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"Son pocos los libros que han mostrado la represión ejercida sobre las mujeres republicanas. Ellas fueron víctimas de abusos institucionalizados y sistemáticos que tenían como objetivo demonizar el estereotipo de feminidad que había comenzado a extenderse durante la Segunda República �que permitía un cierto escape respecto a la rigidez previa y, aun más, respecto a la que vino después. Mientras que ellos habían caído en el frente, habían sido ejecutados o huían ante la llegada de los sublevados, ellas permanecían en los pueblos, a cargo de sus familias, en miseria, y eran, muchas de las veces, juzgadas en tribunales militares en los que se decidía qué mujeres debían ser vejadas y marcadas por haber contribuido al derrumbe de la moral. Así se extendió el corte de pelo al rape y la ingesta de aceite de ricino para provocarles diarreas y pasearlas por las principales calles de las poblaciones "liberadas", acompañadas por bandas de música. No se trataba tanto de apartar o perseguir al enemigo, sino, más bien, de exhibir a una especie de "deformidad" generada en la República. Era algo más que un abuso ejercido sobre las mujeres, fue un ataque a un modelo de mujer libre e independiente."
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Seitenzahl: 411
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Siglo XXI
Enrique González Duro
Las rapadas
El franquismo contra la mujer
Son pocos los libros que han mostrado la represión ejercida sobre las mujeres republicanas. Ellas fueron víctimas de abusos institucionalizados y sistemáticos que tenían como objetivo demonizar el arquetipo de mujer que había comenzado a extenderse durante la Segunda República –que permitía un cierto escape respecto a la rigidez previa y, aun más, respecto a la que vino después.
Mientras que ellos habían caído en el frente, habían sido ejecutados o huían ante la llegada de los sublevados, ellas permanecían en los pueblos, a cargo de sus familias, en la miseria, y eran, muchas de las veces, juzgadas en tribunales militares en los que se decidía qué mujeres debían ser vejadas y marcadas por haber contribuido al derrumbe de la «moral». Así, se extendió el corte de pelo al rape y la ingesta de aceite de ricino para provocarles diarreas y pasearlas por las calles principales de las poblaciones «liberadas», acompañadas por bandas de música. No se trataba tanto de apartar o perseguir al enemigo sino, más bien, de exhibir una especie de «deformidad» producto de la República. Era algo más que un abuso ejercido sobre las mujeres, fue un furibundo ataque a un modelo de mujer libre, moderna e independiente.
Enrique González Duro es uno de los más destacados psiquiatras de nuestro país. Con más de treinta años de labor a sus espaldas, fue uno de los líderes del movimiento antiinstitucional que cuestionaba la psiquiatría tradicional y proponía otras alternativas teóricas y prácticas. Puso en marcha el primer hospital de día en España y emprendió la reforma de las instituciones psiquiátricas de Jaén. Colaborador habitual en diversos medios de comunicación, es autor, entre otras, de las obras Represión sexual, dominación social (1976); Las neurosis del ama de casa (1990); Historia de la locura en España (1996); Franco, una biografía psicológica (2000); La sombra del General o Biografía del miedo (2005).
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RAG
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© Enrique González Duro, 2012
© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2012
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.sigloxxieditores.com
ISBN: 978-84-323-1898-6
A Mercé Bartolomé Lluch, por lo bien vivido
I. la nebulosa represión franquista
Tal vez la primera víctima de la insurrección militar del 18 de julio de 1936 en Pamplona –«el secretario» Mola ha recomendado extender el terror y dar la sensación de dominio absoluto– fue el magistrado Luis Elio, de familia muy acomodada y de mentalidad liberal. El domingo día 19 oyó desde su casa los «vivas» y los «mueras», y poco después fue detenido por una patrulla de falangistas, carlistas y policías: «Venga con nosotros; queda usted detenido a disposición del general Mola». Sin haberse despedido de la familia, fue llevado por la calle a la comisaría de Policía, que estaba llena a rebosar. Lo recibió el comisario-jefe, al que conocía de antes: «Los que le han detenido son mozos de los pueblos, para que no se les conozca. Nosotros no podemos hacer nada; no debemos hacer nada. Son órdenes recibidas que no tenemos más remedio que acatar. Ahora han salido a la búsqueda de más detenidos. Usted ha tenido suerte de que le detuvieran el primero: cuando los tengan a todos los meterán en el camión que espera en la puerta y se los llevarán con rumbo desconocido para matarlos en el recodo de un camino o detrás de las primeras tapias que encuentren»[1]. El comisario, agobiado por la situación y tal vez apiadado, quiso y pudo facilitarle la huida: «Desde luego, usted y yo no hemos hablado».
En la calle, el juez no sabía qué hacer ni adónde ir. Volver a casa o ir a la de algunos parientes o amigos era inútil: lo irían a buscar de nuevo. Se sentía desamparado, le apremiaba librarse de aquellos golpes de unos mozos irresponsables y desconocía, aunque la veía difícil, la escapatoria. Debía apresurarse para salir de aquel laberinto de calles que se iba poblando de miradas insistentes e inquisitoriales. Caminaba hacia las afueras de la ciudad, precavido y pensando, hasta que se le ocurrió pedir refugio en casa de un antiguo administrador de las fincas de su familia y de reconocida significación carlista. Aquella casa, única en su entorno, sería para él como una fortaleza inexpugnable. Se atrevió a llamar y le abrió el dueño, al que habló atropellada y angustiosamente de su situación. Con calma, éste le dijo: «Si no escuché mal, usted pretende, ¡nada menos!, que yo le dé asilo en mi casa, traicionado la confianza que el partido tiene depositada en mí». Y siguió perorando: «Tampoco está usted tan exento de culpa. El mal ejemplo es el peor de todos los pecados. Precisamente usted, que pertenece a una de las familias más nobles y distinguidas de Navarra, pero que tiene a gala el presumir de su falta de religiosidad. Se ha entregado al capricho de los obreros actuando al dictado de ellos […] A usted, que es el primer terrateniente de este territorio, le ha dado últimamente por repartir entre sus colonos sus casas y sus tierras. ¡Si esto no es comunismo, dígame qué cosa es!»[2].
