La Promesa De Mercer - Slade Heather - E-Book

La Promesa De Mercer E-Book

Slade Heather

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Beschreibung

Desde el frenético mundo de la ciudad de Nueva York hasta los viñedos de la costa central de California, el deber y el deseo se entrelazan mientras los secretos amenazan con desvelarlo todo. ¿Podrá el amor de Mercer y Quinn sobrevivir a la tormenta de revelaciones?


He dedicado mi vida a proteger a los demás, pero Quinn Hess pone en duda todo lo que creía saber. Mi misión era sencilla: mantenerla a salvo. Nunca esperé enamorarme de ella. A medida que resurgen los peligros del pasado y los secretos salen a la luz, me encuentro atrapado entre el deber y el deseo. La presencia de Quinn despierta en mí algo que no sabía que existía. Pero ¿puedo confiar en mi corazón cuando cada momento puede traer nuevos peligros? Entre las viñas soleadas, estoy decidido a protegerla de cualquier daño. Sin embargo, a medida que se revelan las verdades, me pregunto: ¿podrá nuestro amor soportar el peso de décadas de secretos?

QUINN
Creía que me conocía, pero todo cambió cuando descubrí la verdad sobre mi pasado De repente, mi mundo se llenó de guardaespaldas, amenazas ocultas y una familia que no sabía que existía. Mercer Bryant debía ser mi protector, pero se convirtió en mucho más que eso. Mientras vivo esta nueva realidad, me siento atraída por él de una manera que nunca había imaginado. Con el peligro acechando y mi identidad en entredicho, ¿puedo confiar en la innegable conexión que compartimos? En medio de las viñas de mi herencia, debo decidir si nuestro amor es lo suficientemente fuerte como para capear la tormenta de revelaciones que amenaza con separarnos.

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Seitenzahl: 383

Veröffentlichungsjahr: 2026

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LA PROMESA DE MERCER

BUTLER RANCH

LIBRO IV

HEATHER SLADE

Traducido porCRISTINA MORILLO BERRAL

Tektime

Copyright © 2026 por Heather Slade

Todos los derechos reservados.

No se puede reproducir ninguna parte de este libro en ninguna forma ni por ningún medio electrónico o mecánico, incluidos los sistemas de almacenamiento y recuperación de información, sin el permiso por escrito del autor, excepto para el uso de citas breves en una reseña del libro.

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LA PROMESA DE MERCER

Desde el frenético mundo de la ciudad de Nueva York hasta los viñedos de la costa central de California,

el deber y el deseo se entrelazan mientras los secretos amenazan con desvelarlo todo.

¿Podrá el amor de Mercer y Quinn sobrevivir a la tormenta de revelaciones?

MERCER

He dedicado mi vida a proteger a los demás, pero Quinn Hess pone en duda todo lo que creía saber. Mi misión era sencilla: mantenerla a salvo. Nunca esperé enamorarme de ella. A medida que resurgen los peligros del pasado y los secretos salen a la luz, me encuentro atrapado entre el deber y el deseo. La presencia de Quinn despierta en mí algo que no sabía que existía. Pero ¿puedo confiar en mi corazón cuando cada momento puede traer nuevos peligros? Entre las viñas soleadas, estoy decidido a protegerla de cualquier daño. Sin embargo, a medida que se revelan las verdades, me pregunto: ¿podrá nuestro amor soportar el peso de décadas de secretos?

QUINN

Creía que me conocía, pero todo cambió cuando descubrí la verdad sobre mi pasado. De repente, mi mundo se llenó de guardaespaldas, amenazas ocultas y una familia que no sabía que existía. Mercer Bryant debía ser mi protector, pero se convirtió en mucho más que eso. Mientras vivo esta nueva realidad, me siento atraída por él de una manera que nunca había imaginado. Con el peligro acechando y mi identidad en entredicho, ¿puedo confiar en la innegable conexión que compartimos? En medio de las viñas de mi herencia, debo decidir si nuestro amor es lo suficientemente fuerte como para capear la tormenta de revelaciones que amenaza con separarnos.

PRÓLOGO

QUINN

Nochevieja

Sin duda, esta semana pasaría a la historia como la peor de la vida de Quinn. En lugar de irse a casa, continuaba con su festival de miseria pasando las mejores fiestas del año de Nueva York en la costa opuesta y sola, igual que había pasado la Navidad.

La última vez que Quinn habló con su madre, le dijo que se iba de la ciudad y que no estaría localizable hasta Acción de Gracias. Quizás más tiempo. Esa festividad llegó y pasó sin una sola palabra.

Quinn mantuvo la esperanza durante todo diciembre, pensando que su madre la llamaría seguro, o le enviaría un mensaje, o algo, pero no lo hizo. Los innumerables mensajes, SMS y correos electrónicos que Quinn le envió quedaron sin respuesta.

Se quedó de pie en la cocina de la casa alquilada, mirando el océano oscuro, lúgubre y gélido, deseando más que nada no estar sola. Aunque entendía por qué lo estaba.

En lugar de compadecerse de sí misma, decidió salir a correr. Quizás se sentiría mejor. Y si no mejor, al menos no tan patética.

Se cambió de ropa y fue en busca de uno de los guardaespaldas que estaba de servicio ese día para informarle de sus planes. Se llamaba Monk y solo hablaba cuando era absolutamente necesario. Sin embargo, ella sabía que estaba allí.

Ambos hombres la seguían de cerca después de que ella hiciera estiramientos y comenzara a correr lentamente. Una vez que entró en calor y cogió el ritmo, aceleró el paso. Normalmente, se detenía en el parque, pero hoy le apetecía ir más lejos. Bajó los escalones de madera del paseo marítimo hasta la arena y continuó corriendo.

La playa estaba más concurrida de lo que esperaba, teniendo en cuenta que hacía un frío que pelaba.

Cuando llegó a los acantilados al final de la playa, se detuvo y miró su teléfono, sin esperar realmente un mensaje de Mercer, pero eso no significaba que pudiera evitar mirar.

Quinn se dio la vuelta para correr en dirección contraria, cuando chocó con una mujer que acababa de salir de detrás de una de las grandes rocas.

