8,49 €
En este volumen se reúnen las obras dramáticas más destacadas del dramaturgo, director de escena e intérprete Pablo Messiez (Premio Max a la Mejor Dirección de Escena, 2016). En concreto, los siguientes cuatro títulos llevados a escena en la última década con una inmejorable acogida de público y crítica: Muda (2010), Los ojos (2011), Las plantas (2012) y su última creación, Todo el tiempo del mundo (2016). Juntos a estos, algunos fragmentos de otros textos que el autor ha escrito para diferentes proyectos. Con epílogo de Fernanda Orazi.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 187
Veröffentlichungsjahr: 2021
Las palabras de las obras
Pablo Messiez
Las palabras de las obras
Pablo MESSIEZ,
Las palabras de las obras, Editorial Continta Me Tienes,
colección Escénicas, Madrid, noviembre de 2016
2ª edición revisada por el autor: abril de 2017
3ª edición: junio de 2020
Edición a cargo de Sandra Cendal
IBIC: DD: Obras de teatro, textos teatrales
Continta Me Tienes
C/ Belmonte de Tajo 55, 3º C
28019, Madrid
91 469 35 12
www.contintametienes.com
www.facebook.com/ContintaMeTienes
@Continta_mt
Los textos e imágenes son propiedad de sus autoras y autores
© de esta edición: Continta Me Tienes
Diseño de colección: Marta Azparren
Introducción
Prólogo para Las criadas
Muda
Textos para Los brillantes empeños
Los ojos (melodrama telúrico)
Prólogo para Ningún aire de ningún sitio
Las plantas (la carne, la lefa y las razones por las que me voy a levantar mañana)
Textos para El cínico
Todo el tiempo del mundo
Epílogo
Índice de contenido
Portada
Las palabras de las obras
Pablo Messiez
Prácticamente todos los textos aquí reunidos nacieron ya sabiendo por quién iban a ser dichos.
Fueron escritos para unos cuerpos y unas voces específicas.
También podría decir que fueron escritos en parte por esas voces y esos cuerpos que determinaron con sus singularidades las formas de cada uno.
Son todos un poco la misma obra.
Todos el mismo intento —el mismo fracaso— por responder a la pregunta que me acompaña desde la adolescencia: «¿Qué es todo esto?».
«Con la inútil conciencia de que todo es en vano» fui escribiendo obras para hacer teatro, versiones escénicas de novelas que nunca he escrito.
Ver de nuevo en papel Las palabras de las obras es una especie de regreso al origen. Aunque no exactamente al mismo punto, ya que los ensayos y las funciones les fueron haciendo cosas.
Las leo ahora y veo todo lo que no dicen.
Si toda palabra nombra una ausencia, en los textos teatrales esto se hace manifiesto de un modo muy particular. Son siempre textos incompletos, abiertos, a la espera del próximo cuerpo, con la memoria de los cuerpos que ya los han encarnado.
Este volumen reúne las obras Muda, Los ojos, Las plantas y Todo el tiempo de mundo, y entre ellas incluye además algunos textos breves que formaron parte de otras dramaturgias.
Para terminar, y por lo dicho al principio, quiero agradecer muy especialmente a quienes fueron en gran medida los motores de las palabras de estas obras: Fernanda Orazi, Marianela Pensado, Óscar Velado, Violeta Pérez, Estefanía de los Santos, Tomás Pozzi, Chevi Muraday, Íñigo Rodríguez Claro, Carlota Gaviño, José Juan Rodríguez, Javier
Lara, Mikele Urroz, Rebeca Hernando y María Morales.
Un ventilador puede ser una ventana.
Yo puedo ser una mujer hermosa.
Una taza vieja puede ser la más bonita.
Tus ropas pueden ser las más bellas.
Tu soledad puede ser tu compañía.
Tus pies pueden ser tus zapatos.
Esto puede ser esto, si este esto es nuestro.
Un ventilador puede ser una ventana.
Y no digo «como una ventana». Digo «una ventana».
Yo no hago comparaciones.
Las comparaciones son cobardes.
Yo también.
