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En una época en la que políticos, empresarios y medios de comunicación apelan a la realidad como argumento indiscutible, Mona Chollet lanza una crítica incisiva contra el imperativo de aceptar el mundo tal como es. Con agudeza y sensibilidad, se sumerge en los entresijos de una idea que, aunque venerada, ha moldeado nuestras vidas con rigidez: la realidad como dogma. Frente a esta imposición, la autora reivindica el derecho a imaginar: nos invita a pensar de otro modo, a disentir y a reconstruir los vínculos con nuestro entorno. Entre ensayos, novelas, teorías científicas y experiencias cotidianas; a través de pensadores, escritores, científicos y artistas de Flaubert a Baudrillard, de la física cuántica al romanticismo, Chollet traza un mapa lúcido y provocador de alternativas posibles. Abarca tanto el mundo laboral como el doméstico, desde el circo mediático hasta el peso individual y colectivo del deber ser, y propone rutas alternativas hacia una vida más plena: la defensa del descanso, la soledad elegida, la riqueza del mundo interior, el potencial de la fantasía, el sueño como impulso vital y la imaginación como forma de resistencia. Lejos de un discurso derrotista, La tiranía de la realidad traza un camino posible hacia una existencia más serena, justa y conectada con lo esencial. Este es un llamado a desprogramarnos, a desafiar lo que se nos presenta como inevitable y a abrir la puerta a una existencia más libre, más digna; a dejar de obedecer lo evidente y recuperar el derecho de soñar con un mundo distinto... porque, tal vez, la realidad no sea lo único que tenemos.
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Seitenzahl: 469
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Nombre: Chollet, Mona, autora.
Título: La tiranía de la realidad: el sueño como acto de rebelión / Mona Chollet ; trad. de Alejandra Ortiz Hernández
Descripción: Primera edición. | Ciudad de México : Siglo XXI Editores, 2026. | Colección Sociología y política.
Identificador: ISBN 978-607-03-1521-3
Temas: 1. Democracia 2. Dictadura 3. Sociología I. Ser. II. t.
Clasificación: LC BF318 D4418c Dewey 154.4 D3223c
reservados todos los derechos. queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, distribuirla o transmitirla en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación u otros, sin la autorización previa y por escrito del autor o titular de los derechos. cualquier uso no autorizado constituye una infracción a las leyes de derechos de autor.
este libro fue publicado en el marco del Programa de Apoyo a la Publicación de la Embajada de Francia en México/IFAL.
título original: la tyrannie de la réalité
© 2026 siglo xxi editores, s. a. de c. v.
diseño de cubierta: donovan garcía
pintura de portada: amanecer de peter vilhelm
isbn: 978-607-03-1521-3
isbn-e: 978-607-03-1522-0
Índice
Agradecimientos
La brújula del sueño
El poema del mundo
“Una impregnación recíproca”
Una pulsión vital
Como un acordeón
El anillo de Ninon
Ensoñaciones de expansión, ensoñaciones de huida
El escape imposible
Cubetas de cangrejos
Moloch
“Un elixir de no vida”
La pasión de nivelar hacia abajo
Una tiranía cada vez más agresiva
El éxodo prohibido
Ingreso miserable de avasallamiento
“Las empresas nos parasitan”
Un parachoques para todo el mundo
Lo que no termina de desmoronarse
Una ceremonia de expulsión
Por odio a la carne
La novela baobab contra la novela bonsái
Como Dios en la creación
Al asalto de lo real
Ambiciones por reconsiderar
“¿Ilusión con respecto a qué?...”
En la escena interior
Más verdadero que lo verdadero
Una pulsión totalitaria
La descentración, estrago moderno
El sueño, suplicio de Tántalo
Tabla rasa
Elogio de la disponibilidad
La plaga de la objetividad
Un relato mediático descontrolado
La implicación: una llave maestra, no un obstáculo
“Sacudir el caos”
El prejuicio, tutor de lo real
La realidad intoxicada por su representación
Realidades saturadas
Del lado de la empuñadura
Una exterioridad poco fructífera
Houellebecq, el as de patinar en hielo
Ya no es otro lugar
La brecha y la retirada
Lo político ya no basta
“Aumenta tu peso específico”
Vidas por cerrar
La maldición de los espejos vacíos
Todo menos uno mismo
Desertar la representación
Un frenesí de conformidad
Descubrir a dónde lleva la cuerda
Un centro de gravedad
Domar la soledad
Rehabilitar el cuidado de sí
“Un aguijón plantado en la carne de los hombres”
Dar marcha atrás
La lengua como otro mundo
En el corazón de la vida
Un puerto de origen
“¡Un lugar, quiero un lugar!”
El centralismo, “discapacidad nacional”
“Construir una sociedad de miradas”
El hogar, “en el corazón de lo real”
Un pequeño cosmos que se abre al grande
La modernidad retira la escala
El fantasma de una biósfera propia
Un sueño de paraíso descarriado
Domar a la naturaleza
El consumo, único incentivo existencial
Una pantalla de baratijas
Un arte de existir en el mundo
En el bosque imaginario
Huir de las emociones delimitadas
¿Un tanque de oxígeno con ramas?
Biodiversidad interior, biodiversidad exterior
Las virtudes de la sombra
El “don del asombro”
No necesitar a nadie
“La forma concreta de nuestra existencia”
Erradicar lo intangible, erradicar lo incontrolable
“Yo te cambié”
Dejar la llave y partir
A mayor perjuicio, mayor compensación
El gusto de la libertad
Experimentar la verdadera riqueza
El nivel del suelo
“Lugares para desaparecer”
Continuará…
Agradecimientos
Toda mi gratitud es para Thomas Lemahieu, por su presencia bendita, sus finos comentarios y sus libros caídos del cielo;
para Jean Sur, por su amistad y apoyo constante;
para Maurice Nadeau, por su lectura meritoria de la primera versión de este ensayo, y el paso de baile que me hizo esbozar su comentario;
para Isabelle Campion, sin quien este libro habría tenido enormes dificultades para existir;
para Miguel Benasayag, por nuestras conversaciones estimulantes (si bien acompañadas de su innombrable té con Pulco);
para Philippe Macasdar e Isabelle Saint-Saëns, notables traficantes de referencias recomendables;
para Sylvie Gillet, editora, por su confianza exigente, y por los avances inesperados que me permitió llevar a cabo en mi trabajo al abordarlo;
y para todos los autores citados en estas páginas, cuyo encuentro —ya sea mediante sus obras o igualmente en la vida— me dio alas.
El mundo tiene que romantizarse. Así es como se encontrará el sentido original.
Esta operación todavía es totalmente desconocida. Cuando le doy a lo ordinario un sentido elevado, a lo común un aspecto misterioso, a lo conocido la dignidad de lo desconocido, a lo finito la apariencia de lo infinito, en ese momento los romantizo.
NOVALIS, Le monde doit être romantisé
La brújula del sueño
Para conseguir algunas ideas, hay que tenerle mucho amor a las quimeras.
