Letra bastarda - Felipe Ponce - E-Book

Letra bastarda E-Book

Felipe Ponce

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Beschreibung

Esta obra es una compilación de artículos de opinión publicados en la sección de arte de El Diario NTR entre 2015 y 2019 con el nombre de Letra bastarda. En ellos, el corrector y editor Felipe Ponce comparte sus experiencias personales y profesionales, desde sus primeros encuentros con la literatura, los hallazgos y las desventuras en su formación y el establecimiento de Arlequín, una de las míticas editoriales independientes tapatías. Los lectores podrán conocer las bonanzas y adversidades de la industria editorial local y nacional, su transformación en conjunto con la sociedad, el paso a la inmediatez de la era digital, así como la contraparte: el lado oscuro de funcionarios públicos, la «perniciosa cara del centralismo, la burocracia y la corrupción» y la constante tensión entre lo local y lo trasnacional. En esta colección, las reflexiones tienen matices críticos, pesimistas o nostálgicos, a veces traslucen ironía o sarcasmo, pero siempre resultan perspicaces y entretenidas. En conjunto, conforman una visión no complaciente sobre el campo editorial contemporáneo de Guadalajara, la ciudad que alberga la feria del libro más relevante en lengua española, nombrada en 2022 como capital mundial del libro.

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Seitenzahl: 374

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Dirección editorial: Felipe Ponce • Elizabeth Alvarado

© Felipe Ponce

D.R. © 2022 Arlequín Editorial y Servicios, S.A. de C.V.

Teotihuacan 345, Ciudad del Sol,

45050, Zapopan, Jalisco.

Tel. (52) 33 3657 3786 y 33 3657 5045

[email protected]

www.arlequin.mx

ISBN 978-607-8627-34-9

Impreso y hecho en México

Índice
Dedicatoria
Hay autores que son una paliza…
¡Aquí va mi editor! // Rogelio Villarreal
Casi al tanteo // Elizabeth Alvarado
Las cursivas son mías // Felipe Ponce
Lo peor no son los autores
Suma de fracasos
Engañifas impresas
Hacerse rico (editando)
Alegría y bochorno
Contrato y pagos
Cómo aprender
Intercambios
Labor social
Guardar los nombres
Estafas
Contra el freelance
ISBN, trámites (1)
ISBN, trámites (2)
Rezagos e ignorancias
Hurtar con fotocopias
Temor a la especialización
El sismo y los ISBN
Historias horribles de correctores
«No me interesa de quien es la autoría»
Editores en playeras
Donación mata gestión
Celebrar la resistencia
La insoportable levedad de fotocopiar
Un objeto de deseo
Al antiguo modo
Bibliodiversidad
Vista al pasado
Bibliotecas sin papel
Dar o trocar
Resistencia al cambio
Esplendor de ebooks
Lecturas de oídas
Encontrados en un pliego de bits
No es como un libro impreso
Crecimiento y cambios
A pesar de todo, el libro
Crisis y ePub
Molestias
La edición independiente
Pushkin Press
Buensalvaje México
Cervezas y libros
Los independientes
Independientes (1)
Independientes (2)
Desde la periferia (1)
El Día B
Desde la periferia (2)
Vender no siempre es vender
Independientes, ¿de qué?
Tiempos de cambios
Una ruta sin librerías
La silla es mía y no puedo sentarme (1)
La silla es mía y no puedo sentarme (2)
Arequipa-GDL, líneas y puntos
Dos novelas portuguesas
El Guardagujas
2019, año terrible
Oficios y sucesos
Leer diferente
Compartir experiencias
Emprendimientos
Corrector
El libro de historia
Citar bien
Optar por las letras
Veinte años de Siglo 21 (1)
Edición y amateurismo
El placebo de la industria
Veinte años de Siglo 21 (2)
Pasar a la edición digital
Dos pies: conocimiento e innovación
Ninguneo por ser local
Editores monocromáticos
Regalos que son pedradas
La dirección de Lengua y Literatura
Letras y mercado laboral
De oficio corrector, apuntes
Sábado y domingo
La distribución
Ni celebra ni compra
¿Tiene descuento? (1)
¿Tiene descuento? (2)
¿Tiene descuento? (3)
Estantes
Feria de saldos
GDL oriente: librerías
De ocasión vs. nuevos
Librerías, ebooks y crisis
Apuntes sobre librerías
Cafebrerías
Ebooks: otras lecturas, otras ventas
El sacro olor a tinta, versus…
Aquí no crece nada
Azoros institucionales
Dos latas de atún
Bibliotecas
Libros de texto (1)
Libros de texto (2)
Libros de texto (3)
Depósitos de libros
Atrasos de Jalisco
Opacidad y garbanzos
Promoción del dispendio
S.O.S., ayuden al Gobierno
Ineptitud de gran formato
Gestores inoperantes
Lado B del Agua Azul ya no es parque
SC y libros, desatinos
El enemigo del libro
Dotar y gestionar no significan comprar
Urgen cambios de fondo
Nueva secretaria
Nuevo libro sobre Sayula
Bibliotecas y editoriales, propuestas
Reglamentos y exenciones
Superar las tradiciones
Gran Festival Rulfiano y contraste
Harán trizas el libro científico
Director de Publicaciones
¿Por qué publica libros el CECA? (1)
¿Por qué publica libros el CECA? (2)
¿Por qué publica libros el CECA? (3)
Comprar local sería mejor
El destructor independiente
Lectura e ítems
Suplementos
Vivir de citas
Casa de Letras
Biblioteca de colegio
Altibajos universitarios
Cuando envejezcan los booktubers
El precio de los libros
Entre amigos
Más local el día mundial
Sin voluntad para surtir bibliotecas
La Pasajera, nueva librería
Rezagos (actualización)
¡Echen las bibliotecas al tren!
La esperada librería de la UDG
Dos bibliotecas de Zapotlán
Abismos en la promoción de la lectura
EIELLZ Zapotlán
Biblioteca vacía
Quien llegue a Literatura…
Algo llamado feria municipal
¿Literatura alternativa?
La Feria Municipal
Ruegos para una mejor feria
A cumplir cincuenta
Se acabó la Feria
Una feria en el parque
Otra vez, la Feria Municipal
Abril es cruel
No la merecemos, no así
¿Serán reacios los feriantes?
Ingenios y figuras
Revisar traducciones
Regir con la palabra
Enmascarar el oficio
Salón del Autor
El número dos
Fiestas
Exbiblioteca
Lápices
Lealtades
Ausencia de Tomás Granados
Talento Editorial
Día del Tipógrafo
Feria del Zócalo: un día
Zacatecas, estampitas
Elogio del corrector
Barragán de Toscano y Guadalajara
Cincuenta años de Gonvill
Un museo de la literatura
Viaje a oscuras a la biblioteca del Arróniz
FIL: uno de nueve
Edición y libros del sur
La cristalina superficie del silencio
Extraño oficio
Otros yoes
Aprender a leer
Libro de colección
Recomendaciones
Otra espiral del ADN
Lector de ebooks
Listas
Libreros
Respuestas
La librería ideal
Mis propósitos
Paradiso
Comentaristas de libros
Elogio al bachillerato
Nueva vida de barrio
La tercera raíz en Jalisco
Índice de personas, editoriales y librerías

