Las muertes silenciosas - Francisco Traver Molina - E-Book

Las muertes silenciosas E-Book

Francisco Traver Molina

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Beschreibung

En una ciudad tranquila como Pamplona empiezan a aparecer unas muertes misteriosas que preocupan a la Policía. El Inspector Ricardo Molina deberá vencer sus miedos personales y descubrir las causas de estas muertes con la ayuda de Estibaliz, una misteriosa mujer con una especial sensibilidad. En un viaje por varios lugares de Pamplona y otros curiosos parajes de España y Francia, lucharán por descubrirse a ellos mismos y averiguar qué esconden estas muertes.

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Seitenzahl: 357

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Francisco Traver Molina

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-648-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Capítulo 1.º — El atardecer

Era jueves y febrero, la temperatura estaba por debajo de los tres grados y el frío era helador, acababa de llegar a su casa después de su sesión de ejercicios. Al inspector Molina le gustaba levantarse pronto por la mañana, no antes de las seis, e irse a andar un poco o hacer algo de footing para, luego, tomar un desayuno relajado y ponerse a ver las noticias de cada mañana.

Hubo un tiempo en que hubiera soñado con poder hacer todo esto, en el que la gran cama de su dormitorio se quedaba pequeña para albergar los cuerpos de su mujer, el suyo y el de su hija que, a pesar de su pequeño tamaño, era la que más espacio ocupaba.

Por aquel entonces, no había tiempo de ver noticias y los desayunos eran cualquier cosa menos relajados: «Desayuna, nena, lávate los dientes y vístete, cariño, que llegamos tarde al colegio» y la casa estaba llena de prisas, ruidos y risas.

Pero ahora el silencio lo envolvía todo, un silencio que no se llenaba con nada, ni con la radio, ni con la televisión; era como si el tiempo se hubiera detenido en aquel aciago día y repitiera constantemente la rutina de otra jornada más, lenta y vacía en su vida.

Habían transcurrido más de dos años desde el día en que su vida cambió para siempre. Todavía retumbaba en sus oídos el sonido de la explosión, instantes antes, recordaba con absoluta nitidez la voz de su mujer: «Cariño, no me arranca el coche y tengo que llevar a Sara al colegio, mira a ver si puedes tú solucionarlo y si no le dices a Julián que pase a recogerte camino del trabajo, yo me llevo el tuyo que, si no, llegaremos tarde».

Cómo pudo ser tan estúpido. Él, que era inspector, y que tantas y tantas veces repetía en las numerosas charlas que impartía las mínimas normas de autoprotección, solo con que hubiera bajado un segundo y hecho las comprobaciones elementales se hubiera dado cuenta del artefacto adosado a los bajos de su vehículo, pero se confió, una sola vez y descuidó la rutina y solo unos instantes después el silencio se rompía con la tremenda detonación que hizo que todo temblara, le bastaron unos segundos para que a su garganta asomara un grito desgarrador: ¡¡¡Sara!!!, ¡¡¡María!!!

Y la desesperada carrera hacia el exterior presa del pánico para contemplar su coche envuelto en llamas y una densa humareda envolviendo la calle. Lo curioso del asunto es que, así como recordaba los miles de detalles de aquella mañana, los días siguientes eran como una espesa niebla llena de lagunas, en la que solo acudían a su memoria flashes intermitentes. Recordaba a su familia y a sus compañeros y a un sinfín de personas que no conocía, todos ellos le estrechaban la mano y le daban palmadas en la espalda, pero era como si él no estuviera ahí, como si fuese un autómata que se limitaba a asentir con la cabeza y hasta su propia voz le resultaba desconocida.

Solo una sensación imperaba sobre el resto: no podía estar pasando todo aquello, él no podía estar ahí, solo quería irse, reunirse con su mujer y con su hija, despertar de aquella pesadilla, no quería estar dentro de aquel circo en el que periodistas, cámaras y gente desconocida le atosigaban sin dejarle respirar. En un último acopio de fuerzas, al menos, consiguió que la despedida fuera en la intimidad y solo los más allegados estuvieran junto a él.

Tantas veces había estado en el otro lado, en el lado de quién expresaba su pésame a la familia de algún compañero asesinado y ahora, ¡maldita sea!, era él el que tenía que haber estado en ese coche, el que tenía que haber hecho las cosas bien para que aquello no hubiera ocurrido y cuando pensaba en aquellos hijos de puta que le habían arrancado lo que más quería, una rabia intensa agitaba todo su ser.

El resto de recuerdos que le quedaban eran confusión, dolor, oscuridad, la impresión de que él salió con vida de aquello, pero solo porque su corazón latía y seguía respirando, pero una parte suya se quedó en aquel coche para siempre.

Fueron pasando las semanas y no encontraba sosiego ninguno, las noches eran eternas, pasaba horas y horas despierto, no dejaba de recordar el ruido de la explosión y el coche ardiendo, sentía como dentro se quemaban su mujer y su hija, no podía cerrar los ojos sin que le vinieran esas imágenes constantemente.

En dos ocasiones intentó quitarse la vida, en ambas, la fortuna quiso que alguien llegara a tiempo, tuvo que ingresar durante un mes en un centro psiquiátrico y ahora se encontraba más tranquilo, pero no por eso dejaba de seguir pensando en su familia, en cómo pudo haberlo evitado.