GASTON BACHELARD
Cuando en abril de 2002 Francia vota en masa por un candidato de extrema derecha en la primera ronda de la elección presidencial, un intelectual decreta con estrépito que “la realidad hizo campaña por Le Pen”.1 Unas semanas más tarde, él mismo, que al parecer dispone de una línea directa con la “realidad”, estima que la italiana Oriana Fallaci, en su panfleto islamofóbico,2 “se esfuerza por mirar la realidad de frente”.3 Al año siguiente, en octubre, el primer ministro Jean-Pierre Raffarin, tras regresar de un viaje a Rusia, ante los reproches de los diputados de oposición por haber hablado de comercio eludiendo con prudencia la cuestión chechena, les responde que “no se dejará intimidar por aquellos que no tienen una visión internacional más que mundana o alejada de los temas de la realidad que conciernen a Francia y los franceses”.4 Después, cuando en febrero de 2004 una petición acusa al gobierno de librar una “guerra contra la inteligencia” en vista del nuevo destino de los investigadores, profesores, trabajadores intermitentes del espectáculo y muchas otras categorías, ciertos miembros de la mayoría presidencial estiman que la protesta refleja un “rechazo a vivir en la realidad”…5
Podríamos multiplicar los ejemplos: pocas ideas están tan gastadas como la de la realidad. Políticos, empresarios, economistas, intelectuales y novelistas por igual la enarbolan como un argumento terrorista, definitivo, supuestamente tajante —y de fácil acceso— para cualquier discusión. Pero ¿no valdría la pena examinar más de cerca lo que implican estas invocaciones? Después de todo, la cuestión es seria: ¿la realidad en verdad estaría inexorablemente del lado de los reaccionarios? Si tuve interés en abocarme a esta reflexión fue porque, más allá de las implicaciones políticas, este chantaje recurrente da cuenta de uno de los grandes presupuestos de nuestro funcionamiento tanto social como psíquico: la realidad constituye ahora el valor de referencia. Es el único dios al que veneramos; el último que queda en las tiendas, quizá. Por todas partes hay quien se jacta de conocerla (mejor que los demás), de mirarla de frente (al contrario de los demás), quien se ampara en ella y se disputa su garantía. Se condena decididamente lo imaginario y el sueño, que se perciben como niñerías, como síntomas de un deseo escapista, de una incapacidad para “afrontar la vida”. Según la opinión general, la sabiduría exige golpearse la nariz contra el vidrio de la realidad y actuar en toda circunstancia en función de los requerimientos intimidatorios que esta parece imponernos.
Yo no sentiría la necesidad de rebelarme contra esta línea de conducta impuesta si la “realidad” que se nos asigna fuera un poco más risueña. A quienes nos prohíben abstraernos de ella un solo instante quizá les convenga, pero, desde mi punto de vista (y creo que otra gente lo comparte), el mundo actual no se distingue en particular por su hospitalidad, ni por la confianza que inspira en el futuro. Hay lógicas tanto económicas como culturales que obran desde hace mucho tiempo, de manera más o menos subyacente, y por las que hasta ahora podíamos evitar preocuparnos, que comienzan a producir efectos tangibles y quizá a alcanzar su punto de no retorno. Las dos grandes relaciones esenciales para nuestro equilibrio, la relación con el medio ambiente y la relación con el otro, están en crisis. Los daños a la biósfera y las aberraciones del productivismo comienzan a generar desórdenes que a veces matan y que siempre siembran el pánico. La propagación de los organismos genéticamente modificados está a punto de hacer que desaparezca la naturaleza tal como la humanidad la conocía hasta ahora, como una entidad que no dominaba por completo, dispensadora de una abundancia gratuita. Y el sentimiento de tristeza crepuscular que se experimenta tiene muy poco que ver con lo que se ha acordado llamar “la preocupación de los consumidores”. Además, la vida en común ya no se basa en ningún proyecto colectivo —apenas y se basa en algunos valores fosilizados, desde hace tiempo vaciados de sentido— y ya no se contempla más que en un modo defensivo. Esta se caracteriza ante todo por la hostilidad: obsesión enfermiza por la seguridad, tensiones comunitarias, intensificación de la paranoia, la convicción de haber entrado en una “guerra de las civilizaciones”…
¿Cómo nos las arreglamos con lo que Miguel Benasayag llama la “conciencia herida”6 de nuestra época? La omnipotencia hipnótica otorgada a la realidad se justificaría tanto más cuanto que es negra y violenta: para hacer frente a la gravedad de la situación, más que nunca habría que verla solamente a ella, pensar solamente en ella. Habría que dejarse gobernar por el miedo, privilegiar el corto plazo, encadenarse a la urgencia. Contra aquellos que, por tímidamente que sea, sugieren otras estrategias, se usan armas tales como la culpabilización, la amenaza, el chantaje a la indecencia, la acusación de ingenuidad, de candidez o de nostalgia por ideologías totalitarias. Desde mi punto de vista, esta actitud que consiste en inocular sin cesar más realidad a la realidad no solo no podría ser una respuesta adaptada, sino que seguramente es una de las causas del embrollo en el que nos encontramos. Cuanto más nos lleva a la catástrofe nuestra manera de ver las cosas, tanto más nos encomendamos al “realismo”; quizá sea hora de probar con otra cosa. ¿Qué tendríamos que perder? En vez de agotarnos por sellar una grieta tras otra, ¿por qué no tomar la suficiente distancia para considerar la edificación en su conjunto, para evaluar sus cimientos? Y para reflexionar con calma: ¿cuál es esta realidad que se invoca sin cesar? ¿Cuál es su modo de producción? ¿Qué parte tenemos nosotros en ella? ¿Cómo se catalogan los registros respectivos de lo real y lo imaginario, cómo influye uno en el otro? ¿Qué relaciones mantienen nuestra interioridad y nuestra exterioridad? ¿Cuál es la distancia correcta que se debe encontrar con respecto a las cosas?
Entonces, partamos de lo que existe: antes de mofarse del sistema o, por qué no, al mismo tiempo que se le vilipendia, cabe intentar comprender las razones de su prosperidad y de la seducción que ejerce. Y también cabe identificar nuestros intentos de cambio, por modestos o irrisorios que sean, con el fin de ver cómo sería posible prolongarlos, así como los niños expanden con dibujos el paisaje de una postal después de haberla pegado en el centro de una hoja de papel.
En el año 2000, Annie Le Brun, en Del exceso de realidad,7 arremetió con buena y saludable ira contra la erradicación del sueño que veía en obra por todas partes y que no le parecía menos catastrófica que la destrucción de la capa de ozono. Sin embargo, no ponía en entredicho el contenido que se le da a la noción de realidad. Mi intención, al contrario, consiste en mostrar en qué son erróneas las concepciones subyacentes a la tiranía que esta ejerce y cómo provocan serias disfunciones en nuestra relación con el mundo. En efecto, se trata de poner en tela de juicio el realismo en su propio terreno, en su pretensión de representar una aprehensión seria y convincente de las cosas. Para ello, he elegido como guías a una cohorte de escritores y ensayistas muy diversos, con relativamente poca exposición mediática, soñadores reales o ficticios que, por su parte, pueden ayudarnos a habitar el mundo de una manera un poco menos discordante, un poco menos triste, un poco menos estéril: Annie Le Brun, y también Rezvani, Robert Walser, Jean Sur, Gaston Bachelard, Robert Pogue Harrison, Miguel Benasayag, Italo Calvino, John Berger, Nancy Huston, Robert Louis Stevenson o incluso Gustave Flaubert. Este último ocupa un lugar importante aquí, pues su obra desempeñó un papel determinante en la concepción del sueño de la que somos herederos (Madame Bovary,8 desde luego). Evocaré también las obras de científicos fuera de lo común como el geógrafo Augustin Berque o el físico Bernard d’Espagnat.
