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Uno de los asuntos sobre los que el hombre se pregunta a lo largo de su historia es el de la procedencia de la creación artística y la naturaleza de la inspiración. A través del análisis de fuentes sustanciales del Pensamiento Clásico, Cristian Eduardo Benavides recupera la índole religiosa de los mitos, las Musas, la relación con la Memoria (Mnemosyne) y el sentido trascendental del talento y la inspiración. Finalmente se afinca en la idea platónica sobre el poeta y el acto creativo. La voz de lo Divino. Memoria, Musas e inspiración en la Grecia Antigua revalora la dimensión de las creaciones del hombre como enlace insoslayable entre lo divino y lo humano.
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Seitenzahl: 120
Veröffentlichungsjahr: 2022
Benavides, Cristian Eduardo
La voz de lo divino / Cristian Eduardo Benavides. - 1a ed. - Godoy Cruz : Jagüel Editores de Mendoza, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4931-41-2
1. Filosofía Clásica. I. Título.
CDD 182
COLECCIÓN ‘RECURSOS PARA INVESTIGADORES’, N° 2
DIRECTORA DE COLECCIÓN: BETTINA BALLARINI
© 2022 Jagüel Editores de Mendoza
Correspondencia:
Sarmiento 1740 – (5501) Godoy Cruz, Mendoza, Argentina
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Diseño Gráfico: Ana Povedano
Fotografía de Cubierta: Javier Domínguez en Unsplash
ISBN 978-987-4931-41-2
Conversión a formato digital: Libresque
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A la memoria de mi madre
Según el testimonio de antiguas tradiciones, el mundo, es decir la realidad toda que nos rodea, que nos abraza, aquella en la que nos movemos, somos y existimos, es obra divina. Su surgimiento proviene de una fuente sobrenatural. Para estas cosmovisiones el Universo, en su misma sustancia, en su intrínseca estructura, es sagrado. En nuestros días los templos, esculturas y santuarios de aquellas viejas civilizaciones continúan suscitando nuestra admiración. Allí constatamos el profundo desarrollo de la ciencia y del arte. Vemos ante nosotros las grandiosas formas de la creación humana. Sin embargo, no advertimos con igual claridad, probablemente por los prejuicios de nuestra época, aquella augusta forma que, detrás de ellas, como escondida, las anima: la forma divina. Y es que tales obras son en esencia de inspiración religiosa, hecho que evidencia la íntima unidad de sus creencias con la razón y la elaboración artística.1
No es fácil en un tiempo tendiente a la desacralización, es decir, parafraseando a Nietzsche, que hace de todo lo humano un fenómeno demasiado humano, reconocer que los dioses, antes de ser representados, fueron en el seno de aquellas antiguas culturas primeramente experimentados.2 Por ese motivo, nuestro presente ilustrado y racionalista juzga que los mitos que nos narran la vida y los portentos de tales deidades no son más que meras fábulas, simples cuentos sin rastros de verosimilitud. Lo mítico es interpretado como pura invención, algo ficcional, una ilusión que no hace otra cosa más que revelar la ingenuidad y la simpleza de primitivos modos de vida.
En las antiguas sociedades, por el contrario, el mito no era comprendido como una historia cualquiera sino como algo de sobresaliente importancia.3 Efectivamente, su historia era apreciada como ejemplar y verdadera4 porque entrañaba una tradición sagrada, una revelación primordial. En la Grecia arcaica, como es sabido, lo Divino fue expresado en sus inicios de forma mitológica. Con el tiempo, sin embargo, se fue vaciando al mythos de todo valor metafísico y religioso y terminó por oponerse tanto a logos como más tarde a historia. De esta manera, su concepto fue paulatinamente relegado hasta, finalmente, como sucede en nuestros días, pasar a ser considerado como aquello que no puede existir en la realidad.
En este libro se reflexionará e intentará busca el sentido más raigal del mito a través del estudio de aspectos clave, todos ellos interconectados, como son el de lo Divino, la Memoria, las Musas y la inspiración, a fin de mostrar la hondura y riqueza de este pensamiento propio de la cultura griega y la exuberancia y profusión de sentidos que conlleva.
