La siega del olvido - Pedro A. Piedras Monroy - E-Book

La siega del olvido E-Book

Pedro A. Piedras Monroy

0,0

Beschreibung

Durante años, España ha vivido un encendido debate sobre la memoria de la represión franquista durante la Guerra Civil y la Dictadura, que no ha servido sin embargo para aclarar lo que significa recordar un pasado traumático o por qué grandes sectores de la sociedad española niegan la pertinencia o el derecho a ese recuerdo. La Siega del Olvido es una obra que trata de hacer visibles los canales por los que personas de hoy se sienten completamente concernidas por el horror experimentado hace dos generaciones. Explicitar ese sentimiento le obligará al autor a desplegar recuerdos y experiencias autobiográficas, muchas veces íntimas. Sólo así podrá percibirse de forma fehaciente la presencia del pasado traumático en el individuo. Indagar en la memoria de la represión implica, no obstante, separarla del concepto de "memoria histórica". La innegable contribución de los historiadores al conocimiento de la represión franquista no les licita para sostener "como se ha hecho" que España les deba a ellos la pervivencia de ese recuerdo. Así lo evidencian los testimonios legados por Ángel Piedras, un jornalero tío abuelo del autor, que fue una de las cientos de víctimas de la represión vivida en un pueblo de Castilla, Nava del Rey, al comienzo de la contienda. A su salida de la cárcel, en 1944, Ángel Piedras decidió crear una lista que reflejara los nombres de todas las víctimas de aquella monstruosidad. Con el tiempo, acompañará a la lista con cuadernos de memorias que describían una vida llena de horrores que desembocaría en la tragedia de 1936. De sus obras, no importarán tanto los datos que aporte "pese a su relevancia" como la posición radicalmente ética de un particular que se opone de forma abierta y sin esperanza al olvido que le rodea.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 446

Veröffentlichungsjahr: 2012

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Pedro Piedras Monroy

La siega del olvido

Memoria y presencia de la represión

Diseño cubierta: RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

© Pedro Piedras Monroy, 2012

© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2012

© del Postludio, José Carlos Bermejo Barrera, 2012

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.sigloxxieditores.com

ISBN: 978-84-323-1630-2

A mi querida hermana Elvira.

También a Juanjo y a Aitor

Lo olvidado, ni agradecido ni pagado.

Proverbio popular

Quomodo Cantabimus.

Salmo 137 [136], 4.

Este libro es un «intento» de hablar sobre la memoria de la represión en la Guerra Civil Española y el franquismo, pero también –y sobre todo– un «intento» de hacerlo de otra forma. Se trataría, por tanto –en sentido estricto– de un «ensayo» que espero les sea útil en particular a aquellos que se preguntan qué hacemos los nietos o los bisnietos de víctimas empeñados en recordar acontecimientos tan «lejanos»…; a aquellos para los que sacar a la luz un dolor íntimo, acumulado durante decenios y todavía vivo, es reabrir heridas, cuando no remover en la basura; a aquellos para los que es fácil evaluar y medir el dolor, cuando es ajeno...; a aquellos que opinan que de las cuestiones del pasado sólo pueden hablar los especialistas (en particular, los historiadores); a aquellos que pretenden dar respuestas lineales a preguntas enrevesadísimas; a aquellos que viven complacidos en una idea de España y piensan que los males de este país se solucionan tan sólo con un cambio de gobierno... de A a B o de B a A; a aquellos que viven en el convencimiento de que la otra parte siempre se mueve empujada por la maldad; y, en general, a todos aquellos que creen que una democracia de verdad puede construirse sobre el olvido.

No es mi intención llenar la cabeza del lector con nuevas historias que añadir a los miles de historias desgraciadas ya conocidas. Así, no me dedicaré al «qué» tanto como al «cómo». La memoria es, por definición, híbrida, ambigua, contradictoria, impura... y, sin embargo, por debajo de ella late una verdad... errante, inasible. Me gustaría poder hacer que aquel que me lea siga los círculos en los que hoy palpita el pasado… Ese rastro difuso de la piedra en el estanque.

Con ese afán, le abro a quien se acerque aquí un conjunto de fragmentos de memoria, de experiencia, de reflexión y de crítica. Una historia en la que, en realidad, confluyen todas las historias.

Preludio

Perduran en mi mente algunas imágenes dispersas de los primeros años de mi vida. La de aquel rato bajo la mesa de la cocina de casa, llorando, mientras Elvira apuraba un vaso de leche sola, que era yo quien había de beberse. O la de aquel otro en que, cuando mi padre llegó del trabajo, empecé a oír, de repente, por todas partes, el balido de un cordero… Hasta llegué a verlo… aunque luego resultase ser un mugido que salía de un vasito de plástico blanco que él escondía con una mano a la espalda, a la vez que me preguntaba: «¿Dónde está? ¿Dónde está?».

Sin embargo, el recuerdo que domina sobre todo el resto difuso de memorias de la primera infancia es el del momento en que mi madre subía la persiana de madera de la habitación para que me levantase. En ese instante proustiano, el inevitable crujido se veía seguido siempre por el amor de su voz, que me cantaba algo tan tierno como indescifrable:

Cuquillo, ramo de escobas,

¿quién te ha comido la olla?

Tú, tú, tú, tú…

Ese arrullo al comenzar el día puede que siga siendo mi paraíso perdido.

El Cuquillo, no obstante, no se parecía a otras cosas que se cantaban en casa en aquella época, como el Doce cascabeles o cualquiera de las coplas de éxito en los años cuarenta y cincuenta… En esa canción sencilla, en apariencia inconclusa, resonaba un eco antiguo que me situaba y me sitúa en una dimensión extraña, pegada a la naturaleza y al tiempo. Quizá por ello he seguido cantándosela a mis hijas Jimena y Julia muchas mañanas, precisamente en ese momento–umbral en el que ahora soy yo quien sube la persiana.

El cuco, como cuenta José Manuel Pedrosa, se asocia al tránsito del tiempo frío al templado. Su canto, que augura la primavera, hace que se le conceda en la cultura popular un carácter adivinatorio. Al cuco se le pregunta, en el folclore, cuánto tiempo le queda de vida o cuánto le falta para casarse al que pregunta… y el cuco responde con tantos «cucús» como años quiera significar. La cancioncilla que yo escuchaba cada mañana parece más bien un juego infantil o un simple divertimento de labradores; su parentesco con esas lejanas tradiciones cantadas parece vincularla, en todo caso, a esos augurios de boda y de muerte.

Cuando hace poco llamé a mi madre para preguntarle por el Cuquillo, ramo de escobas, me dijo que lo aprendió de su madre. Lo mismo que la abuela Benita le cantaba a ella, a finales de los años treinta y principios de los cuarenta, me lo cantó a mí ella, entre finales de los sesenta y principios de los setenta… Lo mismo les he cantado yo a mis hijas en los primeros años del siglo XXI. Ese cuco que no recuerdo haber oído nunca en la tierra de mis padres (aunque mi amigo Julio Campo dice que se le escucha a veces en algunos pinares de la Nava) y que, allí confunden con frecuencia con la abubilla (a la que también denominan «cuquillo») me reúne con mis antepasados en una humilde tradición campesina. Esa tradición está «ocurriendo» todo el tiempo, se vive con ella lo mismo que con ese recuerdo continuado al que llamamos memoria. Solo nella tradizione è il mio amore.

