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"La velada en Benicarló" presenta, bajo la forma de un diálogo socrático,una profunda reflexión acerca de la guerra civil española, sus implicaciones éticas y sus raíces históricas y sociales. El texto fue redactado en plena contienda, durante la insurrección de mayo de 1937, y supone en la práctica una condensación del ideario ético-político de Manuel Azaña, que pone en boca de sus personajes algunas de las ideas y problemáticas que más le preocuparon como político e intelectual.
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Seitenzahl: 490
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Manuel Azaña
La velada en Benicarló
Diálogo sobre la guerra en España
Edición de Francisco Caude
INTRODUCCIÓN
La red léxico-semántica
Los personajes de «La velada»
Un grito tremendo, un rugido: «¡Armas! ¡Armas!»
La insurrección de mayo de 1937
Pintaba en tonos negros lo que tenía esos tonos
¿Falta de ecuanimidad o misoginia encubierta?
Una sociedad con la pistola en la nuca
España, ganase quien ganase, estaba perdida
¿Sálvense los principios y perezca la nación?
Nosotros somos la antipatria
ESTA EDICIÓN
BIBLIOGRAFÍA
LA VELADA EN BENICARLÓ. DIÁLOGO SOBRE LA GUERRA EN ESPAÑA
CRÉDITOS
Hacer historia es saber preguntar al pasado. Y saber preguntar consiste en formular continuamente aquellas encuestas que necesita la soledad del presente, para encontrar compañía y solidaridad en todo lo que le antecedió. Hacer historia es reivindicar la continuidad, humanizar el tiempo, al aceptar las modulaciones que en la monotonía cronológica ha marcado la voluntad humana. Por eso, hacer historia es, además, proyectar el futuro, orientarle en la clarividente recuperación de lo que otros hombres hicieron para traernos el presente desde el que historiamos.
Emilio Lledó, «Introducción general», Platón, Diálogos. I. Antología, Madrid, Gredos, 1985, pág. 10.
Las palabras velada y diálogo, que aparecen en el título y subtítulo de La velada en1 Benicarló. Diálogo sobre2 la guerra en España, tienen, por distintas pero confluentes razones, una particular significación para su lectura y análisis crítico. Velada es para el DLE: «Reunión nocturna de dos o más personas en un lugar para cenar, conversar o divertirse». Es lo que hacen los reunidos por la noche en el albergue de Benicarló3, pero lo hacen con una importante salvedad: no conversan para pasar un rato de manera insustancial. Los que toman parte en aquella velada hablan de temas que tienen una gravedad lúgubre y los temas están, por ello, relacionados sobre todo con velar y velatorio, palabras que comparten la misma raíz que velada y pertenecen a la misma familia léxica. De los varios significados de velar y velatorio importan aquí los de «asistir de noche a un enfermo», «pasar la noche al cuidado de un difunto» y «acto de velar a un difunto» (DLE).
Azaña tejió, en La velada, con las hilachas sueltas de una barruntada derrota en la guerra —fue muy pronto consciente de que la República sería derrotada—, una red léxico-semántica en la que se establecían conexiones entre palabras que sonaban como campanadas de duelo y eran, a la vez, la expresión de la barbarie criminal en que España se hallaba abismada. La velada nace bajo el signo de una de las palabras de esa red, entierro, a la que siguen féretro, sepultura, cadáver, fosa, asesinato, cementerio, desaparecido, fusilamiento, guerra, herido, hospital, degollina, descarga, disparo, pegar un tiro, ¡tac, tac! (tiros, onomatopeya), matanza, morir, muerto, nicho, represalia, grito, gemido, sangría, sangre, olas de sangre... La repetición de esas palabras a lo largo de La velada tiene el buscado efecto de acentuar la execrable presencia en España, particularmente incluso desde meses antes de julio de 1936, de violencia y terror, de humillación y crimen.
A las palabras entierro, cipreses, cementerio y féretro, que aparecen en el primer texto que abre entre paréntesis La velada —desde «(El auto del Dr. Lluch devora la distancia...», hasta «se prolonga durante la cena y la sobremesa)» (Lv, págs. 195-198)—, siguen las palabras sepultura y muerto, que abren propiamente el diálogo:
PASTRANA.—¿De dónde sale usted?
RIVERA.—De la sepultura.
MORALES.—Es para creerlo. Todos le daban por muerto (Lv, pág. 198).
En Logroño, donde Rivera estaba de visita el 18 de julio de 1936, le cogió la embestida militar que acabó con la vida de sus dos hermanos, uno era capitán de artillería y el otro ingeniero4; a él, que consiguió huir, le juzgaron en rebeldía y le condenaron a muerte. Los tres hermanos habían cometido el crimen de ser republicanos. A todos ellos les confiscaron —dos habían sido asesinados— los bienes. La madre tuvo que vivir a sus ochenta años de limosna5. Escondido en un cementerio, pasó veinticuatro días metido en un nicho. Gracias a unos amigos, obreros de Haro también fugitivos, llegó a poder cruzar por Navarra la frontera con Francia. Estaba decidido, desde un primer momento, a volver a España. Tras medio año de espera, logró cruzar la frontera por La Junquera.
El regreso a España le pudo haber costado la vida. Los anarquistas, que tenían en Cataluña el control de las aduanas y carreteras, le detuvieron y estuvo a punto de que le fusilaran. Lluch recuerda que, en los primeros años del siglo XX, un autor había llegado a la conclusión de que «“para remedio de España era menester un metro de sangre”. Lluch añadió. “¿Un metro? Más tendrán”» (Lv, pag. 210). Azaña escribió, unos meses después en Cuaderno de La Pobleta (1937), este otro acerbo comentario, que era una clara denuncia a la vez del mesianismo anarquista y de la dictadura y la retórica neoimperialista franquista que se le venían encima a España: «Es prudente desconfiar de los salvadores de sociedades y de los creadores de mundos nuevos. A través de la historia, esos oficios han consistido en beberse la sangre de los prójimos»6.
La velada es una suerte de luctuosa salmodia canturreada en torno a un enfermo mortal, la España en guerra, que estaba a punto de convertirse en un difunto. Los contertulios, a los que por ser parte de aquella España les esperaba a todos el mismo desenlace, estaban también entonando, con su coro de voces, su propio responso. España moría, y ellos con ella.
El autor-Azaña, que dirigía en La velada aquel coro y era, cuestión sobre la que volveré reiteradamente, su deus ex machina, infundía a lo lúgubre unas acentuadas modulaciones morales. Ese acento se halla asimismo en muchos de sus escritos y discursos de aquel tiempo de guerra civil. Hacer la lectura de La velada desde otros textos escritos por Azaña en primera persona, o pronunciados por él en sus discursos, que conocemos por haber sido publicados, ayuda mucho a comprender la univocidad —«unívoco: que asocia cada elemento de un conjunto con uno y solamente uno de los elementos de otro conjunto» (DLE)— de su pensamiento político, que era, de 1936 a 1939, el de un presidente de la República que había asumido, como correspondía a su cargo, la función de ser una instancia moral. No lo entendió así el general Rojo, ni otras personalidades del republicanismo que tuvieron un destacado protagonismo durante la guerra. Esa incomprensión, que conllevaba el no haber tomado en cuenta el papel constitucional que le tocaba representar al presidente de la República, explica, pero no justifica, la dureza de este pasaje que el general Rojo le dedicó a Azaña en ¡Alerta los pueblos!:
La influencia del presidente de la República durante la guerra, en el interior y en el exterior, se manifestó por su apagamiento; ni como poder logró imponerse, ni como rector inteligente de la vida del Estado notó nadie que imprimiese jamás cauce a los acontecimientos; en todo el tiempo, desde el 18 de julio, su actuación quedó circunscrita a pronunciar dos, tres... discursos. Pero la eficacia de las actuaciones humanas no se mide por las palabras, más o menos hermosas, que se pronuncian, sino por los actos que se ejecutan; aquellas, reacreditaban al presidente como un experto orador; estos no han reportado utilidad ni prestigio alguno a la República7.
