La visita del oidor, 1657 - Nectalí Ariza - E-Book

La visita del oidor, 1657 E-Book

Nectalí Ariza

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Beschreibung

Se presenta aquí la trascripción técnica de la visita de Don Diego de Baños y Sotomayor a los reales de minas de Pamplona en el año 1657, además de su análisis y una narración modernizada con los datos sistematizados en tablas. Las visitas, como se sabe, eran realizadas por los oidores de la Real Audiencia o por comisionados suyos. En esta, De Baños se ocupó de indagar en Vetas, en las Montuosas Alta y Baja, y comisionó a Pedro Robayo para que indagara en el Río de Oro, Bucaramanga y Bucarica. La visita era una labor de control que idealmente facilitaba el buen gobierno del rey, pero muchas veces, los oidores aprovecharon la tarea para favorecer sus intereses, pero también representan una de las principales fuentes para los historiadores americanistas de la etapa colonial.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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Portada

 

La visita del oidor, 1657

 

 

 

Nectalí Ariza Ariza

 

 

 

Universidad Industrial de Santander

Facultad de Ciencias Humanas

Escuela de Historia

Bucaramanga, 2021

Página legal

ARIZA ARIZA, NECTALÍ

        La visita del oidor, 1657 / Nectalí Ariza Ariza

Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander, 2021

 

        265p.: il., diagrs., tablas

        ISBN:

        E-PUB: 978-958-5188-14-3

 

        1. BAÑOS Y SOTOMAYOR, DIEGO DE, 1637-1706 – FUENTES 2. ROBAYO, PEDRO - FUENTES 3. COLOMBIA – CONDICIONES SOCIOECONÓMICAS - HISTORIA 4. NUEVO REINO DE GRANADA HISTORIA – SIGLO XVII 5. COLOMBIA – CONDICIONES SOCIOECONÓMICAS – SIGLO XVII 6. NUEVO REINO DE GRANADA – POLÍTICA Y GOBIERNO – SIGLO XVII 7. INDIOS DE COLOMBIA - HISTORIA – SIGLO XVII 8. INDUSTRIA MINERA – COLOMBIA – HISTORIA – SIGLO XVII 9. ENCOMIENDAS – COLOMBIA – SIGLO XVII 10 HISTORIA ECONÓMICA – SIGLO XVII

 

CDD: 986.103 Ed. 23

CEP - Universidad Industrial de Santander. Biblioteca Central

 

 

La visita del oidor, 1657

Nectalí Ariza Ariza

Profesor, Universidad Industrial de Santander

 

© Universidad Industrial de Santander

Reservados todos los derechos

 

ISBN: 978-958-5188-14-3

 

Primera edición, diciembre de 2021

 

Diseño, diagramación e impresión:

División de Publicaciones UIS

Carrera 27 calle 9, ciudad universitaria

Bucaramanga, Colombia

Tel.: (7) 6344000, ext. 1602

[email protected]

 

Prohibida la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio, sin autorización escrita de la UIS.

 

Impreso en Colombia

Agradecimientos

Mis sinceros agradecimientos a la Vicerrectoría de Investigación y Extensión de la UIS por el apoyo financiero a varios proyectos de investigación adelantados desde el año 2017, en uno de los cuales, dedicado a la minería en Vetas y California, surgió la iniciativa de transcribir algunas de las visitas realizadas durante la Colonia a los pueblos de indios del actual Santander, en este caso, la correspondiente a los reales de minas de Pamplona, en cuya jurisdicción se ubicaban las minas del Páramo de Santurbán y del Río del Oro. También debo mencionar la colaboración de los estudiantes de pregrado y maestría que trabajaron como auxiliares en dicho proyecto: Alber Díaz, Federico San Juan, Francy Julieth Ramírez, Jaiver Gómez y Camila Vera. Igualmente, agradezco el apoyo de la profesora Brenda Escobar del grupo de Investigación Estudios Históricos en Redes Sociales, ESHIRES, por la gestión y acompañamiento de los proyectos mencionados. Finalmente, gracias a la UIS por facilitarme el tiempo y los recursos para analizar esta y otras visitas en el marco de una investigación posdoctoral en la Universidad de Texas en Austin, acerca del fraude fiscal del tributo minero en el Nuevo Reino de Granada durante el siglo XVII.

Introducción

Las visitas de los oidores de las reales audiencias a los pueblos de los virreinatos en Indias representan una de las principales fuentes para los historiadores americanistas de la etapa colonial. Su información ha servido para establecer tendencias demográficas, fundaciones de parroquias, reducciones de pueblos indígenas, entre otros temas. Paradójicamente, siguen sin ser exploradas en su totalidad y en sus posibilidades, quizá porque se tiene la idea de su agotamiento por parte de los historiadores que sentaron los pilares de los estudios coloniales. En el contexto latinoamericano, también puede percibirse en las dos últimas décadas un paulatino abandono de los temas coloniales por parte de las escuelas de Historia, cuyos investigadores se centraron en trabajos relacionados con el bicentenario de la Independencia, lo que sin duda ha dejado una importante producción al respecto. Tal circunstancia empieza a balancearse con el cierre de las efemérides. Justamente, este trabajo representa una propuesta de sistematización y análisis de documentos trascendentales para entender el pasado de las sociedades andinas.

Se presenta aquí la trascripción técnica de la visita de Don Diego de Baños y Sotomayor a los reales de minas de Pamplona en el año 16571, además de su análisis y una narración modernizada con los datos sistematizados en tablas. Las visitas, como se sabe, eran realizadas por los oidores de la Real Audiencia o por comisionados suyos. En esta, De Baños se ocupó de indagar en Vetas, en las Montuosas Alta y Baja, y comisionó a Pedro Robayo para que indagara en el Río de Oro, Bucaramanga y Bucarica.

La visita era una labor de control que idealmente facilitaba el buen gobierno del rey, pero muchas veces, los oidores aprovecharon la tarea para favorecer sus intereses. Lo cierto es que cuando se estableció la Real Audiencia de Santa Fe en 1550, inmediatamente se organizó la primera a la provincia de Tunja2. Además de las visitas de los oidores, conocidas como visitas ordinarias, se realizaban las visitas generales, ordenadas desde Madrid, como la ejecutada por visitadores fiscales en los años inmediatos a esta. La más conocida quizá haya sido la del Perú, iniciada en 1664 y cerrada administrativamente en los años noventa3; igualmente, es bastante recordada la última visita a estas provincias, realizada por el fiscal de la Real Audiencia de Santa Fe, Francisco Moreno y Escandón (1736-1792), realizada entre los años 1777 y 17784.

Con la transcripción y sistematización de los datos aquí publicados se propone un modelo para abordar las visitas a los reales de minas, además de poner su información a disposición de los estudiantes de historia, investigadores y lectores interesados en el pasado temprano de los pueblos que surgieron con la minería de veta y aluvión en los territorios hoy comprendidos por los municipios de Bucaramanga, Suratá, California, Vetas, Girón5.

Si la de Escandón fue la última visita de un oidor en el siglo XVIII, la de Baños fue la última conocida llevada a cabo en el siglo XVII. En sí, sobrevivieron pocas visitas de las hechas a las provincias de la Nueva Granada, a juzgar por los inventarios que hicieron José Mujica Silva en el Archivo General de la Nación en el año 1946 y Germán Colmenares en su obra antes citada. Estas, apenas suman una treintena, de las cuales unas ocho comprometieron pueblos de la antigua provincia de Pamplona6. Cabe recordar que hubo visitas iniciadas por algún oidor, pero finalizadas por otro; tal fue el caso de esta, emprendida por Modesto de Meler y concluida por Diego de Baños y Sotomayor, dado el fallecimiento del primero7. Asimismo, se conocen otras realizadas por comisionados que investigaban el fraude en los quintos del oro, también visitas eclesiásticas.