Por eso
sé de lo que hablo.
Sé de lo que hablo.
Sé de lo que hablo.
Conozco mis palabras.
Las elijo. Las cuido.
Las palabras son fuego.
Queman.
Duelen.
Matan.
Y también dan vida.
Las palabras son poderosas.
Mucho cuidado con las palabras.
Mucho cuidado con las palabras.
Mucho cuidado con las palabras.
Lo único que podemos hacer es nombrar.
Así que mejor nombrar bien. ¿No?
Nombrar bien lo nombrable.
Es lo único que podemos hacer.
Pero es mucho. No es triste. Al contrario.
Es precioso.
Ojalá alguien esta noche esté de acuerdo.
Muda
Esta obra se estrenó en el Teatro Pradillo de Madrid el 8 de enero de 2010 con el siguiente equipo:
Ana: Marianela Pensado
Muchacho: Óscar Velado
Flor: Fernanda Orazi
Luces: Paloma Parra
Producción: Teatro Pradillo y la compañía
Dirección: Pablo Messiez
La acción se desarrolla en una habitación de un edificio ubicado en un barrio del centro de Buenos Aires, en un futuro cercano, pero indefinido.
0.
Mientras el público ingresa a la sala el Muchacho, subido a una mesa, agarra una soga que cuelga del techo, como si fuera un micrófono. Está levemente agachado, porque la cuerda es más larga de lo necesario. Solo vemos su cara. Canta para sí. No hay nada espectacular en lo que hace.
1.
Habitación casi vacía.
Algunos —pocos— muebles en mal estado, amontonados, como para ser trasladados a otro sitio.
Entra Ana con su maleta.
Está visiblemente triste.
Mira el cuarto. Todo el cuarto. Ahí va a vivir.
Descubre una soga colgada de una viga, como de ahorcado.
La mira con horror. Llora.
Entra el Muchacho y ve la escena.
Muchacho:¡Ah! ¡Perdona! ¡No me di cuenta! ¡Me había olvidado! Ya te la quito. Era del inquilino anterior.
Ana llora más.
Muchacho: (Mientras descuelga la soga) Pero tranquila. No te preocupes que aquí no ha pasado nada. En serio. Además, si hubiera pasado te hubieras enterado, ¿no? Con lo rápido que corren las noticias… Bueno… ya está…
Ana se sienta y llora sin emitir sonido.
Muchacho: ¿Estás bien?
Ana asiente.
Muchacho: Bueno… Como verás no es muy grande, no tiene mucha luz, ni es muy fresco, pero es cómodo. Y limpio, que es lo más importante… (Mirando la maleta de Ana) ¿Solo traes eso?
Ana lo mira extrañada.
Muchacho: El bolso… Tienes muy pocas cosas…
Ana asiente.
Muchacho: Bueno… Si no necesitas nada más yo entonces me voy, así repaso un poco la entrada… ¡Ah! Y en un momento vuelvo y te quito también estos muebles que quedaron aquí. Y si necesitas ayuda cuando lleguen los tuyos me avisas, ¿vale?
Ana asiente. El Muchacho empieza a irse. Ana lo toma del brazo. El Muchacho la mira desconcertado. Ana le da un sobre.
Muchacho: ¿Qué te pasa? (Se miran) ¿Eres muda?
Ana, después de una pausa, asiente.
Muchacho: ¡Ah! ¿De verdad? ¡Eres muda! ¡Ah! Con razón… Yo decía ¡¿qué le pasa a esta que no habla?! Discúlpame, no me he dado cuenta… Tan atareado con mis cosas, pensé que, qué sé yo qué pensé… que eras tímida o algo… Bueno, no te preocupes que de todos modos nos vamos a entender, ya vas a ver…
El Muchacho mira el sobre.
Muchacho: ¿Y esto? (Lee) Vive arriba. ¿Qué es lo que quieres? ¿Quieres verla?
Ana asiente.
Muchacho: Bueno. Creo que ahora sí está. Me pareció escuchar la ducha. Yo le aviso que cuando pueda baje a verte… ¿Os conocéis o qué?
