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Carrión cuenta la maduración existencial de una mujer que, desde su intimidad más inconfesable, narra desesperadamente su educación sentimental y las posibilidades que la sociedad hipócrita le permite escoger, que son bien pocas, para realizarse como mujer. La obra supone un conocimiento profundo de la psicología femenina, de los efectos interiores que produce la evolución física de la mujer, de las transformaciones de su cuerpo y el mundo íntimo de sus deseos, reacciones, miedos y retos. Victoria, la protagonista, que durante la infancia y la adolescencia adquirió una especie de fobia al sexo, debido a la equivocada educación de sus padres, se casa con un hombre que no despierta en ella ningún deseo físico, y de quien no está realmente enamorada. Así, cuando, tiempo más tarde, conoce a un hombre que despierta todo aquello que no ha sentido antes, se entrega a él sin condiciones.
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Seitenzahl: 941
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Miguel de Carrión
Las honradas
Edición de Ángel Esteban y Yannelys Aparicio
Introducción
Esta edición
Bibliografía
LAS HONRADAS
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Créditos
A nuestra amiga Lucía
Las primeras décadas del siglo XX son, por así decirlo, una etapa de relanzamiento de la literatura cubana. Instaurada la república en 1902, Cuba no desarrolló una obsesión por separarse culturalmente de la antigua metrópoli, porque en su acercamiento a los problemas de búsqueda de la identidad había un escollo que le resultaba más molesto: la injerencia cultural que, junto con la política, ejercían los Estados Unidos. Además, nunca en la isla se incubaron unos sentimientos antiespañolistas como los de México, Chile o Argentina en las primeras décadas del siglo XIX. En Cuba, la conexión cultural e identitaria con la Península ha sido siempre armónica. El principal punto de cuestionamiento de la literatura cubana del principio del siglo XX tuvo que ver más bien con la muerte temprana de los dos escritores más relevantes del modernismo, José Martí en 1895, y Julián del Casal en 1893. Martí murió, mártir de la causa independentista, al comenzar la guerra, con cuarenta y dos años, y Casal cuando rondaba su tercera década. Ninguno vio el comienzo del siglo ni la independencia de su país, y aquellos escritores relevantes, que sí la vieron, anduvieron en muchos casos, como Enrique José Varona, enzarzados muchas veces en disputas políticas que ensombrecieron su labor literaria. Además, también en fechas parecidas a las de los próceres mueren Juana Borrero y Carlos Pío Urbach, y quedan como promotores de la lírica cubana unos cuantos poetas menores, como Bonifacio Byrne y Federico Urbach, o bien los más jóvenes Javier Pichardo o René López. Es sintomático que la más famosa antología de la época, Arpas cubanas, de 1904, fuera nada más un testimonio de una gran «penuria poética» (Boti 1985: 132). Y no hay una lenta recuperación del panorama poético isleño hasta bien entrada la siguiente década, con los Arabescos mentales (1913) de Boti, Ala (1915) de Agustín Acosta o Versos precursores (1917) de Poveda.
De ese modo, el modernismo cubano, que se vio algo diluido por la desaparición temprana de sus dos máximos exponentes, tuvo sin embargo un largo recorrido en los epígonos de las primeras décadas del siglo XX, y el costumbrismo y el naturalismo en la narrativa, que en muchos países latinoamericanos y europeos comenzaron a decaer en los primeros años del mismo siglo, en Cuba, es precisamente en esa época cuando alcanzan su esplendor. Por eso, las manifestaciones vanguardistas, en la literatura en particular, y en el arte en general, llegaron casi a finales de los años veinte, cuando en Europa se observaba ya un cansancio de ciertas actitudes contestatarias y obsesionadas con la novedad y la originalidad extremas. En ese sentido, la obra de Carrión se instala perfectamente en un momento en que la isla vive todavía de la literatura decimonónica, y sus obras, por lo tanto, van a participar de la visión costumbrista y naturalista propia de ese momento en ese lugar concreto. Para tener un contraste obvio, recuérdese que las obras más famosas de Carrión son escritas y publicadas más o menos cuando en Europa están apareciendo el Ulises de Joyce, En busca del tiempo perdido de Proust o las narraciones más afamadas y extrañas de Franz Kafka. Por el contrario, en Cuba puede rastrearse nada más la pauta propuesta por la literatura realista de influencia española o francesa, sobrepasada en muy pocos casos, como el del relato alegórico de Esteban Borrero Echeverría, de 1905, titulado «El ciervo encantado», sobre la intervención norteamericana en la isla. Lo corriente fue la línea realista, protagonizada sobre todo, además de Carrión, por Carlos Loveira, Jesús Castellanos, José Antonio Ramos o, en menor medida, Alfonso Hernández-Catá.
Habanero, nacido el 9 de abril de 1875, terminó su bachillerato en 1890. Se matriculó en la Escuela de Derecho, pero la abandonó al estallar la guerra de Independencia en 1895, porque se encontraba involucrado en actividades contrarias a los intereses de la metrópoli. Debido a ello tuvo que exiliarse a los Estados Unidos durante el conflicto bélico, pero volvió cinco años después de la terminación de la guerra, cuando ya se había instaurado la república. Precisamente en el año de 1903, casi recién llegado, ganó por oposición una plaza de maestro de enseñanza primaria, en la que permaneció trabajando solo un año. También 1903 es el momento en que vieron la luz las primeras publicaciones literarias de Carrión: en concreto su primera novela, El milagro, y sus cuentos «La última voluntad», «El doctor Risco», «En familia», «De la guerra» e «Inocencia». Además, ese año fundó la revista Cuba Pedagógica, cuya labor didáctica fue continuada el año siguiente por otra revista, La Edad de Oro, de resonancias martianas, dirigida igualmente a los niños. Al año siguiente contrajo matrimonio con Lucía Rivero en la misma iglesia donde había sido bautizado, la de Monserrate, que luego acogerá alguna de las bodas de sus novelas, como la de Alicia en Las honradas, y es además la iglesia donde la familia de Victoria y Alicia suele asistir a la misa dominical. En 1905 ingresó en la Asociación de Biología, y tres años más tarde se licenció en Medicina y comenzó a figurar como miembro de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana. En 1906 publicó el texto escolar Estudios de la naturaleza.
A comienzos de la segunda década del siglo obtuvo la Ayudantía Facultativa del Departamento de Rayos X, que pertenecía a la Escuela de Medicina, y allí trabajó durante tres años, a partir de los cuales se integró en la Asociación Cubana de Beneficencia. En 1912 publicó, dentro de su actividad como médico, el libro Los cálculos renales y su naturaleza. Dos años más tarde nació su única hija, María Antonia. En 1917 fue nombrado, por oposición, catedrático de Educación Física, Juegos y Deportes, y también catedrático de Anatomía, Fisiología e Higiene de la Escuela Normal. Fue precisamente en esa época en la que escribió y publicó sus obras más importantes: Las honradas (1917) y Las impuras (1919). Por esos años también escribió el resto de su obra literaria, parte de la cual no vería la luz hasta después de su muerte, quedando inconclusas sus novelas El principio de autoridad, de la que habían aparecido algunos capítulos en la revista Azul y Rojo, y La esfinge, escrita en 1919 y publicada en 1961. En 1919 fue nombrado subdirector del periódico La Lucha. En 1921 y 1922 trabajó en el Secretariado de Instrucción Pública y Bellas Artes. Se afilió al Partido Popular Cubano y fue candidato representante por la Provincia de Oriente, en 1922, e ingresó en la masonería. Volvió a ejercer su cátedra al año siguiente, y fue nombrado secretario de la Escuela. En 1924 publicó el relato corto «Noche Buena», y en 1925 fue nombrado redactor del Heraldo de Cuba. Al año siguiente pasó a ser director de la Escuela Normal, y también obtuvo el nombramiento como miembro de la Academia de Artes y Letras. Murió en 1929, dejando en preparación varias obras, como Julián Curiel,El amor legal,Brother y Amor y muerte, cuyos fragmentos no se conservan. Como periodista, también ostentó algunos cargos, como director de Azul y Rojo en los primeros años del siglo, subdirector de La Lucha o redactor del Heraldo de Cuba.