Durante la segunda parte del siglo XVII, la administración imperial perdió capacidad de control y esto se expresa en la escasa documentación que sobrevivió, así, por ejemplo, en el caso de Pamplona y otras provincias del NRG, no hay noticias de más visitas desde 1657. Si bien, es conocido que el siglo XVII y la primera parte del XVIII son etapas poco investigadas, toda vez que la atención se ha centrado en los años de la conquista del siglo XVI y en el periodo de las Reformas Borbónicas.

La importancia para el quehacer de los historiadores de este tipo de documentos puede dimensionarse si se recuerda que Colmenares estableció la caída demográfica indígena de las provincias de la Nueva Granada con datos de las visitas. En el caso de Pamplona, lo hizo a partir de las realizadas por Cristóbal Bueno y Tomás López entre 1559 y 1560; la de Villabona Zubiaurre entre 1622 y 1623; la de Carrasquilla Maldonado en 1642, y la aquí tratada, la de Baños y Sotomayor, realizada en el año 1657, casi cien años después de ejecutarse la primera. Colmenares encontró que en el último año, en Pamplona tan solo quedaban alrededor de 8000 nativos de unos 32 000 estimados a mediados del siglo XVI8. En la caída demográfica, además de las pestes influyeron las duras condiciones del trabajo indígena en las minas, aunado al maltrato sufrido por los nativos por parte de algunos encomenderos y mineros9. Si bien, la población mestiza había aumentado, no se tienen datos precisos de su cantidad. Se sabe, eso sí, que los nativos de la región fueron diezmados por la viruela y el trabajo en los filones auriferos de Vetas, las Montuosas, los lavaderos del Río de Oro y otros afluentes que descienden del Páramo de Santurbán, siendo reemplazados, en parte, por indios conducidos desde el centro del país y por esclavos; estos últimos, destinados a trabajar en los lavaderos. Dicho sea, en las visitas también se observan las formas de trabajo. En este caso los interrogatorios y descripciones muestran en los reales a trabajadores bajo formas de salario, esencialmente mestizos, pero también indios que no regresaban a sus lugares de origen y concertaban un pago con los mineros.

En la visita aquí transcrita tan solo aparecen los indios de las cuadrillas de minas, pertenecientes en su mayoría a encomiendas de Pamplona y algunos resguardos creados cerca del Río del Oro, entre estos el de Bucaramanga. En 1657, algunas de las cuadrillas mineras conservaban los nombres de las poblaciones autóctonas que ya entonces estaban desaparecidas. Por la primera visita, la de 1559, se sabe que tales comunidades superaban el centenar, pero en la visita de Zubiaurre, en el año 1623, apenas se conservaban unos 15 pueblos, los cuales fueron reducidos ese año a 10 doctrinas: Silos, Arboledas, Bucaramanga, Cácota de Velasco, Servitá, Guaca, Chinacota, Chopo, Labateca, Suratá; los que pueden observarse en el mapa de abajo10. Como se quiera las parroquias fueron en aumento a lo largo del siglo XVII, así lo demuestran los padrones de población que sobrevivieron, en los que se refleja el crecimiento de la población mestiza y la disminución de la población nativa. Cabe recordar que buena parte de la población indígena se invisibilizó al establecerse en las haciendas y alejarse de sus comunidades originarias, pasando a formar parte del naciente campesinado.

Las visitas, más allá de servir como fuente demográfica, permiten inferir algunas características de la sociedad existente en las respectivas épocas. La información aportada por los entrevistados facilita una aproximación a la vida cotidiana de los reales de minas y, en cierta medida, devela las trasgresiones a la Ley por parte de los encomenderos, mineros y las autoridades; estas últimas, paradójicamente, encargadas de preservarla. Se sabe que las visitas fueron creadas por Enrique II en las Cortes de Toro de 1371 para cumplir con la labor de control y ejercer justicia; con tal objetivo se implementaron a lo largo de la colonia en América por la Corona española. En sus inicios medievales la visita ejercía justicia sobre lo investigado, pero al parecer durante las dos primeras décadas del siglo XVI se introdujo el principio de contradicción, es decir, los acusados obtuvieron el derecho a presentar descargos11, tal como se observará páginas adelante.

Un visitador estaba investido de una gran autoridad y hay pocas noticias de levantamientos o resistencia a sus determinaciones, pese a que cargaban contra los encomenderos y vecinos trasgresores de la ley. También es cierto que ya en la colonia se cimentó la práctica del pleiteo, pues los encausados apelaban y, en muchos casos, lograban ser escuchados y exculpados. No será lo observado aquí, pues los encomenderos abrumados por las multas alegaron razones a su favor, sin lograr nada de De Baños, quien mantuvo las condenas.

Fuente: Archivo Histórico Regional, Universidad Industrial de Santander. Elaborado por Armando Martínez Gárnica.

Cabe recordar que la existencia del aparato político de la Corona se debía en buena medida a los consensos, pues sin estos la obediencia se acababa. El ejemplo más claro puede observarse en la resistencia a las leyes de 1542, más conocidas como Leyes Nuevas, que prohibían el trabajo indígena en las minas, lo que nunca se cumplió en Pamplona, como tampoco en Mariquita, el Potosí, ni en otras latitudes indianas. En el caso de las minas de Pamplona, sencillamente fue así porque la inclemencia del páramo no permitió que los esclavos se adaptaran y desde los primeros años, los encomenderos pidieron excepción a las leyes para llevar sus indios a sacar oro de los cerros. Silvio Zabala recuperó algunos documentos sobre el momento en que se hizo lectura de estas disposiciones en las rancherías del Páramo de las Montuosas y en Pamplona misma, entre el 8 y 12 de diciembre de 1551. Se advierte que inmediatamente se leyeron las leyes, los encomenderos alegaron a la Real Audiencia y argumentaron que los negros se morían en las minas y que los indios iban por voluntad propia, que recibían doctrina y pagaban el diezmo minero12.

De otra parte, de las respuestas dadas por los vecinos y por los nativos, puede inferirse la vida económica de los pueblos visitados, más si se trataba de reales de minas, como es el caso. El oidor, además de inquirir por los abusos de los encomenderos y de las autoridades locales, preguntaba por las labores adelantadas por los nativos; por las condiciones laborales; por las tierras de resguardo; por las tasas establecidas; por si los pagos se hacían en especie o en metálico y a quiénes estaban destinados; por si se impartía la doctrina, etc. Como se quiera, el juez visitador buscaba identificar las transgresiones a las normas, entre otras, la prohibición de los servicios personales y el trabajo no remunerado en las minas. Notoriamente se cargaban las tintas contra los encomenderos y se defendía o se buscaba resarcir los derechos a los indígenas. En esta visita, como en otras tardías, se muestra la paulatina decadencia de los otrora poderosos encomenderos13.

Asimismo, en este documento hay datos acerca de la paulatina conversión de los pueblos de indios en parroquias de mestizos, algunas de las cuales devinieron en grandes ciudades como Bucaramanga, que durante la visita de Baños y Sotomayor era un real de minas establecido con indios trasladados desde Guaca a comienzos del siglo XVII que fueron llevados a la meseta por una disposición del visitador Beltrán de Guevara en el año 1602. Desde esas fechas tempranas, en las parroquias confluyeron autoridades eclesiásticas y civiles, encomenderos e indios, mestizos, españoles, negros libres, etc., de tal suerte que se tejió un orden que superaba las expectativas del planeamiento propuesto por la Corona en el siglo XVI, cuando se quiso separar a la población “blanca” de la nativa. Como se podrá leer más adelante, Baños dictaminó la expulsión de los blancos y mestizos avecindados en los pueblos de indios de Bucaramanga y de las Montuosas, pero debe advertirse que esto se hacía en cada visita, sin que tales disposiciones surtieran efecto a posteriori.

