Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Premio Lazarillo de Creación Literaria 2021 Libro recomendado por la Fundación Cuatrogatos Una afición aparentemente inofensiva que acaba convirtiéndose en un grave peligro. Últimamente, las cosas entre Nana y Cuervo no van nada bien. Habían conseguido construir un mundo en el que lo compartían todo: películas, música, manga, videojuegos... No querían separarse nunca. Pero eso era antes. Ahora Cuervo desaparece y no cuenta a dónde va. Cuando Nana le pregunta qué le pasa, se enfada. En su pandilla nadie entiende qué le pasa. Desde que empezó a apostar en serio, parece otro. Lo que antes era pura diversión se ha convertido en una pesadilla. Casi sin darse cuenta, Cuervo acaba envuelto en una red de problemas de la que parece imposible salir.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 137
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
«Y es raro pensar que lo que siento por tise desvanece y no volverá jamás»
JOE CREPÚSCULO
En la parte alta de mi barrio hay una pista de skate. Cuando estoy harto de todo, vengo aquí. Hay árboles y bancos para sentarte a tu bola, sin que nadie te moleste. Me tranquiliza escuchar el sonido de las ruedas de los monopatines sobre la pista de hormigón. Trrrrrrrr, trrrrrrr, trrrrrrr... Es bastante hipnótico. Me siento aquí, miro a esos tíos y dejo la mente en blanco. Se deslizan con cara de flipados, como si estuvieran haciendo algo importante. Estoy seguro de que sienten que vuelan sobre la tabla de madera. La mayoría son unos mataos, pero un par de ellos brillan.
Hay uno al que llaman Rayo cuyo monopatín parece una prolongación de sus piernas. A veces viene gente hasta aquí solo para verlo en acción. Él sí que vuela. Una vez le hice una foto mientras saltaba y el sol se quedó posado justo sobre su cabeza, como si fuera una criatura celestial. Nunca antes había hablado con él, pero ese día le pedí su número de teléfono para mandarle la foto, porque estaba seguro de que nunca le habían hecho una tan cojonuda. Desde entonces me habla con respeto. Eso está bien.
Hay otro tío que hace unas movidas bastante alucinantes con la bici. Tiene una de esas BMX tuneadas que usa la gente que controla o que sueña con controlar. Ha pintado el cuadro de azul turquesa. El resto es negro: los pedales, los radios, las ruedas, el manillar... La tiene impecable. A ese le llamo Bunny Hop, que es el nombre de uno de los saltos que hace con la BMX. No tengo ni idea de cómo se llama de verdad ninguno de esos tíos. Ellos tampoco me conocen por mi nombre real. Todo el mundo me llama Cuervo desde que me hice fiel a Raven, un personaje de mi videojuego favorito. Va siempre encapuchado y lleva un traje negro con plumas en los hombros. Nunca se le ve la cara; tan solo dos ojos brillantes de color violeta que brillan sobre un fondo negro. Los míos no son violetas, sino azules, pero mis colegas me dicen que parecen sobrenaturales, como los de Raven. Me quedé bastante sorprendido cuando descubrí que habían diseñado ese personaje tan increíble a partir de un poema de Edgar Allan Poe: «El cuervo». Va de un pájaro que cada noche visita a un hombre deprimido por la muerte de la mujer de la que estaba enamorado. El bicho habla, pero solo pronuncia una palabra: no deja de repetir una y otra vez «nevermore», y el tipo cada vez se inquieta más y más. De ese poema nació Raven, y también mi apodo. Quedaría de fábula decir que gracias a todo esto empecé a leer poesía, pero sería mentira. Lo que sí leo bastante es manga, sobre todo los que escribe y dibuja Nana. Es mi novia, aunque últimamente las cosas no nos van demasiado bien. Por momentos todo parece a punto de romperse. Vaya mierda.
