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Historia del origen, funcionamiento y proceso de consolidación del periódico Excélsior y sus relaciones con el poder y la política mexicana de finales del siglo XX y principios del XXI. El lector encontrará aquí a personajes que fueron fundamentales para el periodismo mexicano del siglo XX como Rafael Alducin, José de Jesús Núñez y Domínguez, Rodrigo de Llano, Gilberto Figueroa, Manuel Becerra Acosta (padre e hijo), Julio Scherer y Regino Díaz Redondo. También sabrá cómo surgió esa pequeña empresa periodística en 1917, su asombrosa expansión y cómo estuvo a punto de desaparecer luego de que la acusaron de defender a los asesinos de Álvaro Obregón en 1928.
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Seitenzahl: 321
Veröffentlichungsjahr: 2019
ARNO BURKHOLDER DE LA ROSA es doctor en historia por el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, con posdoctorado por la Escuela de Graduados en Administración Pública y Política Pública del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. Su línea de investigación es la historia de México durante el siglo XX y se ha especializado en la evolución de la prensa mexicana durante ese periodo. Ha impartido cursos en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, de la Universidad Nacional Autónoma de México, en la EGAP del Tec de Monterrey, en el el Instituto Mora y en el Instituto Matías Romero de la SRE. Ha publicado en las revistas Historia Mexicana (El Colegio de México), Secuencia (Instituto Mora), 20/10 Memoria de las Revoluciones en México,Boletín (Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca), entre otras. Es autor del blog “Clionáutica”.
LA RED DE LOS ESPEJOS
Una historia del diario Excélsior,
1916-1976
COLECCIÓN COMUNICACIÓN
ARNO BURKHOLDER
La red de los espejos
UNA HISTORIA DEL DIARIO EXCÉLSIOR,
1916-1976
Primera edición, 2016Primera edición electrónica, 2016
Diseño de la colección: María Luisa Passarge
D. R. © 2016, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
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ISBN 978-607-16-4245-5 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Para Érika Ruiz
A la memoria de Arno Burkholder Catzin
ÍNDICE
Introducción. Políticos, periodistas y una sociedad ausente
1. El periódico que llegó a la vida nacional (1916-1932)
El proyecto del señor Alducin
Los cambios en la prensa mexicana de finales del siglo XIX y principios del XX
Excélsior y el nuevo Estado: una relación difícil
El segundo Excélsior y sus problemas, 1928-1932
2. Los años de "la familia feliz" (1932-1963)
La alternativa cooperativista
La búsqueda de una nueva empresa
Los problemas de la Cooperativa Excélsior
El Estado mexicano, la prensa y Excélsior: relaciones institucionalizadas (1934-1964)
Excélsior y su cooperativa: la estructura de la empresa
Los "dueños" de la empresa: derechos y deberes de los socios
Caciques periodísticos y sombras en la familia
3. Problemas en el paraíso (1962-1968)
El mundo de la posguerra: entre el crecimiento económico y el riesgo de la destrucción
Élites periodísticas: los dos grupos frente a frente
Muertes en la familia y la pelea por la herencia
Dos versiones de una asamblea
Una semana decisiva
El golpe de timón
4. El Olimpo fracturado (1968-1976)
El creciente descontento del gobierno ante la línea editorial de Excélsior
Panfletos y terrenos invadidos
"La agresión llegó de afuera" (8 de julio de 1976)
5. La memoria, el olvido y el futuro
Bibliografía
Introducción
POLÍTICOS, PERIODISTAS
Y UNA SOCIEDAD AUSENTE
Los periodistas hablan tanto del poder y están tan en contacto con el poder que llegan a creer que lo tienen. Lo interesante de este espejismo es que sus efectos no se limitan a los que lo padecen sino que afectan también a sus contrincantes.
JORGE IBARGÜENGOITIA, 1979
Autopsias rápidas (sel. de Guillermo
Sheridan, Vuelta, México, 1988)
Este libro trata sobre la historia de uno de los periódicos más importantes de México durante el siglo XX: Excélsior, diario que nació el 18 de marzo de 1917 y desde entonces ha sido un referente para entender la vida del país. En las páginas de Excélsior aparecieron los grandes personajes de la historia nacional y las grandes historias de ese México que transitó desde la promulgación de la constitución de Querétaro hasta los problemas que vive actualmente.
En casi un siglo de existencia han sido muchos los temas que ha tocado Excélsior. Sin embargo, de su historia se sabe relativamente poco. Y lo que se sabe se ha concentrado en un incidente ocurrido en la segunda mitad de la década de 1970.
El 8 de julio de 1976, luego de una violenta asamblea de socios de la Cooperativa Excélsior, su director Julio Scherer García fue expulsado, acusado de malversación, del periódico al que había ingresado en 1947. Era la primera vez en la historia de ese diario que su máximo funcionario era despedido de esa manera. Las fotografías que muestran a un Scherer atribulado alejándose del edificio de Excélsior junto a Abel Quezada, Gastón García Cantú y otros colaboradores suyos forman parte ya de la historia del periodismo mexicano y de la historia política de nuestro país durante el siglo XX.