En cuanto a las posibilidades de investigación que ofrecen las visitas, cabe señalar las correspondientes a los estudios filológicos, pues tanto la narración de las autoridades como la de los investigados y demás testigos ofrecen arcaísmos y expresiones indígenas ya desaparecidas o en desuso, cuya referencia simbólica trasluce un mundo material y espiritual diferente al actual. Quizá, la publicación de las visitas además de cumplir un objetivo didáctico, aporte material de investigación, para abrir una ventana en el tiempo y observar un mundo lejano y sencillo del que solo sobrevivió la metáfora del discurso.

En la historia del derecho y de la justicia en general, este tipo de documentos también ofrece horizontes, pues los oidores fungían como jueces, toda vez que el ejercicio de la justicia representaba una razón ideológica legitimadora del gobierno del rey que, como se sabe, estaba delegada en las reales audiencias y gobernadores y, de forma descendente, en toda autoridad que cumpliese funciones de gobierno; eso sí, las audiencias eran los tribunales supremos en Indias. Por tal razón, las visitas finalizaban con sentencias y en ocasiones daban pie a otras investigaciones, pero también servían para decidir sobre jurisdicciones de resguardos, parroquias, traslados de indios, composiciones de tierras, etc. Y, como se dijo antes, resultan ser la fuente más utilizada para conocer las tendencias demográficas de la población indígena14. No obstante, los historiadores colonialistas previenen siempre sobre los datos de población aportados por los interrogados y proponen una mirada cauta, dada la carga maliciosa que solían tener las respuestas, pues caciques, encomenderos, curas y demás testigos, solían mentir respecto al número de indios tributarios para librarse de multas, represalias, cargas fiscales o investigaciones ruinosas y sin fin. En el caso de los caciques y encomenderos, se infiere fácilmente que a menos indios menos tributo debían reportar a las autoridades de la Corona. Al menos así fue hasta que se establecieron los corregidores de indios, dicho sea, en los lugares donde su autoridad se hizo efectiva, pues no parece que su control se ejerciera más allá de los grandes centros de población indígena. En oportunidades, la autoridad del corregidor era delegada en tenientes o, como ocurría en las minas de Pamplona, estaba asumida por el alcalde mayor de minas.

La costumbre de ocultar indios útiles, por parte de encomenderos y capitanes de cuadrilla, no parece cosa fácil, pues los visitadores interrogaban a unos y otros, al cura y a cualquier vecino que considerasen. Además, la información podía corroborarse con las anteriores visitas, cuyas copias solían llevar encima los escribanos; en este caso se trataba de Rodrigo Zapata Lobera, quien asistió las visitas de Pamplona desde 1623 y muchas otras del NRG en el siglo XVII15.

De otra parte, la sociedad parroquiana colonial solía controlarse a sí misma, mediante chismes y el mecanismo del escándalo; también los curas y cabildantes cumplían un rol vigilante de la vida social. Evidentemente, la visita de un oidor podía representar la oportunidad para venganzas entre vecinos, de tal modo que salían a la luz pecados y trasgresiones a la ley que de otra manera nunca se habrían conocido. Los visitadores entrevistaban a varios testigos y tenían la oportunidad de cruzar la información, de modo que, aparentemente, había poco espacio para las trampas. De hecho, la visita aquí transcrita, como otras, fue cerrada con cuantiosas multas a todos los encomenderos. Al final de este apartado podrá verse un indicador de la percepción de la realidad y las conclusiones de los visitadores en el que, sin embargo, no quedan claras las motivaciones y el monto exagerado de algunas multas.

En el documento aparecen datos de interés como la diferenciación que hacían los caciques y otros testigos para relacionar la presencia de indios forajidos16 como los moscas, indios del centro del país, comúnmente conocidos como muiscas. Estos, provenían de lugares diferentes a los resguardos inmediatos, quizá trasladados a los reales de minas durante los años de mayor producción de metal; se trataba de mitayos, indios conducidos, generalmente, desde el centro del Nuevo Reino de Granada. Las conducciones fueron investigadas por Julián Rivera y más recientemente por Heraclio Bonilla en el contexto de las minas de plata de Mariquita, pero no hay trabajos y estudios sistemáticos sobre el caso de Pamplona, donde el número de mitayos fue mucho menor, aunque cabe aclarar que se desconocen las cantidades que finalmente arribaron en el siglo XVI y XVII. Huelga decir que, tanto en Mariquita como en Pamplona, las proporciones resultan mínimas si se comparan con la mita en el Perú.

La sistematización de las visitas también aporta información para recuperar las zagas familiares asentadas en diferentes provincias. En esta, por ejemplo, aparece parte de la familia Velasco, descendiente del primer conquistador y gran encomendero de la región Ortún Velasco17. Asimismo, en uno de los testimonios, aparece una hija del fundador de Bucaramanga, Andrés Páez de Sotomayor: Doña Juana de Sotomayor, esposa de Andrés Gordillo de Palencia, encomendero de los indios Quebeos18. Dicha encomienda había sido heredada por Juana a la muerte de su padre Andrés, el 25 de mayo de 1633, que a su vez había heredado la encomienda de su padre Diego Páez de Sotomayor, quien habría entrado a Pamplona con las primeras huestes conquistadoras a mediados de siglo XVI19.

La familia Sotomayor antes mencionada no tiene, que se sepa, ningún vínculo familiar con Diego Baños de Sotomayor, el oidor encargado de la visita aquí transcrita. Este era una funcionario de carrera, licenciado en cánones de Osma había ocupado diversos cargos en Valladolid, en Roa (Burgos), en Cifuentes (Guadalajara), luego en América, estuvo 20 años como relator en la Audiencia de Lima, donde fue comisionado para visitar las cajas reales de Charcas, Potosí, Arequipa y Arica. En el año 1652, fue nombrado oidor de la Audiencia de Santa Fé de Bogotá, después, en 1670 retornó al Perú donde ejerció como oidor en Charcas y como alcalde del crimen en Lima, jubilándose en el año 168020.

Y claro, así como pueden observarse las zagas de estos peninsulares y criollos, también podría llevarse a cabo una aproximación a la disolución de los grupos familiares nativos, mediante la sistematización de las visitas existentes desde el siglo XVI. Algo viable mediante la elaboración de tablas como las expuestas después de la narración modernizada incluida en esta publicación, en las que aparecen los indios de cuadrilla con sus familias y la caracterización de los nativos registrada por el escribano: “forastero”, “mosca”, “oriundo de”, “ausente” “reservado”21, “chusma”. Algunos de estos calificativos llaman a confusión; por ejemplo, se dice de cierta india: “difunta y ausente en Ocaña”. Sucedía que los indios por tradición seguían mencionando a los difuntos y ausentes como parte del grupo familiar. De otro indio se afirma “ausente desde hace veinte años”; de otro “ausente …al parecer se fue para España”. De un tal Juan Pesquero de la cuadrilla de Cupaga (Vetas), se dijo que no reconocía a ningún encomendero y que se encontraba en esa cuadrilla por voluntad propia, pero que pagaba requinto al alcalde mayor de minas22.

Finalmente, cabe recordar a autores que han trabajado las visitas desde la perspectiva teórica, mediante una caracterización institucional e histórica, como también a quienes recuperaron su sentido en la historia del derecho, entre otros énfasis. Destaca Guillermo Céspedes del Castillo por su carácter pionero, quizá por ello, el más citado por los autores que posteriormente han revisado el tema23. De la misma y quizá de mayor catadura son los trabajos de Ismael Sánchez Bella24. También es indispensable el trabajo de Julián Ruiz Rivera, quien justamente hizo énfasis en el siglo XVII, en su artículo “Las visitas a la tierra en el siglo XVII como fuente de historia social”25. Ruiz Rivera, consideraba que estos documentos eran esenciales para recuperar la vida social y cotidiana de los pueblos visitados. En la línea de historia del derecho, está el citado Miguel Malagón Pinzón “Las visitas indianas, una forma de control…”, cuya deriva se expresa fundamentalmente en la búsqueda de los orígenes de las instituciones del derecho administrativo. También son bastantes conocidas las investigaciones de Ots Capdequí26, entre otros.

