"La tierra que yo te mostraré" - Alain Marchadour - E-Book

"La tierra que yo te mostraré" E-Book

Alain Marchadour

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Beschreibung

Tierra prometida, tierra perdida, tierra recuperada Es posible que este motivo sea uno de los elementos esenciales de la gran intriga de la Biblia. Está la tierra en su extensión más amplia, aquella cuya creación por parte de Dios se cuenta al principio del libro del Génesis. Está la tierra particular prometida a Abrahán: «Ve a la tierra que yo te mostraré», y dada al pueblo de Israel, tierra que «mana leche y miel» y por la que corrió sangre. El presente trabajo se ha elaborado para tratar de responder a una pregunta: la historia de la alianza entre Dios y la humanidad, ¿pasaría por el don de una tierra a Israel? ¿No tendría cualquier tierra humana como vocación convertirse en tierra de alianza?

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Seitenzahl: 167

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Contenido

Portada

Prólogo

Presentación

Introducción

I – La matriz del exilio

La invención de la historia

Valor del acercamiento crítico

II – Del caos a la tierra prometida

La tierra de Dios para el hombre (Gn 1-11)

La tierra prometida (Gn 12-50)

III – La tierra para la alianza

Tierra dada, tierra ocupada

La tierra y la Torá

IV – Los profetas: del castigo al consuelo, o el desvelamiento del pecado contra la tierra

Discursos proféticos

Jeremías

Ezequiel

El canto de la viña (Is 5)

El derecho y la justicia en la tierra

V – Los Salmos y la tierra

Dios, señor de la tierra

El hombre en la tierra

La tierra perdida y recuperada

Queja en tierra lejana (Sal 137)

VI – La tierra de Israel y el Reino

La geografía sagrada modificada

Ni aquí ni en Jerusalén

Las facetas de la tierra

Para saber más

Lista de recuadros

Créditos

CB 162

Alain Marchadour

«La tierra que yo te mostraré»

La tierra en la Biblia

«Junto a los ríos de Babilonia…». El comienzo del Salmo 137 es famoso. Su nostalgia ha atravesado los siglos y nos remite a todos los exiliados que añoran la tierra que tuvieron que abandonar, de la que fueron expulsados o que está ocupada. Inspiró el soberbio coro Va pensiero, tan querido para los italianos, entonado por los hebreos cautivos en el acto III de la ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi (1842). De forma más literal, está en el origen de una canción rasta, Rivers of Babylone, que hicieron famosa los grupos The Melodians (género reggae, 1969) y después Boney M (género disco, 1978) y frecuentemente citada después, desde Jimmy Cliff a Liz McComb.

Tierra prometida, tierra perdida, tierra recuperada… Es posible que este motivo sea uno de los elementos esenciales de la gran intriga de la Biblia, tanto judía como cristiana. Está la tierra en su extensión más amplia, aquella cuya creación por parte de Dios se cuenta al comienzo del libro del Génesis. Está la tierra particular prometida a Abrahán: «Ve a la tierra que yo te mostraré» (Gn 12,1) y dada al pueblo de Israel, tierra que «mana leche y miel» y en la que corrió sangre.

Para introducirnos en las múltiples facetas del tema hemos pedido al P. Alain Marchadour que elabore este trabajo. Vivió doce años en Jerusalén. En 2006 publicó una obra sobre la tierra de Israel1, escrita junto con el P. David Neuhaus, jesuita, judío que emigró a Israel gracias a la ley de retorno y, en la actualidad, vicario patriarcal para la comunidad católica hebreoparlante de Israel. Aquí se encontrarán las líneas principales de la primera parte, prolongadas con desarrollos inéditos sobre los Profetas y los Salmos. Y si la conclusión nos permite contemplar a Jesús es para escuchar la bienaventuranza: «Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra» (Mt 5,4-5), eco actualizado del Salmo 37,11: «Los humildes poseerán la tierra». ¿Qué persona o qué grupo puede hoy en verdad reconocerse manso y humilde?

