Las sombras de la noche - Eva Björg Ægisdóttir - E-Book

Las sombras de la noche E-Book

Eva Björg Ægisdóttir

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Beschreibung

Vuelve la gran revelación del escandinoir Una casa envuelta en llamas. Un joven muerto en su propio dormitorio. Lo que parecía un accidente doméstico pronto se revela como un incendio provocado. Y, cuando la agente Elma examina los últimos movimientos del chico, surge la inquietante posibilidad de que no estén ante un crimen aislado. Recién llegada a Islandia, Lise empieza a trabajar en casa de un matrimonio que, en apariencia, lleva una vida normal. Pero, con el paso de los días, la convivencia va dejando al descubierto gestos y silencios inquietantes. Su historia, sin embargo, termina de un modo que nadie consigue explicar… Hasta que la policía empieza a tirar del hilo. A medida que la investigación avanza, Elma se ve arrastrada a una situación cada vez más peligrosa: alguien está dispuesto a todo para que los secretos sigan ocultos entre las sombras. De la autora ganadora de los premios: CWA New Blood Dagger Storytel a la mejor novela negra Blackbird a la mejor novela negra islandesa

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Seitenzahl: 517

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Eva Björg Ægisdóttir
Las sombras de la noche
Traducción de Paula Parra

Guía de pronunciación

El islandés tiene algunas letras que no existen en otros idiomas europeos y que no siempre son fáciles de replicar. Por lo general, la letra ð se reemplaza por una d en castellano, pero hemos decidido usar la letra islandesa para ser fieles a los nombres originales. El sonido de esta letra es similar a la z en castellano, aunque más suave, como la que pronuncian algunos hispanohablantes cuando hay una d al final de una palabra, como por ejemplo en «Madrid». La letra islandesa þ tiene un sonido similar al de la z en castellano, como por ejemplo en «manzana» y «azahar». La letra r suele pronunciarse como la r en castellano al inicio de una palabra, como por ejemplo en «rosa» o «reloj».

En la pronunciación de los nombres y lugares islandeses, el énfasis va siempre en la primera sílaba.

Nombres como Elma, Begga y Sara, cuya pronunciación es muy parecida a la española, no se incluyen en la lista.

Aðalheiður – AAZ-al JEIZ-uur

Ævar – AI-var

Akrafjall – AAK-ra-fiatl

Akranes – AA-kra-nes

Akureyri – AA-kuur-ei-ri

Andri – AND-ri

Barónsstígur – BAA-rons-STI-gur

Birta – BIRR-ta

Borgarfjörður – BOR-gar-fiurz-ur

Breiðholt – BREIZ-holt

Brynhildur – BRIN-jild-ur

Dagný – DAAK-ni

Esja – ESS-ya

Finnur – FIN-nur

Fríða – FRII-za

Fúsi – FUUS-si

Gerða – GYER-za

Gígja – GUII-ya

Grímur – GRII-mur

Guðlaug – GUZ-loig

Hannes Hreiðar Þorsteinsson – JAN-nes JREIZ-ar ZOR-steins-son

Harpa – JAR-pa

Hrafnkell – JRAPN-ketl

Hörður Höskuldsson – JERZ-zur JOS-kulds-son

Húsafell – JUUS-a-fetl

Hvalfjörður – JAL-fiurz-ur

Ína – II-na

Ísak – IIS-sak

Jaðarsbakkar – YAZ-ars-BAK-kar

Jens – YENS

Jóel – YO-el

Jökull – YU-kutl

Jón – YON

Júlía – YUU-li-a

Kári – CAU-ri

Katrín – KAA-triin

Laufey – LOI-vei

Lise – LIIS-a

Marinó – MAA-ri-no

Mosfellsbær – MORS-fels-bair

Örnólfur – URD-nol-fur

Óskar – OSS-kar

RagnarSnærHafsteinsson – RAK-nar SNAI-r JAAF-steins-son

Rúna – RU-na

Sævar – SAI-var

Seyðisfjörður – SEI-zis-fiurz-ur

Skógahverfi – SKOU-ga-KVERR-vi

Snorri – SNORR-ri

Sonja – SON-ya

Stormur – STORM-ur

Tómas – TOU-mas

Unnar – UN-nar

Vilborg – VIL-borg

Villi – VIL-li

Primera parte

La noche anterior

En cuanto dejase de llover, correría el riesgo de que alguien notara el olor. Hizo una llamada y repitió que quería mover el cuerpo. Pensar en él, allí tirado, con la descomposición avanzando a cada hora que pasaba, empezaba a ponerlo demasiado nervioso. La idea lo angustió tanto que apenas pudo quedarse quieto.

Resultaba sorprendentemente difícil deshacerse de un cadáver. No se le ocurría ninguna manera de llevarlo hasta el coche sin que lo vieran. Las noches aún no eran lo bastante oscuras como para ocultarlo. De todos modos, cuando lo hubiera metido en el maletero, ¿adónde iría? ¿Dónde se suponía que debía enterrarlo? No solía salir del pueblo y no tenía ni idea de dónde encontrar un lugar lo bastante alejado, ni siquiera de cómo debía ser el terreno. ¿Sería la tierra lo suficientemente profunda o se toparía con una roca? Lo último que quería era que algún granjero desenterrara el cuerpo. Tirarlo al mar era una posibilidad, pero existía el riesgo de que apareciera en alguna playa. No sabía cómo funcionaban las corrientes. Tampoco tenía ni idea de si la marea estaría alta o baja en ese momento.

La noche anterior había ido a revisarlo. En su estado de embriaguez, sentía curiosidad por observar los cambios en el color y la textura de la piel. Había apartado las mantas, desenrollado el plástico y pasado un dedo por el brazo descubierto. Sintió una emoción innegable al ver a una persona muerta. La sensación de irrealidad fue tan abrumadora que se mareó y provocó que la sangre se le agolpara en las manos y los pies. Por un momento creyó que se iba a desmayar, así que puso la cabeza entre las piernas. Luego, cuando el hechizo se disipó, se bebió el resto del vodka de un trago y dirigió su atención al rostro. Le abrió la boca con dificultad, inspeccionando la lengua y los dientes, y luego levantó los párpados con cuidado. Debajo de estos, los ojos estaban apagados y fijos, cubiertos por una película blanca. Fue en ese momento cuando la muerte se volvió demasiado real para él y se alejó tambaleándose.

Cuando salió de allí creyó que iba a vomitar, pero en lugar de eso cayó de rodillas, dominado por el llanto. No podía dejar de imaginarse aquellos ojos sin vida, tan vacíos, mirándolo fijamente.

Sábado

La iglesia de madera de Akranes estaba tan llena de gente de luto que las ventanas empezaban a empañarse. Elma se abanicaba discretamente el rostro con la hoja del himnario. Sin embargo, a pesar de que el edificio estaba lleno, los únicos sonidos que rebotaban contra las paredes eran el crujido de los estrechos bancos de madera y algún que otro sollozo.

Hörður estaba sentado delante con su familia. Elma veía la parte trasera de su cabeza, el cabello canoso y el cuello liso de su camisa. Estaba completamente erguido, mirando fijamente al frente, y no se giró cuando se abrieron las puertas y las personas comenzaron a caminar por el pasillo. Ni siquiera cuando su hija le apoyó la cabeza en el hombro. Permaneció tan quieto que parecía que nada podría alterarlo. Quizá tuviera miedo de que un solo movimiento rompiera la compostura que tanto le había costado mantener.

La mirada de Elma se desvió hacia la foto de Gígja en la hoja del servicio funerario. Era una foto reciente, pero sacada antes de que el cáncer hiciera mella. Su deterioro había sido rápido tras el diagnóstico. En apenas unos meses, había visto cómo aquella mujer llena de vida se iba debilitando cada vez más, perdiendo peso… hasta que, al final, quedó postrada en una cama, dependiente de los fuertes analgésicos. Elma había visto a Gígja por última vez un mes antes de su muerte. Varios compañeros del departamento de policía habían ido a visitarla, llevándole pastelitos y ramos de flores.

