Las brujas de San Nicolás - Guillermo Fajardo - E-Book

Las brujas de San Nicolás E-Book

Guillermo Fajardo

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Beschreibung

Algo ocurre en San Nicolás del Valle, un pueblo situado en algún lugar de México, donde ni siquiera los lobos se atreven a entrar. Enquistado en un valle silencioso y gris que existe como un milagro, en este lugar nadie puede detener los crímenes sino apenas susurrarlos. El viento, cuando ulula, acarrea murmullos que, bien oídos, avisan a los errantes que ahí se vive al límite. Hasta los árboles hablan, así que incluso es mejor no levantar la voz. Contada en dos partes que narran la fundación del pueblo y su derrumbe, Las brujas de San Nicolás es una alegoría del México contemporáneo y profundo, que busca sumergir al lector en las raíces de aquellos lugares especiales que parecen destinados a la sangre. La violencia, vigía sobre los cerros que asfixian al pueblo, lo contagia todo. De aceptar el reto, el lector debe saber que esta historia es como un laberinto, en donde las salidas, si existen, serán pocas. Guiado por la intuición de sus sonidos nocturnos, este pueblo rural y casi enterrado se sabe poseído y, muy probablemente, ansioso, por encontrar algún tipo de, por decirle de algún modo, libertad. Yo no sé cuáles habían sido sus culpas. La muerte es harto rara, como un lugar sin nombre en donde te agarra el patatús y te quedas bien tieso, como fierro pandeado, pues. Estaban bien flaquitos, chupados por dentro y colgados de esas jaulas como animales. De seguro el diablo los había chucheado y así acabaron. Por peleoneros. Llevaban los ojos cerrados, desguanzados, como si les hubiera agarrado la tiricia (...) Así comienza esta novela que estremece de principio a fin, una obra excepcional de una de las voces más potentes de la nueva narrativa mexicana.

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Seitenzahl: 289

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Guillermo Fajardo

Las brujas

de San Nicolás

© Guillermo Jesús Fajardo Sotelo, 2024

© De esta edición, Lid Editorial Mexicana, SA de CV, 2024

Primera edición: abril de 2024

Editorial Almuzara • Novela

Director editorial Almuzara México: Manuel Pérez-Petit

Comité Editorial de Almuzara México: Luis Bugarini (presidente), Celia Teresa Gómez Ramos, Fernanda Haro Cabrero, Claudia Herrán Monedero, Miguel Ángel Juárez Franco, Raúl Martiarena, Ladislao Melchor Franco, Gabriel Mendoza García, María Eugenia Reyes Jaramillo, Angélica Ruiz-Font y Nahum Torres.

Ilustración de portada: Alejandro Márquez

Maquetación: Nahum Torres

www.almuzaralibros.com

Lid Editorial Mexicana, SA de CV

Homero, 109, 1404

Colonia Chapultepec Morales

11570 Ciudad de México, México

ISBN: 978-607-8704-84-2

Reservados todos los derechos. Este libro no puede ser fotocopiado ni reproducido total o parcialmente por ningún medio o método sin autorización por escrito del editor.

Impreso en México | Printed in Mexico

Creo en lo sobrenatural como una forma

del intelecto, quiero decir que no veo

fantasmas, pero creo en su probabilidad.

María Gainza, El nervio óptico.

Advertencia

Esta historia la escuché de niño. Es real. Los nombres que aquí aparecen mentados no han sido modificados para conservar su verosimilitud narrativa. San Nicolás del Valle no existe, o tal vez sí, pero esto es apenas una minucia histórica.

PRIMERaparte

Estas guerras subterráneas

Presente

I

Yo no sé cuáles habían sido sus culpas. La muerte es harto rara, como un lugar sin nombre en donde te agarra el patatús y te quedas bien tieso, como fierro pandeado, pues. Estaban bien flaquitos, chupados por dentro y colgados de esas jaulas como animales. De seguro el diablo los había chucheado y así acabaron. Por peleoneros. Llevaban los ojos cerrados, desguanzados, como si les hubiera agarrado la tiricia o la bola los hubiera ajusticiado.

Algunos tenían un rectángulo de sangre en el pecho, otros no tenían ojos, solo los puros hoyos, creo que ninguno quería vivir. Bien feo. Quise basquear, pero la aguanté. Sentí calambres y un miedo canijo. Agarré bien recio a mi muñequito. Salí de la cueva (harto adentro en el monte) y después jalé pa mi casa. Ahí me escondí en un rincón hasta que se me pasó la pesadilla. Estoy casi seguro de que todo eso fue un sueño. Aquí en el pueblo no pasan esas cosas, ¿o sí? Yo ni vela tenía en el entierro y ya me andaban poniendo tumba. Diosito.

