La Vía iniciática II - Sebastián Vázquez - E-Book

La Vía iniciática II E-Book

Sebastián Vázquez

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Beschreibung

Podemos definir como religiosidad aquella natural pulsión interior que conecta al ser humano con lo sacro a partir de un íntimo sentimiento de trascendencia. Es en las religiones clásicas donde podemos encontrar más fácilmente una potente espiritualidad, sobre todo si nos acercamos a ellas sin prejuicios y entendiendo que en su historia aparecen los condicionantes y límites humanos y que los marcos y contextos culturales muchas veces han distorsionado su mensaje. Sin embargo, todo ello no impide que se encuentren en ellas enormes valores de sabiduría metafísicos, filosóficos y ético-morales, especialmente si se perciben a partir de esa religiosidad que es capaz de discernir y reconocer aquello que emana de la Fuente. Budismo, cristianismo, hinduismo, islam, taoísmo, la religión del antiguo Egipto, los cultos mistéricos o el esoteros, señalan un camino: una vía. A su vez, guardan contenidos de enorme valor espiritual, del mismo modo que también aparecen con gran intensidad en el mensaje de los grandes maestros espirituales de la historia. Este libro, al igual que el primero La Vía iniciática, ofrece una serie de reflexiones respecto a diferentes enseñanzas espirituales de estas religiones que, partiendo del impulso de la necesidad de Dios, proponen un camino que conduce al encuentro con Él.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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La Vía iniciática

El sendero de retorno a Dios

Sebastián Vázquez

https://www.libros-biblos.com/

© EDITATUM

© SEBASTIÁN VÁZQUEZ

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Primera edición: junio de 2025

SEBASTIÁN VÁZQUEZ

Ha estado vinculado al mundo del libro durante cuarenta años principalmente como editor. Fue director de la colección Arca de Sabiduría en la que publicó las principales obras de la distintas religiones y corrientes espirituales. Es un estudioso de las religiones y se especializó en el conocimiento del esoteros, de los cultos mistéricos y, especialmente, de la religión del Antiguo Egipto. Es autor más de veinte libros y ocasionalmente imparte seminarios y conferencias. Entre sus obras destacan: La muerte en el Antiguo Egipto o Enseñanzas de la Tradición Original y, publicadas en esta misma editorial: La Vía iniciática; La enseñanza sagrada del Antiguo Egipto I y II;Los sufíes; Budismo; Hinduismo; Cristianismo primitivo; Cristianismos heterodoxos o, El Camino de Santiago y el juego de la oca, todos ellos publicados en esta misma editorial.

A los que la necesidad de Dios se ha convertido ya en un grito en su corazón, para que puedan escucharlo y darle una respuesta sin miedo y en paz en el cumplimiento de lo bueno, lo bello y lo justo.

INTRODUCCIÓN

Esta segunda parte de La Vía iniciática vuelve a tomar como referencia textos tomados de mi blog www.tradicionoriginal.com. Al igual que en el primer volumen, muchos artículos han sido reelaborados y otros textos son nuevos y no han sido publicados en el blog. Esta vez he seleccionado algunos textos que son respuesta a preguntas que a lo largo del tiempo me han planteado. Muchas de ellas de nuevo se refieren a doctrinas y creencias difundidas por la new age, lo que me hace comprender cómo han podido propagarse, por un lado por medio de una abundante literatura, conferencias y cursos, y por otro lado por la validación sin información o sin crítica de sus postulados y sin conocer su origen o fuentes, posiblemente debido precisamente a que esa numerosa literatura y el aparente elevado número de personas adscritas a su ideario se hayan considerado motivos suficientes para aceptar sus afirmaciones. Tampoco hay que olvidar el hecho de que sus creencias, si bien están pobremente elaboradas, en cambio son muy confortables y atractivas. Sobre la falsedad de este ideario hablé sucintamente en mi libro La impostura de la nueva era y en textos del anterior La Vía iniciática. En algunos apartados también abordo cuestiones que ya traté en el libro anterior, pero ampliándolas u ofreciendo nuevas perspectivas.

Sin embargo, la confrontación del ideario new age con la profunda enseñanza de las religiones tradicionales es la que deja en evidencia su mediocridad y escaso valor frente a la verdadera espiritualidad y el verdadero conocimiento. Por ello he tratado temas presentes en el cristianismo, el islam —especialmente el sufismo—, el budismo o el advaita vedanta, tomando como referentes sus grandes textos de sabiduría, sus enseñanzas y sus maestros. Es en las religiones tradicionales donde aparece con más fuerza la religiosidad, entendida como la pulsión interior que comienza con la necesidad de Dios y continúa buscando el modo de acercarse a Él: y antes o después se descubre que la vía de acceso es el amor que, como todo amor, espera ser consumado.

Sin embargo, es importante entender que ni la espiritualidad más profunda y activa ni el conocimiento forman parte exclusivamente de un pasado, pues, si así fuera, dejarían de estar conectadas a la vida en este presente; y si algo caracteriza a la verdadera enseñanza es que es viviente y dinámica, capaz de estar conectada a la Verdad inmutable, esa que los egipcios llamaron Maat, es decir, a lo Real, y por otro, de ser capaz de adaptarse a la realidad de la humanidad y sus contextos sociales y culturales en el tiempo en el que se manifiesta.

Así que nuevamente comenzamos por el mismo inicio que el anterior libro, por el principio imprescindible para aquellos que tienen una legítima e inexcusable necesidad interior, una verdadera necesidad de Dios que no se conforma con sucedáneos y que ya puede distinguir aquello que emana de la fuente y nutre de lo que no procede de ella y provoca la ignorancia espiritual.

Esta ignorancia espiritual se llama en el hinduismo adviya y nace de la ausencia de buddhi, es decir, de la inteligencia que tiene la capacidad de distinguir la verdad de lo que no lo es. Pero recordemos que buddhi funciona por resonancia: solo la luz reconoce la luz.

