La verdad tras la sombra - Asier Larrea Reguero - E-Book

La verdad tras la sombra E-Book

Asier Larrea Reguero

0,0

Beschreibung

Aritz Azkoria es un joven músico y productor musical ubicado en la ciudad de Nueva York. Estando en el mejor momento de su carrera, un grave suceso en las navidades del año 2019 cambiaría su vida para siempre. Vivirá tiempos difíciles, tendrá que hacer frente a los miedos e inseguridades generados tras los acontecimientos sufridos y buscará conocer la verdad de lo que le ocurrió. Con la ayuda del inspector de policía Aaron Johnson tratará de descubrir a los responsables llegando a convertirse en una obsesión para el joven. No descansará hasta ver a él o los culpables entre rejas y saber la razón por la cual él fue el elegido. ¿Logrará superar lo vivido y recuperar su vida anterior? ¿Serán capaces de descubrir a los responsables?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 322

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Asier Larrea Reguero

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-689-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Prólogo

Muchas veces vemos o leemos en las noticias sucesos que nos impactan, tal es la maldad del ser humano que llega a provocarnos escalofríos y se nos ponen los pelos de punta cuando intentamos ponernos en el lugar de las personas que sufren verdaderas atrocidades.

Sin embargo, creemos que este tipo de acciones no suceden en nuestro entorno, lo vemos lejano y damos por hecho en cierta medida que estamos «a salvo». Es un riesgo que yo mismo veía improbable en mi vida, solo contemplaba los problemas y conflictos cotidianos con los que habitualmente convivimos la mayoría de las personas. Dejaba de lado otras situaciones que aun sabiendo que a otra mucha gente le tocaban sufrir, jamás imaginaba que alguna sucedería en mi círculo más cercano y mucho menos a mí. Un hecho marcó mi vida y la cambió por completo aquel fatídico dieciocho de diciembre de 2019 y desde entonces lucho por recuperar parte de mi vida anterior, ya que lo sucedido afectó tanto a mi trabajo como a mis relaciones sociales y personales.

Me llamo Aritz Azkoria, nací en el hospital de Cruces el quince de abril de 1986. Viví ocho años en Bilbao, hasta que por motivos laborales, mis padres decidieron cruzar el océano y mudarse a la gran manzana, una decisión que en un primer momento no nos gustó nada a mi hermano mayor, Andoni, ni a mí. No entendíamos el porqué de aquel cambio, las cosas iban bien tal y como estaban. Mis padres tenían un buen trabajo (ambos abogados), con unos sueldos que nos permitían vivir de manera holgada, pero ellos insistieron en que era una gran oportunidad para toda la familia y que no la podían dejar escapar.

Por mi parte, el tener que dejar a nuestros amigos y familia, la idea de vivir en otro país donde el idioma era diferente y apenas conocía cuatro palabras me asustaba tanto, que me pase los próximos días llorando y suplicando para que nos quedáramos. Por todos los medios tratamos de convencer a nuestros padres de que desestimaran la idea de marchar a otro país, pero tal y como era de esperar, finalmente no tuvimos elección y en julio de 1994 nos mudamos a Nueva York, concretamente a Upper East Side, uno de los barrios de alto standing de la ciudad.

Con el curso escolar finalizado y viendo nuestra dificultad para comprender y expresarnos en inglés, nuestros padres nos tuvieron todo el verano hasta el comienzo del nuevo curso en septiembre con un profesor particular. Venía todos los días a casa y permanecía con nosotros de tres o cuatro horas. Aquel sería un verano difícil de olvidar. No conocíamos a nadie, por lo que mi hermano y yo pasábamos la mayor parte de las horas los dos solos ya que nuestros padres invertían la mayor parte del día en sus respectivos despachos. Así que, aunque nunca creímos que algo así pasaría por nuestras cabezas, ambos deseábamos que llegara el nuevo curso escolar y poder así comenzar las clases para relacionarnos con gente de nuestra edad y hacer nuevos amigos.

Echando la vista atrás, tengo que decir aquel verano que en su día consideré un infierno, facilitó y de qué manera nuestro primer año en la escuela. Aunque no controlábamos del todo el idioma, sí que habíamos obtenido cierto manejo para relacionarnos, entablar nuevas amistades y comprender las lecciones que nos daban los maestros. Después de aquel primer año todo fue rodado, cogimos rápido el ritmo de los cursos y nuestro manejo del idioma mejoró notablemente. Ambos teníamos nuestros amigos y habíamos conseguido que nuestras vidas fuera en gran parte como las que antaño teníamos en Bilbao o, por lo menos, lo más parecidas posibles. Evidentemente echábamos de menos a algunos de nuestros familiares y amigos que habíamos dejado allí, gente con la que habíamos compartido la gran mayoría de nuestro tiempo y que ya no estaban en nuestro día a día. En aquella época no disponíamos de redes sociales ni WhatsApp, por lo que el contacto con nuestra gente se limitaba a las cartas que ocasionalmente nos enviábamos y a las esporádicas visitas que realizábamos en navidades y verano, que eran en mi opinión insuficientes.