PARTE I

RECUERDOS Y AZARES

Il en est ainsi de notre passé. C’est peine perdue que nous cherchions à l’évoquer, tous les efforts de notre intelligence sont inutiles. Il est caché hors de son domaine et de sa portée, en quelque objet matériel (en la sensation que nous donnerait cet objet matériel) que nous ne soupçonnons pas. Cet objet, il dépend du hasard que nous le rencontrions avant de mourir, ou que nous ne le rencontrions pas.

Du côté de chez Swann. Marcel Proust

Casi todo comienza con un yo que rememora lo vivido y lo que le han hecho vivir. El azar se encargará de elegir los momentos en los que ese pasado que habita el presente como un rumor sordo acabe transformando decisivamente a éste en razón de su impulso irrefrenable.

I. Relatos de infancia

Es verdad.

Hubo cuentos en mi infancia.

Pero no los recuerdo.

Imagino que serían los típicos de todas las infancias de los niños de finales de los sesenta.

De recordar que me los contasen o que los imaginase o los viviese, nada.

De mi infancia, sólo recuerdo otros cuentos.

Pero esos cuentos no eran exactamente cuentos.

Esos cuentos eran la historia de mi familia.

O, mejor, las historias de mi familia.

Sobre todo, de cómo mataron a mi abuelo Pedro.

De cómo mataron a mi tío Lorenzo.

De las muertes de mi tío Sixto

y de mi bisabuela.

De Pena.

De cómo encerraron a mi abuela.

De cómo casi la matan, embarazada de mi padre.

De cómo mataron a todo el Ayuntamiento, en el pinar.

De Crisanto Piedras, al que corrieron por el campo con caballos.

Y lo mataron.

Y lo arrastraron hasta la puerta del cementerio.

Y de cómo le dijeron al padre de mi tía Kiska, que era el enterrador:

Ahí tienes a tu amigo.

De cómo mi abuelo Camilo estuvo en la cárcel de Celanova.

De la humedad.

De cómo mi abuelo Pedro le dijo:

Si me matan, cuida de Elvira.

De cómo fueron a buscar a mi abuelo Andrés

y no estaba en casa.

Y no volvieron.

De la casa del pueblo.

De un niño al que mataron en la puerta de la casa del pueblo.

De cómo mi tío Lorenzo les arrancó la bandera

y acabó en San Isidro,

donde los falangistas madrugaban para ver las ejecuciones

comiendo chocolate con churros.

De cómo mi bisabuelo se meaba en el coche

cuando iba a Valladolid a ver fusilar a su hijo.

De cómo una vez mi padre respondió a unos señores

que le preguntaron por su padre:

A mi padre lo han matado los fascistas de este pueblo.

De cómo mi abuelo Pedro se escondió en una obra.

De cómo volvió a la Nava.

De cómo salió a la plaza del brazo de mi abuela.

Y no se atrevieron a matarlo allí.

De cómo mi abuelo era anarquista

y una vez le clavó en la frente, a un señorito

que le amenazaba con una pistola,

un cuchillo que se había encontrado en el campo

y que dicen que afilaba todo el tiempo.

Pero también me acuerdo de mi tío Ángel.

Ciento un días condenado a muerte.

Y sobre todo me acuerdo de él recordando.

También recordaba mi abuela Elvira

y mi abuelo Camilo.

También recordaba mi padre los recuerdos que le habían contado.

Que su padre lo vio una vez sólo, cuando tenía ocho meses.

En la cárcel.

Que su madre estuvo años tratando de que le pusieran no su apellido de madre soltera,

sino el de su padre:

Pedro Piedras.

Él también Pedro Piedras.

Yo también Pedro Piedras.

Pero sobre todo me acuerdo de mi tío Ángel recordando y escribiendo sus recuerdos

hasta el final.

Los únicos recuerdos escritos que hoy quedan

de los únicos cuentos que recuerdo de mi infancia.

Los cuentos de la historia de mi familia.

Los cuentos que ahora yo querría volver a contar.

Elvira Hidalgo y Pedro Piedras.

II. Incipit

Sinceramente, no me alcanza la mente para describir los pormenores, habría de tratar, tal vez, de alejarme de mi memoria y dejar que fluyera el aburrido vértigo de los documentos.

Vicente Arranz Pascual

Abogado – Procurador

c/ Platerías, 2

Valladolid

Quién me iba a decir a mí, en mis días en El Valle, que esta glosa empezaba en unas calles de Valladolid, que luego me habrían de resultar tan familiares. La calle Platerías, la del antiguo cine Casablanca, impregnada de inciensos y de pasos en Semana Santa, sitiada con frecuencia por los andamios… y la calle Chancillería, donde se ubicaba la Audiencia Territorial a comienzos de los años sesenta, justo a la vuelta del primer piso que compartimos Lourdes y yo, en la calle Gondomar. Tampoco podía imaginar que pudiera establecer comienzo alguno un día como el de la Nochebuena de 1962.

Y es que primero necesitaba un nombre; pues bien, mi nombre, el nombre que encabeza mi vida, ese que ha ido siempre por delante de mí… ese nombre que a alguien (ya no recuerdo a quién) le pareció una vez imposible… fue posible precisamente ese día en el que se acababan las tribulaciones de mi abuela por que su hijo llevase el nombre de su padre.

Sala de lo Civil

Iltmo. Sr. Presidente

Don Antonio Manuel del Fraile Calvo

Iltmos. Sres. Magistrados

Don César Aparicio y de Santiago

Don José García Aaranda

Don Segundo Tarancón Pastora

Don Ricardo Mateo González

En la ciudad de Valladolid, a veinticuatro de Diciembre de mil novecientos sesenta y dos.

La Sala de lo Civil de la Excma. Audiencia Territorial de Valladolid ha visto en grado de apelación los autos de mayor cuantía, seguidos ante el Juzgado de 1.ª Instancia de Nava del Rey, entre partes, de una, y como demandante-apelante, por Don Pedro Hidalgo San José, mayor de edad, soltero, jornalero y vecino de San Salvador del Valle, que ha estado representado por el Procurador Don Vicente Arranz Pascual y defendido por el Letrado Don Teodosio Garrachón Juárez, y de otra, como demandados-apelados, por Doña Elvira Hidalgo San José, asistida de su esposo Don Camilo Cordero Vegas, mayores de edad y vecinos de Nava del Rey, y Don Hilario Piedras Jalón, mayor de edad, D. Ángel, Doña Demetria y Doña María Piedras Jalón, mayores de edad y vecinos de Nava del Rey, que no han comparecido ante este tribunal superior en el presente recurso, por lo que en cuanto a los mismos se han etentido las actuaciones en los Estrados del Tribunal, y el Ministerio Fiscal, sobre reconocimiento de hijo natural.

