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La última selfie. Retos, riesgos y dilemas implícitos en el desarrollo de algunas nuevas tecnologías representa básicamente una invitación al lector para que se permita la propia aventura de armar un rompecabezas con piezas de conocimiento acumuladas a partir de elementos que posean una base y un respaldo científico ciertos. A través de los diferentes capítulos, el autor guiará al lector en forma sencilla, pero válida por la senda señalada por las megatendencias del avance científico contemporáneo, focalizándose en aquellas tecnologías cuyo desarrollo -de una u otra forma- están cambiando los rasgos de lo que antes definíamos como "algo exclusivamente humano". La última selfie. Retos, riesgos y dilemas implícitos en el desarrollo de algunas nuevas tecnologías es también una invitación al lector para que en forma ponderada y basado en evidencia científica, haga su propia reflexión sobre los Retos éticos, riesgos implícitos y dilemas morales que estas tecnologías representan para el conjunto de la humanidad. De la utopía a la fantasía. Del imaginario a la realidad. De las opiniones y las creencias a la razón con evidencia científica. De la experimentación responsable a un fatídico "momento de singularidad" catastrófico e irreversible. Y en este hipotético caso: "¿Quién responde?" será una pregunta irrelevante.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Guillermo Hernández Bayona
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-18024-75-7
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Agradecimiento especial
Al Doctor Edwin Bendek Martínez,
Médico Cirujano y Dermatólogo, Universidad Javeriana,
Especialista en Bioética, U. Javeriana, y Antienvejecimiento, WOSIAM, París,
Máster en Salud Pública, Universidad de Granada (España),
y Máster en Ética, Salud y Derecho, Universidad de Rennes (Francia),
por su generosa e invaluable orientación en el proceso de elaboración técnica de preguntas éticas pertinentes y relevantes, y su permanente disponibilidad para clarificar conceptos básicos.
1 - INTRODUCCIÓN
Carl Sagan hizo famoso aquel puntico azul que se va empequeñeciendo a medida que se amplía el campo de visión sobre el Universo que lo contiene. La imagen sacude en forma de un torbellino ambivalente: de una parte, por el orgullo que despierta la perfección de ese punto que es nuestro único hogar; de otra parte, por la oleada de humildad y la sensación de insignificancia que genera la comparación con la enorme vastedad del Universo (universo conocido, que a su vez es una ínfima parte del Universo total por conocer).
Gracias a la ciencia y a sus tecnologías hemos podido asomarnos con asombro creciente a fenómenos que ocurren en distancias fantásticas solo medibles en escalas de «miles de millones de años», o de otear estructuras de escalas nanométricas. Y en medio de lo «infinitamente grande» y de lo «infinitamente pequeño», nuestro cerebro (el complejo cerebro humano) nos sacude con preguntas básicas que aún hoy, ni la ciencia ni sus tecnologías han podido responder de manera comprobada.
¿Cuándo y por qué surge la vida?
¿Estamos solos en la vastedad del Universo?
¿El linaje humano está condenado a desaparecer?
¿Podremos habilitar como habitación otros mundos?
Hoy, tenemos a nuestra disposición el mayor cúmulo de información y de conocimientos (científicos y no científicos) que haya tenido la humanidad en toda su historia. Dicho cúmulo de conocimiento crece a diario de una forma exponencial, gracias a los avances de la misma ciencia y de la aplicación derivada de sus tecnologías. Sin embargo, —y a pesar de ello—, las preguntas fundamentales y, de hecho, casi todas las demás preguntas pertinentes, siguen sin respuesta. Claro está que hay que aceptar que también a diario crecen (pero a un ritmo más lento), las posibilidades de incorporar un mayor nivel de profundidad a la comprensión global alrededor de los fenómenos de la vida.
Avanza entonces la ciencia, se incrementa el conocimiento, se pluralizan las tecnologías que afectan a los procesos claves que rigen la vida como la conocemos y, de manera paralela, se incrementan exponencialmente también los riesgos tecnológicos que, debidos a algún error fatal, a una mala aplicación, o a la sumatoria de factores imprevistos y exógenos pueden devastar la vida (y no solamente la humana) en el planeta Tierra, ese puntico azul que es, hasta hoy, nuestro único hogar.