En el prólogo a la obra citada, el cardenal Carlo Maria Martini –fallecido recientemente– subrayaba «la importancia del tema de este libro y su utilidad para todos aquellos que llevan en el corazón la tierra de la Biblia, el futuro de los judíos y los palestinos, y la paz en el mundo» (p. 12). Estas palabras siguen siendo más actuales que nunca. Con este Cuaderno, su espacio se amplía a las dimensiones del reino de Dios, ya aquí y, sin embargo, aún esperado.

Gérard Billon

1 Alain MARCHADOUR / David NEUHAUS, La Terre, la Bible et l’Histoire. Prólogo del cardenal Carlo Maria MARTINI. París, Bayard, 2006 (traducido al inglés, al italiano y al alemán).

«La tierra que yo te mostraré»

La tierra en la Biblia

Hay una bendición inicial de Dios al ser humano: «Sed fecundos… llenad la tierra…» (Gn 1,28). Después está el encargo a Abrahán: «Deja tu tierra, tu parentela y la casa de tu padre y ve a la tierra que yo te mostraré» (Gn 12,1). La historia de la alianza entre Dios y la humanidad, ¿pasaría por el don de una tierra para Israel? Para los judíos, la Torá está asociada a esa tierra. Para los cristianos, cualquier tierra humana tiene vocación de convertirse en tierra de alianza. Para unos y para otros, la relación con la tierra sigue siendo un lugar de verificación de su relación con Dios y con los demás seres humanos.

Por Alain Marchadour

Introducción

Tanto la Biblia judía (TaNaK) como la Biblia cristiana (Antiguo y Nuevo Testamento) se nos presentan como un conjunto acabado. En un momento determinado de la historia, una práctica continua de lecturas de un grupo-lector fue autenticada por la intervención de una autoridad, que fijó los límites de la lista de libros santos (el «canon»), haciendo imposibles añadidos o eliminaciones. Comenzó entonces el tiempo infinito de las interpretaciones, unas veces repetitivas, otras con inventiva. A pesar de que estos libros son muy diversos (géneros literarios, dataciones, etc.), hasta el punto de que legítimamente podemos ver en ellos una biblioteca, es posible e incluso necesario buscar la intriga que los estructura y unifica, el hilo que los une. Las ciencias del lenguaje hablan así de «pacto de lectura», de contrato establecido entre el libro y los lectores. Este contrato vale sin duda para los primeros lectores pero concierne también a todos los demás que, a lo largo del tiempo, se apoderan del texto para vivir de él y para hacerlo vivir.

La tierra como intriga

Con respecto a la tierra, las Escrituras conservadas por el judaísmo y el cristianismo, tanto en lo que les es común como en sus diferencias, dicen algo normativo sobre su lugar en el designio de Dios.

Por mediación del pueblo de Israel y después de la comunidad cristiana, la Biblia transmite a los creyentes y, en parte, a los hombres de buena voluntad la revelación de Dios. Para los cristianos, la revelación culmina en la persona de Jesús, Verbo de Dios. Dios se da a conocer al hombre a través de la historia consignada en el libro: se hablará entonces de «historia de salvación», de «historia santa» o de «alianza de Dios con los hombres». La alianza se inscribe en una historia particular y se encarna en un espacio geográfico singular. Esta historia, ya en germen en la bendición divina inicial: «Sed fecundos… llenad la tierra…» (Gn 1,28), adquiere una orientación específica con la palabra del Señor al patriarca Abrahán: «Deja tu tierra, tu parentela y la casa de tu padre, y ve a la tierra que yo te mostraré» (Gn 12,1).

Esta es la intriga que nos va a ocupar: la agitada historia de una alianza vivida entre Dios e Israel en una tierra «mostrada» por Dios. Se ha podido afirmar que «la tierra es un tema central, si no el tema central, de la fe bíblica»1. Una afirmación como esta solo es admisible si la tierra no se toma como un valor aislado, sino que está ligada a la historia de la salvación e integrada en la alianza.