EL PATRIMONIO DE LAS RELIGIONES

El concepto esotérico

Antes de abordar enseñanzas de las principales religiones, creo que es necesario poner el término esotérico en su contexto histórico, pues hoy es una palabra utilizada para definir y mostrar elementos doctrinales e ideológicos que originalmente no tenía y que le son ajenos.

Esta palabra en griego significa ‘reservado’ y proviene de la escuela pitagórica. En realidad, se refiere principalmente a la enseñanza de las religiones mistéricas, que eran principalmente orales y que no se divulgaban fuera del círculo de los fieles que accedían a ellas. Por otro lado, las principales religiones también poseen su propio esoteros, partiendo de la idea transmitida durante generaciones de que hay en ellas, además de unas enseñanzas y una praxis general, un nivel de conocimiento diferente más elevado y de acceso restringido. Un ejemplo es el sufismo, nacido en el marco del islam. Si la práctica del fiel musulmán se centra cotidianamente en las oraciones diarias, el sufismo añade otras prácticas como la de la hadra o recitaciones de los 99 nombres de Alá, además de incorporar enseñanzas que no están presentes ni en el Corán ni el los hadices del Profeta. Algo similar ocurriría con el llamado cristianismo gnóstico y sus enseñanzas y prácticas.

Si una religión muestra sus doctrinas y ritos abiertamente, y además abre las puertas a nuevos fieles divulgando sus enseñanzas, las religiones mistéricas solo las abren a los que acuden a ellas voluntariamente, además de que no difunden al exterior sus doctrinas salvo a través de alegorías o símbolos cuyas claves de interpretación están en manos de pocos. Es común que, como ocurrió en ciertas épocas, se divulgaran códigos falsos, que tenían la intención de confundir a los que se acercaban a estos grupos solo por curiosidad o con la pretensión de acceder a sus misterios. Un ejemplo clásico de esoteros fueron los famosos ritos de Eleusis, en los que los participantes debían guardar silencio sobre «lo que oían, veían y entendían» durante su celebración.

El concepto iniciático

Podemos encontrar el origen de este concepto rastreando hasta el Antiguo Egipto. Se refiere a la revolucionaria idea de que es posible acelerar los procesos de despertar espiritual. En toda criatura viviente está inserta la ley de la evolución, primero en el marco de la realización de una función específica y, luego, una vez alcanzada la excelencia en ese cumplimiento, en la emergencia de la aspiración a alcanzar niveles evolutivos superiores. Todo ello está presente en el marco de la ley de la evolución que los egipcios representaron en la forma del escarabajo Kephri, llamado «aquel que es capaz de llegar a ser». Sin embargo, esa acción evolutiva de modo natural es lenta, pues está presente y dividida en gran cantidad de inteligencias vegetativas que, muchas veces, no actúan ni a la vez ni de modo homogéneo, pues precisamente son interferidas por la propia consciencia humana aún inmadura.

Sin embargo, el ser humano ya llega a la carne con esa consciencia de sí mismo individualizada, es decir, con la capacidad de actuar más allá del marco de lo vegetativo. Hay que entender como vegetativas las inteligencias que están asociadas a la vida y sus leyes, por lo que tienen la cualidad adaptativa que las singulariza, en tanto poseen la capacidad de interactuar y reaccionar entre ellas siempre que participen de la vida; al contrario de las leyes mecánicas, que operan sin adaptación ni interactuación con el medio sobre el que actúan.

Al tomar consciencia de sí mismo, primero como entidad espiritual, y entendiendo después que está inmerso en ese algo llamado vida que tiene sus propias leyes, puede aparecer en él la necesidad de Dios, que suele ser percibida también como una añoranza y separación de un origen al que pertenece. A su vez, el individuo puede comenzar a darse cuenta de que, de modo simultáneo, vive como es vivido. Dado que su naturaleza es especialmente reactiva, vive como sujeto activo y actor de una acción que es producto de una reacción previa; y es vivido como sujeto pasivo y receptor del resultado y efecto de esa acción que, a su vez, provocará una nueva reacción, y así en un circuito en el que se entrelazan, como formando un tejido, un sinfín de accionesreacciones que, por su complejidad y velocidad, no son perceptibles en tanto estamos inmersos en su dinámica. Es un tejido vital que, a partir de la condición de reactividad mutua entre las diferentes urdimbres, une y activa todo lo creado.

A partir de entonces, y desde esa misma necesidad que llega a la consciencia, se ponen en marcha mecanismos iniciáticos, o sea, de aceleración. Esa primera aceleración da origen a un encuentro bien con la Vía, bien con un Maestro, bien con ambos. Y ese es el inicio, que significa que para esa persona comienza un camino. Para que ese camino sea real, es decir, que actúe, que sea funcional y ejecutivo, es imprescindible que en él esté presente la Gracia. Podemos entender como Gracia esa fuerza espiritual que dinamiza y acelera el crecimiento en Dios, pues actúa como un alimento susceptible de nutrir y, por tanto, fortalecer y hacer crecer el espíritu que es y habita en el ser humano.

La Gracia sería una suerte de enzima, de catalizador del metabolismo espiritual que actúa como un acelerante. Es la Vía, el Maestro, o ambos, quien procura esa aportación y conexión, si bien siempre está detrás la mano de Dios. Por parte del aspirante son su necesidad y sinceridad las que llaman a la puerta del proceso.

Esa necesidad y sinceridad son prueba de un corazón que, no estando aún ni vacío ni purificado, sin embargo ya es capaz de comenzar a recibir la Gracia y despertar la semilla de luz que duerme latente en su corazón y que crecerá a lo largo del camino. Necesita para recorrerlo abandono, confianza, coraje, disciplina, comprensión, paciencia... No es un camino fácil, si bien es sumamente sencillo, lo cual, paradójicamente, acentúa su dificultad.

Por otra parte, requiere la relativización de los sistemas de creencias que el candidato tenga, especialmente de aquellos que sean limitadores a la hora de que la inteligencia se abra a unirse a la consciencia. Cuantos más contenidos mentales, más límites. Lo primero es alcanzar un estado mental de «no sé», desde la perspectiva de que va desapareciendo cualquier tipo de seguridad respecto a lo que la mente ha construido con los saberes prestados, la propia imaginación, y sus propios y necesarios recursos naturales a la hora de proponer pensamientos que puedan ofrecer las mejores condiciones de confort y seguridad.

