Las Leyes - Marco Tulio Cicerón - E-Book

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Marco Tulio Cicerón

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Beschreibung

"Las Leyes" es una obra filosófico-política escrita por Cicerón hacia el final de su vida, 52 y 43 antes de Cristo. La obra está concebida como una continuación de su obra sobre la república, y ambos están inspirados en los diálogos platónicos. La obra está inacabada y nos han llegado solo tres libros (de un total proyectado de seis). Cicerón la escribió en forma de diálogo, con él mismo como personaje principal junto a su hermano Quinto y su amigo Ático. La obra se concentra en el fundamento moral y filosófico de las leyes y tiene tres temas principales: 1. La ley natural. 2. La relación entre ley y justicia. 3. La constitución romana idealizada. "Las Leyes" es una pieza fundamental del pensamiento jurídico occidental. Su enfoque en la ley natural influyó profundamente en el derecho romano posterior, en la filosofía cristiana medieval (como en Tomás de Aquino) y en los pensadores de la Ilustración. Cicerón contribuyó con esta obra a la noción de que el derecho positivo debe estar subordinado a principios éticos universales.

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Seitenzahl: 151

Veröffentlichungsjahr: 2025

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MARCO TULIO CICERÓN

LAS LEYES

Título: Las Leyes

Autor: Marco Tulio Cicerón

Título Original: De legibus

Editorial: AMA Audiolibros

© De esta edición: 2025 AMA Audiolibros

AMA Audiolibros forma parte de TAM-TAM Media, S.L.U.

c/ Miquel Tort, 18

08750 Molins de Rei

Barcelona

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Audiolibro, de esta misma versión, disponible en servicios de streaming, tiendas digitales y el canal AMA Audiolibros en YouTube.

INTRODUCCIÓN

Marco Tulio Cicerón fue un destacado orador, filósofo, político y jurista romano nacido el 3 de enero del año 106 a.C en Arpino, una ciudad del Lacio, y murió el 7 de diciembre del año 43 a. C. Fue una de las figuras más influyentes del último periodo de la República romana, conocido por su brillante retórica, sus contribuciones filosóficas y su firme defensa de la república frente al ascenso del poder autocrático.

Proveniente de una familia ecuestre (clase media-alta romana sin nobleza), Cicerón se educó en Roma y más tarde en Grecia, donde estudió filosofía y oratoria. Su carrera política comenzó como abogado y ascendió rápidamente ocupando cargos como edil, pretor y finalmente cónsul. Durante su consulado, descubrió y reprimió la conspiración de Catilina, hecho que lo catapultó como defensor del orden republicano.

Cicerón se enfrentó tanto a Julio César como, posteriormente, a Marco Antonio. Tras el asesinato de César apoyó a los republicanos, lo que lo llevó a un trágico final: fue ejecutado por orden de Marco Antonio como parte de las proscripciones del Segundo Triunvirato.

"Las Leyes" es una obra filosófico-política escrita hacia el final de su vida, probablemente entre los años 52 y 43 a. C. La obra está concebida como una continuación de su obra sobre la república, y ambos están inspirados en los diálogos platónicos.

La obra está inacabada y nos han llegado solo tres libros (de un total proyectado de seis). Cicerón la escribió en forma de diálogo, con él mismo como personaje principal junto a su hermano Quinto y su amigo Ático.

La obra se concentra en el fundamento moral y filosófico de las leyes y tiene tres temas principales.

La ley natural: Cicerón defiende que existe una ley suprema y universal basada en la razón, común a todos los pueblos y anterior a las leyes humanas. Esta ley natural proviene de la razón y está vinculada al derecho divino.

La relación entre ley y justicia: Para Cicerón, una ley que no esté de acuerdo con la justicia no puede considerarse una ley en sentido pleno.

La constitución romana idealizada: Aunque trata temas teóricos, Cicerón también discute y propone reformas concretas a las instituciones de Roma, integrando elementos de la religión, la moral y la práctica política.

