La última víctima - Inger Gammelgaard Madsen - E-Book

La última víctima E-Book

Inger Gammelgaard Madsen

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Beschreibung

Descubre la oscuridad que acecha bajo la superficie. Cuando dos niños hacen un macabro hallazgo en un pantano a las afueras de una pequeña aldea danesa, el inspector Roland Benito y su equipo se embarcan en una implacable búsqueda de justicia. Con apenas unas pocas pistas para resolver un asesinato ocurrido hace más de una década, la investigación los lleva hasta África, donde Benito se enfrenta a sus propios temores sobre un mundo que cambia a toda velocidad. Pero cuando la periodista Anne Larsen recibe una llamada anónima con una revelación impactante, una pregunta inquietante queda en el aire: ¿cuándo caerá la próxima víctima? "La última víctima" es el segundo libro de la exitosa serie de novela negra danesa protagonizada por el inspector Roland Benito.

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Seitenzahl: 507

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Inger Gammelgaard Madsen

La última víctima

Traducción de Alejandra del Monte

SAGA Egmont

La última víctima

 

Translated by Alejandra del Monte

 

Original title: Drab efter begæring

 

Original language: Danish Cover image: Pexels

 

Cover design: Emma Björklund Copyright © 2009, 2025 Inger Gammelgaard Madsen and Saga Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726884777

 

1st ebook edition Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser. It is prohibited to perform text and data mining (TDM) of this publication, including for the purposes of training AI technologies, without the prior written permission of the publisher. This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.

 

www.sagaegmont.com Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.

 

Vognmagergade 11, 2, 1120 København K, Denmark

Kila lenye mwanzo halikosi kuwa na mwisho.

 

Todo lo que tiene un principio ha de tener un final.

 

Antiguo refrán suajili

1

Los campos recién arados olían a otoño y humus. No todos los agricultores estaban preparados. A lo lejos, en un campo, avanzaba un tractor muy sucio con una bandada de gaviotas hambrientas alrededor. El cálido verano, que no había comenzado hasta mediados de agosto, continuó todo el mes de septiembre y se alargó hasta principios de octubre y, a pesar de ser la época del año que era, hacía innecesario el uso de prendas de abrigo.

Después de una riña por un juego de la Nintendo Wii para el que Mikkel creía que Lukas era demasiado pequeño, su madre les mandó fuera a jugar, ya que hacía buen tiempo. Se fueron pedaleando, las ruedas giraban muy rápido y las bicicletas cogieron gran velocidad. Pero para ellos no eran bicicletas. En su fantasía, eran caballos que avanzaban al galope.

—¡Bang, estás muerto! —le gritó Lukas a su hermano, que se giró enfadado.

—Tú no disparas. ¡Pero si querías ser indio!

—¡Y qué! ¿Los indios no pueden disparar a los soldados? —refunfuñó Lukas.

—A uno como yo, no. Yo soy como los de la tele.

Mikkel, que tenía nueve años, podía seguir lo que pasaba en las noticias y pensaba que los soldados estaban chulos, con las armas y los cascos, pero para Lukas, que tenía seis años, los indios de las películas de vaqueros eran mucho más emocionantes. De repente, los dos frenaron con tanta fuerza que se levantó una nube de polvo a su alrededor. La bicicleta de Lukas derrapó y evitó caerse poniendo un pie en el suelo antes de que todo se torciera. Delante de ellos vieron los bosques que rodeaban al pantano. Las hojas habían cambiado a los bellos tonos dorados, marrones y violetas típicos del otoño.

—Mejor nos volvemos, Mikkel. No podemos bajar al pantano sin papá y mamá.

—¡Bah, no empieces! Eso era cuando éramos unos bebés. Tú ya no lo eres, ¿no?

Lukas gruñó aún más y dejó de parecer un indio salvaje y sanguinario a pesar de la cinta con pluma de corneja y el hacha de guerra que llevaba en el cinturón, el cual, por otra parte, solo tenía la finalidad de sujetar a su delgado cuerpo los enormes pantalones que antes fueron de Mikkel.

—Pero mamá dice que es peligroso. ¡La señora del pantano nos puede arrastrar hacia el agua y ahogarnos!

La mosekone, o «mujer del musgo», era la mujer del pantano: un espíritu que, según la creencia popular, fabricaba cerveza en el fondo de los pantanos y provocaba así la niebla que aparecía por las noches después de un día cálido. Lukas se secó con un dedo la pecosa nariz, roja por el sol y el viento. Sus ojos azules buscaron los de Mikkel con la esperanza de ver el mismo terror que él sentía. Mikkel se rio inseguro.

—Eso es una tontería, la señora del pantano no existe. ¡Ven! —dijo y tiró la bicicleta a la hierba.

Lukas, dudando, hizo lo mismo. Olió el agua del pantano. El viento arremolinó al lado de sus pies unas hojas marchitas, cuyo ruido aplacó un jadeo. Mikkel sonrió como un adulto.

—Venga, que no pasa nada. ¡No es más que un pantano! —exclamó ya entre los árboles.

—Sí que existe, Mikkel. Cuando hace cerveza, se forma una niebla blanca junto a los árboles —susurró Lukas, pero aun así fue tras él mientras vigilaba que la señora no estuviera detrás de ningún árbol. Se le salía el corazón del pecho y la respiración entrecortada no se debía únicamente a lo rápido que habían ido en bici. Se acercó a Mikkel, que estaba al borde del pantano mirando la turbia agua marrón llena de lentejas de agua verdes.

—Ven, no es peligroso. ¡Mira, un pez! ¡A lo mejor es un lucio!

Lukas acababa de comenzar el colegio en agosto y la profesora les había hablado de esos peces. Les había contado que podían hacerse muy grandes y muy viejos. La curiosidad relegó al miedo. Se puso al lado de Mikkel con los ojos brillantes de turbación. No había ningún pez.

—Se ha ido. Aunque también puede que fuera la señora —bromeó Mikkel y se echó a reír.

Lukas lo captó rápido y también se rio. El pantano no era tan lúgubre como se había imaginado. Solo había estado una vez allí con su padre, pero fue hace muchos años, cuando era bebé.

Los pájaros cantaban en las copas de los árboles y de vez en cuando oían en el agua los ruiditos de los peces o de las ranas que saltaban. Lukas empezó a relajarse y se atrevió a dar una vuelta por su cuenta. Había mucho que ver al borde del pantano y no tenía pinta de ser un sitio en el que pudiera vivir una mujer. Se ahogaría en el agua oscura. Su lógica le estaba convenciendo, pero se fijó en algo. Parecía un pie. ¿Y si era ella?

—¡Mikkel! ¡Mikkel! —lo llamó con cautela—. He encontrado a la señora.

—¡Ay, ya vale!

 

Mikkel se acercó con cuidado, dubitativo pese a todo. Él también se había fijado en lo que podía parecerse a un pie marrón que sobresalía de las ramas de un arbusto al que le quedaban unas pocas hojas. La mayoría de ellas estaban en el agua y algunas tenían el mismo color que el pie o lo que fuera eso. ¿Un animal? ¿Quizá un pez muerto? Hizo un esfuerzo por mantenerse tranquilo. A pesar de todo, era el mayor y el más listo.

—No es la señora. Es… otra cosa.

Cogió una piedra, la tiró al arbusto y le dio. Cogió otra y apuntó. De pronto pareció que el pie se movía. Ambos retrocedieron asustados.

La piedra había formado un agujero en la superficie marrón y había aparecido algo amarillento. El golpe había girado el objeto y sobresalía más, de manera que ahora podían ver de qué se trataba. Era un pie humano.