Ya han pasado dos años desde el atentado y, si bien había aprendido a vivir con ese dolor, no dejaba ningún día de recordar a las personas que habían significado mucho en su vida y que un grupo de animales habían decidido que no tenían derecho a seguir viviendo. El comando que cometió el delito fue detenido tiempo después y ahora se encuentran cumpliendo condena, aunque él desearía que estuvieran muertos, al igual que su mujer y su hija, y a pesar de que nunca ha sentido odio hacía nadie, no puede perdonarles el daño que han hecho y el sufrimiento que provocaron en muchas personas.

********

Capítulo 2.º —Todo empieza un nuevo día

Lo que nunca iba a pensar es que aquella mañana fuera a ser la primera de casi un nuevo principio en su vida, se encontraba de baja desde el atentado y sobrevivía con su sueldo como inspector jefe de Policía con los descuentos por su situación laboral y de algunos cursillos que realizaba para unos amigos que tenían una empresa de seguridad privada.

Como cada mañana, ensimismado en sus pensamientos encendió el ordenador y, distraídamente, se dispuso a mirar la prensa, le había gustado desde siempre saber las noticias de Pamplona antes de salir de casa y la primera le llamó poderosamente la atención, no podía ser que en esta pequeña ciudad pudiera llegar a ocurrir un hecho de tal magnitud:

«A las 0:40 minutos de hoy, un vecino de Pamplona avisó a la Policía Municipal del hallazgo de un cadáver cerca de los fosos de la Vuelta del Castillo. El cuerpo se encontraba desnudo y parte de sus miembros había sido extraídos, estaba colocado alrededor de una cruz hecha con sangre. Según las primeras investigaciones, realizadas por la Unidad de Delitos de la Policía Nacional, el cadáver no se encuentra identificado y se están realizando las indagaciones pertinentes sobre personas desaparecidas y huellas dactilares para averiguar la identidad de este».

Pocos minutos después, sonó el teléfono y lo que menos podía imaginar era que fuera de su trabajo:

—Inspector Molina, soy el secretario del comisario Sánchez, me ha dicho que le gustaría mantener una entrevista con usted en esta mañana para que pase por su despacho cuando tenga unos minutos libre.

—Dígale al comisario que estoy de baja y que, de momento, no tengo ninguna intención de pisar ninguna comisaría ni volver a ponerme a trabajar.

—Lo entiendo, no se preocupe, que se lo haré llegar, de todos modos, me ha comentado que le diga que se lo pide a título personal y en relación con el cadáver de esta noche en la Vuelta del Castillo.

—Que tengan suerte en la investigación y, por favor, transmítale mi deseo de que, de momento, no me molesten, no es nada personal, pero, por ahora, creo que todavía no estoy preparado. De todas formas, gracias y tenga un buen día.

La noticia había conseguido desconcertarle, pues en veinticinco años que llevaba en la Policía y en Pamplona, los únicos cadáveres que habían tenido que investigar eran los asesinatos por parte de la banda terrorista ETA, alguno de violencia de género y alguna disputa con resultado de muerte. Esto era algo nuevo para una ciudad de poco más de 200 000 habitantes, en la que la tranquilidad era la tónica general.

Mientras se aseaba un poco pensando en estas últimas noticias, sonó el timbre de la puerta y fue a ver de quién podría tratarse siendo apenas las nueve de la mañana.

—Comisario Sánchez, desde luego no esperaba que viniera hasta aquí, hace un rato que acabo de hablar con su secretario.

— Molina, no me imaginaba que fuera usted tan testarudo y me hiciera venir hasta su casa, pero bueno, si me lo permite, quisiera hablar con usted unos minutos.

—Pues pase y tomaremos un café, si le parece bien.

—Ya sé que acaba de decirle a mi secretario que no estaba interesado en volver por la comisaría, y créame que le entiendo, en estos dos años ha contado con nuestra completa compresión y no se le ha molestado para nada en este tiempo; ahora bien, usted sabe cómo es esta ciudad y su gente y con qué medios contamos. Quiero serle sincero y decirle que no sé a quién adjudicarle este caso, hasta ahora no habíamos tenido nada parecido que investigar y nuestros jefes me aprietan para que lo esclarezcamos en un tiempo récord. Por ello, quiero pedirle que vuelva al servicio activo y se ponga al frente de la investigación eligiendo el equipo que necesite y todos los recursos para llevar a cabo esta investigación.

—Por las características del suceso, me temo que esto no ha hecho más que empezar y creo que puede haber un nuevo caso, no encuentro relación ninguna para poder empezar a investigar y las pistas que hemos encontrado no nos llevan a ninguna parte. Pensábamos que podría ser una nueva forma de actuar de los etarras para presionar bajo el miedo en unas nuevas negociaciones, pero hemos consultado con la Brigada de Información y lo han descartado completamente. En fin, como puede ver, estoy perdido, indiscutiblemente, hay escasez de personal y los inspectores con los que cuento en la actualidad están asignados en otras unidades y no los puedo cambiar. He pensado en usted por su experiencia con las bandas armadas y los grupos radicales, y por sus años en la Brigada de Información, amén de la formación que posee y creo que, si alguien puede averiguar qué está pasando, esa persona puede ser usted.

—Comisario, le agradezco su confianza en mí, pero, como usted sabe, me encuentro de baja, he pasado por un verdadero calvario, he estado en tratamiento psiquiátrico, ingresado por dos intentos de suicidio, como puede ver, no estoy precisamente en mis mejores momentos, ¿usted cree que ahora puedo ser un ejemplo para una investigación?

