Las Cruzadas: Mitos y Leyendas - Cesare Cantú - E-Book

Las Cruzadas: Mitos y Leyendas E-Book

Cesare Cantú

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Beschreibung

Las cruzadas se convirtieron en la gran gesta de la cristiandad en la Edad Media, dando lugar a un fenómeno único en la historia que cambiaría para siempre Europa y Asia.
 
En Europa, cruzarse se consideraba como una deuda con que cada uno se creía obligado respecto de Jesucristo. Millares de devotos peregrinos habían prestado juramento de no regresar a su tierra hasta que hubieran libertado Tierra Santa.
 
Así, desde que en el año 1096, en que dieron comienzo los preparativos de la primera cruzada, hasta 1270, en que terminó la octava, Europa sufrió una serie de cambio y transformaciones que prefiguran el ya cercano renacimiento, gracias al contacto con las culturas orientales y medievales.
 
En este libro ameno y entretenido, el conocido historiador italiano Cesare Cantù narra las Cruzadas desde una perspectiva europea, haciendo hincapié en las motivaciones primero religiosas y más tardes económicas que llevaron a las sucesivas Cruzadas, así como su consecuencia en la deriva de la historia europea y musulmana.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cesare Cantú

Las Cruzadas: Mitos y Leyendas

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Tabla de contenidos

Créditos

Índice

Capítulo I PRELUDIOS A LAS CRUZADAS

Capítulo II 1096-1100

Capítulo III

EL VIEJO DE LA MONTAÑA

1147-1149

SAN BERNARDO, 1091-1153

1189-1193

SITIO DE TOLEMAIDA

EMPERADORES FRANCOS EN CONSTANTINOPLA

NIÑOS CRUZADOS

1218-29

FEDERICO II

1248-1270

TENTATIVAS PÓSTUMAS

SOBRE LAS CRUZADAS

ERRORES COMETIDOS

Príncipes, Señores y Caballeros franceses que tomaron parte en las Cruzadas

Créditos

© Cesare Cantú

© Traducción Antonio Robles Udarte 2016

Diseño Cubierta: Aroa Graphics

Ilustración de Cubierta: Betrand Gaffé

ISBN: 978-1534930063

Segunda Edición Digital: Noviembre 2019

*

Está totalmente prohibida la reproducción total de la presente traducción sin el permiso expreso del editor y traductor. Se podrá distribuir libremente hasta un 10% de la obra, citando siempre la procedencia y editorial.

Índice

ÍNDICE

Capítulo I

Preludios a las Cruzadas

Capítulo II

Primera Cruzada 1096-1100

Capítulo III

Reinos Cristianos y Mahometanos en Oriente. Los Hassasin.

Capítulo IV

Segunda Cruzada 1147-1149

Capítulo V

Tercera Cruzada 1189-1193.

Capítulo VI

Cuarta Cruzada. 1202-1204.

Capítulo VII

Quinta y Sexta Cruzada 1218-29.

Capítulo VIII

Séptima y Octava Cruzada 1248-1270.

Capitulo IX

Consideraciones sobre las Cruzadas.

Apéndice

Príncipes, señores y caballeros franceses que tomaron parte en las Cruzadas.

Capítulo I PRELUDIOS A LAS CRUZADAS

CAPÍTULO I

Capítulo II 1096-1100

CAPITULO II

PRIMERA CRUZADA

D

espués los obispos y los caballeros volvieron a sus tierras, el papa Urbano y Pedro el Ermitaño continuaron excitando a los pueblos a libertar el Santo Sepulcro. No se hablaba de otra cosa que de la Tierra Santa; disponíanse todos a combatir y morir allí. La mala cosecha de aquel año parece un nuevo mandato del cielo, y todo el que habitaba en país asolado por el hambre o por bandas de ladrones, se ponía en camino confiando en la caridad de los barones; el aldeano dejaba con gusto el duro servicio de la gleba; las mujeres vendían sus alhajas para habilitar de los necesario a sus maridos y hermanos; los que nada tenían, robaban la hacienda ajena; el deudor se decidía a tomar la cruz, porque desde entonces cesaban los intereses y no podía procederse contra su persona; los malhechores abandonaban sus guaridas, encontrándose seguros a la sombra de la cruz; aldeas enteras, las provincias se levantaban en masa con mujeres, ancianos y niños, de suerte, que los curas y los obispos tuvieron que seguirlos para no quedar en calidad de pastores sin rebaño; y se vieron obligados a hacer lo mismo todos aquellos a quienes la paz que se había intimado, quitaba la ocasión de ejercer su valor. Asia, tierra nueva, ofrece en perspectiva a las imaginaciones y a la ambición, riquezas, reinos, dignidades. El seglar que abandona la corte del rey, la bandera del proletario, el castillo de sus padres, va a buscar allí venturas y feudos. Deja el monje su celda, el sacerdote su curato o la esencia para correr a las diócesis, que reunidas a la Iglesia les ofrecerían prebendas y obispados. Todos recordaban los recientes ejemplos de aventureros que habían debido una gran fortuna a su espada, como los normandos en Pulla, Guillermo el Bastardo en Inglaterra, Enrique de Borgoña en Portugal. Y en efecto, ningún rey tomó parte en la primera expedición, sino gentes que aspiraban a conquistar reinos.

