La subversión del amor - Anna Lis Giménez - E-Book

La subversión del amor E-Book

Anna Lis Giménez

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Beschreibung

La subversión del amor recorre varios aspectos de las relaciones amorosas heterosexuales que normalmente pasan desapercibidos. El libro cuestiona los tópicos más comunes que muestran como estas relaciones se convierten en un campo de batalla de los sexos. Lejos de confirmarse la existencia de diferencias irreconciliables entre las mujeres y los hombres, la autora concluye que la experiencia del amor acerca a las personas y establece entre ellas un parecido que sobrepasa las diferencias de género.

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Seitenzahl: 264

Veröffentlichungsjahr: 2010

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ANNALIS

LA SUBVERSIÓN DEL AMOR

Más allá de las diferencias de género

Editorial Milenio

Lleida

Título de la edición original en catalán:

Passió, revolta i pacte.

Les cares ocultes de l’amor.

© Pagès editors, S L, 2003

© Anna Lis Giménez, 2003

© de esta edición: Editorial Milenio, 2005

Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida (España)

www.edmilenio.com

[email protected]

Ilustración de la cubierta: Mercè Trepat

Primera edición: septiembre de 2005

Depósito legal: L-856-2005

ISBN: 84-9743-158-8

Impreso en Arts Gràfiques Bobalà, S L

© de esta edición digital: Editorial Milenio, 2010

Primera edición digital: mayo de 2010

ISBN digital (epub): 978-84-9743-370-9

Conversión Digital: O.B. Pressgraf, S L

Jaume Balmes, 52, bxs.

08810 Sant Pere de Ribes

A mis padres, in memoriam

A Marc

Agradezco a mi querida amiga Enriqueta García Pascual su atenta lectura del manuscrito, sus

inteligentes sugerencias y su inagotable generosidad.

Índice

INTRODUCCIÓN

I. LA METAFÍSICA DEL AMOR

II. EL ANDRÓGINO

III. EL PARECIDO

IV. LA FUSIÓN

V. LA INDIVIDUALIZACIÓN

VI. EL PERFECCIONAMIENTO

VII. FEMINIZACIÓN DEL VARÓN

VIII. LIBERTAD, IGUALDAD, PODER (O «Te trataré como a una reina»)

IX. EL AMOR ES UN REGALO

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

Mi interés por el tema del amor viene, ya, de lejos. Son muchos años de reflexión, de lecturas y dedicación a la investigación de un problema sobre el cual se suele teorizar con la única base de la propia vivencia. Aun así, admira comprobar la notable coincidencia entre las opiniones más extendidas. En este sentido, podríamos hablar de tópicos (“el amor es ciego”, “el matrimonio es la tumba del amor”, “una cosa es el amor y otra es el sexo”, “el amor no tiene edad”, “lo nuestro fue un flechazo”, “yo no creo en el flechazo”, “busco mi media naranja”, “el amor no se busca, se encuentra”, “los polos opuestos se atraen”, “los hombres no aman como las mujeres”, etc.). Tópicos que a veces son contradictorios, como se puede ver en estos ejemplos, tópicos que el discurso teórico procedente de varios campos de conocimiento deshace o, a veces, sanciona.

¿Cómo explicar la eventual coincidencia entre los tratados especializados y la opinión común? Me atrevo a plantear dos hipótesis, una “idealista” y otra “empirista”. La “idealista” presenta al amor como culturalmente conformado, un constructo cuyos componentes difunden distintos medios. La literatura, el cine, la publicidad, las creaciones musicales, el folklore, la televisión con programas de distinta clase, desde la frivolidad más llamativa a la frivolidad más disimulada, todos estos medios, por su gran difusión, llegan a transformar aquellos elementos en lugares comunes al alcance de todo el mundo. De esta manera, cada cual cuenta con unos esquemas socioculturalmente forjados que estructuran sus deseos, a los cuales trata de adecuar los propios sentimientos y vivencias, aunque no tenga conciencia del proceso.