El juez le recordó que era muy conocida la religiosidad de su familia, dándole toda clase de explicaciones. El «amo» anduvo pensativo, paseándose por el despacho, hasta que llamó a una vieja sirvienta, Fermina: «Llévalo al lavadero, cierra y tráeme la llave». Así comenzó su encierro, que se prolongó hasta algo después del fin de la guerra, en severo aislamiento social, sin poder salir de aquel lugar y sin poder hablar sino con la vieja Fermina, que le hacía y le servía la comida, le limpiaba la habitación y le lavaba la ropa. Fue su única interlocutora posible, la que le daba un mínimo toque de realidad y mitigaba las fantasías psicóticas que inevitablemente le surgían. A medida que transcurría el tiempo, se acentuaba la soledad y él perdía el sentido de la realidad.
Se oyen los silencios de la casa y de la ciudad. No faltan, como todas las noches, los trallazos que los quiebran. Son secos, distantes, sin ecos que los aproximen. Son los tiros de los cazadores al acecho. Son los odios resguardados en los quicios de las puertas, en las esquinas, detrás de los árboles[3].
Siente que la muerte se le va acercando: el suicidio lo inunda, o el odio, la venganza que paladea, la amenaza que le tensa los nervios, el temblor, la tristeza, la nostalgia, la ausencia del mismo vivir. El magistrado está triste, angustiado y, aun soñando, se siente perseguido y cree que le van a matar. Siempre al borde del delirio, trata de no inquietarse demasiado por sus «ensoñaciones».
Fuera, continuaban los fusilamientos despertando el día, aunque ahora la autoridad militar ha prohibido la «publicidad» de los primeros días. Un día, el magistrado se despierta sobresaltado, de presagio.
El rumor llega desde lejos; unas voces que suenan como el repuntar de una marea tormentosa que comienza, de una turbonada; predomina en él la agudeza de la voz femenina formando un todo que no admite la conversación ni el diálogo; es una voz orquestada al unísono, que siempre dice lo mismo. Sus avanzadas deben estar pasando frente a la casa; en dirección a los fosos de la Ciudadela: se percibe con toda claridad el tono mujeril, que es de curiosidad, de injuria, de reniego[4].
Por la noche lo confirma Fermina: no dice nada de los fusilamientos, que no entiende; lo que no admite ni se explica es que haya mujeres tan desalmadas que vayan a presenciarlos. En Pamplona se fusilaba a los rojos en la Ciudadela, a los pies del Fuerte de San Cristóbal, y eran públicos.
El espectáculo, quizá por lo ejemplarizante, se extendía por los territorios que los «nacionales» iban ocupando, superando la primera etapa de «terror caliente», en la que los fusilamientos consecuentes a los llamados «paseos» se hacían en cualquier parte y a cualquier hora. Luego, los fusilamientos, producto de los consejos de guerra sumarísimos, se efectuaban periódicamente y de un modo más o menos organizado. En Valladolid, las ejecuciones se efectuaban en el Campo de San Isidro, situado en las afueras de la ciudad, adonde los condenados a muerte eran trasladados desde las abarrotadas cárceles, de tal manera que se instalaron puestos de churros para satisfacción de los espectadores que se desplazaban para contemplar el espectáculo. La pradera de San Isidro llegó a convertirse en una especie de animada feria para una parte de la «buena sociedad» vallisoletana. Mientras presenciaban los fusilamientos, muchos jóvenes, entre los que se encontraban bellas señoritas de Valladolid, tomaban churros y copas de anís de las que se despachaba en cercanos aguaduchos, entreteniéndose en insultar a los condenados que no morían en el acto[5]. El propio gobernador civil de Valladolid quiso intervenir en el asunto: «En estos días en que la justicia militar cumple la triste misión de dar cumplimiento a sus fallos, de dar satisfacción a una vindicta pública, se ha podido observar una inusitada concurrencia de personas al lugar en que se verifican esos actos, viéndose entre aquéllos niños de corta edad, muchachas jóvenes y hasta señoras»[6].
La nota se publicó el 24 de septiembre de 1936, pero no implicaba una orden o prohibición, sino sólo una recomendación. Porque los fusilamientos, al parecer, debían seguir siendo públicos, por su presunta ejemplaridad o para la amenaza que suponían para toda la población. Y se sabe que, durante un tiempo bastante prolongado, fueron públicos. Se conoce, ciertamente, que eso ocurrió en Burgos y en Segovia, donde los señores de «orden» asistían con sus esposas y celebraban con vítores la ejecución de los condenados. Y en algunos pueblos andaluces o aragoneses los fusilamientos tenían que ser presenciados obligatoriamente por todos los habitantes. Lo que, con toda lógica, no ocurría cuando los asesinatos habían sido extrajudiciales o consecuencia del denominado «bando de guerra», como eufemísticamente se decía. También fueron públicos en Huelva capital y en otras ciudades diversas «reconquistadas» por los militares rebeldes. Y, sin embargo, no siempre se permitía a los familiares la recogida de los cadáveres, que eran enterrados en fosas comunes dentro o fuera de los cementerios, prohibiéndose incluso la visita a éstos en los días de difuntos, y hasta cualquier manifestación de luto por los parientes muertos.
LAS MILICIANAS REPUBLICANAS
Y mientras las «señoritas y señoras de orden» de la retaguardia franquista asistían, con cánticos religiosos, con regocijo o insultando, a los fusilamientos de rojos, a muchas mujeres rojas se las acusaba genéricamente, entre otras cosas, de inducir, participar en o presenciar con gozo los fusilamientos de «personas de orden» efectuados por los «marxistas», profanando posteriormente sus cadáveres. En numerosos consejos de guerra, cuyos sumarios han podido ser estudiados recientemente por los historiadores, figuraban esas acusaciones como «hechos probados», incluso en casos en los que no pudo probarse la presencia de esas mujeres en las ejecuciones públicas efectuadas en zona republicana. Entre cientos de casos podrían citarse los de Margarita García Millán y Brígida Urbano Millán, presumiblemente primas y residentes en Siles (Jaén). Margarita ingresó en prisión recién acabada la Guerra Española, acusada de haber buscado y encontrado, durante «la dominación roja», a un religioso que estaba escondido y que poco después fue ejecutado por milicianos republicanos. La sentencia del consejo de guerra se fundamentó en los informes emitidos por el jefe local de Falange y el comandante de puesto de la Guardia Civil, que la calificaban de «persona de malos antecedentes, roja, anticlerical y negadora pública de la existencia de Dios… opresiva y amenazante de jóvenes falangistas y de derechas, alentadora de los desmanes de todo género de los rojos». Se confirmaba, además, el rumor público de que, en unión de la que debía ser su prima, en el año 1936 «sacaron» a un religioso… llevándoselo al río y el cual resultó asesinado. Margarita estaba casada, tenía sesenta años de edad y era madre de cuatro hijos. Dada su gran peligrosidad social y la gravísima trascendencia de los hechos, fue acusada de un delito de rebelión militar, condenada a muerte y ejecutada en noviembre de 1939, siendo enterrada en una fosa común junto a las tapias del cementerio de Úbeda. Su prima Brígida Urbano fue acusada de acompañar a Margarita cuando fueron a buscar al religioso. En la sentencia se decía: «La encausada, con gran regocijo, acompañó a las milicias hacia las afueras del pueblo, ignorándose si presenció el crimen y, aún más, si tomó parte en él». No obstante la ignorancia confesada, se la condenó a muerte, pena que luego se le conmutó por la pena inmediatamente inferior. En 1945 Brígida estaba ingresada en la Clínica Psiquiátrica de Mujeres de Madrid: tenía cincuenta años de edad y no sabía leer ni escribir[7].
