La trama invisible de lo útil - Ricardo L. Falla Carrillo - E-Book

La trama invisible de lo útil E-Book

Ricardo L. Falla Carrillo

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Beschreibung

Encontrar una reflexión sobre el conocimiento, desde una perspectiva social y política, es poco frecuente en los estudios sobre el Perú; pues han tenido mayor importancia los enfoques filosóficos. En las páginas de este libro, Ricardo L. Falla Carrillo propone una lectura del periodo republicano peruano trazando un vínculo entre el ejercicio político con el devenir institucional y social de las ideas. A inicios del siglo XX, las generaciones intelectuales del 900 y la del centenario plantearon vincular el conocimiento y la ciencia al ejercicio del poder en el Perú. Más allá de sus consideraciones ideológicas, figuras como García Calderón, Riva-Agüero, Haya de la Torre y Mariátegui desarrollaron contribuciones primor– diales sobre este debate. A fin de comprender cómo analizaron al Perú, el autor de este libro realiza una lectura histórica sobre las ideas de estos clásicos pensadores peruanos. Ricardo L. Falla Carrillo observa la realidad actual del país y plantea que las limitaciones de un ya débil sistema de conocimiento podrían generar carencias en el ámbito educativo. Ante tal contexto, sostiene el autor, la presencia de las humanidades en los procesos formativos del saber permitirían identificar y ponderar lo que nos ocurre como sociedad, enriquecer los sistemas de conocimiento, y, por extensión, nuestra propia condición como personas.

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Seitenzahl: 156

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Agradecimientos

Quiero dejar constancia de mi gratitud hacia varias personas que hicieron posible la aparición de este libro. Agradezco a Juan Dejo SJ, director de la Dirección General de Investigación de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), quien ha tenido a bien acoger esta iniciativa de publicación, y a Joel Anicama, director del fondo editorial de esta institución, cuyo apoyo y empeño han sido fundamentales para que podamos concluir con la edición y difusión del presente volumen. Asimismo, no quiero dejar de mencionar a mis incontables estudiantes del curso de Ciencia y Sociedad, asignatura que he desarrollado desde hace varios años en la UARM. Sus preguntas me ayudaron a dar forma a muchas de las ideas que aquí se expresan.

Finalmente, quiero agradecer a mis padres y a mis hijos, Angelina e Ignacio, por su cariño frecuente, y a mi esposa y colega, Ana Claudia Reinoso, por haber estado a mi lado durante estos años de intensa producción académica, apoyándome con su presencia en viajes y congresos, así como con sus opiniones, comentarios y lecturas pacientes y atinados.

Si queremos llegar a entender este mundo a menudo violento en que vivimos (y a menos que intentemos entenderlo no podemos esperar ser capaces de actuar racionalmente en él y sobre él), no podemos limitar nuestra atención a las grandes fuerzas impersonales, naturales y de origen humano, que actúan sobre nosotros. Los objetivos y motivaciones que guían la actuación humana han de examinarse a la luz de todo lo que sabemos y comprendemos; hay que examinar críticamente sus raíces y su desarrollo, su esencia, y sobre todo su validez, con todos los recursos intelectuales de que disponemos […]. Solo los bárbaros no sienten curiosidad por saber de dónde proceden, cómo llegaron a estar donde están, adónde parecen dirigirse, si desean ir allí y, en tal caso, por qué, y si no, por qué no.

Isaiah Berlin. El fuste torcido de la humanidad. Capítulos de historia de las ideas

Índice

INTRODUCCIÓN

Primera parteConocimiento, ciencia y poder

El poder del conocimiento: una reflexión general

Conocimiento, ciencia y bienestar

Cambio y conocimiento científico

Bienestar y conocimiento

Referencias

Conocimiento, ciencia y poder. Aproximaciones y reflexiones desde nuestros clásicos modernos

Conocimiento y poder en la obra de Manuel González Prada

El arielismo de García Calderón y Riva-Agüero

El optimismo de Francisco García Calderón

Una mirada conservadora en José de la Riva-Agüero y Osma

La ansiedad por lo nuevo en José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre

Referencias

Segunda parteConocimiento, humanidades y educación

Las humanidades ante el reto de la COVID-19

Cuestiones introductorias

El reencuentro con la sociedad abierta

La sociedad abierta como concepto político fundamental

Los sistemas de conocimiento

Sociedad abierta, sistemas de conocimiento y humanismo

Las humanidades ante el reto de la COVID-19

Referencias

La razón de ser de las humanidades en los estudios generales. La experiencia de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

Saberes teóricos y saberes profesionales

Formación universitaria y formación técnico-profesional

Las consecuencias de la formación técnico-profesional desprovista de los estudios generales

La imaginación hipotética como efecto del cultivo de las humanidades en la formación universitaria

La formación en humanidades dentro de los estudios generales en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

Referencias

Reflexiones en clave histórica y humanista sobre los estudios generales en el Perú

Recepciones y reformulaciones en el ámbito académico

Antecedentes de los estudios generales en el Perú

Los estudios generales en el Perú

Una perspectiva humanista de los estudios generales. A modo de reflexión personal

Referencias

Normas citadas

Anexo

Créditos

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INTRODUCCIÓN

La formación, posesión y acumulación del conocimiento proporcionan un poder —el mayor de todos— progresivo y continuo, que permite alcanzar objetivos de diferente propósito y alcance. Esto lo han sabido todas las civilizaciones humanas de manera intuitiva o manifiesta a lo largo de la historia. Asimismo, desde hace más de 2 500 años, una vez que surgieron la filosofía y la ciencia, se ha reflexionado críticamente sobre este vínculo causal. La consciencia de esta relación ha resultado más evidente en las sociedades que descubrieron en el saber metódico y sistematizado el modo de organizarse para lograr crecientes y extendidas cuotas de bienestar para sus ciudadanos, así como para afianzar su dominio sobre la naturaleza y sobre otras sociedades. Por el contrario, para otros pueblos, este vínculo aún permanece oculto o no ha recibido la importancia debida. En ellos, los diversos logros del conocimiento objetivo no han podido incorporarse, de manera extensa, al ejercicio del poder.

Si la utilidad efectiva del saber organizado todavía permanece velada en muchas sociedades, es porque no se han producido en ellas las condiciones para tal descubrimiento. Persiste en dichas comunidades una serie de hábitos y prejuicios culturales que no les ha permitido reconocer e interiorizar el valor del conocimiento probado para alcanzar su propio bienestar. A lo anterior se suma un hecho que resulta innegable a la luz de la experiencia histórica: para las naciones poderosas, la forma más eficaz de mantener a los pueblos débiles en condiciones de subordinación, dependencia y subdesarrollo ha sido disminuir o controlar el acceso al conocimiento teórico y aplicado. En el Perú, desde los albores de la República, la endeble relación entre saber y poderha perpetuado un estado de indefensión frente a las potencias dominantes.

Las naciones más desarrolladas han creado diversas estrategias para que no seamos capaces de aspirar a una real autonomía. Quizás, la más eficiente ha sido hacernos creer que no debemos o no podemos vincular el ejercicio del poder al saber objetivo. En el mejor de los casos, nos han planteado que solo podemos acceder a este tipo de conocimiento de una forma fragmentaria y operativa que nos permita, simplemente, seguir funcionando como países, pero sin conseguir un desarrollo creciente ni un bienestar generalizado. Otra táctica ha sido manipular nuestro imaginario colectivo para que nos concibamos como tierras encantadasy depósitos de cosmovisiones sobrenaturalizadas, en donde es más difícil que emerja un saber objetivo producto de una racionalidad crítica. Así, por diversas razones, en nuestra sociedad, ha permanecido invisible la trama vinculante entre conocimiento y poder. No obstante, esta fue avizorada por varios de los pensadores peruanos más importantes de nuestro canon intelectual, quienes, desde diversas posiciones ideológicas, advirtieron que no habría futuro para nuestro país si no establecíamos dicho vínculo.