Hörður también había perdido tanto peso que los pantalones le colgaban y formaban unos pliegues alrededor de los muslos, y las camisas le quedaban demasiado grandes. En la semana que había transcurrido desde la muerte de Gígja, no había pisado la comisaría.

Elma parpadeó para contener las lágrimas y se tragó el nudo que se le había formado en la garganta. Sævar le dedicó una sonrisa triste justo cuando el organista empezó a tocar, llenando la pequeña iglesia de música. Enseguida el coro se unió, alzando sus voces en un canto casi sobrenatural. Solo entonces, Elma notó que Hörður inclinaba la cabeza y sus hombros empezaban a temblar.

El mueble de cristal del salón era herencia de los padres de Laufey. No había conseguido deshacerse de ese olor a viejo y cerrado que impregnaba todo lo que guardaban allí: el juego de café que había pertenecido a sus padres, la fuente del fabricante danés Royal Copenhagen o las preciosas copas de cristal que les habían regalado en su boda. Cada vez que quería usar alguna de esas piezas, tenía que lavarlas primero para quitarles el hedor.

Era el único trabajo que le quedaba por hacer. Todo lo demás estaba listo. Las patatas ya estaban preparadas y esperaban en la encimera de la cocina, cubiertas con papel de aluminio; la carne ya se empezaba a dorar y no necesitaría mucho tiempo más en el horno, y el postre esperaba en la nevera: un inmenso pastel de merengue relleno de fresas y bolitas de licor cubiertas de chocolate.

Unnar entró en la cocina, recién afeitado y vestido con una camisa ajustada. A diferencia de ella, había tenido tiempo de sobra para ducharse, afeitarse y escoger la ropa que se iba a poner. Laufey se había puesto el primer vestido viejo que encontró cuando tuvo un momento, menos de media hora antes de que los invitados empezaran a llegar.

—¿Champán? —preguntó Unnar mientras cogía la botella.

—No, gracias. —Laufey se desató el delantal, intentando no enfadarse con él. No quería empezar una discusión cuando sus amigos llegarían en cualquier momento.

—¿Cansada?

—¿En serio, Unnar? —preguntó Laufey—. Para que no haya discusiones, tú te encargarás de limpiarlo todo después de la cena. No pienso mover ni un dedo.

—Claro, no hay problema.

Unnar llevó las copas de vino al salón y cambió la música. Mientras Laufey estaba ocupada con la cocina, él había tenido tanto tiempo libre que hasta le había dado tiempo a preparar una lista de reproducción para la noche.

Laufey cogió un paño y limpió una mancha que sus dedos húmedos habían dejado en una de las copas. Tras una breve pausa, se sirvió un poco de champán y dio un sorbo, luego otro.

—Deben de estar a punto de llegar —dijo al tiempo que se sentaba en el sillón.

Unnar se encogió de hombros.

—Ya sabes que nadie es puntual.

—Ya, es cierto. —Se sobresaltó y dejó la copa.

—¿Estás bien?

—Sí. Casi se me olvida encender la vela aromática.

Laufey se levantó y abrió un cajón. Había comprado una vela exageradamente cara en una tienda de lujo en Reikiavik. Si no la usaba ahora, ¿cuándo lo haría?

—Por Dios, no vaya a ser… —oyó murmurar a Unnar con sarcasmo mientras ella rebuscaba en los cajones en busca de un mechero.

Laufey respiró hondo y se convenció de que no valía la pena contestar. No serviría de nada. Colocó la vela sobre la mesa del pasillo, encendió las tres mechas y, casi de inmediato, la fragancia empezó a extenderse por toda la casa. «Un brindis con champán», decía la etiqueta. «Qué apropiado», pensó Laufey antes de terminarse su copa de un solo trago.

A medida que avanzaba la noche, la gente empezaba a mostrar señales de cansancio. Laufey se hundió en el sofá y acabó perdiendo el hilo de la conversación. Villi comenzó a bostezar y, poco antes de medianoche, él y su mujer, Brynhildur, se levantaron y se despidieron. Por el contrario, Óskar y Harpa no parecían tener ganas de dar por terminada la velada. Harpa se había tomado ocho copas de champán y hablaba sin parar. Óskar no estaba mucho más católico: se había adueñado de la lista de reproducción y ponía canciones que habían sido éxitos en su juventud.

Laufey, que se sentía agotada, fue a la cocina a beber un vaso de agua. La mesa del comedor estaba cubierta de platos sucios y restos de comida. Se moría de ganas de recoger, pero no sería justo: ella se había pasado el día cocinando y limpiar era cosa de Unnar. No se saldría con la suya en aquella ocasión.

Dobló un trapo de cocina con la mirada clavada en la ventana.

Fuera estaba lloviendo: unas gotas gordas y pesadas caían en vertical, pues no corría ni un poco de aire. Cerró los ojos, exhaló lentamente por la nariz y sintió cómo todo se removía dentro de ella.

Hacía mucho tiempo que no bebía tanto, así que se deleitó con la sensación de estar tan relajada y despreocupada. Cuando se puso de pie, el sueño había abandonado su cuerpo y sintió unas ganas locas de salir de fiesta. Pero en Akranes no había discotecas divertidas donde se pudiera bailar hasta bien entrada la madrugada. Tendría que conformarse con el salón de su casa.

Laufey sacó otra botella de vino tinto y se sirvió una copa. Que les den a los platos, ya se encargaría de que Unnar los fregara por la mañana. Dio un buen trago a la copa y solo entonces se dio cuenta de que la música había parado. Y de que Harpa tampoco seguía hablando.

Laufey entró en el salón y vio las copas sobre la mesa, junto a la tabla de quesos.

—¿Unnar? —dijo, pero no obtuvo respuesta.

Era como si todos se hubieran esfumado.

Domingo

Ævar se dio cuenta del incendio cuando miró por la ventana del baño y notó un extraño resplandor sobre la costosa propiedad que lindaba con el jardín trasero de su casa. Al principio, medio dormido, pensó que el sol se había puesto por detrás de la casa en mitad de la noche, pero entonces escuchó un agudo lamento que rompía la tranquilidad y se percató de lo que estaba sucediendo. Se subió rápidamente los calzoncillos y se dirigió hacia la puerta, sin molestarse en despertar a Rósa ni en ponerse el abrigo.

Las ramas húmedas le arañaron la piel mientras se abría paso a la fuerza a través del seto que separaba ambas propiedades. El fuego se había originado en la parte delantera de la casa, así que Ævar se dirigió directamente hacia la puerta trasera e intentó abrirla. Al ver que no cedía, dio unos golpecitos en el vidrio.

—¿Hola? —gritó, apoyando la frente en el cristal—. ¿Hay alguien ahí?

Esperaba escuchar chillidos o ver siluetas correr, pero no pasó nada. La casa pertenecía a una pareja con dos hijos. Ya no eran niños, sino que ambos debían de tener alrededor de veinte años, pero todavía vivían con sus padres.

Ævar advirtió lo rápido que le latía el corazón bajo la fina camiseta interior, pero ni siquiera percibía el frío. Se preguntó si debería derribar la puerta. Parecía bastante fácil en las películas, pero sabía que en la vida real no lo sería tanto.

En lugar de eso, corrió hasta doblar la esquina de la vivienda y, para mayor desgracia, vio que había un coche aparcado en la entrada. Quizá había alguien en casa.

—¿Qué pasa?

Ævar se giró y vio al hombre de la casa de al lado corriendo hacia él. ¿Cómo se llamaba? Jón. Jens. Algo así.