¿Se lo digo a la tía Amparo? De seguro ya sabe. Esa vieja lo sabe todo. Ya me imagino su cantaleta… para qué vas ahí, malora, se te ha dicho que no vayas a ese lado del cerro, todo lo demás es tuyo para ver, pero esa parte no. Hay algunas cosas que en este pueblo empalagoso y macheteado no puedes ver. Después se le pasaría la muina, contenta de que no me haya pasado nada. Además, esos niños berracos de segurito se portaban mal, algo han de haber hecho para que los tuvieran colgados como chivos pelones. ¿A poco no? Han de ser como esos chamacos a los que los Reyes Magos no les traen nada por puercos y nejos y porque se la pasan en el borlote y el despapaye. Eso sí, apenas entré, y que se alborota el griterío. Todavía tengo esos chillidos pegados en la cabezota. No me dejan dormir. Los siento en el espinazo. Bien feo. Son como los mosquitos que en la oscurana se te acercan al oído y ahí están baile y baile. O como los grillos que hacen la escandalera en el monte cuando andan jariosos (palabra de mi tía Amparo). Igualito que los chaneques, que se dicen cosas entre ellos y luego van y se las dicen al diablo. Tal vez como los borricos que, con todo y juste, se las arreglan. También como las zihuatayotas, esas mujeres canijas que andan vestidas de blanco y que espantan por el otro lado del río.

César, alguien grita, César. Es ella. Mejor quedarse callado. Muchacho, ¿qué haces ahí agachado? Ya se hace tarde, dice, y me agarra de la mano. ¿A dónde vamos?, pregunto medio rejego, aunque ya sé la respuesta, porque ya se puso la tumbaga. Pues adónde más, mi niño, al mercado, a cobrar tantito, y agarra su bolsita de cuero. Abrimos la puerta de nuestra casa, la luz entra recio, me pongo la mano en la cara y empezamos a caminar. El cielo está aborregado, con mucho azúcar. Me pongo mis huarachitos, que me quedan al pelo. Así ando bien catrín.

Las mañanas en el pueblo tienen buena luz. El sol, cuando sale, lo hace por un hoyito chismoso que hay entre dos cerros que se ven desde mi casa. A veces me escapo en la madrugada, para que el sol me dé a mi primero. Los otros parecen totoles de lo pasmados que andan (tarugos). Pa qué me hago guaje, me encanta ir al mercado porque veo remolinos de gente, hartos cuerpos que caminan bien pegaditos, como si fueran palanquetas de cacahuate u hormigas alrededor de un pedazo de pan que algún atolondrado abandonó.

Tenemos que bajar una empinada. A veces nos cuesta trabajo, especialmente a ella, que ya está viejita, pero cada vez más al tiro. Cuando llueve, el terreno se hace todo resbaloso y hay que tener mucho cuidadito, chacho, que esas piedras las puso Dios en nuestro camino, pero también estas piernas bien fuertes para sortearlas, agárrate de mi mano y vámonos yendo.

Mi tía Amparo es menudita, flaquita como un palo y chaparrita como un insecto. No lleva bastón, como sí lo hacen muchas otras, y es bien peleonera y hasta corajuda. Lo digo pa que nadie esté de inocente. Me acuerdo, por ejemplo, de cuando una tarde se peleó con el cielo, pues llovió a cántaros y muchos de nuestros chivitos se murieron. Hasta le lanzó palabrotas al de allá arriba. Ella dice cosas bien raras, como que a este pueblo le cayó una maldición, pero tú no te preocupes, mijito, la tía Amparo está aquí para cuidarte del mal y la mala suerte. Quién sabe a qué se refiera la pobre, porque yo tengo bien buena suerte. Y no lo digo nomás por decir.