La hipótesis “empirista” sugiere que los pensadores, los estudiosos o investigadores elaboran la teoría a partir de la experiencia, en un sentido muy amplio que incluye la propia, directa y personal. El hecho de sentirnos reflejados en sus trabajos se explicaría en este caso porque la realidad, la vida, inspira la teoría y la identificación demostraría que, cuando menos en los asuntos del amor (y me refiero al ámbito occidental, de donde procede la práctica totalidad de los teóricos que he consultado), somos más parecidos de lo que solemos aceptar.

Pese a estar convencida de esta similitud, que parece abonar la suposición empirista, me confieso muy decantada hacia la hipótesis idealista, sin preterir, no obstante, los sentimientos vividos. Sospecho que la filosofía del amor, indiscutiblemente histórica y relativa a la cultura, influye fuertemente en la gestión de las emociones, que el discurso-representación del amor forma parte de la vivencia misma de éste, en el sentido de que alimentamos los sentimientos que la ortodoxia amorosa vigente considera propios y relegamos y ahogamos los inadecuados. Así que veo difícil discernir en tal experiencia qué es natural y espontáneo y qué es inducido. Sin embargo, reconozco que todo ello viene a ser, al fin y al cabo, una amalgama indivisible.

Lo mismo sucede en el caso del producto que he elaborado y aquí presento. Lo primero que se constata con claridad es que se trata de un discurso “de segundo orden”, elaborado a partir de lo que autores de reconocida autoridad han ofrecido sobre esta cuestión. Ahora bien, el libre uso que he hecho de sus conclusiones, las cuales he dado por buenas, ya responde a mi propio esquema. Éste, a su vez, ha surgido de una reflexión que arrancó, biográficamente, de la propia vida, que incluye la experiencia más subjetiva y privada y la experiencia que uno va adquiriendo por la convivencia con otras personas, con las que interactúa, a las que observa y de las que recibe una gran cantidad de información. Aun así, no me conformé, y en las lecturas sobre el fenómeno amoroso, en el análisis sobre el tratamiento que se hace de él en manifestaciones artísticas diversas, incluyendo los medios de comunicación de masas, fui descubriendo unas claves que me he apropiado y que manejo para interpretarlo. El resultado es, también en este caso, que no soy capaz de discernir la mezcla de descubrimiento empírico, de experiencia vital y de elaboración teórica.

Mi atención hacia este problema nació junto con una constatación: cuando en nuestro contexto cultural las mujeres consiguen la igualdad, al menos en lo legal, y se impone al nivel de la teoría y del conocimiento en general la tesis de la equivalencia de los sexos, continúa pendiente el logro de la armonía en el campo amoroso. Las mujeres, incluso las que pueden llevar a cabo cualquier tarea que se propongan, siguen quejándose del escollo que representa la relación amorosa con los varones. Este descontento lo recoge Shere Hite en su estudio sobre el amor y lo explica por la tradición histórica que ha separado los géneros hasta el punto de producir dos culturas, respectivamente dirigidas a la dominación, el trabajo, el honor, o al amor y la preocupación por el otro.

De esta idea partí yo, y del preconcepto de que la diferencia se decanta, también en este terreno, a favor de los varones, por cuanto éstos no han tenido que padecer ni padecen esa impotencia para construir una relación satisfactoria con la pareja de que las mujeres tanto se quejan.

Concretamente, el aspecto que ahora menciono, las diferencias de género con respecto a las relaciones amorosas, es uno de los grandes tópicos en el sentido de prejuicio no sometido a examen y en el sentido de lugar común traído a colación en muchas de las obras que he consultado, en las mismas que me han proporcionado las claves para cuestionarlo.

Así, desde que recuerdo, he escuchado y he visto reflejado en serios estudios, aunque en éstos quizás en un tono crítico, que los varones son más incontrolables en el sexo, son más lascivos. Por mencionar uno, Edmund Leites pone de manifiesto esta idea en la Inglaterra del xviii. Nosotros la percibimos por todas partes, incluso haciéndola servir como descargo de conductas del todo injustificables y que si son llevadas a cabo por mujeres merecen el general rechazo y la condena más firme, aparte de algún insulto grosero que más vale no mencionar. Y, si en otros momentos y lugares hemos encontrado la opinión contraria, que las mujeres son las más lascivas, esta supuesta incontinencia no ha tenido el mismo efecto exculpatorio de sus “excesos”.

