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Se casaron porque iban a tener un hijo. El príncipe Dominic Sancho siempre cumplía con su deber, jamás defraudaba las expectativas de su familia… Hasta la noche en que sucumbió al encanto de la irresistible orientadora de educación Ginny Jones, con dramáticas repercusiones. Ginny se había quedado embarazada y su hijo iba a ser un futuro heredero al trono de Xaviera. Solo había una solución, una boda real. Para Ginny, un matrimonio de conveniencia era una auténtica pesadilla; pero, por el bien de su hijo, lo aceptó. Fue durante la luna de miel cuando comenzó a darse cuenta de que Dominic, en el fondo, podría llegar a ser, además de un príncipe, un buen padre y un marido extraordinario…
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Seitenzahl: 171
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2016 Linda Susan Meier
© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La única solución, n.º 5492 - diciembre 2016
Título original: Pregnant with a Royal Baby!
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-9315-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
CUANDO sonó el timbre de la puerta, Virginia Jones, más conocida por Ginny, acababa de salir de la ducha después de un día de mucho trabajo en el instituto Jefferson de Terra Mas, Texas. El instituto había sido el último lugar que el príncipe Dominic Sancho de Xaviera, una pequeña isla independiente entre España y Argelia, había visitado en su tour. Como orientadora, le había enseñado el instituto, le había presentado al personal y después había llevado a los alumnos al gimnasio para que asistieran a la charla sobre economía global que había dado el príncipe.
La charla le había gustado mucho, pero más aún contemplar al alto príncipe de anchas espaldas. Los oscuros ojos de él habían brillado mientras no dejaba de sonreír delante de los alumnos.
Se habría desmayado de no haber sido por su sentido común, que la había hecho mantener su actitud profesional. Y ahora, cansada, no estaba para visitas.
El timbre volvió a sonar.
Lanzó una mirada a la copa de vino y, por fin, se levantó del sofá.
–Ya voy –dijo en voz alta mientras se acercaba a la puerta.
Se puso de puntillas y miró por la mirilla. Cuando vio al príncipe Dominic jadeó y dio un salto atrás.
El timbre sonó una vez más.
Se miró los pantalones y la chaqueta de chándal, se pasó una mano por la mojada melena rubia y tuvo la certeza de que iba a ser uno de los momentos más embarazosos de su vida.
Como no tenía alternativa, adoptó una fingida sonrisa y abrió.
–Vaya, creo que he elegido un mal momento –dijo él riendo.
–Sí, eso me temo.
El corazón comenzó a latirle con fuerza. El príncipe se había despojado del uniforme con el que había ido al instituto y ahora llevaba un jersey blanco con cuello de pico y unos vaqueros. Todos y cada uno de los rizos negros de su pelo estaban en su sitio. Los ojos oscuros le brillaban. Sus perfectos labios sonrieron cálidamente.
–¿No me va a invitar a entrar?
Ginny se hizo a un lado para dejarle pasar. Tenía un príncipe en su casa. Un príncipe guapo y simpático.
Después de cerrar la puerta, él dijo:
–La verdad es que he venido para preguntarle si querría cenar conmigo –él se encogió de hombros–. Y si no le importaría enseñarme su ciudad.
Ginny hizo un esfuerzo para evitar que los ojos se le salieran de la cara. ¿Ese hombre quería salir con ella? Entonces, de repente, se dio cuenta de que la invitación tenía sentido: ella le había enseñado el instituto; por tanto, era la indicada para enseñarle la ciudad. El príncipe no quería salir con ella en particular.
–Se me ha ocurrido que, después, podríamos volar a Los Ángeles para ir a un club.
Dejó que los ojos se le salieran de la cara. Sí, quería salir con ella.
–¿Quiere ir a un club?
–¿No le gusta bailar?
El corazón le martilleó las costillas.
–Me encanta bailar.
–A mí también –dijo él sonriendo–. Desgraciadamente, no se me presentan muchas oportunidades de hacerlo. Los deberes están por encima de la diversión. Por favor, acepte mi invitación.