—Fuego —jadeó Ævar entre sus respiraciones agitadas—. No he sido capaz de entrar. No sé si hay alguien en casa. Yo…

—Voy a llamar a emergencias —dijo Jón o Jens, quien había tenido la suficiente entereza como para ponerse un abrigo y traer el teléfono consigo. Ævar estaba descalzo y en ropa interior, pero no era momento de preocuparse por ese tipo de detalles sin importancia.

—Llama tú, yo voy a probar con la puerta principal —dijo, y se alejó trotando. Se quejó de dolor cuando la grava le lastimó las plantas de los pies.

La puerta principal también estaba cerrada con llave y no cedió, a pesar de todos sus esfuerzos por forzarla.

Un momento después, hubo una fuerte explosión. Vio que el cristal de una de las ventanas había estallado. Ævar empezó a gritar de nuevo:

—¿Hay alguien ahí dentro? —chilló hacia las llamas, pero siguió sin obtener respuesta.

El calor y el humo eran tan intensos que no pudo acercarse más. Se cubrió la cara con el brazo, tosiendo, y enseguida escuchó las sirenas. En ese instante, fue consciente de que ya no podía hacer nada más.

Unnar se despertó y se encontró con que estaba en la cama, completamente vestido. La camisa blanca se le pegaba al cuerpo y los pantalones de traje estaban desabrochados, lo que dejaba al descubierto su ropa interior. Sentía la boca tan pastosa que movió los labios en un intento de generar saliva. Luego se tapó los ojos con las manos para protegerse de la luz deslumbrante que entraba por la ventana.

Cuando intentó incorporarse, un dolor punzante le atravesó la cabeza, así que volvió a recostarse y cerró los ojos. Un rato después, se arrastró fuera de la cama y se dirigió hacia el baño con dificultad, donde los restos de los excesos de la noche previa terminaron en la taza del inodoro.

Unnar ya era demasiado mayor para eso. Aunque bebía con regularidad, normalmente no acababa tan destrozado como la noche anterior.

Mientras se relajaba bajo el chorro de la ducha, intentó hacer memoria de lo que había pasado. Recordaba la cena y la primera parte de la velada. Las botellas de Bollinger que habían bebido con el entrante, el asado que se derretía en la boca tras su larga cocción sous-vide, las patatas Hasselback. Todos habían elogiado la comida y después se habían terminado una botella de whisky de malta de diez años que Villi había traído.

Sin embargo, después de eso, los acontecimientos de la noche se volvían confusos, y al terminar de ducharse, Unnar seguía sin tener ni idea de cómo había acabado en la cama con la ropa puesta. La extraña sensación que lo inquietaba no desapareció mientras se vestía. De hecho, cuanto más intentaba reconstruir la noche, más parecía escapársele de las manos.

Su hija de siete años, Anna, estaba practicando gimnasia en el salón cuando salió del baño.

La pequeña alzó ambos brazos, extendió una pierna, luego se arqueó hacia atrás y realizó un giro completo. Cualquiera pensaría que tenía las extremidades de plastilina.

—Guau —dijo Unnar, impresionado—. Pero qué niña más lista tengo.

Anna irradiaba orgullo, pero enseguida arrugó la nariz.

—Papi, te apesta el aliento.

Encontró a Laufey en el despacho, sentada frente al ordenador, con las gafas apoyadas en la nariz. En cuanto reparó en su presencia, cerró la ventana que tenía abierta en la pantalla.

—¿Qué haces? ¿Comprando un billete de avión? —Le pareció ver el logo de una aerolínea.

Laufey se giró.

—Pues… lo cierto es que sí —respondió—. Todavía tengo que pillar los vuelos a Suecia.

—¿Todavía? Pero si solo quedan dos semanas.

—Ya lo sé. Voy con mucho retraso. —Laufey se quitó las gafas y se frotó los ojos, mientras lo observaba como si fuera la primera vez que lo veía con claridad en mucho tiempo—. ¿Cómo te encuentras?

—Bien —mintió Unnar.

—Anoche empinaste bien el codo.

—Como tú.

Laufey no respondió.

La verdad es que Unnar no recordaba si Laufey había bebido mucho o no. Apenas se acordaba del comportamiento de su esposa la noche anterior, excepto que había hablado con las demás mujeres mientras sus amigos y él rememoraban los viejos tiempos en el colegio. Y que lo fulminó con la mirada cuando no recogió los platos inmediatamente después de la cena.

Intentó leer en su expresión si había pasado algo más, pero su rostro permanecía inescrutable. Laufey le preguntó si quería un café.

—No —respondió él—. No, gracias.

La observó entrar en la cocina y echar unos granos en la cafetera automática que habían comprado la Navidad pasada.

Su mujer en algún momento había sido hermosa, pero actualmente le prestaba poca atención a su apariencia. Hacía unos años se había cortado el pelo y había empezado a usar gafas… Dios, cómo odiaba esas gafas. La hacían parecer diez años mayor, como mínimo.

Cuando se conocieron, ella tenía quince años y soñaba con convertirse en peluquera. Siempre se comportaban de una forma un poco salvaje y tenían sexo donde les apetecía: en un callejón detrás de un club, en la cama de sus padres, en el balcón de un hotel en España… Ahora ella tenía cuarenta y dos años, formaba parte del ayuntamiento de Akranes, daba clases de yoga y estaba estudiando alguna carrera. Cada vez que hablaba en público, su voz estridente le hacía estremecer. Rara vez tenían sexo, y cuando echaban un polvo, era uno rapidito.

Muchas de las mujeres de sus colegas tenían mejor aspecto y parecían preocuparse mucho más por su apariencia. Pero ninguna podía compararse con la nueva novia de Tommi, Helena. Tommi, que trabajaba con él en el departamento de exportaciones, se había divorciado el año pasado y sus dos hijos eran adolescentes, así que rara vez los veía. Helena tenía el cabello oscuro, la cintura delgada y unos pechos enormes. Acababa de terminar un grado en Turismo y le encantaba hacer senderismo. Siempre arrastraba a su novio a las montañas. Unnar pensaba que parecía otro, pero cuando se lo comentó, Tommi dijo que no había cambiado por las caminatas en la montaña, sino por todo el sexo que tenían. Le había enseñado una foto de Helena, con el pecho desnudo, dormida profundamente en la cama, y luego se había echado a reír a carcajadas.

Unnar era plenamente consciente de que sus pensamientos eran superficiales. Después de un matrimonio largo, cosas como esas no deberían importarle. Sin embargo, sí le importaban. Y no era solo la apariencia de Laufey lo que le irritaba. Toda ella había cambiado: ya no era la persona divertida, despreocupada y aventurera que había sido antaño.

A veces sentía que ya no tenían nada en común aparte de sus hijos, pero llegaría el día en que se fueran de casa. Entonces solo quedarían Laufey y él, solos. Y no tenía idea de qué se dirían el uno al otro.

—¿Qué? —preguntó Laufey al darse cuenta de que la miraba fijamente.

Sumergió media galleta en la taza y se la metió en la boca.

—Nada —dijo Unnar.

—Tienes una resaca del copón, ¿no?

—¿Estás segura de que te quieres comer esa galleta? —replicó—. Creía que estabas a dieta.

Laufey le dedicó una mirada cansada y le dio la espalda.

Un sonido agudo y persistente penetró su sueño tranquilo. Elma hundió la cara en la almohada, pues todavía no tenía ganas de levantarse. Hubo una pausa, pero enseguida volvió a resonar, y Elma se dio cuenta de que era el timbre. Salió de la cama, se puso la bata de franela y se dirigió hacia la puerta principal. En el camino, vio su reflejo en el espejo y puso una mueca. Tenía el pelo adherido a la cabeza, aplastado por la almohada; los párpados, hinchados, y las ojeras prácticamente le rozaban las mejillas.