Este libro se pensó como una red de compañerismo con todos aquellos autores que, por gusto, he convocado y me he encontrado a menudo. A pesar de ser periodista, soy más ratón de biblioteca que aventurera: el terreno de investigación en el que mejor me desenvuelvo son los textos. Más que ninguna otra cosa me gusta coleccionar indicios concordantes, escuchar las resonancias que estos provocan con lecturas anteriores, actualizar la coherencia oculta que se dibuja de este modo. A mi parecer, un libro, o incluso un simple artículo de prensa, no está terminado cuando se publica, sino que espera a que se le cite o que se le exhume a propósito, y sobre todo a que se le relacione con otros, para poder suscitar nuevos destellos de sentido, con otros textos y en particular con escritos que dan cuenta de categorías diferentes a la suya. De ahí la diversidad de los materiales que he utilizado: literarios, filosóficos, sociológicos, periodísticos, científicos, por mencionar algunos. A pesar de la prudencia escrupulosa con la que me di a esta tarea, estoy muy consciente de que los especialistas de cada disciplina bien podrían notar ciertas herejías, y existe el riesgo de que se retuerzan las manos de desesperación al constatar las libertades que pude haberme tomado sin darme cuenta con el objeto de estudio al que dedican su vida. Les pido una disculpa de antemano, pero no por ello dejo de reivindicar el derecho de apoderarme de él: más allá de sus numerosos inconvenientes, la postura de no especialista tiene la ventaja de ofrecer un punto de vista desde el cual se pueden detectar correspondencias entre ámbitos que parecían no tener relación. Con esto, lo único que hago es conformar la forma con el fondo de mi propósito, que se concentra en gran medida en la necesidad de pensar en términos de relaciones más que de objetos.
Las páginas siguientes sorprenderán por sus idas y vueltas permanentes entre la actualidad y obras que, a priori, están desconectadas de esta. Seguramente valdría la pena buscar su explicación en mi formación. Durante mis estudios de literatura e historia, en Ginebra, nunca pude resignarme a la manera en la que el saber académico, a menudo, se cerraba sobre sí mismo, ni al desprecio que se manifestaba a mi alrededor por los sucesos que ocurren fuera del recinto universitario (un profesor de historia me había propinado el comentario “¡señorita, no estamos aquí para tener pláticas del ‘Café du commerce’!” cuando tuve la imprudencia de relacionar la época medieval con la época contemporánea). Más tarde, en la escuela de periodismo de Lille, nunca pude resignarme al antiintelectualismo reinante. De ello me queda el sentimiento un tanto preocupante de haber sido una oveja negra en todos los lugares por los que pasé (me encanta que me compadezcan). Pero así es: no puedo renunciar a las turbulencias de la actualidad ni a la investigación intelectual y la toma de distancia que esta implica. Su divorcio es una calamidad. Para no verme condenada a esto, en 1998 creé con Thomas Lemahieu el sitio Périphéries,9 aprovechando la oportunidad sin precedentes que ofrecía el auge del internet. Independientemente de los parámetros y las limitantes que tenemos que tomar en cuenta en nuestra vida profesional, con ese sitio nos dotamos de un espacio de libertad total, en el que podemos ejercer nuestra profesión como queramos, más cerca de nuestras convicciones y entusiasmos, sin imperativos de formato ni de rentabilidad o audiencia. Eso nos ha permitido librarnos de la concepción estrecha de la actualidad que forzosamente impera en los medios de comunicación clásicos.
Este libro nació de esos aprendizajes caóticos. Ante los textos me he comportado como el jardinero de la novela de Pierre Senges Ruines-de-Rome,10 que se dedica a multiplicar los injertos y los esquejes:
Heredo sin en verdad merecerlo todo lo que han cultivado mil generaciones de jardineros, desde los obtentores de rosas de Isfahán hasta los cultivadores de coles en la tierra del Norte. Heredo sus cruces, sus selecciones, una experiencia perfeccionada al ras del suelo o en los laboratorios; heredo híbridos y floralías: tengo ante mis ojos invernaderos repletos de esencias artificiales, a veces obligadas, a veces consentidas, que me sirven de arsenal clandestino.
Ahora les propongo entrar en ese “arsenal clandestino”, no para “huir de la realidad” sino al contrario para darnos una oportunidad de habitarla plenamente.
1 Alain Finkielkraut, Le Point, 25 de abril de 2002.
2 Oriana Fallaci, La Rage et l’Orgueil, trad. del italiano de Victor France, París, Plon, 2002.
3Le Point, 24 de mayo de 2002.
4 En la Asamblea Nacional de Francia, 8 de octubre de 2003.
5 Reuters, 19 de febrero de 2004.
6 Miguel Benasayag, Gérard Schmit, Les Passions tristes, París, La Découverte, 2003.
7 Annie Le Brun, Du trop de réalité, París, Stock, 2000 [Del exceso de realidad, trad. de Fabienne Bradu, México, FCE, 2004].
8 Gustave Flaubert, Madame Bovary, edición, traducción y notas de Mauro Armiño, Madrid, Siruela, 2014 [1857].
9www.peripheries.net
10 Pierre Senges, Ruines-de-Rome, París, Verticales, 2002.
El poema del mundo
Plantado en medio de otra gente que va y viene, él parece fijarse en un objeto con poderes hipnóticos, visible solo para él. Va con los brazos colgando o con los dedos anudados frente al vientre en un gesto humilde y mecánico. Se parece a un santo cuya aureola se le hubiera enterrado en la frente y lo suspendiera en los cielos, con los pies en el vacío, o bien al loco que pintaba el techo y que, para no caerse cuando le iban a quitar la escalera, se aferró al pincel. Está absorbido tan intensamente por la película que le proyecta su conciencia que olvida el espectáculo que ofrece a quienes lo rodean; y los demás, con toda razón seguramente, se ofenden. Quienes están a su alrededor le dan codazos, lo increpan con fastidio, lo critican. El soñador exaspera y preocupa. Hay quienes ven en él la imagen de lo que a veces ellos mismos son: el rechazo que ellos manifiestan solamente es más violento. Otros, con los ojos centelleantes de indignación, lo miran de arriba abajo sin entender. Él representa a su parecer una incongruencia total, escandalosa. ¿Qué hicieron ellos en cambio con los fantasmas de poderío incontrolable que se cernían sobre ellos, de niños, y les hacían la vida imposible antes de retirarse y dejarlos jadeando, con la lengua de fuera? ¿Qué hicieron con los éxtasis casi místicos a los que los propulsaba la gran revolución hormonal de la adolescencia y con la exaltación boba e inestimable que los acompañaba? Los guardaron con candado en un desván, sin pensar un solo instante que podían servirles después de equipaje, de remansos, de referencias. Y si acaso lo consideraron, padres y profesores se encargaron de que renunciaran a ellos —por su bien, desde luego—. Porque el sueño es como un derrame de sangre en el océano: atrae a los tiburones, y se corre el riesgo de ser despedazado. Entonces, los adultos resumen su ser a la suma de su rol social y su rol familiar, y adoptan los comportamientos y opiniones más adecuados para hacerse acreedores a la consideración de su entorno. No es de sorprender que el soñador les parezca un loco: ¿cómo podrían comprender ellos de dónde saca todo eso? Hace ya tanto tiempo que condenaron los senderos que él toma, que olvidaron incluso su existencia.
