La señorita Bubble - Ledicia Costas - E-Book

La señorita Bubble E-Book

Ledicia Costas

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Beschreibung

La gente de la aldea odiaba a la señorita Bubble desde que llegó. La inventora apareció una mañana soleada, conduciendo un descapotable que funcionaba a vapor, y se instaló en una casa deshabitada durante años. La rechazaron por su trabajo, por sus inventos, por su manera de vivir. Nadie sospechaba lo que realmente sucedía dentro de la mansión de la señorita Bubble.

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Seitenzahl: 109

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Índice

CAPÍTULO I. NOA Y SOFI

CAPÍTULO II. LA SEÑORITA BUBBLE

CAPÍTULO III. MANSIÓN BUBBLE

CAPÍTULO IV. VINCENT

CAPÍTULO V. EL LABORATORIO DE LAS GRANDES COSAS

CAPÍTULO VI. LA COMENIÑOS

CAPÍTULO VII. LA MAFIA SICILIANA

CAPÍTULO VIII. UNA IDEA ARRIESGADA

CAPÍTULO IX. UN OJO NADA NORMAL

CAPÍTULO X. LOS OTROS HABITANTES Y EL CORAZÓN

CAPÍTULO XI. FUEGO

CAPÍTULO XII. LÁGRIMAS

EPÍLOGO

ESCRIBIERON Y DIBUJARON...

CRÉDITOS

CAPÍTULO I

NOA Y SOFI

El mundo es como una macedonia o un helado de tutti frutti. Hay gente para todos los gustos. Existen personas simpáticas, antipáticas, lunáticas, aristocráticas, fanáticas, reumáticas… Estas últimas se pasan la vida enfadadas, especialmente en los días de niebla. La niebla es muy traidora. Cuando respiran, se les mete dentro del cuerpo a través de los agujeros de la nariz, provocando que les duela desde la punta del pie hasta el hueso más alto del cráneo. Y de todos es sabido que el dolor y el buen humor son incompatibles. De hecho, el mal genio de las personas reumáticas es conocido mundialmente. El récord Guinness de cabreo lo posee un ruso. Defiende el título desde el año 1996. Permaneció enfadado noventa y tres días, con el ceño fruncido incluso cuando dormía. Se dedicaba a quejarse y a protestar sin descanso, arremetiendo contra todo aquel que se cruzaba en su camino. Y, por supuesto, durante esos noventa y tres días, no sonrió ni una sola vez. Cosa de las nieblas internas. Pero dejemos tranquilos a los reumáticos, que bastante tienen con soportar su propio mal humor. Me interesa hablar de otra clase de personas, de esas que son imaginativas, ocurrentes y con una chispa tal que podrían encender una cerilla solo con concentrar toda la energía en su mirada. Así era Noa, una niña soñadora y creativa. Tenía nueve años y de mayor quería ser astronauta, solo para clavar en la Luna una bandera con las palabras: NOA, LA NIÑA EXPLORADORA, ESTUVO AQUÍ. Nuestra amiga tenía una hermana pequeña llamada Sofi. Con tan solo seis años, las ideas de Sofi estaban bastante claras: de mayor sería futbolista o política. Las dos formaban un equipo fantástico. A pesar de que algunas veces discutiesen por cosas de hermanas, se querían por la vida.

Sería maravilloso poder afirmar que el mundo está lleno de personas geniales como Noa y Sofi; que es raro encontrar gente ruin y aprovechada. Mas decir tal cosa sería mentir, y las mentiras no llevan a ninguna parte. Pero ya está bien de enredos, vayamos al corazón de la historia: todo empezó un lunes, que es el mejor día de la semana para que sucedan cosas. Las dos hermanas salieron tarde para el colegio. No fue culpa suya. La persona que venía a ayudar en casa y ponerles el desayuno por las mañanas después de que sus padres se fuesen a trabajar no apareció. Noa tuvo que hacerse cargo de todo: ayudar a Sofi a vestirse, hacerle la coleta, calentar la leche, coger las galletas y los cereales de la alacena, asegurarse de que se tomara todo el desayuno, preparar las bolsas de la merienda, organizar las mochilas… una lata. Sobre todo para una niña de nueve años. Pero a pesar de los obstáculos, le salió todo bastante bien, salvo por un detalle: dejó atrás el libro que tenía que devolver en la biblioteca del colegio aquella misma mañana. Se dio cuenta cuando ya habían recorrido la mitad del camino. Como habían perdido el autobús, no les quedó más remedio que echar a andar. La escuela no estaba muy lejos de casa, unos 25 minutos caminando al paso de Sofi, pero si daban la vuelta para coger el libro llegarían tardísimo, así que Noa decidió que daba igual. Seguro que si se lo explicaba a la maestra encargada de la biblio, doña Úrsula (más conocida entre los niños como la Caniche), comprendería la situación. Era una señora con malas pulgas y alergia a los niños, pero en aquella ocasión Noa tenía una justificación de peso para no devolver el libro. O quizás no.

