Legado de gigantes - Jaume Aurell - E-Book

Legado de gigantes E-Book

Jaume Aurell

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Beschreibung

Con frecuencia buscamos en la Grecia y Roma clásicas enseñanzas para vivir el presente, olvidando que también la Edad Media tiene mucho que mostrarnos. La Edad Media suele ser percibida como una etapa oscura e irracional, un estigma heredado del relato impuesto por el Renacimiento y la Ilustración. Esta obra rompe con este mito, pero va más allá y propone una nueva alternativa: enfatizar los valores de esa sociedad que son más aprovechables para mejorar la nuestra, beneficiándonos del legado dejado por esos gigantes, algunos de ellos citados en esta obra: Agustín, Benito, Carlomagno, Hildegarda, Leonor de Aquitania, Bernardo, Abelardo, Tomás, Alfonso el Sabio, Giotto, Dante, Catalina de Siena, Christine de Pizán y tantos otros. Jaume Aurell rescata las aportaciones fundamentales de este período histórico, y nos propone un decálogo de enseñanzas para nuestro tiempo. Valores como el hábito contemplativo, lo práctico de no ser práctico, el respeto por el misterio, la lealtad y la veracidad, la aspiración al heroísmo, la reforma sobre revolución, el aprecio por la tradición, el sentido lúdico de la existencia, el respeto por los clásicos o la cortesía en el trato son redescubiertos como pilares esenciales de nuestro presente.

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Seitenzahl: 329

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Derechos exclusivos de la presente edición en español

© 2025, editorial Rosamerón, sello de Utopías Literarias, S.L.

Legado de gigantes

Primera edición: marzo de 2025 © 2025, Jaume Aurell Cardona

Imagen de cubierta: Reinterpretación de la ilustración «A hombros de gigantes». Imagen de la Biblioteca del Congreso, colección Rosenwald 4, Bl. 5r / Dominio público / Wikimedia Commons / Adaptación realizada por Mar Moreno / Agencia Iboix Talent.

ISBN (papel): 978-84-129800-4-2

ISBN (ebook): 978-84-129800-5-9

Diseño de la colección y del interior: J. Mauricio Restrepo

Compaginación: M. I. Maquetación, S. L.

Indicación de riesgos o advertencias de seguridad (GPSR): Correo electrónico de contacto: [email protected] https://rosameron.com/seguridad-gpsr.txt

Todos los derechos reservados. Queda prohibida, salvo excepción prevista por la ley, cualquier forma de reproducción, distribución y transformación total o parcial de esta obra por cualquier medio mecánico o electrónico, actual o futuro, sin contar con la autorización de los titulares del copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sigs., Código Penal).

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www.rosameron.com

Índice

Legado de gigantes

Proemio

I. Hechura

1. Occidente, Bizancio, islam

2. Un mundo sin fronteras

3. Una religión razonable

4. La sabiduría mística: los benedictinos

5. El conocimiento racional: los intelectuales

6. El espíritu universitario

7. La convicción del derecho universal

8. La Europa de las catedrales

9. El sentido de la tradición

10. La hora de las mujeres

II. Ruptura

1. La transición: ¿continuidad o ruptura?

2. La perspectiva de los renacentistas

3. La crítica de los humanistas

4. El engreimiento de los ilustrados

5. La fascinación de los románticos

6. El enigma de los prerrafaelitas

7. La apropiación de los nacionalismos

8. La ambigüedad de los modernistas

9. El abuso de los totalitarismos

10. La Edad Media, hoy

III. Rehabilitación

1. El espíritu contemplativo

2. Lo práctico de no ser práctico

3. El respeto por el misterio: la contención

4. Nobleza obliga: lealtad y veracidad

5. La aspiración al heroísmo

6. La reforma sobre revolución

7. El aprecio por la tradición

8. El sentido lúdico de la existencia

9. La actualidad de los clásicos

10. La cortesía

Nota final

Lecturas recomendadas

 

 

 

 

La vida es maestra en insinuar mucho más de lo que muestra

CARMENMARTÍNGAITE, De viva voz

 

 

Lo esencial es invisible a los ojos

ANTOINEDESAINT-EXUPÉRY, El principito

 

Proemio

 

 

Somos enanos a hombros de gigantes.

Podemos ver más, y más lejos que ellos,

no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo,

sino porque ellos nos aúpan por su gran altura.

 

Atribuido a Bernardo de Chartres

 

 

ESEVIDENTEQUELA Edad Media tiene mala fama. Lo que no está tan claro es que una civilización tan supuestamente racional como la nuestra pueda dar razones de ello. Resulta irónico que una sociedad tan sanamente obsesionada con los derechos del otro —los inmigrantes, los discapacitados, las minorías, los desfavorecidos, los excéntricos— no haya sido capaz de reconocer a su otro yo: el Medievo. La modernidad, en su objetiva grandeza, pero también en su utópica autosugestión del progreso ilimitado, ha demonizado una época quizá más limitada en sus medios, pero mucho más realista en sus ideales, mucho más serena en su compenetración con los ritmos del tiempo y mucho más capaz de contemplar la belleza de la naturaleza sin intermediarios.

