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"No sabía lo que echaba de menos la prosa de Concepción Perea hasta que no he empezado a leer "La última primavera". Comienza con sangre, dragones, hechizos y espadas trabadas en columnas vertebrales. Impresionante." Antonio Torrubia. Librería Gigamesh Después de lo ocurrido en el pantano de TiemblaSauces, la precaria paz que dejó tras de sí la Guerra de la Reina Durmiente parece más amenazada que nunca. La reina ha ordenado patrullar los caminos a la Guardia Real y la tensión reina en las calles. Los elfos llaman a Nicasia porque se ha producido una muerte en extrañas circunstancias: parece que la traición alcanza a lo más alto. Dujal debe seguir su particular búsqueda del asesino de Manx. Y, entretanto, la Hueste Invernal llega a la ciudad ocultando a alguien que nunca debería entrar en La Corte. Volvemos a TerraLinde con una nueva entrega de las aventuras de Nicasia Recorretúneles y algunos de los personajes más carismáticos de la fantasía española .
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Seitenzahl: 951
Veröffentlichungsjahr: 2017
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LA ÚLTIMAPRIMAVERA
CONCEPCIÓN PEREA
Prólogo: Traición y pérdida
1. Luz y sombra
2. Muy lejos de casa
3. Tres actos de piedad
4. La caravana
5. El rencor de Tiresias
6. Familia de cuervos
7. La puerta escondida
8. Visitas inoportunas
9. El barril verde
10. Hacia el norte
11. Viejos amores
12. Demasiados problemas
13. Secretos de sangre
14. El Lugar Robado
15. Tumbas ocultas
16. Ignis de DunasAltas
17. Bajo la Corte
18. El juramento de las polillas
19. Pañuelos bordados
20. La caja del ciego
21. En la Madriguera
22. Un secreto entre goblins
23. Vino y cerezas
24. Las tierras sin sol
25. Una jugada peligrosa
26. El Motín de los Carteles
27. Sin pistas
28. El enlace
29. La reina de TerraLinde
30. La tensa calma
31. La Casa de los Conservadores
32. La esposa del nigromante
33. Complicaciones
34. La fiesta de Imbolc
35. Visitas incómodas
36. Malabares
37. Ritos fúnebres
38. Memorias de ceniza
39. La niña y el goblin
40. Bajo la ciudad
41. Pájaros muertos
42. La Puerta de los Reyes
43. Puesta en escena
44. El bosque de los proscritos
45. Propuestas
46. La voz de los muertos
47. Viejas bibliotecas
48. Visitas inesperadas
49. Lanza Dragón
50. Negociaciones
51. HojasNegras
52. Retribución
53. Leannan sidhe
54. Punto de inflexión
55. El secreto de Nicasia
56. Tambores de Tormenta
57. Los motivos son importantes
58. Justa venganza
59. El precio de la memoria
60. El trono sobre la colina
61. Beltaine
Epílogo
Glosario
Agradecimientos
Créditos
A mis hermanos, por todas las historias que hemos compartido.
Las cabezas no se cortan de un solo tajo, al menos eso era lo que tenía comprobado. En las historias que escuchaba de niño, los héroes blandían sus espadas contra los cuellos enemigos y las cabezas rodaban al suelo como quien poda flores. Aglanor tenía una espada que ya era legendaria entre amigos y enemigos: Hojafunesta la llamaban, aunque él pensaba que ponerle nombre a un arma era un sentimentalismo impropio de un soldado. Hojafunesta jamás había cortado una cabeza de un solo golpe, y no era por falta de buen acero, ni de magia; simplemente su brazo tenía la fuerza necesaria para matar, no para obrar prodigios. En aquel momento, con la espada enganchada en la espalda de un gorrorrojo moribundo y otro acercándose a grandes zancadas, deseó ser capaz de semejante hazaña. O al menos que la armadura y las vértebras del cadáver se volviesen mantequilla para poder desenterrar su espada de aquel amasijo de carne. Ninguno se realizó, el único deseo que se cumple en mitad de un combate es el de «espero salir de esta», y no siempre. Aglanor miró al soldado que se abalanzaba sobre él, blandiendo un mayal y gritando insensateces. Su estrategia de combate era nula, y la posición de ataque, pésima. Si el elfo no tuviese la espada atascada apenas le preocuparía. Para su desgracia, estaba desarmado y perdido en mitad del caos de un campo de batalla. Olvidó a Hojafunesta por el momento, se empapó las manos con la sangre de su oponente muerto y dibujó en el aire una marca sinuosa. La sangre se desprendió de sus manos, alargándose y espesándose en el aire hasta tomar la forma de un dardo grumoso que el elfo liberó como si estuviese tirando con su arco. Una flecha roja cruzó el aire hasta hundirse en la frente del gorrorrojo. Empujando con el pie, Aglanor pudo liberar la espada y se giró buscando a Silvania.
Hacía unos instantes, en el campamento reinaba la calma; los afortunados que estaban libres del turno de guardia dormían en sus tiendas, unos pocos habían formado corrillos para cantar ordinarieces, o se jugaban con cartas y dados el dinero que no tenían. La rutina habitual, quizá un poco más triste porque hacía mucho que ya no tenían vino y el rancho empezaba a ser escaso. Por eso se movía el ejército de su majestad, necesitaba abastecerse. Aglanor no ignoraba que tenían un serio problema; la guerra estaba en un punto crítico, y el equilibrio de fuerzas no podía ser más delicado. Una decisión equivocada, un movimiento erróneo y enfrentarían la derrota. Era consciente de la situación y, como buen militar, se había esforzado en imaginar los peores escenarios posibles. Durante horas y horas el consejo de guerra había urdido un sinfín de estrategias, tantas como su imaginación le había permitido. Estaba claro que se le habían escapado un par de posibilidades: los dragones, por poner un ejemplo; nadie habría sido capaz de imaginar que se involucrarían en la guerra. Solo pensó en ellos cuando escuchó un funesto batir de alas sobre su cabeza que no fue capaz de identificar. Por suerte, le hizo caso a su instinto y salió de su tienda antes de que la cubierta de seda fuese presa de las llamas.
Fuera no le esperaba nada mejor; muchas tiendas ardían y no todos habían podido escapar de las llamas. El dragón, tras haber hecho tanto daño como le había sido posible, escapaba ileso. Aglanor ni llegó a verlo. Para ser sinceros ni siquiera se preocupó por él. Su prioridad era la tienda de su majestad. Intentaba llegar hasta ella cuando los gorrorrojos le salieron al paso. Aquí y allá comenzaron a escucharse gritos y cruzar de armas. El enemigo estaba entre ellos y la confusión no podía ser más absoluta. No había contado con una misión de sabotaje a lomos de un dragón, pero se encargaría de convertirla en un acto suicida. Sus adversarios habían querido enviarles un mensaje, pero recibirían otro mucho más desagradable: estamos preparados, somos invencibles.
No había demasiada distancia entre su tienda y el pabellón real. Por seguridad, la carpa de su majestad no se diferenciaba en nada de la de un simple soldado. Las tiendas de los oficiales la rodeaban para protegerla y la suya apenas estaba a unas pocas varas de distancia. Si los gorrorrojos no lo hubiesen distraído ya estaría junto a Silvania. Era donde le correspondía estar, luchando codo con codo al lado de su reina. Así había sido durante toda la guerra y así sería cuando un nuevo reinado emergiese de la victoria. Se había convertido en la mano derecha de su majestad batalla a batalla, había demostrado que era un buen militar, no solo por su valor o su inteligencia. A la reina le gustaba porque mostraba aprecio por los soldados. Al idear sus estrategias no solo pensaba en vencer, también intentaba minimizar las bajas y conocía el nombre de todos los miembros de su guardia personal, casi un centenar de hadas a las que trataba con respeto. El mismo que mostraba con los enemigos caídos. Esta guerra no admitía prisioneros, y aun así, en muchas ocasiones, él había mostrado piedad, perdonaba tantas vidas como era posible o proporcionaba muertes rápidas. Gracias a esto se había ganado la confianza real, y también cierto recelo por parte de algunos nobles del Consejo, que lo consideraban un joven blando, o algo aun peor: un oportunista. Poco le importaba, Aglanor atesoraba cada momento que pasaba junto a Silvania y empezaba a tener ciertas esperanzas. Ella no se expresaba con palabras, pero sus ojos, verdes y dorados como el atardecer entre las hojas de un roble, lo prometían todo.