Aceptando los Resultados de la sentencia apelada; y

RESULTANDO: Que seguido el litigio en cuestión por sus trámites legales ante el juzgado de 1.ª Instancia referido por el mismo se dictó sentencia con fecha veinte de Marzo del corriente año, cuya parte dispositiva dice así: «FALLO: Que desestimando la demanda formulada por Don Pedro Hidalgo San José, contra Elvira Hidalgo San José, casada con Don Camilo Cordero Vegas, así como contra Don Hilario, Don Ángel, Doña Emeteria y Doña María Piedras Galán y el Ministerio Fiscal ya circunstanciados, debo declarar y declaro no haber lugar a la misma, absolviendo a los demandados de todos sus pedimentos, sin hacer expresa condena en costas a parte determinada. Notifíquese esta sentencia en forma legal, haciéndolo a los demandados rebeldes en la forma que previene los artículos 282 y 283 de la Ley de Enjuiciamiento Civil a no ser que se solicite su notificación personal dentro del quinto día». Y notificada a las partes contra la misma se interpuso recurso de apelación por la representación demandante, que fue admitido en ambos efectos, y en su virtud, previos los oportunos trámites, se remitieron los autori originales a este Tribunal ante el que han comparecido los litigantes en la forma expresada, sustanciándose el recurso por sus trámites legales y celebrándose la vista pública del mismo el día diez y siete del actual con asistencia del mentado Letrado, el cual informó a la sala en apoyo de sus respectivas pretensiones escritas.

Dos imágenes de mi padre, Pedro Piedras, de niño.

Necesito tomar aire. Sólo el bloque de la canción al cuco y el poema inicial me permiten contrapesar la poderosa masa de esta pétrea prosa jurídica. Hay que suponer que era una triste mañana brumosa vallisoletana. La ciudad levítica se preparaba para consumar un año más el ciclo mítico del nacimiento del niño Dios, cuando entre las paredes de la Audiencia Territorial un escribano se aprestaba a rebautizar a mi padre y a modificar con su gesto el orden de los nombres.

Sin embargo, mi nuevo padre nacía en un parto espantoso, un parto de palabras. In principium erat verbum. Mi nombre nació, así, de las únicas palabras escritas de mi abuelo que se han conservado. Parole d’amore scritte a machina. La placenta de ese parto, las cartas de las que habían salido, se perderían para siempre en el supremo esfuerzo. El texto miserable a máquina vieja, los dos folios requetedoblados en los que se encuentra, son los papeles que más nos han hecho llorar nunca en casa. Es posible imaginarlo. El escribano encendió un nuevo cigarro, era pronto, quizá las nueve y media de la mañana, miró fuera. La niebla. Se ajustó el reloj, consultó la hora. Volvió la cara hacia los papeles y siguió escribiendo.

RESULTANDO: Que en la sustanciación de estos autos se han observado las prescripciones legales en este recurso.

Vistos, siendo Ponente el Iltmo. Sr. Magistrado Don Segundo Tarancón Pastora.

CONSIDERANDO: Según el artículo 135 del Código, párrafo 1.º, el padre está obligado a reconocer al hijo natural cuando exista escrito suyo indubitado en que expresamente se reconozca su paternidad. Con apoyo en tal precepto el actor deduce demanda contra su madre Doña Elvira, cuya condición de madre natural es inconcursa por la manera de absolver las cinco posiciones que se le formulaban, y contra tres hermanos del presunto padre difunto, no siendo óbice al pleito que el padre haya muerto, pues la demanda se presenta antes de que hayan transcurrido los primeros cuatro años de la mayoría de edad del hijo (art.º 137).

CONSIDERANDO: A la demanda se unen cinco cartas manuscritas que el padre difunto escribió a la que era su novia D. Elvira, y madre natural del actor, estando reconocida la autenticidad de estas cartas por su destinataria, hoy demandada, y por el hermano de aquél, Don Ángel Piedras Galán. De estas cartas, que son correspondencia entre novios, pueden acotarse los siguientes párrafos: «Elvira, recibí la tuya en la que me dices que tengo un niño, pues a pesar de recibir un disgusto fue una alegría muy grande para mí saber que era un niño. Elvira, pues ahora es cuando ansío la libertad más que nunca, pues qué se va a hacer, ya me la darán para iros a ver a los dos». «Yo se lo explicaré a mi madre para que haga algo por ti, ya que yo no puedo hacer» (folio 6). «De lo que me dices que te llamaron en mi casa y te dijeron que por qué no nos casamos, porque así no estás bien, pues en la otra que te escribí ya te lo comunicaba yo, pues se lo comunicas a mi madre y a la tuya, y que lo arreglen y en el momento que esté arreglado me lo comunicas para yo pedir permiso y si me lo conceden hacerlo cuanto antes mejor, para que no vaya a caer la desgracia de sabes y quedes tú y el niño por ahí desamparados, y así no tienen que decir nada de ti ni de mí» (folio 8). «Me dices que no te dije nada del niño, pues no pude decirte nada porque me quedé como bobo cuando te vi; pues me dices que qué me pareció el niño, pues el niño me gustó mucho, lo espabilado que está. Elvira, pues tú no sabes con el sentimiento que me quedé por no poder dar un beso al niño» (Folio 25). «Elvira, pues también te digo que no me dices nada de Pedrito, si habla mucho, porque ya estará hecho un mozo, pues tú no sabes las ganas que tengo de verle para darle un beso que valga por todo el tiempo que llevo sin dárselo» (folio 26).

CONSIDERANDO: Los párrafos transcritos denotan la voluntad ostensible de Pedro Piedras Galán, de que el niño de su novia lo reconoce como hijo suyo, y el deseo manifiesto de que la disciplina militar a que está sujeto, por ser soldado en la guerra de liberación, le permita casarse cuando antes para socorrer a la madre y al niño. Deseo que resultó frustrado, al encontrar la muerte en Cáceres el dos de Enero de mil novecientos treinta y ocho. Esas cartas, escritas de puño y letra del padre, como recogen las sentencias de trece de febrero de mil novecientos siete, veinticinco de Febrero de mil novecientos catorce, veintitrés de Junio de mil novecientos veintidós, cuya autenticidad se asegura por la demandada Doña Elvira, y el hermano de aquél Don Ángel Piedras Galán, hacen que se cumpla el supuesto del artículo 135, primer párrafo, teniendo que prosperar la acción que en ellas se apoya, con revocación de la sentencia apelada.

CONSIDERANDO: No haber motivos para un pronunciamiento expreso sobre costas.

Vistos los preceptos aplicables.

FALLAMOS: Que debemos revocar y revocamos la sentencia del Juez de 1.ª Instancia de Nava del Rey veinte de Marzo último, dictada en el juicio a que se contrae el presente rollo, y en su lugar declaramos la condición de hijo natural de Doña Elvira Hidalgo San José, y Don Pedro Piedras Galán a favor del demandante Don Pedro Hidalgo San José. Concediéndole el derecho a los apellidos de su padre y cuantos derechos otorga la ley a estos hijos, sin hacer expresa condena en costas en ninguna de las dos instancias.