Respuesta a una preocupación: conocimiento, ciencia y poder en el Perú

Reflexionar y escribir sobre las relaciones entre conocimiento y poder fueron consecuencia de la lectura de algunas obras de Manuel González Prada que hicimos hace cerca de veinte años como parte de nuestras labores docentes. Hasta entonces, no habíamos tenido un acercamiento al pensamiento del célebre escritor limeño, pues nos hallábamos inmersos en otros intereses temáticos. Sin embargo, una vez que leímos con cuidado algunos de sus ensayos, nos llamó la atención particularmente una de las ideas desarrolladas en Pájinas libres: la derrota peruana en la guerra del Pacífico se debió, entre otros factores, a que la clase dirigente de nuestro país carecía de la formación intelectual adecuada para hacer un uso efectivo del poder. Asimismo, esa condición podría ser extensiva a toda la historia gubernamental peruana del siglo XIX. La improvisación, por un lado, y la falta de un conocimiento científico instrumental, por el otro, eran, según el juicio pradiano, dos elementos constitutivos de nuestra práctica política, a los cuales se sumaban consideraciones de índole ética.

A partir del interés que nos generó la idea de González Prada, revisamos minuciosamente las obras de filósofos canónicos que desarrollaron argumentaciones y demostraciones a favor de las relaciones entre conocimiento y poder en sus respectivos contextos, como Platón en la Antigüedad clásica y Francis Bacon en los albores del pensamiento moderno. El primero estableció que la casta gubernamental sería idónea si accedía e interiorizaba el conocimiento verdadero. Los reyes filósofos podrían regir sus repúblicas reales de la mejor manera posible tomando en cuenta la polis ideal. El segundo, reconociendo los logros epistemológicos y técnicos de la Revolución Científica, observó las enormes ventajas que podrían tener para una monarquía el control y el acceso a la formación del saber científico. Para Bacon, este constituiría, entre otras cosas, la causa del nuevo poder que finalmente se iba a expandir sobre el mundo.

A lo largo de los siglos XVIII y XIX, se profundizó en la reflexión teórica sobre las relaciones entre conocimiento, ciencia y poder, tanto en la dimensión política como en la económica y la tecnológica. No hubo imperio colonial que no tomara en cuenta estos vínculos. El saber científico y su uso político y económico llegaron a tener tal importancia que permitieron, como en la actualidad, explicar la gran divergencia entre las naciones.

Tomando en cuenta lo anterior, llama la atención que, en nuestro país, durante gran parte del siglo XIX —salvo en el inicio de la República—, no se considerara la relevancia ni del conocimiento ni de la ciencia en el ejercicio del poder. A finales de aquella centuria, había muchísima evidencia sobre los efectos positivos que podía tener el saber metódico y sistemático para el buen gobierno. Por ello, la dramática crítica y advertencia de González Prada adquiría mayor contundencia. Sin embargo, es preciso señalar aquí, desde una visión comprensiva, el devenir peruano anterior a las reflexiones de dicho intelectual.

El Perú republicano surgió como entidad jurídica y política en medio de un vasto proceso de transformaciones culturales que se habían originado en Europa décadas atrás. Asimismo, en ese momento, el país se estaba enfrentando a un reto particular con numerosas implicaciones: constituir una república secular después de haberse desprendido de un reino cristiano monárquico. A ello se debe añadir que, durante ese período, las ciencias sociales no existían, y la teoría política aún estaba emancipándose de la filosofía moral y de la filosofía política. El léxico que ha acompañado a la modernidad estaba en ciernes. Todavía no se había podido delimitar una serie de categorías fundamentales que hoy son de uso común, como Estado, nación, ciudadanía, libertad, autonomía, pluralismo, sociedad, cultura, república, etc. Por ello, los autodenominados peruanos de aquellos años se vieron ante el desafío de formar un país no solo en medio de enormes vacíos institucionales e inexperiencias políticas fácticas, sino también con grandes carencias teóricas. Contextualizando los hábitos de representación de lo público de la década del veinte de aquel siglo y de las siguientes, lo que se podía llevar a cabo era relativamente nuevo. Los saberes previos, que se habían acumulado como experiencia sociocognitiva durante varias centurias, no eran suficientes para aprender a conducirse en un mundo que se dirigía velozmente hacia la modernidad.