Opiniones recogidas en estudios psicológicos, como por ejemplo los de Robert J. Sternberg, muestran la pervivencia de estereotipos sexuales que quizás hemos creído, erróneamente, ya caducados. Así, que el atractivo físico femenino es más importante que el masculino. Que el grado de satisfacción en las relaciones sexuales tiene más repercusión en el caso de los varones que en el de las mujeres. Que la fidelidad sexual es más valorada por éstas. Aquí hace falta aclarar que en dichos estudios los varones opinan que la fidelidad es más valiosa para ellas que para ellos, mientras que las mujeres la consideran igual de importante para todos. Éstas son opiniones expuestas en trabajos psicológicos. En la calle está muy arraigada la de la infidelidad sexual de los varones por la razón que he comentado antes: la sexualidad masculina es incontenible, ellos son transgresores por naturaleza. (Aun así, las investigaciones contemporáneas constatan también que se está equiparando el comportamiento femenino al masculino en este aspecto y que crece el porcentaje de mujeres infieles sexualmente a su pareja estable, al menos alguna vez.)

Sea como sea, sigue hablándose del diferente sentido que tiene el término amor para los dos géneros. La realización profesional, la adquisición de poder, el logro de un status social destacado, el dinero, son metas que los varones se marcan como prioritarias por encima de la relación de pareja. En El segundo sexo, la misma Simone de Beauvoir escribió: «La palabra “amor” tiene distinto sentido para uno y otro sexo, de donde surgen los serios inconvenientes que suelen separarlos. Byron ha dicho con razón que el amor no es en la vida del hombre más que una ocupación, mientras que en la mujer es su vida misma. Ésta es la idea que expresa Nietzsche en La gaya ciencia:

“La misma palabra amor –dice– significa, en efecto, dos cosas bien distintas para el hombre y para la mujer. Lo que ella entiende por amor es muy claro: no es tan sólo abnegación, sino entrega total en cuerpo y alma, sin restricciones, sin consideraciones de ninguna especie. Es esta ausencia total de condición lo que convierte su amor en fe, en su única fe. En cuanto al hombre, si ama a una mujer, es aquel amor el que quiere de ella; lejos está, en consecuencia, de pretender para sí el mismo sentimiento que para la mujer, si hubiese hombres que también sintiesen ese mismo deseo de abandono total, no serían hombres, por cierto”».

Juzgo interesante la cita porque considerar menos hombre a un hombre enamorado no es algo aislado ni propio de un remoto pasado. He leído recientemente el comentario que Teodora Liébana dedica al film Cautivo del deseo, de John Cromwell: “Cuanto más la desea él, más le desprecia ella. Según ella, a su defecto físico se añade el que, a causa de su deseo, se comporte como un hombre sometido, ya que un hombre que complace en todo a una mujer deja de ser un hombre”. Esta película es del año 1934, pero la relación del amor y la masculinidad sigue siendo, para mí, interesantísima y punto privilegiado de atención en el presente trabajo, como el lector comprobará si no abandona su lectura. Por el momento, siguiendo con las diferencias entre los géneros, no hay que olvidar que la absorción, incluso el aniquilamiento de la mujer, el hecho de haber invertido todas sus energías en la relación amorosa que otorga el único sentido que cuenta a su vida, van acompañados también de una especie de venganza cuando se establece una relación de dependencia mutua tal que el varón también depende de su mujer como el amo depende del esclavo, según la conocida figura hegeliana. La mujer más esclavizada ha intentado (¿lo intenta todavía?) esclavizar con sus propias cadenas a su señor. Algunos ven ésta como la otra cara de la moneda.