El vocabulario de la tierra

En el AT hebreo se emplean dos palabras principales: ha’arets y ’adamah. ’Adamah, el ‘suelo’, con una connotación agrícola y familiar, aparece 231 veces, lo cual es poco en relación con ha’arets, la ‘tierra’, utilizada más de 2 500 veces, con frecuencias importantes en algunos libros: 311 veces en el Génesis, 136 en el Éxodo, 82 en el Levítico, 123 en los Números, 197 en el Deuteronomio, es decir, en torno a 850 veces en el Pentateuco (1 016 incluyendo Josué y Jueces). Los cuatro profetas Jeremías (272), Ezequiel (198), Isaías (190) y Zacarías (42) totalizan 602 empleos. Por último, en los Salmos, el término aparece 190 veces. Así pues, los cinco libros fundacionales que constituyen el Pentateuco (la Torá), así como los grandes profetas, dedican a la tierra un amplio espacio. Estos datos cuantitativos no tienen sentido más que por su influencia en la intriga bíblica. Una lectura lineal de las Escrituras hace que aparezca desde el principio una intriga bíblica centrada en la historia de la tierra en general y de un espacio restringido de esta tierra, el que Dios prometió a Abrahán que le mostraría.

Desde el principio

«Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era una soledad caótica [= tohu-bohu], las tinieblas cubrían el abismo y un viento de Dios agitaba la superficie de las aguas» (Gn 1,1-2). A partir de este tohu-bohu inicial, Dios hace que exista un mundo separando lo que aún es confuso, nombrándolo y cualificándolo: «Dios llamó a lo seco “tierra” y a la masa de aguas, “mares”, y vio Dios que era bueno» (Gn 1,10). El hombre y la mujer están llamados a vivir a imagen de Dios en la tierra (ha’arets) que se les confía, es decir, a entrar en alianza con Dios prosiguiendo su obra de organización (Gn 2,28).

A continuación, Adán, que ha sido tomado de la tierra (’adamah), recibe un jardín para que lo cultive y lo guarde (Gn 2,15), como se guardan los mandamientos y como se da culto a Dios. A causa de la desobediencia del hombre, la tierra se pierde entonces y Adán y Eva son expulsados (Gn 3,24).

La primera acción en la tierra del hombre expulsado del jardín es un crimen contra el hermano. A causa del asesinato de su hermano Abel, Caín es desterrado «de la faz de la tierra» (Gn 4,14) y esta se vuelve contra él: Caín se convierte en el errante. Después, a causa del pecado de los hombres, las aguas del diluvio vuelven a cubrir la tierra; el caos primitivo regresa. A continuación, las aguas bajan, el cosmos recupera su armonía y Dios establece alianza con Noé. Promete: «No volveré a maldecir la tierra a causa del hombre» (Gn 8,21). Pero el orgullo desmesurado de los hombres les impulsa a alejarse de la tierra, del territorio que se les asignó, para tratar de conquistar el cielo, el espacio reservado a Dios: «Este los dispersó de allí sobre la faz de la tierra y ellos dejaron de construir la ciudad» (Gn 11,8).

De Abrahán a Josué

Abrahán obedece a la llamada de Dios: «Deja tu tierra […] a la tierra que yo te mostraré» (Gn 12,1). Más adelante nos enteramos de que esa tierra se llama Canaán; sin embargo, él tiene vocación de quedarse en la tierra que Dios le ha mostrado. El don seguirá en suspenso durante varios siglos, el tiempo que separa a Abrahán el creyente de Josué el conquistador.

Con Moisés, el lejano don se hace cercano: «He bajado para librar a mi pueblo de la mano de los egipcios y hacer que suban de esta tierra a una tierra amplia y generosa, a una tierra que mana leche y miel» (Ex 3,8). Desde el Éxodo al Deuteronomio, el relato bíblico cuenta la salida de la tierra de servidumbre para la alianza en el Sinaí –fuera de la tierra prometida– y después el vagabundeo por el desierto durante cuarenta años antes de llegar a la frontera del Jordán. Y ahí, en el momento de entrar en la tierra esperada desde hacía siglos, los hebreos se paralizan. Moisés, que deberá contentarse con contemplar la tierra desde el monte Nebo, se entrega a una larguísima meditación (Dt 1-33), como si presintiera que el paso del Jordán está lleno de riesgos y conlleva exigencias que el pueblo, a menudo rebelde, tendrá dificultades para respetar. La meditación abarca todo el libro del Deuteronomio, sin duda el canto más hermoso dedicado a la tierra de Israel, a pesar de los acentos guerreros que puede contener.

