La vuelta del jeque - Kristi Gold - E-Book

La vuelta del jeque E-Book

Kristi Gold

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Beschreibung

¿Tendrían un final feliz? Después de seis años de ausencia, el príncipe heredero Zain Mehdi volvió al trono con la reputación empañada y se encontró con una asesora política de ojos azules llamada Madison Foster para ayudarle a repararla. Pero Madison no era otro juguete para que se entretuviera el jeque… El romance entre un miembro de la realeza y un plebeyo estaba prohibido, aunque Madison no podía resistirse a las apasionadas noches en la cama de Zain. Amar al príncipe heredero ya era lo suficientemente arriesgado, pero el secreto de Madison ¿arruinaría para siempre el reinado de Zain?

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Kristi Goldberg. Todos los derechos reservados.

LA VUELTA DEL JEQUE, N.º 1930 - julio 2013

Título original: The Return of the Sheikh

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2013

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3434-7

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Capítulo Uno

En cuanto Madison Foster se bajó de la limusina, un grupo de guardaespaldas la rodeó, prueba de la importancia de su potencial cliente. Mientras caminaba por el aparcamiento, la lluvia empezó a caer con más intensidad. El guardaespaldas de su derecha era muy corpulento, el de la izquierda algo menos y dos impresionantes matones vestidos con trajes oscuros la precedían por el rascacielos de Los Ángeles. A pocos metros de la entrada de servicio, oyó los disparos de las cámaras, pero no se molestó en mirar. Si cometía ese terrible error podía acabar en la portada de algún tabloide, bajo un titular que rezaría: «La última amante del príncipe playboy».

Llegaron a un recóndito ascensor al final de un pasaje en donde un hombre introdujo un código en el teclado que había junto a la puerta. Entraron en la cabina y Madison se sintió como si estuviera rodeada por una bandada de cuervos.

El ascensor se detuvo unos segundos más tarde y al abrirse la puerta apareció un hombre con traje de seda gris, escaso pelo y gafas de montura ancha que le daban un aspecto intelectual. En cuanto Madison salió del ascensor, le ofreció la mano y una sonrisa.

–Bienvenida, señorita Foster. Soy el señor Deeb, el asistente personal de su alteza.

–Encantada de conocerlo, señor Deeb.

–Lo mismo digo –dijo haciéndose a un lado–. Venga conmigo, por favor.

Con los guardaespaldas cerrando la marcha, atravesaron el vestíbulo de mármol negro del ático. Como hija de diplomático y asesora política, estaba acostumbrada a la opulencia y aquello no era lo que se esperaba encontrar. Se había imaginado las joyas, oro y estatuas típicos de la realeza, no un apartamento de soltero. O mejor dicho, el apartamento de un soltero extremadamente rico. Sheikh Zain ibn Aahil Jamar Mehdi, el príncipe heredero de Bajul. Recientemente y de manera inesperada se iba a convertir en rey. Por esa razón había sido convocada, para limpiar en menos de un mes la reputación de aquel hombre de nombre tan largo.

Después de pasar por debajo de la escalera y girar a la derecha, Madison miró al señor Deeb.

–Me sorprende que el príncipe quiera verme a esta hora de la noche.

–El príncipe Rafiq es quien decide la hora –replicó sin mirarla.

Rafiq Mehdi, el hermano del príncipe Zain, era el que la había contratado. El extraño comportamiento de Deeb le resultaba inquietante. Se detuvieron ante una doble puerta de caoba al final del pasillo y Deeb miró a Madison. Abrió la puerta y señaló una pequeña estancia en la que había dos butacas.

–Si quiere puede sentarse. Vendré a buscarla cuando el emir esté dispuesto a recibirla.

Eso suponiendo que el hombre quisiera recibirla.

Después de que el asistente se diera media vuelta y desapareciera tras las puertas, Madison tomó una silla, se pasó la mano por la estrecha falda azul marino y se dispuso a esperar. Vio vigilantes en el pasillo, dos de ellos apostados a ambos lados de la entrada. Estaban armados, lo cual no era de extrañar. Teniendo en cuenta que se trataba de un futuro rey, seguramente tendría enemigos.