Ana niega.
Muchacho: Ah… Bueno, yo le aviso… Nos vemos, entonces… Cualquier cosa que necesites, me dices, me avisas… Ya sabes… Y perdón otra vez por el descuido (por la soga que tiene en la mano).
Ana sola otra vez.
Está algo inquieta.
Vuelve a llorar.
Se instala despacio.
Desarma la valija. Se toma su tiempo, como si no estuviera convencida de estar en el lugar correcto.
Nuevos golpes a la puerta.
Ana no se mueve.
Siguen golpeando.
Flor (recién bañada, en ojotas, muy informal) abre despacio.Ve a Ana.
Flor: ¡Ah! ¡Estás! Claro, me parecía raro, si el muchacho me dijo. Pero como no contestabas, y vi abierto, me preocupé. (Pausa) Soy Florencia. (Se acerca para saludarla) ¿Qué?, ¿estás llorando? Disculpame, disculpame, disculpame. Te dejo, te dejo, te dejo. (Se va)
Ana sola. Un tiempo en el que no puede hacer nada. Como si hubiera quedado en pausa.
Vuelve Florencia.
Flor: Ay, disculpame que vuelva, pero me fui de golpe y después pensé que a lo mejor te puedo ayudar en algo. Viste que a veces por no molestar, al final se molesta más. Ya me pasó muchas veces. Además cómo vos me querías ver… ¿Estás sola? ¿Que pasó? ¿Querés un vasito de agua? ¿Querés que haga algo? ¿Querés que haga algo? No querés hablar. Está bien. Entiendo. Bueno, me voy. Cualquier cosa, estoy arriba. Bueno, eso ya lo sabés… Qué tonta… (Empieza a irse. Se detiene) Me muero de intriga por saber por qué me querías ver. ¿No nos conocemos, no? Bah, yo no te conozco. No me suena. Salvo que alguna vez te haya hecho las manos. Aunque si fuera así me acordaría. Yo soy muy fisonomista. (Pausa. Ana se mira las manos extrañada) Manicura. Está bien, disculpame. No querés hablar. Debés querer estar sola y yo que no paro. Me voy. Ay, me muero de pena dejándote así. Bueno. Estoy arriba. (Se va)
Ana de nuevo sola. Ya no llora.
Se pone a acomodar los muebles.
Llaman a la puerta.
Duda. Abre.
Muchacho: Te han dejado esto en portería. (La mitad superior de un arbolito de navidad) Un chino… Le dije que estabas pero no quiso subir… Parece que estaba con prisa el hombre… Bueno… Me voy llevando estas cosas así ya te queda el sitio despejado…
El Muchacho se dispone a llevarse los pocos muebles que hay en la habitación. Ana lo mira y quiere indicarle que no se lleve nada. No se atreve a tocarlo. Entonces emite un sonido gutural, como un grito apagado. El Muchacho se asusta y deja caer la mesa que estaba cargando.
Muchacho: ¿Qué ha pasado?
Ana le da a entender que quiere los muebles.
Muchacho: ¿Qué?… Los quieres para ti…
Ana asiente.
Muchacho: Pues, por mí no hay problema. Quedaron aquí. Los dejó el inquilino anterior y yo los iba a guardar en el trastero. Están un poco viejos… Pero si los quieres, son tuyos.
Ana asiente.
Muchacho: No se hable más, entonces. Bueno, me voy a seguir con el trabajo. Cualquier cosa, estoy cerca.
Se va.
Ana sola.
Mira el arbolito.
Descubre un teléfono. Va hacia él y hace una llamada. La atienden. Intenta hablar, pero no puede y llora. Empieza a golpear el teléfono con el arbolito. Vuelve Flor, atraída por los golpes.