Mikkel tiró la piedra como si le quemase la mano, cogió del brazo a su hermano y lo sacó a rastras de la sombra de los árboles hacia el sol.

—¡Vamos! —dijo con voz temblorosa.

—¿Qué pasa, Mikkel? ¿Es la señora? —preguntó Lukas y empezó a llorar.

—No les digas a papá o mamá nada de esto —amenazó Mikkel.

Se subieron a las bicicletas y se fueron a toda velocidad.

Lukas lloró aún con más fuerza.

2

La sala de autopsias del Instituto Médico Forense no era el lugar de su trabajo que más le gustaba. La visión de aquella niña que encontraron ahogada en un contenedor de basuras hacía dos años le había provocado insomnio durante mucho tiempo. Parecía una muñeca blanca sobre la estéril mesa metálica. Algunas imágenes nunca desaparecían de la retina. Volvían una y otra vez como una película de terror ante la que no se puede cerrar los ojos o apartar la cabeza.

El otoño pasado, el citado instituto se trasladó a una sala nueva, más grande y mejor situada en el Hospital Universitario Skejby. Era algo que se esperaba con alegría y también tristeza. El forense Henry Leander había pasado muchos de sus sesenta y un años en las salas del viejo Hospital Municipal, que hoy se llama Hospital Universitario de Aarhus, pero se solía quejar por tener que compartir el sitio con sus patólogos. Estaba inclinado sobre la mesa trabajando cuando entró Roland Benito. Se incorporó y saludó a su amigo con la habitual sonrisa amplia que hacía que su bigote blanco con forma de manillar le apuntase hacia las orejas.

—Bienvenido, señor inspector —dijo en tono alegre y se volvió a concentrar en el trabajo.

Roland llegaba tarde. Acababa de volver de unas merecidas vacaciones en su país natal y aún no se había quitado de encima el ritmo del sur de Italia. Saludó rápidamente al resto de los que estaban allí por obligación, a una distancia prudente de la mesa de acero. Solo un fotógrafo de la Policía Científica se atrevió a acercarse con una cámara y una mirada asqueada por encima de la mascarilla.

De inmediato, el cadáver le hizo a Roland pensar en un fósil de pantano, que es lo que era. Sacó un pañuelo del bolsillo y se tapó la nariz hasta que Leander le dio una mascarilla. El extractor, que era mucho mejor que el del viejo instituto, no podía con el penetrante olor a muerte que asoció con la apestosa basura de las calles de Nápoles. Pero el de la sala de autopsias, a pesar de todo, no era tan malo como podía haber sido, porque el cadáver solo era piel y huesos. Los gases de la putrefacción se habían evaporado hacía mucho y esos eran los que producían un hedor insoportable.

—¿Estamos cerca de identificarlo, de saber la causa y el momento de la muerte? ¿Habéis encontrado un nuevo hombre de Grauballe? —preguntó.

Habían estado juntos por la mañana en el pantano con los peritos y el equipo de excavación sacando el moreno cadáver del agua y lo habían puesto en una camilla para que Leander pudiera inspeccionarlo y grabar sus observaciones en el dictáfono. Él negó con la cabeza sin mirarlo.

—Pues no nos vamos a remontar tanto tiempo atrás. Tampoco parece una ofrenda a los dioses. La causa de la muerte parece ser un fuerte golpe en la parte de atrás de la cabeza. Quizá varios. —Giró cuidadosamente el cráneo con restos de cabellos, cuyo color original era difícil de adivinar, para que Roland y los demás lo pudieran ver. Señaló un agujero en el cráneo con la mano, que llevaba cubierta con un guante blanco—. Parece que lo hicieron con un objeto contundente de unos tres kilos, diría.

Se apartó un poco para que Roland pudiera acercarse.

—¿Se trata de un asesinato?

—Yo diría que sí.

Roland se agachó y miró con detenimiento el agujero del cráneo. Se estiró y estudió el resto del consumido cuerpo. La piel morena alrededor de los huesos, que en algunas zonas estaban amarillentos, estaba hundida. Costaba reconocer el color de los andrajos que quedaban. Seguramente el resto se había disuelto en el agua del pantano. Del rostro solo quedaban unas cuencas oculares vacías, un agujero triangular en el que había habido una nariz y una serie de dientes amarillentos con largos cuellos que estaban al descubierto. Le dio la impresión de que el cráneo se reía y miró al forense.

—¿Es una mujer?

Leander asintió y giró lentamente la cabeza del cadáver tocándola apenas con la yema de los dedos, como si no quisiera despertar al muerto. Tenía una relación especial con los difuntos. Cuando estaban a solas, les hablaba como si siguieran vivos, se lamentaba de su destino y, cuando el cadáver había dado la información que contenía, los consolaba diciendo que encontrarían al asesino.

—La pelvis sugiere que se trata de una mujer. Una mujer que ha dado a luz. Calculo que tendría alrededor de treinta años. He enviado algunos dientes al odontólogo forense para que lo confirme. Los dientes también pueden ayudar con la identificación. De las huellas dactilares nos podemos ir olvidando.

Todos miraron los dedos de la víctima, cuyos huesos estaban desgastados en las puntas.

—No hay nada en ella que nos pueda revelar quién es y lleva mucho tiempo en el pantano —prosiguió Leander impasible.

—¿Cuánto tiempo?

Leander miró a Roland por encima de las gafas.

—Al menos veinte años.

Se quedó observando el cadáver mientras hablaba.

—¿Estás diciendo que tenemos que encargarnos de un asesinato cometido en los años ochenta? —preguntó, y miró los ojos grises de Leander.

—Eso parece. Debe de haber un viejo caso no resuelto de una mujer desaparecida. Cuando me manden los análisis tendrás el año exacto.

—¿Por qué el cadáver no ha subido antes a la superficie? ¿Y por qué justo ahora? Nuestros pantanos están llenos de ornitólogos. ¿Cómo es que no la ha visto nadie?

Kurt Olsen recuperó por fin el habla. Lo habían nombrado subinspector y había visto un poco de todo.

—Los gases de la descomposición hacen que un cadáver que está en el agua salga a la superficie, pero puede volver al fondo en cuanto los gases desaparecen, aunque eso pasó hace mucho. Resulta difícil decir el motivo por el que ha ascendido ahora. Quizá por las temperaturas de este cálido otoño o por otras razones que no sabemos —respondió Leander.

—¿No se debería haber disuelto después de tantos años? —preguntó Kurt y se rascó el cuello, que tenía manchas rojas, como siempre que estaba bajo presión.

—Está muy bien conservado después de todos esos años en el pantano. Se debe a que no ha estado expuesto a bacterias debido a los ácidos que producen las plantas. Si se tira un cadáver al agua antes de que las bacterias se extiendan, aumentan las posibilidades de que se conserve. Por ejemplo, si se guarda primero en un frigorífico.

—¿Quieres decir que a lo mejor la tiraron al pantano medio congelada?

Roland se pasó la mano por el moreno cabello, que estaba un poco castigado por el sol del sur de Italia, y miró de nuevo a Leander, quien asintió.

—A lo mejor la han conservado en un lugar frío antes de tirarla al pantano. Las tripas están muy bien conservadas, lo cual apunta a que no han llegado a pudrirse antes de que el ácido del pantano pudiera hacer su trabajo. El agua ácida y pobre en oxígeno y, quizá, las bajas temperaturas han tenido su importancia. El agua podría haber estado muy fría. Quizá era un día de invierno. Hay muchas opciones.