—Mierda. Lo siento mucho. No miraba por dónde iba —tartamudeó Quinn.

—No pasa nada. Probablemente sea culpa mía. Yo tampoco miraba —respondió la mujer.

Había algo en ella que le hacía pensar que se conocían de antes. Miró hacia atrás y vio a Monk y al otro chico merodeando cerca.

—Me resultas familiar —dijo la mujer, y Quinn se rio.

—Justo estaba pensando lo mismo.

—¿En serio? Qué curioso. ¿Vives en Cambria?

 —No, solo estoy de visita.

—Soy Ainsley Butler. Encantada de conocerte…

¿Qué probabilidades había de que se encontrara con un Butler precisamente hoy?

—Y tú eres…

—Oh, lo siento... Soy Quinn. Quinn Hess.

Ainsley le cogió la mano, pero no la soltó.

—Hola, Ains. ¿Qué pasa? —preguntó un hombre increíblemente atractivo—. ¿Quién es esta? —añadió, al darse cuenta de que Ainsley aún sostenía la mano de Quinn.

—Cris, ella es…

—Soy Quinn —respondió.

—Cris Avila, encantado de conocerte... Espera un momento. ¿Quinn? —Miró a Ainsley, que les había cogido del brazo.

—Quinn, puede que esto te parezca una locura, pero hay una familia que quiero que conozcas.

Coger del brazo a una persona que acababa de conocer probablemente no era lo más educado que Quinn había hecho nunca, pero fue un acto reflejo. Estaba tan acostumbrada a que la mantuvieran en secreto que el hecho de que alguien supiera quién era la dejó tan atónita que se sintió mareada.

—Lo siento, no quería dejarte marcas de uñas en el brazo. —Quinn soltó su mano, sacudió la cabeza y miró al océano—. ¿Cómo lo sabías?

—Mi hermano Naughton me dijo que lo visitaste.

—¿En serio?

Ainsley le apretó la mano.

—También me dijo que eres la hija de mi hermano mayor, Kade.

—¿Has dicho hija? —Quinn se sintió mareada.

—Lo siento. Pensaba que lo sabías.

—Lo sabía. Quiero decir, su nombre aparece en mi certificado de nacimiento.

 —¿Qué estás haciendo ahora?

—No mucho. —Se contuvo para no decir que era como cualquier otro día de su vida.

—Hay una carta que quiero enseñarte.

1

QUINN

EL JUNIO ANTERIOR

Había cosas peores que pasar tu veintiún cumpleaños en Nueva York con tus cuatro mejores amigas, pero también había cosas mejores. Lo único que Quinn había deseado ese año había sido tener noticias de su madre. No importaba si llamaba, enviaba un mensaje de texto, un correo electrónico, una carta por paloma mensajera o aparecía en su puerta; Quinn solo quería que este fuera el año en que su madre recordaba su cumpleaños.

La última vez que habían hablado había sido hacía casi un mes, cuando Quinn se graduó en Barnard. Habían discutido después de una cena de celebración con esas mismas amigas, que también acababan de graduarse. Su madre se había comportado de forma grosera durante toda la cena y Quinn se había enfrentado a ella.

—Las conoces desde hace años, al menos podrías haber sido educada —le había dicho.

Ahora era evidente que su provocación había sido una pérdida de tiempo. Su madre no le había dado ninguna explicación por su comportamiento, y mucho menos una disculpa.

—Me gustaría visitarte este verano —había dicho Quinn a la mañana siguiente, con la esperanza de calmar las cosas antes de que su madre volara de regreso a California.

—No es un buen momento —respondió su madre.

—Nunca lo es —murmuró, pero su madre pareció no haberla escuchado.

Se había sentido herida, pero no debería; nunca habían tenido una relación cercana. ¿Cómo podrían haberla tenido? Su madre la había enviado a un internado de la costa este, donde Quinn había conocido a sus amigas, cuando tenía siete años.

Hasta entonces, había asistido a la elegante escuela San Ysidro Day School de Montecito. Quinn aún no estaba segura de por qué su madre decidió enviarla lejos, pero suponía que no la quería cerca entonces más de lo que la quiere ahora.

—Tienes mucha suerte de no tener que aguantar la misma mierda que nosotras —había escuchado decir más de una vez a sus amigas, a las que ella llamaba su tribu.

¿Suerte? Ella no lo veía de esa manera. El padre de Quinn había muerto antes de que ella naciera, así que nunca tuvo que lidiar con el drama interminable que sus amigas habían vivido con los desagradables divorcios de sus padres.

Tampoco había echado en falta nada. No se había escatimado en gastos en lo que respecta a su educación o su nivel de vida. Lo único que deseaba y que nadie había podido darle era una familia.

La noche anterior, su tribu la llevó a celebrar su veintiún cumpleaños.

Quinn llegó a casa poco después de las cuatro de la madrugada y no se levantó de la cama hasta después de la una. Habría dormido todo el día, pero esa noche había otra fiesta en Southampton, en parte en su honor. Si no quería parecer un cadáver, tenía que levantarse, comer y quizá incluso tomar un poco el sol antes de salir.

Comprobó su teléfono, pero no había ningún mensaje nuevo desde la última vez que lo miró, y, desde luego, ninguno de su madre.

Cuando oyó llamar a la puerta de su apartamento, Quinn casi derrama su taza de té de manzanilla y miel sobre su camisola, fina como el papel. La dejó en la encimera de la cocina y esperó, sin esperar que volvieran a llamar. Los porteros del edificio eran inflexibles a la hora de no permitir la entrada a personas que no vivían allí, y como ella no conocía al único otro inquilino de su planta, salvo de saludarlo con la mano en las raras ocasiones en que lo veía de lejos, quienquiera que estuviera llamando tenía que haberse equivocado de lugar.

—¿Señorita Sullivan? —oyó una voz vagamente familiar —. Tiene un paquete.

—Un momento. —Quinn bajó la mirada hacia el pijama que llevaba puesto, que apenas cubría su delgada figura.

—Se lo dejaré aquí —oyó decir a la voz.

