Azaña y Madrid - Manuel Azaña - E-Book

Azaña y Madrid E-Book

Manuel Azaña

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Beschreibung

Madrid fue para Azaña, en sus años de estudiante en El Escorial, unas luces lejanas que le atraían por su misterio. Después, viviendo ya en Madrid, la ciudad fue el escenario de sus largos paseos solitarios. En sus artículos de juventud veía Madrid como un poblachón sin vitalidad ni entusiasmo. Pero pronto, cuando empieza su actividad política, se plantea la necesidad de "pensar Madrid": la república necesita una capital a la altura de sus ideales. En su mente se abre paso la idea del Gran Madrid, que muy pronto la guerra hará imposible. Pero antes ha disfrutado de su Madrid preferido: el de los montes de El Pardo, el de la Quinta, el de los pueblos próximos -El Escorial, Guadarrama, Villalba, Manzanares el Real...-. Cuando estalla la guerra y el gobierno se traslada a Valencia y luego a Barcelona, Azaña hará un único viaje a Madrid, que él sabía, probablemente, que era el último; pronuncia entonces uno de sus más bellos discursos sobre la capital, a la que llama ejemplo de dignidad, de sacrificio y de esperanza.

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Seitenzahl: 196

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Antonio Pau

Azaña y Madrid

Madrid,por MANUEL AZAÑA

Índice

NOTA EDITORIAL

AZAÑA Y MADRID, por Antonio Pau

I. DOS CIUDADES EN UNA

II. EL MADRID DEL CAMBIO DE SIGLO

III. TERTULIAS

IV. MADRID COMO CAPITAL

V. LA NECESIDAD DE PENSAR MADRID

VI. EN BUENAVISTA

VII. CONVENTOS EN LLAMAS

VIII. ENMADRID PUEDE UNO EMBOSCARSE EN UN MONTE SOLITARIO

IX. EL PARDO

X. EL GRAN MADRID

XI. MADRID, CAPITAL DE LA REPÚBLICA

XII. DEFENSA PARLAMENTARIA DE MADRID

XIII. EL MUSEO DE ARMAS Y TAPICES

XIV. UNA CONMEMORACIÓN CON DERIVACIONES

XV. RETIRADA A LA QUINTA

XVI. EN EL PALACIO NACIONAL

XVII. SALVAR EL PRADO

XVIII. UN AMARGO REGRESO

CRONOLOGÍA

BIBLIOGRAFÍA

MADRID, por Manuel Azaña

CRÉDITOS

NOTA EDITORIAL

En algún lugar de su obra, Manuel Azaña dejó dicho que en España la mejor manera de guardar un secreto era escribirlo en un libro. En este sentido la publicación de un libro con los textos del que fuera Presidente de la II.ª República española acerca de la capital que tanto amó, es un imposible que Antonio Pau ha superado de manera casi milagrosa porque Azaña nunca llegó a convertir su secreto sobre Madrid en un trabajo formal que pudiera ser publicado como libro. De sus afanes y sueños para Madrid apenas nos resta el breve ensayo que acompaña esta publicación. Sin embargo, su acción pública con la palabra y con su autorizado impulso, fue mucho más allá y encierra una fuerza y una ambición para con su ensueño madrileño, digna de su personalidad. Azaña quiso hacer de Madrid y su entorno la capital de la República, es decir, una ciudad moderna que impulsara la vida cívica. Y en ese punto Azaña representa y resume los anhelos de toda una generación que identificó democracia con modernidad y desarrollo urbano con superación de las limitaciones que impedían a los españoles vivir como ciudadanos. Ese espíritu ha sido sintetizado por Antonio Pau en este libro que ante todo es suyo y que, como tal, constituye una excepción en la línea editorial que preside nuestra colección Clásicos del Pensamiento que aspira a propiciar la relectura de libros escritos y no secretamente soñados.

Leí en el horizonte —neblinas de rosa, borrones de humo negro, chispazos del caserío— señales de Madrid. Allá era el comienzo de la vida. Barruntaba el mayor hechizo.

Manuel AZAÑA, El jardín de los frailes.

