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Con una novela dentro de la novela, referencias literarias y una exploración constante entre realidad y ficción, esta obra nos interpela sobre la libertad, la construcción de la identidad y el incesante deseo de que la vida sea algo más. La historia se construye alrededor de un padre que enfrenta el peso de la jubilación forzada, una madre que cuestiona el papel que ha desempeñado en el hogar y unos hijos que buscan su propia identidad en un mundo que nunca se detiene. A través de una estructura en movimiento, que transita entre personajes y momentos, se crea el retrato de una vida familiar que puede ser la de muchos, donde el destino parece estar trazado, pero nunca del todo definido. Porque siempre hay margen para decidir, para cambiar, para reescribir la propia historia. En este libro, Jesús Manuel Paternina despliega una prosa íntima y cercana, que revela los pliegues cotidianos de una familia contemporánea. Con una mirada aguda y conmovedora, el autor nos sumerge en las tensiones y afectos que sostienen y desafían la vida en común, explorando el anhelo de plenitud en medio de la rutina. Como lo señala la poeta Luz Mary Giraldo en su prólogo: "La vida tiene que ser más lleva a pensar en qué sentido tiene todo lo que resulta tan tranquilo y tan seguro, cuánta carga de renuncia e infelicidad se alberga, cómo salir del sitio de confort".
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Seitenzahl: 209
Veröffentlichungsjahr: 2025
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LA VIDA TIENE QUE SER MÁS
Por
Jesús Paternina
La vida tiene que ser más
©️2024 Jesús Paternina
Reservados todos los derechos
Calixta Editores S.A.S
Primera Edición 2025
Bogotá, Colombia
Editado por: ©️Calixta Editores S.A.S
E-mail: [email protected]
Teléfono: (601) 3476648
Web: www.calixtaeditores.com
ISBN:978-628-7759-27-5
Editor en jefe: María Fernanda Medrano Prado
Editor: Diego Santamaria García
Corrección de estilo: Valentina Rodríguez
Corrección de planchas: Jimena Torres Archila
Director Creativo: David Avendaño @art.davidrolea
Impreso en Colombia – Printed in Colombia
Todos los derechos reservados:
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.
A Hilda y Augusto.
AGRADECIMIENTOS
A mi familia,
A Calixta Editores, Embajada de Colombia en Chile, Sistema de Bibliotecas Públicas de la Municipalidad de Providencia y Café Literario Bustamante en Santiago de Chile. Bienestar Universitario, Coordinación de Convivencia e Inclusión, Coordinación de Arte y Cultura, y Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica de Colombia. Dirección Cultural de la Universidad Industrial de Santander. Feria del Libro Ulibro y Programa de Literatura de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Laboratorio de Pensamiento y Lenguaje del Departamento de Humanidades de la Universidad El Bosque. Decanatura Cultural de la Universidad Externado de Colombia. Sistema de Bibliotecas Complejo Sur del Servicio Nacional de Aprendizaje. Departamento de Promoción y Bienestar Institucional de la Universidad Santo Tomás. Alcaldía Mayor y Consejo Distrital de Literatura de Bogotá. Idartes y Cámara Colombiana del Libro. Departamento de Desarrollo Artístico de la Universidad EAFIT. Sistema de Bibliotecas, Instituto de Estudios e Investigaciones Educativas, Comité Institucional de PlanEsTIC-UD y Educación virtual, y a la Facultad Tecnológica de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.
PRÓLOGO
En un permanente estar en el mismo lugar y con las rutinas de la vida familiar, laboral y algunos episodios sociales, La vida tiene que ser más lleva a pensar en qué sentido tiene todo lo que resulta tan tranquilo y seguro, cuánta carga de renuncia e infelicidad se alberga, cómo salir del sitio de confort.
Hay aquí experiencias laborales y desafíos, familias convencionales, silencios guardados y preguntas no hechas, en fin, un universo que revela historias de formación de un padre abastecedor que ha sido jubilado con engaños, una madre y esposa dedicada al hogar que aspira a algo más, y unos hijos universitarios a tono con su música, relaciones e intereses, establecen ciertas dinámicas que llevan al lector y a los personajes a preguntarse qué sentido tiene todo.