Simone de Beauvoir, como otros feministas, plantea como alternativa la libertad y la igualdad de los dos sexos. Mientras éstas no lleguen continuará la opresión de las mujeres en el matrimonio (y, ni que decir tiene, en todo el resto de relaciones sociales). Se ha visto el matrimonio como un mal negocio para ellas, pese a las garantías legales que, por otra parte, éste les otorga. No considero oportuno tratar aquí de todos los aspectos de la mencionada opresión. Mucho se habla de ello en numerosos medios y desde la autoridad de distintos campos de conocimiento. Supongo que están en la mente de todos. Aparte de la desigualdad económica y profesional, la diferente dedicación a las tareas del hogar, la gran inversión de sí misma que efectúa la mujer en esta empresa sentimental y material, la asunción del cuidado de los hijos y de los viejos y/o enfermos, etc., hay un problema de continua actualidad, desgraciadamente: son los malos tratos, la violencia de la que es víctima. Lo traigo a colación porque puede parecer que este hecho invalida totalmente la tesis que defenderé.

La socialización de los varones les empuja a veces a conductas dominadoras y agresivas. Un sentido de posesión demencial, los complejos, la inseguridad y dependencia enfermiza de la pareja, la presión social que padecen que les obliga a salvar una imagen que a estas alturas ya tendría que ser más que caduca, unido en muchos casos al abuso de alcohol o a otros problemas sociales o económicos padecidos en la cotidianidad, como por ejemplo la carencia de recursos, etc., hacen que algunos lleguen a la extrema violencia hacia la mujer que consideran suya, como si fuera un objeto de la misma entidad que el resto de sus posesiones.

Cuando las mujeres son violentas con los hombres (en muchas menos ocasiones que en el caso contrario) no parecen ser los mismos motivos los que las impulsan, sino la defensa propia o intereses como por ejemplo el económico. Los celos no parecen ser un motivo muy presente en estos casos; las mujeres, algunas, quizá se suicidan cuando un varón no las ama o ya no las ama, pero, por esto, no suelen matarlo.

Así pues, al empezar mi indagación partí de una idea que no he podido descartar del todo –desgraciadamente diría–, pero que sí he ido matizando. Ya en mi tesis de licenciatura planteaba que es la situación, la posición en el juego social lo que diferencia, no el sentimiento, las emociones o pasiones, sino cómo se viven. Aun así, seguía preguntando, si no son los sentimientos lo que diferencia a mujeres y varones, ¿qué ocurre con la representación, o, si se quiere, la “filosofía delamor”? ¿En qué son diferentes, si lo son? ¿Tienen las mujeres la suya, alternativa a la elaborada por los varones? ¿Debe ser por esto por lo que está tan arraigado el tópico de que mujeres y hombres no aman igual?

El preciosismo, feminismo y amor

Para responder a los interrogantes mencionados estudié el Preciosismo, movimiento del xvii que, pese a la distancia cronológica, reúne dos condiciones importantes para la indagación: su carácter feminista y su preferente preocupación por el tema del amor. Es de imaginar cuál sería mi sorpresa al descubrir un movimiento del que sólo me resultaba vagamente familiar la denominación, por la obra de Molière Les précieuses ridicules, que no había leído, por cierto. Este hallazgo, que reclamaba intensamente mi atención, me pareció de lo más prometedor. En unos escritos de indudable carácter feminista se analizaba el amor. Éste ocupaba un lugar muy amplio, no se trataba de comentarios casuales, inconexos, sino de un discurso coherente, compuesto de varias partes interrelacionadas, aun cuando no falto de matices y de cambios en las concepciones de los autores, hecho normal, incluso en los grandes pensadores, cuyo pensamiento experimenta transformaciones a lo largo de su vida productiva, con pleno derecho y con mérito.