Entre 1968 y 1976 Excélsior se había convertido en un diario crítico del gobierno mexicano debido a circunstancias internas y externas. El periódico sufrió diversos cambios mientras el país vivía el movimiento estudiantil de 1968, con su trágico final en Tlatelolco. La combinación de esas circunstancias permitió la llegada de nuevos editorialistas a Excélsior, quienes señalaron constantemente los errores que estaba cometiendo el gobierno de Luis Echeverría. Con el paso del tiempo esa crítica molestó al presidente y dañó su relación con Julio Scherer, lo que provocó el incidente de 1976.
Durante la última década del siglo XX lo ocurrido el 8 de julio de 1976 alcanzó niveles legendarios. El “Excélsior de Scherer” se convirtió en un referente para muchos periodistas de esa época: había que ser independientes del poder, críticos de sus acciones y veraces para ganarse la confianza de la sociedad, como lo había sido ese diario antes de perder a su director. También había que alejarse de lo que quedó en Excélsior luego de 1976: un periodismo viejo, aliado incondicional del gobierno y que aburría a sus lectores.
Aunque tenía su parte de verdad, esa imagen heroica del “Excélsior de Scherer” dejaba de lado un elemento muy importante: su historia anterior, formada por todo lo que había pasado antes de 1968, cuando Scherer se convirtió en el director del periódico. El pasado de Excélsior se remonta a los años de Venustiano Carranza y Álvaro Obregón, cuando surgieron un nuevo Estado mexicano y una nueva prensa, y los dos tuvieron que negociar un modus vivendi.
Eso no fue nada sencillo. Las críticas de Excélsior a los revolucionarios estuvieron a punto de desaparecerlo. En la década de 1930, con la consolidación del Estado mexicano, Excélsior pudo encontrar la forma de convivir con el poder político, satisfacer los gustos del sector “clasemediero” citadino que formaba su público, ejercer cierta crítica que lo presentara como independiente pero no lo metiera en muchos problemas y, lo más importante, convertirse en una de las empresas periodísticas más destacadas de México y América Latina.
Este libro rescata esa gran historia: el surgimiento de Excélsior, sus conflictos con el Estado, la consolidación del periódico y la gestación de muchos problemas que provocaron el estallido de 1976.
Es una historia de poder, tanto entre Excélsior y los gobiernos de la Revolución, como en el interior del diario: una pequeña empresa privada que tuvo un fuerte apoyo por parte del gobierno carrancista, pasó por un gran bache a finales de la década de 1920 y luego se convirtió en una cooperativa con muchos recursos económicos, aunque nunca pudo solucionar el problema fundamental que sí resolvió el Estado mexicano: cómo repartirse el poder sin que eso la fracturara.
Excélsior es un reflejo del México que le tocó vivir: por fuera era una cooperativa donde todos los trabajadores opinaban sobre los asuntos de la empresa, una democracia empresarial por así decirlo. Pero por dentro, lo que opinaran los socios no importaba. Las decisiones finales eran tomadas por sólo dos personas: el director del diario entre los años 1930 y 1960, Rodrigo de Llano, y el gerente general Gilberto Figueroa. Ellos contaron con el respaldo del gobierno y se mantuvieron al frente del periódico durante tres décadas. Sólo la muerte pudo quitarles Excélsior. Pero cuando eso ocurrió empezó una gran crisis entre quienes querían dirigirlo. Un periodo con una inestabilidad que duró 14 años, hasta que llegó otro director que pudo controlar la empresa por 25 años más, aunque ese cuarto de siglo tuviera el estigma de ser el periodo de Regino Díaz Redondo.
Este libro es una historia del periódico Excélsior entre 1916 y 1976, pero enfocada en su funcionamiento. El lector encontrará aquí a personajes fundamentales para el periodismo mexicano del siglo XX, como Rafael Alducin, José de Jesús Núñez y Domínguez, Rodrigo de Llano, Gilberto Figueroa, Manuel Becerra Acosta (padre e hijo), Julio Scherer y Regino Díaz Redondo. También sabrá cómo surgió esa pequeña empresa periodística en 1917, cómo fue su asombrosa expansión y cómo estuvo a punto de desaparecer luego de que la acusaron de defender a los asesinos de Álvaro Obregón en 1928.
Después de varios años de decadencia y problemas económicos, Excélsior pudo resurgir gracias al apoyo de Plutarco Elías Calles, quien ayudó a que se convirtiera en una cooperativa a cambio de orientar sus críticas a la consolidación del Estado mexicano. Excélsior aceptó, y entre 1932 y 1962 vivió una etapa autoritaria pero también de muchos éxitos. La estabilidad desapareció en 1963 y se recuperó en 1976; una etapa de enormes cambios que marcaron a México: desde el desarrollo estabilizador hasta la crisis económica al final del gobierno de Luis Echeverría, pasando por los conflictos estudiantiles, la guerrilla y las fracturas entre el Estado y la iniciativa privada.