El relato va y viene en el tiempo, en un foco narrativo episódico que va de un personaje a otro y da la imagen en movimiento de una vida que transcurre entre rutinas y conflictos. Con una estructura en espejo, La vida tiene que ser más incorpora una novela escrita por otro Leonidas, en la que se muestran inquietudes sobre la libertad y temas universales que dialogan con ficciones a las que se alude, además de referir las búsquedas de todo escritor en su afán de construir un mundo verosímil en el que la realidad esté en contrapunto con la ficción, a tenor de modos expresivos y narrativos, creación de personajes y exploraciones temáticas.
Muchos otros asuntos y situaciones se debaten en esta novela que merece ser leída como una puesta en escena de la vida familiar y social.
Luz Mary Giraldo
1
Entraron al cementerio a eso de las diez y media de la noche. Minutos antes, el vigilante saludó con familiaridad a la mujer que lideraba. Ella y sus dos acompañantes caminaban, una detrás de otra, por el escueto sendero que las alejaba de la portería rumbo a los confines de las catacumbas. El andar seguro de la mujer distaba del de aquellas que la seguían. Parecía curtida en esos menesteres. Pasaron por el panteón del Ejército, las tumbas de los notables y las bóvedas de los sindicatos sin alcanzar todavía destino. Con el movimiento de piernas, las rezagadas entraron en calor. Una de ellas se atrevió a preguntar si faltaba mucho. La mujer al frente se detuvo sin contestar. Cerró los ojos como en una especie de trance. Pasados unos instantes se dirigió hacia una esquina. Llegaron todas a un herrumbroso panteón vertical de cinco espacios, con solo el de la mitad ocupado y del que se alcanzaba a distinguir «Coronel José Copete Fierro». La líder se arrodilló y murmuró.
—¿Qué está diciendo?
—No alcanzo a escuchar. Espere, parece que nos va a decir algo. Yo creo que lo encontró.
—Victoria, yo no sé por qué me dejo convencer para hacer estas cosas. Hasta pecado debe ser. Más bien vámonos, ¿sí?
—No sea boba, Isabel, ya entradas en gastos, espere a ver con qué nos sale la señora, yo sí tengo curiosidad del asunto…
—Por aquí cerca están las cenizas de mi mamá, ya me está dando como cosa, vámonos, ¿sí?
La mujer arrodillada exigió silencio. Las otras ahora susurraban.
—Yo no sé a qué horas me dejé embolatar por usted.
—Isabel, ahora no me venga con remilgos, usted misma dijo que quería salir de dudas de una vez por todas, ¿ya no se acuerda?
—Pero no con estas cosas, esto a mí no me gusta. Con este frío y en estas soledades, a estas horas no hay sino sustos, ¿por qué no nos vamos?
—Espere, espere, parece que va a decir algo…
La mujer pidió que se alejaran. Obedecieron. En silencio contemplaron a la mujer que se levantó con displicencia y hurgó en uno de los rincones en los espacios del panteón, justo el de encima del coronel. Sacó el brazo de la tumba y pareció apretar algo con el puño. Se lo llevó al pecho. Se acercó a las dos mujeres y les dijo que lo encontró. Ya no hay de qué preocuparse.
2
El carro se detuvo al frente de la casa. Las luces iluminaron buena parte de la cuadra. A Isabel no le gustaba. Asumía que todos los vecinos se enteraban de sus andanzas. Le pedía a Victoria estacionar un par de casas más lejos, como para disimular. Su amiga no hacía caso. La recojo y la dejo en la puerta, así a su marido no le guste, mijita. Se despidieron de beso en la mejilla.
Se bajó y cerró con precaución. Suponía miradas detrás de las cortinas, en especial de las de su habitación, que daba a las afueras y desde la que ella usualmente buscaba el origen de los ruidos que la despertaban por las noches. Cualquiera diferente a los ronquidos descomunales del marido le hacía levantarse y salir disparada para la ventana. Lo imaginó escrutándola.
