La balada de los unicornios - Ledicia Costas - E-Book

La balada de los unicornios E-Book

Ledicia Costas

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Beschreibung

La Escuela de Artefactos y Oficios acoge a los jóvenes más brillantes, inventores de casas motorizadas, sombreros voladores y demás proezas. Ágata McLeod es una de las mejores alumnas, pero hay muchas cosas que desconoce de la institución... y de su pasado. La inventora tendrá que viajar al origen del mundo en un viaje repleto de aventuras y peligros. Fantasía y ciencia se mezclan en una lucha sin cuartel que enfrenta a cuervos y unicornios.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Índice

Capítulo I. La Escuela de Artefactos y Oficios

Capítulo II. La Caverna de los Escarabajos

Capítulo III. El mágico León

Capítulo IV. Cornelia, la mujer ártica

Capítulo V. Nuno, el niño volador

Capítulo VI. «¡Ágata, corre!»

Capítulo VII. Wendy, la Reina Albina

Capítulo VIII. Una lágrima por León

Capítulo IX. Unicornio alado

Capítulo X. Una sonrisa amarga

Capítulo XI. Tres plumas negras

Capítulo XII. El dilema del Destripador

Capítulo XIII. La Ciudad de los Perros

Capítulo XIV. El rey Dogo

Capítulo XV. La segunda despedida

Capítulo XVI. El cuervo

Capítulo XVII. El País del Gigante

Capítulo XVIII. Una aparición inesperada

Capítulo XIX. Madrugada de plumas

Capítulo XX. Plumas y unicornios

Epílogo

Créditos

Capítulo I

La Escuela de Artefactos y Oficios

Ágata McLeod pedaleaba sin descanso por las calles del centro de la ciudad. El corazón le golpeaba en el pecho sin darle tregua.

—¡Más rápido, más rápido, más rápido! —repetía furiosa, concentrada en que sus piernas aumentasen el ritmo.

El velocípedo de Ágata era una máquina única. Lo había construido con sus propias manos, y no existía otro igual en toda la ciudad de Londres. Estaba fabricado con un material dorado muy ligero que había forjado en su tiempo libre. La rueda delantera era mucho más grande que la trasera y parecía el ingenio mecánico de un equilibrista. Había elegido unos neumáticos de color crema porque le pareció que el contraste con el dorado era elegante, casi distinguido. En el eje central de la rueda mayor sobresalía un motor artesanal compuesto por turbinas, ruedas dentadas y poleas, y un tubo de escape doble con forma de trompeta. Pero lo que más llamaba la atención del velocípedo era el hermoso sidecar monoplaza repujado con escamas, imitando la concha de una tortuga. Normalmente viajaba sin él, pero se había visto obligada a montarlo a toda prisa antes de salir de su escondite secreto. Estaba provisto de un cómodo asiento forrado de terciopelo violeta. En él viajaba Tic-Tac, el robot de Ágata.

—¡Dale más fuerte, que ya falta poco! —la animó él.

—Eso intento, pero no hay manera.

Hizo un esfuerzo final empleando la energía que le quedaba, y por las bocas de los tubos de escape asomaron varias lenguas de fuego. El motor rugió y todas las poleas y engranajes se pusieron en funcionamiento.

—Quién me mandaría a mí diseñar así esta máquina —protestó Ágata, asfixiada por el cansancio.

—Dijiste que querías estar en forma y que solo usarías el motor en caso de urgencia extrema.

—Ya sé lo que dije —contestó ella, quitándose las gafas binoculares para secarse el sudor—. Eso no me consuela. Maldito el día en que decidí que quería estar en forma.

—¡No digas eso, Ágata! —le riñó Tic-Tac—. Tienes unas piernas atléticas que ya quisiera yo.

Ágata condujo a toda velocidad, esquivando motocicletas de tres ruedas, automóviles de diseño de brillantes carrocerías con toques retrofuturistas e incluso algún coche de caballos. Estuvo a punto de golpear un coche-casa. Era una preciosa vivienda victoriana construida sobre una antigua locomotora. Ágata siempre había admirado los coches-casa. Le parecía fantástico viajar alrededor del mundo con la vivienda a cuestas.