Aunque la línea editorial y los periodistas son parte fundamental de este libro, el objetivo está en entender a los que yo considero los tres personajes más importantes: la empresa Excélsior (privada y después cooperativa); el periódico Excélsior (y otros que también editaba), y el Estado. Entre la empresa y el periódico siempre hubo un gran conflicto, ya que no fue sencillo decidir a qué darle más importancia: el beneficio de los trabajadores o el de los lectores. De Llano y Figueroa pudieron equilibrar esos dos poderes, pero a Manuel Becerra Acosta padre y a Julio Scherer les fue casi imposible.
Para entender lo que pasó en Excélsior el 8 de julio de 1976 es necesario revisar su pasado. Así lo intuí cuando hice mi licenciatura en periodismo, pero sólo cuando ingresé a la maestría y al doctorado en el Instituto Mora tuve la oportunidad de mirar a Excélsior desde su historia, que es la del siglo XX mexicano: con un partido hegemónico fuerte, paternalista, autoritario y corrupto, pero que le dio estabilidad y crecimiento al país durante décadas, hasta que el modelo no pudo resistir más y estalló.
En el Instituto Mora aprendí también que en México ya se hacían estudios sobre la historia del periodismo, fundamentalmente del siglo XIX. Un grupo de brillantes historiadores en el Mora y en otras instituciones estaban realizando hallazgos sorprendentes sobre la forma de hacer periódicos, sus tirajes, su relación con la literatura, las imágenes, los lectores y, fundamentalmente, sobre los primeros reporteros.
Es gracias a esos historiadores que pude entender cómo Excélsior es producto de una forma de hacer periodismo en México que surgió durante el siglo XIX (concretamente en el diario porfirista El Imparcial); también aprendí a mirar a un periódico con ojos de historiador, fijándome en esos detalles en los que está marcado el paso del tiempo. Mi primer agradecimiento es para el Instituto Mora, por cinco años fundamentales en mi vida y por todo lo que me enseñó.
Realizar esta investigación me presentó varios problemas. El primero fue hacer historia y no un reportaje. Como ya dije, el Instituto Mora me enseñó a pensar como historiador y me dio las herramientas metodológicas para mirar “historiográficamente” a Excélsior.
Comencé esta investigación leyendo los textos esenciales sobre Excélsior:Los periodistas, de Vicente Leñero, y Los presidentes, de Julio Scherer; luego encontré otros libros no tan famosos pero sí muy importantes, como Los cooperativistas, de Héctor Minués, y La gran mentira. Ocurrió en Excélsior, de Regino Díaz Redondo. También recurrí a varias tesis de licenciatura y maestría que tratan distintos aspectos sobre Excélsior; algunas son sobre historia, otras sobre administración, y aun sobre el diseño del periódico. Estas tesis están incluidas en la bibliografía y agradezco mucho a sus autores por todo lo que aprendí con su consulta.
Después tuve que buscar diversas fuentes y allí me encontré con un gran problema: el diario Excélsior no guardó sus documentos originales, así que su historia parecía perdida y este libro, sin posibilidades de nacer. Pero Clío, la musa de la historia, acudió en mi ayuda y por azar averigüé que todavía existía el archivo de la Cooperativa Excélsior, resguardado en el Archivo General de la Nación (AGN). No es un archivo abierto normalmente a los investigadores, por lo que tuve que pedir permiso al AGN y a la Secretaría de Economía para poder consultarlo.1 Agradezco también su ayuda para realizar esta investigación.
El archivo de la Cooperativa Excélsior contiene documentación que me ayudó a recrear la situación que ésta vivió entre 1932 y 1976. El archivo está formado por las actas de las asambleas realizadas en la cooperativa desde la década de 1940 hasta 1990, algunos balances contables, informes a las asambleas generales, listas de miembros, registro de los títulos de propiedad que tenía cada miembro, expedientes de juicios entablados contra la cooperativa, panfletos contra las direcciones del periódico, bases constitutivas de la cooperativa de diversos años, solicitudes para adquirir terrenos ejidales, mapas del ejido La Candelaria, oficios a la Secretaría de Industria y Comercio, autorizaciones, minutas, y actas sobre visitas de inspección realizadas por miembros de esa secretaría.
El archivo de la Dirección Federal de Seguridad (ubicado también en el AGN) me permitió detectar los momentos en los que el servicio secreto del gobierno mexicano se interesó en los problemas de la Cooperativa Excélsior, especialmente a partir de 1962. Tampoco fue sencillo tener acceso a él, pero valió la pena el esfuerzo.
El Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca (uno de los mejores del país) me ayudó a integrar la historia del diario durante los años de las décadas de 1920 y 1930, especialmente los conflictos con Álvaro Obregón, la ayuda que les dio Plutarco Elías Calles y sus primeros años como cooperativa. Agradezco a su directora Norma Mereles de Ogarrio y a todo el personal del archivo por su ayuda.
El Diario de Debates de la Cámara de Diputados me sirvió para entender la imagen que la clase política tenía del diario entre los gobiernos de Venustiano Carranza y Manuel Ávila Camacho. Recurrí también a un conjunto de documentos provenientes del Fideicomiso Fondo Nacional de Fomento Ejidal (Fifonafe) relativos al ejido La Candelaria, uno de los problemas más grandes que enfrentó Excélsior a principios de los años setenta.