El escritor cubano pone en sus obras la mirada sobre el tipo de moral burguesa de las primeras décadas del siglo XX, y proyecta sus estudios en torno a la mujer, y, en general, al sexo y sus consecuencias en las relaciones humanas, desde un punto de vista que se acerca a las nociones en boga en aquel momento. Recuérdese que en 1900 se publica, con enorme éxito en todo el ámbito occidental, la obra más conocida de Freud, La interpretación de los sueños, aunque también hay una cierta atracción en el cubano por el positivismo de Comte y, por supuesto, la novela Naná de Zola, con sus ambientes sórdidos y de bajos fondos de la vida citadina. Su visión general de la sociedad, que aparece igualmente en su producción periodística, es pesimista, escéptica y amarga, con una ironía fina que alienta sus obras y un desparpajo sin tapujos al proponer las acciones más vergonzantes y los pensamientos más deshonrosos. En general, Carrión combina el estudio general de la sociedad, de corte naturalista, con el modo en que aquella influye en la psicología individual, y todo esto desde la óptica de las relaciones humanas en la perspectiva del sexo, el machismo de la sociedad habanera y las luchas de las mujeres por obtener un lugar adecuado en el tejido social.
No todas las obras abordan estos temas de la misma manera. En el libro de relatos La última voluntad (1903) se manifiesta sobre todo la preocupación por la educación de la mujer y su psicología, algo que se desarrollará plenamente en Las honradas. Su primera novela publicada, El milagro (1903), fue concebida al principio como un largo poema, por lo que el tono es bastante lírico y menos descarnado que en el resto de su producción literaria. Esta primera obra fue ideada y escrita en los años en que vivió en los Estados Unidos, entre el final de la guerra y el comienzo de la república, y trata por vez primera un tema que será común en toda su narrativa: la crítica a la institución eclesiástica. El protagonista, Juan, ingresa en un seminario con la idea de ordenarse sacerdote, pero allí experimenta serias dudas y entabla una encarnizada lucha entre la culminación de esa vocación religiosa y el amor humano. Finalmente, se deja llevar por la fuerza de una relación con una mujer. Carrión plantea entonces que es muy fácil sucumbir ante la llamada de la carne y las pasiones humanas. Aunque hay abundantes trazos de novela psicológica, como en Las honradas, no resulta convincente su modo de sugerir el camino interior que sigue la personalidad de los personajes protagonistas. Esta obra, sin ser madura, es significativa, sin embargo, porque prefigura lo que luego se desarrollará magistralmente en Las honradas: una radiografía psicológica de un carácter hábilmente creado.
En El principio de autoridad, novela no terminada pero parcialmente publicada en Azul y Rojo, en los primeros años del siglo XX, el tema fundamental continúa la línea de la primera narración: la crítica a la religión, a través de la falta de coherencia de su protagonista, que no practica lo que cree y predica. Pero esa obra no pasó de ser un intento de novela que nunca llegó a su culminación. Después de esa interesante actividad literaria de los primeros años tras su vuelta de los Estados Unidos, Carrión se centró en actividades profesionales de diverso tipo y cultivó en mayor medida el periodismo, por lo que su siguiente novela no se publicó hasta 1917, catorce años más tarde. En Las honradas asistimos a la culminación de su trayectoria literaria, ya que se trata de una obra de absoluta madurez, con un acabado perfecto y una fuerza fuera de lo común. Significa la consagración de Carrión como escritor. En esta novela, a pesar de que hay cierta influencia del naturalismo, lo más notable es el estudio psicológico del alma femenina. Se abandona la tercera persona, propia de los fundamentos del realismo literario, y se elige la primera. Carrión cuenta la maduración existencial de una mujer que, desde su intimidad más inconfesable, narra desesperadamente su educación sentimental y las posibilidades que la sociedad hipócrita le permite escoger, que son bien pocas, para realizarse como mujer.
Elaborada la obra entre noviembre de 1916 y marzo de 1917, supone un conocimiento profundo de la psicología femenina, de los efectos interiores que produce la evolución física de la mujer y las transformaciones de su cuerpo, y el mundo íntimo de los deseos, reacciones, miedos y retos de una mujer. Lo más admirable es la pericia de un hombre para poner en los labios de una mujer un mundo tan marcadamente femenino, y la habilidad para delinear una psicología tan concreta. Para ello no solo hay que tener en cuenta los conocimientos que Carrión tiene del mundo interior de las mujeres a través de sus experiencias con pacientes, sino que hace falta una sensibilidad muy especial para captar esos caracteres tan pronunciados. Victoria, la protagonista, que durante la infancia y la adolescencia adquirió una especie de fobia al sexo, debido a la equivocada educación de sus padres, se casa con un hombre que no despierta en ella ningún deseo físico, y de quien no está realmente enamorada. Y lo hace porque, según las convenciones de la época, ella ya está llegando a una edad en la que «debe» casarse. Por eso decide hacerlo con el «menos malo» de los posibles. Así, cuando, tiempo más tarde, conoce a un hombre que despierta todo aquello que no ha sentido antes, se entrega a él sin condiciones, engañando a su marido, el cual se encuentra lejos de la capital, trabajando en un ingenio azucarero.
Miguel de Carrión no quiso, sin embargo, hacer un estudio completo de la psicología femenina, sino más bien exhibir el lado más débil e indeciso de la mujer, atenazada entre el miedo a quedarse sola, el apremio por cumplir con las convenciones de su clase, de su época y de su sexo, y la necesidad de amar con el cuerpo y con el alma. No hay una reivindicación palmaria de los derechos y las luchas de las mujeres, sino un estudio de la moral acomodaticia de la clase burguesa de aquella época, y los prejuicios de una sociedad que asignaba a la mujer un papel muy simple: el de honrada, sujeta a su hombre, o el de impura, rendida a la vida de placeres y de comercio con el cuerpo. Es también relevante el lugar que propone Carrión para los hombres, en una sociedad machista, que no deja lugar a la libre realización de la mujer: Fernando, el amante de Victoria, hombre engreído, orgulloso, rico y seguro de sí mismo, en vez de constituir la liberación para la protagonista, se convierte en el eje de su desdicha: ella no conocerá otro amor, y finalmente será abandonada por él, egoísta y despreocupado, que solo quiso jugar un tiempo con ella y satisfacer sus instintos de conquistador.
Al final de la obra, hay un hecho que la liga con la siguiente obra maestra de Carrión, Las impuras. Victoria, que a sus treinta años se siente vieja, se hace cargo del mensaje de una carta de Teresa, hermana de José Ignacio Trebijo. Este, casado con Alicia, la hermana de Victoria, nunca ha querido hacerse cargo de Teresa, y es Victoria la que da la cara y se entrevista con ella para que José Ignacio se encargue de mantener económicamente a los hijos de Teresa, porque ella va a desaparecer para siempre y los va a abandonar, llevada a la ruina por su historia personal. Esa trama es precisamente la que se cuenta en Las impuras. Por tanto, las dos novelas están perfectamente conectadas, son historias que se desarrollan paralelamente y que confluyen en su final, dando un amplio panorama de la familia Trebijo y de todos los que gravitan a su alrededor, así como de la ciudad de La Habana, que se encuentra profusamente descrita sobre todo en Las impuras. En esta, la protagonista, Teresa, resulta mucho menos complaciente que Victoria con la sociedad del momento, al desligarse por completo de sus convenciones y amar a un hombre casado, al que pretende desligar de sus obligaciones matrimoniales y conquistar su exclusividad o, en todo caso, si ello no es posible, mantener su amor junto con los dos hijos que él le ha dado. Pero el desenlace final rebaja la cualidad moral de su protagonista, ya que se prostituye por una causa que no merece la pena, haciendo del acto de generosidad un absurdo, y renuncia, por orgullo, a una herencia justa, dejando a sus hijos en la más completa desolación.