Por ejemplo: todos los días cazo chapulines que recojo de unas milpas bien altas que están justo detrás de nuestra casa y nunca me faltan, hay hartos. Si me siento aventurero, voy al cerrito y ahí recojo más entre las copas de oro y los cacalosúchil. No es fácil cazarlos, los condenados tienen unas patitas como resorteras y vuelan bien alto. Después, bajamos al mercado, como hoy, para venderlos. Los días que voy al monte, la tía Amparo me dice hoy necesitas protegerte, muchacho, ahí donde te metes está bien dura la alacranada y, si uno te pica, no sales vivo, ven y ponte la protección. Se refiere a unos pantalones largos de algodón que me cubren hasta los dedos, que además arropo con unos huaraches. Hasta parezco santo. ¿Qué diría el párroco Judas (el de la iglesia)? Desde que mi tía Amparo lo trae corto, el pobre anda bruja, algunas veces hasta me pide dinerito pa comer. Que se lo dé Dios, viejo cholenco, le digo a veces.

Un día, caminando por el cerrito, me di cuenta de que ya no sabía dónde estaba. Me acordé de esos niños del cuento que dejaron pan en el camino, pero que los pajaritos (tragones) se lo comieron y los pobres chamacos se perdieron bien gacho. Mi tía Amparo alguna vez me dijo que, si no encontraba el camino de vuelta, escuchara el ruido de los tucuirichas, esos pájaros que se duermen en los techos de los que ya van a morirse. Pero no había ninguno.

En esas andaba cuando, de pronto, lo escuché. Fue bien fuerte, se sintió más recio que cualquier otra cosa, más que las cuijas que se pegan al techo y lanzan sus gritillos del demonio. Sí, fue peor que todas las cuijas del mundo juntas, y que los gritos de la tía Amparo cuando trae hombres a la casa, y que los gritos de los mecos que andan borrachos pique y pique en la plaza del mercado. Volteé al cielo y lo vi bien negro, como nunca, bien ventoso también, y me acordé de lo que un día me dijo mi tía. Mushasho, no te ampares tanto en el cerro que muchos se han perdido por allá y nunca los encuentran, no te vaya a pasar lo mismo que me muero, las tormentas son canijas y hasta los muertos se esconden bien adentro de sus tumbas.

Me acordé de todo eso porque uno de esos chupiritetes del cielo explotó y luego otro y otro. Nunca había visto al cielo tan enojado, lanzando esos rayos allá arriba que lo iluminaron todo: la tierra seca, mis huarachitos, el pasto crecido. De pronto me cayó una gotita y después otra y otra. Hubiera escuchado a la tía Amparo, que ya había anunciado el tapaquiaque. Además, cuando las arrieras cambian de hormiguero, anuncian lluvia, mi niño, así que no te me tardes. Ya bailé con la más fea, ¿qué diría la tía Amparo si me viera aquí solito en descampado? Me lancé a correr con mi cesto de chapulines bien tapado para que no se me fuera ninguno. No sé cuánto tiempo pasó. Estaba relejos de mi casa y necesitaba algo pa la maldita lluvia, que aparece cuando no la llaman. Y, de repente, (gracias, Diosito) me encuentro con una choza. Me metí muy sin pena y sin tocar (pos oye).

Olía bien rico, a tierra húmeda. El lugar era pequeñito, no había casi luz, excepto la del cielo, que nomás no paraba de berrear. Vi varias cosas. Primero, una lumbre que ardía con unas ramitas (crac crac), una mesita rascuacha de madera, un cuchillo molanco, un güergüero de gallina que todavía tenía sangre, el cuerpo de un pípilo, y esa ropa que usan las mujeres debajo de la otra ropa para que sus pechos no se les vayan al suelo. Pos que me espanto. Cómo no. Cualquiera hubiera salido hecho la mocha. Le comencé a rezar a San Pablo.

El cielo volvió a estornudar y creí que la cabeza de gallina estaba viva. Entre tanto ruidero, escuché unas voces. Me asomé por un hoyito que había y vi a mi tía Amparo y a todas las viejas. Ah, caray. La lluvia no les pegaba en sus cuerpos, como si algo las cuidara del aguacero (cosas del diablo). Respiré pa’dentro y pa’fuera (recomendación del párroco Judas) y me calmé. Ora sí que las vi bien a todas: estaban mi tía Amparo, doña Micaela, doña Jose, mi tía la Güera, doña Celia y doña Ama, la mera jefa de todas y la que más le sabe a la cocina. Se avienta unas tlayudas que ni mandadas a hacer, pozole blanco que le cambia la cara hasta a los santos y una carne con harto chile y comino que levanta muertos y reputaciones, del puro gozo de compartir aquello. El huacaxtoro que cocina es el mejor de todos. Las viejas estaban bailando alrededor de un fuego bien alto y recio que nomás no se apagaba. De seguro el párroco Judas se espantaría (viejo mugroso) de todo lo que yo estaba viendo. En medio de todas, un cuerpecito (como de esos chamacos desriendados de las jaulas que les conté al principio). Lo tenían agarrado de los hombros y lo estaban cortando. Ay. Qué feo. Mejor no ver. Desde esa vez, ya no salgo cuando llueve.