—¡No me vengas con historias! —le gritó doña Úrsula lanzando rayos y centellas por los ojos cuando intentó explicarle que había olvidado el libro—. ¡Estás castigada sin recreo! Ponte ahí de pie, contra la pared. Y nada de llevarte libros de esta biblioteca hasta que pase un mes. ¡A ver si así aprendes, cerebro de mosquito!

La cosa que más le gustaba en el mundo a Noa era leer. Visitaba la biblioteca varias veces todas las semanas. Cogía prestados libros que devoraba en casa como si fuesen un delicioso pastel de chocolate y crema, y los devolvía siempre cuando correspondía. Se mire por donde se mire, aquel castigo era injusto.

—¿Un mes? —protestó la futura astronauta—. Pero si siempre nos estáis insistiendo en que tenemos que leer, que es bueno para la cabeza, para el vocabulario y para la vida. ¿Cómo puede una bibliotecaria castigar a una niña sin libros? Eso no tiene sentido —razonó, pensando en que con aquel argumento a doña Úrsula no le iba a quedar otra que cambiar de opinión.

—¡Demonio de niña! —le respondió la Caniche rabiosa, con todos los pelos de punta—. ¡Serás insolente! Pues que sepas que yo no consiento las insolencias. El mes acaba de transformarse en dos meses sin libros. Atrévete ahora a replicarme —añadió, clavándole la mirada como si la odiase con cada célula de su cuerpo.

En la biblioteca se hizo el silencio. El alboroto habitual del recreo cesó. Todos los niños se callaron de repente al ver a la Caniche fuera de sí y con los pelos de punta. No entendían por qué se ponía de esa manera. A fin de cuentas, lo que había sucedido no era tan grave. Noa tan solo había olvidado devolver un libro.

Al llegar a este punto, la niña sintió la presencia de Sofi. Su manera de respirar cuando estaba nerviosa era inconfundible. La pequeña le tiró de la manga de la chaqueta para hacerse notar.

—Noa, ¿qué paza? —susurró temerosa.

Cuando se asustaba no era capaz de pronunciar la ese y hablaba así de raro.

—¡Tu hermana está castigada sin recreo y sin libros por cerebro de mosquito y por insolente! —le contestó doña Úrsula, con un inmenso desprecio.

—Noa no tiene cerebro de mozquito. Ella ez muy lizta.

—¡A callar! Empieza a picarme todo el cuerpo —protestó la Caniche rascándose los brazos con nerviosismo—. Esta maldita alergia otra vez. Venga, niña, fuera de aquí que me produces urticaria —le contestó a Sofi—. ¡Que corra el aire!

Los ojos de Sofi se llenaron de lágrimas ¡Qué mal le habían sentado las palabras de la bibliotecaria! Noa, que ante todo era una niña comprensiva y sensible, se indignó. Doña Úrsula no tenía derecho a echar a su hermana de la biblioteca, ni tampoco a hablarles de aquella manera. Quería decirle a aquella señora todo lo que pensaba de ella y de su forma de tratarlas, pero las únicas palabras que le salieron fueron las siguientes:

—Estar en esta escuela es como estar con una cobra dentro de una jaula.

La frase no era suya. Precisamente, la había leído en el libro que se había olvidado en casa. Una historia maravillosa sobre una niña muy lista con poderes mágicos.

Doña Úrsula, al escuchar aquello de la boca de Noa, se trastornó por completo. Se puso roja, luego blanca y después azul. Todos los niños pensaron que iba a empezar a echar espuma venenosa por la boca, pero por suerte eso no llegó a suceder.

—¡A la directora! —bramó, con los ojos incendiados por la ira.

Noa agarró a Sofi de la mano y salieron de la biblioteca muy dolidas y también algo asustadas. Si la Caniche tenía malas pulgas, la Bulldog era la reencarnación del diablo. No en vano eran hermanas.

—¿Qué le paza a ezamaeztra? —le preguntó Sofi a Noa—. ¿Por qué noz ha tratado tan mal?

—Debe ser reumática —razonó ella, que no le encontraba otra explicación a semejante comportamiento.

—¿Y por qué ze razcaba tanto?

—Porque a saber cuántas semanas lleva sin pasar por la ducha —le dijo en broma, para hacerla reír.

Noa llamó a la puerta del despacho de la Bulldog, pero allí no había nadie.

—¿Y ahora qué hacemoz?

—Esperar aquí un poco, hasta que regrese, y aguantar la reprimenda. No te preocupes, que tú no has hecho nada —añadió, tratando de tranquilizar a Sofi—. Saldremos de esta, ya verás.

