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Extravaganzza Pérez vive en una casa que parece un zoológico. Sus padres son dos biólogos de fama, que aunque parecen estar locos quieren muchísimo a los animales y, por supuesto, a su hija. Un día se van a una expedición secreta dejando a Extravaganzza sola en casa. Ella está encantada de vivir sin padres, cree que es lo mejor que le puede pasar a una chica. Excepto si estos no dan señales de vida durante semanas.
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Seitenzahl: 123
Veröffentlichungsjahr: 2019
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BREVE NOTA DE CÓMO COMIENZA ESTA HISTORIA
EL AÑO DEL PELÍCANO
¡HASTA LUEGO, CASA PAVO!
¿UN GLOBO AEROSTÁTICO?
¡ARRIBA, FLAMENCOS!
NOCTURNIA
OCÉANO VERDURA
ILUSIÓN ÁRTICA
SELVÁTICA
SELVÁTICA PROFUNDA
LA ISLA DE LAS ESCULTURAS
LOS GRUÑER
EPÍLOGO
ESCRIBIERON Y DIBUJARON...
CRÉDITOS
La casa más singular de Villa Sueño era una edificación con el tejado como el sombrero de una bruja y la fachada pintada imitando las plumas de un pavo real. Estaba situada en una colina desde donde se divisaba todo el valle y los alrededores. La gente había bautizado aquella extraña vivienda con el nombre de Casa Pavo. En Casa Pavo vivía una pareja de investigadores llamados Cocó Pérez y Sebastián Pérez. Se dedicaban a buscar nuevas especies de animales y siempre estaban rodeados de probetas, lupas, microscopios y bichos, ¡muchísimos bichos!
Cocó y Sebastián esperaban con ansia la llegada de su primera hija. Normalmente los padres escogen el nombre de sus pequeños mucho antes de que nazcan. Pero en este caso, por más que pensaban, no encontraban uno que les gustase. La barriga de Cocó crecía y crecía y el nombre seguía sin aparecer. Por eso decidieron llamarle Criatura Pérez de manera provisional y esperar al nacimiento, convencidos de que nada más verla sabrían cuál era el nombre perfecto para su hija.
—¿Criatura, qué te pasa? ¿Tienes hambre? —le preguntaba la madre en voz baja, cuando la niña le daba pataditas dentro de la barriga.
—Mira, Sebastián. Pon la mano aquí, cerca de mi ombligo. ¡Criatura está bailando! —exclamaba Cocó en otras ocasiones.
La niña llegó al mundo una tarde de invierno en la que llovió tanto que se inundaron las calles del pueblo, y había que desplazarse en barca. Para sorpresa de sus padres, de la matrona y de las enfermeras, Criatura traía puestas unas gafas pequeñitas de montura azul. Jamás habían visto una cosa semejante.
—¡La niña viene con gafas! —exclamó una doctora.
—¿Tiene miopía? —preguntó un enfermero, buscando una razón que explicase semejante rareza.
—Tal vez sea hipermetropía —sugirió la matrona, con los ojos abiertos como dos huevos fritos.
El padre de la criatura, un biólogo que no creía en los milagros, cogió a la niña en brazos y la observó con curiosidad.
—Qué bonita eres —le dijo con la emoción de quien ve a su hija por primera vez—. Y qué sabio tu cuerpo —añadió, convencido de que las gafas se debían a que la niña padecía un problema grave de visión—. Creo que tu nombre es Extravagancia.
—Extravaganzza suena mucho mejor —puntualizó la madre, que tenía debilidad por todo lo relacionado con Italia.
Y así fue como aquella pequeña con gafas azules pasó de llamarse Criatura Pérez a llamarse Extravaganzza Pérez. Nunca lograron desvelar el misterio de las gafas. En el pueblo algunos afirmaban que, durante el embarazo, en un antojo de hambre voraz, la madre se había comido unas gafas de un bocado y que por eso la niña había nacido así, con ellas puestas. Pero eso solo era un rumor. Con el tiempo pudieron comprobar que Extravaganzza, sin sus gafas, estaba perdida. Lo veía todo borroso, como si el mundo fuese una enorme mancha.