AZAÑA Y MADRID

Antonio Pau

I. DOS CIUDADES EN UNA

El último curso de la carrera de Derecho lo estudió Azaña en su casa de Alcalá de Henares. Si el yo narrativo de El jardín de los frailes es realmente el autor, Manuel Azaña, la ruptura se produjo en la Pascua de 1896: «La incidencia de Pascua nos abrió la jaula. Me despedí, sabiendo unos y otros, sin decirlo nadie, que yo no volvería». Se había cansado de la enseñanza clerical de los agustinos del Real Colegio de María Cristina del El Escorial y se había desvanecido su religiosidad adolescente. Además, había un mundo fuera que le atraía de un modo irresistible. Desde su celda de alumno interno veía, en el horizonte, las luces de Madrid. «Allá era el comienzo de la vida. Barruntaba el mayor hechizo». En mayo de 1898 viajó a Zaragoza, porque en aquella universidad tenían que examinarse los estudiantes de El Escorial para obtener el título. Se examinó y lo obtuvo, con las máximas calificaciones.

A Madrid viene en octubre de ese mismo año 1898 a preparar el doctorado y a trabajar de pasante en un despacho. Al principio, la ciudad le deslumbra: «Ya me tienes instalado en la coronada villa y de verdad te digo que siento no haber venido antes», le escribe a su amigo alcalaíno José María Vicario nada más llegar1.

Al matricularse de doctorado, en mayo de 1899 escribe como dirección: calle del Desengaño, número 10, cuarto principal. Pocos meses más tarde, en octubre del mismo año, cuando solicita su ingreso en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación pone ya otro domicilio: calle de las Huertas, número 16.

Después de obtenido el nombramiento de letrado de la Dirección de los Registros en 1910 debieron de suceder los episodios de las dos Consuelos, de los que habla Rivas Cherif2. Con la primera Consuelo, de vida alegre en todos los sentidos del diccionario, vivió «en una calleja céntrica, de la Plaza del Callao a la de Santo Domingo». Ya se estaba abriendo la Gran Vía, pero la demolición de casas y de calles —diecinueve se acabó llevando por delante— no había llegado aún a Callao, así que esa calleja céntrica pudo ser la calle de Jacometrezo, la de Preciados, la de la Sartén o la de las Veneras.

Inmediatamente después fue el episodio de la segunda Consuelo, amiga antigua con la que se fue a vivir a otro piso bajo de la Plaza de Santa Ana, número 11. Rota, con cierto desgarro íntimo, la relación con la segunda Consuelo, Azaña se fue muy pronto a otro piso bajo, en la calle de Alcalá, número 99, luego a la calle de Villanueva, con «un cuarto de trabajo que me inspiraba antipatía»3, y poco tiempo después, a principios de 1915, a la calle de Hermosilla, número 24 duplicado, piso tercero izquierda, una vivienda con recibidor, saloncito, gabinete y despacho, comedor, alcoba, cocina y cuarto de baño, que sería su primera vivienda conyugal4. Cuando tuvo que dejar el palacio de Buenavista como consecuencia de las elecciones de noviembre de 1933, Azaña volvió a la casa de la calle de Hermosilla, y un tiempo después pasó al que sería su último domicilio, en la calle de Serrano, número 385.

Esos fueron, por tanto, los dos Madrides de Azaña: el Madrid estrecho y lóbrego que aún vivía las apreturas impuestas por la vieja cerca, aunque hacía tres décadas que la habían derribado, y el Madrid amplio del Ensanche, que por entonces empezaba a construirse. La cerca de Felipe IV había sujetado a lo largo de dos siglos y medio el caserío de la ciudad, y casas, palacios, conventos e iglesias se habían ido apretujando en una vecindad cada vez más agobiante. Dice Galdós que los madrileños vivían como esos pececillos que dan bocanadas angustiosas cuando tardan en cambiarles el agua de la pecera. Pero, a pesar de todo, la construcción del Ensanche fue lenta. Aquellos madrileños a los que comprimía la cerca no tuvieron vitalidad ni medios económicos para expandirse y siguieron pegados unos a otros. En 1860 se aprobó el Ensanche, y cuarenta años más tarde, en 1900, sólo se había levantado el barrio de Argüelles, y no entero, la acera norte de la calle de Alberto Aguilera, las Peñuelas y algunas casas aisladas del barrio de Salamanca.

En los años de su primer Madrid, el de las pensiones modestas y los alquileres fugaces, Azaña combinó la vida fácil de señorito adinerado con las discusiones apasionadas en la Academia de Jurisprudencia y en el Ateneo. Como escribió Juan Marichal, «el aprendizaje madrileño de Azaña consistió en la aleación de los goces físicos y de los placeres intelectuales»6.

