La senda - Marisa González Díaz - E-Book

La senda E-Book

Marisa González Díaz

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Beschreibung

Este libro es para mí. Este libro es un acto de reafirmación personal. Este libro surge de la necesidad de alzar la voz, de recordarme quién soy y dónde estoy. Este libro es la expresión de un camino de lucha, de idas y venidas por la senda de la vida, esa senda oculta por la que algunas transita­mos sin que nadie lo perciba. Este libro es para quien lo desee leer.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© María Isabel González Díaz

Diseño de edición: Letrame Editorial.

ISBN: 978-84-17818-71-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Dedicado a mis grandes amores:

Euri, compañero de vida,

y a mis hijos,

María y Pablo.

identidad2015

Cual mensaje en una botella

veinte años después,

la que fui

me ha enviado un mensaje.

Ahora lo sé.

Se acortó el espacio,

se contrajo el tiempo

y, por fin,

supe.

Siempre estuvo ahí

esperando paciente

a que la puerta,

de nuevo,

se abriese.

La paz de mi ser,

que ayer era tormento,

locura,

se ha tornado azul

y he respirado

tras una vida sin hacerlo.

Y he parado el tiempo

y me he atrevido a salir

de mí.

La emoción más intensa,

el dolor más agudo

y la luz,

por primera vez,

han convivido

y una sonrisa

ha iluminado mi alma.

Recibí tu carta,

querida niña,

y te perdono

por no haber sido,

por no mostrarte,

por haberte sumergido

tras la niebla del pasado.

Me he parado

a mirar la vida.

Me he bajado un instante

de la rueda.

¡Qué mal vivimos!

¡Qué absurda

lucha diaria!

Correr de un lado

para otro,

sin tiempo para ver

la belleza circundante,

para escuchar

de verdad,

para disfrutar

del silencio.

He vuelto

al seno materno.

Fugazmente.

Y no quería

salir de allí.

He vuelto con mi madre

y he sonreído,

y me ha acompañado

unos instantes.

Y le mostré

a mis hijos,

y sentí un gran amor.

Y me he despedido.

Y he dado gracias

por el amor compartido,

por el amor entregado.

Y perdoné.

Un corazón

asustado,

con miedo

a la vida,

con miedo

al dolor,

que perdura

intemporal

en su alma de niña,

que se niega

a ser mujer.

Una niña solitaria,

sosteniendo

el peso del mundo

y del silencio,

y la inmensidad del vacío,

en su cárcel

con barrotes de cristal.

Invisibles.

Y la muerte,

poderosa

e incomprendida,

nos regala

una vez más

la conciencia

de la vida,

del aire,

de la luz,

por los ojos

que no ven

más.

Imposible

permanecer cada día

en la intensidad

del sentir.

Mejor anestesiar

con la vida cotidiana

el abismo que se atisba.

Y esa niña

me ha tomado

de la mano

y me anima

a dejar

la puerta abierta.

Por última vez.

Por primera vez.

Y tirará la llave

al fondo del olvido.

Y romperá

los barrotes de cristal.

Y no pondrá

más impedimentos.

Y respirará,

al fin,

junto a un corazón amigo,

junto a otras almas olvidadas,

que han vuelto a estar

presentes,

que se han hecho

visibles.

Aquella caja de madera

con la cerradura rota

y el corazón

neutro

ha podido abrirse

y mostrará

el tesoro escondido

a quien quiera.

La huella del pincel

en el lienzo

del alma,

y el abismo

que te absorbe

(quizás llegó el momento

de rendirse).

Mientras,

intentando entender,

intentando salir

sin manos

para asirte,

sin encontrar el blanco

que tanto busqué.

En un fugaz instante

la luz

brilló.

Y parecía alcanzable.

Y una dicha inmensa

inundó mi alma.

Un faro de esperanza

me alumbró.

Pero,

igual que un suspiro,

se desvaneció.

Y con ella

la ilusión de que un cambio

era posible.

Una maraña de líneas

enredan confusas

todo propósito.

Otra vez,

los pilares de espuma

son los que sustentan.

Otra vez,

las lágrimas

inundan el espacio.

Otra vez,

he perdido la llave.

Las formas siguen

sin dejarse atrapar.

La energía tiene

cuerpo de color

y las palabras

son las que le dan

presencia.

Nada importa.

Tal vez solo hay

que dejarse tragar

por las fauces del dolor.

Y gritar.

Y respirar.

Y emerger.

Nuevamente.

Y volver a nacer,

mirando con la inocencia

de unos ojos

que no entienden.

Y dejar que el mar te lleve

hasta el lugar

donde nace el sol,

y sentir el calor

y las ganas de seguir,

pese a todo.

Pese a mí.

Dejar de respirar,

sin necesidad de hacerlo.

Llegué a un recóndito lugar

y fui feliz

allí.

Y entonces,

empecé a sonreír.

Y unas lágrimas

de placer

inundaron mis ojos.

Sentí que una

surcaba mi rostro

y una ola de amor

me recorrió.

Sentí su presencia,

mi niña interior,

pura.

Y la quise.

Se lo repetí

una y otra vez:

te quiero,

perdón

por el maltrato.

Dejar de respirar.

Sin necesidad de hacerlo.

Llegar

a un recóndito lugar

y ser feliz.

Paisaje de interior,

el dolor de la pérdida,

que dura más

que el goce sentido.

Falsa ilusión

ya caigo al abismo.

Lloro porque tengo que volver

de ese lugar tranquilo.

Qué fugaz emoción

alberga mi alma

por aquello que abandono

al minuto de nacer.

Tengo que aceptar

que la puerta

se ha abierto.