Durante el camino, se sucederán diversas etapas de crecimiento que llevarán a ciertas estancias, estaciones, o estados1. En esas estancias se van alcanzando determinados frutos, cuyo valor primario es seguir fortaleciendo al individuo y ayudarlo a crecer, para luego, si Dios así lo quiere, poner esos frutos al servicio del prójimo y de la vida. Pero, dado que la mente es una de las últimas conquistas, por la necesidad de su presencia constante en el mundo, durante mucho tiempo de las etapas del recorrido ella no forma parte de este. Ese recorrido va desde el corazón a la consciencia, pues todo inicio de un trabajo espiritual verdadero comienza en el corazón. En realidad, es un mecanismo de seguridad, pues la mente, en su condición natural, trataría de encontrar razones, significados, asociaciones, etc. a algo a lo que no alcanza, y para ello recurriría a la imaginación o a la fantasía, lo cual solo sería un obstáculo. En realidad, la intervención de la mente en el proceso ralentizaría lo que se ha conseguido en la aceleración. Por eso en el trabajo iniciático están presentes corazón y consciencia, y lo que luego llega a la mente es el fruto obtenido. Es solo entonces cuando esta ya puede participar del proceso.

Esta idea de iniciación está presente en las religiones tradicionales, en las que muchas personas han buscado el modo de avanzar lo más rápidamente posible en su camino de acercamiento a Dios. Al poco, averiguan que, en realidad, consiste en ponerse en las condiciones correctas para que Dios te encuentre: la luz solo identifica la luz; si brillas podrás ser reconocido. El fuego que es el alma se transforma en hoguera con el alimento de la Gracia que actúa, valga el símil, como combustible.

Los monjes budistas meditan, los hesicastas oran, los sufíes celebran la hadra, las hermanas de santa Teresa se esmeraban en encontrar a Dios entre los pucheros, y los renunciantes de la India cubren sus cuerpos de cenizas y recitan mantras. Son distintas formas de buscar la aceleración del proceso desde sus propios credos, aunque es evidente que, para todos ellos, la experiencia, la praxis, constituía la piedra angular: de la experiencia a la comprensión y de la comprensión al conocimiento. No se puede alterar el proceso.

Los antiguos egipcios, un pueblo práctico, desarrolló y codificó la iniciación, entendida como una tecnología diseñada con el fin de proveer los medios para esa aceleración. Si bien hoy el proceso es más eficaz y seguro, a partir de las sucesivas aceleraciones que aportaron los grandes maestros como Buda, Jesús o Mohamed, las bases y premisas son iguales entonces que ahora, pues el ser humano, entendido como un templo que vive, mantiene el mismo diseño, está constituido del mismo modo y a partir de la misma sustancia, y participa de las mismas leyes desde hace miles de años. Sin embargo, los instrumentos y herramientas espirituales de las que dispone y, gracias a esos maestros aceleradores, son hoy más útiles y específicos, bien porque optimizan los que ya se utilizaban, bien porque han aportado otros nuevos más eficaces. Y, como siempre, la higuera ha de dar fruto, si no todo queda simplemente en palabras o en elucubraciones estériles.

Como tantas veces se ha dicho, en las religiones clásicas provenientes de una fuente espiritual y de conocimiento viva es donde podemos encontrar enseñanzas de un valor enorme, sobre todo si somos capaces de liberar estas religiones de prejuicios y discernir correctamente qué es aquello que postulan como fruto de la actividad humana y de la dinámica de la historia, de lo que pertenece a una verdadera enseñanza espiritual que trasciende y está más allá del tiempo o de los préstamos coyunturales de esta o aquella cultura con la que se asocia. De este modo, los textos que siguen procuran situar precisamente tanto contextos históricos y culturales como mostrar sus valiosas enseñanzas. Sean del cristianismo, del advaita vedanta, del sufismo o del zen, lo cierto es que en todas estas vías espirituales se conserva un patrimonio de sabiduría y de experiencia espiritual excepcional. Sin embargo, es importante separar aquello que, como se ha señalado, pertenece a la cultura, a la historia o a la intervención humana en lo que se refiere a la construcción de una religión y que debe ser superado, ya que en realidad forman un lastre ideológico que al final se convierte en un muro que impide acceder a la belleza espiritual y a la enseñanza que contienen.

Consciencia, ser y advaita vedanta

Tanto desde la fisiología como desde la piscología a la filosofía, la consciencia humana sigue significando un desafío por todas las preguntas que plantea aún sin respuestas claras: ¿tiene una sede física?, ¿qué vínculo tiene con la mente o es independiente de ella?, ¿tiene funciones específicas? Y si es así, ¿cuáles son?, ¿es modificable? Y si es así, ¿qué la modifica?, ¿es la conciencia el fruto y consecuencia de algo o es fuente y origen?, ¿cuál es su origen, si lo tiene? Las preguntas se multiplican.

Sin embargo, parece que sí se puede afirmar que en la consciencia de sí mismo está la individualidad y que esa consciencia es el punto de partida del conocimiento tanto del mundo como de uno mismo; es decir, podemos deducir que sin consciencia ni hay identidad personal ni hay conocimiento.

Leemos en el diccionario la definición de consciencia: «Conocimiento inmediato y espontáneo que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones». También: «Capacidad de algunos seres vivos de reconocer la realidad circundante y de relacionarse con ella». Y pone como ejemplos explicativos: «Perdió la consciencia de lo que estaba pasando» o «El coma consiste en la pérdida total de la consciencia». Durante el sueño, cualquier ser humano vive cotidianamente el apagado de su consciencia, que recupera al salir de ese estado. Aún hoy no está claro para la ciencia cuáles son los factores que provocan el sueño en términos fisiológicos, ni tampoco la razón por la que el necesario y renovador reposo biológico lleva asociado la pérdida de la consciencia. Nuevas preguntas: ¿qué hace que se pierda la consciencia?, ¿por qué esa consciencia no es permanente?, ¿está la consciencia limitada y condicionada por la estructura biológica?, ¿lo está también por la mente?