Pero la aventura que voy a relatar a continuación no empieza con el nacimiento de Extravaganzza ni tampoco con el misterio de sus gafas. Empieza cuando esta niña tan especial tuvo que emprender un largo viaje por lugares remotos, en búsqueda de sus padres. Así que vamos a darle hacia delante al reloj para situarnos en el Año del Pelícano, que es donde de verdad arranca esta historia.
Casa Pavo era un auténtico zoológico. Cocó, Sebastián y Extravaganzza vivían rodeados de animales. En la cocina tenían un terrario lleno de insectos palo. Detrás de la vivienda había una enorme charca donde peces, ranas y tortugas convivían en total armonía. Y en el jardín, en un árbol llamado morera blanca, vivía una familia de gusanos de seda. Extravaganzza les llamaba gusanos peludos, porque cuando llegaban a la quinta edad, justo antes de convertirse en mariposas, se rodeaban de un capullo de seda que parecía pelo blanco. ¡La de horas que pasaba la niña con todos esos bichos!
A menudo cogía los insectos palo del terrario y los liberaba por el jardín. Como los insectos palo son bastante vagos, apenas daban unos pasitos, pero esto le bastaba a Extravaganzza. Le gustaba muchísimo observar sus movimientos. Tanto los insectos palo como las mantis religiosas le parecían karatekas, con sus extremidades largas y estilizadas. Su preferido era un hermoso ejemplar de insecto hoja gigante. Sus padres, que siempre pronunciaban los nombres de los animales en latín, lo llamaban Phyllium giganteum. Era impresionante, parecía una auténtica hoja de árbol. Nadie diría que era un insecto.
Una tarde, Cocó y Sebastián encontraron a su hija en el jardín. A sus pies había varios insectos palo y también estaba Lola, la mantis. Extravaganzza trataba de imitar sus movimientos, con bastante poca habilidad, todo hay que decirlo.
—Hija, ¿qué haces? —le preguntó Sebastián.
—¡Chssss, que me desconcentras! —contestó la niña—. Estoy en una clase de karate.
—¿Ah, sí? ¿Y quién es el profesor?
—Los profesores —puntualizó la chiquilla—. Pues están aquí, en el suelo. ¿No los ves? —preguntó señalando los insectos, que descansaban plácidamente sobre la hierba.
—¡Esta hija nuestra tiene cada cosa! —comentó Cocó con Sebastián, en voz baja.
Pero de todos los animales, la niña sentía debilidad por una pareja de flamencos. Habían llegado a Casa Pavo siete años atrás y desde entonces vivían en la charca. Era una auténtica rareza que dos flamencos se separasen de la colonia a la que pertenecían. Extravaganzza pasaba muchas horas con ellos y, aunque hablasen idiomas distintos, se entendían a la perfección.
Una tarde en la que llovió a cántaros, tanto como el día en que nació Extravaganzza, ocurrió algo maravilloso. Los flamencos estaban construyendo una especie de volcán con el barro que se había formado en la orilla de la charca. El volcán era en realidad un nido. Las aves lo estaban preparando todo para la puesta de huevos, un acontecimiento que solo se producía en épocas de mucha lluvia. Días después, Extravaganzza descubrió a la flamenca sentada en el cráter con su imponente plumaje naranja extendido sobre el volcán. La niña empezó a dar saltos de alegría:
—¡Ualaaaaaa! —gritó emocionada—. ¡Mamá, papá, rápido, venid corriendo! ¡Voy a ser tía!
Cocó y Sebastián corrieron hacia la charca alertados por los gritos de la niña.
—¡Caramba! —exclamó Cocó, examinando la situación—. Nada más y nada menos que dos huevos. ¡La familia crece!
Desde entonces, lo primero que hacía Extravaganzza tan pronto como se despertaba era ir a echarle un vistazo al nido. Durante varias semanas eso se convirtió en su pasatiempo favorito. Se ponía las gafas y, aún en pijama, salía disparada a revisar el nido. Allí encontraba siempre a uno de los padres, que se turnaban para incubar los huevos. La niña le acariciaba el plumaje del lomo y a continuación le daba ánimos:
—¡Esto va de maravilla! Dentro de poco tendremos corriendo por el jardín dos pollitos muy flamencos.