En los apartados subsiguientes a esta introducción se ofrece, en primer lugar, un sucinto análisis y la explicación de aspectos generales de las visitas, como particulares de la aquí transcrita. Luego, se presenta una descripción modernizada de los hechos, que busca recrear la visita, para lo cual, se eliminaron las repeticiones y los giros propios de este tipo de documentos para que cualquier interesado pueda hacer una lectura sin adentrarse en la transcripción literal, que evidentemente tiene más interés para los estudiosos de estos temas. Al finalizar el primer apartado, se ofrecen los datos detallados de la población censada en cuadros que identifican cada uno de los miembros de las cuadrillas, incluidas sus familias, pues los indios de minas estaban integrados a los reales de minas, junto a sus mujeres e hijos. Cabe recordar que ellas también colaboraban con la economía de la extracción del oro, pues cocinaban y desarrollaban tareas que daban apoyo logístico a los nativos de las cuadrillas y en oportunidades también lavaban oro en los ríos. En la Parte II se presenta la transcripción literal en castellano antiguo, propio de la época, digamos, en la letra del escribano. Y se cierra con unas breves conclusiones.

 

1 El concepto “real de minas” recuerda que estas pertenecían por derecho al rey, pero este las podía conceder mediante mercedes a sus súbditos, quienes tenían la obligación de pagar el tributo minero, más conocido como “el quinto”, un 20 % de lo extraído. Este porcentaje estuvo vigente en pocas etapas y latitudes, pues los cabildos lo rebajaban al décimo, veinteno, quinceno, etc., para estimular su pago. Su recaudo estaba a cargo de los oficiales de hacienda de las cajas más cercanas, pero fue común que lo cobraran los alcaldes mayores de minas, pues estos encarnaban la principal autoridad y justicia en los distritos mineros. En Pamplona, estos alcaldes fueron nombrados por el cabildo de la ciudad desde el descubrimiento de las minas a mediados del siglo XVI hasta el año 1614, cuando el presidente Juan de Borja decidió que, en adelante, lo haría la Real Audiencia. Tal disposición fue motivo de desencuentros y conflicto entre las dos jurisdicciones.

2 Colmenares, Historia Económica y Social de Colombia, 1537-1719. Tomo I (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1999), 81.

3 Kenneth J. Andrien, Crisis y decadencia. El Virreinato del Perú en el siglo XVII (Lima: Banco Central de Reserva del Perú, 2011), 207.

4 Armando Martínez Garnica, El Régimen del Resguardo en Santander (Bucaramanga: Ediciones UIS, 1993), 10.

5 La pujanza de la Villa de los Caballeros de San Juan de Girón en la segunda parte del siglo XVII y durante el XVIII se debe en parte a la minería de aluvión del Río de Oro. Su fundación en en el año 1638 estuvo ligada a la extracción de oro, véase: Armando Martínez Garnica y Amado Guerrero Rincón, La provincia de Soto. Orígenes de sus poblamientos urbanos (Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander, 1995), 27-28. También Amado Guerrero Rincón, La política local en la sociedad colonial. Girón siglo XVIII (Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander, 1993), 20-38; Francy Julieth Ramírez Herrera, «Las familias del poder social en la gobernación de Girón durante la Independencia, 1778-1824» (Tesis de pregrado, Escuela de Historia, UIS, 2017), 20-21.

6 José Mojica Silva, Relación de visitas coloniales: pueblos, repartimientos y parcialidades indígenas de la Provincia de Tunja y de los partidos de La Palma, Muzo, Vélez y Pamplona (Tunja: Imprenta Oficial, 1946). También: Germán Colmenares, Historia Económica…. 82.

7 Archivo General de la Nación (AGN). Sección Colonia, Visitas, Juan Modesto de Meler a Mérida y Pamplona, Legajo 1: diligencias de visita, 1655-1557, ff. 61-77. Meler murió el 3 de noviembre en el pueblo de Timotes, Mérida, cuando se encaminaba a los pueblos de Pamplona. El alcalde ordinario y juez de cobranzas Lucas Laguado sospechó que lo habían envenenado por los síntomas presentados antes de morir y por el “mucho recelo que le tenían” y ordenó que abrieran el cadáver para analizarlo, sin que lograsen establecer la causa cierta; se dijo que quizá había bebido aguas contaminadas.

8 Germán Colmenares, Encomienda y población en la provincia de Pamplona, 1549-1650 (Pamplona: Universidad de Pamplona, 1999), 67. Obra publicada en 1999 pero recientemente (2016) reeditada y publicada por el ICANH.

9 Leonardo F. García Rincón. Pueblos de indios de la provincia de Pamplona, 1600-1800: Demografía, conflictos económicos y cristianización. Tesis de maestría (Bucaramanga: Ediciones UIS, 2019) 98-116.

10 En el mapa se aprecian los reales de minas aquí tratados y varios pueblos de indios mencionados, resultantes de una reorganización de resguardos hecha por el visitador Juan de Villabona en 1622: Bucaramanga, Cácota de Velasco, Cácota de Suratá, Chinácota, Silos, Labateca, Chopo, Bochalema, Cúcuta y Arboledas. Respecto a estos pueblos es necesario señalar que los mencionados corresponden a los organizados por la administración española, no obstante las comunidades originarias mantenían decenas de topónimos para identificar sus pueblos, muchos de los cuales fueron agrupados en los mencionados. Los nombres de estos pueblos pueden consultarse en Colmenares, Encomienda y población... 41-46. También, Jorge A. Gamboa... «La encomienda y las sociedades indígenas del Nuevo Reino de Granada: el caso de la provincia de Pamplona (1549-1650)», Revista de Indias 64, n.° 232 (2004): 764.

11 Miguel Malagón Pinzón, “Las visitas indianas, una forma de control de la administración pública en el estado absolutista” Vniversitas, 108 (2004): 825.

12 Silvio Zavala, El servicio personal de los indios en el Perú (extractos del siglo XVI). Tomo I (México: El colegio de México, 1978), 233. Por lo expresado en este documento, en los primeros años de explotación de estas minas se utilizó mano de obra esclava. Un hecho del que no se tiene documentación posterior.

13 Sobre el régimen de la encomienda y su decadencia en la provincia de Pamplona, además del trabajo de Colmenares, está el artículo Gamboa, «La encomienda y las sociedades…», antes citado. En este se menciona a los autores que han tratado este tema en el Nuevo Reino de Granada y en el contexto latinoamericano, entre tales, destacan los trabajos de Silvio Zavala, La encomienda indiana (Madrid, Imprenta Helénica, 1935) y Las instituciones jurídicas en la conquista de América (México, Porrúa, 1971).

14 Las tendencias demográficas en la Nueva Granada han merecido la atención de los historiadores colonialistas, al respecto Hermes Tovar en un balance publicado en 1970, vigente hoy, señalaba que “…no existe para Colombia ningún estudio plenamente satisfactorio total o parcial sobre problemas de demografía histórica…”. En su trabajo recoge las conclusiones y la metodología que utilizaron Juan Friede, Jaramillo Uribe y Colmenares, para plantear las cifras más aceptadas acerca de población del NRG en el momento de la conquista y a lo largo de la colonia. También sobre demografía y el peso de las enfermedades en la caída poblacional en la etapa colonial temprana del NRG resulta interesante el análisis historiográfico del profesor Michel Francis; recuerda, por ejemplo, que una peste en 1636 redujo la población en Tunja hasta en un 80 %. Véase: J. Michael Francis, «Población, enfermedad y cambio demográfico, 1537-1636. Demografía histórica de Tunja: una mirada crítica», Fronteras de la Historia, n.° 7 (2002): 14; Hermes Tovar Pinzón, «Estado actual de los estudios de demografía histórica en Colombia», Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, n.° 5 (1970): 65-111.