Por otra parte, bien se sabe que ciertas sustancias son susceptibles de alterar y modificar la percepción, y que ello afecta a la consciencia, por lo que se deduce que esta, o una parte de ella, sí está en relación con el cuerpo, con la percepción sensorial, y también con la mente y su actividad, incluso si esta es ilusoria, como ocurre cuando está bajo la acción y el efecto de psicotrópicos.

Por tanto, parece que la consciencia tiene tanto un vínculo con la mente y sus actividades como con el cuerpo físico y las suyas, si bien queda por dilucidar si la consciencia es anterior y está en el origen de la actividad de mente y cuerpo.

Y la última pregunta enormemente importante: ¿está la consciencia asociada a la dimensión trascendente del ser humano?

En castellano, tanto conciencia como consciencia pueden ser sinónimos, aunque el diccionario atribuye a la conciencia la facultad de distinción entre el bien y el mal, entendida esta como una capacidad superior propia de los seres humanos y vinculada a su libre albedrío y a su posibilidad de elección; es decir, representa una función más elevada. De hecho, es un salto enorme respecto a las reacciones instintivas básicas que obedecen al principio de supervivencia.

No dualidad

Como tantas veces se ha dicho, el advaita vedanta es posiblemente la cumbre más elevada del pensamiento humano. Eso se debe a que, en el contexto de una filosofía profunda y de gran impacto para el intelecto, se encuentra también una espiritualidad de enorme valor que conmueve por la resonancia interior que provoca: esa resonancia se refiere a cuando aparece la percepción del Uno.

Por ello, merece la pena repasar algunos de los postulados principales del advaita vedanta, término que significa «no dualidad». Para ello intentaré hacer un resumen comprensible a partir de mi propia comprensión.

Desde la perspectiva advaita vedanta se entiende que:

La criatura humana está disociada, es múltiple y obedece a distintas fuerzas que la gobiernan y la mueven. A veces lo es por la mente y sus contenidos; otras por las emociones bien las gratificantes o las que provocan sufrimiento; otras por la búsqueda del placer y la huida del dolor; otras obedece a la acción del miedo. Sin embargo, el Ser, lo Real, es Uno y, por tanto, inafectable e inmutable respecto a lo anterior.

No hay una separación entre el Ser y

Eso.

Desde la perspectiva

advaita

solo existe una Realidad, que es

Eso,

lo demás es exclusivamente fenoménico, impermanente, irreal e ilusorio. Esa ilusión se llama

maya.

El yo−ego surge como un producto de la actividad y movimiento en

maya

de mente, emociones, sensorialidad e impulsos vegetativos asociados a la supervivencia.

La persona, al nacer, e inmersa en el mundo sensorial fenoménico, construye y desarrolla por medio de la

identificación de la consciencia con el cuerpo y con la mente junto a las actividades de ambos

una entidad que es el yo−ego. La consciencia por medio de esa identificación queda entonces anclada y al servicio del yo−ego.

La entidad resultante yo−ego es un producto que, por su propio devenir e inmersa esa identidad en la dinámica de la existencia, desvincula su consciencia de la consciencia del Ser y queda atada al yo−ego por su identificación con el cuerpo y sus demandas, y con los contenidos y actividad de su mente.

Sin embargo, el

advaita

afirma que el Ser es consciente de Sí mismo, por lo que se puede deducir que sí existe un vínculo entre Ser y Consciencia.

Se define como

Eso

la Realidad−Verdad omnisciente.

Eso

carece de atributos asimilables al concepto individualizado de persona y es por su propia naturaleza incognoscible, pues carece de acceso para la mente humana en tanto esta tiene su actividad en

maya.

Eso

puede ser asimilado a la presencia de una Consciencia en la que están inmersas las consciencias individuales. Dice el

Yoga Vasisthasara:

«Del mismo modo que el océano es agua, el mundo y su contenido no es otra cosa que consciencia que llena el vacío infinito».

Eso

es Consciencia que, como un océano, contiene y siempre ha contenido la consciencia del Ser.

El Ser es esa Realidad presente en el ser humano al que no condiciona ni afecta

maya.

El Ser solo

es.

En ese producto llamado yo−ego, las cosas ocurren al margen de su voluntad y volición. El yo−ego está inmerso en la gigantesca y dinámica corriente de

maya,

que discurre como un río que lo conduce de un lado a otro: del placer al dolor, de la abundancia a la carencia, de la calma a la agitación, de la salud a la enfermedad, etc. La voluntad y volición de la criatura humana solo actúan en un muy estrecho marco; el principal, pero muy importante, es el de la conciencia, que permite discernir lo correcto de lo incorrecto.

Maya

se muestra con dos grandes ilusiones: la primera es que el ser humano tiene el control sobre la dinámica de

maya,

de

lo que ocurre;

la otra ilusión es la de la división:

maya

muestra al Uno−Todo como una infinita y continua división y separación.

Maya

tiene otro poder llamado

mithya,

que consiste en cubrir la Realidad por medio de apariencias que a su vez esconden otras apariencias. Sin embargo, el despertar del Ser lleva a descubrir esas apariencias a partir de las desidentificaciones de la consciencia de sí mismo respecto al cuerpo, las emociones, los contenidos de la mente y sus respectivas actividades.

La consciencia, superada su identificación con mente y cuerpo, entiende qué genera y a partir de qué materiales se construye el producto llamado ego−yo. Entiende también que ese producto que es el yo−ego es efímero y contingente.

Dijo una vez Nisargadatta, uno de los grandes maestros

advaita

contemporáneos, a un interlocutor: «¿Usted cree que Dios le conoce? Él no conoce ni siquiera el mundo». Esta impactante afirmación hay que entenderla en el contexto de la enseñanza

advaita,

es decir, Dios ni conoce ni reconoce al yo−ego, pues es fruto de

maya,

únicamente conoce y reconoce al Ser; y tampoco conoce el mundo como fruto y acción de

maya;

Dios es Realidad.