La revisión hemerográfica fue muy importante. Además del periódico Excélsior de 1917 a 1976, acudí a Revista de Revistas,El Universal, Ovaciones, El Sol de México, Siempre! y Proceso para encontrar información relativa a la administración de la cooperativa y a la política editorial del diario.
Una parte fundamental de esta investigación fueron las entrevistas con quienes conocían esta historia. No siempre fue sencillo: muchos cooperativistas me dijeron que preferían no meterse en problemas al revivir una etapa que al final les causó mucho daño. Afortunadamente otros estuvieron dispuestos a compartir sus recuerdos conmigo, lo que les agradezco. También pude entrevistar a periodistas, políticos y académicos que me ayudaron a construir esta obra. Muchas gracias a Jeannette Becerra Acosta, Octavio Colmenares, Regino Díaz Redondo, Felipe Durán, Ylich Escamilla, Iván Espinosa, Ariadna García, Miguel Ángel Granados Chapa, Miguel Hernández, Víctor Hinojosa, Luis Jáuregui, Arturo López, Manuel Mejido, Alejandro Monsiváis, Luis Gerardo Morales Moreno, Humberto Musacchio, José Ortiz Monasterio, Othón Nava, Agustín Pasapera Aussenac, Ariel Rodríguez Kuri, Jacinto Rodríguez Murguía, César Rodríguez Neumann, Antonio Saborit, Juan Carlos Sánchez, Bibiana Santiago, Rodolfo Sarsfield, Pilar Schiaffini, Ana María Serna, Jorge Velasco Félix y Fausto Zapata, por sus opiniones, sus recuerdos y su estímulo a realizar esta investigación.
En 1979, cuando se publicó la primera edición de Los periodistas, Jorge Ibargüengoitia (otro personaje de esta historia) escribió una reseña que después fue rescatada por Guillermo Sheridan. De allí proviene el epígrafe con que comienza este libro. Siempre me llamó mucho la atención la forma en que Ibargüengoitia explica la relación entre la prensa y el poder político. Parece como si ambos vivieran dentro de una enorme red hecha de espejos, donde las imágenes son más importantes que la realidad y donde además la sociedad es permanentemente desairada.
Salir de esa red de espejos, mirar de frente los problemas de la nación y proponer ideas para solucionarlos son algunos de los compromisos de una prensa democrática. Para alguna vez tener un periodismo mexicano que sea mejor que el de ahora, necesitamos primero revisar su pasado con el fin de entender cómo surgieron los problemas y encontrar la forma de resolverlos.
1
EL PERIÓDICO QUE LLEGÓ
A LA VIDA NACIONAL (1916-1932)
Nunca en la historia política de la república se ha presentado una obra tan difícil a la vez que trascendental como la que tiene ante sí en estos momentos la prensa mexicana.
Excélsior, “Al comenzar”,
18 de marzo de 1917
PARA entender el funcionamiento de la Cooperativa Excélsior entre los años treinta y setenta, las redes de poder en su interior y su participación en el conflicto que sufrió el diario en 1976 es necesario dar primero un salto hacia atrás, a la época en que Excélsior era una empresa privada. Excélsior nació cobijado por la victoria constitucionalista en 1916 y mantuvo una posición favorable a Venustiano Carranza, convencido de que con su triunfo el movimiento armado había terminado y el país debía dedicar todos sus esfuerzos para reconstruirse material y espiritualmente.
Excélsior, entonces, fue producto de la conjunción de dos factores en un instante fundamental para la historia de México en el siglo XX: el primero fue la llegada al poder de un grupo que logró acabar con las rebeliones campesinas del norte y sur del país y con los restos del ala más dura del Porfiriato y tuvo la capacidad de asentar las bases de lo que sería el nuevo Estado mexicano. El segundo factor fue la supervivencia del periodismo industrial surgido a finales del siglo XIX, pero no mediante sus grandes diarios, sino por la experiencia laboral que en ellos obtuvo una generación de periodistas, quienes aplicaron sus conocimientos y contactos políticos para desarrollar los nuevos periódicos mexicanos del nuevo siglo.
Excélsior tuvo, además, una complicada relación con los gobiernos de Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, debido principalmente a su posición editorial (la cual criticaba las medidas aplicadas durante los gobiernos de los dos caudillos) y también a que el Estado mexicano pasaba por un proceso de institucionalización en el cual todavía se estaban enfrentando los diversos grupos que apoyaron a Venustiano Carranza en su lucha contra Huerta, Villa y Zapata.
Esa difícil relación con los sonorenses tuvo un dramático final en 1928, cuando la empresa fue vendida a un grupo empresarial proveniente de Nuevo León que intentó llevar un trato cordial con el Jefe Máximo, pero no pudo negociar con las facciones en el interior del periódico, quienes ejercían presión por la administración de éste. El conflicto entre los empresarios y los empleados de Excélsior se mantuvo hasta 1932, cuando la empresa se declaró en quiebra.