Es entonces posible intuir que en algún momento lleguemos al punto de una paradoja (o de una tragedia, o en términos contemporáneos, de «una singularidad»): que gracias a los avances de la ciencia y a la mala utilización de alguna tecnología, tengamos como consecuencia la desaparición de la vida (o al menos la desaparición del linaje humano como lo conocemos), antes de haber obtenido una respuesta inequívoca a las cuestiones planteadas sobre el origen de la vida.
O sea, como signados por un destino trágico, que hayamos desaparecido como especie justo cuando, embriagados por la soberbia de nuestros conocimientos, empezábamos a acariciar la posibilidad de conocer, de entender y de comprender el milagro de la vida.
Tal la naturaleza de las cuestiones que intenta abarcar este libro, La última selfie, libro que ha de ser leído no como un horóscopo ni como un manual de calamidades potenciales; no en una forma dogmática o excluyente; no como un recuento anecdótico de serendipias; sino, a la manera de algunos aportes de divulgación científica con los que cada lector no especializado pueda formar su propia imagen de realidad a partir de elementos basados en conocimientos que posean una base y un respaldo científico ciertos.
No hay que olvidar que mucho del desarrollo actual de las ciencias aplicadas y de las tecnologías revolucionarias son ampliamente desconocidas por parte del público corriente. Razones de «Estado», «alta política», «seguridad nacional», o razones de protección de secretos de investigación (no solo militar), o por razón de «protección de patentes», o por las razones que sea, un gran segmento del conocimiento relacionado con aquellas está clasificado, reservado y vetado para el ciudadano corriente, que en el mejor de los casos, solo puede ver destellos de lo oculto a través de «filtraciones selectivas» en documentos especializados, o a través de los poco menos habituales fisgoneos en foros científicos, o en ciertas columnas editoriales de la prensa que incursiona en el escenario de la «divulgación científica». Consecuente con las evidentes restricciones a las fuentes del conocimiento y desarrollo de las tecnologías disponibles en la actualidad y su eventual impacto de riesgo sobre la humanidad, este libro escarba entre las tintas oscuras de periódicos y revistas de circulación general, y en los flashes de conferencias y conferencistas que privilegian el «debate académico» de aspectos de realidad, los cuales contrasta con las opiniones de reconocidos autores, «conocedores especializados» en las diferentes temáticas. En el «intento por volver la experticia asequible a la masa», y de «democratizar la discusión instruida», las columnas de opinión1 (fuente reconocida como útil en este libro), emanadas de plumas adecuadamente seleccionadas, permiten que el lector haga una reflexión, lo que en el fondo sugiere el aprecio por larazón, en los contenidos pertinentes de los textos elegidos.
La invitación del autor es entonces a que cada lector pueda permitirse la propia aventura de «armar el rompecabezas» con las piezas de conocimiento disponibles que mejor dibujen el avance científico contemporáneo, y aquellas que reflejen el estado actual de las tecnologías que de una u otra forma están cambiando rasgos de lo que antes definíamos como «algo exclusivamente humano».
No sobra aclarar que hay que reconocer —sin lugar a duda— que cualquier aplicación de la ciencia y de cualquier tecnología tiene aspectos positivos y negativos, y que la bondad o maldad de las mismas depende del uso que específicamente se les dé. En este sentido, el libro se enfoca no tanto en resaltar la bondad o maldad de aquellas, sino en señalar como «dignos de reflexión» los aspectos que representan un mayor riesgo potencial, o un efecto más desfavorable para el conjunto de la humanidad (y no solo para un grupo), pues este enfoque es el menos conocido, y por ser el menos publicitado, suele pasar desapercibido para el común de las gentes.
Riesgos, retos, dilemas. Este el aspecto nuclear de la obra.
Para el cerebro humano resulta fácil reconstruir una imagen global a partir de elementos fragmentarios (pero suficientes) para dar significado a la imagen total que eventualmente representan. Es decir, no es necesario tener todas las piezas del rompecabezas ya armadas, para poder identificar la imagen en contexto, antes de haberse armado en su totalidad.