Solo cuando se diluye la identificación de la consciencia con el cuerpo y la mente y sus actividades aparece la consciencia del Ser. Así se producirá la fusión con el Uno.

El individuo, antes de alcanzar la consciencia de Ser —en el hinduismo se llama

atman

al Ser—, ha de alcanzar su consciencia individual, llamada

jiva.

Solo entonces, habiendo alcanzado la consciencia individualizada ya libre de todas las influencias, préstamos, deudas y añadidos ajenos que haya incorporado tanto mentales, sensoriales como afectivos, podrá fundirse, ya purificada, en la Consciencia que es

Eso.

La práctica del

advaita

consiste en la permanente desidentificación con las ideas y creencias que el ser humano pueda tener -el Ser carece de ellas- y el desapego a las cosas que necesite utilizar -el Ser está libre de ellas-. De este modo, su consciencia deja de fragmentarse y podrá regresar al Uno de donde procede. El ser humano, en tanto inmerso en la dinámica de la vida, tiene indefectiblemente una mente especializada en dividir para conocer y elegir, y activada con sus propios contenidos de creencias e ideaciones; sin embargo, la clave está en la no identificación con esos contenidos, es decir, entender si son adquiridos o no en

maya,

y por tanto contingentes. Lo mismo ocurre con la identificación con el propio cuerpo con sus necesidades, deseos y limitaciones.

A su vez, el practicante del

advaita

se esmera en tres disciplinas:

Karma kanda,

que se refiere a la acción correcta que está siempre en

el camino del medio.

El objetivo es llevar la consciencia a la acción.

Upasana kanda,

que se refiere a la actividad del cuerpo y de la mente procurando su mejor cuidado y correcto uso. El yoga y la meditación pertenecen a esta práctica. El objetivo es llevar la consciencia a mente y cuerpo.

Gnyana kanda,

que se refiere a reconocer primero y acceder después a las fuentes del conocimiento. También se entiende que el verdadero conocimiento no depende ni de la voluntad ni del esfuerzo, si el que lo busca lo hace en donde no está o se encuentra alejado de él, sino que el acceso al conocimiento depende del acercamiento a sus fuentes para impregnarse del mismo. Una fuente es el Maestro, otra la Enseñanza. El objetivo es encontrar y recorrer el camino que va desde la consciencia del yo−ego a la consciencia del Ser.

La consciencia no es mente ni cerebro. La mente es un instrumento de la consciencia y el cerebro es un instrumento de la mente.

Si la mente divide para saber, la consciencia unifica para conocer. Sus formas de acceso son diferentes: el saber procura distancia, el conocer se produce a partir de la penetración en el objeto de conocimiento. De ahí el aforismo propio del

advaita vedanta

: yo soy

Eso.

La consciencia pertenece al Ser; la mente, al yo−ego. Por tanto, el yo-ego ha de estar al servicio del Ser. Toda actividad del yo−ego alejado de la consciencia del Ser alimenta y acrecienta

maya.

La interacción del yo−ego con la dinámica de la existencia genera

maya

y lo incrementa. De este modo, la mayoría de lo que el ser humano

produce

y cuyo origen está en

maya

lo alimenta y perpetua, y quedará en

maya.

En el

advaita

hay un concepto muy importante: el testigo. Este concepto se refiere a que el Ser no involucrado ni afectado por el devenir —

por lo que ocurre

— en

maya

, sin embargo puede llegar a ser testigo de ese devenir y contemplarlo en tanto no hay ya afectación. Cuanta más presencia y desafecto hay en el testigo, más se expande su mirada e incrementa su comprensión, y más se aleja de la dinámica de

maya,

que cada vez le es más ajena y menos perturbadora. De este modo, su

inmersión

en

maya

es consciente, a la vez que va desapareciendo de él la afectación a partir de una paulatina desidentificación con respecto a

lo que ocurre.

Dijo Ramana Maharsi: «¿Por qué te preocupas? Deja que lo que viene venga, y que lo que se va se vaya». «Los pensamientos vienen y van, las emociones vienen y van; encuentra aquello que permanece».

También dijo Ramana: «Usted es consciencia. Dado que usted es consciencia no tiene necesidad de llegar a ella o cultivarla. Lo único que ha de hacer es dejar de identificarse con las cosas que pertenecen al no−ser».

Ramana define como no−ser aquello que forma parte y procede del yo−ego, que, por origen, se forma y es un producto de

maya;

por tanto no es, solo existe.

El

advaita

invita a la comprensión de la diferencia entre Ser y existencia. Lo que es puede existir o no; lo que existe puede pertenecer al Ser o no. El ser humano, compuesto de Ser y de un yo−ego, es (Ser) y

existe

(yo−ego). Una silla existe, pero no

es.

Del mismo modo, cualquier ideación humana existe, pero no es. La identificación con los contenidos de la mente que existen, pero no son, es uno de los principales obstáculos para la realización del Ser.

Todo lo anterior nos lleva a preguntarnos: ¿somos nosotros como criaturas el origen y la fuente de la consciencia o es la consciencia la fuente de lo que somos?, ¿es mi consciencia una en la consciencia de Dios?, ¿Dios y Consciencia son Uno?

La otra gran enseñanza del

advaita

es que cuerpo, mente, ego y emociones pueden servir como instrumentos de acceso a la consciencia del Ser si se les desprovee de su poder limitador cuando están al servicio del yo−ego. La tarea consiste en que dejen de ser exclusivamente instrumentos del yo−ego y pasen a ser activados por la consciencia. El inicio de esa activación comienza en la mente, cuando esta ya discierne entre yo−ego y Ser y opta por el Ser. Entonces el cuerpo será instrumento y templo de la vida; la mente, sede de la inteligencia; el yo−ego, un vestido útil para el Ser; las emociones, sendas que purificadas conduzcan a la única emoción: el éxtasis en el amor.

