

—No te sigo.

—Incluso tu mejor amiga no tenía ni idea de nosotros, Al. ¿No crees que nuestras familias empiezan a darse cuenta?

Miró a los chicos del asiento trasero. Por mucho que odiara ver sus caras pegadas a sus teléfonos inteligentes, esta vez, agradeció que los auriculares bloquearan su conversación con Maddox. — ¿Nosotros? Somos amigos. Eso no es un secreto.

Mad puso los ojos en blanco. —Amigos que organizan fiestas de pijamas juntos.

—No le des más importancia de la que tiene.

Normalmente, cuando alguno de los dos pensaba en divulgar su «relación», ya había terminado. Tenían unos días y unas noches de sexo loco, caliente y casual, y luego pasaban semanas sin ni siquiera poder mirarse el uno al otro. Así había sido entre ellos durante años.

— ¿Cuál es tu plan para esta noche: pizza y cine? Te aseguro que no...

Maddox la interrumpió. —Ni remotamente cerca.

— ¿Entonces qué?, —preguntó ella, cruzándose de brazos.

—Ya lo verás.

3

MADDOX

Metió la camioneta en el granero que hacía las veces de garaje y almacén. Su padre, que debería haber sido un titán de la tecnología en lugar del propietario de un rancho y una bodega, había arreglado las enormes puertas del callejón para que se abrieran hacia dentro cuando su camioneta se acercaba a la entrada. No ocurría solo con su camioneta; se abrían para cualquier vehículo que se acercara lo suficiente. Fuera de su familia, nadie excepto Alex conocía el truco.

— ¿Listos, chicos? Es hora de la aventura. —Maddox abrió la puerta trasera de la camioneta y ambos niños salieron.

— ¿Qué clase de aventura? —preguntó Finn, el menor de los hijos de Peyton.

—De todo tipo. Pensé que podríamos dar un paseo y parar en las cavas.

— ¿Nos vas a llevar a las cavas? —Los ojos de Jamison se abrieron de par en par—. Kade lo prometió, pero...

—Lo sé, Jamie. —Maddox apoyó la mano en el hombro del chico.

La primera cava de vino del rancho Butler solo tenía unos mil metros cuadrados, como mucho. Hacía unos años, Maddox había contratado a un equipo de la región francesa de Borgoña especializado en bodegas subterráneas para que viniera a inspeccionar el lugar con vistas a una ampliación. El proyecto tardó cinco años en completarse, dos más de lo previsto, y luego tardaron seis meses en organizar los almacenes de barriles y trasladar los muebles a las zonas privadas.

— ¿Qué es eso de las cavas? —Alex entró poco después de que aparcaran en el garaje. Al regresar, no tenía muy buen aspecto.

—Maddox nos va a llevar a dar un paseo y luego iremos a las cavas. —Finn se frotó las manos, moviendo los pies de un lado a otro.

— ¿Necesitas ir al baño, cariño? —preguntó Alex.

—No, es que estoy muy emocionado.

—Deberías estarlo. Aún no me han invitado a las bodegas. —Alex miró por encima de las cabezas de los chicos y exclamó—: ¿Qué demonios?

—Casi nadie, aparte de mis hermanos, el equipo de construcción y el personal de la bodega, ha estado aún en las cavas.

Los chicos tomaron sus bolsos y Maddox les indicó el camino a través del granero y el sendero de piedra que conducía a las cabañas. La suya era la más pequeña de las tres estructuras de piedra de estilo escocés que había construido su padre. Eran réplicas de dos pisos de la casa principal. Su hermano Naughton vivía en la más grande, y Brodie en la intermedia.

Kade se quedaba a veces en el apartamento situado encima de la sala de barricas principal cuando estaba en casa de permiso, pero llevaba más de un año vacío.

—Los dormitorios están en el segundo piso, chicos. Los suyos son los que tienen las camas hechas. Decidan quién quiere quedarse en cada una. —Maddox les abrió la puerta y señaló en dirección a las escaleras, pero se quedó atrás para hablar con Alex—. ¿Todo bien, Al?