"Las Leyes" es una pieza fundamental del pensamiento jurídico occidental. Su enfoque en la ley natural influyó profundamente en el derecho romano posterior, en la filosofía cristiana medieval (como en Tomás de Aquino) y en los pensadores de la Ilustración, como Locke y Montesquieu. Cicerón contribuyó con esta obra a la noción de que el derecho positivo debe estar subordinado a principios éticos universales.

LIBRO I

ÁTICO: Aquel bosque y esta encina del pueblo de Arpiño me son conocidos porque he leído a menudo de ellos en el Mario. Si sigue en pie aquella encina, es ésta sin lugar a dudas; verdaderamente es muy vieja.

QUINTO: Claro que sigue en pie, querido Ático, y siempre seguirá, y es que fue plantada por la inspiración. No puede el cuidado de agricultor alguno plantar un retoño que dure tanto como el que plantan los versos de un poeta.

ÁTICO: Y ¿cómo es eso, Quinto? O, mejor dicho, ¿qué es eso que siembran los poetas? Ciertamente me parece que al alabar a tu hermano estás haciendo méritos para ti.

QUINTO: Tal vez sea así; pero mientras sigan hablando las letras latinas, a este lugar no le faltará la encina que se llame «de Mario», y ella, como dice Escévola sobre el Mario de mi hermano, irá encaneciendo con el paso de siglos innumerables, —a menos que por ventura tu Atenas haya podido mantener en la Acrópolis el olivo eterno, o la encumbrada y flexible palmera que Ulises en Homero dijo que había visto en Delos sea la misma que hoy día enseñan—; y en muchos lugares otras muchas cosas permanecen más tiempo en el recuerdo de lo que pudieron pervivir de forma natural. Por ello aceptemos que aquella fructífera encina, de la que salió volando en otro tiempo la rubia mensajera de Júpiter dejando ver su deslumbrante belleza, sea esta misma. Pero cuando el tiempo y la vejez la hayan consumido, habrá sin embargo en estos lugares una encina a la que llamarán «encina mariana».

ÁTICO: No lo dudo en absoluto. Pero no te lo pregunto a ti, Quinto, sino al propio poeta. ¿Son tus versos los que han echado la semilla de esta encina u oíste el hecho de Mario tal como dices en tus escritos?

MARCO: Te voy a responder, desde luego, pero no antes de que tú mismo me hayas contestado a mí, Ático, si es cierto que Rómulo después de su muerte, cuando paseaba no lejos de tu mansión, le dijo a Próculo Julio que él era un dios y ordenó que le llamasen Quirino y que le construyeran un templo en aquel lugar, y si es verdad que en Atenas, también cerca de tu antigua casa, Aquilón raptó a Oritía, pues tal es la tradición.

ÁTICO: Pero ¿a qué viene eso y por qué me lo preguntas?

MARCO: Por nada, sino para que no indagues con excesiva escrupulosidad sobre cosas transmitidas a la tradición de esa misma forma.

ÁTICO: Pero en el Mario se discute de muchas cosas si son ficticias o verdaderas, y algunos te exigen la verdad por tratarse de un recuerdo reciente y de un hombre de Arpiño.

MARCO: Tampoco yo quiero, por Hércules, ser tenido por embustero, pero ésos actúan sin cabeza, querido Tito, porque en tal dificultad tratan de obtener la verdad no como de un poeta, sino como de un testigo, y no me cabe la menor duda de que esos mismos creen que Numa estuvo charlando con Egeria y que a Tarquinio le coronó con el gorro de augur un águila.

QUINTO: Me estoy dando cuenta de que tú, hermano, crees que hay que guardar unas leyes en la historia y otras en la poesía.

MARCO: Es que en aquélla todo se dice con miras a la verdad, en ésta la mayor parte, para el deleite; aunque también en Heródoto, padre de la historia, y en Teopompo hay innumerables fábulas.

ÁTICO: Tengo la oportunidad que deseaba y no voy a dejarla escapar.

MARCO: ¿Cuál es, Tito?