Flor: ¡Ay dios mío, chiquita! Pará, pará… Te vas a hacer mal. ¿Qué pasa? ¿Qué pasó? ¿Qué te pasa? Vení, sentate. Ponemos el teléfono acáaaa, nos relajamos… ¿Eh? Tomá, tomá agüita, tomá… (Ana niega) Sííí. Nada de negarse, que estás muy agitada y el cuerpo necesita un mimito. Dale agüita, dale, mi amor… (Ana toma, a desgano) Eeeeso es. Así me gusta. Mucho mejor. Mirá qué linda sos… (Pausa) Bueno. ¿Me querés contar? ¿Quién era? ¿Tu novio? Algo de amor, seguro… Tiene toda la pinta… (Pausa) Che, ¿qué pasa que no me hablás? ¿Qué sos? ¿Muda? (Se ríe y se da cuenta por la mirada de Ana de que efectivamente está frente a una muda). Ah ¿sí? Me estás jodiendo. Ay, soy lo peor. Disculpame, por dios, disculpame. Nunca me imaginé… No sé, no tenés cara de… No, qué sé yo, no me imaginé… No estoy acostumbrada, soy muy torpe. Y el pibe no me dijo. Esas cosas se avisan. Ese idiota. Es un idiota. Te pido mil disculpas. Por todo. Por todo, mi amor. (La abraza. A partir de ahora le habla como si tuviera tres años) ¿Pero me escuchás bien, no? Me parece…
Ana duda sobre qué contestar y al final asiente.
Flor: Ah, qué bien. Qué bueno. Dentro de… del problema, al menos… Porque hay muchos que además no escuchan. Y eso sí que debe de ser horrible, ¿no? El aislamiento total. Bueno, no digo que lo tuyo sea fácil, pero al menos podés… recibir. De hecho, ahora que lo pienso, yo pensaba que todos los mudos eran sordos. No, miento. Que todos los sordos eran mudos. Sordomudos. Mirá… ¿Y nunca hablaste? ¿Es de nacimiento? (Pausa) Claro, perdoname, no querrás hablar de esto. Pobrecita… No te preocupes… Ya me contarás… (Pausa) ¿Y qué me tenías que... (no sabe qué expresión usar) que… que dar a entender? Porque el pibe me dijo que me buscabas, ¿no?
Ana niega.
Flor: ¿No? ¿No me buscabas? ¡Qué idiota! ¿Qué me está, cargando? No lo aguanto. Nunca me cayó bien. Ay, qué lástima… Me hacía ilusión que me buscaras. Me moría de intriga. Bueno, al menos sirvió para conocernos. Ya que vamos a ser vecinas, viene bien conocerse ¿no? Y yo, si te aburrís, te prometo tardes de compañía. Yo soy una persona muy divertida. Me encanta charlar, conocer gente, compartir cosas. Vivir la vida, ¿no? (Pausa. Mira el departamento) Es igualito al mío… Son cómodos, viste… Sencillitos… Bueno el mío tiene más vida, claro… Pero qué querés, son siete años de cosas… Igual ya se la vas a dar… Lo que sí, el mío tiene un poco más de luz también, eso sí… Claro que al ser internos son tranquilos… y eso no tiene precio… Viste que salís a la calle y es un bochinche insoportable… Pero entrás acá… Claro con todo ese pasillo laaargo que tenemos los del segundo cuerpo… (Se ríe) Un novio que tuve dijo que le parecía muy uterino el departamento… ¿Podés creer? Qué asqueroso… Mirá los hombres… la manera que tienen de… Después le descubrí que no oía bien… Usaba un audífono… Yo veía que se tocaba y se tocaba (se toca la oreja) y pensaba… ¿qué le pasa? Parece que manejaba el volumen del aparatito… Así que lo de uterino lo diría por sordo nomás, por escuchar todo mal, como abajo del agua… Digo yo… No sé… ¿Qué plato...? (Pausa) Y vos... Contame algo… ¿Estás en pareja? (Ana niega) Ah, así que no era tu novio el del