—Molina, permítame que le tuteé, sé de sobra todos y cada uno de los problemas por los que has pasado y, si te soy sincero, no sé ni yo mismo si hubiera podido llegar a superarlo en el caso de haberme encontrado en tu misma situación, créame si le digo que en la comisaría goza usted del apoyo incondicional por parte de todos y cada uno de nosotros, es por eso por lo que considero que este puede ser el momento de volver y de hacer lo que mejor sabe. Molina, es usted uno de los mejores policías que hemos tenido, no puede usted enterrarse en vida, lo necesitamos en activo, todavía tiene mucho que dar a la sociedad y a sí mismo. Trabajó usted mucho para llegar al cargo que ocupa y casi no ha ejercido, ya que estaba usted recién ascendido cuando esos malditos asesinos sesgaron la vida de su familia. Por favor, Molina, no haga que tengan en su haber una victoria más en su lista negra.

—Comisario, le agradecería que se marchara, ha sido usted muy amable, gracias por su visita, pero no me siento ni con fuerzas ni con ánimos de volver.

—De acuerdo, Molina, pero, al menos, dígame que lo pensará.

No de muy buena gana, pero contestó:

—No le prometo nada, comisario, pero sí, lo pensaré.

Cuando se quedó solo, se puso a pensar sobre lo que había estado hablando y las últimas palabras de su jefe, ¿podría ser verdad que era el momento de volver y ponerse a trabajar y que, posiblemente, eso le podría ayudar mucho, más que las pastillas que tenía que tomar para conseguir dormir por las noches? Era cierto que se había refugiado en su propio dolor y que tenía que salir de alguna manera de ese estado de hibernación. Se encontraba confundido y decidió salir a dar un paseo y casi sin darse cuenta sus pasos le encaminaron al lugar donde se había cometido el espeluznante crimen.

La Ciudadela y la Vuelta del Castillo son parte del cinturón verde de Pamplona, en cierto modo, son el pulmón de la ciudad y su referencia urbanística. Se trata de 280 000 metros cuadrados de árboles y praderas que se entrelazan con una construcción levantada sobre 1571 para la defensa de Pamplona, la razón de la conservación de la Vuelta del Castillo es, en realidad, militar, se trataba de los glacis de la Ciudadela, una zona en ligero desnivel hacia los fosos y las murallas en la que no se ha permitido construir. Desde el siglo XVII, es una zona de recreo para todos los pamploneses y uno de los lugares más concurridos de la ciudad.

Desde su casa hasta el lugar de los hechos no había apenas veinte minutos andando, así que llegó enseguida, la zona se encontraba todavía acordonada y solo una pareja de policías municipales custodiaban el lugar de las miradas de curiosos que, sobre todo a primeras horas de la mañana, pasaban para ver qué era lo que había ocurrido. Era uno de los contrastes de una ciudad pequeña en la que la gente prácticamente se conocía y en la que los lugares de encuentro eran comunes a todos, siempre había dicho que Pamplona era una ciudad con la forma de vivir de un pequeño pueblo y, en cierto modo, era ese encantó el que le hizo terminar de establecerse en su vida profesional.

Había muy buena colaboración entre las distintas policías que trabajaban en la ciudad, sobre todo a nivel de calle y lo que le sobraba era esta precisamente, ya que, aunque fue ascendido, el despacho no era su lugar favorito. A todo esto también había que añadir que había impartido clases en la Escuela de Seguridad, con lo que, de unos años a esta parte, todos los nuevos alumnos de Policía Municipal y Foral le conocían.

Se dirigió a los compañeros de la Policía Municipal y se sorprendió agradablemente de que ellos le recordaran.

—Inspector Molina, ¡qué alegría verle! —Y le tendieron la mano amistosamente—. ¿Qué le trae por aquí?

—¡Hola, chavales! Pues vengo a echar un vistazo, me imagino que como todos. La verdad es que me han ofrecido hacerme cargo de la investigación.

No dejaba de ser una verdad a medias, aunque todavía no se había decidido, pero, en el fondo, empezaba a sospechar que iba a ser así.

—Por supuesto, inspector, por ser usted, tenga cuidado con las marcas que la científica ha dejado en el suelo, nos han comentado que pasarían luego a retirarlas y que no dejáramos que nadie las tocase.

—No os preocupéis, iré con cuidado, solo quiero hacerme una composición del lugar, ¿sabéis cómo estaba el cadáver?

—En principio, según nos han comentado, era una mujer de unos veintisiete años, de raza blanca, aparentemente sin heridas visibles, pero lo más sorprenderte era que no tenía ojos, la piel de los dedos y pies se la habían extraído y quemado las yemas y la dentadura también se la habían quitado.

—Por lo que veo, el autor se ha tomado muchas molestias para que no podamos identificarla.

Se quedó un rato observando, la verdad es que el escenario resultaba mucho más impactante que la propia noticia en la prensa. Había algo extraño en aquella puesta en escena, parecía no corresponder en absoluto con esa pequeña ciudad, era insólito e irreal encontrarse en aquel lugar, sin embargo, pensó con amargura, para aquella mujer todo había sido bastante real y, desde luego, tuvo que ser aterrador.