— ¿Por qué no iba a estar bien?

En lugar de responder, la rodeó con los brazos y la acercó. Su cuerpo se puso rígido, pero cuando él le pasó los dedos por su cabello, se relajó.

— ¿Quieres decirme cuál es el misterio?

Ella negó con la cabeza y le rodeó la cintura con los brazos.

Era un progreso. Al menos había admitido que había un misterio. Más o menos.

—Sé que dije que era una fiesta de pijamas con los niños, pero ¿las cavas, Maddox? No estoy segura... Quiero decir, ¿planeas dormir ahí abajo?

—Sí, pero si no te apetece, podemos fingir que son cavas solo para hombres esta noche.

Ella se rio a medias y giró para que él no pudiera verle la cara.

Maddox la hizo girar de nuevo. —Te ves muy mal, Al.

—Gracias, Mad. Siempre tan encantador. —Ella intentó alejarse de nuevo, pero él la sujetó con fuerza.

—No tienes que quedarte. Sé que me quejé de que me ofrecieran para cuidar a los chicos, pero puedo ocuparme de esto yo solo.

—Me siento bien ahora...

— ¿Es contagioso lo que tienes? —No es que tuviera fobia a los gérmenes, pero si estaba enferma, ¿no debería irse a casa antes de que él o los chicos se contagiaran?

—No, no es contagioso. —Ella se apartó—. Eres un imbécil.

— ¿Crees que soy un idiota si no quiero contagiarme de lo que sea que tengas?

—No es contagioso, ¿de acuerdo? —Alex entró furiosa en el baño de abajo y cerró la puerta tras de sí.

—Les diré una cosa, —dijo Maddox a los chicos cuando bajaron corriendo las escaleras—. Iremos a dar una vuelta, no muy lejos, pararemos en las bodegas a la vuelta, y ustedes y su tía Alex podrán decidir si quieren dormir allí esta noche.

Finn empezó a refunfuñar, pero su hermano le dio un buen puñetazo antes de que pudiera decir demasiado.

—No le pegues. —Alex le dio un codazo a Jamison cuando salió del baño—. Eso te costará diez dólares.

— ¿Qué? ¿Desde cuándo? Solo las palabrotas cuestan dinero.

—Desde que yo lo digo. ¿Crees que decir palabrotas es peor que pegar? Yo no.

—Jamison refunfuñó, y Finn se rio.

Maddox se frotó el pecho, escuchando a los dos chicos discutir. Eran como él y Kade a esa edad. Dios, echaba de menos a su hermano mayor.

—Entonces, ¿cuál es el plan?, —preguntó.

Alex tenía mejor aspecto que hacía unos minutos.

—Vamos a cabalgar, y luego pararemos para ver si quieres dormir en las cavas. Vas a querer, ¿verdad? —Cuando Finn rodeó la cintura de Alex con sus brazos, ella volvió a sentirse mal. Tal vez comió algo que no le sentó bien, aunque esto llevaba así al menos un par de semanas.

—Dame un minuto. —Alex fue a la cocina, abrió la puerta de la nevera y la volvió a cerrar. Se dirigió a la despensa e hizo lo mismo.

— ¿Qué estás buscando? —preguntó Maddox.

— ¿Qué parece? Algo de comer.

Había cierta hosquedad en Alex a la que Maddox se había acostumbrado. Por lo general, significaba el final de su tiempo juntos como amigos con beneficios. En cualquier momento, él esperaba que ella les dijera a los chicos que recogieran sus cosas y las cargaran en su coche. En lugar de eso, se quedó con las manos en la cadera, mirándolo fijamente.

— ¿Qué?

—Tengo hambre. —Ella resopló.

— ¿Y? ¿Entonces?

— ¿Qué demonios, Maddox? ¿No tienes comida en casa?

Captó de reojo la mirada de Jamison. El chico estaba a punto de reprocharle a Alex su exabrupto, pero evidentemente, lo pensó mejor. Maddox no lo culpaba. Decirle algo a Alex en ese momento sería como pinchar a un oso pardo.

