Las cartas de Tere - Maximiliano Xavier Lopez Anselmo - E-Book

Las cartas de Tere E-Book

Maximiliano Xavier Lopez Anselmo

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Beschreibung

Porque el mundo puede ser tan grande como un trozo de papel y algo para escribir, o el caracol que esconde dentro suyo todo el mar. Maximiliano Xavier Lopez Anselmo, nació en Argentina el 12 de septiembre de 1991. Payaso. Médico. Plantó, junto con un chileno en Colombia, un chicalá que iba a crecer torcido para estorbar el camino. Publicó, en 2019, Almita de Cartón. Payaso de nuevo.

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Seitenzahl: 227

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Corrección literaria: Constanza Aguirre

Colaboración ortográfica y gramatical: Matías G. Lombardo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Lopez Anselmo, Maximiliano Xavier

Las cartas de Tere / Maximiliano Xavier Lopez Anselmo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

196 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-809-0

1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas. I. Título.

CDD A863.9283

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Lopez Anselmo, Maximiliano Xavier

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Al viento, a los charcos y a la nariz.

Las cartas de Tere

Puerta

—Tenemos que poner fecha para un asado todos juntos —le decía un señor sentado en una banqueta al que estaba en el puesto de diarios—. Con unas verduritas a las brasas… ahora en unos días es el cumpleaños del Loco, mañana le digo.

—¿Cuántos cumple?

—Debe andar por los sesenta, creo. Está nuevo igual.

—A ese sí que le sienta bien el aire de campo ¿eh?

—Disculpen, ¿estoy muy lejos de la escuela?

—Cruzando la plaza. Ahí se empiezan a ver los críos saliendo como locos —le contestó asomando la cabeza entre las revistas.

—Voy llegando justo entonces. Muchas gracias.

El hombre le respondió con un gesto y él siguió camino. Todavía se estaba acostumbrando al peso de la mochila. Ya había perdido la cuenta de cuántos años habían pasado desde la última vez que salió de travesía con ella, pero recordaba como si fuera ayer cada paso que había dado. Cruzó por el medio del parque bordeando las hamacas y la fuente. Una pelota gastada llegó rodando a sus pies, de un zurdazo se la devolvió a los muchachos que se sacaban el guardapolvo para armar los arcos y le hacían señas agitando los brazos.

Se detuvo un instante antes de cruzar la calle, mirando con nostalgia la puerta del colegio y a los niños más pequeños corriendo a los brazos de quienes pasaban a retirarlos. Cuando se decidió a cruzar, se acercó con cuidado de no interrumpir a una mujer de guardapolvo celeste que le preguntaba a una niña pequeña, muy similar a ella, si había visto al hermano.

—Está jugando al fútbol con los amigos —le contestó pronunciando mucho la “t”, haciendo una pausa antes de terminar la palabra y señalando hacia la plaza.

Traía dos colitas y el flequillo recto que terminaba apenas por encima del marco de plástico de unos anteojos rosas. De la mochila se asomaba una manga del guardapolvo, y del cierre que le permitía escaparse colgaban unos cascabeles verdes que luego escucharía sonar a cada paso.

—Hola, buenas tardes —soltó en un momento de calma, dirigiéndose a la mujer—. Estoy buscando a la seño Clelia.

—Soy yo —contestó sonriendo—. ¿En qué lo puedo ayudar?

—Ah bueno, me quedo tranquilo entonces. Vengo a traerle una carta, pero espero que termine con todos los niños, no tengo apuro.

—¿Seguro? Bueno, igual ya casi estamos.

—Sí, sí. Despreocúpese.

Sintió un alivio gigantesco al descolgarse la mochila y se sentó en un banco de cemento a descansar la espalda como podía. La niña, aún tomada de la mano de la madre, le preguntó qué estaba haciendo cuando lo vio ajustar las tiras y enroscar un trapo en la parte en que las correas le presionaban más los hombros. Encantado con la curiosidad de la pequeña, le contó que le pesaba mucho y quería ver si así le resultaba un poco más cómoda.

—¿Como cuando mamá trae bolsas muy pesadas?