Prestó atención a los marcadores que habían dejado los de la científica, en principio, no se veía ninguna cosa significativa, eran restos de ropa, huellas alrededor de la marca del cadáver y luego la cruz, lo que no dejaba de llamar la atención era una cruz en forma de «x», como si el autor hubiera querido marcar dónde iba a dejar el cuerpo o llamar la atención sobre ese punto en concreto.

Mientras pensaba en qué podía significar todo aquello, se acordó de sus tiempos de monaguillo y de sus clases de Teología y recordó de que a ese tipo de cruz se le conocía por el nombre de la Cruz de San Andrés, y se le llamaba así porque ese santo fue crucificado en una cruz similar y con la cabeza hacia abajo; representa la humildad y el sufrimiento, y en la heráldica simboliza el caudillo invicto en combate. También era curioso porque en el ámbito más esotérico se cree que puede identificar a los seguidores de la Herejía del Grial y fue utilizada por los romanos para marcar las fronteras de su territorio.

El autor o los probables autores, pues empezaba a sospechar que no podía ser una sola persona la autora de este crimen, ya que era difícil por no decir imposible que una sola persona hubiera hecho la marca y desplazado el cadáver hasta allí, porque el lugar que había elegido se encontraba relativamente a la vista de cualquier curioso o trasnochador, con lo cual, no disponía de mucho tiempo para ello. Sin embargo, el hecho de que lo hubiera dejado ahí es porque querían que lo descubrieran o bien transmitir un mensaje, pero ¿cuál? y ¿por qué?

El inspector Molina se despidió de los agentes y decidió dar una vuelta y pensar sobre el asunto, la verdad es que su cabeza no dejaba de pensar en los hechos y en el lugar del crimen, le venían imágenes entrecruzadas de los hechos que dos años atrás tuvo que vivir y lo que acababa de ver, no se encontraba con fuerzas para llevar a cabo una investigación o, tal vez, lo que le daba miedo era fracasar después de tanto tiempo.

Había dado muchísimas conferencias sobre técnicas de investigación, sobre autoprotección y psicología policial aplicada a los interrogatorios y, en cambio, ahora se sentía bloqueado ante una decisión que, en el fondo, le apetecía tomar. De repente, se acordó: ¡las once de la mañana!, le había prometido a su amigo y buen compañero Julián que asistiría a la entrega de medallas en la que su amigo iba a ser condecorado, no es que le apeteciera mucho ir, pero una promesa era una promesa, todavía estaba a tiempo, la cita era a las doce, así que se encaminó a paso rápido hasta su casa, se cambiaría de ropa e iría, todavía tenía dudas de qué decisión tomar, pero tenía tiempo y quería pensarlo bien, mañana sería otro día.

Hacía más de dos años que no acudía a ningún acto de entrega de medallas, por una parte, no lo había echado en falta, era la típica reunión de compañeros en la que, al final, siempre acababas hablando de trabajo con unas cuantas copas de más.

Pero en esta ocasión no había podido rechazar la invitación, Julián, su compañero de fatigas recibía una mención especial y había insistido tanto que le resultó muy difícil negarse. Entraron juntos en la academia y habían coincidido en gran parte de su trayectoria profesional, Julián siempre estuvo a su lado, siempre pendiente para echar una mano donde hiciera falta; un buen amigo y compañero.

Se duchó y se arregló y llegó en diez minutos al hotel, ventajas de vivir en una ciudad pequeña. Al entrar, se alegró de que fuera tipo lunch, una inmensa variedad de pinchos y bebidas se encontraban colocados en unas largas mesas y los camareros se afanaban en servir las bebidas a los allá presentes que se encontraban de pie y formaban corros en agradable conversación, esto era mejor que tener que sentarte en una mesa con gente desconocida y mantener una conversación insustancial.

—¡Ricardo! —exclamó Julián y se acercó estrechándole la mano cariñosamente—. Ven, acércate, voy a presentarte a unos compañeros: el subinspector Jorge Fernández y el subcomisario Rodrigo López y aquí mi gran amigo, el inspector Ricardo Molina.

—Encantado —contestó Molina y esbozó una leve sonrisa.

—Un placer —respondieron al unísono Jorge y Rodrigo—, hemos oído hablar mucho de usted.

—Espero que sea para bien —contestó con una carcajada Molina.

—Por supuesto, inspector, hay muy buen ambiente, ¿no le parece?

Efectivamente, el local era agradable, sonaba una suave música de fondo y cuando el camarero se acercó a ellos con una bandeja de copas de vino, Molina cogió una de Chardonnay y se dedicó a observar a las personas allá congregadas. Su vista se detuvo en el grupo más numeroso que se encontraba en el lugar y no pudo apartar la mirada de una mujer que se encontraba en el centro del grupo, parecía que tenían una animada conversación y ella sonreía y, cada vez que lo hacía, toda la sala se iluminaba.

Como si aquella mujer presintiera algo, levantó la mirada y sus ojos se cruzaron, se miraron durante unos instantes y pareció que el resto de los presentes se desdibujaba y solo estaban ellos dos, sintió como un escalofrío. Hacía mucho tiempo que no experimentaba una sensación semejante, parecía como hipnotizado y no podía dejar de mirarla, evidentemente, era hermosa, pero había algo más, tenía tanta fuerza su mirada. Ella le sonrió y desvió pícaramente su mirada hacia el resto de acompañantes para proseguir con la conversación.