A Elizabeth.

A Ángela Eunice.

Hay autores que son una paliza

Por ejemplo, aquellos que no admiten que se les toque una coma de su texto, aunque no se entienda bien lo que escriben.

Por ejemplo, los que intentan imponer su propia idea de cubierta.

Por ejemplo, los autores extranjeros que, sin saber una palabra de español, pretenden corregir una traducción.

Por ejemplo, los que van por el mundo convencidos de que el editor se enriquece a costa de ellos.

Por ejemplo, los que entregan manuscritos sin corregir, convencidos de que la corrección ya la hará el editor, y luego rompen el pacto básico de mutua fidelidad con el editor y se van con quien les ofrece (creen ellos) condiciones mejores. […]

Por ejemplo, los que escriben dos o más libros por año y pretenden que el editor les publique todo «ya mismo».

Por ejemplo, los que se desentienden de todo una vez entregado su manuscrito al editor —para que este se apañe luego con las dudas—.

Por ejemplo, los que proponen al editor manuscritos de sus amiguetes.

Por ejemplo, los que llaman una o más veces por día para ver qué tal va la producción de su obra.

Por ejemplo, los que entregan «la última versión» de sus manuscritos... una y otra vez.

Y, sin embargo, en este oficio de editar libros, lo peor no son los autores.

Mario Muchnik, Oficio editor.

¡Aquí va mi editor!

Rogelio Villarreal

Quien se mete a periodista

¡Dios le valga, Dios le asista!

Él ha de ser director,

redactor y corrector,

regente, editor, cajista,

corresponsal y maquinista;

ha de suplir al prensista

y a veces... hasta al lector.

El Monitor Republicano, 1886.

Cuando conocí a Felipe Ponce, en una ya lejana Feria Internacional del Libro de Guadalajara, no sabía que muchos años después sería uno de mis editores, uno muy cuidadoso y conocedor del oficio. Arlequín, editorial independiente —del Estado, de las grandes corporaciones nacionales y extranjeras—, empezó a distinguirse por el cuidado de sus ediciones, un cuidado que les prodigaban Felipe y Elizabeth Alvarado por igual.

Felipe se ha ganado, a pulso, el título de editor, pues, a diferencia de lospublishers—que publican lo que se les ordena, les guste o no—, se ha dedicado a publicar a los escritores —hombres y mujeres— que cumplen sus expectativas literarias y estéticas. Así, Arlequín puede presumir ya de un extenso catálogo de autores no únicamente mexicanos, sino de otras latitudes del mundo. Y no solo eso, también se ha dedicado a pensar y escribir generosamente sobre su trabajo y las muchas peripecias que lo rodean. Al de editor se suma el oficio de periodista —de ahí el epígrafe que abre este homenaje—.

Cuando mi padre llegó a la Ciudad de México desde Torreón, con mi madre y dos hijos pequeños —yo, el mayor—, consiguió trabajo en el diarioEl Universal,como linotipista, primero, y después como corrector.

El linotipo —escribí en un artículo en 2008— es una enorme máquina de escribir con un caldero lleno de plomo fundido que servía para componer las líneas tipográficas que formarían las planas de libros, revistas y diarios. Hoy es una pieza de museo, como el que se encuentra en el edificio del Fondo de Cultura Económica en la Ciudad de México, a las faldas del Ajusco. Actualmente los talleres de imprenta tienen máquinas de offset silenciosas, del tamaño de un tráiler, operadas por computadora. Para diseñar una publicación es suficiente con una laptop y un par de programas de edición. Muy lejos en el pasado quedaron los restiradores, el cutter, el laborioso paste-up y las aparatosas máquinas de fotocomposición, que recuerdan a esos armatostes plagados de foquitos de los científicos deschavetados en las candorosas películas del Santo, el Enmascarado de Plata. En estos días ya no es necesario llevar los originales mecánicos a la imprenta, pues estos pueden enviarse rápidamente por correo electrónico, aun si la casa editora se encuentra en Honk Kong o en Shanghai.1

Al igual que mi padre, Felipe también transitó de aquellas enormes máquinas a la tecnología digital, que ha hecho muy accesible el oficio de impresor a quien quiera ensayarse como tal —lo que no quiere decir que todos lo hagan con dedicación, cuidado y pasión; más bien sucede casi todo lo contrario: el oficio se ha plagado de improvisados que no conocen de sintaxis ni, mucho menos, de cómo se arma un libro—.

