Las ocas - Álvaro Cruzado - E-Book

Las ocas E-Book

Álvaro Cruzado

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Beschreibung

En Las ocas está la historia de un arquitecto tan misterioso como obsesivo, inscrita en el marco de una transformación traumática del clima que tendrá profundas consecuencias en la vida de una ciudad y su narrador. Con la presencia hipnótica y seductora de la fantasmal Alba, compañera de estudios del protagonista, la narración nos adentra en su formación, su familia y la poderosa empresa que lo tomará como empleado y a la que deberá someterse, atraído por aparentes ventajas en un mundo social y económico medido desde la desesperanza. La crisis ecológica, la incertidumbre del futuro laboral, las dificultades en el acceso a la vivienda de los jóvenes, así como la paranoia y la locura características de la vida actual constituyen las líneas de fuerza con las que Álvaro Cruzado construye su primera y potente novela, con una inventiva y una capacidad de narración que se aprecian desde las primeras páginas y que nos disparan hasta el final. 

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Seitenzahl: 265

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Las ocas

Álvaro Cruzado

 

Índice

Cubierta

Portada

Dedicatoria

Epígrafe

Carta al autor

Las ocas

I: el diluvio

II: hijo modélico

III: la primera entrevista; la primera clase

IV: los años universitarios

V: huyo

VI: la firma del contrato

VII: primer día de trabajo

VIII: los rituales

IX: el cine

X: antes de dormir

XI: El Ganso

XII: red de espías

XIII: lo que está por llegar es el miedo, no el futuro

XIV: El Laboratorio

XV: la ciudad, un recuerdo

XVI: aquí, el presente

Sobre el autor

Créditos

Cubierta

Tabla de contenidos

Portada

Créditos

Las ocas

a Ana por darme la mano cada noche

El recuerdo de un hecho no es prueba suficiente

de su acaecer verdadero.

Juan José Saer

 

 

si me miro descuento mi doble

si te veo agrego tu mitad

Tamara Kamenszain

CARTA AL AUTOR

 

 

Querido arquitecto:

 

 

Me he tomado la libertad de escribirte esta carta a ti: un fantasma. Tus textos desordenados estaban en una caja detrás de un bloque de hielo que se había formado en el congelador. Tuve que picarlo con un destornillador, después de rociarlo con agua caliente. Llamé a la inquilina anterior y me dijo que no sabía de qué le hablaba. En uno de los post-it que había entre tus páginas escribiste: “dejaré estas hojas guardadas en la nevera, porque cuando alguien fallece o enferma, lo primero que hacen es vaciarla para que no se pudran los alimentos y se expanda ese olor terrible por las habitaciones. También, porque es el último sitio en el que miraría alguien que registra una casa”. Conseguí dar con el piso en el que viviste, pero ya había sido remodelado y pintado, así que los mapas y dibujos de las paredes estaban censurados.

Desde que encontré la caja, hace tres años, he estado obsesionado con tus textos. Los investigué a fondo en los pequeños huecos que me dejaba el trabajo. La calma de mi salón se disolvió entre mapas, hojas, post-it y libros de arquitectura. Te convertiste en la distracción de mi vida.

Lo primero, asumí que todo lo que escribiste ocurrió de verdad, de ahí mi empeño. Quería y quiero ayudarte. Lo segundo, me sorprendió que tu historia esté tan alejada de la mía: el incidente del centro de rehabilitación de animales sucedió hace quince años. Pero esa referencia me permitió calcular tu edad. Con ese dato, fui a la universidad y deambulé por los pasillos mirando las orlas; hablé con algunos profesores pero nadie se acordaba de ti después de tanto tiempo. “¿Sabe usted cuántos alumnos pasan por aquí?”. Busqué tu empresa, Despacio, en jornadas con derivas burocráticas interminables y en las profundidades de internet, sin encontrar ni un solo rastro de ellos: se han difuminado, otro fantasma –imagino que, por lo que cuentas, habrán invertido una cantidad obscena de dinero para conseguirlo–. Visité la torre del edificio en la que estaba la sede central de Despacio: no quedaba nada, ahora es un lugar público con cafeterías, una librería, salas de exposiciones, donde se hacen talleres de danza y de revelado de fotografía e, incluso, tiene una cineteca. Revisé cada uno de los edificios que mencionas, sin hallar ni siquiera una pista sobre ti.

