La viajera XXI - Martina Labandeira - E-Book

La viajera XXI E-Book

Martina Labandeira

0,0
10,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Cielo es una adolescente ensimismada que busca conocerse y saber hacia dónde quiere ir. En un giro rotundo acaba en la Argentina del siglo XIX, bajo el ala de la familia Escalada. Descubre que es una viajera en el tiempo, pieza fundamental de una profecía milenaria, con la ayuda de Mariquita Sánchez de Thompson. En medio de esta nueva vida, debe enfrentar el rápido crecimiento impuesto por la sociedad tradicional, el deber adquirido que la obliga a anteponer el futuro de su país por sobre su madurez, y la consecuencia de cada uno de sus actos. Como si fuera poco, es en otro siglo donde conoce, por primera vez, el amor. Tiene a su favor la ayuda de los fieles amigos que hace en el camino, pero debe luchar a contratiempo con los enemigos más insólitos e inesperados. Mientras sortea todo tipo de eventos e intenta adaptarse a un mundo que no conoce, ella se dará cuenta de que el margen de error no es tan visible como suponía.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 415

Veröffentlichungsjahr: 2021

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Labandeira, Martina Abril

La viajera XXI / Martina Abril Labandeira. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

344 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-782-6

1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas Históricas. I. Título.

CDD A863.9283

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Labandeira, Martina Abril

© 2021. Tinta Libre Ediciones

A todas las personas que me acompañaron con su apoyo, la lectura y la crítica. Familia y amigos. A los que lo estuvieron esperando y los que permanecieron al momento de necesitarlos.

Agradezco a todos los autores que indirectamente nutrieron el aspecto contextual, revelaron vacíos de información, e inspiraron la narrativa de esta historia.

Agradezco, no menos importante, al coprotagonista de este libro, por lanzarme de lleno a nuestro pasado y explicar con lo suyo un poco de lo mío.

Los hechos y personajes de esta historia pueden ser ficticios o reales, así como convenientemente modificados los últimos, sin ánimos de ofender o insultar a terceros. Se expondrán hipótesis y personalidades con la libertad de una obra de ficción.

Cualquier semejanza con la historia argentinano es ninguna coincidencia.

¡No te equivoques! Este no es un libro de historia propiamente dicho. La historia es el ingrediente esencial que determina su género. No necesitás un pleno conocimiento de historia con los tiempos que corren, teniendo libros o Google a mano. No saber de ella hace de esta historia algo mucho más emocionante. No voy a corromper tu mente con invenciones locas que te vas a negar a creer, no vas a ser tan perfeccionista para señalarme y declararme blasfema.

Pero ojo. No te desentiendas de la historia durante tu vida, porque conocerla es un antes y un después en vos.

Abrí tu mente, pero, sobre todo, abrí tu imaginación.

Abrite a nuevas ideas, nuevas dimensiones.

Olvidate de los próceres que conocés. Llamalos por su nombre.

Pensá que quizá algo de todo esto pudo ser real.

O simplemente disfrutá de una ficción.

Porque es eso.

Ficción.

¿Qué harías si tuvieras la oportunidad de cambiar la historia?

Crees que conoces una historia, pero solo sabes cómo termina.

Para llegar al corazón de esa historia, debes regresar al inicio.

Los Tudor (serie de televisión)

Para una mejor comprensión de las calles y lugares mencionados, he aquí un mapa de la zona de la ciudad a la que se limita una porción de esta novela:.

Prólogo

H

La Ciudad de Buenos Aires está colmada de gente, tanto porteños como bonaerenses, habitantes de otras provincias e incluso extranjeros que viajaron exclusivamente para estas fechas. Un bicentenario muy importante asoma en el mes de junio y el país entero está expectante sobre los homenajes que la Presidencia decidió llevar a cabo.

Las avenidas Belgrano y Defensa están cerradas al tránsito y el gran contingente rodea la cuadra del Convento de Santo Domingo (y un poco más también). En el patio principal, próximo al majestuoso mausoleo, el Obispo de Buenos Aires está de pie detrás de un atril, en donde reposa la Biblia. En torno al mausoleo se halla el Regimiento de Patricios, cada soldado cargando con una corona de flores. En los asientos, las autoridades y descendientes del difunto; y del otro lado del enrejado se encuentran los ciudadanos, habiendo algunos curiosos asomados por los balcones de sus departamentos, de donde cuelgan banderas argentinas. Asimismo, los medios de comunicación luchan entre sí por tener la primicia.

En sus sagradas prendas, el Obispo incita a todos a ejecutar la señal de la cruz y luego a rezar una oración en nombre del homenajeado. Todo aquello que compone una misa transcurre sin inconvenientes en pleno silencio y los Patricios colocan las coronas de flores alrededor del mausoleo. Sin embargo, un momento atrapante, ansiado y emotivo, está por ocurrir: por vez primera en doscientos años, la primera bandera argentina será izada.

Un asistente que estuvo siempre de pie, cargando con un cofre muy cuidadosamente, se acerca a dos Patricios que lo esperan en el mástil y abre aquella pequeña caja. De allí, el capitán saca con sumo cuidado la bandera, perfectamente doblada, y descubre los extremos para atarla a los ganchos de las cuerdas. A partir de ello, la desdobla con aquel mismo cuidado; y con respeto, a una velocidad media, el primer símbolo patrio, algo manchado de pólvora, comienza a flamear de manera sublime al ritmo de una suave brisa, transportando a todo el público presente a los años en que el país apenas echaba raíces de independencia, de la mano de la mejor historia de amor colonial jamás contada. El relato mismo que inició con una joven de 16 años.

Capítulo I

H

Se profetizó que este mundo tendría final entrar en el 2000.

Notre Dame de Paris (musical)

(La Ciudad Autónoma de) Buenos Aires es un caos de donde es posible sacar la belleza misma. Cosmopolita, mixta y misteriosa. Junta su pasado glorioso de la modernidad entre la locura de la contemporaneidad, los carteles LED, las marquesinas teatrales, la iluminación del metrobús. Ostentoso en sus barrios pudientes, con el arte desperdigado en los edificios, plazas, calles y monumentos; en sus museos y lugares de culto. Exponiendo en sus barrios bajos las falencias estatales, la discriminación, el prejuicio y la pobreza. Alberga universidades, institutos, oficinas, estaciones de trenes y subterráneos. Superpoblada en horarios hábiles y para nada somnolienta en el horario de descanso.