La vio de inmediato. Estaba en pie ante un troll de las Montañas Azules, un ser gigantesco de piel helada frente al que la reina parecía una diminuta muñeca de alambre escarlata. El troll llevaba una aparatosa armadura lanuda, propia de sus tierras, y su arma era una cimitarra de hierrohielo, transparente, tan ancha como el pecho de un herrero. Aglanor no temió por la vida de Silvania; por formidable que fuese su adversario no tenía la menor oportunidad. Ni siquiera llevaba armas. Nunca lo hacía, no las necesitaba. Miró fijamente al rostro del gigante y este descargó sobre la sidhe un potente golpe. La elfa solo tuvo que alzar una mano para detenerlo. Un par de gotas de sangre cayeron al suelo. No fue más, y bastó para que Aglanor se lanzase sobre el gigante, tan poseído por la rabia que no escuchó las palabras de su amada.
—Yo soy Silvania, hija del cerezo —su voz tronaba en la oscuridad—. No hay hacha que hiera mis raíces, no hay fuego que toque mis hojas. Yo soy la luz del bosque y te condeno a la sombra.
Un potente fogonazo, más fuerte que el aliento del dragón, enmarcó el cuerpo de la elfa y desgarró las sombras. Por unos instantes, el campamento se vio envuelto en un falso amanecer. Mientras, frente al troll comenzaba a condensarse un punto oscuro. Toda la noche, una noche traidora, sin estrellas ni luna, apareció frente al gigante, que miró fascinado aquel agujero hacia la nada. También Aglanor lo contempló apenas un instante antes de que la propia Silvania tirase de él y lo obligase a apartar la vista. Era imposible no querer contemplar aquel abismo, hermoso, perfectamente vacío. Su adversario empezó a acercarse al centro de la negrura. Parecía que tirara de él con una fuerza imposible de resistir, él mismo deseaba ser tragado. El troll desapareció, arrastrado hacia una inmensidad condensada. Sintió envidia.
Se habría cambiado por su enemigo sin pensarlo.
Nunca fue capaz de recordar lo que había sucedido, aunque se lo habían contado varias veces. Aglanor no recordaba haber golpeado a Silvania cuando intentaba evitar que corriese la misma suerte del troll, ni que varios soldados hubiesen tenido que abalanzarse sobre él para impedir que se arrojase a la nada antes de que el hechizo desapareciese y la noche, una noche normal y segura, volviese al campamento. No recordaba la lluvia que su majestad invocó para apagar el fuego. Nada, su memoria no guardó registro alguno de esos momentos que cambiaron su vida. Algunos aseguraron que se había desmayado, Aglanor no lo creía posible. No se desmayó, nunca más volvería a hacerlo. Ni a dormir, porque no podía cerrar los ojos. La realidad se envolvió de una densa capa gris bajo la que se ocultaban la calidez de los colores, el brillo del sol, la presencia de las estrellas...
El hechizo de la reina, aquella pequeña mota de oscuridad, le había robado el rostro. Lord Aglanor no tenía cara. En su lugar no había nada: ni cicatrices ni heridas, ni carne ni hueso. Nada, era un pozo sin fondo. Una visión horrible que nadie soportaba y que ningún hechicero pudo conjurar. Aglanor ordenó que le fabricasen una máscara de plata que representaba el rostro de la reina. Porque estaba dispuesto a darlo todo por ella. Porque era su mano derecha, su voz y su brazo.
O eso pensó hasta que llegó la paz y la traición.
El Palacio de la reina Silvania era el único edificio que podía verse desde todos los rincones de la Corte de los Espejos. Se alzaba muy por encima de cualquier tejado, desafiando incluso a las altas murallas que rodeaban la capital. En los días de sol, sus amplios ventanales, forrados con vidrieras de colores, relucían de tal modo que los viajeros podían ver las estilizadas torres desde muy lejos y las usaban para orientarse, como si fuesen faros diurnos. Los habitantes de la ciudad estaban tan acostumbrados a vivir bajo su sombra que no le prestaban la menor atención. Pero las hadas que llegaban por primera vez a la ciudad y contemplaban la construcción se maravillaban, apenas podían creer que fuese real. Estaban habituados a ver castillos sólidos y achaparrados, de muros gruesos, salpicados de saeteras, con rastrillos y puentes levadizos. El Palacio no se parecía a ningún otro del reino; una torre acabada en punta, un milagro de cristal y piedra blanca, formada por ventanales tan enormes que parecía imposible que la estructura pudiese mantenerse en pie. La rodeaban otras cuatro torres menores, comunicadas con la principal gracias a una red de delicados puentes cubiertos. Desde fuera parecía que un soplo de viento podría hacerlos volar y, sin embargo, estaban pensados para que pasasen por ellos enormes monturas. La torre central estaba rematada por una aguja de plata que sostenía la enseña de la reina: una flor de cerezo. Las fachadas estaban adornadas con una enorme cantidad de estatuas, hermosas unas, otras grotescas, algunas tan gigantescas como el enorme dragón a tamaño real que se enroscaba en la torre norte. Había grupos de figuras, comitivas de sidhes, knockers dedicados a sus creaciones, gorrorrojos que perseguían a bestias por los alféizares y sluaghs espiando en los balcones. Todo cuanto podía encontrarse en TerraLinde estaba esculpido en aquellas paredes.
Aunque entrar al Palacio era un raro privilegio. La mayoría de los proveedores solo conocían los patios principales, los establos, las cocinas, las enormes despensas. Los criados describían miles de habitaciones, repartidas por pasillos interminables y tantas escaleras que cada planta tenía su propio servicio. Había montacargas ideados por el cuerpo de ingenieros, algunos capaces de soportar grandes pesos y tan amplios que una división de trolls podría instalarse cómodamente en ellos si fuese necesario. Y dos redes de tubos que comunicaban todos los rincones del Palacio; la principal era para los criados. Gracias a ellos podían enviar mensajes a donde fuese necesario, así podían pedir enseres de limpieza, sábanas limpias o asegurarse de que la comida se servía en el momento adecuado. La red secundaria era de uso exclusivo de los sidhe; con ella solicitaban la presencia de los criados, o se mandaban mensajes entre ellos. Su uso estaba totalmente prohibido a los gentiles, y todo lo que se enviaba a través de ella, por trivial que fuese, era considerado secreto. Por supuesto, todos conocían la existencia de pasadizos y cámaras ocultas, pero eso era algo normal en cualquier palacio de abolengo y no llamaba demasiado la atención de nadie. Lo que de verdad alimentaba los cotilleos más jugosos y candentes eran los dominios de la reina. No porque Silvania diese que hablar por sus amantes o sus salidas a deshora de Palacio: la reina tenía sus aposentos en el Bosque Vedado. Muy pocos en TerraLinde sabían dónde estaba y no todos los que lo sabían podían decir cómo habían llegado hasta él. El bosque no podía encontrarse en ningún mapa, ni existía un sendero que llevase hacia las susurrantes copas de sus árboles. No ocupaba ninguno de los territorios del reino y al mismo tiempo era inabarcable, tan enorme que un hada podría caminar por él toda su vida y moriría sin llegar a sus fronteras. Tampoco encontraría nunca a otro viajero. Multitud de criaturas poblaban aquellas tierras ilimitadas, pero solo un hada vivía allí. El primer árbol nació con ella y toda su inmensidad se convertiría en una nube de cenizas el día que muriese. Ambos hermosos y terribles. Poderosos y frágiles. Por eso la reina Silvania caminaba descalza sobre la tierra salvaje, sus pies pisaban sobre la hierba fresca sin temor a hacerse daño, las flores se mecían al paso de su falda verde y se giraban para mirar a la elfa que no tenía sombra. La sidhe y el bosque eran la misma cosa, nadie podía entrar allí sin su consentimiento. Era su lugar de poder, su refugio y también su cárcel. Lejos de la protección del Bosque Vedado, Silvania seguía siendo una sidhe poderosa, conocedora de hechizos que hacía mucho que todo el mundo había olvidado. Y también era mortal, tan mortal como cualquiera de sus súbditos. Así que rara vez lo abandonaba. Desde que la guerra terminó nadie había vuelto a verla nunca fuera de Palacio. Porque era allí, entre pasillos y habitaciones, donde empezaba y terminaba el bosque imposible en el que la Señora de TerraLinde pasaba sus días.