Sería muy beneficioso para Occidente que este burdo equívoco y esta fea actitud —verter sobre la Edad Media toda la inmundicia acumulada en los periodos posteriores para liberarse de su peso— finalizara de una vez. Este libro tiene como objetivo paliar los efectos perniciosos de esta amnesia, localizar los momentos de ruptura con la tradición medieval y, sobre todo, promover una reconciliación con ella y, tal como señalo en la tercera parte, proponer diez de sus valores que tanto bien nos haría rescatar.

Cualquier persona que se acerque a este periodo histórico sin prejuicios intelectuales ni complejos modernistas encontrará miserias, como en cualquier otra época, pero también una síntesis admirablemente bella y original de los cinco sustratos étnicos, culturales y religiosos sobre los que se fundó Occidente: Jerusalén, Atenas, Roma, Germania y el cristianismo. Fruto de esta asimilación creativa y de un multiculturalismo del que tendríamos tanto que aprender, maduraron y se consolidaron muchos valores de nuestra civilización que hoy reconocemos como innegociables: la separación entre política y religión; la convicción de que la verdadera religión es la que puede dar razón de todos sus mandatos y prácticas; la consecuente pasión por la indagación humanística; la experimentación científica y la fascinación artística; la compatibilización de un sentido comunitario de la existencia junto con el reconocimiento de lo individual y lo subjetivo; un profundo sentido de la dignidad de cada persona; la creación de grandes espacios de orden surgidos por un amplio consenso y garantizados por el Estado; la convicción de que puede existir un derecho de alcance universal que esté por encima de cualquier privilegio; la construcción del estado del bienestar que cuide de los más desfavorecidos, y, por fin, un innegociable sentido de lo estético, que es el mejor antídoto para la mediocridad y la superficialidad.

Todos asentimos ante estos valores, que consideramos plenamente occidentales y que nos distinguen de otras civilizaciones que no los han conseguido asimilar, o los han despreciado en algún momento de su historia. Pero pocos somos capaces de delimitar el proceso de su emergencia, que no fue durante la modernidad —con frecuencia orgullosa y agresivamente hegemónica—, sino a través de una prolongada maduración a lo largo de la Edad Media. En algún momento de la modernidad, entre el Renacimiento y la Ilustración, se produjo un cortocircuito con esa época anterior de la que habían surgido. Lo medieval se empezó a considerar como algo espurio, marginal, grotesco, irracional y, en definitiva, ajeno a los valores occidentales. Lo trágico es que con esta actitud Occidente abjuraba de una de sus tres fases principales, si se considera, en términos biológicos, la Antigüedad como su infancia, la Edad Media como su adolescencia y la modernidad como su madurez.

Desde luego, nadie puede negar el carácter problemático de la Edad Media, como cualquier otra. Por este motivo, algunos le han aplicado el apelativo de «la adolescencia de Occidente». No es una mala imagen, siempre que se reconozcan sus logros específicos y no se la reduzca a un anodino periodo intermedio entre una idealizada Antigüedad y una madura modernidad. Nadie puede dudar, por propia experiencia, que la adolescencia es una etapa en la vida llena de inseguridades y sinsabores, de altibajos y tristezas que se sufren y a los que no se les encuentra explicación racional. Durante esos años maduran los principales rasgos del carácter y se posibilitan las condiciones que hacen posible el crecimiento posterior, como sucedió con los principales valores de los que hoy gozamos en Occidente.

Todo eso fue experimentado, en grado superlativo, por la Edad Media, una época ciertamente de extremos, entre la violencia y las treguas de Dios, entre el fanatismo de las cruzadas y el multiculturalismo interreligioso de Toledo y Palermo, entre el patriarcalismo y la caballerosidad, entre el despotismo y la armonía, entre la pobreza vergonzante y la opulencia inmisericorde, entre la rudeza rural y la sofisticación urbana, entre la bajeza de las pasiones y la sublimidad de la escultura románica y las catedrales góticas, y entre un Giotto y un Dante. Si algo caracteriza a este periodo histórico es precisamente los extremos, donde todo se magnifica y, en contraste con nuestra época, la mediocridad no tiene cabida.

El Medievo, como todas las épocas, ha dejado una herencia de valores negativos y positivos simultáneamente. No hay épocas en esencia buenas o malas, sino una multitud de pequeñas acciones humanas que acaban configurando la idiosincrasia de un periodo que los historiadores se encargan de analizar, y con la intermediación de novelistas y periodistas, la sociedad se crea su propio «gran relato». No solo entre los que nos dedicamos profesionalmente al estudio de esta época, los medievalistas, sino también entre la población con intereses culturales de altura, somos cada vez más los que pensamos que los valores positivos de la Edad Media han sido deliberada y premeditadamente ocultados y, en ocasiones, abiertamente tergiversados por las subsiguientes épocas. Ellas lo han hecho con intención de inventar una némesis —un contrario en las antípodas— para reivindicar, ensalzar y revalorizar su propia identidad. Sin embargo, estoy convencido de que es mucho más enriquecedor hacer un esfuerzo, entre todos, escritores y lectores, en recuperar lo mejor de esos valores medievales en su autenticidad y tratar de aplicarlos a la actualidad.