Entre 1916 y 1932, Excélsior adquirió esa imagen que fue tan criticada durante varios años y que lo caracterizó durante gran parte del siglo XX: la de periódico católico y conservador. Sin embargo, este Excélsior también tenía una línea editorial “más abierta”, comprometida con los vencedores de la Revolución y con su proyecto político. En esos años llegaron a Excélsior las personas que construyeron la “historia oficial” del periódico y armaron la estructura sobre la que funcionó la cooperativa por décadas y que entró en crisis durante el sexenio de Adolfo López Mateos.
EL PROYECTO DEL SEÑOR ALDUCIN
A las ocho de la mañana del 18 de marzo de 1917, La Cucaracha dejó de caminar. Era una rotativa de segunda mano instalada en el patio de una casa ubicada en la calle de Colón esquina con Rosales, en el centro de la Ciudad de México. Tres horas antes había comenzado a imprimir los ejemplares de un nuevo diario que llevaba en su cabezal el lema que lo haría famoso durante todo el siglo XX: “El periódico de la vida nacional”. Entre gritos y carreras, los trabajadores del periódico consiguieron echarla a andar. Afuera los voceadores, niños en su mayoría, se desesperaron ante la tardanza, y apedrearon los ventanales del edificio. Tuvo que salir el dueño del nuevo matutino a hablar con ellos para que los papeleros aceptaran esperar un rato más. Para las once de la mañana los ejemplares estuvieron listos y los niños corrieron por las calles para venderlo.1 Los fundadores celebraron la aparición del primer número del nuevo diario disfrutando de un mole de pato antes de regresar a la redacción para elaborar la edición del día siguiente. Así nació Excélsior. Este periódico era fruto del trabajo de un grupo de periodistas comandados por un joven empresario que había tenido la oportunidad de conocer íntimamente el medio periodístico mexicano y que en ese momento aprovechaba los cambios políticos que el país vivía para comenzar una nueva empresa.
Rafael Alducin nació en San Andrés Chalchicomula, Puebla, en 1889. Llegó a la Ciudad de México en 1904 para continuar sus estudios de derecho. Su familia era de posición acomodada, lo que le permitió tener amigos que años más tarde le ayudaron a crear Excélsior. El primero de ellos fue Luis Reyes Spíndola, hijo de Rafael Reyes Spíndola, dueño del periódico más importante del Porfiriato: El Imparcial. Alducin conoció a Reyes Spíndola en el despacho del senador José Castellot, donde el primero trabajaba como ayudante.2 La amistad con Reyes Spíndola le permitió a Alducin volverse un visitante asiduo de la redacción de El Imparcial, como recordó años después Carlos Díaz Dufoo:
Todavía, por un resorte mnemotécnico, reproduzco la visión de los dos muchachos que huroneaban en los departamentos de aquel alcázar del diario. ¿Qué hacían en el vasto recinto de fiebre? De un lado a otro, de la rotativa al fotograbado, del fotograbado al linotipo y del linotipo a la sala de redacción, iban recogiendo datos, almacenando hechos, descubriendo documentos, buscando materiales para una futura empresa, acaso apenas entrevista, pero que tomaba cuerpo lentamente en sus espíritus. Aquellos dos chicos jugaban a hacer periódicos. No lo decían, pero se les adivinaba su pensamiento. Se llamaban Rafael Alducin y Luis Reyes Spíndola. Nosotros los dejábamos hacer, intrigados por aquellos escarceos, con esa simpatía que despierta en los hombres que combaten cada niño que se interesa por su lucha.3
Alducin no quería ser reportero, una profesión mal vista y peor pagada en el México de principios del siglo XX. Él quería saber cómo funcionaba El Imparcial para después crear su propia empresa editorial. Otra pasión de Rafael Alducin eran los automóviles y de ahí surgió su primer negocio: organizaba carreras de autos en los alrededores del bosque de Chapultepec y vendía llantas usadas a talleres para que las rearmaran.4 Fue su afición por las carreras lo que lo introdujo formalmente en el negocio editorial al comprar en 1914 una revista de autos y deportes: El automóvil en México.5 Junto con esa revista, Alducin puso una imprenta para hacer libros, revistas y folletos. Para hacerlo, se asoció con un amigo de la infancia llamado José de Jesús Núñez y Domínguez, con quien se reencontró durante sus visitas a El Imparcial.