–Encantada.
Aunque el príncipe llevaba vaqueros estaba para comérselo, así que se puso el vestido de salir, de color rojo, más bonito que tenía, se maquilló y se calzó unas sandalias negras de tacón alto.
Cenaron en un restaurante italiano cerca de su casa, los guardaespaldas cenaron en una mesa a una discreta distancia de la suya; después, tomaron el avión del príncipe y volaron a Los Ángeles para ir a un club en el que bailaron hasta las tres de la mañana.
El príncipe debería haberla dejado en el vestíbulo del edificio de pisos en el que vivía; sin embargo, subió hasta su piso y los besos que se habían dado en la limusina acabaron siendo el preámbulo para una noche de amor apasionado.
Ginny le había dado un beso de despedida en la puerta, enfundada en su bonita bata. Entonces, justo antes de meterse en la ducha para ir a trabajar al instituto, él la llamó.
–Gracias.
Se le hizo un nudo en la garganta al oír tanta dulzura en su voz grave y ronca.
–De nada.
–Me temo que no volveremos a vernos.
–Eso me temo yo también.
Pero, en cierto modo, estaba contenta. Había pasado una noche maravillosa con un príncipe, un recuerdo que la acompañaría toda la vida. No tenía que preocuparse por si sería un rey bueno o malo, no tenía que preocuparse por si la tensión del trabajo le haría refugiarse en el alcohol, como le había ocurrido a su padre. No había necesidad de conocer íntimamente al príncipe Dominic Sancho.
Había sido una noche gloriosa, maravillosa. No se arrepentía de lo ocurrido y el futuro no le preocupaba. Así le gustaban sus relaciones.
Se despidieron con suspiros y colgaron. Al dejar el teléfono en la mesilla de noche, se dio cuenta de que, como había sido él quien la había llamado, ahora tenía su número de teléfono, el número privado de teléfono.
Eso la complació enormemente. Si alguna vez sentía curiosidad o se encontraba sola, podría llamarlo.
Sin más tiempo que perder, se vistió y fue al instituto.
Pasó dos semanas feliz; hasta que, una mañana, se despertó y se dio cuenta de que no le había venido el periodo. Se alegró de tener el número de teléfono privado de él.
–Menos mal que en nuestro país no hay que casarse con una virgen, como ocurría en el Reino Unido hace siglos.
El príncipe Dominic Sancho contuvo la ira. Se había comportado dignamente durante casi treinta años; pero ahora, un desliz en América, lo había echado todo a perder. Su padre estaba enfadado, pero era su futuro el que había cambiado por completo. Con el fin de asegurar su dinastía y la seguridad de su hijo, no tenía más remedio que casarse con Ginny Jones, una mujer a la que no conocía.
–Sí. Menos mal que se me permite casarme con la madre de mi hijo.
–Era una broma –bajo, calvo y de vientre abultado, el rey de Xaviera era un hombre estricto. No soportaba los errores, ni siquiera toleraba el menor desliz, y mucho menos tratándose de su hijo, su sucesor a la corona.
–Lo mío ha sido un sarcasmo –Dominic no acostumbraba a contestar a su padre; de hecho, no creía haberlo hecho en más de cinco ocasiones, incluyendo la época de la adolescencia. No obstante, que fuera a tener un hijo como resultado de acostarse con una mujer una noche le había sacado de quicio.
Su hermano era el rey de los playboys, pero ¿había sufrido alguna vez las consecuencias de sus actos? No. Sin embargo él, por una noche que se había desviado de su conducta irreprochable, se veía castigado.
–Lo he arreglado para que la señorita Jones y tú os reunáis con los expertos en protocolo cuando estés listo, pero tenéis hasta mañana por la mañana como muy tarde –el rey Ronaldo lo miró a los ojos–. Prepara a tu novia.
Dominic se levantó de la silla al otro lado del ornamentado escritorio al que estaba sentado su padre. Debería haber dicho: «Gracias por dedicarme vuestro tiempo, Majestad».