 

 

Con este libro no me propongo, pues, trazar una imagen idealizada de la Edad Media. Tampoco me despierta demasiado entusiasmo la idea de que «cualquier tiempo pasado fue mejor». La historia es una paradójica combinación entre el «nada nuevo sobre el sol» y el «todo pasa». Nadie lo dijo mejor que el poeta: «Todo pasa y todo queda», una magnífica definición de la lógica de la historia, una ecuación que toca especialmente a los historiadores diseccionar. Lo que es una magnífica novedad en un periodo puede ser un desastre aplicado a uno posterior. El sistema socioeconómico hegemónico de la Edad Media, el feudalismo, funcionó razonablemente bien como garante de la seguridad para una sociedad cuyas fronteras eran inestables, reemplazando a un sistema muchísimo peor, el esclavismo. Pero, aplicado a la actualidad, implica asumir los terribles usos y costumbres típicos de las organizaciones terroristas o de aquellas otras que pretenden sustituir al Estado —un sistema a su vez muy efectivo implantado por la modernidad—, como Francis Ford Coppola escenificó tan magistralmente en El padrino.

Cada evento, cada institución, casa sistema deben comprenderse en su contexto originario. Por este motivo, cada vez estoy más persuadido de la relevancia de la contextualización para comprender el pasado y aprender de él con vistas al presente. Es preferible la actitud de aquellos que buscan aprender de la experiencia del pasado (magistra vitae, decían los clásicos, «maestra de la vida»), que los que están obsesionados en juzgarlo, habitualmente para esquivar su propia responsabilidad. Ese es el feo vicio del que se acerca al pasado para usarlo en favor de sus luchas partidistas en el presente, más que por una juiciosa actitud de imitar lo que fue bien y evitar lo que fue mal. Se perpetran juicios sumarísimos sobre los eventos y los personajes históricos, aplicándoles injustamente unas leyes que ni siquiera nuestros antepasados conocían. A ninguna persona en su sano juicio se le ocurriría aplicar el código penal a un delincuente con efectos retroactivos, como meter en la cárcel a un ciudadano español porque en 1747 no hizo su declaración de la renta. De hecho, en caso de duda entre dos códigos, el derecho provee más bien una aplicación siempre en favor del reo, al que se le aplica el más beneficioso de los dos. Es curioso que no tengamos la misma actitud con el pasado.

Esta visión ponderada y comprensiva por quienes nos han precedido en el tiempo nos posibilita, además, aprender del pasado por analogía, que es justo lo que pretendo con este libro. Por ejemplo, las lógicas feudales implicaban unas normas de caballerosidad que llevaban a unas costumbres muy sofisticadas en el trato entre poderosos y débiles y entre hombres y mujeres. Entonces no se trata de suscitar una aplicación mimética de esas costumbres a la actualidad, ya que de entrada nos horrorizaría su acusado paternalismo, la preeminencia del hombre sobre la mujer y la rigidez de sus formas. Sin embargo, cuando intentamos aprender de ellas por analogía nos sorprendemos de cuánto contribuirían hoy en día a mejorar las relaciones internacionales, a terminar con las atrocidades de las guerras que se ceban con la población civil y a que existiese un mayor respeto entre hombres y mujeres.

Por tanto, lejos de proponer un acercamiento nostálgico o reivindicativo a la Edad Media, mi objetivo principal es más bien paliar la amnesia sobre ella —cuando no un deliberado menosprecio o una abierta beligerancia— que hemos creado artificialmente y que acaba perjudicando a quien ingenuamente la perpetra. Para ello, procederé primero a sintetizar los diez valores específicos de la Edad Media que me parecen más significativos, liberados de los prejuicios que le ha asignado la modernidad («Hechura»). Seguidamente, intentaré localizar los momentos y las teorías que han propiciado una visión tan negativa de la Edad Media: el cortocircuito de la orgullosa modernidad («Ruptura»). Y, por último, en un tono más imaginativo, trazaré un mundo en el que estuvieran más presentes esas cualidades medievales positivas, eligiendo diez valores que convendría asimilar hoy en día, desde el sentido de lealtad hasta el valor de la palabra dada, pasando por el respeto a los más desfavorecidos y un fecundo sentido comunitario de la existencia («Rehabilitación»).