La producción literaria de Carrión se remata con La esfinge, una obra escrita por las mismas fechas que las otras dos, pero no publicada hasta mucho después de su muerte. A pesar de la ausencia de un desenlace final, esta obra ofrece un pensamiento acabado, acorde con el universo femenino latente en sus obras anteriores. Amada Jacob, la protagonista, vive una existencia absolutamente falseada, casada con un hombre al que no quiere, «violada» legalmente en virtud del contrato matrimonial, pero deseando con todas sus fuerzas a otro hombre, su propio primo, frustrada en su totalidad. La diferencia fundamental con respecto a las otras protagonistas es que, mientras Teresa fue fiel a su amor hasta que él finalmente la abandonó, y Victoria conoció el amor verdadero fuera del matrimonio y lo experimentó durante un tiempo, Amada —nombre irónicamente simbólico— nunca llegó a experimentar ni conocer el amor verdadero. En general, en la obra de Carrión hay una idea de fondo: el amor es el fundamento de cualquier relación humana, y gracias a él se mueve el mundo. Todos los hombres y mujeres actúan buscando el amor, y son la sociedad, los prejuicios, los valores enquistados de una falsa moral, los que determinan los continuos fracasos, sobre todo en las mujeres del comienzo de ese crítico siglo XX. El deseo mutuo y el respeto tienen que ser los motores de la convivencia humana, pero ellos son continuamente violados por los designios de la maldad y las convenciones sociales.
De ese modo, Carrión propone un debate sobre el bien y el mal, sobre la necesidad de actuar con libertad e imponer a la sociedad vigente una moral natural basada en el amor verdadero, algo de lo que el universo de Carrión está bastante lejos de conseguir. En ese sentido, Carrión es fundamentalmente pesimista, y no ve indicios de recuperación moral en una sociedad en la que los valores religiosos no ayudan a la reconstrucción ética de sus miembros, no porque sean equivocados sino porque los que los tienen que poner en práctica son a menudo hipócritas y no se mueven a través de ellos y, por otro lado, la moralidad pública no es, a menudo, una fuente de honradez. En cierta medida, la vida en la Cuba de las primeras décadas del siglo XX acarrea una serie de desperfectos morales que hacen casi imposible la implantación de un sistema en el que la educación de la juventud sea un objetivo primordial, y en el que el funcionamiento de las clases medias tenga otros alicientes que la corrupción y el engaño masivos, perfectamente aceptados por los agentes sociales. Por eso, Carrión, en sus obras, une el sentido de indagación del naturalismo con una preocupación por esa sociedad que no acaba de conformarse en sus presupuestos identitarios, y que aspira a ser madura sin poner los medios necesarios. Son los intelectuales los que ofrecen un diagnóstico y dan la señal de alarma frente a los pasos perdidos o equivocados. Anota el novelista en su artículo de 1921 «El desenvolvimiento social de Cuba en los últimos veinte años» que la sociedad del momento anda «con paso vacilante, al borde del fracaso político», y que aquellos escritores que, como él, tratan de dar una explicación satisfactoria, buscan «ansiosamente en lo pasado las causas del desastre» (Carrión 1921: 5).
Algunos historiadores han llamado a este periodo, en el que Carrión vive y escribe, el de la «seudorrepública», ya que los gobiernos apenas eran independientes de la enorme influencia de los Estados Unidos, no solo a través de la Enmienda Platt, a la que con frecuencia se aludía, sino por la continua injerencia de presidentes y ministros del vecino del norte en los problemas políticos cubanos y en el manejo de la economía de la isla. Desde el final de la guerra contra España (1898) hasta el comienzo del gobierno de Zayas (1921), también llamados años de «democracia inauténtica», la literatura trató de ofrecer un mosaico de la época, tomando como base las contradicciones de un sistema procedente de una emancipación sin verdadera independencia. Por eso, la narrativa, en la mayoría de sus manifestaciones, no respondió a los cánones del resto del continente latinoamericano, centrados en la relación del hombre con la naturaleza, sino que dibujó una sociedad basada en el enriquecimiento rápido, la corrupción institucionalizada, la dependencia económica y política, y la alternancia de periodos liberales con otros más conservadores.
Las actitudes más comunes que artistas e intelectuales someten a consideración en sus obras son, en primer lugar, el «desentrañamiento de sus esencias, a partir de sus signos inmediatos y con obvias pretensiones reivindicadoras de raíz ético-social»; en segundo lugar, «el rescate de los valores propios desde la asimilación del pasado histórico-cultural» y, finalmente, «la recreación fantástica o egotista de la realidad a partir de las vivencia propias y de la impronta de corrientes intelectuales de diferentes procedencias» (VV. AA. 2003: 5). Fue particularmente importante, en ese contexto, la situación neocolonial de la isla. A los cuatrocientos años de dependencia de España había que ir sumando cada nueva etapa del otro dueño, directa o indirectamente: bien en forma de empresa norteamericana instalada en Cuba o bien en forma de político del norte ejerciendo como presidente o ministro en el territorio insular. De hecho, la terminación de la guerra en 1898 significó solo un traspaso de poderes: España vendió Cuba a los Estados Unidos. El Tratado de París, del 10 de diciembre de 1898, significaba el ocaso de un imperio, el de ultramar, y el comienzo de otro, la tutela del vecino del norte. Los primeros gobernadores de la isla fueron John R. Brooke y Leonard Wood, sin duda conscientes de que la población insular tenía una idiosincrasia lejana a la de los Estados Unidos y separada del patronazgo español. Por ello, trataron de introducir en sus gobiernos a los cubanos más relevantes de la época y asimilar sus iniciativas. Asimismo, Wood propició la creación de una Asamblea Constituyente que redactó la primera Constitución cubana, en 1901, y organizó de modo inteligente la sucesión, para que, por fin, hubiera un presidente cubano en el territorio nacional. Así, Tomás Estrada Palma, delegado del Partido Revolucionario Cubano en los Estados Unidos desde la muerte de José Martí, apoyado por los norteamericanos, por la mayoría de los mandos militares y bastantes de los autonomistas, fue elegido, como candidato único, presidente de la recién nacida República, el 31 de diciembre de 1901, y comenzó a gobernar en solitario el 20 de mayo de 1902. En diciembre de 1905 fue reelegido, a pesar de la oposición del recién creado Partido Liberal, con Máximo Gómez primero, y con José Miguel Gómez y Alfredo Zayas después. Nada más comenzar su segundo gobierno, los liberales y una facción del ejército encabezaron una insurrección, para provocar la intervención de los Estados Unidos, según la Enmienda Platt. En septiembre de 1906, Estrada renunció a la presidencia, y un nuevo periodo norteamericano se abrió en la recién nacida república cubana, al mando del abogado Charles Magoon, quien gobernó facilitando la corrupción, pagando irresponsablemente servicios no realizados y dando entrada en cargos de importancia a los liberales, los cuales ganaron sin mucho esfuerzo las elecciones siguientes y comenzaron a gobernar, al mando del general José Miguel Gómez, en 1909.