La Academia estaba entonces en la calle de Colmenares, detrás de la Casa de las Siete Chimeneas. Ocupaba dos plantas —baja y principal— de un edificio que acababa de levantar el arquitecto Fernando de la Torriente —el mismo que por esas fechas estaba levantando el Palacio Nacional de las Artes y las Industrias, que hoy aloja el museo de Ciencias Naturales y la Escuela de Ingenieros Industriales—. La sede de la Academia se había decorado con el mayor lujo: el portal se enlosó de mármol, en el vestíbulo se colocaron dos mesas de roble, una gran lámpara de bronce y seis mecheros de gas, se compró una alfombra de Bruselas para la sala de juntas, y en el salón de sesiones públicas se colocaron cartelas con los escudos de las Reales Academias que habían sido antecedentes de la actual7. Sin embargo, la Academia se fue pronto de la calle de Colmenares; en el año 1903, una Real Orden cedía el palacio de la calle de Marqués de Cubas al ministerio de Instrucción Pública para sede de la Corporación.

La presencia de Azaña en la Academia pasa por tres fases sucesivas: una primera en que, como él mismo dice, se mantiene «en un rincón», atento a las «luminosas discusiones», utilizando para su «provecho la suma de conocimientos, de teorías y de directrices nuevas que nunca dejan de señalarse»; una segunda, en que se decide a pronunciar una conferencia —La libertad de asociación, enero de 1902—; y una tercera, en que participa activamente en las discusiones públicas, participación de que dan testimonio los sucesivos Discursos-Resumen que el Secretario General de la Academia leía al comienzo de cada curso y que la Academia publicaba anualmente8.

En una nota de su diario de muchos años después (el 27 de noviembre de 1931), Azaña recordará, desde el estrado del salón de marqués de Cubas, 13, su presencia juvenil en la sede anterior, la de la calle de Colmenares: «Ayer jueves estuve en la Academia de Jurisprudencia a presidir la sesión inaugural. Don Niceto, que es presidente de la Academia, leyó el discurso de apertura. Desde el Congreso fuimos en el mismo coche don Niceto, Besteiro y yo. Esta es una de las cosas más inesperadas: venir a presidir esta casa, de la que falto hace casi treinta años, y de la que me aparté al ingresar en el Ateneo. El ambiente abogadil de la Academia nunca me fue agradable. Cuando yo ingresé en ella, estaba en la calle de Colmenares, y allí me hice amigo de Piniés, de Goicoechea, de Ródenas y otros, que también han ocupado altos puestos en lo más conservador de la política monárquica; allí también oí hablar por primera vez a Ossorio, y vi presidir una sesión al señor Carrasco, a quien diez años más tarde me encontré en la Dirección de los Registros y le he padecido muchos años. En este edificio en que ahora está la Academia no he entrado arriba de media docena de veces. La Academia antigua, siendo yo un chico de veinte años, me imponía con su remedo de parlamento; eran los primeros debates que yo presenciaba. Recuerdo el olor a gas del salón de sesiones, y recuerdo a Villaverde presidiendo los debates. Allí pronuncié yo mi primer discursito, aprendido de memoria».

Es probable que exagere Giménez Caballero, como era habitual en él, cuando dice que el Ateneo había traído la República a España, pero no hay duda de que hizo su contribución, e importante. Lo que está claro es que Azaña fue, durante unos años, la personificación del Ateneo. «El Ateneo fue para Azaña todo. Azaña llegó a ser el Ateneo, y el Ateneo, Azaña», escribió Giménez Caballero. Azaña reformó y adecentó el envejecido edificio —«rancio y cavernoso», para decirlo con sus adjetivos— en sus años de Secretario —de 1912 a 1920—, y a la vez se sirvió de él como escaño, como tribuna y como altavoz de sus ideas. El Ateneo fue, para muchos políticos, una escuela de oratoria, y en esa escuela se fue formando Azaña como lo que luego sería, un deslumbrante parlamentario. «El ejercicio de polemista y el hábito de entendérmelas con una muchedumbre (que vota) es lo que yo he sacado del Ateneo y que me sirve en política», escribe en la anotación del 31 de mayo de 1931.