15 Rodrigo Zapata escribió un interesante informe en el año 1653, basado en la visita de 1641-1642 en el que enumeró las encomiendas y su ubicación, los encomenderos, el número de indios tributarios y la forma de tributo. De la actual Colombia solo faltó incluir las encomiendas de Nariño y Cauca. Véase: Rodrigo Zapata Lobera, “Encomiendas, encomenderos e indígenas tributarios del Nuevo Reino de Granada en la primera mitad del siglo XVII” (Trascripción de Álvaro González P), Anuario de Historia Social y de la Cultura, n. 2 (1964): 410-530.

16 La expresión más común en los documentos es la de indios forajidos, “de fuera del ejido”, también conocidos como forasteros. Algunos eran indios de mita que se quedaban en la zona por alguna circunstancia que los favorecía o que simplemente se alejaban de los resguardos y se asentaban donde encontraran alguna opción laboral.

17 Jorge Gamboa (editor) «Información de méritos de Ortún Velasco, 1580», en Encomienda, identidad y poder: La construcción de la identidad de los conquistadores y encomenderos del Nuevo Reino de Granada, vista a través de las probanzas de mérito y servicios (1550-1650), (Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2002) 244-350.

18 AGN (Archivo General de la Nación)., Sección Colonia, Visitas de Santander, Legajo 5, Documentos 4,5: Visita de Diego de Baños y su comisionado Pedro Robayo, 1657-1660, ff. 878-878V. Citado en adelante: AGN, SC, Visitas, Sotomayor, L. 5, ff.

19 AGN, SC, Visitas, Sotomayor, L. 5, ff. 878-883.

20 Manuel Casado Arboniés, "La visita general de Don Juan Cornejo al Nuevo Reino de Granada. Siglo XVII. Gobierno", Boletín de Historia y Antigüedades (Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 1993) 776-777.

21 Reservado era toda persona mayor de 55 años, pues esta se consideraba una edad avanzada, a partir de entonces no se les obligaba a trabajar ni a tributar; también quedaban “reservados” los inválidos.

22 El requinto fue una exacción creada por Felipe II para incrementar el recaudo de la Corona, se trata de un 20 % adicional al tributo pagado por los indios, un valor extra a pagar cada semestre (tercios). Al respecto véase: Heraclio Bonilla, “Este reino se va consumiendo”. Las minas de la provincia de Mariquita en el siglo XVII (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2017), 51.

23 Guillermo Céspedes del Castillo, “La visita como institución indiana”, Anuario de Estudios Americanos 3. 1 (1946): 984-985.

24 Ismael Sánchez Bella,“Eficacia de la Visita en Indias”, en Anuario del derecho español, 50 (Madrid: 1980) 383-412. Del mismo autor: Ordenanzas del Visitador de la Nueva España, Tello de Sandoval, para la Administraci6n de Justicia (1544), (Santiago de Chile 1969); Los visitadores generales de Indias y el gobierno de los Virreyes (Sevilla 1972); Ordenanzas para los Tribunales de Mexico del Visitador Palafox (1646) (Madrid 1973); Visitas a Indias (siglos XVI-XVII) (Caracas 1975); Visitas a la Audiencia de México (Siglo XVI y XVII) (Sevilla 197); El Juicio de Visita en Indias (México 1976).

25 Julián B. Ruiz Rivera, “Las visitas a la tierra en el siglo XVII como fuente de historia social”, Estudios sobre política indigenista española en América. (Valladolid: Universidad de Valladolid, 1975) 197-214.

26 José María Ots Capdequí, Manual de Historia del Derecho Español en Indias (Buenos Aires: Losada, 1945).

Primera parte. La visita

En las primeras páginas de su informe, Baños y Sotomayor advierte que Pedro Robayo está comisionado para visitar los lavaderos del Río de Oro en Girón, Bucaramanga y Bucarica, tarea que realizaría junto a un alguacil al que asignó un sueldo de 2 pesos oro de 20 quilates, más la suma de lo ganado por “costas de los acusados”. En tal sentido, se seguía la tradición de las actuaciones administrativas de la Corona en Indias: los gastos recaían en los súbditos y, en este caso, en los encomenderos que tenían indios dedicados al oficio de la minería. Se daba por hecho que hallarían irregularidades y se impondrían multas.

En la demarcación geográfica descrita se diferencia a Bucaramanga de Bucarica, resguardos creados por el visitador Beltrán de Guevara en el año 160227. El resguardo del que posteriormente surgiría la actual ciudad de Bucaramanga comprendía el área de la meseta donde se encuentra actualmente. Por su parte, el resguardo conocido como Bucarica, comprendía la parte sur de la misma ciudad; la descripción dice que se trataba de un espacio geográfico que se extendía desde la quebrada La Iglesia hasta el municipio actual de Piedecuesta. Esta área coincide con lo observado en una “vista de ojo”28 realizada por el comisionado Pedro Robayo para aclarar denuncias de ocupación de las tierras de dicho resguardo por parte de vecinos de la villa de Girón.

La conflictividad por ocupación de tierras de resguardo fue común a lo largo de la colonia, un proceso que resulta paralelo al paulatino descenso de la población indígena y de sus formas de organización tradicionales, pues a la par, mestizos y blancos se multiplicaban y demandaban tierras. De este asunto se conocen las líneas generales, pero faltan estudios regionales que den cuenta de las particularidades y las áreas ocupadas con el paso del tiempo; las visitas resultan una fuente al respecto. No hay que olvidar que la ocupación de tierras se produjo desde las etapas tempranas del resguardo29 que, como su nombre lo indica, buscaba justamente delimitar y proteger las tierras de los indígenas, pues la inexistencia de jurisdicciones establecidas había jugado en su contra y a favor de los encomenderos y demás vecinos. De estos conflictos sobrevivieron las quejas y las actuaciones de la Audiencia, como denota la solicitud de Baños a su comisionado, en cuanto a “exigir las escrituras” que avalasen a quienes se declarasen dueños de tierras. El auto no ordenaba devolverlas, sino calificarlas como vacías (vacas) y, por tanto, pertenecientes al rey, lo que permitía su posterior adjudicación mediante composiciones o remates30. Se trataba de una tipología de despojo, quizá, el primer antecedente de conflictividad por tierras en el país31.

Robayo cumplió con la tarea y reportó que pasados nueve días nadie le había mostrado escrituras de titularidad, es decir, nadie en la región por esos días había regularizado sus posesiones. El comisionado también informó que el mayor “propietario” resultaba ser el capitán Gerónimo Velasco, quien tenía en su haber 17 estancias de ganado, quizá tierras de los resguardos de Bucaramanga y Bucarica, además del mayor número de indios encomendados, en total 203, de los cuales 64 lavaban oro en los ríos y 55 se dedicaban a trabajar en las estancias. Gerónimo era descendiente de Ortún Velasco, conquistador principal, gran encomendero, fundador y primer Justicia mayor de Pamplona, uno de los primeros conquistadores en penetrar al NRG bajo el mando de Pedro Fernández de Lugo en el año de 153532.

Cuando Robayo llegó a Bucaramanga, el 18 de julio de 1657, lo primero que hizo fue reunirse con el teniente y el alcalde para citar a los encomenderos en la plaza pública33. Puede inferirse que, si había alcalde y “plaza pública”, existía cierta dinámica que traspasaba la actividad minera; cuestión razonable, pues este pueblo de indios había sido fundado con alguna formalidad en 1622 por el capitán Andrés Páez de Sotomayor y el presbítero Miguel Trujillo, en cumplimiento de una orden del oidor Juan de Villabona y Zubiaurre, si bien el resguardo había sido establecido a comienzos de siglo XVII, como se indicó antes. Se sabe que hacia 1657 contaba con una población de 214 habitantes34.