Sobre este movimiento tengo que hacer constar en primer lugar la dificultad de su definición, pues es un fenómeno literario sobre cuya extensión se ha discutido no poco, y es un fenómeno social que merece ser destacado debido a la importancia adquirida por los salones presididos por “preciosas” y al papel de las mujeres que establecían las reglas de la galantería, la educación, el decoro... No entraré en la discusión de los especialistas, basta ahora hacer constar que uno de los principales, Roger Lathuillère, propone el estudio del preciosismo como fenómeno psicológico y moral, y como movimiento social. Sí que quiero dejar constancia de que, en mi búsqueda de su teoría del amor, tropecé con algunas dificultades, como por ejemplo que las preciosas destacadas por sus escritos son pocas y sus obras son literarias, no teóricas, si exceptuamos las conversaciones morales de Madeleine de Scudéry, que, por cierto, aparecen en las obras de ficción, o –y ésta es otra complicación– que es problemático conocer claramente qué personajes componían este grupo.

Sea como sea, el interés que tenía para mí el estudio del movimiento era descubrir en lo posible cómo se relacionan los elementos feministas con su conceptualización del amor.

Respecto a los primeros, hay que decir que el preciosismo jugó un papel de transformación social sobre todo con respecto a las mujeres. Las preciosas reavivaron en el siglo xvii la “querella de las mujeres”. Reivindicaron la igualdad de derechos y deberes para la casada, una formación intelectual sólida que exigía el alivio de cargas domésticas y de maternidades, defendieron la libertad de la joven para elegir marido o no elegirlo, demandaron el divorcio, el matrimonio de prueba, la independencia y responsabilidad personal en sustitución de la tutela de padres y marido.

La citada Scudéry, una de las preciosas más destacadas, representa la potencia feminista del preciosismo y en sus obras denuncia que la costumbre condena a la mujer a la ignorancia, que se le hurtan los derechos, incluido el de elegir a su amo, y se la priva de las cosas más inocentes.

Las preciosas viven en una época en que las mujeres tienen su importancia en varios dominios, y ejercen influencia en diferentes ámbitos como por ejemplo el de las costumbres, los gustos, las modas literarias, la galantería, que ganan en delicadeza por su influjo, el cual llega incluso a la política. Aun así, no todo está ganado y siguen siendo, sobre todo, esposas y madres, y garantes de la familia cristiana. Las preciosas representan los cambios en las ideas y van, algunas, muy lejos, queriendo incluso liberarse de las leyes del matrimonio.

Por lo general la instrucción que recibían las jóvenes de la época era bastante deficiente, razón por la cual algunas se preocupaban de buscar solas los medios de aprender: la conversación con la participación de eruditos, los libros, los profesores particulares, las sociedades de conferencias. Aun así, también hubo una enseñanza de alto nivel –ciencia política, historia contemporánea, filosofía, física, química, anatomía– en la cual fueron iniciadas las más destacadas intelectualmente. A comienzos del reinado de Luis XIV hubo mujeres sabias, algunas, como por ejemplo Mme. de La Fayette o Mme. de Sevigné, haciendo compatible la cultura con las ocupaciones domésticas; otras iban más lejos: Gabrielle de Rochechouart, Mlle. Le Fèvre, Mlle. Le Vieux sobresalieron por sus ambiciones intelectuales. Y, entre las mujeres sabias, hubo más científicas que literatas.

Esto con respecto al ambiente cultural de la época. Con respecto a la “querella de las mujeres”, algunos la consideran como una especie de género literario, dada su frecuencia en tiempo y países. El cristianismo, el culto a la Virgen y la caballería habrían sido contribuciones a la dignificación de la mujer, en contraposición a los adversarios, en ventaja por los siglos xiv y xv, aunque en éste se oye ya la voz de Christine de Pisan, la cual se apoya en la razón para sus protestas y reivindicaciones. La progresiva fundamentación en la razón producida en el Renacimiento, las voces de Erasmo y Cornelius Agrippa, las doctrinas platónicas que desde Italia llegan a Francia colaboran en la multiplicación de defensores, y –hay que recordarlo– las mujeres empiezan a hablar; Margarita de Navarra, Margarita de Romieu, Margarita de Valois son tres ejemplos de ello.