El gusto amargo se mezcló con las tripas revueltas y Roland supo que era hora de salir. Sin embargo, los numerosos años de trabajo lo habían curtido y era más resistente que cuando vio su primer cadáver en una autopsia siendo todavía un joven aspirante a policía. Aquel día, aunque había intentado recuperarse, al final había terminado vomitando el desayuno en el suelo y en los zapatos del forense delante del resto de aspirantes, que también se habían puesto pálidos y se forzaban a tragar.

—Tengo entendido que la encontraron dos niños —dijo Kurt Olsen interrumpiendo sus pensamientos.

—Sí, hace tres días. Tenían prohibido bajar al pantano, así que no dijeron nada. Pero el pequeño estaba horrorizado y soñaba con que la señora venía a por él, así que finalmente se derrumbó y le contó a su madre el horrible hallazgo.

Kurt negó con la cabeza.

—Pobres chavales. Pero así son las cosas. Lo prohibido siempre es más emocionante.

—Puede que fuera también la emoción lo que atrajera a nuestra víctima hasta el pantano. O si no, ¿ qué hacía allí? —planteó Roland.

Leander sacó algo de la fractura del cráneo con unas pinzas largas. A pesar de las nuevas tecnologías, las pinzas, las tijeras y el cuchillo seguían siendo las herramientas de trabajo más importantes de un forense.

—Espero que la identifiquen rápido —murmuró ausente mientras extraía despacio el objeto y lo sostenía, sujeto con las pinzas, contra la fría y afilada luz. Todos se acercaron y entrecerraron los ojos para ver mejor.

—¿Qué es? —preguntó impaciente el policía del instituto, que también había renunciado a conjeturar.

Roland se acercó y se inclinó sobre el hombro de Leander.

—¿Es madera?

—Es una astilla afilada y pulida, de una madera durísima. Estaba muy incrustada en el cráneo. Quizá sea un pedazo del arma homicida —respondió Leander.

El flash de Steen Dahl los cegó un breve instante. Henry Leander metió la astilla de madera en una bolsita que le entregó a Gert Schmidt, el jefe de la unidad científica. Schmidt, que había estado extrañamente callado todo el tiempo, le dio las gracias con su voz grave y prometió encargarse del caso lo más rápido posible.

 

Roland buscó el paquete de cigarrillos en su bolsillo en cuanto salió del edificio. Desde hacía un año estaba prohibido fumar en la Jefatura debido a la ley del tabaco. Seguía sin acostumbrarse en momentos como aquel, en los que necesitaba urgentemente ese cigarrillo. Pero la mano solo encontró un paquete de chicles de nicotina.

3

Nicolaj, el nuevo chico de prácticas recién contratado, estaba haciendo clic con un bolígrafo retráctil; Britt hacía pompas con el chicle y las explotaba de forma provocadora mientras su transistor sonaba más alto de lo normal. La silla de Mads Dam estaba vacía. Estaba fuera, nadie sabía dónde. Lo más probable es que estuviera en alguna taberna del centro donde se pudiera fumar. En suma, en la redacción se notaba que el jefe, Ivan Thygesen, estaba enfermo y todos estaban jugando a «cuando el gato no está…, los ratones bailan».

Aunque Anne también notó en el cuerpo la liberadora sensación de no tener los ojos porcinos de Thygesen clavados desde el otro lado del cristal que separaba la redacción de su pequeño despacho, todos los ruidos entraban en su sistema nervioso y le impedían pensar. Había llamado muchas veces a su contacto de la Jefatura de Policía para que le diera novedades sobre el cadáver del pantano, pero nadie la quiso informar y Anne tuvo que esperar a la rueda de prensa. La irritación iba a más. En aquella ocasión no había tenido la primicia del hallazgo del cadáver. En otoño habían arrestado a su confidente, que tenía un equipo ilegal para escuchar la radio de la policía, por posesión de hachís. Por suerte, no dijo nada sobre ella ni su colaboración. Ella ya no tenía nada que ver con el hachís. Había roto todos los vínculos con la pandilla de Nørrebro. No había hablado con ninguno en los dos años que llevaba en Aarhus. Ya no le gustaba lo que hacían, le parecía vandalismo ruin. Pero no se había deshecho de todo. Cuando les regañó pidiendo un poco de tranquilidad y se levantó a por café, le salió claramente el dialecto de Nørrebro. Britt hizo otra pompa con el chicle y la miró enojada.

—Vaya, tenemos aquí a la versión femenina de Iván el Terrible —dijo seca.

El chico de prácticas se rio. Estaba retocando unas fotos con el Photoshop, en cuyo uso, según afirmaba, era experto. Ella vio de pasada que había empleado muchísimo tiempo con una imagen de un partido del AGF Aarhus para una crónica que estaba escribiendo Mads Dam, el responsable de la sección de Deportes, al menos cuando no estaba en la taberna. Si hubiera sido la fotógrafa de la redacción, Kamilla, la que se hubiera encargado de la foto, ya la habría retocado hace mucho. La habían hecho fija a principios de año después de muchos años colaborando como autónoma. Pero aquel día libraba. Al parecer, a su madre le pasaba algo y estaba en el hospital. Como si no tuviera bastante.

—¿Te has atascado con el caso del pantano? —preguntó Britt, más cooperadora, cuando se volvió a sentar ante el ordenador con un vaso de plástico lleno de café tibio. Bajó un poco la música y Anne se regocijó por haberse ganado algo de respeto en la redacción. Ya habían visto varias veces el pronto que tenía. O quizá se debía a su pasado, el cual todos conocían. A lo mejor era más miedo que respeto.

—Qué guay, un cadáver en un pantano —dijo Nicolaj—. A mi tío le vuelven loco los pájaros. Es miembro de la Sociedad Ornitológica de Dinamarca. Su oficio se llama censador. ¡Se dedica a contar pájaros! Seguro que más de una vez ha estado en la orilla de ese pantano sin saber que tenía debajo un cadáver podrido.

Se echó a reír antes de que Anne contestase. Ella lo miró enfadada. Era un chaval majo de ojos verdes, pelo rizado rojo, pecoso y una piel tan pálida como la suya. Pero había algo de él que la irritaba. Quizá que la hubieran asignado como supervisora, porque le interesaba la parte criminal y era a ella a quien iba a acompañar durante el medio año que iba a estar contratado. Tenía que guiarle y mostrarle sus puntos fuertes y sus debilidades. Si planeaba seguir con el periodismo criminal, tenía que quitarse de la cabeza que un cadáver podrido era algo «guay».

—Sí, cuesta un poco avanzar cuando nadie quiere informar de nada. —Dio un sorbo de café e ignoró a Nicolaj—. Lo único que sé es que se trata de un asesinato cometido hace muchos años. Si supiera cuántos, podría empezar a buscar en casos antiguos desde ese año.

Britt se estiró y casi se le salieron los grandes pechos por el escote de la blusa. Nicolaj se dio cuenta y apartó la mirada ruborizado. Ella sonrió tras la pantalla del ordenador. Era una novedad que Thygesen hubiese contratado por fin a colaboradores del sexo contrario. Cuando ella comenzó a trabajar en la redacción, solo había mujeres periodistas y buenorras como Britt. Sin embargo, cuando Bertha acabó la carrera, consiguió trabajo en el tabloide Ekstra Bladet y se mudó a Copenhague. Tove se fue de baja por maternidad y no volvió al inseguro sector del periodismo. No contrataron en su lugar a ningún alumno, sino a Mads Dam. Nunca entendió cómo, de entre toda la gente cualificada que buscaba trabajo, a Thygesen se le ocurrió contratarlo a él. Al parecer eran viejos amigos. O el único que aceptó ese sueldo. El sector estaba en horas bajas. La guerra periodística había arrasado sin un vencedor y, sin duda, vendrían muchas más. Los grandes grupos se fusionaron y echaron a un lado a los pequeños para quedarse con todo el mercado, incluido el local. Ivan Thygesen había preparado muchas veces a sus trabajadores para el cierre de la redacción, pero el Dagens Nyheder («Noticias de hoy») aguantaba bien, ayudado por los ingresos publicitarios procedentes de clientes fieles. Los anuncios casi tapaban el contenido periodístico y a veces, en épocas en las que no había grandes noticias, los usaban como portada.