Observemos que el Pentateuco acaba antes del don de la tierra. ¿Por qué un final tan frustrante? El relato se cierra en el momento en que la tierra prometida a los patriarcas y después ofrecida a Moisés está a punto de ser habitada por Josué y los hijos de Israel. Esta conclusión inesperada dice mucho sobre el significado religioso de la tierra: esta no es un fin en sí misma. No tiene sentido más que si es una tierra de alianza y de amor.

De Jesús a los cristianos

Jesús es un hijo de su pueblo; se inscribe en la vena más pura de los «pobres del Señor», llamados a vivir la alianza en la tierra de Dios. En su predicación proclama que la tierra dada por Dios a su pueblo es un espacio concreto con sus riquezas, sus sementeras, sus viñas y sus higueras. Pero simboliza el Reino, cuya venida anuncia. En efecto, proclama: «Dichosos los mansos [el término es equivalente a “pobre”], porque ellos poseerán la tierra» (Mt 5,4-5).

Con Cristo, la interpretación cristiana de la tierra se separa de la de los judíos. Mientras que estos, hasta hoy, asocian estrechamente la Torá y la tierra de Israel, los cristianos experimentan que en Jesús muerto y resucitado, Palestina2 deja de ser el obligado punto de inserción física del creyente. Cualquier tierra humana tiene vocación de convertirse en tierra de alianza. Sin embargo, sobre este fondo de diferencia, la tierra sigue siendo un desafío tanto para los judíos como para los cristianos. Por eso unos y otros deberían poder compartir los imperativos éticos nacidos de la alianza que se vive en ella.

La aportación de la crítica

La presentación que se acaba de hacer resume la intriga bíblica en torno a la tierra. Lo hace desde una perspectiva lineal, conforme a la aproximación narrativa «canónica», es decir, que tiene en cuenta las relaciones tejidas por los libros entre sí dentro del «canon». Así es como los creyentes leyeron durante milenios los textos sagrados. Con la irrupción de la crítica en el campo bíblico, esta lectura ingenua se ha modificado radicalmente. En paralelo, y muchas veces en oposición, la crítica ha dibujado un cuadro mucho más complejo de la historia de la entrada del pueblo de Israel en la tierra bíblica.

Nuestra investigación partirá de los trabajos de los exegetas y los historiadores modernos. El conocimiento del arraigo histórico y geográfico de la Biblia está hoy cada vez más afinado. Eso nos permite comprender mejor las conmociones y los procesos históricos que llevaron a la escritura de varios libros de la Biblia, obras sin equivalente en el mundo oriental. El consenso que tiende a deducirse a propósito del papel decisivo del exilio y del postexilio, en los siglos VI y V a. C., nos lleva a preguntarnos por las condiciones del regreso de los exiliados y por las huellas dejadas en las escrituras por las diversas visiones de la tierra prometida y de la suerte reservada a los habitantes del país. Tras los pasos de los historiadores, trataremos de resumir cómo durante y después del exilio se construyeron, de forma diversa y a veces en medio de contradicciones, los relatos en torno a la tierra.

La reflexión de Israel

Tras pasar doce años en la tierra de Israel (1999-2011), he podido darme cuenta de qué forma la intriga bíblica en torno a una tierra dada por Dios a un pueblo particular resuena todavía hoy con fuerza. He podido apreciar que, a propósito de la visión de la tierra, la Biblia inspira diferentes argumentos, no solo entre judíos y árabes, sino también entre los propios judíos.

El excepcional destino del pueblo judío en la historia del mundo y la posteridad del motivo central de la tierra contribuyeron y contribuyen todavía a alimentar las pasiones en torno al suelo de Israel. Hoy habitan allí hombres y mujeres cuyo viaje ha estado motivado frecuentemente por las promesas contenidas en el libro. Llegaron de todas las regiones del mundo, como antaño los pioneros que regresaron del exilio babilónico. Ahora bien, el Señor, cuando llamó a Moisés, no le ocultó que otros habitantes estaban ya establecidos en la tierra «amplia y generosa» que prometía: «Morada de cananeos, hititas, amorreos, perezeos, heveos y jebuseos» (Ex 3,8). El carácter central de la tierra en la Biblia es un fenómeno a la vez histórico, literario, teológico, socio-político y teológico-político. Esto hace de ella un lugar excep­cional, apasionante y complejo, pero también una especie de laboratorio de lo que deberían ser todas las tierras del mundo.