El pueblo de indios de Bucaramanga es descrito como un pueblo sencillo con abundante tierra fértil, agua y leña, pero despoblado, habitado por unos cuantos indios lavadores que decían pertenecer al pueblo, pero que realmente vivían en sus resguardos o en la hacienda y estancias del encomendero Gerónimo Velasco35. Había una vieja iglesia de paja y bareque, arruinada, a punto de caerse sobre sus propios cimientos y unas cuantas casas en similares condiciones. Los indios asentados, dijo el cura doctrinero, cumplidamente pagaban el diezmo y asistían a la misa. No obstante, los destinados a lavar oro se quejaron de no poder asistir a misa porque el cura acostumbraba a hacerla muy temprano los días domingos y no alcanzaban a llegar desde el Río del oro, de tal modo preferían solicitar permiso y no asistir, dada la incertidumbre de poder, o no, llegar a tiempo. Otro motivo que les impedía oír misa era el endeudamiento adquirido con un mercader del pueblo, quien aprovechaba la ocasión para cobrarles lo adeudado, así que preferían no aparecer por la iglesia hasta no contar con el dinero para cubrir sus compromisos.

La convocatoria fue leída al común del pueblo de Bucaramanga por un indio ladino cuyo nombre, Juan Cantor, daba fe de su oficio. Entre los oyentes, además de los indios y españoles, también había mestizos. Asistieron encomenderos, caciques, capitanes, lavadores, forasteros y sus respectivas familias. Toda la población salió a la plaza pública a atender los requerimientos de la visita; un evento de control político que quizá resultaba lo más trascendente que podía ocurrirles en mucho tiempo. Valga recordar de “los forasteros” que actuaban como libres, concertados36, o bajo alguna modalidad salarial, pero igualmente podían haberse integrado a alguna cuadrilla de lavadores o incluso, a un resguardo, en ocasiones por la vía matrimonial. Estos indios siempre aparecen en las visitas y en diferentes padrones de población; muchos solían ser catalogados como mestizos, dado que se desconocía su vínculo comunitario inicial. Con esto último, resultaban favorecidos, pues con esa etiqueta étnica se libraban del tributo y de los servicios personales, que aunque prohibidos eran moneda corriente. Un estudio cuidadoso de la presencia de indios forasteros sumaría datos para esclarecer el decrecimiento de muchos pueblos del interior de la Nueva Granada, pues a los nativos se les solía identificar por sus pueblos de origen. Los forasteros o forajidos se observan en las haciendas, en las minas y en oficios propios de la vida urbana. Entre los asistentes a la convocatoria del visitador también se menciona a los “trapicheros”, que podían ser indios encomendados, mestizos, o indios forasteros. Como es conocido, en torno a los reales de minas se establecieron cultivos de caña de azúcar, pan coger y estancias de ganado, una dinámica que tendió a reproducirse por doquier.

Al llamado de Robayo acudieron los encomenderos, Andrés Gordillo de Palencia, Amador de Hospino, Juan Francisco Velasco y el ya mencionado Gerónimo Velasco; este último, el único que vivía en el Real. El segundo encomendero, en cuanto a número de indios, resultó ser Amador de Hospino, quien contaba con 49 nativos. Andrés Gordillo de Palencia tenía solo nueve indios bajo su responsabilidad, según su representante, Diego García, en tanto que Francisco de Velasco contaba con doce.

Por otra parte, al iniciar su labor en las Montuosas, De Baños no citó al común, sino que notificó individualmente a los encomenderos mediante un escrito. En total citó a once, de los cuales, cinco eran mujeres y seis hombres; dos de ellos, menores de edad. El número de féminas encomenderas resulta significativo y pone presente que la sociedad colonial española, pese al fuerte patriarcado, dejaba margen de dominio económico a las mujeres, generalmente, por herencia o viudez. El otro aspecto que llama la atención es el de los encomenderos menores de edad, una situación dada por heredad, pero igualmente, por razones “estratégicas”, y quizá más precisamente, razones “fraudulentas”; queda la duda. Sucedía que cuando un encomendero estaba a punto de morir, y si aún tenía alguna “vida”, testaba la encomienda al menor del clan familiar, generalmente a un nieto; de tal modo prolongaban la encomienda en manos de la misma familia37. También hubo oportunidades en que a la muerte del encomendero cesaba la tenencia de la encomienda. En tales casos se declaraban “vacas” o bien, se pactaba un pago o composición por parte de los herederos que lograban de la Real Audiencia de Santa Fe otra vida más. Evidentemente, en esta visita se denota que varias mujeres habían heredado encomiendas, bien de sus padres o de sus maridos.

En la visita al real de minas de Bucaramanga salió a la luz un conflicto de tierras que enfrentaba a los indios con los mestizos y los españoles por invasión a sus resguardos, a lo que se sumaba el maltrato representado en insultos y golpes que los invasores solían darles cuando los indios les exigían que desocuparan sus resguardos. En los interrogatorios, los testigos afirmaron que había indios ladinos y mestizos viviendo en tierras de los resguardos; que con sus mulas y ganado estropeaban sus cultivos, y que no pagaban nada por los daños causados. Quizá se tratase de indios forasteros empleados en las haciendas y en las minas y por lo mismo, sin ningún control posible.

El interrogatorio

El interrogatorio realizado por Baños y su comisionado resulta tradicional. En las visitas se indagaba por las condiciones de la doctrina de la Iglesia; el trato dado a los indios por parte de encomenderos y mestizos; el monto y tipo de tasas; las causas de muertes entre los indígenas; el número de tributarios de cada encomendero, y los datos de los núcleos familiares indígenas. Los visitadores solían variar aspectos de los interrogatorios, por esto, si bien hay tendencias, los parámetros no resultan coincidentes respecto a los datos de las familias de los tributarios; una dificultad que debe sortearse cuando se miran tendencias demográficas. Las preguntas traslucen aquello que era cotidiano y que se quería controlar o evitar por parte de la Audiencia. Por ejemplo, a los nativos se les preguntaba si se les obligaba a pagar diezmos y sobre qué frutos, pues estaba prohibido pedir tal contribución a la producción de manera generalizada, pues solo se aplicaba a ciertos cultivos; no obstante, los curas doctrineros lo cobraban sobre cualquier cultivo y animal de cría. Las primeras disposiciones sobre este impuesto eclesiástico datan de 1501, cuando el papa Alejandro VI le dio a la Corona española el derecho a su recaudo. Luego se estableció que en América solo se cobraría sobre productos introducidos desde la península, lácteos y ganado. Tal disposición fue ampliada, posteriormente, al tabaco y al maíz. En un principio, se excluyó a los nativos de su pago, pues se consideraba incluido en el tributo, pero esto, generalmente, no se cumplía. Tampoco lo pagaban las órdenes religiosas, al menos hasta 1662, cuando una decisión real cambió las reglas, originándose un largo conflicto con los eclesiásticos regulares. Cabe recordar que del diezmo solo le correspondían al rey, dos novenas partes del 50 % y que, en general, este se trataba de un recaudo destinado al sostenimiento de la Iglesia38.

En los interrogatorios, también se preguntaba a los indios si los obligaban a pagar “servicios personales”, prohibidos por las leyes de 1542 y otras posteriores. Evidentemente, en muchos casos, los encomenderos mantuvieron la costumbre de hacerlos trabajar a cambio de nada. Y como puede leerse en los testimonios, no solo los encomenderos, sino los mayordomos de las haciendas y diferentes vecinos se aprovechaban de los indígenas. Asimismo, se preguntaba si estos eran obligados a trabajar en las minas contra su voluntad y si les pagaban lo correcto. Algo poco estudiado en la NG es la venta de indígenas, un tema develado al preguntar “si algún indio había sido vendido por algún encomendero…”. El que se preguntase resulta un indicador de dicha práctica, no obstante, en este real los testigos no dijeron nada al respecto.

