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Una vida sin futuro es una vida eterna, por ello, el Proyecto pretende borrar el concepto de futuro de la mente, "desfuturizar" a todos los seres humanos. Y tú eres el líder del Proyecto. En tu posición actual, debes dar preferencia a la ideología de este nuevo concepto del tiempo. Tu prioridad es que los planos diseñados por Mildosa se ejecuten y que la masa se consolide en ese "desfuturo". Sobre todo, jamás deben descubrir que anteriormente fuiste un gran enemigo de cualquier renovación social. Pero los planos han desaparecido y con ello la ejecución del Proyecto queda en peligro… Por eso, debes encontrarlos como sea. Levantando vuelo es una novela de ciencia ficción trepidante, que reflexiona sobre temas que siempre han preocupado a la humanidad, como la individualidad, el paso del tiempo o la felicidad.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
© Hans-Uwe Röwer
© Levantando vuelo
ISBN digital: 978-84-685-0388-2
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
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Contenido
TUS ILUSIONES…
El proyecto
Zémaz
Mildosa
Kupekis
La masa
La torre
El desfuturo
Tú
…SE CONVIERTEN EN…
Angustia
Desesperación
Desatino
Desconcierto
Desamparo
…REALIDAD
Sueño
Muerte
El proyecto
Ves la hora. Faltan diez minutos para las ocho. Cierras el libro que estabas leyendo y te acercas a la ventana. Llueve a mares. Tu mirada se pierde entre las nubes envueltas en oscuridad. Tus pensamientos escapan de tu mente y se desintegran como las gotas de lluvia en el exterior del vidrio. Echas otro vistazo al reloj. Faltan diez para las ocho.
Te diriges lentamente a la habitación contigua y enciendes la luz. Del ropero viejo y empolvado sacas tu impermeable. Te lo pones y lo abrochas desde el cuello hasta abajo. Coges el sombrero que cuelga sobre el respaldo de una silla fuera de uso y te lo aprietas firmemente en la cabeza. Sales del apartamento y entras al pasillo que lleva a los elevadores. En el techo titila un tubo fluorescente y alumbra vagamente tu soledad sin esclarecerla. Te sorprende que nadie más de tu piso se encuentre en camino, pero luego resuelves esta incógnita diciéndote: «Tal vez ya salieron todos. Siempre tienen tanta prisa… demasiada prisa».
Llegas a uno de los ascensores y oprimes el botón de bajar. Encima de la puerta parpadean las lucecitas de colores en forma de números y flechas, cuyos mensajes solo tienen sentido cuando son captados por una mente adiestrada y curiosa. ¿Qué importancia tienen para ti el ir y venir, el subir y bajar de los elevadores? Ninguna. Y mientras esperas, te desesperas. Te es sumamente molesto cuidar esa rama seca y muerta del árbol de la esperanza que es el esperar. La espera inútil es el desperdicio más grande de la vida.
La puerta corrediza se abre con un chirrido fuerte y una luz deslumbrante te encandila. Bajas la vista y entras a la cabina que está ocupada hasta su máxima capacidad. Con un gran esfuerzo logras meterte, voltearte y esquivar el portón que se cierra con un golpe estruendoso enfrente de tu cara. Estás acompañado de un sinnúmero de hombres que llevan puestos el mismo atuendo que tú. Oyes el roce de sus impermeables entre sí.
Bruscamente inicia el descenso. Apenas te acostumbras a este descenso cuando el ascensor se para nuevamente con una sacudida tremenda. Se abre la puerta y entra otra persona que te empuja hacia atrás y te deja por unos instantes sin aliento. El desconocido prensa todo su cuerpo contra el tuyo como si quisiera fusionarse contigo. En un brazo, doblado sobre su pecho, sostiene un libro de pasta azul envuelto en plástico transparente. Supones que se trata del mismo título que tú acabas de abandonar en tu escritorio. Entonces, este hombre debe estar encausado en las mismas tareas que tú. Pero… ¿por qué carga con ese texto? Es algo inexplicable.