La reina acababa de sentarse junto a un inmenso sauce cuyas ramas se deslizaban sobre la lenta corriente de un río. Había modelado aquel rincón a su capricho, para poder descansar y bañarse, aunque aquel día estaba atareada. Tenía un bastidor sobre el regazo y bordaba un velo blanco con siluetas de palomas cuando una leve brisa fría hizo que se estremeciese. Una sonrisa acudió a sus labios, una sombra se posó a sus pies. Al principio parecía un hato de tela negra sin forma, solo arrugas sobre la hierba, pero poco a poco la figura se estiró y aparecieron un rostro blanco y unas manos blanquísimas.
—Por fin vuelves, no me gusta que estés lejos tanto tiempo —dijo la reina sin dejar de bordar.
—Me voy porque tú me mandas al mundo. Si de mí dependiese jamás nos separaríamos —la voz de la recién llegada era el siseo de un fuego que se apaga.
—Lo sé. Pero no depende de nosotras.
El rostro blanco no se inmutó ante aquella respuesta. Conocía los motivos tras aquellas palabras y sabía que estaban llenos de razón. La figura volvió a estirarse y de la oscuridad surgió una larga melena negra que acariciaba el suelo.
—Los caminos están libres de nieve, pronto todos los miembros del Consejo habrán vuelto a la Corte.
Un ligero mohín asomó a los labios de la elfa. Era costumbre que durante el invierno los nobles se retirasen a sus feudos. Así podían atender a su gente y sus tierras. Además, los antiguos reyes habían pensado que mantener a los Altos Señores alejados de Palacio durante parte del año era una manera elegante de evitar intrigas y de enfriar enemistades. Una idea sencilla, que en muchas ocasiones daba buenos resultados.
—Eso me temo. Pero no es lo que quiero saber.
Hubo un momento de silencio. El rostro se alzó un poco más, asomó el atisbo de un vestido negro.
—Ha sido un invierno muy duro. Casi todos los caminos quedaron cerrados y, sin embargo, los correos y los mensajes no han dejado de ir y venir. Algunos mensajeros han arriesgado sus vidas en mitad de feroces tempestades. Se han hecho muchas visitas de cortesía.
—Para estar intrigando han sido muy poco discretos. Saben que hay espías por todas partes.
—Hay muchos detalles que no encajan, fuera de las murallas no me resulta sencillo seguirles la pista.
—Lo sé, y aun así eres mis ojos y mis manos.
La sombra se estiró satisfecha al oír esas palabras, como un gato al recibir caricias. Tomando cada vez más consistencia, alargó sus finos dedos y cogió el bastidor del regazo de Silvania.
—Te echo mucho en falta —la visitante lo dijo con el tono culpable que usan los niños para confesar una travesura.
La sidhe pasó las manos por los cabellos de la sombra y se los recogió usando un adorno en forma de hojas de laurel.
—Y yo a ti, pero aún no es el momento. Debemos tener paciencia.
—Paciencia —repitió cansada—. Dime mejor que abandone mis esperanzas.
—Jamás me oirás decir algo semejante. Pierde la esperanza si quieres, yo la conservaré por ti.
Un suspiro escapó de los labios de su visitante, que no apartó la vista del bordado. Su cuerpo ya era casi sólido de nuevo. Una figura negra y pálida, de la que hasta la luz parecía huir. A su lado Silvania era brillante, como las flores tras un aguacero. Derrochaba color y alegría. Juntas eran un inquietante contraste.
—La necesitarás, se acercan días complicados —dijo la visitante—. La muerte de Gerión en TiemblaSauces hará que el Alto Consejo pida explicaciones, es su deber. Y el nuestro es darlas. Lo que ocurrió en el pantano ha sembrado la Corte de rumores. La mayoría creen que los sidhe detuvieron un alzamiento de la Hueste Invernal. Ahora, invernales y estivales se miran con recelo y hay tensión en las calles.
—No deja de ser irónico que algunos de los miembros del Consejo tengan más respuestas a estas preguntas que nosotras. El Alto Consejo pedirá culpables y justicia, siempre y cuando la justicia señale a unos culpables que le convengan.
—No es la verdad lo que quieren, muchos de ellos ni siquiera quieren respuestas: lo único que desean es alejar de ellos cualquier sospecha de traición.
—Los traidores tratarán de sacar partido a esto. No dejo de pensar que lo que ocurrió en TiemblaSauces era parte de su plan.
Silvania se puso de pie y se acercó al lago. Cogió un pequeño canto y lo lanzó haciéndolo rebotar contra el agua.
—Es el primer noble que muere asesinado desde los días de la guerra, y que Gerión luchase en el bando contrario no nos favorece. Todos saben que firmó la paz a reñagadientes, y que durante todos estos años nunca ha dejado de solicitar ayuda para recuperar sus tierras en TocaEstrellas. Algo que nunca logró.
—Una guerra contra los goblins de TocaEstrellas nos habría puesto en contra a todos los goblins de TerraLinde y los reinos cercanos. No estamos preparados.
—Y además cumplen una función: comerciar con ellos es un negocio sucio, pero próspero para muchos. Y es una amenaza que podemos usar. El miedo a los goblins es un arma muy poderosa.
—Eso piensa gran parte del Consejo. Yo no estoy de acuerdo.
La sombra alzó la vista del bordado.
—Te repugna el tráfico de esclavos. Pero has hecho lo que has podido, lo prohibiste.
—Sí, pero no puedo castigarlo. ¿Qué hago? ¿Colgar a mis propios nobles? Volveríamos a la guerra.
—Quizá tengamos guerra de todos modos. La muerte de Gerión traerá consecuencias, todos se preguntan qué hacía un ejército de mercenarios en el pantano enfrentándose nada más y menos que a una Cacería Salvaje. Hay muchos rumores.
—Muchos de los que lucharon conmigo me guardan rencor por no haberles dado mayor reconocimiento en la victoria, y algunos de los que se enfrentaron a mí agradecen que fuese piadosa con los vencidos. Los bandos no están claros.
—Nunca lo estuvieron, luz de mi vida —afirmó la sombra.
—Hemos perdido mucho en TiemblaSauces, ni siquiera en los días de la guerra nuestro futuro fue tan incierto.
—Lo tejido, tejido está. Lo único que podemos hacer es seguir el hilo hasta donde nos lleve —contestó la sombra mirando largamente la labor de bordado. Sin decir nada sacó una madeja de hilo negro de entre los pliegues de su vestido, enhebró una aguja de plata y comenzó a dar puntadas.