teléfono. Pará, pará, pará (pícara) ¿cómo hablás por teléfono vos? (Ana se inquieta) No, disculpame, no te preocupes, seguro tendrás tu sistema, no llores por favor, que me da culpa. No me hagas caso… ¿Qué me importa a mí…? (Pausa) ¿Querés un té? (Pausa) Me callo, me callo. Es que hoy tengo un día… Bah, hace semanas, meses que tengo un día… ¿Qué sé yo…? Bueh… En fin… ¿Te sigo hablando? Así te entretengo… Hoy a la tarde estaba en el subte… Yo detesto viajar en subte, pero tenía que ir al Once porque por Lavalle venden unos productos muy buenos para el local, y a buen precio, viste… Bueno, la cuestión es que estaba en el subte, y de golpe empecé a mirar las caras de todos. Te dije que soy muy fisonomista y por mi trabajo conozco muchísima gente, gracias a dios. Entonces empecé a buscar a ver si había alguien conocido para que se me pasara más rápido el viaje ese horrible, viste… Pero nada. Nadie. Iba cara por cara y pensé: «pero qué gente fea… Apagada, así…. Ojos muertos…». Es que el subte está lleno de gente horrible. Y encima cuando viajas a esa hora, estás obligada a tocarlos, viste… Y llegás a unos grados de intimidad, que yo ni con mi familia. Es un asco. Además tenés que escuchar las opiniones de la gente a la que le parece importante que el mundo sepa lo que piensan sobre el servicio. Y como una cosa lleva a la otra, terminás escuchando también cómo otro le contesta al primero que se tome un taxi si no le gusta. Todo termina en discusión. Y cuando la gente discute, en general se mueve. Qué sé yo, hace ademanes, viste… Entonces todos se mueven más, y entonces los cuerpos se tocan todavía más, y la gente te resulta cada vez más horrible y de repente te ves en uno de esos espejitos que tiene el subte, tan chiquitos, que nunca entendí, creo que son chiquitos porque son japoneses los coches, bueno, y te ves ahí, igual de fea, igual de triste, y… Ay, no sé… no estoy bien. (Pausa) ¿Querés que me vaya? ¿Querés un café? ¿Un té? ¿Un mate? No sos de infusiones. (Pausa) ¿Vos viajás en subte?
Ana asiente.
Flor: ¡Ah! Es un horror, viste… Bueno, che… Me voy a ir yendo… (Se empieza a ir) Perdoname que te diga esto, pero no sé…, me parece que no te caigo bien, ¿no? Me lo podés decir, sabés… Por más que no hables, me lo podés dar a entender, y yo no vengo más. Yo me creo que te hago bien haciéndote compañía, pero a lo mejor me equivoco. No sé. No soy dios. (Pausa) ¿Me equivoco? (Pausa) ¡Comunicá! (Pausa) Perdoname. (Pausa) Es tardísimo. Debés querer dormir. Me voy. (Se va)
Ana sola. Se acuesta. Golpes a la puerta. Ana sobresaltada va a abrir.
Muchacho: (Borracho) ¿Puedo pasar? Es un momento nomás. Necesito alguien que me escuche. Es que no me puedo creer lo que me acaba de suceder y lo tengo que compartir con alguien. Acabo de ver las sillas de mi infancia en un bar ¿puedes creerlo? Las mismas sillas que teníamos en casa. Preciosas, de madera, labradas a mano de repente están aquí. Eran piezas únicas, regalo de bodas de mis padres. Y con la última mudanza mi madre vendió todo. Así que puede ser. Pero no me digas que no es extraño… Déjame pasar que te lo cuento y me voy.
Ana no sabe cómo hacer para echarlo, así que finalmente accede a que pase.