La visita igualmente indagaba por las tasas de tributo aplicadas a los nativos: si eran las establecidas o se cobraba más de lo autorizado; también, si se pagaba en oro, en mantas u otra especie. En los reales de minas de Pamplona siempre se pagó en oro o en plata, así lo manifestaron los indios y los testigos: dijeron que cada tercio (semestre) se les concedía a los indios lavadores y del pueblo, como a los de las minas de veta, veinte días, durante los cuales recogían 4 pesos oro y 3 tomines de 20 quilates, de oro común. Los nativos en actividades diferentes a la minería, por su parte, debían pagar en especie o plata el equivalente a 2 y medios pesos oro de 20 quilates. La tasación y forma de tributo fue una preocupación de la Corona desde las leyes de 1542, por esto procuró tasarlos para frenar el abuso y la consencuente desaparición de los nativos. El monto del tributo o demora fue establecido en Pamplona por primera vez en 1623, por el visitador Juan de Villabona y Zubiaurre, en 7 pesos oro de 22 quilates para los indios de cuadrilla. Dicho valor se mantenía durante la visita de Maldonado de 1642, pero durante la visita de Sotomayor se pedía 4 pesos y medio cada tercio, esto es, 9 pesos oro al año.

También se preguntaba por los amores ilícitos, especialmente por los amancebamientos, las borracheras y las supersticiones e idolatrías. De lo primero no faltaba, quizá porque en asuntos de amores las prohibiciones resultan inútiles. Lo cierto es que, en el contexto de la monarquía católica, las autoridades estaban encargadas de velar por la moral pública y privada, sin que hubiese una frontera definida al respecto. El límite de lo posible en cuanto a la vida social estaba en los mandamientos de la Iglesia y estos debían ser acatados por todos, siendo los vecinos quienes mutuamente se vigilaban. Los visitadores tomaban nota de las denuncias e intervenían con multas, destierros, etc. De idolatrías no hay noticias en esta visita, al parecer todos los nativos habían abrazado la cristiandad, un asunto en el que pesaba el paso del tiempo como la desestructuración cultural iniciada en el siglo XVI. La región, como se ha dicho, había sido conquistada en la mediana de ese siglo y transcurridos cerca de cien años, tan solo quedaba, aproximadamente, una quinta parte de la población nativa originaria. Al respecto, las tablas de población presentadas más adelante, muestran el perfil de las familias del real de minas en la fecha de la visita. Los visitadores no solo establecían la configuración de las familias nativas adscritas a las encomiendas y su dedicación, también indagaban por trasgresiones de diferente orden, como puede observarse en los cuestionarios que hicieron Robayo y De Baños.

Los cuestionarios podían ser más o menos extensos, en correspondencia con la cantidad de población y otras circunstancias, como se observa aquí. Las preguntas denotan el mundo ideal proyectado por los peninsulares, el “buen gobierno”, “la vida en cristiandad”, “la vida en policía”, esto es, bajo la autoridad del rey y de Dios. Expresiones que, entonces, evocaban los fines políticos y administrativos que daban sentido a la tarea del visitador y garantizaban el ejercicio de la justicia, concepto último que entrañaba la legitimidad del rey en sus dominios.

En sí, las preguntas del interrogatorio contienen lo aceptado y lo prohibido en la ley: la vida en cristiandad, el cumplimiento en el pago de tributos, su distribución, los posibles abusos por parte de las autoridades, el cumplimiento de su deber, etc.

Cuestionario aplicado por Pedro Robayo39.

¿Tienen noticia del repartimiento de los naturales, de quién es su encomendero y desde cuándo?

¿En el pueblo ha habido y hay iglesia en condiciones para la doctrina de los indios?

¿Tiene la iglesia imágenes, ornamentos, campana, misal, manual, cáliz, cruz, mesas y vinagreras para celebrar el culto divino?

¿Los indios acuden a oír misa, a la doctrina y a los demás ejercicios de buenos cristianos para instruirse en las cosas de nuestra santa fe católica?

¿En el pueblo hay doctrinero pasado por el patronazgo real que asista a la doctrina de los naturales para su enseñanza cristiana?

¿Los indios saben y enteran la lengua?

¿Los indios han sido y son adoctrinados todo el año o por culpa y descuido del encomendero han faltado a doctrina?

¿Han muerto indios sin confesión o criaturas sin bautismo?

¿Los indios han pagado y pagan diezmos y de qué frutos? ¿Los han pagado contra su voluntad? ¿Para que los paguen les han hecho fuerzas y agravios?

¿Los indios de esta población y los que fueron agregados a ella en la visita pasada están juntos y poblados? Si no, ¿por qué causa?

¿A qué distancia están unos de los otros? ¿Estar lejos de la iglesia les ha constituido un impedimento para ser adoctrinados?

¿El sitio donde se asienta el pueblo es bueno y sano y se han hallado bien en él? Si no, ¿cuál sitio sería más cómodo para poblar con indios, que sea de temple sano, que tenga tierras fértiles, montes, agua, leña y las comodidades que sean menester para su conservación y salud?

¿Los indios del pueblo tienen tierras suficientes y sus resguardos los linderos señalados para favorecer la siembra de trigo, maíz, turmas, algodón, raíces, y otros frutos para sus comodidades, pastos, crías de ganados y bestias?

¿O parte o todas de ellas se las han tomado, quitado u ocupado sus encomenderos y otras personas, impidiéndoles su uso? ¿De quién han recibido estos daños y desde hace cuánto?

¿Dónde hay tierras cercanas que se les puedan dar para su aprovechamiento, sin que les impida su distancia oír misa y acudir a la doctrina?

¿Los encomenderos y otras personas han tenido y tienen ganado cerca del pueblo de indios y de sus tierras de resguardo? ¿Les han hecho daños en sus labranzas?

¿Los encomenderos, administradores, mayordomos u otras personas se han servido de los dichos indios e indias para trabajos y servicios personales, como gañanes, pastores o arrieros, o en el servicio de sus casas y estancias?

¿De qué tiempo para acá, con concierto del corregidor, han hecho rosas de maíz y algodón, en qué cantidad? ¿En qué concierto paga les paga el corregidor?

¿Han ocupado a los indios en hilanzas de algodón, tejedores, haciendo piezas en cañaverales, trapiches, arboladas de cacao, tabaco y otros oficios, servicios o ejercicios? ¿Con qué paga y licencia se ha hecho? ¿Se ha hecho conforme a las ordenanzas de la visita pasada que sobre esto tratan?

¿Los indios han estado trabajando juntos con los negros esclavos? ¿Han recibido agravios y malos tratos de ellos?

¿Para la realización de trabajos ajenos a las minas, los han llevado a partes distintas, a climas enfermos, calientes y contrarios a lo que les es natural? ¿A dónde? ¿han enfermado y muerto por ello? ¿Cuántos? ¿Por librarse de esos trabajos los indios se han ido y ausentado, o se han consumido? ¿Los han llevado a estos trabajos en días de fiesta, sin dejarlos oír misa, descansar, ni darles tiempo para sus propias labores?

¿Los encomenderos, administradores, mayordomos u otras personas han hecho a los indios algunos agravios y malos tratos, apaleándolos, hiriéndolos, azotándolos o matándolos?

¿Entre los indios viven y asisten sus encomenderos, mayordomos, mestizos, mulatos, negros y otras personas que les hayan tomado sus mujeres, hijos o bienes o les hayan hecho otros daños y malos tratos? ¿Tienen sus aposentos en sus resguardos?

¿Los indios han sido vendidos, traspasados o dados en empeño o con fianza por algún interés o tiempo a algunas personas con fin de aprovecharse de ellos y pagar sus deudas?

¿Se debe a los indios alguna cosa por vía de restitución, testamento o mandas o en otra manera que no se la haya pagado y si han hecho labranzas de comunidad y cómo se han distribuido sus frutos?

¿Los encomenderos, administradores, mayordomos u otras personas han amenazado a los indios para que en esta visita no digan sus quejas y los agravios que han recibido ni les pidan lo que les deben?

¿En qué demoras y tributos están tasados estos indios, cómo les han pagado, en qué especies cada tercio? ¿Les han conmutado el tributo por diferentes géneros o en servicios personales? ¿Estos, han excedido la tasa? ¿Además del trabajo en pago de la tasa establecida, se han servido de los indios sin paga?