Sí, en el

advaita,

detrás de su aparentemente fría filosofía, está presente el amor, que se muestra bajo los aspectos de la paz, la felicidad, el gozo, la luz o la liberación. Y sí, Dios está presente.

Ramana Maharsi también dijo:

«Dios, que es inmanente, se compadece en su Gracia del devoto y se le manifiesta en concordancia a su grado de evolución».

«Dios ilumina la mente y así ve en ella. Es el Corazón el que ilumina la mente».

«El universo no es nada sin la mente y la mente no es nada sin el Corazón».

«Todo el universo está en el cuerpo y todo el cuerpo está en el Corazón; por tanto, todo el universo está en el Corazón».

El ser y eso

La primera premisa de que no hay distancia entre el Ser y Eso produce una enorme sacudida mental y parece que contradice los postulados de diferentes religiones, que proponen precisamente un camino para el encuentro con Dios. Sin embargo, desde mi punto de vista no hay contradicción, ya que el camino que emprende el ego−yo es hacia el Ser que Es, y ese Ser es Uno con Dios o con Eso, como define el advaita a esa Realidad última a la que el hinduismo llama también Brahman.

Sin embargo, aparecen con contundencia una serie de preguntas: ¿cuál es el origen de maya?, ¿por qué existe maya?

Lo primero que hay que decir es que maya es un espejo que refleja la realidad inmóvil y pasiva de modo móvil y dinámico, otorgando a esa Realidad los factores de tiempo y espacio que, como un marco, limitan y contienen ese reflejo. Pero esa imagen, en sí misma, es solo eso, una imagen, carece de identidad y de autonomía. A su vez, la percepción sensorial e intelectiva humanas, siempre limitadas, distorsiona esa imagen. Podemos así imaginar a un pez que se pregunta qué es el agua que no percibe, aunque está inmerso en ella: la Realidad está en todas partes.

En cuanto al origen de maya, lo encontramos en el misterio del paso del Uno a la dualidad; maya es ese dos que da origen a la expansión de la multiplicidad. Este paso que da el Uno hacia la multiplicidad se ha intentado explicar desde distintas religiones y filosofías: desde la necesidad de dar respuesta a la propia y natural expansión por parte del Uno como una forma de expresión de autoconocimiento al deseo de contemplarse a Sí mismo como un acto propio y consustancial a la Consciencia, o por la propia emanación de la Consciencia, cuya aparición genera a su vez un vacío, dando así origen a la dualidad de presencia y ausencia. Pero no hay dos ni tres sin el uno. No hay tú y él sin el yo: primero es el uno y el yo, luego surge lo demás que está contenido en ellos. El dos, el tres, etc. están contenidos en el Uno; el tú, él, ellos... están contenidos en el yo. En cuanto al tiempo, ayer y mañana existen porque existe el hoy: por el presente. Y la consciencia solo conoce el presente, el ayer y el mañana solo están en la mente, pertenecen a maya.

A su vez, maya no es solo un espejo, está formada por una sucesión de espejos. Sin embargo, la inteligencia humana —una manifestación de la consciencia— es susceptible de percibir por afectación a mahat, un término que define en el hinduismo a la Inteligencia Cósmica detrás de la cual está el origen del diseño de maya. Esto implica que maya ni es caótica, ni en ella tiene cabida el azar, ni carece de significados, pues está creada por la Inteligencia Cósmica y obedece a sus leyes.

¿Es el mundo resultado de una única energía versátil consciente a la que la mente proporciona unas formas que percibe como una multiplicidad? ¿Esa energía consciente emana de la única Consciencia?

Pero es importante destacar que maya no tiene poder para perturbar la inmensidad, ni la calma, ni la omnisciencia de Eso inconmensurable y eterno en cuyo vacío se gesta la creación y de cuyo silencio brota el verbo.

Pero maya tiene poder sobre el ser humano. Lo perturba por su dinámica que este tanto teme como no comprende. Lo anestesia y le provoca falsas ilusiones que persigue: yo hago, yo opino, yo proyecto, yo creo, yo sé... Lo aleja de la acción correcta ante la preferencia a dar prioridad a la satisfacción de deseos, logro de placeres, huida del conflicto y el dolor... Lo provoca pereza mental e ignorancia espiritual. Lo provoca separación respecto al otro y frente a sí mismo, dando de este modo origen al sufrimiento.

Dijo Ramana:

«La dificultad que tiene el hombre es que piensa que él es el hacedor, pero es el poder superior el que hace todo. Cuando el hombre acepta esto, es libre».

Salir poco a poco de la ilusión de maya se parece a un despertar del estado de dormido. Es entonces cuando maya empieza a parecerse a un sueño en lo personal y a un juego, llamado lilah, en lo colectivo, entendido este juego como una gran obra de teatro en la que unos desempeñan su papel sin saberlo y otros, una minoría, lo hacen sabiendo que solo son actores: son conscientes de que su personaje solo existe, y tiene valor y significado cuando la obra es representada, una obra que sigue un libreto, un libreto escrito por alguien, un libreto originado en el propósito de una inteligencia: no hay caos, no hay azar, pero la criatura sumida en maya no lo ve y mira en dirección opuesta al origen, a la causa.

A partir de un punto, el advaita vedanta no intenta explicar lo inexplicable, el misterio está presente y no hay respuesta para todo: sería preciso hacer las preguntas correctas que provocasen las respuestas correctas y no es fácil si esas preguntas proceden de premisas falsas.

La Consciencia Omnisciente y su Inteligencia solo son accesibles, y en muy raras ocasiones, a través de la experiencia de acceso de la propia consciencia al Ser que permite el vislumbre de la Realidad. Dado que toda definición o explicación requiere de referentes más o menos reconocibles, sucede que dicha experiencia carece de referentes, pues precisamente el estado de Ser no se asienta en referentes de ningún tipo: está libre de ellos, pues simplemente esos referentes pertenecen a lo que ocurre: maya es un sueño en el que el ser humano sueña en él.