Para algunos es una miniatura en donde todo se choca con todo. Para otros es una inmensidad en la que es muy fácil perderse o pasarse con el transporte. O una zona cara para alquilar o tomar un taxi. Una zona de privilegio porque lo central está cerca desde cualquier sitio y las oportunidades caen a raudales para nativos o extranjeros. Es, para los más lejanos, el epicentro de la discriminación a las provincias, incluso a aquella que ni por el nombre quiso compartir su territorio. La ciudad es la ciudad, el campo es el campo. El bonaerense debe conocer capital, pero pocos porteños conocen y ven a la provincia con la misma naturalidad.

Pero fuera de todo ese despliegue y al igual que cualquier otra parte, la ciudad de Buenos Aires, pasión de multitudes, borronea su historia cada día un poco más. La esconde bajo la alfombra, guardándose para sus habitantes, y el público curioso debe depender de divulgadores de redes sociales o guías turísticos excepcionalmente expertos.

Esa es su ciudad de origen, según lo que ella considera “la leyenda”. Arriba junto a su madre para conocer el lugar en donde su historia comenzó. Nada muy relevante puede definir a la hija única de los Spinelli, sería falso decir que es el cliché de la adolescente única y diferente; ni siquiera sabe ella en concreto qué será mañana. Se conoce a sí misma como Cielo. Taciturna, ensimismada pero observadora. Con un carácter arrollador que tiene amansado porque no gusta de explotar al primer problema. Se sienta y espera, busca soluciones antes de perder la cabeza. Es algo que cree llevar bien, aunque a veces le gustaría tener más desafíos en frente.

Frente a ellas, detrás de la reja que lo rodea, se encuentra el antiguo convento de Santo Domingo, en cuyo patio se levanta el mausoleo del creador de la bandera, y cuya iglesia, a juzgar por las redes instaladas, se cae a pedazos. Dentro del templo, en su silencio sepulcral, se ve lo clásico de un santuario católico: santos, el altar y banquetas; aunque también estudiantes de arquitectura que sacan fotos para, probablemente, proyectos de la universidad. Pero lo particular son las banderas que allí se exponen. Se ven cubiertas de pólvora, manchadas y rotas. Cielo deja que su madre rece, puesto que ella no sigue realmente el catolicismo ni es ortodoxa al respecto, se pasea alrededor de la iglesia. Una de las naves está completamente oscura, a excepción de las luces puestas sobre las imágenes.

Observa la construcción hecha de mármol en los confesionarios, los restos de figuras relevantes, las capillas. Le resulta diferente a la catedral, es menos ostentoso.

Sin embargo, lo que captura su atención es el resplandor que escapa de la ranura inferior de una puerta de salida, justo en la nave izquierda, de camino a donde están las banderas inglesas. Aquello gana su atención y la invita, u obliga, a buscar sin sentido lo que hay detrás, no sin fijarse previamente que su madre esté fuera de la vista.

Abriendo la lámina de madera, divisa algo que no esperaba encontrar y casi provoca que retrocediera hasta casi tropezar con un escalón del altar principal: mujeres con vestidos largos y antiguos, abanicos en mano; caballeros en levita y galeras andando erguida y elegantemente; algún que otro carruaje y también personas a caballo sobre la calle de tierra, pura y exclusivamente de tierra. No hay signos de pavimentación, ni siquiera un mísero empedrado. Es casi un mural viviente, y captura a la adolescente de dieciséis años.

De repente, algo le hace clic, como un déjà vu. No es la primera oportunidad en la que le sucede, aunque se da una vez cada mucho tiempo. Para su madre, y médicos, son recuerdos reprimidos de sus primeros años de vida, que se justifican con sencillez a partir de su historia familiar y el misterio detrás de su adopción. Son fragmentos inquietantes. Gritos, tierra, velocidad… silencio. Una mujer que llama un nombre, que no la identifica, en distintos tonos. Generalmente, se asusta.

Y a raíz de ese mismo susto, cierra la puerta.

—¿Mamá? —llama, intentando conservar la tranquilidad.

—¿Qué pasa? —responde la mujer que no pasa de los 40 años, acercándose hacia donde está su hija y viendo en ella un semblante pálido—. ¿Te sentís bien?

—T-Tenés que ver esto. —Cielo se cree inexpresiva, pero cuando algo la supera, le es imposible mantener el gesto estático. Toma la perilla de la puerta y la abre otra vez, hallando nada más que un parque al rayo del sol. Observa la salida con un poco más que ligera sorpresa y regresa la mirada a su madre, quien no hace otra cosa que mostrar una mueca. La muchacha olvida completamente el detalle del déjá vu.

—¿Eso? Me parece que voy a tener que sacarte de casa más seguido. Ya no reconocés ni un patio. Cerrá eso y dejalo como está. —ordena la mayor antes de dar media vuelta y retomar la atención sobre aquello que estaba contemplando.

Una vez que la mujer está lejos, su rostro acusa perplejidad. ¿Cómo es posible si recién ha visto otra cosa? Aprieta los labios con frustración y cierra la puerta, con suerte sin expresar su ira mediante un portazo, a ver si perturba a medio mundo. Lo que falta.

Sin embargo, unos segundos después, el resplandor regresa a la ranura, obteniendo su atención de nuevo.

Ahora sin llamar a su madre, vuelve a abrir y se vuelve a encontrar con el mural viviente. No sabría calcular el año, pero supone que es anterior o cercano a 1810. Se ve tentada a mirar más de cerca, pero teme lo que pudiera suceder. Cruzar una puerta y regresar no afectaría a nadie, ¿verdad? Su cabeza da mil vueltas y hace más ruido que aclarar sus ideas, lo que la pone más nerviosa y provoca que tome una decisión rápida, sin requerir ninguna reflexión.

Con su arrebato de curiosidad extrema, pone un pie del otro lado, y luego el otro. Dando un paso más adelante, vira sus ojos hacia su alrededor. Casas antiguas, hechas de cal y sin chance de ser pintadas; algún que otro negocio y lo visto anteriormente. Girándose sobre sus talones, y en lugar de ver la puerta abierta, se encuentra con la pared del Convento. Presa del miedo creciente, se hiela. Acaba de dar un paso sin retorno.

Decide recorrer la calle con sumo cuidado, y en cuestión de cuadras se topa con un edificio diferente, como un fuerte. Yendo a la izquierda, una especie de galería, y detrás el mismísimo Cabildo, cuyos extremos son el doble de largos que el que conocía. Con ojos enormes y la boca entreabierta, no tiene palabras para expresar qué es lo que acaba de hacer. Y si es que entiende lo que hizo.