El rompecabezas así armado, con piezas disímiles en tamaño y forma, perfila una «imagen de futuro» que «ya es hoy», y plantea señalamientos precisos de modificaciones «en lo exclusivamente humano» que tocan directamente a la naturaleza humana y la trascienden, y que, por lo mismo, se constituyen en retos morales, o en dilemas éticos aún no resueltos que invitan a su vez a la reflexión ponderada, y adecuadamente informada.
Queda pues planteada la inquietud para que cada día sean más las personas conscientes de lo que se está haciendo (en ciencia y en tecnologías), para que, con su reflexión y el debate académico, se pueda abordar el análisis de los riesgos, antes de que estos se transformen en problemas irreversibles.
De la utopía a la fantasía.
Del imaginario a la realidad.
De las opiniones y las creencias, a la razón con evidencia científica.
De la experimentación responsable, a un fatídico «momento de singularidad». Y, en este hipotético caso, «¿quién responderá?» será una pregunta irrelevante.
¿Quién tomará la selfie definitiva?
¿Esta selfie sería la última fotografía del narcisismo y de la estupidez, y acaso, la última del linaje humano, sapiens por excelencia?
2 – DEFINICIONES Y CONCEPTOS BÁSICOS
2.1 Ciencia
LO QUE IMPULSA A LA CIENCIA ES EL INTENTO DE ENTENDER A LA NATURALEZA.
(Mukherjee).
Se acepta que bajo la definición de «ciencia» se involucra un sistema de conocimientos ordenados y estructurados que estudian, investigan e interpretan fenómenos naturales por medio del uso del «método científico».
La utilización de este método permite:
generar preguntas razonadas,construir hipótesis,deducir «principios generales»,y formular «teorías», «leyes» y «sistemas»con lo cual se genera nuevo conocimiento.
La lectura anterior permite asumir que la ciencia es generadora de nuevo conocimiento, el cual se reinvierte, a su vez, en nuevo conocimiento.
Como las ramas de la ciencia son muchas y variadas (matemáticas, física, química, biología, etc. y sus respectivas especializaciones también lo son: física atómica, mecánica cuántica, química nuclear etc.), resulta comprensible que el caudal de nuevo conocimiento sea cada vez mayor, más complejo, y que aporte una mayor potencialidad para la comprensión desde diversos ángulos del conocimiento, lo que a su vez permita una interpretación más integral de los fenómenos naturales objeto de estudio.
Tenemos entonces cada día un crecimiento exponencial de conocimiento derivado de la ciencia, y una mejor aproximación a la comprensión de la naturaleza.
Estas aproximaciones nos permiten una primera generalización: «los conocimientos disponibles para la humanidad son hoy más y mejores que los que se tenían ayer». Pese a ello, gracias a nuestros nuevos conocimientos y a nuestras antiguas ignorancias, tenemos que reconocer con humildad que la realidad íntima de muchos de los fenómenos naturales sigue siendo un misterio, a pesar de que hayan sido estos los mismos misterios —los mismos arcanos—, que se han mantenido así, a lo largo de la historia. Con los datos aportados por el avance del conocimiento su interpretación se facilita, lo cual nos ayuda a acceder a la verdad progresivamente y desde diferentes ópticas, teniendo en cuenta los diferentes contextos; así, si «a Newton le caían manzanas del árbol; a un físico árabe, posiblemente dátiles de la palma; pero, manzanas y dátiles obedecen a la misma ley de la gravedad» (Wasserman).
Dado que el fin último de la investigación no es la acumulación de datos, sino la comprensión de los hechos, debemos recurrir entonces al método que permite sistematizar, ordenar y estructurar dichos hechos: el método científico.
«Comprender los hechos» implica identificar propiedades que a veces, inicialmente, son difíciles de entender, pero luego se constituyen en «una forma de ver» que se traduce en «una interpretación que se aproxima al modelo teórico real», modelo teórico que es el que en realidad está respaldado por la «teoría científica» que la sustenta.