A la mayoría de las mujeres rojas juzgadas en consejo de guerra se les tenía muy en cuenta el haber «promovido» el fusilamiento de «personas de orden», el haberse mofado de sus cadáveres, alegrarse ostentosamente de sus muertes, considerando todo eso como «hechos probados». María Huertas fue condenada a muerte y ejecutada por su supuesta participación en el asesinato de un «señorito» de Écija (Sevilla), junto a los dos hijos mayores de éste y en la terraza de su casa. La hija contó luego que fueron varios hombres los que mataron a su padre y a sus hermanos, y que después saquearon la casa, pero no pudo identificarlos, aunque sí identificó a María Huertas. Aseguró haberla visto «observando los cadáveres con satisfacción y exclamaba que habían pagado lo que se merecían». Sin embargo, no pudo identificar a nadie en las ruedas de reconocimiento. Lo que no impidió que en la sentencia se dijera «que para vengar resentimientos antiguos que tenía con la familia, había sido una de las principales inductoras del crimen y la que, al ver los cadáveres, exteriorizó la gran satisfacción que ello le produjo e inmediatamente penetró en las habitaciones, saqueando y llevándose todo lo que de valor encontró a su mano». Fue condenada a muerte en noviembre de 1937 por delito de rebelión militar, con el agravante de «la perversidad de la delincuente, la trascendencia del delito y la peligrosidad social de su autor». Y añadía el tribunal militar: «Hiela de espanto la ferocidad de la mujer que, haciendo una excepción de lo que representa su sexo, se gozaba grandemente ante las víctimas y luego, con desprecio a sus cadáveres, registró y saqueó sus habitaciones»[8]. Un año después se le conmutó la pena de muerte por la de treinta años de reclusión. Tenía cuarenta y ocho años y era viuda. Lo que de verdad se había sancionado en esta mujer, con la acusación genérica de rebelión militar, eran acciones que había cometido y que iban en contra de lo que tradicionalmente se consideraban extravíos sociales propios de mujeres.
Estas mujeres, al traspasar el umbral del hogar y «echarse a la calle», invadían el espacio público, que tradicionalmente estaba reservado a los varones. Era una acusación especialmente significativa, porque, para los jueces militares, evidenciaba que las rojas habían cambiado su papel tradicional femenino «al vestirse de milicianas». Simbolizaban la oposición frontal al modelo de mujer que el nuevo régimen quería implantar a toda costa. Carmen Lujano era una joven de veinticuatro años a la que un vecino de su pueblo, Martos (Jaén), acusó de haberse tirado a la calle vestida con un mono y provista de pistola y carabina. Según el vecino, «actuó de forma desmesurada en todas cuantas ocasiones tuvo, viéndosele armada convenientemente y vestida de miliciana». La sentencia recogía que había distribuido propaganda del Partido Comunista y «que se vistió de miliciana, que fue responsable del taller colectivo de costura y que actuó en alguna re-quisa»[9]. Eso le valió doce años de prisión. H. G. B. fue calificada de «destacada revolucionaria durante el dominio marxista que en la Dehesa de la Villa presenciaba los fusilamientos de las víctimas de la “horda roja”, profanando después los cadáveres sobre los que bailaba, llegando a vaciarles los ojos, echando granos de uva en las órbitas»[10]. No contaba con ningún otro tipo de hecho probado, pero se la condenó a treinta años de reclusión. La ferocidad de las mujeres rojas, a las que rara vez se las acusaba de algún delito de sangre, era un estereotipo que se fue configurando en los territorios progresivamente ocupados por los militares rebeldes. Era como la expresión del vandalismo de la llamada «horda roja», que implicaba delitos cometidos en tropel, como el saqueo de las iglesias, la destrucción de las imágenes y la profanación de los cadáveres de «personas de orden», aunque en la mayoría de los casos no era cierto.
Pero, de hecho, muchas mujeres fueron implicadas en los «delitos colectivos», propios del vandalismo marxista y de la violación del modelo cristiano que debía imperar en la Nueva España. Así se deduce, por ejemplo, de los calificativos aplicados en el expediente de G. F. G., de treinta y un años de edad y afiliada a la UGT:
Al iniciarse el Glorioso Movimiento Nacional actuó como miliciana armada en todos los actos de vandalismo que el pueblo de Consuegra pródigamente aportó al común acerbo de la salvajada roja, y así se distinguió en el saqueo y profanación de iglesias, de las cuales se llevaban a sus casas los objetos que les parecía bien, como reclinatorios, floreros, etc. […] Formó parte del grupo de asesinos que sacó de la cárcel de Consuegra a don J. G. R., al que condujera al cementerio del pueblo y allí le diera muerte, llevando su ensañamiento la procesada hasta el extremo de tirar de los pelos del bigote del cadáver[11].
Por tanto, se la condenó a treinta años de reclusión, tras la conmutación de la pena de muerte, por robar un reclinatorio y un florero de la iglesia. Pero lo verdaderamente importante era que una mujer se había mofado de un cadáver y de la Iglesia católica. El haber sido miliciana era el máximo exponente de la degeneración desarrollada por la mujer como consecuencia de las ideas propagadas por la Segunda República, por haber atentado contra la moral pública, por salirse de los moldes establecidos, por colaborar con los hombres o inducirlos a defender al legítimo gobierno republicano, atribuyéndosele, a menudo, la máxima responsabilidad en unos asesinatos que no habían cometido. Genéricamente, las rojas habían subvertido el orden natural, atentando contra la moral pública, faltando el respeto a la misma muerte. Los calificativos que les atribuían ratificaban la imagen degradante aplicada de manera indiscriminada a todas las mujeres integrantes del bando perdedor en la guerra, que debían haber permanecido en el espacio privado que supuestamente les era propio. Pero lo más escandaloso era el haber «combatido» como miliciana, aunque sólo hubiera sido haciendo tareas de vigilancia o control.