—Madejas y laberintos, ¿verdad? Al menos nosotras tenemos la madeja para guiarnos. Esa es nuestra ventaja. —La reina observaba el trabajo de su visita. En realidad no tenía necesidad de mirarlo; el dibujo aparecía en su cabeza con toda claridad. Presentía cada movimiento antes de que la sombra lo realizase, al igual que conocía sus palabras antes de que fuesen pronunciadas. Hablar no era necesario para ellas, lo hacían más por costumbre que por necesidad. Compartían la misma voz y un solo corazón latía para las dos.
—Me pregunto cuántas de esas familias volverían a jurarme lealtad ahora mismo.
—A eso tengo respuesta, al menos en parte.
La delgada mano de la mensajera acercó a la reina un pliego de papel cuidadosamente doblado. Los dedos de las hadas se rozaron y ambas guardaron silencio mientras alargaban aquel sutil contacto y se miraban a los ojos con anhelo. Tras un instante se apartaron una de la otra, incapaces de soportar aquella falsa sensación de estar juntas. Silvania leyó el informe.
—¿Hasta qué punto podemos confiar en esto?
—La certeza nunca es absoluta. —La sombra giró el bastidor para poder seguir bordando sus pájaros.
—No es que sean muchas... —La sidhe tiró el papel al agua y observó cómo se alejaba.
—A algunas de las que faltan podemos comprarlas, lo hicimos en las Capitulaciones. El dinero y los honores siempre funcionan, aunque la muerte de Gerión haya puesto en guardia a muchos y preocupe a otros. En las calles, el descontento crece porque creen que no hacemos nada, que protegemos a los nobles. Si no les ofrecemos un culpable que satisfaga a todos podríamos enfrentarnos a una nueva guerra, pero podemos evitarlo. El asunto está en descubrir al culpable.
—Aglanor. —A la reina ese nombre le sabía amargo—. Pero no sabemos dónde está. Ni podemos acusarle de nada. La versión más extendida es que Gerión murió noblemente, apagando una revuelta de la Hueste Invernal.
—¿Y quién lideraba a esos renegados de la hueste? —preguntó la sombra usando un tono intrigante.
—Entiendo lo que tratas de hacer, pero para eso necesitamos atrapar a Aglanor.
—Para eso solo necesitamos un culpable. No tiene por qué ser Aglanor. Tú conoces los senderos del destino tan bien como yo: la guerra puede evitarse con un único sacrificio. Una muerte para evitar millares de muertes. Necesitamos una cabeza, y no tiene que ser necesariamente la del culpable.
—Sabes que si hacemos eso ella se negará.
—Ella —la sombra alzó la vista hasta el horizonte— es un simple títere. Cumplirá con su papel quiera o no.
—Un títere muy fiel. Le pagamos con muy mala moneda.
—Gobernar no es sencillo, y eso La Dama RecorreTúneles lo sabe tan bien como nosotras. No tenemos mucho tiempo. Los Ibn Bahar también se han puesto en camino, vienen hacia aquí para exigir justicia. Tres de los suyos han muerto en muy poco tiempo.
Un enorme cansancio invadió a la reina, se dejó caer sobre la hierba y se llevó las manos al pecho buscando fuerzas para seguir respirando. Gobernar era una tarea ingrata. Sin el comercio de la caravana, las ciudades del reino verían mermar el comercio. Los nómadas eran más poderosos que algunas casas nobles, hacían fluir el dinero y, ante ese poder, el linaje y los honores no servían de nada.
—Hay que evitar la guerra. Y no tenemos tiempo para escoger entre lo que debemos hacer y lo que nos gustaría hacer —dijo la visitante.
—El deber deja pocas opciones, ¿verdad?
—Por eso un gobernante no gobierna como debe sino como puede.
La sombra remató la última puntada y cortó el hilo. El dibujo estaba acabado. Pájaros blancos y negros se enfrentaban en un cruento combate en pleno vuelo. La reina soltó la tela del bastidor y se acercó hasta la orilla del río, arrodillándose junto al agua. Su compañera la siguió, ambas introdujeron el bordado en la corriente y lo frotaron sobre las piedras como harían si quisieran lavar una sábana. Al instante, un reguero de sangre manó corriente abajo. La figura negra echó la cabeza hacia atrás, la ropa y el pelo mojados, las manos manchadas de sangre. Un largo gemido surgió de su garganta mientras el cielo se cubría de nubes y el viento agitaba las ramas del sauce. Silvania se estremeció, pero la dejó llorar porque eso era lo que hacían las de su especie: llorar las muertes.
DUJAL
La pareja que bailaba en la plaza le hacía pensar en Mesalina. Bailaban rodeados de turistas curiosos bajo un sol de muerte. La música que los hacía girar provenía del último radiocassette que debía quedar en el mundo. Era una melodía afónica, gastada de rodar de calle en calle. Los bailarines se miraban como si estuviesen a punto de devorarse. Ella con un vestidito ajado que dejaba ver unas interminables piernas de alambre. Él, vestido como un mafioso de vodevil. Giraban, se acercaban, se alejaban, se acariciaban. Al mirarlos parecía que todos los besos del mundo no eran bastantes, que estaban presos de un amor que solo podía consumarse bailando. Dujal los entendía. Ahora, cuando pensaba en la sátira, no sentía la urgencia de tumbarla en cualquier parte y decirle que la había echado de menos; sentía un pinchazo en el corazón. Quería bailar con ella, mirarla a los ojos igual que se miraban aquellos dos. Solo se miran así los que saben que cada minuto es irrepetible, que cada beso y cada caricia son los últimos.
Se alejó de la música cascada y de los bailarines, no quería estar allí cuando la canción parase y llegase el momento de los aplausos y las propinas. Hacían que la magia desapareciese. Intentó calmar la añoranza encendiendo un cigarrillo, el último que le quedaba, y al meterse la mano en el bolsillo para sacar el paquete de tabaco no pudo evitar encontrarlo dolorosamente vacío. Tendría que hacer algo, porque si no conseguía dinero le tocaría pasar la noche ronroneando en el portal de alguna anciana. Había conocido a unas alegres estudiantes, seguramente fingir un encuentro casual con una de ellas le garantizaría un techo sobre su cabeza, pero Dujal sintió una infinita pereza al pensar en lo que habría que hacer para ganarse la cama. No se sentía culpable al estar con otras, hay cosas que nunca cambian. Simplemente le aburría.
Antes de rendirse a la opción de cambiar de forma y dormir bajo el capó de un coche, enfiló por una calle ancha, alegre. A esas horas estaba llena de turistas con los bolsillos llenos, dispuestos a dejarse arrastrar por el encanto de la ciudad porteña. Escogió un lugar bien visible, junto a una estatua, con muchas opciones para escapar en caso de que apareciese la policía. Sacó la guitarra de su funda y dejó su sombrero sobre la acera, rezando para que pescara una buena lluvia de monedas. Nunca pensaba qué iba a tocar, prefería dejar caer los dedos sobre las cuerdas y dejarse llevar por la inspiración. Aquel día además le rugían las tripas; el hambre siempre sacaba lo mejor de sí mismo. Empezó la actuación pensando en filetes gruesos, en costillares con salsa. Su guitarra escupió una melodía llena de anhelo. Tras unas horas apenas tenía bastantes monedas para pagarse media comida. No estaba siendo su día, o eso pensaba hasta que se agachó a recoger el sombrero. En ese momento alguien se acercó y dejo caer un flamante billete.
—Merci beaucoup, Monsieur —susurró el phoka sin darse cuenta de que había acudido a su lengua materna.
—Vaya, qué sorpresa Dujal... Estás dos veces lejos de casa —dijo una voz familiar.