–Ya te contaré –respondió Dominic en su lugar.
–Asegúrate de que la boda se celebre como debe ser. Si vuelves a fallar, no me mostraré de nuevo tan comprensivo.
Dominic hizo una reverencia y salió de la estancia. «Si vuelves a fallar, no me mostraré de nuevo tan comprensivo».
La ira se apoderó de él. Se contuvo. Su padre era el rey y él era el heredero al trono. Conocía las reglas y los protocolos, y los había roto. Se merecía lo que le pasaba.
No obstante… ¿tener que casarse como castigo por un desliz?
El matrimonio.
Después de ver a su padre derrumbarse tras la muerte de su esposa, Dominic comprendía por qué su progenitor era tan precavido, tan rígido. El sufrimiento le había hecho refugiarse en sus habitaciones durante seis semanas, periodo de tiempo durante el cual el país se había tambaleado y el parlamento había estado a punto de destronarle. Al ver así a su padre, Dominic se había jurado no casarse nunca, no arriesgarse a querer tanto a alguien cuya pérdida pudiera destruirle.
Se le había presentado la oportunidad de un tratado con un país enemigo a lo largo de la Historia, el precio había sido su matrimonio con la princesa de ese país. Un tratado ventajoso a nivel político y, además, emocionalmente, sin riesgos para él. Se habría casado con la princesa de dicho país como parte del tratado y habría tenido un heredero a la corona de ambos países. Pero ahora… Ahora se veía obligado a casarse con una mujer a la que no conocía e iba a perder la oportunidad de tener un heredero que ocupara el trono de ambos países, y todo por un descuido.
Su futuro se había ido al traste.
Respiró hondo y se dirigió a las escaleras traseras que conducían a sus aposentos, retrasando el momento de hablar con Ginny. Si él estaba disgustado, no quería ni imaginar cómo estaría ella.
A menos que se hubiera quedado embarazada a propósito.
La idea le heló la sangre. No, ella no podría haber orquestado un embarazo; además, había sido él quien había ido a su casa aquella noche y la había sorprendido encantadoramente desarreglada: pelo mojado y chándal.
Al llegar al último piso del ala este del palacio de Xaviera, se encaminó hacia la puerta blanca de doble hoja enmarcada en madera tallada. El enorme vestíbulo cuadrado delante de sus aposentos era parco en mobiliario, aunque de las paredes colgaban obras de arte de Picasso, Rembrandt y Monet. Ocultos tesoros, casi solo para sus ojos. Así era su vida, especial. A pesar de la no muy cordial reunión con su padre, sabía que él era diferente, que un día sería rey.
Los tacones de sus zapatos repiquetearon sobre el suelo de mármol. Al llegar a la puerta, agarró ambos picaportes, abrió y entró en su hogar, su refugio.
Virginia Jones se levantó del banco acolchado en el vestíbulo de sus aposentos. Era una mujer de estatura media, cabello largo y rubio y la clase de cuerpo que tentaba a un hombre a hacer lo que él había hecho aquella noche. Ginny era el sueño de cualquier hombre. Cuando sus ojos azules se clavaron en él, recordó lo adorable que le había parecido en ese instituto de Texas, una consejera de estudios a quien sus alumnos apreciaban. También recordó el vestido rojo. Seducirla le había resultado lo más natural del mundo. El sexo había sido extraordinario.
Era lo único en lo que pensaba cuando la tenía delante. Y ahora iba a hacerla princesa.
–¿Y bien?
–Mi padre y mi reino desean que nos casemos.
Esos ojos azules se clavaron en los suyos.
–¿Desean?
Dominic le indicó que le acompañara a su cuarto de estar formal. Más suelos de mármol, estos con alfombras orientales. Sofás blancos y chimenea de mármol blanco. Cojines rojos daban color a la estancia.
Dominic pidió a Virginia que se sentara antes de que él se acercara a un mueble bar del que sacó una botella de whisky.
–¿Te apetece una copa?
–Estoy embarazada –respondió ella mirándolo con sorpresa.