No se percata de que la gente a su alrededor la mira como si viniera de otro planeta. Está encerrada en su cabeza una vez más, pensando salidas imposibles de aquel lugar y con sus nervios creciendo a cada minuto. Todo debe ser un sueño, pero de ser así no sentiría el olor a tierra mojada como si hubiera llovido, no captaría con tanta nitidez los sonidos y no podría siquiera ser consciente de lo que pasa. Respira con dificultad; aterrorizada, pero a la vez tan curiosa como al inicio. ¿Ahora quién podrá ayudarla? Precisamente, no el Chapulín Colorado, pero sí quien toma su brazo con brusquedad.

—¡Aquí estás! —exclama la menuda niña que triunfa en sacarla de su ensimismamiento. Sus rizos negros azabache, decorados con cintas, rebotan sobre sus hombros y espalda mientras su vestido se mueve con ella.

—¿Yo? —Se limita a preguntar, aún anonadada y difícil de despertar.

La pequeña porteña la aleja de la plaza hacia una calle que claramente se dirige a su casa. No debe pasar los diez años, usa un vestidito pomposo y la lleva de la mano como toda una adulta decidida.

—¡Claro que sí! ¿Has visto cómo te miraban? Te he salvado, deberías agradecerme —responde la niña en un tono más confidente y serio que antes. Tiene todos los aires de liderazgo, pero solo buscó una forma de alejar a la desconocida en extrañas prendas—. Nunca te he visto. ¿Quién eres?

Parpadeando, Cielo sacude la cabeza para despabilarse y decide presentarse. Si esta criatura inocente la ayudó, no es del bando contrario.

—Cielo... Cielo Spinelli.

—Remedios de Escalada —Se presenta la niña de cabello moreno también. Toma los pliegues de su vestido y hace una rápida reverencia—. Ahora que te conozco, ¿qué hacías allí... y usando eso? —inquiere señalando la ropa que lleva su receptora, con un claro disgusto. Eso es más próximo a ropa masculina que femenina, por lo menos, a juzgar por lo que tiene aprendido de moda.

¿Cómo podría Cielo explicarlo de una forma que pudiera entender? No es cualquier persona, sino la futura esposa de José de San Martín en sus tiernos años. Siendo alguien de la época, y cuya edad le impide comprender muchas cosas de la realidad como para también entender asuntos paranormales, se le hace muy difícil encontrar las palabras. Será mejor que vaya por el lado concreto y, en lo posible, sin titubeos.

—Crucé una puerta y llegué a este lugar. No hay mucha historia. —murmura jugando con sus manos como si estas fueran a explicarlo mejor que ella.

La mirada confundida de Remedios es evidente, incluso por su ceño levemente fruncido. Lo único que consigue procesar es que la chica proviene de algún sitio extraño y que no tiene en dónde quedarse. La predisposición y el arrojo que la afecta en el instante la alienta a llevar a Cielo a su casa, en donde recibiría cobijo y atención. Y, por último, pero no menos importante, ropa. Tal vez Maruja, su media hermana, podría alcanzarle algún vestido suyo, pues parece ser de su talla.

—Ven conmigo. Te quedarás en casa. Mi nana me está esperando aquí cerca. —comunica, e ignorando la forma en que Cielo la mira, la toma de la muñeca y con ella entra en la calle La Merced hasta la esquina de Santísima Trinidad, justo en donde se erige su casa. La nana en cuestión, Jesusa, no intentó siquiera razonar con la niña; es muy obstinada. Lo que resta es ingeniar una buena explicación para sus padres. No le costará convencer a su Tatita, pero su madre es un caso complicado, por no decir imposible.

—¿Estás segura?

—¡Por supuesto!

Y de esa manera, Cielo no tiene otra opción que seguirla. De lo contrario, se vería obligada a dormir en la calle y quedar como una ingrata.

*

La puerta de calle se abre con un pequeño chirrido, revelando detrás de sí el zaguán de la casa de los Escalada. No hay nadie a la vista, pero Remedios anuncia su regreso de todos modos. La gran incógnita que se plantea Cielo es a qué había salido sin sus padres; sin embargo, agradece que lo haya hecho, o las cosas no habrían acabado bien para ella.

Las paredes están decoradas con cuadros y retratos familiares, en un momento dado se encuentra con un espejo muy singular, en el que se refleja unos segundos, sin sorprenderse mucho de lo que ve. Su buzo, sus jeans, su cabello en una media cola y su expresión que muestra la nada misma, a pesar de que podría estar gritando en lo más profundo de su persona.

—Ese es un espejo que trajo Tatita de Europa. —le explica Remedios a una corta distancia, como si hubiera leído sus pensamientos, o tal vez, su rostro. En respuesta, Cielo asiente y sigue camino hasta el patio principal que en cuyo centro está el clásico aljibe, y a su alrededor, las galerías con las puertas que llevan a las múltiples habitaciones. Remedios abre la puerta de la suya y la hace entrar antes de que alguien pudiera verlas. Detrás de ambas cierra la puerta.

—Bienvenida a mi reino —comienza a contar—. Duermo con mi hermanita Nieves, y por suerte no está aquí ahora. Tal vez está jugando, quién sabe. Te permito quedarte aquí, no creo que te vean a menos que…

De repente, tocan la puerta.

—¿Hagan eso? —susurra Cielo, ocultando perfectamente sus nervios. Remedios asiente, pero no le da ningún tipo de alivio. Un adulto está por entrar a la habitación y apenas se supo explicar muy brevemente con ella, ¿qué le va a decir a alguien que quizá sea capaz de enviarla con las autoridades? Siente que su vida no peligra por un pelín. Una nueva pregunta aparece y es sobre cómo pudo hacerle caso a una niña.

—¡Remeditos! ¡Jesusa dijo que regresaron! ¿Puedo pasar a saludarte? —La voz masculina que se escucha es una inconfundible para la nombrada. El interior de la niña se regocija y a la vez se desespera. Su Tatita, su alma y su razón de existir, está buscándola, pero a la vez tiene que hacer algo con la inesperada visita. Remedios busca con la mirada algún lugar para esconder a Cielo y no se le ocurre nada mejor que el ropero.

—¡Ven! —susurra tomando a la adolescente. Abre el ropero con ayuda de la mayor y la mete entre los vestidos arriesgándose a que su padre, extrañado por la falta de respuesta, abra la puerta— No hay tantos vestidos, sobrevivirás. No tardaré. —le avisa y cierra. El vestido que lleva aprovecha el poco vuelo que posee para moverse de un lado a otro junto a su dueña en un baile muy coordinado.

