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Este libro es para mí. Este libro es un acto de reafirmación personal. Este libro surge de la necesidad de alzar la voz, de recordarme quién soy y dónde estoy. Este libro es la expresión de un camino de lucha, de idas y venidas por la senda de la vida, esa senda oculta por la que algunas transitamos sin que nadie lo perciba. Este libro es para quien lo desee leer.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© María Isabel González Díaz
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-17818-71-5
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Dedicado a mis grandes amores:
Euri, compañero de vida,
y a mis hijos,
María y Pablo.
identidad2015
Cual mensaje en una botella
veinte años después,
la que fui
me ha enviado un mensaje.
Ahora lo sé.
Se acortó el espacio,
se contrajo el tiempo
y, por fin,
supe.
Siempre estuvo ahí
esperando paciente
a que la puerta,
de nuevo,
se abriese.
La paz de mi ser,
que ayer era tormento,
locura,
se ha tornado azul
y he respirado
tras una vida sin hacerlo.
Y he parado el tiempo
y me he atrevido a salir
de mí.
La emoción más intensa,
el dolor más agudo
y la luz,
por primera vez,
han convivido
y una sonrisa
ha iluminado mi alma.
Recibí tu carta,
querida niña,
y te perdono
por no haber sido,
por no mostrarte,
por haberte sumergido
tras la niebla del pasado.
Me he parado
a mirar la vida.
Me he bajado un instante
de la rueda.
¡Qué mal vivimos!
¡Qué absurda
lucha diaria!
Correr de un lado
para otro,
sin tiempo para ver
la belleza circundante,
para escuchar
de verdad,
para disfrutar
del silencio.
He vuelto
al seno materno.
Fugazmente.
Y no quería
salir de allí.
He vuelto con mi madre
y he sonreído,
y me ha acompañado
unos instantes.
Y le mostré
a mis hijos,
y sentí un gran amor.
Y me he despedido.
Y he dado gracias
por el amor compartido,
por el amor entregado.
Y perdoné.
Un corazón
asustado,
con miedo
a la vida,
con miedo
al dolor,
que perdura
intemporal
en su alma de niña,
que se niega
a ser mujer.
Una niña solitaria,
sosteniendo
el peso del mundo
y del silencio,
y la inmensidad del vacío,
en su cárcel
con barrotes de cristal.
Invisibles.
Y la muerte,
poderosa
e incomprendida,
nos regala
una vez más
la conciencia
de la vida,
del aire,
de la luz,
por los ojos
que no ven
más.
Imposible
permanecer cada día
en la intensidad
del sentir.
Mejor anestesiar
con la vida cotidiana
el abismo que se atisba.
Y esa niña
me ha tomado
de la mano
y me anima
a dejar
la puerta abierta.
Por última vez.
Por primera vez.
Y tirará la llave
al fondo del olvido.
Y romperá
los barrotes de cristal.
Y no pondrá
más impedimentos.
Y respirará,
al fin,
junto a un corazón amigo,
junto a otras almas olvidadas,
que han vuelto a estar
presentes,
que se han hecho
visibles.
Aquella caja de madera
con la cerradura rota
y el corazón
neutro
ha podido abrirse
y mostrará
el tesoro escondido
a quien quiera.
La huella del pincel
en el lienzo
del alma,
y el abismo
que te absorbe
(quizás llegó el momento
de rendirse).
Mientras,
intentando entender,
intentando salir
sin manos
para asirte,
sin encontrar el blanco
que tanto busqué.
En un fugaz instante
la luz
brilló.
Y parecía alcanzable.
Y una dicha inmensa
inundó mi alma.
Un faro de esperanza
me alumbró.
Pero,
igual que un suspiro,
se desvaneció.
Y con ella
la ilusión de que un cambio
era posible.
Una maraña de líneas
enredan confusas
todo propósito.
Otra vez,
los pilares de espuma
son los que sustentan.
Otra vez,
las lágrimas
inundan el espacio.
Otra vez,
he perdido la llave.
Las formas siguen
sin dejarse atrapar.
La energía tiene
cuerpo de color
y las palabras
son las que le dan
presencia.
Nada importa.
Tal vez solo hay
que dejarse tragar
por las fauces del dolor.
Y gritar.
Y respirar.
Y emerger.
Nuevamente.
Y volver a nacer,
mirando con la inocencia
de unos ojos
que no entienden.
Y dejar que el mar te lleve
hasta el lugar
donde nace el sol,
y sentir el calor
y las ganas de seguir,
pese a todo.
Pese a mí.
Dejar de respirar,
sin necesidad de hacerlo.
Llegué a un recóndito lugar
y fui feliz
allí.
Y entonces,
empecé a sonreír.
Y unas lágrimas
de placer
inundaron mis ojos.
Sentí que una
surcaba mi rostro
y una ola de amor
me recorrió.
Sentí su presencia,
mi niña interior,
pura.
Y la quise.
Se lo repetí
una y otra vez:
te quiero,
perdón
por el maltrato.
Dejar de respirar.
Sin necesidad de hacerlo.
Llegar
a un recóndito lugar
y ser feliz.
Paisaje de interior,
el dolor de la pérdida,
que dura más
que el goce sentido.
Falsa ilusión
ya caigo al abismo.
Lloro porque tengo que volver
de ese lugar tranquilo.
Qué fugaz emoción
alberga mi alma
por aquello que abandono
al minuto de nacer.
Tengo que aceptar
que la puerta
se ha abierto.