Cosas bien raras pasan en el pueblo, pero el párroco Judas (bruto) me dice que es solamente el ñaco jugando con nosotros. No hay nada de qué preocuparse, niño César, si la voluntad de Dios es que venga el mal y las plagas, pues que vengan, nosotros confiamos ciegamente en su voluntad y poder omnipresente. Un tiempito después de lo de la choza, yo ya estaba juntando otra vez mis chapulines (como si nada). Hice una chapuza (yo chitón). Llené la cesta con unas lombrices de tierra así de gordas y jugosas que les dieron buen sabor (pero nada como el sazón de doña Ama). Por eso la gente me compra harto. Nadie sabe mi secreto. Las señoras gordas que se apersonan en el mercado se sorprenden de que hay indios y mestizos que han venido de El Molote, La Vainilla y San Francisco del Tibor para comprarme. Escucho que soy la envidia de todos, pero cuídate, niño César, dice el párroco Judas cuando se está comiendo (gratis) mis chapulines, que cosas raras pasan por estos lares (argüe dero), y lo raro, ya te lo he dicho, es primo de lo feo.

II

Así se hacen: capturo chapulines y lombrices, los dejo remojar en agua hirviendo (pobrecitos, se mueven bien agobiados), los muelo en una chirmolera de barro negro que mi tía Amparo trajo de Mitla (dizque para darle más sabor al insecto), los seco (lo más difícil de todo) y después los pongo en una cazuelita con chile, sal y limón. Si la tía Amparo anda merodeando por la casa, no puedo ponerles mis lombrices (y los indios se ponen tristes cuando prueban los chapulines así sin chiste). Si ella salió (se fue a la iglesia) o está en el cuarto con los hombres diablo (palabras del párroco Judas), entonces sí puedo sacarlas, hervirlas y molerlas con limoncito. Se las pongo a los chapulines y así agarran ese sabor, color y olor bien raro, pero bien bueno.

Los otros que venden me tienen harta envidia y me dicen que seguro tengo pacto con alguien (dicen que la tía Amparo me los prepara con una receta especial). Si supieran los guajes. Ya hasta saqué a uno de ellos de circulación y ahora el mugroso vende calcetines en una esquina.

El otro día hice amigas en el mercado. Los hombres mecos que están duro y dale con la botella les pusieron apodos. Una se llama Silvia (siempre anda enfermiza la pobre y le apodan el Estornudo), otra Ernestina (esa se duerme donde sea, hasta en mi puestito, y le dicen la Anestesiada) y la otra se llama Domitila (le llaman la Dispuesta, dizque porque siempre quiere). Eso me dijeron unos hombres que estaban risa y risa y que luego las camaronearon como si nada. A las tres les dijeron que van a acabar en el burro por güinzas. Son buenas, aunque ya estén viejas, tienen quince o dieciséis años y me sacan una o dos cabezas. Nos conocimos cuando salieron de la tienda del curandero que recoge las sombras y cura los espantos, que ya se hizo harto conocido por eso de los niños que han desaparecido quién sabe cómo ni por qué. Si supieran los wilos.

Cuando las vio, mi tía Amparo me dijo esas muchachas ya están viejas, mijito, ya les va llegando la hora, pobrecillas, no saben, pero este pueblo no protege a sus hembras. Se pone de rodillas y me agarra de los hombros. Endenantes, si te acuerdas bien, tu tía Amparo llegó de chilpayate a este pueblo y lo sacó adelante con estas manos que ves, junto con las otras mujeres hicimos todo esto. Y eso que en ese tiempo nomás éramos nosotras y los jediondos de nuestros maridos, que se la pasaban con las winsas (mujeres alegres) y nos madreaban hasta casi matarnos. Pero se las cobramos, mi niño, los dejamos bien desguanzados y a la intemperie.