Nuevamente te sacude la parada inesperada de la cabina. La salida se abre y se alivia la presión que han ejercido sobre ti los cuerpos de los presentes. El hombre del libro da media vuelta y se baja del ascensor. Tú le sigues de prisa porque no quieres que los demás te apresuren con sus empujones. Pero por razones fuera de tu comprensión nadie más se mueve detrás de ti. Cuando estás consciente de que no te encuentras en el vestíbulo del edificio, a donde pensabas llegar, sino en el mezanine, la puerta de la cabina ya se cerró, quitándote así toda la oportunidad de volverte a meter.
El hombre del libro que seguramente no esperaba encontrarse con un seguidor, te cuestiona con una mirada confundida. Encoges los hombros para disculparte. No le basta esta respuesta y te pregunta:
—¿Por qué me siguió usted?
—Por descuido. Creí que ya habíamos llegado a la planta baja.
—¡Ah! Pensé que me seguía deliberadamente.
—Verdad que no, me equivoqué de piso.
—Yo me bajé aquí con toda intención. Quiero salir de la rutina. Quiero ser diferente a todos los demás. Por la misma razón llevo este libro conmigo. Es como una protesta silenciosa en contra del sistema.
Tú no estás dispuesto a involucrarte en asuntos ajenos. Además, no tienes ganas de discutir con personas extrañas sobre sus proyectos personales. Y la mejor forma para poner en evidencia tu rechazo a un intercambio de ideas absurdas, es el uso del término ‘no’. Le dices:
—No estoy interesado en compartir sus ilusiones.
—Solo le quería explicar…
—Lo dejas boquiabierto. Bajas los escalones con brincos acelerados para alejarte de él lo más pronto posible. Saliendo del edificio agachas la cabeza para proteger tu cara de la lluvia. Es un día horrible, un tiempo de perros. Caminas a paso veloz y rebasas a muchos que llevan la misma ruta que tú. Cruzas varias avenidas. Fatigado y agitado llegas a la estación del metro.
La muchedumbre afluye desde todas las direcciones. Entre empujones y apretones se abre camino hacia las escaleras mecánicas para dejarse llevar hacia las profundidades del transporte subterráneo. La viscosidad de la masa humana en su flujo espeso absorbe la individualidad de sus componentes e integra las funciones biológicas de sus cuerpos al sistema mecánico de la maquinaria social. Tú dejas de ser tú. En un día como este no es necesario prestar atención a tus propias voluntades. Eres guiado hacia donde tú quieres llegar. Existe plena seguridad para que nadie se equivoque, se despiste, yerre o falle. En todos los andenes se despachan todos los trenes hacia el mismo rumbo para llevar a todos los individuos al mismo destino. ¿Cuál será?
Al final de la escalera te arrinconas para poder quitarte el impermeable. No es fácil. La presión de los cuerpos y sus extremidades que te pasan rozando, te deja poco espacio para moverte. Finalmente ya lo tienes en tus manos. Está mojado y resbaladizo. Tus dedos fríos y torpes no lo pueden sostener y se cae al suelo. En un instante miles de pies pasan sobre él y lo arrastran. Intentar recuperarlo significaría el exponerte a ser aplastado de la misma forma. Tú pierdes y… ¿quién gana?
Te invade el pánico. Un sentimiento de impotencia e inutilidad inunda tu mente. Se pierde una prenda de vestir, se atropella, se despedaza, se desprecia su valor y nadie es responsable de este acontecimiento. ¿Pasa lo mismo con la vida? Sí. Si se resbala de tus manos, no existe ninguna posibilidad de adueñarse de ella nuevamente. Tú, el individuo, eres el único que aprecia su propia vida; la masa y la sociedad la anulan, la maltratan, la humillan y la desechan. ¡Cuídala!
El vivir significa ser individuo y parte de la masa. ¿Qué es más importante para ti? ¿Ver con tus propios ojos, oír con tus propios oídos, sentir con tus propios sentidos o ser guiado por los criterios de la sociedad? Estos dos modelos de la vida humana son polos que conforman un campo de fuerza que regula las leyes de la convivencia. El individuo ve en la masa una palanca de poder, capaz de mover montañas; y la masa ve en el individuo… Sus ojos de topo solamente reconocen dos tipos: el dirigente o líder, a quien admira y adora; y el excéntrico, inconforme y por lo tanto el traidor, al que rechaza y extermina. ¿Quién se anima a vivir fuera de la masa? ¿Quién anhela vivir dentro de ella? Recuerdas al hombre del ascensor, con su libro azul, confesándote que quisiera ser diferente a los demás. Estás convencido que ese deseo no lo llevará muy lejos. ¿Lo volverás a encontrar?