Hoy no están en la pista ni Rayo ni Bunny Hop, así que me toca quedarme empanado mirando a los matados. Brrrrrrrr, brrrrrrrr, brrrrrrrr... Podría dormirme aquí mismo, si no fuera por el frío. Echo de menos mi plumas. También a la Nana de hace un año. La de ahora siempre está irritada y no para de presionarme. Si supiera que vengo a este sitio a desconectar y a estar solo, no entendería nada. Haría un drama de mi necesidad de espacio. Odio que sufra y odio que no me comprenda y no sé cómo solucionar ninguno de esos dos problemas. Otra cosa que echo de menos en este preciso instante es una birra. Antes detestaba el sabor de la cerveza. Poco a poco he conseguido tolerarlo y ahora me gusta bastante. Ha sido una progresión perfecta.
Un chico intenta dar un salto con el monopatín y se cae. Acaba de llevarse un golpe criminal en la cabeza. La gente lo rodea y yo me levanto y corro hacia él, porque una cosa es que me guste ir por libre, y otra permanecer indiferente ante algo así.
—¡Toni! —grita sin parar un colega del notas mientras le arrea unas bofetadas en la cara para que reaccione.
—¡No lo toques!—le regaña otro, que ha debido de tragarse muchas pelis.
Todos están bastante nerviosos. Yo saco el móvil de inmediato y pido una ambulancia. En momentos así, hay que ser frío. Alguien aplaude mi iniciativa y me da las gracias por reaccionar tan rápido.
—A ver si no tarda mucho —murmuro yo.
Diecisiete minutos, para ser exactos. Diecisiete minutos de tensión máxima, con la gente venga a echarle agua por la cara para intentar despertarlo y un tipo que no para de repetir:
—Por favor, que no la palme.
Lo del agua no funciona. El tío abre los ojos, pero está desorientado. No dejan que se levante, cosa que me parece inteligente. Cuando llega la ambulancia, los tipos que cargan con la camilla preguntan si no llevaba casco. Todos se miran como si, de repente, hubieran comprendido el sentido de protegerse la cabeza cuando te dedicas a pegar saltos sobre un monopatín en una rampa de hormigón.
—Que se mejore —digo, antes de largarme, cuando arranca la ambulancia.
—Gracias, tío —me contesta uno de ellos.
Están afectados y lo comprendo. Yo también lo estaría si el que se hubiera marchado dentro de la ambulancia fuera uno de mis colegas. Pánico, Kike o Puga. Sobre todo Pánico, que es mi hermano. Ese es su apodo para todo. Lo escogió por no sé qué movida de un dios griego llamado Pan. Tiene tres años más que yo, está en su primer curso de la universidad y con él me siento completamente seguro. Sé que no me va a fallar nunca, pase lo que pase. Es importante tener a tu lado a alguien como Pánico. Muchas veces pienso que mi vida es mucho mejor gracias a mis amigos.
Me da algo de bajona ver la ambulancia escupiendo destellos azules en la oscuridad. Ojalá no le pase nada malo a ese tío. De camino a casa me cruzo con un montón de gente que saca los perros a pasear. En este barrio hay más perros que personas. Corren felices por la hierba, como si el mundo fuera un lugar genial.
Me suena el móvil. Es un mensaje de Nana:
¿Dónde estás? No sé nada de ti desde hace tres horas
Al leer esto, me pregunto qué pasaría si desapareciera de verdad. No un par de horas, sino días, meses, semanas. Ojalá pudiera largarme un tiempo y sacudirme esta sensación. Ahora mismo no tengo ganas de contestarle. En realidad, no sé qué decirle.
Solo son las 20:30. En quince minutos empieza el partido y he quedado con Pánico para verlo. No me apasiona el fútbol, pero aposté cuatro euros a que ganaba el Bayern y a que marcaba el primero el Olimpiakos. La pasta hace que el partido sea emocionante. Puedo llegar a ganar ochenta euros. Eso me tranquilizaría un poco, porque necesito la pasta. Me tranquilizaría como el sonido de las ruedas de los monopatines deslizándose sobre el hormigón.
—¿Quieres un trozo de pizza? He traído tu favorita —me pregunta Gema.
Abre la puerta de mi habitación lo justo para asomar la cabeza y verme la cara. A esto lo llamamos «prospección», que es cuando una sabe que a la otra le pasa algo y quiere comprobar cómo está, pero sin decirlo abiertamente.
—¿Con extra de queso?
—Con extra de todo —contesta ella—. ¿Cuántas veces ha sonado ya esa canción?