¿Qué tratos y granjerías, frutos y aprovechamientos tienen los dichos indios qué puedan ser más aprovechados conforme a la disposición de su pueblo y de sus tasas?

¿La tasa que tienen es justa y acomodada para que la paguen los indios o en qué otros frutos la podían pagar mejor, como su majestad lo manda; advirtiendo que les ha de quedar para su sustento y el de sus familias?

¿Los corregidores de los naturales han hecho algún daño o malos tratos a los indios o los ampara?

¿El cacique y los capitanes compelen a los indios sus sujetos a que les pagaran por vía de reconocimiento y señoría más de lo permitido?

¿Les han hecho daños, agravios y malos tratos? ¿Están amancebados? ¿Hacen juntas y borracheras? ¿Tienen supersticiones, idolatrías u otros vicios y delitos?

Cuestionario aplicado por Diego de Baños

El cuestionario que De Baños aplicó a los indios hizo más énfasis en el trabajo en las minas del páramo y poco o nada preguntó acerca de la agricultura, pues estaba en un área exclusivamente minera, además desliza entre las preguntas algunos delitos que quizá habían llegado a sus oídos, cometidos por encomenderos como por el alcalde de minas. Resulta ser un cuestionario extenso y detallado:

¿Tienen noticias de minas de oro y plata y sobre el número de cuadrillas y de indios que hay en dichas minas?

¿Quiénes son los encomenderos dueños de minas, quiénes los administradores y quién el alcalde mayor de minas?

¿Son instruidos y doctrinados en la santa fe y religión católica? ¿Tienen iglesia? ¿Los difuntos han sido objeto de sacramentos, confesados, enterrados?

¿Los indios están juntos o divididos?

¿Sus encomenderos, dueños de minas, administradores y mineros los han dejado ir libremente a oír misa y recibir doctrina?

¿Los hacen trabajar los días domingos?

¿Han recibido bastimentos en los reales o han pasado necesidades?

¿Los indios de minas han sido engañados y defraudados en las cuentas y contrataciones del trigo y del maíz, y los demás géneros y mercaderías de la tierra?

¿Compran de contado o fiado?

¿Los encomenderos dueños de cuadrillas, los mineros, o el alcalde mayor de minas, han vendido indios?

¿Han hecho tratos y contratos con rescates?

¿Los han ocupado en oficios extraños que no conciernen a las minas y con malos tratamientos?

¿El alcalde mayor de minas ha visitado cada tres meses las minas de oro y plata, entrando a las mismas personalmente para ver y reparar los peligros como lo disponen las ordenanzas?

¿La falta de seguridad ha provocado muertes?

¿Se ha hecho trabajar las minas por indios sordos y por serlo resultasen muertos?

¿Las minas son labradas por socavón por dos indios juntos, uno como peón para cargar lo sacado a la boca de la mina y el otro como barretero?

¿Los metales sacados se han molido en los ingenios y si se les ha pagado a los indios por cada quintal molido un tomín de oro?

¿A los indios que trabajan en el ingenio se les ha pagado a tomín y medio como lo dispone la ordenanza treinta y uno?40

¿Los veranos del año se han cateado y buscado nuevas vetas y minas?

¿Los indios de las minas de Vetas y Montuosas han sido llevados a los ríos y lavaderos con jornal? ¿En qué cantidad? ¿Es preciso o no el valor del jornal?

¿Se ha dado a los indios de mina las barras, almádenas, mazos, cuñas y las demás herramientas necesarias conforme a las labores? ¿Los indios han cargado metales desde la mina a los ingenios? ¿Les venden las herramientas en contra de las ordenanzas? ¿Les alquilan herramientas en lugar de dárselas?

¿Han dejado de trabajar o se han ausentado por falta de herramientas? ¿Se registran las herramientas dos veces al año ante el alcalde mayor de minas? ¿Si las herramientas han corrido por costa de los encomenderos?

¿En los veranos que son dos cada un año se ha permitido que después de descubierta la veta de la mina los indios sean llevados a los ríos y quebradas para hacer molinos y sacar el oro que hubiese caído de los montes que arrojan los pozos de agua? ¿Si tales labores les ocupa más de 30 días y si les han pagado el jornal por cada día?

¿El alcalde mayor de minas ha tenido oro y plata por sí mismo o en sociedad con otros?

¿El alcalde ha beneficiado metales a su nombre o por interpuesta persona como lo prohíben las ordenanzas?

¿Los indios de mina repartidos o voluntarios han sido ocupados en labranza, crianza, guarda de ganados, trapiches u otros oficios extraños a las labores de las minas?

¿Los indios son obligados a trabajar los días de guardar (santos)?

¿Les han pagado lo correspondiente durante los días de trabajo, un tomín de oro, o les han descontado dicho valor de la demora?

¿El alcalde de minas los ha compelido a trabajar para que no se queden ociosos y se ausenten causando daño y perjuicios a la extracción de oro y derechos del quinto real?

¿Los indios han recibido agravios y malos tratos? ¿Por parte de quién?

¿Cuántos indios se han ausentado de cada cuadrilla?

¿El alcalde mayor de minas u otra persona ha vendido en el real de minas y en las rancherías ropa de castilla? ¿El alcalde mayor lo ha consentido o lo disimula o lo prohíbe?

¿En la población y asentamientos de las minas asisten mestizos, mulatos, negros, solteros y casados, que no se ocupan de la labor en las minas?

¿Hay mujeres sospechosas que hayan causado escándalos?

¿Los indios de las minas han sido amparados y defendidos contra injurias en sus personas, mujeres e hijos?

¿Los encomenderos, sus mujeres y familias han tratado a los indios sin agravios?

¿Los indios conservan sus asientos y poblaciones o se han fugado y ausentado?

¿Los indios de minas y reservados y las indias han sido sacados a otros oficios particulares y de servicios personales sin licencia de la Real Audiencia?

¿Algunos mineros han llevado indios a otros lugares para hacerlos trabajar más de lo permitido?

¿Los indios de las minas han sido traspasados o arrendados a algún acreedor u otras personas para pagar deudas o para otros efectos?

¿El alcalde mayor de minas ha pedido y llevado más de su salario señalado?

¿Los indios han tenido hospital en el que hayan sido curados los enfermos y si han sido socorridos y ayudados con puntualidad, presteza y caridad cristiana?

¿En qué cantidad está tasado cada indio tributario y qué industrias y aprovechamiento tienen los indios de estas minas? ¿Es justa la tasa, la pueden pagar?41

El cuestionario indagaba por las condiciones de trabajo y todo lo relacionado con la impartición de la doctrina, también por la productividad de las vetas y lavaderos, como por el comportamiento de las autoridades locales, tanto eclesiásticas como civiles. En las respuestas, las tintas solían cargarse por unos y otros contra sus contradictores.

Los curas doctrineros, por ser quienes eran, conocían muy bien todo lo acaecido en estos pueblos y también se jugaban beneficios, toda vez que las misas impartidas eran cobradas del tributo indígena en oro. Además, eran sujetos con ascendente sobre la población indígena; quizá por esto, solían ser los primeros interrogados. Se les preguntaba si los nativos eran bautizados y si los que habían muerto estaban bautizados, un asunto delicado, pues en la mentalidad cristiana el más allá resultaba signado por tal acto. Un sujeto que muriese sin bautizar se enfrentaba a la incertidumbre de la salvación, además, el visitador podía dictaminar que los curas no cumplían su labor.

En este caso, como puede leerse en sus respuestas, tanto el cura de Bucaramanga, Gerónimo Sarmiento, como el de las Montuosas, Pedro Gordillo, coincidieron en señalar a varios encomenderos de no abastecer de indígenas las minas y de procurar llevárselos a sus haciendas. Afirmaron que los encomenderos destinaban pocos indios o ninguno a las minas. Esto resulta indicador del abandono de las minas o de la presencia de otro tipo de trabajadores, quizá indios concertados o mitayos y mestizos de libre contratación.