Lo intenté por todos los medios, pero he sido incapaz de dar contigo. No sé cómo eres, no conozco tu voz, ni siquiera tu nombre. Esa es la forma con la que conseguiste ocultarte de este mundo: no pudiendo ser nombrado. Esta historia anónima es la historia de un fantasma. La historia de un chico atenazado por el miedo y la ansiedad. Te abrazó la soledad más abrumadora, te quedaste atrapado en miles de preguntas. La culpa y la vergüenza vertebraron tus movimientos. Fue una estrategia perfecta que te volvió dócil, que te deshizo. Quedaste deshabitado y lo único que hacías era mirar atrás, a tu sombra. Le diste la espalda al futuro, porque no tenías otra forma de protegerte. Un día sin notarlo, en una mañana fría y seca, solo te quedaba una pequeña luz cubriéndote los hombros.

Sé que en algún instante tu escritura, igual que tu vida, empezó a despedirse. Tu integridad y tus manos se agrietaban por las pesadillas. Tu letra se aceleraba en las últimas páginas: la morfología y la sintaxis se desplazaban como un organismo vivo. Me ha costado tanto entenderte, que me he dado cuenta de que ya no estamos acostumbrados a leer trazos manuscritos. He incorporado las correcciones que le hiciste a tu texto, aunque me ha llevado bastante tiempo descubrir qué significaban los colores de los papeles (encima lo complicaste más al cambiar los códigos en cada capítulo: añadir, suprimir y sustituir). Dejé anotados los post-it que se superponían.

Me gustó que ensayaras antes de escribir: los esbozos que se inician en hojas muertas, que no llegan a ningún lugar. Solo rescato una frase que tachaste: lo más extraño que me ha sucedido ha sido cuidar de una manada de ocas. Aparecía en la primera hoja que leí, lo que significa que en algún momento consideraste empezar ahí. Después fuiste más atrás, hasta que tomaste la primera decisión equivocada. Sé que sufriste, que desvariabas, que tu cuerpo era el texto y al revés: las hojas están manchadas, arrugadas, agujereadas, a veces rotas.

 

No creo que sea yo alguien especialmente reflexivo y estoy aquí en un sofá sin ducharme y sin apenas comer desde hace días, sin parar de darle vueltas a la cabeza. Atender a las cosas cuando estas han sucedido es la única forma de alcanzar lo que significan en su profundidad. Hay una aprehensión que solo puede realizarse en lo vivido. Si invocamos una situación desde el recuerdo, hay aspectos que se difuminan o se amplifican o se olvidan. Lo que en su momento tuvo importancia, luego puede perder el sentido. Es posible, de hecho, que lo que nos afectó fuera un gesto, una palabra, una mirada que mantuvimos en segundo plano para no atenderla; sin embargo, con el transcurso de los días ese leve zumbido casi enterrado acaba reverberando como un trueno. ¿Es el tiempo el factor que hace reacción? Si entre un momento y otro no sucede nada, lo que cambia la importancia de las cosas es el tiempo.

 

Ojalá puedas leer tu libro, significaría que estás vivo. La editorial se ha comprometido a promocionarlo sin que yo aparezca en ningún momento, también usamos un seudónimo por si acaso; evitamos situar en el mapa, como aparecían en tus pintadas, los lugares de la narración, así queda la ciudad como un elemento exterior, brumoso, en el que no entra ni sale nadie. Decidí llamar tu atención con el título, porque sé que siempre será para ti una palabra clave. Te escribí esta carta, que antecede al libro, porque su propia forma es la de la espera: se conversa siempre en la ausencia del otro. Puedes contar conmigo para volver a descubrir este mundo que se entretiene con nuestra desesperación.