Pero no se excluye la posibilidad de que efectivamente esté loco. “Todos nacemos locos. Algunos siguen siéndolo”,1 escribía Samuel Beckett. El soñador es uno de ellos, eso es obvio. Le cuesta trabajo que lo acepten, y cabe reconocer que no pone mucho de su parte. Su socialización es caótica, dolorosa. Al haberse demorado de más en su torre de marfil, se perdió de muchos episodios, y se encuentra eternamente fuera de lugar. Su parte interna, la conoce como la palma de su mano, la ha cultivado, pero su parte externa, le cuesta trabajo ajustarla a la de los demás. Sus antojos y elucubraciones le estorban a todo el mundo; hace comentarios de una grandilocuencia fuera de lugar. El placer particular que le provoca el simple hecho de estar vivo —a pesar de que a veces dé la impresión ilusoria de neurastenia—, el asombro inagotable que le provoca su propia capacidad para respirar, amar, conmoverse, pensar, crear, e incluso sufrir, pueden dotarlo fácilmente de una presunción extenuante, incluso de un egocentrismo alarmante, que pueden terminar por sacar de quicio incluso a los más dispuestos. Los demás, gracias a él, se pavonean reconfortados en su propio sentimiento de sabiduría, rectitud y conformidad. Creen que son como debe ser “en la vida”. ¡Necios! Ignoran que avanzan a tientas, que aquellos a quienes creen razonable seguir están tan perdidos como ellos, y que el soñador, a diferencia de ellos, como antaño la Pitia de Delfos, sabe. Ni siquiera tiene necesidad para ello de masticar hierbas alucinógenas, poner los ojos en blanco o girar las palmas hacia el cielo con cánticos. Le basta esperar, escuchar sus intuiciones, dejar que sus pensamientos sigan su curso, que su imaginación vagabundee, que sus sentimientos se decanten: en algún momento, de manera inopinada —a veces en la mañana, al despertar, pero no siempre—, él sabe. Una pizca de saber se ha depositado en él como una pepita discreta en el tamiz del buscador de oro; el soñador traza su ruta avanzando de una a otra.
Y además, no necesita gran cosa para ser feliz. Si puede aislarse de vez en vez, está pleno; pero ni siquiera es indispensable. La huida interior, acompañada de un pequeño espasmo de placer, mediante la cual se abstrae del universo común, la lleva a cabo también en sociedad, en cualquier oportunidad. Sueña en cualquier lugar, en cualquier momento. Es autosuficiente. Cuando camina por una acera, hay fantasmas que no cesan de ir a su encuentro, de bailar a su alrededor, y él conversa con ellos con toda la seriedad del mundo. Durante un trayecto en tren, en metro, en auto, su cine interior solamente lo vuelve más atento a la más mínima impresión de belleza fugitiva que pueda formarse ante sus ojos. Los demás se creen que tienen los pies en la tierra, pero solo se mantienen de pie porque se apretujan temerosamente unos contra otros. La única presencia que experimentan es la de sus harapos sociales respectivos. Viven en un escenario de cartón, y su percepción, su pensamiento, nunca se topan con nada mínimamente salvaje. Desde hace mucho tiempo su existencia se despidió del menor atisbo de sentido. Si bien no es un ser social, el soñador es un terrícola. No deja de comunicarse con el mundo. Está en él de lleno. En él se encuentra en casa. “No podemos decir del hombre de la ensoñación que ‘está entregado al mundo’”, escribe Gaston Bachelard. “El mundo le es todo acogida”.2 ¿Se dan cuenta de la suerte exorbitante que él tiene?
Pobre o rico, el hombre contemporáneo sufre de una dificultad para habitar, de la cual es a la vez el artesano y la víctima: el paisaje de sus ciudades y el estado de la biósfera ofrecen la ilustración más concreta de esto. Observando el caos en el que vive la humanidad a finales del siglo xx, el ensayista Robert Pogue Harrison constata: “Nadie sabe a ciencia cierta cuánto tiempo seguiremos como refugiados en la tierra, pero el hecho de carecer de un hogar ahora se ha vuelto obvio incluso para los miembros más privilegiados o protegidos de la familia humana”.3 Coloquialmente solía decirse, cuando alguien muere, que “entregó las llaves”. Cuando morimos, hoy en día, ¿todavía tenemos algo que entregar? Se puede ser un errante en la tierra tanto en un pabellón prefabricado como en un edificio moderno y lujoso, pero, para un número creciente de seres humanos, la dificultad de habitar debe interpretarse en el sentido más literal. En las grandes ciudades, hasta el cuchitril más diminuto, más insólito, se renta por una fortuna. Obligados a contorsiones extravagantes por la poca superficie de vida que se les otorga, los citadinos se sofocan y se marchitan. En Francia, entre las personas en situación de calle, tres de diez tienen un empleo sin por ello lograr alojarse.4 En el campo, colmo del absurdo, muchos campesinos tienen que vivir del ingreso mínimo de inserción cuando están, por su oficio mismo, tan “insertos” en su medio ambiente como es posible imaginar —mucho más “insertos”, al menos, que aquellos que los condenan a dicha existencia miserable—.5 En Brasil y otros países, los campesinos sin tierra se cuentan por millones…
Este mundo expulsa con todas sus fuerzas, y el soñador se encuentra en casa.
Soñar plenamente en un lugar te vincula a ese lugar para siempre, ya sea que te pertenezca o no. Quien haya atesorado una casa en su infancia lo sabe. La casa influyó en la persona, su configuración y su atmósfera quedaron impresos en ella; a la inversa, su ensoñación, su manera de acurrucarse en ella, de habitarla, animaron y transfiguraron la casa. El soñador no solo se funde en su marco de vida, sino que, cuando sale de él, el bienestar y la familiaridad confiada que experimenta lo acompañan: evoluciona “en un dentro que no tiene fuera”.6 En la obra del inmenso soñador que fue el escritor Robert Walser, aparece de manera recurrente la figura de la casera. Su héroe, Simon Tanner,7 que vagabundea por los caminos, que juguetea en los campos y los bosques, que encuentra un trabajo, al que renuncia unas semanas más tarde después de haber desplegado una larga lista de agravios frente a su empleador perplejo, encuentra así en su camino a esta mujer de una bondad providencial, quien le ofrece generosamente una habitación simple y bella para refugiarse durante un tiempo. Por medio de ella, el poeta le apuesta a la hospitalidad del mundo, a su benevolencia fundamental.