Al final de la década, y a pesar de la inestabilidad política, Cuba había incrementado su población, la salud pública era espectacularmente mejor y la ciudad de La Habana había duplicado su superficie. Esa cara limpia de la sociedad cubana es la que Carrión describirá en sus obras, mezclada con todos los elementos sucios que acompañan a los periodos de crecimiento. El novelista deambulará por las calles de la capital, dando cuenta de lo que ya han descrito con acierto algunos historiadores:
El Vedado era ahora el centro de la vida social, la plaza favorita de los líderes de las fuerzas rebeldes para invertir su dinero, aunque se continuaban construyendo las casas en ese barrio sin cristales en las ventanas. La parte vieja de La Habana seguía siendo el centro de la vida mercantil y de los negocios. Los coches de caballos alternaban con los taxis, y podían verse por las calles algunos automóviles; la mayoría de las calles estaban pavimentadas, no cubiertas de guijarros. Había también autobuses de motor llamados guaguas (...). Era La Habana todavía una ciudad española, pero a punto de cambiar en su aspecto y de adoptar el estilo norteamericano. Aún existían las farolas de gas, que hacían juego con los policías envueltos en sus capas; había serenos como en Madrid, pero también comisarios como en Nueva York; las tiendas de frutas, de pescado y los cafés abundaban por doquier (...). Gramófonos, sirenas, buhoneros, vendedores de naranjas y de plátanos se mezclaban en una atractiva barahúnda (Thomas 1974: 648).
Cuando Gómez toma el poder, una frase suya vino a resumir lo que iba a ser la segunda década del siglo XX. Magoon volvía a los Estados Unidos a bordo del Maine, y el nuevo presidente suspiró: «Una vez más somos completamente libres» (Thomas 1974: 657). Se abría la veda nuevamente para que los cubanos con dinero y con poder reinaran a su antojo en la isla, sin cortapisas legales ni morales. La corrupción se hizo endémica (Fornés 2000: 176) y, como dijo Fernando Ortiz, se instaló en Cuba una auténtica «cacocracia», o sucesión de gobiernos corrompidos. Muchos de los negocios alentados por el gobierno de Cuba enriquecieron al presidente, sus ministros, diputados, funcionarios y empleados de la administración central. Las obras y servicios públicos fueron la principal fuente de ganancias ilícitas, como la puesta en marcha de un nuevo ferrocarril, la compra de navíos del ejército, la distribución de las líneas telefónicas, la construcción de carreteras, puentes, la recaudación de impuestos o la elevación de un suntuoso palacio presidencial. Por ejemplo, cuando Zayas, años más tarde, insistió en comprar, aderezado de múltiples delitos, el convento de Santa Clara, el periódico La Lucha anunció que no iba a defender el proyecto porque no se les había pagado. El 18 de mayo de 1923 se explicaba así un editorial: «cuando las lanzas se rompen a favor o en contra de este o de aquel proyecto es porque ha corrido el dinero o porque, al contrario, un periódico o un periodista no han sido incluidos en la partición» (Chapman 1969: 519).
Gómez, ciertamente, se preocupó por ciertos aspectos, como el de la Ley Escolar o la creación de granjas-escuela (Fornés 2000: 176), pero su gobierno invitaba más a la vida fácil y despreocupada. Reimplantó, por ejemplo, las peleas de gallos, prohibidas por Wood años antes, al igual que las corridas de toros, y reclamadas vivamente por el pueblo. También alentó la lotería, que dio un auge espectacular a la vida social de la época e incluso se convirtió en una obsesión para muchos. Con Mario García Menocal, que gobernó dos mandatos de cuatro años (1913-1921), se intensificó la afición a la lotería y aumentaron notablemente los ingresos nacionales por el azúcar. También se desarrolló espectacularmente la corrupción institucionalizada. Se dice que cuando Menocal llegó al poder tenía un millón de dólares y cuando lo dejó había multiplicado su fortuna por cuarenta. Como su predecesor, albergó medidas positivas para el país, como el seguro obligatorio para trabajadores, la mediación del estado en disputas laborales, la fundación de siete escuelas normales y otra del hogar, o la equiparación del peso y el dólar. Pero enseguida llegaron las propuestas irregulares, como la excesiva subida de los sueldos y gastos presidenciales, la prolongación de préstamos ilícitos comenzados en la época anterior o la concesión de trabajos que se pagaban pero no se llevaban a cabo.
El mayor éxito de estos años vino como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, y estuvo ligado al azúcar, un hecho que se detalla convenientemente en Las honradas, ya que es la empresa azucarera de don Fernando, el amante de Victoria, quien da trabajo a Joaquín, y este se enriquece mediante su duro y sacrificado trabajo en los ingenios, tanto en los cercanos a la capital como en los de oriente. En tiempos revueltos para las cosechas europeas, Cuba multiplicó su producción y extendió su comercio azucarero a casi toda Europa, además del que ya tenía con los Estados Unidos, hasta convertirse en el mayor productor de azúcar del mundo, con un cuarto de la producción mundial. Subieron los precios y se aprovecharon los extensos territorios fértiles del este de Cuba para abrir nuevos ingenios y explotarlos convenientemente. En los primeros años de la guerra se abrieron casi veinte grandes ingenios, casi siempre fundaciones norteamericanas, que llevaban un gran desembolso de dinero, aseguraban empleo para muchos nacionales y también para inmigrantes de Jamaica, China o Haití y producían enormes ganancias en muy poco tiempo. Como dejó escrito Teresa Casuso, muchos bosques vírgenes de Cuba desaparecieron para convertirse en ingenios:
Se incendiaban los bosques extensos e impenetrables, selvas enteras a las que se les metía fuego y luego eran arrasadas hasta el suelo a fin de dejar sitio para plantar caña de azúcar. Mis padres estaban desesperados porque los bosques tropicales más bellos y fragantes (...) ardían como sacrificio al frenesí de cubrir de cañaverales todo el país. En las noches la vista de ese horizonte en llamas me afectaba con una extraña ansiedad llena de temores, y el olor a madera quemada llegaba tan lejos, que era como el incienso que uno huele dentro de las iglesias. Pero la casa en que vivíamos estaba hecha completamente de cedro y era como un gran cofre perfumado (Casuso 1961: 92).
En un breve lapso, muchos colonos llegaron a poseer tanto dinero como los dueños de las tierras y compraron ingenios. Son los nuevos ricos que hacen construir grandes mansiones en el Vedado imitando el estilo clásico del Renacimiento europeo, abusando del mármol y llenado de esculturas y elementos decorativos los grandes jardines. Recordemos cómo en Las honradas Joaquín y Victoria se trasladan a la calle Veintiuno y Graciela y Pedro Arturo a un suntuoso palacio de la Diecisiete. Cuando el Vedado llegó al río Almendares, la ciudad se extendió hacia el oeste con más mansiones en un nuevo barrio residencial, el de Miramar. Pero también el resto de la isla proliferó en ostentaciones arquitectónicas y crecimiento de localidades. El nivel de vida se elevó considerablemente en dos o tres años, de tal forma que las pequeñas poblaciones que habían nacido al calor de los nuevos ingenios se convirtieron muy pronto en pueblos grandes o ciudades de tamaño medio, con todos los servicios urbanos, escuelas y centros de cultura y esparcimiento. Todo eso llegó a su punto culminante en los dos últimos años de esa década pues, al terminar la guerra europea, los campos de todo el continente viejo estaban destruidos, y Cuba continuaba exportando en enormes cantidades. Es precisamente en ese lapso de tiempo en el que Carrión publica sus dos novelas más importantes y escribe todo lo que dejó inédito a su muerte. Así las cosas, los principales productores presionaron a los Estados Unidos y a Europa para que terminase el control de los precios. Consiguieron su objetivo y el azúcar subió como la espuma. A este periodo de inusitada bonanza y despilfarro, que terminó de un modo abrupto a principios de los veinte, se le denominó «la danza de los millones». Nunca habría una etapa igual. A la crisis del azúcar se le unieron las revueltas de intelectuales y estudiantes, los movimientos obreros, la fundación del Partido Comunista y, finalmente, la primera de las tres dictaduras del siglo: la de Machado, continuada años más tarde por la de Batista.