Dujal levantó la cabeza, sorprendido. Con el rabillo del ojo alcanzó a ver a un hombre alto que se alejaba a paso ligero. De espaldas distinguió un jersey negro, unos vaqueros gastados y una cabeza canosa que podría ser la de cualquiera. Lo que lo diferenciaba era su forma de andar, la de alguien que no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Y él estaba bastante seguro de que conocía aquellos andares: MalaSenda.
Apenas podía creerse que fuese él. Recogió la guitarra a toda prisa y salió corriendo detrás del extraño.
—¡Monsieur! ¡Monsieur! —gritó mientras corría— ¡S’il vous plaît!
«En este país no hablan tu idioma, idiota», pensó enfadado.
—¡Señor! ¡Señor! ¡Pare! ¡Por favor! —rectificó.
Le costaba terriblemente pronunciar aquella lengua, las palabras se le enredaban en los labios, estaba llena de sonidos que no dominaba. Y no sirvió para nada. El extraño se había esfumado. El gato se detuvo. Miró a su alrededor, tal vez la imaginación le había jugado una mala pasada. No tenía ningún sentido que el sidhe estuviese allí. Lo único que le pasaba era que tenía demasiadas ganas de encontrar una cara conocida. Dejó caer los hombros, era el momento de retirarse. Quizá mañana tuviese más suerte y mejor ánimo.
—No toda la gente errante anda perdida —susurró una voz a sus espaldas. No lo había pronunciado en ningún idioma de este mundo, la lengua de TerraLinde llegó claramente hasta sus oídos. Dujal se giró y se encontró de frente con una sonrisa traviesa bajo un anacrónico bigote gris que le hacía compañía a una perillita afilada. Incluso bajo apariencia humana, el sidhe resultaba inconfundible.
—Esa frase no es tuya, MalaSenda —le dijo en un tono de falso reproche.
—¿Ah, no? —preguntó fingiendo estar ofendido con ese descubrimiento—. Pues debería serlo. Es digna de mí. ¿No crees?
—No te imaginas lo que me alegro de verte. —Lo abrazó con ganas.
—Te equivocas, me lo imagino perfectamente.
Dujal y MalaSenda se conocían desde que el phoka era un niño. El sidhe aparecía sin previo aviso en la cabaña de Manx, normalmente en mitad de una nevada o en los peores días de lluvia, y pedía refugio. A cambio siempre traía algo de caza, o hacía cualquier tarea que le mandaran. En sus alforjas, bien guardadas en un hato de cuero, llevaba sus herramientas, y las cuidaba casi tanto como a sus armas; era bastante habilidoso con las reparaciones: «Hay que saber un poco de todo si quieres vivir por los caminos», solía decir. Las visitas de MalaSenda no eran como las de Marsias. El sátiro contaba cuentos y chistes, cantaba y hacía rabiar a Manx. El elfo era respetuoso, un poco estrambótico con sus modales y no demasiado parlachín. Nunca traía regalos o juguetes, pero le enseñó muchas cosas útiles; a distinguir qué frutas se podían comer, a fabricar una caña de pescar, las hierbas que podía quemar para adormecer a las abejas y robar miel. En una ocasión se quedó con ellos casi todo el verano y le enseñó a empuñar una espada, a defenderse con el escudo y a usar un arco. MalaSenda era un excelente arquero y Dujal un pésimo alumno. No le faltaba habilidad, ni fuerza, sino interés. Era de los que pensaba que correr era mucho más inteligente que luchar. «Si no tuvieses esas piernas tan veloces, habrías sido un espadachín imbatible», le había dicho muchas veces durante las clases, aunque no parecía enfadarse ante sus escasos progresos. «En el fondo a todos nos iría mejor si prefiriésemos no pelear», reconocía.
A lo largo de los años sus caminos se habían cruzado muchas veces; en sus respectivos vagabundeos habían compartido muchas hogueras, muchas horas de caminata y muchas cenas bajo las estrellas. Ninguno sabía cómo se ganaba la vida el otro, y ninguno quería saberlo. Quizá no eran grandes amigos, ni tenían una sólida relación de profesor y alumno, pero había una gran confianza entre ellos y con eso les bastaba.
—Pero ¿qué haces tú aquí? —preguntó el phoka.
MalaSenda sonrió y se acarició el bigote. Un leve brillo de picardía le alegró los ojos. Acostumbrado a verlo con su armadura abollada y su capa desteñida, encontrarlo allí vestido con unos vaqueros y un jersey de cuello vuelto le parecía casi un sueño. Esperaba que de un momento a otro sacase su espada para desafiar a duelo a cualquiera que cruzase la calle
—Eso debería preguntarlo yo. ¿Qué haces tú aquí? Esta es mi ciudad.
—¿Tu ciudad? —odiaba escucharse repitiendo las palabras de otro, pero apenas era capaz de comprender lo que estaba escuchando, menos aún de creérselo.
—Vivo aquí —se limitó a contestar MalaSenda, como si eso lo explicase todo.
—¿Qué? —O aquello era una broma o él se estaba volviendo idiota por momentos.
—Creo que podría explicarte esto mejor en algún otro lado, tal vez comiendo algo.
Las tripas de Dujal aprobaron la idea con un rugido. MalaSenda lo alejó de la zona turística a paso ligero y lo llevó a un barrio tranquilo, lleno de gente que iba o volvía del trabajo con la rutina pintada en la cara. Allí, al fondo de una calleja estrecha, había un restaurante. No era como los locales elegantes que acababan de dejar atrás, era pequeño y tenía un agradable aire familiar. En las mesas comían grupos de trabajadores que bromeaban con la boca llena, solitarios que leían el periódico y alguna familia. El elfo le indicó una mesa vacía y saludó con un gesto discreto al camarero.
—¿Qué vas a tomar? —le preguntó.
—No tengo demasiado hambre... —Normalmente Dujal no tenía escrúpulos en cargarle la cuenta a otro, pero sentía respeto por MalaSenda y no quería enemistarse con alguien que podía ser un aliado útil.
—Invito yo. —Malasenda cogió la carta y le echó un vistazo despreocupado—. ¿Asado?
El phoka asintió, temía que en cuanto abriese la boca el hambre lo delatase de algún modo.
—Pide tú... Parece que conoces esto bastante bien —logró decir despreocupado.
—Está bien. —Llamó al camarero con un gesto—. Creo que podríamos pedir un asado de cabrito, medio para empezar estará bien. ¿Quieres ensalada? Sí, una ensalada completa ayudará a bajar la carne; y también papas asadas... Para beber pediremos una botella de vino de la casa, aquí tienen uno bastante bueno. Trae unos chorizos, así vamos picando mientras llega la carne.
Dujal no abrió la boca hasta que el camarero se largó. Ahora que estaba bastante seguro de que iba a poder llenar la tripa, otros asuntos menos inmediatos, aunque igual de intrigantes, le vinieron a la cabeza. Observó a su benefactor. Estaba sentado mirando a la calle a través del cristal del escaparate, tamborileaba los dedos contra la mesa. Hasta entonces no se había dado cuenta de lo rara que era su situación. Nunca se había encontrado con nadie de TerraLinde más allá de los confines de EntreMundos. Para las hadas, el mundo de los humanos era un mito y los pocos que decían que eran capaces de viajar hasta allí eran considerados unos mentirosos, o unos lunáticos. La mayoría lo eran. Dujal jamás había conocido a ninguna otra hada que hubiese estado realmente entre los hombres. Y él no lo contaba del todo en serio, siempre había pensado que era mejor que su habilidad pasara desapercibida. Poder huir a ese mundo era una ventaja táctica. Y se acabaría el día que alguien fuese capaz de seguirlo.
—Aún no sé qué haces aquí —le dijo por fin, incapaz de aguantar la intriga.