Los Diarios de los años de la guerra, escritura privada; los discursos, palabra pública; y La velada, una creación artística de género indefinido, cuya publicación era impensable en tiempos de guerra porque habría producido un terremoto político8, comparten la misma univocidad político-moralizadora.
La palabra diálogo, que aparece en el subtítulo, tiene el significado, también según el DLE, de «conversación o discusión entre dos o más personas», y el de «género literario en que se finge una tal discusión o controversia». En La velada se expresa, de manera manifiesta, que el diálogo de los contertulios está creado artificialmente, es fingido y, por ello, se adscribe a un género literario que se remontaba a Sócrates, Platón, Cicerón, Erasmo de Róterdam, Juan Luis Vives o los hermanos Valdés... El diálogo, queda alicorta la definición del DLE al dejar fuera la moral y la filosofía, ingredientes básicos en los orígenes de este género, se caracteriza, en todos esos autores —no agoto ni mucho menos la lista—, por la participación de unos pocos interlocutores, por apenas haber acción dramática, por la ausencia de acotaciones escénicas, por la no representación escénica... Platón quiso adecuar su obra a una época en la que, según señala Emilio Lledó, la filosofía debía arrancar «desde la raíz misma de la comunidad y de sus problemas como tal comunidad»9. El diálogo, «puente que une a dos o más hombres para, a través de él, exponer unas determinadas informaciones e interpretaciones sobre el mundo de las cosas y de los significados», era la manifestación «de un espacio mental en el que concurría el lenguaje, de la misma manera que en el espacio de la Polis concurría la vida»10. El diálogo platónico, que trajo consigo la dialéctica, cuestión capital del platonismo, inauguraba, «discutiendo, haciendo enredar el hilo del pensamiento en las argumentaciones de los otros para, así, afinarlo y contrastarlo»11. Era una manera de pensar y filosofar que inauguraba el fin del lenguaje dogmático, que emanaba «del sacerdote o del rey», y el comienzo de un lenguaje público, de todos y de entre todos, del que iba brotando una heterogeneidad de pensamientos, pareceres y opiniones, de discursos que, en principio, nadie administraba ni imponía «desde el espacio privilegiado de un monólogo sin respuesta»12. El escepticismo de los sofistas «ante cualquier forma de discurso establecido» dio lugar a «una verdadera democratización del Logos»13. A partir de ese momento, «nadie podía atribuirse el monopolio de la seguridad en lo dicho. Todo era revocable y discutible. No hubo un código filosófico que detentase una lectura férrea e inequívoca de las cosas»; y
al dejar reducidos los problemas a los límites de su expresión y al marco de tantas controversias momentáneas, la reflexión sobre el mundo y los hombres se convirtió, en primera instancia, en una reflexión sobre el lenguaje, o sea, sobre el dominio intersubjetivo y comunitario en el que cada conciencia individual estaba inserta14.
Habría que hacer muchas matizaciones, y se harán, a lo largo de esta introducción, acerca de lo que Cipriano de Rivas Cherif dice del diálogo platónico-socrático en este pasaje. Hecha esta salvedad, este pasaje, como el resto del libro de Rivas Cherif, tiene el interés de haber sido escrito por persona tan cercana a Azaña:
Cuando mi cuñado me hizo referencia por primera vez de La velada en Benicarló, creí que se trataba de la reunión que celebró poco antes con Largo Caballero y Companys en el Parador del Patronato de Turismo allí instalado. Me había hablado a su tiempo de tal entrevista como de un suceso político venturoso, dada la enemiga hasta entonces del presidente del Consejo [Largo Caballero] y el de la Generalitat [Companys], resuelta de momento en un acuerdo que tampoco dio después mayores frutos. Pero no tenía el título en cuestión relación ninguna con la política menuda. La velada en Benicarló era un diálogo socrático, al modo platónico, es decir, animada la moral política de su filosofía por el resplandor de la creación de arte. En él iba consignando el autor no ya las incidencias de su vida diaria, relegada, en medio del tráfago de la guerra, a la monotonía del retiro presidencial a que sus gobiernos le obligaban más o menos consciente ni declaradamente; no, sino las reflexiones dramáticas a que por manera mucho más directa que en La Corona trascendía su pensamiento. Incorporándolo a diferentes figuraciones humanas de la trágica controversia civil, que se dilucidaba en nuestra guerra. Estaba muy contento y el escribir le resarcía del retraimiento en que le tenían sumido15.
En el breve pasaje de la nota Preliminar, donde se menciona el procedimiento de estructuración formal seguido en la composición de La velada: «Exhibe [esta obra] agrupadas, en formación polémica, algunas opiniones muy pregonadas durante la guerra española, y otras, difícilmente audibles en el estruendo de la batalla, pero existentes, y con profunda raíz» (Lv, pág. 191), se establece el vínculo, sin que se lo nombre expresamente, con el género diálogo cuyo origen se remonta a la Antigüedad grecorromana.
Azaña estaba decidido en La velada a dar expresión artística, bien que fuera a través de una forma indefinida —La velada es un diálogo y no lo es; es teatro y no lo es; es novela y no lo es—, a un andamiaje ético-político construido sobre presupuestos personales. Esos presupuestos tenían por base una interpretación de la historia cimentada en el principio de la fidelidad a la individual «independencia de espíritu» (Lv, pág. 192). Ese absoluto confería a la historia el atributo de ser —un supuesto que nunca se da— verdadera e indisputable. Cuando se dice en la nota Preliminar: «Si el curso ulterior de la historia corrobora o desmiente los puntos de vista declarados en el diálogo, importa poco. No es el fruto de un arrebato fatídico. No era un vaticinio. Es una demostración» (Lv, pág. 191), no queda claro si se trataba de una demostración que era suma-resultado de todos los puntos de vista expresados por los distintos personajes o solo era una demostración de los puntos de vista de los personajes que expresaban los del autor. Los personajes tenían, también los que no pensaban como el autor, lo que era una necesidad para la dialéctica del diálogo, y también para la buscada hermenéutica, un alto grado de dependencia de su creador, pero, a pesar de ello, parecían creer que tenían independencia. Esa ilusión, creada-creída, es un efecto de la ficción literaria que es La velada. Para que se produzca ese capcioso efecto, es siempre necesario que en las obras de ficción haya una sutil combinación de engaño, que el autor siempre —es una necesidad de la ficción— causa a los personajes y a los lectores.
Volviendo a la red léxico-semántica resulta más que evidente que lo lúgubre tiene, desde el comienzo de La velada, una presencia dominante. Se debe incluso aseverar que tal presencia funciona como el leitmotiv de la obra. Edward Said explica, en su libro Beginnings, que «para todo escritor, el comienzo de una obra supone embarcarse en algo que está conectado con un designado punto de salida»; y añade: «la elección de un comienzo envuelve generalmente la elección de una consecuente intención». En conclusión, para Said: «El comienzo es el primer paso en la intencionada producción de sentido»16. Quizás habría que añadir que los comienzos responden también a la necesidad de colocar en un primer plano el tema principal de una obra y a menudo, sobre todo en obras que han sido escritas en una situación histórica límite, como es el caso de La velada, el punto de partida, el comienzo, responde a una dominante obsesión.