Madison escuchó de repente que alguien levantaba la voz, pero no pudo distinguir lo que decía. Aunque hubiera podido, no lo habría entendido,porque hablaban en árabe. De lo que no había duda alguna era de que ese alguien estaba enfadado.

Zain Mehdi no conocía el sentido de la templanza, a juzgar por su comportamiento cuestionable. El conocido jeque hacía siete años que había dejado su país y había establecido su residencia en los Estados Unidos. De vez en cuando desaparecía durante meses para volver a reaparecer con una modelo o una actriz del brazo, lo que le había hecho ganarse el título de Príncipe Fantasma de Arabia.

Esa manera de actuar no sorprendía a Madison. Muchos años atrás lo había conocido en una fiesta a la que había asistido con sus padres en Milán. Entonces, se había convertido en el amor platónico de una jovencita de dieciséis años. No era probable que se acordara de ella, una desgarbada preadolescente insegura.

Cuando las puertas se abrieron, se estiró la chaqueta de lino blanca que llevaba y contuvo el aliento.

–¿Y bien? –preguntó a Deeb cuando vio que no decía nada.

–El emir la recibirá ahora –dijo–. Pero no está muy contento.

Mientras tuviera la oportunidad de convencerlo, a Madison le daba igual el estado del humor del príncipe.

–Está bien.

Deeb abrió la puerta y la siguió al interior del elegante despacho. El hombre de metro ochenta que estaba apoyado sobre la enorme mesa, con los brazos cruzados, y cuya intensa mirada contrastaba con su actitud relajada, llamó su atención. Ni las fotografías ni su recuerdos le hacían justicia a Zain Mehdi.

Con sus rasgos simétricos, su piel dorada y sus profundos ojos marrones de largas pestañas, parecía un actor de Hollywood preparándose para interpretar el papel de un monarca de Oriente Medio. Pero en vez de vestir chilaba, llevaba una camisa blanca y unos pantalones oscuros. Por su expresión era evidente que no le agradaba su visita.

Madison contuvo los nervios y fingió calma.

–Buenas noches, alteza. Soy Madison Foster.

Se quedó mirando la mano que le ofrecía, pero ignoró el gesto.

–Sé quien es. Es hija de Anson Foster, miembro del cuerpo diplomático y un viejo amigo de mi padre.

Al menos recordaba a su padre, aunque no la recordara a ella.

–Mis más sinceras condolencias por vuestra pérdida, alteza. Estoy segura de que el súbito fallecimiento del rey ha sido un mazazo.

–No tan impactante como enterarse de su muerte dos semanas después de que ocurriera.

–El emir estaba de viaje cuando su padre falleció –añadió Deeb desde detrás de Madison.

El jeque dirigió una mirada reprobadora a su asistente.

–Eso será todo, Deeb. La señorita Foster y yo continuaremos nuestra conversación en privado.

Madison se giró para mirar a Deeb.

–Como deseéis, Emir –dijo haciendo una reverencia con la cabeza.

Tan pronto como el hombre salió de la habitación, el jeque rodeó la mesa, se sentó en su sillón de cuero y le indicó con la mano que tomara asiento.

–Siéntese.

En vez de eso, se sentó en la silla, dejó el bolso a sus pies y tomó nota de sus modales.

–Ahora que sabéis quién soy, ¿entendéis por qué estoy aquí?

Él se echó para atrás y se acarició la mejilla.

–Está aquí por petición de mi hermano, no mía. Según Rafiq, usted es una de las mejores asesoras en política que hay ahora mismo en el país. Eso si su reputación es cierta.

Si la reputación de él era cierta, iba a tener mucho trabajo que hacer.

–¿Por qué cree que necesito su ayuda?

–Para empezar, hace años que no habéis estado en Bajul. En segundo lugar, sé que os preocupa que no os reciban con los brazos abiertos cuando volváis para ser coronado rey. Y por último, está el asunto de las mujeres.

–No debería creer todo lo que se dice, señorita Foster –dijo mirándola con indiferencia.

–Cierto, pero mucha gente se cree todo lo que se dice. Por tanto, es necesario transmitir la imagen de líder eficaz como vuestro padre.

Al instante la sonrisa desapareció del rostro del jeque.