Es una pena ver cómo han ido desapareciendo los correctores y los editores de las casas que publican libros y revistas por ahorrarse unos pesos. Y también es muy penoso encontrar libroscorregidospor personajes que creen conocer el oficio y se quedan en las orillas.Maxmordónes un término en desuso, que significa «Hombre de poca estima, tardo, pasmado y sin discurso» y también «Hombre taimado y solapado». La palabra fue rescatada por el poetaGerardo Deniz para aplicarla, inmediatamente, a uno de sus colegas, «un sabihondo típico de editorial», uno de esos que se solazan exhibiendo sus conocimientos del diccionario o la enciclopedia, y explicando, con petulancia, la grafía o el uso correcto de tal o cual frase o palabra. Verdaderas ratas de escritorio que no tienen otra cosa que hacer en su tiempo libre más que esperar a que den las ocho de la mañana para empezar a fastidiar al resto de la oficina con su falsa sapiencia. Mi padre, que era un viejo sabio, me enseñó los principios de la corrección y de la edición y me encaminó en el oficio, en el que sigo y por el que he conocido a otras eminencias a quienes he tenido el placer de publicar o de colaborar con ellas.2

Todo esto para hablar de Felipe Ponce, de quien admiro su entrega y pasión por el oficio. Sabe de cursivas y versalitas de elegancia al componer una página; de márgenes y medianiles; de cajas y, desde luego, de diseño. No conforme con eso, ha tomado cursos y diplomados aquí y al otro lado del océano, a veces en compañía de su socia Elizabeth. Los libros de Arlequín son de los pocos que carecen de erratas —aunque al mejor cazador se le va la liebre—.

Aunque este libro que tienes en las manos no es propiamente un manual de edición, es fruto de un experto en tan noble profesión que se ha tomado el tiempo para reflexionar en torno a ella y las experiencias y anécdotas que tienen que ver con un largo recorrido ya por el mundo de los libros. Sus amarguras y sinsabores, pero, también, las muchas satisfacciones y aprendizajes que le ha dejado, que le sigue dejando.

El universo de los libros es uno que también está lleno de obstáculos. No se trata solamente de materializar en un objeto un legajo escrito por una mujer o un hombre talentosos, sino de imaginarlo, sortear los trámites burocráticos, encontrar el tamaño adecuado y buscar la tipografía ideal... editarlo, corregirlo, formarlo y diseñar la portada. Darle vida: distribuirlo, promoverlo, presentarlo en ferias y en los medios. Y esperar que los lectores lo encuentren, lo compren, lo lean y hablen de él como una buena experiencia.

«No debe decirse todo lo que se piensa. No debe escribirse todo lo que se dice. No debe publicarse todo lo que se escribe. No debe leerse todo lo que se publica», reza un viejo y sabio proverbio judío que Felipe Ponce sabe llevar a la práctica. Como buen editor, es selectivo —aunque no es posible publicar todo lo que uno quisiera...— y escoge muy bien sus proyectos, y enLetra bastardanos cuenta de ellos y de muchas cosas más que tienen que ver con la vida de un lector, de un corrector, de un hombre apasionado de la edición y de la cultura.

Este libro debe leerse con una doble mirada atenta, qué nos dice Felipe y cómo lo dice: la tipografía y sus características —vean esas pequeñas letras mayúsculas, las versalitas, y lascursivas... Tienen funciones muy específicas y aquí lo van a descubrir—. Es un volumen elegante y sobrio, ameno y sí, muy entretenido. Un libro sobre hacer libros y para qué.

Nos vemos en la última página.

1El siglo digital, zonezero.com, agosto de 2008.

2 Escribí un poco más sobre esto en «Gerardo Deniz vs. Max Mordon (y la poética de la historia)», Periodismo cultural en tiempos de globalifobia, Conaculta, 2006.

Casi al tanteo

Elizabeth Alvarado

La columna Letra bastarda de Felipe Ponce, publicada en El Diario NTR entre 2015 y 2019, en algunas ocasiones causó escozores y levantó ámpulas con su impronta no complaciente al relatar aconteceres, hacer señalamientos y emitir juicios u opiniones que algunas conciencias —generalmente las aludidas— podrían interpretar como dolosas o de mala leche… En realidad, manifestó siempre abiertamente sus divergentes puntos de vista, puntillosos y mordaces, nunca desinformados, gracias a su avidez por el conocimiento e incansable afán por documentarse en más de una fuente. Este fue el eje que me permitió clasificar los ciento ochenta y ocho artículos que ahora aparecen reunidos en esta publicación.

No me apegué a pie juntillas en lo que anunciaban los títulos de las columnas, preferí fijar mi atención en esos otros temas que, a manera de piedrita en el zapato, raspaban su piel no solo como profesional del libro—conuna trayectoria de más de treinta años—, sino, además, como un ciudadano activo de la comunidad desde frentes distintos: el periodismo, la creación literaria y el consumo cultural (en sus artículos nada está dicho al tanteo y mucho está dicho para tantear los escrúpulos). La tentación mía más grande fue pensar en organizar las columnas de manera cronológica y hacer un costal en el que todo cabe… porque tratándose de un editor se pensaría que solo habla de libros y ¡ahí está la trampa!

Ponce trata una diversidad de temas que están tangencialmente vinculados: los malos resultados de promotores y gestores de la cultura, la ineficiente administración de recursos ligados a la producción editorial, la indolencia en el ejercicio del poder con el que actúan algunos burócratas durante su gestión, sirviéndose de la cultura, y, sin duda, la pasividad convenenciera de muchos actores. Todo lo anterior pone de manifiesto dos cosas: que en este oficio de editar libros lo peor nunca serán los autores —como bien dijoMario Muchnik— y que el editor debe ser una persona enterada y preocupada por su entorno.