Así, por esta nuestra sentencia……………………………..

Es Copia.-

Con el último gesto del escribano, mi padre recibía su segundo nombre y quedaba definitivamente unido al nombre de su padre, a la vez que, desde algún lugar de la materia o de la voluntad, yo también quedaba unido por la ley humana al nombre del padre y del abuelo. Los nombres nos aferran de algún modo a las presencias, a los tiempos y a los espacios anteriores. Nacemos y morimos con ellos y por ellos, nos condicionan decisivamente, pero, a la vez, nos sobreviven y dan una identidad a nuestros fantasmas. En el abracadabra del escribano, en su gesto rutinario, mi padre y yo quedábamos inscritos en la muerte de mi abuelo a través de su nombre. El mero pronunciar su nombre (el de mi padre y el mío) era concitar su presencia, es decir, su ausencia.

Fue así como un día de Nochebuena de 1962 tanto mi padre como yo nos investíamos de la presencia evanescente de mi abuelo.

III. Descubrimientos

Quique y Rosa quisieron acompañarme al entierro de mi tío Ángel[1] en el Cementerio del Carmen de Valladolid. Era 1996. Allí estaba toda su enorme familia. Ángel había querido con igual calor a hijos, nietos, sobrinos… Había tenido también el amor de todos hasta el final. Incluso recuerdo que las últimas veces que le visité en la residencia Cardenal Marcelo estaba aún más jovial y optimista que nunca antes…

Quique y Rosa sabían que con mi tío desaparecía una parte fundamental de mi pasado y muchos de los elementos decisivos para entender mi presente. Por eso, estaban a mi lado. Es verdad que en los últimos años no había frecuentado a mi tío tanto como solía. Ello me remitía a un cierto sentimiento de culpa. Los periodos en Nava, desde principios de los años noventa, eran cada vez más cortos. Aun viviendo en Valladolid desde finales de 1993, mis visitas se espaciaban.

Estaban lejos aquellos veranos de casi dos meses en el pueblo. Después de comer, en el abrasador momento de la siesta, antes del baño de la tarde, aprovechaba para visitar a mis mayores. A veces iba a casa de la abuela Elvira y el abuelo Camilo. A aquella casa, a la que más que entrar se bajaba por un pasillo en cuesta que daba a la cocina y a una especie de salita con claraboya, donde antes de separarse, en el 91, se sentaban conmigo a hablar, pasando casi siempre de largo el tiempo previsto.

Con mi tío, los encuentros eran más desenfadados. Pocas veces hablé con él dentro de su casa, a no ser en el cuarto interior del fondo del corral, donde unas veces me bailaba el «Tabardillo», con un muñeco que había fabricado él mismo; y otras me enseñaba sus últimas creaciones artesanales: arados, zapatillas de hilo, trapecistas… Lo normal era que me sentase a la puerta de su casa, en una sillita, en un cojín o en los adoquines de la acera.

A veces, lo encontraba acompañado de otros vecinos, en el parque del convento o en lo que él acostumbró a llamar «el Corral de la Pacheca», que no era otra cosa que una esquina, en la parte posterior de su casa, donde había unos bancos de cemento.

A diferencia de otros entierros, aquel día no sentí tanto dolor –mi tío era ya mayor y tenía bastantes achaques– como vacío. Con mi tío Ángel se iban muchas de las historias que me daban sentido, muchos de los argumentos que más me habían transformado y más habían configurado mi forma de ver el mundo, tanto en lo político como en lo profesional o lo sentimental. La diferencia del relato de mi tío –y en eso se parecía al de mis abuelos, siendo el de Elvira más barroco y complejo y el de Camilo más lacónico– era que él no me contaba cosas oídas o leídas sino pedazos de su experiencia propia, vivida y vívida, que imperceptiblemente iban cincelando el precario mundo de mis valores de adolescente curioso y, sobre todo, reforzaban la inmensa influencia ideológica de mis padres sobre mí [2]. Es evidente que nuestras relaciones familiares se anudaban ante todo en torno a la idea de estar a la altura de los que nos habían precedido. Desde muy joven, mi padre –noble, fuerte, valiente, hecho de hierro puro– había sido un espejo en el que mirarme; no un amigo sino el camarada que te protege con su fuego en la trinchera. Él y mi madre –tallada en roca, generosa, cariñosa e infatigable– parecían siempre preocupados por que no les falláramos a todos aquéllos que habían sido apaleados, recluidos o asesinados desde 1936.

El tío Ángel me hablaba de mi abuelo, de sus locuras de hermano pequeño… (años más tarde, en un paseo hacia la Cuesta de los Picos, el eterno Flores Zapatilla me decía: «Tu abuelo era muy rechinado…»). También me hablaba de su hermano Mariano, de mi abuela y su familia, de mis bisabuelos… A través de sus palabras, a través del contacto físico con él, tocaba el sufrimiento, la entereza, el dolor, el hambre… Pero también la necesidad de oponerme a la explotación y al sometimiento.

La tierra que empezó a separarnos aquel día, en el Cementerio del Carmen, me alejaba también inexorablemente del núcleo central de experiencias que conformaban mi identidad.

Pedro Piedras Galán (primero por la derecha) y amigos.

Aquella fecha coincidía, además, con un momento lleno de cambios en mi vida, tanto en lo emocional como en lo intelectual. De hecho, el periodo 1996-2002 fue un tiempo lleno de acontecimientos. Mi vida en común con Lourdes, el nacimiento de mi sobrino Aitor, mis estancias de estudios doctorales en Bayreuth, mi amistad con José Carlos Bermejo y con Joan Llinares, los seminarios de teoría con el propio Quique (Enrique Gavilán), el nacimiento de mi hija Jimena… No obstante, a lo largo de los años de preparación de mi tesis doctoral –cuyo tema era Max Weber, desde la perspectiva de la teoría de la historia–, iniciada bajo el signo de la desaparición de mi tío Ángel, en mi cabeza seguía hirviendo con especial fuerza todo ese magma previo, extremado y sangrante que me había hecho mirar al mundo como lo estaba mirando desde aquel trabajo de investigación. Es por eso que, faltándome aún un buen trecho para acabar mi estudio, empecé –¡qué raro me parece ahora, con los años!– a preparar el discurso de mi defensa. No tenía ninguna duda de que ese momento culminante de mi historia académica… –no en vano la historia académica de un buen estudiante– había de servir para explicar(me) por qué nunca quise ser otra cosa que historiador («¡Un desperdicio de curriculum!», en opinión de muchos) y para hacer un gesto de reconocimiento hacia los que me habían orientado en mi camino. El resultado de eso fue la semilla de todo mi trabajo posterior y la semilla de esta misma publicación. Mi discurso remedaba el gran discurso weberiano Wissenschaft als Beruf, que suele traducirse como La ciencia como vocación. Así, se llamó La teoría como vocación.

IV. La teoría como vocación

0.