–Entonces, asumo que le gustaría copiar la imagen de mi padre.

–No. Quiero ayudaros a construir una imagen propia mejor.

–¿Y cómo pretende conseguirlo?

–Haciendo que vuestros súbditos os conozcan por una serie de apariciones públicas y eventos sociales.

Él inclinó la cabeza y se quedó mirándola.

–¿Pretende invitar a todo el país a una fiesta?

–Los eventos sociales serán privados. Solo incluiré a vuestros amigos y familiares, además de a los miembros del consejo de gobierno. Posiblemente unos cuantos dignatarios extranjeros y algunos inversores.

Él tomó un bolígrafo y empezó a darle vueltas.

–Continúe.

Al menos parecía interesado.

–Respecto a las apariciones públicas, tengo mucha experiencia escribiendo discursos. Estaré encantada de ayudaros.

–Me licencié en Económicas por la Universidad de Oxford y hablo cinco idiomas, señorita Foster. ¿Qué le hace pensar que no puedo redactar mis propios discursos de manera apropiada?

–Estoy segura de que sois capaz, alteza, y por eso he dicho que puedo ayudaros. Lo que digáis y cómo lo digáis es muy importante para ganaros a las masas.

–No tengo ningún interés en implicarme en maniobras políticas. Por si acaso no lo sabe, mi posición está asegurada. Fui elegido para ser rey y mi palabra es la ley. Yo soy la ley.

–Cierto, pero cuando la gente está contenta con su dirigente, eso lo convierte en un país más pacífico. Queda menos de un mes para vuestra coronación y tenemos que hacer que cambie la opinión que tiene vuestro país de vos. Durante este tiempo, nos ocuparemos de todos los detalles, desde la manera en que habláis y actuáis hasta vuestra forma de vestir.

–¿Va a vestirme? –preguntó dibujando una sonrisa sensual.

Las imágenes que se formaron en la cabeza de Madison eran todo menos apropiadas.

–Estoy segura de que vuestro equipo puede ocuparse de eso.

–Es una lástima que no esté entre sus obligaciones –dijo él–. Estaría más dispuesto a acceder a su plan.

–Sé que estáis acostumbrado a conseguir de las mujeres todo lo que queréis, pero eso no funciona conmigo.

–Si decido aceptar su oferta, ¿se quedará después de la coronación? –preguntó él.

Aquella pregunta la sorprendió.

–Posiblemente, si es que puede permitirse tenerme en su equipo. Mis servicios no son baratos.

–Mire a su alrededor, señorita Foster, ¿le parezco un indigente? –preguntó sonriendo con ironía.

–Podemos hablar de eso más tarde. Ahora mismo necesitamos concentrarnos en el asunto que nos ocupa, si es que estáis dispuesto a trabajar conmigo.

Él se quedó mirando el techo un momento antes de volver a fijar la vista en ella.

–La respuesta es no, no estoy deseando trabajar con usted. Soy perfectamente capaz de ocuparme de mis propios asuntos.

No estaba dispuesta a darse por vencida sin destacar su mayor preocupación.

–Hablando de asuntos, también se me dan bien los escándalos, en caso de que tenga algún muerto sexual en el armario.

Su expresión se tornó gélida.

–Mis disculpas por hacerle perder el tiempo, pero creo que ya hemos terminado.

Al parecer Madison había tocado un asunto delicado. Se puso de pie, sacó una tarjeta de su bolso y la dejó en la mesa.

–Por si cambiáis de opinión, ahí está mi número. Le daré las noticias a vuestro hermano.

–Créame, tengo mucho que decirle a mi hermano –dijo–. Es lo primero que voy a hacer cuando vuelva a Bajul.

–Le deseo lo mejor para una transición tranquila, alteza.

Después de colgarse el bolso del hombro, Madison disimuló su decepción caminando decidida hasta la puerta. Pero antes de hacer una salida precipitada, el jeque la llamó.

–¿Sí? –dijo dándose la vuelta para mirarlo.

Él rodeó la mesa y se quedó a pocos metros de ella.

–Ha cambiado un poco desde que nos conocimos hace ya unos años.

El hecho de que recordara aquella fiesta y que no se hubiera molestado en mencionarlo antes la pilló de improviso.

–Me sorprende que os acordéis.

–Es difícil olvidar un rostro tan inocente, con esos ojos azules y esos rizos rubios.

–Llevaba gafas y aparato en la boca, y el pelo completamente revuelto –dijo ruborizándose.

Todo aquello había desaparecido tras las operaciones, los dentistas y las planchas para el pelo.

–Llevaba un vestido rosa y era muy tímida –dijo acercándose unos pasos hacia ella–. Apenas se atrevió a mirarme.

–He superado la timidez.

–Enseguida me he dado cuenta. Tampoco se me escapa que se ha convertido en una bella mujer.

Madison tan solo reparó en sus ojos oscuros y pensativos al acercarse a ella. Apenas quedaba espacio entre ellos.

–Ahora que ya hemos hablado de mis cambios, necesito irme al aeropuerto para no perder el vuelo a Washington.

Necesitaba alejarse de él antes de que su fuerte magnetismo le alterara el sentido común.

–Tengo un avión privado que pongo a su disposición. Si en el futuro quiere viajar a mi país, póngase en contacto conmigo y me ocuparé de que la lleven a Bajul. Me gustaría que fuera mi invitada. Puedo enseñarle cosas que jamás ha visto y experiencias inolvidables.

–¿Os referís a un paseo nocturno en camello o elefante por el desierto? ¿A comer granadas ante unas bailarinas?

Su cinismo parecía divertirle más que ofenderle.

–Prefiero todoterrenos a camellos y paquidermos, y detesto las granadas, pero el baile es una posibilidad. Entre nosotros, claro está.

No se le ocurriría bailar con él y mucho menos dar un paseo a medianoche.

–A pesar de que suena fascinante y de que agradezco vuestro ofrecimiento, no voy a salir de los Estados Unidos si no voy a trabajar para vos. Pero gracias por la invitación y que tengáis un buen vuelo de vuelta.

Esta vez, cuando Madison se fue, el futuro rey se apresuró a cerrar las puertas, otra muestra más de que un importante paso en su carrera se había cerrado.

De cualquier forma, se negaba a darse por vencida. Todavía no. Quizá cuando el jeque regresara a su país, decidiera que la necesitaba.

Necesitaba escapar.

La pérdida de libertad le pesaba a Zain mientras el coche blindado avanzaba por el camino. Una multitud de ciudadanos se agolpaba a ambos lados del camino, vigilados por los agentes. Algunos levantaban sus puños enfadados, mientras que otros simplemente miraban cariacontecidos. No podía entender lo que gritaban.

Rafiq había sugerido que volviera de noche, pero él se había negado. Nunca había sido un cobarde. Fuera lo que fuese a lo que tuviera que hacer frente para cumplir su obligación, haría lo necesario con la cabeza bien alta y sin ayuda.

Volvió a pensar en la visita de Madison Foster de hacía dos días y en su comentario acerca de ser recibido como un extraño en su tierra. Había estado a punto de aceptar su ofrecimiento, pero no por esa razón. Sencillamente lo había intrigado. También se había dado cuenta de lo mucho que hacía que no estaba con una mujer. Era una tentación en la que no podía caer, puesto que no podía permitirse ningún escándalo. Si conocieran el verdadero escándalo que existía entre las paredes del palacio, el secreto que lo había acompañado durante los últimos siete años y por el que se había marchado…

Al parar el coche, Zain salió a toda prisa, pero no pudo evitar oír los gritos. No podía enfrentarse a quienes lo consideraban traidor sin dar detalles que no estaba dispuesto a revelar.

Dos centinelas abrieron las pesadas puertas, lo que le permitió dejar atrás los insultos. Se alegró al ver a la mujer menuda que esperaba al otro lado del corredor. Se trataba de Elena Battelli, la au pair italiana que su padre había contratado para ocuparse de sus hijos. Elena había sido su niñera, su maestra, su confidente e incluso su segunda madre después de la muerte de su verdadera madre. Era la única persona que le entendía.

Al llegar a su lado, Elena abrió los brazos y sonrió.

–Bienvenido a casa, caro mio.

Zain la abrazó antes de dar un paso atrás para mirarla.

–Sigues siendo tan elegante como una gacela, Elena.

–Ya soy una vieja gacela –dijo atusándose los cabellos grises–. Tú sigues siendo el encantador giovinetto que siempre he adorado. Ahora que tu padre nos ha dejado y que vas a ser rey, debería dirigirme a ti como majestad.

–Ni se te ocurra. Eres familia y siempre lo serás a pesar de mi condición.

Ella le acarició la mejilla.

–Sí, eso es cierto. Pero eres el rey.

–No hasta dentro de unas semanas. Por cierto, ¿dónde está Rafiq?

–En el despacho de tu padre, caro. Ha pasado casi todo el tiempo allí desde…

Rápidamente apartó la mirada, no sin que antes Zain se diera cuenta de que se le habían llenado los ojos de lágrimas.

Él se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

–Ya tendremos una larga conversación.

La mujer sacó un pañuelo de un bolsillo y se secó los ojos.

–Sí, tienes que contarme todo lo que has hecho desde que te fuiste.

–Lo estoy deseando –dijo él.

Aunque ya era adulto, Elena seguía haciéndole sentir un chiquillo.

Zain subió a toda prisa los escalones de piedra que llevaban al santuario de su padre en el segundo piso y abrió la puerta sin molestarse en llamar. Nada más entrar recordó lo mucho que odiaba aquel lugar, plagado de recuerdos de la ira de su padre. El rey Aadil Mehdi había gobernado con mano de hierro y poco corazón.

Zain sintió culpabilidad a la vez que remordimiento porque su última conversación hubiera sido una discusión. Pero no podía pararse a pensar en eso en aquel momento.

Su mirada se posó en su hermano. Como era de esperar, estaba sentado en el sillón favorito del rey, junto a las estanterías que albergaban varias colecciones. Algunos cambios en Rafiq eran sutiles, otros muy evidentes. Llevaba el atuendo tradicional, algo a lo que Zain se negaba. De hecho, Rafiq se parecía mucho al difunto rey, tanto en aspecto como en forma de ser.

Rafiq levantó la vista del periódico que estaba leyendo y miró a Zain.

–Veo que has llegado de una pieza.

No le agradaba la indiferencia de su hermano.

–Y yo veo que te has hecho un sitio en el despacho oficial del rey. ¿Piensas quedarte aquí indefinidamente?

–Hermano, la pregunta es si vas a quedarte indefinidamente o si estás solo de visita.

Rafiq dobló el periódico y lo dejó en el escritorio. Zain empezó a enfadarse.

–Por desgracia para ti, como legítimo heredero al trono, estaré permanentemente aquí. Llevo años preparándome para este papel.

–¿Acostándote con mujeres de todos los continentes?

–No hagas como si me conocieras, Rafiq.

–Nunca haría eso, Zain. Has estado fuera siete años y solo sé lo que he leído de ti.

Durante un tiempo habían estado muy unidos, pero su relación se había enfriado después de que su hermano tomara parte con su padre ante sus diferencias.

–Me fui porque nuestro padre me puso en una posición intolerable.

–Solo quería que respetaras las normas.

Eran normas anticuadas que no tenían ningún sentido y que habían tenido que ver poco en su decisión. Si Rafiq hubiera sabido la historia completa, no se hubiera puesto del lado de su padre.

–Quería que fuera exactamente como él. No estaba dispuesto a permitir que este país entrara en el nuevo milenio por sus ideales arcaicos.

Lentamente, Rafiq se puso de pie y se acercó a la ventana para mirar hacia fuera.

–La gente se está congregando a la entrada, junto a los periodistas. Hay a quienes les gustaría saber por qué su nuevo rey los dejó hace unos años y otros que esperan una explicación sobre su comportamiento caprichoso. Vaya dilema.

–Contestaré todas esas preguntas a su debido tiempo.

–¿Estás seguro de que podrás soportar la presión? –preguntó Rafiq frunciendo el ceño.

–Tu falta de fe me molesta, hermano. ¿Acaso recuerdas que alguna vez no haya conseguido meterme a la gente en el bolsillo?

–Ya no somos niños, Zain. No puedes esbozar una sonrisa, pronunciar unas palabras agradables y con eso creer que te mereces ser rey.