Este plan responde a los sucesivos equívocos que se han producido con aquello que reconocemos como Edad Media. En primer lugar, se produjo el hecho histórico, la experiencia europea entre los siglos V y XV, cuyos rasgos más representativos intentaré enfatizar en la primera parte. Después aparece otro largo periodo, entre los siglos XV y XX, que conocemos como modernidad, durante el que se redujo el complejo proceso histórico de los diez siglos anteriores a un objeto historiográfico conocido como Edad Media. Esta simplificación y materialización, que es lo que pretendo relatar en la segunda parte, permitió manipularlo, usarlo y maltratarlo según las necesidades de las diversas épocas de la modernidad: el Renacimiento del XVI, la Ilustración del XVIII, el Romanticismo decimonónico, el Modernismo de entreguerras y el Posmodernismo actual. Finalmente, en la tercera parte intento contribuir a la reconciliación de nuestra época con el Medievo, postulando —de manera bastante ingenua y utópica, de eso soy consciente, pero también con esperanza— un retorno a su verdadera entidad: una época con luces y sombras, como todas, pero con el derecho a ser concebida como tal, y no simplificada como un simple objeto historiográfico al que todos pueden manipular y hasta vapulear, en beneficio y legitimación de sus propias ideas, valores, necesidades, intereses, ideologías o, por qué no decirlo, caprichos.

Así, la primera parte está dedicada a un sujeto (el proceso histórico entre los siglos V y XV), la segunda a un objeto (el constructo distorsionado de ese sujeto creado por la modernidad) y la tercera a una utopía (el deseo elegíaco de retornar al sujeto verdadero de la Edad Media).

 

 

Resulta que la inspiración le viene al escritor cuando menos se lo espera. Uno de los detonantes de este libro, algo así como la gota que colmó el vaso, fue mi visita a la Casa de la Historia Europea en Bruselas, cuyo contenido fue supuestamente consensuado por los miembros del Parlamento de la Unión Europea. La visita guiada se inició con el recuento idealizado de la Revolución francesa, para continuar con la emergencia del Romanticismo, la consolidación del liberalismo, el relato de algunos de los conflictos del siglo XIX y la unificación de Italia y Alemania. Continuó después con los dramas del siglo XX y la paciente construcción de la Unión Europea, hasta el tiempo presente. Pensé que, en un original procedimiento de memoria museística, se retrocedería entonces a los orígenes de Europa: el mundo grecolatino clásico, la emergencia del cristianismo, la Edad Media y la formación de las naciones europeas en la primera modernidad. Pero, ante mi asombro, la guía dio por terminada la visita y todos nos fuimos a comer.

Me pregunté hasta qué punto los estudiantes que me acompañaban habían captado toda la enorme carga ideológica que había en la decisión de abolir de un plumazo toda la tradición grecorromana, medieval y renacentista de Occidente. Por si acaso, los reuní por la tarde y tuvimos un interesante debate al respecto. Ellos tuvieron la oportunidad de reflexionar críticamente sobre las devastadoras consecuencias que tiene para una sociedad suprimir, literalmente, alguna de sus épocas anteriores. Incluso aunque esta sea traumática, debe afrontarse para aprender de los propios errores. Pero el desagradable incidente me ayudó a comprender muchas cosas sobre cómo los políticos son capaces de manipular por entero una opinión pública respecto a temas tan esenciales como la propia experiencia histórica colectiva.

Escribo «historia»y no «memoria»colectiva porque dar un excesivo protagonismo a la segunda es una treta que usan hábilmente los políticos para acrecentar la polarización, abrir viejas heridas ya suturadas, fomentar el victimismo y revivir artificialmente el rencor, siempre en favor de sus objetivos ideológicos en el presente. Una cosa es la historia, que nos permite acercarnos sistemática y ponderadamente a épocas pasadas, y otra distinta es la memoria, que actúa más bien en el pasado reciente cuyas heridas están todavía abiertas. Es lógico que la memoria colectiva —y, por tanto, una acercamiento emocional y partidista del pasado— siga vigente en aquellos acontecimientos más recientes, como el movimiento de las Madres de Plaza de Mayo en Argentina o los atentados terroristas de ETA en España, cuyas heridas están todavía abiertas. Yo mismo soy víctima de un atentado terrorista, y por tanto no se me puede pedir que sea igual de ponderado que alguien que no haya sufrido directamente la violencia, o que los que lo rememoran, con una mayor perspectiva, al cabo de tres generaciones. No puedo ocultar el alivio que me ha causado que quienes perpetraron tan vil y cobarde atentado —en el que se vieron envueltos centenares de estudiantes de mi universidad— hayan sido condenados a prisión, ¡aunque fuera quince años después de cometerlo! Pero comprendo que dentro de unos decenios, ya con la oportuna perspectiva, los historiadores harán sus interpretaciones más sosegadas y objetivas, sin que por ello haya que quitar un ápice de la gravedad del hecho.