Antes de que MalaSenda pudiese contestar, un camarero dejó sobre la mesa una botella de vino y una bandeja llena de chorizos chisporroteantes, recién sacados de las brasas. El sidhe llenó las copas y cogió la suya, más que beber se mojó los labios, como si quisiera asegurarse de haber hecho una buena elección, después cogió un panecillo, lo abrió, metió dentro uno de los chorizos y se lo ofreció. Dujal estaba acostumbrado a verlo beber agua fresca de un odre y a usar la punta de su cuchillo como único cubierto. Toda aquella situación: la comida, el restaurante, la gente que los rodeaba... estaba completamente fuera de lugar. Pero el hambre mandaba, aceptó el bocadillo y le dio un buen mordisco. La boca se le lleno de jugos maravillosos, cerró los ojos y dio las gracias en silencio. La suerte aún no le había abandonado.
—¿A que está delicioso? Todo un manjar.
El phoka asintió con la boca llena, despachó lo que quedaba con un par de mordiscos y le dio un trago al vino. Era fuerte, pero no tanto como para ahogar el sabor de la carne. El gato nunca se hubiese imaginado que MalaSenda entendiese de vinos. Empezaba a darse cuenta de que era más lo que desconocía que lo que conocía de su maestro.
—No has contestado a mi pregunta...
—En realidad lo hice cuando nos encontramos, querido amigo. Ya te lo he dicho: esta es mi ciudad. Vivo aquí, a ratos. Igual que tú —contestó MalaSenda ensartando otro chorizo.
—Yo no vivo aquí. ¿Intentas hacerme creer que nos hemos encontrado por casualidad?
—No. ¿Por qué iba a querer mentirte?
—Entonces, ¿qué haces aquí?
—Lo mismo que tú, pasar el invierno. —MalaSenda le dio un mordisco a su bocadillo.
Dujal vació su copa de un trago y volvió a llenársela. Iba a necesitar mucha paciencia para seguir el hilo de aquella conversación.
—MalaSenda, ¿podrías hablar más claro?
—Soy claro, y franco. El problema, jovencito, es que haces unas preguntas totalmente inadecuadas. ¿Quieres saber si he venido desde TerraLinde a buscarte?
—Exacto. Eso quiero saber.
—Entonces la respuesta es «no».
Dujal cogió otro chorizo, aunque empezaba a estar más enfadado que hambriento. Conversar con el elfo nunca era fácil. Hubo un tiempo en el que pensaba que le costaba seguir líneas de razonamiento sencillas, aunque más tarde se dio cuenta de que lo que hacía era contestar exactamente a lo que le preguntaban, sin aceptar segundos sentidos, ni juegos de palabras. Sin presuponer nunca nada. Sus pensamientos iban siempre en línea recta, y estaba convencido de que lo hacía aposta.
—Está bien... No has venido desde TerraLinde. Eso quiere decir que ya estabas aquí cuando, por el motivo que sea, decidiste buscarme. ¿De verdad vives en esta ciudad?
—Sí, a ratos. Soy un viajero, igual que tú.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Puedes preguntar y yo puedo no responder —asintió el sidhe.
El gato resopló, si quería tener la comida en paz habría que cambiar de estrategia.
—¿Podemos considerar esto un campamento?
Su maestro arqueó las cejas en un gesto de desconcierto tan elocuente que Dujal no necesitó más respuesta para saber que ya lo tenía exactamente donde quería. Desde ese momento sería él quien llevase las riendas de la conversación.
—Sí, imagino que sí —contestó el caballero tras pensárselo un momento.
—Y rigen las normas del campamento. ¿No es cierto?
—El honor así lo exige.
El mismo camarero que les había traído los entrantes apareció con una bandeja enorme. En ella, los cuartos traseros de un cabrito, bien doraditos, descansaban sobre una apetitosa cama de patatas y cebollas asadas. Solo el olor ya podía considerarse media comida y Dujal disfrutó de él igual que si estuviese hundiendo los colmillos en la carne tierna. Como acompañamiento había también un plato de lechuga, tomate, huevo duro y otras cosas igualmente poco atractivas para los gustos depredadores del gato. MalaSenda cogió los cubiertos y cortó el asado con destreza, aplicando la fuerza exacta, nada de apretar los cubiertos y forcejear; movimientos limpios y precisos, el cuchillo se abría paso sin ningún esfuerzo. Sacó varias tajadas y las sirvió con maestría en los platos. Era una lástima no estar realmente en un campamento a cielo abierto, sin testigos ni etiqueta. Allí Dujal habría atacado la comida con garras y colmillos, hasta dejar los huesos limpios. Al terminar se habría chupado los dedos. Era la única forma realmente agradable de comer. El gato se llevó el tenedor a la boca, masticando despacio. No tenía prisa en reanudar la conversación, estaba disfrutando el momento. Hacía días que no comía decentemente, y muchísimo más que no disfrutaba de un lujo como aquel. Así que durante un rato comió sin soltar una palabra. Algo que pareció no inmutar a su anfitrión. Cuando se consideró satisfecho, reanudó la conversación.
—Entonces, ya que estamos en un campamento, y estoy disfrutando de tu hospitalidad, te debo respeto. —El phoka alzó su copa y ofreció un brindis—: Larga vida, MalaSenda. Bienes y prosperidad te acompañen. Que no te falte el fuego ni el cobijo.
—Has hablado bien. Estoy orgulloso de ti.
—Hablar es una de las cosas que se me da bien. Y ahora debemos honrar el campamento y hablar con franqueza. ¿Qué te trae hasta aquí?
—Es hora de que vuelvas a TerraLinde.
—¿Así sin más? —preguntó Dujal rebañando el plato con un trozo de pan—. ¿Sabes por qué me fui?
—Reconozco que esta vez tenías un motivo de peso para marcharte—. El sidhe pinchó un trozo de carne, comía de forma metódica, sin prisa, masticando con calma y tomando pequeños sorbos de vino. Ni siquiera lo había mirado al decir esta frase.
—¿Y quieres que vuelva?
MalaSenda negó con la cabeza, tragó y esperó un segundo antes de contestar.
—No es que yo lo quiera; es necesario. Quise ponerme en contacto contigo antes de que te marchases, pero estabas en Palacio y no era seguro. Nicasia y tú teníais demasiados ojos encima.
—Lo sospechaba. Fue uno de los motivos por los que me largué. No me importa que DamaMirlo me vigile, pero suponía que no era la única. Después de TiemblaSauces estaba bastante paranoico. Decidí que era mejor largarme, y que era más seguro para todos que Nicasia no supiese nada. ¿Cuánto tiempo ha pasado allí?
—Ya casi es primavera en TerraLinde, allí ha pasado una estación entera y aquí... —El sidhe intentó hacer las cuentas.
—Un año —lo ayudó el gato—. Ha pasado un año. El tiempo pasa más rápido en este mundo. Aún es demasiado pronto para volver.
—Es el momento exacto, debes volver lo antes posible. A menos que tengas miedo.
—No tengo miedo —lo dijo de un modo tan categórico que sonó falso de inmediato.
—No es malo tener miedo —afirmó MalaSenda con serenidad—. Ya que estamos en un campamento te contaré una historia. Al acabar la Guerra de la Reina Durmiente decidí venir hasta aquí. Había visto demasiada sangre, había perdido demasiado, y la justicia que habría necesitado para consolarme aún no ha llegado. Quería darle la espalda a todo y pensé que la mejor manera de hacerlo era poner mucha distancia de por medio, llegar hasta un sitio totalmente distinto, que no me trajese recuerdos y donde nadie pudiese reconocerme. Para poder viajar a EntreMundos tuve que hacer un gran sacrificio, y cuando llegué me encontré otra guerra. Una que enfrentaba a varios continentes y salpicaba a muchos países. Estaba cansado de luchar, viajé todo lo que pude para alejarme de aquel horror y llegué aquí, pensé que había encontrado la paz. Durante un tiempo estuve bastante seguro de que nunca regresaría a TerraLinde. Me casé, tuve un par de hijas.