Núñez y Domínguez era periodista y fue parte de diversos gremios de reporteros.6 En 1913 formó parte de la Asociación de Periodistas Metropolitanos, de la cual salió acusado por sus antiguos compañeros de ser un “madero-vazquista, científico, mocho, zapatista y díscolo”.7 Ésta y otras experiencias le permitieron hacerse de contactos en la prensa capitalina y de ese modo consiguió empleo como reportero en un semanario fundado durante las fiestas del Centenario de la Independencia de México: Revista de Revistas.8
En 1915, Raúl Mille, dueño de Revista de Revistas —y de la Librería Bouret—, decidió vender el semanario debido a los problemas políticos y la zozobra que vivía la Ciudad de México. Núñez y Domínguez lo platicó con Alducin y éste, luego del pago de 5 000 pesos, se convirtió en el nuevo propietario.9 La empresa de Alducin comenzó a crecer, puesto que ya contaba con dos revistas y la imprenta. Para tener más espacio adquirieron la casa de la calle de Colón.10
El regreso de las tropas carrancistas a la Ciudad de México favoreció a Alducin y a Núñez y Domínguez. En 1916 la empresa de Alducin publicó un libro sobre las relaciones del gobierno constitucionalista con varios países, incluidas las conversaciones con el gobierno de los Estados Unidos auspiciadas por Argentina, Brasil y Chile. El libro tenía por objeto dar a conocer la versión carrancista de los conflictos internacionales que generó la Revolución:
La lectura de los documentos insertos llevará al ánimo del lector el convencimiento de que el Gobierno Constitucionalista ha sido siempre un celoso defensor de la integridad nacional y, de haber quien abrigara dudas o se atrincherara en retrasados recelos, llegará a la conclusión halagadora de que los hombres que actualmente rigen los destinos del país han cumplido constantemente su deber de ciudadanos y de patriotas.11
Núñez y Domínguez dijo años después que la publicación de este libro les sirvió para que el gobierno de Carranza les diera papel para sus revistas a un precio menor que el habitual.12 Sin embargo, parece que no fue la única ayuda que recibieron. Con el triunfo del carrancismo y la desaparición de los grandes periódicos del Porfiriato, el momento parecía apropiado para que nacieran nuevos diarios que con sus opiniones ayudaran a reconstruir al país. Félix Palavicini aprovechó la coyuntura y fundó El Universal en 1916. Alducin y Núñez y Domínguez también se arriesgaron.
Primero necesitaban un grupo de personas que los respaldaran con su experiencia y sus conocimientos del medio periodístico, por lo que configuraron un equipo fogueado durante el Porfiriato y la Revolución. Algunos de los miembros de este grupo aprendieron los fundamentos del trabajo periodístico durante la época de don Porfirio, mientras que otros ya habían llegado a la cima de sus carreras profesionales al dirigir los diarios más importantes de ese tiempo. A todos les afectó la tormenta revolucionaria: unos se quedaron sin trabajo, otros emigraron y el resto tuvo que dedicarse al “periodismo itinerante” para sobrevivir.13 Pero 1916 fue el año en el que la avalancha al fin se detuvo, por lo menos para ellos y sus carreras.
Manuel Flores y Carlos Díaz Dufoo aceptaron la invitación de Alducin para colaborar en el nuevo periódico. Ambos tenían una gran experiencia en el oficio, ya que comenzaron sus carreras durante la segunda mitad del siglo XIX. De hecho, Díaz Dufoo trabajó en un diario muy famoso de esa época: El Siglo Diez y Nueve.14 Ambos fueron directores de El Imparcial (Díaz Dufoo en 1897 y Flores en 1905),15 tuvieron grandes problemas luego de que ese periódico desapareció en 1914 y vieron el proyecto de Alducin como una oportunidad para retomar sus carreras:
[u]n soplo de tempestad derribó [El Imparcial] y nos dispersó en direcciones distintas. Éramos náufragos en un convulso mar sin orillas. Estábamos destinados irremisiblemente a hundirnos. De aquella muerte nos salvó uno de aquellos niños. Nos salvó Rafael Alducin. Y por él pudimos un grupo de esos náufragos tripular la nueva nave, construida por él, con esa fe en sí mismo que ha sido el secreto de su triunfo.16
En 1916 llegó a la Ciudad de México un experimentado reportero proveniente de Chihuahua: Manuel Becerra Acosta. Nacido en 1881, a los 20 años ya dirigía un periódico local, El Universo; años después fundó El Norte, donde publicaba una columna llamada “Balas perdidas”. La Revolución lo obligó a salir del país. Después de viajar por Los Ángeles y Nueva York, llegó a Orizaba, donde fundó La Vanguardia, con el Dr. Atl, José Clemente Orozco y Félix Palavicini. El triunfo constitucionalista le permitió instalarse en la Ciudad de México, donde conoció a Rafael Alducin, quien lo invitó a trabajar en el nuevo periódico.17
Por medio de la agencia Goetschel (con la que tenía tratos comerciales desde los tiempos de El Automóvil…) Alducin vendió espacios publicitarios para su nuevo periódico, lo que le permitió tener dinero para financiar la empresa.18 En 1916 fundaron su primer periódico, El Diario de México, pero publicó sólo cuatro números, ya que tuvieron problemas para organizar su producción. Empero, Alducin y Núñez no perdieron el interés en el proyecto. Compraron La Cucaracha, que pagaron a plazos, y en noviembre de 1916, en Revista de Revistas, anunciaron que pronto México tendría un nuevo diario que llegaría a ser el mejor del país.19
Sin embargo, todavía faltaban muchos detalles, y uno de ellos era el nombre. Núñez consideró que debía sonar diferente a los demás pero no se le ocurría nada, hasta que fijó su mirada en un periódico francés que tenía en su mesa de trabajo y pensó que podían usar el mismo nombre e incluso el mismo diseño.20 La palabra escogida significa en latín “lo más alto”, y era el título de un poema de H. W. Longfellow sobre un alpinista que sacrificaba su vida por alcanzar su meta. Núñez le presentó la idea a Alducin, éste la aceptó, y a finales de 1916 el futuro diario tuvo nombre: Excélsior.