Las sociedades deben moverse, como los malabaristas, en la delgada línea que separa la amnesia colectiva, que es siempre hábilmente aprovechada por los totalitarismos, y la hipertrofia de la memoria, que es lo que abunda hoy en Occidente y genera un sentido reivindicativo, revanchista y victimista tremendamente estéril y no menos nocivo para la armonía social. Por ejemplo, desde la guerra civil española han pasado ya tres generaciones. Por tanto, para los que hemos tenido la fortuna de no sufrirla es bastante cansino y desmoralizador que algunos políticos vuelvan a sacar el tema a la arena pública con fines partidistas y para generar una mayor polarización. Sin ir más lejos, en mi familia hay una parte que tuvo que exiliarse a Venezuela por ser hostigados por los «fascistas»,y la otra fue perseguida por los «comunistas» — usando los mismos términos de burda simplificación que se quieren actualizar ahora artificiosamente. En casa lo tenemos más que sufrido y asimilado, sobre todo gracias al maravilloso ejemplo de señorío de nuestros padres y abuelos (que son quienes verdaderamente sufrieron), y no creo que sea buena idea volver a sacar, una y otra vez, este asunto, salvo en los casos en los que los jueces tengan algo que decir. Pero entonces ya no se trata ni de historia ni de memoria, sino simplemente de tribunales. El libro No digas nada, de Patrick Radden Keefe, sobre las lógicas de la memoria colectiva en el conflicto de Irlanda del Norte, es una lectura magnífica para estas complejas cuestiones: la acción judicial, la memoria colectiva y la historia tienen su momento, habitualmente sucesivo en el tiempo.

Es obvio que, por lo que respecta a la Edad Media, el problema es más de amnesia colectiva que de hipertrofia de la memoria. Europa —y, con ella, toda la civilización occidental— se juega mucho con reconocer como suya la época donde se consiguió una síntesis de los valores recibidos del monoteísmo judeocristiano, la racionalidad griega y el derecho romano. Compartimos con dos de las cinco grandes civilizaciones, la Rusia ortodoxo-bizantina y el islam, esos mismos fundamentos. Pero Rusia se desgajó de su romanidad, perdiendo el sentido del derecho y degenerando en formas autocráticas y autoritarias, mientras que el islam nació precisamente como una alternativa al cristianismo, siendo incapaz de asimilar algo tan fundamental para la sociedad como la distinción entre la política y la religión. Europa occidental, por el contrario, conjugó, madurándolos pacientemente a lo largo de toda la Edad Media, los valores culturales y de pensamiento grecorromanos junto a una religión que no solo los respetó, sino que consiguió una síntesis que estimuló el desarrollo científico y técnico al abogar por la armonía entre fe y razón.

 

 

Una consecuencia del menosprecio por la Edad Media es que ha acabado siendo considerada un objeto en sí misma en lugar de un periodo histórico, lo que propicia que se la pueda vapulear sin matizar excesivamente. Al tratarse de un objeto manipulable —en lugar de una etapa compleja, llena de grandes contrastes—, hoy día se puede leer en un artículo de prensa que la derecha reivindica la Edad Media para tratar de cimentar la idea de que Europa solo puede ser cristiana, mientras que en otro se pone de manifiesto que la izquierda hace suya la capacidad de la Edad Media para cuidar las minorías y fomentar el diálogo religioso. No voy a ser yo quien reivindique la existencia de una historia objetiva o definitiva. Desconfío de esos epítetos, por la sencilla razón de que la historia no puede ser objetiva —aunque sí honestamente realista— porque la realiza un sujeto, y no puede ser definitiva porque siempre pueden aparecer nuevos datos o nuevas perspectivas en el futuro. Pero me parece grotesco que a la Edad Media se le asignen tan diversas etiquetas —desde la derecha y desde la izquierda— de un modo tan acrítico.

En esa aproximación simplificada, no es posible distinguir las diversas fases por las que pasó Occidente desde la caída del Imperio romano hasta la conquista de América —¡más de mil años!—, ni tampoco conseguir una visión sustanciada de la Edad Media. El Medievo ha dejado de ser un sustantivo para convertirse en un adjetivo que se utiliza sin excesiva precisión y, crucialmente, deja de tener entidad propia. De hecho, otro de los impulsos de este libro —formalizado después por la oportuna invitación de mi editor, Francisco Martínez Soria— fue el desconcierto que me produjo leer a toda página, en la portada de un prestigioso periódico de tirada nacional, el siguiente titular: «Putin empieza una guerra medieval en Ucrania». Inmediatamente pensé que la guerra en la Edad Media fue todo menos eso. Atrocidades las hubo, como en todas las épocas. Pero el código feudal, tan profundamente inserto en la mentalidad de quienes combatían, dificultaba que se perpetraran los desmanes que vemos cada día en las imágenes que nos llegan in situ de los frentes de guerra: ataques indiscriminados a la población civil, ningún respeto por los más vulnerables —niños, ancianos, enfermos— y una crueldad sin precedentes. La estrategia de la adjetivación de lo medieval queda así tristemente desenmascarada: nos quitamos la responsabilidad de encima traspasando a nuestro propio pasado la culpabilidad de unas acciones perpetradas por nuestros mediocres gobernantes.