Dujal dejó caer los cubiertos y se olvidó de masticar.
—¿Qué? ¿Te casaste con una mujer?
MalaSenda se encogió de hombros.
—¿Con quién si no? Antes intenté casarme con una silla, pero era una relación destinada al fracaso.
—Tienes hijas... ¿Cómo es posible? ¿Ellas saben algo de...? ¿Algo de ti?
—No, me tienen por alguien singular. Y en el fondo es lo que soy. Casarme fue un error. Intentaba recuperar algo de lo que perdí, construirme otra vida. Y fue una mala decisión. Tú has vivido aquí, sabes que acabas por sentirte fuera de lugar. Añoras demasiadas cosas, los hombres, sus costumbres, sus leyes... Es imposible acostumbrarte a este mundo sin magia, acabas necesitándola. Me fui, regresé a casa y desde entonces estoy atrapado entre dos mundos. He sido un padre ausente para mis hijas y un pésimo esposo para una buena mujer. Arrastré mis problemas conmigo. A veces pienso que no he tomado una sola decisión correcta desde que acabó la guerra.
—¿Qué tiene que ver eso conmigo?
—Yo vine aquí huyendo, asustado y enfadado. Igual que tú. Pero esconderme no solucionó nada.
Dujal miró la bandeja, llena de huesos limpios, y de repente sintió una punzada de angustia. No sabía cuándo volvería a comer, ni dónde iba a pasar la noche. Volver parecía la única solución, pero era una solución peligrosa, y añoraba a Mesalina. El phoka apuró lo poco que quedaba de la botella de vino.
—En el pantano de TiemblaSauces vi a Aglanor. Bueno, vi a un sidhe con una máscara plateada. Apenas lo vi un instante, antes de que Nicasia acabase con el Ancestral y el pantano saltase por los aires... Creo que me miró, giró la cara hacía mí. La máscara no tenía agujeros para los ojos, pero sentí su mirada. No soy un cobarde, pero aún ahora recuerdo ese instante y se me ponen los pelos de punta. Decidí huir, no puedo enfrentarme a él yo solo. Me gustaría vengar a Manx, pero no a costa de poner a mis seres queridos en peligro —aseguró.
—No creo que eso sea cobardía. Aglanor es un adversario formidable. Tal vez si la Hueste Invernal no le hubiese parado los pies en el pantano ahora estaría sentado en el trono.
—Pero él era leal a la reina. Su mano derecha. ¿Qué ocurrió?
El sidhe se quedó mirando a la gente que pasaba ante la gran cristalera del local, torció la boca mientras daba golpecitos sobre la mesa con la yema de los dedos. Se tomó su tiempo antes de contestar.
—Es algo de lo que nadie habla. Lo juzgaron en una asamblea privada, y lo convirtieron en un leannan sidhe, un desterrado: sin títulos, sin honor, sin tierras. ¿Por qué? Esa es la gran pregunta; unos dicen que pidió la mano de la reina, otros que intentó asesinarla. Quizá hizo ambas cosas... No era de los que aceptan una negativa.
Dujal se quedó pensativo. Los sidhe estaban al margen de las leyes que creaban. Gozaban de una amplia impunidad, y muy de cuando en cuando, si los actos de alguno de ellos rebasaban los límites de lo tolerable, o eran demasiado escandalosos a ojos de la opinión pública, se les sometía a un juicio entre sus iguales, que solía tener poca o ninguna consecuencia: multas ridículas, disculpas públicas, servicios a la corona... En contadas ocasiones, alguno de ellos merecía, a ojos del resto de nobles, un castigo severo. Ser declarado leannan sidhe era una pena muy dura; el elfo perdía todos sus privilegios, sus tierras y títulos, solo podía conservar lo que fuese capaz de cargar sobre un caballo y sus propias ropas. La mayoría se exiliaba, huían lo más lejos posible, para morir olvidados y solos.
Cuando esto ocurría se colgaban carteles anunciando la sentencia y los pregoneros proclamaban la vergüenza del reo a los cuatro vientos. Cuando el condenado salía de la ciudad, solo o acompañado por su familia, lo hacía perseguido por los insultos de los gentiles y las burlas de los niños.
Aunque hubo una excepción: cuando Aglanor se marchó no hubo proclamas, y se le permitió salir de la ciudad en plena noche, discretamente. Algunos opinaban que si hubiese salido de día pocos se habrían animado a insultarle. Había sido un buen soldado, tenía apoyos en la nobleza. Incluso se rumoreaba que la reina dejó escapar una lágrima al leer su condena. O al menos eso era lo que Dujal había escuchado en las historias y en las canciones.
—¿Y por qué quieres que vuelva? ¿Por qué precisamente yo?
Llegados a este punto, el sidhe se puso un poco serio. De repente pareció muy, muy viejo. Una sombra cansada y gris que lo miraba con ojos apagados.
—No tengo a nadie más. Durante el invierno he intentado formar una red de informadores, una pequeña resistencia. Mi Señora está convencida de que Aglanor trama algo, algo mucho menos vulgar que un ataque frontal a la ciudad. Para ocupar el trono necesita la fuerza, sí, pero también necesita cierta legitimidad, de otro modo no conservaría el poder demasiado tiempo. Y hay que averiguar qué es. Pero yo no puedo. Tú sabes cómo moverte con discreción por la ciudad, tienes contactos y mi gente te apoyará en lo que pueda. Quizá no tengas otra ocasión mejor de saber qué le pasó a Manx.
El phoka se recostó en la silla. Se imaginaba quién era «la Señora» de MalaSenda, y no le gustaba un pelo.
—Tal vez prefiera no saberlo. A lo mejor quiero vivir en paz, ahora tengo una hermana a la que cuidar.
—Se acercan tiempos difíciles. Quizá el único modo de protegerla sea ayudar a evitarlos. Tal vez...
—Tal vez tenga la oportunidad de morir sin que a nadie le importe —lo interrumpió Dujal sin disimular su sarcasmo.
—Me consideras un viejo errante —murmuró el elfo, casi como si hablase consigo mismo—. Pero soy algo más que eso y aún tengo amigos poderosos. Además, lo que necesito es casi insignificante.
—Por respeto a tu edad, voy a escuchar lo que tienes que decirme.
—Ya sabes que Eleazar Ibn Bahar era el canciller de la reina, su secretario. Escribía sus cartas y llevaba al día toda la documentación de Palacio. —Al ver la cara recelosa del gato, MalaSenda sonrió—. No te asustes. No pido que hagas de espía, pero he conseguido un documento que podría ser interesante. He podido confirmar que fue robado de casa de Eleazar. Es una lista.
—Una lista —repitió sin acabar de comprender.
—Sí, una lista —MalaSenda extrajo de su bolsillo un trozo de papel alargado, a simple vista hubiese podido confundirse con una lista de la compra. Lo puso sobre la mesa y dejó que el phoka lo leyese. Eran una serie de nombres, aparentemente sin sentido. Tardó un poco en darse cuenta de que se trataba de lugares, rincones de TerraLinde. Algunos eran feudos, otros castillos, también ciudades y algunos ni siquiera le sonaban.
—Esto no tiene sentido, MalaSenda. No le veo pies ni cabeza. ¿Dónde lo encontraste?
—En un cadáver, por ahora no puedo decirte más.
El phoka volvió a mirar el papel, sin encontrar nada que lo ayudase.
—¡Es de locos! ¿De qué puede servir investigar esto?
—Es lo único que tenemos.
—«Es lo único que tenemos», «no tengo a nadie más». MalaSenda, se te da fatal inspirar confianza.