—Gracias, pero… eh… espere. —Miró por la mirilla, pero no había nadie. Abrió un poco la puerta y miró hacia abajo, donde había un jarrón de rosas blancas al otro lado del umbral. Lo cogió y lo dejó sobre la consola del vestíbulo.

Tres horas más tarde, Quinn se acordó de las rosas. En ese momento, se había puesto al día con sus dos amigas, Aine y Ava, que eran gemelas, sobre las aventuras de la noche anterior y qué se iban a poner para la fiesta de esa noche. Se había duchado y luego se había tumbado en la cama. Los cinco minutos que había planeado descansar los ojos se habían convertido en una siesta de dos horas.

A regañadientes, se levantó y caminó por el pasillo para leer la tarjeta que acompañaba el inesperado paquete.

—Feliz 21 cumpleaños, preciosa.

Un escalofrío le recorrió la espalda al ver que no había firma, sobre todo teniendo en cuenta que su madre nunca, jamás, ni una sola vez, la había llamado «preciosa».

La idea de beber más chupitos cargados de alcohol y bailar junto a la bahía con un centenar de personas que no eran realmente sus amigas le daba náuseas a Quinn. Estaba aburrida, tan aburrida que estaba considerando pagar los 500 $ que le costaría volver a Manhattan por su cuenta.

Ir a la fiesta a la casa de un presentador de televisión que ya no estaba en la cresta de la ola le parecía atractivo, pero la realidad era una mezcla entre incómoda y repugnante.

Durante la última media hora, había estado sentada en un banco cerca de la arena, observando la luz de la luna sobre el agua y preguntándose quién le había enviado veintiuna rosas blancas.

Si hubieran sido Aine o Ava, ninguna hubiera sido capaz de mantenerlo en secreto. Lo primero que le habrían preguntado al entrar en su apartamento esa tarde era si había recibido algo interesante por su cumpleaños. Penelope o Tara podrían haber sido más sutiles, pero, una vez más, nunca había oído a ninguna de sus amigas usar la palabra preciosa.

Quinn se levantó, estiró las piernas y decidió avisar a sus amigas de que se marchaba. Cuando se alejó del agua, vislumbró a alguien que le resultaba familiar, pero no conseguía ubicarlo.

El camino de grava por el que caminaba no estaba bien iluminado, por lo que podía ver al hombre de pie con el hombro apoyado contra el arco de piedra que separaba el hormigón que rodeaba la piscina de la casa de sus jardines mejor de lo que él podía verla a ella.

A medida que se acercaba, estaba segura de que lo reconocía de su edificio, pero ¿qué demonios hacía el señor Bryant aquí?

Recordó el día en que se mudó. Ella dio por hecho que trabaja en una empresa de mudanzas. Descubrió que no era así cuando se subió en el ascensor con el resto de los trabajadores al final del día.

—Aún no conozco a mi nuevo vecino —había dicho—. Espero que no les haya hecho trabajar demasiado duro hoy.

—No, señora —respondió uno de los hombres—. El señor Bryant nos ha ayudado.

Después de verlo ese día, aunque fuera desde lejos, le sorprendió que la junta hubiera aprobado la venta. Parecía alguien que podría aparecer en la portada de una novela romántica sobre los SEAL; no es que ella las leyera, pero aun así; su aspecto gritaba militar.

Acercándose sigilosamente, Quinn se abanicó la cara ante el contorno marcado de su musculosa espalda. ¿Era necesario que llevara una camiseta tan ajustada?

Parecía como si estuviera buscando a alguien, pero en lugar de abrirse paso entre la multitud, se quedó en la periferia.

No había decidido si saludarlo o no cuando él se giró y la vio.

—Hola —murmuró ella.

Él entrecerró los ojos y luego los abrió como platos al reconocerla.

—Hola.

A la luz de la fiesta, Quinn se fijó en que su pelo, que ella creía castaño, era más bien de color arena y, al acercarse, vio que sus ojos eran de un tono avellana claro, como el tofe.

—Señor Bryant… —¿Qué podía decir para no ofenderlo? Su primera reacción fue preguntarle qué hacía allí.

—Mercer.

Quinn se sonrojó.

—Lo siento, señor Mercer.

—Solo Mercer.

Oh. Mercer era guapo. Muy guapo, de hecho, con un cuerpo que le aceleraba el pulso. La camisa ajustada negra con cuello de pico le resaltaba los músculos del pecho y la espalda y sus brazos eran duros como piedras.

Su primera impresión de que era militar se mantuvo. Llevaba el pelo bien cortado, pero su barba de tres días bien cuidada descartaba que estuviera en servicio activo. ¿O no?

Sacudió la cabeza al recordar algo que no sabía que llevaba consigo. Habían pasado años desde que pasaba tiempo con sus abuelos, desde que se fue al internado, pero le quedaba un recuerdo de su abuelo hablando de sus días en los marines.

Ella le había preguntado qué significaba cabeza bote y él le había dicho que no tenía nada que ver con el corte de pelo alto y apretado que aún lucía, sino más bien con la disposición de un marine a seguir órdenes sin cuestionarlas.

—Tenemos la cabeza dura, pero a veces vacía —bromeó.

Ese día también hablaron de barbas, porque su abuela se burló de que la de su abuelo apenas pasaba la inspección.

—¿Qué haces aquí? —La pregunta se le escapó, aunque un minuto antes había decidido que sería descortés preguntarlo.

—He quedado con unos amigos —respondió casi demasiado rápido, como si hubiera visto venir la pregunta—. ¿Y tú? —añadió.

—Con amigas, aunque… —A Quinn le gustó que mantuviera la mirada fija y no terminara la frase cuando ella dudó—. Estaba pensando en irme.

—Yo también —murmuró.

—Estaba a punto de llamar a un taxi, si quieres lo compartimos —ofreció.

—Tengo coche.

Oh. ¿Significaba eso que le estaba ofreciendo llevarla o que rechazaba la invitación de compartir un taxi?

Se giró para marcharse, pero miró hacia atrás cuando Quinn no le siguió.

—¿Vienes? —le preguntó.

—Creo que debería avisar a mis amigas… —De nuevo, él no terminó su frase —. Supongo que puedo simplemente enviarles un mensaje.

Él asintió y le indicó que lo siguiera.