Una vez concluido el instituto y con la aprobación de mis padres, decidí abandonar Nueva York para continuar con mis estudios y obtener así una doble titulación musical en la universidad de Lawrence (Appleton), tomando como especialidad la percusión y centrando gran parte de mis esfuerzos en la batería. Pese al descontento de mis padres y sus insistentes sermones para que me olvidara de cursar una carrera musical, hice caso omiso de sus advertencias y logré esa doble titulación que tanto deseaba con unos resultados académicos formidables. Había encontrado mi vocación. Antes de regresar de nuevo junto a mi familia en Nueva York, decidí aumentar mi formación académica, esta vez enfocada más a la producción musical, cursando un máster en la California Lutheran University.

La vuelta a casa, sin embargo, fue más dura de lo que en un principio pensaba que sería, muchas cosas habían cambiado. La más notoria era que mi hermano Andoni ya no vivía allí, al finalizar sus estudios de derecho «otro abogado más en la familia» pensé, ocupó el lugar de mi madre en el despacho, ya que ella había conseguido un puesto en la fiscalía como fiscal general, el cual abandonó no hace mucho al decidir jubilarse. Aceptó la ayuda de mis padres que pusieron un apartamento a su nombre en un barrio cercano al que vivíamos y allí se instaló con su novia del instituto, Catherine, con la que se casaría poco después y a la que cariñosamente llamábamos Cate. En casa los roces con mis padres cada día eran más habituales, me había acostumbrado a vivir solo y seguir mis normas en todo momento, marcando los horarios de comidas y cenas a mi antojo, etc. Todo muy diferente de cómo se hacía en casa, lo que generaba gran parte de las discusiones. De modo que me propuse ahorrar algo de dinero e intentar independizarme lo antes posible, ya de seguir así la situación se volvería insostenible. Quería mucho a mis padres, pero añoraba aquella libertad que tuve sobre todo, en los años de universidad.

Afortunadamente en el aspecto laboral tuve suerte y desde que volví no me faltó el trabajo. El haber estudiado en aquellos prestigiosos centros hizo que muchas bandas y músicos contactaran conmigo para que participara en sus proyectos, ya sea para grabar sus discos o colaborar con ellos en directo. Fue una experiencia increíble y me ayudo a coger una confianza terrible en diferentes estilos musicales como el rock, jazz, blues o el funky. Aunque mi estilo musical favorito es el metal, esa diversidad hizo que mi mente se abriera y enriqueció mucho mis nuevas composiciones al tener ese conocimiento en los diferentes géneros.

Cuando por fin pude ahorrar el dinero suficiente y dado que el trabajo en aquel momento era abundante, decidí que había llegado el momento de salir de aquella casa y seguir nuevamente mi camino. Ese día cuando mis padres llegaron de trabajar y bajé para comunicarles mi intención de independizarme en el menor tiempo posible, ambos se miraron con una sonrisa cómplice en sus rostros, cosa que me descolocó por completo. Fue entonces cuando mi padre metió la mano en el bolsillo de su traje y me sorprendió lanzándome unas llaves:

—Toma, eso es para ti —me dijo sin poder dejar de sonreír—. Has trabajado duro y pese a que no aprobamos en su día el que te dedicaras a la música, con esfuerzo y mucho trabajo estas logrando vivir de lo que realmente te gusta, estamos muy orgullosos de ti, Aritz.

—Muchas gracias —contesté. Esas palabras me emocionaron tanto que apenas podía hablar. Me costó mucho convencer a mis padres de que la música era realmente lo que me apasionaba, no me esperaba un reconocimiento así por su parte—. ¿Y estas llaves? ¿Acaso me habéis comprado un coche?, porque me hace falta uno, yo ahí lo dejo —comenté poco después, ya más tranquilo.

—Son de un apartamento que hemos comprado a tu nombre aquí en el barrio de al lado, un regalo de tus padres para ayudarte. Sabíamos que andabas buscando apartamentos, se te ve venir de lejos, eres como un libro abierto para nosotros y creemos que podemos ponértelo algo más fácil después de todo lo que has trabajado, tal y como lo hicimos con tu hermano.

—¡Joder! Muchas gracias —No podía disimular aquella sonrisa que salía de mis labios, me abalancé sobre ellos y les di un fuerte abrazo—. ¿Y cuándo puedo empezar a llevar mis cosas?

—La semana que viene podemos empezar la mudanza si quieres.

—Perfecto, me muero de ganas por ver el piso —dije cogiendo las llaves con ambas manos sin poder dejar de mirarlas.

Desde que finalicé mis estudios, muchos planes y sueños rondaban por mi cabeza. Sueños y planes ambiciosos que a largo plazo haría realidad. Este regalo de mis padres me acercaba a esos ansiados sueños. No me tendría que preocupar de pagar un alquiler o una hipoteca, por lo que podía invertir gran parte del dinero que ganaba trabajando en vivir y en cumplir mis metas.