—Quizá no echaron de menos el cadáver y nadie llegó a comunicar su desaparición — propuso Britt cuando acabó de estirarse.

Sacó un cigarrillo del paquete, aunque normalmente se atenían a la prohibición de fumar en la redacción. Con el cigarrillo en la boca, hizo un gesto con los brazos para dedicárselo a Anne.

—Joer, los de inspección laboral no van a venir aquí —dijo a la defensiva, y lo encendió con un mechero que tenía el logotipo de Opel.

Anne negó con la cabeza.

—Qué va, cómo va a haber una persona a la que no eche nadie en falta —dijo—. Estoy segura de que, en alguna parte, en algún viejo caso, hay una denuncia por su desaparición. Solo hay que encontrarla.

La interrumpió el teléfono del escritorio de Thygesen y todos se miraron.

—Deja que suene —dijo Britt, y reanudó su trabajo con el teclado.

En el despacho de Thygesen seguía oliendo a puro y taberna antigua. Ella sospechaba que tampoco él había dejado de fumar cuando se sentaba ahí solo por las tardes. El sol brillaba a través de la ventana, que necesitaba una pasada y no hacía sino evidenciar el polvo del quicio. También se habían ahorrado los gastos del personal de limpieza, así que tenían que encargarse ellos mismos de mantener limpia la redacción. Tiró un bote con lápices mordidos y bolígrafos de publicidad cuando se inclinó sobre el escritorio para coger el teléfono. Si el verano pasado, después del rayo que cayó, hubieran puesto una centralita, podría haber respondido desde su teléfono pulsando un simple botón.

—Teléfono del redactor jefe Thygesen —dijo mientras levantaba el bote, recogía los lápices y los volvía a meter. Se divisaba la torre del ayuntamiento a través de la niebla de la sucia ventana. Solo oyó al otro lado del auricular una suave respiración—. Hola, ¿con quién hablo? —dijo, tentada de colgar.

—¿Con quién hablo yo? ¡Solo quiero hablar con el responsable del Dagens Nyheder! —La voz sonaba como si quien hablaba se estuviera tapando la nariz o tuviera asma. Anne tuvo la sensación de que era algo importante.

—El responsable está enfermo. ¿Te puedo ayudar? Soy periodista. Me llamo Anne Larsen.

Largo silencio.

—Eres tú la que escribió sobre el asesinato de la niña. La que encontraron en el contenedor, ¿no?

Ahora fue ella quien dudó.

—Sí fui yo.

—Vale, entonces tú también me vienes bien. Creo que sé algo acerca del cadáver del pantano —continuó la voz—. Si mis sospechas son ciertas, habrá más asesinatos.

4

Roland acababa de colgar el teléfono tras conversar con Gert Schmidt, de la unidad tecnológica, cuando el agente Mikkel Jensen entró en su despacho.

—¿Era Gert? —preguntó como si hubiese estado escuchando detrás de la puerta. Roland asintió.

—Era un soplo sobre el arma homicida.

Cogió la Coca-Cola que Mikkel le había traído de la cafetería. En el departamento tenían el trato de comprar para los demás si «salían de la casa» o iban a la cafetería. Tiró el chicle a la papelera y le dio un sorbo al refresco, que le supo raro combinado con los chicles de nicotina con sabor a regaliz.

Mikkel arrastró una silla hacia el escritorio, se sentó y abrió con los dientes una bolsa de chucherías. Eran alrededor de las tres de la tarde y tenía el nivel de glucosa en sangre por los suelos. Roland lo miró mientras se metía en la boca una de aquellas cosas rosas. Cada uno tenía sus vicios. El de Roland era el vino tinto italiano y el tabaco; el de Mikkel, las chucherías, aunque no cuadraba en absoluto con su apariencia masculina, la coronilla casi rapada y el joven rostro de potente mandíbula. Le pegaban más las bombas de sal o el regaliz salado. Pensó en cuando prohibieron el azúcar en lugares públicos porque tampoco era sano.

—Esto es ébano negro.

—¿Cómo? —preguntó Mikkel.

—Según Gert Schmidt, el arma homicida es ébano de África —aclaró Roland con paciencia.

—¿Estamos buscando a un africano? —preguntó Mikkel con una expresión simplona de ingenuidad y se puso a masticar.

—Quién sabe. El ébano es de muy buena calidad y está bien tallado. A lo mejor es un souvenir. Pero puede ser de cualquier parte, claro.

—Aquí también se pueden comprar souvenirs africanos. En internet, por ejemplo — explicó Mikkel.

Roland había estado en un par de cursos de informática, pero no se le había pasado por la cabeza usar el ordenador para algo que no fuese una obligación laboral. Con los jóvenes era distinto, ellos usaban el ordenador e internet para todo. Incluso su nieta, Marianna, que acababa de cumplir siete años, usaba el teclado y el ratón mejor que él.

—No creo que un asesino se meta en internet a comprar deliberadamente un souvenir tallado en ébano con el fin de usarlo como arma homicida. Creo que es más probable que lo haya encontrado en el lugar del crimen, que fuera lo primero que vio y decidiera que era fácil llevárselo.

—Ya, pero bueno, yo he venido por lo de las denuncias por desaparición —dijo Mikkel como si no pudieran estar ahí charlando de cosas como los souvenirs—. No tenemos ninguna en ese periodo que haya quedado sin resolver. Hablamos de Aarhus, claro. En el resto de Dinamarca ha habido resultados. —Mikkel lo miró con las cejas rubias levantadas para manifestar la importancia del resultado.

—Ah, ¿sí? —preguntó Roland y sacó otro chicle de la caja.

—Se denunció la desaparición de una mujer de Silkeborg en 1983. Nunca la encontraron. Podría ser ella.

—¿La edad coincide?

—Sip. Treinta y dos años y enfermera.

Roland asintió ausente. Una mujer de Silkeborg. Pero ¿por qué acabaría en un pantano de Mundelstrup, que está a treinta y cinco kilómetros? Sacó el móvil y llamó al Instituto Médico Forense para saber si había resultados del odontólogo, pero aún no había nada y colgó enfadado. Mikkel se levantó y tiró a la papelera de Roland la bolsa vacía de chucherías.

—¿Cuándo es la rueda de prensa? Los periodistas no paran de llamar.

Roland frunció el ceño aún más. A los periodistas les llamaba «buitres carroñeros». Revoloteaban sobre él como sombras negras al acecho de noticias que pudieran aumentar las ventas de ejemplares. El hallazgo del cadáver en el pantano seguro que era un acontecimiento que esperaban con ansia y había comenzado la lucha por ser el primero en dar la macabra noticia. Instintivamente se puso a pensar en la periodista del Dagens Nyheder, con la que tanto había chocado durante la investigación del asesinato de Gitte hace un par de años. Tuvo que reconocer a regañadientes que habían logrado una buena armonía y que fue de gran ayuda en la resolución del caso junto con la fotógrafa rubia, cuyo nombre ya no recordaba. Pero la periodista se llamaba Anne Larsen, de eso se acordaba y pensó en si seguiría trabajando en el Dagens Nyheder. Si aún estaba allí, no tardaría mucho en aparecer.