Molina se quedó descolocado, era absurdo, él no creía en los flechazos, pero lo que había sentido era tan real, se encontraba confuso, a duras penas pudo preguntar a Julián quién era aquella mujer.

—Ah! ¿No la conoces? Es Estibaliz Izco la bruja de la oficina, ja, ja, ja. —Rio Julián al ver la cara de Ricardo—. Es psiquiatra y, según dice, también sensitiva o vidente, no acabo de ver la diferencia, colabora con el departamento desde hace tiempo. Ahora que recuerdo, empezó un poco después de que te fuiste, principalmente, nos ayuda en cuanto a los perfiles de los autores de los delitos y la formas de proceder de estos según sea su carácter, es muy buena profesional y tiene un don especial para distinguir una verdad de una mentira, es un poco escéptica para mi gusto y, aunque está siendo una gran colaboración, a veces, me desconcierta. Se ha comentado que manifiesta que tiene visiones de los sucesos y que, en muchas ocasiones, esos sueños los que han ayudado en las investigaciones. En muchas ocasiones piden su colaboración desde otras provincias y viaja bastante ayudando a los compañeros de otros cuerpos policiales.

Molina puso cara de extrañeza, había estado tan desconectado del trabajo que desconocía que ahora el departamento contratase colaboradores y menos videntes, él siempre había creído en las pruebas y en la investigación para el esclarecimiento de los crímenes y desconfiaba absolutamente de otro tipo de técnicas.

—Ven —le dijo Julián—, te la presentaré. —Y se acercaron hacia donde ella se encontraba.

Cuando estaban a escasa distancia, sintió, de nuevo, sus ojos clavados en él, de los que no pudo apartar la mirada, sentía como si esos hermoso ojos pardos le envolviesen y hechizaran.

—Estibaliz Izco, asesora del departamento, el inspector Ricardo Molina —los presentó su amigo directamente

—Encantada, inspector. —Y le dio la mano acercándose suavemente dándole dos besos, su proximidad hizo que Molina pudiera sentir de cerca el perfume que la envolvía y cerró los ojos sin soltar su mano—. Encantada, inspector —repitió Estibaliz con una suave voz que acarició sus oídos.

—Lo mismo digo —acertó a decir Molina intentado que su tono de voz no delatara sus nervios.

—No había tenido el gusto de verlo por aquí, inspector —dijo Estibaliz.

—Sí, bueno —contestó Molina—, el caso es que me encuentro temporalmente fuera del servicio, pero los últimos acontecimientos han hecho que me replantee la situación.

—Se refiere usted al asesinato de la Vuelta del Castillo —comentó Estibaliz.

—Eso es —contestó Molina—, mejor no hablar de ello, ¿no le parece? A pesar de que todos los que estamos aquí somos conocedores de la idiosincrasia y lo desagradable de estos horrendos hechos, ahora estamos en una celebración y no vamos a estropear el momento hablando de cosas del trabajo.

En ese momento, otros compañeros se agregaron al grupo y, a lo largo de la velada, no tuvieron otra ocasión de volver a charlar, sin embargo, no dejaron de buscarse toda la tarde y sus ojos una y mil veces tropezaban, cualquier excusa servía: la letra de una canción, cada vez que se brindaba por alguno de los presentes sus copas se alzaban y se convertía en un brindis personalizado.

Ricardo decidió salir a tomar un poco el aire y pensar tranquilamente en todo lo que estaba sucediendo. Desde que murió su mujer no se había sentido atraído por ninguna persona y esa noche se sentía como un colegial, una presencia lo distrajo de sus pensamientos, ¡ahí estaba ella!

—Inspector, no sabía que estaba usted aquí, ya me voy, siempre me gusta irme antes de que acabe todo.

—¿Quiere que la acerque algún sitio? —preguntó Molina.

—No, no es necesario, vivo cerca de aquí y me gusta pasear.

—Entonces, permítame que la acompañe, es una excusa genial para abandonar el lugar —le comentó Molina a Estibaliz.

Cuando salieron del hotel, ya se había hecho de noche, una noche que se había vuelto cálida. En silencio, caminaban juntos, el corazón de Molina latía con fuerza, hablaron un poco durante el trayecto.

—Aquí es —dijo Estibaliz.

El momento de la despedida, igual no volvía a verla nunca más, una fuerza interior y desconocida le impulsó a ello: cogió suavemente sus manos y las atrajo hacia sí, una leve brisa agitó el pelo de Estibaliz y un mechón se posó sobre su rostro, con gran delicadeza Molina, soltando una de sus manos, lo apartó de la cara de Estibaliz y dibujó una caricia sobre ella, sus labios, poco a poco, se iban acercando hasta que se fundieron en un tierno beso primero, para luego dar paso a uno ardiente, seguido de otro y otro más y sus cuerpos se estrechaban y se fundían en un abrazo que parecía no tener fin.

Al final, Estibaliz apartó sus labios de él y le dijo:

—Buenas noches, inspector.

—Llámame Ricardo.

—De acuerdo —dijo ella—. Buenas noches, Ricardo. —Y entró en el portal no sin volverse antes de acceder al ascensor y enviarle aquella mirada que hacía estremecer todo su ser.