La década de los diez del siglo XX pasará a la historia como el momento estelar de la buena vida cubana. Y su inmortalización se debe, sin duda alguna, a las novelas de Carrión, que mostraron como ningún otro documento escrito las transformaciones de la ciudad de La Habana, símbolo del país entero. Lo más destacable de ese tiempo es un viraje de la sociedad hacia otro tipo de burguesía. La aristocracia colonial, muy española, inmovilista, basada en la sangre y en el apellido, dueña de las tierras, de tradición familiar multisecular, deja poco a poco todo su espacio a otra clase, procedente de la burguesía que se está haciendo rica en muy poco tiempo con las prebendas y los negocios fáciles. Carrión lo dice claramente en el capítulo V de Las impuras cuando, al hilo de unos comentarios sobre el modo de vivir de las mujeres «alegres», asegura:
En La Habana es difícil que una mujer galante pueda vivir de las liberalidades de un solo hombre. Nuestros ricos son tacaños, como si conservaran todavía en esto la tradición de sus venerables antepasados, los tenderos y los almacenistas de tasajo, que a duras penas amasaron sus fortunas. La gran riqueza patrimonial no existe ya, y la de los políticos, enriquecidos por el fraude, es demasiado reciente para que pueda pesar en un balance de nuestras costumbres nacionales. Por eso, la mayoría de las mujeres como Carmela tienen que conformarse con que sus gastos sean pagados por una especie de sociedad en comandita, en la cual los deberes y los derechos de los socios están cuidadosamente reglamentados (Carrión 2011: 245).
Y en Las honradas, Pedro Arturo, que es un miembro de esa clase sin historia ni apellido, pero con empuje y proyección, le dice a José Ignacio Trebijo que muchos creen que van a tener una parte en los millones esparcidos por la ciudad, y que «es necesario saber aprovechar la fiebre del oro» (303)1. La nueva burguesía será muy activa, de ideas y acciones rápidas, y entrará con celeridad en el juego de los norteamericanos, porque ve en esa alianza el enriquecimiento seguro y constante, y un lugar para la ostentación, el lujo, la codicia y la elevación definitiva, como también asegura Carrión:
Bajo el Gobierno Militar, La Habana, que se había visto repentinamente llena de garitos y mancebías, no pudo resistir a la tentación de embellecerse. Los muebles, los trajes, los edificios, las calles, las costumbres y las mujeres sufrieron entonces una transformación tan radical como lo había sido el cambio político. Una afición desmedida hacia todas formas de la notoriedad, el refinamiento y el brillo se desarrolló con violencia tal, que toda consideración dictada por la prudencia desaparecía ante el esplendor de los nuevos soles. A falta de nobleza, la burocracia y la burguesía, desde lo alto donde imperaban, dieron el ejemplo del lujo, y el mal se infiltró en las venas del pueblo, de los pequeños rentistas, de los empleados con seiscientos pesos de sueldo y de los que nada tenían (Carrión 1975: 50).
Esa situación se llevó a cabo, con cierta rapidez, gracias a la veloz penetración estadounidense desde el acuerdo con España en 1898, con el control aplastante de su economía interior y su comercio exterior. Como ha observado Emma álvarez-Tabío, esa circunstancia generó
una ola desenfrenada de compras, a precios irrisorios, de enormes extensiones de las mejores tierras, de absorción de la industria azucarera mediante la adquisición de centrales o la instalación de fábricas nuevas de mayor capacidad y tecnología más competitiva, de apropiación de los recursos minerales y de control de los servicios públicos esenciales, como el transporte, la electricidad o el teléfono (álvarez-Tabío 2000: 86).
La influencia norteamericana lo invadía todo poco a poco, no solo la economía. Por ejemplo, era notorio que algo estaba cambiando en la condición de la mujer, más libre e independiente en algunos casos, como ha tratado Carrión en sus novelas, aunque muchas seguían viendo en el matrimonio y el cuidado de la casa la única salida posible a un futuro digno. El noviazgo duraba mucho tiempo, y cierta parte de las viudas y las casadas nadaban en la ociosidad. Enseguida se aficionaron a usar cosméticos, y en ello superaron a las norteamericanas, y solían reunirse para ir a comprar a las buenas tiendas de la calle Obispo, cuando no hacían ellas mismas sus vestidos gracias a la maquinaria de coser que estaba siendo importada de los Estados Unidos. Y, como los hombres estaban siempre atareados con los temas de la producción, eran las mujeres las que daban vistosidad a la vida social.
La apariencia externa fue en aquella época un atractivo singular y una muestra de prestigio y clase. Como dice Carrión en uno de sus relatos, «El doctor Risco», en aquella gran farsa, la mujer fue verdadera protagonista:
Despojados de toda idea viril, los hombres no figuraban sino como productores; de ahí que ni una sola figura enérgica se destacara entre el rebaño borroso de aquella juventud decrépita. Ellas lo fueron todo y todo lo eclipsaron. La coquetería nos trajo costumbres exóticas destinadas a aumentar el caudal de los deseos y los placeres. Así fue como, fluctuando entre la voluble gracia parisina y la libertad anglosajona, la sociedad ensanchó visiblemente el círculo de su tolerancia y sonrió benévola ante muchas travesuras de reciente invención (Carrión 1975: 51).
Ciertas mujeres se hicieron famosas por su vida licenciosa o por traspasar los límites de lo socialmente establecido, al estilo de otras mujeres europeas o americanas como María Bashkirtseff, citada por José Asunción Silva en su novela De sobremesa, Gertrude Stein o Delmira Agustini. Lo que Carrión va a tratar en sus obras no era pura literatura, sino reflejo de lo que ya estaba pasando en la sociedad cubana. Es conocido, por ejemplo, el caso de Catalina Lasa, casada con Pedro Estévez, hijo del primer vicepresidente de la República. Sorprendida Catalina en un romance con otro hombre, ella y su amante tuvieron que huir clandestinamente a París y conseguir, después de mucho esfuerzo, el divorcio y la nulidad eclesiástica. Al cabo del tiempo, volvió a La Habana y se instaló en el Vedado, en una suculenta mansión de estilo Art Decó que mandó construir su segundo esposo. Otro caso conocido de mujer emancipada fue el de Rosalía Abreu, perteneciente a una de las familias de mayor abolengo de Cuba, culta e inteligente, que tenía a su vez conductas extravagantes, como la mayor colección de simios del mundo, o el hecho de ser la primera en sobrevolar La Habana en un monoplano. De ella se cuenta que encerró durante mucho tiempo a uno de sus amantes en su palacete de El Cerro, y que en los primeros años del siglo hizo construir la quinta Las Delicias, proyectada por el arquitecto francés Brun, inspirada en los castillos de la región del Loire. También fue una gran animadora cultural en su quinta de El Cerro, inaugurando una tertulia literaria que tendría gran trasfondo social.