Como era de esperar, la semana se me hizo eterna, pero al fin llegó el ansiado día y vería el que sería mi nuevo hogar. El apartamento estaba situado en un barrio cercano al de mis padres, bastante cerca de la casa de Andoni y Cate. No era un barrio tan lujoso como en el que vivían ellos, pero aquello era lo de menos en aquel momento. El apartamento era muy amplio, demasiado para mí solo, disponía de cuatro habitaciones, sala, una cocina muy bien equipada, dos baños y una terraza lo suficientemente grande como para montar una mesa con un par de sillas para desayunar y comer en ella los días de sol. Tras varias semanas viviendo allí, decidí que era el momento de dar un paso más a nivel profesional y comenzar con los proyectos que tenía en mente. Fui a hablar con mis padres para comentarles la idea que me rondaba por la cabeza, echar abajo una de las paredes uniendo dos de las habitaciones que apenas usaba y hacer una más grande y espaciosa. Después insonorizar esa habitación, y montar mi propio home estudio con una cabina incluida para poder grabar baterías de buena calidad. Gracias a la ayuda de un técnico con el que había grabado con anterioridad, conseguí elaborar una lista con todo el equipo necesario para poder llevar a cabo esa idea. Tenía la idea y un inventario con todo lo necesario para llevarlo a cabo, solo faltaba una cosa, la más importante, el dinero.

Mis padres ojearon la lista al detalle, incluso pude ver resoplar a mi padre al darse cuenta del elevado coste que supondría llevar a cabo ese proyecto.

—Veo que tienes todo bien pensado y organizado Aritz —dijo con algo de asombro—. Pero todo esto tiene un coste muy elevado, ¿Has pensado de dónde vas a sacar tanto dinero? ¿Has hablado con algún banco para financiar esta operación? —preguntó poniendo en duda la viabilidad del proyecto.

—Sé que será caro montar todo tal y como quiero —contesté entrelazando las manos—. No he hablado con ningún banco, porque antes quiero haceros una propuesta a vosotros —Ambos me miraron con cara de asombro—. Me gustaría que me prestaseis vosotros ese dinero, no sin antes firmar ante notario un acuerdo de una cuota mensual para ir devolviéndooslo. Así me ahorro los intereses, ¿Cómo lo veis?

—¡Ja, ja, ja, ¡menuda jeta tienes, chaval —dijo mi padre sonriendo—. Pero que narices, yo si fuera tú le habría echado la misma cara —rio mirando a mi madre.

—Bueno, qué contestáis —Estaba impaciente por escuchar ese sí de su boca.

—Afortunadamente creo que podemos ayudarte con eso —dijo mi madre—, y me parece genial la idea de poner una cuota mensual para ir devolviendo el dinero —En ese momento su tono cambio y se puso seria—. Os hemos dado la oportunidad de estudiar en los mejores centros y también os hemos quitado una de las mayores cargas en la vida que es la hipoteca al regalaros los apartamentos, pero hasta ahí llega nuestra obligación. Tenéis que empezar a entender el valor del dinero y ser conscientes de lo que cuesta ganarlo. Pero siendo de esta forma cuenta con ello, te ayudaremos en lo que podamos.

—Bien, perfecto —dije cerrando los puños a modo de celebración mientras mi madre se levantaba para darme un abrazo.

Aquellos días de obra fueron un auténtico caos en casa, había polvo, escombros y suciedad por todos los lados. Mi hermano Andoni me acompañaba casi siempre para ver el progreso de la reforma, esos días y mientras durara la obra, me estaba quedando en su casa para poder dormir ya que los obreros llegaban a primera hora para continuar con su labor. Además de invadir su casa también lo hice con su garaje, ya que todo el equipo que fue llegando lo almacenamos allí hasta poder entrar a instalarlo. Mi amigo John, uno de los mejores técnicos que he conocido, vino desde Los Ángeles para ayudarme a poner toda la maquinaria en marcha, ya que yo solo no me veía capaz de hacerlo bien y poder así comenzar a funcionar lo antes posible. Para la inauguración del estudio invité a la familia y a mis amigos a acercarse aquel día para celebrar conmigo el logro. Afortunadamente todos acudieron.

Si el verano que nos mudamos a Nueva York fue duro, aquel no lo fue menos. Trabajé todos aquellos meses grabando a diferentes artistas sin apenas descanso. Acababa de empezar como productor y quería hacerme un hueco y ganarme poco a poco una reputación que trajera más músicos al estudio. Gracias a ese trabajo duro y constante, las opiniones de la gente fueron satisfactorias y mejoraron a medida que cogía más experiencia y confianza. Gracias al boca a boca de las bandas y músicos que fueron pasando hizo que fuera cerrando fechas hasta el comienzo del próximo año. La verdad que todo iba sobre ruedas, mucho mejor de lo esperado.