En mayo de 1930 Azaña se presentó a las elecciones a presidente del Ateneo y resultó elegido. Se mantuvo en el cargo durante los meses de 1931 en que fue Ministro de la Guerra, e incluso después de su nombramiento de Presidente del Gobierno. En el mes de mayo de 1932 dejó el cargo. En la anotación del día 31 de mayo lo cuenta así: «He cesado en la presidencia del Ateneo, por cumplir los dos años que dura el cargo. Mucha gente quería que me presentase a la reelección; pero me he negado terminantemente. Cuando allí se hacía propaganda republicana, la Junta se asustó un poco. Querían que en el Ateneo no se hablase de política. Cosa imposible entonces. Poco después, creciendo el barullo, y la indecisión de la Junta, hubo dimisión. Me eligieron a mí, con una gran votación, rara vez vista. Utilizando la experiencia de ocho años de secretario, y aunque hacía casi otro tanto que yo no aparecía por allí, introduje prontamente el orden y la buena administración. En mayo, cuando tomé la presidencia, aquello era una grillera. En octubre todo estaba en paz, y el último asalto que quisieron darme los alborotadores, lo rechacé y se redujeron. Pagué las ochenta mil pesetas de deudas que había dejado la Junta ilegal impuesta por Primo de Rivera; hice obras por otras sesenta mil pesetas, dejando la Casa renovada de mobiliario y decorado, y abrí instalaciones nuevas; creé una Junta o Comisión de Responsabilidades que presidía yo, y en la que estaban desde Ossorio y don Niceto hasta Besteiro, e intenté dar al Ateneo una vida y una orientación más acordes con los tiempos. El Ateneo ha perdido el carácter de gran sociedad literaria. Lo ha perdido porque Madrid es mucho mayor y ya no puede concentrarse en un solo sitio la vida literaria, artística, etc.».

II. EL MADRID DEL CAMBIO DE SIGLO

En la época de entresiglos, Madrid era una capital europea de mediano tamaño: apenas había alcanzado el medio millón de habitantes, cifra muy alejada de los dos millones y medio de París, los seis millones y medio de Londres o el millón ochocientos mil de Berlín. Pero Madrid empezaba, perezosamente, a modernizarse. El mismo año 1898 en el que Azaña llegó a Madrid se inició el cambio de los tranvías de tracción animal —dos pisos con treinta y seis plazas, y sólo dos mulas tirando de aquellos pesados vehículos— por los tranvías de tracción eléctrica. El proceso fue lento, porque la sustitución completa sólo se produjo veinte años después. A los tranvías dedica Azaña muchos párrafos de su ensayo costumbrista de Plumas y palabras, porque los considera «el compendio de Madrid». «En el interior del tranvía hiede», lo que «no es más que un achaque de la capital». «Fue un error amputarle las mulas al tranvía. El tranvía eléctrico estará muy bien en el extranjero, pero lo que es aquí ha sido un fracaso; la prueba es que no anda. Cada pueblo tiene sus móviles peculiares; es inútil pretender cambiárselos. La mula es la bestia que mejor cuadra a sus compatriotas racionales, mirados como carga transportable»9.

Ese mismo hedor del tranvía era el hedor de las calles, estrechas e insalubres, y el mismo hedor de las casas, que compartían retrete en el descansillo. Casas de techos bajos y muchas de ellas sin ventilación exterior, y de muros tan livianos que no protegían de las temperaturas extremas. Las atarjeas, sin aislamiento, provocaban la impureza del aire con gases malolientes y tóxicos. En las casas de corredor, que albergaban a una buena parte de los madrileños, se hacinaban los vecinos hasta llegar a los ochocientos en un mismo inmueble. Más de dos mil chabolas se apiñaban en algunos extremos de la ciudad. La mortalidad era alta: moría mucha más gente de la que nacía, pero la imparable disminución la compensaban familias campesinas llegadas de todas partes de España. Aunque de vez en cuando las epidemias volvían a reducir la población.

Los salarios de los obreros y los sueldos de los funcionarios medios rondaron, durante varias décadas, las dos pesetas diarias, mientras los alquileres subían: quince pesetas podía costar al mes una vivienda modesta. Construir casas de alquiler fue el gran negocio de los años finales del siglo y el comienzo del otro.