No hay tantos vestidos.

Claramente, aquello fue sarcasmo. Además de ser un espacio cerrado, las chances de poder respirar son escasas gracias a los vestidos diminutos de Remedios; o de Nieves. Ya está calculando cuánto tiempo tardará el aire en ser puro dióxido de carbono. Ella no es una planta como para también transformar eso en oxígeno, así que estará en un problema en cuestión de minutos.

Apoya la oreja contra la madera del mueble y es capaz de oír la charla padre e hija. Remedios intenta entablar una conversación típica de ellos, pero en cualquier instante don Antonio descubrirá su modo de hablar. Comienza a titubear, a tartamudear, y el aire empieza a faltar. Demasiado pronto para lo que imaginaba; de todos modos, esos vestidos son bastante gruesos y ocupan más lugar de la cuenta, ahogándola.

Trata de resistir lo mejor posible en lo que Remedios maneja la situación, hasta que le resulta insostenible y abre las puertas del ropero con tanta fuerza que cae al suelo. Remedios abre los ojos como platos y de la misma forma Cielo levanta la vista hacia el señor de la casa. Cabe aclarar que toma grandes bocanadas de aire como si este fuera el oasis en el desierto, recuperando el color natural de su piel.

—Remeditos, ¿es así como recibes a las visitas? —pregunta su padre, tan extrañado sobre la ropa de Cielo como lo estuvo su hija al principio, pero no le da mucho crédito siendo que esa chica está falta de aire.

—¡Puedo explicarlo, Tatita! Por favor, no me retes. —se remite a responder ella mientras divide la mirada entre sus manos y el rostro desconcertado que busca información en lo que la invitada se pone de pie.

—Creo que la explicación está más que clara... —señala Antonio con una ceja en alto. Se niega a que la joven se levante sola y por ello la toma suavemente de los brazos para ayudarla— Has traído a una desconocida a la casa. Tu madre se volverá loca. —El tono en el que habla es suave, calmo. Antonio tiene serias dificultades para ser tosco cuando debería serlo. Remedios es la luz de sus ojos.

—Mi nombre es Cielo. Cielo Spinelli. —se presenta la joven sin una pizca de miedo en su voz. Aun así, le tiemblan las piernas y la situación no deja de ser abrumadora.

Antonio de Escalada, el hombre que se perfila como el padre de Remedios, frunce ligeramente el ceño. En su cabeza recorre todos los apellidos de Buenos Aires y le es imposible identificar a una familia que porte el que oyó, menos un rostro como el que tiene en frente. Acaba asintiendo apenas y se aclara la garganta.

—Desafortunadamente no conozco a ningún Spinelli. Deduzco que son nuevos por aquí. —opina llevándose el dedo índice y el pulgar a su barbilla para deslizarlos sobre ésta.

—De hecho... soy yo sola. —En el breve tiempo que lleva en la época colonial no se molestó en hablar de un modo diferente al habitual, que además extraña aún más al dueño de casa.

Está claro, según juzga Antonio, que la muchacha es de familia española, o más bien criolla, pero le es un misterio que siendo tan joven viva por su cuenta. Examina disimuladamente su mano izquierda y no halla ninguna pieza de joyería que delate algún estado civil similar al de casada. Es soltera. ¿Habrá huido de su esposo y quitado la alianza? Sería un peligro tenerla en la casa si así fuera. ¿Sus padres habrán muerto? ¿Cómo se atreve a andar en ropajes como esos por la vida? Tal vez fue una idea de emergencia para ocultar su identidad. Eso explicaría el nombre desconocido. Pero como él es comerciante, no puede obtener tales datos como para verificar sus palabras. Debería buscar a un abogado, y conoce a los suficientes para investigar.

—¿Y si le muestro mi documento? —pregunta Cielo en un acto fallido, habiendo notado su silencio. Apenas nombra su propio documento de identidad se percata de que todavía lleva su bolso colgado. Bueno, algo positivo obtiene de la situación: sus pertenencias más íntimas están con ella y no perdidos en alguna parte de la galaxia o camino que la haya transportado en un santiamén al mil ochocientos.

Ciertamente, la pregunta anonada al señor Escalada, e incluso a Remedios.

—¿Tu qué? —inquiere el hombre.

Bueno, ahora metió la pata porque el documento aún no existe. Ahora debe sacar aquella pequeña credencial o el problema será enorme. Simulando seguridad, abre su bolso y hurga entre los bolsillos de los costados hasta encontrarlo. Lo saca al exterior y se los extiende. Remedios no se mueve, su padre sí para agarrar el documento como si lo tomara con pinzas. Examina las pequeñas letras, la extraña miniatura que muestra a una seria Cielo, y el nombre de «República Argentina».

Cielo, más que nunca, comprende el sentido de la frase “todo lo que digas será utilizado en tu contra”. ¿A ver si eso les sirve para tratarla de persona con delicado estado de salud mental?

Ni el padre ni la hija entienden lo que dice allí, y por eso el padre lo retorna a su dueña, quien lo guarda de nuevo en su bolso.

—¿Qué es esa República de la que habla? ¿Le han cambiado el nombre a Francia?

—Es difícil de contar —responde Cielo—. Solamente crucé una puerta y terminé acá. ¿Qué año es este?

—Pues… 1806 —replica el patriarca. Solo unos segundos de silencio lo ayudan a pensar—. Guardaremos el secreto. Están pasando muchas cosas como para alterar al Virrey con esto. Pero nos debes una buena explicación —concluye Antonio. No solo no quiere perturbar al mandatario de la colonia, sino que, muy dentro de su bondad, no quiere delatarla cuando ni siquiera ella entiende qué hace allí. Sí, cree en sus palabras y se maldice por el tamaño prejuicio que lo dominó minutos atrás. Por el momento, lo que más le preocupa es cómo harán para darle un lugar en la casa. Hay que darle una habitación, comida, los cuales no son un problema, pero la ropa y el acento sí lo son—. Me retiraré a adelantar algo de trabajo. Remedios, por favor, haz que se ponga cómoda y que no sea entre tus vestidos. Enviaré a Jesusa para que las ayude. —se excusa y pide permiso para salir, cerrando la puerta detrás de él. Lo que lleve el comerciante en su cabeza a partir de ahora es un completo misterio para las chicas.