1 Respecto de esa unidad en la Antigua Civilización Griega señalan Bruit, Louise y Schmitt, Pauline (2002:5), La religión griega en la Polis de época clásica. Trad. María de Fátima Díez Platas. Madrid, Akal.: “La sociedad griega es radicalmente diferente de la nuestra y los conceptos que nosotros utilizamos para describir los fenómenos religiosos contemporáneos no son necesariamente los más adecuados para analizar lo que los griegos consideraban divino. Es más, la función de la religión no puede ser la misma en una sociedad en la que la vida social está profundamente secularizada, como la nuestra, y en una sociedad, como la griega, en la que la religión estaba totalmente imbricada en todos los campos de la vida pública y social”.
2 González, Roberto (2010:20), “Mortales y divinos inmortales: los antiguos griegos y la comunión con lo sagrado”, en La Colmena 65/66: “En la antigua Grecia, la experiencia de lo sagrado se vive como una constante en la existencia cotidiana”.
3 Burn, Lucilla (1998:9), Mitos griegos, trad. José Angel Fernández Canosa. Madrid, Akal.: “Los mitos griegos penetraron en la vida griega tanto privada como pública. En la bien documentada sociedad de Atenas del siglo V a.C., por ejemplo, está claro que la mayor parte de la educación consistía en aprender y recitar poemas épicos de temas heroicos. Los convidados a banquetes se entretenían unos a otros recitando mitos, o escuchaban a un profesional que cantaba los hechos de los héroes acompañándose de una lira. Las casas tenían vasijas de cerámica decorada con escenas de aventuras de los dioses héroes; estos mismos vasos acompañaban a sus propietarios a la tumba. Las escenas mitológicas pudieron ser tejidas en telas finas”.
4 Es muy difícil mostrar en un ámbito de secularización cada vez más creciente como el de nuestro tiempo esta experiencia de lo Divino que vivieron las sociedades arcaicas. Quizá, con el fin solamente de poder aproximarnos algo más a su sentido profundo, podría compararse este asunto con el del amor no correspondido. Bien puede la persona que no está enamorada ver la extravagancia del comportamiento y de los gestos del enamorado, la sinrazón de las ideas que profesa y de las fantasías que defiende. Y no obstante ello ¿quién puede verdaderamente negar que el enamorado, en su agitado estado de ebriedad, no está viviendo como lo más real aquello que inmediatamente siente?
En su acepción fundamental mito significa “la palabra que pronuncia”. Para los griegos, según la explicación que nos brinda Martin Heidegger,5 “pronunciar” quería decir “manifestar”, “hacer aparecer”, es decir, implicaba el aparecer y lo que es mediante el aparecer, su epifanía. De acuerdo con esta consideración, mito es lo que tiene ser por medio de su pronunciación, lo que aparece en la revelación de su habla. El mito es el habla que toca a todo ser humano en su esencia, lo que mueve a pensar en lo que aparece y en lo que es. Logos tiene la misma significación. Por esta razón, es desacertada la común interpretación que vierten los manuales de que con el nacimiento de la filosofía mito y logos entraron en contradicción, pues en un principio ambos términos tenían un mismo sentido.6Mito y logos en realidad se separan y oponen recién allí donde ni uno ni otro es lo que es, es decir, allí donde ni el mito ni el logos se mantienen en su ser originario.
No existe en sentido estricto, por consiguiente, algo así como un pensamiento prelógico que en un momento determinado de la historia del pensar entrara en conflicto con lo razonable y lo lógico. El mito no es como creen algunos un relato precientífico que vino a ser superado por la ciencia y el pensar filosófico. Se trata de un saber arcaico, sagrado, olvidado, proveniente de tiempos remotos, la herencia de una humanidad de tiempos pretéritos. Generalmente se entiende por mito una saga que en su literalidad no puede tomarse seriamente en consideración, pero que es posible que contenga un sentido más profundo. Y sin embargo para los antiguos, mythos significaba originalmente la palabra que pronuncia lo real, lo que es, no la palabra que pronuncia lo pensado.
Para penetrar adecuadamente en el tema, es imprescindible entender que en las sociedades tradicionales el mito tuvo efectivamente vida. Es decir, que tales narraciones proporcionaron un modelo a la conducta del hombre y confirieron un valor y significado a la existencia. Hay algunos estudiosos que, tomando distancia de aquella empobrecida visión según la cual los relatos mitológicos no serían otra cosa que la exposición del infantilismo, cuando no del salvajismo de pueblos primitivos, destacan su valor estético. En este sentido, el mito viene a representar la belleza de la expresión poética.