Una última despedida con la mano. Parada en la puerta busca las llaves en el bolso. Se molesta por el olvido de alistarlas antes de bajar del carro. Por fortuna las encuentra rápido y entra. Una inquietud le ronda. ¿Algún día será capaz de trancarme la puerta? Esa pregunta aparecía al regreso de las salidas con Victoria. El marido nunca le decía nada, pero ella sabía que esa reciente amiga no era santa de su devoción. ¿Por qué? El ladrón juzga por su condición. Seguro la ve tan independiente, tan liberal, tan puesta en su sitio. Le da miedo que algo de eso se me pegue.
Pasa los cerrojos y se descalza. Camina como si el piso estuviera lleno de trampas para ratones. Sube la escalera. Sus ojos están acostumbrados a la oscuridad de una casa que conoce de memoria. La habita desde hace más de veintitrés años. Se asoma en cada uno de los cuartos de sus dos hijos. El primogénito acabó de pasar a la universidad. La hermana está a mitad del bachillerato. Se siente tranquila al reconocer los cuerpos forrados en cobijas. Camina por el pasillo y cuida de no tropezarse con el cojín mal ubicado donde duerme la perra. Llega a la cocina. En el tablón, al lado de la estufa, deja el bolso y los zapatos. Al despertarse en la mañana, antes que todos, los acomodará en los sitios habituales.
Su marido le da la espalda a la puerta arropado con las cobijas hasta los hombros. Ella quisiera asegurarse de que está profundamente dormido. La ausencia de ronquidos no le da buena espina. Tiene la esperanza de que se haya acabado de voltear. Al hacerlo deja de roncar por unos minutos. Se desnuda en su lado de la cama y busca la pijama debajo de la almohada. Se la pone con cuidado. Suena el chasquido de uno de sus hombros al pasarse la blusa por encima de la cabeza. Se lamenta. Corre las cobijas y aguanta la respiración para meterse. La cama está helada. Se acomoda de espaldas al marido y suspira aliviada por evitar la eterna discusión de cada salida con Victoria. Cierra los ojos para tratar de conciliar el sueño. El esfuerzo sigiloso la deja exhausta. Piensa en la vorágine del día siguiente.
—¿En dónde estaba? —pregunta el marido.
3
Leonidas no se preocupó cuando se esparció el rumor. Que una multinacional italiana se hubiera hecho con la mayoría de las acciones de la empresa no le suponía riesgos. Acumulaba más de veinticinco años de trabajo duro como soldador y se sabía apreciado por su buena disposición. Ser sorprendido en ocasiones dormido en horas laborales, o repartiendo traguitos esporádicos de alguna botellita, por ahí disimulada en su caja de herramientas, fueron sus únicas lisuras, tan leves que no ameritaron registrarse en su hoja de vida. Y esto porque sus jefes lo consideraban certero al momento de resolver problemas serios. Un prestigio adquirido con dedicación.
De joven se unió a la empresa en su pueblo natal como ayudante de pico y pala en los túneles de las minas de piedra caliza, y no pasó mucho tiempo para que, alentado por una jefatura que veía en él cualidades aprovechables para solventar las problemáticas del negocio, se convirtiera en aprendiz de soldadura. Se juntó con los que sabían y en poco tiempo escudriñó los pormenores del oficio. Su talante de servicio le fue otorgando vía para intervenir, poco a poco, en problemas técnicos relevantes de la operación. Lo apreciaban y a él le gustaba que lo hicieran. No fue entonces una sorpresa cuando le ofrecieron una vacante con traslado a la capital. Una pronunciada inclinación por la aventura le hizo aceptar casi sin pensarlo, y eso que ni siquiera conocía la ciudad. Consiguió alojamiento en una pensión donde vivían allegados del pueblo, con el inconveniente de que se ubicaba lejos de la fábrica, donde debía ingresar a las cinco y media de la mañana. Sus paisanos le decían cuál ruta debía coger y los primeros días, por el miedo de que se le pasara, se levantaba desde las cuatro para tomarla. Después consiguió vivienda más cerca del lugar de trabajo.