Muchacho: Mira, te cuento cómo fue… Yo estaba en un bar, bebiendo. Enfrente de mí había una chica con una cara de idiota… Como engreída. Esas caras que se muerden un poco desde adentro la parte que está un poco más abajo que el labio de abajo. Así. Bueno. Entonces entra un tipo y se le queda mirando. Acto seguido le pega una hostia... Entonces ella se lo queda mirando a él. No llora ni grita. Lo mira desubicada. Como descubriendo algo. Como si se lo mereciera. El tipo se va. Y ella se queda así. Como si estuviera sola. Sin registrar que todo el bar la mira. Después de un rato pide la cuenta, que le traen enseguida (claro, todo el bar la estaba mirando, como te dije). Paga y se va. Y ahí fue… Cuando se levantó me di cuenta de que la silla que dejó libre era idéntica a las que teníamos en casa cuando yo era niño. Su silla y todas las del bar… (Se detiene, descubriendo algo) Ah no…, claro… no pueden ser… Si en casa eran solo seis sillas, y en el bar había muchas más… (Pausa) Qué lástima… No son… No pueden ser… Qué lástima… ¿Y adónde estarán ahora? Eran tan bonitas. Y el tapizado original era precioso. Un lujo. Sentarse a la mesa era importante ahí. Por eso el «Siéntate bien» de mi madre siempre me pareció sensato. En cambio, el de las madres de mis amigos, que tenían mesas de aluminio o sillas de mimbre, nunca lo entendí. Con los años el tapizado se fue rompiendo, lógico. Entonces mamá las mandó a retapizar. Cuando volvieron, estaban tan feas... Como envueltas. Todos decíamos: «qué bonitas, qué bonitas». Pero era obvio que mentíamos para sentirnos mejor. Nadie que se quiera de verdad se dice a la cara «lo has arruinado». El amor es más complejo que eso. Uno sonríe, da una palmadita, sigue con la vida y espera aprender algo. La cuestión es que las sillas retapizadas no enseñaron mucho. El tapizado -envoltorio se fue pareciendo un poco más a un tapizado- tapizado a fuerza de hacérselo sentir con nuestro peso. Pero ya nunca fue lo mismo. Siempre les quedó desubicado. Siempre eché de menos el tapizado original, aunque ya estuviera roto. Vete tú a saber dónde estarán ahora… Pobrecitas… ¿Te has dormido? (Se ríe. Confirma que Ana se ha quedado dormida en el sillón con su relato) ¡Te has dormido en serio...! ¡Qué bien! Quiere decir que te parezco confiable. Bueno… me voy a tener que ir… ya estoy mejor. Eres buena, ¿eh? No, si yo sabía que tenía que hablar contigo. Se te ve en la cara. «Todo se ve en la cara», decía mi abuelo. Todo. Claro que él tenía una cara preciosa. Bueno, gracias de corazón. Me has salvado. Que descanses. Me voy yendo.
El Muchacho la mira. Pasa un tiempo en el que la mira y piensa muchas cosas. Finalmente la tapa con una manta que tiene cerca. Luego le toca la frente. Ana despierta.
Muchacho: Me voy yendo. (Sale)
2.
Golpean. Es Flor.
Ana le abre pero no le invita a pasar.
Flor: ¿Se puede? Hola. ¿Cómo estás? ¿Cómo te vas adaptando? (Pausa) Estaba en casa por tomarme unos mates y pensé, me bajo, que a lo mejor tiene ganas de conversar… ¿Sabés?, me quedé pensando anoche en vos y en lo que te dije. Te pido disculpas si fui un poco brusca. No sé, a veces me pasa que me cuesta adaptarme a los tiempos de la gente. Y tiendo a apresurarlo todo. En fin… La cuestión es que pensé en nosotras, en tu tema, en nuestra relación y… ¡Mirá lo que te traje! (Le entrega una pizarra) ¿No está buena? Así cuando me querés decir algo, lo escribís acá y listo. Y no tenés que andar cargando con cuadernitos, porque lo borrás y ya está. Borrás, escribís, borrás, escribís, borrás, escribís. No sé de dónde saqué la idea, creo que de una película. La compré en los chinos. Tienen de todo los chinos. Agarrala. Es tuya.
Ana no la coge.
Flor: Dale... Poné algo… ¿No querés? (Pausa) No me digas que no sabés escribir. ¿De dónde sos? Sabés escribir, ¿no?
Ana coge la pizarra y escribe: «No tengo nada que decir».
Flor: (Decepcionada, borrando lo que Ana escribió)Ah… Bueno, por lo menos la usaste. Como frase inaugural no es muy prometedora pero… ¿peor es nada, no? Mirá que fácil se borra. Viste, borrás y escribís. Es genial, ¿no? (Sonríe)
Pausa. Las dos en silencio. Flor ceba mates.
Flor