Una vez en el ascensor, Estibaliz se apoyó en la puerta jadeando, su corazón parecía ir a mil por hora, se sentía como flotando, estaba acostumbrada a experimentar infinidad de sensaciones, pero como la que le invadía en aquellos momentos… Hacía tanto tiempo que no vivía algo así, había sido una tarde mágica, no habían dejado de mirarse a través de la gente y aquellos besos, tan tiernos y apasionados a la vez, le había gustado que él no la hubiera tocado, a pesar del deseo que se palpaba en el ambiente, cualquier otro habría roto el momento romántico con algún magreo o haciendo algún intento de subir a su casa a culminar la noche, pero no, todavía no era el momento, aunque pareciera absurdo, los dos tenían una edad e ignoraba si habría alguna otra oportunidad de volver a verse, quería mantener el misterio y disfrutar de la seducción y la conquista. Había sido tan maravilloso que creía firmemente que la vida les volvería a dar otra oportunidad.

Iguales sensaciones tuvo él cuando dejó a Estibaliz y fue en ese mismo momento de esa noche cuando el inspector Molina decidió hacerse cargo de la investigación y volver de nuevo a la actividad, igual era el tributo que debía por el asesinato de su mujer y su hija. Y por primera vez en mucho tiempo, durmió bien.

Capítulo 3.º La vuelta de un buen hombre siempre marca un futuro

Al día siguiente, se levantó pronto y, como en los viejos tiempos, se encaminó a la comisaría, se sentía tranquilo y hasta de buen humor, no sabía qué le depararía el destino, pero estaba dispuesto a enfrentarse a él.

Como quiera que la comisaría no estaba muy lejos de donde él vivía, decidió acercarse y ver qué le deparaba su nueva decisión, no era fácil enfrentarse a todos los temores que le pasaban por la cabeza en esos momentos, pero pensando en María y en su hija Sara, decidió que lo quería hacer por ellas.

—Buenos días, soy el inspector Molina, quería ver al comisario, creo que me está esperando.

—Buenos días, inspector, un momento, por favor.

El agente era un muchacho de apenas veinte años que, por lo visto, se encontraba de prácticas y le habían asignado en el control de acceso, lo cual no dejaba de ser un alivio, pues no le apetecía, de momento, encontrarse con muchos conocidos, siempre había sido muy discreto en sus relaciones profesionales y no le había gustado llamar mucho la atención.

—Inspector, el comisario le espera, ¿Quiere que le acompañen?

—No, gracias, conozco todo esto muy bien, ya he trabajado anteriormente aquí, de todos modos, gracias por su atención, que tenga un buen servicio.

El despacho del comisario se encontraba en la 3.ª planta de un edificio que tenía ya más de cien años, era parte del primer ensanche de Pamplona, era muy curiosa la historia de este primer ensanche, el cual comenzó a formarse en el siglo XIX. Al parecer, fue aprovechando una prebenda a Pamplona del rey Alfonso XII en 1884, el cual dio los permisos necesarios para poder construir alrededor de la muralla, aunque hubo que pagar un tributo a los militares cediéndoles terrenos en el soto de Ansoain, además de 750 000 pesetas de la época y agua para los cuarteles, en 1890 se vendió el primer solar de la zona construyéndose el actual Parlamento de Navarra, que fue hace años Palacio de Justicia, la Alhóndiga, la Escuela de Artes y Oficios antigua y el llamado Tránsito Municipal y, además, quedó una amplia explanada donde se edificaron los cuarteles de infantería en 1919, que sobre los años 60 fue derribado quedándose únicamente el Gobierno Militar, que sigue enclavado actualmente.

La comisaría se encontraba en el Edificio General Chinchilla, construido en 1900 por Manuel Martínez de Ubago, y es uno de los mejores edificios de arquitectura burguesa

de Pamplona. Estilísticamente, es una edificación modernista, uno de los escasos ejemplos de ese movimiento artístico en la arquitectura de la ciudad.

—Comisario, ¿con su permiso?

—Molina, por favor, déjese de formalismo, esperaba su visita. La verdad, no esperaba menos de usted, pase y siéntese. cuénteme.

—Quiero hacerme cargo de la investigación, comisario, me gustaría contar con mi propio equipo y si todavía sigo teniendo mi despacho y la zona de trabajo que contaba anteriormente.

—Por supuesto, Molina, elija usted mismo su equipo, tanto el despacho como la sala de investigaciones es la que ya conoce, prepare un memorándum con lo que necesite y delo todo por hecho, necesitamos averiguar cuanto antes de qué va esta historia y dar con los autores. Cuente con mi total respaldo en todo lo que necesite, lo que sí quiero que sepa es que tanto desde el ayuntamiento como de la delegación del Gobierno existen presiones para solucionar este asunto, estamos en febrero, dentro de poco llegan las fiestas y ya sabe que esto no deja de ser una pequeña ciudad y la gente empieza a preocuparse.

—Comisario, ya sabe que nunca me he dejado llevar por los temas políticos, eso es una labor de otros departamentos o de usted mismo, y espero que para nada influyan en mi investigación, agradezco que me lo haya dicho, pero mi única prioridad es descubrir a los autores y detenerlos, el resto ya no es asunto mío. Ahora, con su permiso, me voy a poner manos a la obra y esta tarde mismo le daré la lista con el personal que quiero y el material que vamos a necesitar.