No obstante, el sentimiento que animaba a la mayor parte de los cruzados, era realmente piadoso, una especie de fanatismo, si se prefiere llamarlo así. El que tome mi cruz es digno de mí se repetían unos a otros, y abandonaban comodidades, parientes, el conjunto de afectos que abraza el nombre de patria para ir a libertar el gran sepulcro de Cristo. Salían religiosas de su tranquilo retiro para exponerse a los peligros, en medio de una multitud desenfrenada. Ermitaños envejecidos en las cavernas, artesanos curtidos en el taller, van a adquirir las indulgencias prometidas por el papa. Imprímense sangrientas cruces en los delicados miembros o en lo que no lo son. Venden los barones sus tierras a vecinos menos devotos, o las regalan a las iglesias. Quieren acudir a donde les llaman los prodigios, a donde les impulsa la sombra de Carlomagno, que se ha mostrado en Aquisgrán para animarlos a libertar la tierra que ultrajan perros, donde Cristo murió, donde ellos anhelan también morir. Mezcla extraña de naciones, de sexos, de edades, de vestidos; la prostitución al lado de la austeridad cenobítica, la ferocidad a la par de la mansedumbre, el fausto enfrente de la miseria, el sonido de las trompetas aunándose a las salmodias devotas y a los gritos de ¡Dios lo quiere! Dios lo quiere, él proveerá, así, la prudencia, la precaución, serían cobardía o señal de poca fe. Ignoran el camino, y no obstante no se proporcionan un guía, repitiendo con Salomón: «Las langostas no tienen rey, y no obstante van juntas en bandas.» O bien con el Evangelio: «¡Maldito sea aquél que lleva en viaje una alforja y pan! ¡Maldito el que pone la mano en el arado y mira hacia atrás!»

LA MUCHEDUMBRE

El concilio de Clermont había fijado para la partida el día de la fiesta de la Ascensión siguiente; era la estación en que por lo común se emprendían las expediciones al salir del campo de Mayo. Pasose el invierno en preparativos y en animarse recíprocamente; apenas asomó la primavera cuando no pudieron contenerse. Iban a millares, sin orden, sin provisiones, sin dirección, buscando a Jerusalén, oponiendo a todos los cálculos de la previsión humana su confianza en los infalibles milagros; a todas las razones, decían: ¡Dios lo quiere! Acudían animados por una única voluntad, desde la turbulenta Alemania, desde la dividida Inglaterra y desde la facciosa Italia. El habitante del país de Gales abandonaba sus selvas abundantes en caza; el escocés sus haraposos y sucios compatriotas; el danés la embriaguez, el noruego sus pescados crudos; hasta los españoles olvidaban que tenían aquellos enemigos dentro de su territorio para ir a buscarlos allende el mar. Algunos hierran los bueyes, cargan en carretas a los niños y a los ancianos, y se ponen en camino en desordenadas filas, precedidas por una cruz, y repitiendo en voz baja el Vexilla regis; y a cada bicoca que se ofrece a lo lejos a sus miradas, se informan de si es aquella Jerusalén.

Había procurado prudentemente el papa moderar aquel ardor, mandando que solo pasasen a Oriente aquellos a quienes su sexo y edad se lo permitiera: los ancianos, los enfermos y niños debían contribuir a la expedición con limosnas y oraciones; no debían ponerse en camino las mujeres sino acompañadas de sus maridos o de sus hermanos; debían esperar los monjes y los eclesiásticos el consentimiento de los prelados; los mismo seglares debían proveerse de la licencia y bendición de sus obispos, pero esto era pretender detener el torrente a la mitad de su descenso de los Alpes.

Pedro, a la cabeza de todos, persuadido en su celo ciego, en su indomable voluntad de que un impetuoso choque, secundado con oraciones, bastaría a vencer a cualquier enemigo que fuera, partió de las patrias riberas con una innumerable multitud capitaneada por Gualtero Sin nada, hombre sin experiencia, y que no era obedecido, aumentándose sucesivamente sus secuaces hasta el número de cien mil que proseguían su camino subsistiendo de limosnas, que encontró hasta que hubo atravesado Alemania, pero llegado que hubo al Danubio y a Moravia, encontró a los húngaros y a los búlgaros dispuestos a defender sus recientes patrias contra este torrente devastador. Cuando se encontró, pues, esta turba indisciplinada en deber de obtener víveres por fuerza, las gentes del país se encerraron en las ciudades con provisiones de todas clases, o cayeron sobre los cruzados, quienes, desprovistos de armas, hambrientos y en desorden, fueron descollados. Llegó Pedro a Constantinopla con un pequeño número de hombres extenuados, y Alejo Comneno le hizo una a acogida benévola, pero le invitó a detenerse hasta la llegada de los caballeros.

Entretanto, el sacerdote Gotescalk había reunido por su parte cerca de veinte mil cruzados, quienes habiendo penetrado con no menos desorden en Hungría, fueron allí asesinados de una manera pérfida. Una turba peor todavía se juntó a las órdenes del sacerdote Wolkmar, y el conde Emicon, a las orillas del Rin y del Mosela, se adelantó devastando todo aquel territorio; como les pareciese justo que una guerra emprendida para vengar los ultrajes hechos al Hijo de Dios, empezase con el castigo de aquéllos que le habían crucificado, degollaron a todos los judíos a quienes pudieron echar mano a lo largo de aquellos dos ríos, a pesar de los esfuerzos de los obispos para salvarlos. Furiosos con la sangre y el botín se pusieron en busca de los sarracenos, tomando por guía a un ganso o a una cabra, a los que seguían por montes y vallados según el instinto que los impulsaba. Pero los búlgaros y los húngaros, contra quienes se disponían a ejercer las mismas violencias, les trataron de modo que pocos llegaron a Constantinopla.

Estos diferentes restos, a los cuales se unieron los pisanos, venecianos y genoveses, formaron un total de cien mil hombres. Dóciles en un principio al recuerdo de los males sufridos, no tardó la opulencia de la ciudad imperial en despertar en ellos la sed del botín; así fue que Alejo se tuvo por dichoso con poderlos embarcar y trasladar al otro lado del Bósforo. Acampados en derredor del golfo de Nicomedia, hacían excursiones que iban acompañadas de robos y excesos capaces de infundir horror a la naturaleza; además combatían entre sí por avaricia, por celos de nación a nación, por odio ciego, hasta que alguna banda de turcos les atacaba y les mataba gran número de gentes.

Comenzaron así los musulmanes a despreciar a los que les habían hecho temblar, y los griegos a odiarlos. Los mismos cruzados empezaron a perder la confianza que tenían de la asistencia del cielo, cuando no vieron ninguna columna de fuego precederles, ni maná caer para alimentarlos, ni querubines para destruir a sus enemigos. Los que se libraron de la muerte, se dispersaron, deseosos unos de volver lo más pronto a su patria, y encaminándose solitarios los demás a Jerusalén. Con respecto a Pedro que ya no era venerado ni creído, después de haber declamado en vano contra aquella turba de asesinos y de bandoleros, fue a ocultarse en Constantinopla, y no figuró más en una expedición que había sido el principal motor con su palabra.

EL EJÉRCITO

El extermino de trescientos mil cruzados no desalentó a los que mejor avisados habían hecho para esta empresa los preparativos necesarios bajo la dirección de valerosos capitanes. En el ejército del Norte diez mil jinetes y ochenta mil infantes de Flandes y Lorena ( Ostría) se dirigieron a Constantinopla atravesando el Danubio. A su cabeza se hallaba Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lorena, cuyo abuelo se había casado con Beatriz de Este, madre de la condesa Matilde de Toscana. En el conflicto entre la Iglesia y el Imperio, Godofredo, como leal vasallo, había obedecido el edicto de Enrique IV, y llevando el estandarte del Imperio contra los partidarios del papa, que protegía la bandera de Matilde, lo enarboló sobre el baluarte de Roma, después de haber matado con el palo a Rodolfo, rey de los sacerdotes. En expiación del apoyo dado al cisma y al antipapa Anacleto, se había hecho cruzado, y bajo sus órdenes estaban ochenta mil infantes y diez mil caballos. Con él se hallaban sus hermanos Eustaquio de Bolonia y Balduino; otro Balduino de I Bourg, su primo, y un tercer Balduino, conde de Hainaut; Roberto II, conde de Flandes; Guamero, conde de Gray; Conon de Montaigú, Cudon de Contz, Enrique y Godofredo de Hache, Gerardo de Cherizy, Reinaldo y Pedro de Toul, Hugo de San Pablo y otros muchos.

El segundo ejército del centro se componía de neustrianos, esto es, de francos, normandos y borgoñones, a quienes mandaban Hugo de Vermandés, hermano del rey de Francia, Esteban de Blois y de Chartres, y Roberto de Normandía, hijo de Guillermo el Conquistador, que había dado su provincia en prenda a su hermano para proporcionarse dinero. Estos, bajando por Italia, pasaron el invierno en Pulla donde d normando Bohemundo, príncipe de Tarento e hijo de Roberto Guiscardo, dejando el sitio de Amalfi, tomó la cruz, fue imitado por Ricardo, príncipe de Salemo, y por el más célebre de todos, citado como modelo de caballeros, Tancredo, quien después, de haber permanecido por lo largo tiempo en la inacción, viendo cuán en oposición se hallan las máximas del mundo con las máximas del Evangelio, fue al fin impulsado a obrar por el grito de las cruzadas. También se dirigieron a Constantinopla atravesando el Adriático y la Grecia.

El tercer cuerpo, romano, galo y godo, esto es, compuesto de aquitanos, provenzales y tolosanos, más civilizados que leales y valientes, estaba mandado por Raimundo, conde Tolosa, que en unión del Cid había combatido contra los moros de España, y por Ademar, guerrero obispo de Puy y legado pontificio, estos entraron en la Dalmacia pasando los Alpes y el Friul.

Eran adalides ya afamados por sus hechos de armas, y mandaban a hombres aguerridos, acostumbrados a la disciplina, bien equipados, provistos de víveres y de guías. A su aproximación el emperador griego se aterró, y Ana Commeno, su hija, nos revela el terror que le inspiraba «aquella raza de bárbaros habitando el Occidente hasta las columnas de Hércules, que levantados en masa compacta, se abren violentamente un paso al Asia.» Apenas el ejemplo de Homero le da valor para repetir los toscos nombres de gentes que «no entendían el griego, y cuando se les rogaba en esta lengua que no maltrataran a hombres de la misma religión, respondían a flechazos. Están armados con ballestas, arco bárbaro inventado por el demonio para pérdida del hombre y hecho diversamente. Con efecto, para dispararlo es preciso sentarse, apoyar los pies en la madera y tirar de la cuerda con ambas manos. Salían de un tubo pegado a esta cuerda flechas que atravesaban los escudos, las estatuas de bronce, las murallas de las ciudades».

Alejo, que a pesar de todo había provocado la expedición, y que conociendo cuán necesaria le era, hubiera podido secundarla con todo su poder, y aspirar, haciéndose jefe de ella, a consolidar su trono al mismo tiempo que hubiera adquirido inmortal gloria, puso embarazos a las marchas de los guerreros de Occidente desplegando astucia para no incurrir en su enemistad. Negó víveres a los cruzados, quienes se pusieron a talar el país, ínterin en que no disfrutaron de abundancia. Finalmente, con objeto de tener rehenes detuvo a Hugo, conde de Vermandés, que había naufragado. Pero Godofredo devastó la Tracia hasta que le prometió soltar a su prisionero; sin embargo, no se decidió a ello sino después de haber obligado a Hugo a que le jurara fidelidad y obediencia. Pretendía que Godofredo le prestase igual juramento, de modo que se estuvo a punto de venir a las manos. Bohemundo, que no había acudido por motivo religioso, sino por ambición, y que habiendo combatido anteriormente con su padre a los Comnenos en Durazzo, había visto temblar al Imperio delante de trescientos guerreros, insistía en asaltar a los griegos y expulsarlos. Pero Godofredo, lejos de consentir en ello, llegó hasta prometer a Alejo restituirle todo lo que recuperara del territorio del antiguo imperio sobre el enemigo. Tanto hizo este monarca con sus halagos y a fuerza de astucia, que arrancó a los príncipes de Occidente el juramento de fidelidad, a pesar del disgusto que experimentaban a causa de aquella política astuta y del alarde amenazador con que disimulaba el emperador su impotencia. Bohemundo, que persistía en negarle homenaje, exclamó entrando en un salón de palacio, y al aspecto de las riquezas de que estaba atestado: «Si estas divinidades fueran mías, en breve hubiera conquistado ciudades y reinos»; poco después todos estos tesoros fueron enviados a su tienda, y entonces él mismo prestó juramento, aunque sin intención de cumplirlo.

En verdad, aquellas riquezas, la molicie y los artificios eran un jardín de Armida para los cruzados; tanto que el intachable Tancredo se alejó despechado sin querer jurar y seguido de un escaso número de compañeros.

Por último, Alejo hizo trasladar los guerreros de la cruz al otro lado del Bósforo. Cruzaron la Bitinia, donde se les incorporaron los dispersos restos de los ejércitos de Pedro, de Gotesclaky de Emicon. Su número ascendió entonces a cien mil jinetes armados completamente y a trescientos mil infantes con armadura entera; pero no eran menos de seiscientos mil contando la turba de mujeres, de niños, de ancianos, de monjes y de gentes de servicio. Semejante ejército no estalla dirigido por un jefe único. Teniendo cada nación sus armas, sus banderas, su disciplina, obedecía a jefes distintos, y cada cual peleaba con arreglo al sistema militar que mejor conocía. Las máquinas de guerra estaban construidas por los genoveses y los písanos, cuyas escuadras, después de haber pasado a los cruzados al otro lado del mar, mantenían la abundancia en su campo.

El gran imperio seljucida, fundado por Seleuco y consolidado en toda el Asia occidental por el gran Malik Shah (Yalaledín) se había desmembrado a la muerte de este último. Soldanes y emires seljúcidas residían en Alepo, en Damasco, en Antioquía, en Mosul, tributarios de Persia (1053), donde reinaba Barkiarok, hijo de Yalaledín. Otro imperio había sido formado en la Siria propiamente dicha, al oeste de la cordillera del Líbano y del Carmelo, país que los cruzados siguiendo la pronunciación de los griegos llamaron Siria, por los turcos ortocidas, a quienes Malik Shah había abandonado Jerusalén (1082); pero Al-Mostalí, noveno califa fatimita del Egipto, les había expulsado de Palestina y de la ciudad santa (1094).

SOLIMÁN

El más poderoso de los Seljúcidas era entonces Solimán, hijo de Kutulmish que había muerto en batalla contra Alp-Arslan (1064). Solimán se aprestaba a hacer la guerra a los hijos de éste, cuando el califa le persuadió a que conquistara más bien las provincias pertenecientes al imperio romano, desde Erzerum hasta Constantinopla. En breve la caballería ligera de los turcos se lanzó hasta la Frigia y las orillas del Helesponto. Solimán, cuya asistencia fue reclamada por los griegos en medio de sus discordias, tuvo así entrada en el Asia Menor, o Anatolia, y se hizo dueño de ella (1073), quitando al imperio griego todas las posesiones asiáticas que tenía en tierra firme, y extendiéndose desde Laodicea de Siria hasta el Bósforo de Tracia, y desde las fuentes del Éufrates hasta el Asiático. Esta fue la pérdida más grave que experimentó la Iglesia desde las primeras conquistas de los musulmanes; allí desapareció con el cristianismo todo lo que quedaba de las ponderadas riquezas y de la docta civilización de la antigua Lidia. El sultán estableció su residencia en Nicea, capital de la Bitinia, a cien millas de Constantinopla, donde fueron profanadas las iglesias y ultrajados los sacerdotes; no permitiéndose el ejercicio de la religión cristiana sino mediante un tributo, y miles de hombres fueron circuncidados y otros tantos reducidos a la condición de eunucos.

Antioquía, situada en una deliciosa llanura de la Celesiria, con una población de doscientos mil habitantes entre sirios, armenios, árabes, egipcios y griegos, y con una guarnición de siete mil jinetes y veinte mil infantes, resistió mucho tiempo hasta que la traición abrió sus puertas a Solimán (1074), a quien se sometieron también Laodicea y todas las ciudades hasta el territorio de Alepo. Así el Asia Menor, la Cilicia y la Armenia formaron un Estado compuesto de territorios quitados a los romanos, y que por este -motivo fue llamado Sultanato de Rum .

A Solimán, apellidado el campeón sagrado a causa de sus victorias sobre los cristianos, había sucedido (1092) su hijo Kilige-Arslan (espada de león), educado en medio de los disturbios civiles, y prisionero largo tiempo en una fortaleza del Jorasán de Malik Shah. Asaltado este intrépido guerrero por los cruzados, reunió las fuerzas del islamismo en Nicea, ciudad situada junto a un lago, rodeada de anchos fosos y de dobles muros coronados de trescientas setenta torres. Fue sitiada por los cruzados en número de cien mil jinetes y de ciento cincuenta mil infantes, que para formar las empalizadas suplían la falta de piedras con los huesos de sus hermanos de armas caídos bajo las cimitarras de los turcos (20 junio de 1097). Iba a sucumbir Nicea bajo sus esfuerzos, cuando vieron al estandarte de Alejo flotar sobre sus baluartes. A semejanza del cuervo que sigue el rostro del león en busca de alimento, había ido detrás y tratado aisladamente con los turcos, arrancando así a los latinos el fruto de la sangre vertida.

Después de haber exhalado la cólera que engendró en ellos esta nueva deslealtad y de haber descansado algo, volviéronse a poner los cruzados en camino. Pero la perfidia de los guías griegos, la sed, la dificultad de los caminos, los incesantes ataques de doscientos mil guerreros mandados por Killgerslan, hacen extremadamente penosa su marcha a través de Frigia y Siria. Perecen los caballos de fatiga, los jinetes se ven reducidos a caminar a pie con su pesada armadura, o a montar en asnos y bueyes, mientras que se cargan los equipajes con cameros, cabras, cerdos y perros. Apenas cesaron estas fatigas, y cuando muchas ciudades habían abierto ya sus puertas a los soldados de Cristo, se despertó entre ellos la discordia al hacer el reparto de las conquistas que aún no estaban seguras. Balduino, hermano de Godofredo, lleno de mundana codicia, se apoderó de Edesa a la cabeza de cien jinetes, ayudándole los cristianos que habitaban en aquella ciudad; y olvidando a Jerusalén, fundó allí el primer principado cristiano, independiente, extendido por toda la Mesopotamia y por las más ricas provincias de la Antigua Asiria.

Proseguían los demás cruzados su empresa, pero descuidando desgraciadamente establecer colonias y fortificar las ciudades, con objeto de cubrir su retaguardia y asegurar sus comunicaciones con Occidente. Después de haber subido el Tauro con crueles fatigas descubrieron la risueña Siria, y Antioquía, pupila de ésta, en otro tiempo la metrópoli de ciento cincuenta y tres obispados, cuyo recinto encerraba trescientas sesenta iglesias y cuatrocientas cincuenta torres. Los cruzados, la sitiaron, pero pronto tuvieron que luchar contra el hambre y el rigor del invierno; tenían cortada toda comunicación con el mar, y de setenta mil caballos con que habían llegado, se vieron reducidos a dos mil (1098). Una terrible epidemia vino a aumentar tantos males, y los cristianos desanimados se retiraban aquí y allá, mientras que los que quedaban asociaban estas miserias a las voluptuosidades mas indignas de los soldados de Cristo. La embriaguez y la deshonestidad desafiaban los castigos con que se esforzaban los jefes por reprimirles. Habiendo el sultán de Egipto enviado a ofrecer el libre paso para Jerusalén a todo el que quisiese ir allí sin armas, no se admitieron sus proposiciones. El feroz Bohemundo hizo tostar en el asador a varios turcos, haciendo extender la voz de que los príncipes comían de esta manera a los espías de los enemigos, con objeto de espantar a los que frecuentemente se introducían en el campo.

TOMA DE ANTIOQUÍA

Una flota que llegó de Italia con máquinas y víveres dio algún consuelo a los sufrimientos de los guerreros cristianos. Recobraron valor, y secundados por un renegado llamado Pirro, llegaron por fin a plantar la cruz en las torres de la reina de Oronto (3 junio) Pero apenas hubieron entrado en ella, cuando se encontraron sitiados por innumerables bandas de sarracenos bajo el mando de Kerboga, sultán de Mosul, al cual se habían reunido los de Nicea, Alepo y Damasco, el gobernador de Jerusalén, veintiocho emires de Persia, Siria y Palestina, con trescientos mil hombres. Faltando todo entonces a los cristianos, extenuados por las fatigas que habían sufrido anteriormente, perdieron del todo su valor. Alejo, que se había puesto en marcha para acudir en su ayuda se volvió, desde el camino, y ya los sitiados habían entrado en parlamento con Kerboga para rendir la plaza con sola la condición de que podrían retirarse sanos y salvos.

Pero un longobardo que había dormido durante la noche en una iglesia de Antioquía, vio en sueños a Cristo encolerizado contra los cruzados, acceder a los ruegos de su madre y prometerles la victoria si volvían a la virtud. Después el apóstol San Andrés se presentó a un sacerdote de Marsella llamado Pedro Bartolomé, indicándole el lugar donde se encontraba enterrada la lanza con que Jesucristo había sido herido. Acudieron a cavar en el paraje designado con una ansiedad fácil de suponerse; encontróse por fin la reliquia milagrosa, y pronto estallaron los aplausos y sollozos del pueblo, que siempre tiene necesidad de creer en alguien y en alguna cosa. El grito de ¡Dios lo quiere! resonó con la misma confianza que en otro tiempo; y después de una noche pasada en oraciones y actos de contrición, precedidos los cristianos con la santa lanza, se precipitan sobre el enemigo en doce cuerpos, en recuerdo de los doce Apóstoles, Legiones de ángeles y santos combaten por ellos y les ayudan a exterminar a los musulmanes (28 junio). Una abundancia nunca vista, inauditas riquezas, armas y confianza volvieron a presentarse entre los cristianos, dejando a los circuncidados el desorden y el desaliento. Tan prodigiosa pareció la victoria que trescientos musulmanes se convirtieron, y fueron proclamados por las ciudades de Siria al Dios de los cristianos.

Hubiera convenido aprovechar este ardor para marchar sobre Jerusalén; pero la prudencia sugirió diferirlo para juntar provisiones y aguardar refuerzos, lo cual fue una desgracia. La epidemia diezmó a los cristianos, y el obispo Ademar se contó entre el número de las víctimas, en las expediciones parciales tentadas entonces quedaron reducidos, según dice un cronista, a alimentarse no solo con la carne de los turcos, sino hasta con la de los perros. Bohemundo que después de haber aspirado vanamente a apoderarse de Constantinopla, se había consolado haciéndose príncipe de Antioquía, perturba con su ambición el campamento, no cuidándose ya de la expedición, porque sus proyectos habían tenido el resultado apetecido, aspiraban a disgustar de ella a los mismos cruzados, quienes se dispersaban por todos lados para ir a visitar a sus compañeros de armas, residentes en las ciudades sometidas.

Al asomar la nueva estación, Tancredo, Raimundo de Tolosa, Roberto de Normandía, se arrancaron de aquel imprudente reposo para adelantarse sobre Jerusalén (1099); seguíanles los demás tomando de paso algunas ciudades, cada una de las cuales se convertía en una manzana de discordia entre los príncipes que pretendían quedar soberanos de ella.

Como se habían convenido en que pertenecerían a aquel que plantara allí antes que nadie su bandera, se porfiaba sobre quien se lanzaría delante de los demás, subiría primero a la I brecha y aventajaría a sus competidores.

Al cruzar el territorio de Berito, de Tiro y de Sidón, recibieron los cruzados víveres de los musulmanes, a fin de que respetaran los jardines; el emir de Tolemaida, prometió bajo juramento entregarles la plaza luego que se hubieran apoderado de Jerusalén. Establecieron un obispo y sacerdotes en Lidda, donde San Jorge había recibido el martirio, entonces Tancredo enarboló la cruz sobre los muros de Belén, a la hora en que nació Cristo. Cuando los guerreros de la cruz se hubieron reunido para ir a poner asedio delante de la ciudad santa, reconocieron que habían parecido más de doscientas mil personas. Muchos habían tomado la vuelta de Occidente o se habían detenido en diferentes ciudades, de tal suerte, que sólo marcharon sobre Jerusalén unos cincuenta mil hombres.