Maddox entró en la cocina y salió por la puerta trasera, haciendo un gesto a Alex para que lo siguiera.

— ¿Qué pasa, Al? Y no digas que no es nada. ¿Cuánto hace que me conoces? Nunca tengo comida en casa.

—Uno pensaría...

— ¿Qué? Termina la frase. Espera, déjame. Pensarías que teniendo dos niños pasando la noche aquí, habría pensado en comprar algo de comida. ¿Estoy en lo cierto? —Maddox levantó la mano—. No, no respondas.

—No importa.

—Así es. No me avisaste que lo hiciera. —Volvió adentro—. Hey, chicos, vamos a ver lo que mi ma tiene en su cocina. He sido un solitario durante bastante tiempo.

— ¿Por qué dices solitario? —Finn preguntó mientras caminaban por el sendero de piedra hacia la casa de sus padres.

—Porque soy soltero. Los tipos como yo no siempre nos acordamos de hacer acopio de comida. En esta época del año, ayudo a Naughton tanto en el campo como en la casa.

— ¿Cómo están los brotes? —preguntó Alex distraídamente, mirando hacia el viñedo más cercano.

—Colmados.

Ella asintió.

De lo único que Alex y él siempre podían hablar era de los viñedos. Hablaban en el lenguaje que solo entendían los que se habían criado entre viñas.

Su madre estaba en la cocina cuando Maddox abrió la puerta.

— ¿Quién es, quién está visitando mi cocina?, dijo con su fuerte acento escocés.

—Hola, Sorcha. —Alex le besó la mejilla.

— ¿Cómo estás, cariño? —Su madre acarició la mejilla de Alex.

Maddox observó el intercambio, preguntándose si su madre sabría qué le pasaba.

—Tengo hambre, y sea lo que sea huele muy bien.

—Estoy haciendo mi estofado escocés, muchacha. ¿Ustedes también tienen hambre?

Jamison y Finn asintieron.

—Vayan a lavarse las manos. Maddox, tú también, y dile a tu papá que comeremos en el comedor.

—Quiere llevar a los niños a montar a caballo y a las bodegas, —oyó que Alex le decía a su madre una vez que hubo sacado a los niños de la cocina.

— ¡Está loco!

Alex se rio, por supuesto. —Estoy de acuerdo. Está loco.

Maddox se apoyó en el marco de la puerta. — ¿Quién está loco?

—Tú no llevas a esos pequeños a las bodegas. —Su madre le dio una bofetada.

— ¡Ay! —Se frotó la cabeza y miró a Alex, que sonrió satisfecha.

Sorcha sacó la olla de estofado de la cocina, sacudiendo la cabeza y murmurando algo en voz baja.

—Te van a encantar las cavas, cariño.

— ¿Ah, sí? —Alex inclinó su cuerpo hacia el suyo.

Esa era toda la invitación que necesitaba. Maddox la levantó. —Rodéame con las piernas.

Cuando ella enganchó los pies detrás de él, él apoyó su trasero en la encimera, moviéndola para que su calor presionara contra él.

—Mira lo que me haces hacer, chica, —gruñó, apretándola más contra él—. Podría cogerte aquí mismo, ahora mismo, en la cocina de mi madre. —Podía sentir sus pezones endurecidos rozándole el pecho a través de la fina camisa.

—Dios, Mad. ¿Por qué siempre acabamos así? —Ella gimió.

—Nuestros cuerpos saben lo que nuestras cabezas se niegan a aceptar, cariño. —Antes de que ella pudiera protestar, como él sabía que haría, Maddox la besó apasionadamente.

Nadie le devolvía los besos como Alex, pero era él quien le había enseñado a hacerlo. Puede que Alex Ávila hubiera besado a otros chicos en los años que llevaba conociéndola, pero él era quien le había enseñado a hacerlo bien.

* * *

La primera vez que se besaron fue justo antes de su decimoctavo cumpleaños. Ella y un grupo de amigos los habían estado siguiendo a él y a Naughton toda la noche.