—Aquí estamos —dijo, deteniéndose junto a un elegante descapotable que a Quinn le recordó a una bala.

—Bonito coche —dijo antes de que él le abriera la puerta, espera a que se sentara y la cerrara detrás de ella.

—Gracias. No es mío.

—¿No? —Interesante. Quizá el apartamento tampoco lo era, aunque Quinn no había visto a nadie más entrar o salir—. ¿De quién es?

—De un amigo.

—Qué bien que tu amigo te lo preste. —Quinn pasó la mano por el suave cuero oscuro—. ¿Qué es?

—Un Jaguar E-Type Serie 1. Eh… del sesenta y dos.

Respondió como si esperara que ella supiera lo que eso significaba. Jaguar era lo único que le resultaba familiar. Habiendo vivido en Nueva York y sus alrededores durante los últimos catorce años, los coches no eran algo sobre lo que tuviera motivos para aprender mucho. Ni siquiera había aprendido a conducir.

Quinn se relajó en el cómodo asiento y desvió su atención del hombre que tenía al lado hacia la cálida brisa veraniega que le acariciaba el rostro.

—¿Tienes frío? —preguntó él cuando llegaron a la autovía.

—Se está bien. Aunque… quizá un poco.

Mercer se estiró por detrás de su asiento y sacó una manta.

—¿Te importa si dejo la capota bajada?

Quinn se acurrucó debajo de ella.

—No. Está bien. ¿Y tú? ¿Tienes una chaqueta?

—Yo no tengo frío —respondió.

—¿Nunca?

—No en verano.

—Ajam.

Mercer se giró y la miró cuando ella no continuó.

—¿Sí?

—Nada.

Cuando él pareció divertirse, ella se dio cuenta de que era la primera vez que lo veía hacer algo que no fuera fruncir el ceño.

—Tienes una bonita sonrisa.

Él apartó la mirada, como si no estuviera acostumbrado a los cumplidos.

—Tú también —murmuró él.

Ella lo observó más tiempo del que debería. Aunque era probable que él sintiera su mirada persistente, hizo como que no se daba cuenta. ¿Quién era ese hombre? ¿Y cómo alguien que parecía tener menos de treinta años, y que probablemente había servido en alguna rama del ejército, podía permitirse un apartamento de dos millones de dólares en el centro de Manhattan? Quinn supuso que podría ser un niño de papá, como ella, pero tampoco parecía encajar en ese perfil.

2

MERCER

Cuando Quinn se quedó dormida, Mercer soltó el aire que parecía haber estado conteniendo desde que se subieron al coche.

Su preocupación por lo que había hecho ese mismo día le había hecho descuidarse. Y esa noche, en lugar de encontrarla sin que ella supiera que la estaba buscando, ella lo había encontrado a él. Sin embargo, se alegraba de que lo hubiera hecho. De lo contrario, quién sabe cómo habría llegado a casa. Southampton estaba a dos horas de su edificio, con muchas zonas desiertas por el camino. Se estremeció al pensar en el peligro al que podría haberse expuesto.

La miró varias veces mientras dormía. La luz de la luna brillaba sobre su cabello rubio casi blanco y proyectaba un resplandor sobre sus mejillas sonrosadas, probablemente por pasar demasiado tiempo al sol. Cada día se volvía más hermosa mientras la veía pasar de adolescente a mujer joven.

Mercer sacudió la cabeza y maldijo en silencio a su antiguo jefe, el responsable de la tentación a la que se enfrentaba cada día.

Cuando aparcó en su plaza asignada en el aparcamiento del edificio, Quinn no se movió.

—Ya hemos llegado —dijo en voz baja, sintiendo la tentación de acariciarle la mejilla con el dedo.

Ella se incorporó sobresaltada.

—Oh, lo siento. ¿De verdad he estado durmiendo todo el camino de vuelta? Qué poca consideración de mi parte —balbuceó.

—Estabas cansada.

Estiró los brazos por encima de la cabeza y la camiseta se le subió, dejando al descubierto la piel de su vientre. Cuando Mercer alzó la vista y se encontró con la suya, ella sonrió como si lo hubiera pillado mirándola a escondidas.

Cuando ella no pestañeó ni salió del coche, él cedió a la tentación que se había vuelto demasiado difícil de resistir, se inclinó hacia adelante, la acercó hacia él y la besó. Quinn apoyó la palma de la mano sobre su muslo y abrió su dulce boca a la de él. Él la abrazó con más fuerza y profundizó el beso, hasta que el gemido de ella lo sacó de su ensimismamiento y le impidió hacer algo que sabía que no debía hacer. No era una fantasía; sus labios realmente estaban sobre los de ella, y el fruto que había probado seguía siendo prohibido.

Se apartó, sin atreverse a mirarla a los ojos. Si lo hacía, perdería la poca determinación que le quedaba. En cambio, abrió su puerta, dio la vuelta y abrió la de ella.

—Gracias —susurró ella mientras salía del coche, tocándose los labios con la punta de los dedos.

—De nada.

—Has sido mi salvador esta noche, señor Mercer. —Se alejó del coche para que él pudiera cerrar la puerta.

—Solo Mercer —respondió distraídamente.

No tenía ni idea de lo acertada que había sido su observación. Quizá salvador no era la palabra más adecuada. Más bien protector.

Esperó a que él pulsara el botón de llamada cuando llegaron al ascensor, como si hubiera esperado a que le abriera la puerta. Era una mujer a la que habían enseñado que no había nada de malo en dejar que un hombre tomara la iniciativa. Sus modales eran impecables; él lo había comprobado en numerosas ocasiones. Como de costumbre, se sintió orgulloso, aunque él no tuviera nada que ver con su educación.

Cuando llegaron a la undécima planta, Mercer no acompañó a Quinn a su puerta. Desde la esquina redondeada en la que se apoyaba, pudo ver que entraba sana y salva a su apartamento sin posibilidad de que lo invitara a pasar.

Ella le dijo adiós con la mano antes de cerrar la puerta.

—Que duermas bien, señor Mercer —dijo y le lanzó un beso.

—Solo Mercer —se dijo a sí mismo después de oír el clic de la cerradura.