Hay algo aquí del complejo freudiano de «matar al padre». La modernidad, en su edad supuestamente adulta, reacciona violentamente contra su propia adolescencia. Así como la Edad Media fue tan respetuosa con la tradición grecorromana clásica hasta el punto de que ni siquiera se atrevió a manipularla demasiado —se consideraba mejor una buena transcripción que una arriesgada interpretación—, ella, en cambio, no fue pagada con la misma moneda por la modernidad. La ruptura entre la Edad Media y la modernidad fue mucho más profunda que la quiebra entre la Antigüedad clásica y la Edad Media, por mucho que afirme lo contrario el estereotipo. Pero es una obviedad, procedente también del psicoanálisis, que si uno pretende soslayar artificialmente un trauma, acaba imposibilitando su posible superación; más bien, profundiza en él. El equívoco es doble, puesto que la propia modernidad no solo se empeñó en reprimir ese trauma (el de la supuesta oscura fase de su pasado medieval), sino que hizo todo lo posible por reinventarlo y demonizarlo. Y lo hizo generando un nuevo relato de su pasado en el que se proyectaban en la Edad Media todos sus demonios: el fanatismo religioso de las guerras modernas de religión, la violencia generada por los burdos equilibrios de poder de las primeras naciones-estado y la misoginia tan característica de esa primera modernidad.

Es cierto que, en el momento de la creación de ese gran relato,sobre todo durante la Ilustración,la gente sabía bien poco de la Edad Media, entre otras cosas porque la disciplina histórica ni siquiera había nacido. Pero se consolidó como el chivo expiatorio providencial para desviar la responsabilidad de todos los males que, como cualquier otra época, asolaron a la orgullosa y agresiva modernidad desde sus inicios. Ese nuevo objeto —la época anterior— fue utilizado simplemente como un refuerzo de la propia identidad, como una némesis liberadora, sin importar la veracidad o falsedad del nuevo relato. El malentendido fue acrecentado por los ilustrados, quienes crearon el relato que actualmente prevalece masivamente en nuestra sociedad. Ellos eran el símbolo de la luz; los medievales, de la oscuridad. Ellos eran la libertad; los medievales, la opresión. Ellos eran la perfección racional; los medievales, la distorsión fanática. Ellos eran los tolerantes; los medievales, los inquisidores. Ellos eran lo armonioso; los medievales, lo grotesco. Ellos eran los cultos; los medievales, los iletrados. Ellos eran los modernos; los medievales, los desdichados medievales.

 

 

Cuando acudimos, algo amilanados, al dentista, preferimos ser sometidos a las torturas terapéuticas con las técnicas del siglo XXI que con las del XVIII. Sin embargo, cuando nos acercamos a la época medieval hacemos exactamente lo mismo. Cuando se trata de realizar un juicio sobre la Edad Media, nos fiamos más del criterio de unos malintencionados intelectuales ilustrados del siglo XVIII —o de los bienintencionados románticos decimonónicos— que de los eruditos medievalistas del siglo XXI. En realidad, no deberíamos fiarnos propiamente ni de unos ni de otros, sino de las propias fuentes documentales de la Edad Media. Pero como comprendo que esto es quizá pedir demasiado —y, en definitiva, es a los historiadores a los que nos corresponde realizar esa operación de digestión de las fuentes primarias—, creo que el argumento debería ser suficientemente contundente para dejar de confiar de una vez en unos argumentos antimedievales generados hace… ¡tres siglos! Pobres dientes nuestros si los dejamos en manos de los dentistas de hace tres siglos.

Este equívoco dura ya demasiado. Hay dos de estos estereotipos medievales que merecen una especial repulsa por lo grotesco de su invención: los de la Edad Media oscurantista e inquisitorial. El primero de ellos cae por su propio peso al descubrir que uno de los principales lemas de una sociedad esencialmente neoplatónica era el ego sum lux mundi («yo soy la luz del mundo»), atribuido a Jesús. Este principio se podía leer en la mayor parte de los pantocrátor, una de las escenas más divulgadas durante la Edad Media, tal como podemos admirar todavía hoy en el Museo Nacional de Arte de Cataluña en la impresionante figura de Jesucristo procedente del ábside de una iglesia situada en un rincón remoto del Pirineo catalán: Sant Climent de Taüll.

 

 

Multitud de teólogos y filósofos medievales —todos ellos profundamente neoplatónicos— trataron de profundizar en la identificación de su Dios con la luz, procuraron embellecer sus catedrales con colores vivos e invirtieron sumas ingentes por mantener antorchas encendidas en las principales calles de sus ciudades, incluso durante la noche. Se ha demostrado que el color de luto no era el negro habitual en la modernidad, sino el blanco, en representación de la resurrección de Jesucristo. El concepto de «luz» es omnipresente a lo largo de la Edad Media, desde la visión de Constantino que dio lugar a su conversión —la cruz inserta en el sol— hasta la iluminación de la mística bajomedieval, pasando por las divulgadas teorías neoplatónicas altomedievales.