En la empresa se adaptó con relativa facilidad. Lo mejor que sabía hacer era caso, pensaba, y eso no discute con ninguna jefatura. Con los compañeros era abierto, colaborador y bromista, por lo que no tardó en conformar un grupo de amigos para torneos de fútbol y tejo. Por otro lado, las competencias que lo hicieron valioso para las directivas del pueblo se consolidaron en la capital, y dio la casualidad de que todo aquello se juntó con unos nuevos cursos en soldadura que unas licitaciones importantes con el estado le exigían en esos momentos a la empresa. El personal local fue el primero a considerar. A Leonidas lo postularon sus coordinadores para uno de los cupos. Lo único que ponía a pensar al hombre era la cuestión del idioma. El curso se impartiría en Alemania. No sabía lengua diferente a la materna, que para él consistía en las pocas palabras que usaba en la cotidianidad del pueblo y su reducido entorno de la ciudad. Los jefes le dijeron que eso no era problema porque lo percibían cómodo con el cacharreo, y nadie discute con eso. El asunto del gusto por la aventura terminó por inclinar la balanza y aceptó. Igual, qué podía perder.
Regresó convertido en casi un experto. Además de los requerimientos a nivel local, ofrecía soporte técnico para casos críticos a nivel nacional. Con tanto conocimiento, lo normal hubiera sido que no demorara en aceptar mayores responsabilidades, quizás desde un nivel de coordinación, y para esto, también lo normal hubiera sido que buscara profesionalizarse a través de algún título universitario, una ingeniería tal vez, pero lo cierto fue que a lo largo de su dilatada vida laboral y a pesar del estímulo de las directivas nunca quiso hacerlo. No explicó el porqué. Sus muchas cualidades compensaban cualquier posible cuestionamiento por falta de aspiraciones. Era querido y respetado en la organización. Nada más que decir.
Ahora estaba cerca de la jubilación y más cerca aún la posible puesta en operación de esta nueva empresa italiana. Le faltaba un periodo relativamente corto para gozar de un merecido descanso y, a pesar de no sentirse atribulado por la supuesta adquisición de los extranjeros, sí le inquietaba la situación en su hogar. Las cosas no andaban bien. Su señora esposa hacía un tiempo se comportaba diferente. Sobre todo, después de volverse muy amiga de una mujer que él no sabía en dónde había conocido. Lidiar con aquello en ese momento de su carrera se le hacía cuesta arriba. En ese tramo final solo quería relajarse y dejarse llevar por las aguas, mas presentía el esfuerzo de nadar en contra, y eso superaba unas ahora mermadas capacidades. Cuestiones del cansancio natural, porque para él la vida fue una constante lucha para no dejarse hundir. La supervivencia siempre prevaleció.
Cierta vez regresaba a su casa de unas ferias y fiestas en un pueblo vecino. Se topó con un río crecido y decidió cruzar a nado. Quizás los tragos en la cabeza impulsaron la decisión y sin pensarlo se lanzó hacia la otra orilla. Su cuerpo delgado y tonificado avanzaba sin sobresaltos brazada tras brazada, y en un punto se sintió jalado hacia el fondo. Por más empeño que puso, las fuerzas se le escurrían entre las aguas. En un último suspiro tomó una bocanada de aire mientras luchaba por mantenerse a flote. El brío de la vida se empecinó en sus entrañas. La supervivencia prevaleció. No le contó a nadie que esa vez sintió muy cerca la muerte.
4
Sonó el teléfono e Isabel interrumpió sus quehaceres de la mañana. Salió presurosa de la cocina para contestar. Mientras hablaba por el aparato, buscó la libretita para recados que mantenía cerca y anotó algo. La llamada duró unos cuantos segundos. Arrancó la hojita y con ella en mano, subió la escalera que conduce al tercer piso y encontró al esposo en la hamaca, al fondo del patio, donde se tiende la ropa. Leía el periódico. Seguía los análisis previos del partido de la selección que se jugaría ese domingo más tarde.
—Llamó la señora Hilda. Que el puesto de votación lo abren a las diez de la mañana. El nombre de la señora por la que tenemos que votar es Agustina Talero. Esa es la que está bregando para que nos arreglen la calle del frente.
—Yo no voy —afirmó Leonidas, sin quitar la vista del periódico desplegado de par en par.