—Puede ser. ¿Cómo hace?

—Para que no le hagan doler los dedos, las agarra con la manga del abrigo también.

—Exacto pulguita.

—Bueno, ya estamos listos. Gracias por esperar, me dijo que tenía una carta para mí, ¿cierto?

—Así es —dijo buscando en el bolsillo de la mochila.

—¿Es cartero? —preguntó la pequeña abriendo grandes los ojos.

—¡Já! No bonita, alguien a quien quiero mucho me pidió si la ayudaba con algo y me dio muchas cartas para que entregue.

—Entonces es cartero —contestó ofuscada.

—Bueno, creo que pensándolo bien… Acá está.

—¿Quién la manda, ma? A ver, a ver.

—La mamá de un alumnito que tuve hace muchos años —respondió con la cara en pausa.

—¿De acá?

—No, no bonita. De la ciudad donde vivíamos antes de mudarnos acá. ¿Querés ir un rato a los juegos? —le preguntó buscando ese instante de calma que necesitaba para leerla tranquila.

—¡Sí!

—Bueno, dejame la mochi que me quedo acá y en un ratito voy. Cruzá con cuidado.

La niña apoyó la mochila en el banco y salió disparada a la plaza. Se detuvo abriendo los brazos justo en el cordón de la vereda y aunque era una calle grande, de esas de pueblo en las que no suele pasar nadie, miró para ambos lados antes de cruzar.

La mujer se sentó junto a él en el banco y con la carta entre los dedos le preguntó cómo se encontraba ella.

—No se tiene que ir ya, ¿no? ¿Me podría esperar a que la lea?

—Seguro —le contestó esbozando una sonrisa de ternura—. A las doce de la noche recién sale el micro que me tengo que tomar para entregar la próxima, así que estamos bien.

Le agradeció con una idea en mente pero que esperó contarle hasta luego de leerla.

Hice un pacto con el viento y le regalé una parte mía, para que cuando por fin me pueda ir con él, tengas una brisa cerca que te abrace siempre que haga falta.

Él sacó un paquete de pañuelitos de su bolsillo y le dio uno para que se secara las lágrimas. A lo lejos se acercaba corriendo la pequeña gritando que su hermano, que venía un poco más atrás rengueando, pero haciendo señas de que estaba bien, se había torcido el tobillo.

—Ma, Benja se torció el… ¿Estás llorando?

—Está regando una flor —contestó él para ganar tiempo al ver que la mujer guardaba silencio mirando la carta.

—¿Qué? ¿Qué flor? Mentira.

—Martu…

—En serio, mirá. Acá tengo un paquete de flores deshidratadas.

—¿Qué es eso? —preguntó con la intriga que le despertaba ver que le hablaba en serio.

—Hola —saludó el jovencito algunos años mayor que la hermana y dejó que la madre le revisara el pie lastimado—. No es nada igual, ma. Deshidratada es que no tiene agua.

—Eso mismo. ¿Querés ver cómo funciona?

—¡Sí, sí, porfa!

—Tenés que agarrar una, la abrís del todo y ¿viste que los ojos guardan agua? Entonces les pedís un poquito —le acercó el pañuelito a la cara provocándole cosquillas—, y ahora ya puede tomar la forma de flor —comenzó a enroscarla entre los dedos y en apenas unos segundos tenía una rosa blanca con una hojita toda hecha de papel—. Listo, para ti.

—¡Ay! Es hermosísima… Gracias. Mirá, ma.

—Es muy linda. No tenés nada gordo, ahora en casa le ponemos un poco de hielo y listo.

—¿Viste? Te dije.

—No, yo te dije —le contestó la pequeña y le sacó la lengua.

—Dijo que salía a medianoche el micro, ¿no? ¿Quiere cenar con nosotros?

—Por favor, no quiero molestar.

—No molesta, si vino hasta acá a traerme la carta, es lo menos que puedo hacer. Aparte hoy cocinan los chicos —dijo y los miró con una sonrisa burlona.

—Bueno, sabiendo eso no me puedo negar.