Tanto Remedios como Cielo permanecen en silencio en cuanto quedan solas. La primera en reaccionar es la morena, girándose para mirar a la castaña.

—Quisiera oírte, y ayudarte a cambiar ese modo de hablar que nadie tiene aquí.

*

Cae la noche de aquel mismo día sobre la Buenos Aires colonial. Las velas de los faroles son encendidas de a una, quedan unos pocos vendedores ambulantes en las calles de tierra y la iluminación de las casas se deja ver por las ventanas cuyas persianas aún no son cerradas. A esta altura, los hombres ya están de regreso; los esclavos preparan la cena y algunos se preparan para tertulias o reuniones comunes y corrientes.

Aun así, lo común y corriente apenas es tal en la casa Escalada, la que se vio un poco alterada por la presencia extraña de Cielo, que todavía es objeto de la desconfianza de doña Tomasa, la mujer de Antonio y madre de Remedios. La niña tardó un poco en comprender la historia que le llevó toda una tarde a la joven forastera, pero, para la sorpresa de ésta, acabó entusiasmada al respecto. Para ella es un momento perfecto para enseñarle todo lo que sabe de moda y comportamiento: ¡vestidos, abanicos, tertulias! Le faltan unos años para asistir a la primera de toda su vida, pero ha espiado las que realiza su padre y quiere preparar a su «discípula». ¿Qué tal Remeditos? La líder de los juegos, ¡y ahora debe enseñarle a alguien sobre el estilo de vida de aquí! ¡A una chica mayor! Bueno, tanto no sabe todavía, pero ya le pidió ayuda a su hermana, María Eugenia, cuyas cartas le dan instrucciones claras. No podría negarle auxilio a su hermanita menor, es muy difícil decirle que no.

Para la primera cena en su casa fue algo complicado buscarle un vestido. Tomasa se negaba a prestarle uno hasta que Antonio la pudo convencer. Recurrieron a alguno de los más preciados vestidos de los años de juventud de la madre, que nunca tuvo el valor de regalar. Con los brazos a 45 grados y apenas respirando de pecho, la castaña se mira en el espejo de su nueva conocida, dándose cuenta lo mucho que se nota que eso le queda muy chico. Por lo que le explicaron, se supone que hasta el corsé es ceñido y cómodo. Se dejó el sostén porque de otra manera ya era una tortura. Remedios es quien la observa, su madre prefirió esperar a ver cómo es capaz de manejarlo en la mesa.

—Intenta dar una vuelta. —indica Remedios teniendo la mano en la barbilla con aires de profesionalidad. Sus ojos no se desvían de Cielo buscando la más mínima falla; aunque, a sus ojos, no está nada mal. Al lado suyo está Jesusa, que ve todo lo contrario.

El problema es que, al moverse, Cielo es lenta para dar los pasos porque apenas puede hacer aquello sin temer al «crac» de la tela, más cuando sabe que esa tela vino de la otra punta del mundo y se usó para un vestido que tardó meses en hacerse.

—Díganme que, después de esto, cenamos —responde Cielo evitando que suene como un ruego—. Aprieta mucho.

—Y eso que no tienes corsé. Si la ama se enterara... —comenta Jesusa subiendo la mano a su boca, confesarlo sería pecado capital.

—Para mí te queda perfecto. —opina Remedios sin más.

—Para mí reventará apenas me siente. —vuelve a acotar Cielo.

—Para nada —concluye Jesusa—. Estos vestidos son fuertes como brazos de hombre.

La charla no va mucho más lejos ya que otro de los empleados se asoma para anunciar que la cena está lista. La prueba de fuego de la joven Spinelli está por comenzar.

La mesa está integrada por casi toda la familia Escalada: Antonio en la punta, Tomasa en la otra (las puntas son sinónimo de mandato en la mesa y no podía dejar que Cielo ocupara ese lugar), Manuel y Mariano, los hijos mayores, a la derecha de su padre; y Remedios y Cielo del lado izquierdo. Las dos niñas aún deben comer en la cocina con su nana, pero solo por esa noche se le da el permiso a Remedios de participar.

—María Eugenia vive en la quinta familiar con los suyos y Bernabé está fuera de la colonia. Gobierna la isla de las Filipinas. —explica Antonio con orgullo mientras se coloca la servilleta sobre su regazo. El tema familia fue sacado en cuanto el jefe de casa presentó a los hermanos de Remedios, los únicos que Cielo aún no conocía.

La joven asiente a modo de entendimiento y evita la mirada de los hombres, que le llevan uno y dos años a su hermana. Según su guía seis años menor, son muy cómplices y a veces muy traviesos a pesar de la edad —en el idioma de Remedios, son dos tontos—. Aunque es la más grande del cuarteto de menores, Cielo no se atreve a mostrar la fuerza de su carácter para defenderse; Tomasa la tiene intimidada. ¿Qué tendrá en su contra? ¿Ser una extraña? Pues, sí.

Antonio tardó poco en creerle su origen, y progresivamente busca ayudarla a integrarse. No sabe cuánto tiempo estará, pero mientras esté, debe comportarse como es bien visto en la ciudad de los escándalos. Le daría mucha pena que ella caiga en esa red de chismes tan terrible; suficiente tendrá con solo haberse aparecido por la ciudad, así como así. Tiene dieciséis años, eso podría significar que puede casarse si algún hombre está interesado. No corre un gran peligro, pero tratándose de ella, Antonio decidió tomar en cuenta muchos asuntos.

—Y dime, Cielo. ¿Cuánto tiempo planeas quedarte? —inquiere Tomasa luego de una cucharada de su sopa. Ya abrió la boca, ahora tiene piedra libre para decir lo que quiera. La perfora con la mirada, la tiene en constante evaluación.

La pregunta parece haberse comido la lengua de la chica, que abre la boca para decir algo, pero acaba cerrándola.

—No lo sé... Ni siquiera sé si podré regresar. —responde en su poco entrenado español colonial.

—De más está decirte que tendrás que adaptarte como sea. Buena suerte con eso. —opina la señora Escalada en un tono poco esperanzador, siendo esto de la desaprobación de su esposo. Claro que Tomasa es capaz de casarla con el primer hombre que vea llegado al caso en que no la soporte más. Cualquier cosa que altere su modo de vida perfecto y sus planes a futuro son un problema evidente. ¿Y si corrompe a cualquiera de sus hijos?

