La zona extractiva - Macarena Gómez-Barris - E-Book

La zona extractiva E-Book

Macarena Gómez-Barris

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Este libro destaca terrenos locales de cinco geografías espaciales específicas de América del Sur: el Biobío en Chile, el Valle Sagrado en Perú, Potosí (y La Paz) en Bolivia, el oriente de Ecuador y el suroccidente de Colombia como fuentes de conocimiento, vitalidad y habitabilidad. Estas áreas representan "otras Américas", o regiones cuyo estatus marginal sigue siendo central para la economía global, y trazan pistas sobre cómo podemos entender una serie de esfuerzos descoloniales en el hemisferio. La autora presta especial atención a las cambiantes tierras fronterizas, mundos queer y no reproductivos de afiliación horizontal y anarcofeministas, películas experimentales y performances vernáculos como sitios de potencial, no solo a través de movimientos sociales, sino también de modos de ver, vivir y encontrar fuentes de intercambio alternativas al camino destructivo del extractivismo.

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Seitenzahl: 371

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Registro de la Propiedad Intelectual Nº 2021-A-4511

ISBN: 978-956-6048-54-1

ISBN digital: 978-956-6048-55-8

Imagen de portada: Paula Baeza Pailamilla, frame del video performance Wüfko, 2019. Cámara y fotografía: Felipe Cona. Cortesía de la artista.

Diseño de portada: Paula Lobiano

Corrección y diagramación: Antonio Leiva

Traducción: Catalina Arango Correa

De esta edición © ediciones / metales pesados

Traducción autorizada de la edición en inglés de The Extractive Zone,

© 2017 by Duke Univesity Press.

Todos los derechos reservados.

E mail: [email protected]

www.metalespesados.cl

Madrid 1998 - Santiago Centro

Teléfono: (56-2) 26328926

Santiago de Chile, agosto de 2021

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

A mi mamá, Vivianne Renee Dufour, que me ha dado tanto

Contenido

Prefacio: Debajo de la superficie

Introducción: Perspectivas sumergidas

I. La intangibilidad del Yasuní

II. La fenomenología andina y el colonialismo de colonos de la Nueva Era

III. Un archivo para el futuro: Ver a través de la ocupación

IV. Una episteme de ojo de pez: Ver por debajo de la colonización del río

V. Gestos descoloniales: La crítica anarcofeminista Indígena

Conclusión: La vista desde abajo

Bibliografía

Agradecimientos

PrefacioDebajo de la superficie

A través de un fortuito conjunto de eventos, hace unos diez años, pasé un semestre en el Centro Marin Headlands para las Artes en California. Allí conocí a May Stevens, una pintora socialista y paisajista, importante dentro del movimiento experimental estadounidense de los años sesenta, y alguien a quien solo puedo describir como poeta visual. En la década antes de conocerla, May hizo una serie de pinturas azul-verdes, al óleo, cuyo tema se centró en los ríos y lagos de América del Norte. The Confluence of Two Rivers (2002-2003) representa la fusión de una materia oscura con flujos pegajosos, agrietados por hilos de tierra. Durante su residencia de tres semanas en Headlands, May pintó el océano Pacífico, arremolinando palabras plateadas en olas contorneadas sobre el lienzo. Aunque este libro no es sobre el norte de California, sino sobre América del Sur y la manera en que percibimos sus ecologías sociales, artistas como May me han permitido ver mejor lo que se esconde debajo de la superficie del líquido, más allá de los modos normativos de aprehensión del paisaje y hacia una percepción de la complejidad dentro de las pequeñas escalas de ser e imaginar.

Mientras caminábamos juntas en las colinas cercanas, May se volvió hacia mí un día, de repente, y me ofreció algo sobre el reino de la percepción sobre lo cual todavía pondero. Ella recientemente había visitado Sausalito, y se había entretenido con el barro verde, marrón y amarillento, que se mezclaba con el mar, en la base de madera de los muelles de la ciudad. Para ella, la biomateria que se acumula alrededor de los muelles representaba la «cosa original» de la creatividad. Esa mezcla primordial exigía una forma distinta de atención y cuidado, que incluyera la manera en que cada uno se percibe a sí mismo con la manera en que percibimos el mundo natural: un modo cognitivo y corporizado de ver. El hecho de incorporar la paleta de colores de ese estiércol, en su arte, la llevó de vuelta a lo que ella llama su «impulso creativo original», obligándola a contar con un punto de vista que venía desde adentro –no desde arriba, ni en relación con, ni cerca– del agua espesa y de aquella «cosa original». May también se refirió a esto como su historia sobre la «caca» de los orígenes creativos.

Desde ese paseo con May, he pensado mucho tiempo sobre lo que está debajo de la superficie, en formas de ver lo que existe dentro de las ecologías que nos rodean, y en cómo percibir aquello que no está disponible a simple vista. Después de nuestra conversación, volví mi atención hacia los mundos microbianos para imaginar los renacuajos y las amebas que han nadado en aguas turbias durante milenios; reflexionar sobre lo que significa ver desde abajo; tomar conciencia de lo que Maurice Merleau-Ponty llama «el espacio de visión que al mismo tiempo nos rodea y atraviesa»1. A través de caminatas y conversaciones posteriores, May continuó hablando sobre la importancia de percibir los elementos naturales como fuente de despliegue: expandir la percepción mirando el agua, el barro y el ambiente sumergido alrededor, la mezcla de caca como vida resplandeciente al alcance de la percepción.