—Deberíamos identificar al cadáver antes de ir a la prensa.

—Si empiezan a inventarse cosas, puede ser peor, eso es así —le recordó Mikkel.

Roland asintió. La puerta se abrió y golpeó la silla en la que estaba sentado Mikkel. No es que en su despacho hubiera mucho espacio. Se giraron. El inspector jefe, Kurt Olsen, estaba en el marco con el pelo recién cortado, recién afeitado y con una camisa limpia. Se le veía más arreglado que nunca. Había rumores de que se había juntado con una mujer, pero no era fácil juzgar cuál había sido el mayor cambio: ella o el afeitado.

—Vamos a convocar una rueda de prensa para la tarde, no nos queda otra —dijo como si hubiera estado escuchando tras la puerta.

—¿No deberíamos confirmar primero si realmente se trata de la mujer desaparecida en Silkeborg? —propuso Roland—. La unidad técnica y los forenses nos dirán algo pronto.

Una joven se disculpó y pasó entre Kurt Olsen y el marco de la puerta. La oficina empezaba a dar claustrofobia. Isabella Munch era nueva en el cuerpo de policía, acababa de llegar a la Brigada Criminal. Roland no se había dado cuenta hasta ahora de lo mucho que se echaban de menos los agentes del otro sexo. Se notaba mucho la falta de intuición femenina. Solía aprovechar la de Irene, pero también había límites con respecto a la carga que podía soportar su mujer cuando se trataba de crímenes. En algunos casos, tampoco estaba bien visto divulgar ciertos secretos; pero Irene era más apta que muchas agentes, ya que tenía experiencia como asistente social y había sido secretaria en la policía. Ahora tenía siempre a mano una mujer y podía aprovechar su intuición femenina en cualquier momento. Además, había otros pequeños placeres, como ver al masculino Mikkel ruborizarse cuando la rubia agente con coleta lo miró y sonrió al pasar muy cerca de él para darle a Roland un papel.

—He investigado el caso antiguo con más detenimiento. La policía de Jutlandia Central y Meridional coopera mucho. Abandonaron la búsqueda en 1984, después de cuatro meses sin encontrar pistas significativas. Tiene un hijo, Sebastian Juhl. Vive en la calle Klostergade y trabaja de mecánico en un taller de Hasselager. He encontrado las direcciones, ahí están —dijo y desapareció tan rápido como había venido.

Roland le pidió a Kurt que esperase un poco para convocar la rueda de prensa, cogió la chaqueta, que estaba en el respaldo de la silla, y le hizo una seña a Mikkel.

—Vamos a Klostergade.

Mikkel, a regañadientes, lo acompañó.

—Pero el hijo no puede decirnos si el cadáver del pantano es su madre. Y es imposible que la identifique —murmuró mientras bajaban en el ascensor.

—Aparentemente van a tardar mucho con la identificación, así que tenemos que tomar cartas en el asunto. Quizá nos pueda contar algo.

5

La pararon en el pasillo.

—¿Eres Annemette Knudsen?

—Sí, soy yo.

—Está en el baño, pero no tardará. Puedes tomarte un café allí mientras esperas.

La mujer vio un termo de varios colores y vasos en una mesita entre unos sofás.

Annemette asintió y se sentó a esperar en un sofá gris claro con manchas marrones de café. Miró a la mujer, que desapareció rápidamente por el pasillo. Nunca la había visto, debía de ser nueva. Pero ella lo sabía todo sobre termos. Iba por allí siempre que podía. Aunque tendría que haber llamado antes, como solía hacer.

El sol entraba por un ventanal y emitía una luz cegadora sobre el suelo pulido y las blancas paredes. Ella observó los cuadros abstractos. No porque no los hubiera visto ya, sino porque no sabía qué hacer. Tampoco se podía fumar. El periódico de la mesa ya lo había leído por la mañana y había estado tomando café toda la tarde en la oficina. Nora se había vuelto a poner mala y se encargó ella sola de las cuentas. Pero estaba agradecida de que le hubieran dado el trabajo a pesar de su edad. Cuando se le acabó el dinero, le costó salir adelante. No estaba preparada para eso. Pero, evidentemente, tenía que suceder algún día. No tenía ahorros.

La mujer volvió a pasar por delante de ella con un montón de toallas y le dijo que ya estaba lista. Annemette se levantó. ¿Por qué no pasó directamente? ¿Por qué no fue al baño con ella? Podía haberlo hecho, aunque la nueva le hubiera pedido que esperase. Pensó en esa inhabitual pasividad mientras bajaba por el largo pasillo con puertas cerradas. La de su habitación estaba abierta. Cuanto más se acercaba, más fuerte le latía el corazón y sintió cómo se oía cuando llegó a la puerta y se quedó mirándola sin entrar. Ella no se había fijado aún en su invitada. Tenía el largo pelo negro empapado. Los ojos también eran negros. Estaban mirando por la ventana fijos en el horizonte, sin ninguna expresión. La luz del sol hacía que la morena piel pareciera pálida. Su padre era español. Un desliz durante unas vacaciones de verano hacía veinte años.

—Hola, Kit. —Entró despacio y se sentó al otro lado de la mesa—. Felicidades.

—Hola. No sabía que vendrías.

—¡Cómo no voy a venir en tu cumpleaños! Tenemos que celebrarlo.

—Ya lo he celebrado con bollos y chocolate. Por eso he tenido que ir al baño.

Kit intentó sonreír, pero tenía lágrimas en los ojos. Annemette le acarició la mejilla.

—Qué más da. Solo era chocolate.

—¡Es que me he quemado!

Retiró la mano y le tendió una bolsa.

—Te he traído un regalo.

Lo puso en la mesa y esperó emocionada a que Kit lo abriese con una sonrisita tímida.

—¿Qué se te ha ocurrido ahora? No tenías que haberte molestado.

Tardó mucho en abrirlo. Annemette esperó con calma, pero el pie se movía impaciente. Qué ganas tenía de fumar. Antes de que quitase el papel del todo, le puso a Kit el jersey delante. En sus ojos oscuros se apagó la sonrisa.

—¿No te gusta? ¿Ves lo que representan las lentejuelas?

—Sí, son mariposas. Es muy bonito. Pero ¿cuándo me lo voy a poner? ¿Cuándo voy a necesitar ponerme así de guapa?

—Menuda chorrada. Tienes muchas ocasiones. Tampoco es tan elegante como para no ponértelo a diario.

Kit tocó las mariposas con cuidado. Se le había puesto esa expresión que nunca le gustó a Annemette. Parecía que iba a ser uno de esos días difíciles.

—¿Por qué no me dejaste morir?

—¡No, no empieces!

—Sé que lo decidiste tú. ¿Por qué no dijiste que apagaran?

Annemette cogió el papel de regalo y lo metió en la bolsa de plástico.

—¿Quién dice esas tonterías? ¿De dónde sacas eso?

—La abuela me lo contó. Dice que tuviste que tomar la decisión. Me lo contó la vez que vino a verme.

—La abuela está enferma. Camina muy mal y por eso no viene, ya lo sabes.

—¿Por qué no vas a buscarla y la traes?

Annemette dejó la pregunta en el aire.

—Tomé la decisión correcta, ¿no? Si no, no habrías celebrado hoy tu cumpleaños.