Por lo tanto, cuando a mitad del xvii florecen las preciosas, el debate sobre el sexo femenino ya viene de lejos, con ataques y defensas exagerados o moderados, como ocurre en el caso de Marie de Gournay, la cual, por los años veinte de dicho siglo, ya reivindicó para las mujeres una mejor instrucción, derechos políticos, y planteó la cuestión de la autoridad marital. Aun así, a partir de 1630 la atmósfera es menos virulenta y hay más preocupación por las cuestiones prácticas. En los quince años siguientes proliferan los tratados sobre las mujeres que, con matices, sostienen su igualdad moral e intelectual con los varones. La novedad de estos tratados es que presentan el problema de la instrucción femenina, antes excepcional. Sobre este punto hubo polémica, y Poulain de la Barre, un poco más tarde, se enfrentará a los enemigos, mostrando que la vieja teoría de la desigualdad de los sexos no es más que un prejuicio apoyado en la creencia vulgar y en la autoridad de la mayoría de los sabios.

En las preciosas se observa el ejercicio activo de la teoría de la igualdad intelectual. De hecho, a juzgar por los testimonios, parece que ser preciosa comportaba un bagaje de conocimientos, saber hablar y escribir muy bien. Sin embargo, incluso entre los más sinceros defensores de las mujeres se presenta alguna restricción: nunca deben hacer ostentación de su sabiduría. La única excepción está representada por François Poulain de la Barre, el cual reivindica para las mujeres un programa de estudio completo donde nada se les veta, y hasta critica su exclusión de los terrenos político, eclesiástico o militar. Pero, como digo, la regla es el rechazo a cualquier supuesto indicio de pedantería. La misma Madeleine de Scudéry, de sólida formación y autora de una amplia obra, considera incómodo que una dama sea sabia, y expresa que la única virtud para envanecerse es la bondad. Aun así, no por esto defiende la ignorancia.

La posición que esta autora mantiene en alguna de sus obras es que las mujeres no tienen que parecer demasiado sabias, sino aparentar que sus conocimientos se deben al sentido común. Quizás esta confianza en el poder de la razón, su racionalismo, esté relacionada con la asociación de las preciosas al movimiento que, puesto en marcha por el humanismo, impulsaba las ideas y las costumbres hacia una emancipación del individuo, hacia formas de vida más libres, razonables y humanas. La idea de autonomía que se desprende de ello, en la vida moral, en el amor, en el pensamiento, es uno de los elementos importantes de la conciencia moderna.

Por ello, no sólo se pide educación, también se reclama libertad. Las reivindicaciones preciosas se concentrarán en el derecho a la ciencia, a la libertad y a la dignidad. No sólo la situación de hecho, intereses prácticos, comunes o individuales las conducen a sus posiciones, sino que las guía un puntode vistamoral. En ellas se hace patente una alta consideración de la mujer como sujeto moral, reputada por unas cualidades que la alejan de cualquier intento de cosificación, de reducción a simple ornato y/o objetivo de los deseos físicos masculinos.

La índole reivindicativa de las preciosas, su anhelo de cultura y libertad, las lleva a la críticadelmatrimonio. Su feminismo y las condiciones de éste hicieron que adoptasen tal posición. Matrimonios concertados, todos los poderes para el marido, pese a la recomendación de los moralistas de colaboración y aprecio entre los esposos, la mujer incapacitada jurídica y económicamente, esclava de su marido y de la familia, sin salidas fuera del hogar..., esta situación explica que algunas preciosas con afanes de independencia se mantuviesen solteras. Con este panorama no sorprende la frecuencia con que tal institución se contrapone al amor. Madeleine de Scudéry establece una clara distinción entre ambos, también lo hace entre el amor y la posesión, que no tienen nada que ver.

En este contexto, tiene especial interés el análisis del discurso sobre el amor que elaboraron estas escritoras, para descubrir cómo se imbrican en él los elementos feministas.

Las dos grandes tradiciones occidentales de la representación amorosa integrarán el preciosismo: el amor cortés expresado en la canción preciosa del xiii y el platónico de la poesíapreciosa del xvi plasman la tendencia hacia la intelectualización del sentimiento que permite la aparición de este movimiento en el xvii. Como en la filosofíaplatónica, el amor es el medio de comunicar con la divinidad. Para las preciosas la espiritualización que propugnan, la oposición al matrimonio, significan que el verdadero amor es el de las almas. No obstante, su teoría del amor no es mística, el amor de las preciosas es humano, por más que parezca el cristiano que busca a Dios. Es expresión de su anhelo de dignificación.