 

Miro por la pequeña ventana y la tarde, entre colores pálidos, anticipa el sonido de una motosierra que alguien utiliza para podar los setos que hay en el inicio de la calle. Esa pequeña vibración, disminuida por los cristales cerrados de la habitación, la utilizo para concentrarme. Quiero creer que, si escribo aquí mi teoría, el miedo que siento cambie hasta convertirse en algo más benévolo, por ejemplo, en resentimiento, en envidia, en rabia.

 

No he intentado definir la realidad, sino aproximarme a lo espectral de tu discurso, a su sonido, a su breve incursión entre los pequeños intervalos habitables del mundo. Lo dejo aquí: abandono este horizonte accidental y su ronroneo cada vez más cercano.

 

Perdóname. Siempre tuyo,

 

César.

LAS OCAS

I: el diluvio

¿Cómo era la ciudad? Apenas la recuerdo porque cambió muy rápido: el tiempo se desestabilizó, como se advertía. Las lluvias torrenciales modificaron el paisaje, que recuperaba su forma en fotografías y vídeos antiguos. En las noticias mostraban imágenes sobre el antes y el después de los lugares; los mismos canales habían medio ocultado, despreocupadamente, eventos similares. Llegó la crecida que no se iba, que desvanecía partes de la ciudad; el agua en tromba discurría por allí como si el espacio hubiera sido concebido para ello. La urgencia de los sucesos replanteó las actuaciones y pronto las máquinas, enormes tractores, recogían los desechos acumulados en las aceras.

Se convocaron manifestaciones online por la inacción ante el calentamiento global. ¿Qué quieres hacer si llevamos un mes encerrados?, me escribió Alba, tendremos que quejarnos, esto no es normal.1 Vale, pues envíame luego el formulario, quiero ver qué hacéis, le contesté. Solo tenemos permiso para escuchar, los moderadores son los que hablan y dirigen la acción, dijo Alba. Al parecer, los formularios evitaban que se colapsara o se bloqueara la plataforma asamblearia. Expusieron durante horas sus inquietudes y decidieron actuar: pondríamos comentarios en cada uno de los periódicos y cadenas de noticias; bloquearíamos con miles de correos electrónicos las páginas de las grandes empresas eléctricas y petroleras. Los medios de comunicación contrarrestaron el spam con la gran actuación de un experto meteorólogo, que achacaba las lluvias a la erupción de un volcán en unas islas del sur.

El tiempo libre era desolador. El encierro impedía cualquier ritmo lógico y mi cuerpo comenzaba a acostumbrarse. Noté que mis piernas se atrofiaban, me pasaba tumbado la mayor parte del día. Tenía dificultad para respirar, para dormir, para comer, para existir. Escuché las canciones más tristes de mi adolescencia. Me hundí más aún. Había terminado de raparme el pelo, con el baño aún sin recoger le escribí a Alba: no lo soporto más, es horrible, me siento muy débil. ¿Por qué no acompañas a tu madre a comprar? Si te das un paseo, puede que te encuentres mejor, come fruta también, me contestó.

Mamá, voy contigo, le dije. Aprovechamos uno de los respiros que dio la lluvia, avisados por la alerta del móvil. Dios aprieta pero no ahoga, me dijo mi madre mirando al cielo, como si se hubiera vuelto adivina. Nos calzamos las botas altas de agua y fuimos al supermercado del barrio. El dueño, y cajero, tenía la cara consumida de tristeza. Compramos los alimentos que se almacenaban caducados en los estantes. Los yogures no se ponen malos, dijo mi madre en voz alta. Robé un bote de piña en almíbar. Volvimos al piso sujetando su carrito, que había impermeabilizado con un vídeo viral, en el aire. Sorteamos como pudimos el desastre, porque nuestros pies y el suelo se desvanecían bajo el agua y el barro; las cosas amontonadas nos rozaban las piernas, a veces nos entorpecían o nos hacían tropezar; los bordillos parecían limados y, sin querer, hundí mi bota entre las ruedas de un carrito de bebé oculto, aterrorizado intenté sacarlo sin meter la mano, pero con cada tirón el carro se movía conmigo; roté mi tobillo hasta que lo desencajé y pudimos seguir el camino. Ni mi madre ni yo queríamos descubrir lo que nos rodeaba. Antes de girar para la casa, nos pasó un hombre montado en un kayak rojo con varias bolsas de la compra, torció hacia la avenida que habían despejado la noche anterior.