La puerta de su casa estaba a solo unos pasos. Cuando llegó, introdujo el código en el teclado y apoyó el pulgar en el lector de huellas hasta que la puerta se abrió.

Entró, se colocó de frente a la pared, apoyó la cabeza contra ella, cerró los ojos, respiró hondo y en silencio repitió la promesa que había hecho.

Mercer había prometido velar por ella, protegerla y mantenerla a ella y su familia a salvo. Hablar con ella, tocarla, besarla o soñar con ella no formaban parte de esa promesa. Los sueños no podía controlarlos, pero el resto… él sabía lo que debía hacer.

Mercer desconectó su correo electrónico y cerró el portátil. Todavía estaba demasiado nervioso por el viaje de vuelta a casa como para dormir. En lugar de eso, empezó a dar vuelta por la habitación, pensando en todas las reglas morales y éticas que se había impuesto y que había roto en las últimas horas.

No habría vuelta atrás sin que Quinn supiera quién era él. Había luchado contra la idea de mudarse a este edificio, consciente de que sería una pendiente resbaladiza, y había acertado. Una cosa era que coincidieran en la misma fiesta esa noche. Pero la próxima vez que apareciera donde ella estuviera, sería extraño. Después, sería espeluznante.

Ni siquiera había arañado la superficie del beso. Era todo lo que había fantaseado que sería. Si ella no hubiera hecho ningún ruido, es posible que sus labios siguieran unidos, en el asiento delantero de un coche en un aparcamiento. Dios.

Tenía que hacer algunos cambios drásticos, y pronto. Mercer miró la hora. Era casi medianoche en la costa oeste, por lo que la llamada tendría que esperar hasta la mañana siguiente. Mientras tanto, tenía tiempo para decidir cuánto de lo que había pasado esa noche iba a contar.

Cogió la tableta que estaba junto a la cama y abrió el libro que había empezado la noche anterior. Nada como una novela de espías escrita por alguien que no tenía ni idea de cómo funcionaban las cosas realmente para aburrirlo hasta dormirlo.

3

QUINN

Quinn inhaló el aroma de las rosas que le habían regalado por su cumpleaños al pasar junto a ellas en el vestíbulo. Estaba segura de que Mercer era el tipo de hombre que enviaría un regalo así a una mujer con la que tuviera una relación.

Aún no podía creer que se hubiera dormido todo el camino a casa. Él debía de pensar que era muy grosera, aunque no había dado muestras de que le importara. «Estabas cansada», le había dicho.

No era propio de ella confiar en alguien a quien apenas conocía, pero se sentía inexplicablemente segura con él, como si realmente se preocupara por ella.

Quinn puso los ojos en blanco y se le llenaron de lágrimas. Era patética. Estaba tan falta de amor y atención que se decía a sí misma que su vecino, con quien solo había tenido una conversación, se preocupaba por ella. No miró el teléfono hasta que se metió en la cama. No habría ningún mensaje de su madre, Quinn lo sabía, pero no podía evitar esperar estar equivocada.

El sueño la venció rápido una vez que cerró los ojos, solo porque se permitió fantasear con el señor Mercer y el beso que se habían dado.

El sueño que estaba teniendo, en el que su teléfono no dejaba de vibrar, parecía demasiado real. Quinn se incorporó de un salto y cogió su móvil de la mesita de noche. En la pantalla apareció Aine.

—Hola —respondió.

—¿Dónde demonios estás? —gritó su amiga por encima del ruido de la fiesta que se oía de fondo.

Mierda. Había olvidado enviar un mensaje diciendo que se marchaba.

—Lo siento. Estoy en casa.

—¿Qué? No te oigo bien.

—Estoy en casa —gritó al teléfono.

—¿Dónde estás? Me ha parecido que decías que estás en casa.

—Estoy en casa —gritó de nuevo.

—¿Qué demonios? —Quinn oyó un ruido de fondo y a Aine decir que estaba en casa. Más ruido y luego:

—Espera un momento.

Esperó mientras el ruido de la fiesta se iba haciendo más lejano.

—Has desaparecido. ¿En qué piensas, Quinn?

Aine parecía borracha, lo que significaba que la conversación seguiría en bucle.

—Escucha —comenzó Quinn— me encontré con alguien que conocía que regresaba a la ciudad y me trajo en coche. Siento mucho no haberte avisado. Hablamos mañana, ¿vale?

—Has desaparecido —dijo Aine de nuevo.

—Buenas noches, cariño. Hablamos mañana por la mañana. —Quinn colgó y apagó el teléfono. Ahora que sus amigas sabían que estaba en casa, nadie más intentaría localizarla esa noche.

4

MERCER

Mercer entró en el gimnasio del edificio a las seis, como cada mañana, y se puso a entrenar con intensidad. Había estado toda la noche dando vueltas en la cama, recordando el tiempo que había pasado con Quinn y todo lo que debería haber hecho de otra manera.

Cuando corría, se encontraba en su zona, ese equilibrio perfecto entre velocidad y comodidad. Tenía las piernas sueltas y el corazón le latía con fuerza, así que cuando la puerta del gimnasio se abrió, solo lo oyó en lo más profundo de su subconsciente. Casi todas las mañanas estaba solo allí y nunca había visto a la mujer cuyos ojos se encontraron con los suyos en el espejo. ¿Qué demonios estaba tramando Quinn?

Ella le saludó con la mano, igual que la noche anterior antes de lanzarle un beso, y luego se acercó a una de las máquinas elípticas que había al otro lado del gimnasio.

Él respondió con un gesto de asentimiento y luego centró su atención en la televisión que nunca veía, intentando escuchar las noticias que nunca le habían importado. Fue demasiado para su controlado ritmo cardíaco. Como la máquina elíptica estaba orientada en dirección opuesta a su cinta de correr, podía ver en el espejo el reflejo de su firme trasero, resaltado por los pantalones de correr demasiado cortos. La camiseta de tirantes que llevaba apenas le cubría el sujetador deportivo, casi inútil.

No era el único que miraba donde no debía. Quinn se quedó mirando el espejo frente a la elíptica hasta que sus ojos se encontraron por segunda vez. Mercer detuvo la cinta, se bajó y se secó el sudor de la cara con la toalla de entrenamiento. A continuación, sacó el teléfono de la bolsa de deporte, fingió mirarlo y luego lo guardó junto con la toalla.