Para febrero de 1917, Excélsior todavía era un proyecto. Faltaba, entre otras cosas, contratar un servicio cablegráfico de noticias. Para conseguirlo, Núñez y Domínguez se comunicó con un amigo que llevaba algunos años viviendo en Nueva York y que podía ayudarlos: Rodrigo de Llano. Nacido en Monterrey en 1890, De Llano comenzó a trabajar como reportero desde los 16 años en el Monterrey News. Pronto emigró a la Ciudad de México y buscó un sitio en El Imparcial, donde fue reportero y jefe de redacción. Al llegar Huerta al poder en 1913, De Llano emigró a Nueva York, donde fundó un periódico en español llamado El Heraldo y una revista especializada en publicidad. Luego de muchos esfuerzos, De Llano había logrado asentarse en la comunidad periodística neoyorkina, cuando Núñez y Domínguez lo invitó a participar en el nuevo diario.
La oferta era que se encargara de dos funciones: conseguirles información cablegráfica y que representara comercialmente al diario en los Estados Unidos. La segunda labor era relativamente sencilla, porque De Llano poseía los contactos necesarios en Nueva York para hacerlo gracias a su revista de publicidad y también porque tenía el apoyo de Jack Starr-Hunt, un estadunidense avecindado en México que después se encargó de editar la página de noticias en inglés del nuevo periódico.
Sin embargo, no era fácil conseguir información para Excélsior. En ese momento Alducin no tenía el dinero suficiente para contratar el servicio de una agencia de noticias, por lo que De Llano tenía que reunir la información más importante que publicaban los periódicos estadunidenses y enviarla a México por telegrama para su publicación.
Núñez le ofreció una paga de 60 dólares al mes (120 pesos oro de la época), “un sueldo insignificante”, dijo De Llano, pero aun así le interesó el proyecto y aceptó convertirse en el nuevo corresponsal y representante del diario de Alducin, aunque sin dejar sus otras labores, lo que, como él decía, “significaba una prolongación extraordinaria de mis horas de trabajo”.21
Con el apoyo de De Llano en los Estados Unidos, Becerra Acosta en la Redacción, Manuel Flores y Díaz Dufoo con su experiencia, y la agencia Goetschel en la venta anuncios, el proyecto estaba listo para empezar. Y después de tardanzas, máquinas descompuestas y pedradas, Excélsior salió a la calle el 18 de marzo de 1917. “Al comenzar”, su primer editorial escrito por Manuel Flores, muestra la política que Excélsior se imponía a sí mismo: ante lo que ellos consideraban el fin del proceso revolucionario iniciado en 1910, para México había llegado la hora de reconstruirse material y sobre todo espiritualmente. Por esta razón era necesario un periódico que sostuviera el principio de autoridad y que colaborara para fortalecer al Estado y la sociedad:
Nunca en la historia política de la república se ha presentado una obra tan difícil a la vez que trascendental como la que tiene ante sí en estos momentos la prensa mexicana. Después de seis años de renovadas contiendas tras una incontrarrestable acción contra el pasado a raíz de un enérgico movimiento a favor de las reformas necesarias, no es mucho que queden en el surco criterios reacios y fuerzas desordenadas que no encuentran aún el verdadero camino que se abre a la reconstrucción nacional. La prensa está destinada a ser la moderadora y la alentadora de los espíritus en estas circunstancias de la vida patria: la orientadora y la vigiladora [sic] al mismo tiempo que la voceadora de la opinión pública. Porque no se trata únicamente de la reconstrucción material, sino también de la reconstrucción espiritual, de las conciencias a la par que las piedras.22
La prensa mexicana —señala el primer editorial de Excélsior— había sufrido dos etapas negativas: la censura aplicada por el Porfiriato y la anarquía durante el maderismo. En la primera, los periódicos se habían vuelto serviles, y en la segunda, se desbocaron atacando al presidente Madero. El resultado de ambos periodos fue el establecimiento de un periodismo que con sus actos contribuyó a lastimar al país, por lo que Excélsior proponía conducirse de manera serena, objetiva e independiente.
Al día siguiente, Excélsior continuó presentando su línea editorial a sus lectores. La Revolución, decían, había llegado al momento de equilibrarse, de pulir sus asperezas, moderar sus impulsos combativos y asumirse como el gobierno en el que se habían convertido. Era momento de organizar al país para volver a crecer. En esa circunstancia, Excélsior se proponía ser un órgano periodístico alejado de cualquier filiación política, y que brindara información y no propaganda a sus lectores.