Pero el paso del yo al Ser es posible. El paso del sueño al despertar es posible. Fundirse en el Uno es posible. Eso nos enseñaron los Maestros y nos mostraron el cómo. Benditos sean.

El Uno: Plotino y el neoplatonismo

El concepto de Uno también aparece en la filosofía de Occidente. Para ello es necesario acudir a Plotino (siglo III), egipcio de nacimiento pero de educación y cultura helénica. Está considerado el máximo representante del neoplatonismo y el que más claro expone la idea del Uno, una idea que influirá enormemente en el desarrollo posterior de muchas corrientes de pensamiento, incluidas la cristiana, la judía y la islámica. Las ideas de Plotino, que en realidad es un continuador de una filosofía muy antigua, toman forma tanto en el hermetismo alejandrino antiguo como luego en el hermetismo del Renacimiento. También se percibe su influencia en la cábala y en gran parte de las enseñanzas de esoterismo europeo de corte cristiano, en este caso principalmente en lo referido a la idea de las emanaciones.

A su vez aborda también el concepto de alma, tomando indudables referencias aristotélicas, pero con aportaciones de ese neoplatonismo en el que está muy presente el esoteros pitagórico, aunque también aparecen en su obra muchos conceptos de la cosmogonía egipcia, sobre todo de la heliopolitana. Se conservan de Plotino las Enéadas, seis textos de nueve tratados cada uno en los que expone su pensamiento. Fueron recopiladas por su discípulo Porfirio. Estos textos son dados a conocer sobre todo a través de san Agustín, el gran creador de la cosmovisión cristiana que nace de su enorme altura como filósofo y teólogo.

La influencia del esoteros, tanto pitagórico como egipcio, posiblemente se deba a las enseñanzas del que fuera el maestro de Plotino, el enigmático Amonio Saccas, el filósofo alejandrino, para muchos el verdadero fundador de la filosofía neoplatónica. Se sabe poco de él, salvo que no escribió nunca, que su enseñanza era estrictamente oral y que pedía a sus discípulos secreto. Orígenes, que, recordémoslo, es un pilar fundamental en el pensamiento cristiano, acudió a su escuela y fue seguidor suyo; hoy es considerado el mayor teólogo cristiano, solo por detrás de san Agustín. Otro alumno suyo fue otro Orígenes, llamado «el Pagano», a quien Porfirio en su obra La vida de Plotino menciona con respeto. A Amonio Saccas se le llamaba «el instruido por Dios». El sobrenombre, Saccas, se supone que deriva de su oficio de cargador de sacos en el puerto. Se cree también que nació en familia cristiana, para luego pasar a ser considerado un hereje gnóstico y luego pagano. Sin embargo, es sorprendente que su legado, al menos en parte, cimentase el cristianismo triunfante en una época en la que este se estaba construyendo doctrinal y filosóficamente.

Volviendo a Plotino, este sería un resumen de sus ideas principales.

Antes de la dinámica y acto de la creación, ese Uno

vivía

en un estado de calma inexpresiva absoluta, siendo suficiente y perfecto en sí mismo y sin ninguna alteración. Pero, por algún motivo misterioso, ese Uno

despierta

como un acto de amor frente a sí mismo, en el que se contempla como en un espejo. A partir de ahí se producen las

emanaciones

(para los pitagóricos esas emanaciones eran secuencias matemáticas y armónicas, de ahí los números que, en realidad, son solo nueve, ya que el diez, la

tetraktys

de Pitágoras, es la perfección del nueve que retorna de nuevo al uno).

Toda emanación es susceptible de volver a su origen, de retornar al Uno. Toda emanación, según se aleja del Uno, pierde su perfección y la memoria de su origen.

El Uno, despertándose a través de la toma de conciencia de sí mismo -idea que comparte la doctrina de la creación heliopolitana, en la cual se dice que Atum inicia la creación tomando conciencia de sí mismo-, para contemplarse crea una imagen de sí. Esa imagen ya pierde parte del Todo que caracteriza al Uno y ya no es perfecta.

Esta imagen, llamada

nous,

es dual. Se expresa como Inteligencia y Espíritu, que, ya alejadas del Uno, no comparten completamente ni su perfección ni su totalidad.

Ese Espíritu e Inteligencia, al fusionarse, crean el Alma Universal, que es la fuente de la que nacen todas las almas individuales, que, siendo producto de esa emanación del Uno, serían como diferentes aspectos de esa unidad que, por distancia y lejanía de su fuente, no tienen memoria de su origen ni conservan su perfección. Por tanto, tenemos una estructura trina que emana del Uno: Espíritu, Inteligencia y Alma Universal.

Las almas utilizan un

vehículo

para acceder a la materia. Es justo ese vehículo el que, también por descendimiento, se convierte en materia. Esta es la razón de la triplicidad del alma: una corpórea (convertida en carne y sangre que ignora su origen); otra mediadora (la que ha provocado el descendimiento y que provocará la ascensión) y la que ha emanado del Alma Universal y que guarda un grado de pureza y de memoria de su origen.

En esa triplicidad que somos están presentes el Espíritu, la Inteligencia y el Alma Universal. La Naturaleza, entendida como conjunto de todo lo Creado (incluido el ser humano), es a su vez un espejo del Alma Universal que contiene, esta vez de forma unificada, toda la Creación que percibimos fragmentada en diversas formas (plantas, animales, etc.). Así mismo nosotros formamos parte de esa fragmentación, cuya unicidad, lo Creado, es a su vez imagen de ese Uno. Sin embargo, es necesario el paso desde las ideaciones meramente intelectuales y especulativas a la experiencia; las primeras son estériles, la experiencia provee de un fruto.

Kabir y la experiencia

A veces surgen personajes cuyo mensaje espiritual trasciende el marco de las religiones. Este tiene su base casi exclusiva en la experiencia interior. Un ejemplo de ello es Kabir (siglo XV), uno de los más respetados y populares maestros de la India, hoy venerado por musulmanes, hindúes y sijs. Posiblemente analfabeto, sin embargo se le reconoce como un poeta místico excelso que no dejó nada escrito, pues sus Palabras, en forma de cánticos rimados, fueron recopilados por sus discípulos.