Buenos días. Quiero empezar mi exposición dándoles las gracias a los miembros del tribunal por la amabilidad que han demostrado al aceptar formar parte del mismo, a la vez que expresar mi profundo respeto y admiración hacia su talla intelectual. En la medida en que los azares me han permitido conocer a algunos de sus componentes personalmente, aprovecharé para sumar a lo dicho una profunda estima en lo humano. Vaya también, una vez más, mi gratitud para José Carlos Bermejo Barrera y Enrique Gavilán Domínguez por su confianza y su inestimable ayuda en este trabajo y en todo lo demás; para el Departamento de Historia I de esta universidad, que ha tenido la valentía y la generosidad de amparar un trabajo tan particular como el mío; y, cómo no, para todos los familiares, amigas y amigos que han acudido hoy aquí para estar a mi lado[3].

Por respeto al tribunal, me he impuesto a mí mismo no repetir en esta exposición, una vez más y de forma exhaustiva, los argumentos a los que me refiero en mi trabajo. He preferido, muy al contrario, hablar de muchas otras cosas que quizás, aun sólo pespunteadas, pueden servir para entender mejor lo que hay detrás del mismo.

(Alfa)

El «espíritu» de la obra que hoy presento se halla traspasado por la cita de Max Weber que lo encabeza: «Y aquel que no posea la capacidad de, por así decirlo, ponerse anteojeras y asumir cada vez más la idea de que el destino de su alma depende de si es correcta esta conjetura, precisamente ésta, en este lugar de este manuscrito, mejor que permanezca lejos de la ciencia. Nunca sentirá en sí mismo eso que puede denominarse como la “vivencia” de la ciencia. Sin esta extraña pasión, que para cualquiera que no la sienta resulta una embriaguez ridícula… sin este “hubieron de pasar milenios antes de que tú entrases en la vida y otros milenios esperan en silencio”… para ver si esa conjetura se resuelve contigo, se carecerá de la vocación por la ciencia y será mejor dedicarse a otra cosa. Puesto que, para los seres humanos en cuanto que seres humanos, no tiene valor nada que no se pueda hacer con pasión».

(Pausa)

1.

A mi abuelo Pedro lo asesinaron un 2 de enero de 1938 en la plaza de toros de Cáceres[4]; tenía veinticinco años. En aquel día preciso empezó mi carrera como historiador. Su memoria y sus fotos volvieron a mi abuela con unos compañeros de campo de concentración que pasaron por Nava del Rey, camino de Toro. Mi abuelo era el único anarquista de su pueblo, su hijo, de once meses a su muerte, fue mi padre, que se apellidó Piedras (y no Hidalgo) porque mi abuela, que no estaba casada, luchó durante años porque le devolvieran el apellido de su padre. Toda mi familia paterna fue asesinada o encarcelada. Los últimos encerrados fueron amnistiados en el 44. Uno de ellos, Ángel Piedras, hermano de mi abuelo, cuando salió de la prisión consagró toda su vida a tres cosas: trabajar, llevar su familia y mantener la memoria viva de los muertos, de los encarcelados y de los oprimidos de su pueblo. Todos los componentes de la generación de mis padres fueron sirvientes o jornaleros y después emigrantes. Mis padres se fueron a Vizcaya, donde nacimos mi hermana Elvira y yo. Mi familia, la emigrada y la no emigrada, siguió el ejemplo de mi tío Ángel y su viaje a la memoria. La mayoría fueron comunistas. Cada verano, al volver a Nava del Rey, acudía yo casi a diario a hablar con mi tío Ángel, sentado a la puerta de su casa. Con el encuentro, volvían las historias, volvían las crónicas que mi tío escribía, volvían las listas con nombre, apellido, mote, lugar de detención, lugar de confinamiento, lugar de ejecución… Volvía la sangre derramada de mis abuelos, el acre sabor del resentimiento, la devoción sagrada a los héroes particulares de mi familia. Allí, al lado de mi tío Ángel, para mí siempre el hombre que estuvo 101 días condenado a muerte, esperando que lo asesinaran cada amanecer, por el solo delito de haber sido un jornalero socialista… allí, digo, hice de la historia mi vocación.

Pedro Piedras con su sobrino Mariano Piedras y con Ángel Llanes, «el cojo del sindicato».

Desde aquellas mocedades hasta hoy han pasado veinte años. Y después de haber cruzado el umbral de la casa de Ángel Piedras, crucé el umbral de la academia… estudié su historia y, sobre todo en comparación, ésta me pareció insuficiente, aburrida y enormemente problemática. Acudí, entonces, a los libros de los maestros que habían pensado los problemas de la historia y descubrí allí una legión silenciosa de profesionales de la duda que me mostró lo movedizo del terreno sobre el que se asentaba el decorado académico del estudio de eso que llamamos «pasado»… de ese país tan extraño… Y, de entre todos los maestros, resultó que no todos eran antiguos ni todos extranjeros. Enrique Gavilán, maestro de maestros, y también hispano, me orientó hacia J. C. Bermejo Barrera, cuya obra hizo girar las órbitas de todos mis planetas. Entré en la historia buscando la redención de mis antepasados y me encontré en medio de un campo de batalla inesperado: el teórico. Y es que el Mesías no viene sólo como redentor; viene como vencedor del Anticristo.

A partir de entonces ya nunca iba a saber si estaba dentro o estaba fuera.

V. Petri

Poco podía imaginar en el viaje de vuelta de Santiago la terrible decepción académica que me esperaba los meses que vinieron a continuación. Volvía radiante. Con motivo de la lectura de la tesis se había desplazado a Galicia un buen montón de familiares y amigos incondicionales… No sólo Enrique Gavilán (a la sazón codirector) y Rosa Santander, su mujer, sino también Víctor, Keko, José Sánchez, mi primo Andrés y su sobrino Chechu, Maite (mi cuñada), mis padres, mi hermana y Juanjo (mi cuñado)… Hasta mi sobrino Aitor y, naturalmente, Lourdes… Todos ellos habían conseguido que me sintiera en casa. Ellos eran los destinatarios de mi discurso, mucho más que el propio tribunal. De todos, había una parte en su interior. Si bien la parte que aquí he incluido les estaba directamente dedicada a mis padres y, por extensión, a mi familia entera.

Me hace gracia pensar en aquel momento del retorno, en la vieja scenic, escuchando el Vals de Amélie mientras descansaba mis pies sobre el salpicadero del copiloto. Todo se había acabado y, por tanto, era ése el momento en el que todo había de empezar. Vladimir Visotskii había vaticinado aquello de que «El final es un cierto principio». Si he de juzgar por lo que vino después, es cierto que algo empezó, aunque, desde luego, no fue nada que yo hubiera planeado. Nada ocurrió como me hubiera gustado y, sin embargo, ese «nada» lo es hoy «todo». Pero esa es otra historia.