—Y habría sido mejor. ¡Todo sería mejor que esto!

—No digas eso, cariño.

Le subió el pulso y sintió una convulsión en el diafragma. ¿Iba a echar la comida?

—¿No te van a traer café y tarta? —dijo intentando ocultar el enfado en la voz.

—Me van a hacer una fiesta esta noche. ¿Vas a venir? —preguntó Kit y la miró con ojos de cordero degollado.

—Ya sabes que no puedo. —Le cogió ambas manos—. Tengo que trabajar.

Kit retiró las manos y la miró enfadada.

—Me tenías que haber dejado morir, así no tendrías que trabajar tanto. Y no tendrías que ir a la oficina. Y podrías venir.

—Sí, pero no estarías aquí y no habría ninguna fiesta. —Sonrió e intentó decirlo de manera burlona. A veces era tenía que hacerlo así—. Pero esta noche necesitas este jersey tan bonito y te lo vas a pasar bien con tus amigos.

—¡Amigos! ¿Les llamas amigos? ¿Dónde están? ¡Dímelo!

—Cariño, tienes que comprender que… —Se detuvo cuando se dio cuenta de que entendería mal la frase y sería una catástrofe. Se levantó y se puso la chaqueta mientras Kit miraba todos sus movimientos. Le dolía por dentro y se avergonzó de sus ganas de estar fuera de nuevo, bajo el sol, respirando aire puro. De estar en otro mundo, que no era otro que el suyo.

—¿Llamas mañana y te cuento cómo ha ido la fiesta?

Los labios de Kit se movieron. Con la excusa del día que era, se había puesto un poco de brillo. Annemette lo consideró una sonrisa y respiró aliviada.

—Claro. Pásatelo bien y alégrate de haber cumplido veinte años. Es la mejor edad.

Quizá estuviera fuera de lugar o directamente fuera malvado, pero ya lo había dicho.

—Sí, es la edad en la que te diviertes y vives la vida. —Esta vez sí había sonrisa, pero era amarga e irónica—. ¿Puedo decirte adiós cuando estés abajo?

—Claro que sí, ya me voy.

Se puso detrás de Kit y empujó la silla de ruedas hasta la ventana.

 

Cuando miró hacia la ventana desde el aparcamiento y le dijo adiós con la mano, pensó que Kit no era el peor error que había cometido.

6

No abrió nadie en la casa de Klostergade, así que imaginaron que Sebastian Juhl seguía trabajando.

El taller estaba bien escondido en el patio trasero. Si el cartel de «TALLER OLE HANSSON» no hubiera sido tan grande, nunca lo habrían encontrado. Realmente era grande, y con esos colores rojo, azul y amarillo fuertes, no resultaba demasiado bonito. Mikkel Jensen hizo una mueca cuando lo vio.

—Debe de ser aquí —dijo serio; se subió a la acera y aparcó.

El taller era una construcción baja que más bien parecía un corral, de no ser por los ruinosos coches que había aparcados detrás; aunque, desde luego, podía había albergado gallinas. Pero el hombre que salió enseguida a la luz del sol era sin duda un mecánico, no un avicultor. Estaba muy sucio y se limpió el aceite de los dedos con un trozo de algodón de colores mientras los miraba con ojos entrecerrados. Tenía el rostro grasiento sin afeitar y el pelo peinado hacia atrás para tapar una calva incipiente.

—Brigada Criminal —le comunicó Roland y le enseñó la placa—. Nos gustaría hablar con Sebastian Juhl.

—Ole Hansson —se presentó el mecánico. Los policías estaban hablando con el mismísimo dueño—. Sebastian libra hoy —continuó sin mostrar especial curiosidad por saber por qué la policía quería hablar con un empleado suyo.

—¿Alguien sabe dónde se encuentra? No había nadie en su vivienda —preguntó Roland.

—¿Y cómo iba a saberlo? Lo que hagan mis chicos en su tiempo libre ni me va ni me viene.

Ole Hansson siguió limpiándose los dedos y mascando chicle. La primera idea de Roland fue que, probablemente, también respetaban la prohibición de fumar, hasta que vio el ascua de un cigarrillo en la oscuridad del taller. En la Jefatura estaba prohibido fumar, pero aparentemente allí, con el tufo de la gasolina y del aceite, no.

—¿Podemos echar un vistazo? —preguntó Roland, más cortés que Mikkel, que ya estaba entrando en el taller.

—¿De qué se trata? —preguntó al fin Hansson.

—¿Cuánto lleva Sebastian trabajando aquí?

—Pues diría que seis años. Estuvo de aprendiz y luego le di un puesto en el taller. Es un buen mecánico.

Ole Hansson lo miraba escéptico mientras lo acompañaba al interior del taller, iluminado únicamente por algunas lámparas que seguían funcionando. No había ventanas y olía a gasolina. Todo parecía sucio. En una pared había un póster con manchas de aceite de una chica sexi. En el taller había dos mecánicos enfrascados en su trabajo. Uno estaba en el foso debajo de un Fiat relativamente nuevo y el otro arreglaba los bajos de una furgoneta oxidada de color blanco que descansaba sobre una plataforma elevadora. Era él quien tenía un cigarrillo encendido entre los labios, bajo un bigote moreno. Lo tiró al suelo en cuanto vio a dos extraños bien vestidos que podrían ser inspectores laborales. Se puso a trabajar de nuevo y no los volvió a mirar.

—¿Sabéis alguno si Sebastian tenía algo que hacer hoy? —gritó Hansson.

El del foso dijo que no en un susurro y el otro se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—¿Podemos hablar un momento?

Roland señaló con la cabeza una sala cerrada con los cristales mugrientos que supuso que era la oficina. Vio una máquina de café y una pantalla plana nuevísima.

Ole Hansson asintió y abrió la puerta. Allí también olía a gasolina y Roland notó que le empezaba a doler la cabeza. Mikkel se quedó fuera y observó el trabajo en los bajos de la furgoneta. Él trasteaba con coches viejos en su tiempo libre, así que hablaron de ello.

—¿Sabes algo de la familia de Sebastian? —preguntó Roland y rechazó con educación el café que le ofreció. Por el olor, estaba pasado. Hansson llenó una gran taza manchada de aceite y dio un trago.

—No mucho. No es algo de lo que hable. Pero ¿a qué vienen tantas preguntas? ¿Está metido en un lío?

—Que nosotros sepamos, no. Se trata de su madre.

Ole Hansson negó con la cabeza esbozando una sonrisa de sabelotodo.

—Pobre chico, hasta donde yo sé, su madre desapareció cuando era joven. ¿Es a ella a quien buscáis?

Roland asintió lentamente. Ahora se sentía más seguro que cuando llegaron.

—¿Qué ha contado de sus padres? ¿Sabes a qué se dedicaba su madre, por ejemplo?

—No, nadie le ha preguntado nunca por ella. Como he dicho, no es algo de lo que hable y tampoco serviría de mucho. Ella desapareció, ¿no?

Ahora, el obeso rostro del hombre mostraba una curiosidad evidente y, justo cuando Roland iba a decir algo, el móvil le vibró en el bolsillo. Gert Schmidt gritaba tanto como de costumbre y Roland se fue a una esquina por miedo a que Hansson oyera la conversación.

—Han identificado a la muerta. Es la enfermera de Silkeborg que desapareció en 1983. Lo ha confirmado el odontólogo.

Roland le dio las gracias y colgó.

—Creo que tenemos que irnos. Gracias por atendernos.

Salió de la oficina y llamó a Mikkel. El sol les cegó cuando salieron al patio.