—¿Con qué nos van a deleitar?

—¿Qué es eso? —le preguntó la pequeña a su hermano.

—Que qué vamos a cocinar…

—Ah… pizza de salchichas.

—¿Qué?

—Genial.

Se pusieron de pie y caminaron bien despacio para darle tregua a ese tobillo. Los niños iban unos metros más adelante, el mayor se quejaba por no tener ganas de amasar de nuevo. La pequeña, insistiendo en lo rica que era la comida que había elegido y que la última vez él dijo milanesas con puré y ella tuvo que pelar todas las papas.

—Me va a tener que enseñar a hacer esa flor a ver si me sale.

—Es más fácil de lo que cree.

—Bien. Qué fuerte volver a saber de ella. Hace tanto que no la veo.

—¿Eran cercanas?

—Yo fui la maestra de su hijo.

—Ah… —se quedó mudo, como intentando decir algo más, pero lo había tomado por sorpresa y no encontraba las palabras.

—Recién empezaba a trabajar, me habían dado primer grado y él era uno de mis primeros alumnitos. Al año siguiente, en ese colegio hacían que los que pasaban a segundo siguieran con la misma maestra, como para que se sintieran más cómodos, y recién en tercero sí rotarla. Así que lo tuve dos años seguidos, Tere era una de las madres que siempre se quedaban un ratito charlando cuando pasaban a recogerlos, nos tomamos cariño muy rápido.

—¿Era alumno tuyo cuando…?

—Sí. Me acuerdo que me llamó la directora y no podía entender, al otro día no sabía de dónde sacar fuerzas para levantarme e ir a la escuela, había estado llorando toda la noche.

—Que terrible. ¿La volviste a ver después de ese día?

—Todos los días. Cuando pasó lo que pasó, ella siguió yendo a buscarlo cada día a la salida, cada día a la misma hora —le contaba con la mirada perdida—. Al principio me chocaba mucho verla parada en la puerta esperando que él saliera corriendo a abrazarla igual que antes. Me temblaban las piernas la primera vez que la vi, pero ¿quién era yo para juzgar algo así?

—Me imagino. Es muy complejo saber cómo actuar ante una pérdida como esa.

—Durante tres años siguió yendo, no faltó nunca. Durante tres años, cada día de escuela estuvo ahí esperando que entregara a todos los niños. Una vez que se había ido el último, se acercaba, nos abrazábamos fuerte y se iba. Hasta que un día no fue… Cuando no la vi, le soy sincera, pensé lo peor. Sabía dónde vivía, así que una vez que terminé con mis alumnos fui hasta la casa a ver si estaba bien.

—¿La encontró?

—Cuando estaba llegando la vi desde la vereda de enfrente arreglando las plantas, estaba cortando las rosas. Me acuerdo que me vio, me sonrió y siguió con lo suyo. No puedo explicarlo, pero en esa sonrisa algo me dijo que ya no iba a ir más. Una parte de mí quería cruzar y preguntarle, pero en mi interior sabía que ya no hacía falta. Durante mucho tiempo fue a buscar algo que yo no le podía dar, pero desde mi lugar todo lo que podía hacer era estar para ella. Al principio me era inevitable no sentir lástima. Con el tiempo ese sentimiento fue desapareciendo y realmente la esperaba ahí porque sabía que tenía y quería abrazarla. Es algo complicado de explicar, pero creo que todos los trasfondos que pudiera haber también se transmitían en el abrazo. Al ir despojándome de ellos pude encontrar el punto en que yo sabía y sentía que estaba ahí para ella, sin sentirle pena ni juzgarla de ninguna manera.

—Estoy seguro de que ella lo notaba también.

—Sí, pienso lo mismo. Al tiempo volvimos a vernos, nos juntábamos a comer o tomar mate.

—¿Alguna vez te contó por qué dejó de ir?

—No. No le pregunté tampoco, siempre pensé que si tenía que saberlo ella me lo iba a contar.

—¿Y lo volvió a mencionar?

—Sí, hablábamos seguido de él. De las travesuras que hacía en clase o cuando notaba algo suyo en alguno de mis alumnitos nuevos.