Isabel ya lo sabía. Con días de partidos de fútbol no existía poder humano que lo sacara de casa. Se la pasaba todo el día leyendo los análisis en los periódicos y viendo los especiales del juego, que comenzaban incluso dos horas antes. Se preguntaba qué tanto se puede analizar de unos tipos corriendo detrás de una pelota. Cierta abnegación la obligaba a hacer partícipe al marido de sus movimientos. Como él no iba y desde que el hijo pasó a la universidad no se contaba con su presencia en casa, la única posible acompañante sería la hija.
Bajó y entró al cuarto de la joven. Usaba unos audífonos.
—Mamita, alístese que en un rato necesito que me acompañe a hacer una diligencia.
La joven no dijo nada. Isabel asumió claridad en el mensaje. Se dirigió a la cocina y siguió con lo que hacía. Esperaba no demorarse para terminar de cocinar la lengua que pitó temprano. Se reuniría con la señora Hilda en el punto mencionado en la llamada y que no contó a su esposo por economía ante la inutilidad. Irían al puesto de votación, la hija al ser menor de edad tendría que esperar afuera. Sufragaría por Agustina Talero y al salir, quizás se tomarían algo con su hija y la señora Hilda en una panadería en donde de seguro inventaría detalles para justificar la ausencia de Leonidas. Estaría en casa para servir el almuerzo antes del partido.
Salieron a las diez menos cuarto. Llegaron a la esquina de la junta de acción comunal del barrio, que haría las veces de puesto de votación. La señora Hilda todavía no había llegado. Las recibió una fila larga. Isabel reconoció a lo lejos a la mujer por la que debía votar, acompañada por un hombre que ella sabía era el marido. Hablaba con varias personas y usaba, junto con el señor, camiseta y gorra de campaña. Un par de jóvenes que vestían la misma indumentaria de la pareja entregaban volantes en las cercanías. Isabel recibió uno. Varias propuestas parecían recriminarle por el interés egoísta en favor de su calle. A las diez en punto apareció la señora Hilda con el esposo. Los dos saludaron efusivos a Isabel e hija. Les preguntaron por qué no estaban en la fila y sin esperar respuesta, caminaron al final, a casi dos cuadras de la entrada. Se ubicaron detrás de una mujer que les hizo un gesto de saludo inclinando la cabeza. La mujer se dirigió a Isabel.
—Esto va como para largo.
—Eso parece —contestó Isabel y sonrió.
—¿Vienen todos juntos?
A Isabel le extrañó la pregunta. Pensó que la respuesta era obvia. Disimuló al percatarse de las intenciones de la mujer. ¿Por qué no entablar una conversación amistosa?
—Sí, mi hija y unos vecinos. Vamos a votar por Agustina Talero, ¿y usted?
—Mija, tengo que confesarle que no me gusta divulgar a los cuatro vientos mis preferencias, pero no piense que la cuestiono, no, nada más imagínese que a mí no me gustara esa por la que usted piensa votar, y empezara a hablarle de sus defectos para jalarle su voto por mi candidato, quizás mis argumentos le gusten y salgamos ganando, o usted se moleste, y no terminemos siendo las amigas que creo que estamos destinadas a ser, ¿no le parece mejor que no le diga?
Isabel sonrió. Le parecía demasiada perorata para una pregunta trivial. Miró de reojo a su hija, quien hablaba con la señora Hilda y el esposo.
—Me llamo Victoria Contreras —La mujer ofreció la mano.
—Mucho gusto. Yo me llamo Isabel —Las manos se estrecharon con firmeza. Isabel se volteó para presentar a sus acompañantes que atendían otra cosa.
—No se preocupe, —dijo Victoria— después los presenta.
En esas, una camioneta roja de platón, de modelo no tan reciente, se detuvo justo al final de la cola. Un hombre se bajó y aglutinó a los dispersos. Isabel lo reconoció.
—Disculpen, buenos días, primero que todo, en nombre de mi señora, Agustina Talero, quiero agradecerles por cumplir con este ejercicio democrático. El asunto en este puesto está como demorado, si quieren yo puedo acercar a los que gusten al puesto al lado del CAI, ese está más desocupado. ¿Qué dicen, alguien se anima? En mi camioneta pueden acomodarse fácil.