“Una impregnación recíproca”
“Parecería que en el mundo intermediario donde se mezclan ensoñación y realidad, se realiza una plasticidad del hombre y de su mundo sin que sea necesario saber dónde radica el principio de esta doble maleabilidad.”:8 Gaston Bachelard, en La poética de la ensoñación y La poética del espacio,9 describió admirablemente esta alquimia. Y actualmente encontramos en la pluma de un geógrafo, Augustin Berque, una sorprendente confirmación de sus intuiciones. Berque nunca pudo resignarse a disociar el estudio del ser —la filosofía— del estudio de los lugares —la geografía—. Por otra parte, como especialista del Lejano Oriente, señala que en japonés la palabra que sirve para decir “yo” no es la misma según las situaciones: se ve imantada y modificada por cada una. En las lenguas occidentales, en cambio, permanece invariable: en francés o en inglés se puede desprender el “yo” de su contexto, lo cual les da al inglés y al francés una imagen fundamentalmente sesgada de su condición. La pasión de Berque por el estudio del entorno, es decir, el lugar en el que se presenta la “plasticidad” del hombre y el mundo de la que habla Bachelard, lo llevó a interesarse en la física, la lingüística, la etimología, la historia, la filosofía, la poesía, la arquitectura… El itinerario de sentidos que trazan estos libros toma prestado de todos los ámbitos, al igual que de diferentes etapas alrededor del planeta: una isla griega, con su camino de piedras pulidas por los cascos de los burros, sus olores de verano, la reverberación del sol; el desierto australiano; los arrozales japoneses; un jardín a las puertas del Atlas marroquí… En su obra, la sensualidad, lejos de permanecer muda, coopera activamente con el pensamiento: “Mediante los sentidos tenemos sentido”. Berque juzga como absurdos los intentos por abstraer la existencia y la actividad humanas de su contexto físico. Describe la manera en la cual, con el paso del tiempo, en la historia occidental, se ha creado un abismo entre el hombre y el mundo, con un giro decisivo cuando Descartes “discriminó la sustancia extensa de la sustancia pensante”, con lo cual fundó el dualismo moderno. Este dualismo se presenta como una cúspide de racionalidad, y sin embargo es falso: no somos simplemente sujetos frente a objetos que estudiamos y manipulamos. De este modo, en la relación de un grupo humano con la extensión terrestre se produce “una impregnación recíproca del lugar y de lo que se encuentra en él”. En griego, señala Augustin Berque, hay dos palabras que significan “lugar”: topos y chōra. La primera designa el lugar abstracto, cartografiable. La segunda, el lugar existencial, con todas las particularidades que lo hacen único: la chōra produce hombres que no son lo que serían en otra parte, y estos, al mismo tiempo, actúan sobre ella, la modifican, le imprimen su marca. Es a la vez “impronta y matriz”; “acoge y engendra”. El resultado de esta interacción incesante, de este círculo virtuoso, fue bautizado por los antiguos como “el poema del mundo”… Pero el hombre moderno, indiferente a las características particulares de los lugares, no ve en todas partes más que un espacio abstracto. Confunde el mapa con el territorio. La chōra es “un lugar dinámico, a partir del cual adviene algo diferente, no un lugar que encierra la cosa en la identidad de su ser”: con su visión de un mundo dislocado, constituido de diferentes elementos inertes, sin relación entre ellos, la modernidad rompió esta dinámica. La modernidad “petrificó el poema del mundo”.10
La representación que coloca al hombre y el mundo como dos entidades monolíticas, que se miran con recelo sin influir en la naturaleza del otro, sigue siendo dominante en la mentalidad contemporánea. Para vivir bien en la tierra, en estimación de Berque, el ser humano debería aceptar el hecho de que es producto de su entorno, que le pertenece a este. Este anclaje debería ser el punto de partida de las transformaciones que opere en él. Pero la pertinencia de tales ideas dista de admitirse; para convencerse de ello basta con echar un vistazo a las innumerables realizaciones arquitectónicas, anónimas o prestigiosas, que se burlan a todas luces de las características particulares del lugar en el que se inscriben, y que pareciera que cayeron ahí como habrían podido caer en cualquier otro lugar, arrojadas de noche por alguna nave extraterrestre maliciosa. Originario de Bretaña, el escritor Michel Le Bris narra una invasión de este tipo. Vio la fisionomía de su región cambiar con la llegada de los primeros turistas, a partir de la década de 1950. Desdeñando las granjas bretonas con formas y tonos armónicos, resultantes de una larga experiencia del terreno y el clima, ellos mandaron construir jaulas de vidrio incongruentes, glaciales en invierno y tórridas en verano, para deleitarse a sus anchas con las bellezas del paisaje. Los autóctonos nunca habrían pensado en algo semejante: “Nosotros no encontrábamos el paisaje ‘bello’. Simplemente lo habitábamos, pero en el sentido más fuerte de esta palabra: era parte de nosotros mismos y nosotros éramos parte de él. Solamente los parisinos lo encontraban bello. Pero la belleza es precisamente aquello de lo que uno puede tomar distancia porque no lo habita”.11 Sin embargo, la arquitectura no es la única que da cuenta de la brecha artificial que el hombre moderno crea entre él y el mundo. En el año 2001, un anuncio televisivo destinado a sensibilizar al púbico de la protección de la naturaleza mostraba a un paseante que comía un sándwich en un bosque. Después de intentar tirar su papel encerado al suelo, cambiaba de opinión y lo deslizaba en su bolsillo. Un poco más adelante, en su camino, aparecía un letrero con la inscripción: Gracias. Dicho de otro modo: el ser humano no tiene nada que ver con la naturaleza, vive en ella como en un escenario cinematográfico. La salvaguarda del medio ambiente depende de su buen corazón, pero no le concierne directamente. Esta visión de las cosas, que se cree racional, es perfectamente inepta, pues todo rastro de vida humana bien podría desaparecer de la faz de la tierra sin que la Madre Tierra tuviera una mayor reacción que alzar las cejas perezosamente (la exuberancia particular de la vegetación en los alrededores de Chernóbil, debida a esta misma radiación que destruye a los hombres, basta para demostrarlo).
Una pulsión vital
No apresuren al soñador, con la boca entreabierta en una expresión que, lo acepto, no irradia precisamente inteligencia. Él es quien, desde siempre, ha presentido sin esfuerzo aquello que los sabios, desde hace décadas, redescubren en la febrilidad. El sueño da naturalmente la intuición de lo que Augustin Berque llama la “cosmicidad”, es decir, la correspondencia entre todas las cosas que cohabitan bajo el cielo, la convergencia de sus destinos; Gaston Bachelard califica además la ensoñación poética, o aquella del niño, como “ensoñación cósmica”.12 El desmantelamiento de este vínculo desencanta el mundo y lleva a que cada uno se conciba como un individuo aislado, impotente, al margen del movimiento de la vida. Aquel que, en vez de experimentar y ejercer activamente su propia participación en lo real, se cree condenado a padecerlo como algo que fuera exterior, paga por la ilusión de omnipotencia de la que se jacta el arquitecto conquistador, seguro de su capacidad de triunfar ante las limitantes que le quiere imponer la naturaleza. Ambos petrifican de la misma manera el poema del mundo. Ambos son víctimas del mismo error, de la misma visión truncada que los hacer creerse separados. La impotencia de uno y la omnipotencia del otro no son más que dos caras de una misma moneda; y, cuando se la lanza al aire, ¿adivinan en cuál de las dos caras cae siempre la moneda, a fin de cuentas?