—Han identificado a la mujer. Es ella, así que tenemos que encontrar al hijo. En parte porque tenemos que darle un mensaje horroroso, en parte porque tenemos que averiguar cuánto sabe de la desaparición de su madre.

Mikkel asintió y, de mala gana, fue con Roland al coche. Al parecer, el trabajo en el garaje le interesaba más.

 

Llamaron al timbre del piso de Klostergade, pero seguía sin abrir nadie.

—¡Joder! ¡Kurt insiste en que hagamos hoy la rueda de prensa! Tenemos que hablar antes con el hijo.

Llamó fuerte a la puerta; podía ser que el timbre de estos viejos apartamentos no funcionase. Una chica los miró desde el piso de arriba y les preguntó si iban a ver a Sebastian. Les dijo que debía de estar al llegar, ya que acababa de verlo en la calle ayudando a salir del taxi a una vecina mayor del piso de arriba. Roland susurró un «gracias» ininteligible y miró el reloj impaciente. Esperaron en la escalera, que olía a vinilo viejo y jabón marrón, y oyeron unas voces que venían de la planta baja acompañadas de unos pasos fuertes. Poco después apareció una señora mayor junto a un joven que la agarraba del brazo y servía de apoyo. Ayudó a la señora hasta el siguiente piso y no le soltó el brazo hasta que los encorvados dedos se agarraron a la barandilla. Ella le dio las gracias a su vecino de abajo y siguió hasta el siguiente piso, donde la estaba esperando la chica.

Roland y Mikkel se miraron extrañados. Sabían del poco respeto que tenían los jóvenes, de ataques a ancianos en sus propias casas, casos de violación a jubiladas y robos con homicidio.

—¿Queréis hablar conmigo? —preguntó Sebastian con una sonrisa despreocupada y metió la llave en la cerradura de su piso. A Roland se le retorcieron las tripas al pensar que le iba a fastidiar el día a ese joven caballero. Entraron con él en el acogedor piso, que, según el cartel de la puerta, era un cuarto de soltero, pero era bonito. La cama de la habitación estaba hecha y la colcha estaba adornada con cojines de colores. La mesa de la cocina, que era pequeña y estrecha, estaba limpia, así como el salón. En medio de una mesa redonda había un cuenco con fruta. Le iba la comida sana.

—¿Es por el coche que he vendido? Creía que vendríais mañana —dijo Sebastian de buen humor, y colgó las llaves en un llavero de acero pulido.

—Por desgracia, no.

Roland le enseñó la placa y vio que le empezó a temblar el párpado de manera casi imperceptible. Sebastian se sentó y les hizo una seña para que ellos también tomasen asiento. Tenía unos treinta y cinco años y la piel bronceada, lo que hacía que su pelo pareciera aún más rubio y sus ojos más azules. Le recordaban a los de los perros de trineo que había visto en un reportaje sobre Finlandia en Discovery. Al parecer se llamaban huskys siberianos. Tenía barba en la barbilla y las mejillas, pero no parecía desaliñado. Cogió una manzana roja del cuenco y empezó a pasársela de una mano a otra con movimientos rápidos mientras miraba a los agentes.

—Hacía mucho que no me visitaba la Policía —dijo.

A Roland le pareció una buena noticia.

—Se trata de tu madre.

De repente, Sebastian dejó de pasarse la manzana y, por un instante, pareció sorprendido de veras.

—¿Mamá? —dijo vagamente y de manera casi incomprensible, como si fuera una palabra que llevaba mucho tiempo sin pronunciar.

Roland se sintió mal por el chaval y por la expresión de tristeza que apareció en sus ojos.

—Ya sé que no eras muy mayor cuando tu madre desapareció, pero ¿recuerdas algo de aquel día?

La pregunta hizo que Sebastian lo mirase directamente.

—Solo tenía ocho años. Estaba en el colegio.

El contacto visual fue tan intenso que Roland se sintió incómodo. Era como si Sebastian pudiera verle el alma, y no era algo que le gustase. Fue el primero en retirar la mirada, cosa rara en él.

—Bueno, entonces no sabes qué iba a hacer tu madre aquel día. Vivíais en Silkeborg. ¿Tenía que ir a Aarhus?

Sebastian miró a Mikkel, que seguía dando vueltas y echando un vistazo por el piso. No había dicho ni una palabra, lo que beneficiaba a Roland. No siempre escogía las más adecuadas, ya que sus maneras eran directas. Pero en aquel momento entró en el salón con una fotografía en la mano.

—¿Es tu madre? —preguntó con una compasión en la voz que hizo que Roland lo mirase extrañado.

Sebastian asintió y apartó rápidamente la mirada. La mujer de la fotografía tenía casi treinta años. Solo un par de años menos que cuando la mataron. No había duda de a quién se parecía el hijo. Esos ojos tan especiales los había heredado de ella.

—Por aquel entonces fui a que me interrogasen, pero, como he dicho, estaba en el colegio y ella nunca me contaba qué iba a hacer. Solía ir a visitar enfermos. Qué se yo.

La palabra «madre» había vuelto a desaparecer del vocabulario del hijo, que ahora hablaba de «ella» como si fuera su enemiga. Pero era natural que la desaparición de una madre supusiera un duro golpe para un niño de ocho años, que a día de hoy seguía sin saber qué le había pasado.

Sebastian observó la manzana que tenía en la mano como si fuera una bola de cristal que le pudiera contar por qué había desaparecido su madre.

—Dijeron que puede que se hubiera largado con un hombre y que yo no le importara —dijo con la voz ronca.

—¿Quién dijo eso, Sebastian?

—Todo el mundo, incluso la policía. Cuando pasó un tiempo sin que la encontrasen.

La intensa mirada volvió a caer sobre él, esa vez con reproche.

—¿Tú también lo crees? —preguntó Mikkel, que se había sentado en el borde de la mesa. Sebastian negó con la cabeza y no vio cómo Mikkel asentía a su jefe. Era el momento de darle la noticia.

—Lamento tener que decirte que hemos encontrado a tu madre. Está muerta.

Sebastian sollozó. Ocultó el rostro entre las manos y se le cayó la manzana bajo la mesa. Se detuvo junto al zapato de Roland, que se quedó mirándola. Esta parte del trabajo era la que menos le gustaba.

7

El dormitorio era exactamente como lo recordaba. La ventana estaba abierta y la brisa hacía ondear ligeramente las cortinas blancas. Ella divisaba la aguja de la catedral como una sombra desvelada a través de la fina cortina. Se posó una mosca en el alféizar y movió las alas. Había visto otra en el respaldo del banco frente a ella en la iglesia, cuando el párroco había dicho aquellas bonitas palabras sobre su abuela, que estaba dentro del ataúd con flores y a la que no se atrevía a mirar. Le costaba contener las lágrimas.

La puerta que daba al salón contiguo estaba cerrada, pero de todos modos llegaban suaves voces y alguna que otra risa ruidosa, que le pareció inapropiada e indecente. Apretó con fuerza el pañuelo de bolsillo, que no estaba usado. Era como si no le quedasen más lágrimas. Desde que se enteró del fallecimiento, lloró todas las noches. En silencio, para que Peter no la oyera. Él prefería creer que ella seguía sin aclimatarse y que ese era el problema.