—¿Y zi noz vamoz? —le preguntó la niña, que estaba realmente asustada—. Podemoz decirle a mamá y papá que me empezó a doler la barriga o que me dio un ataque de azma y decidizte llevarme para caza corriendo.

¡Qué lista era Sofi! Noa tenía siempre la sensación de que ser la hermana mayor era lo mismo que ser una especie de mamá pequeña, pero aprendía de aquella jovencita todos los días. Dirigió una mirada rápida al exterior. El cartero acababa de entrar en el recinto de la escuela dejando el portal abierto. La idea de Sofi le parecía más brillante a cada segundo. Tenían la salida tan cerca…

—Ahora o nunca —susurró Noa, con el corazón latiendo al ritmo de pum-pum-pum.

Agarró la mano de Sofi con decisión y le dijo con voz muy baja:

—Nos vamos para casa. ¡Venga, corre!

Así fue como las dos hermanas, mezclándose entre el resto de niños que jugaba en el patio, salieron del colegio sin que nadie se diera cuenta. Ni la bibliotecaria ni sus compañeros de clase. Ni siquiera la maestra a la que le tocaba vigilar el patio, con la que estuvieron a punto de tropezar en su desenfrenada carrera hacia la libertad.

CAPÍTULO II

LA SEÑORITA BUBBLE

Noa sentía que volaba sobre el asfalto. Sus pies tenían alas y ella era una paloma blanca, arriba, en el cielo. ¡Lo habían hecho, acababan de huir del colegio! ¡Qué atrevidas! En condiciones normales asumirían la reprimenda de la directora y el castigo sin rechistar. Pero doña Úrsula había sido tan injusta con ellas que no lo podían aceptar. ¡Rebeldía!

—¡Somos libreeeeeeees! —gritó Noa, sin dejar de correr ni de tirar de su hermana, que por momentos parecía quedarse atrás.

Esperó la respuesta de Sofi a su grito magnífico y liberador. Lo normal en una situación como esa sería que la pequeña la acompañase con una frase como esta: «¡Hasta nunca, groseras!». O esta otra «¡Que os den morcillas, malditas!». Pero Sofi no dijo nada. Extrañada por el silencio de su hermana, Noa se detuvo.

—¡Sofi! —exclamó al verla con la cara encendida como un semáforo.

La niña se estaba ahogando. Cada vez que intentaba respirar emitía un ruido agudo que la ponía muy nerviosa.

—¡Sofi, perdona! Es culpa mía, que he echado a correr como una loca —se disculpó Noa mientras abría la mochila de su hermana para coger el inhalador—. Venga, dale un chufletazo.

La niña se había llevado varios sustos, pero desde que la doctora le había dicho que era asmática y que no podía separarse del inhalador, se sentía algo más segura. Por lo menos, si le daba un ataque, tenía aquel medicamento mágico que le ayudaba a respirar.

—¡Chufletazo! —exclamó Sofi cuando, por fin, tras varios minutos de nervios, recuperó el aliento.

Rompió a reír. Ella misma había inventado aquella palabra y le hacía mucha gracia cada vez que alguien de su familia la utilizaba.

—¿Estás mejor?

—Estoy, sí. ¡Pero no corras, porfa!

En ese instante, un ruido parecido a una traca de petardos explotando en el interior de una lavadora hizo que concentrasen sus miradas en la carretera. A lo lejos se acercaba aquella vecina inglesa tan estrafalaria, montada en su vehículo. La mujer se detuvo, apagó el motor y bajó.

—¿Estás bien? —le preguntó a Sofi después de dirigir una mirada al inhalador.

—Sí. Le he dado un chufletazo al medicamento mágico y ya respiro de maravilla —le explicó.

—¿Ese medicamento no servirá también para arreglar motores a vapor, verdad? —inquirió la mujer señalando el motor de su vehículo—. Como dices que es mágico…

Sofi no entendió la pregunta y se quedó mirando para ella con los ojos muy abiertos, observándola con toda su atención.

—Me encanta su vestido, su sombrero y el parche del ojo —le confesó la niña.

—¡Pues debes de ser de las pocas personas de este pueblo a las que les gusta mi atuendo! Yo soy la señorita Bubble. Encantada de conocerte, Sofi.

Noa se quedó petrificada. ¿Cómo podía saber aquella mujer el nombre de Sofi? ¿Sería cierto aquello que decían en el pueblo de que era una bruja que secuestraba a los niños para cortarlos en pedacitos, atravesarlos con brochetas y luego merendarlos delante de la chimenea de su salón?

—¿Y tú eres Noa, verdad? —le preguntó la señorita Bubble mirándola a los ojos.

—Sí, soy Noa —le contestó ella con cierto temor—. ¿Pero cómo sabe usted nuestros nombres?