El llamado «consenso científico» es un aval de la comunidad científica que garantiza que la práctica científica que se comunica (a través del consenso) es una práctica válida, y que sus resultados se han obtenido de una correcta aplicación del método científico. En este estricto sentido, se entiende que
es un juicio colectivo de la comunidad científica, en un campo particular de la ciencia, pero NO ES un argumento científico, y NO forma parte del método científico.Así, el conocimiento científico adquiere un respaldo responsable de «objetividad» y de «ética», independientemente de las opiniones particulares de un individuo, pues de esa manera se convierte en «una creencia aceptada por la comunidad científica» después de realizado un completo debate científico.2
Dado que la excesiva información disponible aumenta los riesgos de equivocar, de contaminar todo el proceso de conocimiento, y de errar en la toma de decisiones, el antídoto consiste en aprender a seleccionar información:
útilrazonadasuficienteconfiable (basada en conocimiento científico)contrastable (respaldada por un consenso científico)Hay que recordar que una información verdadera pero parcial, incompleta o descontextualizada hace el mismo efecto que una información falsa: conduce a conocimientos falsos, o a hacer interpretaciones equivocadas. De igual manera hay que recordar que es importante desarrollar la capacidad de distinguir entre «hecho» y «opinión», y entre «conocimiento» y «creencia».3
El beneficio de obtener un conocimiento basado en fuentes con el respaldo de un consenso científico es el de:
poder identificar y separar información científica de otras informaciones no científicas,facilitar la comprensión de los hechos objeto de estudio científico,poder tomar decisiones individuales con fundamento científico.El ideal es entonces:
conseguir INFORMACIÓN ADECUADA,basada en un CONOCIMIENTO CIENTÍFICOy respaldada por un CONSENSO CIENTÍFICO.El resultado: la información respaldada por un consenso científico nos protege de FALSAS creencias y de prácticas INFUNDADAS.
Vale la pena recordar que la formación en el «pensamiento crítico» exige que solo se asuman creencias y opiniones basadas en EVIDENCIA.
2.2 Tecnologías
LO QUE IMPULSA A LA TECNOLOGÍA, ES EL INTENTO DE MANIPULAR LA NATURALEZA
(Mukherjee).
Las «tecnologías» son:
un conjunto de conocimientos técnicos,científicamente ordenados,para diseñar y fabricar herramientas y artefactos,y con ellos producir bienes y servicios.Son productos tecnológicos: la rueda, el microscopio, el aeroplano, internet. También lo es la clonación de genes humanos que permite fabricar proteínas con cuya síntesis se ha abierto un universo de nuevos medicamentos y, con genes recombinantes, nuevas vacunas.
Desde antes de la domesticación de la agricultura hace 20.000 años el hombre ha utilizado tecnologías (al principio empíricas, luego científicas) para hacer intervenciones que se traducen en modificaciones de la naturaleza. Así, por ejemplo, en la naturaleza no se dan directamente ni el pan ni el vino; tampoco el aceite comestible, la cerveza, los quesos ni el yogurt, las carnes curadas y toda la pastelería; ni el combate de plagas y malezas; ni el riego artificial de plantíos; ni los alimentos transgénicos. Todos esos productos han utilizado, y utilizan y aprovechan, tecnologías.
Entre 1880 y 1900 se producen las mayores innovaciones tecnológicas de la historia: la ametralladora, la fibra sintética, la turbina de vapor, la película fotográfica, el motor eléctrico, el motor Diesel, el motor Ford, el cinematógrafo, el gramófono, los rayos X, la radiotelegrafía, el radio, el electrón, la grabación magnética del sonido, el primer aeroplano a motor, la teoría de la relatividad, el descubrimiento de los genes.4
Dado que el microscopio nos permite ver lo que el ojo normal no es capaz de ver por su tamaño pequeño, que el telescopio nos permite acceder y acercar lo muy distante, y que el computador nos permite acelerar procesos cognitivos, desde hace varias décadas el símil se ha extendido a otras muy variadas tecnologías también entendidas como extensiones perceptivas del cuerpo, y específicamente entender la aplicación de algunas tecnologías como una extensión del cerebro.
Se acepta que los desarrollos tecnológicos contemporáneos han crecido de manera exponencial y a una velocidad inimaginable: baste tener en cuenta que para conseguir cien millones de usuarios el teléfono necesitó cincuenta años; internet solo siete años; Facebook dos años, y en la actualidad dichos crecimiento y velocidad de cubrimiento se rezagan ante los avances fulgurantes de por ejemplo, la ingeniería genética y sus derivados en el uso de células madre, la clonación reproductiva y la hibridación hombre/máquina.