Con esto último, no solo circunscribo esta virtud al ámbito general de novedades culturales, sino, además, a todo lo que atañe el oficio editorial, y ese es otro tema que requería, por supuesto, de un apartado, el que mostrara al libro con todas sus aristas: como un artículo del que disfruta hablar, un producto que al ser comercializado presenta sus bemoles de acuerdo al espacio físico donde esto suceda, el tránsito entre la versión impresa tradicional y el libro digital, la clara decadencia de algunos espacios desprovistos de material bibliográfico reciente, las brutales tropelías en eventos con vocación promocional que terminan alejando a los lectores y a todos aquellos que conforman la cadena del libro —presentes como figuras que lo engrandecen o como los enemigos número uno, locales, nacionales y extranjeros—.

El apartado que decidí dejar al final fue aquel en el que incluí aspectos muy personales que Ponce quiso compartir, conjuntando su gusto por los libros como objeto, por la lectura en cualquier formato, y por su exploración de nuevos temas que involucren directa o indirectamente su oficio.

De antemano sé que el lector podrá establecer otro esquema de organización al comenzar a leer, brincando de una columna a otra sin determinación. Esto no quiere decir que erré al ofrecer esta disposición, sino que será gratificante saber lo tentador que resulta, para los lectores, reflexionar a partir de la interconexión de los artículos de una u otra forma. ¡Yo solo deseo que disfruten de estaLetra bastarday que esperen más!

Las cursivas son mías

Felipe Ponce

El palabro bastardo me ha fascinado por todos aquellos significados positivos que se infieren de quien ha remontado, con todo el ánimo, tal condición tan injusta; y la letra bastarda o bastardilla fue el nombre español y antiguo para referirse a la tipografía cursiva. Cuando a principios de 2015, la periodista Dalia Zúñiga me invitó a colaborar en El Diario NTR con una columna semanal, asentí rápido y casi le espeté el título para esa publicación, pues la idea ya rondaba por mi cabeza. En esa cita textual a la que me invitaba haría mis subrayados, es decir, pondría mis cursivas para llamar la atención sobre aquellos aspectos que me subyugaban del mundo editorial y cultureta, por supuesto, a través del cedazo de mis piensos degenerados, en el sentido de mi condición de bastardía cultural y social. Y así fue.

En los casi cuatro años en que estuve dando las colaboraciones, puse mis mejores empeños para hacer una columna con información asimilada y vivaz, no solo para lograr visos de certidumbre, sino para contrastar con la retorcida realidad de esta esquina del mundo, muy dada a las apariencias. En congruencia con su degeneración, la columna fue, a veces, un diario, otras, una simple introspección, las notas de un viaje, la narración de una o varias anécdotas y, muy ocasionalmente, una repisa para delirios poéticos. Espero que estas incongruencias no empañen la constante busca de veracidad en el propio quehacer editorial y en la relación con los otros.

Dejé de publicarla a finales de 2019, después de un habitual recorte de nómina en el periódico, que afectó a mi anfitriona. Me he quedado con las ganas de comentar lo sucedido a partir de aquellas fechas, porque estos tres años han sido ricos en altibajos, disparates y tragedias, pero será en otra ocasión. Solo diré que muchos de los problemas expuestos en las columnas se agudizaron sin remedio, casi a la par del tiempo pastoso y gris que se derramó con la pandemia de 2020 y 2021… Y después, como corolario a la pesadilla de pánico y muerte por los virus, amanecimos un día con la broma de que Guadalajara iba a ser la capital mundial de libro. ¡No se puede con tanto!

En parte, por esta noticia —que en una realidad alterna también me regocijaría a la inversa— quise animarme a poner en un volumen estos artículos de opinión, pues dan cuenta de la situación áspera que solo se vuelve idílica cada nueve días al año —con espejismos maravillosos—, pues no hay otra razón que la magnífica Feria Internacional del Libro de Guadalajara para que nuestra desmadrada urbe tenga tal distinción mundial. Por eso, por las dificultades de los 356 días del año sin fil, quise dejar estas estampas como una muestra del mundo del libro en la Guadalajara… ¿¡capital mundial de qué!?

Lo peor no son los autores

Suma de fracasos

En Cataluña ha sido costumbre regalar rosas a las mujeres en la Diada de Sant Jordi —cada 23 de abril— desde hace cientos de años. En los años treinta del siglo pasado, los libreros de Barcelona creyeron oportuno tener un día del libro y decidieron conmemorar a Cervantes en el aniversario de su muerte, un 23 de abril. Por esta coincidencia, en esa región se hizo habitual regalar rosas y libros no solo a las mujeres, sino a cualquier persona querida o admirada. Después, en 1995, la Unesco instituyó esa fecha como el Día Mundial del Libro.

Comprar y regalar libros es una hermosa tradición. Quien regala un libro a otra persona le demuestra aprecio, porque la decisión de regalar es fruto de un conocimiento previo, de un pequeño diagnóstico personal: quien regala sabe que, quien recibe, encontrará la respuesta que necesita o simplemente pasará buenos momentos con un texto que, sabe de antemano, apreciará. Es el afianzamiento de una relación interpersonal.

«Regalar libros» suena muy bien; pero en nuestro medio, por sus obvias bondades intrínsecas, el libro se ha convertido en un instrumento de las personas vinculadas al poder público para abanderar con demagogia la promoción de la lectura regalándolo, sin embargo, al final, logran lo contrario, es decir, que el libro no sea visto como el objeto de gran valor que es, pues al darlo así nomás se minusvalora, pierde su importancia.