Por eso les pasó lo que les pasó a esos cabrones (el párroco Judas dice que las groserías son del diablo), hijos de la chingada, culeros, creyeron que podían salirse con la suya, ay, Dios, qué se creían, por eso les pasó lo que les pasó, shasho, por andar de zaragates. Mucho cuidado con el pecado, César, y la tía Amparo me agarra más recio y me mira bien hondo, no andes viéndoles aquello a las muchachas ni tocando en lugares donde no, que por el tacto se mete el diablo y por la vista se cuela la tentación. Y en este pueblo el pecado no se perdona. Fueron ellos los que nos obligaron a hacer esto, César, dice la tía Amparo, recuérdalo para cuando llegue la guerra y se nos alborote la gleba, que ni siquiera el corral es suficiente para los ariscos.

Una vez, don Fabricio, un vejete que vende mangos y que ni ata ni desata, me dijo algo bien chistoso después de escuchar el sermón del padre Judas. No somos muchos, pero somos machos. Yo le repetí esa frase a la tía Amparo, la cual se la repitió a doña Jose, la cual vino un día a la casa y me hizo decirla. ¿Y quién te contó eso, César?, dijo muy bronca, tirando pleito, y yo le contesté, pues un señor por ahí (perdón, don Fabricio, me obligaron a hablar).

Y que la mentada doña Jose saca unas tijeras y me las acerca a la lengua. Si no hablas, te la corto, mshasho, y mi tía Amparo llore y llore y yo bien boquinche con la menguada doña Jose. Fue don Fabricio, vieja tacaña (lo pensé), él me dijo eso. Y pues a la semana siguiente el pobre viejo zurundo ya no estaba. Quién sabe adónde lo mandaron. Unos niños de mi edad me dijeron que se fue adonde las almas penan. Yo les pregunté que cuál era ese lugar, pero me respondieron que sus mamás les habían dicho que ellos chitones si no querían irse pal mismo lado. Así que me quedé con la duda. La verdad es que no nos dejan hablar mucho entre nosotros.

Algunas personas están mudas aquí, en San Nicolás del Valle. A los indios, por ejemplo, yo les doy los buenos días, pero ellos no contestan, les digo hola, y no me dicen hola, les hago señas con las manos para que abran la boca, pero no la abren. Parecen sombras silenciosas, con la piel de cocodrilo oscuro. Algunos son puchuncos, con el pelo poleco y casi todos parecen venir de otro tiempo. Casi no se ven en la capital, prefieren el monte o estos pueblos. Muchos tienen los ojos amarillos, la boca cosida, sus huaraches ya rotos de tanta pisada. Los míos, en cambio, son de buen cuero y siempre nuevos, los trae mi tía de la capital.

Me gusta que ella se vaya para allá porque me deja la casa para mí solito. Ando por todos lados y no hay nadie que me prohíba nada. La otra vez descubrí algo que me puso los pelos de nopal. Estaban enterrados en el jardín. Eran unos huesos. Pa mí que eran huesos de niño, porque estaban bien chiquitos (como de los chamacos de mis pesadillas que andan colgados en las jaulas). Debajo de una alfombra descubrí un machete gringa, luego unos polvos que me supieron a mierda, y una Biblia negra con la tapa coyuchi. La abrí (no le dije nada al párroco Judas y menos a la tía Amparo). Había dibujos de personas haciéndole algo a los niños, también una pintura de unos diablos traviesos y algo de unos brebajes (palabra nueva) que hay que tomarse para que te funcione aquello. En ese libro había de todo: pócimas para esto, mensajes para Satanás, brujería para esto otro. Achis. Me dio miedo. Tuve que guardar todo tal y como estaba, si no, la tía Amparo iba a dejarme igual de guango y tarugo que los niños de ese libro.

Eso sí, cuando regresa, trae de todo: piel de víbora para el cáncer (que es así como el diablo), pico de tucán para los que se mueven bien feo en el mercado, sacando espuma por la boca, con los ojos en blanco que se les van patrás. Semillas muchas para los rituales con sus amigas y un titipuchal de mejunjes. Además, me trae mis flechas y eso me gusta mucho. Las pongo en mi arco y salgo a cazar a los malditos hombres tilicos que atraviesan nuestros montes y que no tienen permiso para hacerlo (chismosos). La tía Amparo me mandó a resguardar el monte de cualquier intruso o forastero, que dizque tenemos muchos enemigos. Me recuerda, de vez en vez, de cuando llegó el Ejército al pueblo, de cómo todos se defendieron, de cómo solo nuestros chicharrones truenan (eso fue antes de mi llegada a estos lares).