En estos dos artículos, Excélsior dejó clara su línea editorial: un periódico con visión empresarial, dirigido a la naciente clase media mexicana cuya obligación inmediata era reconstruir al país luego del supuesto fin de la Revolución. Excélsior se veía a sí mismo como un órgano de mediación entre sus lectores y los nuevos gobernantes del país; un diario que reconocía su deuda con la industria periodística surgida en México durante el Porfiriato, pero que apostaba al futuro y a las transformaciones que el país necesitaba para vivir en paz y prosperidad.23
Durante su primer año, Excélsior se sostuvo gracias a un presupuesto mensual de 4 000 pesos obtenido gracias a la venta de espacios publicitarios a los teatros y cines de la capital. La agencia Goetschel se comprometió a entregar cada mes la cantidad antes referida, que apenas alcanzaba para cubrir los gastos del periódico. Cada fin de semana los trabajadores se reunían para cobrar su sueldo y muchas veces debían esperar a que los voceadores entregaran el importe de los diarios vendidos para recibir su paga. En otras ocasiones, Alducin y Núñez y Domínguez pidieron dinero prestado a sus familiares y amigos para que Excélsior no desapareciera.24
A pesar de los problemas económicos poco a poco fue creciendo Excélsior. Como señala María Guadalupe Navarrete:
Alducin implantó en Excélsior una forma distinta de aprovechar los recursos técnicos y periodísticos existentes, para ofrecer a sus lectores una publicación fresca y novedosa. Para él, [los lectores] eran fundamentales como fuente de ingresos y promotores potenciales. La visión empresarial del grupo directivo veía al diario como un negocio, como una mercancía que vende y compra, y así lo ofrecía a los posibles anunciantes; contribuyó a ello su amplio espectro noticioso […] con buenos reporteros e interesantes enfoques noticiosos.25
Alducin y su equipo prefirieron editar Excélsior con tamaño de gran formato y a siete columnas, lo que permitía que tuviera más espacio para cabecear las notas y se viera más espectacular que el tamaño tabloide.26 El diario comenzó a ofrecer diversos productos, como la información enviada por Rodrigo de Llano desde los Estados Unidos, páginas cómicas, una plana con información nacional e internacional escrita en inglés con la intención de atraer a los extranjeros que vivían en México y bellos suplementos dominicales hechos en rotograbado. Especialmente, Excélsior se enfocó en lanzar campañas de interés social que le crearan una imagen positiva entre sus lectores.
No fue el primer periódico en México que realizó este tipo de campañas autopromocionales. El Imparcial realizó esfuerzos parecidos durante su vida, y otros diarios también lo hicieron, pero al periódico de Alducin le sirvieron para crearse una imagen positiva ante la sociedad mexicana. Las campañas fueron variadas: había concursos de ventas de suscripciones en los que regalaban becas para los niños que participaran, publicaban grandes desplegados en los que promovían la vacunación en el país, organizaban competencias para premiar a la mecanógrafa más rápida de la ciudad y en 1922 comenzaron una gran campaña para que el país entero festejara cada 10 de mayo a las madres mexicanas.27 Así comenzó su vida Excélsior, en un momento de grandes cambios para México y especialmente para sus periódicos.
LOS CAMBIOS EN LA PRENSA MEXICANA
DE FINALES DEL SIGLO XIX Y PRINCIPIOS DEL XX
El momento en el que nació Excélsior es fundamental para la historia del periodismo mexicano del siglo XX. A partir de entonces el carácter empresarial determinó la línea editorial y las posiciones políticas de los medios escritos en México. El “periodismo artesanal y combativo” que existió durante la etapa armada de la Revolución cedió el paso a grandes organizaciones (herederas del periodismo industrial de finales del Porfiriato) interesadas no sólo en la información política, sino también en generar ganancias mediante la publicidad.
Al mismo tiempo, al producirse el triunfo constitucionalista comenzó a construirse una nueva relación Estado-medios en la que la colaboración mutua y la búsqueda de ganancias económicas por parte de las empresas periodísticas formaron la base de ese nuevo acuerdo.28
La Revolución cambió la vida del país; casi no hay punto o aspecto de la vida de México que no se haya transformado luego del paso de ese huracán que comenzó en 1910. La prensa no fue inmune a esos cambios. En las primeras décadas del siglo XX, el periodismo mexicano se encontraba en una etapa de transformación en la que los medios pequeños desaparecieron ante la fuerza de grandes periódicos dedicados a difundir información variada para satisfacer las necesidades de los distintos segmentos de la sociedad mexicana.
Sin embargo, muchos de esos cambios fundamentales para el periodismo mexicano tuvieron su origen en la etapa anterior, el Porfiriato. El primero de estos cambios es el paso de una prensa “editorialista” a otra más informativa. En su mayoría, la prensa del XIX —con sus grandes representantes, El Monitor Republicano y El Siglo Diez y Nueve— estaba más enfocada en el análisis y la formación de opinión sobre los diversos acontecimientos nacionales e internacionales. Es hasta el último cuarto de ese siglo que los diarios se enfocaron en un género periodístico producto de la modernidad y la tecnología: la nota informativa.29
El desarrollo de los ferrocarriles, el telégrafo y el teléfono, que proporcionaban información rápida de acontecimientos ocurridos en sitios lejanos, sirvió para que los diarios contaran con noticias actuales que difundían entre sus lectores. La necesidad de difundir cada vez más información hizo que poco a poco se profesionalizaran varios oficios periodísticos, como los prensistas, linotipistas, editores, directores, jefes de redacción, dibujantes y reporteros, por supuesto. Si bien muchos de estos oficios ya existían, las transformaciones tecnológicas los obligaron a mejorar para ofrecer un producto distinto a los lectores.30
El reportero de finales del siglo XIX y principios del XX