Regresaba de Santiago y se abría un final de verano para descansar y para pensar. Al volver a Nava del Rey decidí entregar La teoría como vocación a los hijos de mi tío Ángel, puesto que consideraba que ese recuerdo de su padre hacía justicia a lo que él había significado para mí. Su hija Petri, mi prima, que había cuidado a su padre largas temporadas en su casa y que, al final, tuvo la suerte de que entrase en la residencia de ancianos en la que ella misma trabajaba, y en la que Ángel murió, al leer el texto me llamó. Me dijo que mi escrito le había dado fuerzas para mirar las pertenencias de su padre, cosa que no había hecho desde la muerte de aquél, en 1996. Ahora bien, lo que me dejó escalofriado fue que añadiese que, cuando las tuvo delante, recordó que mi tío le había indicado en vida que uno de los cuadernos que legaba habría de entregármelo a mí cuando él muriese.

Naturalmente, me sentí conmocionado no sólo por el hecho sino por cómo se había producido. Pero más me conmocionó aún leer el texto. Una verdadera suma de horror tras horror que, después de los años, me hizo volver a experimentar las historias antiguas de mis recuerdos, aunque desde una perspectiva, la mía, que ya no era la de aquel niño ni la de aquel adolescente… Al leer ese cuaderno, me di cuenta –no sé por qué– de que necesitaba el resto de los escritos de mi tío.

Volví a llamar a Petri y le dije que creía que su padre tenía que haber dejado más cuadernos de memorias. Ella no estaba segura. Me prometió, no obstante, mirar. Así lo hizo y descubrió que, efectivamente, así había sido. En apenas unos meses, tenía delante de mí todo un corpus de textos: listas, cuadernos y ripios manuscritos por él. Quizá no fuesen todos los que escribiera, pero, desde luego, era una muestra muy significativa.

De un primer estudio de esos materiales salió mi artículo «La Lista de Ángel Piedras. Memoria de la Guerra Civil y Subalternidad», que tuvo una acogida razonablemente buena. En él, traté de plantear el sentido que tenían los escritos de mi tío Ángel y bajo qué perspectiva podían ser analizados. A pesar de ofrecerlo como el primer peldaño de un trabajo posterior más extenso, siempre pensé que ésa sería mi palabra final sobre el tema.

VI. La Lista de Ángel Piedras

Memoria de la Guerra Civil y subalternidad

A mis abuelos paternos, Pedro, Elvira y Camilo.

Y dice la mayoría

que de eso no hay que acordarse.

¿Es que se puede olvidar

a un hermano y a una madre

que mataron sin piedad?

Ángel Piedras

Ángel Piedras nació en Nava del Rey, provincia de Valladolid, en 1910. Hijo de una familia de jornaleros, también él trabajó en el campo hasta los veintiséis años. Fue detenido y encarcelado en los días de la terrible represión que sucedió al alzamiento. Tras 101 días de condena a muerte, su pena fue conmutada por la de cárcel. Salió indultado en 1944. Ángel Piedras era hermano de mi abuelo, fusilado en Cáceres en enero de 1938. Su testimonio tiene que ver decisivamente con mi interés y mi dedicación a la historia. Este pequeño ensayo, primera piedra de un trabajo más amplio[5], es ante todo una prueba de mi admiración y mi agradecimiento hacia él.

Cuando Ángel Piedras muere en 1996[6], deja en casa de su hija Petra, persona clave en nuestro trabajo, una caja con materiales muy diversos, entre los que se encontraban varios cuadernos, varias listas de represaliados y diversos manuscritos más, principalmente con ripios y poemas memorizados y transcritos por él[7].

Todos los documentos legados por Ángel Piedras parecen ser posteriores a la muerte de Franco y las evidencias cronológicas más evidentes, careciendo de otros estudios de datación o grafológicos, muestran que la máxima intensidad de su trabajo se centraría en los años ochenta[8]. No obstante, da la impresión de que la configuración de las listas es un trabajo de más larga distancia y previo al de los cuadernos. Pese a que, en cierto momento, parezcan empresas coincidentes, que se complementarían entre sí, una reflexión más próxima de ambos tipos de documentos delata las notables diferencias existentes entre ellos.

Al margen de la memoria prodigiosa del autor, las listas son, claramente, el fruto de una labor de investigación. En realidad, se trata de los múltiples borradores de una única lista que cada vez va siendo más completa y precisa. En ellos, aparecen el nombre, uno o dos apellidos y el mote, si lo hubiera, de cada uno de los represaliados de Nava del Rey. Los borradores muestran cómo la confección de la lista definitiva resultaba tortuosa. Poco a poco, van añadiéndose nombres que no estaban en borradores anteriores. Al mismo tiempo, viejas listas se ven completadas con apellidos o motes que antes no aparecían, como lo delata el diferente bolígrafo utilizado y las diferencias caligráficas evidentes. En una fase avanzada, los nombres aparecen situados bajo epígrafes: «Condenados a muerte», «Compañeros fusilados», «Mujeres encarceladas», «Al primer juicio fueron 54 y condenaron a muerte a 42 e indultaron de la pena de muerte al resto: entre ellos, recuerdo alguno…», «Muertos en la cárcel»[9].

Lista 02a de Ángel Piedras (fragmento).

Por su parte, en la lista mecanografiada por mí aparecen los siguientes epígrafes: «Fusilados», «Fusilados en el pinar», «Muertes en la cárcel», «Condenados a muerte», «Presos (sin especificar)». En definitiva, el conjunto de listas da muestras de un arduo trabajo de búsqueda destinado a trazar el mapa humano completo de la represión de la Guerra Civil en Nava del Rey. El fruto de esa investigación es verdaderamente asombroso, colosal, y da muestra de la meticulosidad y la dedicación de la que Ángel Piedras hubo de hacer gala, dadas las evidentes dificultades que la configuración de las listas planteaba y a las que luego nos referiremos.

El carácter de los cuadernos es muy otro. Éstos son ante todo un ejercicio de memoria que lo que pretende es trazar un plano discursivo continuo de horror, que va desde la infancia del autor (1918) hasta, como muy tarde, el fin del presidio en 1944. ¿Puede considerarse también que, en realidad, los cuadernos sean uno solo, ideal, que acabaría recogiendo las memorias completas del autor? Este extremo ya no parece tan claro. Si bien hay episodios recurrentes en los diferentes cuadernos[10], cada uno de ellos es un ejercicio independiente de memoria. Al margen de las coincidencias, cada uno representa un momento particular de recordación, que se construye de forma autónoma. Ángel Piedras no se copia a sí mismo ni se consulta, sino que deja fluir el recuerdo de su pasado en cada momento. De los cuadernos, destaca ante todo la voluntad de recordar, la voluntad de manifestar el poder de su memoria en un claro desafío al olvido. De ahí que las narraciones casi siempre se encabecen con la afirmación «Pues tengo buena memoria, recuerdo muchas cosas desde mi infancia…», «… me doy cuenta de muchas cosas porque tengo buena memoria, aunque en ocho años [de cárcel] se olvidan algunas cosas…»[11], «Recordando lo pasado, recuerdo muchas cosas desde que apenas tenía siete años…»[12], «Pues recuerdo muchas cosas de mi juventud…»[13], «Recuerdo muchas cosas desde que tenía ocho años…», «Pues tengo muy buena memoria…»[14], «Os contaré algo de lo que recuerdo»[15]. Ahora bien, en este punto, no tenemos casi nada más que preguntas: ¿Por qué escribe cuaderno tras cuaderno? ¿Cuál es la intención de su «obra»? ¿Cuál era su aspiración: la crónica, la memoria, la historia…?