—Mocosa, ¿pero no ves por dónde vas o qué? —le gritó el maquinista, sacando la cabeza por la ventana.

Ella aceleró y continuó como si estuviese practicando eslalon en una pista de esquí.

—¡Menuda conductora más agresiva! Qué mareo —protestó Tic-Tac.

—Menos cuento. Eres un robot, no te puedes marear.

—¡Un robot más humano que muchas personas! —replicó él, fingiendo sentirse ofendido—. No tienes corazón.

En otras circunstancias a Ágata le habría hecho gracia el comentario de su querido Tic-Tac. Sin embargo, en esta ocasión no tenía tiempo para eso. Había algo muy importante que requería toda su atención. Bordeó el imponente palacio y la abadía de Wendy. Sus estilizadas torres apuntaban hacia el cielo con tal contundencia que, a veces, Ágata jugaba a imaginar que estaban cazando las nubes más grandes. De pequeña pensaba que el cielo estaba lleno de agujeros invisibles por culpa de esas torres, que lo perforaban constantemente. Pero ahora defendía la teoría de la caza de las nubes. En el mercado negro, unos estratocúmulos de grandes dimensiones podrían alcanzar un precio considerable. Los magos de la zona estaban dispuestos a pagar sumas elevadísimas.

—Fíjate en esos cúmulos, Tic-Tac. Estoy segura de que la torre del reloj está preparada para darles caza con su pináculo —le había dicho la tarde anterior.

—Creo que es cosa de la Reina Albina. He oído que almacena nubes en una de las estancias secretas del palacio. Tal vez las amasen para extraer agua del cielo o alguna otra sustancia con poderes mágicos. Yo creo que Wendy se alimenta de esa agua. Por eso tiene la piel tan clara. Es casi transparente —le había contestado Tic-Tac, buscando alguna explicación.

Wendy, la Reina Albina, gobernaba el país desde hacía tres décadas. Era una mujer justa, misteriosa y de corazón caliente, que miraba por los suyos.

A Ágata, el palacio le hacía sentirse minúscula. Su arquitectura dorada de estilo neogótico la intimidaba. En la ciudad circulaban especulaciones de todo tipo. Los misterios que envolvían el palacio y la abadía daban pie a todo tipo de comentarios. Entre otras cosas, afirmaban que Wendy jamás había mostrado su rostro a la luz del día porque era hija de la noche. Nada más lejos de la realidad.

Ágata bordeó el palacio y prosiguió su camino hasta llegar a la Escuela de Artefactos y Oficios. Aparcó la bicicleta motorizada junto al portalón principal, cogió a Tic-Tac en brazos para sacarlo del sidecar y entraron en el recinto.

—¿Estoy presentable? —le preguntó alisándose la ropa.

Llevaba unos pantalones bombachos y un chaleco a juego, de rayas blancas y grises, una blusa de encaje con grandes mangas de farol, botas de cordones con el tacón dorado y un casco con gafas binoculares, que sería más apropiado para una aviadora. El robot la miró fijamente sin detenerse.

—Has olvidado quitarte el casco —le advirtió—. Por lo demás estás perfecta. ¿Y yo?

Ágata lo miró con una sonrisa. Tic-Tac era su gran creación, el invento que en la escuela le había proporcionado la categoría de Semigenio. Su cuerpo era en realidad un reloj de cuerda con forma de corazón. Las extremidades superiores acababan en dos tenazas y las inferiores llevaban integradas dos ruedas, una por cada pie. Tic-Tac no caminaba, rodaba. Eso le acarreaba ciertas dificultades. Las calles no estaban diseñadas para ninguna persona o máquina que se saliese de la norma.

En la Escuela de Artefactos y Oficios, hasta un estudiante de primer curso podía construir un robot. Pero un robot autosuficiente y con una inteligencia como la de Tic-Tac, no. Eso estaba reservado tan solo para las mentes más brillantes.