Por ejemplo, como fruto de la presión mediática por la aberrante acumulación de libros en sus bodegas, la Secretaría de Cultura de Jalisco las vació hace algunas semanas en el Paseo Chapultepec, donde fueronliberadosmiles de ejemplares. A simple vista fue una buena decisión, pero tiene un lado oscuro: no hay ninguna garantía de que esos libros se lean y, además, se fomenta un mercado paralelo, pues muchos pasan al circuito de los «libros de viejo».

Regalar libros es la suma de fracasos. Fracasa el editor, que nunca pudo venderlos al verdadero interesado; fracasa el funcionario, que se engaña a sí mismo creyendo que, de ese modo, se fomenta la lectura.

Por eso, cuando leí que el candidato del PRDEnrique Velázquez regaló 700 ejemplares en el centro de Zapopan me quedó claro que no tiene idea de la promoción de la lectura. Nada dijo del estado de las bibliotecas, del impulso de salas de lectura barriales, del fomento de talleres y grupos de lectura, de la vinculación con promotores, editores, libreros, etcétera. Solo se apersonó frente al Museo de Arte de Zapopan para regalar libros a los transeúntes, sin ton ni son, y se fue satisfecho creyendo que, ya con eso, había generado lectores y, de paso, adeptos.

27 de abril de 2015

Engañifas impresas

Actualmente ser editor o tener una editorial es tan fácil que asusta. La frase anterior lleva comillas, póngalas usted en el sustantivo que quiera, según sus experiencias; yo las pongo en ese adjetivo tan común en nuestra época: fácil. Editar no es fácil, tener una editorial no es fácil. Al contrario, esto último es portar una camisa de once varas y usarla un día sí y otro también, testarudamente, y que luego se burlen porque no luce bien.

Se piensa que es fácil porque algunos diletantes espetan flatos de arrogancia y ligereza cuando sacan un impreso —«ya tengo editorial»,«publicamos a fulano»,«es el autor del momento»— cuando en realidad se trata de un trabajo casero, mal cuidado, copiado de manera extralógica e inconseguible; muchos de ellos timan al disfrazar un servicio editorial con la inclusión en un catálogo de mediocridades: una editorial respetable no cobra a los autores por publicar.

Muchos editan por ego, por satisfacer un complejo no resuelto, por sentirse más que los demás o más que los autores. Y no lo hacen por el amor al libro o a la escritura, al arte, o por amor propio, es decir, por hacer simplemente las cosas bien.

Lo mejor de todo es que uno debe hacerse emprendedor para que una editorial, por pequeña que sea, pueda salir adelante. Lo demás son juegos de mesa. Y en ese trance, muchas protoeditoriales se quedan en el intento, porque la formación empresarial es otra de nuestras carencias.

Después de veinticuatro años de estar inmerso en publicaciones de todo tipo, me doy cuenta de que, más allá de cualquier otra definición, uneditores, en esencia, quien sabe tomar decisiones, y la fundamental es qué publicar. Habrá equivocaciones, pero la peor es engañarse a uno mismo: de ese modo, uno se condena al fracaso. Y, por fortuna, en nuestro oficio el fracaso se nota, pues el que hace libros tiene la obligación de dejarlos impresos.

Los buenos editores no se dan en maceta, se hacen a porrazos vitales y salen adelante gracias a su ingenio para sobrevivir en un medio hostil.

18 de mayo de 2015

Hacerse rico (editando)

El gran error que puede carcomer la relación entre un autor y su editor es la creencia de que este último se enriquece con las ventas de los libros literarios. A muchos autores sin experiencia (y a no pocos con abultada bibliografía) les parece poquísimo el pago del 10 por ciento sobre el precio de venta al público (PVP) o sobre los ingresos que la editorial recibe por parte de terceros.

Y aunque las condiciones han cambiado con la irrupción de las nuevas técnicas de impresión de tiros cortos o de las novedosas formas de mercadeo, en esencia no se han modificado los porcentajes que rigen este comercio.

Hagamos cuentas y saquemos conclusiones de un libro que tiene un PVP de 100 pesos. A todos nos gustaría verlo en el aparador de las mejores librerías (Gandhi,El Sótano, laJosé Luis Martínez del FCE), para lograrlo debe pasar a manos de un distribuidor. El distribuidor cobra al editor al menos 50 por ciento del PVP, y no es que se quede con ese porcentaje, pues lo comparte con el librero, que toma, por lo general, el 40 por ciento.

Así que, en caso de venderse, de los 100 pesos de PVP solo regresan al editor 50 pesos, y en un plazo que puede oscilar entre 4 y 18 meses o más. De esos 50 pesos, el editor pagará 10 al autor y se quedará con 40, que no son ganancia, pues de esos 40 se pagan el costo de edición, la impresión y los gastos fijos de la editorial, y debería quedar un porcentaje de utilidad. Estos gastos podrían ser de 30 pesos, por lo que el rendimiento neto (e ideal) sería de 10 por ciento… pero esto casi nunca sucede.

No se edita un solo ejemplar, como en el ejemplo, sino que, como mínimo, se requiere hacer un tiro de prueba que va de 200 a 500, cuyo monto el editor debe pagar por adelantado. ¿Pero cuántos ejemplares se deben vender para que el editor rebase el punto de equilibro y pueda ganar? ¿1 000? Es triste, pero, a veces, el mercado no soporta tantos libros… Y, además, nada ni nadie garantiza que se vendan.

Como se ve, casi siempre hay pérdidas, aunque nadie podrá negar que el editor cuenta su riqueza en alegrías y también en amistades.

29 de junio de 2015

Alegría y bochorno

Cuando sumas tres mil, después dieciocho mil, y al siguiente año doblas la cantidad de ejemplares vendidos de un libro de texto para secundaria, y al siguiente vuelves a multiplicar las ventas haciéndolo exitoso como ninguno; y luego te enteras de que la universidad pública trata de hacerte la competencia disponiendo fondos para la edición y después lo entrega para su venta a una trasnacional.