La repetición de referentes negativos, detallado en el vocabulario de la red léxico-semántica, constata la presencia de unas disforías que tiñen de negrura y tristura el texto. Pero, con todo, una lectura un poco cuidadosa permite descubrir al lector pequeños espacios de luz, de esperanza. Por ellos entran, en el comienzo de La velada, algunas euforías. Ahora bien, como se verá, las euforías no se encuentran ni en los hombres que luchan en los campos de batalla o en la retaguardia, ni en los partidos políticos o fuerzas sindicales; todo aquello, y también la República, estaba ya amortizado para Azaña cuando escribió La velada en abril de 1937. Las euforías se hallan tan solo en la naturaleza y en parte en la población de la España rural.
En el texto entre paréntesis que sigue al listado de personajes, aparece de pronto como un hálito de vida, que está para quien lo quiera ver, como fue el caso del autor-Azaña, en la naturaleza:
Declinante un día de marzo [de 1937], cortan la campiña del Panadés, la tierra fragosa, poblada de olivos y algarrobos, que vomita turbiones en el mar, las vegas de Tortosa, y desembocan en la Plana, llameantes los ocres de la costa sobre el agua azul, anegada en tintas de violeta la hosquedad confusa del Maestrazgo (Lv, pág. 195).
Poco dura, es cierto, este pequeño soplo de aire fresco: «A medio camino, un entierro» (Lv, pág. 195).
Otra euforía: Lluch-Azaña, ese dos en uno,
se place en la rápida carrera, en la paz de los campos, traídos a tal galanura y fecundidad por un trabajo de siglos. Masías blancas entre parcelas cobrizas recién labradas y siembras lozanas, brillante el verde jugoso de las mieses nuevas. Carros de labrador, de toldo alto, guarnecidos los arneses de las mulas con mucha clavazón dorada. Algún viñador poda las últimas cepas. La pincelada milagrosa de las flores parece soltarse de los frutales tempranos y volar, en la fuga del coche, al horizonte de sierras encanecidas (Lv, pág. 196).
Los malos augurios ponen raudo final a una visión de un mundo que tenía los días contados: «Lo arrasarán todo. Ni casas ni árboles quedarán en pie. Los hombres, fusilados. ¿Por qué no las mujeres y los niños? ¿No los vemos ya hechos pedazos? Nos llegará el turno... —murmura Lluch» (Lv, pág. 196).
Otra euforía más:
Anochecido, rinden viaje en el albergue ribereño del mar. Las brasas del poniente se enfrían, dejan nubes de ceniza. Témpanos blancos en el caserío del pueblo. Entre huerto y jardín, unos olivos. La silueta abrupta de Peñíscola, desgajada de tierra. Calma chicha. Las piedras de la orilla paladean un rizo transparente que se explaya sin ruido ni espuma.
Aquí empieza el coloquio que «se prolonga durante la cena y la sobremesa» (Lv, 198).
Antes de entrar en el coloquio, que es entrar en el contenido de La velada, importa recordar un fragmento, del texto entre paréntesis, del que he citado solamente unas frases sueltas y merece ser destacado en su totalidad:
A medio camino, un entierro. Cipreses verdinegros. Sobredorados por el ocaso, cobijan el cementerio contiguo a la carretera. Lluch detiene el coche. Sobre el féretro, una bandera roja y negra; detrás, el pueblo entero, alineado, y una música en silencio. Al paso del féretro, Lluch levanta el puño. Inquietud de Rivera. Otros del cortejo, contestan. Se oye el arrastrar de pies por la carretera. Algunos ojos escrutan el interior del coche, atraídos por los uniformes. Más lejos, una patrulla (Lv, pág. 196).
El Gobierno estaba seguro de que Madrid iba a caer ante el inminente ataque de los rebeldes y preparó su fuga. Primero, mandó el Gobierno a Azaña a Barcelona con la promesa de que a los pocos días se reuniría allí con él, pero el Gobierno cambió de parecer, y se instaló en Valencia. El presidente de la República tuvo, hasta el 7 de mayo de 1937, en que se trasladó a Valencia tras los sucesos de la insurrección de mayo17, la residencia en Barcelona y el Consejo de Ministros en Valencia. El albergue de Benicarló, a mitad de camino entre Barcelona y Valencia, fue lugar de numerosas reuniones entre Azaña y miembros del Gobierno que, como digo, estaba instalado en Valencia. El fragmento reproducido arriba tiene su origen en ese viaje de octubre porque cerca de Nules, a unos 80 kilómetros de Benicarló, vio Azaña «Dos cadáveres en la carretera» (Texto 2, Apuntes de memoria)18. Los dos cadáveres que vio, los convirtió en ese otro cadáver. El fragmento tiene una intensa solemnidad. Azaña, el suyo es un texto imaginado, quería dar protagonismo inicial a unos crímenes cometidos contra el pueblo español. Él, que era profundamente antianarquista, honra a un muerto cuyo féretro está cubierto con la bandera roja y negra, la bandera anarquista. Los viajeros habían detenido el coche y «al paso del féretro, Lluch levanta el puño». Otros del cortejo, hicieron lo mismo. Todos los presentes, entre los que incluyo al propio Azaña, están profundamente emocionados. El cementerio estaba cobijado por unos «cipreses verdinegros», que en aquella hora última de la tarde estaban «sobredorados por el ocaso». La naturaleza le decía, con toda su poesía, el último adiós al muerto. También se despedían de él, detrás del féretro, «el pueblo entero, alineado, y una música en silencio».
Azaña no dio presencia al pueblo en La velada. Ninguno de los contertulios era representante del pueblo. El interés principal de Azaña era escribir un diálogo sobre la dimensión política y ética de la guerra. Pero todo ello puede llevar a engaño porque, como se verá en el resto de esta introducción, el pueblo tiene en La velada una destacada presencia.
En la nota Preliminar se avisa de que los personajes «son inventados», pero sus «opiniones», y el «estado de espíritu» revelado por ellas, [son] rigurosamente auténticos, todavía comprobables, si valiese la pena. Todas concurren a mostrar una fase del drama español, mucho más duradero y profundo que la atroz peripecia de la guerra» (Lv, pág. 192). Los personajes y las opiniones que transfieren —hacerlo es su principal razón de ser— funcionan como correas de transmisión de unas realidades que estaban en aquella España en guerra y eran tematizadas en la discusión-diálogo. Es eso lo que les confiere el estatuto, aparente-ficticio, de personajes con personalidad propia. Hasta se ha dicho, con razón, que unos pocos de ellos reflejan-representan tan claramente los pensamientos del autor que se les puede considerar sus sosias o trasuntos. La contrapartida dialéctica de esos personajes está representada por los que opinan de modo contrapuesto. Los argumentos de estos ocupan siempre, señal de que eran meras comparsas, un espacio menor. Sus intervenciones suelen tener la finalidad de provocar —aunque no se aluda a ello en La velada resulta evidente— la respuesta, a menudo larga y detallada, de los personajes portavoces del autor.
Pondré de ello unos ejemplos. Barcala aguijonea la sensibilidad a flor de piel de Garcés con este comentario:
Por excusar enojos me abstengo. Existe para que nuestra indudable victoria no sea estéril [...]. El pueblo se encargará de que la victoria fructifique. No se combate solamente para derrotar a los rebeldes, sino para sacar adelante la revolución (Lv, pág. 248).
Era este un comentario sobre el debate, motivo de durísimos enfrentamientos —como los de Barcelona de mayo de 1937—, que giraba en torno a la cuestión de priorizar la guerra sobre la revolución, que Azaña, el Gobierno y el PCE defendían, o hacer al mismo tiempo la guerra y la revolución, que defendían, entre otros, los anarquistas de la CNT y la FAI, y los trotskistas del POUM. Además, el comentario de Barcala introducía, de refilón, el topos-cantinela del pueblo-miliciano, cuyo protagonismo en los campos de batalla era convertido en la razón justificativa del binomio guerra-revolución. La respuesta de Garcés, por boca suya hablaba Azaña, no se deja esperar y la breve intervención de Barcala provoca una invectiva demoledora del exministro19.