Sin hacer ningún esfuerzo llegas a los andenes y consigues un asiento en uno de los carros que está atestado de gente. Momentos después arranca el tren con un fuerte tirón. Las personas paradas pierden el equilibrio y se revuelven en un desorden humillante. Te pisan constantemente y aprietan sus impermeables mojados contra tus rodillas, empapando tus pantalones. Muy seguido alguien se cae encima de ti y solo con un enorme forcejeo puedes incorporarlo nuevamente, empujándolo por los hombros. Al alcanzar el convoy su velocidad óptima, llenando el ambiente con un silbido penetrante, se establece un orden aparente entre los pasajeros. Nadie habla.
Nadie habla, pero con seguridad todos están pensando en lo mismo: ¿Qué vendrá? ¿Qué pasará? ¿Qué traerá este día?… ¿palabras huecas?… ¿trabajos monótonos?… ¿roces laborales?… ¿discriminaciones profesionales?… ¿lo mismo de siempre?
Las bocinas del techo del compartimento emiten un ligero crujido e inmediatamente todos los ojos las miran con expectación. Qué importante es ver la boca que dicta el fallo de la fatalidad ajena. Empiezan los acordes del himno nacional y la mayoría de los pasajeros sigue la entonación a boca cerrada. Tú te resistes… a participar activamente en esta vivencia común que fortalece el espíritu de solidaridad. El himno termina. Es corto y sin texto. Así no compromete a nadie a expresar términos cuyos significados cambian constantemente según el tiempo y la cabeza de quien los interpreta.
Entre la última nota del himno y la primera palabra del portavoz no cabe ni el más pequeño pensamiento vacío. Oyes decir:
—Estimados conciudadanos y colaboradores: yo, Zémaz, tengo el honor de dirigirme a ustedes con las palabras de bienvenida y virar su mirada hacia la gran tarea que iniciamos en este momento. Todos nosotros estamos involucrados. ‘Nosotros’ significa: todos juntos. Usted, su compañero de al lado, el de enfrente, yo mismo, Zémaz, y toda nuestra sociedad, estamos implicados.
Los proyectos realizados hasta ahora han sido un juego de niños en comparación con nuestro propósito actual. Queremos establecer un sentido nuevo que no contenga el concepto del futuro. Sabemos, porque los científicos y filósofos nos lo han inculcado, que el futuro, por su imagen dudosa, ejerce presiones aplastantes sobre la existencia de cada uno en lo personal y la totalidad de nuestra sociedad. Este mal debe eliminarse. Solo el cambio total de la trayectoria de nuestras vidas asegura el logro de tal hazaña. Un impulso intuitivo nos ha motivado a abandonar nuestras viviendas para buscar y encontrar en el Proyecto nuestro nuevo hogar.
En todas partes del continente iniciamos simultáneamente nuestra labor. Alguno de nosotros quizá no comprende la relación entre su trabajo y la idea global, pero las proporciones tan gigantescas del Proyecto sobrepasan la capacidad intelectual de la mayoría… un factor que se ha tomado en cuenta. En sus brigadas serán ustedes orientados sobre el grado de importancia de su participación personal, para que cada uno obtenga el sentido adecuado de responsabilidad, sin la cual sería imposible la integración de todos en el Proyecto.
Nuestro lema por hoy y siempre es: El Proyecto es nuestro hogar y el desfuturo es nuestra meta.
Estimados conciudadanos y colaboradores: Yo, Zémaz, les saludo en nombre de nuestra sociedad y les doy la bienvenida como participantes en el Proyecto que nos está moldeando para conformar una comunidad solidaria e inseparable.