Si tenemos todas las razones para remitirnos a ella en este mundo fatigado, es porque la propensión a soñar siempre denota una pulsión vital. Siempre es la manifestación de un resurgimiento de deseo. Al prestarle atención a su producción imaginaria, al darle forma, aunque sea para originar una obra sombría y torturada, el escritor de cierta forma da un salto de fe en la vida. El simple soñador, por su parte, se evita los tormentos de la creación literaria: se conforma con entrar en calor, tan a menudo como sienta la necesidad, en el fogón que posee en la conciencia. La energía que extrae y el alivio que encuentra con ello le brindan ese anclaje tan particular en el mundo. Las imágenes que desfilan ante sus ojos suelen ser simples, incluso banales, pero ¿qué importa? Él se burla de su originalidad o su valor estético. Lo que le interesa son sus virtudes de cataplasmas existenciales, el placer que pueden brindarle —y es bien sabido que las mentes demasiado críticas, demasiado preocupadas por una distinción o ansiosas por el juicio de sus pares, rara vez muestran una gran aptitud para el placer—. Los lugares comunes no lo molestan en absoluto. Le sirven para “rumiar lo primitivo”, según la expresión de Bachelard, que cita como ejemplo “la lámpara que luce en la ventana”:13 una imagen que también encontramos con frecuencia en la obra de Robert Walser. El sueño es el ritual mediante el cual el hombre y la Tierra renuevan su compromiso mutuo; no hay nada sorprendente en que con ese motivo muestren su mejor cara. Si se empieza a hablar del sueño, el placer nunca estará muy lejos.
Como un acordeón
La aceptación de la ensoñación y su deriva benevolente lleva a que uno modifique, al menos durante un tiempo, su sistema de valores o, digamos, la conformación de su mente. Al desdoblar el mundo como un acordeón, esta revela sutilezas insospechadas y obra en nuevas dimensiones. Sugiere progresar ya no ensanchando su campo de investigación, sino profundizando en él. Aquel que se entrega a esto es forzosamente un contemplativo. La extraordinaria narración que hace Robert Louis Stevenson de su noche en vela en un pinar de las Cevenas, una noche de no hacer nada, fumar, mirar el cielo, escuchar, puede, por ejemplo sorprender a todos aquellos que en la noche no ven más que un bloque de tiempo sin interés en el que todo está oscuro y en el que el mejor lugar para estar es bajo las cobijas:
Hay una hora conmovedora que ignoran aquellos que habitan en las casas: cuando una influencia insomne viaja sobre el hemisferio que duerme y todo el mundo al aire libre se levanta. Es en ese momento cuando el gallo canta por primera vez, no para anunciar todavía la aurora en ese momento, sino más bien como un vigía alegre que acelera el curso de la noche. El ganado se despierta en las praderas; las ovejas rompen su ayuno en colinas cubiertas de rocío y se mueven entre los helechos hacia una nueva pastura; y hombres sin techo, que se echaron a dormir con las gallinas, abren sus ojos empañados y contemplan la belleza de la noche.14
De este modo la ensoñación devuelve la dignidad a la noción de repetición, que suele tener connotaciones negativas; ¿el sentido del hábitat, del cual poetas y soñadores son los poseedores privilegiados, no se nutre esencialmente de rituales, por cierto? El escritor Serge Rezvani lo desmiente: “Todo comienza justo cuando normalmente se cree que termina”.15 Al vivir después de más de 40 años en la misma casita anidada en el fondo de un valle encantador en el bosque de los Maures, al amar después de más de 50 años a la misma mujer —la Danièle o “Lula” que sus libros celebran incansablemente—, ensalza “las sorpresas de la repetición”, cuando escribe:
El corazón, los pulmones, las vísceras, la vigilia y el sueño de nuestro cerebro, el deseo y su satisfacción, el hambre, la sed, al igual que los ritmos de la caminata… ¡no, nada escapa a la repetición! Y nada más por la repetición y sus variaciones nos es posible juzgar nuestra presencia en lo real. Incluso la amistad se fortalece con la repetición y sus juegos variados. Y por supuesto el amor-pasión cuyo despliegue puede llevarnos de sorpresa en sorpresa, del mismo modo que suele hablarse de los “bosques encantados” de los cuales uno sale, después de haber errado mil años en ellos, sin siquiera haber envejecido.16
El soñador suele retozar sin fin, ebrio de felicidad, en las verdes praderas de la existencia, en vez de despotricar cínicamente contra ella. Pero si bien llama la atención por las delicias refinadas a las que solamente él tiene acceso, no por ello se salva de los macroacontecimientos que afectan la vida de todos los hombres. Y lo sabe. Sabe que en todo momento se ve amenazado por la muerte, los accidentes, las enfermedades, los demonios interiores, las tragedias privadas o las catástrofes históricas; sabe que puede ver destruido en un instante aquello que le ha tomado años construir; sabe que el tiempo obra en contra suya. No obstante, se las arregla para arrancarle a la vida lo que tiene de permanencia, al reunir, en un rincón de su mente o en un lugar real, o ambos, todo lo que atesora —incluidos los seres queridos— para poder disfrutarlo tranquilamente el mayor tiempo posible. Demuestra ese “instinto de confianza en el mundo”17 que Bachelard atribuye a los pájaros que construyen su nido —que lo construyen a pesar de los predadores que rondan y la tormenta que acecha—. Rehusarse a hacer esta apuesta sería lo mismo que rechazar la vida, que organizarla en función de la muerte. El soñador está consciente de la desdicha, pero manifiesta la voluntad de oponerse a ella, de cultivar con obstinación un estado primitivo, armonioso, desprendido de cualquier peripecia. Cuando la desdicha llega, le da el crédito que merece, pero nunca más del estrictamente necesario.
1 Samuel Beckett, Esperando a Godot, trad. de Ana María Moix, Barcelona, Austral, 2015 [1952].
2 Gaston Bachelard, La poética de la ensoñación, trad. de Ida Vitale, México, FCE, 1982 [1960].
3 Robert Pogue Harrison, Forests, The Shadow of Civilization, Chicago, University of Chicago Press, 1992.
4 Según un estudio del Insee, octubre de 2003.
5 Véase Patrick Herman, José Bové, Numéro d’écrou 20671U, lettres au détenu Joseph Bové, Nantes, L’Atalante, 2003.
6 Gaston Bachelard, La poética de la ensoñación, op. cit.
7 Robert Walser, Los hermanos Tanner, trad. de Juan José del Solar, Madrid, Siruela, 2024 [1907].
8 Gaston Bachelard, La poética de la ensoñación, op. cit.
9 Gaston Bachelard, La poética del espacio, trad. de Ernestina de Champourcin, Buenos Aires, FCE, 2000 [1957].
10 Augustin Berque, Écoumène, París, Belin, 2000.
11 Michel Le Bris, L’Homme aux semelles de vent, París, Payot, 1992 [1977].
12 Gaston Bachelard, La poética de la ensoñación, op. cit.
13 Gaston Bachelard, La poética del espacio, op. cit.
14 Robert Louis Stevenson, Travels with a Donkey in the Cevennes, Londres, Chatto & Windus, 1907 [1879] [Viaje con una burra por los montes de Cévennes, trad. de Héctor Silva, Tenerife, Baile del Sol, 2013].