Pero, en cualquier caso, se les acusaba de delitos contra el orden establecido o, como los militares sublevados decían, de rebelión militar. A una mujer de treinta y un años se la condenó a muerte, pena conmutada posteriormente por treinta años de reclusión, por sus pésimos antecedentes, como el de haber participado en la destrucción de la iglesia del pueblo y de las imágenes religiosas, por inducir, en unión de su esposo, a milicianos forasteros para que realizasen sacas de presos derechistas y, finalmente, porque «se alegraba públicamente cuando se enteraba de los asesinatos de las personas de orden»[12]. En otros expedientes judiciales aparecían agravantes completamente pueriles, como era el hecho de saber conducir o haber dado sangre para los combatientes del bando republicano. Los delitos colectivos potenciaban esa imagen de amoralidad que los tribunales militares describían con todo lujo de detalles. J. U. G., de treinta y seis años de edad, fue condenada a muerte por sus pésimos antecedentes políticos antes del Glorioso Movimiento Nacional y porque
durante la dominación marxista en Ciudad Real, fue miliciana armada, vistiendo mono, correaje y pistola; tomó parte en las manifestaciones callejeras que celebraron los rojos; instigaba a que se cometieran asesinatos y diciendo en sus charlas radiadas que de las entrañas de las madres fascistas había que sacar a sus hijos para extirparlos y con los corazones de los fascistas había que hacer un cerro como el de Guadarrama; como miliciana fue al frente de Miajadas, cometiendo desmanes en los pueblos del trayecto; intervino en los saqueos de los conventos, apoderándose de gran cantidad de ropas y de objetos de culto; la acusada animaba a los piquetes de ejecución y comentaba jocosamente las caídas de las víctimas y que ella siempre estaba dispuesta a matar a treinta o cuarenta personas.
A pesar de la acumulación de agravios, se le redujo la condena a veinte años de reclusión: la ejecución a muerte habría sido una crueldad difícilmente justificable hasta para los propios tribunales militares. A menudo, las condenas no eran consecuentes con delitos cometidos directamente por ellas mismas, sino por no haber impedido que se cometieran o porque, supuestamente, habían inducido a cometerlos. Ni siquiera se las consideraba capacitadas para luchar en los frentes, donde algunas temporalmente prestaron tareas auxiliares, ni para cometer directamente delitos de sangre. Su papel siempre había sido, aun en la guerra, el de simples comparsas que estaban con los hombres, a los que instigaban a cometer desmanes. En definitiva, se las castigaba simplemente por haber transgredido los límites de la feminidad tradicional.
DE LAS MILICIANAS A LAS MADRES COMBATIENTES
El estereotipo de las rojas que iban fabricando los militares sublevados, las nuevas autoridades, los tribunales militares, los falangistas, los grandes propietarios, los católicos integristas, los requetés, los clérigos, etc., contó con el aval científico del ínclito psiquiatra militar Antonio Vallejo Nágera, que supuestamente estudió el caso de 50 presas de la cárcel de Málaga, todas con penas de muerte conmutadas. Previamente, y tras la ocupación de la ciudad en febrero de 1937, se había publicado un informe sobre los asesinatos y otros desmanes cometidos por las hordas marxistas en la ciudad de Málaga. «La bestia roja –engendro de todos los monstruos apocalípticos– mantiene en su perversidad el mismo brío hostil, la misma acometividad feroz que en sus comienzos, en los cuales aterró a propios y a extraños, que, como movidos en guerra santa, se aprestaron a estrangularla en defensa de la civilización»[13]. Se decía que todo afán criminal era extraño a lo español y más propio de la barbarie oriental que había invadido taimadamente la Patria. Lo que sirvió de justificación para la feroz represión contra los rojos, tras la toma de Málaga y gran parte de su provincia: había que purificar España de esos «cuerpos enfermos», de los «organismos morbosos». El enemigo no era sino un germen patógeno que arraigaba en los hogares, de los que había que hacerle salir para exterminarlo. No se especificaba la represión necesaria según los sexos, pero no había que fiarse mucho de la mujer, ni siquiera de la mujer tradicionalmente española.
Hacía tiempo que los obispos y los periódicos «nacionales» lo venían advirtiendo. Y así, por ejemplo, El Pensamiento Navarro del 25 de agosto de 1936 editorializaba:
Cubre tus carnes, mujer. Estamos en la guerra. La guerra es un castigo de Dios por nuestros pecados. Los hombres hemos pecado, señor, pero ahí tienes la sangre de nuestros varones. ¡Cuántos jóvenes que por ti pecaron, mujer, han muerto! Por tu causa, por tus carnes desnudas, por los brazos sin ropa, por tus pechos descubiertos […] Mientras tus hijos, carne de tu carne y sangre de tu sangre, mueren allá, lejos de ti, mujer, cara al sol, en la soledad infinita de los campos castellanos, tú sales, mujer, a la calle desnuda porque te molesta el vestido […] Sé modesta, mujer, te lo pide Dios. Te lo exige la sangre de tus hermanos, tal vez de otros amigos, de tanto español muerto en el campo. Muertos por ti, por tu culpa. Imita a las jóvenes de Navarra. No creas que empuñan ellas un fusil y van al frente y van al campo de batalla. No, pero están en el frente. En primera línea […] Arregla los vestidos indecentes, quémalos si puedes hacerte con otros. Así destruirás parte del escándalo que has sido. No se te pide sangre, como sí les pide a los hombres la Patria. ¡Adelante, mujer, no quieras pecar más. No sea que te suceda otra cosa peor![14].
Si para la mujer «nacional» se exigía modestia, para la roja, que se había saltado la obligada domesticidad, sí se pedía sangre, castigo, cárcel y hasta la muerte. Porque no había sido inofensiva en la mayoría de los casos, sino todo lo contrario, según afirmaba Vallejo Nágera al final de la guerra, en mayo de 1939:
Coméntase vivamente el hecho de que en la revolución comunista española el sexo femenino se ha mostrado con entusiasmo y ferocidad inusitados, no dudando muchas jóvenes en alistarse como «milicianas» en los frentes, imitando ventajosamente a la famosa Luisa Michel, pues bastantes murieron en los parapetos.