Aun así, no sólo el espiritualismo, la condena de las pasiones sensuales que encontramos en las obras preciosas definen su platonismo, sino que también seguimos este rastro en la consideración filosófico-ética del amor: es mérito y no debilidad, y tiene el poder de iniciar a la inteligencia y a la práctica de las virtudes.

Pero la concepción platónica no es la única que ha dejado sus huellas, también resuena el ecocortés. Ya entre los cortesanos de Enrique III y Enrique IV hay un intento de revalorizar el amor refinando su expresión. El amante se somete voluntariamente a una dama deificada. En la corte de finales del xvi y principios del xvii los modos de expresión están inspirados en el mito del caballero o del amante dispuestos a todo para ser valorados por la dama. Y en Artamene, ou le grand Cyrus, de la Scudéry, junto con el platonismo se encuentran la tradición caballeresca y el amor cortés. También en Clélie, de la misma autora, aparece la “Carte du Tendre”, símbolo de las pruebas que las preciosas imponen a sus amantes, trasunto de la cortesía medieval. Una especie de regulación del buen amor, la recomendación de método en los deseos, y el papel de las mujeres de educadoras de los varones, todos estos rasgos de la caballería y la cortesía son heredados por el movimiento que nos ocupa. La divinización de la mujer, el hecho de que aparezca como fuente de las cualidades del hombre, y la exigencia e inaccesibilidad de la amada con la concomitante sumisión del amante, son rasgos corteses muy bien recibidos por las preciosas.

Pese al aumento progresivo de las dudas respecto a la posibilidad de lograr un amor durable y verdadero, la visión que durante las décadas centrales del siglo presenta la literatura sigue criterios tomados de una tradición viva desde siglos atrás en la sociedad aristocrática. La primacía absoluta del amor sobre cualquier otra preocupación humana, el respeto debido a la dama que encarna el ideal de belleza y perfección, la sumisión del amante condenado a una larga y difícil ascesis son los preceptos corteses que aquélla difunde todavía. La constancia, discreción y sumisión, que son virtudes propugnadas para el varón, contrastan con las de la ética heroica, y chocan con el orgullo masculino. En cambio, para las mujeres el amor es el medio de superar una condición inferior y de exteriorizar su voluntad de poder y adquirir gloria. En la belleza o en las virtudes, donde radica su mérito, consiste su poder de seducción. En la metafísica cortés la mujer ocupa un lugar preeminente si no cede, si mantiene al amante insatisfecho, si se le niega y lo humilla.

Ahora bien, la visión del amor que novelistas anteriores –como D’Urfé, autor de L’Astrée– y las preciosas mismas contribuyeron a extender acaba convirtiéndose en una retórica, un sistema de representación vaciado de contenidos. El lenguaje del amor empleado en la literatura y la mentalidad mundanas de manera oficial todavía hacia 1660 y más tarde, no se corresponde con ninguna verdad objetiva: ni la mujer tiene poder ni lo tiene el amor. Aun así, entre la realidad y la ficción se sitúa la zona medianera de la mundanidad que se afana por atenuar los rigores de lo establecido que, a la vez, se mantiene.

Por otra parte, hay que matizar que no faltan los contrastes. La visión noble y espiritualizada de la primera mitad del xvii es equilibrada, sin ser del todo destruida, por el realismo de la segunda parte. En las novelas del siglo se aprecia un conflicto de tendencias entre la verosimilitud y su contrario, entre la generosidad y heroicidad y el realismo psicológico, entre la moral y religión y las pinturas licenciosas, el refinamiento y honestidad y la rudeza y grosería. La misma Scudéry ilustra estos contrastes, los cambios producidos a partir de 1660 orientados hacia una mayor fe en la naturaleza, en la legitimidad de los sentimientos y hacia la rebaja del poder de la razón no son extraños para la autora, la cual se atreve a hacer la apología de las pasiones, hasta afirmar que son toda la vida del hombre y que el conflicto de éstas con la razón es quimérico; si causan males es por haber sido combatidas. La vida es actividad, fuerza, un hálito, el sentimiento y no la razón es lo esencial para el hombre, vivimos en la medida en que deseamos y amamos. Esto no significa desafiar las leyes morales, sino que se trata de dirigir, no de reprimir, la fuerza viva que brota en nosotros.

Lo más opuesto a la virtud es la indiferencia, hace falta un temperamento apasionado para ser verdaderamente virtuoso y no se puede estimar intensamente la virtud si no se es capaz de una tierna pasión. Esta idea defendida sobre todo por la citada autora encuentra sus orígenes en el platonismo del Renacimiento y su prolongación en la doctrina romántica de exaltación de la vida, la fe en el surgimiento espontáneo de las fuerzas del sentimiento.

Uno de los aspectos que más contribuyó a mi interés por este movimiento fue la importancia que concede al conocimiento del hombre interior, hecho que tiene el efecto de permitir el paso desde el “simple” escrutinio de la propia sensibilidad hasta la transformación social, en el sentido de que el autoconocimiento proporciona autoprotección y posibilidad de uniones elegidas y no impuestas.

Junto con un cierto abuso en su casuística del amor, es de destacar su contribución a un arte deseoso de verdad moral, de precisión y claridad, próximo a la obra de Descartes en su método de análisis, enumeración y definición. Su gusto psicológico y analítico es una consecuencia de su concepción espiritualizada del amor, aunque la causa puede estar en cierto elitismo y esnobismo. Aun así, la relación más sugerente es la que se puede establecer entre el gusto por el análisis y el esfuerzo cerebral por fundar un arte de amar voluntario y convenido. Todo ello conduce a que el preciosismo juegue un papel fundamental en el nacimiento de la moderna novela de análisis. Realizada en Clélie, se perfecciona en la obra de Mme. de La Fayette.

En la “Carte du Tendre”, especie de mapa en el que son representados los caminos que puede seguir el sentimiento que va convirtiéndose en amoroso, a no ser que el viajero se desvíe, en realidad encontramos un examen exquisito de los progresos y matices de tal afecto.

En el salón que mantuvo Mlle. de Scudéry se hablaba de éste, se cuestionaba si la belleza es necesaria para hacerlo nacer, si son más bellas las morenas que las rubias, si el amor es más engorroso que agradable, si el matrimonio es compatible con él; se hablaba de la acción del sentimiento sobre los modales del amante, de la conversación, también de política, moral, literatura, etc. Por lo general, los círculos preciosos se divertían con juegos como el del corazón robado, la cazadel Amor, etc.

En los escritos, en las cartas y en sus obras, la escritora matiza mucho: distingue entre ternura y aprecio; los celos son indicio de amor; nombra los enemigos de éste, que son la seguridad y el tiempo; habla de la infidelidad de los amantes; defiende la compatibilidad de la pasión noble y pura con la razón y critica los amores pasajeros, de interés, falsos, la grosería. Trata la ocultación –imposible– de los sentimientos, la dificultad de describir el gran amor, el cual aparece igual en todos; considera que el amor y la amistad no excluyen la lucidez; dice que el alma está paralítica si está sin amor, que un enamorado siente el doble, que este sentimiento es eterno si es verdadero, etc.

La obra de Mme. de La Fayette merece un punto y aparte, puesto que, aun haciendo el análisis minucioso de los sentimientos, se separa de las obras preciosas por su concepción amarga, su filosofía pesimista del amor. Esta autora representa el cambio que, preparándose ya por la mitad del siglo, se lleva a cabo hacia 1670, cuando el amor, contemplado antes como potencia protectora y benéfica para las mujeres, se torna terrible enemigo y –en cuanto que opuesto a la razón– la más peligrosa causa de perdición. En La princesse de Montpensier inaugura el tema de los destrozos que aquél provoca, cuestión que tratará de nuevo en Zaïde. En la famosa La princesse de Clèves