— ¿Quién es ella, Naught? —Maddox se detuvo en una cabina de juegos de la feria del condado y señaló al grupo de chicas que llevaban dos horas persiguiéndolos a él y a su hermano.

—Me resultan familiares, pero solo conozco a una. —Naughton señaló—. Esa es Bianca Ramírez.

Maddox conocía a Bianca, pero no era ella la que le había llamado la atención. Era la otra chica, que se parecía mucho a ella.

—Aquella. ¿Quién es? —Cuando Maddox señaló a Alex, ella sonrió. En lugar de apartar la mirada, se encontró con la suya y la sostuvo.

—Ni idea.

Maddox asintió con la cabeza y le hizo un gesto para que se acercara. — ¿Cómo te llamas?

—Alex. —Ella se paró frente a él pero desvió la mirada al suelo.

—Soy Maddox, —dijo él, deseando poder verle los ojos.

—Sé quién eres.

— ¿Cuál es tu apellido, Alex?

Levantó la barbilla. —Ávila.

—No deberías hablar conmigo si sabes quién soy.

Esta vez sonrió. —Sabes quién soy, y estás hablando conmigo.

La enemistad entre los Ávila y los Butler había comenzado el año en que Laird Butler superó a Alfonso Ávila con su primer Zinfandel.

El orgulloso patriarca hispano no podía aceptar que Laird ganara la medalla de oro en el festival anual del vino cuando su propio Zin no había conseguido ninguna medalla. Había acusado a Laird de sobornar a los jueces. El padre de Maddox se puso furioso y los dos hombres estuvieron a punto de llegar a las manos antes de que otros viticultores intervinieran y los separaran.

A partir de ese día, el apellido Ávila pasó a ser innombrable en la casa Butler. No era fácil que las dos familias se evitaran, dado que las tierras de Butler lindaban con los límites más meridionales del rancho Los Caballeros de Ávila, pero lo habían conseguido.

—Los dos estamos jugando con fuego, Alex Ávila, —le dijo aquella noche.

Y así había sido. La chica a la que había pasado un par de horas besando no era solo una Ávila; si no que además tenía quince años.

Kade estaba en casa de permiso de los Marines y se enfadó con él. —Aléjate de ella, Maddox. Es una niña y tú eres un hombre. Si Pa se entera de que has pasado tiempo con una Ávila, ya sabes lo que pasará.

En aquel momento, Maddox había estado más preocupado por la reacción de Kade que por lo que esperaba de su padre. El enfado de su padre habría sido por la familia de la chica. Kade estaba enfadado con Maddox por su edad.

—Parece mayor, —intentó defenderse Maddox.

Kade le hizo prometer que no tendría nada que ver con ella a partir de entonces. Era la primera promesa que Maddox le hacía a su hermano, sabiendo perfectamente que la rompería.

* * *

Los chicos de Peyton estaban agotados, así que en lugar de ir a las bodegas después de su paseo, llevaron los caballos a los establos y regresaron a su casa de campo.

El día les había generado una carga emocional a todos, especialmente a los ahijados de Alex, que sabía que habían tenido un año terrible.

Primero mataron en Afganistán a Kade, de quien se habían encariñado mucho. Luego Brodie, con quien los chicos habían estrechado lazos casi de inmediato a pesar de los esfuerzos de Peyton por evitarlo, desapareció de sus vidas. Para colmo, su madre estaba embarazada y, primero, había estado hospitalizada y, después, en reposo. Aunque se quedaban con los padres de Peyton, los chicos seguían ayudando a sus abuelos a cuidar de su madre.

Alex le había contado que, cuando Peyton recibió la noticia del accidente aéreo de Brodie, había insistido en ser sincera con Jamison y Finn al respecto. Al también dijo que podrían aceptar la muerte de Brodie de la misma manera que la de Kade.

Después de que Maddox y Naughton descubrieran que Brodie había sobrevivido al accidente y lo trajeran a California desde Argentina, Peyton se negó a verlo o a dejar que viera a sus hijos. Hoy temprano, la intervención de Alex había llevado a Brodie a la casa de los padres de Peyton, donde finalmente pudo convencer a Peyton de que le diera otra oportunidad.