A juzgar por la cara de Dagný, no le había pasado desapercibido el estado en el que se encontraba su hermana pequeña.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Dagný, preocupada, mientras ella y sus dos hijos, Alexander y Jökull, entraban en casa—. ¿Estás enferma? O… No me lo digas… ¿Anoche estuviste de parranda por el pueblo?

—¿Te acabas de despertar? —preguntó Alexander, antes de que a Elma le diera tiempo a responder—. Pero si es muy tarde, bro. —La miró con incredulidad, haciendo énfasis en el «muy».

—Sí, lo sé. Es que me he pasado la noche en vela —le dijo Elma, al tiempo que le enmarañaba el pelo rubio a su sobrino. Tras el inusualmente buen verano islandés, su cabello estaba decolorado hasta verse casi blanco y su piel bronceada de un dorado intenso. Elma alzó la vista hacia su hermana—. No te preocupes, no estuve de fiesta… Solo no podía dormir.

—Eso ya lo veo. Por cierto, ¿te has enterado de lo del incendio? —La mirada de Dagný se desvió de repente por encima del hombro de Elma, y gimió—: Jökull, no abras ese cajón.

Jökull, que pronto cumpliría tres años, había ido directo al lugar más interesante del piso de su tía: el cajón de las galletas que quedaba a su alcance. Cada vez que venía, lo abría sin dudar y ya se servía él solito.

—Ay, Elma, ¿podrías guardar las galletas en otro sitio? —preguntó Dagný con tono resignado, mientras veía cómo Jökull dejaba migas por todo el suelo de la cocina.

—Yo no quiero galletas —proclamó Alexander—. Mi entrenador dice que si quiero ser bueno al fútbol debería comer de forma saludable.

Elma enarcó una ceja.

—¿De verdad eso es algo por lo que debería preocuparse un niño de siete años?

—Claro que sí, bro —dijo Alexander. Últimamente, su vocabulario se había ido llenando de frases nuevas y expresiones coloquiales. Por lo visto, la última moda era terminar todas las frases con bro—. ¿No te vistes, Elma? La peli está a punto de empezar, bro.

Elma echó un vistazo al reloj y comprendió que llegarían tarde si no se daba prisa. Había prometido a sus sobrinos que los llevaría a ver una película que echaban en el cine del pueblo.

—Dadme cinco minutos y estoy lista.

—Te va a llevar más de cinco —dijo Dagný. En ese momento era ella quien enarcaba una ceja. —Toma, Jökull, otra galleta de chocolate. —Elma acarició la cabecita del niño, luego enfiló el pasillo hacia su cuarto y empezó a vestirse—. Oye, ¿qué decías sobre un incendio? —le gritó a su hermana, pero justo empezó a sonar su móvil.

El que estaba al otro lado de la línea era su jefe, Hörður, encargado de la unidad de investigación criminal del oeste de Islandia. Enseguida le quedó claro que aquel día no iría a ver ninguna película.

La casa era de diseño ultramoderno, con grandes ventanales y un garaje doble. Tenía muros de distintas alturas y un tejado inclinado, lo que suponía que el techo sería inusualmente alto en el interior. Una pared de piedra cortada acentuaba aún más la imponente impresión, y a Elma le recordó a las casas que aparecían en las revistas de arquitectura y diseño a las que estaba suscrita una amiga suya. Alrededor del edificio había un gran jardín y una galería que saltaba a la vista que se usaba poco. No había muebles de exterior, ni barbacoa, ni ninguno de los objetos típicos que solían encontrarse en los jardines de las casas vecinas. Los daños por el fuego se limitaban a la parte delantera de la casa. El cristal de una ventana había estallado y de aquel hueco salían unas vetas negras que se extendían como raíces quemadas.

Estaban en la nueva urbanización Skógahverfi de Akranes. Era una zona residencial tranquila, dominada por grandes chalés, ocupados principalmente por familias, incluida la amiga de Elma que leía revistas de diseño y tenía tres hijos. Ese verano se habían sentado a tomar un café en su terraza. Los jardines de los alrededores estaban llenos de vida gracias al buen tiempo: se escuchaban de fondo los gritos de los niños saltando en las camas elásticas o chapoteando en los jacuzzis.

De camino al lugar de los hechos, Hörður había puesto al tanto a Elma de lo ocurrido. Durante la noche había estallado un incendio en uno de los dormitorios, donde dormía un joven. Un vecino había llamado a emergencias al ver las llamas, pero aunque los bomberos llegaron con rapidez, ya era demasiado tarde para salvar al chico.

—Se llamaba Marinó Finnsson, veinte años —dijo Hörður tan pronto como salieron del coche—. Sus padres estaban pasando la noche en un hotel en Borgarfjörður y su hermana melliza se había quedado en casa de su novio, por lo que estaba solo. Parece que el fuego se originó en su habitación.

—¿Es esa? —preguntó Elma, señalando la ventana rota.

—Sí, esa es —respondió Hörður—. El equipo forense está trabajando ahí en este momento. He hablado con ellos esta mañana temprano y están bastante convencidos de que ha sido provocado. Cuando llegaron los bomberos, Marinó todavía estaba en la cama.

Tal vez era su imaginación, pero a Elma le parecía que la zona estaba inusualmente silenciosa. Al mirar a su alrededor, vio algunos ojos curiosos observándolos. En una de las viviendas, la bandera de Islandia ondeaba a media asta.

—¿La casa no tiene alarma de incendios? —preguntó.

—Sí, y se activó. Fue lo que despertó a los vecinos.

—Pero no a Marinó.

—No —respondió Hörður—, parece ser que no. Había una alarma en su dormitorio que debió de activarse casi de inmediato. En circunstancias normales habría tenido tiempo de salir, o al menos eso pensaría cualquiera. Aunque cuando hablé con el jefe de bomberos me dijo que a veces es cuestión de segundos.

—¿Se dieron cuenta de inmediato de que podría ser provocado?

—Lo sospecharon bastante rápido —dijo Hörður, al tiempo que abría la puerta principal de la propiedad—. Pero, como he dicho, el fuego se originó en la habitación de Marinó, lo cual sería extraño si se tratara de un incendio provocado. La puerta principal estaba cerrada con llave, así que me parece poco probable que alguien se haya colado. A menos que esa persona haya echado la llave al salir. —Hörður se inclinó un poco hacia Elma y añadió en voz baja—: Por supuesto, también cabe la posibilidad de que la víctima iniciara el fuego por voluntad propia.

—Ya me imagino —dijo Elma, tras una breve pausa—. O que la persona que inició el fuego tuviera acceso a la casa.

Finnur no soportaba el piso de su madre. Detestaba el sofá de terciopelo rojo del salón, el cuadro de la niña junto al arroyo y la colcha de cuadros azules en la cama de matrimonio. Un leve olor a humo de cigarrillo impregnaba todos los muebles, a pesar de que su madre había dejado de fumar más o menos cuando su padre falleció a causa de un cáncer de pulmón.

Una opresiva quietud había reinado en la casa durante su infancia, a pesar del ruido constante de la televisión. Sus padres solían pasar los días repanchingados frente a ella. Ambos estaban registrados como discapacitados y subsistían gracias a una ayuda bastante pobre, pero de alguna manera siempre había dinero para alcohol y tabaco. Finnur no tardó en aprender que las únicas reglas eran: no toques la bebida de mamá. Y no toques la bebida de papá. Aparte de eso, podía salir y quedarse hasta tarde, siempre y cuando no molestara a sus padres por la mañana, que siempre estaban de resaca. Nunca fueron crueles con él. No directamente, en todo caso, pero su indiferencia era peor.