El ave inclinaba hacia delante su interminable pescuezo para que Extravaganzza le hiciese unos mimos en la cabeza. Enseguida aparecía también el otro flamenco, para reclamar caricias.
—¡Pero cuánto os gustan los mimos! —les solía decir Extravaganzza a los futuros padres.
El día en que los huevos eclosionaron fue inolvidable. Sucedió un sábado por la mañana, exactamente treinta días después de que la flamenca hubiese hecho la puesta. Extravaganzza se emocionó al ver que los huevos tenían un agujero. En su interior los pollitos peleaban por salir de la cáscara y conocer el mundo. Después de unos minutos de lucha, con la cáscara todavía sobre la cabeza como si fuese un sombrero, los pollitos salieron a la luz. Lo que más le llamó la atención a Extravaganzza fue que su plumaje no era naranja, como el de sus padres. Eran dos copos de nieve con patas: completamente blancos, pequeños y torpes, pero a ella le parecieron los animales más maravillosos que había visto nunca.
—¡Qué bárbaro, son macho y hembra! —exclamó Cocó, a quien no se le escapaba una.
—Bienvenidos al mundo, Flamenquita y Flamenquito —los recibió Extravaganzza abriendo mucho los brazos, como queriendo abarcar todo el horizonte para ellos.
—¿Así se van a llamar, Flamenquita y Flamenquito? —le preguntó su padre.
La niña le dijo que sí moviendo la cabeza con energía. La sonrisa le iluminaba el rostro.
—¡Pues que así sea! —gritó Sebastián, todo contento.
Madre, padre e hija se agarraron de las manos y empezaron a cantar haciendo la rueda alrededor de los pollitos, que debían de estar pensando en lo peculiar que era la familia donde les había tocado nacer. ¡Y esto solo era el principio!
Con el nacimiento de los esperados flamenquitos fue como empezó la emocionante aventura que tendría lugar durante el fabuloso Año del Pelícano. Cocó y Sebastián habían diseñado un calendario muy particular, donde cada año se correspondía con un animal. La pareja había relacionado los comportamientos de distintas especies con ciertos movimientos planetarios. Si sus cálculos no fallaban, durante el Año del Pelícano se iban a producir migraciones masivas de estas aves. Siguiendo la trayectoria inversa a la de los pelícanos, ellos deberían partir hacia un lugar muy lejano a recoger muestras de varias especies en peligro. Por este motivo, Cocó, que además de por la biología sentía pasión por la mecánica, llevaba semanas dedicando unas horas al día a preparar la furgoneta en la que viajaban durante las expediciones. Era un vehículo muy potente y también poco discreto. Entre el ruido que hacía el tubo de escape y la decoración de la carrocería, con fondo amarillo y palmeras y plataneros de un verde muy llamativo, era imposible pasar inadvertidos. Pero eso a ellos les daba igual. Cocó y Sebastián sabían muy bien que la discreción no era una de sus virtudes. Y Extravaganzza, aunque solo tuviese once años, también lo sabía. A pesar de ser una niña algo rara y con un grave déficit de visión, si había algo que nadie en Villa Sueño podía negar es que era muy inteligente. Y para ella la inteligencia era su tesoro más valioso.
Cocó y Sebastián llevaban unos días comportándose de manera sospechosa. Extravaganzza sabía que estaban tramando algo. Cada mañana, cuando iba a la escuela, le daban más besos de los habituales y la abrazaban tanto que la dejaban sin respiración. Le preparaban sus comidas favoritas y siempre la esperaban en el jardín para compartir con ella un nuevo acontecimiento: enseñarle la camisa de un reptil que acababa de mudar la piel, unos huevos de insecto palo… Pero el colmo fue el día en que Cocó la recibió con un enorme pelícano en el regazo. Estaba gordísimo, como si no hubiese parado de comer peces durante meses.
—Mamá, ¿pero qué haces con semejante ejemplar en brazos? —le preguntó Extravaganzza—. ¡Aún te vas a herniar!