ÁTICO: Se te viene pidiendo ya desde hace tiempo, o más bien, se te viene exigiendo insistentemente que te dediques a la historia. Y es que se hacen el razonamiento de que, si tú te dedicaras a ella, podría conseguirse que tampoco en este género fuéramos inferiores a Grecia. Y para que te enteres de lo que yo mismo opino, no sólo me parece que tienes una deuda con las aspiraciones de los que disfrutan con tus escritos, sino también con la patria, de manera que ella, que ha sido salvada por tu mediación, sea también exaltada por ti. Efectivamente la historia se echa de menos en nuestras letras, como yo mismo veo y te oigo a ti muy frecuentemente. Tú puedes, por tu parte, contribuir a ella, puesto que éste es, según la opinión que expresas con frecuencia, un trabajo particularmente propio del orador.

Ponte, pues, a ello, y, por favor, dedícale tiempo a este género, hasta ahora ignorado o dejado de lado por nuestros conciudadanos. En efecto, después de los Anales de los pontífices máximos —y nada puede haber más árido que ellos—, si te vas a Fabio o a aquel Catón que siempre estás nombrando, o a Pisón, o a Fannio, o a Venonio, aunque entre ellos alguno tiene más garra que otro, sin embargo, ¿qué hay tan insignificante como todos ellos? Antípatro, por su parte, contemporáneo de Fannio, fue de tono más inspirado y, si tuvo una vena poética ruda y malsonante y sin pulir, carente de brillo y elegancia, sin embargo, pudo estimular a los demás a que escribieran con más esmero. Y he aquí que sucedieron a éste Gelio, Clodio, Aselión, que no tenían nada en común con Celio, sino más bien con la desidia y el desconocimiento de los antiguos. ¿Y para qué mencionar a Macro? Su ampulosidad tiene algo de viveza, pero no la de aquella famosa fecundidad erudita de los griegos, sino la de los amanuenses latinos; en los discursos, en cambio, hay gran e inoportuna exageración, atrevimiento sin límites. Su amigo Sisena aventajó ampliamente a todos nuestros escritores hasta hoy, salvo a los que aún no han dado a conocer sus trabajos, de los que no podemos juzgar. Sin embargo, a éste no se le ha considerado nunca orador como uno de vosotros y en su obra histórica sigue una línea ciertamente pueril, de manera que parece que sólo ha leído a Clitarco y a ningún otro de los griegos, y que sólo quiere imitarle a él; pero, con todo, de poder alcanzarle, todavía estaría lejos del ideal. Por ello ésa es una misión que te corresponde, de ti se espera, a no ser que Quinto opine de otro modo.

QUINTO: Yo no, y a menudo hemos charlado de esto; pero hay entre nosotros una ligera discrepancia.

ÁTICO: ¿Cuál es?

QUINTO: En qué época se ha de poner el comienzo del relato histórico. Yo creo que debe comenzar de la más remota, porque su historia está escrita de tal modo que ni siquiera se lee; él en cambio, busca los recuerdos contemporáneos de su propia vida para abarcar los hechos en los que intervino.

ÁTICO: Yo más bien estoy de acuerdo con él, y es que hay sucesos de la mayor importancia en el recuerdo de lo que hemos vivido; además engrandecerá las glorias de nuestro gran amigo Gneo Pompeyo, y vendrá a dar también en aquel memorable año suyo: eso es lo que prefiero que publique mejor que lo de Remo y Rómulo, como se dice.

MARCO: Sé ciertamente que ese trabajo se me viene pidiendo desde hace ya tiempo, Ático, y no me negaría si me concediesen algún tiempo libre y desocupado; porque no se puede emprender tamaña empresa con otros trabajos entre manos y con el espíritu preocupado; una y otra cosa son necesarias: estar libre de preocupaciones y de quehaceres.

ÁTICO: ¿Y qué? ¿Para las otras obras que has escrito en mayor número que cualquiera de nosotros, de qué tiempo libre dispusiste?