Cuando encontraste en una librería de viejo la edición príncipe en perfecto estado del poeta estridentista más célebre y la compraste por tan solo veinte pesos; y luego, en el fragor de una borrasca de ron, viste a tu amigo el poeta cleptómano embolsarse la edición y desaparecer.

Cuando te invitaron a la radio para hablar de la edición independiente y sus problemas y llevaste el catálogo vivo y algunas obras agotadas para los radioescuchas; y luego, al término del programa, con solo dos o tres llamadas recibidas, todos los libros se habían repartido en una lista de más de veinte radioescuchas fantasmas.

Cuando presentaste en la feria del libro una edición sobre los orígenes de la ciudad cuyo ayuntamiento era copatrocinador sin haber pagado su parte ni la renta del salón; y luego presenciaste al regidor-presentador saludar con sombrero ajeno anunciando que esa noche el libro sería ¡gratis para todos los presentes!

Cuando el joven e inquisitivo reportero preguntó tu opinión sobre la feria del libro y las actividades culturales organizadas durante el año sin que después apareciera nota alguna; y luego alguien te cuenta cómo el chivato, en vez de ir a la redacción de su diario, se arrellanó frente al escritorio del jefe de cultura para contarle tus dichos.

Cuando pensabas que una relación era tersa y sin dobleces, indudablemente refrendada por segundas ediciones y nuevas publicaciones; y luego te enteras por una carta postal anónima y por los devaneos de un gacetillero que un autor está dolido por un insulso separador publicitario que ni remotamente se pensó dirigirlo a él ni a nadie en especial.

6 de julio de 2015

Contrato y pagos

Debo reconocer que cuando supe de la repulsa del escritor peruano-mexicano Mario Bellatin a la nueva edición de Salón de belleza, una de sus obras más celebradas, pensé que se trataba de una estrategia publicitaria. La razón estaba en que me parecía inconcebible que una editorial como Tusquets, que pertenece al Grupo Planeta —entidad que no puede tener fisuras en el área jurídica—, actuara de manera errática e irresponsable primero, y con desfachatez, dolo y amenazas después —todo lo anterior dicho en redes sociales por el escritor—. Las acusaciones de Bellatin no son ligeras, pues dice que la trasnacional ha intentado amedrentarlo; aun así, ha ganado el primer round legal, pues el Grupo Planeta reconoció que no tenía un contrato vigente por la edición de la obra, y que, al presentarse con añadidos, se considera por ley como otra distinta.

Según su versión, Bellatin preparaba una nueva versión deSalón de belleza, dicho de otra manera, reescribía su obra, con la idea de conmemorar el vigésimo aniversario de la publicación. Mandó un adelanto a los editores y el texto se publicó sin consentimiento como un apéndice. Aunque algunos editores evitan complacer a los autores con correcciones o enmiendas, nunca podrán negar las revisiones y las reescrituras, pues estas no son un capricho, sino producto natural del proceso de escritura. El punto final suele ponerlo el autor con su muerte.

Bellatin se queja de que su contrato es leonino y de que solo recibió un pago inicial y nunca más ha vuelto a ver regalías. Es triste ver cómo se vulnera un pacto esencial de cordialidad entre autor y editor. Ante semejante polémica, y por el bien de su fama, Tusquets y elGrupoPlaneta deberían abrir la carpeta de Bellatin para que se despejen las dudas, pues, luego de guardar silencio, recién publicaron un texto donde dan una versión contraria a todo lo dicho por Mario Bellatín. Sería delicioso conocer los términos del contrato y el historial de pagos, así conoceríamos la verdad.

9 de noviembre de 2015

Cómo aprender

Hay dos vías para aprender edición de libros. Una, la más difícil todavía, aprender por cuenta propia. Debes husmear en manuales, platicar con editores y, principalmente, echar a perder; solo así se aprende (y siempre uno echa a perder algo, no hay editor infalible, y quien quiera arrogarse lo contrario, miente.) Verbigracia: erratas (que generaste en el proceso y serán las primeras que el autor nos escupirá en la cara), márgenes que no elegiste (porque con la última versión de InDesign no leíste la advertencia sobre el tamaño al aplicar una página maestra) o papel erróneo (porque el impresor siempre pensó tener el raro papel que pediste, pero nunca intercambiaste muestras). Y una vez con los libros impresos, ¿qué haces con ellos? Juegas a hacerte como el tío Lolo proclamando a los cuatro vientos que ya publicaste tus primeros libros sin tener una remota posibilidad de vender diez en una librería, aunque ya dices que tienes distribución en Barcelona cuando un amigo tuyo viaja y lleva en la maleta dos ejemplares. Y en este punto haz perdido mucho y no has ganado nada (salvo miradas compasivas).

Segunda vía: aprender de primera mano cómo lo han hecho otros, sobre todo aquellos que están en activo y han dado muestras de sobrevivencia en las tempestades. No es la única vía, pero es muy útil para no caer en los errores comunes y poder resolver los complejos problemas en la edición de libros, como los tipos de contrato con los autores, el porcentaje de pago de regalías, el tipo de edición para cada tipo de texto, los criterios de corrección, las maneras de referir, el diseño de las cubiertas, el tiro, cómo entrar al circuito de librerías, cómo promover, cómo vender, qué hacer con los libros si no los has vendido, y un dilatado etcétera. Así evitarás frustraciones y pérdidas.

La próxima semana comenzará un nuevo ciclo delLaboratorio de creación editorialen Morelli, Centro de Escritura Creativa, es la oportunidad para compartir con los demás mis saberes y experiencias.

18 de enero de 2016

Intercambios

Además de lidiar con problemas endémicos y francamente irresolubles en el país —como la falta de lectores-compradores, el limitado número de librerías y la incesante rotación de novedades—, el editor también debe preocuparse por estar presente periódicamente en las ferias internacionales, pues hay posibilidades de obtener ingresos adicionales por la venta a bibliotecarios o distribuidores.