La voz calla y se escucha nuevamente la música del himno. Nadie lo entona. Parece que la comunidad solidaria e inseparable ha perdido su facultad participativa. Miles de preguntas irrumpen en los cerebros y bailan al compás del son patrio una danza giratoria. ¿Quién es Zémaz? ¿Hay que tomar lo escuchado en serio? ¿Qué significa? ¿Qué proyecto se pretende realizar? ¿Cómo se elimina el concepto del futuro? ¿Qué es el desfuturo? ¿Qué idea nueva puede sobrepasar la capacidad intelectual de los individuos? ¿Quién es Zémaz? ¿Habrá un después sin futuro?
Estás contento de estar sentado, parado sentirías mareos y vértigos. Has bailado hasta ahora y bailarás para siempre al son del himno nacional como todos los otros títeres que te rodean. No hay adónde huir, no hay cómo ocultar tu individualidad. El único espacio disponible para esconderte como individuo es tu propio cuerpo, la única manera de sobrevivir como individuo es la realización de tu propio proyecto. ¿Tienes la capacidad para idear y concebir uno?… ¿ahora?… ¿en este momento?… ¿a la carrera? Te pones nervioso. El único proyecto que se te viene a la mente es el de seguir haciendo lo mismo que siempre, conformarte con las circunstancias, soportar la existencia sin poner resistencia, aceptar las ideas impuestas sin hacer preguntas, entregarte a lo ajeno sin reclamar algo propio, comportarte como todos los demás, adaptarte a las necesidades comunes sin imponer la voluntad propia… adaptarte sin voluntad propia… El de adaptarse sin voluntad propia: tu proyecto.
El tren se para bruscamente, sacudiendo e incomodando a los pasajeros. Las bocinas repiten con insistencia desesperada:
—¡Estación Final! ¡Estación Final! ¡Estación Final!
Todos quieren salir del vagón al mismo tiempo. ¿Por qué tienen tanta prisa? Tú esperas hasta que el compartimento se vacía. Luego te incorporas sin premura. Al bajarte del tren te acoge y envuelve inmediatamente el gentío y te arrastra hacia la salida de la estación. Durante el ascenso por las escaleras eléctricas te asombra el hecho de ser el único sin impermeable. ¿Qué te falta para fabricar sin demora la ilusión de que fuera ya no esté lloviendo?
Pero… qué decepción. Saliendo a la gran plaza, donde se concentra la multitud antes de pasar al registro y la distribución de labores, eres recibido por torrentes de agua. En pocos instantes estás empapado hasta los huesos. Esta fría e incómoda humedad pegajosa sobre el cuerpo te hace temblar y sentir escalofríos. Deseas fervientemente que se abran lo más pronto posible las puertas de paso, para recibir el dote de ropa seca en los alojamientos comunes.
La plaza cercada con valla de madera está llena a reventar de una masa viviente que es la masa humana, y tú te encuentras embutido en medio de ella. Esta masa inerte debe esperar hasta que algún mecanismo supremo le abra una puerta y la deje pasar para luego tomar posesión de ella y manipularla a su antojo. La masa es paciente, es el individuo que se desespera. Mantener esperando a la masa es el signo de una gran capacidad de organización, mientras el individuo en espera se siente humillado. Qué fácil es mover la masa en una dirección deseada, mientras el individuo en movimiento se tropieza. Qué significativos son los logros de la masa en acción, mientras el esfuerzo individual es reconocido y pagado con la moneda de la insignificancia.
En diferentes lugares del cercado se prenden luces verdes y se abren portones. La multitud empieza a movilizarse. En pocos instantes se forman colas que se mueven lentamente hacia las entradas. No cabe duda que la masa posee un cerebro colectivo, porque es capaz de efectuar maniobras bien determinadas. Te acomodas en una fila que parece avanzar con más agilidad que las otras, pero al fin resulta ser una simple ilusión óptica. Nadie recibe privilegios, el que da varios pasos seguidos se queda luego un tiempo parado. Sin embargo, pronto llegas a uno de los puestos de control donde efectúan la lectura de tu código de barras, tatuado en los antebrazos. Es un momento culminante en tu vida: se te identifica. Con una serie infinita de cifras que pertenecen a un inextricable lenguaje matemático se confirma tu existencia. Tú eres lo que tienes: nombre, sexo, edad, domicilio, educación, salud, defectos, anormalidades… Virtudes y cualidades, por la escasa relevancia y su carácter efímero, no quedan anotados. Tú eres lo que tu cédula revela: un número definido, probablemente natural y entero, pero por ningún motivo racional o trascendental.
El que está delante de ti, alto y ancho, te impide ver hacia delante. Diriges tu mirada hacia arriba y te das cuenta de que tu fila ha entrado en el área techada. Inmediatamente sientes el pequeño alivio de que ya no te llueve sobre lo mojado.
Las colas que hace poco estaban a tu derecha e izquierda han tomado otro curso. El ovillo de gente ha sido devanado. La masa ha sido enfilada, sabiendo que su extraordinaria ductilidad permite aplastarla y estirarla sin que se rompa. Jamás estarás solo sino siempre en medio de otros. Te guía el de delante con sus espaldas anchas, obstaculizando tu campo de visión, y te avienta el de atrás con sus empujones bruscos, forzando tu propio paso.
El camino desciende por una rampa. Tus suelas mojadas no encuentran apoyo suficiente en el piso resbaloso. Tambaleas y te desequilibras. Para no caerte encajas tus dedos tiesos y entorpecidos en la tela mojada del impermeable del compañero de delante. Finalmente llegas a una sala enorme, iluminada con luz artificial que irradia el calor de un día despejado de verano.
A lo largo de las paredes se encuentran un sinnúmero de puertas corredizas de vidrio opaco. Se abren y cierran automáticamente cuando alguien se acerca y entra. Sobre las entradas brillan lucecitas. Tal vez son letras… o números… o flechas… o símbolos. Estás demasiado lejos para distinguir o descifrarlos. Tu atención y curiosidad se fijan en aquello y te impulsan a salir de tu fila. Te acercas a una de las puertas. Captas luego que se trata de palabras. Pero antes de poder deletrearlas y comprender su significado, se abre la puerta. Tanteas. ¿Debes retroceder? ¿Debes pasar? Estás confundido. ¿Qué se espera de ti? ¿Qué estás dispuesto a hacer? Te angustias: no entrar significa poner resistencia; el entrar evidencia tu imprudencia. Razonas: la masa atrae, por su enorme positividad de reglas determinadas, la actitud negativa del individuo de establecer sus propias normas. Te decides: cualquier entrada te lleva hacia metas más lejanas de las que tu mente es capaz de imaginar.
Entras y la puerta se cierra detrás de ti. Das unos pasos hacia adelante y te acercas a una mesa semicircular con cuatro hombres sentados en su lado opuesto. Las sonrisas y miradas de las cuatro caras están pintadas por la misma mano: la expectación.
¿Dónde te has metido? ¿Qué debes hacer? ¿Qué esperan te ti? ¿Es aún tiempo para disculparte? ¿Saben quién eres? ¿Debes presentarte? ¿Es mejor esperar que actuar? ¿Estás perdido? ¿Te han encontrado? ¿Vives un sueño? ¿Sueñas la realidad?
Con una voz cálida y amable irrumpe uno de los cuatro en el silencio de tu perplejidad:
—¡Acérquese usted, por favor!
Te quieres disculpar:
—Me debo haber equivocado al…
Otro te interrumpe:
—Nada de eso, lo estamos esperando.
No comprendes. En ningún momento tuviste la intención, y aún no la tienes, de presentarte ante ellos. Tu ropa mojada, tu malestar físico y tu miopía visual son las circunstancias que te han impulsado a actuar con excesiva prisa para presentarte aquí. Tenías nada más el deseo de llegar lo más pronto posible a algún destino favorable, pero no a una plaza específica destinada para ti. Te explicas:
—¡Discúlpenme! Mi ropa empapada me está incomodando y por eso…
—Usted no está aquí para disculparse. Por lo contrario, somos nosotros los que le debemos explicaciones.
—Nosotros le damos la más cordial bienvenida.
—Lo estamos esperando.
—Tenemos una gran confianza en usted.
Te animas a objetar:
—Yo pienso…, yo temo que aquí…
—Ya sabemos que piensa y que teme… por eso está con nosotros.
—Por lo pronto debe ponerse ropa seca.
—El bienestar físico es indispensable…
—…para vivir la plenitud mental.