Estaba en uno de los mejores momentos de mi vida hasta la fecha, era feliz y parecía que todo lo que me proponía lo sacaba adelante, así que, me marqué otras metas. Una de ellas era la de ponerme un poco en forma. Aunque mis hábitos de comida siempre han sido bastante sanos, el estrés por la acumulación de trabajo de los últimos meses me había pasado factura. Ese cansancio hacía que no tuviera ganas ni de cocinar, por lo que abuse un poco de la comida rápida. Me compré unas zapatillas de correr y comencé corriendo media hora tres días a la semana. Para mediados de noviembre ya conseguía correr durante dos horas tres días a la semana.

La segunda era retomar un poco mi vida social, los meses atrás había estado trabajando en exceso y para cuando terminaba la jornada laboral apenas me quedaban ganas o fuerzas para quedar con mis amigos y tomar algo mientras charlamos tranquilamente. Algunos como Hanna y Alan ya habían comenzado la lánzarme alguna que otra indirecta de mi abandono hacia ellos, por lo que entre todos decidimos acordar al menos un día a la semana para encontrarnos en un pub cercano y ponernos al día. Aunque me fue imposible acudir todas las semanas, hice todo lo que estuvo en mis manos para asistir al menos una vez al mes, aunque por desgracia casi siempre me surgía algo inesperado o de última hora. Lo que no me perdería por nada del mundo era la cena que solíamos organizar en las fechas cercanas a la navidad. Después de debatirlo mucho la fecha acordada fue el miércoles dieciocho de diciembre.

Aquel día terminé de trabajar antes de lo normal, había adelantado todo lo posible los días previos para estar descansado y aguantar la larga noche que me esperaba por delante. A media tarde comencé a preparar poco a poco la maleta, ya que volvíamos a Bilbao el sábado para celebrar las navidades con la familia que hacía meses no veíamos. Mientras preparaba la maleta puede ver por la ventana como comenzaba a llover, la mañana había sido bastante fría y con algo de niebla, pero la lluvia parecía no llegar.

A pesar del clima adverso decidí salir a correr como habitualmente hacia los miércoles, solo que esta vez adelanté un poco la hora para tener tiempo después de darme una buena ducha y arreglarme para la cena. Pocos éramos los que aquel triste día nos habíamos acercado a High Park a practicar algo de deporte, ya que normalmente solía estar bastante concurrido. Al rato de comenzar a correr me percaté de lo rápido que había oscurecido, en apenas una hora se había hecho prácticamente de noche. Puse rumbo a casa después de casi dos horas corriendo por aquel inmenso parque mientras escuchaba una de mis canciones favoritas cuando de repente algo contundente golpeó mi cabeza en la zona del hueso parietal. Sentí como retumbaba aquel golpe seco y removía todo en el interior de mi cabeza. La oscuridad llegó y comenzó mi pesadilla.

.

«La creencia en una fuente sobrenatural del mal no es necesaria. Los hombres por sí mismos son muy capaces de cualquier maldad». Joseph Conrad

Capítulo 1

Desperté. No veía nada, traté de abrir los ojos con todas mis fuerzas, me percaté de que ya estaban abiertos. Algo impedía que pudiera ver lo que tenía a mí alrededor, una especie de trapo o tela pude deducir por el tacto del objeto que cubría mi rostro. No entendía nada, estaba confuso, no sabía qué había pasado. Lo último que recordaba era que corría por el parque de vuelta a casa para prepararme y poder así llegar a tiempo a la cena de navidad con mis amigos cuando recibí un golpe tremendo. Hasta ahí llegaban mis recuerdos.

Intenté quitar lo que obstaculizaba mi visión con mi mano derecha, algo la retuvo de golpe al poco de intentar moverla acompañado por un sonido metálico. Hice lo propio con la izquierda con idéntico resultado y el ruido metálico volvió a repetirse. No podía mover las manos.

—Vamos no me jodas —dije en voz alta para mi comenzando a ponerme nervioso.

Tenía ambas manos atadas, apenas podía mover unos pocos centímetros de la posición en la que estaban. Intenté mover los pies, pero fue inútil, también estaban atados en corto. Comencé a agobiarme. Probé nuevamente con todas mis fuerzas a soltar alguna de aquellas ataduras con movimientos bruscos y con todas las fuerzas que en aquel momento disponía, pero fue algo estúpido e inservible, lo único que conseguí fue hacerme daño en las muñecas y en los tobillos.

—Esto no me puede estar pasando —dije mientras apoyaba la cabeza desesperado en una especie de viga metálica que tenía en la espalda y a la cual deduje estaba atado.

Al apoyar sentí un fuerte dolor en la cabeza, tanto, que hacía que centrarme fuera una tarea realmente complicada, no era capaz comprender la situación. Tenía la sensación de que mi pelo estaba duro y apelmazado en la parte posterior de la cabeza, como si alguien me hubiera puesto un chicle. Tras darle varias vueltas, finalmente deduje que sería sangre seca debido al fuerte golpe que había recibido.