Jamie y Finn habían sido testigos de la mayor parte de lo sucedido, viendo cómo los acontecimientos del día se desarrollaban como en una película. ¿Cómo podían unos niños de diez y ocho años no estar agotados después de un día así? A pesar de que Alex a menudo lo acusaba a Maddox de ser insensible, Maddox lo entendía.

Estaba de espaldas a ella y miraba por la ventana cuando la sintió entrar en el salón.

— ¿Se han dormido?, —preguntó.

—No ha tardado mucho, y yo estoy a punto de seguirlos.

—Toma asiento.

Ella enarcó una ceja pero se sentó en la silla más cercana.

— ¿Qué te pasa, Alex? Sé sincera conmigo.

—No es nada.

—Mentira.

—No te lo he dicho porque no estoy segura.

— ¿Decirme qué?

Cuando Alex se inclinó hacia delante y apoyó la cabeza entre las manos, Maddox supo que debía retroceder. Este tipo de conversación solía acabar con ella marchándose y negándose a hablar con él durante semanas. Sin embargo, ahora tenía una ventaja sobre ella. O dos: los hijos de Peyton.

— ¡Maldita sea, Alex! Respóndeme. ¿Qué no me has dicho?

—Creo que estoy embarazada.

—Ya veo. —Maddox volvió a darle la espalda y miró por la ventana. El cielo estaba despejado y la luna brillaba, arrojando luz sobre las enredaderas que se mecían con la suave brisa. Podía sentir sus ojos clavados en él, sabiendo que estaba esperando a que dijera algo más.

—Si yo..., —empezó ella.

Esperó, y cuando ella no continuó, se volvió de nuevo. —Si tú... ¿qué?

—Es tuyo.

—No lo dudo, Al. —Se sentó en el sofá y le tendió la mano—. Ven aquí.

Alex se sentó a su lado y se apoyó contra él.

—Dijiste que creías...

Ella asintió.

— ¿No te has hecho un examen?

—Todavía no.

—Si lo estás, un bebé cambia muchas cosas, cariño.

Ella se tensó e intentó apartarse, pero Maddox le rodeó la cintura con el brazo y la estrechó contra él.

—No tiene por qué cambiar nada, —respondió ella.

— ¿Qué? ¿Crees que no cambiarían muchas cosas?

—No para ti.

— ¿Eso es lo que crees?

Alex apoyó la cabeza contra él. —Yo no tengo elección, pero tú sí.

Maddox la giró para que lo mirara. —Me conoces muy bien.

Ella volvió a encogerse de hombros. —No tengo tanto atraso.

— ¿Cuántas semanas tienes de atraso?

—Tres semanas.

—Alex... —Se levantó y la acercó a él.

—Odio cuando dices mi nombre de esa manera.

—Te equivocas. Te encanta.

Ella se fundió en un abrazo con él, sus curvas se deslizaron por las de él como si fueran dos mitades de algo roto que se volvieran a juntar.

—Hay muchas cosas en las que no tenemos elección, cariño. —Respiró—. Ninguno de los dos la tiene.

Como en ninguna otra situación, cuando se trataba de sexo, Maddox siempre tenía la sartén por el mango. Cuando la levantó en brazos y la subió por las escaleras hasta su dormitorio, la mano de ella se aferró a su cuello y acercó sus labios a los suyos. Si el resto de su relación funcionaba tan bien como el sexo... entonces, ¿qué? La idea la aterraba.

—Quítate la ropa, Alex, —le dijo, apoyándola en su cama. Se quedó de pie frente a ella, con los brazos cruzados, esperando mientras ella se quitaba la blusa por la cabeza y se bajaba la cremallera de los vaqueros. A medida que dejaba al descubierto más piel, los ojos de Maddox contemplaban su cuerpo como si fuera la primera vez que lo veía; sin embargo, sus ojos, sus manos y el resto de su ser la conocían como una carretera secundaria por la que circulaba todos los días de su vida.