El nivel de incomodidad de Cielo crece a cada minuto. Sus ojos buscan a Remedios, que mucho no puede hacer, pero su padre intenta reconfortarla con la mirada. Si no fuera de mala educación, se levantaría en cuanto acabe con su cena. Respecto al vestido, nada parece estar yendo mal; se congratula a sí misma por ser tan cuidadosa y está satisfecha, al menos, con una parte de aquella cena. Más tranquila aún le ha hecho sentir el comentario de la esclava. Para la hora de dormir, no hizo más que pedir ropa a su medida, pues no volvería a pasar por ese infierno.

Capítulo II

H

Ahora mi vida cambió de tantas maneras,mi independencia se desvanece en la calígine.

The Beatles

La mejor propuesta que Cielo recibió hasta ahora es ir a hablar con una de las pocas mujeres que podría ser capaz de darle explicaciones con fundamentos. Una mujer que con tantas lecturas encima y una figura que pisa fuerte en la sociedad porteña, sería capaz de investigar a fondo la situación, y por qué no, ayudarla a digerirlo todo. Qué mejor que recibir el apoyo de Mariquita Sánchez de Thompson, la joven novia rebelde.

Aunque eso haya sido días más tarde, la relación entre ella y Remedios se estrechó bastante en ese lapso. Podrían considerarse nuevas amigas; la morena es la más confidente de la casa para la castaña, en lo posible, y con ella, la niña puede desahogarse todo lo que quiere. Por las noches, Cielo no puede soportar la culpa de haber abandonado a su madre de semejante forma y sin saber cómo retornar a casa; pero por suerte, la pequeña Escalada está ahí para contenerla, y de paso, trasnochar a escondidas. Aun así, Cielo debe conservar ciertas formas de hablar y temas de conversación. La inocencia de Remedios la conmueve, así como su ansiedad por actuar como una adulta más. Si bien no puede ayudarla del todo, tiene a Antonio también. Tomasa todavía no le da tregua.

No tan temprano en la mañana, una semana después, Remedios cierra la puerta de calle y con Jesusa y su nueva amiga emprenden la caminata hasta la popular casa de la calle del Empedrado. Con sus manos entrelazadas, no cruzan muchas palabras. Remedios saluda a algún que otro transeúnte y Cielo observa a su alrededor para ir adquiriendo cierta noción del lugar en el que está; además, le gusta conocer. Le es raro no encontrar edificios altísimos ni las clásicas sedes empresariales que antes copaban Puerto Madero; ni autos, pavimento, semáforos o masas de gente que imposibiliten el andar. También saluda a los vendedores ambulantes y a algunos integrantes de castas de clase baja, lo que llama la atención de la niña.

—¿Tú también los saludas? —pregunta Remedios con entusiasmo.

—Sí, ¿qué hay con eso?

—Mamita dice que no se les debe dirigir mucho la palabra a los esclavos a menos que fuera por una orden.

Claramente eso escapa la bondad de Remedios, que saluda hasta a los árboles, rebosante de inocencia. Su comentario no deja de amargar parcialmente a Cielo, que no olvida nunca el desprecio que hay de patrones a esclavos, empezando porque a los segundos, o a la clase baja en sí, se los trata de esa forma.

—No te preocupes. Sé defenderme.

Jesusa, desde su lugar, no deja de sorprenderse ante las actitudes innovadoras de Cielo, pero se ve obligada a atentar contra su propia gente para cuidarla de las parladurías baratas.

—Por lo menos, y por ahora, evítelo, amita Cielo —le advierte la mulata, a la espera de que no le caiga mal. Cielo no puede negarse. Tan solo faltan unos años hasta la abolición de la esclavitud. Hay que aguantar, y con mucha suerte ella ya no estará ahí.

Minutos después se hallan en la calle del objetivo, llegando a la puerta de la casa de la mujer requerida. La pequeña mano de Remedios suelta la de Cielo y golpea ambas tres veces antes de echarse hacia atrás a esperar a que abra. La gruesa lámina de madera lo hace segundos más tarde y revela a una esclava, cuyos ojos enormes y amarronados examinan a las visitas. Las muchachas explican a quién vienen a ver y las lleva a la sala de estar. Al poco tiempo las recibe otra joven, de unos 20 años, rostro delgado, labios pequeños y de grosor medio; rulos ordenados y una nariz redonda; ni muy grande, ni muy chica. Con ojos también grandes y serenos, y un andar delicado, se acerca hacia donde las visitantes se encuentran.

—¡Bienvenidas a mi humilde morada! —exclama con un humor jubiloso, exactamente la misma frase que Remedios. Sus moradas de humildes no tienen nada. Mariquita Sánchez agregó el “de Thompson” a su nombre luego de una dura lucha contra su madre que llegó a oídos y manos del Virrey Sobremonte. Si no hubiera sido por él, estaría llorando por los rincones del primer convento que su madre hubiese hallado en lugar de estar alegre a todas horas del día.

Luego de abrazar a la pequeña Remedios con alegría, y de invitarlas a tomar asiento, Mariquita oye la presentación personal de Cielo y una breve explicación de su situación actual. Sin entender por qué, Cielo nota la sorpresa en la dueña de casa. La que en ese momento estaba convidándoles mate, lo deja antes de que se le caiga involuntariamente. Parpadea repetidas veces y la mirada confundida de las chicas la saca del trance.

—Lo siento, qué descortés —se disculpa refregándose el ceño con dos dedos—. Entonces, llegaste de doscientos años en adelante y no sabes cómo volver —repite para recapitular la conversación y prosigue una vez que consigue la confirmación. Se pone de pie, estirando su pollera para eliminar posibles arrugas en la tela—. Vengan conmigo. Mi esposo no está aquí, así que podremos meternos en su despacho.

Siguiendo a la jefa de hogar, recorren la casa con un andar seguro hasta salir a la galería. La impresión de Cielo sobre la casa es que no se diferencia mucho de la de Escalada más que el orden de ciertas habitaciones o pasillos, y es muy probable que lo mismo suceda con cada casa de Buenos Aires: casas bajas de estructura uniforme, de adobe, blancas debido a la cal (o rosas en su defecto), y ventanas enrejadas; patio central y uno adicional en la zona del servicio... Sí, típica casa colonial.

Mariquita abre la puerta con sigilo y les da el paso a sus invitadas. Una vez dentro, cierra detrás de sí y revisa las estanterías de las bibliotecas mientras ellas se quedan de pie a unos centímetros. Lo único que se mueve, menos en momentos puntuales en que debe trasladarse, son sus ojos, concentrados y minuciosos en su búsqueda. Estos se detienen súbitamente y su mano sube hacia el libro que encuentra. Sus libros y los de su esposo se conservan allí; es su casa natal, pero quiso separarlos de aquellos que son de su madre.