En esta lectura comprensiva de nuestra historia, se puede establecer un paralelo con la de Europa y Estados Unidos. Hacia las décadas cuarta y quinta del siglo XIX, bajo la influencia del positivismo francés y anglosajón, las distintas tendencias políticas dominantes se vieron obligadas a definir sus términos ideológicos de forma vertiginosa. Con ello, trataban de diferenciar los espacios sociales de sus receptores y partidarios a fin de generar la unidad de convicciones que aglutina una ideología. Al mismo tiempo, los Estados monárquicos —en creciente secularidad práctica—y las pocas repúblicas aprendían a ser nacionales. Por esta razón, necesitaban de una legitimidad conceptual para organizar con rapidez sus estructuras de gobierno bajo criterios funcionales. En todo este proceso, el positivismo pasó de ser simplemente una corriente de pensamiento a convertirse en una forma de sistematizar el poder. De igual manera, las ciencias sociales —que comenzaron a surgir a mediados de ese siglo— se hicieron necesarias para conocer mejor cómo funcionaban las sociedades, lo cual tenía el objetivo de controlarlas. La práctica económica del capitalismo industrial aceleró la asimilación de estos cambios en el plano de las mentalidades académicas, con lo que se originó una nueva forma de entender la sociedad, la política y la cultura.

En Europa y Estados Unidos, por sus culturas académicas bastante más institucionalizadas, se pudo descifrar el peso de la modernización sobre el conocimiento. Los sujetos intelectuales, debido a la tradición y al ecosistema críticos, poseían algunas categorías fundamentales que les permitían organizar el cúmulo de nuevas experiencias. Ciertamente, la rapidez de los procesos fácticos superaba la capacidad de formulación teórica, pero, gracias al debate político, ideológico y epistemológico, se fueron construyendo una red conceptual y un incipiente sistema del conocimiento, que resultaron fundamentales para entender las nuevas realidades. Por ello, hacia la octava década del siglo XIX, ya se contaba con una serie de conceptos vinculados al mundo político, social y económico, los cuales facilitaban el ejercicio del poder. Los Estados nacionales modernos —monárquicos o republicanos— habían aprendido a organizar con diversos niveles de eficacia a sus sociedades, por lo cual lograron extraer mejores ventajas de los elementos que propician la modernización. Quizás aquí encontramos el punto de quiebre entre el Occidente desarrollado y naciones como el Perú.

Volviendo a nuestro país, tras un siglo de experiencias institucionales —muchas de las cuales no tuvieron los desenlaces que sus actores decisorios hubieran deseado—, se podía tomar nota sobre el camino atravesado hasta el momento. Durante el despliegue de nuestra primera centuria como república, se hizo, como en todo orden de cosas, lo que se pudo hacer. Los peruanos del periodo, como cualquier conformación cultural, habían producido un arte, una literatura, una vida intelectual, una experiencia académica, una práctica política, etc. Todo esto surgió bajo un paulatino y lento distanciamiento de la experiencia histórica anterior: la monarquía virreinal y sus diversas instituciones. Asimismo, para entonces, se podía advertir la influencia de una serie de procesos globales, desde económicos hasta culturales. Por ello, resultaba fundamental reinterpretar la historia peruana del siglo XIX tomando en cuenta el saber formado hasta ese momento, así como las maneras en las que se había recibido e interiorizado. Manuel González Prada asumió esta tarea y, al comienzo, lo hizo mediante un pensamiento romántico.

El pensamiento romántico no constituye una forma unívoca de construcción intelectual, sino una serie de concepciones múltiples. Por esta razón, para acercarnos a él, nos ayuda una categoría como endopatía (impulso proyectivo —muy afectivo e intenso— dirigido hacia algo) de Johann Herder, esbozado en Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad. De acuerdo con este último autor, en la razón romántica, la consciencia individual, real y temporal se desplaza hacia una serie de sensaciones colectivas, todas ellas encaminadas hacia la constitución de un todo viviente temporal. El sujeto se sumerge en un sentimiento de patria y en la pertenencia identitaria a una comunidad que lo trasciende. Asimismo, se convierte en voz y pensamiento de ese grupo. Estos planteamientos, opuestos al universalismo cosmopolita de la Ilustración, sirven para entender el endopatos que el intelectual limeño ejemplifica en sus primeros discursos públicos.