La pequeña corrió al grito de “papi” a abrazar a un hombre que venía caminando en sentido contrario, frente a ellos. Se encontraron justo en la puerta de la casa. Bromeando con el tobillo del hijo, saludó con un beso en los labios a su mujer y se presentó estrechándole la mano.

—Viene a comer pizza de salchichas con nosotros —le contó felizmente la niña.

—¿Ah cocinan ustedes hoy? Perfecto, y qué delicia —agregó riendo, exagerando el gesto de abrir los ojos y levantar las cejas—. Pasemos entonces, así nos ponemos cómodos.

Cuando entraron, el padre mandó a los chicos a cambiarse y lavarse las manos así los ayudaba a amasar y podían dejar levar un rato la masa. Ofreció unos mates al aire y antes de que alguien respondiera ya estaba poniendo la pava.

La casa era hermosa, con las paredes pintadas de colores claros y plagadas de fotos suyas. Junto al sillón había una mesita ratona llena de recortes de revistas y goma EVA, que apuntaban más a la madre que a los chicos. Preguntó dónde podía dejar la mochila para que no molestara y le dijeron que donde pudiera apoyarla iba a estar bien. Luego de hacerlo y volver a sentir el alivio de sacarse todo ese peso de la espalda, se sentaron en la mesa de la cocina para continuar la charla disfrutando unos buenos amargos.

—¿Le contaste que estabas embarazada?

—¿Qué? —preguntó pálido el hombre, que se atragantó de risa cuando le explicaron que no estaban hablando de ahora.

—Sí… Me acuerdo que no sabía si decirle, cómo decirle. Y un día me lo dijo ella, encima se reía porque me quedé perpleja. “Vos estás embarazada”. Así nomás lo soltó.

—Te agarró de sorpresa.

—Sí, muy. Se puso re contenta y yo me había enterado hacía muy poco, así que reímos, lloramos y le conté que tenía ganas de irme a un pueblo para que pudiera crecer lejos de todo el escándalo de la ciudad. Me apoyó un montón en eso.

—Y… asumo que ella también extrañaba el ruido a chicharras antes que el de las bocinas.

—Gero estaba de acuerdo, así que buscamos un lugar donde él pudiera trabajar y con una linda escuela para retomar yo también una vez que el bebé creciera.

—Sin alejarnos tanto como para poder ir a ver a los abuelos de vez en cuando —agregó el marido mientras se secaba las manos con el repasador—. Después de que falleció mi padre, mi madre se mudó con nosotros y pasó sus últimos años acá. La última vez que fuimos para allá, Martu era una bebé todavía ¿no?

—Sí, tenía unos meses nomás. Por ahí está la foto, a ver —se puso de pie y descolgó un cuadro de la pared para alcanzárselo—. Fue la última vez que nos juntamos.

Era un marco redondo y finito de madera, color arena, que llevaba una foto de Tere en su jardín, sentada en el pasto con los rosales de fondo, la beba a upa y el pequeño abrazando una pelota amarilla a su lado. Volvieron a colgar el cuadro cuando la niña anunció que la cena estaba lista.

Comieron entre historias divertidas comparando macanas de cuando él tenía su edad, cuidando de no darles ninguna idea demasiado alocada. Para su sorpresa, la pizza de salchichas estaba más rica de lo que esperaba así que, por lo bajo, les pidió la receta a los chefs. Aunque se hicieron desear un poco con querer guardar el secreto, le develaron la medida justa en la que había que cortar las rodajas y susurrando admitieron que debajo de cada una ponían una gotita de mostaza con miel.

—¿Entonces ahora continúa de viaje entregando más cartas?

—Sí, son bastantes y por lo que me dijo Tere me va a llevar un buen tiempo llegar a algunos lugares.

—¿Ves que es un cartero?—le susurró la pequeña a la madre.

—Qué lindo gesto.

—En realidad, dijo que tenía que hacerlo yo y que en algún momento entendería por qué. Pero bueno, si el resto de las cartas traen historias como esta, le voy a terminar agradeciendo yo a ella.