¿Estás buscando trabajo?, me espetó mi madre mientras mordisqueaba una pera. He actualizado el porfolio y he echado varias ofertas, dije rascando con el dedo el mantel de la mesa de la cocina, cansado de verlo. Deja de hurgar, que lo vas a romper, llevas vagueando un mes, al menos ponte a repasar el inglés. Me jodió que se levantara sin dejarme responder. ¡Friega los platos del desayuno!, ordenó desde el salón. Escribí luego en mi diario:

 

4 de septiembre

La cadena de sufrimiento es una consecuencia justa, viene un poco de atrás, lejos de las lluvias. El problema es que resuena en la relajación y eso me confunde, ¿cómo llevo esta cuestión hacia afuera? Podría cometer un acierto: devolverme las ganas de vivir; y que mi voz inerte tomara otra perspectiva y que dijera algo útil y que se quedara conmigo, es decir, que no fuera un boceto. Caería la noche, el telón, y mi cabeza se desplazaría… ¿hasta?, hasta un sentimiento o emoción que me perteneciera. Mío, mío, mío y la espalda apoyada para no hundirme. ¿Y mi mano? Es una elipse ortopédica, orbita como un astro que no gira ni conoce su propio final… Si la corto: es ineficaz esta complicación del revés. Mi mano es un tentáculo que agarra comida. Así… tengo que escapar, conocer de nuevo, es decir resucitar, dejar de esconderme. No debería babear mi imaginación. Empiezo a bordear.

 

A mi madre la amparaba la razón, no podía descansar más. Me había dado una semana de vacaciones y llevaba un mes. Necesitaba hacer algo de valor, centrarme en mí, buscar mi meta. Jugué a las preguntas y respuestas, inmóvil, sentado en mi escritorio intentando ser honesto. Dilucidé desde esa posición lo que yo era: me había renovado de manera decepcionante. Era el segundo mejor de mi promoción, por lo que tenía claro que las ofertas llegarían. ¿Para qué si no tanto esfuerzo? Los grandes estudios buscaban en las universidades, contactaban con profesores… Para eso me había implicado cuando traían a los antiguos alumnos, para eso me acercaba al terminar y les proponía soluciones a los errores de sus mejores obras, para que me tuvieran en cuenta. Estaba seguro de que había demostrado mi capacidad: atendía a los pequeños detalles y ofrecía soluciones viables. Solo tenía que mover el porfolio y esperar. ¿Quizá no me elegían por la foto que había puesto? Aunque yo pensaba que me favorecía porque me otorgaba un aspecto responsable y entusiasta. Tomé la decisión de ignorar a mi madre, por pesada y vieja, por no entender el mercado. “¿Y si es mi estilo? No debería…”. Es verdad que era diferente de las nuevas líneas de pensamiento y trabajo. ¿Quién quiere siempre lo mismo? Mi corrección y respeto a los órdenes clásicos –solidez, utilidad y belleza– me habían dado resultado durante la carrera. Mis proyectos siempre seguían una estética definida por la simetría y la tranquilidad, atractiva para su contemplación. Les añadía innovaciones técnicas con el fin de alcanzar un determinado nivel de eficiencia energética o evitar el deterioro de los materiales. Sé que me llamaban conservador, pero era lo contrario a eso. ¿Por qué querrían alejarse de la tradición? Si se realizan modificaciones que anulan la esencia inicial de un edificio o un espacio, se está intercediendo de manera directa en la historia. Por eso confío en la conservación y en la restauración que mantienen la estructura tal y como fue ideada. Recuerdo a compañeros que tenían una imaginación abolicionista, disruptiva, antiacadémica. Eran aburridísimos. Es mejor contraponer ideas, dejarlas que convivan en un mismo edificio, permitir que dialoguen. Iba a explotar de rabia esa noche, por lo que decidí acostarme antes de adentrarme sin remedio en la esfera más profunda del pensamiento.