No parecen estar demasiado claras las razones por las que Ángel Piedras se dedicase a escribir cuaderno tras cuaderno. Existen algunas posibles explicaciones que conviene no descartar a priori a pesar de su aparente banalidad. La primera sería la dificultad para encontrar medios de reproducción de su obra. El precio de la fotocopia, en un pueblo del interior de Valladolid, en los años ochenta resultaba excesivo y suponía un gasto innecesario para alguien con tiempo para la escritura. En todo caso, aceptar esta explicación tan peregrina nos impondría de inmediato un nuevo planteamiento: ¿Por qué querría reproducir su obra? A esa cuestión podría responderse que quería legar a sus nueve hijos una memoria de las experiencias más aciagas y terribles de su vida; una memoria que sólo él se siente capaz de afrontar. Esta hipótesis, no obstante, parece también discutible. A excepción de Petra, con quien compartió los últimos días de su vida, en los que él lleva su caja de recuerdos y escritos, ninguno de los hijos cuenta con cuadernos de su padre. El único destinatario explícito de un cuaderno parezco haber sido yo, aunque creo que eso tiene que ver más con una eventual correspondencia a mi cariño y devoción hacia las experiencias que me relataba que con un supuesto plan global de dedicatorias y reparto de cuadernos[16]. Por todo ello, parece que conviene dejar de lado estos razonamientos para tratar de buscar algo más allá. En esa búsqueda habríamos de tener en cuenta nuevos factores.

En primer lugar, si exceptuamos el peculiar cuaderno «Recordando lo pasado», los demás no cuentan con ninguna anécdota ni momento agradable o sosegado; en ellos, se narra un continuo de horror y de sufrimiento sin pausa; en el «Cuaderno de la dedicatoria», expresa abiertamente: «Nací para sufrir…». Desde sus primeros recuerdos, de la gripe de 1918, donde habla de cómo veía acarrear los muertos hasta el cementerio –próximo a su casa– a veces por sus propios hermanos, pasando por diversos suicidios de vecinos, asesinatos –como el de una hortelana a manos de su marido; él rememora con nitidez el cadáver de ella en el suelo–, tormentas y vendavales devastadores, hasta los recuerdos de la detención, las torturas y los asesinatos indiscriminados que sobrevinieron con el principio de la guerra. Todo en la narración de Ángel es negrura. Su relato, desprovisto de cualquier esperanza, parece querer incidir en aquello de que «la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en que vivimos es la regla»[17]. Es más, el tiempo presente desde el que escribe representa para él una frustración definitiva. En el cuaderno «Memorias de un campesino» lanza fuertes diatribas contra el gobierno socialista, sintiendo que ha arrumbado las expectativas que había puesto en él: «Aquí no se conoce el cambio. Si había tres, siguen los mismos [tres] que con el otro régimen». Con el primer gobierno del PSOE, del que había sido militante toda su vida, no se operó, en su opinión, ningún resarcimiento, ningún desagravio real para aquellos cuyas vidas habían sido destrozadas por la represión. Este sentimiento es esencial también para entender las peculiaridades de su escritura.

Cuaderno «Memorias de un campesino», de Ángel Piedras (fragmento).

En segundo lugar, la experiencia desgraciada pasa de la memoria del individuo que observa y recuerda acontecimientos de su infancia y juventud a la memoria de la comunidad de represaliados y encarcelados en la que vive hasta el indulto en 1944, operándose en este punto una fusión entre su particular lucha por la vida y la lucha por la vida del grupo en el que se integra. En todo caso, su relato acaba, como hemos señalado, con el fin de la cárcel; acaba en el momento mismo en el que acaba lo inefable, lo que sólo él puede contar frente a las memorias truncadas por la barbarie o frente a las memorias anuladas por la voluntad de silencio. Ángel Piedras parece haber visto lo inexplicable y, aun así, acomete la empresa de narrar, de no olvidar, como si fuera un «último hombre».

Sin embargo, y en tercer lugar, aunque aparezca en ocasiones en el centro de la escena, como sujeto de la acción aparece fragmentado y poco homogéneo, pasando a menudo el protagonismo a otros actores, por ejemplo, Marcos López, el aludido fugado de la masacre de la corporación municipal (véase nota 9). La presencia de Ángel Piedras se despliega, por encima de todo, como el ojo que ha visto o el oído que ha oído; su plano es siempre el de la referencia y su voluntad explícita parece ser la de dar testimonio y la de mantener viva una memoria de la que se sabe guardián.

Al hilo de esas circunstancias, la estructura y los contenidos diversos de los cuadernos parecen delatar, como hemos dicho, una creación independiente, en busca del despliegue autónomo del pasado en cada momento. Ángel Piedras empieza un camino de escritura sin retorno que puede obedecer a diversas razones: en principio, carece de experiencia como escritor y va tomándole el pulso a la prosa a medida que avanza en sus cuadernos; además, cada nuevo cuaderno va desarrollando, junto a elementos esenciales tratados en otros, nuevos temas que afluyen a su memoria desde la perspectiva de lo ya escrito con anterioridad; finalmente, y esto es lo decisivo para nosotros, en cada nuevo cuaderno percibe la necesaria reedición de la memoria y así la escritura adquiere el carácter de un sacrificio, de un ritual, de un misterio que ha de ser repetido una y otra vez. Como señalan Adorno y Horkheimer: «[…] la institución misma del sacrificio es la señal de una catástrofe histórica, un acto de violencia que le sobreviene por igual a los hombres y a la naturaleza» (véase Adorno y Horkheimer, 2003, p. 104). Es una catástrofe histórica la que se halla en el origen del ritual periódico de la escritura en Ángel Piedras, en ese particular ciclo sacrificial que son sus textos. Su sacrificio es –una vez más, siguiendo a los frankfurtianos– una restauración que se ve desmentida por el contexto histórico en el que tiene lugar. Con cada cuaderno, Ángel Piedras vuelve a hacerse a sí mismo el daño que le han hecho padecer para, de ese modo, ser capaz de soportarlo (véase Adorno y Horkheimer, 2003, p. 104).

Por ello, concluiremos que la incesante reescritura de los episodios del pasado supone que en Ángel Piedras la memoria de los oprimidos asume un fuerte componente sacrificial. Con el sacrificio de la memoria, constantemente renovado, nuestro autor busca la redención de las víctimas; esas víctimas no son otras que las que aparecen en las listas y sus familias[18].