El edificio de la Escuela de Artefactos y Oficios tenía más de ciento cincuenta años de antigüedad. Era una joya. Su arquitecto estaba obsesionado con el mar y lo había diseñado imaginando el fondo marino. Algunas estancias, como el salón principal, recreaban el interior de una ballena; era como penetrar en la boca de un enorme cetáceo y acomodarse en una de sus cavidades. Cada uno de los materiales con los que había sido construida la prestigiosa institución, desde la madera de las contraventanas hasta los azulejos de algunos de los espacios interiores o las baldosas del patio, tenían formas ondulantes y habían sido elegidos con sumo cuidado. Bien por su brillo, por las texturas o por los colores. Todo llevaba a pensar en grandes olas rizadas, en espuma de mar, en algas balanceándose con movimientos envolventes. En la calma oceánica, en esa sensación irreal de tiempo suspendido. Dentro del edificio no existía ni una sola línea recta y olía a sal en cada esquina.

El arquitecto se esfumó poco después de terminar la obra y lo dieron por muerto. Se rumoreaba que se había embarcado en búsqueda de una ballena blanca porque necesitaba verla por dentro, saber lo que se sentía en el interior de esas maravillosas criaturas. Nunca más se supo nada de él. Como si su obsesión lo hubiese conducido a la muerte.

Ágata ayudó a Tic-Tac a subir la escalinata de granito rosado, hasta llegar a la puerta principal que daba acceso al edificio.

—¿Preparado?

—Eres tú quien tiene que estar preparada, amiga. Venga, entremos. Todo irá bien —quiso tranquilizarla.

En el imponente recibidor de la escuela estaba la recepción. Allí pasaba la mayor parte del tiempo Ofelia, la gobernanta de la institución. En esa estancia, las paredes estaban revestidas con la técnica del trencadís. Se trataba de un gran mosaico realizado manualmente con fragmentos de cerámicas, en este caso todas ellas con distintas tonalidades de azul. Las baldosas del suelo, cortadas en forma de círculo, eran de color arena. Por toda la escuela había distintas esculturas de seres mitológicos, que además de obras de arte funcionaban como puntos de información. La escultura del recibidor representaba al Leviatán. El monstruo marino sostenía en sus garras delanteras una placa de mármol con la siguiente leyenda:

Querido visitante:

Bienvenido a la Escuela de Artefactos y Oficios. Aquí se encuentra la entrada a este océano de sabiduría. Que las criaturas que habitan este mar repleto de misterios te sirvan de inspiración. ¡Feliz travesía!

Ofelia recibió a Ágata con su seriedad habitual. Llevaba un voluminoso vestido negro con volantes en la falda. Iba peinada con un moño severo, tirante como su carácter. El único adorno de color en todo su atuendo eran los ojos rojos de la araña de su camafeo. Lo llevaba prendido en la tela del vestido, a la altura del pecho.

Ágata se armó de valor, cogió aire y habló:

—Buenos días, gobernanta. Vengo a visitar a León.

—Buenos días, señorita McLeod. ¿Tiene permiso de la directora?

—Tengo algo más importante que el permiso de la directora —apuntó mientras sacaba una carta del bolsillo de su chaleco—. He recibido esta carta del propio León solicitando verme. La encontré ayer en mi cuarto. Alguien la metió por debajo de la puerta.

Ofelia negó con la cabeza.

—Eso es como no tener nada —dijo con cierto desprecio.

Ágata se contuvo para no darle la respuesta que se merecía. Era verdad que León no le había enviado ninguna carta. La nota que acababa de mostrarle a Ofelia era falsa. Ella sabía que León necesitaba verla gracias a algo más complejo.