—¿A qué se refiere?

—Con Tere nos conocemos hace bastante. Pero lo que me contaron hoy no lo sabía y si no hubiese sido por la carta, quizás nunca me habría enterado. Pensando en lo importante que fue, que ella me haya permitido llegar a esta charla es hermoso.

—Claro, entiendo. Le esperan unos días interesantes entonces.

—Así parece —asintió sonriendo.

Luego de cenar los chicos se despidieron de él, se turnaron para bañarse y al grito de “hasta mañana” fueron directo a sus camas. No sin que antes la pequeña pidiera un cuento.

—Yo voy amor —dijo el padre—, rápido díganme un tema.

—Algo con una rosa blanca.

—Genial, gracias. La duermo y lo llevo a la terminal, ¿le parece? Es un segundo en auto hasta ahí.

—Bueno, acepto. Muchas gracias.

—La mujer le ofreció un café rápido antes de salir, pero él lo rechazó amablemente. Iba a viajar toda la noche y tenía miedo de que eso lo despabilara cuando su plan era dormir hasta llegar.

—¿Le puedo hacer una consulta?

—Pero por favor.

—Ese cuadro, el que está debajo de la foto con Tere, le iba a preguntar antes y me olvidé.

—Sí, ¿qué tiene?

—No sé, algo —rio—. Eso le quería preguntar. Todo el resto son fotos y ese es el único que no.

—Es un recorte. Le voy a contar desde el principio así entiende, porque por algo está ubicado cerca de ella. La última vez que fuimos a visitarla, le regaló a Benja unos crayones y le dijo que eran mágicos, pero que solo los niños los sabían usar bien. Y aunque él era bastante chico, los guardó como si fuesen un tesoro. Sinceramente yo pensé que los iba a gastar en el primer papel que encontrara o ahí mismo en el piso. Años después, luego de una tormenta terrible que azotó el pueblo, Martu quedó con mucho miedo a los truenos y cada vez que llovía fuerte se angustiaba. Entonces un día Benja buscó en el diario la foto de un rayo, se sentó con su hermana en esta misma mesa y le dijo que no tenía que tener miedo porque en realidad los rayos son como árboles, pero que crecen en el cielo. Que como salen al revés les da miedo y hacen ruido porque piensan que se van a caer. Pero que en realidad no se caen porque están bien agarrados a las nubes. Arrancó la foto, la dio vuelta y con esos crayones empezaron a pintarle hojitas y flores en la punta de cada rama.

A los pocos minutos volvió el padre de los chicos tratando de hacer el menor ruido posible y le dijo que cuando quisiera salían. Abrazó a Clelia, quien volvió a agradecerle por la carta, y se fueron despacio para no interrumpir el sueño que el cuento de la rosa parecía haber iniciado.

Baldosa

La vida le pesaba, había dado solo unos pasos en la estación, pero sintió que todo, absolutamente todo, le molestaba. Había querido viajar de noche para aprovechar a descansar durante el trayecto, como solía hacerlo en su época de ruta y mochila, pero el bebé en el asiento trasero no paró de llorar salvo para darle lugar al ataque de tos de la mujer que viajaba al lado suyo. Al bajar se golpeó la cabeza con la pantalla en la que no pasaron ninguna película y los empujones en el pasillo por un par de apresurados en descender se hicieron notar.

Frotándose el chichón con la palma de su mano, fue hasta la bodega y respiró profundo al darse cuenta de que ya era tarde para advertirle al descuidado muchacho que, tironeando de una cinta que no era la adecuada había removido su mochila de entre el montón para alcanzársela. El escuchar saltar una de las costuras hizo que el billete que pensaba darle de propina permaneciera en su puño, a pesar de la mirada maliciosa del transpirado joven que solo interrumpía la charla con su colega al momento de estirar la mano. Billete que pensó tendría mejor uso en un desayuno que lograra levantarlo un poco.