Se refería el psiquiatra a la famosa revolucionaria francesa que luchó en las barricadas, aunque se le olvidó citar a Agustina de Aragón, que había ido mucho más lejos que la francesa en el sitio de Zaragoza y que fue objeto de numerosas loas patrióticas. No quería enterarse Vallejo de que la mítica «miliciana» española había sido sobre todo un símbolo, difundido inicialmente en innumerables carteles, de la resistencia antifascista española contra el violento levantamiento de los militares sublevados. La figura de la miliciana representaba un caso paradigmático en el juego de cambio y continuidades de género en el contexto de la guerra. La retórica y el imaginario colectivo consideraban la figura innovadora de la miliciana vestida con el mono y armada como un mito movilizador. Proyectaba una imagen que simbolizaba el valor, el coraje de un pueblo en lucha contra el fascismo, apareciendo también como un nuevo papel para las mujeres en una sociedad en guerra. Era una retórica heroica que, inicialmente, ignoraba las discrepancias entre el discurso revolucionario y la realidad social, aunque implicaba un cambio importante con respecto al arquetipo del «ángel de la paz», confinado en casa, consagrado a la familia e identificado con la ideología conservadora de la Iglesia[15]. En el verano de 1936, la figura heroica de la miliciana se convirtió en el símbolo de la movilización del pueblo español contra el fascismo.
Pero en la realidad fueron pocas las mujeres que vestían el mono e iban al frente como milicianas. Incluso las organizaciones femeninas de entonces no fomentaron la adopción del mono miliciano por parte de las mujeres, ni apoyaron su presencia en la trinchera. Ciertamente, la miliciana no constituía un nuevo modelo para la mujer republicana. En octubre de 1936, el nuevo gobierno de Largo Caballero preconizó su retirada de los frentes, para irse convirtiendo en una figura más o menos desprestigiada, que obstruía el desarrollo de los esfuerzos bélicos y que tenía mala prensa en la opinión pública extranjera. Al asumir el papel del soldado en armas, las milicianas ponían en evidencia la masculinidad de los hombres, al tiempo que se contraponían a la imagen de la «madre necesaria», dedicada a la causa de la guerra desde la retaguardia, una imagen que en la publicidad mostraba a mujeres maduras, madres y esposas que trabajaban en importantes tareas de apoyo y movilización de la solidaridad, pero que no iban a la guerra. La guerra necesitaba la vuelta a una imagen femenina más tradicional, para lograr el apoyo en el esfuerzo de la contienda y la solidaridad internacional. Lo más importante era ahora la resistencia civil, la acogida de los refugiados de la guerra, la atención de los niños en guarderías, albergues y colonias, la organización de talleres costura para el Ejército republicano. Sobre todo en las ciudades, muchas mujeres desarrollaban su actividad en la esfera pública, realizando tareas de mayor o menor relevancia social, que redefinían las fronteras de la domesticidad. Tal vez por primera vez, bastantes mujeres accedieron a ciertos ámbitos de la vida política, aunque, por lo general, seguían subordinadas a las decisiones de los varones, cuyas tareas a veces reemplazaban. Aun sin cambiar el sistema de género, el dinamismo femenino fue potente durante la guerra, emprendiendo nuevas actividades sociales, económicas y auxiliares, creando organizaciones femeninas específicas para combatir el fascismo en los pueblos y ciudades de la España republicana. Su nueva actitud colectiva en la lucha antifascista conformó en muchos casos un fuerte compromiso político. Muchas mujeres jóvenes que residían en territorio republicano se politizaron, aunque en distinta cuantía e intensidad, siempre inferior en las zonas rurales.
Lo cierto era que la condición social de las mujeres había mejorado considerablemente durante la Segunda República. Se eliminó una parte importante de la legislación discriminatoria que, secularmente, había mantenido la subordinación femenina en la política, en el trabajo y en la familia. La concesión del sufragio universal y la mejora de los derechos laborales, familiares y educativos habían modificado notoriamente la situación de la mujer española, aunque todavía tendía a seguir bastante arraigada al pasado. Persistía aún un modelo de feminidad que consideraba a las mujeres ante todo como madres y amas de casa, lo que seguía dificultando la entrada de la mujer en la esfera pública, en el terreno de la política, en la cultura y en el trabajo. Ciertamente, la mayor visibilidad de las mujeres en la Guerra Española no era necesariamente el reflejo de una nueva realidad social, pero la rápida modificación de la imagen femenina implicaba algún cambio en las relaciones de fondo entre los sexos[16]. La movilización femenina que supuso la guerra produjo un reajuste de las actitudes hacia las mujeres y su función social, con nuevos discursos, no necesariamente revolucionarios. Los propios partidos republicanos reclamaban de ellas una mayor participación en la lucha antifascista en la retaguardia. Por primera vez, tenían una visibilidad pública y colectiva, por minoritaria que ésta fuera.
Esa ruptura se produjo en toda la España republicana: fue más patente en las grandes ciudades, pero en las zonas rurales también hubieron de cambiar, implicándose económica y laboralmente en la subsistencia de los familiares, con el apoyo de los sectores más progresistas de la sociedad. Pero se establecía una clara escisión: «El hombre al frente; las mujeres a la retaguardia». La imagen propagandística más eficaz en la zona republicana fue la «madre combatiente» que había incitado a los hijos a convertirse en milicianos republicanos voluntarios, al tiempo que participaba en las tareas auxiliares de la retaguardia. Lo que no fue incompatible con la función de las milicianas armadas, que, sobre todo en los pueblos, hacían tareas de vigilancia y control, sustituyendo a los hombres que faltaban incluso en los frentes. Entre estas últimas, destacó Lina Odena, una gran activista que combatía en los frentes de Granada y que se suicidó en septiembre de 1936, cuando estaba a punto de ser capturada por las tropas franquistas. Pero, salvo excepciones, las milicianas, siempre minoritarias, no constituyeron un nuevo modelo de mujer asociado a la lucha antifascista. Su figura de militante agresiva, vestida con un mono azul y armada, sólo fue representada por una pequeña minoría y en un periodo breve, aunque se mantuvieran más tiempo en determinadas zonas rurales. Ya en diciembre de 1936 eran pocos los carteles propagandísticos republicanos que reflejaban el icono de la miliciana, siendo sustituido por el de la «madre combatiente», activa defensora de una república de trabajadores. Sin embargo, el arquetipo de la miliciana fue mantenido y exagerado por el franquismo, dándole una entidad salvaje y casi diabólica.