Y, sin embargo, ¿qué le hace a Ángel Piedras erigirse a sí mismo en el sacerdote de la memoria? Más de la mitad de la población de Nava del Rey ha sido afectada de un modo u otro por la represión: el número de muertos anduvo cercano a los cien, la nómina de víctimas directas que se salvaron finalmente de la barbarie fascista se hallaba en torno a las doscientas personas. Todo ello quiere decir que, en Nava del Rey, los testigos efectivos del lado de las víctimas de la represión (familiares, amigos, conocidos…) se contaban por miles. ¿Por qué es Ángel Piedras quien asume con su escritura la responsabilidad de recuperar la memoria que redima a la enorme comunidad de víctimas de la que forma parte? Para penetrar a fondo en esta cuestión hemos de aplazarla momentáneamente y suscitar una nueva idea: hay un factor decisivo a la hora de entender la obra de nuestro autor, el silencio que rodea los hechos que destrozaron las vidas de buena parte de sus iguales, los jornaleros de Nava del Rey.

Son muchos los autores que, al hablar sobre este momento de violencia represiva generalizada por parte del bando nacional, hacen alusión al silencio que se ha espesado a lo largo del tiempo en torno a su memoria. Santos Juliá comenta que «entre los derrotados, de la guerra no se hablaba, de la represión sufrida por parientes cercanos no se decía nada» (Juliá, 1999, p. 37). En Paul Preston el origen del silencio tiene una de sus raíces en el miedo: «El desarrollo a finales de los años cincuenta se nutría de la represión anterior y los que habían sacado provecho económico en los pueblos mantenían su rapiña a base de un miedo que, en algunos lugares, existe hasta la fecha. Este miedo se hace palpable cuando unos ancianos explican que su renuencia a indicar la ubicación de una fosa se debe al miedo que aún siente el pueblo» (Preston, 2004, p. 17). Para Paloma Aguilar, «además del miedo a la represión estaría la voluntad de muchas familias de ocultar a sus hijos el pasado republicano para protegerles de una discriminación por esta causa» (Aguilar, 1996, p. 65). Para Josefina Cuesta, el régimen franquista impone una nueva memoria que silencia la memoria de las víctimas (véase Palomares, 2004, p. 39). Para Jesús María Palomares, el silencio tiene que ver con causas políticas generales: «De ahí la necesidad de superar el estadio de una historia escrita desde un bando callando al vencido, que implica igualmente superar la cultura del silencio, así como el invocado “pacto de silencio” o de aparente desmemoria durante la transición democrática por temor a retrasar la recuperación democrática» (Palomares, 2004, p. 38). En todos los casos, el silencio suele representarse como una derivación directa de la acción represiva del franquismo o como una resultante de la necesidad de consenso que se requería para conseguir una transición democrática sin sangre.

Todas estas explicaciones parecen plausibles. No obstante, todas ellas resultan, al mismo tiempo, problemáticas.

En primer lugar, cada vez que hablamos sobre el silencio de las víctimas de la represión relacionada con la Guerra Civil Española estamos representando a tales víctimas. Atribuir ese silencio a cualquier causa habría de implicar plantearse a fondo si nuestras afirmaciones pueden generalizarse o no y hasta qué punto las mismas tienen atisbos de certeza. En nuestra opinión, abordar esta cuestión implica primero tratar de responder a la pregunta más general de «¿Cómo se puede hablar de aquello que ha sido silenciado?», o a la de «¿Es posible hablar de los que sufren, de los reprimidos o de los oprimidos sin que lo que digamos sea, a su vez, una forma de sepultar más aún, bajo nuestra opinión, su palpitante aunque huidiza sustancia?».

En este punto, creemos conveniente acudir a la teorización de Gayatri Spivak sobre el silencio del subalterno. Para Spivak, el subalterno, oprimido, represaliado, relegado, desfavorecido y víctima por antonomasia tiene como atributo principal la ausencia de voz, el no construir relatos de sí mismo: el silencio, en definitiva. Y, así, en su artículo «Can the Subaltern Speak?» articula una respuesta a las cuestiones planteadas por los denominados Subaltern Studies: «Para el “verdadero” grupo subalterno, cuya identidad es su diferencia, no hay sujeto subalterno no representable que pueda conocerse y hablar por él mismo; la solución del intelectual no es abstenerse de la representación. El problema es que el itinerario del sujeto no ha dejado trazas, de manera que constituya un objeto de seducción para el intelectual que representa. En el lenguaje ligeramente pasado de moda del grupo indio, la cuestión se convierte en: ¿Cómo podemos entrar en contacto con la conciencia del pueblo, incluso cuando investigamos su actitud política? ¿Con qué voz-conciencia puede hablar el subalterno?» (Spivak, 1994, p. 80). Ante estas preguntas, tratará de ofrecer como posible salida un «método» tan peculiar como sugerente: «Pierre Macherey ofrece la fórmula siguiente para la interpretación de la ideología: “Lo que importa en una obra es lo que no dice”. Esto no es lo mismo que la nota descuidada “lo que se niega a decir”, aunque eso sería en sí mismo interesante: un método debería construirse a partir de aquí, con la tarea de medir silencios, tanto los reconocidos como los no reconocidos. Pero más bien esto último, lo que la obra no puede decir es importante porque allí se lleva a cabo la elaboración de lo que se expresa en una especie de viaje al silencio. […] Lo cierto es que el trabajo archivístico, historiográfico, crítico disciplinario e, inevitablemente, intervencionista implicado aquí es una labor de “medir silencios”. Esto podría ser una descripción de “investigar, identificar y medir… la desviación” desde un ideal que es irreductiblemente diferencial» (Spivak, 1984, pp. 81-82).

Hemos de cuidarnos de no dar demasiadas cosas por sentadas, ni de esbozar conclusiones a partir del «sentido común» o la «evidencia lógica», ni de establecer correlaciones causales sencillas entre el silencio que percibimos ante la cuestión de la represión en la Guerra Civil (un silencio que, por otro lado, se ha elongado considerablemente en el tiempo después de asentado el Estado democrático en España). Si la víctima no puede hablar (más aún, si se define, como señala Spivak, por su «no hablar»), habremos de aprender a indagar de un modo diferente en las razones de su silencio. Nosotros también habremos de «medir silencios».

El problema se complica más aún si enfrentamos la figura del silencio subalterno, del silencio de la víctima, a la voz de Ángel Piedras. ¿Hasta qué punto lo que hace Ángel Piedras es la obra de un subalterno que habla [y que, paradójicamente, habría logrado que se perpetuase su testimonio, destinado al silencio, de una forma casual]? Dentro del subalterno spivakiano, encajarían perfectamente los jornaleros víctimas de la represión desde 1936. De ellos, no tenemos más que el silencio. El único silencio roto, el de Ángel Piedras, nos pondría ante la encrucijada ¿Quién habla en su discurso?, ¿la ideología o la subalternidad? Nuestra labor, en ese sentido, habría de ser la de buscar trazas ajenas al propio texto que nos acercasen aún más a su sentido. Entre ellas tendríamos la intención, la repetición, la semántica, la retórica… Ésas son claves que nos permiten leer en el silencio y adivinar la esencia en lo que no está manifiesto. La lectura spivakiana nos llevaría no tanto a leer históricamente estos textos, sino a leerlos desde su faceta menos evidente. Eso es lo que tratamos de hacer en este escrito.

Nuestro corpus no resulta tan interesante por lo que dice explícitamente sobre los múltiples horrores de la existencia de un jornalero castellano en la primera mitad del siglo XX