A medida que se aproximan, se reanima el antiguo entusiasmo, enmudecen las antiguas enemistades; y cuando desde la altura de Emaus descubren la ciudad de Cristo y de los profetas, el grito de ¡Jerusalén! ¡Jerusalén! vuela en las filas de boca en boca; todos se postran de hinojos para dar gracias a Dios, o se inclinan para besar la tierra, pisada quizá por los pies de los patriarcas o por los del Redentor. El uno implora perdón, el otro llora sus pecados, y todos repiten el grito de Dios lo quiere.

SITIO DE JERUSALÉN

Inmediatamente empezó el asedio, aunque los latinos no tenían entre todos más que veinte mil infantes y mil quinientos jinetes, a la par que Jerusalén estaba defendida por sesenta mil guerreros mandados por el emir Ifjkar en nombre del califa fatimita de Egipto. Aquí empiezan las fatigas cantadas por Torcuato. A la resistencia del enemigo se juntaron los horribles padecimientos de la sed, la escuadra genovesa, que llevaba víveres, fue en gran parte cogida e incendiada; faltó dinero para pagar a los operarios ocupados en los trabajos del sitio, también faltó madera, pero no el valor. Hasta los barones se pusieron a trabajar en las trincheras y en las minas; concluidas éstas se mandó ir en procesión a los lugares más memorables de aquellas cercanías, como Josué alrededor de Jericó, pidiendo cada cual el perdón de sus pecados para merecer entrar en la ciudad santa; y Tancredo y Raimundo, enemigos irreconciliables, se perdonaron y se abrazaron a la vista del monte de la Redención.

Habiéndose dado entonces el asalto general, los cruzados se apoderaron de Jerusalén el viernes 15 julio de 1099 a las tres de la tarde, hora en que Jesucristo había expirado. Todos los horrores de una ciudad tomada por asalto vinieron a manchar aquel triunfo, y fueron pasadas a cuchillo sesenta mil personas, tanto judíos como musulmanes; fue tal la matanza, que los cristianos caminaban sobre sangre hasta el tobillo; pero apenas llegaron aquellos furiosos al Santo Sepulcro, cuando se les caían las armas de las manos, y postrados en tierra se daban golpes de pecho derramando lágrimas de ternura y de arrepentimiento. Todo el que había colocado una cruz, una bandera, y otro cualquiera signo sobre un palacio o una torre, era considerado como dueño de aquel edificio, y nadie hubiera osado penetrar allí, mientras todo lo demás era entrado a saco. Las riquezas conquistadas fueron repartidas entre los vencedores, y se reservó una gran porción de ellas a los pobres, a los huérfanos y a las iglesias. El generoso Tancredo, que se había opuesto vanamente a la matanza, plantó su bandera sobre la mezquita de Omar, y encontró allí inmensos tesoros, entre ellos veinte candelabros de oro, ciento veinte de plata, una lámpara magnífica y otros muchos ornamentos de gran precio que distribuyó liberalmente.

Limpia Jerusalén de cadáveres, cambió de religión y de estado, reconociendo luego los francos la necesidad de consolidar su reciente dominación, resolvieron restaurar el trono de David para que lo ocupara un rey. Su elección unánime recayó en Godofredo, quien en el curso de la expedición se había distinguido por su valor y piedad. Juró sobre el Santo Sepulcro respetar el honor y la justicia, aunque rehusó ceñirse la corona real donde Jesucristo la había llevado de espinas.

Tan grande fue el júbilo de toda la cristiandad al recibir la nueva de esta conquista gloriosa, que sirvió de aflicción a los musulmanes. Por todas partes preceptuaron ayunos en señal de penitencia, y Modaffer-Abuverdy se lamentaba en esta forma:

«Nuestras lágrimas se han mezclado a nuestra sangre, y ni una parte de nosotros mismos ha quedado intacta de resultas de los nuevos golpes del enemigo.

»¡Oh, infelices de nosotros si las lágrimas llegan a reemplazar a las armas, cuando la guerra siembra su furor y su incendio!

»¿Cómo es posible que el párpado cubra el ojo, cuando descalabros semejantes al nuestro despertarían a aquel que durmiera profundamente?

»En Siria vuestros hermanos no poseen más que la espalda de sus dromedarios o las entrañas de los buitres para hallar reposo.

»Los francos les tratan como a viles esclavos y permanecéis en una muelle indolencia como gentes que están completamente seguras.

»¡Cuánta sangre se ha derramado! ¡Cuántas mujeres están reducidas a no tener para cubrir sus encantos más que sus brazaletes!