Es indudable que la narración mítica es un hecho propiamente humano, un hecho de cultura, de creación del espíritu. Es verdad también que comprende maravillosas metáforas, muchas de ellas de incomparable hondura.7 No obstante, la pura revalorización poética del mito no hace otra cosa que realzar solamente el modo de decir lo dicho, no lo dicho como tal. En otras palabras, exalta lo mítico en su forma pero no en su contenido, pues esto último, incapaz de resistir a una crítica del intelecto, no parece que pueda tomarse al pie de la letra. Tratándose de una fantasía poética, el mito caracterizaría el lenguaje primordial de los seres humanos, los cuales, en tiempos pasados, procuraron a través de imágenes y metáforas dar cuenta de las grandiosas formas de la realidad universal que vivenciaban. Ciertamente con esta perspectiva se da un gran paso en la estimación del mito, pues ya no se lo considera pura ficción e irrealidad sino que se le concede, metafóricamente, el contenido de una verdad. Sin embargo, todavía nos resta encontrar el camino hacia una comprensión más profunda del mito.
Conviene detenernos aquí un breve momento para analizar un aspecto que, de modo semejante a lo que acontece con los estudios sobre el pensamiento mítico, puede ser comprendido de manera un tanto superficial. Si bien la metáfora puede ser considerada una simple figura retórica sin una base real, y tal es la dirección que en este lugar intencional y conscientemente recibe de acuerdo con la interpretación más habitual, no debemos pasar por alto que se trata de una visión muy sesgada acerca de su naturaleza. En efecto, y tal es la convicción de quien escribe, la metáfora no es una artificialidad vacía, un simple elemento discursivo que tiene la cualidad, por decirlo de algún modo, de ser bello y con gracia, sino que, como sucede igualmente con la poesía, se trata de un “saber”.
En otras palabras, la metáfora en particular y la poesía en un plano más general, no cumplen un rol inicial y simplemente didáctico; no se hallan detrás de la puerta de la ciencia, sino que en sí mismas son ya, y de forma excelsa, despliegue científico. En tal sentido ha de entenderse que la metáfora no es un modo de expresar la vida sino que ella es la vida misma en expresión. La intuición poética que se refleja en el enunciado metafórico no es un modo de saber distinto del saber científico, así como la poesía de ningún modo es un género literario separado del pensar esencial. El descarnado academicismo cientificista ha querido convencernos de lo contrario.
Aclarado este punto podemos avanzar. Sin negar que los mitos son imágenes y metáforas de experiencias que el hombre puede vivir en determinado momento, se trata fundamentalmente de una revelación existencial primordial reservada a su propia hora estelar.8 Su carácter, por lo tanto, es sagrado. El mito cuenta los acontecimientos que han tenido lugar ab origine, en el prestigioso tiempo de los comienzos. Explica cómo las cosas han venido al ser. Describe cómo gracias a las hazañas de seres sobrenaturales una realidad total o fragmentaria ha recibido su existencia.9 Desvela las diversas y en no pocas ocasiones dramáticas irrupciones de lo Divino en el mundo, la actividad creadora y sacralidad de sus obras.
Las cosas son lo que son y en particular el hombre es lo que es porque en la aurora de los tiempos acaeció todo aquello que narra la historia sagrada del mito. De allí que para las sociedades tradicionales haya sido tan importante su cuidadosa conservación y su transmisión a las nuevas generaciones. Pues mientras que para el hombre moderno la historia que le precede es puramente humana, es decir, proclama que en tanto ente histórico él es la resultante de la historia de toda la humanidad, el hombre de aquellas civilizaciones, en cambio, se reconoce como el término de una historia mítica, de una serie de sucesos sobrehumanos que tuvieron lugar in illo tempore, en el origen de los tiempos.10
Para aquellas culturas, el mito, frente a otros relatos cuyo contenido es considerado profano, es una historia verdadera y sagrada.11 En efecto, se refiere a hechos ocurridos realmente. Por ese motivo no se pueden contar indiferentemente. Es decir, no pueden ser recitados en cualquier sitio y en cualquier momento, sino que deben relatarse en un lapso de tiempo sagrado y en un lugar acorde a ello. Su enseñanza, por ende, es un asunto de la mayor importancia ya que revela los acontecimientos primigenios que explican cómo las plantas, los animales, el universo en general, ha llegado a ser lo que hoy es y por qué el hombre tiene la muerte como destino, es un ser sexuado, se organiza en sociedad, debe trabajar para vivir, etc. Da cuentas, en definitiva, de lo surgido en sus inicios y de lo devenido luego de los grandiosos eventos cosmogónicos, antropogónicos y teogónicos.