—¿A que es guapo? Ha llegado esta mañana, a eso de las once —le explicó su madre—. Ha debido de hacer un viaje larguísimo. Papá y yo pensamos que te encantaría verlo nada más llegar de la escuela.
La niña puso cara de «aquí está pasando algo». Cocó y Sebastián siempre habían tratado de transmitirle a Extravaganzza muchísimos conocimientos sobre el mundo animal, pero nunca con semejante intensidad. Eso de que Cocó tuviese en brazos un bicho de quince kilos no era normal.
—¿Vais a decirme ya lo que está pasando aquí o pensáis seguir llenándome de chucherías y besos? —les preguntó la niña, dispuesta a destapar el misterio.
—Pues no sé a qué te refieres… —trató de disimular Cocó, poniendo cara de despistada.
—Venga, desembucha —insistió Extravaganzza recolocando sus gafas sobre la nariz.
Cocó y Sebastián se miraron como si tuviesen telepatía: Esta chiquilla es un lince.
—Hija, tú sabes que cada cierto tiempo tenemos que irnos de expedición, en busca de nuevas especies —empezó a explicarle Sebastián, en tono conciliador.
La niña le hizo un gesto con la cabeza, dándole a entender que sí, que lo sabía de sobra.
—Y sabes también que estamos en el Año del Pelícano.
—Papá, ¿a dónde quieres llegar? —lo atajó Extravaganzza, cansada de tantos rodeos.
—Mamá y yo tenemos que emprender un viaje. Nuestra partida es inminente. ¡Este pelícano que ha llegado hoy es la señal que estábamos esperando!
—El problema es que se trata de un viaje muuuuy largo —continuó Cocó—. No tenemos otro remedio que dejarte en casa.
—Ya sabes lo que pasaría si te llevamos con nosotros y de repente desapareces de la escuela de un día para otro —apuntó Sebastián—. El director nos tiene debajo de un diente. Seguro que avisaría corriendo a los Servicios Sociales.
—¡O peor aún, a la policía! —exclamó Cocó, haciendo el gesto de tirarse de los pelos.
—De todas formas, si llegan a descubrir que te dejamos sola, tendremos problemas.
—¡Muchos problemas! —corroboró la madre—. Hay que pensar en un plan para que nadie sepa de nuestra partida.
Extravaganzza movía la cabeza de un lado a otro, como en un partido de tenis. Escuchaba atenta las explicaciones y razonamientos de sus padres, que empezaban a parecerle un auténtico aburrimiento.
—Sabes que te vamos a echar mucho de menos, ¿verdad? —le preguntó Sebastián.
—¡Muchísimo de menos, hija! No lo dudes.
—¡Vale, parad ya! —les pidió Extravaganzza, cansada de tantas vueltas—. A mí no me importa que os marchéis mientras me dejéis comida en la despensa e instrucciones de qué hacer en caso de catástrofe natural. Eso sí, pienso ir al cole todos los días en flamenco. Nada de coger el autobús. Odio ir en autobús. ¡Ah!, y otra cosa —continuó, dispuesta a que aceptasen sus condiciones—: no voy a hacer la cama. Ningún día. Ni tengo pensando pasarle la plancha a la ropa. Me gustan las arrugas.
—Pero, hija, ¿entonces no te parece mal que nos vayamos? —inquirió Cocó, un poco decepcionada.
—¿Mal? Mamá, tengo once años —le contestó Extravaganzza en plan sabihonda—. El sueño de cualquier niña de once años es quedarse sola en casa y poder hacer lo que le dé la gana. Eso sí, volved.
Cocó y Sebastián se pasaron el resto del día preparando su partida. Llenaron la furgoneta de aparatos de todo tipo. Llevaban dos pares de prismáticos, tres microscopios, trajes de baño, un ventilador, pipetas, una guitarra, tubos de ensayo, una tabla de surf, etiquetas, un teléfono móvil, un paraguas, un flotador, papel de carta, dos cañas de pescar, una caja llena de herramientas, sellos, una máquina de hacer helados, un oso de peluche, un montón de bolígrafos y rotuladores y, además de muchas más cosas, un curioso mapa que guardaban en un cilindro de cartón rojo.