Perdí el control, comencé a gritar pidiendo desesperadamente ayuda por si alguien cercano pudiera oírme. Mientras chillaba con todas mis fuerzas, volví nuevamente a intentar liberar alguno de mis miembros sin ningún éxito. Desistí, nadie me oía y el dolor en mis extremidades había aumentado considerablemente tras esos últimos intentos por liberarme.

—Es inútil, no consigo soltarme —dije en voz alta mientras las lágrimas comenzaban a humedecer mis mejillas—. ¿Y ahora qué? —me pregunté—. ¿Qué hago?

Comencé a quedarme sin aire, el corazón me iba a mil por hora y apenas podía respirar. Una angustia en el pecho empezó a apoderarse de mí, me ahogaba. No sabría decir el tiempo que transcurrió hasta que logré calmarme, pero para mí supuso una eternidad.

—Vale, tienes que calmarte —me dije en voz alta tomando aire lo más profundo posible.

Durante los siguientes minutos inhalé y exhalé de forma profunda hasta que conseguí bajar mi ritmo cardiaco y la sensación de asfixia pasó. Era la primera vez que vivía una angustia semejante, sin duda la podría catalogar como una de las peores experiencias vividas en mis treinta y cuatro años de vida. Ni los golpes que había recibido de pequeño, ni las caídas en bici cuando trataba de igual a Andoni mientras hacíamos aquellos peligrosos descensos eran comparables a la sensación de estar quedándote sin aire. Después de aquello, si me dieran la posibilidad de elegir como morir, estoy seguro de que el ahogamiento, estrangulamiento y todas las opciones que pasaran por quedarse sin aire, quedarían completamente descartadas. No quería volver a pasar por aquel momento de angustia, no se lo desearía a nadie.

Viendo que no podría soltar ni los brazos ni los pies, centré todos mis esfuerzos en quitarme aquel harapo que me cubría los ojos y poder así, de ese modo, ver el sitio en el que me hallaba. Lo intenté varias veces con mi hombro izquierdo. Incliné la cabeza todo lo posible hacia ese hombro y después con ligeros movimientos de abajo hacia arriba traté de desplazar aquella mortaja y obtener de esa forma, aunque sea, una mínima visibilidad.

Por mucho que lo intenté todo fue inútil, no conseguí moverlo ni siquiera un milímetro. Descansé por un momento y lo volví a intentar esta vez con el hombro derecho. Quedarse quieto sin hacer nada no era una opción, debía intentar todo lo que estuviera en mis manos. Desafortunadamente el resultado fue el mismo. Lo único que obtuve fue añadir el cuello a mi lista de dolores por todo el tiempo que había estado con él en mala postura, tanto de un lado como del otro.

Apoyé nuevamente la cabeza contra aquella viga y comencé a darle vueltas de nuevo a mi situación y a lo que podría estar pasando fuera. No sabía realmente el tiempo que llevaba allí, ni si era de noche o de día, en mi muñeca ya no estaba mi smartwatch y tampoco sentía el móvil, ni el reproductor mp3 que solía llevar en una funda sujetos al brazo cuando salía a correr. De lo único que si estaba completamente seguro es que aquella noche no acudiría a la cena. No era habitual en mí el no aparecer sin previo aviso, no me gusta hacer perder el tiempo a la gente, por lo que al no dar señales de vida tenía la esperanza de que se alarmaran y se pusieran en contacto con mi familia y estos a su vez al no saber nada de mí, ni poder localizarme en mi teléfono, llamaran a la policía.

—Es solo cuestión de tiempo —me dije a mi mismo—. La policía pronto te encontrará y toda esta mierda de pesadilla habrá terminado.

Analicé la situación lo mejor que pude y la única razón viable que se me ocurría para que alguien quisiera hacerme algo así era el dinero de mi familia, por lo que lo más normal sería que a corto plazo se pidiera un rescate por mi persona. Después de un largo rato dándole vueltas a la cabeza, esa idea fue cobrando cada vez más fuerza en mi interior. Era la única explicación con la que podía encontrar algo de sentido a toda aquella locura.

Toda esa película que me había montado me hizo pensar que todo acabaría pronto y en cierto modo me ayudó a calmar algo los nervios. Mis padres pagarían el rescate y marcharíamos a Bilbao a pasar las fiestas con el resto de la familia tal y como estaba previsto. Todo esto quedaría atrás, como un mal sueño.