–Ah, sí, es verdad –Dominic respiró hondo–. ¿Un zumo de naranja?
–No, gracias, no quiero nada –dijo Virginia sosteniéndole la mirada–. No he venido aquí a tomar el té, lo que quiero es saber qué va a pasar.
–Está bien –Dominic se acercó al sofá frente al que ella ocupaba y dejó el whisky en la mesa de centro entre ambos sofás–. Sencillamente, quieren que nos casemos.
–¿Tengo elección?
–No. Estás embarazada y vas a dar a luz al heredero al trono de Xaviera. Si te niegas a casarte conmigo te quitarán al niño.
–¡Qué!
–Tanto si es niño como niña heredará la corona. Ningún país se atrevería a impugnar nuestras leyes de sucesión al trono.
Ginny se puso en pie de un salto.
–¡Eso no es justo!
–Intenta impedirlo y ya verás lo que pasa. No conseguirás nada con ello y perjudicarás a nuestro hijo. Y sin motivo, porque se me ha ocurrido un plan.
–¿Un plan?
Ginny observó al atractivo hombre sentado en el sofá. Con ojos tan negros como su cabello, era un verdadero príncipe. Un futuro rey que gozaba una vida privilegiada y que ahora, mientras hablaban de un porvenir que podía cambiarle la vida, él bebía whisky como si nada.
–Mi padre quiere que el heredero después de mí sea legítimo –dijo Dominic mirándola a los ojos–. Nuestros súbditos también lo quieren. Pero eso no significa que tengamos que permanecer casados.
Aliviada, Ginny se sentó de nuevo en el sofá.
–¿No?
–No. Pero será necesario que representes bien tu papel. Durante un par de días, en los que la oficina de protocolo organizará nuestra boda, se nos tiene que ver juntos en público.
El corazón le dio un vuelvo al oír la palabra boda. Iba a casarse con un hombre destinado a ser rey. ¿Significaba eso que tenía que acostarse con él? No lo sabía y decidió mantener la calma.
–La semana que viene se anunciará nuestro compromiso matrimonial, a lo que seguirá inmediatamente el anuncio de la boda y después del embarazo.
–Oh.
–No te preocupes, lo he analizado todo bien. A la gente de Xaviera le va a encantar que nos casemos. Lo único que les gusta más que una boda real es que en la casa real nazca un niño. Si jugamos bien nuestras cartas, los próximos meses serán maravillosos para la población de este reino.
–Bien –respondió ella nerviosa, conteniendo el impulso de saltar del sofá otra vez. Si Dominic podía mantener la calma, también ella.
–Entonces, nos casaremos el mes que viene y nos pasaremos el resto de tu embarazo haciendo apariciones en público, presentando aspecto de pareja feliz y encantados de dar pronto un heredero al trono. Después, cuando el niño nazca, el país entero celebrará su nacimiento.
Ginny podía imaginarlo.
–Después, seguiremos casados hasta que el niño o niña cumpla dos años. Los herederos a la corona, a esa edad, asisten a una ceremonia en la que se celebra el comienzo del periodo de instrucción relativo a los deberes y obligaciones que conlleva el linaje de los Sancho. En esa ceremonia, tú y yo aparentaremos habernos distanciado; después, podremos divorciarnos porque ya no habrá nada público en la vida de nuestro hijo hasta que cumpla los doce años –Dominic se recostó en el respaldo del sofá–. Si la gente comentara que nos casamos precipitadamente o que lo hicimos porque te habías quedado embarazada, no lo negaremos. Pero esperar a que el bebé cumpla dos años es buena idea porque eso demuestra que hemos hecho un esfuerzo. Y como nuestro comportamiento será impecable y amistoso, todo el mundo nos apoyará.
–¿Y el bebé?
–¿Qué pasa con el bebé?
–¿Quién se lo va a quedar? ¿Qué solución planteas tú?
–Hay varias posibilidades. Esperaba que no tomaras ninguna decisión durante los años que estemos casados; pero si entonces decides volver a América con nuestro hijo, haré que te acompañen unos guardaespaldas. Xaviera te comprará una casa e instalará las medidas de seguridad adecuadas.