La mañana avanzaba acortando el sol en mi imaginación, las nubes lo bloqueaban. Mi madre abría y cerraba las ventanas, me instaba a hacer cosas, cantaba, se movía; asumía esa cotidianidad: el encierro. Mi cuarto era un desastre, la ropa se amontonaba en formas terribles por las esquinas, los vasos del café dispuestos en el escritorio habían borrado su amplitud. Dejé que el aire y la lluvia se colaran durante un rato, para renovar esa atmósfera pesada y fanganosa. Recibí un mensaje de Alba antes de comer: ¿cómo estás? Me he descargado un programa de arquitectura de hace mil años; he notado que mi relación, mi afinidad, con la arquitectura se desdibuja, tampoco tengo ganas de leer ni nada, así que le he puesto remedio a mi manera.

No le respondí. Alba era mi mejor amiga, pero a veces no me entendía. Su mensaje me generó ansiedad y angustia. Me hizo darme cuenta de que yo tampoco le había prestado atención a la arquitectura. Está demostrado que el uso y la repetición sirven para actuar, la acción se vuelve costumbre y te permite encontrar soluciones a una velocidad mayor, por eso los artistas marciales o los conductores de drones de carreras repiten infinidad de veces las técnicas o los circuitos. Estaba perdiendo eso y me dio miedo2 que cambiara mi dinámica con la arquitectura, que me aburriera de repente. Quise adaptarme, moldearme, ser flexible, pero mis sentimientos no eran estables.

No quise comer esa mañana. Me encerré en el cuarto y no salí. Pensaba y pensaba, entré en un bucle, en un pozo negro. Llevaba el lastre de los días, del estancamiento. Ya no sabía si mis ideas y mis gustos eran míos o surgían de una imposición que no había apreciado. Esas dudas, cuando no tienes nada que hacer o te aburres, se vuelven inmensas llegando incluso a gangrenar la voluntad y el deseo. La ansiedad polinizaba cada pensamiento, arrasando cualquier iniciativa que tuviera. En mi correo aparecieron los primeros rechazos de las entrevistas. No estaba acostumbrado a perder: la espiral se volvía abusiva. ¿Había sido por la rigidez de mis proyectos? ¿Me faltaba formación o experiencia? ¿Era por las lluvias torrenciales? ¿Había alguien mejor que yo?

Intuyendo mi malestar, Alba me escribió por la noche otra vez, a pesar de no haberle respondido, vertiéndome ideas que habían sido mías: ha salido en las noticias la casa reformada que tanto te gustó, la del jugador de tenis, está destrozada, no ha podido soportar el temporal. Me entristecí porque me gustaba mucho el diseño del exterior, la distribución de toldos en el jardín ofrecía zonas sombreadas en las horas donde el sol incidía con más intensidad, y después se podían modular con facilidad, recuperando ese espacio que le privaban al cielo. Seguí leyendo el mensaje: el impacto de lo nuevo, así se llama el programa, por si quieres verlo, está entero en internet. Gracias, luego me pondré a verlo, estoy bien, le respondí mintiéndole.

Entre oscuridad y oscuridad vi el programa. Algunos fragmentos se acercaban desde lo más remoto de mi memoria, aunque hubiera olvidado el nombre. De pequeño me entusiasmaba la diferencia de tamaño entre el presentador y los lugares que enseñaba. Busqué el capítulo sobre Brasilia, el sueño de cualquier arquitecto: diseñar una ciudad. Con el proyecto tendieron a una simetría y amplitud que volvió la ciudad, al principio, impracticable para la vida corriente. Soñé que un trabajador empezaba la obra a dos metros de distancia del lugar indicado, por lo que el resto de los edificios ya no se enfrentaban, quedaban avenidas más pequeñas y otras más grandes. Soñé con la irregularidad.

¿Por qué volver aquí, a estos recuerdos tan nimios e intrascendentes? Al final, esos días terribles no se comparan con los que estoy viviendo. Esa ansiedad era plácida, asequible y estable. Ahora me engulle la desesperación.

1Post-it: los diálogos no existen.

2Post-it: idiota.