Después de esa breve pausa retomé mis esfuerzos por lograr ver algo de aquel espacio donde me encontraba, de modo que volví a tratar de mover aquella tela que me cubría el rostro. Esta vez en lugar de los hombros utilizaría la viga que tenía a la espalda. Apoyé el lado izquierdo de mi cara contra aquella fría estructura de metal y, al igual que con los hombros, moví la cabeza en diferentes direcciones tratando de que en alguno de los intentos tuviera algo de suerte. Fue poca, pero afortunadamente la tuve. En uno de los movimientos, la tela quedó por un segundo enganchada en algún saliente mal pulido desplazándose escasamente unos milímetros hacia arriba, pero lo suficiente para que con mi ojo izquierdo pudiera ver algo por la parte inferior. Una y otra vez sin pausa alguna repetí el mismo movimiento por si la fortuna volvía a acompañarme pudiendo desplazar algo más aquel cubre y obtener así una mejor visión. No hubo manera. O bien aquel pequeño saliente se había roto tras el primer enganchón o no estaba repitiendo correctamente el movimiento como lo había hecho anteriormente. Al final no me quedo de otra y me di por satisfecho lo que había conseguido. Estaba intrigado por saber dónde estaba, cómo era aquel lugar y aunque no tenía una visión clara del todo, al menos me podría hacer una ligera idea de lo que tenía a mi alrededor.

Durante el tiempo que permanecí con los ojos tapados había imaginado una y otra vez como seria aquel lugar. Por mi cabeza habían pasado infinidad de lugares, todos muy diferentes, desde almacenes abandonados, garajes con instrumentos de tortura para hacer sufrir a la víctima, algún que otro laboratorio que realizaba experimentos con humanos, también una especie de hospital clandestino donde se traficaba con órganos… la lista era larga. Tenía que dejar de ver las series policiacas que tanto me enganchaban ya que cada idea que se me venía a la mente era peor que la anterior.

Para mi sorpresa, aquel lugar no tenía nada que ver con ninguno de los que se me pasaron por la cabeza. Estaba poco o, más bien, mal iluminado, los escasos focos que irradiaban una tímida luz anaranjada apenas servían para alumbrar unos metros alrededor de donde estaban ubicados. No sabía si eran los únicos que había en la estancia o si el resto estaban fundidos debido al estado de aparente abandono del lugar que como pude apreciar un poco más tarde era más que evidente.

Observé mi cuerpo de la forma más detallada posible, aún llevaba la ropa con la que había salido a correr aquella tarde, seguía húmeda debido a la lluvia que había caído mientras hacia el recorrido por el parque, lo que hacía que tuviera muchísimo frío. En ese momento un escalofrío recorrió mi cuerpo, estaba helado. En la camiseta, justo a la altura del pecho y del hombro pude observar varias manchas oscuras de sangre, una de ellas era bastante grande, por lo que deduje que el golpe en la cabeza y la herida debían ser considerables. No podía ver donde estaban atadas mis manos, aunque por el tacto de los dedos pude suponer que se trataban de alguna especie de cadenas metálicas, bastante gruesas a decir verdad.

El suelo en el que estaba sentado era de hormigón liso que en su día estaría perfectamente pulido, aunque actualmente estaba agrietado y con bastantes agujeros. El mantenimiento de aquel lugar hacía mucho tiempo que se había abandonado. Alcé la cabeza hasta que pude verme los pies. En ambos tobillos poseía grilletes metálicos, pude observar varias heridas y rozaduras de cuando había intentado moverme y ver si podía soltar o liberar alguno de los miembros. Ahora que sabía cómo estaba atado me sentía estúpido, ¿cómo demonios iba a poder romper aquellas ataduras?

De cada uno de los grilletes salía una cadena metálica, que a ojo calculé que podría tener unos tres o cuatro centímetros de grosor, supuse que ese mismo tipo de cadenas eran también las que sujetaban mis manos. Aunque su largura era considerable, estas estaban atadas en corto a unas argollas ancladas al suelo por varios tornillos. Nunca he sido una persona dada al bricolaje, pero por el tamaño de la cabeza de aquellos tornillos, cualquiera podía suponer que el tamaño de la rosca que estaba introducido en el hormigón sería importante.

Incliné la cabeza hacia atrás todo lo que pude para poder ver lo que tenía enfrente, a la altura de mis ojos. Moví la cabeza de izquierda a derecha y poder así hacerme una idea las dimensiones de aquella habitación. Mediría aproximadamente seis metros de lado a lado, quizás algo menos, y desde la viga a la que estaba atado a la pared que tenía delante habría como unos cuatro metros. Dando por hecho que la viga estaría colocada en el centro de la habitación calculé que la largura total podría ser de ocho metros, siempre que mi teoría fuera válida. Aquel sitio parecía haber sido una especie de taller mecánico o un área de mantenimiento. La duda que recorría mi mente era si se podría tratar de un pequeño taller aislado o si por lo contrario aquello podía pertenecer a una empresa más grande siendo únicamente una pequeña parte de esta.