MARCO: Se me presentan algunos ratos sueltos que yo no dejo que se pierdan, de modo que si se me ofrecen unos días para pasarlos en el campo, adapto al número de éstos lo que voy a escribir. En cambio, no se puede emprender una obra de historia si no es en un descanso asegurado para ella, tampoco se la puede terminar en un tiempo corto; además yo suelo quedarme con el alma en vilo si una vez que he empezado algo paso a otra cosa, y no tengo la misma facilidad para hilvanar la labor interrumpida que para terminar la emprendida.

ÁTICO: Ese tipo de discurso exige, sin duda, una embajada libre o una especie de permiso semejante que dé libertad y tranquilidad.

MARCO: La verdad es que yo confiaba más bien en el tiempo libre propio de la edad. Sobre todo porque, de acuerdo 'con la costumbre patria, sentado en mi solio no rehusaría responder a los que me hicieran consultas, ni desempeñar una función grata y honorable propia de una vejez activa. Así me sería posible a mí dedicarle todo el trabajo que quisiera a esa empresa que tú echas de menos y a muchas más fructuosas e importantes.

ÁTICO: Pues temo que nadie reconozca esa razón y tengas que seguir haciendo discursos para siempre, sobre todo porque tú mismo has cambiado y has adoptado otro género de oratoria, de suerte que igual que tu íntimo amigo Roscio en la vejez había relajado las notas de su canto y había hecho más lentas las flautas, así tú vas rebajando todos los días el tono de las elevadas disputas que solías usar, de modo que no está muy lejos el estilo de tus discursos de la serenidad de los filósofos. Y como hasta la más avanzada vejez parece que puede afrontar esto, veo que a ti no se te concede ningún descanso de los pleitos.

QUINTO: Pero, por Hércules, yo pensaba que eso lo podía consentir nuestro pueblo si te hubieras dedicado a resolver cuestiones jurídicas; por ello creo que debes hacer la prueba cuando gustes.

MARCO: Sí, Quinto, con tal de que no hubiera ningún riesgo en hacerla. Pero temo aumentar el esfuerzo al querer disminuirlo, y que a aquella tarea de los pleitos, a la que nunca me dedico si no es después de haberlo meditado concienzudamente, se sume la interpretación del derecho; ésta no me resultará tan pesada por el esfuerzo, como porque impedirá la reflexión previa sobre el discurso, sin la que no me he atrevido nunca a encargarme de una causa de importancia.

ÁTICO: Entonces ¿por qué no nos expones esas mismas ideas en esos ratos sueltos, como tú los llamas, y haces un tratado de derecho civil más minucioso que los demás escritores? En efecto, recuerdo que desde los primeros años de tu vida tú te interesabas por el derecho en la época en que yo mismo solía ir a casa de Escévola, y nunca me pareció que tu dedicación a la oratoria fuese tan grande que despreciases el derecho civil.

MARCO: Me invitas a un largo discurso, Ático, pero, si Quinto no prefiere que hagamos otra cosa, voy a aceptarlo, y como disponemos de tiempo, lo expondré.

QUINTO: YO lo oiría desde luego con gusto. Porque ¿qué voy a hacer de mayor interés, o a qué otra cosa mejor voy a dedicar el día?

MARCO: En este caso, ¿por qué no nos acercamos a nuestros paseos y a nuestros bancos de siempre? Allí descansaremos cuando hayamos paseado bastante y no nos faltará en absoluto distracción pasando de una cuestión a otra.

ÁTICO: Pues claro, por aquí en dirección al Liris, si os parece, por la orilla del río y por la sombra; pero haz el favor de empezar ya a exponer lo que opinas sobre el derecho civil.