[1] L. Elio, Soledad de ausencia. Entre las nubes de la muerte, Pamplona, Pamiela, 2002, pp. 27 ss.
[2]Ibidem, p. 37.
[3]Ibidem, p. 45.
[4]Ibidem, p. 81.
[5] D. Sueiro y B. Díaz Nosty, Historia del franquismo, t. I, Madrid, Sarpe, 1992, p. 234.
[6] Nota citada por I. Martín Jiménez, La guerra civil en Valladolid (1936-1939), Valladolid, Ámbito, 2000, p. 223.
[7] P. Sánchez, Individuas de moral dudosa, Barcelona, Crítica, 2009, pp. 91-95.
[8]Ibidem, pp. 94-95.
[9]Ibidem, p. 99.
[10] Á. Egido León, El perdón de Franco, Madrid, Catarata, 2009, p. 185.
[11]Ibidem, p. 124.
[12]Ibidem, p. 127.
[13] F. Sevillano Calero, Rojos, Madrid, Alianza 2007, p. 53.
[14] Citado por T. Flores e I. Gil Basterra, Araba en 1936: guerra y represión, Vitoria, Arabera Kultur Taldea, 2006, pp. 285-286.
[15] A. Vallejo Nágera, «Investigaciones psicológicas en marxistas delincuentes femeninos», serie «Psiquismo del fanatismo marxista», Revista Española de Medicina y Cirugía de Guerra 2 (mayo 1939).
[16] M. Nash, Rojas, Madrid, Taurus, 2006, pp. 90-91.
II. las feroces –y torturadas– rojas
Si en la zona republicana, y sobre todo en los primeros meses de la Guerra Española, las milicianas simbolizaban el heroísmo de la resistencia popular frente a los militares sublevados, en los territorios ocupados por éstos eran tomadas como mujeres feroces, monstruosas y escasamente femeninas, rasgos que aplicaban a todas las mujeres que no habían mostrado una «afección» al Glorioso Movimiento Nacional o que simpatizaban con la Segunda República. Vallejo Nágera lo confirmaba, denominándolas «delincuentes marxistas femeninos», como queriendo negarles su naturaleza y condición de mujeres. Reconocía, en su estudio, que estas mujeres eran milicianas, y que, además de las que habían combatido en los frentes. «Mucho mayor ha sido el número de mujeres que unidas a las hordas perpetraron asesinatos, incendiaron y saquearon, además de animar a los hombres para que cometiesen toda clase de desmanes.» Para explicar mejor la activa participación del «sexo femenino en la revolución marxista», Vallejo recurría a una retrógrada y misógina concepción de la mujer, a su «característica» labilidad psíquica, a la debilidad de su equilibrio mental, a su menor resistencia a lo ambiental, a la insuficiencia del control de su personalidad, a su supuesta tendencia a la impulsividad y a su escasa sociabilidad, cualidades, todas ellas, que en circunstancias excepcionales acarreaban anormalidades en su conducta social y sumían a las mujeres en estados psicopatológicos.
Si la mujer –decía Vallejo– es habitualmente de carácter apacible, dulce y bondadoso, se debe a los frenos que operan sobre ella; pero como el psiquismo femenino tiene muchos puntos de contacto con el infantil y el animal, cuando desaparecen las inhibiciones frenatrices de las impulsiones instintivas, entonces despierta en el sexo femenino el instinto de crueldad y rebasa todas las posibilidades imaginadas, precisamente por faltarles las inhibiciones inteligentes y lógicas.
La falta de esas inhibiciones, de los controles y de una rígida adhesión religiosa favorecía la conducta «extraviada», transgresora y descontrolada de las mujeres, tanto en el terreno político, como en el meramente delictivo y en la prostitución: todo era atribuible al régimen republicano, que había reconocido a la mujer el derecho a ser libre, libre incluso de las restricciones religiosas[1].
Por eso, en las cárceles franquistas coexistían presas por actividades políticas discordantes o socialmente transgresoras con las prostitutas, las estraperlistas al menudeo y las delincuentes comunes. Las mujeres rojas o desafectas al nuevo régimen eran culpables de haber entrado y permanecido en el espacio sociopolítico, de salirse del ámbito familiar que les estaba secularmente asignado y no ajustarse al modelo tradicional de la mujer de su casa, sumisa, sacrificada, guardiana del hogar familiar y guiada por el sacerdote católico. Entre las rojas se incluían también las que simplemente eran «mujeres de rojos» (esposas, madres, hermanas o hijas) que no habían evitado la nefasta actuación social o política de los hombres, situándose junto a las prostitutas y las delincuentes comunes, y constituyendo todas la antítesis de la nueva-vieja mujer española, cuyo modelo quería imponer el nuevo régimen de la España «liberada». La mujer «antiespañola» durante la guerra había desbordado los límites de la criminalidad femenina habitual, participando en los pillajes, en los incendios, en la quema de las iglesias y conventos, en el robo o destrucción de imágenes religiosas, así como en las matanzas, con un carácter marcadamente sádico, que escandalizaba al «investigador» Vallejo. Aunque la mujer siempre se había desentendido de la política, en la revolución comunista española se mezcló activamente en ella, aprovechando la ocasión para satisfacer sus apetencias sexuales latentes. Y acababa el patriota psiquiatra la introducción de su estudio afirmando que cuando las mujeres se lanzaban a la política no lo hacían por sus ideas, sino por sus sentimientos, que alcanzaban proporciones inadecuadas e incluso patológicas, debido a la inestabilidad propia de la personalidad femenina. Las influencias del medio ambiente familiar y social eran para él muy claras en la exaltación pasional y política de las mujeres. Con ello Vallejo desnaturalizaba toda vinculación entre el género femenino y la acción sociopolítica, presentándola como algo provocado artificialmente por el entorno democrático o revolucionario.