Se titula Blue Love y es de esos temas que pones en bucle cuando estás fatal. Pueden pasar dos cosas: que acabes hundida en la miseria absoluta o que renazcas de repente. A veces la música sirve para sanar heridas. Sobre todo, el k-pop.
—Esta es la cuarta.
—Entonces la cosa es grave —dice Gema y se sienta al borde de mi cama—. Enséñame eso que estás haciendo, anda.
Me saca el cuaderno de dibujo de las manos y le echa un vistazo a los bocetos con auténtico interés.
—¿Cuándo vas a terminar ese capítulo? Necesito saber qué pasa con Nadine y el mago celeste.
Nadine es la protagonista del manga con el que estoy a tope ahora. Tiene el poder de cambiar el estado de la materia a su antojo: sólido, líquido o gaseoso. En el capítulo anterior, solidificó las lágrimas de un personaje condenándolo a verlo todo borroso para siempre. Me pareció potente ese concepto de ver la vida a través de las lágrimas. En realidad, debería de estar estudiando para el examen de Geografía e Historia que tengo pasado mañana. He intentado ponerme antes, pero no había manera de concentrarse. Se supone que tengo que sacar buena nota. Soy lo que la gente considera una buena estudiante, pero esta vez me temo que voy a patinar. Estoy todo el tiempo pendiente del móvil. Lo he apagado y encendido unas cuatro veces, para ver si era un problema de la red. Qué ridículo me parece ahora todo esto. Me provoca ansiedad no saber nada de Cuervo. No me escribe, no me cuenta dónde está, no se interesa por saber dónde estoy yo... Lo único que me ayuda a evadirme es dibujar y escribir. Todo lo que me sale últimamente es bastante oscuro. Oscuro como las plumas de un cuervo. Qué mal.
—¿Qué pasa? —me pregunta Gema mirándome a los ojos.
Me encojo de hombros. Me siento imbécil hablando de esto. Porque antes de que él empezara a cambiar, éramos inseparables. Como si hubiéramos fundado un planeta único en el que nadie más tenía derecho a entrar. Esto acaba de sonar bastante cursi, pero no encuentro otra manera de definir nuestra relación. Teníamos un mundo propio. Para mí era increíble compartirlo con él. Pelis, música, manga, videojuegos... Nos retroalimentábamos sin parar. Nunca me había pasado algo así. Tengo amigas con las que hago muchas cosas que me encantan, pero no me apetece besarlas, ni acostarme con ellas, ni estar con ellas todo el tiempo. Con Cuervo sí. Hasta que todo empezó a desmoronarse como una casa de galletas debajo de la lluvia. ¿Qué hago yo ahora con esta angustia? Siento que lo traiciono cada vez que hablo con otra persona de lo que nos está pasando. Pero Gema es mi hermana y, si no se lo cuento, reviento. Ya no puedo más:
—Creo que está con otra.
—¿Cuervo? ¡Qué va!
—No contesta a mis mensajes, desaparece durante horas y no sé a dónde va, ni con quién. Cuando le pregunto, me responde con monosílabos. Si insisto, me dice que lo estoy asfixiando. Llevamos una semana sin vernos fuera del instituto. Lo he intentado varias tardes y siempre me dice lo mismo.
—¿Qué?
—Que está ocupado.
—¿Ocupado haciendo qué?
—Eso me gustaría saber a mí.
—¿Has intentado hablar con él en serio? —me pregunta Gema.
—Varias veces. Parece un bloque de hielo. Ni un beso, ni un «tranquila, que todo se va a arreglar». Creo que se ha aburrido de mí. Que ha conocido a otra persona y no sabe cómo cortar.
—Nana, sé que esto que te voy a decir es una mierda, pero sufrir por un tío no es una opción. ¿Tú quieres seguir con él?
Esa pregunta es dolorosa. Gema siempre acierta. Es lista y tiene un olfato especial para analizar a las personas y las situaciones.
—Quiero estar con el Cuervo de antes, no con este.
—Pues eso es lo que le tienes que decir.
—¿Y si me dice que el Cuervo de antes no va a volver?
—Entonces tendrás que volar, baby. Pero no adelantes acontecimientos. Habla con él en serio y déjale las cosas claras. Dile que así no. Que tiene que volver el Cuervo de siempre.