Todo aquel que no viva en San Nicolás del Valle, César, es un hombre tilico, de esos que manda el diablo y necesitas darles en toda su guayaba, me dijo, ningún culimiche va a venir a husmear en nuestras cosas. Ajúmalos a todos. Desde ese día me paro hasta arriba de mi cerro, veo las montañas y me imagino siendo un águila y pensando todo esto es mío y de mi tía Amparo y tengo que defenderlo. La mera verdad es que a mí Dios, el diablo y los intrusos me valen menos que una pura y dos con sal, pero necesito probar mis flechas y mi puntería.

En las mañanas me paro en el patio de mi casa desde donde puedo ver todo el pueblo y aúllo. Eso despierta a las amigas de mi tía Amparo (son vecinas) yme sonríen. Qué niño tan bien portado, dice una (no recuerdo cuál), uy, ya tenemos a nuestro gallito (doña Celia), este niño puede ayudarnos en la esquilmada (doña Jose), muy seria. Y desde acá arriba veo todo el pueblo y abro las manos y pienso yo soy el rey de este pueblo. Y luego me voy al monte a cazar a los malditos hombres tilicos. Casi no los mato ahí, no me gusta, prefiero verlos retorcerse en el hoyo de barbacoa. Mi tía Amparo y las demás después sacan sus cuerpos bien tatemados de los intrusos y los ponen en medio del pueblo, para que la gusanera escarmiente, dice doña Ama. A nosotras nadie nos pisa la sombra y, nomás de escucharla, yo me pongo a temblar.

Creo que no lo he dicho, pero para llegar al mercado tenemos que cruzar un río bien grandote que le da la vuelta al pueblo. Algunos se han ahogado en esas aguas (no alcanzan a nadar ni de a muertito). Las amigas de mi tía ayudaron con ese río. Dice el párroco que ellas, en su sabiduría, desviaron el cauce, César, para que nadie salga ni entre sin que nos demos cuenta, y yo le digo (a veces) cállese párroco Judas, que usted es un argüendero. Él baja la cabeza y dice sí, César, a veces peco de soberbio, pero lo reconozco frente a Dios. Ya ve, por argüendero ya le di su achatón de narices.

Las personas que quieren salir del pueblo tienen que pedir permiso y pagar con chivos, maguey mezcalero (remedio para las torceduras de huesos), maíz o de plano dinero. A algunos les dicen que no, no pueden irse porque tienes que dejar aquí algo, cómo sabemos que no te nos vas a pelar para ir de chismosa con los mandamases de la capital, o nos dejas a tu hija, a tu sobrino, a tu nieto, tus guajolotes, tu toro acebusau o tu casa. A algunos los han agarrado de noche y ni les cuento lo que les pasa, ya nadie los vuelve a ver.

Un día, cuando andaba rompiendo monte, atravesé a un hombre muy raro con mis flechas. Mocho y timbón. Caminaba lento. Escondiéndose entre la polvareda. Cuando le dije que se detuviera, se puso de rodillas (bien chistoso) y me dijo no me lo quite, niño César, es lo único que tengo, ya todo me lo quitaron. Me quedé callado. De debajo de la camisa se sacó a un niñito chirundo que traía colgado con unos amarres. Y éste qué se trae, pensé, pa qué escapar si aquí en el pueblo hay de todo. Le iba a decir que tenía que llevarlo con las viejas pa que lo vieran cuando se me echa a correr. Chingüente. Pos que le doy un flechazo en la espalda. Quise darle otro, pero se me escapó. Y me entró el diablo. Yo soy el rey, grité, y este es mi monte y váyanse para afuera todos ustedes hijos de puta, aquí mando yo. No he vuelto a verlo.

Ese mismo día, igual que otras veces, mi tía Amparo y sus amigas se fueron al sótano de doña Micaela a hacer cosas que yo no puedo ver, porque nos verías desnudas, mijito, y todavía no estamos listas, mejor tése quieto y nos vemos cuando se acabe. Vete a alborotar a otro lado, dice mi tía la Güera. Y luego, entre ellas, se ve que al niño le gusta el trote del macho.

Todas hablan bien raro, con palabras que nomás no entiendo, pero no te preocupes, César, Dios confundió las lenguas allá en Babel y, si él lo ordena, no queda de otra más que obedecer, me recuerda el párroco Judas (orejotas de guarumbo). Y no andes de metiche metiendo tu narizota en lo que no te importa, me dice. Yo nomás bajo la cabeza y alzo los hombros (viejo corrinche).