No hay probablemente mejor representación gráfica de aquel Madrid del cambio de siglo que la que contiene el folleto del director del Laboratorio Municipal, el doctor César Chicote, publicada en 1914 con el título La vivienda insalubre en Madrid. Las docenas de fotografías son tan expresivas o más que el texto y dan una idea muy precisa de cómo era la capital en aquellos años.

En 1903, Azaña se va de Madrid a Alcalá de Henares, y allí, junto a su hermano Gregorio, se pone al frente de las empresas de la familia: una fábrica de ladrillos y tejas, una central eléctrica y una finca agrícola. Pero los negocios se hunden, y es entonces cuando los hermanos deciden opositar —y al final aprueban—: Gregorio se hace juez y Manuel, funcionario del Ministerio de Justicia. En su segunda venida a Madrid, después de esos años de frustrado empresario alcalaíno, que terminan en 1909, Azaña vive aún en el Madrid antiguo, pero se convierte muy pronto en un vecino burgués del barrio de Salamanca. Un vecino que no puede vivir de las rentas, porque el patrimonio familiar ha desaparecido, pero tiene un buen sueldo de oficinista distinguido.

Las ausencias de Madrid no volverán a ser largas: algo más de año y medio, de octubre de 1911 a septiembre de 1913, becado en París por la Junta de Ampliación de Estudios; varios viajes a los frentes aliados en 1916 y 1917; y de nuevo en París, de junio de 1919 a abril de 1920, como corresponsal de dos periódicos, El Fígaro y El Imparcial.

Con tantas escenas del París majestuoso de Hausmann en la retina, lo que Azaña escribe sobre Madrid a su regreso está teñido de desaliento y desdén. «Madrid me parece incómodo, desapacible y, en la mayor parte de sus lugares, chabacano y feo. Es un poblachón mal construido, en el que se esboza una gran capital […]. Más de un millón de cuerpos sudorosos se estruja en la angostura de estas calles, grita y se atropella, como infelices bestezuelas que se hubiesen dejado coger en una jaula sin salida». En Madrid no hay nada que hacer, ni adónde ir, ni nada que ver. Madrid es un pueblo sin historia […]. Entre Madrid y una ciudad histórica hay la misma diferencia de calidad que entre la Piazza San Marcos y la calle Ancha de San Bernardo». «Madrid es la capital del abandono, de la improvisación, de la incongruencia; el paseante sería feliz si viese los comienzos de una era de modernización»10.

En la última frase puede advertirse lo que Azaña hará cuando tenga autoridad para conseguirlo, o al menos para intentarlo: la modernización de Madrid.

III. TERTULIAS

En su ensayo sobre Madrid escribe Azaña: «No voy a tertulias, donde la amistad es rara y la camaradería irrespetuosa»11. La afirmación es cierta y no es cierta a la vez, como lo es la afirmación, repetida por él y referida a sí mismo, de que es un hombre solitario. Por eso tampoco es absolutamente falsa la afirmación contraria de Giménez Caballero, de que «Azaña fue un gran tertuliano. Azaña fue en eso un típico español, un terne madrileño. Lo que caracteriza en última instancia al hombre español es su sentido anárquico, antisocial, huraño, unido a una frenética voluptuosidad por hablar unas horas al día en un coro de amigos, casi siempre enemigos. Ya he dicho más de una vez que la verdadera etimología de Madrid debería ser la de País de madrigueras. Y que los madrileños deberían llamarse madrigueros, gentes de covachuela, de café, de antro, de cavernilla, de sacristía, de conventículo. El café es la sacristía laica»12.

El propio Azaña reconoce que su forma de ser no le lleva a ser cordial con las personas con las que sólo tiene en común el ir a un mismo café: «Es posible que yo produzca la impresión de ser “encumbrado y difícil” [de lo que le acusaba Melchor Fernández Almagro]. Pero estoy seguro de que no se la produzco a todos. No se la produzco a quienes me tratan íntimamente, ni a los que me tratan superficialmente; lo más penoso es la zona media de la amistad. Nadie se complace tanto como yo en la amistad verdadera, ni se abandona a ella tanto como yo me abandono. Pero es superior a mis fuerzas, a mi gusto, y contrario a mi razón admitir a cualquiera que frecuenta el mismo café a un trato confidencial». Su cuñado Cipriano de Rivas escribe: «El primer pronto de mi amigo, pese a su corrección y buenas maneras, no predisponía a favor de su sociabilidad. Su fisonomía de hombre aparentemente impertérrito ocultaba a primera vista el carácter afectuoso»13.