Esta práctica de la argumentación breve y refutable, de unos, y la contraargumentación expandida e irrebatible, de otros, es la manifestación de un ventajismo discursivo que, solo en pocas excepciones, deja de ser la pauta seguida a lo largo de La velada. Un diálogo que se desarrolla en esos términos tiene mucho de diálogo impostado porque con él se trata más de encumbrar, como hacía «el sacerdote o el rey», la verdad propia del poderoso, la verdad de ese uno que tiene la potestad del ordeno y mando, que de buscar con la dialéctica del diálogo, la verdad unitaria, compartida; o la utopía de una tal inexistente verdad. La verdad dialogada y consensuada por todos suele terminar, como toda irrealizable utopía —¿hay alguna que sea realizable?—, teniendo poco de verdad; o al menos de verdad indisputable, absoluta. El diálogo, cuando aparecen los muros infranqueables de la subjetividad irreductiblemente mandona, quiebra el esquema socrático. Así, tal diálogo resulta incompatible —turbadora ironía— con la intención y la razón de ser del diálogo, sea socrático o no. Azaña, en los Diarios como en La velada, es un narrador que tiene cogida siempre la sartén por el mango. Por ello, su credibilidad, tanto en los Diarios como en La velada, resulta lastimada. En una de sus extensas intervenciones, dice Garcés:
Todo es confuso y difícil en la materia [se refiere al verdadero interés nacional], pero se admite comúnmente que en ciertos momentos, delante de ciertos asuntos, todas las diferencias deben cesar y plegarse las banderas. Como si en la baraúnda de las controversias apareciese de pronto una verdad axiomática ante la cual es forzoso rendirse. Verdades de tanto poder, han de ser pocas (Lv, pág. 300).
Cuando Azaña escribió La velada, hacía algún tiempo que había dejado de lado la escritura de sus Diarios que, por cierto, retomó poco después. En los Diarios hablaba en primera persona, sin otras mediaciones que no fueran los filtros visibles-invisibles de sus anteojeras, filtros que le hacían ver las cosas de una u otra manera y casi nunca del todo como eran. Los suyos, como los de todos, eran juicios-miradas teñidos por el color del cristal con el que se piensa-mira. No era nada extraordinario porque él y todos no vemos más allá de lo que alcanzamos a ver y ese alcance nunca es todo lo que hay y es. Nadie está libre, en fin, de prejuicios y de carencias.
Azaña, que en los Diarios no hablaba por boca de otro o de otros, sino por la suya, optó en La velada por hacerlo solapando lo que tenía que decir con lo que decían otros, algunos sus sosias. Por todo ello, es obligado preguntarse: ¿era la de La velada una escritura diferenciada de la anterior, la de los Diarios? ¿Dejaba hablar por su cuenta y riesgo a los personajes del diálogo o seguía hablando solo él como en los Diarios? ¿Era el diálogo un artificio para establecer una hermenéutica cuya dialéctica estaba centrada en sí mismo? ¿Era, en suma, el diálogo de La velada un verdadero diálogo?
Los Apuntes de memoria, textos inéditos de Azaña escritos casi telegráficamente, que fueron recuperados, transcritos y publicados por Enrique de Rivas, no responden a la pregunta de si La velada era o no un verdadero diálogo, pero aclaran, tanto o aún más que los Diarios, que La velada tenía mucho de autobiografía; la forma dialogal era sobre todo una estrategia narrativa para contar experiencias personales y saberes basados en experiencias vividas o recabadas de informantes.
Para Santos Juliá, el primer testimonio —hace esta tajante afirmación por desconocer Apuntes de memoria— de su desesperación y horror por los asesinatos ocurridos en la zona republicana se remonta a la terrible noche del 22 de agosto en que tuvo lugar la matanza de la Cárcel Modelo. El populacho, formado por muchos milicianos anarquistas que merecen ese calificativo, asaltó la Cárcel Modelo por la tarde y puso en libertad a los presos comunes. Seleccionó entre los presos políticos unos treinta, todos de una gran relevancia social y política, y por la noche, tras una parodia de juicio, los fusiló. Entre ellos estaba Melquíades Álvarez, presidente del Partido Reformista al que había pertenecido Azaña. El Gobierno había perdido el control de la situación. La matanza de la Modelo fue un grave golpe para su reputación en el exterior. En algunos medios del interior, cercanos a los autores de aquellos horripilantes crímenes, se buscaron excusas que eran, en el fondo, una manera de justificar lo injustificable.
Cuando Garcés argüía que «una conducta noble, sin otro rigor que el de la justicia, habría robustecido la autoridad de nuestra causa» (Lv, págs. 267-268), estaba aludiendo al asalto de la Cárcel Modelo y a los asesinatos de presos políticos. Era una vivencia de Azaña que recordaba a través de su personaje y lo hacía además con una autorreferencia directa e indirecta:
Yo estaba en Madrid la terrible noche de agosto en que fue asaltada la cárcel y asesinadas por una turba furiosa algunas personas conocidas. Yo también hubiese querido morirme aquella noche, o que me mataran. La desesperación no me enloqueció... ¡Ingrata fortaleza! [autorreferencia directa]. El presidente del Consejo lloraba lágrimas de horror. Razón le sobraba [autorreferencia indirecta] (Lv, pág. 268).
Pero no fue el primer crimen bárbaro, ni mucho menos el último, que causó tanta desesperación a Azaña. Unos días antes, el 13 de agosto, el magistrado Salvador Alarcón Horcas, que había sido el instructor del sumario contra Azaña por su supuesta participación en los sucesos de Barcelona de 1934, fue asesinado en la Casa de Campo. En ese juicio, Ángel Ossorio y Gallardo fue su abogado. En Apuntes de memoria, «Texto 1», nos encontramos con esta breve anotación: «Asesinato de Alarcón. Mis gritos de indignación. Hubiera querido salvarle», que va seguida de unos comentarios espeluznantes de Ossorio: «Lo que me dice Ossorio [al ver a Azaña fuera de sí]. La lógica de la historia. Todos los que fueron injustos han caído. Una nueva civilización. Mi negativa a aceptar sus puntos. ¿Qué nueva civilización20? [...]. Sigo el mismo. No me ha derrumbado nada21. Carezco de ese poder de adaptación, que me maravilla en Ossorio, tan amigo de la juridicidad»22.
Ossorio le había visitado también poco después de los espantosos sucesos de la Cárcel Modelo. Le encontró en un estado de gran abatimiento, y le habló de su horror y del «conflicto de conciencia en que el caso me había puesto». La reacción de Ossorio estuvo en la línea que tuvo en el caso anterior. De ello y de la conversación que mantuvieron dio cuenta Azaña en este pasaje de sus Diarios:
—¡Vaya! ¡Nos ha engañado usted, o nos hemos engañado! ¡Le creíamos a usted un hombre terrible, y resulta que es usted una buena persona! ¡Qué chasco! Yo no justifico nada; no. Pero está en la lógica de la historia. Note usted que muchos de esos hombres, hace dos años, creyéndose los amos del país, hicieron algunas atrocidades, y a usted mismo le envolvieron en una maraña, en la que participaron políticos, magistrados, policías y algunos militares, con el sano propósito de fusilarlo a usted. ¡Pues ya ve usted: son ellos los fusilados! El pueblo no se había olvidado de aquellas atrocidades. Está en la lógica de la historia.
—También han matado al juez Alarcón.
—Lo sé. Otro prevaricador. Y todavía en esta situación andaba por ahí diciendo palabras imprudentes.
—Para mí ha sido un trago amargo, precisamente porque me persiguió. Si yo hubiese sabido que Alarcón corría peligro, hubiera sido capaz de esconderlo en Palacio.