MARCO: ¿Yo? Que hubo en nuestra ciudad hombres eminentes que tuvieron por costumbre interpretárselo al pueblo y dar respuesta a sus preguntas, pero que después de haber pronunciado grandes promesas se dedicaron a las minucias. Porque ¿qué hay tan grande como el derecho de la ciudad? y ¿qué función a su vez tan pequeña como la de aquellos que despachan consultas legales? De todas formas, es necesario para el pueblo. Y no creo que aquellos que ejercieron esa función hayan sido desconocedores de todo el derecho, sino que se dedicaron a este tipo de derecho que se llama civil, en la medida en que quisieron ponerse al servicio del pueblo; pero éste, sin consistencia en la teoría, en la práctica es necesario. Por ello ¿a qué me invitas o qué me aconsejas?, ¿a escribir unos folletos sobre las leyes de las goteras y los muros?, ¿o acaso a fijar las fórmulas de los compromisos y de los procesos? Todo esto lo han dejado escrito muchos con precisión y, por otra parte, no tienen la altura de lo que creo que estáis esperando de mí.

ÁTICO: Pues si me preguntas qué es lo que yo espero, es que, puesto que tú has escrito sobre la forma ideal del estado, parece consecuente que tú también escribas sobre las leyes, y es que veo que así ha hecho aquel Platón de tu alma al que admiras, al que antepones a todos, al que profesas el mayor cariño.

MARCO: ¿Quieres entonces que lo mismo que él disputaba sobre las instituciones de los estados y sobre las mejores leyes con el cretense Clinias y con el espartano Megilo en un día de verano, como él describe, entre los cipreses de Cnosos y por los paseos campestres, a menudo deteniéndose, de vez en cuando descansando, de la misma manera nosotros entre estos álamos de gran esbeltez yendo y viniendo por la verde y sombría orilla y sentándonos a veces, tratemos de encontrar sobre estos mismos temas algún resultado más substancioso que el que requiere la práctica del foro?

ÁTICO: Yo desde luego estoy deseando escucharlo.

MARCO: Y ¿qué dice Quinto?

QUINTO: Que más que ninguna otra cosa.

MARCO: Y con razón, porque debéis estar seguros de esto: en ningún tipo de discusión puede hacerse más evidente de qué le ha dotado al hombre la naturaleza, qué capacidad tiene la inteligencia humana para lo más excelente, cuál es la misión para cuyo desempeño y realización hemos nacido y hemos venido a la luz, cuál es el vínculo que hay entre los hombres, cuál es el tipo de sociedad que por naturaleza hay entre ellos. Una vez que estén desarrollados estos puntos puede encontrarse la fuente de las leyes y el derecho.

ÁTICO: ¿Entonces no crees que la ciencia del derecho haya que extraerla del edicto del pretor, como piensa la mayoría de la gente hoy día, ni, como los de antaño, de las XII Tablas, sino de las más profundas cuestiones de la filosofía?

MARCO: En efecto, lo que buscamos en esta conversación, Pomponio, no es de qué modo tenemos que tomar cauciones en el ejercicio del derecho, o qué respuesta hemos de dar a cada consulta. Admitamos que sea importante, como realmente lo es, esta actividad que en otro tiempo era ejercida por muchos varones ilustres y ahora lo es por uno solo con la mayor autoridad y conocimiento; pero en esta disertación nosotros hemos de abarcar por completo el origen de todo el derecho y de las leyes, de manera que éste que llamamos derecho civil quede reducido a una parte pequeña y restringida. En efecto, hemos de explicar la naturaleza del derecho y ésta hay que buscarla en la esencia del hombre, y se han de tener en cuenta las leyes por las cuales han de regirse las ciudades; luego han de tratarse los derechos y las normas de los pueblos, las cuales fueron fijadas y copiadas, en las que ni siquiera quedarán olvidados los que se llaman «derechos civiles» de nuestro pueblo.

QUINTO: Profundamente, hermano, y, como debe ser, desde el punto capital, vuelves sobre la cuestión planteada, y quienes transmiten de otra forma el derecho civil no transmiten tanto las vías de la justicia como las de los litigios.

MARCO: No es así, Quinto, sino que la ignorancia del derecho, más que el conocimiento, es la que provoca los litigios. Pero esto, para después; ahora veamos los principios del derecho.