Toda la pared que se situaba frente a mi tenía unos armarios metálicos que llegarían a media altura, sobrepasarían por poco la cintura de una persona adulta. La pintura verde oscura estaba descascarillada y dejaba al descubierto la chapa interior que parecía estar oxidada. Todos tenían puertas correderas, cada una con su respectiva cerradura, aunque la mayoría estaban abiertas de par en par. En su interior las pocas baldas que quedaban estaban caídas y mal colocadas. Encima de los armarios podía ver a cierta distancia unos de otros unos, tornillos de bancos y frente a ellos en la pared, unos paneles de herramientas que actualmente estaban vacíos. A mi derecha estaba situada la única puerta que daba acceso a aquel taller. Era lo único en toda la estancia que daba la sensación de ser nuevo. Parecía estar en muy buen estado, aunque era difícil de asegurar dada la poca luz que había en aquella zona, pero esa fue mi deducción al ver como el metal de las diferentes cerraduras de seguridad relucía.

Giré la cabeza hacia el lado izquierdo para terminar aquel reconocimiento visual. Lo primero que vi fue una puerta que antaño seria blanca en la que pude diferenciar las letras WC. Si por fuera tenía aquel aspecto no quería imagíname como podría estar el interior. Generalmente tenía problemas en mi día a día para ir a baños ajenos, por muy limpios que estuvieran, no me imagino lo que me podría costar hacer cualquier cosa en aquella pocilga, «a saber qué puede salir del interior de esas cañerías», pensé. La pared de aquella zona estaba bastante perjudicada con ladrillos rotos, grietas y agujeros de un tamaño bastante considerables por los que se colaba el frío del exterior. Dadas las condiciones en las que me hallaba, en poco tiempo cogería un buen trancazo a no ser que alguien lo remediara. De momento nadie se había dignado en aparecer por allí y empezaba a tener hambre, no había comido nada desde el mediodía y fue una ensalada ligera con algo de fruta para poder terminar mi trabajo pronto aquel día, de modo que mis tripas comenzaban a rugir pidiendo algo de sustento.

Una vez más volví a apoyar la cabeza en la fría viga y cerré los ojos con la intención de dormir un poco si mi cabeza y el frío me lo permitían, evitando así seguir dándole vueltas a la situación, aunque sería realmente complicado ya que no tenía nada mejor que hacer. Para mi desgracia pronto todo cambiaría y no sería precisamente a mejor.

Capítulo 2

Un fuerte dolor en la zona abdominal baja rompió de golpe el sueño en el que me había sumergido, aunque pareciera imposible, uno agradable que consiguió que olvidara la cruda realidad en la que me encontraba, al menos por un rato, aquello parecía tan real…, hubiera dado todo lo que tenía en ese momento porque así fuera. Sin embargo, la situación era totalmente diferente, seguía sentado en aquel frío suelo, inmóvil y amarrado, había dejado de sentir algunos de mis músculos de tenerlos tanto tiempo en la misma postura y, por si fuera poco, a todo eso ahora se le sumaba aquel dolor. La vejiga me iba a reventar, había estado aguando las ganas de orinar con la esperanza de que apareciera alguien y poder así, usar aquel mugriento servicio. Pero por desgracia allí nadie aparecía y ya no podría aguantar mucho más, algo dentro de mí parecía que iba a explotar si continuaba así.

—¿Hay alguien ahí? ¿Alguien me oye? —traté de levantar la voz todo lo que pude por si en algún momento el o los responsables se dignaban a aparecer de una buena vez—. ¿Por qué cojones no aparece nadie? Ya no puedo aguantar más.

No hubo respuesta alguna. No tenía más alternativa que orinarme encima, era eso o que algo en mi interior reventara. Parecía algo sencillo, solo tenía que relajarme y hacer algo que con tanta facilidad hacemos a diario, pero me costó. Lo intenté repetidas veces, pero mi cuerpo no respondía como yo quería, era como si estuviera obligándole a hacer algo que estaba mal y este se negara. Al final lo conseguí, primero unas pocas gotas y después oriné hasta vaciar por completo la vejiga. Un escalofrió atravesó mi cuerpo al liberar toda aquella presión y sentir como el calor se extendía por el cuerpo. Estaba tiritando, llevaba mucho tiempo pasando frío, y aunque era algo que esperaba no tener volver a hacer, fue una maravilla poder quitarme aquella sensación, aunque solo fuera por unos minutos.

Intenté retomar aquel dulce sueño en el que esperaba junto con mi banda a salir para dar un concierto frente a miles de personas. Cerré los ojos y traté de revivirlo, pero ya no sería tan placentero como mi mente lo recordaba, volvía a ser consciente de dónde estaba y de cómo me encontraba, por desgracia para mí ya no sería lo mismo, una lástima había parecido tan real… Aun así, continúe con aquella fantasía un rato más, hasta que el ruido de una puerta a lejos captó mi atención.

Gracias a aquel silencio pude oír como unos pasos se acercaban lentamente hacia la entrada del taller donde me encontraba. Por lo que pude deducir por ruido de aquellos pasos, venia más de una persona. El sonido de los pasos se detuvo para dar lugar al de unas llaves que se meneaban antes de introducirse en la cerradura de la puerta. Cuatro vueltas después, la primera cerradura quedaba abierta, la segunda fue bastante más ruidosa que la primera, pero pude contar el mismo número de vueltas que en la anterior. Volví a oír el sonido de las llaves como cuando buscas en un manojo la que necesitas y pocos segundos después se introducía en la cerradura. Dos vueltas después la puerta se abrió.