Por lo que conocemos, en la producción literaria y teológica de la humanidad ningún pueblo como el pueblo de Israel ha construido su historia con una reflexión tan profunda y tan constante sobre la necesidad de un espacio vital donde dar cuerpo a su aventura humana, religiosa y espiritual. Del primer libro de la Biblia al último, la tierra carnal que «mana leche y miel» sigue siendo una referencia permanente al mismo tiempo como una herencia que hay que acoger, como una patria que hay que habitar y como una alianza que hay que respetar: tierra prometida a Abrahán, el padre de los creyentes, tierra esperada y aguardada por Moisés, tierra conquistada por Josué, perdida durante el exilio, recuperada primero en la época de Ciro y después de Esdras y Nehemías, vuelta a perder en los primeros siglos de la era cristiana… Recorriendo los libros bíblicos mediremos la importancia de la reflexión de Israel sobre el espacio geográfico que Dios le ofrece para encarnar en ella su vida de hombre creyente, con todas sus virtualidades.

1 Walter BRUEGGEMANN, The Land. Filadelfia, Frotress Press, 1977, p. 3, nueva ed. 2003, con una introducción que presenta algunos cambios con respecto a la primera edición.

2 El término «Palestina» surgió del uso romano. Tras la segunda revuelta judía (135 d. C.), el territorio entre el Mediterráneo y el Jordán, que abarcaba Judea, Samaría y Galilea, recibió el nombre general de Syria Palaestina. Muchas publicaciones geográficas de los siglos XIX y XX lo emplearon para designar toda la región. Esta costumbre permanece y carece de intención política.

I – La matriz del exilio

Unas palabras del gran exegeta alemán Julius Wellhausen (1844-1918) iluminan lo que ha significado en la historia de Israel los años a la vez trágicos y fecundos del exilio: «El diluvio del exilio, que amenazaba con ahogar a los israelitas, se transformó para ellos en un baño de nuevo nacimiento». Hoy, esta afirmación adquiere una actualidad que el autor, que escribió en el siglo XIX, no podía sospechar. En efecto, para la exégesis contemporánea, el período del exilio fue para Israel un momento único de actividad creadora literaria y teológica:

«Cuando una llamada irresistible que brota del suelo social viene a despertar sus razones y su voluntad de escribir, el hombre es un testigo que vira hacia el creador […]. Hace existir a un ser nuevo, el texto […]. Las condiciones sociales y culturales para que este hombre apareciera no se dieron hasta finales del siglo VI. Con su original dominio de la escritura, una nueva era se abría para él, y por su medio y al final, para la humanidad entera»1.

Estas palabras de André Paul se unen a un amplio consenso de historiadores, exegetas y arqueólogos. Olivier Artus subraya también que «la última década ha estado marcada por la elaboración de nuevas hipótesis que conceden a la época persa un papel decisivo en la formación de un Pentateuco convertido en la Torá de Israel»2. Esto conduce a situar en esta época las proposiciones sobre la tierra, que la tradición, tanto judía como cristiana, durante mucho tiempo vinculó a los tiempos fundacionales de los patriarcas, Moisés y David.

La invención de la historia

Desde hace varias décadas, la fiabilidad de los relatos históricos sobre los patriarcas, el éxodo y la monarquía es cuestionada regularmente:

«Frente al vacío arqueológico y al silencio de las fuentes directas, estamos en la aproximación y, hasta el siglo VIII a. C. al menos, en la imprecisión total en cuanto a una hipotética historia de Israel antes del acontecimiento de la historia persa. Por el contrario, a juzgar por los documentos bíblicos cuya redacción contemporánea no presenta ninguna duda, podemos afirmar que la historia de Israel, el Israel utópico de la Biblia, empezó realmente en el siglo V