III

Yo no le creo mucho al curita (lengua larga). Mi tía, en cambio, siempre da buenos consejos. Toma esta hierba, César, me dijo hace tiempo, que sirve para que paralices a alguien. ¿Y eso qué significa, tía Amparo? Significa que te quedas tieso, pues, así como los chapulines que haces en el comal y que ya no se mueven. Esta otra sirve para dejarlos en estado catatónico, como cuando los trompos se duermen de tan rápido que giran. Ésta otra es para que de plano caigan en el ataúd, mi niño, no la puedes buscar ni mucho menos usar sin mi permiso.

Y luego me trae otra ramita. Mira, prueba ésta, pero poquito. ¿Y ésta para qué es, tía Amparo? Bueno, muy fácil, para que les entre el demonio y les salga por allá atrás cuando coman algo. O sea, que les salga el diablo por el culo, tía (hasta brincó cuando dije la palabrota). ¿Y eso quién te lo enseñó, muchacho? Y me quedo callado porque yo no soy metiche, pero qué más da, se la escuché al párroco Judas, tía. Maldito perro cochino, dice, le voy a dar su lección por andar enseñándoles a los niños puros insultos. La mera verdad es que no la dijo el párroco, pero ya me tiene cansado con sus cuentos de la Biblia y porque un día me dio una cachetada bien fea. El pecador no cae por menso sino por bravo y el párroco Judas Jesús ya andaba peor que chivo en cristalería. Ya le tocaba.

Fue un día cuando estábamos sentados en la iglesia y el párroco empezó a darse vuelo con esas historias que nadie le cree. Y Jesús transformó el agua en vino, César, para las bodas de Caná, porque él es bueno y sabio y decidió compartir con los que no tienen las materias de la vida, la alegría de la existencia. ¿Y eso qué?, le digo, eso está muy mal, de seguro Jesús y los suyos no pudieron levantarse al día siguiente, ¿verdad?, de seguro se marearon y ya bien pandeados acabaron chuecos y pesados, les agarró la modorra y el milagro acabó en maldición. Si yo también quisiera tener discípulos con vino, párroco Judas. Como que el cura no sabía qué decir porque se me quedó mirando con ojos de vaca. Viejo tarugo. Usted se la pasa gritándoles a los borrachitos del mercado que ya dejen el vino, piripituches, inútiles, y aquí diciéndome que está muy bien lo que hizo el tal Jesús, yo no me trago sus cuentos, viejo cabellos de elote. Te voy a pedir más respeto, niño César, desde que ya no bajas de tu casa te has vuelto más irresponsable, tienes que aprender a querer a tus mayores, respetar a los ancianos y componer a los enfermos. Yo no voy a hacer nada, viejo puerco, me vale cacahuate el tal Jesús, y zácale, que me da uno de aquellos y que me tira al suelo. No lloré. Bueno, poquito, porque los reyes pueden llorar, pero no mucho porque muestran debilidad y yo no soy marica, al contrario, yo soy macho. El párroco se levantó y se fue, pero dejó su Biblia.

Que aquí el tal señor Jesús multiplicó los panes y todo mundo comió, porque no puso su panadería este hombre, mi tía Amparo lo hubiera jaloneado de las orejas. El negociazo. Este tal Jesús nomás vino a estrenar sus poderes y luego morirse. Qué raro, ¿por qué será que a la chusma le gusta esto? Ya ni la amuelan.

Unos minutos después, el párroco Judas Jesús volvió con la cola entre las patas (amanerado). Niño César, ven, me quiero disculpar contigo, pero no le dije nada y me fui corriendo hasta mi casa. Por eso fui de chismoso con la tía Amparo a decirle que había sido él quien me había enseñado esa palabrota, para que le diera su merecido, bobalicón.