Ágata tenía en su espalda un tatuaje nada convencional. Era como una ilustración dinámica que de cuando en cuando le facilitaba información sobre las personas que de una manera u otra afectaban a su vida. Unas horas antes había percibido que el tatuaje estaba cambiando de forma brusca. Podía sentir la tinta corriendo por debajo de su piel, haciéndole cosquillas. Se desnudó delante del espejo y lo vio con sus propios ojos: allí, en su espalda, estaba León, tumbado en su cama. Parecía cansado y enfermo. Pero eso no se lo quería revelar a Ofelia. Por ese motivo había ideado lo de la carta.

—En esta carta León me comunica que está enfermo y que necesita verme con urgencia —insistió Ágata, siguiendo con su plan—. ¿No es eso suficiente autorización? Es mi mejor amigo y no sé lo que le pasa.

—Ya conoce las normas —sentenció la mujer, sin dar opción a réplica—: no está permitido entrar en las habitaciones de otros compañeros. ¿Puedo ayudarla en alguna otra cosa?

«Me gustaría retorcerle el pescuezo hasta hacerla suplicar por su propia vida». Solían asaltarle pensamientos de esa clase cada vez que hablaba con la gobernanta. Era la persona más regia, desagradable y antipática que conocía. Después de la directora, claro. Formaban una extraña pareja. De hecho, la relación que su tía mantenía con la gobernanta estaba rodeada de rumores desde hacía muchos años.

—En ese caso me gustaría poder hablar con la directora de la escuela. —Ágata cambió de táctica, haciendo un verdadero esfuerzo por parecer amable.

—Lo siento, pero la señora directora no está disponible en estos momentos.

—¿Y cuándo podré hablar con ella?

—No puedo contestar a esa pregunta. Usted debería saber mejor que yo que es una mujer muy ocupada.

Ofelia tenía la habilidad de hacerle perder los estribos. La conocía desde los tres años, y ya por aquel entonces actuaba con ella como si fuese un iceberg solitario en el medio del Ártico.

—¿Puede comprender que León me necesita? ¿Es que no sabe lo que es la compasión? —añadió en un último intento de hacerla entrar en razón.

—Si no quiere nada más, tengo mucho que hacer. No dispongo de tiempo para enredarme en una discusión que no lleva a ninguna parte —contestó la gobernanta sin inmutarse.

—Muy bien. Entonces me veré obligada a acudir a la vía extraoficial —se encaró Ágata.

Odiaba usar sus privilegios. Jamás lo hacía. Su tía tampoco se lo habría consentido. Ser la sobrina de la directora de la escuela tenía más desventajas que oportunidades. Si fuese una alumna más, hace mucho tiempo que la habrían ascendido a la categoría de Genio. Pero Cornelia no lo permitía.

—No le servirá de nada —le advirtió Ofelia.

—Eso lo veremos.

Ágata masticó esas últimas palabras, desafiando a aquella odiosa mujer con la mirada.

—Esos modales serán su propia ruina —la amenazó la gobernanta—. Yo misma informaré de esto a la señora Cornelia.

—No me cabe duda. Ya sé que ustedes congenian bien. Sobre todo en lo referente a las artes oscuras.

El rostro de la gobernanta se encendió en el acto. Tic-Tac tiró de un trozo de tela de los bombachos de Ágata, reclamando su atención. Era mejor parar aquella conversación que empezaba a tomar un cariz peligroso. Ella no le prestó atención. Siguió retando a Ofelia, con la mirada clavada en aquellos ojos negros como el alma de un cuervo.

—¿Qué está insinuando, señorita Ágata? —le preguntó la gobernanta, con suspicacia.

Por fin, Ofelia la imperturbable manifestaba su malestar. ¿Te estás poniendo nerviosa, eh, Ofelia?

—Muy sencillo —prosiguió Ágata, cogiendo confianza a medida que hablaba—. Usted me permite acceder al cuarto donde tienen a León y yo no abriré la boca. De lo contrario, no dudaré en revelar la verdad. Yo misma me encargaré de que todo el alumnado de esta escuela sepa que usted y mi tía practican magia negra. Esa información no tardará en llegar a los oídos de Wendy y empezarán a tener graves problemas.