15 Rezvani, Le Testament amoureux, París, Stock, 1981.
16 Rezvani, Le Roman d’une maison, Arles, Actes Sud, 2001.
17 Gaston Bachelard, La poética del espacio, op. cit.
El anillo de Ninon
En cuanto al placer, los escritores —que pueden considerarse como individuos más dados a la ensoñación que el promedio de sus semejantes— tienen algo de experiencia, a pesar de verse a veces torturados por las exigencias de su labor. La narración que hacen de sus horas de creación solitaria suele ser la de un éxtasis. Fuegos artificiales físicos y mentales, dependencia: la escritura presenta todas las características de una droga, menos los estragos en el organismo. Señalan con el dedo desesperadamente el contenido de esta experiencia a los demás, pero sin poder negar al mismo tiempo el sentimiento de que es imposible de compartir. Similar a como ocurre en la pasión amorosa, la exaltación, al mismo tiempo que suscita el deseo de que el mundo entero sea testigo, se topa con el escepticismo del otro, incluso su conmiseración —con la diferencia notable de que el libro, si es bueno, podrá permitirle al lector acompañar al autor en su euforia, como en una roca surgida en mitad de un mar de incomunicabilidad—.
Pero, si el sueño es una droga, eso significa también que ejerce un dominio sobre aquel que se entrega a él, y que este dominio puede resultar problemático. La ensoñación es la única que puede permitir sentirse como en casa en este mundo; pero la conciliación del universo interior y el universo exterior no por ello carece de males. La ocupación de la que es objeto el soñador, la mise en abyme de la que es sede, generan inevitablemente cierto caos, al menos al inicio. Para dar cuenta de esto, Stevenson recurre a la imagen de los “brownies”: geniecillos familiares que, en sus épocas de estudiante, llevaban a cabo un pandemonio dentro de su cerebro, impidiéndole dormir de noche y vivir de día. Al final logra domarlos al menos un poco, e incluso por transformar los delirios que le inspiran en buenas historias bien construidas, fuentes apreciables de ingresos y reconocimiento. Pero conquistó este modus vivendi con mucho esfuerzo, después de creer en varias ocasiones que caía en la locura.1 No hay que descartar el riesgo. En su impresionante Promontoire du songe,2 Victor Hugo se muestra muy consciente de los peligros que acechan al soñador: “No olviden esto: el soñador debe ser más fuerte que el sueño. De lo contrario, peligro. Todo sueño es una lucha”. Para ilustrar el destino que les espera a los imprudentes, ofrece una evocación escalofriante. Compara al soñador debilucho con un “abejón de mayo, pobre larva informe” que observa cómo se funde sobre él en la noche de su corta vida “un escarabajo espléndido y ágil, verde, púrpura, flama y oro, una pedrería armada que corre y que tiene garras”. Sigue una escena insoportable, al término de la cual concluye, para información de su lector traumatizado: “Hay soñadores que son ese pobre insecto que no supo volar y que no puede caminar; el sueño, deslumbrante y espantoso, se lanza sobre ellos y los vacía y los devora y los destruye”.
Si bien las dimensiones de lo real y lo imaginario pueden ajustarse armoniosamente y comunicarse mutuamente sus riquezas, también ocurre que el soñador se encuentre desgarrado entre sus exigencias contradictorias. Una parte de su vida, y no una de menor importancia, exige que él abandone su bienaventurado estupor, no solo para someterse a limitantes que le desagradan, sino también porque puede querer su propio bien de una manera menos inmediata. Por ejemplo, puede tener que movilizar todas sus fuerzas, en un empeño sostenido, para progresar en un ámbito que le interese, para intervenir en la esfera social. Para designar estos dos tiempos de la existencia, Bachelard toma prestadas de Carl Jung las nociones de animus y anima (para Jung, el animus designa la parte masculina del psiquismo femenino, y el anima, la parte femenina del psiquismo masculino). Al animus corresponden el dinamismo, la socialización, el tiempo cortado por los horarios; al anima, la languidez, la soledad, la duración. Para todos los hombres, el paso de uno al otro se lleva a cabo, obligado por las circunstancias. Sin cesar, las contingencias de la vida cotidiana le recuerdan al soñador las exigencias del animus. Hay que obligarse a salir de la cama cuando suena el despertador, salir del habitáculo protector del tren o el auto cuando uno llega a su destino, despabilarse cuando el médico se presenta en el umbral de la sala de espera, forzarse a dejar de pensar en el ser amado para ponerse a trabajar por fin, regresar a la escuela, al taller o al trabajo cuando termina el fin de semana o las vacaciones, de los cuales uno habría querido conservar cada minuto y que se nos fueron como arena entre los dedos…
Todos saben que la transición es inexorable. Pero también es deseable —al menos a la larga—. Los dos principios que rigen al ser humano, y que garantizan su equilibrio, exigen cada uno su tributo. A pesar de que lleguen a enfrentarse violentamente, en realidad no cobran sentido más que en relación uno con el otro. Porque nada da más realce y sabor a las cosas que el contraste; e, incluso, poque cada uno está condenado a marchitarse sin el otro. La vida real está irrigada y nutrida por la ensoñación, pero lo inverso también es cierto. Ninguna puede negar a la otra, pues cada una extrae de la otra su esencia. Cuando el anima, ignorando las exigencias del animus, pretende ocupar todo el espacio y bastarse por sí misma, esta se destruye, como carcomida desde dentro. No puede encontrarse “químicamente pura”, a pesar de que el soñador, en sus momento irrazonables, desearía que así fuera.
La expresión es de Albert Cohen, quien, en Bella del Señor,3 lleva a su término la lógica de un amor “químicamente puro”. Sus héroes, Ariane y Solal, conocen el mismo destino que los soñadores que desearían no hacer nada más que soñar. Después de haber huido juntos, creyendo prolongar el deslumbramiento de los inicios, se entregan a un uno a uno perpetuo. Lo único que logran es momificar su pasión, en un lento descenso a los infiernos. Encerrados en su habitación de hotel, no son más que amantes, día y noche; renuncian a todas sus otras dimensiones. Colmada de clichés románticos a la manera de una Bovary de los años treinta —los puntos en común entre las dos heroínas son muchos—, Ariane, que en un inicio creyó que esa era la vida con la que soñaba, pronto empieza a asfixiarse, pero se rehúsa a admitirlo. Solal, por el contrario, sigue con lucidez la progresión de la “avitaminosis” o del “escorbuto” que carcome su amor. Observa los estragos que se presentan en ella, su “loca y gloriosa” de antes: “Esa vida de amor en el aislamiento la entontecía”. En el “noble marasmo” en el que languidecen, alejados del flujo de la vida, envidia desesperadamente a los de afuera: “¡Bueno, ser un cartero y contarle su ronda! ¡Bueno, ser un policía y contarle un vapuleo!”. Se observan entonces interferencias perturbadoras entre los registros de la intimidad y la sociabilidad. Una noche, por el simple hecho de que otra pensionaria del hotel la invitó a una partida de tenis al día siguiente, Ariane vuelve a los brazos de Solal con la misma pasión que al comienzo de su historia. Y él, una tarde, al encontrársela en la habitación en la que lo espera (“entrada de pavo real, pensó”), se dice: “Vamos, a trabajar”. Expulsado por la puerta, el animus ha vuelto a entrar por la ventana.