Volviendo a la realidad, carga el pesado objeto hasta el escritorio, sentándose en la silla después. Remedios y Cielo la siguen y permanecen del otro lado del mueble, con Jesusa detrás. Observan con curiosidad su quehacer. Mariquita pasa las páginas en silencio; unas amarillentas y otras más blancas. Parece ser un libro muy valioso, puesto a que está muy bien escondido y conservado. Cielo no llegó a leer el título, y por eso se molesta en preguntar.

—¿Qué buscas ahí? Quiero decir, ¿qué es?

—Las profecías de Nostradamus. Las páginas naranjas son profecías cumplidas y las amarillas están cumpliéndose. Las blancas son profecías pendientes. —responde Mariquita sin quitar los ojos de las hojas que pasa como si charlaran durante el té inglés de las cinco. Aquellos se abren grandes al encontrar que cierta página está amarillenta entre dos que siguen blancas, mientras que para Cielo es perturbador y para Remeditos una fantasía.

—Está amarilla... —musita la recién casada, pasando la mano por la hoja para corroborar que no sea mentira.

Cielo enarca una ceja con incredulidad. Le es complicado leer al revés la caligrafía utilizada en esa hoja, al margen de que no parece ser español. Luce como francés.

Mariquita, anonadada, alza la mirada hacia la castaña y se pone de pie con lentitud.

—Eres tú...

¿Es que el mundo se ha vuelto loco de repente o es la época? Cielo la mira extrañada, sin guardarse la extrema confusión en la que está sumida, y de a poco su cuerpo se pone en alerta.

—¿De qué hablas? —pregunta detenidamente. No esperaba que esa figura en particular tuviera semejante actitud extraña. Remedios aún no formula palabra, y parece entender menos que ella.

—¡La Viajera XXI! ¡Eres tú! —exclama finalmente Mariquita, girando el libro para mostrárselo, aunque sea en vano, puesto que Cielo no habla francés— Escucha esto... Hasta me lo he memorizado. —cuenta con entusiasmo y señala la inscripción escrita en cuarteta—:

«La Viajera XXI se hará llamar, y no por una orden particular. / La historia cambiará bajo sus pies, y a ellos un hombre ha de caer. / La aventura de su vida estará a punto de comenzar. / Al gran pueblo del Río de la Plata salud.»

Cielo podría haber desestimado tal cosa si allí no se mencionara al “pueblo del Río de la Plata” de una forma similar al Himno Nacional.

—¿Y se supone que eso está sucediendo? —suelta Remedios, que honestamente conserva en su mente la idea de un hombre a los pies de Cielo. ¡Un príncipe azul!

Mariquita asiente a Remedios con una sonrisa que va en crescendo, mientras que Cielo sigue estática, seria e incrédula. Finalmente, se echa a reír hasta volver a estar seria.

—Imposible. Esa no soy yo.

—¡Lo eres! ¡La página está amarilla! Hace dos semanas no lo estaba y tú estás aquí hace una. —responde Mariquita.

—Pero ¿cómo estás tan segura de que soy yo? ¿Por qué yo? —discute Cielo con un deje de creciente desesperación, notándose en su voz su acento argentino real por inercia. ¿Revisa el libro todos los días o cómo va el asunto? ¡Sería tan gracioso descubrir que no resulta ser ella! ¡Ni pruebas hay! Está en un estado de negación que es, sobre todo, un método psicológico de defensa; solo así no perdería la cordura— ¿Esto qué significa? ¿Que no voy a volver a mi casa? ¿Que no voy a ver a mi mamá otra vez?

Mariquita parece entender y aprieta los labios sin tener realmente una respuesta para sus dudas. La pregunta sobre su madre trajo el recuerdo de la suya propia y le golpea un poco, pero decide enfocarse en las preguntas de la Viajera, pensando en cómo hacer para reconfortarla.

—Cielo... No lo sé, pero tal vez...

—¡Tal vez nada! ¡Quiero irme a mi casa! —protesta Cielo sin querer escuchar a nadie más. De esa forma, superada de emociones, sale por la puerta en dirección a la de calle, seguida por Remedios, que apenas asimila la información, pero corre tras ella igual. Mariquita elige no presionar.

La esclava se apura a abrir la puerta de calle y deja que las chicas salgan de la casa. Cielo echa a correr, a pesar de los gritos de Remedios, en busca de la Plaza del Fuerte, pero se encuentra con que está perdida. Muchas calles, parecidas y fáciles de confundir, con gente que la mira extrañada por el alboroto que se está formando irreversiblemente. Es que, ¿quién demonios puede entenderla? Todos están a pasos de sus casas, con sus familias, sus muebles, en su barrio; ella está en una versión anticuada de una ciudad en la que ni siquiera vivía cuando su pueblo de origen debe ser puro campo en este preciso momento. Su madre no existe, el resto de su familia tampoco; es ella sola con su alma en pena.

Maldice el día que cruzó esa puerta, ahora podría estar almorzando con su mamá como cualquier día, agradeciendo seguir viva. Pero no, está ahí, con la cabeza dando vueltas y las lágrimas rodando por sus mejillas mientras futuros cadáveres famosos la observan. Es todo tan abrumador. No termina de asumir su entorno que ya salen con que es una viajera, ¿viajera de qué? ¿Viajera en el tiempo? No lo quiere pensar, o básicamente no quiere pensar, y antes de poder reaccionar choca con un hombre, cuyo perfume es lo primero que siente. Mantiene la cabeza gacha, cubriéndose la cara. No sabe cómo pedir disculpas sin dejar escapar su voz quebrada.

—¿Se encuentra usted bien, señorita? —pregunta el caballero al tomarla suavemente por los brazos, buscando que se descubra el rostro para poder examinarla.

—¡Cielo! —Se oye a Remedios bajando la velocidad antes de que Cielo pudiese contestar. Está completamente agitada y tosiendo contra su pañuelito con ayuda de su nana. Sus antecedentes de una tisis que conserva no ayudan a que su sistema respiratorio trabaje con normalidad. Se detiene detrás de ella y una vez que puede controlar la tos mira al hombre, helada por no saber qué hacer— ¡Ella está bien, señor!

Por el amor de Dios, acaba de descuidar a Remedios y a Jesusa.