Siendo aún joven, Finnur se había prometido a sí mismo que escaparía de esa miserable existencia en cuanto pudiera y que nunca sería como sus padres. Había cumplido su palabra. Ahora tenía cincuenta y cinco años, llevaba sobrio desde los diecinueve y gozaba de una buena situación financiera.

A medida que veía crecer el saldo de su cuenta bancaria con los años, sentía como si él también creciera en estatura. Se sentía orgulloso y poderoso; como si hubiera triunfado en la vida.

Pero ¿qué había ganado en realidad?, se preguntaba ahora, mientras observaba la fotografía que tenía en las manos. ¿Dónde estaba la victoria?

La foto mostraba a Marinó, de cinco años, sosteniendo un gatito que los mellizos habían recibido una Navidad. Aunque Marinó llevaba meses insistiendo en tener un gato, se puso nervioso en el momento en que le colocaron el animal en los brazos, y el miedo se reflejaba en su expresión. Tenía los ojos muy abiertos, el cuerpo tenso, como si esperara que el gato sacara las garras y lo arañara. Finnur pasó un dedo por la fotografía, con el corazón encogido por el deseo de tocar a su hijo una última vez.

Desde que se enteró de la muerte de Marinó, sentía como si se hundiera en un abismo sin fondo. No podía ser cierto que su hijo ya no existiera. ¿Cómo podía seguir avanzando el mundo si Marinó ya no estaba en él?

Un dolor punzante le atravesó el pecho. Por un momento, se sintió aplastado por la pena, pero un instante después, una oleada de rabia sacudió su interior.

No había sido un accidente. Alguien había hecho aquello a propósito y Finnur creía saber quién. Abrió el portátil, encontró los viejos correos electrónicos y volvió a leer los mensajes llenos de ira. En su momento, no le habían afectado, pues los problemas de los demás le parecían irrelevantes. Para él, aquel no era más que un individuo patético y perturbado que jamás se atrevería a cumplir sus amenazas. Pero ahora lo veía todo de otra manera.

Escribió el nombre del remitente en el buscador y guardó la dirección. Luego cerró el portátil y volvió a coger la fotografía, perdiéndose en los recuerdos de un pasado que ya nunca podría recuperar.

—No lo entiendo —dijo Gerða, la madre de Marinó, con las manos temblorosas mientras dejaba el vaso de agua en la mesa—. No entiendo qué ha podido pasar. Debe de haber sido el cableado. La luz del cuarto de Marinó siempre parpadeaba y le dije…

—No —intervino Hörður rápidamente—. No hay nada que pruebe que el cableado provocó el incendio.

Gerða cerró los ojos y exhaló de forma agitada. Elma notó lo mucho que le costaba no derrumbarse.

Estaban sentados en el piso que pertenecía a la anciana madre de Finnur, Agnes. Cuando Agnes les abrió la puerta a Elma y Hörður, sus movimientos eran lentos y su rostro inexpresivo. Estaba claro que las circunstancias no eran motivo de alegría, pero a Elma le dio la sensación de que aquella mujer no habría sonreído en ninguna ocasión, fuera cual fuese. Sin decir una palabra, Agnes señaló el salón y luego desapareció en otra habitación, cerrando la puerta tras de sí.

—El equipo forense sigue analizando la escena —dijo Hörður—, pero me temo que estamos prácticamente seguros de que el incendio ha sido provocado.

—Pero eso es imposible —replicó Gerða, desconcertada—. ¿Quién…?

—Por desgracia, todavía no tenemos un culpable —respondió Hörður—. Pero hemos encontrado restos de una sustancia inflamable y, además, el comportamiento del fuego también apunta a un acto intencionado. Es decir, se propagó mucho más rápido de lo que lo habría hecho de forma natural.

El silencio se instaló en la estancia, luego el reloj marcó la hora y todos alzaron la mirada. Todos excepto Finnur. El hombre bajo y de complexión delicada, sentado rígidamente en el sofá, parecía estar a kilómetros de distancia. Sus cejas gruesas y pobladas le daban una expresión bastante sombría.

—¿Dónde os hospedasteis el sábado por la noche? —preguntó Elma, rompiendo el silencio.

—Estuvimos en un hotel en Borgarfjörður —contestó Gerða, refiriéndose al campo alrededor del gran fiordo, a unos treinta kilómetros al norte de Akranes.

—¿Cómo se llama el hotel?

—Hotel Húsafell. Llegamos el viernes a las cinco de la tarde y nos quedamos dos noches. Fuimos a los, eh… a los baños naturales de Krauma y comimos en el restaurante del hotel.

—¿Recuerdas cuándo fue la última vez que hablaste con Marinó? —inquirió Elma.

—Me llamó el sábado por la tarde para decirme que no encontraba su bañador de natación. Tenía pensado ir al gimnasio y quería meterse en la zona de spa después del entrenamiento.

—¿Te pareció que actuaba diferente?

—No —dijo Gerða—. Estaba como siempre.

—¿Y qué me dices de los últimos días o las últimas semanas?

—No —intervino Finnur de repente—. Actuaba normal.

—Lo cierto es que sí que estaba un poco distraído, Finnur —replicó Gerða con calma—. Ahora que lo pienso, no pasó mucho por casa la semana pasada. Salía por la tarde y volvía bien entrada la noche.

—¿Eso era inusual?

—Bueno, a veces pasaba, pero no tan a menudo.

—¿Te dio la sensación de que algo le preocupaba?

—Para ser sincera, no le di muchas vueltas al tema —dijo Gerða—. Pero ahora que lo mencionas…

—No pasó nada —Finnur sonó casi enfadado—. Nada le preocupaba. No le pasaba nada. Estaba como siempre. Como siempre… —Se le quebró la voz y giró la cara.

—¿Se os ocurre alguien que quisiera hacerle daño a Marinó? —preguntó Elma—. ¿Se había peleado con alguien recientemente?

—No —respondió Gerða enseguida. Se sorbió la nariz, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no derramar las lágrimas—. Marinó no era así. Nadie estaba en su contra. Era un buen estudiante, tenía un buen grupo de amigos y llevaba una vida muy normal. Él… era ambicioso, tenía opiniones sobre política, tocaba el saxofón y quería dedicarse a la informática. Además, también le interesaban la historia y la filosofía griega: había leído todos esos libros de Platón y Aristóteles de principio a fin. No tenía ningún tipo de problema.

—Marinó acababa de empezar una carrera en estudios informáticos en la Universidad de Islandia —explicó Finnur, tras haber recuperado el control de su voz—. Tal y como dice mi mujer, nunca tuvo ningún problema, si eso es lo que insinúas. No se juntaba con malas compañías y no consumía drogas ni nada por el estilo.

—¿Quiénes eran sus amigos?

—Marinó tenía el mismo grupo de amigos desde que iba al colegio —dijo Gerða, limpiándose una lágrima que descendía por su mejilla en un gesto rápido—: Ísak, Andri y Fríða, su hermana gemela. Ah, y la amiga de su hermana, Sonja.

Elma les preguntó su nombre completo y lo anotó en su cuaderno.

—¿Quién tiene las llaves de vuestra casa? —preguntó después.

—Solo nosotros. —Gerða miró a su marido.

—Sí, solo nuestra familia —confirmó Finnur—. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque la puerta estaba cerrada con llave cuando los bomberos llegaron a la escena —aclaró Elma—, pero el fuego se inició dentro de la casa.

—No lo entiendo —dijo Gerða—. ¿Qué quiere decir eso?

—Nos preguntamos si Marinó pudo haberse olvidado de cerrar la puerta y la persona que provocó el incendio cerró con llave cuando salió —expuso Elma. La idea no le sonaba muy convincente, pero era todo lo que podía contar por el momento. Si alguien ajeno a la familia había iniciado el incendio, tenía que haber entrado de alguna manera. Dudaba que Marinó hubiera dejado entrar al culpable motu proprio si estaba durmiendo.