El segundo estereotipo —el de una época inquisitorial— es quizá todavía más grotesco y sencillo de rebatir, aunque soy escéptico de que esto signifique que vaya a desaparecer de la mentalidad popular. En una ocasión, un antiguo alumno de mi universidad, que como buen filósofo siempre buscaba llegar al fondo de la verdad de las cosas, me escribió algo desazonado. Había acudido a una exposición en la que se describía la Edad Media como «una época tenebrosa, llena de oscuridades, de atrocidades y de sinrazones», adjetivos todos ellos sinónimos de lo medieval. Me comentó que, como a él no le cuadraba demasiado esa imagen respecto a lo que había aprendido en clase y a través de su propia experiencia en otras visitas culturales, entabló un debate con algunos de los que le acompañaban. Sus interlocutores le argumentaron en contra de la Edad Media utilizando como ejemplo los terribles tormentos de la Inquisición y el célebre «caso Galileo», siendo incapaces de añadir un solo ejemplo más de esa supuesta incompatibilidad entre cristianismo y experimentación científica. Como mi antiguo alumno no fue capaz de aportar argumentos en contra de esa visión, me escribió pidiéndome si le podía aclarar un poco las cosas. En efecto, le confirmé lo equivocados que estaban sus interlocutores, pues tanto la Inquisición católica (y, por supuesto, la no menos violenta protestante) como el «caso Galileo» son fenómenos ya plenamente modernos, y no tienen nada de medievales.

Estas tergiversaciones se reproducen una y otra vez. En otras ocasiones, la modernidad se apropia de los Dantes y los Giottos «premodernos» (plenamente medievales), pero se desentiende de la Inquisición (plenamente moderna), asignándola a la Edad Media. Siempre nos han enseñado que la tripleta Dante-Petrarca-Boccaccio es el paradigma de lo «prerrenacentista» y de lo «prehumanista», y pocos han caído en la cuenta de que sus obras son del todo medievales, tanto por su época como por su espíritu. Giotto inspiró ciertamente a los pintores renacentistas italianos, auténticos genios, como Botticelli, Leonardo, Rafael y Miguel Ángel, que añadieron una mayor presencia de la perspectiva, el claroscuro y la anatomía humana. Pero no es menos cierto que en el camino perdieron buena parte de la riqueza de la contención, la elipsis, el simbolismo y la sencillez de los medievales: a cada uno lo suyo. Si uno se molesta en googlear las imágenes de las obras de Giotto y los pintores de su generación (Cimabue, Duccio, Simone Martini y Ambrogio Lorenzetti), todos ellos procedentes de Siena y Florencia y activos en 1300, se dará cuenta de que son obras maravillosas, a las que con frecuencia intentamos encajar artificialmente la etiqueta de prerrenacentistas, cuando en realidad son simple y llanamente artistas del Trecento, es decir, góticos, medievales o como se prefiera etiquetarlos, pero siempre dentro del marco de «lo medieval».

Dante no es simplemente un prehumanista, como Giotto no es un prerrenacentista, Ramón Llull un premulticulturalista o Marsilio un predemócrata liberal. Ya es hora de devolver al ejército de sublimes artistas y pensadores medievales su verdadero lugar en la historia. Para empezar, no se trata de aplicar a dichas cuestiones ese vicio tan feo de la modernidad de hacer rankings de todo, es decir, no plantearlo a través de la dicotomía bueno-malo, sino más bien en términos de lo propio de cada época. Por tanto, debemos reconocer que la originalidad de estos intelectuales y artistas poco o nada tiene que ver con cuanto sucedió después (la modernidad), sino con sus intrínsecas cualidades insertadas en un mundo plenamente medieval.

Por ejemplo, es difícil encontrar algo más medievalque la organización escatológica y tripartita diseñada por Dante en su Divina Comedia (a la que él se refería simplemente como Commedia). Él nos conduce al Paraíso con su poesía, como Giotto con su pintura y Hildegarda de Bingen con su mística, y deberíamos volver una y otra vez a ese refugio. Estoy persuadido de que estos equívocos, y muchos más de los que se ciernen sobre el Medievo y que intentaré examinar en este libro, tienen su causa en ese otro vicio tan desagradable de la modernidad de apropiarse de lo que le interesa de las épocas pasadas y deslegitimar como espurio todo lo que no le conviene. Esto es una manifestación más de la tendencia tan acusadamente colonial de la modernidad. Está bien que los intelectuales poscoloniales arremetan contra la brutal colonización europea en América, Asia y África, pero todavía estoy esperando una denuncia análoga de colonización moderna de la Edad Media.

Todo tiene su explicación. Aquí pesa mucho la desagradable obsesión de (nosotros) los modernos de concebir la historia como un proceso progresivo lineal, donde lo moderno es siempre superior a lo antiguo o lo medieval. Deberíamos intentar erradicar de una vez esa vieja costumbre, heredada de la Ilustración del XVIII y del positivismo decimonónico. La historia es una compleja realidad de idas y venidas, de claroscuros y altibajos, de desmanes y sublimidades, de héroes y villanos, más que una línea ascendente donde lo nuevo —ese es el origen etimológico de la palabra «moderno»— es lo superior.

 

 

La reivindicación que postulo de lo medieval en este libro no es un catálogo de equívocos en torno a su realidad para desmitificarlos, ni una imagen idealizada de la Edad Media, sino más bien la propuesta de diez valores típicos de ese periodo que nos convendría adoptar en nuestra época.