Después de decirlo, me abraza y me da un beso. Eso es justo lo que necesitaba en ese momento. Aguanto las ganas de llorar, pero me noto los ojos húmedos.
—Hay cosas que solo se pueden arreglar con pizza y helado de chocolate. Y tenemos ambas cosas esperando en la cocina. Así que, venga, te espero allí en cinco minutos. El tiempo justo para que cambies de cara, si no quieres aguantar un interrogatorio de papá.
—Uf...
—Tranquila, que yo te cubro.
En un momento como este no me vendría mal tener los poderes de Nadine y modificar el estado de la materia. Convertir mis lágrimas en vapor para que desaparecieran sin dejar rastro. O volver líquido el suelo y provocar una inundación. Antes de ir a la cocina, le echo un vistazo al móvil, con la esperanza de encontrar un mensaje de Cuervo. Pero mi deseo no se cumple.
Ir al instituto da hambre. Llego todos los días al primer recreo con el estómago pidiendo socorro. Por eso siempre intento salir pitando de clase en cuanto suena el timbre. Las colas que se montan en la cafetería son infernales. Jamás entenderé a esa gente que se queda al final para preguntar dudas a los profesores. ¿Esa peña no come? ¿No prefieren perder tiempo de otra clase, en lugar de tiempo de descanso? Supongo que lo hacen para ganar puntos. Son esos pequeños detalles los que nos distinguen a unos de otros. Para mí, esos truquitos son manipulaciones silenciosas, lo tengo clarísimo. Es una manera de decirle al profe: mira cómo sacrifico parte de mi recreo, toma nota de cuánto me interesa tu asignatura y de cuánto me esfuerzo. Me parece penoso. Yo me comporto de una manera totalmente contraria a esa. Siempre empiezo a recoger mis cosas dos minutos antes de que suene el timbre. Tampoco doy el cante, lo hago disimuladamente, para que el profesor no se ofenda. Ese tipo de cosas les sientan especialmente mal. He sincronizado mi reloj con el timbre del instituto y sé el momento exacto en el que va a sonar. Me levanto como un resorte y vuelo escaleras abajo. Me compro un bocata en la cafetería y luego me acerco a donde nuestra pandilla se reúne. No es nada extraordinario, tan solo un banco en un soportal. El instituto está dividido en zonas que ocupamos por grupos. Nadie se atrevería a invadir nuestro banco, igual que nosotros respetamos los espacios de otra gente. Es una norma sagrada. Hay algunos chaqueteros que se dedican a ir de banco en banco durante el recreo. Van rotando de un lado a otro y se pasan un rato en cada sitio. Yo ni me canteo de mi grupo: Kike, Puga, Runas, Nana y Sol. Ese es el núcleo duro. A veces, fuera del instituto, se suman Pánico, Gema y algunos de sus colegas mayores. Esto nos da un estatus que no tiene otra gente de nuestra edad. A Runas y a Kike los conozco desde infantil. Puga llegó más tarde. Los quiero de verdad y estoy seguro de que siempre vamos a ser amigos. No sé por qué tengo este tipo de pensamientos tan oscuros, pero si tuviera que salvarle la vida tan solo a uno de ellos, escogería a Runas. Me siento casi tan unido a él como a mi hermano. Runas lo tiene más chungo que yo. Su madre se murió el año pasado. Estuvo enferma bastante tiempo; fue muy duro. Él no quería hablar de ello, pero yo insistía porque creo que, en momentos así, es importante echar fuera la mayor cantidad de veneno. Si te lo tragas todo, corres el riesgo de acabar explotando. Me convertí en su sombra, no me despegaba de él. Cuando sabía que pasaba la tarde con su madre en el hospital, lo esperaba a la salida, sentado en el suelo, con un bocadillo y un refresco para él. Nos íbamos a un parque que hay detrás del hospital y luego regresábamos a casa caminando. Si era muy tarde, cogíamos el bus o llamábamos a su padre, que trabaja por turnos. Es un buen tipo. Los dos se han quedado muy tocados. Creo que pensaban que ella iba a superar la enfermedad, pero fue al revés. Ahora se tienen el uno al otro, pero a veces no es suficiente. A Runas le dan bajonas y hay que saber llevarlo.