—Date vuelta, —le exigió una vez desnuda.

Alex sintió escalofríos en su piel cuando sus dedos subieron por sus piernas. Le acarició el trasero con sus manos lo bastante grandes como para rodearle la cintura, mientras sus labios le besaban la espalda. Sus ojos permanecieron clavados en los de él cuando se quitó la camisa y apoyó su cuerpo sobre el de ella.

—Ya sabes dónde poner las manos, Alex. —Él se detuvo, esperando a que ella se aferrara al marco metálico de la cabecera.

Con los brazos estirados, Maddox le recorrió el costado con los labios, desde la cadera hasta la cintura. Cuando llegó a su pecho, la giró bajo él para saborear su piel con su boca.

Ella se estremeció cuando sus dientes rozaron su pezón. Dios, le encantaba lograr ese tipo de reacción en ella. La mordió y la soltó, lamiendo el escozor, luego se quitó el cinturón y desabrochó el botón de la parte superior de sus vaqueros.

—Maddox, por favor.

—Sabes que no debes apresurarme, cariño. —Nunca lo había hecho y nunca lo haría. Se lo repetía una y otra vez. Alargaba el acercamiento de su cuerpo al suyo hasta que ella llegaba al punto en que cada terminación nerviosa vibraba y su deseo por él alcanzaba el frenesí.

Al quitarse sus vaqueros, Maddox alineó su desnudez contra ella. Si Alex ya estaba embarazada, no había razón para que usaran preservativo.

Había tomado esta decisión al sentirse seguro en sus ansias de poseerla así finalmente. Era un riesgo poseerla sin protección, a pesar de que tomaba anticonceptivos. Ocurrían accidentes. Los fármacos fallaban. Se concebían bebés. Él no era un niño; comprendía las posibles consecuencias.

Los dos sabían que llegaría el día en que se verían obligados a madurar, a dejar de dar vueltas y lograr solucionar su relación. Parecía que ese día había llegado.

Después de esperar a que su cuerpo se adaptara a él, entró y salió lentamente, penetrando cada vez más. Cuando los suaves gemidos de Alex se hicieron más fuertes, se detuvo. En lugar de llevarla ahora al límite, quería que se pusiera frente a él. Se separó de ella y la puso boca arriba.

—Vamos, nena. Ven a mí, —la penetró de golpe y carraspeó justo antes de que Alex cerrara los ojos y se dejara llevar—. Esa es mi chica, —la motivó.

Maddox soltó sus piernas y le agarró las caderas. —Una vez más. —Gimió.

Antes de que ella pudiera apartarse, Maddox cubrió su boca con la suya, presionando con fuerza, devorándola con los labios.

Ninguna otra mujer podía hacerle sentir la pasión desenfrenada que Alex despertaba en él. Era adicto a ella.

Ella le dio la espalda y se echó la manta sobre los hombros, luego se acurrucó contra él.

—Acércate a mí, Alex, —le dijo rodeándole la cintura con el brazo.

4

ALEX

No contestó. No había motivo para hacerlo. Le quitó el brazo de la cintura y se levantó de la cama. —Al baño, —murmuró, pero no fue la razón por la cual se levantó de la cama.

Cerró la puerta que separaba el dormitorio del cuarto de baño y se sentó en el borde de la bañera de hidromasaje para dos personas. Lo que daría por llenarla, meterse en ella y dejar que el agua tibia disipara sus preocupaciones. En lugar de eso, esperaba que Maddox se durmiera y ella se quedara sola para pensar.

Diez minutos después, giró el picaporte de la puerta, esperando recostarse sin despertarlo, pero él no estaba dormido; estaba sentado en la cama, esperándola.

—Maddox, por favor...

—Te lo dije antes; tu secreto está al descubierto.

¿Su secreto? Ciertamente no era solo de ella. —No querías que nadie supiera lo nuestro más que yo, —dijo ella.

—No me avergüenzo de nuestra relación, Al.