Otro aspecto de esa conexión con el vecino del norte de la que venimos hablando era que muchos hijos de la burguesía cubana iban a estudiar a las buenas universidades norteamericanas, y con frecuencia los padres iban largas temporadas allí a vivir con ellos (Thomas 1974: 648). En los años de la Primera Guerra Mundial, el flujo de visitantes entre Cuba y los Estados Unidos se multiplicó enormemente, debido a la interrupción de las comunicaciones con Europa, y muchas mujeres cubanas de la nueva y rica burguesía solían viajar a Nueva York, cada vez que cambiaba la estación, para renovar su ropero y hacer las compras pertinentes (álvarez-Tabío 2000: 119). En Las honradas, son varias las ocasiones en que se alude a esta circunstancia. El mismo Carrión vivió varios años en los Estados Unidos, por lo que conocía y valoraba ciertos aspectos de su cultura y su idiosincrasia. La familia de Victoria se instala en Nueva York durante la guerra, y las niñas estudian en un colegio de monjas estadounidenses, que son tan católicas como las latinas, pero con un concepto mucho más práctico de la vida, a juzgar por los métodos de enseñanza que utilizan para integrar a las niñas en la sociedad. Sin embargo, ese contacto en cierta medida beneficioso con el vecino del norte es, desde otro punto de vista, un espejismo. En Las honradas, Joaquín, ya casado con Victoria, habla con Trebijo y Pedro Arturo sobre la situación del país, y llega a la siguiente conclusión:
—Hace algunos años que trabajo casi siempre para compañías extranjeras productoras de azúcar —dijo, a modo de introducción—, y allí he aprendido a juzgar muchas de nuestras cosas. En primer lugar, ellos son los dueños de todo: suelo e industria. Nosotros se lo abandonamos de buen grado, con tal que nos dejen la política y los destinos públicos; es decir, el cambio del fraude y la vida con poco trabajo. En cambio ellos, los productores, nos desprecian profundamente. ¡El caso de toda la América Latina! Mientras roemos el hueso, el verdadero explotador, que no es cubano, se come la masa. Y si gruñimos, enseñándoles los dientes, con quejarse a sus diplomáticos tienen bastante. Entonces nos alargan un par de puntapiés, uno a cada lado, y cesa el conflicto. Por eso odio la política, que nos arruina, y sostengo que a la dirección del Estado va lo peor de nuestra sociedad. ¡Una colmena dirigida por los zánganos, y ya está dicho todo! (304).
El carácter dependiente de los pueblos latinoamericanos es humillante, pero por otro lado limita un verdadero crecimiento económico y una madurez política. La omnipresencia del poder político y económico de los Estados Unidos impide a Cuba crecer, como diría José Martí, de un modo «natural». Lo que el ideólogo de la nación cubana definió en Nuestra América como «gobiernos naturales» no será posible en la isla mientras no cese el intervencionismo económico ligado a la explotación del azúcar. La «falsa erudición» seguirá ensombreciendo la labor del «mestizo autóctono». Es cierto que muchos se daban cuenta de la situación, pero son muy pocos los que abiertamente se pronunciaban en contra de la intervención norteamericana porque, a pesar de esas notorias desventajas, el nivel económico de la isla crecía día por día. Por eso, la nueva clase pudiente, la burguesía en alza, imitaba patrones norteamericanos. El novelista Carlos Loveira, contemporáneo a Carrión, da cuenta de la existencia de unos modos de vida que ya no pertenecen al territorio del exotismo, sino que son observados como parte de la misma cultura que habita y sazona la isla, con la naturalidad con la que cualquier cubano interactúa socialmente. Así describe uno de los personajes a su colega de viaje: «En un asiento frontero al mío viaja un norteamericano, grande y colorado, que viste de khaki, se toca con gris tejano y calza botas-polainas de cuero amarillo. Lee un nutrido y voluminoso magazine de pueriles aventuras y sosas novelitas. Y entre otras cosas que el gigante no sería osado de hacer en un pullman de su país —como lo del khaki y las polainas—, chupa un “Corrona de la Corrona” y ocupa todo el asiento de enfrente con los pies en lo alto y con una serie de rollos de mapas y planos, rotulados The Cuban Land Co., The Tropical Land Co., The West Indies Land Co., The Pan-American Land Co.» (Loveira 1984: 341).
Del mismo modo, las revistas, periódicos y magazines norteamericanos eran conocidos, leídos y guardados en Cuba. Allí se hablaba de la alta sociedad neoyorquina, de sus fiestas, los modelos de ropa, las grandes familias, y en La Habana se trataba de imitar exactamente los mismos patrones sociales. Se puso de moda una Quinta Avenida habanera en el barrio que continuaba hacia el oeste desde el río Almendares, con bulevar y mansiones impresionantes, que de algún modo fuera remedo de la lujosa homónima neoyorquina, y por la que tenían que desfilar todos aquellos que quisieran ser considerados como clases altas. Las revistas más apreciadas eran Life, Cosmopolitan, Vanity Fair, Collier’s, etc., y las cubanas trataban de imitar los modos de dar información social de las estadounidenses. En la época en que Carrión escribe sus novelas nacieron Gráfico (1913-1918), Social (1916-1922, primera etapa), Pulgarcito (1919-1921) o Carteles (1919-1960). En la mayoría de ellas se hablaba de la gente famosa, de sus lujos y peripecias, de las fiestas que organizaban, las competiciones deportivas, los banquetes, y había una gran cantidad de anuncios que, por un lado, incitaban el gusto e imponían las modas y, por otro, servían de cobertura económica a las publicaciones. Casi siempre, los productos que se anunciaban tenían incierto rango de lujo: cosméticos y colonias, ropa cara y de marcas conocidas, joyas, tabaco, bebidas alcohólicas, muchas de ellas de importación, etc.
Todo lo que aludía a ese mundo se pobló de anglicismos o nombres propios directamente tomados del inglés, como el vocabulario de las fiestas (party, tea parties, dinners, cocktails, bridge parties), el de los deportes caros y de élite (golf, polo, yachting, swimming, tennis), el de los deportes más populares (football, boxing, base ball), el de los lugares de diversión (music hall, ballroom, bar, hall, closet, pantry, billiard room) o incluso el de los nombres propios de esos locales exclusivos para realizar todo tipo de actividades de recreo y deporte (Country Club, Vedado Tennis Club, Miramar Yatch Club, Havana Yatch Club). La norteamericanización llegaba a todo y, aunque muchos de los términos, lugares y actividades servían para diferenciar a las nuevas clases altas del pueblo llano, lo cierto es que el espíritu del vecino del norte llegó hasta los rincones más populares. Emma álvarez indica el grado de penetración en las novelas coetáneas de ese estado de cosas:
Aparatos sanitarios y eléctricos, teléfonos, alumbrado doméstico y urbano, tranvías y automóviles, desfilan con naturalidad por las páginas de estas novelas, testimoniando la asimilación de la revolución técnica que llega a través de los Estados Unidos. Pero no se limita a estas referencias la presencia ubicua de los Estados Unidos, sino que también se manifiesta en la inevitable aparición de algún personaje norteamericano (...), en la profusa utilización de términos en inglés, que se incorporan rápidamente al vocabulario cotidiano —como yankee, all right, meeting, high ball, flirt, training, bluff—, en la enumeración de los nuevos productos que se ofertan en los grocery, compitiendo con el mercado tradicional español o, incluso, con las exclusivas boutiques francesas. Todo esto se complementa con la adopción de las modas norteamericanas —resulta apabullante la general implantación de la americana— (...) o la aparición de nuevos locales urbanos, que se extienden por la ciudad imponiendo también nuevos rituales e itinerarios (álvarez-Tabío 2000: 122).
La vida cultural de la capital era intensísima. Además de las instituciones oficiales, como la Academia Nacional de las Artes y de las Letras, y la Academia de la Historia, funcionaba, con una incesante autoridad y un prestigio considerable, el Ateneo de La Habana, creado en 1902, que organizaba todo tipo de conferencias, presentaciones, exposiciones, reuniones literarias, etc. También cabe destacar la labor de la Sociedad de Fomento del Teatro, de la Sociedad de Estudios Literarios, creada en 1912, del Ateneo de Santiago de Cuba (1914), de la Sociedad del Folklore Cubano y del Club Cubano de Bellas Artes, ambos creados un poco más tarde, en 1923. De todas formas, la institución que más se destacó por el fomento de la cultura fue, de 1910 a 1915, la Sociedad de Conferencias, creada por el narrador Jesús Castellanos y el crítico dominicano Max Henríquez Ureña, que vivió por aquellos años en la isla y participó de su ambiente cultural. Su actividad no tuvo una orientación oficialista: eran intelectuales muy independientes que no estaban sufragados por las ayudas comprometedoras del gobierno. Siempre desearon la difusión de la cultura en un amplio sentido (literatura, historia, música, etc.). No poseían un lugar propio para realizar sus actividades, sino que iban variando de sede, utilizando de vez en cuando la del Ateneo. En aquellas memorables actividades participaron los mejores escritores e intelectuales del momento, como Enrique José Varona, Fernando Ortiz, Miguel de Carrión, José María Chacón y Calvo (que sustituyó a Henríquez Ureña en la dirección cuando se trasladó a Santiago de Cuba), Alfonso Hernández-Catá, Emilio Roig de Leuchsenring, etc. Gracias a esta magnífica iniciativa, en otras ciudades del país como Santiago de Cuba, Matanzas o Santa Clara, comenzaron instituciones del mismo estilo, idea que fue teniendo eco en otras ciudades menores de la isla, pero con igual cometido: poner al servicio de la sociedad el caudal intelectual y cultural del mundo cubano.