Mochila en la espalda, un vaso descartable de café bien caliente en una mano y una medialuna de manteca en la otra, encaró hacia la salida de la terminal, convencido de que su día comenzaría a mejorar con esa dosis de cafeína extra. Una paloma que parecía no estar de acuerdo dejó caer sus necesidades justo en su hombro y de manera tal que varias gotitas le salpicaron el cuello. Sin poder creer su suerte, sostuvo la medialuna con la boca solo para comprobar que estaba un poco dura. Al intentar tomar también la servilleta que envolvía el vaso de café para limpiarse semejante enchastre, este se le patinó de entre los dedos para caer desparramándose por todo el suelo. Se agachó a recogerlo para tirarlo en un cesto de basura y solo evitó el insulto al aire por pensar que podría haber tenido algo que ver el karma, por haber usado el mismo billete que pensaba entregar de propina. Le pidió disculpas al señor que se acercó con el balde y el trapo para limpiar antes que los otros pasajeros comenzaran a pisarlo y le pegotearan toda la estación.

Se sacudió las manos, le dio la medialuna a un perro y caminó decidido a entregar la carta y alejarse de ese horrible lugar. Bocinazos en la primera esquina lo hicieron señalar furibundo el semáforo para demostrar que él estaba cruzando bien, y como si pareciera puesta adrede, a mitad de cuadra, y por esquivar el recuerdo de algún perro que su dueño no había levantado, cayó en la mortífera trampa de una baldosa floja. Una mezcla de agua y barro lo salpicó por encima de la rodilla permitiendo que cualquier reacción de ira eruptiva cual volcán estuviese perfectamente justificada. Pero empezó a reír. No podía creer lo cómica que resultaría esa seguidilla de mala suerte para el que la viera de afuera, parecía una muy larga y cruel broma. Sabía que podía enojarse, gritar y patalear, pero unos pocos pasos después, volvería a sucederle algún traspié. Se permitió reírse de sí mismo y lo que las malas energías estaban atrayendo. A lo mejor así cambiaría su racha.

Descansó en el banco de una plaza unos minutos, respiró profundo el aire que un gran árbol parecía ofrecerle solo a él y calculó las cuadras que tenía por caminar. Miró con bronca para asustar a las baldosas antes de ponerse de pie, pero ninguna parecía querer jugarle una mala pasada.

Pronto se encontró parado en una esquina con la carta en la mano para asegurarse de que era el lugar correcto. “Museo Pehuén” estaba pintado en madera sobre el marco de la puerta. Dentro, vitrinas y estanterías repletas de objetos adornaban todo el lugar, cada uno junto a un texto que explicaba qué representaba. Se dirigió hacia una mujer con uniforme que parecía cuidar la entrada y le contó que venía a entregarle una carta al dueño, por si había que abonar el ingreso. Ella le explicó cómo llegar a la oficina donde lo hallaría y le dijo que igualmente no se cobraba por entrar, sino que en general los visitantes colaboraban con lo que quisieran y pudieran para ayudar a mantenerlo.

Luego de prometer tener cuidado con la mochila, subió hasta el tercer piso, caminando despacio para tratar de entender de qué se trataba el museo. Varios objetos captaron su atención, un avión de papel, un vinilo, un walkman, una pelota, algo que parecía un papel de caramelo o de chicle, una boina, una caja de acuarelas. No aparentaban tener relación unos con otros, pero quería entregar la carta antes de detenerse a leer las descripciones que los acompañaban. Justo cuando estaba llegando a la puerta de la oficina salían dos hombres charlando. Llegó a escuchar algo de que les faltaba uno todavía, pero no quiso interrumpirlos, aunque le dio un poco de curiosidad sobre uno de qué necesitaban y para qué lo querían.

—Hola. ¿Lo puedo ayudar en algo? —le dijo uno de ellos luego de saludar al otro.

—Sí, vengo a entregarle una carta al dueño del museo. ¿Es usted?

—En realidad, el museo tiene varios dueños y son todos los nietos los que lo siguen haciendo crecer —rio—, pero sí, se podría decir que soy el encargado del lugar.

—Entonces asumo que es para usted —le dijo y le extendió la carta.