IV

Hace un tiempito, en la iglesia, el párroco Judas me contó un secreto bien importante. Que en realidad él no se llama Judas, pero que el Nudo (me dijo que lo escribiera con mayúsculas) así lo había decidido. ¿Y eso, tú?, le pregunté. Se quedó callado un momentito. Pues mi pecho no es bodega, niño César. El Nudo es la tía Amparo y sus amigas, se las saben de todas, todas, pues. Se reúnen algunas noches. Así se pusieron porque las condenadas hacen y deshacen todos los asuntos aquí en San Nicolás. Ah, qué bien, le dije (como si no supiera, viejo desguayabado), ¿y en realidad cómo te llamas? Jesús, me dijo, Jesús Ricardo. ¿Y entonces? Bueno, es que hice algo que hizo enojar a doña Ama. Yo antes tenía mi parroquia en la capital, pero en cuanto me enteré de que San Nicolás del Valle no tenía un pastor que los guiara, pues me apersoné con todas mis chivas… pero me pasaron cosas, niño César, y obligaron a todo el pueblo a llamarme así (ojalá yo tuviera el poder de cambiarle el nombre a los demás). ¿Qué hiciste?, le dije. Se quedó callado. Entonces, ¿crees que pueda llamarte párroco pendejo?, le pregunté. Me echó una mirada como la de los hombres tilicos. Niño César, me gritó, no vuelvas a decir groserías y yo le pedí perdón.

Para que ya no me regañara, le conté lo que mi tía Amparo me había dicho, que en realidad yo era un huérfano, que había sido rescatado de las llamas. Ay, César, dijo el párroco Judas Jesús Ricardo, si supieras, y se fue con la mirada quebrada. ¿Pos qué se cree ese Judas?, pensé, no se vale nada más irse, así como así, si yo soy el rey aquí y todos son mis pajes. Me quedé solo y eso que quería preguntarle más de mi papá y de mi mamá. Párroco turulato y tripón. Tuve que irme a mi casa para preguntarle a la tía Amparo.

V

Ella me dijo que mis papaítos se murieron bien jovencitos. Entre las llamas (donde vive Satán). ¿Así como me veo yo, tía? No, mijito, no como tú, un poco más grandes. Bueno, digo, y ya no les tengo tanta lástima. Porque morir, así de mi edad, ha de ser muy feo (como esos niños de las jaulas). Lo único bueno de petatearse es que (dicen) te vas con Diosito santo.

¿Y luego, qué pasó en el fuego?, le pregunté a mi tía. Pues nada, que te rescatamos de esas malditas llamas que llegaban hasta el cielo. Acuérdate que a tus papás les dimos santa sepultura allá en el monte, nunca los has ido a ver, chacho, deberías ir pronto a pagarle tus respetos, eres el único de tu siricua que sobrevivió, hasta tu hermanito murió, pobrecito. ¿A poco tenía un hermanito, tía? Sí, mijito, lo quería salvar porque estaba igual de guapo y tostado que tú, pero no pudimos, tus padres lo agarraron bien recio y se lo llevaron al infierno.

Tú me vas a dejar hijos fuertes y grandes algún día, César, ya verás. Te voy a embarnecer. ¿O sea que ellos están sufriendo ahora, tía? Tal vez, mi niño guapo, no lo sé, nos gritaron cosas que solo Lucifer puede repetir, que nos fuéramos a tal lado del infierno y que los dejáramos en paz mientras ellos morían entre ese fuego que dejó unas cenizas de espanto, nomás pudimos salvarte a ti, tú eras mío. ¿Por eso tienes esas manchas, tía? Sí, mijito, por eso tengo estas malditas quemaduras, pero ya verás que con el tiempo todo se va a ir, hasta mis arrugas. Y se fue a preparar la merienda.

Me quedé solito y aburrido, tons con la piel de un elote hice un muñequito que bauticé como Perfecto. Ese mismito día quedó listo. Muy bonito. Después de preparar la cena, mi tía lo vio y estuvo haciéndole cosas. Esa misma noche, mientras estaba dormidote, escuché unos ruidos de los mil demonios por toda la casa, son los hombres tilicos del monte, pensé, y vienen a picarnos la cresta, así que agarré mi arco y mis flechas. Ya estaba arrinconado y listo cuando por la puerta de mi cuarto veo a mi tía prendiendo una lumbre con yerbasanta. Daba brinquitos como un conejo y tenía cerrados los ojos. Sacó el ensomerio y el copal. Llevaba en su mano un sanate muy mansito, que estaba acariciando. De pronto, que lo desbarata (la cabeza salió volando). Empujó toda la sangre del pajarito sobre Perfecto. Guácala. Casi grito porque aventó el muñequito al fuego, mientras cantaba en voces no escuchadas aquí en San Nicolás. Lo más raro de todo es que Perfecto no se quemó. Salió como si nada de la lumbre y eso que lo vi chamuscado. Después, mi tía se levantó, se cortó en el brazo con el cuchillo y escupió su sangre al fuego.