—Me las pagarás —escupió la gobernanta—. Algún día, todas juntas.

Acto seguido, la mujer cogió del armario la llave de la habitación de León y se la tendió a Ágata de mala gana.

—Cuarto 17, tercera planta, ala sur.

—Conozco de sobra la disposición de los cuartos. Me crie aquí, Ofelia —respondió Ágata arrancándole la llave de la mano—. Y no soy yo, sino usted, quien las va a pagar todas juntas.

—Vigila a tu saco de chatarra, no vaya a ser que desaparezca en un despiste —le advirtió la gobernanta, tuteándola de manera deliberada.

—El destino es cruel con las personas sin corazón, Ofelia. Tic-Tac tiene uno muy grande, usted carece de él.

Agarró al robot de una de sus tenazas y fue hacia el ascensor.

—Esa mujer quiere desconectarme y freírme —se lamentó Tic-Tac.

Ofelia lo odiaba casi tanto como a su creadora.

—Tranquilo, amigo, no se atreverá a tocarte.

Pero no podía estar segura de eso. Ignoraba hasta dónde sería capaz de llegar la imperturbable Ofelia para hacerle daño. Sintió un frío muy intenso que la hizo estremecer. Se había criado rodeada de odio, y el odio no era nada bueno.

Capítulo II

La Caverna de los Escarabajos

Una luz fría y fantasmal brillaba en el interior de la gruta. La cueva parecía vomitar jirones de niebla. Cualquiera que consiguiese llegar hasta aquel lugar pensaría que ese era el punto exacto donde se fabricaban las masas de nubes bajas que envolvían el bosque. Pero el acceso a la Caverna de los Escarabajos estaba vetado para todos excepto para el ermitaño, a quien no le gustaba nada recordar la vida antes de la caverna. Era demasiado doloroso.

La tarde anterior, una aeronave se había acercado peligrosamente a las inmediaciones de la cueva. No era la primera vez que sucedía, ni sería la última. El ermitaño, tan pronto como escuchó el sonido del motor y de las hélices, se puso en guardia. Con la ayuda de su bastón se encaramó a unas piedras que formaban una escalera natural y se acercó lo máximo posible al techo. Tenía una agilidad impresionante, impropia de un hombre de su edad. Frotó las puntas de sus bigotes, amarilleados por los años y por la falta de higiene, y aguardó a escuchar un cambio en el ruido del motor. Sucedió cuando la aeronave atravesó el escollo, un bache que había en el cielo, a unos doscientos metros de distancia. En ese momento el ermitaño dibujó tres puntos en el techo con su dedo índice.

—Ya estás casi aquí. Esta vez conseguiré hacer un triángulo equilátero perfecto —susurró, intentando ser lo más preciso posible.

Los tres puntos se iluminaron casi en el acto con un potente brillo azul. A continuación, de cada uno de ellos surgió un escarabajo. Sucedió en un instante: los puntos de luz fueron tomando consistencia pasando de un estado a otro, y después de hacer ¡plop!, nacieron los insectos. Los escarabajos comenzaron a correr por las líneas imaginarias del triángulo, y su luz fue ganando intensidad. Era como si estuviesen programados para desempeñar esa función. A medida que recorrían los segmentos, la luz aumentaba de potencia.

Consciente de lo estaba a punto de suceder, el ermitaño esperó con todos sus músculos en tensión y con los oídos bien atentos. Un sonido semejante a gurlpppsss llegó desde el exterior y lo hizo regodearse de alegría.

—¡Hasta nunca, aeronave! —se despidió levantando los brazos en un gesto de triunfo, enorgulleciéndose de su propio éxito.

Con una sonrisa pícara, cogió los escarabajos, los introdujo en el bolsillo de su harapienta casaca y bajó de las rocas. El triángulo de luz desapareció del techo.