–¿Y mi trabajo?
–Tu trabajo será ser la madre del heredero de Xaviera. Al menos, hasta que el niño o la niña cumpla los doce años.
–¿Doce?
–Hasta los doce años podrá ser instruido en casa. Después, irá a uno de los internados específicos para cierta clase de educación.
–Nada de educación pública, ¿eh?
–Tómatelo a risa si quieres, pero esta es la situación –Dominic se levantó del sofá–. Una vez que nuestro hijo vaya al internado, tú podrás hacer lo que quieras con tu vida. Lo único que se te exigirá es que asistas a las funciones públicas en las que nuestro hijo participe.
Se hacía una idea de lo que iba a pasar. Se hacía una idea de lo que sería su vida como madre del futuro rey: limpiarle los labios llenos de mermelada en privado y mantener las distancias en público.
–Te concederé una semana para que te lo pienses.
–¿Una semana?
–Una semana en la que te hospedarás en el palacio. Tendremos tiempo para salir y para que se nos vea en público.
–Me gustaría hacer algunas preguntas al respecto.
–¿Al respecto de salir juntos?
Ella asintió.
–¿Quieres saber si nos besaremos delante de la gente?
Ginny, con un cosquilleo en el bajo vientre, volvió a asentir.
–Sí. Tendremos que aparentar que nos adoramos. Que nos conocimos y nos enamoramos locamente.
Ginny recordó momentos en los que habían ido de la mano, caricias, besos increíbles…
–Pero nada de sexo –Dominic sonrió–. A menos que tú quieras, claro.
El corazón pareció querer salírsele del pecho. ¿Podía resistir esa sonrisa, ese encanto?
Aunque, en realidad, Dominic no se había mostrado en absoluto encantador durante aquella charla. Ese era el problema de tener relaciones con una persona a la que no conocía. ¿Y si era como su propio padre, solo encantador cuando le había convenido?
–Ginny, nuestra relación puede acabar como tú quieras. Dentro del castillo, podremos tener la intimidad o la distancia que desees. Pero no te equivoques, nuestro matrimonio es solo algo temporal, no permanente. Me había prometido a una princesa como parte de un acuerdo y eso era lo que quería, un matrimonio importante. El matrimonio de verdad no forma parte de mi mundo, el nuestro no será algo duradero. Es mejor que lo sepas antes de que tomes una decisión.
–ASÍ que… ¿será solo un matrimonio de conveniencia?
Rodeada de almohadas, Ginny estaba tumbada en la cama de la suite frente a la de Dominic en los aposentos de él en palacio. Las paredes azules conferían color al espacio.
–Sí, eso es exactamente, un matrimonio de conveniencia con el fin de que el heredero al trono de Xaviera sea legítimo.
–Es todo muy extraño, cielo.
–Sí, mamá, lo sé. Pero tienes que pensar que nuestro hijo será una figura pública durante toda su vida. Sería muy egoísta por mi parte negarme a casarme con Dominic y criar al heredero de Xaviera en un ambiente que podría exponerle a las habladurías.
–Es es verdad.
–El embarazo es real y la situación muy seria.
–Sí, tienes razón.
–Sé que tengo razón, aunque aún no sé qué hacer.
–Supongo que tendrás que casarte con él. ¿Qué vas a perder? ¿Un año o dos de tu vida?
–Unos dos años y medio, y mi trabajo. Al parecer, durante los próximos doce años mi trabajo va a consistir exclusivamente en ser la madre del heredero al trono de Xaviera.
Su madre lanzó una carcajada.
–Aunque tu hijo no fuera un príncipe o una princesa, lo más importante, mucho más que tu trabajo, sería tu hijo. Lo sabes, ¿verdad, Ginny? Tu situación no va a ser muy diferente a la de otras muchas madres.
–Excepto que voy a estar expuesta al escrutinio público.
–Sí, bueno, eso sí es diferente.