—Cuanto antes empecemos, mucho mejor, hable con el inspector Flores, él tiene las primera investigaciones y estaba al cargo del caso, personalmente, es un buen profesional, pero no está acostumbrado a este tipo de investigaciones, hasta ahora se había dedicado a robos y ha llevado una buena trayectoria en ese campo, lleva poco tiempo de inspector en la Policía Judicial y no le ha tocado ningún caso como este ni parecido, así que puede imaginarse que experiencia en este campo no tiene, solo la teoría. Pero como profesional es muy bueno y podría serle de ayuda.

—Gracias, comisario. Con su permiso, me voy a poner a trabajar.

El inspector abandonó el despacho y bajó hasta la segunda planta, en ella se encuentran los despachos de la Policía Judicial, la Unidad de Menores, la de Delitos Comunes, el Grupo de Información y la Unidad de Delitos Especiales. El resto del edificio está ocupado por las Unidades de Barrio y luego las oficinas de labores burocráticas y la de recepción de denuncias.

Su antiguo despacho se encontraba al fondo de todo el pasillo, cerca de la salida a los garajes, la verdad es que le gustaba porque estaba un poco apartado de todo el ajetreo que habitualmente se vive en esa planta.

Él sabía que iba a ser inevitable tener que saludar a todos sus compañeros, así que decidió presentarse a todos antes de ponerse a trabajar. Se pasó por la sala de la Policía Judicial y, como se imaginaba, estaban casi todos dando vueltas por allí, prácticamente estaban los conocidos de siempre y alguna que otra cara nueva de los agentes recién ascendidos a inspectores y subinspectores de nueva incorporación, aunque eran pocos los desconocidos.

—Buenos días a todos, ¿qué tal, José, Rodrigo? Lucía, bueno me parece que estamos casi los de siempre y a los que no conozco, un saludo y, con el tiempo, os iré conociendo personalmente.

Los primeros en saludarle fueron Rodrigo y Lucía, ya se conocían de hacía un tiempo y eran buenos compañeros de trabajo.

—¿Qué tal, Molina? Me alegro de verte, ya nos han comentado que te vas a hacer cargo del asesinato de la Vuelta del Castillo, cuando quieras te ponemos al día en lo poco que hemos conseguido, aunque la verdad, como te explicará luego Flores, está siendo algo confuso y no acabamos de tener clara la línea de investigación.

—Gracias, Rodrigo, espero poder contar contigo y también con vosotros dos —dirigiéndose a José y a Lucía— para mi equipo. ¿Sabéis si Tere está disponible?

—Puedes contar con todos nosotros —le comentó Rodrigo—. Tere ahora mismo está con un caso de robo en un bar, pero se lo podemos pasar a otro equipo, cuenta con todos y cada uno de nosotros, por supuesto.

—¿Qué tal Molina? —comentó Lucía—. Me alegro de verte, cuando quieras, nos ponemos a trabajar.

—Gracias, Lucía, encargaos de localizar a los demás y nos vemos en mi despacho dentro de una hora, quiero preparar para el comisario la solicitud de material y personal, necesitaré que me facilitéis las claves de acceso a los sistemas, me imagino que se me habrán caducado todos los accesos

—Dalo por hecho —comentó José—. Hago las gestiones con el Departamento de Informática y te paso las nuevas claves y los accesos a los nuevos sistemas de delincuencia, alguno ya te será familiar y hay un par de bases nuevas, pero es fácil familiarizarse con ellas.

—Os espero dentro de un rato en el despacho y, de nuevo, gracias a todos. Por favor, localizad también al inspector Flores es hasta ahora el responsable de la investigación y quiero pedirle que esté con nosotros.

La verdad es que fueron todos muy cordiales, en el fondo, todo el mundo apreciaba al inspector Molina y en los años que ha estado trabajando pocas enemistades había tenido con los compañeros, en algún momento tuvo que realizar alguna detención interna, pero siempre fueron hechos muy claros que para nada cuestionaban su actuación, por lo demás, se llevaba muy bien con los responsables de los otros departamentos, así como con los agentes de calle. En este mundo es muy necesario formar un buen ambiente que ayuda a llevar las situaciones que, en muchas ocasiones, se debe hacer frente en esta profesión, como ocurre con otras parecidas. Se piensa en la dureza de la Policía, pero nos olvidamos de que son personas como todos y que cuando salen a trabajar olvidan todos sus problemas y miedos y dan siempre lo mejor de cada uno de ellos, en ocasiones, hasta su propia vida por salvar a otras personas completamente desconocidas.

Llegó a su despacho y prácticamente se lo encontró como lo había dejado, estaba recogido y limpio, le habían cambiado el ordenador, la mesa de reuniones y pintado las paredes de un color azul claro, al menos tenía una pinta muy agradable y estaba mejor que con el color blanco ya oscurecido con el que lo recordaba, aunque la nostalgia le hizo pensar que igual estaba mejor con ese color que transmitía la sensación de esfuerzo y sacrificio y no tan impoluto como parecía el entorno ahora mismo. Se fijó que en uno de los estantes de los armarios había una foto suya de uniforme junto con su mujer y su hija, de pronto, le vinieron a la memoria los recuerdos del día de su muerte y los ojos se le nublaron mientras una lágrima humedecía su cara, nunca podría olvidar esa culpa, pero debía de empezar a vivir con ella, y eso era parte de su actual decisión y del lugar donde se encontraba en ese momento.