Fuera de la cueva, la niebla dominaba el paisaje. Ya no se escuchaba el rugir de los motores ni de las hélices de la aeronave. Acababa de tragársela aquel triángulo de energía que había aparecido en el cielo escasos segundos atrás. Eso fue lo último que había visto el piloto: un gran triángulo de luz azul que lo atraía con una fuerza irresistible. Luego perdió el control de la aeronave y fue engullido en el acto.

Treinta y siete años antes, un afamado científico había bautizado aquel extraño fenómeno con el nombre del Triángulo de los Coleópteros. Docenas de aeronaves habían desaparecido en aquel punto. Nadie podía explicar semejante misterio, a pesar de que cada cierto tiempo salían a la luz teorías de todo tipo. Las autoridades de la ciudad desaconsejaban el tránsito por aquel espacio aéreo donde no era posible garantizar la seguridad. Pero siempre había algún intrépido explorador dispuesto a encontrar la Cueva de los Escarabajos. Todos, sin excepción, perdían la vida en aquella empresa, algo que satisfacía profundamente al ermitaño.

La Cueva de los Escarabajos albergaba la vida y la muerte desde el principio de los tiempos. Las paredes de piedra rezumaban agua y estaban cubiertas de sábanas de musgo y otras plantas que vivían cómodas en los ambientes húmedos. Y en el suelo, el gran secreto de la cueva. Allí correteaban miles de escarabajos de diferentes especies, que emitían un peculiar sonido mecánico. Los engranajes y rodamientos que componían sus cuerpos estaban siempre en continuo movimiento. Todos llevaban integrado en el vientre un motor que los mantenía con vida. Vida mecánica, sí. Pero vida, al fin y al cabo.

El ermitaño se acercó a un escarabajo que parecía un rinoceronte en miniatura. El tamaño de aquel ejemplar era considerable. Tenía un cuerno en la cabeza que lo hacía destacar sobre el resto de sus congéneres.

—Ha llegado tu hora —anunció el ermitaño con un leve asomo de tristeza, acariciando el cuerno del escarabajo rinoceronte.

Con el contacto del viejo, la criatura empezó a emitir una débil luz azul. No era el único que brillaba. Todos los que estaban a punto de morir proyectaban aquella luz hipnótica. Unos con más intensidad que otros, dependiendo de la cercanía de su muerte. De repente, a pocos metros del rinoceronte, un escarabajo rayado que brillaba con la fuerza de una estrella entró en combustión. El ermitaño se acercó, recogió los restos incandescentes y se los metió en la boca. Los degustó con los ojos cerrados.

—Delicioso —se limitó a decir.

Después se limpió la boca con la manga, se ajustó la capa vieja que llevaba por encima de la casaca y echó a andar hacia lo más profundo de la caverna, con cuidado de no pisar a ninguno de sus hijos.

Capítulo III

El mágico León

León descansaba en una cama de hierro forjado. Las paredes de la habitación estaban decoradas con un papel azul celeste con galeones, buques y otro tipo de barcos pintados a mano en color blanco. Los techos eran bajos y de madera. En el medio colgaba una lámpara en forma de pulpo, y de cada uno de los tentáculos pendía un punto de luz. El muchacho estaba muy pálido y sus ojos verdes habían perdido esa chispa. Siempre brillaban como si acabase de tener una idea genial. Alguna vez Ágata había llegado a pensar que era genético. No había visto ese brillo en ninguna otra parte, excepto en los ojos de su hermano Nuno. Ágata observó su cabello rubio despeinado cayéndole sobre la frente, la barba que asomaba cuando llevaba sin afeitarse varios días y el rostro demacrado y ojeroso.

Permanecía conectado a una máquina compuesta por dos tanques de cristal sobre un soporte de bronce, con vías en ambos brazos. La sangre fluía desde la vía de su brazo derecho hasta uno de los tanques de cristal. En ese recipiente era centrifugada a gran velocidad para extraer un líquido rosado que se filtraba a la segunda cubeta. Luego devolvían la sangre limpia al cuerpo de León a través de la vía de su brazo izquierdo.

—¡León! ¿Pero qué están haciendo contigo? —exclamó Ágata, horrorizada, abrazándolo en un impulso de protegerlo.