II: hijo modélico

Afuera llovía y llovía. Las grandes masas de agua me hicieron olvidar las calles y su uso. La cumbre de las farolas aún permitía intuir las distancias; los árboles arrancados navegaban sin control, vislumbrándose entre sus ramas pequeños objetos embarcados. El tiempo ruinoso me esterilizaba la imaginación. Mi voluntad estaba deshecha. Vivía en un estado letárgico: los sueños y lo real coexistían rivalizando. A veces, me despertaba sobresaltado y de pronto me volvía a despertar sobresaltado. Miraba el montón de ropa sobre la silla y encontraba los mayores demonios. La pequeña capa que separa los dos estados se difuminó con el transcurso de los días.3

Sin saber cómo, esa situación somnolienta y depresiva me alertó sobre mi vida. Anoté en el diario: mi pensamiento y mis acciones nunca me han pertenecido, voy guiado; mis pasos siguen huecos previamente abiertos por mis padres; he hecho el camino que a ellos les habría gustado hacer; soy la encarnación de sus sueños, soy la única posibilidad que han tenido de volverlos tangibles.

Mis padres para no sumirse en la tarea diaria, y terrible, de estar consigo mismos inventan quehaceres estúpidos. Los veo haciendo pasta o deporte en el salón y me enfadan, no han hecho eso nunca, parecen ovejas. No hacemos nada juntos, ni un puzle ni una película. Solo entraba mi madre a molestarme a veces, pero con los días dejó de hacerlo. Antes, me he asomado y he visto que el sillón tiene impresa la silueta de mi padre, imagino que él no hace nada, como siempre, solo se sienta con su barriga y bebe cerveza, le escribí a Alba. Si tanto te molesta, ¿por qué no se lo propones tú? Sal del cuarto e intenta ayudar a tu madre con el pan o la pasta, o dile que te enseñe a cocinar, o siéntate junto a tu padre y ponte a leer, quizá acabáis haciendo algo juntos, me respondió.

Solo le mandaba ese tipo de mensajes a Alba cuando no podía soportarme más. Sus palabras siempre eran demasiado complacientes, en ellas no existía el enfado ni la agresividad. Era una persona que intentaba no sufrir, si algo la incordiaba, hallaba una solución y la atajaba de la forma más eficiente; esa era la base de sus consejos y de sus proyectos. La admiraba. En comparación con ella, yo me encerraba en mí, me relamía las heridas, me permitía el odio. Discurría por cualquier sendero que me ofreciera un atisbo de solución, a veces durante días.

En aquella época, los odiaba, principalmente a mi padre. Es muy sencillo exigir sin implicarse, sin preguntar; disponer y elegir con la distancia suficiente para que el cuerpo que siempre estuviera presente fuera el de mi madre. Era ella la que me compraba la ropa o me llevaba a los cumpleaños y a la peluquería, la que me esperaba a la salida del colegio cuando tenía actividades extraescolares. Mi madre dejó atrás sus aspiraciones, confiando en las decisiones de mi padre; y eso acabó por molestarme, por enfadarme. Se resignaba simplemente a ser, sin voluntad, sin interés. Lo cierto es que ambos, a su manera, apostaron su vida a mi futuro. Yo dejé de soñar con ser astronauta o futbolista: quería saber cosas, hacerlas, pintarlas, escribirlas. Esa profesión no existe y tampoco la verbalicé para que existiera. Optaron por lo práctico, es decir, por marcar el camino de forma rígida; su única exigencia: estudiar, estudiar y estudiar.

Y así me llegó un oficio, una alternativa, una dirección. Habían transcurrido los años del colegio e instituto y apenas tenía amigos, así que mi ilusión estaba al principio un poco distorsionada, porque no podía compartirla con nadie. Fuimos de excursión, antes del examen de acceso a la universidad, a un museo de arte contemporáneo. Los estudiantes deambulaban por los pasillos entre bromas y risas. Algunos coqueteaban o se hacían fotos frente a las obras. Yo me quedé cerca de la guía, que nos explicaba los cuadros y sus relaciones históricas. En mitad de una sala enorme había un sillón, un vigilante impedía que la gente se sentara. Su forma voluminosa de cuero negro, con patas de acero, contrastaba con las paredes blancas. Un foco lo iluminaba como si fuera el actor protagonista. Debajo tenía un cartel: diseño de Eileen Gray. Apareció el interés y luego, el deseo; investigué, comencé a dilucidar mi propio sueño: quería ser arquitecto. Derroché toda mi energía hasta conseguirlo. Yo también deseaba perseguir objetivos y no solo superar etapas obligatorias.