—Bueno, niña Escalada, quisiera oír eso de ella. Aunque se lo agradezco. —contesta el buen hombre con una sonrisa, llamándole la atención el momento en que Cielo deja ver su rostro arrebolado. El espectáculo es peculiar, algo alteró el pacífico paseo de una niña y una joven y una intentó alcanzar a la otra hasta toser por su delicada salud. Él le alcanza su pañuelo a la desconocida, pero ella lo rechaza de inmediato.

—No, estoy bien, señor... —deja la frase en suspenso al tiempo que levanta la mirada para verlo. ¡Qué vergüenza y qué show para los ojos curiosos! ¡Cielo es la próxima reina del desastre!

—Castelli, señorita. Juan José Castelli —aclara el caballero inclinando la cabeza a modo de saludo—. Lo que sea que le suceda no debe ser objeto de chisme, así que, ¿qué tal si las acompaño mientras se recompone? Estos señores, y en especial sus señoras, gustan mucho de hablar de otros.

La esposa de Castelli, María Rosa, es tan cotilla como las personas a las que él se refiere. Es tan irónico como entendible que él sepa de eso.

—Está bien. —afloja la muchacha con un profundo suspiro. Ya no quiere armar más escándalo, así que acepta para que, al menos, tengan una defensa masculina si algo sucediese. Más porque no puede velar por Remedios en ese estado.

En la caminata lenta, con alguna que otra tos de Remedios de fondo, Castelli lleva a Cielo con una mano a una altura prudente de su espalda. La presencia del caballero no le incomoda, pero le preocupa la imagen que pueda dar siendo él un hombre casado.

—No quisiera importunar, pero ¿qué la llevó a ese estado, señorita...? —deja la frase inconclusa al igual que Cielo minutos atrás, en espera de su nombre.

—Camila —responde la joven rápidamente, despertando la alarma de Remedios. Por un momento la morena olvida que tiene los pulmones afectados—. Camila Maciello —agrega mirando fugazmente a su amiga, que asiente como si nada y se dedica a darse aire con el abanico que le presta Jesusa. No sabe por qué eligió ese nombre, pero su intuición le indicó que lo usara—. Yo... bueno, me asusté un poco por algo que sucedió, pero es todo. No suelo actuar así.

—Apuesto a que no, por supuesto. Yo me dirigía a ver a mi primo, y particularmente la casa de la señorita Remedios me queda de paso... Si es que van allí, ¿no es cierto? —inquiere, temeroso de estar equivocado. Sin embargo, se relaja al ver el asentimiento en ambas.

Ninguna de las jovencitas quiere seguir hablando, Cielo por la vergüenza y Remedios por la tos, y es algo que Castelli acepta como buen caballero. Nada es más sagrado y a la vez alarmante que el silencio de una mujer, o de dos, en este caso. Ya en la esquina de Santísima Trinidad y La Merced, él las despide y sigue su camino, mientras que Remedios se aferra a un brazo de Cielo y la lleva abrazada hasta la puerta para tocar y que les abran.

*

En cuanto se aleja de las muchachas, Castelli se da el lujo de mostrar su sorpresa.

Tal y como les ha dicho, la casa Escalada queda de paso hacia donde va a ver a su primo: el Consulado de Buenos Aires.

Juan José no es ajeno a la novedad de que una muchacha en ropas extrañas llegó a la ciudad semanas atrás, pero no reparó en que se iba a encontrar con ella eventualmente. Ahora que comienza a atar cabos, la primicia que lleva consigo es candente tanto para él como para su culto, e igual de porteño que él, compinche de la infancia.

Con andar apresurado, arriba al Consulado, presentándose rápidamente e ignorando la mirada despectiva que le dan los demás cónsules a los que tampoco les simpatiza el primo del caballero. Es que nada que no les convenga a ellos y a la metrópoli les es de su agrado, y los autores de toda idea al respecto, menos. Pero a él no le interesa, le preocupa llegar a la puerta del despacho del secretario y tocar la puerta como si huyera de alguien. Al oír que le dan el paso, entra y cierra en un parpadeo detrás de sí.

La mirada confusa de la autoridad del Consulado es evidente, aun así, Castelli procede a hablar.

—¡No te das una idea de las noticias que traigo conmigo! ¡Soy testigo! —anuncia el abogado, acercándose a la silla de visitante para poder tomar asiento. Parece haber visto la mismísima aparición de la Virgen María, su ansiedad por soltar la novedad hace que casi falle en su afán por sentarse muy coreográficamente.

—¿La inminente cercanía de flotas inglesas al Río de la Plata? —inquiere su primo mientras acomoda sus papeles. Esto será para largo, deduce. Un pie inglés en una colonia española sin permiso desataría poco más que el apocalipsis, y Buenos Aires regatearía la estadía de los soldados antes que perjudicar su perfecto suelo a base de balas y cañones.

—No, algo mejor. ¡La Viajera XXI! ¡Está aquí!

Al Secretario de Consulado se le escapa una sonrisa incrédula. Automáticamente se pone de pie para tomar un vaso y la jarra con agua. ¿Es que han regresado a sus años mozos, rebosantes de juventud e ilusión, escribiéndose en cartas las comparaciones entre sus versiones? Eso es un juego de niños a comparación de lo que él verdaderamente espera discutir e imaginaba que hablaría con Castelli.

—Juan, el calor del apuro te está derritiendo el cerebro. Déjame servirte agua.

—Es ella, por Dios —jura y perjura Castelli sin moverse de su asiento, solo mirando a su primo, a quien le daría una bofetada por escéptico. Hasta haría la señal de la cruz—. Es la misma que vieron con ropa de hombre. ¡Y me dijo el nombre que figura en mi versión!

La versión de las profecías de Nostradamus que descansa en las bibliotecas del buen hombre es otra de las versiones alteradas por la Iglesia, que se encargó de ocultar o modificar material blasfemo. Pero, al parecer, toda cosa que toque una profecía formará parte de ésta. Sin embargo, no es una magia muy creíble para nadie, ni para el primo de Castelli.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuál es ese nombre? Refréscame la memoria.

—Camila Maciello.

El receptor lo piensa en frío, analizando.

—La profecía estaba en francés. Debería ser…

—Camille —interrumpe Castelli—. Pero vamos, aquí no permiten un solo nombre extranjero. Camille es Camila en francés, pero mi versión tiene alteraciones hechas por españoles. Es como el nombre de esa niña que se per…

Y así fue como la jarra de agua acabó en la madera del suelo, habiéndose caído por el repentino afloje que tuvo la mano de quien la sostenía. El estruendo los aturde, y el silencio que sigue es total.

*