Como todo periodo histórico, la Edad Media entraña luces y sombras, aciertos y errores, avances y retrocesos, razones y sinrazones, y, en definitiva, herencias positivas y negativas. Todas las épocas tienen sus claroscuros. Son como la vida misma: ni de una claridad cegadora, ni de una oscuridad tenebrosa. Aun así, no creo que con los sufrimientos causados hoy en día por las pandemias, las crisis económicas y los conflictos laborales, los atentados terroristas, los conflictos armados en tantos lugares de África y Asia, las formas encubiertas de esclavitud, las multitudes hacinadas de refugiados y las enormes áreas donde los trabajadores son tratados sin piedad y sin otorgarles ningún derecho, podamos lanzar nosotros las campanas al vuelo y dar lecciones de humanidad a otras edades del pasado. Conviene no caer en generalizaciones simplistas —más aún en el caso de una época tan extensa como la medieval— y aproximarse a ella como a cualquier otra, con los mismos deseos de aprender de sus aciertos, de dejarse deslumbrar por sus más sublimes creaciones, de asentarse en su sólida tradición y de evitar sus errores.

Ahora bien, puestos a elegir, si alguna vez me encuentro atrapado en el tiempo y una voz angelical me susurra amablemente al oído en qué época no desearía aterrizar, respondería sin un ápice de duda que el periodo entre 1910 y 1980. Ese tiempo experimentó los acontecimientos más espeluznantes —implacable y racionalmente perpetrados— que tal vez se hayan visto jamás: el genocidio armenio, el Holocausto nazi, las dos guerras mundiales, las bombas atómicas, las hambrunas estalinistas, las purgas de Mao y las atrocidades de los Jemeres Rojos en Camboya.

Además, la Edad Media no siempre ha tenido mala fama. La propia modernidad ha generado algunos espacios, especialmente el Romanticismo decimonónico y, más recientemente, el Posmodernismo finisecular, en los que se han valorado aspectos más positivos como la autenticidad de su gente, su empatía con la naturaleza, su capacidad de generar compromiso, la caballerosidad de sus dirigentes, la solidaridad entre generaciones, el diálogo interreligioso, la convivencia étnica, el valor de la palabra dada y sus altos ideales. En fin, que no se trata de una competición olímpica donde lo único que vale es el puesto final en el medallero, sino lo que podemos aprender de los aciertos, los errores y la herencia de cada una de las épocas del pasado.

Personalmente, parto de la convicción de que lo verdaderamente fundante, originario y específico de Occidente no radica en la Antigüedad clásica ni en la modernidad, sino en la Edad Media. Ahí se digiere lo antiguo en una síntesis original y se fundamenta lo moderno con solidez. En este libro espero demostrar, entre otras cosas, que los grandes valores atribuidos a la modernidad en Occidente —el Estado, el capitalismo, el liberalismo, la seguridad jurídica, la investigación científica, la lógica racional y el sistema universitario— tienen en realidad sus orígenes en la profunda Edad Media.

El medievalista José Enrique Ruiz-Domènec formuló adecuada y sucintamente el espíritu con que he escrito este libro: «Es necesario observar la modernidad desde la Edad Media». La lógica moderna está tan inserta en nuestra visión de lo medieval que incluso los más cultos caen en los estereotipos, con toda su mejor intención. En uno de mis libros sobre la Edad Media me propusieron como portada una imagen en blanco y negro con un caballero ataviado con todo su arnés. La imagen era realmente fascinante. Pero de inmediato me di cuenta de que remitía, una vez más, al estereotipo de una sociedad violenta, jerarquizada, patriarcal y feudal (y algo maniquea, tal como lo expresaba el blanco y negro elegido). Cuando propuse como alternativa una colorida imagen de un mercader entrando triunfante en su ciudad, con todo el ajuar de sus productos sofisticados —joyas, ropajes, especias—, el editor asintió entusiasmado. Es una cuestión de perspectiva.

Los vestigios materiales, quizá la fuente histórica más fiable, siempre han excitado la imaginación del historiador. Edward Gibbon cuenta en el capítulo 84 de sus memorias que el impulso inicial de la escritura de su clásico Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano le llegó de improviso, un 15 de octubre de 1764, «sentado meditabundo en medio de las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos cantaban las vísperas en el templo adyacente de Júpiter». Jules Michelet recuerda en la introducción de su Historia de la Revolución francesa que comprendió el espíritu de este acontecimiento histórico en sus visitas al Campo de Marte: «Me siento en la hierba reseca e inhalo la fuerte brisa que recorre la árida llanura. ¡El Campo de Marte! Es el único monumento que le queda a la Revolución». Por fin, Henry Adams se inspiró para su Mont Saint Michel y Chartres, en una visita que hizo a la célebre abadía. Mis fuentes de inspiración, como ya he contado, son algo más prosaicas —la visita a la Casa de la Historia Europea y la noticia sobre la guerra medieval iniciada por Putin en Ucrania—, pero en todo caso se demuestra que el historiador no es un arqueólogo parapetado únicamente tras sus documentos, sino alguien capaz de leer más allá de los acontecimientos aparentemente más anodinos de su actualidad.

I

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Hechura

 

 

Nadie puede creer sino aquello

que ha comprendido previamente.

 

ABELARDO, La historia

de mis desgracias

 

 

 

 

NOESNADASENCILLOSINTETIZAR