La Granja El Henar, donde Azaña tuvo tertulia, se había inaugurado en 1912. Estaba en la calle de Alcalá, 40, en el inmueble contiguo al Círculo de Bellas Artes. Más arriba, y pared por medio, estaba el Café Negresco, a continuación, el palacete que fue del infante don Sebastián Gabriel e inmediato el ministerio de Instrucción Pública. Al Henar —como solían llamar al café— iba Azaña a la salida del Ateneo, con otros miembros de la directiva y a veces con amigos que habían asistido a algún acto público en la calle del Prado, 21. En la tertulia de El Henar coincidirá Azaña con Pedro Salinas, con Sindulfo de la Fuente y con Juan Lafora, y a la tertulia irá muchas tardes en compañía de Cipriano.

Escribió César González Ruano en un artículo del semanario Estampa sobre Azaña y sus tertulias, que en La Granja El Henar todo el mundo era republicano, hasta el camarero, que avisaba cuando venía la policía. «Cuando le hicieron ministro a Azaña —dice Ruano—, el camarero revolucionario, no atreviéndose a abrazarlo del todo, le abrazó un trozo de americana, diciendo: “¡Ya me esperaba esto, don Manuel! […]”»14.

Con Cipriano irá también Azaña a la tertulia del Regina que encabezaba el viejo ateneísta Luis García Bilbao, poeta sentimental y fundador en 1915 de la revista semanal España —antimonárquica y antioligárquica—, de la que Azaña llegaría a ser director, y que la acabó abandonando cuando las trabas primoriveristas hicieron casi imposible su supervivencia.

El café Regina estaba en la calle de Alcalá, número 19, en los bajos del hotel del mismo nombre. Max Aub, con su habitual displicencia, recuerda allí a «gente petulante y engolada, demasiado seguros de sí, el ceceo del pontificador gallego [Valle-Inclán], la chisgarabía chismera de Rivas Cherif, la insuficiencia irónica de Araquistáin»15. Aub tenía demasiado respeto a Azaña para incluirle entre esa «gente petulante y engolada». En los años finales de la República escribió un proyecto de creación de un Teatro Nacional que dedicó, porque sabía que lo entendería bien, «a su Excelencia el Presidente de la República, don Manuel Azaña y Díaz, escritor». «Ayer no hice casi nada —escribe Azaña el 15 de septiembre de 1931—. Despachar en el ministerio y por la tarde me dediqué a la holganza. Salí con la familia de paseo, y antes de cenar estuve en el Regina, por donde no había aparecido desde hace tres meses».

Contiguo al café Regina, en la esquina con la calle de Peligros y con la puerta en el chaflán de ambas calles, estaba el café de Fornos, que era mucho más que un café: la planta baja era el café propiamente dicho, la planta segunda tenía amplias salas de tertulia y en el tercer piso estaba el restaurante, con reservados de distintos tamaños. Fornos era, junto al restaurante del Hotel Nacional —en el arranque de la calle de Atocha—, el lugar de las comidas de homenaje, aunque más refinadas y selectas las de Fornos.

En Fornos organizaron Cipriano, Azaña y alguno más, un sonoro homenaje a Valle Inclán, al que acudieron más de doscientos amigos y admiradores del escritor (El Heraldo de Madrid dice que eran más de trescientas), y entre ellos Unamuno, Marañón, Pérez de Ayala, Melchor Almagro San Martín y Enrique de Mesa. Fue el día primero de abril de 1922, y el acto lo recogió minuciosamente la prensa16. El Imparcial dijo que «era imposible publicar la lista interminable de comensales que fueron ayer a reiterar su admiración al gran prosista del idioma castellano. Baste decir que probablemente no habrá faltado en torno de él persona de significación en la moderna legión de los intelectuales que residen en Madrid». Y añade: «La comida, muy mal servida, por cierto, se prolongó hasta media noche»17. El Liberal transcribió con detalle el discurso de ofrecimiento que pronunció Unamuno, que dijo, entre otras muchas cosas, que Valle-Inclán era un ente vivo y por eso había creado símbolos, porque «lo que no tiene una profunda vida no puede crear símbolos sino, a lo sumo, chirimbolos»18.