El estudio lo había realizado Vallejo con 50 internas en la cárcel de Málaga, desde quince hasta sesenta años de edad, que participaron en los «desmanes de la horda» durante la «dominación roja» y que, acusadas de rebelión militar, fueron condenadas a muerte, habiéndoseles conmutado esa pena por la inferior. No se les había probado ningún delito concreto, aunque acompañaron a las patrullas de milicianos y participaron de sus asesinatos, saqueos e incendios. Algunas se distinguieron por su «necrofagia», ensañándose con los cadáveres de los fusilados o befándose de ellos, luego de haber presenciado el asesinato «con delectación». Había milicianas, «hembras marxistas», que, vestidas con el clásico mono y amazonas de arma corta o larga, fueron alguna vez al frente y tomaron parte directa en los crímenes urbanos. Muchas se habían dedicado a la denuncia de «personas de orden», ocultas o emboscadas, con las que tenían resentimientos por rencillas o agravios, generalmente banales. Y, por último, gran parte de las «marxistas» habían tenido una «actuación libertaria destacada», incitando a las turbas contra el fascismo, generalmente mediante la propaganda oral. Como era de esperar, mostraban en su mayoría «temperamentos degenerativos», eran de escasa inteligencia y de poca o nula instrucción educativa. Todas tenían antecedentes familiares de anormalidad psíquica (enfermos mentales, psicópatas, alcohólicos, suicidas, etc.) o «antecedentes revolucionarios familiares o matrimoniales» (padres, hermanos, esposos o hijos con actividades «revolucionarias»). No tenían formación política alguna, por lo que habían actuado por motivaciones no ideológicas. En unos casos, la actividad política se había debido a influencias ambientales: eran unas exaltadas por sentimientos pasionales, o las «aprovechadas» que se lanzaban al saqueo y a la violencia para satisfacer impunemente rencores y venganzas personales, como para hacerse con los bienes de los señores y de sus convecinos, o porque creían en la realidad del reparto. «La coquetería de alguna belleza de dieciséis años, atraída por sus continuas exhibiciones en público y la exaltación narcisista de su vestimenta, con mono y pañuelo rojo al cuello, y las amorales que por su hipersexualidad encontraban ocasión de prostituirse fueron la minoría del grupo.»
Otro subgrupo lo formaban las «psicópatas antisociales» que, por su hegemonía de mando entre sus convecinos, o falso espíritu de reivindicación social, por mera exaltación del espíritu de crueldad, por descontento económico, por anestesia sentimental y afectiva, o por adaptación a cualquier clase de vida de perversión, liberaron sus tendencias psicopáticas durante la época roja. Otras eran «libertarias congénitas», revolucionarias natas, que, impulsadas por sus tendencias biopsíquicas constitucionales, desplegaron una intensa actividad asociada a la horda roja masculina. Paradójicamente, más de la mitad de las personas estudiadas manifestaron una buena opinión sobre la España nacional: «La buena opinión que se tiene de esta España Nacional se debe a que cuida de los niños, aunque sean hijos del enemigo, protege al pobre y hay trabajo, no siendo lo que decía la propaganda roja». Comparan estas mujeres la disciplina y el orden social nacionales con la orgía y el desorden rojo, y de tal comparación surgía un sentimiento admirativo hacia los «nacionales»… ¿Era Vallejo un ingenuo fanático o un cínico sectario? Lo que quedaba claro era que su «estudio» no era nada científico, aunque él se felicitaba porque podría controlarse y contribuir a evitar en el futuro el acceso de la mujer a la política, debiendo limitarse a la acción social femenina, a la asistencia social y benéfica.
El hecho fue que el Régimen había elaborado un discurso moral que involucraba a la mujer «desafecta» en una serie de delitos directamente relacionados con su condición sexual y que la había llevado a la cárcel o al paredón. O, más bien, transgresiones morales que los vencedores consideraban delictivas y por ello penalizables. A partir de 1937 esos delitos o transgresiones fueron enjuiciados por los tribunales militares en consejos de guerra sumarísimos, que frecuentemente dictaban la pena máxima. Aunque estaban tipificados como delitos de rebelión militar en sus distintas versiones, de hecho lo que se condenaba eran conductas sociomorales. Y cuando en la zona republicana se había desechado el icono de la miliciana como prototipo heroico de la mujer resistente al fascismo, en la zona «liberada» de la dominación marxista, ese icono, en negativo, retrataba casi esencialmente a la mujer republicana, o simplemente desafecta o mujer de republicano. En las sentencias condenatorias, los rasgos iconográficos de la miliciana, exagerados o imaginados, aparecían claramente como resultados sobre los que justificar las condenas a las mujeres que se habían significado de un modo u otro en la retaguardia republicana. Muchas, ciertamente, habían vestido el mono azul que tanto irritaba a los «nacionales», o habían participado en la formación de algunas infraestructuras de apoyo al Ejército republicano, aun sin mucha conciencia política. Pero estas tareas eran consideradas como sospechosas de haber sido «marxistizadas», simplemente por el hecho de ser parientes de combatientes o militantes republicanos, o porque habían huido de los lugares que iban «liberando» las tropas «nacionales», temerosas de los desmanes que cometían con las mujeres los moros y los legionarios, refugiándose en las ciudades aún en poder de los republicanos.
Tal ocurrió, con tintes trágicos, cuando en Málaga se supo que avanzaban sobre la ciudad las tropas norteafricanas e italianas, y numerosas familias, muchas de ellas antes refugiadas en la ciudad andaluza, huyeron masivamente por la carretera de Almería, tratando de alcanzar la zona republicana y siendo bombardeadas por la aviación nacional y cañoneadas sin piedad por la armada franquista. Además del miedo a ser violadas, siéndolo de hecho en numerosas ocasiones, muchas mujeres fueron también rapadas, recibiendo con ello un castigo ejemplarizante y público que siempre ha sido silenciado, pero no por ello olvidado por quienes lo padecieron y por los muchos que lo presenciaron. Cuando eran detenidas, a muchas rojas se las golpeaba y se las pelaba, y peladas eran paseadas por la vía pública, para mayor escarnio entre los vecinos y para ser diferenciadas del resto de la población. A menudo, era un castigo en sí mismo, y no tenía que estar asociado al cumplimiento de cualquier otra pena, pero sí fue frecuente que las «rapadas» quedaran a disposición gubernativa.
MUJERES DE DESPUÉS O DE ANTES DE LA GUERRA
En acusado contraste, la imagen de la mujer ejemplar encaraba los valores de la nueva sociedad española. Era también una imagen estereotipada, que, sobre todo, era difundida por las publicaciones de la Sección Femenina de Falange, y especialmente por la revista Y, cuyo número inicial se imprimió en febrero de 1938. En ese su primer número se hacía un «retrato ejemplar de la raza», afirmándose que, por la bendición de Dios, había tocado a España una espléndida raza de mujeres, sin igual en nación alguna. La mujer española era una amalgama de pueblos en el nivel imperial de la latinidad y católico de la cruz:
Por ello las madres de nuestros hijos, nuestras hermanas, nuestras madres y nuestras hijas son el producto de una raza en la que sólo hay memorias memorables –valga el pleonasmo– de mujeres que son ejemplo. Que son la continuación en el presente –en nuestra guerra para y por la España nacionalsindicalista– de una raza en la que no hay ni un solo caso de monstruosidad, de aberración o degeneración[2].
Era una figura maternal a la que la España nueva nada exigía, como sí sucedía con las mujeres oprimidas por el marxismo, que se convirtieron, como en una pesadilla, en mecánicos, electricistas o químicos, con lamentables características masculinas. La escritora Carmen de Ycaza pensaba entonces:
España quiere que sus mujeres le sirvan únicamente como mujeres. Que hagan patria únicamente como mujeres, que su esfuerzo y su trabajo respondan exactos a sus posibilidades mentales y físicas. Pero, al reconocer todas las prerrogativas de su sexo, exige de ellas también implacable conciencia de la hora que atravesamos. Les exige un máximo rendimiento en servicio y sacrificio. Les exige conocimiento y renunciamiento: conocimiento de sus deberes y renunciamiento a sus egoísmos, frivolidades, ambiciones personales y pequeñas[3].
La mujer nacionalsindicalista debía tener un sentido social profundamente cristiano, anónimo, disciplinado, exaltado de fe y de voluntad de servicio, sin más aspiración que la del deber cumplido.
Sin embargo, este tipo de mujer no era el que los jóvenes españoles, culturizados y de derechas, habían conocido en los años republicanos, especialmente en las grandes ciudades. Así lo describió el comediógrafo y conocido humorista Enrique Jardiel Poncela, según publicara en las páginas de la ya citada revista Y. A las mujeres que había conocido, en contraposición al posterior modelo nacionalsindicalista, Jardiel las dividía por colores: las mujeres verdes, las rojas, las lilas y las grises. El primer grupo de «mujeres verdes» eran fatales en toda la extensión de la palabra: las viajeras, rubias, de trasatlánticos y expresos; divorciadas de maridos desconocidos, pebitas, protagonistas reales de tangos argentinos imaginarios; mujeres de teatro, de cine y estrellas de variedades, con sus honrosas, naturales y múltiples excepciones; viudas sin partida de defunción de su esposo, pensionistas que no cobran pensión oficial alguna; doncellas que no podían demostrarlo y criadas de servir que no servían; huérfanas de personajes ilustres que nunca existieron; muchachas tristes de vida alegre; muchachas alegres de vida triste. Al segundo grupo de «mujeres rojas» pertenecían las agitadoras políticas, propagandistas, oradoras de mítines, periodistas, entrevistadoras y reporteras tendenciosas; lectoras de los rusos con indigestión moscovita crónica; feas conscientes de serlo; contrahechas, patizambas, bizcas y amargadas de la vida; afiliadas a las juventudes comunistas, las juventudes libertarias, las juventudes socialistas y demás juventudes sin juventud; esnobs pertenecientes a las más diversas clases sociales; partidarias de Moscú por moda, como si Moscú hubiera sido un modelo de sombrero o un específico recién aparecido para regular el funcionamiento del hígado; mujeres familiares de hombres rojos; provistas de ideas políticas transmitidas por ósmosis.
A las «mujeres lilas» pertenecían las estudiantes de la FUE; muchachas que hablaban de «querer vivir sus vidas»; republicanas por admiración al talento y la belleza física de Azaña; aspirantes a «estrellas de cine»; lectoras de Freud y preocupadas por el psicoanálisis; feministas, pedantes y marisabidillas de la ciencia y de la filosofía; entusiastas del divorcio por creer que iban a encontrar un marido mejor; admiradoras sin saber por qué de Alberti, Dalí, de todo aquello que estuviera torcido o fuera decididamente inferior; deportistas por aburrimiento; muchachas que encontraban cursi todo lo español y distinguido todo lo extranjero, etc. A las «mujeres grises», el último grupo, pertenecían las lectoras de novelas rosa; muchachas asfixiadas en el interior de una casa de barrio o de provincias; bailadoras de danza clásica, fracasadas en cosas emprendidas sin fe en el éxito; coleccionistas de fotos de artistas de cine; jóvenes obstinadas en vestir como se pudiera y en aparentar lo que no eran; apáticas fatalistas, resignadas con su insignificancia; mujeres sin pensamiento, etcétera[4].
Al final, Jardiel Poncela se preguntaba cómo tratar y convivir con semejantes mujeres. De las rojas no había más que huir, porque no se las podía aguantar. Tampoco se podía hacerse otra cosa que huir de las lilas, muchas de las cuales se volvían rojas con el tiempo. Y las grises aburrían. Sólo podía esperarse –opinaba Jardiel Poncela– que las españolas cambiasen algún día. «Y, de pronto, amanece el día especial en que las españolas cambian. Todos los colores del iris, al girar vertiginosamente, volteados por las fuerzas inmensas de la raza, en lugar de dar el color blanco que nos enseñó la física, dan un color azul. Surge ese día la mujer azul»[5]. Es la que es femenina sin ser feminista. La que reza y razona. La que sabe estar en casa y andar por la calle. La que conoce sus horizontes y no ignora sus límites. La que no busca convertir la simple amistad en amor ni cree que el amor sea una simple amistad. La que ha comprendido que la verdadera independencia es vivir pendiente de todo. La que llama libertad a la felicidad para proceder bien. La que medita lo que va a decir. La que se mejora cuando sufre y goza cuando se mejora. La que puede ser alegre sin ser ligera. La que es justa sin pedir justicia. La que no tiene pasado y cuida en todo instante de su presente, porque sabe que lleva dentro de sí misma el porvenir. Es decir, la que ha hecho real lo ideal. «Un único grupo de mujeres, las azules, se ha extendido como un novio en la España que amanece y ellas van a hacer el mediodía de España. Y el hombre deja de vagar desamparado y depravado, con el alma aterida y la acción atrofiada por la falta de apoyo de la mujer»[6].
Ciertamente, Jardiel no se equivocaba, y en los años cuarenta se evidenció que había desaparecido por completo del paisaje la circulación de mujeres rojas, lilas y verdes. Sólo sobrevivían las mujeres grises, y naturalmente, la mujer de su casa, la abnegada madre, cumplidora esposa, hogareña, sacrificada, católica integrista y a menudo nacionalsindicalista. El resto, la mayoría, pertenecía al bando de las «vencidas», no alcanzaba el nivel del modelo preconizado, y subsistían como podían en la exclusión perpetua y con el control social permanente.