El elfo alzó el brazo para pedir la cuenta y el camarero trajo la nota en una pequeña bandeja plateada. Apenas alzó una ceja al ver el precio de la comida, sacó de su bolsillo un montoncito de hojas de aliso, las colocó cuidadosamente junto a la cuenta y al lado dejó un par de bellotas. Dujal observó atónito cómo se lo llevaban todo sin poner la menor pega.
—Aquí tiene, quédense con la vuelta.
El camarero sonrió agradecido y los acompañó hasta la salida.
—¿Qué demonios? ¿Cómo has hecho eso? —El phoka no podía creerse lo que estaba viendo, él nunca había conseguido hacer magia en este mundo.
—Tengo más recursos de los que puedas imaginar. Hazme caso: es una buena pista. Y tú, el más indicado para seguirla —contestó MalaSenda con una sonrisa.
NICASIA
Tenía que caminar con cuidado. La helada de la noche y los primeros rayos del sol habían convertido las calles en trampas resbaladizas. La plaza del mercado, que no estaba empedrada, era un cenagal. Nicasia avanzaba con cautela, tanteando el suelo con el bastón para asegurar cada paso; tener que cargar con un bulto bajo el brazo no ayudaba. «Debí mandar a alguien a recoger las piezas», masculló furiosa, pero no había pensado que un par de bielas fuesen a resultarle un estorbo. Un par de meses atrás, aquello no le habría costado tanto esfuerzo. Antes de las mazmorras de TocaEstrellas y la carnicería de TiemblaSauces. En los días fríos y húmedos le dolían tanto los huesos que era incapaz de dar dos pasos sin usar bastón. Como había comprobado que no era buena idea dejarse ver en público con Cuervo tenía uno nuevo, hecho con dos tuberías de cobre encajadas una dentro de la otra y unidas por un par de tuercas. Había doblado la tubería más gruesa para formar un mango. Era una pieza sólida, y muy bonita. Pero tenía que sostenerlo con la mano izquierda, la derecha le fallaba. No se le había quedado inútil como llegó a temer en un principio; aún podía moverla, aunque no tan bien como antes: había perdido precisión y fuerza. No dejaba de preguntarse si se recuperaría totalmente, tal vez no debió dejar el Palacio tan deprisa. Se marchó en cuanto pudo ponerse en pie, pese a que Tiresias le había recomendado que se quedase. El viejo sátiro era un buen médico, mucho mejor que su sobrino Marsias, pero había algo en él que ponía nerviosa a Nicasia; su forma de hablar suave, su docilidad... Siempre había desconfiado de los mansos porque eran incapaces de defenderse, y antes o después acababan por ser un problema. Además, estar bajo la protección de la reina, tan al alcance de DamaMirlo, la hacía sentirse vigilada, más prisionera que huésped. Era consciente de que la sluagh conocía cada una de las curas y medicinas que recibía y no le gustaba. Le habían aconsejado pócimas somníferas para descansar y calmantes para sus dolores, tomarlos estando en Palacio le parecía tan sensato como dormirse en el tajo de un cadalso. Al menos, mientras Dujal estuvo con ella se había sentido algo más segura. Pero, fiel a su costumbre, había desaparecido sin dar explicaciones.
Los primeros días permaneció junto a su cama; no es que fuese de una enorme utilidad, solía pasar mucho tiempo en su forma felina, durmiendo en el alféizar de la ventana, disfrutando del sol y del paisaje. Sin embargo, su presencia la tranquilizaba, incluso lograron charlar sin pelearse. Nicasia veía en Dujal el perfil y la sonrisa de su madre, y eso, por alguna razón que no podía entender, la reconfortaba. Llegó a hacerse ilusiones. Nunca esperaba gran cosa de sus semejantes, había aprendido que la herramienta más efectiva para protegerse de la decepción era la indiferencia. La experiencia le decía que quien no espera nada nunca pierde. Con Dujal no podía evitar las expectativas. Por mucho que razonase, por muy lógica y fría que tratase de ser, acababa atrapada en su encanto, en su aire de falsa inocencia, en sus aparentes buenas intenciones, y siempre acababa escaldada.
Una mañana se despertó y el gato no estaba. Había recogido sus cosas y se había largado. La knocker sintió una vez más que el corazón le daba un vuelco. Al día siguiente abandonó Palacio: necesitaba intimidad para enfrentarse al desengaño. Regresó a casa, se encerró en su habitación, se preparó una dosis suave de DuermeDragón y durmió casi dos días seguidos para no tener que enfadarse, para no sentirse engañada. Prefirió esquivar sus pensamientos, ahogarlos en un sueño profundo, libre de imágenes y recuerdos. Después Costurina se encargó de que repusiese fuerzas con sus mejores atenciones, que incluían platos suculentos en raciones generosas y toda clase de postres. En cuanto le fue posible volvió al trabajo; la rutina era el mejor modo de no pensar, y el taller, su refugio. Allí, bajo las tablas del sótano, los problemas se solucionaban con lógica y ningún error era irreparable. Las máquinas le gustaban más que las hadas, las entendía mejor y no tenía que agradecerles nada o sentirse en deuda con ellas. Si alguna era demasiado molesta, podía apagarla.
Al retomar sus tareas se encontró con que un largo invierno de inactividad había puesto en peligro el negocio. Tenía encargos importantes atrasados, facturas pendientes y, en definitiva, clientes y proveedores muy enfadados. Necesitaba recuperar el ritmo cuanto antes, volver a la normalidad. Eso incluía dejarse ver por la calle de vez en cuando, por eso, a pesar de que odiaba salir los días fríos, había optado por ir a buscar las bielas ella misma, algo que apuntaría en su larga lista de malas ideas, al llegar a la plaza estaba sudando, pese al frío, que le helaba la respiración y formaba nubecillas ante sus labios. Se quitó la bufanda y se detuvo un momento para recuperar el aliento. Era día de mercado, y tras unas duras semanas de invierno, con los caminos cortados y las tiendas mal aprovisionadas, las hadas de la Corte estaban deseosas de volver a llenar las despensas con productos frescos, saludar a los primeros días de primavera e intercambiar noticias con los vendedores. Entre puestos y tenderetes había toda una muchedumbre escandalosa a la que esquivar, algo que hacía muy difícil abrirse paso, como estaba comprobando un jovencito espigado que desde hacía un rato intentaba acercarse a ella. La había llamado a gritos para que se detuviese en varias ocasiones, mientras Nicasia fingía no enterarse y seguía caminando, silbando entre dientes. Como era de esperar, acabó por alcanzarla; a fin de cuentas, él tenía un buen par de piernas y era bastante esmirriado, algo que le facilitaba sortear obstáculos. Tuvo la poca vergüenza de tirarle de los faldones del abrigo para que se detuviese. Llegados a ese punto no le quedó más remedio que parar y girarse hacia él. Era un phoka, aunque le salían dos pequeños cuernos de la frente, estos eran más parecidos a los de un ciervo joven que a los de un sátiro. Y tenía el pelo cobrizo, salpicado de motas blancas. Vestía una librea de criado de color celeste claro.
—¿Qué modos son estos de llamar a la gente? —gruñó esperando que el chico se acobardase.
—Lo lamento, señora. Llevo detrás de usted un buen rato y...
—Bah, bah... estupideces —le interrumpió exasperada—. ¿Quién te manda? ¿Qué quieres?
—Me envía Ellion de CalaOculta, señora. Me ha pedido que la lleve a casa de Graya.
Nicasia no se molestó en disimular su desconcierto.
—¿El prestamista?
—El mismo. Debemos darnos prisa. Si me hiciese el favor de acompañarme la llevaré hasta allí.
—Sé dónde vive Graya. —Le tendió el paquete, que el phoka cogió con cierta aprensión—. Caminaré más deprisa si me llevas eso. Adelántate y dile a tu noble patrón que estaré allí tan rápido como pueda.