Dejó vagar su mirada por los objetos de aquella habitación que ya conocía. Todo le traía recuerdos. El tiempo se había detenido en el piso. No había cambiado nada desde la época en que, de niña, pasaba allí las vacaciones. Pasó la mano ausente por la colcha que había tejido la abuela con hilo de algodón blanco. Le había dedicado mucho trabajo. Y en la cama de al lado, la del abuelo, ella había dormido pegada a la abuela, después de largas y emocionantes aventuras que la llevaban a un mundo de ensueño con hadas y princesas. Sobre la mesilla de noche, en un marco de plata, estaba la fotografía del abuelo. La miraba con bondad, pero ella no lo recordaba. Murió cuando ella tenía solo dos años. Pero la abuela le había contado tantas cosas sobre él, que en sus pensamientos parecía de carne y hueso. También estaban las gafas de la abuela en la mesilla, como si fuera a volver a por ellas en cualquier momento. Pero el hecho era que no las iba a necesitar nunca más, que no volvería. Su rostro sonreía tras las gafas en un marco de la pared al lado de la ventana. Los ancianos y sabios ojos la miraban casi perdonándola, como si también se quejase de que la hubiera abandonado. Volvió a notar un nudo en la garganta. Por supuesto, Peter tenía razón en que Elina se había convertido en una anciana que había vivido mucho en su larga vida, pero eso no hacía que la añorase menos. Aunque la había visto poco últimamente, tras mudarse con Peter a Italia, sabía que estaba en casa, en Dinamarca, y que podía llamarla a cualquier hora y hablar con ella de todo cuando quisiera, y eso le daba una seguridad que ahora había desaparecido. Era como un lazo que se había cortado. Que tenía un significado. Un lazo que también la unía con su madre.

La mirada se detuvo en otra fotografía de la mesilla de noche. La cogió y pasó un dedo por el rostro que había detrás del cristal. No la recordaba más que por esa foto y las otras pocas que había. Ahora que era adulta, veía ese parecido con ella del que todos hablaban. El pelo oscuro y ondulado enmarcaba un rostro estrecho y los ojos marrones sonreían. La foto se tomó cuando la madre enfermó. En el momento en que el cáncer se apoderó de su cuerpo, todo sucedió muy rápido. Murió en diciembre. Ese año no pasaron la Navidad juntas. Mientras estaba mirando el retrato, pensó en lo que recordaba. Cómo desapareció de su vida alguien importante y la soledad que estaba experimentando por primera vez. Que todo volvía a ser lo mismo. Puso la foto de nuevo en la mesilla de noche cuando oyó la puerta del dormitorio.

—¡Anda, estás aquí, Sabrina! Ya se han ido todos. No se han despedido de ti.

Su padre se sentó a su lado en la cama y ella se giró hacia él cuando el colchón cedió por el peso. Le puso un brazo alrededor del hombro y le frotó el brazo de manera torpe. Su mirada se detuvo un breve instante en la foto de su suegra en la pared, pero no había nada de cariño en ella. Sabrina vio su rostro angustiado, la mirada baja. Parecía estar contando cada nudo de la vieja y pintoresca colcha.

—¿Qué pasó entre la abuela y tú? —preguntó con cautela—. ¿Por qué os odiabais? ¿Tiene algo que ver con mamá?

 

Gustav Hjort miró los ojos preocupados de su hija. Le dolía ver ese apabullante parecido con la madre. Hacía muchos meses que no había visto a Sabrina. Casi estaba olvidando esos ojos y a su madre, pero ahora volvió a notar un nudo en el estómago y tuvo que carraspear un par de veces antes de responder.

—No nos odiábamos, Sabrina. No tienes que pensar eso.

Volvió a bajar la mirada hacia la colcha. Los ojos marrones de Sabrina le impresionaban mucho. Tenían el mismo brillo intenso que los de Josefine. Lo miraban con el mismo reproche. Estaba intranquilo en la cama. Se aflojó la maldita corbata, no sabía cómo explicarlo. ¿Por qué de repente le preguntaba por eso después de tantos años?

—Ya sabes que las suegras a veces pueden ser una molestia. Pues Elina era de ese tipo.

Intentó reírse para que sonara a broma, pero la risa sonó vacía. Los ojos de Sabrina se volvieron más oscuros y brillantes.

—La abuela no era así, eso lo sé. ¿Cómo puedes decir algo así de ella justo hoy?

 

Se puso de pie y se alisó la falda negra. Le enfadó haberse vuelto a disgustar con él. Había pasado todo el vuelo desde Milán diciéndose que no podía permitir que ocurriera, pero ¿por qué no podía simplemente darle una respuesta? Tenía más ganas que nunca de saber qué dividió a la familia. ¿Qué había pasado? ¿Fue solo porque Gustav se casó con Carola demasiado pronto después de la muerte de su madre? Se quedó de pie con los brazos cruzados junto a la ventana. El tibio aire olía distinto al que había intentado acostumbrarse durante el último medio año en Milán.

Gustav se puso detrás de ella y le colocó las manos en los hombros delicadamente, con un movimiento que daba a entender que él lo consideraba un gesto no deseado.

—Es estupendo tenerte de nuevo en casa. Aunque las circunstancias no…

Apartó las manos cuando se abrió la puerta del salón y entró una mujer delgada y maquillada vestida de negro de pies a cabeza. Miró a su alrededor hasta que los vio junto a la ventana. Los dientes artificialmente blancos brillaban en el rostro moreno. Fue hacia ellos a paso seguro sobre sus altos tacones.

—No te he visto en la iglesia, Sabrina. Me alegro de verte. Siento mucho lo de tu abuela.

Lo dijo con una voz ligeramente ronca, que seguro que los hombres encontraban sexi, y cogió del brazo a su marido. Se pegó a él y la miró como si quisiera cambiar algo. Estaba acostumbrada. Siempre había algo de ella que a Carola no le gustaba: la ropa, el pelo, el tono de su rostro, sus formas redondas. Cuando era niña, su madrastra intentaba ponerle incómodos vestiditos de princesa y hacerle moños en el pelo para presentar a una niña guapa, en vez de a la fea que iba con ella, pero no pasaba mucho tiempo hasta que el moño se caía y el vestido de seda se ensuciaba. Carola se rindió por fin y a cambio adoptó esa expresión cada vez que la veía. Carola y Gustav no habían tenido hijos. No sabía por qué. No hablaba con ellos de esas cosas. Su vida privada era un misterio para el resto del mundo. Carola tenía un hijo de un matrimonio anterior con un oficial de marina inglés, pero era tres años mayor que Sabrina y vivía con su padre en Inglaterra, así que solo lo había visto un par de veces hacía ya bastante tiempo. Era alguien importante en la Marina y, por lo que sabía, estaba en una corbeta en el Golfo Pérsico.

—Ha sido un entierro bonito —dijo Carola cuando el silencio empezó a resultarle incómodo.

Gustav le rodeó el delgado talle con el brazo y Sabrina tuvo que reconocer que, aunque estaban entrados en años, hacían una bonita pareja. Asintió y percibió de nuevo el llanto que intentaba tomar el control, pero tragó saliva y lo contuvo. Carola nunca la había visto llorar.

—¿Te vienes a comer con nosotros? —preguntó Gustav—. Me apetece mucho saber qué tal te va por Italia.

—¿Te has adaptado? —interrumpió Carola—. Por lo que me ha contado Peter, te entraron rápido ganas de volver a casa.

Le enfadó que Peter hubiera hablado con Carola de una cosa tan privada, el mero hecho de que lo hubiera comentado con ella, pero se limitó a asentir y se echó el pelo detrás de la oreja.

—Sí, va mejor. Nunca voy a aprender el idioma, pero me las apaño.

—Creo que tienes que darle un tiempo, por Peter. Ese trabajo de ingeniero de diseño en Grundfos es su gran oportunidad.