—¿Qué dice, mija, nos montamos en ese cacharro para salir de esto rápido?
Isabel no estaba muy segura. Si bien pensaba en el almuerzo, no se sentía cómoda con la invitación del señor. Mientras tanto, varias personas menos escrupulosas ya se subían al carro.
—Bueno, mija, si no se decide, yo sí voy, porque nos vamos es a quedar sin cupo. Yo me subo en la cabina, me demoré mucho arreglándome el pelo como para dejar que se me alborote con el viento.
La hija de Isabel aprovechó el impulso de Victoria y acomodó a la mamá. Se apretujó con ellas. La señora Hilda y el esposo se montaron en el platón.
Risas iban y venían con las ocurrencias de Victoria. Llegaron y los recibió una fila de tres personas, una de ellas era otro vecino. El esposo de la señora Hilda se le acercó y le estrechó la mano. Ella a su vez se unió a las risas de las mujeres de la cabina. El vecino no dejaba de mirarlas.
—Mija, ¿y ese señor por qué nos mira tanto?
—¿Quién? ¿Don Daniel?, ah, no se preocupe, seguramente está aterrado porque no estamos en la casa cocinando. La esposa es de esas que se la pasan todo el día con el delantal puesto y una solo la ve cuando sale a la tienda por lo del diario.
—Mmmm, y yo que no alisté nada para Chuchito, —dijo la señora Hilda— pero parece que salimos rápido de esto.
—Uy, no, yo sí no me complico con nada de eso. Si nos demoramos, llevo un pollo asado a la casa o salimos con mi esposo y ya está. No hay que estar tan pendientes de esa cocina. Es más, terminamos y las invito a tomarnos un periquito en la cafetería de la esquina, ¿les parece?
Se acomodaron. Quedaron detrás de Jesús y don Daniel. Este último las ignoró después de un saludo glacial como respuesta a lo ofrecido por Isabel y la señora Hilda. Tampoco disimuló el afán por salir rápido de la diligencia. El hombre de la camioneta les recordó que votaran por el ocho en el tarjetón y se marchó. La fila avanzó y entraron al poco tiempo. Al salir, las cuatro mujeres se encaminaron a la cafetería. Jesús se despidió de la señora Hilda y se fue junto con don Daniel.
—Mija, ¿y no le da miedo que le pongan pereque cuando llegue a la casa? De pronto don Daniel le envenena la cabeza a su Chuchito.
—Mi Chuchito no es de esos, ¿cierto, Isabelita?, de pronto llego y hasta me tiene el almuerzo listo.
Todas rieron.
—Mijita, y su papá, ¿también es como don Daniel? —Isabel miró a la hija con curiosidad por escuchar la respuesta.
5
Leonidas seguía levantándose los días laborales a las cuatro de la mañana y sin ayuda de relojes despertadores. Una ducha helada le recomponía los músculos y trasformaba los calores de cobijas en fuerza de trabajo. El bus de la empresa lo recogía a las cuatro y media en una esquina próxima. Salía sin compañía a pesar del temor de la esposa al saberlo expuesto tan temprano a esas calles desoladas. Al sentirlo salir de la cama, Isabel esperaba un rato y se levantaba, apenas escuchaba el chorro de agua. No le preparaba desayuno porque él comía en el casino de la empresa, mas no faltaba el tintico que le tenía presto a la salida de la ducha. Desde la noche anterior le alistaba el uniforme de dotación: un pantalón de jean grueso, una chaqueta del mismo material con el logo de la empresa en el lugar del corazón y una camisa azul. Las botas negras punta de acero las alistaba él mismo. Las mantenía como un espejo, rutina de los tiempos del servicio militar en los que aprendió a hacerlo con una técnica especial. Su hijo desde pequeño quiso imitar ese brillo extraordinario en los zapatos, con escasos resultados. La hija ni siquiera lo intentaba. Admiraban esas botas relucientes. Isabel no tanto. A ella le parecía que tanto brillo opacaba el buen gusto.
