La última lección - Yoshinori Noguchi - E-Book

La última lección E-Book

Yoshinori Noguchi

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Beschreibung

Un simple gesto tiene la fuerza suficiente para cambiar tu vida de arriba abajo. El maestro Noguchi, autor que nos deslumbró con La ley del espejo, nos ofrece una última lección de vida. Si en su anterior libro nos habló de la importancia del perdón, ahora nos descubre el agrade-cimiento. El protagonista de esta historia tocó el cielo y el infierno en pocos meses y tuvo que recomponerse a partir de su esencia como ser. Encuentra entonces a alguien que pasa y se decide a revelarle los secretos de la felicidad que ha ido recogiendo a lo largo de su camino. Si nada es eterno, tampoco nuestra pena ni nuestra tristeza durarán para siempre. Pero al mismo tiempo, cada momento de felicidad que experimentamos es un tesoro que vivirá eternamente

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Seitenzahl: 57

Veröffentlichungsjahr: 2021

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La última lección

 

 

Primera edición: marzo de 2020

SHINGANRYOKU

by Yoshinori Noguchi

© Yoshinori Noguchi 2008. All rights reserved. Original Japanese edition published by Sunmark Publishing Inc., Tokyo. This Spanish edition is published by arrangement with Sunmark Publishing Inc., Tokyo in care of Julio F-Yañez Agencia Literaria SL, Barcelona

© Editorial Comanegra

Consell de Cent, 159

08015 Barcelona

www.comanegra.com

Traducción: Alejandra Devoto

Diseño de colección: Cómo Design

Diseño de cubierta: Irene Guardiola

Producción del ePub: booqlab

ISBN: 978-84-18857-26-3

 

Quedan rigurosamente prohibidas y estarán sometidas a las sanciones establecidas por ley: la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento, incluidos los medios reprográficos o informáticos, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público sin la autorización expresa de Editorial Comanegra. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

La última lección

La asombrosa clave para hacerque tu vida brille

Yoshinori Noguchi

Esta historia está dedicada a todas las personas quedesean unos buenos cimientos para su vida.

 

Tú.

Sí, tú. Me dirijo a la persona que está leyendo estas líneas: a ti.

Perdona que te hable sin conocerte, pero, si dispones de un momento, me gustaría que prestaras atención a lo que te tengo que decir.

Seguro que te da un poco de pereza que alguien que sale de ninguna parte quiera contarte una historia.

No soy famoso. Solo soy un anciano a quien le gustaría poder contarle a alguien la historia de su vida y eso es, precisamente, lo que estaba pensando cuando has aparecido, como una señal del destino. Por eso me he atrevido a dirigirme a ti.

Si tienes la amabilidad de escuchar lo que te tengo que decir, te prometo que te haré un regalo.

¿Sí? ¿De verdad te parece bien? ¡Fantástico! ¡Muchas gracias! Pensaba que tratarías de desembarazarte de mí. La verdad es que estoy sorprendido. ¡Qué alegría!

Vamos allá, pues. Te contaré los caminos que ha seguido mi existencia.

A ver, ¿por dónde comenzamos? ¡Ya lo sé! Primero te hablaré de mi infancia.

Ha llovido mucho desde entonces… Si tuviera que buscar las palabras para describir cómo era yo entonces, supongo que las más apropiadas serían «un niño sin nada de confianza en sí mismo».

Era un niño con un gran complejo de inferioridad. Me pasaba el día comparándome con los demás, pensando en mis defectos. En la escuela me costaba seguir el ritmo, porque tenía muy mala memoria y, con mi físico más bien esmirriado, tampoco era bueno para los deportes. Ni en las armas ni en las letras: no destacaba en nada.

Jamás cumplía las expectativas de mis padres y por eso envidiaba a mis amigos que eran buenos deportistas o buenos alumnos.

Tenía tan mala opinión de mí mismo que me costaba hacer amigos. La verdad es que mi yo de aquella época era bastante lamentable. Visto de lejos, me da la impresión de que desde entonces ha transcurrido una eternidad.