Ensoñaciones de expansión, ensoñaciones de huida
Como con el amor, no puede existir ninguna ensoñación autárquica que no se condene a pudrirse en la vid. La transición es necesaria y benéfica, también lo que esta obliga momentáneamente a abandonar. Pero el simple hecho de saberlo no atenúa en absoluto las complicaciones que la acompañan. ¿Cómo podría ser de otro modo, por lo demás, cuando se ha visto la intensidad con la que la ensoñación lo absorbe a uno, y el fenómeno de dependencia que provoca? Lo que complica aún más las cosas es que si bien, con más frecuencia, las circunstancias le impiden al soñador abstraerse demasiado tiempo del mundo común, también puede haber casos más engañosos en los que nada llega a molestarlo, pero corre el riesgo de ausentarse de los lugares en los que su presencia se habría requerido por su propio bien; esté consciente o no, su “ensoñación de expansión”4 puede volverse una ensoñación de huida. En vez de abrirse hacia el futuro, esta lo condena entonces a una virtualidad perpetua. En una carta a su compañera novelista Leïla Sebbar,5 Nancy Huston emplea una imagen particularmente sobrecogedora para expresar su temor a dejarse distraer de lo que en verdad importa, su angustia por una energía mal encaminada. Compara al escritor con el rey Midas, quien efectivamente descubre su poder para transformar en oro todo lo que le rodea, pero por eso mismo se arriesga a morir de hambre:
Uno piensa querer y poder transformar todo en oro, en palabras doradas, frases centelleantes, páginas deslumbrantes… Uno se entrega a esa tarea, y poco a poco se da cuenta de que sí, a veces funciona… Pero el riesgo que se corre es el de no poder volver a tocar directamente aquello que necesitamos: los seres que queremos, las cosas que nos importan se volverían tan inalcanzables como el alimento para el rey Midas.
La posibilidad fascinante de jugar con toda clase de combinaciones imaginarias, como dibujando en una tableta mágica, fácilmente puede intoxicar de placer, al grado de provocar que se olvide que en un momento dado también hay que saber tomar en cuenta las limitantes inmutables de la vida real, a pesar de que esta pueda parecer en un primer momento, en comparación, de una pobreza penosa. Después de haber ejercido su creatividad de manera ilimitada en los universos ficticios en los que es el amo y señor, el soñador debe aprender a invertirla también en su vida real, aceptando los límites que esta le impone como desafíos no hostiles sino estimulantes. Debe encontrar la manera de dejarse llevar por lo real, en vez de desdeñarlo o creerlo perdido de antemano. Sin esto, ya que quiera o no es un ser de carne y hueso, un mortal aprisionado en el aquí y ahora y no un puro espíritu, le esperan grandes sufrimientos.
Es difícil evitar estas turbulencias, escapar a esas dudas tortuosas. A menudo, uno regresa a la vida social todavía impregnado de sueños, a los cuales uno regresa sin lograr desprenderse de algunos escrúpulos —¿justificados?, ¿injustificados?…—. Uno querría poder pasar del anima al animus, y a la inversa, con la misma fluidez, la misma gracia que la heroína de la novela de John Berger Hacia la boda,6 Ninon, que juega con el anillo en forma de tortuga que le regaló su prometido:
Cada día decido cómo ponérmelo. Puedo llevarlo con la tortuga volviendo a casa, nadando hacia mí, apuntando a mi muñeca con la cabeza, o lo puedo llevar a la inversa, con la tortuga saliendo a conocer el mundo. Es de un metal que pesa menos que el oro y es más blanquecino. Según Gino, es un anillo africano; lo encontró en Parma. Hoy voy a salir con la tortuga a ver mundo.
Algunos logran alcanzar esta armonía al término de un paciente aprendizaje —en la medida de lo posible, al menos—. Mencioné el caso de Stevenson, el domador de brownies; también se impone el de Nancy Huston, escritora obsesionada por la dialéctica del arte y la vida —una obsesión fructífera, tanto en su obra teórica como novelesca—:7 de manera ejemplar, ella lleva lo real y lo imaginario a una cooperación cada vez más estrecha.
Cuando uno se ve dotado de un talento inestimable que permite cautivar a sus semejantes con los universos y los personajes nacidos de su imaginación, evidentemente es más fácil alcanzar dicho equilibrio: el sueño, entonces, en vez de alejar del mundo social, lleva hacia él por la puerta grande. Se vuelve una actividad no solamente lícita, sino oficialmente considerada digna de ser favorecida. Tras haber solicitado una reunión un día con una novelista célebre, escuché cómo un agregado de prensa me explicaba que ella había pedido que nadie la molestara durante algún tiempo, pues estaba escribiendo, precisamente: recuerdo que me impresionó mucho el respecto con el que eso se dijo, el dispositivo desplegado con el fin de proteger la producción fantasmal de la autora, que se había vuelto muy valiosa no solo para ella, sino también para miles de personas. Su situación representaba indiscutiblemente el lujo absoluto —a pesar de que, en ese momento, como tuve que enterarme más tarde, aquella a quien consideraba supremamente suertuda enfrentaba los peores tormentos, pues el alumbramiento era difícil—; y las miradas externas admirativas, si ella tenía conocimiento de ellas, no debían cambiar gran cosa.
1 Véase Michel Le Bris, prefacio a Essais sur l’art de la fiction de Robert Louis Stevenson, trad. del inglés de France-Marie Watkins y Michel Le Bris, París, Payot, 1992.
2 Victor Hugo, Le Promontoire du songe, Œuvres complètes, vol. Critique, París, Robert Laffont, 1985 [1863] [El promontorio del sueño, trad. de Victoria Cirlot, Madrid, Siruela, 2007].
3 Albert Cohen, Bella del Señor, trad. de Javier Albiñana Serraín, Barcelona, Anagrama, 1987 [1968].
4 Gaston Bachelard, La poética de la ensoñación, op. cit.
5 Nancy Huston, Leïla Sebbar, Lettres parisiennes, histoires d’exil, París, J’ai lu, 2000 [1986].
6 John Berger, Hacia la boda, trad. de Pilar Vázquez, Madrid, Alfaguara, 1995.
7 Véase, por ejemplo, Journal de la création, Arles, Actes Sud, 1990, y, entre las novelas, Instruments des ténèbres, Arles, Actes Sud, 1996 [Instrumentos de las tinieblas, trad. de Ana Ma. de la Fuente, Barcelona, Seix Barral, 1998].
El escape imposible