Son también impresionantes los desarrollos logrados con las impresoras 3D; la cibernética; los propios de la exploración espacial (satélites, robots inteligentes, Estación Espacial Internacional, telescopios que exploran «en dirección a Marte» y más allá del sistema solar «en búsqueda de un nuevo hogar»), y sobre todo, por las nuevas tecnologías NBIC: Nanotecnologías, Biotecnologías, Informática (Big Data, internet de las cosas), cognitivismo (inteligencia artificial y robótica) que ya han hecho posibles y operativos los sistemas «para leer la mente y descifrar emociones», con todos los potenciales riesgos que acarrean.
Se anota, sin embargo, que paralelamente a su vertiginoso desarrollo no se hayan desarrollado «derechos» (equivalentes a la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948) que efectivamente protejan a los individuos de los posibles efectos negativos (tanto cognitivos como emocionales, en los estados de ánimo, la personalidad, o el self, o en la interferencia de capacidades mentales que puedan generar nuevas formas de discriminación), resultante de la aplicación de estas neurotecnologías.
El hecho es que la revolución tecnológica en curso ya permite hacer tejidos vivos y órganos en laboratorios, imprimirlos en 3D vía internet, y trasplantarlos casi inmediatamente en una sala de cirugía; ya hay prótesis comandadas por la mente; piel artificial capaz de sentir; hay manipulación intencionada de genes en seres vivos; clonación con previa edición genética de individuos de varias especies; también ya se ha experimentado el sexo con androides y se han creado moscas mutantes. Desde la penúltima década del siglo pasado «cuando los cazadores de mutantes se convirtieron en manipuladores y decodificadores de genes»,5se ha experimentado en todas las direcciones imaginables: el mismo gen transferido a una bacteria, introducido a un virus y por ese vector al genoma de un mamífero, ha sido leído, secuenciado, clonado y comparado con la forma normal inicial.
De otra parte, ya han sido identificados y clonados genes implicados en el cáncer, la diabetes, la depresión y multitud de otras condiciones médicas.
Así como hay tecnologías para curar enfermedades, para mejorar la calidad de vida de personas con discapacidad, para hacer un mejor control de epidemias y de catástrofes, para mejorar la vida diaria doméstica, también hay poderosas tecnologías (no solo militares y de poder), cuyo uso puede desencadenar la extinción del linaje humano.
No hay que olvidar que, si los microorganismos genéticamente modificados se reivindican como una invención, pueden ser patentados.
Hoy nadie duda de las ventajas y beneficios que acarrea el desarrollo tecnológico, pero pocos son los que atisban los peligros de una mala, deficiente, o simplemente accidental manipulación que el uso inadecuado de estas tecnologías puede representar para la humanidad.
Esto quiere decir que las tecnologías no son buenas ni malas en sí mismas, sino que algunos de sus desarrollos, o su indebida aplicación generan riesgos que aún no se conocen en su totalidad pero que pueden incluso poner en peligro a individuos, a sociedades o incluso a toda la humanidad.
De hecho, con el uso de algunas tecnologías ya se han traspasado «fronteras evolutivas», o transgredido los límites naturales.6
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Así es que como consecuencia del reconocimiento de estos riesgos se hace necesaria una reflexión colectiva que regule el establecimiento de límites ciertos en su desarrollo, o una que permita una moratoria en su desarrollo mientras se establecen mejores controles, o una que efectivamente prevenga y delimite la extensión de los daños en caso de una eventualidad negativa, o una catástrofe genética, por ejemplo, o incluso una más radical que prohíba el desarrollo y aplicación de las identificadas como potencial y realmente más riesgosas para el linaje humano.
Resulta evidente que la manipulación genética acarrea graves peligros biológicos, pero son los peligros morales de la genética mal aplicada los que conllevan los mayores riesgos sobre el futuro de la humanidad.
También está claro que no es solamente una cuestión de bioseguridad. Ni tampoco solamente un trámite leguleyo para precisar los riesgos y formalizar recomendaciones. En este sentido, resulta evocadora la carta de Einstein en agosto de 1939 alertando a Roosevelt sobre los riesgos «de la importante fuente de energía» recién descubierta. En 1942 el proyecto Manhattan culminó con la fabricación de la bomba atómica. En 1945, ya fue demasiado tarde para las víctimas directas de la radiación.