—Que tengas un buen día — dijo mientras abría la puerta para marcharse.

—Espera. —Ella detuvo la máquina y caminó hacia él—. No tienes que irte por mi culpa.

—He terminado —refunfuñó mientras dejaba que la puerta se cerrara detrás de él. Se sintió como un idiota por hablarle así, pero no podía permitirse que la situación con Quinn se complicara.

La siguiente vez que Mercer se encontró con ella fue en el ascensor, más de una semana después.

—Hola —dijo ella, sin apenas mirarlo y haciéndolo sentir como un idiota.

Él asintió con la cabeza, de nuevo reacio a entablar conversación.

—Me alegro de verte, señor Mercer —dijo ella cuando se abrió la puerta al vestíbulo. Salió, pero no lo suficientemente rápido como para ocultar el dolor grabado en su rostro.

Él sabía que estaba sola; lo había estado durante la mayor parte de su vida. Aparte de las chicas con las que tenía una relación estrecha desde sus días en el internado, Quinn no socializaba mucho. Tenía citas ocasionales, que le disparaban la presión arterial, pero las segundas citas eran poco frecuentes.

Sin embargo, lo más difícil era que Quinn nunca había perdido la esperanza de que, algún día, tendría relación con su madre, algo que Mercer sabía que nunca ocurriría.

—Hola, Paps —Mercer respondió a la llamada que recibió más tarde esa noche de uno de sus socios.

—Te necesitamos aquí. Haz los preparativos necesarios y coge el avión mañana por la mañana.

—¿Qué ocurre?

—Razor y yo te pondremos al corriente cuando llegues.

Menos de cinco minutos después, cuando recibió otra llamada, a Mercer no le sorprendió ver «Barbie» , el nombre en clave de Lena Hess, en el identificador de llamadas.

—¿Qué puedo hacer por ti, Lena?

—¿Cómo está mi hija?

¿Qué podría decir que no se hubiera dicho ya? Expresar en voz alta lo que Lena ya sabía no cambiaría nada.

—Está como era de esperar.

—¿Has hablado con Paps antes?

—Sí.

Por mucho que quisiera saber qué estaba pasando, Lena era la última persona a la que le preguntaría.

—¿Hay algo más? —preguntó en su lugar.

—No.

—Entonces, mañana hablamos —dijo antes de colgar.

Cuando terminó de hacer «los preparativos necesarios», era la una de la madrugada. Estaba a punto de dar por terminada la noche cuando oyó que el ascensor se detenía en su planta. No oyó pasos en el pasillo, así que llamó al piso de abajo. Sabía que Vinnie estaba de guardia; había sido una de las llamadas que había hecho antes.

—Señor Bryant. Justo estaba marcando su número. La señora Skipper está a punto de abandonar el edificio.

—Entreténgala.

—Sí, señor.

¿Adónde demonios creía que iba en mitad de la noche?

Cuando salió del ascensor, Quinn le daba la espalda y estaba absorta en una conversación con Vinnie. Mercer desactivó primero la puerta de emergencia y luego salió por ella. Rodeó el callejón hasta la entrada principal, donde tenía dos opciones: podía esperar y seguirla o podía entrar y enfrentarse él mismo a la señorita Skipper.

Cuando vio la señal de Vinnie, supo que ya había tomado una decisión.

—Buenas noches, señor —le saludó Vinnie—. ¿Ha pasado una buena noche?

Mercer asintió y miró a Quinn como si le sorprendiera verla.

—¿Puedo acompañarte? —Le tocó el codo con la punta de los dedos y ella se tambaleó.

—Voy a salir —balbuceó.

Si su poco equilibrio no le había dado una pista, su aliento sin duda lo habría hecho. Había estado bebiendo, y no poco.

Él levantó una ceja intencionadamente y ella se sonrojó.

—¿Vas a desayunar temprano? —preguntó.

Se inclinó hacia él.

—Algo así. ¿Tienes hambre, señor Mercer?

Ni lo más mínimo, pero si aceptaba acompañarla, sabría dónde estaba y podría llevarla de vuelta sana y salva.

—Me muero de hambre.

Vinnie se les adelantó.

—Mmm. Hace meses que no pruebo el pollo y los gofres de Sarge’s. —Se frotó la barbilla—. Suena bien, ¿verdad?

Sarge’s Diner estaba a un corto paseo, pero de todos modos cogerían el taxi que había aparecido milagrosamente en la puerta principal.

Mercer le rodeó la cintura con el brazo y la acompañó al vehículo que los esperaba. Cuando se subió después que ella, Quinn apoyó la cabeza en su hombro.

—No podía dormir… —murmuró.

Él asintió.

Cuando ella cerró los ojos, él hizo un gesto con el dedo índice, y Tom, que también formaba parte de su equipo habitual, supo que no debía parar en la cafetería. En su lugar, condujo por Manhattan, desde Midtown hasta el Lower East Side, y luego los llevó a casa.

—Ya estamos de vuelta —dijo en voz baja cuando Tom se detuvo en la entrada del edificio, esta vez sin poder resistirse a acariciarle la mejilla con el dedo.

Como ya había hecho antes, se despertó sobresaltada.

—¿Me he quedado dormida otra vez?

Él sonrió.

—Sí.

—Siempre me duermo contigo. —Quinn se sonrojó—. Eso no ha sonado muy bien, ¿verdad?

Mercer salió del coche y le tendió la mano.

—Entremos.

—No hemos comido y tú estabas muerto de hambre.

—Me hare un sándwich. —La guio hasta el ascensor, asintiendo con la cabeza al guiño de Vinnie al pasar junto a él.

Cuando llegaron a la undécima planta, él la acompañó hasta su puerta y esperó mientras ella introducía el código en el teclado.

—¿Quieres pasar?

Mercer empujó la puerta y la guio al interior.

—Puedo prepararte algo de comer.

—No hace falta —murmuró, siguiéndola por el vestíbulo y por el pasillo—. Vamos a acostarte.