En Las honradas se citan varias veces algunos de los teatros habaneros de la época, a los que los personajes suelen acudir, como actividad cultural habitual. En el capítulo IV de la primera parte, Virginia relata una velada en el teatro Albisu, donde se daba cita «lo más selecto de la sociedad, como todos los viernes» (203). También cuenta que, al poco tiempo de llegar de los Estados Unidos, instalados en una céntrica calle de la Habana Vieja, sus padres las llevaban poco al teatro, porque a su madre «le repugnaban las crudezas de la zarzuela moderna, que hacía de la inmoralidad un campo explotable y fecundo en beneficios para empresarios y actores». Pero eso no quiere decir que no fueran de vez en cuando, ya que la mamá, para no prohibirles el espectáculo, «tomaba informes, con anterioridad, del carácter de las obras que íbamos a ver» (191), y les permitía la asistencia si pasaban esa pequeña censura. Poseía La Habana entonces cinco teatros, en los que cada año cantantes o actores famosos estrenaban sus obras. El prestigio de la ciudad era tal, que muchos artistas extranjeros de primera fila preferían actuar en la perla del Caribe antes que en París, Madrid, Nueva York o Londres. Y no había ciudad en toda América Latina que se asemejara a La Habana en ese sentido. Sarah Bernhardt, Réjane, Patti, Tetrazzini, Caruso eran asiduos a esa cita anual (Thomas 1974: 649). La famosa bailarina rusa Anna Pavlova debutó en el teatro Payret en 1915, y regresó los años siguientes. El cantante italiano Titta Ruffo, también en 1915, estrenó el nuevo edificio del Teatro Nacional, y el pianista polaco Ignacio Paderewski hizo gala de su virtuosismo en el Teatro Nacional en 1917, en fechas similares a las de la actuación de la venezolana Teresa Carreño, quien volvía por segunda vez a La Habana, etc. Desde 1918, fue muy importante la labor de María Teresa Montes de Giberga, una dama de la altísima burguesía cubana, que fundó la institución Pro-Arte Musical e hizo desfilar por allí a figuras como los pianistas Arturo Rubinstein (1919 y 1921) o Serguéi Rajmáninov (1922) y al violoncelista Pau Casals (1922) (VV. AA. 2003: 14-15). Pero, sin duda, uno de los que más actuaba en Cuba y de los que más seguidores tenía entre el público de la alta burguesía capitalina era el tenor catalán Hipólito Lázaro, casado con una cubana.
Pero no todos podían disfrutar de los grandes eventos, ya que las entradas eran, a menudo, caras. La ciudad «lujuriosa» era un gueto inalcanzable, ya que una parte de la población sobrevivía como podía en los barrios marginales como Jesús María, Cayo Hueso u otros parecidos, sin participar del lujo de aquella particular danza de los millones. Por eso proliferaron también las respuestas de intelectuales, universitarios y políticos contra las alarmantes desigualdades que cada vez eran más notorias y sangrantes a partir de los años veinte. Los problemas mayores ocurrieron ya en la época de Zayas, desde 1922, cuando muchos universitarios se manifestaron violentamente contra el sistema universitario corrupto, que era símbolo de una sociedad podrida donde algunos acaparaban ilegalmente todo el poder, y la externa apariencia de riqueza general era solamente un espejismo en el que unos cuantos, instalados en el sistema, se encargaban de mantener la fachada mientras una masa de indigentes y desprotegidos clamaba contra su adversa suerte.
Carlos de la Torre, rector de la Universidad de La Habana, apoyó la propuesta estudiantil, junto con algunos profesores progresistas, y en enero de 1923 se elevaron varias peticiones, por parte de la Federación de Estudiantes Universitarios, para corregir el rumbo de la institución. Hubo un mitin famoso en el que Enrique José Varona, a quien está dedicada la novela Las honradas, apoyó la causa estudiantil, y el secretario de la Federación, Julio Antonio Mella, obtuvo un protagonismo singular. También entró en combate Fernando Ortiz, catedrático de Antropología, y se pidió una reforma de la ley universitaria. Poco más tarde, Julio A. Mella fundaría el Partido Comunista de Cuba. El año de 1923 fue también famoso por la protesta de los 13 contra el corrompido sistema político. Tal protesta fue provocada por la compra fraudulenta y escandalosa del convento de Santa Clara, en la Habana Vieja, por parte del gobierno, para establecer allí nuevas edificaciones. Un grupo de jóvenes universitarios, escritores, artistas e intelectuales se personó en una conferencia del ministro de Justicia, el 18 de marzo de 1923. Uno de ellos, el poeta Rubén Martínez Villena, tomó la palabra antes del acto y pronunció un discurso increpando al gobierno en pleno, ante la mirada atónita del ministro y los oyentes. Acto seguido, los miembros de ese grupo se dirigieron a la redacción del Heraldo de Cuba y entregaron un documento, la base de la protesta de los 13, que causó un enorme revuelo en la sociedad cubana. En esa lista de inconformistas estaban, entre otros, el citado Villena, y otros grandes artistas como José Zacarías Tallet, Juan Marinello, Juan Manuel Acosta, Jorge Mañach, Félix Lizaso y un largo etcétera.
La mayoría de esos jóvenes y otros cuantos intelectuales y artistas fundaron, poco después, el Grupo Minorista, y de ellos saldría el conjunto de poetas y escritores que fundarían la revista de Avance, que a finales de los veinte canalizaría las preocupaciones de la vanguardia tardía cubana y de la internacionalidad latinoamericana. Políticamente, los minoristas fueron muy críticos con el gobierno desde su constitución, y en agosto del 23 otro movimiento de protesta contribuyó a seguir sembrando malestar social: la Asociación de Veteranos y Patriotas. Zayas se vio arrinconado con tanta oposición y decidió acercarse a los liberales, y sobre todo al general Gerardo Machado, quien ya había llamado por su cuenta a los norteamericanos para que, por enésima más hicieran valer la autoridad recibida de la Enmienda Platt y actuaran contra los veteranos díscolos. Una sección de los veteranos se alzó en Santa Clara y Rubén Martínez Villena fue encarcelado en La Habana por tráfico de armas. La crisis, los movimientos obreros y las sublevaciones serían al final los que terminarían con la época de esplendor. En las elecciones de 1925, Gerardo Machado no tuvo mucha dificultad para hacerse con el poder, en principio, apoyado en el sistema democrático, al que más tarde burlaría para constituir la primera de las tres dictaduras cubanas del siglo XX.
En la Cuba de principios del siglo XX, el entorno político trataba de difundir un «optimismo oficial» inexistente, mientras que, en realidad, como muchos intelectuales y narradores manifestaban, «el cubano, de acuerdo con su concepción del mundo, era incapaz de alcanzar la libertad y ser dueño de su propio destino» (Ibarra 1998: 186-187). La sociedad cubana se había emancipado pero no había conseguido una verdadera independencia, por lo que resultaba imposible establecer con rigor un juicio certero acerca de sus valores y su idiosincrasia. La «segunda independencia» de la que hablaba Martí poco antes de comenzar la guerra final era una llamada a todos los pueblos hispanoamericanos a madurar su identidad cultural y social. También era una llamada a Cuba, que pronto se vería libre del yugo español, con todo lo que ello significa de poner en marcha un proyecto independiente, centrado en lo que él mismo llamaba en Nuestra América un «gobierno natural», cuya base son los «elementos naturales del país». Así, al término de la guerra en 1898, Cuba y Puerto Rico comenzaron una «invención moral de una identidad» (Rojas 2008: 30), algo que ocupó el centro del debate intelectual. Bajo el gobierno de Wood, antes de 1902, se organizaron muchas actividades alrededor de la idea del «carácter cubano». Por ejemplo, Cristóbal de la Guardia criticó la idea de que el pueblo se estaba convirtiendo en filoanglosajón y se afianzó en la teoría de las raíces latinas como definidoras de lo cubano, las cuales, por otro lado, tenían ciertos aspectos negativos, como la pasión melancólica, el vicio del sufrimiento, la satisfacción de sentirse desgraciado o una tendencia imaginativa opuesta a la meditación (Rojas 2008: 31). Todas esas ideas fueron vertidas luego en su libro De los vicios y defectos del criollo, y ellas sentaron la base para muchas de las opiniones de críticos posteriores.
En concreto, autores como Enrique José Varona, Francisco Figueras, Roque E. Garrigó, José Antonio Ramos y Fernando Ortiz van mucho más allá al interpretar la cultura cubana como una «metafísica nihilista de tradiciones y costumbres» (Rojas 2008: 32), lo que les aleja absolutamente de la moda arielista que los principales intelectuales de muchos países del continente están siguiendo, a raíz de la publicación de la obra del uruguayo Rodó en 1900, donde se señalaba la supremacía espiritual, poética e imaginativa de la cultura latina frente al utilitarismo anglosajón. Según Figueras en Cuba y su evolución colonial (1906), no hay que hacer apología de lo cubano señalando la santidad de sus virtudes y rechazando sus defectos. Más bien al contrario, Figueras anota la falta de capacidad para ser una nación independiente, y la acumulación de más vicios que virtudes, porque es cierto que los cubanos son hospitalarios y generosos hasta el extremo, pero también poco dados al comercio o al ahorro, vanidosos, indolentes y desposeídos de una clara noción de la verdad, poco perseverantes en sus propósitos y poco consistentes en sus principios, tienen poca rectitud de intención y no son abnegados. Y todo ello tiene que ver con la doble raíz africana y española, pero sobre todo con el contacto (Rojas 2008: 33).
Con más rotundidad se manifiesta Roque E. Garrigó en su libro La convulsión cubana, de 1906, basado en la obra del argentino Carlos Octavio Bunge, Nuestra América(Ensayo de psicología individual y social), de 1903, donde se adscribía a un positivismo que profundizaba en el darwinismo social propio de la época. Ahí explica el comportamiento de las sociedades latinoamericanas ante el proceso de modernización, con el aluvión inmigratorio y la convivencia de etnias y clases sociales diferentes. El biologismo de Bunge es aristocratizante, basado en las teorías de Wheeler para armonizar la propuesta de la evolución de las especies con el organicismo social, lo que podía dar pie a dudosas y peligrosas legitimaciones biológicas para los estados. Para Bunge, cada raza física es una raza psíquica y, en concreto, la raza hispánica es arrogante, indolente, carente de espíritu práctico, verbosa, sin decoro. Pero los indígenas son todavía peor, porque representan la resignación, la pasividad y la vagancia. Finalmente, los negros se identifican con la esclavitud y la debilidad (Bunge 1918). Por eso, en definitiva, la conclusión a la que llega Garrigó a través de este planteamiento bungeniano es que, en Cuba, lo que hace falta es imitar el modelo anglosajón, si de verdad se desea alcanzar la modernización del país (Rojas 2008: 34).
Lo más llamativo de los teóricos de este periodo es el contraste entre la carga negativa, común a la mayoría de los escritores de principio de siglo, y la opinión radicalmente opuesta de Fernando Ortiz en sus obras de los años cuarenta en adelante, cuando acuña el término «transculturación» para hablar de los aspectos positivos que tiene la mezcla de culturas, razas y psicologías, y pone el ejemplo del ajiaco, esa comida de Cuba y otros países del Caribe donde cabe de todo, y la mezcla da un resultado digno de los paladares más exigentes. En ensayos como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, utiliza además otros símiles para reseñar cuestiones identitarias, como las características cerradas y monolíticas del azúcar (el producto y su proceso de explotación) frente a la estructura polivalente y abierta del tabaco. Es precisamente la unión de esas dos facetas lo que define al cubano. Ahora bien, en los ensayos de principio de siglo, su teoría va adquiriendo paulatinamente contornos sucesivos en la indagación de la cubanidad, que poco tienen que ver con los textos de mitad de siglo. En sus primeros escritos, Ortiz afirma claramente que la raza blanca influye en las clases bajas cubanas a través de ciertos vicios europeos que se agravan por las condiciones sociales del ambiente insular y que, además, la raza negra contribuye a reforzar esa circunstancia con sus supersticiones, su impulsividad y su particular psicología, desde la época anterior a la independencia. Esto aparece sobre todo en su colección de ensayos Hampa cubana: los negros esclavos, de 1916. En esa obra llega a proponer acciones concretas para evitar las supersticiones de las religiones afrocubanas (Castellanos 2003: 109).
El signo más ominoso de Cuba, para el primer Ortiz, es el mismo que el de España: falta de civilización. Por eso, en las novelas de Carrión, que son hijas de su tiempo, hay constantemente guiños irónicos acerca de la procedencia española de algunos personajes, a los que se considera vagos, inconscientes, hipócritas. Para Ortiz la solución del problema es clara: hay que americanizar Cuba, como europeizar España. No existe un dilema que enfrenta lo latino y lo anglosajón, como pretendía Rodó, ya que lo español no coincide con lo latino. Lo anglosajón tiene sus virtudes y lo latino también. Pero no hay que confundir lo hispano y lo latino, porque en este último concepto hay elementos de superioridad con respecto a lo hispano, como el sentido de modernidad de Francia o el humanismo de la cultura y la imaginación de Italia.
Existe otro punto de vista, muy cercano a la problemática de la explotación del azúcar, desde el que se pueden estudiar todos los problemas de identidad de la Cuba republicana, que están conectados con el concepto de raza, de cultura, pero también con el resultado del proceso histórico de configuración de la colonia y de la independencia. Hasta el siglo XIX, los territorios coloniales se integraron en el sistema internacional de relaciones mercantiles, basado en los latifundios, con terratenientes primero españoles, luego criollos, y el nacimiento de una burguesía comerciante importadora y exportadora, y más tarde de una pequeña burguesía industrial. Tras la independencia continental, el poder fue ejercido por las clases que tenían en sus manos la producción. Pero los grupos de poder no estaban interesados en una transformación radical de la estructura económica basada en el latifundio, sino en consolidar y aumentar el predominio económico por medio del control político, es decir, «poner toda la organización social que ahora dominan en función de la estructura productora en la que basan su existencia como clase» (Hernández 2002: 716). El resultado de esa política fue que los latifundios, lejos de ser eliminados, se desarrollaron más en las nuevas repúblicas latinoamericanas, según observó José Carlos Mariátegui en sus Siete ensayos... (Mariátegui 1936: 34). De hecho, durante el siglo XIX, los grandes latifundistas recibieron tanta tierra como durante los tres siglos precedentes (Hernández 2002: 716). Por otro lado, la importación, en forma de avalancha, de productos manufacturados europeos, llevó a la ruina a la producción artesanal interna que estaba asomando, como germen de una burguesía productora. Finalmente, la ausencia de la pequeña propiedad agrícola, de vital importancia para el mercado interno, agravó la situación de dependencia con respecto a los grandes terratenientes y el mercado internacional en alianza con ellos.