Hasta el trabajo: esa era la última preocupación, el lugar hasta el que tenían que hacer el esfuerzo. Llegado ese momento, que coincidió con las inundaciones, me dejaron a la deriva, oscilando en su meta, con la satisfacción de haberme procurado un futuro.4 Hijo modélico. Hijo predilecto. Hijo único. Hijo perdido. Fue ahí cuando empecé a desorientarme, no había más recursos ni más camino. Superada la meta, rozando con mi pecho la banda del final, mis ojos realizaban movimientos imposibles, desbocados, porque ya no tenían dónde mirar; centrados en una meta, dejaron de ver alrededor. Hijo miope. El futuro se desvanecía como un monstruo marino, sumergiéndose y sumergiéndose bajo capas de oscuridad, dejándome en mitad de la catástrofe.

De madrugada leí un mensaje de Alba, austero y breve, pero suficiente, incluso necesario: ha salido esta oferta, échale un ojo, tiene buena pinta, es una compañía que se está consolidando en el sector de las rehabilitaciones. Se llama Despacio. Me cambió el humor al sentirme acogido. La oscuridad se aliviaba atravesada por un punto luminoso que salía de mi teléfono; creo que siempre he esperado una palabra suya, con eso me bastaba. La sensación me duró unos minutos hasta que se fue volviendo rugosa e incómoda y el desasosiego me encogió el pecho. Mi mirada se perdía en las paredes espesas y oscurecidas, mi respiración al menos atestiguaba mi presencia; sentí frío en las manos, que sujetaban aún el móvil, y cuando el frío accedió a todo mi cuerpo, antes de que me alcanzara el delirio, le escribí a Alba dándole las gracias.

Retomé las noticias con las que estaba embobado antes del mensaje, encogido bajo las sábanas. Mi atención solo captaba movimientos y destellos. Varias trabajadoras del centro de rehabilitación de animales se habían quedado encerradas por las fuertes lluvias. Aguantaron lo que pudieron mientras esquivaban cables eléctricos, el vidrio de los terrarios y las mallas galvanizadas que protegían las áreas. Las recogieron con una lancha en la piscina donde se hacían los espectáculos de los delfines. La imagen que ofrecían los telediarios permitía apreciar las jaulas cerradas del recinto: flotaban cientos de cuerpos hinchados con el pelaje humedecido. Pusieron junto a los presentadores un listado de los animales que se habían escapado, al capturarlos o abatirlos, los tachaban. Osos, tigres, cocodrilos y anacondas campaban por las avenidas de la ciudad. Se filtró un vídeo en el que dos cocodrilos despedazaban a un orangután. En las ventanas de los edificios se perfilaban las cabezas de los inquilinos, que buscaban entre las calles algún animal. Se perdieron piernas y brazos, animales domésticos; cobró sentido un rumor que recorría los móviles: los cocodrilos nadaban a sus anchas en esa intangibilidad pantanosa. Los turacos acostumbrados a los monzones tiñeron a ráfagas el cielo ennegrecido, y mucho después su impresión persistía en la gente, que los consideraba un milagro. Las ocas exóticas que decoraban los caminos del recinto y los estanques, de plumajes coloreados y picos achatados, huyeron y se unieron a las ocas comunes de los parques de la ciudad. Formaron grandes grupos. Verlas discurrir por la corriente era un alivio frente a la violencia y desastre de los telediarios. Su capacidad de vuelo y de buceo las convirtió en los animales más aptos para la supervivencia. Las que no emigraron se fueron a vivir dentro de los túneles del metro, donde se reprodujeron exponencialmente. Meses después, aún drenando el agua de los túneles, resistían dentro y se movían por pasajes y pasadizos de imposible acceso.