—¡Quijotismo, del más peligroso! ¡El presidente de la República escondiendo a un faccioso!
—¿Para librarlo del asesinato? Sin dudarlo. Aparte la piedad, ¿no se da usted cuenta del daño que nos hacen esas cosas?
La actitud de Ossorio, normal aunque no aceptable en persona de distinta extracción, me confundía. [...]. Ossorio, monárquico sin rey hasta los primeros meses de la República, era la expresión de la estricta «juridicidad»23.
Y más atrocidades, que aún no se las habían confirmado: «Ortueta, los de Alcalá, el comandante Carmona»; y el proceso de José Antonio Primo de Rivera y su más que probable ejecución, que tuvo lugar el 20 de noviembre de 1936:
Conversación con Just acerca del destino de Primo de Rivera. Con Funes, para que alargue el proceso. Cuando le telefoneo para lo del salvamento de Primo de Rivera, me cuenta que acaba de enterarse de los 52 fusilamientos de Alicante. Lo de Murcia. El estímulo de enfrente. Cifras: Badajoz, Sevilla, Navarra, la Rioja, Coruña, Palencia, Valladolid... No me consuela de nada24. Abismo de odio y barbarie. Desconsuelo, y hundimiento de mi pensamiento político. Razones y opiniones para gobernar25.
Aparte la gravedad de esos sucesos, y de la justificación de Ossorio igualmente grave, la violencia, que aparece tematizada en el texto frontispicio de Apuntes de memoria tiene su correlato en las primeras páginas de La velada. En el «Texto 0» escribía:
Me han pasado tales turbonadas por el espíritu, tales nubes, pisoteados los sentimientos, que si los reprodujese hora por hora, fielmente, serían el más lúgubre, desesperado, angustioso, insoportable [testimonio, creo falta añadir a este incompleto texto]26.
Ello equivaldría a hacer una crónica, lo que, dice en ese mismo fragmento, no entra en su propósito. Su propósito es trasladar en los Apuntes: «La disposición demostrativa y de ordenación de mi ánimo»27. También: «Conocimiento del paisaje moral de España. Sus hombres»28. El tema central de los Apuntes era
político: conclusión trágica del primer tercio del siglo. Marcha iniciada en 1900. Desemboca en un cataclismo. La República, fórmula transaccional. Ira española. Odio. Incultura. Velocidad del choque desde 1934. No se me ha derrumbado nada29. Angustia por España30.
Todo ello, que es la parte central de lo que pretendió hacer en La velada, gira en torno a él mismo. Por eso, volviendo a la pregunta de si La velada era o no un diálogo, difícilmente lo podía ser cuando las voces de los que participan en el diálogo son transposiciones literarias, forma literaria, de una obsesión que llevaba Azaña, desde el 18 de julio de 1936, hincada en su conciencia.
En Apuntes de memoria se puede rastrear, como también en los Diarios, que lo narrado-dialogado en La velada está basado en muchos referentes reales sin que, en La velada, por su condición de texto con pretensiones literarias, hubiera el mismo propósito de exactitud que en los Diarios o en Apuntes de memoria. Más que la transposición fidedigna de los hechos, importaba aprehender el sentido —de ahí el empeño reiterado una y otra vez en Apuntes de memoria y en La velada de ser «una demostración»— que su huella deja en el ánimo. En el «Texto 0», repite la palabra ánimo: «Captación del ánimo», «ordenación de mi ánimo».
En el «Texto 2», que lleva el título «Cataluña», empiezan las denuncias a los políticos de la Generalidad porque solamente pensaban, comprueba con pesar, en Cataluña. El tema tiene en La velada una marcada presencia. Mantiene primeros encuentros con Companys, presidente de la Generalidad y los consejeros Tarradellas, Gassol y Aiguadé, de ERC; con Comorera, del PSUC; con Fábregas y García Oliver, de la CNT. La impresión de esos primeros encuentros anuncia lo que tiempo después escribiría sobre la Generalidad en La velada:
Deprimidos. Angustia por la suerte de Madrid. Su efecto en Barcelona. Y el de un ataque a Cataluña. El frente de papel. Un cartucho por soldado. El destino será común. Hayan hecho o no exploraciones, están convencidos de que nada pueden esperar. Mis argumentos: Si Francia no se ha atrevido a enojar a Italia y Alemania enviándonos municiones, menos las enojaría protegiendo una Cataluña independiente (Martínez Barrio opina de otro modo). Capacidad de resistencia, pocos. Inconvenientes de no haber conocido la guerra. Mi opinión de salvar todo lo más posible: Si cae Madrid, «humanizar la paz». La falta de material. Quejas contra el Gobierno. Consigna repetida: el Gobierno los deja abandonados. Así, si ocurre algo, la ciudad se revolverá contra el Gobierno de Madrid. Mal ambiente contra Largo [Caballero] entre los sindicatos31.
Denuncia que Fábregas, García Oliver y Mariano R. Vázquez, alias Marianet, de la CNT-FAI, le habían pedido, porque, según ellos, era su responsabilidad, que les permitiera entrar en el Gobierno. Azaña les había respondido: «Que se lo planteen al Gobierno»32. Poco después: «Nueva visita de los CNT. Me niego a recibirlos»33.
Así las cosas, ¿alguien de la ideología CNT-FAI o POUM, a quienes despreciaba Azaña, un burgués liberal, iba a ser incluido como contertulio en La velada?
Los personajes de La velada que llevan la voz cantante se hacen a menudo entre ellos preguntas, que suelen ser escuetas, y provocan extensas respuestas. Pero porque piensan lo mismo, o casi, no se trata propiamente de una contrarréplica, como en el caso que señalo más arriba34. Garcés le hace esta escueta pregunta a Lluch, que había sido médico en el Alto Aragón: «¿Funcionaba [allí] el comunismo libertario?» (Lv, pág. 213). Nada de la extensa respuesta de Lluch tiene pérdida. La escueta pregunta de Garcés, otras veces su sosias, permite a Azaña exteriorizar, a través de Lluch, que era también su sosias, el rechazo del anarquismo y de la violencia republicana; la otra, la de los llamados nacionalistas, también la denunció en La velada, como no podía ser de otro modo:
Mientras yo estuve allí, no, señor. Hubiese sido bueno que funcionase algo. Mucha gente había desaparecido, el dinero totalmente. Los víveres se repartían con desigualdad tradicional, pero ahora estaban en turno otras personas. Gran confusión, voluntad excelente, miedo avasallador. Donde antes había una persona para desempeñar un servicio medianamente, cuando no mal, encontré siete, doce o veinte, convencidas de hacerlo todo muy bien a fuerza de discusiones. [...]. Hallé un hospital junto a una cuadra de animales. En largos coloquios con los mandones del lugar, obtuve un caserón para albergar heridos, inmediato al cementerio. «Será por la escasez de transportes», me dije, cediendo al mal humor (Lv, págs. 214-215).