Recientemente, el estiércol surgió de nuevo, esta vez en una conversación con el cineasta mapuche Francisco Huichaqueo, cuyas películas experimentales sobre los monocultivos florestales chilenos exploro en el capítulo III. Pasando tiempo con Huichaqueo, quien es otro pensador visual y sensorial, empecé a entender sus modos de percibir, sobre todo, en términos de lo que está al otro lado de la ocupación colonial. El pueblo mapuche, me dijo, da gran importancia al mundo de los sueños, por eso se cuentan en las mañanas lo que soñaron la noche anterior. Desde la década anterior, el objetivo de Huichaqueo ha sido integrar su arte a esa práctica de larga data, lo que implica un esfuerzo por ver dentro y más allá del mundo de la materialidad, hacia el universo paralelo y de ensueño de los ancestros. Este es el reino que, en lengua mapudungun, se conoce como «perimontun». Francisco me contó que, como director de películas experimentales, que comunican otras formas de ver y sentir el mundo, juega con la percepción al sumergir su cámara debajo del agua, documentar los mundos sumergidos de los ríos del sur de Chile, y hacer visibles burbujas de aire, trozos de madera y musgo marrón-verdoso de las orillas, mientras los ríos serpentean por territorios mapuche. Al igual que el paisaje de sueño por el que viaja, para mezclar viejos y nuevos puntos de vista, su cámara capta un planeta líquido en microforma.

Estos esfuerzos artísticos tangibles para cambiar la forma en que vemos, y que recogen la gruesa opacidad de lo que se encuentra debajo de la superficie del agua, han sido esenciales para elaborar este libro y su metodología descolonial2. En mi investigación, por cinco regiones de América del Sur, diferentes artistas me han empujado a ver de otra manera y a cuestionar lo que hay debajo del mundo visible de la zona extractiva –mundos menos perceptibles, formas de vida y de organización–, mientras creaba una metodología para su seguimiento.

Mi objetivo en La zona extractiva ha sido documentar geografías donde las formas coordinadas del poder capitalista avanzan, mientras analizo la complejidad de las ecologías sociales y las alternativas materiales que proponen artistas, activistas, movimientos sociales, teóricos sumergidos y productores culturales. También me he propuesto desafiar explícitamente aquellos marcos de conocimiento disciplinario que enterrarían la sutileza, la complejidad y la fuerza vital de los mundos que existen en la zona extractiva. Hago énfasis en la importancia de la autonomía epistemológica y en el conocimiento corporizado, como condiciones necesarias para alejarme de un paradigma de mera resistencia y acercarme al terreno más denso del potencial, en un movimiento que va hacia adentro y más allá de la zona extractiva. A través de estudios detallados de espacios locales, mundos Indígenas y ecologías naturales en peligro, busco conceptualizar las historias de conquista y disidencia que emergen en los territorios Indígenas de América del Sur ricos en recursos naturales.

A lo largo de este libro despliego una metodología femme3 descolonial, o un modo de análisis poroso e indisciplinado conformado por las perspectivas y genealogías críticas que emergen de los propios espacios que estudio. Mi compromiso con la fenomenología andina y la interseccionalidad de la crítica anarcofeminista Indígena, como opciones queer descoloniales, radica en que nos llevan a salir del punto muerto que es el capitalismo extractivo, en tanto que no está ligado a un impulso por reclamar o dominar estas imágenes o formaciones de conocimiento4. Estas perspectivas sumergidas están ancladas en ecologías sociales que reorganizan y refutan el imperativo monocultural, del mismo modo en que busco hacerlo en mi encuentro con estos mundos. Los modos sumergidos se arremolinan en su actividad; son sistemas aleatorios, complejos y coordinados que a menudo se presentan como ilegibles para aquellos con poder estatal o financiero, y quienes asumen que hay simplicidad donde en realidad reina la complejidad.

Aquí debo explicar cómo el trabajo conceptual me permite atender las dialécticas de vida y muerte que operan en estas geografías. Con el término «zona extractiva» me refiero al paradigma colonial, la cosmovisión y las tecnologías que destacan regiones de «alta biodiversidad» para reducir la vida a recursos de conversión capitalista. Mi libro examina las ecologías sociales o el potencial de red que existe dentro de la economía global extractiva, es decir, del sistema que instaló el capitalismo colonial en la década de 1500, y que hizo de recursos naturales como la plata, el agua, la madera, el caucho y el petróleo, mercancías globales. En su longue durée, el extractivismo hace referencia al colonialismo y a sus vidas posteriores: desde su surgimiento en el siglo XVI hasta nuestros días, incluyendo el proceso neoliberal de privatización y desregulación del Estado de los últimos cuarenta años, así como el ascenso y la caída de la «marea rosa» de los gobiernos latinoamericanos5. Asimismo, incluye la intensificación global de nuevas formas de extracción, o lo que Saskia Sassen describe como el proceso según el cual las economías políticas avanzadas acumulan riqueza para unos pocos de unos territorios ricos en recursos, mientras despojan permanentemente a muchos6. En otras palabras, al pensar en el capitalismo extractivo podríamos pensar en una marcha sucesiva de actores coloniales y neocoloniales que han operado en América del Sur como si se tratara de un continente todo él extraíble. El escritor uruguayo Eduardo Galeano denominó, hace mucho tiempo, este proceso como «las venas abiertas de América Latina», en tanto estos territorios proveen de sustancia a la economía global7.

El capitalismo extractivo o el «extractivismo», como es conocido en América Latina, refiere a un sistema económico basado en el robo, los créditos y los desplazamientos forzados, que reorganiza violentamente la vida social y la tierra, particularmente en territorios Indígenas o afrodescendientes. Como digo en la introducción, una literatura floreciente sobre el extractivismo existe en América Latina, mostrando, entre otras cosas, cómo el reclamo de los recursos naturales por parte del capital global se produce ante las protestas sociales sobre la importancia de la soberanía local de los recursos naturales. Dado que la densa vegetación genética y las regiones ricas en recursos a menudo se superponen sobre los territorios Indígenas, debemos analizar la manera en que los pueblos nativos son señalados por el Estado y las grandes corporaciones literalmente como obstáculos y bloqueos a la expansión del extractivismo. A lo largo de este libro muestro cómo una serie de actividades corporizadas, que rechazan el colonialismo, continúan alterando y expandiendo la manera como vemos y entendemos los espacios Indígenas especialmente en la zona extractiva.

Si bien el capitalismo racial se refiere a los procesos que históricamente subordinan a las poblaciones Indígenas americanas y africanas, el capitalismo extractivo o el extractivismo hace referencia al dramático cambio material de la vida social y ecológica que sustenta esta subordinación8. Más aún, las lógicas raciales de los Estados sudamericanos se expanden a través de nuevas formas de capitalismo extractivo9. Aunque, en los últimos años, algunos gobiernos progresistas en América Latina, como los de Ecuador y Bolivia, propusieran políticas para legalizar los derechos de los pueblos Indígenas, estos continuaron normalizando la explotación de recursos naturales, lo que terminó por perpetuar el racismo antiIndígena y antinegro. Más aún, tal y como dice la Constitución Feminista, que examino en el capítulo V, los Estados redistributivos, que no consideran ampliamente las historias interseccionales, fallan al abordar las necesidades y perspectivas de las poblaciones femeninas, no conformes al género, queer y trabajadoras, incluso a pesar de los nuevos avances legislativos en esta materia10. Tal y como muestro más adelante, el capitalismo extractivo separa drásticamente la naturaleza y la cultura a través de nuevas formas de raza, género y exclusión sexual11.

En ese sentido, uno de los modos en que se perpetúa el capitalismo racial en el Sur Global –además de la creación y ampliación de prisiones y regímenes de seguridad–, son los megaproyectos extractivos de grandes represas y minas, que requieren enormes recursos y hazañas tecnológicas, dentro de lo que Enrique Dussel denomina «la falacia desarrollista»; es decir, la imposición de la modernidad occidental como modo universal de gobernanza12. Los megaproyectos de desarrollo diseñados por el Estado y las corporaciones operan a través de una lógica económica que no calibra las formas de vida que existen bajo la mirada de estos grandes esquemas. El extractivismo funciona dentro de lo que Aníbal Quijano llamó por primera vez la «colonialidad del poder»13. En ella, las entidades corporativas y los Estados son indistinguibles en sus intereses y actividades: los primeros actúan en nombre de las segundas, y estos usan sus fuerzas de seguridad para controlar y reprimir la organización social antiextractivista.

El extractivismo, entonces, reorganiza violentamente los territorios y perpetúa continuamente dramáticas desigualdades sociales y económicas que limitan la soberanía Indígena y la autonomía nacional. Como lo explica el economista uruguayo y secretario ejecutivo del Centro Latinoamericano de Ecología Social, Eduardo Gudynas, «Bajo el neoextractivismo se pierde el objetivo del desarrollo nacional, como “desarrollo endógeno”, y desaparece la autonomía nacional en relación con los mercados globales. Las industrias nacionales no se recuperan, en algunos casos se reducen»14. Gudynas, de manera acertada, muestra cómo el desarrollismo sigue fijando la agenda y estructurando las condiciones del lugar que debe ocupar América Latina en un sistema mundial colonial, lo que termina por disminuir aún más la posibilidad de independencia del Estado respecto a la economía.

Sin embargo, también debemos criticar el sistema mundial que reproduce el nacionalismo a expensas de la soberanía de los territorios Indígenas. Las genealogías de las teorías críticas del Sur (incluyendo la teoría de la dependencia y la teoría descolonial) se han ocupado de mostrar cómo la persistencia de la condición colonial de los Estados produce asimetrías regionales y una distribución desigual en el control de los recursos. Precisamente, mi proyecto bebe de estas ideas con el fin de desplegar un doble análisis del poder: por un lado, analizo las técnicas de dominación del capitalismo extractivo, mostrando cómo se expanden a través de una serie de contorsiones legales, retóricas, económicas y políticas que borran y despojan a los pueblos Indígenas de sus territorios; es decir, la producción material y afectiva del capitalismo extractivo aplasta la vida vernácula y su encarnación corporal, encerrándola en las tecnologías niveladoras de la globalización. Por otro lado, muestro cómo los esquemas de megadesarrollo extractivistas asaltan los espacios periféricos, causando un dolor desigual en las regiones donde las comunidades Indígenas continúan organizando y haciendo proliferar la vida, incluso en contextos de extrema presión y violencia. Este libro pone de relieve y nombra estas ecologías sociales sumergidas. El término «zona extractiva», por su parte, articula la violencia que ejecuta el capitalismo para reducir, limitar y convertir la vida en mercancías, así como también la violencia epistemológica que existe cuando entrenamos la visión académica para reducir la vida a «sistemas».

Académicos no Indígenas han advertido sobre la «romantización de los pueblos nativos»15. Sin embargo, estos estudiosos no se ocupan realmente de los peligros que enfrentan los pueblos Indígenas; es decir, de las prácticas genocidas que buscan eliminarlos o de la reducción de la biodiversidad en sus territorios. Los estudios de caso que elaboro tienen lugar en las llamadas «periferias» del capitalismo tardío, donde los pueblos Indígenas se ven directamente afectados por condiciones neoliberales, económicas y culturales que predeterminan sus territorios como zonas de contacto coloniales16. Es, en el corazón de estos ricos territorios, que los pueblos Indígenas existen en una compleja tensión entre el extractivismo y la defensa de la tierra. En estas geografías, estos, antes que reducirse, se multiplican, protegiéndose mutuamente y protegiendo la tierra a un costo personal y comunal extremadamente alto. De hecho, un mapa global de ecocidios recientes o de asesinatos de defensores de la tierra, muestra cómo estos crímenes han aumentado en América Latina y el Pacífico asiático; es decir, en geografías que se superponen a los movimientos sociales que se organizan en contra de la intrusión extractiva17. La organización Global Witness documenta un aumento del 300% en los asesinatos de personas que defienden los recursos naturales frente a la minería, las represas hidroeléctricas o la contaminación.

En todo el mundo, los pueblos Indígenas están a la vanguardia en la defensa de las regiones que son un foco del extractivismo por su biodiversidad18. Y, al mismo tiempo, vemos la complicidad que existe entre los actores estatales y corporativos, en sus intentos de callar violentamente a los defensores de la tierra. En un Ecuador rico en recursos, activistas antiextractivistas reportan que sus correos electrónicos son regularmente hackeados, que son seguidos e intimidados y, sobre todo, que la policía y los militares recorren a diario sus territorios, facilitando el trabajo de las empresas capitalistas nacionales y multinacionales19. Berta Cáceres, asesinada en 2016, fundó el Consejo de Pueblos Indígenas, en gran parte para oponerse a los megaproyectos extractivos en Honduras20.

Como han demostrado los estudios Indígenas recientemente, el capitalismo colonial a menudo expande su control sobre los territorios nativos mientras legitima al Estado multicultural neoliberal21. Y es justamente allí que el ejercicio de la autonomía importa. Por eso, en cada capítulo me pregunto: ¿cómo podemos comprender de manera diferente no solo la experiencia y la resistencia al colonialismo extractivo, sino también su capacidad generativa de ver más allá de la brecha colonial? Como elaboro más adelante, los territorios Indígenas a menudo se superponen a las geografías más biodiversas de la tierra, aquellas regiones que el extractivismo marca, delimita y ocupa para la conversión de mercancías a través de tecnologías cada vez más refinadas. Por lo tanto, ¿qué respuestas, compromisos y puntos de vista emergen en las zonas del capitalismo extractivo que no agotan la diferencia, sino que la hacen proliferar?22 ¿De qué manera las poblaciones nativas y afrodescendientes tienen perspectivas sobre el mundo natural que implican un involucramiento y un compromiso con él y no simplemente una toma de recursos? En el marco de un trabajo descolonial, ¿pueden las intervenciones feministas y queer plantear un desafío a la lógica patriarcal, al monocultivo y al capitalismo extractivo? ¿Podemos entender y ocuparnos de una manera diferente de la vida nativa andina y amazónica y del complejo de sentidos que nunca logra subsumir completamente el orden colonial europeo? ¿Qué producción cultural e intelectual nos hace ver, oír e intimar con la tierra de otra manera? ¿Qué sabemos realmente sobre lo invisible, lo inanimado y las formas no humanas que subsisten creativamente al encuentro colonial?

El mapa que produzco no está conectado por historias lineales o de expediciones eurocéntricas, tampoco entro al archivo colonial para seguir su historia, aunque he aprendido de estas metodologías23. El mapa que dibujo es el de los espacios Indígenas y afroIndígenas que existen en los Andes, el sur de Chile o la Amazonía andina. Se trata de territorios continuamente ocupados, ya sea por colonos o por corporaciones multinacionales, y donde historias de descolonización surgen dentro de la condición violenta del extractivismo. Una misma lógica disciplinaria no es suficiente para todos estos lugares, textos y geografías que atravieso con exceso epistemológico. Por lo tanto, en vez de perseguir un marco disciplinario único, activo las teorías descoloniales y del punto de vista, las historias regionales y la crítica relacional para ocuparme de varias escenas de extractivismo de América del Sur. Una entrada descolonial en la zona extractiva revela, entonces, un mundo que se percibe de otra manera, un espacio intangible de emergencia donde los ríos convergen de otro modo en el flujo y barro de la vida.

IntroducciónPerspectivas sumergidas

Nunca olvidemos que el poema fue sepultado en un colapso de la tierra. Por hábito, más que por mercancía, la singularidad y multiplicidad de las cosas se presentó en forma de parejas duales y divididas, antes de que se descubrieran los géneros y las especies. Esta cadencia permitió una mejor distinción entre las cosas (todavía pensamos y reaccionamos de esta manera dual, y a menudo obtenemos un placer sorprendente en ello). Pero también estamos a la espera de que la percepción renovada de las diferencias se revele como tal, y que el poema vuelva a surgir24.

ÉDOUARD GLISSANT, Poética de la relación

La zona extractiva se ocupa de las regiones del capitalismo extractivo a través de perspectivas sumergidas que involucran la posibilidad de una percepción renovada. A lo largo de este proceso pido que consideremos reinos de realidad organizada de manera diferente, que están vinculados a fronteras coloniales, pero que se mueven fuera de ellas. A diferencia de lo que denomino la «visión extractiva», ilumino perspectivas sumergidas que perciben los terrenos locales como fuentes de conocimiento, vitalidad y habitabilidad. Mi trabajo está ubicado en cinco geografías espaciales específicas de América del Sur: el Biobío en Chile, el Valle Sagrado en Perú, Potosí (y La Paz) en Bolivia, el oriente de Ecuador y el suroccidente de Colombia. Estas áreas representan «otras Américas», o regiones cuyo estatus marginal sigue siendo central para la economía global, y trazan pistas sobre cómo podemos entender una serie de esfuerzos descoloniales en el hemisferio25.

En este estudio estoy atenta a las cambiantes tierras fronterizas, mundos queer y no reproductivos de afiliación horizontal y anarcofeministas, películas experimentales y performances vernácu­los como sitios de potencial no solo a través de movimientos sociales, sino también de modos de ver, vivir y encontrar fuentes de intercambio alternativas al camino destructivo del extractivismo. La zona extractiva trabaja a través de espacios que, de otro modo, no podrían organizarse juntos en un estudio; de este modo, busca desvincularse de la naturalización de las historias nacionales y de la heteronormatividad del Estado-nación. En este proceso descubro lo que está sumergido en las geografías locales que han sido atravesadas por el colonialismo y el extractivismo para mostrar la fuerza continua del encuentro colonial. Este libro también analiza y se involucra con la mayoría de los territorios Indígenas que a menudo son constituidos como parte de una terra nullius, a pesar de las historias de palimpsesto de su vida social, que no dividen la naturaleza de la cultura, la ecología de lo vernacular o la tierra en propiedad privada.

La teoría de la relación de Édouard Glissant se ha convertido en una piedra de toque para percibir los modos de diferencia que emergen dentro de los espacios de potencial de otras Américas, donde una cierta sensibilidad y atención a lo oceánico habita; como sucede justamente en su Poética26. En el epígrafe anterior, Glissant se refiere a la «renovada percepción para que las diferencias se revelen como tal, y que el poema vuelva a surgir». El poema de este verso de Glissant es una metáfora sobre cómo ver más allá de la división colonial hacia «una relación entre diferentes personas, lugares, objetos animados e inanimados, fuerzas visibles e invisibles, el aire, el agua, el fuego, la vegetación, los animales y los seres humanos»27. Nombrar las fuerzas visibles e invisibles entre lo humano y lo no humano, entre vida animada e inanimada, es percibir una red con frecuencia ignorada de relacionalidad o «ecologías sociales», como las denomino a lo largo del libro.

En Poética de la relación, Glissant también hace referencia a las redes rizomáticas que operan como mundos ocultos de opacidad, donde la percepción renovada se refugia en un recinto de contención. Del mismo modo, podríamos decir que para poder ver más allá de la división capitalista se requiere de una percepción renovada que no simplemente revele otra estructura de visibilidad. Se necesita un sentido agudo de percepción de las relaciones que habitan espacios autónomos e inexplorados del capitalismo o que existen entre el poder colonial y el poder disciplinario28. Al hacer visibles microespacios de interacción y encuentro, dentro de geografías donde la colonialidad ha dejado una huella profunda, muestro cómo la percepción renovada ofrece un método para el análisis descolonial.

Si tomamos como punto de partida el hecho de que muchos espacios en las Américas nunca han sido completamente incorporados al capitalismo occidental, entonces también podríamos considerar las colonialidades vernáculas como lugares de percepción emergente29. Estos son espacios de potencial diferenciado e inagotable y de coexistencia con el mundo no humano, que se han formado en relación con el encuentro colonial30. De hecho, las cosmologías Indígenas desde hace mucho tiempo han aprehendido la «realidad desde distintos puntos de vista», según Eduardo Viveiros de Castro31. Al estudiar la cosmovisión amazónica y crear una nueva antropología brasileña, Viveiros de Castro ha demostrado cómo una percepción Indígena de la naturaleza no hace de ella otro dominio de la realidad, sino que la aprehende desde «un estado original de indiferenciación».

Los pensadores descoloniales, por otro lado, han puesto en marcha una serie de métodos y epistemologías que dan primacía a la percepción renovada. Walter Mignolo describe cómo la descolonialidad se desvincula del proyecto de la civilización occidental, donde estructuras coloniales han inscrito el ser y el lenguaje32. De hecho, el pensamiento descolonial busca alejarse de la singularidad y el reduccionismo de la mirada europea hacia la proliferación de posibilidades epistemológicas. En ese sentido, en lugar de presentar un único modo de ver de otra manera, una serie de autores, que incluyen a Sylvia Wynter, Enrique Dussel y Lewis Gordon, nos ofrecen formaciones de conocimiento diaspórico que nombran y teorizan los efectos de historias coloniales heterogéneas. Asimismo, arquitectos clave de los estudios descoloniales, como Walter Mignolo, María Lugones, Emma Pérez, Nelson Maldonado-Torres, Laura Pérez, Chela Sandoval, Catherine Walsh, Arturo Escobar, Silvia Rivera Cusicanqui y Ramón Grosfoguel, se han ocupado del peso de la tradición continental europea, mientras clasifican, a través de sitios hemisféricos de enunciación, historias que renarran la historia colonial desde la posición de los conocimientos subyugados33.

Las teorizaciones descoloniales me permiten identificar cómo las nuevas y antiguas formas de colonialismo, tales como el capitalismo extractivo, la vigilancia digital de los territorios, la criminalización de los pueblos Indígenas, como arma de expansión neoliberal, y la extracción de conocimientos nativos y afrodescendientes dependen de anteriores proyectos civilizatorios. En todos estos proyectos, el Sur Global se ha construido como una región de descubrimiento de recursos naturales, saqueo, domesticación, clasificación, racismo, aventura34. Sin embargo, si solo seguimos el alcance de la fuerza destructiva y mortífera del poder, vamos a estar eternamente encarcelados en la reproducción de un punto de vista totalizador que ignora la vida desenfrenada que encuentra formas de resistir y proliferar. Por lo tanto, a través de perspectivas sumergidas y emergentes, que existan dentro de la zona extractiva, busco el potencial de formas de vida que no puedan ser fácilmente reducidas, divididas, conquistadas o expulsadas incluso de manera representacional. Como cualquier sistema de dominación, el capitalismo extractivo no es totalizador en sus efectos destructivos.

El término «Antropoceno», que ha sido utilizado recientemente por geólogos y climatólogos occidentales para denominar el periodo de intervención humana en el planeta, y que va de 1610 en adelante, ahora identifica popularmente la crisis de la vida futura en la tierra. Científicos y académicos, en los últimos diez años, han escrito sus visiones de un planeta en crisis. Se trata de una avalancha de literatura que presenta un paradigma de «no futuro», en tanto versa sobre cómo la vida en la tierra pronto será destruida35. Sin embargo, usamos el término de una manera demasiado general, abordando la humanidad en su conjunto, sin comprender las historias de colonialismo y pensamiento racial que se imponen sobre categorías como las de «biodiversidad», donde en realidad las biotecnologías del capitalismo se aceleran.

El problema es mucho más específico de lo que parece: el capitalismo colonial ha sido el principal acontecimiento catastrófico que ha engullido los recursos del planeta, mientras construye cuerpos racializados y geografías de la diferencia. De este modo ha destruido sistemáticamente, a través del despojo y la esclavización, un planeta que hoy en día se construye como un bioterritorio corporativo. El Antropoceno, al igual que la producción militarizada de la zona extractiva, delimita las temporalidades y la catástrofe espacial planetaria a través de un lenguaje y un punto de vista universalizante, que oculta las geografías políticas que existen en la conversión en mercancía de la vida compleja. Por lo tanto, nombrar al Antropoceno sin fundamentar su impacto es lo que Vandana Shiva llama el «monocultivo de la mente»36.

Mi objetivo es descolonizar el Antropoceno, al catalogar la vida de otra manera o las formas de vida emergentes y heterogéneas que no reflejan la destrucción o la mera supervivencia dentro de la zona extractiva, sino la creación de alternativas. A diferencia de los enfoques del día del juicio final, que juegan con escenarios de destrucción a escala planetaria, intento estudiar los mundos de vida sumergidos que existen en los territorios Indígenas o afrodescendientes. Se trata de modos de vida que, aunque a menudo sean imperceptibles, proliferan junto al extractivismo. Para los espacios, movimientos, obras de arte y genealogías intelectuales y activistas que estudio, el paradigma de no futuro ya tuvo lugar y se está del otro lado de la catástrofe colonial37.

Dentro de estas ecologías sociales críticas de amplio alcance, está el potencial de lo que Aníbal Quijano llama «la liberación de todo poder organizado como desigualdad, discriminación, explotación y dominación»38. Cuando se combina este entendimiento con la importante advertencia de Laura Pérez, de que la descolonización debe estar necesariamente anclada en el pensamiento y la praxis queer, feminista y de color39, comenzamos a entrar en los terrenos del potencial emergente que está en el núcleo de mi estudio. Como detallo en el capítulo I, los espacios andinos y amazónicos, que contienen lo que a menudo se entiende como la mayor biodiversidad del planeta, no pueden ser manejados bajo la lógica integradora del Estado conocida como «Buen Vivir», que se ha convertido en la reducción institucional del conocimiento Indígena. Los escenarios y textos visuales que examino en este libro hacen proliferar la diferencia como alternativa a través de estrategias que invierten, revierten o estiran la mirada, alargan el tiempo, se detienen en terceros espacios, imaginan ecologías de ruptura y ven con ojo de pez la corriente del río, lejos del bloqueo de las represas.

En mi estudio, las dinámicas y operaciones de la raza y los racismos, la crítica feminista, el potencial queer y la lucha anticapitalista organizan los capítulos. Cambiar los puntos de entrada hacia los microespacios de lo local, lo experimental y lo fenomenológico permite una atención a la experiencia vernácula y corporizada de lo que está contenido en la zona extractiva. Mi primer objetivo, entonces, es mover la teoría descolonial hacia un mayor compromiso con la investigación sobre raza, sexualidad y estudios Indígenas, proporcionando métodos para estudiar la colonialidad a través de múltiples marcos de análisis.

La visión extractiva

Antes de que el proyecto colonial pudiera prosperar, este tuvo que hacer extraíbles territorios y pueblos, y lo hizo a través de una matriz de violencia simbólica, física y representacional40, que llamo la visión extractiva. Esta mirada ve territorios como mercancías, convierte la tierra en recurso, y desvaloriza los mundos ocultos que forman el nexo entre la multiplicidad humana y la no humana. Este punto de vista, similar a la mirada colonial, facilita la reorganización de territorios, poblaciones, plantas, animales, en recursos naturales y datos extraíbles para la acumulación material e inmaterial.

El poder de lo visual ha sido explorado por distintos teóricos con gran detalle en el último medio siglo. Pero estas teorías visuales, mayormente eurocéntricas, ignoran el peso de la mirada colonial, descuidando sus formas tempranas de poder. Por ejemplo, el panóptico de Michel Foucault representa la mirada siempre vigilante del Estado41, es una teoría sobre el poder que se formula con la modernidad europea en mente y no con el colonialismo. Gilles Deleuze, en su breve pero influyente ensayo «Posdata sobre las sociedades de control», recoge la teoría de Foucault y nombra y predice una nueva configuración del poder que llamó la «sociedad de control»42. Estas teorías, que se citan como fuentes clásicas de los estudios visuales y políticos, que parten de la modernidad, hacen invisibles la plantación, el barco de esclavos, la reserva, el enclave, espacios coloniales por excelencia, donde el poder también se consolidó a través de regímenes visuales.

En ese sentido me pregunto: ¿qué formas de poder se pueden localizar a través de la mirada extractiva? ¿Cómo podría un enfoque sobre el capitalismo extractivo y su modelo cambiar la manera en que entendemos la historia de la visualidad y la forma en que nombramos formas de poder pasadas y presentes? ¿Qué pasa si, junto con el concepto de contraposición de Nicholas Mirzoeff, consideramos un arco más largo de regímenes y deso­bediencias visuales, que imponen el dominio colonial sobre los territorios y, posteriormente, sobre las resistencias contravisuales de poblaciones racializadas?43.

Históricamente, la mirada extractiva ha hecho invisibles a las poblaciones nativas, lo que legalmente ha producido que poblaciones extranjeras se asienten sobre sus propiedades comunales y tomen sus recursos. La colonización europea, en todo el mundo, hace de la naturaleza el Otro y a través de la mirada de terra nullius representa a los pueblos Indígenas como inexistentes. Si el colonialismo de colonos y el capitalismo extractivo reorganizan el espacio y el tiempo, entonces una forma vertical de ver normaliza la eliminación violenta del Otro. Al continuar rompiendo las relaciones Indígenas cosmológicas con la tierra, el Estado y las corporaciones han ampliado su control y alcance sobre la naturaleza en nuevas formas de colonialismo de colonos. Aunque nada de esto sea particularmente nuevo, quiero enfatizar que los regímenes visuales coloniales normalizan una visión extractiva planetaria, que continúa facilitando la expansión capitalista, especialmente en territorios Indígenas ricos en recursos.

Al ampliar la discusión sobre cómo podríamos pensar sobre la visualidad en las regiones que estudio, enfatizo que el capitalismo extractivo «ve como el Estado», que es el término que James C. Scott desarrolla para describir miradas modernistas desde el poder estatal y corporativo, que requieren grandes hazañas científicas y administrativas44. De manera relevante para las Américas, Scott conecta la implementación de sofisticados diseños modernistas con la historia y el auge del autoritarismo. De hecho, la violencia colonial y la estatal facilitaron históricamente la supervisión territorial, lo que significó afirmar violentamente su dominio sobre poblaciones humanas y no humanas. Lo anterior se hace evidente en la reestructuración jesuita de tierras en el Paraguay, a lo largo de los siglos XVII y XVIII, cuando la Compañía de Jesús organizó las viviendas guaraníes de tal manera que pudiera mantener el máximo control sobre la población asentada forzosamente, mientras ampliaba la producción de monocultivo. Estas reducciones, o recintos de tierras, representan algunas de las primeras formas de reorganización extractiva en las Américas.

Si la mirada colonial apareció por primera vez como dominio administrativo sobre los pueblos y la tierra, en la fase digital los Estados extractivos desposeen a través de nuevas tecnologías. Estos se coordinan con las corporaciones multinacionales, utilizando sistemas de reconocimiento para recopilar grandes conjuntos de datos, adquirir lecturas superficiales del planeta y producir mapas de alta resolución que se usan para construir infraestructuras extractivas sobre el terreno. Desde la guerra contra el terrorismo liderada por los Estados Unidos, los Estados de los «Cinco ojos» (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda) han invertido cada vez más en tecnologías satelitales para cartografiar el planeta con fines militares y de vigilancia, así como para convertir recursos naturales en mercancías. De hecho, el gobierno de los Estados Unidos ha gastado miles de millones de dólares en el financiamiento del Centro para el Estudio del Reconocimiento Nacional [Center for the Study of National Reconnaissance], para lo cual ha contratado empresas especializadas en alta tecnología para crear mapas de alta resolución y otros mecanismos visuales de inteligencia militar que contribuyan a la expansión de su control global.

En la nueva era digital, por lo tanto, la vigilancia, la minería de datos y el mapeo de territorios ricos en recursos funcionan conjunta, y no separadamente, como manifestaciones complejas e interrelacionadas que extinguen comunidades Indígenas y rurales en las regiones de América Latina que estudio. Como decía antes, estas formas altamente coordinadas de dominio funcionan mediante el mapeo de áreas del mundo ricas en recursos (Afganistán, Irak, América Latina, etc.), y sirven como puertas de enlace visuales para la inversión estatal multinacional e internacional en industrias extractivas45. La investigación de Lisa Parks es ejemplar en este sentido, en tanto muestra cómo la cartografía de los territorios para la extracción de recursos está íntimamente ligada a las tecnologías militares, la expansión y el despojo propios del capitalismo en el terreno46. Las tecnologías digitales contribuyen, entonces, a la disminución de la soberanía nacional regional sobre los recursos naturales, al permitir una visión a gran escala desde arriba: los satélites fotografían grandes zonas del planeta para convertirlas en mercancías con fines utilitarios de mercado. Los sistemas de teleobservación y de operación vía satélite, por lo tanto, trazan y cuantifican la cantidad de materias primas contenidas en un territorio determinado, haciendo predicciones sobre los márgenes de beneficio que pueden obtenerse en determinadas áreas con abundantes recursos naturales47.

En las zonas extractivas debemos prestar mucha atención a los cambios materiales que nacen de los marcos digitales del capitalismo tardío, en tanto hacen proliferar nuevas formas de robo colonial. Por ejemplo, la información es ocultada, la confidencialidad y la supervisión corporativa es protegida, con el fin de permitir la conversión de recursos naturales no renovables no solo en mercancías, sino también en nodos opacos de información digital fuera del debate público. A diferencia de la definición de «opacidad» de Glissant, en la que la diferencia prolifera de forma positiva, este aparato oblicuo del extractivismo hace invisibles las actividades de un Estado corporativo. Al mismo tiempo, la tecnología geoespacial requiere de una forma opuesta de visualidad, al hacer transparentes los depósitos naturales de vida humana y no humana, mapeando para acumular, convertir y expandir la economía global.

Si queremos cambiar el modo en que opera esta mirada planetaria, podríamos volver a considerar la importancia de las búsquedas e investigaciones de la experiencia sudamericana48. Hace tres décadas, Humberto Maturana y Francisco Varela teorizaron sobre los modos alternativos de percepción humana y biológica. Su trabajo colaborativo e interdisciplinario, El árbol del conocimiento, publicado por primera vez en 1984, aborda de manera compleja la situación humana y no humana de «no futuro» que nos presenta el extractivismo. El estudio de Maturana y Varela se origina así en cómo aprender de los bosques del Biobío, donde el antiguo pehuén, sagrado para los mapuche, sirve como modelo para mapear la hermenéutica y la percepción humanas. De los muchos aspectos de este trabajo que podrían destacarse, uno de ellos, que se ha convertido en la firma de los autores, es la idea de que los organismos están de manera autónoma y constitutiva reproduciendo circuitos de sistemas vivos, donde se desdibuja cognitivamente la diferencia entre la percepción y la experiencia. Al centrarse en la percepción como un nexo crucial, la obra de Maturana y Varela ofrece entonces «una invitación a la reflexión, abriendo un espacio para la conciencia»49.

Epistemes descoloniales queer-femme

En los capítulos siguientes, y con el fin de entender los modos de percibir de otra manera, me comprometo con lo que denomino una episteme y metodología queer, femme, descolonial50 Mi método perceptual está en deuda con los feminismos de color, chicanos y nativo-norteamericanos. Asimismo, se construye a partir de los entendimientos de la crítica queer de color51. Al igual que las mujeres que piensan sobre los feminismos de color, y que emprenden su análisis a través de un campo relacional de multiplicidad, busco desvincular la teoría y la praxis de un único marco de análisis, interpretación o experiencia. Lo que llamo un «método descolonial, queer-femme» valoriza la feminidad corporizada y no normativa, como fuente de conocimiento y percepción.

Este método percibe de otra manera al atender las resonancias de la corporización como una actividad formadora del mundo52. Aquí, bebo de la obra de Jacqueline M. Martínez, quien propone una fenomenología de la experiencia y la identidad chicana como orientación que rompa la distinción entre el sí mismo y los otros, y que ofrece el conocimiento corporizado como tecnología de investigación. Martínez aboga por un modo de percepción que sea una «investigación abierta, que interrogue tanto sus condiciones teóricas como sus experienciales de posibilidad». Basada en modelos creados por Richard Lanigan (1988), Martínez se involucra con los feminismos chicanos como medios para reorientar la percepción lejos del «objeto de estudio» estático y hacia un profundo «compromiso con él», donde la identidad lesbiana sea un nexo generativo de entendimiento. En esta fenomenología, Martínez se toma en serio la vida cotidiana, y está convencida de que la experiencia consciente es la base de la transformación personal y social53.

Tales lecturas transformadoras, que permiten pensar la posi­ción del sujeto en relación al «campo», me permiten profundizar en mi análisis e interpretaciones de lo que reside dentro de la zona extractiva en América del Sur, especialmente a través de una posición femme no normativa, que deja que el campo y los textos culturales con los cuales me involucro hagan sus impresiones sobre y a través de mí.

El concepto de Emma Pérez de lo descolonial como «imaginario temporal» también me permite ir en esta dirección. Para perseguir el dinamismo del pensamiento dentro de los espacios intersticiales, Pérez recurre a la poética del mirar, donde el imaginario descolonial «actúa como una sombra en la oscuridad. Más aún, como la figura que aparece entre el sujeto y el objeto». La sombra es un espacio en el que lo visible e invisible se mezclan, donde el potencial existe en un imaginario descolonial que no se representa a través de lenguajes o representaciones transparentes. Los métodos y epistemes descoloniales queer-femme reúnen modos no normativos de involucrarse con el mundo social, en términos de perspectivas sumergidas y emergentes.

Pero si Martínez y Pérez ofrecen un lenguaje para ver de otra manera, que afirma epistemes queer –como la corporización como forma de teorizar el poder desde perspectivas sumergidas–, Linda Tuhiwai Smith ofrece un modelo para lo que está en juego en mi trabajo. Dentro de los estudios nativo-norteamericanos, en los Estados Unidos, Tuhiwai Smith identifica la necesidad de descolonizar la investigación académica sobre las comunidades Indígenas, quienes, según ella, son la población más estudiada del mundo54. Tuhiwai Smith enfatiza sobre la importancia de una perspectiva ética que respete y se comprometa con el conocimiento Indígena sin extraer algo de él y de sus comunidades, sino, más bien, atendiendo cuidadosamente a la construcción de la alteridad, especialmente dada la sobredeterminación de categorías como observador y observado, civilizado y salvaje, antropólogo e Indígena. El enfoque de Smith sobre las formaciones de conocimiento y la ética es esencial para descolonizar la academia. Igual de importante es también su consideración sobre cómo las cosmovisiones nativas cambian significativamente el terreno del encuentro, la interpretación y el análisis, y tienen el potencial de descentrar el poder colonizador propio del conocimiento disciplinario.

Más aún, el trabajo de Smith nos recuerda que el extractivismo opera a través de formas materiales e inmateriales, convirtiendo la indigenidad en valor de cambio. De este modo, los recursos intelectuales y espirituales Indígenas son usados como nuevas formas de moneda colonial. Llevo estos conocimientos conmigo a la zona extractiva, como una importante base metodológica y epistemológica del método descolonial queer-femme, haciendo de este el nexo donde se encuentran la experiencia, la percepción y la descolonización. Todo lo anterior crea el espacio para buena parte de mi análisis sobre la zona extractiva, en tanto se aleja de procedimientos unilineales y unilaterales, y transita por el turbio espacio epistémico y sensual de la incertidumbre. Las formas de producción de conocimiento situadas y afectivas pueden proporcionar nuevas formas de analizar el rastro colonial de maneras que, con suerte, no reprochen, domen ni ofusquen una red íntima e intrincada de relaciones de poder55. Las epistemes descoloniales queer-femme también trabajan en oposición a la formación convencional, y buscan entender la exuberancia de lo social a través de más de un marco de análisis. En una negativa por abordar la parcialidad del conocimiento, las metodologías normativas a menudo reproducen una episteme y representación de la marginalidad56. Mi método abandona esta epistemología por algo mucho más tenue, al querer abordar la complejidad y los entrelazamientos del potencial dentro de las zonas extractivas del conocimiento institucional. Un método descolonial queer-femme reconoce una pluralidad de sistemas de significado, interpretaciones y recortes para reconsiderar lo que pensamos que entendíamos, justamente al desafiar su fundamento disciplinario57. Desentrenar lo social involucrando la teoría descolonial permite que historias de despojo, esclavitud y apropiación sean puestas en el centro de la teoría social, enfatizando perspectivas sumergidas sobre las que deberíamos aprender y no intentar suprimir58.

Para los académicos estadounidenses, América Latina ha sido objeto de escrutinio bajo lo que Ricardo D. Salvatore llama «búsqueda disciplinaria». Hacer fiable la visibilidad, fuera de las periferias, ha sido esencial para la posición de esta región en la universidad estadounidense desde el siglo XIX59. Ahora bien, si el conocimiento es un lugar de conquista y, por lo tanto, es una extensión de la colonialidad, un modus descolonial queer-femmebusca desafiar la visión normativa norteamericana sobre América Latina. También desafía un enfoque de estudios de área, o la sumisión de procesos globales bajo la categoría de lo moderno europeo60