—Eso no puede ser —replicó Finnur.

—¿Que no cerrara la puerta?

—No, eso no. La puerta no se bloquea sola, tienes que usar una llave.

—Entiendo. —Elma se recolocó en el asiento—. Así que, alguien pudo haber cerrado desde fuera, utilizando una llave.

—Pero… —Gerða se adelantó un poco para sentarse en el borde del sofá—. Somos los únicos que tenemos la llave.

—¿Estáis completamente seguros de eso? —preguntó Elma.

—Sí, solo nosotros y los gemelos —dijo Gerða—. Ah, y Agnes, la madre de Finnur.

Hörður se aclaró la garganta, y Elma notó lo incómodo que le ponía hacer la siguiente pregunta:

—¿Marinó consumía algún tipo de droga?

—¿Droga? —repitió Finnur, indignado—. No, no se drogaba.

—¿Había algún tipo de droga en casa?

—Qué… ¿Por qué preguntas eso? —Gerða parecía confundida.

—Solo me preguntaba si Marinó pudo haber tomado algún medicamento sin darse cuenta —explicó Hörður—. Por ejemplo, haberse tomado accidentalmente algún tipo de pastilla creyendo que eran analgésicos.

—No sé qué insinúas —repuso Finnur, enfadado—, pero ya te he dicho que Marinó no se drogaba. No tenía ningún problema de ese tipo.

—¿Creéis que existe la posibilidad de que haya iniciado el fuego por sí mismo? —indagó Hörður con recelo.

—Ya es suficiente. No pienso aguantar más tanta tontería. —Finnur se levantó de golpe, con los labios fruncidos.

Hörður añadió precipitadamente:

—Lo pregunto porque no parece que tu hijo se hubiera despertado cuando sonó la alarma de incendios, aunque fue lo suficientemente fuerte como para molestar a los vecinos. Como he dicho, Marinó seguía acostado cuando llegaron los bomberos y no da la impresión de que hubiera intentado levantarse.

La conversación con los padres de Marinó había sido agotadora. A Elma siempre le aterraba tener que hacer preguntas personales a los familiares más cercanos, pero era inevitable. Las preguntas más incómodas suelen ser las más importantes, aunque la gente reacciona de formas muy distintas ante ellas. Cuando terminaron, Finnur estaba que echaba humo. Se marchó a otra habitación sin decir una palabra, dejando a su mujer, Gerða, la tarea de acompañarlos hasta la puerta.

Era comprensible que a los padres de Marinó les costara creer que alguien pudiera haber entrado en su habitación en mitad de la noche, haber provocado un incendio y luego haber salido como si nada, cerrando la puerta con llave. Todo eso sin despertar a su hijo, claro. Sin embargo, Elma todavía no descartaba la posibilidad, pues era de vital importancia mantener la mente abierta.

Gerða les contó que las únicas llaves de repuesto de la casa estaban escondidas bajo una piedra junto a la pared. Así que existía el riesgo, aunque fuera bajo, de que alguien las hubiera encontrado y hubiera entrado. Quizá algún vecino supiera dónde las guardaban. Elma también consideraba la posibilidad de que Marinó tuviera una novia y que sus padres no estuvieran al tanto. Era lo único que se le ocurría para explicar por qué había dejado entrar a alguien y luego lo habían encontrado tumbado en la cama.

—¿Qué piedra crees que es? —le preguntó Sævar, sacándola de sus cavilaciones.

—Gerða dijo que era una bastante grande, ubicada bajo la ventana —contestó Elma.

Tras la visita a los padres de Marinó, pasó por comisaría para recoger a su compañero, Sævar. Hörður se quedó en su despacho, pues dijo que revisaría el comunicado de prensa antes de marcharse a casa. No entendía por qué se había incorporado al trabajo ya, dado que solo había pasado una semana desde la muerte de Gígja. Cuando habló con él la semana anterior, había dicho que se tomaría unos meses de descanso, pero aquella mañana, al día siguiente del funeral, había aparecido en comisaría como si nada. A Elma le gustaría decirle que se tomara las cosas con calma, pero no sabía cómo expresarlo con tacto.

—Todas son bastante grandes —señaló Sævar.

Y tenía más razón que un santo. Había varias piedras de gran tamaño alineadas a lo largo de toda la pared de la casa, con fines decorativos, supuso.

—No es un mal sitio para esconder unas llaves —comentó Elma—. La mayoría de la gente las pone debajo de una maceta o en la luz de entrada encima de la puerta principal.

De pequeña, solía sacar la llave de repuesto de debajo del macetero junto a la puerta, en las raras ocasiones en que era necesario. Normalmente no cerraban con llave, sin importar si había alguien dentro o no.

Elma se puso unos guantes de látex y le dio la vuelta a la piedra que le pareció más grande, situada bajo la ventana. Al no ver nada debajo, pasó a la siguiente.

—No hay ninguna llave por aquí —dijo finalmente. Luego se enderezó mientras observaba los alrededores.

Había una cantidad inusual de tráfico en la calle: los vehículos disminuían la velocidad al pasar por delante de la casa, seguramente con intención de mirar los daños causados por el incendio. La noticia del incidente de la noche anterior se había extendido a toda velocidad y aquel mismo día ya se encontraba en todos los medios de comunicación nacionales.

Cuando Elma condujo por el centro del pueblo para dirigirse hasta allí, había visto varias banderas ondeando a media asta. Aunque se le ocurrían muchísimas desventajas de criarse en una comunidad pequeña como Akranes, debía admitir que también tenía sus ventajas, como el sentimiento de solidaridad. Siempre que ocurría algo malo, los vecinos unían fuerzas.

Elma intentaba no pensar demasiado en la familia y los amigos de Marinó. Sævar y ella tenían que concentrarse en resolver el caso, y el primer paso debía ser hablar con los vecinos. Con un poco de suerte, alguno de ellos podría haber presenciado algo que ayudara a explicar la terrible tragedia.

Cuando llamó al timbre, transcurrió un breve intervalo de tiempo antes de que la puerta se abriera. El hombre que apareció en el umbral tendría más o menos su edad, unos treinta y tantos, con el pelo ralo y gafas. Lo siguieron hasta la cocina, donde una mujer estaba sentada a la mesa, con el pelo recogido en un moño relajado.

—Imagino que fuisteis vosotros los que llamasteis a emergencias anoche, ¿no? —dijo Elma.

—Sí —contestó la mujer, mirando a su acompañante—. Fue Jens quien llamó.

—Así es —aseveró Jens—. No podía dormir, así que estaba aquí, en la cocina, cuando oí la alarma. Me acerqué a la ventana y vi que salía humo de la casa de Gerða y Finnur, así que salí corriendo y vi a Ævar, otro vecino, golpeando la puerta. Fue entonces cuando llamé a emergencias. De haber sabido que el hijo estaba dentro de la casa… habría intentado hacer algo más para…

—Pero oímos llegar a los bomberos casi de inmediato —le cortó la mujer, en un intento por consolarlo—. Nada más colgó Jens, oímos las sirenas.

—¿Alguno vio a alguien cerca de la casa al mirar por la ventana?

—¿Cerca de la casa? No, yo… ¿Jens?

Jens frunció el ceño.

—No, no vi a nadie. Pero, si alguien hubiera salido por la puerta principal, no habría podido verlo desde aquí.

Elma miró por la ventana que Jens señalaba y constató que tenía razón. El garaje sobresalía hacia la calle e impedía que se viera la entrada a la casa de Gerða y Finnur.

Jens lo pilló al vuelo:

—Así que es verdad lo que dicen en las noticias… creéis que fue un incendio provocado.