He visto de cerca el trabajo de ProChile y ProColombia, organismos nacionales encargados de fomentar las exportaciones de las empresas de sus respectivos países. En el caso de las ferias de libro, ayudan a los editores en la logística, asesoran y apoyan directamente. Por ejemplo, recordemos los puestos de estos países en la FIL de Guadalajara y veremos que su representación es verdaderamente digna y formal.

En el caso de los editores mexicanos que van al exterior no sucede lo mismo. Los colectivos de la Caniem o del Conaculta, con la participación de ProMéxico, solo se concentran en la exhibición de libros, sin pensar en la venta, dejando las muestras en una zona gris, pues no se sabe si alguien los aprovecha o serán donados; además, solo se hacen convocatorias apresuradas y no hay un trabajo sistemático que permita a los editores estar presentes año con año en las ferias internacionales. Que yo sepa, nunca se ha organizado una representación editorial con la fuerza necesaria para mostrar la diversidad de las editoriales comerciales, las universitarias y las más de cien editoriales independientes del país. Los estands mexicanos en el exterior siguen siendo decorativos.

Cuando un editor participa en una feria en el extranjero con una buena parte de su catálogo para vender, aparte de lograr ingresos (ya que puede vender al público y profesionales, como bibliotecarios, libreros y otros agentes), tiene la posibilidad, además, de distribuir los saldos con un distribuidor local. De este modo sí se logra un verdadero intercambio cultural.

22 de febrero de 2016

Labor social

1.

Recién un escribiente de novelas de terror volvió a la carga después de dos años de una negativa para informarnos que ya era famoso y que, como no lo habíamos considerado entonces porque no lo era y, además, porque, por pereza, no quisimos leer sus obras completas, sino solo fragmentos (como si fuera necesario deglutir la olla completa para saber si le falta o sobra sal a los frijoles), ahora, con fama y experiencia, quería que por fin publicáramos sus obras. La fama que presumía la había obtenido con tres tristes títulos en una editorial española de dudosa reputación. De nuevo la respuesta fue no, porque ni sus temas ni su escritura nos parecían atractivos y se le aclaró que la negativa no lo invalidaba a él ni a sus obras, simplemente no eran para nosotros y no íbamos a apostar por ellas.

2.

En otro sentido, recuerdo las engañosas declaraciones de un editor de poca monta que dijo que la motivación para fundar su editorial era atender a aquellos poetas a quien nadie publicaba, acción que lo volvía una especie de madreteresa de los inéditos (aunque nunca olvidaba pedir una remuneración de varios miles de pesos). Ya imaginarán ustedes el variopinto catálogo que armó, compuesto por el cascajo escritural que otros no se atrevieron a publicar.

3.

Recuerdo una de las primeras y agrias discusiones telefónicas con un autor famoso, a quien mi socia le comunicó que no publicaríamos su obra porque no encajaba en nuestro esquema editorial. Él, quizá desacostumbrado a recibir negativas —que categorizaba como afrentas—, se negaba a asimilar la respuesta y pedía explicaciones y justificaciones por la decisión, como si la editorial estuviera obligada a publicarle. Al final de varios ríspidos circunloquios, donde ninguno de los interlocutores cedió un ápice, resopló con fuerza y lanzó un epíteto como para ablandar a Andrew Carnegie: «¡Y dónde queda la labor social de la editorial!». Habrá labor social en diversos sentidos, ¡pero a partir de las obras publicadas!, no como un montepío de autores.

16 de mayo de 2016

Guardar los nombres

En la medianía profesional que cunde en nuestros ámbitos, es muy común que dejemos de lado asuntos en apariencia de segundo orden, pero de suma importancia para un proyecto cultural: me refiero al registro del nombre. Creo que muchas veces no es cuestión de ignorancia, sino de franca desidia, pues es más urgente empezar a entenderse con el Servicio de Administración Tributaria (SAT) u obtener la licencia municipal, que hacer el trámite de registro de nombre y signo distintivo de la agrupación, la revista o la editorial, ante el Instituto Mexicano de Propiedad Intelectual (IMPI). Si no se toman las debidas previsiones, las hondas cavilaciones de madrugada se agudizarán tras la negación del registro por duplicidad.

Una profesional y exitosa colega editora nos decía en una charla informal que, cuando le llegaba una idea para titular un proyecto que daba visos de ser exitoso, lo primero que hacía era registrarla, y después se aplicaba en desarrollar su emprendimiento, que podría llevarle varios años, pero sin la preocupación de que algún destalentado robara su idea a la primera escucha. No es para menos, pues cualquier empresa cultural es compleja y no es justo que, llegado a un punto alto el proyecto, tenga que replantearse o parar.

Hay un ejemplo reciente en Argentina. En 2013 comenzaron a circular unos libros que llamaron poderosamente la atención en el complejo y competido medio editorial austral. Una nueva editorial,Páprika, pujante y atractiva, publicó con éxito obras comoTequiero,deJ. P. Zooey,Mundo cruel,deLuis Negrón, y el año pasado la novelaChica de oficina,deJoe Meno. En 2015 participaron con éxito en la FIL de Guadalajara. Hace algunos días, los directoresMaximiliano Papandrea yAndrés Beláustegui anunciaron un acto de refundación, pues cambiarían de nombre, porque, al querer por fin registrarlo, este ya pertenecía a otra persona. Ahora se llamanSigilo. Reimprimieron cubiertas, páginas legales y colofones. Volvieron a comenzar. (Y les deseamos éxito).

23 de mayo de 2016

Estafas

No me refiero al desengaño ante una obra que no cumplió con las expectativas ni a las bochornosas complicidades que se dan en los premios literarios. Entre estos polos hay una gama amplia de triquiñuelas —magnificadas con la internet— donde un incauto confía en alguna propuesta generosa… es decir, la vieja historia del cazador en busca de presas fáciles.