Quinn se quitó los zapatos y esperó mientras Mercer retiraba las sábanas. Como una niña somnolienta, se metió en la cama y él la arropó.

—¿Te quedas? —susurró.

Cuando ella cerró los ojos, él se inclinó y le besó la frente.

—Esta noche no, preciosa. Duerme un poco.

—Mmm, me has dicho preciosa, señor Mercer —dijo ella antes de volver a quedarse dormida.

Mierda. Lo había hecho. ¿Lo recordaría por la mañana o sería todo un recuerdo borroso que ella supondría que había sido un sueño?

5

MERCER

Mercer deslizó una nota bajo la puerta de Quinn antes de cambiar de opinión.

Me voy fuera unos días. ¿Desayunamos cuando vuelva? —Mercer

En su cabeza añadió: «Por favor, no hagas otra locura como la de anoche mientras estoy fuera».

Solo habían pasado cuatro horas desde que la había acostado. Dormiría al menos otras cinco o seis horas, si no más.

Se preguntó, de nuevo, cuánto recordaría de la noche anterior. Quizá no había sido una buena idea mencionar el desayuno en su nota. Sería otro indicio más para convencerla de que no había sido un sueño. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Besó dos dedos y los posó momentáneamente sobre la puerta, esperando que su vida transcurriera sin incidentes mientras él estaba fuera.

La noche anterior, cuando le besó la frente, sintió el cambio. No era solo una idea; era una reacción física que reconocía que las cosas estaban cambiando. Aunque Quinn había formado para de su vida durante bastante tiempo, ahora él también era parte de la de ella.

Las consecuencias de sus actos durante los últimos días le golpearon con fuerza cuando el avión aterrizó. Había cruzado una línea con Quinn. Varias, de hecho, y al hacerlo, muchas cosas tendrían que cambiar. Cerró los ojos y deseó, como solía hacer a menudo, poder consultar esa situación con su antiguo jefe.

Doc Butler había sido más que un jefe para él. Había sido su profesor, su mentor y, en cierto modo, su hermano mayor.

Se conocieron cuando Mercer estudiaba Relaciones Internacionales y Lenguas Extranjeras en la Universidad de Stanford. La hermana pequeña de Doc, que tenía la misma edad que Mercer, también estudiaba en esa prestigiosa institución.

Dado que también estaba matriculado como estudiante del ROTC de la Marina con opción a la Infantería de Marina, había llamado la atención de Doc.

Una vez que obtuvo su título universitario, la vida de Mercer tomó un rumbo que nunca hubiera imaginado. En lugar de convertirse en subteniente con un compromiso de servicio de cuatro años, se dirigió directamente a Camp Lejeune, en Carolina del Norte, para completar nueve meses de entrenamiento en las fuerzas especiales.

A los veintidós años, Mercer se convirtió en el miembro más joven de un equipo de élite compuesto por militares en servicio activo y agentes de la CIA, denominado División de Actividades Especiales del Servicio Clandestino Nacional (NCS) de la agencia.

Cuatro años más tarde, Mercer aceptó un trabajo en una organización de inteligencia privada llamada K19 Security Solutions, que Doc había fundado junto con Paps y Razor, otros dos miembros del equipo. El trabajo se convirtió en algo más cuando le ofrecieron una participación en la empresa. Ahora, dos años después, Mercer era más rico de lo que jamás había soñado y realizaba un trabajo que incluía la protección de activos, así como la influencia encubierta y los interrogatorios rigurosos (o peor) cuando era necesario.

Mercer encendió su teléfono y envió un mensaje de texto a Paps. Aterrizado.

El espacio donde solía estar aparcado su vehículo estaba vacío. Ese debería haber sido el primer indicio de que algo pasaba. Sacó el móvil y envió otro mensaje. Falta transporte.

Situación L4P23.

Subió las escaleras hasta el cuarto piso y caminó hasta la plaza veintitrés, donde, en lugar de un coche, encontró una moto esperándole.

—Joder, sí —murmuró, sonriendo mientras cogía el casco que había sobre la Ducati Monster 1200.

No era la situación. Era un regalo de Paps y Razor.

Gracias, chicos.

Mercer arrancó la moto, intentando decidir cuál de las muchas carreteras secundarias tomaría desde el aeródromo privado cerca de San Luis Obispo a través de las colinas hasta Harmony, un pequeño pueblo en la costa central de California, donde K19 tenía una casa. No era la única propiedad que poseían. Tenían muchas, incluido el apartamento de Mercer en el edifico de Quinn.

Habían decidido comprar en Harmony por su ubicación relativamente remota, la ausencia de distrito comercial y la proximidad a Paso Robles.

Movió los hombros al salir del aparcamiento. Eso era lo que necesitaba. Incluso quince minutos en la carretera, lejos del calor y el ruido opresivos de la ciudad de Nueva York, le ayudarían a afrontar cualquier mierda que se le echara encima.

—Gracias por el paseo, chicos —dijo Mercer a Razor y Paps cuando entró en la casa desde la cochera en la que había aparcado la moto.

—Hola, Ochenta y ocho. —Paps tenía aspecto de no haber dormido en varios días.

—¿Qué ocurre?

—Tenemos que reforzar la seguridad de Skipper —respondió Razor.

—¿Por qué?

—¿Qué te dice el nombre Rory Calder?

Mucho. La primera vez que lo había oído fue cuatro años antes, cuando pasó por delante de la oficina de su jefe y lo vio golpear el teléfono contra el escritorio con tanta fuerza que lo rompió. —¡Por Dios! —había gritado.

—¿Qué pasa, Doc? —preguntó Mercer, asomando la cabeza por la puerta.

—Esa mierda nunca pasa de moda —espetó Doc.

—Lo siento, señor —murmuró Mercer.

—Cierra la maldita puerta.

Menos de quince minutos después, Mercer había sido informado de un caso que se remontaba a dieciocho años atrás, en el que estaban involucrados un marine convertido en espía ruso llamado Rory Calder, una violación, un matrimonio secreto y un bebé.

El certificado de nacimiento del bebé, proporcionado por el NCS, indicaba que su nombre era Quinn Analise Sullivan.