—Estamos barajando todas las posibilidades —respondió Sævar, a pesar de que el comentario de Jens no había sido una pregunta—. Todavía no está claro del todo el origen.

Aunque poco convencidos de que Sævar les contara la verdad, la pareja esperó, confiando en que su silencio les diera más información. Pero entonces una voz se alzó desde otra parte de la casa: «¡terminado!». La mujer se disculpó y salió de la estancia.

—¿Conoces bien a Gerða y Finnur? —le preguntó Elma a Jens.

—Bien, bien, lo que se dice bien… Ya sabes, somos vecinos, así que hablábamos de forma ocasional. —Los labios de Jens se curvaron en una sonrisa irónica—. Me fijé en que se fueron a pasar el finde por ahí. Finnur metió una maleta en el maletero del coche el viernes por la tarde. Han pasado muchas cosas en esa casa estos últimos días.

—¿En serio?

—Sí. Bueno, sobre todo el viernes.

—¿Podrías ser más específico?

—Ay, ya sabes… Obviamente los chicos aprovecharon la ausencia de sus padres para montar una fiesta. No me quejo, pero hicieron bastante ruido el viernes por la noche. Aunque no fuimos nosotros quienes llamamos a la poli, ¿eh?

—¿Alguien llamó a la policía?

—Sí, al parecer hubo un pequeño incidente, pero llegó la policía y le puso punto y final. Yo no vi nada, pero me lo contaron Rósa y Ævar, que viven al otro lado. Fueron ellos los que llamaron a la poli.

—Lo siento, no sé qué decir. Pobre Finnur, pobre Gerða. —Rósa miró por la ventana de la cocina, suspirando con fuerza—. Me cuesta creer que Marinó esté muerto. Era un buen chico.

Rósa y Ævar vivían en la propiedad que daba a la parte trasera de la casa de Finnur y Gerða, ambos jardines separados por un seto espeso.

—Me han informado de que fuiste la primera persona en darse cuenta del incendio —dijo Elma, dirigiendo su atención hacia Ævar.

—Sí. —Ævar los miró por encima de la mesa, con el ceño fruncido—. Pero no fui de demasiada ayuda.

—¿Podrías contarnos lo que pasó?

Ævar se aclaró la garganta y luego relató brevemente cómo había visto un resplandor extraño cuando se despertó en mitad de la noche. Al principio no había entendido lo que estaba pasando, hasta que oyó la alarma de incendios y salió corriendo al exterior.

—Intenté entrar en la casa, pero… —Ævar agachó la cabeza, y Rósa le puso una mano en el brazo. Sus dedos estaban hinchados, y el anillo de bodas le quedaba demasiado ajustado.

—No habría cambiado nada —le aseguró Elma—. El fuego se extendió tan rápido que solo habrías puesto tu vida en peligro si hubieras entrado.

—En las noticias dicen que pudo haber sido intencionado —recalcó Rósa, tras un breve silencio.

—Hay varios indicios que nos llevan a pensar eso, sí —les confirmó Elma—. Por eso queríamos preguntaros si visteis alguna actividad inusual alrededor de la casa.

—No, no vi nada —dijo Ævar—. Pero toda mi atención estaba enfocada en el fuego.

—Ævar salió corriendo en ropa interior —apuntó Rósa—. Dudo mucho que pensara en otra cosa que no fuera entrar en la casa.

—¿Y tú? ¿Viste algo? —le preguntó Elma a Rósa.

—No, pero… —Rósa hizo una pausa para pensar—. Pero escuché un coche anoche, a primera hora de la madrugada… y a gente hablando fuera.

Ævar resopló.

—Te lo habrás imaginado. El otro día estabas convencida de haber escuchado a un bebé llorando en mitad de la noche.

—Porque lo escuché. Estoy segura.

Ævar negó con la cabeza y se dirigió a Sævar y Elma.

—No hay ningún bebé en las casas vecinas. Ni uno solo.

—Qué tontería —dijo Rósa—. Sí que hay un bebé en esta calle.

—El pequeño vive tres casas más abajo —replicó Ævar—. ¿De verdad crees que podrías oírlo a tres casas de distancia? Si ni siquiera me escuchas cuando te llamo desde otra habitación.

—La sordera selectiva puede ser útil a veces. —Rósa esbozó una sonrisa en dirección a Sævar y Elma—. Pero estoy completamente segura de que escuché un coche.

—¿Viste el coche o a las personas que estaban hablando?

—No, fue alrededor de la una de la madrugada. Estaba acostada en la cama y solo me desperté porque Ævar no paraba de dar vueltas.

—Nos hemos enterado de que hubo una especie de fiesta en la casa el viernes por la noche —comentó Elma.

—Ay, sí —dijo Rósa—. Pero no fui yo quien llamó a la policía. No me molesta que los chicos se diviertan un poco. Solo se es joven una vez.

—La música estaba demasiado alta —protestó Ævar—. Era imposible dormir con el ruido. Y hay niños pequeños por la zona…

—¡Ajá! —exclamó Rósa—. Así que, ¿admites que hay bebés en la calle?

—Niños pequeños, no bebés —la corrigió Ævar.

—Ha llegado a nuestros oídos que la situación se desmadró un poco —dijo Elma.

Ya se había puesto en contacto con los compañeros que habían atendido la llamada y puesto fin a la fiesta. Según ellos, los chicos estaban borrachos y poniendo música a todo volumen, pero no había señales de una pelea.

—Bueno… Escuché ruidos de cristales rotos y a personas discutiendo —explicó Ævar.

—¿Otra vez? —se sorprendió Rósa—. Yo los oí discutir el otro día.

—¿A quién escuchaste discutir? —preguntó Elma, ya que Rósa no parecía estar hablando de la fiesta.

—A los gemelos —contestó Rósa—. A Fríða y Marinó.

El cordero asado ya había salido del horno cuando Elma llegó a la casa de sus padres. Su padre ponía la mesa, mientras su madre estaba sentada junto a la estufa.

—¿Cómo le va a Sævar? —preguntó Aðalheiður en cuanto Elma puso un pie en la casa. Luego cogió un cartón de leche y vertió un fino chorro sobre la mantequilla y la harina de la cacerola, removiendo con destreza todo el tiempo.

—Bien, creo. ¿Por qué no se lo preguntas a él directamente? —dijo Elma, al tiempo que pinchaba un trozo de pepino de la fuente de la ensalada.

—Lo haría si estuviera aquí.

Desde que Elma y Sævar habían ido a Tenerife juntos la Navidad pasada, su madre no dejaba de preguntar por él. Para ella, el hecho de que hubieran viajado al extranjero juntos debía significar que eran algo más que amigos.

Elma y Sævar habían decidido en el último minuto coger un avión hacia las Islas Canarias para pasar las vacaciones. Ambos estaban en una etapa similar de sus vidas: solteros y sin hijos. Y, de alguna manera, ninguno de los dos se sentía con espíritu navideño; su deseo de sol, arena y mar había sido mucho más fuerte.

Sævar había perdido a sus padres hacía muchos años, y su hermano, Maggi, que solía vivir en una casa de acogida para personas con discapacidad en Akranes, ahora tenía su propio piso. Maggi quería pasar la Navidad con su nueva novia y su familia, lo que dejaba a Sævar frente a la perspectiva de una temporada navideña solitaria. Su única otra opción, una invitación para quedarse con una tía en el norte, en Akureyri, no le tentaba, así que estuvo más que dispuesto cuando Elma sugirió, medio en broma, que se fueran juntos de vacaciones a la playa.

Después de la cena, Elma y su padre recogieron la mesa, mientras su madre se acomodaba frente al televisor con sus agujas de tejer.

—Mamá —la llamó Elma cuando se sentó a su lado—. ¿Qué sabes sobre Finnur y Gerða?