—Llama cuando termines —escuché decir a una voz masculina con un tono serio y cortante.

El miedo a lo que pudiera venir hizo que no mirara hacia la puerta, en su lugar mi cabeza miraba al lado contrario, donde estaba situado el baño. Era curioso, tanto tiempo deseando que alguien viniera y en el momento de la verdad no fui capaz de mirar hacia la puerta y poder así ver la cara de mi captor. Lo que sí que se me quedo grabado fue la voz de aquel hombre, grave y algo rasgada.

Tras esas palabras, la puerta volvió a cerrarse con un fuerte golpe y se repitió el ruido de las cerraduras mientras unos pasos se acercaban poco a poco hacia mí. La persona se agachó junto a las ataduras de mis pies y comenzó a dar más margen a aquellas cadenas. Se trataba de una mujer de pelo moreno y largo atado mediante una coleta, era joven, más o menos de mi edad, tal vez unos pocos años mayor que yo. Era una mujer muy guapa pese a las magulladuras que pude observar en su rostro y cuerpo, había sido golpeada con dureza y seguramente no era la primera vez que ocurría. El ojo izquierdo lo tenía completamente amoratado e hinchado, una herida en el labio inferior y varios moratones de diversos colores en el brazo que no lograba tapar con su camiseta de manga corta.

Al terminar de manipular las cadenas para que tuvieran el mayor recorrido posible, alzó la cabeza y miró en mi dirección hasta que nuestros ojos se encontraron. No tardó en darse cuenta de que la venda se había movido y de que podía verla. En ese momento la expresión de su cara cambió completamente, el miedo en su rostro era más que evidente.

Rápidamente se acercó y volvió a colocar la venda en su sitio, dejándome ciego una vez más.

—¿Acaso quieres que nos maten? —me dijo en un susurro con la voz temblorosa—. Si se enteran de que me has visto la cara nunca saldrás de aquí y a saber que harán conmigo. Más vale que no se enteren o esto se acabó —dijo con tono de preocupación.

—Necesitaba ver dónde estaba, eso es todo. ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuándo me vais a soltar? —pregunté ansioso.

—Te traigo algo para comer, te lo daré yo misma a la boca. Después te ayudaré a ir al baño para que puedas hacer tus necesidades —dijo en un tono seco pero algo más relajada.

—Ya me las he hecho encima —«A buenas horas», pensé.

—Abre la boca.

Traté de mover un poco las piernas, pero estas se me habían dormido de estar tanto tiempo en la misma postura por lo que me costó varios intentos conseguir que comenzaran a recuperar la movilidad. Empezó a darme de comer, si es que aquello podía llamarse comida, parecía un arroz pasado, estaba pastoso y tenía sabor mohoso. A las pocas cucharadas me negué a seguir comiendo.

—Lleva varios días hecho —me dijo con voz suave—, pero es lo único que me han dado para ti. Bebe un poco de agua, ayudará a tragar.

—Puedes llevártelo, no voy a comer más, es una porquería —dije mientras trataba de aguantar alguna que otra arcada.

Escuché como dejaba la bandeja con la comida en el suelo. Se colocó a mi espalda y repitió la misma maniobra que había realizado con las cadenas de los pies, salvo que esta vez lo hizo con las de las manos dándome así la posibilidad de mover los brazos. Al igual que la zona inferior de mi cuerpo, la zona de los hombros y los brazos estaban completamente dormidas y doloridas después de todo el tiempo que llevaba sin moverme. Poco a poco fui notando como volvían a cobrar vida, el hormigueo en las extremidades iba cesando y los movimientos cada vez eran más controlados. Ya pudiendo mover las cuatro extremidades conseguí ponerme en pie apoyándome en la viga. Me estiré todo lo que pude hasta hacer crujir algunos de los huesos de la espalda, momento en el que la mujer me agarró del brazo y me giró hacia la izquierda.

—Te llevaré hasta el servicio, cuando termines avísame para ayudarte —dijo la joven con un tono amable.

—Ahora mismo no tengo ganas de hacer nada, me lo hice encima hace algún rato —le contesté de forma seria.

—Yo que tú aprovecharía que estoy aquí, siéntate y me avisas con lo que sea. Te doy unos minutos, después volveré a colocar las cadenas como al principio.

Me senté en aquella taza sin intención alguna de hacer mis necesidades, pero al menos podía aprovechar esos minutos para estar en otras posturas y mover un poco mis articulaciones.

—¿Se puede saber cómo pretendes que me limpié en caso de hacer algo? —pregunté intuyendo la humillante respuesta—. No veo nada con esta venda.

—No tengo todo el día. ¿Vas a hacer algo o no? —Por el tono de voz la paciencia de la mujer comenzaba a agotarse.

—No has contestado a mi pregunta.