El hombre abrió el sobre y comenzó a leerla. A las pocas líneas se detuvo y le dijo que, si bien la carta era para él, suponía que habían usado el museo para asegurar su entrega. En realidad, era para que la leyera con algunas personas más, así que le parecía más divertido no adelantarse y leerla por primera vez junto con todos. Le agradeció por habérsela llevado y seguido a eso le preguntó algo que no esperaba.

—¿Quiere venir a jugar un partido de fútbol hoy? Nos falta uno.

—Uh, pero hace mucho que no juego —le contestó pensando que no aparentaba estar tan lejos de su edad y un partido parecía demasiado esfuerzo para cualquiera de los dos—. Aparte estoy sin dormir porque pasé una noche horrible en el micro.

—No pasa nada, ya estamos todos grandes como para andar haciéndonos los jugadores, es para divertirnos un rato.

—Bueno, estoy —respondió con algunas dudas aplastadas por su niño interno queriendo volver a la cancha—. ¿A qué hora es? Porque realmente debería dormir un rato y todavía tengo que encontrar un lugar para quedarme.

—¡Qué bien! Gracias. Ya confirmo que completamos entonces. Es a la noche, si quiere en un rato yo me voy para casa y ahí hay lugar de sobra para que coma algo y descanse tranquilo. Tenemos más de un cuarto vacío.

—Si me lo dice así no me puedo negar.

—Genial, si prefiere esperar acá en la oficina o dejar las cosas y recorrer, siéntase libre de hacerlo.

—De hecho, eso le iba a preguntar ¿De qué se trata el museo?

—Venga, dejemos las cosas y lo acompaño así le muestro.

Guardaron la mochila en la oficina y caminaron juntos mientras le contaba la historia del lugar.

—Todos los objetos que va a observar representan el vínculo entre un abuelo o una abuela y sus nietos. Va a encontrar de todo, algunas cosas incluso con un altísimo valor comercial y otras que podrían valer centavos afuera, pero el valor sentimental que tiene cada uno es incalculable. Mire, lea cualquiera de las descripciones que están al lado, cuentan el porqué de cada niño o niña que trajo ese objeto para que formara parte del museo.

—A ver, este me gusta—ni hizo falta que se acercara mucho al vidrio para leer porque las letras estaban bastante grandes—. “La armónica del nono Manuel” —leyó en voz alta, seguido de la fecha y el nombre de quién la había dejado.

—Cuando le interese algún objeto en particular, ahí en el centro del salón hay unas carpetas con una explicación más detallada de cada uno. ¿Qué número tiene esa? —le preguntó mientras abría una y pasaba el dedo por el índice a ver si la encontraba primero.

—Setenta y tres.

—A ver… —deslizó con cuidado las hojas hasta llegar—. “Con esta armónica mi nono nos hacía dormir de muy chicos y bailar como locos desde antes de que pudiéramos caminar. Lo siguió haciendo por años y mientras tuvo aliento, siempre procuró que uno pasara por ella transformándose en canción hacia nosotros”.

Volvió a cerrarla y le contó que ahí, cada uno podía llevar algún recuerdo de sus abuelos como para rendirles un homenaje. Que no siempre era luego de su fallecimiento, sino que muchas veces, y esto era algo que a él particularmente le encantaba, lo hacían como sorpresa para luego llevarlo y mostrarle que formaban parte de un museo. Le dijo que lo acompañara a ver una y, mientras, le contó de qué se trataba.

—La abuela de esta niña era enfermera y había viajado con un grupo de voluntarios a una zona bastante alejada por más de un año. Durante todo ese tiempo se comunicaron por medio de cartas, entonces ella quiso hacerle una sorpresa trayendo la lapicera con la que había escrito todas las suyas y la última que le había mandado su abuela donde decía que iba a volver. Esa es —dijo señalando una de las vitrinas—. Se le caían las lágrimas a la nona cuando se la mostró, fue algo hermoso.

Le dijo que él iba a terminar con unos temas que quería dejar acomodados antes de irse, pero que siguiera recorriendo los demás pisos tranquilo. Ahora que sabía ubicarse con los objetos y las carpetas, no había mucha más ciencia.