Decidió ponerse a trabajar y no dejarse llevar por tantas emociones encontradas. Preparó pronto el memorándum, sabía claramente lo que quería y no pensaba perder tiempo en papeleos innecesarios, quería empezar la investigación cuanto antes. Tenía claro que, aparte del material técnico necesario, iba a tener que contar con una buena dosis de paciencia y algo de suerte, pues, en muchas ocasiones, los delitos se descubrían con suerte, el estar en el momento adecuado o dar justo con el único fallo que los autores cometen, siempre hay alguna clave, el problema es dar con ella en el momento preciso.

Subió al despacho del comisario y le entregó a su secretaria los documentos, junto con la petición del personal con el que quería contar, bajó de nuevo a la segunda planta y ya estaba el inspector Flores esperándole.

—Inspector Molina, ya me han comunicado que va a hacerse cargo de la investigación, es un placer trabajar para usted, si le parece, le pongo al día de lo que hemos podido averiguar hasta ahora.

—Gracias, llámame Ricardo, por favor. —Era como le llamaban los conocidos dentro de la unidad, lo de inspector Molina era más formal y solo lo utilizaba con los desconocidos—. Antes de nada quisiera pedirte que formes parte del grupo, como mi segundo, pues tanto por rango como por antigüedad te corresponde, pero aparte de eso, también confío en tu preparación profesional.

—Bien, Ricardo, personalmente, me satisface trabajar contigo, te he conocido en años pasados en alguna de las campañas que has realizado y es todo un honor poder colaborar ahora directamente.

—Flores, me parece muy bien, pasa y explícame qué habéis averiguado o, mejor aún, ¿qué te parece si nos reunimos todos y así empezamos ya a trabajar?

—Ya me habían avisado que contara con que me ibas a pedir algo así. Los tienes a todos en la sala y, por cierto, están deseando ponerse a trabajar contigo. Personalmente, me alegro de que hayas decidido incorporarte de nuevo, ya sabes que puedes contar con cada uno de nosotros para lo que necesites.

—Gracias, no te preocupes de momento, solo quiero averiguar de qué va está historia y acabar cuanto antes, luego ya veremos qué pasa, tiempo al tiempo, las cosas suelen venir solas.

La sala de reuniones era una habitación con una gran pizarra blanca en el fondo, un proyector y un ordenador, así como varias sillas y una mesa de despacho con material de oficina, había sido bastante modernizada, ya no tenía el anterior aspecto con una pizarra de tiza y sillas sueltas por la sala con poca luz y, desde luego, ningún aparato informático.

Estaban todos sentados entre las sillas que había por la sala. Lucía, que era subinspectora de la Policía Judicial desde hacía ya varios años, ya había trabajado con Molina anteriormente, era rubia, de cara fina, pero con un cuerpo más bien atlético que a los hombres les parecía algo escuálido, aunque no tenía nada de eso, era toda una profesional y dejaba atrás a muchos de sus compañeros.

José era oficial y, precisamente, era el contrapunto de Lucía: fuerte, medía cerca de 1,90 y aunque no era lo que se dice guapo, por su complexión llamaba mucho la atención. Con Molina había estado trabajando en la Brigada de Información los dos últimos años, como profesional era muy persistente y tenía un don especial para ganarse a la gente y conseguir que le contasen casi todas sus intimidades; en el entorno del trabajo bromeaban con él diciendo que tenía que haber sido sacerdote.

Tere era una mujer de treinta años, de la escala básica y había trabajado con Molina anteriormente en su Brigada de Información estando infiltrada en los grupos radicales afines a la banda armada ETA y le gustaba su forma de trabajar. Era bajita, apenas 1,68 y tenía un cuerpo que llamaba la atención entre sus compañeros, era muy femenina, pero sabía transformarse completamente si las necesidades lo requerían, llegando incluso a engañar a sus propios compañeros.

En cuanto a Rodrigo, era el típico policía de cuarenta y cinco años, con su cuerpo de 1,75 y ancho de hombros, todavía era capaz de dar mucha guerra a más de un joven, se conservaba físicamente bien y se notaba que se cuidaba, aunque los años y la madurez de un hombre casado pasaban su factura, actualmente era oficial de la Escala Básica por decisión propia, pues le gustaba trabajar en Pamplona, estaba muy asentado familiarmente y no le apetecía un ascenso con el problema de nuevos traslados que suele conllevar la mayoría de las ocasiones.

Molina fue directo al grano, no eran necesarias las presentaciones, pues ya todos eran conocidos y lo que más le preocupaba en estos momentos era averiguar qué era lo que estaba pasando.

—Bueno, gracias a todos por estar aquí. Hace un rato he solicitado al comisario la integración de todos vosotros en esta investigación, pero sois libres de continuar con vuestras actuales actividades si así lo deseáis, creo que nos conocemos desde hace mucho tiempo y tenemos suficiente confianza para ser claros en todo. Al inspector Flores lo conozco menos, pero espero contar con su completa colaboración y como segundo en el equipo podáis confiar en él como si fuera yo mismo. De todos modos, sabéis que no me gustan los formalismos y menos en la calle, así que nos hablamos con nuestros nombres de pila como todos nos conocemos y dejamos las graduaciones para cuando el protocolo nos lo requiera. Bueno dicho esto y esperando que no salgáis ninguno corriendo, veamos qué tenemos hasta el momento y por dónde podemos empezar. Flores, si me haces el favor, nos pones al día en qué hay hasta ahora de las investigaciones.