Él abrió los ojos y sonrió débilmente.

—Ágata, ¿estás abrazándome? —murmuró—. Cuidado, no vaya a ser que me cojas más cariño del aconsejable.

Ella, por una vez, no replicó. León la retaba a cada paso de un modo que le gustaba y enfadaba en igual medida. Se sentó a su lado, le apartó la melena con dulzura y le puso la mano en la frente. Sin querer, la preocupación ensombreció su rostro. Quiso disimular, pero para qué. Su cara la delataba, siempre la delataba.

—Estás ardiendo —susurró.

La antena que coronaba la cabeza de Tic-Tac comenzó a girar. Pestañeó varias veces con su peculiar ritmo retardado, calculando la temperatura corporal del chico.

—40,3 grados —informó.

León le mostró a Ágata las palmas de sus manos. Emitían un perturbador brillo azulado.

—La cuenta atrás ya ha empezado —señaló él.

No podía ser verdad. Él no. Sabía que estaba enfermo, pero imposible imaginar que fuese tan grave. El brillo azul significaba que la muerte estaba cerca. León era demasiado importante para ella, no podía perderlo. Sintió un ligero mareo. Tenía la boca seca y había empezado a sudar. Eso no impidió que aflorase su temperamento. Esa garra siempre la ayudaba a salir adelante en situaciones límite, como aquella.

—¡De eso nada, León! No quiero escucharte hablar así. Encontraré la manera de parar esto. Localizaré la Cueva de los Escarabajos y convenceré al ermitaño para que te conceda un indulto. Haré lo que sea necesario, ¿entiendes? ¡Lo que sea!

Él intentó sonreír, pero su boca se retorció en un gesto ácido.

—Todos los que consiguen acercarse a la cueva desaparecen para siempre.

Eso era cierto. Docenas de aeronaves habían desaparecido en los últimos años en las proximidades de la zona donde sospechaban que se ocultaba la cueva. Ágata guardó silencio y dedicó unos segundos a imaginar la vida sin León. Sintió como si una mano le agarrase sus pulmones y tirase de ellos para arrancárselos. El brillo azul era el final. Empezaba por las manos y poco a poco se iba extendiendo por todo el cuerpo hasta que el corazón dejaba de latir. Pero ¿por qué él?

—¿Qué está pasando, León? —le preguntó, recobrando la compostura—. Mi tía no tardará mucho en entrar por esa puerta. Necesito que me cuentes todo para hallar el modo de ayudarte.

Antes de que su amigo respondiese, se levantó y arrastró una cómoda para atrancar la puerta. Pesaba un mundo, tuvo que hacer un esfuerzo considerable. Luego volvió a sentarse junto a él, algo más tranquila.

—Esto es una solución momentánea, pero por lo menos ganaremos algo de tiempo antes de que aparezca esa mujer. Y ahora empieza a hablar, León.

—Lo logré, Ágata —le dijo con voz quebrada tanto por la emoción como por la pena—. He ascendido a la categoría de Genio.

Aquella confesión la dejó sin palabras. Eso significaba que había conseguido acabar el proyecto en el que llevaba tantos meses trabajando. Se suponía que nadie más que la directora podía conocer su contenido. Sin embargo, en la amistad entre Ágata y León no había esa clase de secretos. Era una forma de protegerse uno al otro. Sabían que el contrato de confidencialidad que les exigían firmar para matricularse en la escuela implicaba vivir a merced de la directora. Y eso era algo que Ágata no estaba dispuesta a consentir. Conocía demasiado bien a su tía como para permitir tal cosa.

—Probé mi diseño en un cadáver y ha funcionado —le explicó—. ¡He conseguido devolverle la vida, Ágata!

El diseño consistía en una suerte de órganos mecánicos que él mismo había fabricado, pieza a pieza. Pero ese ingenio no funcionaba sin más. Para activarse con éxito, una vez colocado en el cuerpo, necesitaba la magia de León.