Cerré el canal de noticias, releí el mensaje de Alba y entré en la página web de la empresa. Seguí los pasos que indicaban y a las pocas horas me llegó un formulario en el que había preguntas personales un poco extrañas y otras más complejas sobre arquitectura y arte en general; ninguna sobre arte contemporáneo, lo que me supuso un alivio porque nunca he entendido ni una de esas propuestas visuales bizarras que se agotan en sí mismas. Lo completé, intentando responder honestamente, obviando la presión. Superé el primer filtro. Una semana después, cuando se produjo un parón en las lluvias torrenciales, me citaron para continuar el proceso de selección: la entrevista presencial.

3Post-it: ¿y si sigo en un sueño?

4Post-it: ¿qué habría sido de mí en otra familia?

III: la primera entrevista; la primera clase

Había farolas descansando sobre la acera, bolsas de basura acumulándose, árboles jorobados limando con sus ramas la carretera, vehículos incrustados en los laterales de los edificios, las zonas comunes llenas de agua estancada y barro. En uno de los edificios, un camión con grúa reparaba el ascensor construido en el exterior, detenido entre dos plantas. Algunos voluntarios de protección civil cargaban bolsas negras enormes en carritos, donde arrojaban perros, gatos y ratas ahogadas; a veces se ayudaban con un rastrillo si la tarea se complicaba. Al principio me dieron curiosidad, pero después me acostumbré a ver los cuerpos empapados caer, como si fuera el propio barro con tropezones; ¿qué harían luego?, ¿quemarlos?

Llegué a la parada del bus, en el espacio casi desierto, y de reojo intuí a mi madre vigilando en la ventana. Desde mi asiento,5 mientras deambulaba por las avenidas, observé que la ciudad se limpiaba conforme nos acercábamos al centro. Los deshechos desaparecían, las aceras estaban despejadas y los árboles, sujetos con cables de acero. Había estructuras de protección, como redes, colocadas en las fachadas de los edificios. Los jardineros se afanaban en recuperar la tersura de los jardines y de los setos. La gente paseaba con la tranquilidad cierta del presente, habían borrado de su imaginación lo ocurrido, no temían desprendimientos ni derrumbes ni hundimientos; se proyectaban e integraban en un futuro despejado, de cielos vacíos. Se deshacía la pausa de las lluvias, se aceleraban los movimientos, subían persianas, sacaban carteles a la calle, los trajeados cruzaban los semáforos con ansia. La gente caminaba integrándose en cualquier dirección, intuyendo las posibilidades dispuestas como un milagro. El paisaje me dejó claro que mi barrio iba a ser atendido el último por las autoridades.

El edificio, en el que me habían citado, se imponía como un gigante despierto. Desde lo alto de la suave colina deslumbraba por contraste, parecía un decorado teatral. A su alrededor todo estaba despejado. Fue ideado como un enorme entramado de hormigón, sin decoración y sin elegancia, construido encima de unos pilares exentos que permitían la libre circulación de las personas por el exterior del edificio. Los arquitectos que lo diseñaron pretendían crear una comunidad allí; el resto del espacio interior lo partieron en miles de apartamentos idénticos. Lo único que los diferenciaba era la altura. Con la posterior despoblación y la expulsión de sus últimos habitantes por los precios y la dejadez de la comunidad, con los corredores desangelados y el continuo deterioro de la estructura, el edificio se quedó desierto. Varias empresas decidieron intervenir y lo rescataron de la demolición. Se distribuyeron las plantas y construyeron sus propias oficinas periféricas, dejando a los trabajadores vivir en aquellos pisos. A media altura, tiraron abajo los pisos y unificaron el lugar para crear una zona comercial con tiendas, restaurantes, gimnasios y supermercados. Consiguieron mantener un proyecto con una estética alejada de los bloques repetidos con pisos minúsculos situados a las afueras. Volvió la vida al hormigón y en sus pasillos, como pequeñas hormigas, se integró una nueva comunidad que funcionaba de forma autónoma. Tenía la sensación de mirar un pequeño castillo que vigila desde las alturas la red de carreteras y el perfil oscuro de los edificios del centro de la ciudad. Un aire sombrío recorría y hundía los colores de la mañana.