La historia oficial era que el padre de Quinn, Angus Sullivan, un oficial de los marines, había muerto en combate antes de que ella naciera. Su madre, Lena Hess, que provenía de una familia prominente de California, nunca adoptó el apellido del padre de Quinn.

En realidad, la identidad Sullivan se había creado para garantizar que nadie supiera la conexión del bebé con su madre o su padre.

La razón por la que Doc había colgado el teléfono y había llamado a Mercer era que Quinn, nombre en código Skipper, había iniciado los trámites para cambiar legalmente su apellido de Sullivan a Hess. Era Lena quien había llamado para pedirle a Doc que lo impidiera. Esa tarea había recaído en Mercer.

La siguiente vez que oyó el nombre de Calder fue justo después de una reunión matutina de K19, cuando Doc pidió a Mercer que fuera a su despacho.

—He aceptado una misión, y es la más peligrosa de mi carrera —empezó Doc.

Le explicó que la misión consistía en encontrar a un antiguo agente que se había pasado al bando enemigo. Sin que él lo dijera, Mercer supo que el agente al que se refería Doc era John «Leech» Hess, el padre de Lena Hess y abuelo de Quinn.

La información se había compartimentado y tardaba en llegar, pero, según Doc, el agente retirado desde hacía mucho tiempo estaba en una misión suicida. Su intención era infiltrarse en la inteligencia rusa y asesinar al espía que no solo había traicionado a su país, sino al propio Leech, junto con docenas de otros agentes que habían sido asesinados cuando se descubrió su identidad. Ese espía era Rory Calder.

—Necesito que me prometas una cosa, Ochenta y ocho —dijo Doc.

—Lo que sea, jefe.

—Quinn.

Una palabra, un nombre, y Mercer sabía lo que Doc esperaba de él; había prometido protegerla hasta el día en que regresara su jefe.

Menos de un mes después, recibieron la noticia de que Doc había muerto en combate.

Ni siquiera Mercer estaba seguro de si estaba realmente muerto o si estaba tan metido en el ajo que nadie podía estar seguro.

Doc, Paps, Razor y Mercer, los cuatro hombres que eran propietarios a partes iguales de K19 Security Solutions, tenían cada uno una caja de seguridad que los otros tres debían abrir en caso de que uno falleciera.

Desde ese día, Mercer había seguido cumpliendo su promesa original y había llevado a cabo meticulosamente las demás instrucciones que Doc le había dejado en la caja de seguridad.

En los cuatro años transcurridos desde que oyó su nombre, Quinn había pasado de ser una adolescente que solo requería una vigilancia periférica a una joven que se encontraría en grave peligro si el hombre del que hablaban descubría su verdadera identidad.

—Cuéntame —dijo Mercer a Paps.

—Ha reaparecido, y el momento no podría ser más preocupante.

—Eso significa que Leech no ha podido con él—añadió Razor—. Tampoco Doc.

Dado que ambos hombres estaban desaparecidos, presuntamente muertos o declarados muertos, lo lógico era suponer que Calder había podido primero con ellos.

—¿Qué hace aquí? —preguntó Mercer.

—Ahora mismo, haciendo de hijo pródigo resucitado y metido de lleno en el negocio vinícola de su familia.

—¿Cuánto tiempo hace que ha vuelto?

—Nadie lo sabe —respondió Razor.

Esa noticia era aún más preocupante, ya que significaba que había estado actuando en secreto, haciendo Dios sabe qué o durante quién sabe cuánto tiempo.

—¿Dónde está Lena? —preguntó Mercer a Paps. Sabía que estaba allí; su Mercedes CLS400 Coupe blanco perla estaba aparcado en la misma cochera en la que había dejado la Ducati.

Paps gruñó y negó con la cabeza.

Sí, no había ningún tipo de afecto entre él y su activo. Se odiaban desde el día en que a él lo asignaron como jefe de su equipo de seguridad. Mercer tenía que admitirlo, si le hubiera tocado a él, probablemente ya la habría matado.

—Está durmiendo —gruñó Razor.

Ya había pasado el mediodía, pero a Mercer no le sorprendió saber que aún no se había levantado esa mañana. La noticia de que Calder había reaparecido debía de haberla asustado, ya que había estado los últimos veintiún años de su vida esperando a que lo hiciera. La mujer vivía bajo protección constante, los siete días de la semana, las veinticuatro horas del día. No tenía ni pizca de privacidad, no podía escaparse sola de vacaciones y no pasaba tiempo de verdad con su hija.

Razor se giró en su silla.

—Entonces, Skipper…

Mercer se encogió de hombros.

—Hola —dijo una voz desde el pasillo.

Razor y Paps se levantaron cuando Lena entró, pero ella no ocupó ninguno de sus asientos. En lugar de eso, se quedó de pie con los brazos cruzados.

Si no hubiera conocido a Quinn, Mercer no habría podido adivinar el color natural del pelo de su madre. Al igual que el de su hija, su melena hasta los hombros era casi blanca, aunque se preguntó si se daba cuenta de que parecía más gris que rubia. También al igual que su hija, Lena era alta y delgada, pero su cuerpo había perdido el atletismo natural que poseía Quinn. El tono bronceado de su piel no parecía más natural que su cabello, y el pintalabios naranja brillante y las uñas a juego la hacían parecer un personaje de dibujos animados.

—¿Qué vais a hacer? —preguntó.

—Tenemos un plan, Barbie, y como te he dicho muchas veces, no es algo de lo que debas preocuparte, solo tienes que llevarlo a cabo.

Lena miró a Paps con ojos de asesina y luego se giró hacia Mercer.

—¿Podemos hablar en privado?

La condujo a otra habitación que habían habilitado como salón y sala de reuniones.

—Yo fui quien descubrió que había vuelto —dijo ella.

—¿Cómo?

—Vino a ver la propiedad.

Lena había puesto recientemente a la venta la mitad de la finca de su familia y, por lo que había oído decir a Paps, el interés era mucho mayor de lo que habían previsto.

—¿Quién firmó el acuerdo de confidencialidad?

—Ha habido tanto interés en la propiedad que ha sido imposible estar al tanto de todas las visitas.

Estaba a punto de estrangularla.

—¿Quién