La crítica que González Prada dirige hacia la historia del Perú del siglo XIX está inmersa en el sentido de pertenencia emotiva a la alianza eterna, es decir, al vínculo afectivo entre las generaciones pasadas y las presentes del cual hablaba Adam Müller, otro romántico nacionalista, en su obra Elementos de política. Asimismo, está basada en la indignación exasperada y agónica frente al proceso republicano. Este intelectual siente la derrota, siente la traición, siente la corrupción, siente la juventud, siente la reacción, siente el futuro y siente a los que no han sido escuchados ni vistos: los indígenas. Su pensamiento sustentado en el sentimiento se convierte en un giro hermenéutico hacia un horizonte de comprensión endopática, que también lo lleva a sentir la ciencia y a sentir el progreso que proviene de la ciencia tecnológica.

Por otro lado, consideramos que González Prada fue un positivista intuitivo. Su visión de la realidad, más que estar inmersa dentro de esta corriente de pensamiento, manifiesta una admiración asombrada y muy sensibilizada frente a lo que se estaba logrando en el mundo externo al Perú. El positivismo pradiano no está estructurado en términos teóricos, sino, más bien, emotivos. Esto no debiera extrañarnos, porque el sistema del conocimiento del país de fines del siglo XIX carecía de una semántica fundamental que le permitiera acoger, desde una comprensión profunda, el sentido del vocabulario positivista y, en general, moderno. Su decisión intuitiva, a nuestro entender, fue construir el propio léxico de nuestra modernidad o, en todo caso, el primer glosario que nos permitiera apropiarnos de ella en tanto discurso intelectual y proceso institucional.

El procedimiento crítico seguido por el pensador limeño fue, probablemente, por medio de comparaciones epistémico-políticas, algunas de ellas bajo la influencia de la vertiente ilustrada más secular. González Prada se distancia temporalmente de la Independencia, y establece dos categorías situacionales: la circunstancia real y la posibilidad ideal. Entonces, observa la historia del Perú desde el “debe ser”, es decir, desde la necesidad ideal, que no corresponde, en clave fáctica, con el recorrido de los acontecimientos. Al no existir una equivalencia entre los ideales y el mundo de los hechos, emergió en la consciencia del pensador la interpretación crítica del devenir. Esta, al asumir una idea del tiempo histórico secular, era útil en la medida en que la examinación radical nos conduce hacia la posibilidad de construir algo mejor.

En las estructuras mentales proclives a romantizar endopáticamente la relación con lo fáctico, cuando hay una divergencia entre lo ideal y lo real, se potencia la condición de combate trágico con el devenir, pues este no ha estado a la altura de la promesa colectiva. Así, el proceso temporal adquiere una dimensión de lucha que debe ser redimida por el futuro en la medida que se enarbola un sentimiento mítico gregario. Esta afirmación sentimental de la pertenencia a una historia colectiva establece otra comparación surgida desde una identidad imaginada. En este caso, se trata de la que existe entre los mundos que están dirigiendo el proceso de modernización y los que no pueden acceder a él debido a las flaquezas de sus sistemas del conocimiento. El núcleo de esta segunda divergencia se situaba, según González Prada (y creemos que en esto tenía razón), en la incapacidad de la estructura intelectual peruana de mediados del siglo XIX hasta el final de esa centuria para formar y acoger una semántica conceptual necesaria para comprender la magnitud de los procesos internos y externos.

En estas divergencias de mundos, el intelectual limeño logró identificar intuitivamente una de las causas de las asimetrías entre las sociedades desarrolladas y subdesarrolladas. Es decir, pudo reconocer que la ausencia de ciencia en la práctica gubernamental y, en general, en el ejercicio dirigencial, estaba forjando el lugar del Perú en la escena moderna y contemporánea. Asimismo, entendió que esta falta se debía a que el sistema de conocimiento peruano se hallaba desfasado del vertiginoso proceso de modernización de las últimas décadas del siglo XIX. Es evidente que la causa de dicho desfase era, entre otras cosas, la inexistencia de una cultura crítica en términos modernos, que estuviese sostenida desde la lógica del distanciamiento rupturista respecto a la tradición precedente.