Cuenta Lluch a continuación que fue testigo cercano de unos terribles asesinatos. Santos Juliá sospecha que podía tratarse de una experiencia personal porque en los días que pasó en el Palacio Nacional, antes de abandonar a finales de octubre Madrid, como hizo poco después, comienzos de noviembre, el resto del Gobierno, se fusilaba en las tapias cercanas. De ser así, el que escuchaba por las noches las descargas de fusilería y aquella noche de los hechos que relata estaba tomando el fresco con los codos apoyados en la ventana de un cuarto, no sería el doctor Lluch, sino el presidente Azaña:
Casi todas las noches a las altas horas, sonaban en el cementerio descargas de fusilería. La primera vez pregunté: «¿Qué disparos son esos?». Tres sujetos estaban conmigo. El uno, muy ceñudo, no contestó. Otro, sonriéndome con sonrisa de connivencia, repuso: «¿Qué ha de ser?», sin más. El tercero me dijo: «Fusilan en el cementerio», como podía haber dicho: «Está lloviendo». Una noche, a fines de agosto, mientras de codos en la ventana de mi cuarto tomaba el fresco, sonaron en el cementerio tres descargas. Después, silencio. ¿Qué pasaba por mí? ¡No sé! Me parecía ver la escena, como si el cementerio, rodeado de tiniebla, se hubiese iluminado. No podía quitarme de la ventana. De allí a poco, se oyó un gemido. Escuché. El gemido se repitió, más recio, creció hasta ser alarido, intermitente, desgarrador... Aquella oscuridad, el silencio... Nadie respondía. El casi muerto, en el montón de los ya muertos, gritaba de espanto, devuelto a un poco de vida, más horrible que su muerte frustrada. El grito venía en derechura disparado contra mí. Traje a la ventana a unos empleados del hospital. «¡Vamos a buscarlo, quizá se salve!». Rehusaron, porfié, me lo prohibieron. ¡Quién se mezcla en tales asuntos! Todo lo más, enviar un recado a la alcaldía. Se envió el recado. Pasó tiempo. ¡Tac, tac! Dos tiros en el cementerio. Dejó de oírse el gemido (Lv, pág. 215).
El Azaña de los primeros meses de guerra
llevaba ya en su alma —acierta a señalar Aldo Garosci— la herida incurable de los horrores y muertes que le había correspondido presenciar. Creía aún en la victoria del principio, pero con la profunda alegría del constructor; en cualquier caso, sentía vulnerada su obra y solo le sostenía el sentido del deber, que con tanta frecuencia aparece en sus palabras35
como en las que pronunció en el discurso de Valencia:
Vendrá la paz, y espero que la alegría os colme a todos vosotros. A mí, no. Permitidme decir esta terrible confesión: que desde el sitio que estoy no se cosechan, en circunstancias como esta, más que terribles sufrimientos, torturas del ánimo de español y de mis sentimientos de republicano. Ninguno de nosotros hemos querido este tremendo destino. Ninguno lo hemos querido. Hemos cumplido el terrible deber de ponernos a la altura de este destino. Vendrá la paz y vendrá la victoria; pero la victoria será una victoria impersonal: la victoria de la ley, la victoria del pueblo, la victoria de la República. No será el triunfo de un caudillo, porque la República no los tiene y porque no íbamos a substituir el antiguo militarismo oligárquico y autoritario por un militarismo demagógico y tumultuario, más funesto que el otro y más ineficaz todavía en el orden profesional. La victoria será impersonal, porque no será el triunfo de ninguno de nosotros, ni de nuestros partidos, ni de nuestras organizaciones. Será el triunfo de la libertad republicana, el triunfo de los derechos del pueblo, el triunfo de entidades morales delante de las cuales nosotros nos inclinamos.
No será un triunfo personal, porque cuando se tiene el dolor de español que yo tengo en el alma, no se triunfa personalmente contra compatriotas. Y cuando vuestro primer magistrado erija el trofeo de la victoria, seguramente su corazón de español se romperá, y nunca se sabrá quién ha sufrido más por la libertad de España36.
Este fragmento del discurso de Azaña recibió en su día estos comentarios de Aldo Garosci, cuyo estudio sobre Azaña y La velada —lo he citado un poco más arriba— ha sido pionero y en extremo incisivo:
No se han oído a menudo, en los anales de los sucesos europeos, expresiones de tal índole. Si en alguna ocasión los protagonistas de la lucha se han abandonado a confidencias humanas, la cosa se presentaba como una intrusión, como una injustificada intrusión del propio yo en un drama político. Y quizás también Azaña, juzgándole estrictamente desde el punto de vista político, no tenía un derecho absoluto a revelar aquellos sentimientos suyos, pues quien ya ha entrado una vez en el círculo de las resoluciones políticas, no tiene más remedio que aceptar las consecuencias de la posición que acepta. A pesar de todo no se puede negar a las palabras citadas, en su tristeza mortal, una preocupación española de humanidad, que las eleva, por encima de la fuerza y la esperanza, a la contemplación de una piedad desaparecida37.
Ha habido otras ocasiones en las que «los protagonistas de la lucha se han abandonado a confidencias humanas». Lo señaló Jorge Semprún en el discurso inaugural que pronunció en el Coloquio internacional, «Azaña et son temps», que, dirigido por Jean-Pierre Amalric y Paul Aubert, se celebró del 2 al 5 de noviembre de 1990 en Montauban. Jorge Semprún dijo en su discurso:
L’étrange défaite (La extraña derrota) de Marc Bloch, A l’échelle humaine (A escala humana) de Léon Blum, y La velada en Benicarló de Manuel Azaña son libros que se pueden comparar, manteniendo todas las proporciones, teniendo en cuenta todas las diferencias de su creación cultural, de su horizonte político inmediato, de las circunstancias mismas de su escritura. Se trata de libros que reflexionan sobre la democracia, sobre la razón democrática, y que reflexionan sobre períodos de derrota: Azaña al final de la Guerra Civil española, Marc Bloch y Léon Blum tras el aplastamiento de Francia por los nazis. Pero son libros que, los tres, de diferente manera, postulan la victoria final de la razón democrática. No fue fácil en 1940, no fue fácil en 1937, no fue fácil en esos años luchar por la victoria de las ideas democráticas, postular esta victoria y hacer del hilo conductor de un pensamiento y un análisis que, repito, podría ser comparado y comparable entre todos estos hombres. Y me alegró mucho encontrar en el mensaje de Lionel Jospin38 la alusión que hizo a Léon Blum y la fugaz comparación que hizo al evocar el interés de reflexionar sobre la obra de Blum junto a la de Manuel Azaña39.
Franco Meregalli, que en un artículo sobre Azaña publicado en 196940 apuntaba que Azaña dejó aflorar en La velada su estado de ánimo que durante los primeros meses de guerra estaba dominado por la desolación, recordó estas palabras de la nota Preliminar: «Sería trabajo inútil querer desenmascarar a los interlocutores, pensando encontrar, debajo de su máscara, rostros populares. Los personajes son inventados. Las opiniones y, como se dice, el “estado de espíritu”» (Lv, pág. 191); y estas otras, también de esa nota: «la furia fratricida ha llevado el ánimo de algunas personas a tocar desesperadamente en el fondo de la nada» (Lv, 192). Calificar de trabajo inútil la identificación de los personajes, como advertía Azaña, podría explicarse porque, en efecto, su intención era establecer un diálogo con opiniones que estaban en el aire y se las podía palpar, convertir en voces-personajes de una ficción, que compendiaban y reflejaban eso que él llamaba un «estado de espíritu». Ese sería el tema de La velada una obra con una pluralidad de personajes con aparente voz propia. O tomada prestada, si se quiere, de ese, también más aparente que real, inidentificable conjunto de opiniones que era el «estado de espíritu» —el de Azaña, no el de todos los contertulios—. Meregalli sospechaba que cuando se decía en la nota Preliminar que «la furia fratricida ha llevado el ánimo de algunas personas a tocar desesperadamente en el fondo de la nada», no hacía Azaña alusión a «algunas personas», sino a sí mismo; y cuando decía al final de la nota Preliminar que sobre todo había que valorar «el que algunos hayan mantenido, en las jornadas frenéticas, su independencia de espíritu», también en ese «algunos» hacía nuevamente alusión a sí mismo41. Eduardo Haro Tecglen no albergaba la menor duda, en un artículo de 1980, de que La velada era «un desdoblamiento de la propia manera de pensar [de Azaña], que estaba fragmentada en esos momentos»42. Ignacio de la Vara compartía, también en 1980, ese mismo parecer: «Nadie nos impide pensar que esas personas [los personajes del diálogo] se concretan precisamente en una, Manuel Azaña». Ese pensamiento le llevaba a la categórica conclusión de que en La velada «Azaña es todos»43.