Supuestas editoriales o asociaciones de algún país que no es el propio lanzan en la red convocatorias a concursos de cualquier temática, y muchos aficionados entusiastas responden mandando sus poemas. Al cabo de un tiempo, resulta que ganaron o que fueron finalistas y, por lo tanto, seleccionados para publicar en la gran antología que, aseguran, incluirá a destacados poetas y se distribuirá por todos lados… ¡pero hay que pagar entre 50 u 80 euros para gastos! Después del pago, con suerte saldrán apenas algunos ejemplares mal editados o quizá nadie vuelva a saber de los convocantes.

En nuestro medio, se da una estafa sutil en los talleres literarios, cuando se convoca a los aprendices de escritor a participar en libros o antologías no solo con poemas, sino con algunos billetes que servirán de pago para la publicación en una supuesta editorial. En algunos casos se anima a los participantes prometiéndoles que, si venden determinada cantidad de ejemplares, no solo recuperarán lo que invirtieron, sino que ganarán. De facto, los talleristas pasan de autores a«socios cofinanciadores»y luego a«vendedores de libros».

Muchas veces el resultado de estas colaboraciones es deplorable, porque no hubo cuidado ni diseño editorial y la producción de los libros fue del todo informal: hechos en casa en impresoras de tóner o chorro de tinta, mal encuadernados y, lo que es peor, tendrán pocas posibilidades de lograr la repercusión deseada, pues no habrá comercialización ni atención de reseñistas, mucho menos podrán entrar a bibliotecas ni ser válidos académicamente, porque, aunque tengan el sello de una supuesta editorial, carecen de ISBN.

30 de mayo de 2016

Contra el freelance

En los periódicos ya no existe el puesto de corrector porque esta función la realiza el redactor-editor o hasta el mismo reportero, que acaba asumiendo todos los roles (hasta el de fotógrafo). En las editoriales esta figura tampoco existe, pues el editor la delega a un trabajador autónomo o freelance. El panorama profesional actual lo dominan los jóvenes que trabajan desde casa. ¿Pero cómo saber quién es bueno en este oficio y quién no? Porque no es garantía egresar de Letras, ser obsesivo o decir que se tiene buena ortografía. El amateurismo campea en el medio editorial, pero, por suerte, el mal trabajo se nota.

A modo de advertencia voy a mencionar cuatro tipos de malos correctores:

a) los obsesos busca tildes: aquellos que solo corrigen palabras con tilde diacrítica (las que pueden llevar o no acento gráfico y que no reconoce el Word) y en esa tarea basan su trabajo, dejando de lado barbarismos, faltas de concordancia, entre otros gazapos;

b) los maniacos de los callejones: aquellos que en la primera prueba entornan los ojos para descubrir las diagonales que se forman entre las líneas (llamadas callejones), los rosarios (letras o sílabas parecidas o iguales) en ambos márgenes y, sobre todo, están obsesionados por encontrar las particiones soeces (-culo,pene-,-puta, etcétera), sin percatarse, por ejemplo, de altas y bajas incongruentes en toda la obra;

c) los dictadores del estilo: para ellos«todo está mal»solo porque el texto no está escrito a su gusto y utiliza palabrasinusuales, por eso corrigen acotando a su limitada visión del mundo;

d) los conectados: usan diccionarios en línea, preguntan obviedades en foros y terminan pasando el corrector automático (porque jamás buscarán bibliografía especializada no disponible en la red).

Por eso desconfío de los autónomos ofreelancers, y creo, sobre todo, en los equipos de corrección profesionales, colegiados, donde no domina la razón individual, sino el sustento bibliógrafico, el diálogo y la experiencia compartida.

6 de junio de 2016

ISBN, trámites (1)

Quien haya trabajado en la edición de libros sabrá que hay un trámite que causa escozor a casi todos los profesionales en México: la solicitud del ISBN. El ISBN es «un identificador internacional que se designa a una publicación o edición monográfica de forma exclusiva, relacionado a un título, su editor, el país donde se publica y las características editoriales de la edición», según la definición del Instituto Nacional del Derecho de Autor (Indautor). El número identifica, sobre todo, la edición: podrán existir, por ejemplo, tres ediciones del mismo libro, autor y editorial, una impresa en formato de bolsillo, la otra en pasta dura y la tercera como ebook, y cada una tendrá un ISBN distinto.

A veces me refiero al ISBN como el ADN del libro, pues lo hace único en catálogos, índices, bibliotecas y librerías. En la red, por ejemplo, si buscamos un libro tecleando los trece dígitos, es muy probable que aparezca y podamos conocer la biblioteca que lo conserva o la librería que lo vende. Es indispensable en el comercio, pues con él se genera el código de barras.

Los dolores de cabeza comienzan cuando se ingresa al Sistema en Línea ISBN (del Indautor) para hacer una solicitud. Las opciones son limitadas, mueven al desconcierto y después a la risa, cuando el editor se ve obligado a definir el tipo de contenido con estas categorías:«crónica periodística»,«cuento»,«educación básica y media»,«ensayos»,«libros universitarios»,«literatura infantil»,«poesía»,«preescolar»,«novela»,«tesis de doctorado»,«no utilizar»y«capítulo». ¿Cómo definir una novela gráfica, un libro de cocina o uno de arte?

Otro caso: cuando el sistema pide declarar si el libro fue traducido o escrito en español, para el Indautor solo existen algunas lenguas autóctonas suramericanas, como el achuar, mapudungún o quechua, pero no las mesoamericanas, como el maya, zapoteco, huichol u otomí, a excepción del náhuatl. ¿Cómo habrán hecho para clasificar la reciente traducción deWilliam Blake para niños al mazahua?

27 de junio de 2016