Su madre trabajaba en el ayuntamiento de Akranes desde que Elma era una niña, y siempre se podía confiar en ella para saberlo todo sobre todo el mundo. Este caso no fue la excepción, ya que Aðalheiður comenzó a relatar de inmediato la historia de la familia con todo lujo de detalles, sin bajar el ritmo de las agujas.

—¿Te refieres a los padres de Marinó, el chico que murió en el incendio anoche? Dios, qué tragedia. Marinó era tan prometedor. Me dijeron que era un talentoso saxofonista. —Aðalheiður hizo una pausa para echar un vistazo a su patrón de tejido, luego siguió hablando—: A ver… Marinó tenía una hermana gemela llamada Fríða. Han tenido algunos problemas con ella desde que empezó a salir con un novio mucho mayor que ella. Escuché que tuvieron un accidente de coche hace poco…

Las agujas de tejer chocaban rítmicamente mientras Aðalheiður hablaba. Cuando terminó, Elma ya se hacía una idea bastante clara de la familia, mucho más completa que cualquier cosa que hubiera podido encontrar en internet. La curiosidad de su madre resultaba ser muy útil en algunas ocasiones.

Cuando Elma llegó a su casa esa noche, se preparó un baño mientras reflexionaba sobre lo que había dicho su madre. Apoyó los pies en el borde de la bañera, reclinó la cabeza y se sumergió en la cálida dulzura del agua.

Finnur era de la zona, nacido en Akranes, mientras que Gerða venía del distrito montañoso de Dalir, más al norte en la costa oeste, pero la pareja había vivido en la capital, Reikiavik, durante la mayor parte de su vida matrimonial. Al más puro estilo islandés, Aðalheiður se había desviado al árbol genealógico de Finnur, mencionando los nombres de sus padres e incluso de sus abuelos. Como Elma no había oído hablar de ninguno de ellos, la mayor parte de lo que le contó su madre se le fue por un oído y salió por el otro. Sin embargo, volvió a retomar el hilo cuando Aðalheiður le explicó que Finnur había hecho una fortuna comprando propiedades al Fondo de Financiación de Vivienda después de la crisis financiera de 2008; en otras palabras, propiedades que habían sido embargadas tras el impago de las hipotecas. Finnur las había comprado baratas y luego las había vendido a un precio mucho más alto. Muchas personas miraban con recelo a la pareja y cuchicheaban sobre sus comportamientos poco éticos, mientras que otros simplemente lamentaban no haber sido ellos los que aprovecharon esa oportunidad para ganar dinero rápidamente. No es que cualquiera pudiera haber comprado los apartamentos; para eso se necesitaban las conexiones de Finnur.

En el momento en que los bancos colapsaron, él trabajaba para un fondo de inversión en Reikiavik. Más tarde, cuando muchas personas se vieron abrumadas por préstamos que no podían pagar, compró un terreno en Akranes y construyó un enorme chalé independiente. La casa era tan lujosa que no era raro que los coches redujeran la velocidad para admirarla y que los pasajeros se quedasen boquiabiertos al verla a través de las ventanillas. Algunos ni siquiera intentaban disimular su curiosidad y se detenían en el exterior para echar un vistazo más de cerca.

Mientras se construía la vivienda, hubo mucho cotilleo entre los habitantes del pueblo sobre la familia que se iba a mudar allí. Habían imaginado a un puñado de snobs, como lo expresó la madre de Elma, pero, al final, resultó que Finnur y Gerða no eran de los que se jactaban de su riqueza. La pareja tenía unos cincuenta años —habían tenido a los gemelos bastante tarde— y, a excepción de su ostentosa casa, llevaban una vida discreta en la sociedad de Akranes. Ambos eran de baja estatura y delgados. Rara vez usaban el coche que estaba estacionado en el garaje doble, pues preferían desplazarse en bicicleta o a pie. Sus buenos modales enseguida pusieron punto final a las habladurías, y el pueblo fue perdiendo poco a poco el interés en ellos.

Los gemelos también eran niños de lo más normales, que no destacaban especialmente en el colegio. Fríða y Marinó habían ido al colegio Grundi —el mismo al que fue Elma— pero habían estado en clases diferentes.

Elma aún no había conocido a Fríða, que se encontraba en casa de su novio la noche en que su hermano murió. Finnur y Gerða habían suplicado a la policía que le dieran algo de tiempo, ya que su hija estaba demasiado conmocionada, pero tarde o temprano Elma tendría que hablar con ella. Si alguien conocía bien a Marinó, esa debía de ser su hermana gemela.

Elma se lavó la cara con el agua caliente del baño, frotándose los ojos para quitarse el rímel.

El dolor de los padres de Marinó la había afectado demasiado. No podía imaginar lo que debía ser perder a un hijo. Ya se ponía mala solo de pensar en que algo malo pudiera pasarles a sus sobrinos, Alexander y Jökull. Claro que no debía dejarse llevar por su imaginación de esa manera, pero le costaba evitarlo. Le resultaba difícil no empatizar con el dolor de los demás y sumergirse en su sufrimiento.

Elma ya había conocido a padres que habían perdido a sus hijos por accidentes u otras causas muchos años antes, y siempre le daba la sensación de que les habían arrebatado algo. Como si sus rostros estuvieran marcados por la pérdida de forma permanente.

Se deslizó hacia abajo en la bañera, hasta que su cabeza estuvo sumergida, después se sentó de nuevo y se escurrió el pelo antes de levantarse con esfuerzo.

Aquel día hacía un mes desde que notó que las cosas no marchaban como deberían, y hacía tres semanas y cinco días desde que se lo confirmaron. Faltaban siete meses para que su mundo entero cambiara por completo.

El domingo por la tarde, Unnar ya no pudo soportarlo más y llamó a Villi.

—¿Qué coño pasó anoche? —le preguntó—. No recuerdo nada.

Villi se rio con tanta fuerza que se atragantó con la bebida energética.

—¿Tan pedo ibas? —le preguntó a su vez cuando por fin recuperó el aliento.

Unnar quería gritar. No estaba acostumbrado a perder la compostura de esa manera; por norma general, le gustaba tener las cosas bajo control.

—Venga, tío. ¿Pasó algo?

—Nos finiquitamos mi whisky.

—¿Y?

—¿Y? —Villi tosió en el teléfono, y Unnar se imaginó su barriga cervecera balanceándose de arriba a abajo. La dieta keto que había seguido durante el último año no parecía haberle servido de nada. Si acaso, Villi había subido de peso con todo el beicon y queso que se había estado llevando al buche—. Empezaste a poner canciones de U2 y Prince y supe que había llegado el momento de pirarse.

Unnar se inclinó hacia adelante sobre su escritorio y se masajeó las sienes.

—¿Laufey estaba…? ¿Cómo estaba Laufey?

—¿Qué quieres decir?

—¿También estaba borracha?

—Bueno… —Hubo una pausa al otro lado de la línea—. Probablemente fuera la que iba más sobria de todos nosotros. Brynhildur y yo estábamos destrozados al día siguiente. Habíamos invitado a sus padres a comer y tuvimos que cancelarlo. Nos inventamos que yo tenía un virus estomacal. Y, obviamente, no sé qué pasó cuando nos fuimos.

—¿Os fuisteis temprano?

—No tan temprano. Nos fuimos a casa a medianoche, así que os quedasteis vosotros dos con Óskar y Harpa. Lo último que recuerdo es que Harpa y tú estabais enfrascados en una discusión, y que Óskar estaba acaparando el reproductor de música. Por cierto, he de decir que tiene mejor gusto que tú.

Unnar colgó el teléfono, dándole vueltas a la cabeza para intentar recordar la conversación, la música, lo que fuera… Pero lo único que conseguía discernir era el olor a hierba mojada y la sensación de la camisa empapada pegada a su espalda.