Aduce Meregalli, en pro de su argumentación, que Azaña estaba haciendo en La velada, lo mismo cabría decir en parte de sus Diarios, un trabajo de interpretación —me parece una evidencia indisputable— de la realidad. Era presidente del Gobierno de la República, un cargo que, desde julio de 1936, estaba casi desposeído de funciones. Esa situación le permitía disponer de mucho tiempo para pensar; y también para alimentar su desolado estado de ánimo. Era, además de político, un intelectual —o era, quizás habría que puntualizar, más intelectual que político—, que siempre tuvo un gran apego a coger la pluma. Prueba de ello la da la publicación en 1966-1968 de sus obras completas en cuatro volúmenes y posteriormente, en 2007, la edición que ampliada tiene siete volúmenes44. La doble condición de intelectual y político de Azaña, dejando de lado el orden de prelación, hizo argumentar a Meregalli que en La velada había elevado Azaña «a nivel teórico no solo sus posiciones personales, sino también las de quien, alrededor de éI, era capaz de proponerle alternativas»45. Ello, y el que fuera característico de Azaña «reflejarse en su inteligencia en medio de la batalla», como ya había hecho en los Diarios, incluso en los intensísimos años 1931-1932, le llevaba a concluir: «La velada en Benicarló no debe ser entendida, por tanto, como una evasión de la realidad de la guerra civil; al contrario, supone un enfrentarse a esta realidad en el plano intelectual y valorativo; es una premisa de la acción»46. Que no era La velada obra de evasión resulta a todas luces indisputable, pero que lo fuera de acción, se puede, pienso, poner en duda. Sobre todo, si se entiende la acción como una instancia con capacidad de transformar la realidad o de meramente desviar, aunque solo sea ligeramente, su curso. Salvo en contadas ocasiones, Azaña había dejado de tener desde julio de 1936, abundan las pruebas de ello, influencia en la política; su papel era representativo y ese menguado papel lo era además solo en la sombra47. Explica ello a la vez que viviera prácticamente aislado de la realidad y que, una cosa lleva a otra, su círculo de relaciones fuera muy limitado. La guerra le empujó a Barcelona, luego a Valencia, luego otra vez a Barcelona, y luego al exilio48, donde tocó «el fondo de la nada». A ese fondo se había referido, ha quedado señalado ya, en la nota Preliminar. El enfrentarse a la realidad «en el plano intelectual y valorativo», que define para Meregalli el discurso de La velada —a la premisa de la acción, cuestión discutible, le acabo de hacer unas puntualizaciones—, no debería presuponer necesariamente que más allá de «sus posiciones personales» buscara, o simplemente escuchara a quienes a su alrededor pudieran —se atrevieran a— «proponerle alternativas». Meregalli creía que hubo esa busca y creía también que Azaña era persona en disposición de escuchar a los demás, tomarlos en cuenta, dejarse convencer por ellos y llegar a cambiar algunos de sus más profundos pareceres. No sé en qué criterios fundamenta Meregalli esa creencia. Me temo que hay pocas pruebas que avalen el que Azaña fuera adepto del diálogo, o que lo fuera hasta esos extremos. Esa creencia de Meregalli, que solo comparto con las señaladas reservas, le lleva, a pesar del aviso hecho por Azaña, a no considerar «labor inútil, ni por otra parte difícil, identificar a los interlocutores»49 de Azaña en La velada. Pero se apresta enseguida a puntualizar, como curándose en salud, que esa busca, lo que enmaraña aún más su argumentación, no había que hacerla, «en el sentido de que [los interlocutores] sean identificables con personas vivas, sino en el de que las actitudes esenciales de su pensamiento y carácter son de personas vivas; cosa comprensible y capaz de garantizar la autenticidad vital de la obra»50. Aun dando por válido que así fuera, sigue en pie, o lo sigue al menos para mí, el interrogante de por qué tenía que haber esa condición de personas vivas identificables para garantizar la autenticidad-credibilidad de lo que Azaña insistía en llamar un «estado de espíritu». Aldo Garosci, que considera La velada
una obra extraña, una obra como pocas otras se pueden encontrar en la literatura política: afirmación de fe y, al mismo tiempo, de profundo, desesperado escepticismo; hábil copia de una conversación corriente, pero, a la vez, armoniosa en sus temas y de una tensión apasionada;
y añade:
Una obra escrita no por razones estéticas, sino casi por motivos de expiación y desahogo, y cuya unidad se halla, sin embargo, en el sentimiento de la vida que se agita entre la angustia y no en las verdades que expone con fines didácticos, las cuales brillan como piedras de un mosaico bajo la luz y no como elementos lúcidos de una demostración. Resulta paradójico y amargo —y esta es quizás la última amargura— que sea la obra máxima de un hombre que llegó a la política impulsado por una experiencia estética y moral, y que terminó, por encima de la política, con otra experiencia de signo muy semejante51.
Los fantasmales contertulios de una noche mediterránea en 1937 —tengo para mí que esa condición fantasmal avalora más su autenticidad-credibilidad que si fueran personas vivas identificables— no tenían otra textura que la de las pesadillas de un hombre lógico-ilógico en discusión lógica-ilógica consigo mismo. Azaña, aislado e interiormente escindido, se revuelve solo con sus ideas contra las de aquellos a quienes concede beligerancia, e intuye que todo está perdido, que solo le esperaban la caducidad y la muerte. Que hubiera unas pocas voces que ayudaron a Azaña a incitarle y hasta a darle argumentos y contraargumentos, no por ello dejaba de girar todo en torno a ese interior de su propia vida que, desde julio de 1936, iba a ser —en palabras de Adorno— una «vida dañada»52.
Sigamos, con todo, a Meregalli en su rebusca identificativa. Es llamativo, y a la vez muy sintomático, que empiece por señalar concomitancias entre las ideas de algunos de los personajes, todos son ficticios, y las de un personaje real, Azaña, que no figura como personaje real o ficticio en la obra, pero las concomitancias las hay en ese doble plano real-ficticio, por lo que es apropiado, y hasta necesario, establecerlas. El doble plano real-ficticio lo tiene Azaña —se le ha llamado con razón personaje fantasmal— en La velada. O lo tienen sus ideas, que son las que rondan por todos los entresijos de La velada.
Al principio —dice Meregalli—, dominan dos interlocutores, el médico Lluch y después el abogado Marón; pero a continuación sobresalen otros dos, Garcés y Morales; este último domina hacia el final del diálogo. Así pues, es indudable que Garcés y Morales reflejan diversos aspectos del ánimo de Azaña53.
La palabra ánimo se queda corta, porque esos personajes, a los que cabe considerar, como vengo insistiendo, sosias de Azaña, daban expresión a la principal preocupación de Azaña, que era, como señala Meregalli, «salvar lo salvable de España, que, en un último análisis, se revelaba en él como un amor más fuerte que la República»54.
Abundan los ejemplos de esas concomitancias que se debían a las complicidades entre Azaña y, en particular, algunos de sus personajes. Meregalli acude a estas palabras de Garcés: «Mi comprobada ineptitud política se engendra de atenerme con rigor a lo demostrable» (Lv, pág. 232), para señalar que «un paciente trabajo de cotejo» podría demostrar que esa y otras afirmaciones «se vuelven a encontrar en los escritos en los que Azaña expresa directamente su pensamiento»55. Recuerdo, por mi parte, que lo de «atenerme con rigor a lo demostrable» aparece en la nota Preliminar: «No es el fruto [los puntos de vista declarados en el diálogo] de un arrebato fatídico. No era un vaticinio. Es una demostración». Serlo era un empeño reiterado. Lo de: «Mi comprobada ineptitud política se engendra...» no es tanto un reconocimiento de limitaciones propias como la aserción, puesta en negativo, de que la aptitud política la tenía él y los pocos que, como él, se atenían «con rigor a lo demostrable». Se colocaba él ahí en el centro y, por cierto, no pecaba de modesto. O era la soberbia, expresada en tono menor, del justo.