Pues bien, aquel niño se hizo adulto y comenzó a trabajar en una empresa pequeña, creada por un joven emprendedor, unos cinco años mayor que él.

Me dejaba la piel en aquel trabajo.

Por aquel entonces había algo en lo cual no me ganaba nadie: tenía una ambición desmesurada. Creo que se desarrolló como reacción al complejo de inferioridad que arrastraba desde pequeño. Cuando se me metía en la cabeza un objetivo, me esforzaba más que nadie para conseguirlo y no lo dejaba escapar.

Dediqué muchas horas a aquel proyecto y, gracias a eso, diez años más tarde la empresa había crecido muchísimo: tanto, que todo el mundo estaba sorprendido.

Como había tenido éxito en las tareas que me habían encomendado, al final me ascendieron a encargado de uno de los departamentos de la empresa. Tenía muchos trabajadores a mi cargo. Yo era joven—apenas tenía treinta años—, pero ya me ganaba muy bien la vida. Creo que pocos trabajadores de empresas ganaban tanto como yo.

Como tenía una buena posición y dinero, empecé a comprar muchas cosas. En la empresa tenía poder e influencia y todos me escuchaban. Tenía más de cien trabajadores a mis órdenes. Decidía sobre sus ascensos y sobre su sueldo y todos me respetaban.

Como responsable de mi sección, también adquirí el derecho a opinar sobre las finanzas de la empresa. Me había ganado la confianza del jefe.

Estaba muy orgulloso de la persona en la que me había convertido.

Además, podía comprar todo lo que quería. Empecé a vestirme con ropa lujosa y a conducir coches deportivos. También me compré una moto de gran cilindrada. Comía en los mejores restaurantes. Podría seguir enumerando todo lo que me compré, pero no acabaría nunca. La cuestión es que gastaba un montón de dinero.

Además, comencé a salir con una chica. Era preciosa y todos me envidiaban. Disfrutaba muchísimo de los momentos que pasábamos juntos.

Pensaba: «Es fantástico conseguir todo lo que deseas».

En aquella época, la sensación de ser un desastre que tenía de pequeño fue desapareciendo y me convertí en una persona segura de sí misma.

Mi puesto como jefe de departamento, mi coche deportivo y mi novia demostraban que durante mi infancia había estado equivocado.

Si has leído hasta aquí, seguro que piensas que no hago más que ufanarme de lo bien que me ha ido en la vida, pero no es así: mis experiencias vitales se componen de ganancias, pero también de pérdidas.

Hasta ahora he hablado de las ganancias. Usamos esta palabra para referirnos a cosas nuevas que no teníamos y que se convierten en nuestras o cuando aumenta la cantidad de cosas que ya teníamos.

Por ejemplo, cuando compramos algo y nos convertimos en sus propietarios, cuando podemos hacer algo que antes no podíamos o cuando se incrementa nuestra influencia sobre los demás.

Todos tenemos ganancias en la vida. Seguro que tú también y que entiendes a qué me refiero. Estos beneficios, además, tienen la peculiaridad de aumentar nuestra felicidad.

A todo el mundo le hace feliz poseer algo, verse más fuerte, ser capaz de cosas que antes no podía hacer, etcétera.

Vamos a hablar ahora de las pérdidas: de las que padecemos cuando desaparece o disminuye lo que teníamos, ya sea una posesión, una habilidad o, simplemente, vernos con menos fuerza o influencia.

En la vida no solo encontramos beneficios: sin duda, también encontraremos pérdidas.

A los seres humanos nos cuesta aceptarlas y yo no era ninguna excepción.

¿Por qué motivo existen estas pérdidas? ¿Qué sentido tienen? ¿Qué nos pueden enseñar?

Un día, el subordinado en quien más confiaba me dijo que dejaba la empresa. Yo le había enseñado todo, desde cero, y él se había convertido en mi mano derecha. Lo aconsejaba hasta en su vida privada y me había esforzado para que todo le fuera bien, tanto en el trabajo como fuera de él.

Que me dijera que se iba a otra empresa fue un choque para mí, porque no me lo esperaba en absoluto. Tuve la sensación de que me había traicionado.