Para Kabir solo existe la relación íntima entre el alma humana y Dios. Para él, seguir el islam o el hinduismo es algo secundario, es indiferente una religión u otra; de hecho, propone una suerte de sincretismo, en una época de fuertes enfrentamientos entre hindúes y musulmanes. También rechaza las escrituras y ritos, y censura a los hipócritas que hacían exposición pública de sus renuncias o mostraban manifestaciones visibles de piedad. Para él era indiferente decir Alá, Rama o cualquier otro nombre. Pero Kabir estaba en contacto con santones hindúes y maestros sufíes, y es contemporáneo del Guru Nanak, el fundador del sijismo, que, como él, predicó la abolición de los ritos, y el amor y devoción al Dios único, antes de que esta religión de los sijs se militarizara. En la actualidad Kabir es uno de los santos más venerados del sijismo.

Pero en su mensaje se aprecian rasgos muy identificables, como el que se refiere a la unidad absoluta del Ser: «Se ha vuelto yo aquel al que yo llamaba otro».

Y Dios está cerca siempre y su acceso es la experiencia: «Dios es el aliento de todo cuanto respira». Toda la vida es divina y se abre ante los ojos de quien ha abandonado el yo que lo separa del otro. Kabir caía en éxtasis y ahí le era mostrada la Verdad. Su experiencia era su mensaje, y este se centraba en el viaje de regreso al origen de la unicidad absoluta del Ser.

Sus padres adoptivos fueron musulmanes y en esa fue criado, aunque se cree que su madre era hinduista. Casado, con hijos, el oficio con el que se ganaba el sustento era el de tejedor. Otra revolución en su enseñanza fue que, al igual que le era indiferente la religión de unos u otros, para él tampoco existían ni castas, ni sexo, ni nivel social o intelectual. De este modo se creó muchos enemigos entre musulmanes e hinduistas apegados, a la literalidad y dogmas que no comprendían, pero también ganó el respeto y el cariño de quienes se acercaban a él para participar de su baraka; de hecho, a su muerte unos y otros disputaron por su cadáver, y hoy su tumba musulmana y su estela funeraria hindú siguen juntas y son veneradas por miembros de ambas religiones, lo cual es algo verdaderamente insólito.

Una vez recitó:

«No me busques en templos, ni en la mezquita, ni en la Meca, ni donde se encuentran los dioses hinduistas; tampoco estoy en ritos ni ceremonias, ni en el ascetismo, ni en sus renuncias. Si de verdad me buscas, me verás y llegará el momento en que me encuentres».

«Él está en mí, está en ti, al igual que la vida está en cada simiente».

Debemos al premio Nobel Rabindranath Tagore que tradujese al inglés su obra. Así se dio a conocer en Occidente un maestro espiritual de enorme envergadura, que nos legó un mensaje tan profundo y actual como cargado de futuro.

Éxtasis

Esta experiencia ha sido descrita por fieles de distintas religiones como santa Teresa, san Francisco, Rumi o el mencionado Kabir. Sobre ella podemos deducir que se produce cuando la Presencia Divina presente en forma de Gracia se desborda de su contenedor, el corazón, y alcanza tanto al cuerpo como a la consciencia, manifestándose como un estado de gozo y beatitud en el que los límites de la sensorialidad ordinaria se difuminan, o incluso se desvanecen, y aparecen entonces los vislumbres de una Realidad en cercanía con la Fuente. Dicha cercanía, a su vez, es la parte principal de la continuidad de la experiencia, en la que se produce una conmoción cuya intensidad está en relación directa con esa cercanía.

Leemos a Teresa de Jesús:

«El alma no se contenta ahora con nada menos que con Dios. El dolor no es corporal, es espiritual, aunque el cuerpo tiene su parte en él. Es un intercambio amoroso tan dulce el que ahora tiene lugar entre el alma y Dios que le pido a Dios en su bondad que haga experimentarlo a cualquiera que pueda pensar que miento».

¿Y si todo se resumiese en la reflexión de otro místico, san Juan de la Cruz?

«Más parece que el secreto de la vida consiste simplemente en aceptarla tal cual es, simplemente aceptarla tal cual es».

Experiencia y comprensión

Toda comprensión va detrás de la experiencia, solo después aparece el conocimiento.

El conocimiento, siendo integrativo y unificador, da a la experiencia y su comprensión el salto de asimilarlo en un todo coherente más allá del contexto de la propia experiencia. Esta será la vía para acceder a una comprensión que trasciende el mero proceso intelectual.

Cuando la mente ejerce violencia sobre sí misma y se afana en buscar comprensión de algo sobre lo que no hay experiencia, el fruto de esa violencia se transforma o en fantasías producto de la propia mente y sus contenidos, o en préstamos de explicaciones y comprensiones adquiridas de otros.

Pero ni la fantasía ni pseudo comprensiones prestadas carentes de experiencia podrán transformarse en conocimiento. La experiencia está vivificada, pero ni la fantasía ni la comprensión intelectual lo están. Y el conocimiento es siempre viviente, pertenece a la vida.

Los conflictos y el puente

Pero hay que recordar que en la vida percibida como dualidad siempre está presente el conflicto. Si miramos al ser humano de modo simple, veremos que nace, o como decían los egipcios, llega a la existencia, con tres cosas: una consciencia de sí mismo individualizada, un cuerpo biológico adaptado a la vida y capaz de interactuar con ella, y con aquella chispa divina, esencia espiritual, o como queramos llamarlo, que es su verdadera naturaleza y capaz de, en las condiciones adecuadas, permeabilizarse y llegar a esa individualidad, a esa consciencia y al propio cuerpo físico que, a partir de ello, le aportará, a modo de nutrición, elementos que acelerarán su evolución y crecimiento: crece su individualidad cada vez más asociada a una función y a un servicio, crece su cuerpo en el sentido de que es capaz de absorber más de esa esencia espiritual que luego alcanzará a la consciencia que también crece y que cada vez abarca más integrando opuestos y unificando lo separado.