Todo Azaña está asimismo en estas palabras de Garcés:
Hay dos cosas respetables y si me atreviera a emplear vocablos pomposos, diría que sagradas: una es la causa misma de la República, su derecho; otra es el sacrificio de los combatientes, que arrostran la muerte o la padecen abnegadamente (Lv, 252).
Habla Azaña por boca de Morales, su otro sosias, cuando este dice:
Ninguna política puede fundarse en la decisión de exterminar al adversario. Es locura, y en todo caso irrealizable. No hablo de su ilicitud, porque en tal estado de frenesí nadie admite una calificación moral. Millares de personas pueden perecer, pero no el sentimiento que las anima. Me dirán que exterminados cuantos sienten de cierta manera, tal sentimiento desaparecerá, no habiendo más personas para llevarlo. Pero el aniquilamiento es imposible y el hecho mismo de acometerlo propala lo que se pretende desarraigar. La compasión por las víctimas, el furor, la venganza, favorecen el contagio en almas nuevas. El sacrificio cruel suscita una emulación simpática que puede no ser puramente vengativa y de desquite, sino elevada, noble. La persecución produce vértigo, atrae como el abismo. El riesgo es tentador. Mucho puede el terror, pero su falla consiste en que él mismo engendra la fuerza que lo aniquile y al oprimirla multiplica su poder expansivo (Lv, pág. 243).
La réplica casi literal de estas palabras se encuentra en el pasaje del discurso que Azaña pronunció en Valencia en 1938. En él, recordó que en Valencia, en una ocasión anterior, se había opuesto a que se pudiera considerar el «exterminio ilícito» del adversario56.
Santos Juliá asegura tajantemente que La velada «es, en realidad, una dramatización de conversaciones» mantenidas con su muy limitado círculo de relaciones: unos pocos amigos íntimos, como su cuñado Cipriano de Rivas y Ángel Ossorio y Gallardo; Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos, Diego Martínez Barrio o Claudio Sánchez Albornoz, que eran o habían sido ministros y embajadores; unos pocos generales y altos funcionarios del Estado y de la Generalidad, el alcalde de Barcelona Carles Pi i Sunyer y poco más. Ese círculo de relaciones existió, pero no basta en absoluto para dar por seguro que La velada fue la dramatización, o transposición literaria, de sus conversaciones con los que formaban parte de ese círculo; es muy aventurado. Manuel Aragón, por su parte, había intentado, antes que Santos Juliá y siguiendo en esta cuestión a Aldo Garosci y a Meregalli, atribuir nombres concretos a algunos de los personajes de la ficción que es La velada. Lo hizo, también como Garosci y Meregalli, con mucha cautela. Muestra de ello es que, si dice: «Azaña se desdoblaría en Garcés y Morales; Marón sería Ossorio y Gallardo; Pastrana, Prieto; Barcala, Largo Caballero», a renglón seguido añade:
Creemos que esta cuestión sería imposible de determinar con exactitud, aparte de completamente inservible para la comprensión de la obra. Por un lado, si bien es cierto que Azaña está en Garcés y Morales, por otro, también lo es que pone algo de su propio pensamiento en el resto de los personajes. Azaña, creador literario y, además, fuertemente subjetivista, no puede, aunque lo pretenda, desligar de su propio pensar a los personajes que crea. Aparte de ello, aunque Pastrana se asemeja un poco a Prieto y Barcala a Largo Caballero, los personajes de la obra, más que hombres concretos, representan actitudes políticas típicas; así la postura socialista democrática en general (incluidos Besteiro y Fernando de los Ríos) está cuajada en Pastrana, mientras que la vertiente de socialista más radical (comunistas, incluidos [no veo yo esa inclusión]) está en Barcala; hay algo de Negrín en el doctor Lluch, pero también hay algo de Azaña (del Azaña desesperanzado en momentos de crisis en los que como cuenta en el prólogo [nota Preliminar] de La velada, su desesperación le llevó a tocar algunas veces «el fondo de la nada»). En Morón no solo está Ossorio sino muchos republicanos liberal-conservadores. En los personajes militares quiere dejar constancia de lo que para él representó el Ejército: republicanismo, autoridad, competencia profesional y honradez. Rivera y Paquita Vargas tienen un carácter meramente secundario, que permiten al autor hablar de algunos temas, por ejemplo, del papel de la mujer en la República o del menosprecio de los anarquistas hacia los diputados en Cortes57.
Manuel Aragón, a pesar de sus especulaciones sobre la identidad de los personajes, que como las que hacen Garosci y Meregalli están bien fundamentadas y tienen un incuestionable interés, concluye que se debería tomar al pie de la letra la advertencia que se hace en la nota Preliminar acerca de la inutilidad de buscar «desenmascarar a los interlocutores» porque eran «personajes inventados» (Lv, pág. 191). Esa advertencia de Azaña no era, efectivamente, una argucia para evitar esa busca, sabedor de que sus referentes reales eran difusos. Pero sí había argucia, y mucha, en que, al negar la existencia de referentes reales, se borraba a sí mismo. Habría que reconducir toda esta cuestión y ver de aclarar, algo que no se hace en la nota Preliminar porque en ella se elude mencionar cuáles eran los nexos del autor con algunos de los personajes, sobre todo con los que estaba tan identificado que estamos considerando sus sosias o álter egos. Con el subterfugio de pensar que si algo no se nombra, deja de existir, se ha logrado desviar la atención de un hecho capital: el autor-Azaña había llevado a cabo en La velada un monólogo bajo el disfraz de un diálogo. Manuel Aragón llega a una parecida conclusión cuando considera La velada sobre todo «un resumen del pensamiento político de Azaña»58; y también es resumen, añado por mi parte, de su ideología, de sus cuitas literarias, de su compleja personalidad. Todo ello, y más, se puede comprobar a través de los muchos paralelismos que hay entre lo que dicen algunos personajes en La velada y lo dicho por Azaña, recuerdo una vez más, en sus Diarios, en Apuntes de memoria, en sus discursos y en otros escritos misceláneos.
En los Diarios hay un solo autor, Azaña. Todos sabemos quién es porque no lleva máscaras ni disfraces. Él solo, sin ayuda de otras voces, narra en privado hechos, los discute, los encumbra o condena. Es un deus ex machina que mueve a su placer los hilos de cuanto anota en sus cuadernos. A nadie se le permite llevarle la contraria y, cuando siente que alguien intenta llevársela, le refuta sin posibilidad de contrarréplica.
Ángel Ossorio y Gallardo, que fue su abogado y uno de sus mejores amigos, es tratado en un pasaje de los Diarios como solía tratar a los personajes de La velada que le irritaban. Pero en La velada, que era un texto destinado en un hipotético futuro a la publicación, evita hacerlo de manera extemporánea. Los Diarios eran escritura privada, en bruto, destinada a servir de apuntes para un libro de memorias también en un hipotético futuro. Era escritura, en fin, destinada a ser una posible futura reescritura que nunca pudo hacer. Pero, como sea, el trato que recibe Ossorio y Gallardo en el pasaje de los Diarios, que reproduzco abajo —pasaje que tiene el adicional interés de que recuerda las reacciones, latiguillos y maneras a menudo fuertemente asertivas de La velada—, da idea de la en bastantes ocasiones rigidez mental y temperamental de Azaña, lo que no facilitaba el diálogo y las más de las veces, lo que era aún peor, lo imposibilitaba. He aquí el pasaje en cuestión de los Diarios:
