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Agotada de un mal querer huí a Puerto La Sal. Me dejé arrastrar en su espiral de entender el mundo. Rompí en las distancias cortas y me liberé de toda una vida. Vivía en automático y de forma automática se fue apagando mi vida. Una vida donde el amor no conocía de límites y donde yo era su personaje secundario, de esos que aparecen una vez cada veinte páginas. Logré saltar al vacío. Amar sin cicatrices. Y que surgiese esa sincera sonrisa que te producen las cosas bonitas. Arréglate tan rápido como puedas. Solo tienes un minuto. La ciudad está en penumbra. Solo resiste el parpadeo de las luces que iluminan sutilmente desde los extremos y los faros de aquellos coches que se lanzan atravesando la calle. Está llegando el verano, y con ello los cientos de turistas que inundan de punta a punta el paseo marítimo. ¿Estás? Agárrame fuerte que te vienes conmigo.
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Seitenzahl: 272
Veröffentlichungsjahr: 2023
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#liberadaenpuertolasal
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
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© David Clemente Pérez
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Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-140-8
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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«Resiliencia»como estilo de vida.
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A todas aquellas personas que ya no están. A quienes la violencia les quitó la vida de un zarpazo. Y a quienes todavía defienden su libertad por encima de todo.
MI NECESIDAD FAVORITA
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—Disculpe,¿tiene un cigarrillo? —le pregunto sin expectativa alguna de que quiera ofrecerme uno. Incluso puede que ni tenga. Ni que tan siquiera fume.
La ciudad está en penumbra. Solo resiste el parpadeo de las luces que iluminan sutilmente desde los extremos y los faros de aquellos coches que se lanzan atravesando la calle. Cuando le he intercedido, caminábamos en direcciones opuestas.
Tiene la mirada dispersa.
Intenta disimular, pero la respiración acelerada y el movimiento nervioso de sus dedos le delatan.
A estas horas, las personas salimos escopetadas de nuestros respectivos trabajos: unas deseosas de poder llegar a casa, ponernos el pijama y tirarnos en el sofá, y otras reclaman el momento de la copa en el bar donde intentan posponer hasta el último minuto su regreso a casa.
Viste un traje azul oscuro. Parece de buena calidad.
Bajo su chaqueta desabrochada sobresale una camisa blanca un tanto arrugada. Sus dedos agarran un maletín viejo de cuero marrón. Sobre su cabeza, un elegante sombrero gris que se adhiere a él como una prolongación más de su cuerpo.
Tiene suerte. Hace viento, pero no el suficiente como paraque se vuele calle abajo. Igualmente, yo sigo teniendo frío.
Le miro.
Éltambién, pero cohibido. Parece estar entrado en años. O eso me transmite el olor de su perfume de frasco tradicional.
¿Cincuenta? ¿Cincuenta ytantos…?¿Y largos…?Quién sabe.
Para mi sorpresa, asiente levemente con la cabeza y hace intención de sacar la pitillera que tiene guardada en el bolsillo interior de la chaqueta. Mis ojos se iluminan al ver cómo levanta cuidadosamente la tapa donde se descubren todos esos cigarrillos que esperan ser consumidos.
Salivo como si fuera un perro viendo su cuenco rebosante de pienso. Él se muestra indiferente. Agarra uno y me lo da.
Llevo varias horas sin probar calada y ya es pura necesidad.
—Gracias.
No parece interesarle demasiado mi presencia. Asiente con la cabeza por la inercia de la conversación y retoma su camino.
A ciegas, y con cierta maestría, introduzco la mano dentro de mi pequeño bolso de paja. La muevo de un lado a otro, sumergiéndome entre pañuelos usados, tickets desgastados y demás objetos no identificables al primer tacto.
Consigo encontrar el mechero. Y me prometo una y mil veces que este cigarrillo será el último, aunque como bien dice el refrán, y muy a mi pesar, las palabras se las lleva el viento.
Con tan solo un chasquido, la llama prende. Se impone a la oscuridad de la noche. Un veneno que mata a golpe de talón.
Un soplo de aire rompe el clímax que se ha generado a mi alrededor. Siento cómo un pequeño escalofrío me callejea de extremo a extremo. Al instante, cruzo los brazos y miro a ambos lados de la calle, pero ya no queda nadie.
Las bombillas se van encendiendo bajo el brillo de la luna.
En uno de mis brazos cuelga una chaquetita negra de punto fino. Bailotea por el viento. La agarro por los extremos y la dejo caer sobre mis hombros, cubriendo casi la totalidad de la curvatura de mi espalda. Ya es hora de volver a casa.
Otrodía mássuperado en Puerto La Sal.
Respiro hondo y empiezo a caminar, ladeando la cintura, mirando en línea recta y al trote de mis tacones.
UN CÓCTEL DE MÁS
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Me presento, soy Cala y vivo a unos diez minutos de donde me encuentro ahora mismo. Se trata de una antigua finca de apartamentos situada a escasos metros del paseo marítimo.
Estos fueron construidos hace unos años, cuando esta pequeña ciudad resurgió gracias al turismo vacacional.
Hace un año aproximadamente que llegué. Vine de imprevisto y solo pude traerme una maleta, no con mucha ropa, y un par de zapatillas. Ahora mismo, trabajo la tarde de los lunes y miércoles cuidando a dos niños. Casualmente vengo ahora de allí.Luego por las noches, viernes y sábado, sirvo copas en una delas discotecas del paseo marítimo.
Estoy agotada. Esas dos pequeñas criaturas me gastan toda la energía. No hace mucho que los cuido, pero les he cogido en poco tiempo mucho cariño. Y creo que es recíproco. Sobre todo Eloi, quien, cada vez que aparezco por la puerta, viene corriendo a abrazarme lo más rápido que puede.
Sus ojos se iluminan al verme; son tan inocentes…
—Juga. Juga. ¿Mi? Saaaaurio —me preguntaba esta tarde impaciente con un juguete en forma de dinosaurio en la mano.
Su hermano Pablo es más tímido, pero es un gran pequeño pintor. En una cajita guardo todos los dibujos que me regala.
—Mira. Y esta eres tú. Y este soy yo. Y esta mamá. Y este Eloi. Y… —decía emocionado señalándonos a cada uno de nosotros en el dibujo que había pintado minutos antes.
Acabo de pasar por la relojería. Esa que hace esquina en el paseo a la altura del faro. Conozco a su dueño, don Pedro. Falleció recientemente. Se portó muy bien conmigo. Me ofreció trabajo durante un tiempo. Tenía unos relojes preciosos.
Aún recuerdo aquel mostrador alargado lleno de manecillas y artilugios propios de una mente disparatada como la suya. Sin olvidar ese delantal azul marino que le acompañaba todos los días, y su alargado y profundo bolsillo donde almacenaba desde un par de chicles de mora o unas pilas de botón, hasta un diminuto destornillador de estrella.
Giro a la izquierda, camino durante unos minutos y llego al portal. A pocos metros, se ubica la peluquería de Julia.
Ella es una de mis mejores amigas. La conocí al poco de mudarme aquí. Hace unos meses se casó con su mujer.¡Menuda liaron!Fue una ceremonia muy especial.
Somos tal para cual. Podemos llegar a estar horas y horas hablando mientras atiende a las clientas. Su peluquería es todo un baúl de cotilleos y noticias frescas, aunque la mayoría de estas informaciones las aportan las personas que acuden allí. Cada día hay nuevos rumores sobre celos, infidelidades, sexo, peleas, lloros, familias enfrentadas, arrepentimientos…
Julia es una chica solidaria y risueña; es un cielo de mujer.
Todos los sábados al mediodía acude a un comedor social. Es un trozo de pan. La adoro. Y ella a mí, también.
Saco el llavero del bolso y busco la llave correcta.
Abro la puerta y veo cómo Agustín, mi vecino, el gallego, sale con una chica del ascensor.Él es un estudiante de veintitrésaños. Está estudiando su tercer año de ingeniería marina en la universidad de aquí gracias a una beca. Ya no le queda mucho para acabar. Creo que a mediados de junio tiene los exámenes, pero, si consigue un trabajo, se quedará a pasar el verano.
—Hasta luego, Cala —se despide saliendo del portal.
—Adiós, cielo —le continúo.
Subo en el ascensor, aprieto el botón y se cierran las puertas de inmediato. Mi rostro cansado se refleja en el espejo.
Se detiene en el segundo.
Es doña Puri. Su batín rosa y pelo rizado son inconfundibles.
Sostiene con una mano el asa colorida de la bolsa de basura. La otra, la tiene escayolada.
Según se rumorea en el vecindario, se resbaló mientras fregaba y se le inflamó el brazo.Y ahí está,como de costumbre, mirándome por encima del hombro y con cara de asco.
—Subo, si quiere ahora se lo envío —le propongo.
—Tú tenías que ser… ¡borracha!
Sin mediar palabra se cierran las puertas, pero nuestras miradas permanecen intactas. No me dejo amedrantar por ella.
Esta señora tan particular e impertinente es la persona más cascarrabias del edificio (bueno y, seguramente, me atrevería a decir… que de todo Puerto La Sal).
En el vecindario estamos hartos de ella.
Siempre con los mismos comentarios…
No deseo la muerte a nadie, pero si fuera el caso, ya te anticipo que no lloraría. Intento ser comprensiva, pero mi paciencia se acaba. Siempre tiene preparada una palabra fea o un mal gesto que cuando menos te lo esperas lo saca a relucir.
Aun con todo, me da lástima. Está sola. Nadie viene a verla.
Y cuando estoy a punto de girar la llave en la cerradura, alguien me tapa los ojos y brinco del susto.
—¿Quién soy?—me pregunta riéndose entre dientes.
—¿Doña Puri?—le respondo sarcástica.
Sé quién es. Reconozco su voz.
El corazón me late a mil por hora.
Retira sus manos de mis ojos yme besa en los labios.
Sonrío nerviosa y me doy cuenta de que se le ha quedado impregnado un poco del pintalabios. Se lo quito con el dedo mientras me mira con su uniforme de trabajo y pelo corto.
Me sonríe y le desabotono el cuello de la camisa; y le regalo un beso dulce en el cuello. Me encanta cómo huele.
—¿Por dónde has aparecido?
—Subía por las escaleras y te he visto.
Me agarra por la cintura.
—Tenía ganas de verte —confiesa.
Acurrucados cruzamos la puerta, enciendo la luz y nuestros caminos se dividen: él a nuestro dormitorio, y yo a la ducha.
Y te preguntarás quién es él. Y te entiendo. Yo hace unos meses cuando le vi allí, también me lo preguntaba.
Es Shiran. Mi chico. Llevamos varios meses saliendo y nos entendemos muy bien. Su familia es de Nigeria. Vino aquí hace cinco años y está trabajando en la secretaría del ayuntamiento.
Compartimos piso desde hace un tiempo.
Nos conocimos en un local de estos de estilo alternativo al atardecer.Élestaba detrás de la barra sirviendo cócteles, sustituyendo a uno de los camareros que había enfermado horas antes; su amigo era el dueño del local.
—Chacha, ¿viste a ese? ¿Próxima conquista? —me intercedió Julia nada más entramos por la puerta, cogiéndome del brazo y señalándome con la mirada a un chico que estaba apoyado en una de esas típicas mesas altas de garito.
—¡Ay!Paso. Ya lo sabes. —Le miréde reojo. No estaba mal.
—Ay mi niña,¿y ese alto…, rubio…? Está mirando acá —me insistió y me lo señalódisimuladamente con el dedo. Bailaba en un pequeño grupo—. Seguro que piensa…¿por qué no se me acerca esa lindura que me está mirando? —bromeaba.
—Déjalo. Paso. Ya te lo he dicho. —Y desvié la mirada.
Caminamos hacia la barra y, a cada paso dado, teníamos que esquivar a aquellos que caminaban a contracorriente deseosos de salir un rato a tomar el aire y no morir asfixiados.
Hacía calor y había bastante gente.
Era verano y las ráfagas de luces de diferentes colores iluminaban la pista. La gente se lo estaba pasando en grande.
Y de repente, la mano de Julia impactó en mi barriga.
La desgraciada hizo que frenara en seco.
—¡Ños agüita, mi niña! ¿Viste? —me preguntó siguiendo con la mirada a una chica que se acababa de cruzar por delante de nosotras.Aún desconcertada por el impacto, me giré haciaella y le dije que controlara la fuerza. Me había hecho daño, pero no me escuchaba, ella seguía con la mirada fijada entre las curvas y las nalgas de esa chica. Era mona. Y más joven que nosotras.
Desde los altavoces situados en los extremos del local surgieron las primeras notas. Era nuestro momento.
Siempre lo vivimos como si fuésemos artistas internacionales; en tarima, pista o en cualquier otro lugar…
Nuestros bailes nos han hecho saltar a la fama, ganar una ronda de chupitos o recibir los aplausos del público. Juntas. Mano a mano. Nadie se resiste a nuestros movimientos.
O eso nos creemos…
—Julia, ¡escucha! —le intercedí interrumpiéndole en su entretenimiento de ver cómo se contoneaba aquella chica. Su pelo pelirrojo descendía en cascada por su espalda y sus movimientos hipnotizaban a toda persona que se quedara un par de segundos mirándola. Ella permanecía indiferente.
Al ver que no me miraba ni reaccionaba a lo que le decía, la agarré por los brazos y la zarandeé ligeramente. En un abrir y cerrar de ojos me estaba crucificando con la mirada. Le había jodido la diversión, pero bueno…, de inmediato, se dio cuenta del motivo de mi insistencia y me sonrió.
Me reajustéel vestido y liberé mi pelo rizado sacudiéndolo sutilmente con la mano. Ella también hizo lo mismo.
E hicimos gala del motivo de nuestra fama.
«Los nervios se apoderan de mi cuerpo…».
Nuestros pies danzaban al ritmo.
Un par de personas se nos quedaron mirando.
Al tiempo, unas más se acercaron.
Cerramos los ojos y nos dejamos llevar. Mente en blanco.
Nada importaba, solo nuestros movimientos.
Ni el calor. Ni las miradas. Ni el tumulto de gente entrando y saliendo del local. Todo se relativizaba. Y, de repente, una explosión de tiras de colores a modo de confeti inundó la sala.
Abrílos ojos. Tenía tiras por todo el cuerpo.
Julia seguía bailando como una niña con zapatos nuevos.
Y un pequeño círculo de gente nos rodeaba.
Me sentí observada.
Y no precisamente por la gente de nuestro alrededor.
Alguien analizaba mis movimientos, pero no sabía quién.
Mis ojos recorrían toda la sala… de cabo a rabo.
Fue al rato cuando me di cuenta. Le vi y nuestras miradas se cruzaron.Él me sonrío. Yo me puse nerviosa, e intenté disimular como bien pude. Nunca se me dio bien fingir.
Julia, que ya llevaba un rato con los ojos abiertos y se estaba enterando de lo que estaba sucediendo, me cogióde la mano como quien arrastra una maleta y me condujo por la pista sin consentimiento alguno, argumentándome que ya era hora de que volviera a enamorarme, que ya había sufrido demasiado como para seguir negándome al amor.
Ella permanecía delante, atravesando el círculo que se había creado y apartando a quien se encontraba a su paso. Yo, detrás, agarrada por su mano, dejándome llevar por inercia y meciéndome entre los empujones de la gente.
Shiran, que estaba apoyado en la barra, se reía por la escena que estábamos formando en mitad de aquella pista.
—Un cóctel, ¿morena? —me preguntó sonriente.
Pero se hizo el silencio.
—¡Qué sean dos, mi niño! —irrumpió Julia a toda velocidad.
—Dile que no se esconda que, aunque tengamos la fama de matar animales vivos para después comérnoslos, ahora de momentono me como a nadie. No tengo hambre —confesó sarcástico mirándome de reojo.«Qué estúpido», pensé.
Y, como de costumbre, mi amiga, tan natural y espontánea como es, asumió el papel de«celestina»y entabló conversación con él mientras yo me mantenía al margeny leía la carta de cócteles. Pasaba de historias de amor. O eso creía.
Y así estuvieron durante un tiempo.
—Chica invisible, ¿puedo decirte algo? —bromeó.
—Dime —le contesté cortante.
No me hizo gracia el tonito que utilizó. Y se me notó en la cara.«¿Y esas confianzas de buenas a primeras? ¿Qué se cree…payaso?», me dije a mí misma arqueando la ceja.
A día de hoy nos seguimos riendo de ese momento.
—Nada, que por lo que veo, a la gente le tienen que pagar para que sea simpática —replicó.
—¿Qué?
Y, con la rabia de sus palabras, me di media vuelta y me fui hacia la terraza confiando en que mi amiga me seguiría.
Pobre ilusa. Eché un vistazo atrás y vi cómo ambos se reían.
Empezaron a llamar mi atención para que volviera, pero les ignoré. Fue ahoraél, quien salió de la barra, me agarró del brazo y, haciéndome girar de un solo impulso, quedaron nuestrasnarices separadas a menos de un palmo de distancia.
Desconcertada y sin saber qué hacer, me separé de él.
—Lo siento. No pretendía ofenderte —me dijo sin apartarme la mirada. Pero ya era tarde. Me había agobiado.
Haberme hecho girar de esa manera y con esa brusquedad, fue la gota que colmó el vaso. Y fue entonces cuando le tiré a la cara el alcohol de una de las copas que estaba a mi alcance.
—Yo también séjugar —sentencié.
Se quedó de piedra. Julia también.
Se dio media vuelta y se fue.
Ni yo misma era consciente de lo que acababa de hacer.
Quedé paralizada.
Por unos segundos, sentía que me faltaba el aire.
Julia vino de inmediato, me agarró de la mano y me llevó a los sillones de la terraza. Mi mente seguía en modo avión.
—No puedes ir así… Date una oportunidad, mi niña.
Julia estaba preocupada. No le gustó cómo actué, pero también es verdad que, en el fondo, me entendía. Por eso, más que recriminar mi actitud me ayudó a relajarme.
Estaba convencida de que estar a la defensiva no iba a ser una de mis mejores opciones, por lo que decidí ir a pedirle perdón. Pero mis intenciones cayeron en saco roto cuando, en un amago de levantarme, lo vi cómo venía hacia nosotras para darnos esos dos cócteles que habíamos pedido en la barra: uno anaranjado de sabor tropical y otro azulado de sabor dulce.
Tenían un aspecto exótico muy apetecible.
—Aquí los tenéis —nos dijo apoyando con delicadeza los dos cócteles en la mesa de cristal. Al segundo, ya se había ido.
No fui capaz de articular palabra.
—Mi niña, era tu momento… ¿Por qué no le dijiste…?
Callé. Me sentía perdida. Como que no encontraba las palabras adecuadas para dirigirme a él.
—¿A qué esperas? Ve a hablar con él.
—Da igual…
—¿Vas a renunciar tan pronto?
—Se me cae la cara de vergüenza…
—¿Vergüenza? ¿Nosotras?—bromeó.
—Es muy fácil estar en tu posición… —le recriminé.
—Cala, es un buen chico. Entra y ve a por él, ¿oíste?
—¿Y cómo sabes que es un buen chico? ¿Acaso le conoces?
Y algo en la mirada de Julia hizo que me armara de valor y entrara decidida al interior del local.
—Esa es mi niña —murmuró orgullosa.
Y como cuando un depredador busca a su presa, me acerqué a la barra y lo busqué tan rápido como pude, pero no estaba. También, fui a la zona del DJ y baños, pero nada.
No había tenido suerte y me seguía sintiendo culpable.
Regresé a los sofás. Allí estuvimos las dos bebiendo, hablando de nuestras cosas y bailando las canciones que se reproducían a través de los altavoces de la terraza: un espacio amplio y elegante que reunía a personas de todo tipo de edad.
Tiempo después, cuando el local estaba casi vacío, volvió a aparecer. Me levanté escopetada del sofá y fui tras él.
Como quien baila bajo la lluvia, saltaba los charcos de alcohol que se asomaban a mi paso y apartaba a empujones a los típicos borrachos que se quedan hasta el cierre.
—¡Espera!—le grité.
Se giróal oír mi voz.
Nos miramos unas milésimas de segundo, pero me ignoró.
—Perdona por lo de antes.
—Son gajes del oficio —se excusó mientras empezaba a reponer las bebidas en el estante.
El pantalón le realzaba las nalgas. No podía apartar la mirada de ese culo firme y pomposo que me ponía tanto. Lamentablemente, no era algo recíproco.Élme evitaba.
—¿Te apetece hablar un rato?
No contestó.
—¿Cinco minutos?—insistí.
—No puedo, estoy trabajando.
Y al no obtener la respuesta esperada, decidí marcharme.
Él se quedólimpiando la barra y yo terminé desdibujándolo de mi alcance. Crucé la pista y regresécon Julia.
—Mi niña, tendrá mucha faena… —me animaba.
—No… Se ha enfadado. He perdido la oportunidad.
—Que no… No digas eso. No seas pollaboba…
—Es lo que hay. Tengo que aceptarlo.
—¡Ya coño!No has estado bien —me decía haciendo un ademán con la cabeza—. Chacha, fuerte machangada has hecho, mi niña. —Se reía—. Pero le has gustado. Te lo digo yo, ¿oíste?
Y me guiñó el ojo.
—¿Te ha dicho algo?
—No, no me ha dicho nada, pero esas cosas las huelo.
—No sabía que ahora eras un perro policía —le vacilé.
Quedaba poco tiempo para que el sol volviera a iluminar las calles y los rincones de Puerto La Sal. Mientras tanto, una anciana descansaba en uno de los bancos del paseo marítimo.
Y miraba.
Y recordaba.
Y su memoria regresaba a aquellos momentos por los que valió la pena luchar, por aquellos que le hicieron aprender y por esos que sin ellos no hubiera llegado a serla mujer que fue.
Y vivir. Quécomplicado es.
Creemos tener un manual donde seguir las pautas para no equivocarnos, como un libro de autoayuda o un recetario.
Y soñar.
Y reír.
Y buscar la felicidad.
Y pretender encontrarla como una situación eterna y de éxtasis absoluta, como un producto a cambio de dinero, sin darnos cuenta de que son solo las pequeñas cosas, las del día a día, las que nos producen ese sentimiento. Cuántos años han tenido que pasar para que aprendiera esta importante lección.
Y mentir.
Y mentir(nos) una y otra vez.
Y explicar(nos) que merecemos segundas oportunidades.
Y convencer(nos) de que somos capaces.
Y justificar(nos) nuestras propias acciones para evitar seguir haciéndonos daño y conseguir una estabilidad mental.
Y valorar. Y pensar. Y decidir.
Y decidir lo que mantenemos o lo que perdemos.
Lo que aceptamos o lo que aprendemos.
Lo que valemos o lo que nos dicen que valemos…
Y sí, soñamos con ser fuego, vivir tan intensamente cada segundo, cada experiencia, cada ciclo…, pero muchas veces, nos quedamos en simples cerillas guardadas en una caja esperando esa chispa que nos haga despertar y encendernos.
Vivir es un camino sellado por el tiempo que pasa frente a nosotros pero que no avisa, ni los cuartos ni las medias horas ni los lustros. Simplemente, pasa. Y nos acordamos de él solo una vez al año o cuando cambiamos de mes y pasamos la hoja en el calendario. Nuestro cuerpo y nuestros recuerdos se van degradando. Poco a poco. Lentamente.
Pequeños despistes que pasan desapercibidos. Tú no te das cuenta. Nos acostumbramos a vernos en el espejo y los cambios se relativizan. Esos pequeños pliegues en la piel aparecen cuando menos te lo esperas. Como de sorpresa. Como las primeras canas o los dolores de espalda. O como el no poder caminar más de una hora porque tus tobillos se hinchan y no aguantan más.
El espejo es el aliado del tiempo y las fotos su principal enemigo. No hay mayor tortura que mirar una foto de hace diez años y darte cuenta. Sentir que ya no eres la misma. Que algo dentro y fuera de ti ha cambiado. Y así, hasta que un día ya no tienes sueños, ni metas, ni nada. La hoguera de la vida ha menguado hasta ser una simple llama a punto de consumirse.
Ya no eres nadie ni pretendes serlo porque ya no estás. Tu tiempo ha expirado y solo quedan tus cenizas. Y al final tu vida se ha resumido en esa persona soñadora que quiso ser, pero no se quiso lo suficiente como para apostar por ser ella.
Fue la consecuencia de sus decisiones, pensamientos y su forma de querer entenderse. Como aquella mujer, mirando al horizonte y tratando de entenderse.
Pasado un tiempo empezamos a sentir cómo el aire se colaba entre nuestros muslos y pedimos la cuenta.
Esperábamos que Shiran la trajese, pero fue el dueño. La había cagado hasta el fondo. Ya no le vería más, pensaba.
Agarradas por el brazo, encendiéndome un cigarrilloy al ritmo de la músicaindieque sonaba desde los altavoces, nos fuimos. Poco a poco, esa música quedó en silencio por el alboroto del paseo marítimo bajo una noche de verano.
SENSACIONES ESPUMOSAS
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Nada más entrar en casa, avivo cada uno de los movimientos que voy haciendo de camino al cuarto de baño. Lanzo el bolso a la mesa del comedor, la chaqueta fina cae en una de las sillas y las zapatillas vuelan al ras del suelo.
Abro la puerta, enciendo la luz y activo la lista de reproducción de Spotify: los mejores éxitos de España.
Me desnudo poco a poco y libero cada una de mis prendas.
Me miro en el espejo ya desnuda.
Desnuda de complementos, pero completamente vestida, de aprendizajes y experiencias de vida.
Una frente a la otra. Y otra frente a la una.
Respiramos.
Nuestro torso manifiesta las cicatrices del pasado.
Nos entendemos. Somos una. Sonreímos, aunque, siendo honestas, todavía nos cuesta reconocernos.
Entro en la ducha y giro la manivela: agua templada y a presión. Las gotas van cayendo a contrapunto desde lo alto.
Calan en cada una de las capas de mi piel.
Es mi momento de desconexión entre aromas, jabones, mascarillas y sensaciones de placer.
Bailoteo y tarareo. O al menos, lo intento.
Una vez ya fuera, me seco con la toalla y mi pelo rizado con el secador amarillo que me regalaron hace un par de años.
Sigo cantando al son de la pista de audio. Cuando termino, pauso la música, cojo el teléfono y giro la manivela.
A lo lejos, oigo cómo Shiran me intenta decir algo, pero no le llego a entender bien. Sigue despierto.
—Am… ¿… much…?
Abro la puerta, atravieso el pasillo y entro en la habitación.
Me está esperando desnudo y tapado con tan solo una sábana que le cubre medio cuerpo. Yo, sin embargo, lo intento esconder bajo dos toallas que me envuelven los rizos y la piel.
—Ven —me susurra.
—¿Quéquieres?
La luz está apagada. Solo se mantiene encendida una pequeña lámpara de luz rojiza situada en su mesita de noche.
Ambos nos miramos y él esboza una pequeña sonrisa.
Y queriendo o no, la toalla cae al suelo, quedando mi cuerpo color café al descubierto y revelando todas esas inseguridades que he aprendido a valorar con el transcurso de los años.
La otra, la que cubre mis rizos, también cae. Pero esta vez soy yo quien retiro la toalla y la lanzo al vacío.
Al compás, tiro el teléfono a pocos centímetros de su hombro. Él estira su brazo y lo coloca en su mesilla de noche.
Respiro y apoyo tímidamente las dos manos en el colchón.
Se aprecia un leve crujido de los muelles.
Un par de gotas caen desde mi pelo todavía húmedo sobre mis pechos. Mis manos se mantienen hundidas por la gravedad de mi propio peso y mis rodillas se precipitan por inercia.
Shiran esboza una leve sonrisa. Sus ojos encienden el deseo y su mirada se clava en mis curvas. Unas curvas que bailan al ritmo de mis pasos.
Sonríe desvergonzado.
Retiro la sábana de un zarpazo y gateo hacia él palpando todo su cuerpo ya desnudo y esculpido en mármol.
Se muerde el labio. Qué tierno.
Me hace gracia cuando pretende ser sexy; es tan adorable…
Sus dedos gruesos acarician mi barbilla.
Cierro los ojos.
Noto cómo se acerca al sentir su respiración latir a pocos centímetros de mí, me besa y nuestras lenguas se entrelazan.
Ahora soy yo quien le muerde el labio inferior.
Mientras tanto, a ciegas, una de mis manos recorre su torso. Sin esperarlo, algo impide que mi mano siga recorriendo el mapa de su cuerpo. Mis ojos permanecen cerrados.
Al tiempo, un intenso mordisco recorre todas las fibras sensibles de mis labios. Qué morbo, joder.
Mis pechos cuelgan a la altura de su cuello.
Lame mis pezones.
Y eso me excita aún más.
Y me vuelve a besar.
Acaricio su prepucio con la yema de mis dedos y empiezo a masturbarlo. Él también intenta tocarme los labios gruesos, y no, no son los de mi cara precisamente. Los masajea con tacto.
Ya son muchas noches de sexo compartido. De hecho, él fue quien me enseñó esta nueva forma de experimentarlo.
—El sexo es un juego de dos, Cala. Es algo especial…, una experiencia bonita —me explicaba cuando me sentía insegura y no era capaz de enfrentarme a una relaciónsexual con él.
No estaba acostumbrada a este tipo de relación.
—Túmbate —dice empujándome hacia un lado. Y me dejo caer en el colchón por la inercia del movimiento.
Reconozco que no fue fácil, sobre todo al principio. No por él, sino por mí. Me juzgaba a mí misma por querer hacerlo y me dejó de gustar. Ya no me apetecía. Cada insinuación suya se convertía en un intento fallido. Una sensación incómoda que no quería volver a repetir. Un sentimiento de agobio que me oprimía el pecho y provocaba que mi respiración se acelerase.
Me entristecía no poder complacerle, no saber entenderle ni demostrarle que le quería. Él nunca me recriminó nada. Al contrario, me escuchaba y me cuidaba. Y así hasta que entendí esta nueva manera de amar y dar cariño.
Me ayudó y fue paciente conmigo. Entendía que necesitaba mi tiempo y que lo necesitaba a mi lado. Que cuando estuviera preparada lo disfrutaríamos los dos. Y así hicimos.
«Eso es el sexo, ¿no? Una cosa de dos», me decía.
Me abrazaba y me hacía sentir que él estaba allí, que estaba conmigo y que no me iba a soltar nunca. Y así es, cielo.
Jamás me ha soltado.
Y dándome besos mientras baja por el abdomen, arrastra su lengua juguetona, como quien se come un helado, y termina comiéndome hasta lo que yo ni sabía que tenía.
PLACERES CREMOSOS
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Hace tres cuartos de hora que estoy despierta. Tenía mucho calor y me levanté a abrir la ventana para que corriese el aire, pero ya me desvelé y no conseguí volverme a dormir.
Es jueves y Shiran ya se ha ido a trabajar. Las cortinas siguen palpitando al ritmo de la corriente que consigue hacerse paso.
Yo estoy tumbada en la cama, completamente estirada y aprovechando el espacio restante por su ausencia.
A lo lejos, escucho el claxon de los coches reclamando paso entre tanto atasco, los acelerones de moto, las discusiones por la prioridad en los pasos de cebra y el reencuentro de esa primera tanda de personas que, a pie de calle, llegan con sus abultadas maletas llenas de bañadores, toallas y cremas solares a pasar unas semanas de vacaciones con esos familiares o amistades que tienen un apartamento en primera línea de playa con el pretexto de echarse unas risas y disfrutar de un tiempo en su compañía. Al contrario, estos saludan desde los balcones cuales«príncipes y princesas en sus castillos», dispuestos a divertirse y fanfarronear de la belleza de sus apartamentos, del privilegio de disfrutar de una piscina, de la comodidad de la playa a pocos pasos de distancia y del ambiente festivo, cercano y ameno del paseo marítimo.
Ya en la cocina, corto dos rebanadas pequeñas de pan y las meto en la tostadora. Mientras, el café se hace a fuego lento.
Suena el borboteo de la cafetera y huelo el dorado de los bordes crujientes del pan. De forma inesperada, un bostezo nace de mi adormilamiento más profundo y se abre paso.
Guardo el pan restante y sacó una latita de atún. También, el bote de miel, la leche y la cucharilla para el café.
Hago la lista de la compra.
Al rato, el rugir de las llamas y el chasquido de la tostadora me avisa de que las rebanadas ya están listas.
El cuchillo recorre de extremo a extremo los pequeños poros de una de las tostadas, cubriéndola de atún en aceite y un poco de miel. Luego, hago lo mismo con la otra.
Presto atención al olor que desprende la cafetera. Apago el fuego. Huele muy bien. Abro una de las puertas del armario azul que tengo justo al nivel de mis ojos y busco una taza entre tanto vaso. La utilizo para echar un poco de café, y un chorrito de leche cubre el resto de la taza. Mi desayuno perfecto.
Enciendo la radio, me acerco a la mesa del comedor y me siento en una de las sillas que la rodean. Descanso mis hombros en el respaldo y muerdo la tostada. Está crujiente.
Al mismo tiempo, agarro el asa de la taza, la acerco cuidadosamente a mis labios y le doy un sorbo. Ante mí, el sofá nuevo que compramos hace unas semanas.
—¡Joder!
Me he quemado la lengua. Aparto la tazarápidamente de mi boca. Mis ojos y mis manos buscan desesperados la tostada para intentar calmar el ardor. Muerdo y trago. Qué alivio.
Me encanta el momento del desayuno: un tiempo que dedico para mí, fuera de los ajetreos del día a día y de los recados a contratiempo. Suspiro y me quedo pensativa.
Los minutos pasan entre noticias de actualidad, entrevistas y anuncios que alimentan la demanda de productos.
Una vez que he terminado, limpio la mesa y friego los cacharros. Sin prisas, me coloco el vestido rojo de flores blancas, las cuñas de esparto y un poco de maquillaje.
La radio sigue encendida.
—¡Tienes que sacarmáscarácter! —le presiona el presentador a uno de los colaboradores.
—Te voy a dar un consejo de un hombre que tiene experiencia en la vida…, si no te defiendes y te pones en tu sitio, las mujeres te van a comer… —incide otro.
—Ay las mujeres…
—Nos vuelven locos y hacen con nosotros lo que quieren…
—Luego se quejan…, pero las tratamos como reinas, ¿eh o no? Sus bolsos de marca y sus caprichos… —replica el presentador. Al instante, se escucha una carcajada colectiva.
—Lo que hay que escuchar… —murmuro.
Y la apago de inmediato.
Agarro la bolsa de tela, las gafas de sol, la cartera y las llaves. Las guardo en el bolso y salgo de casa.
Ya en el rellano, llamo al ascensor.
Las puertas se abren y quedo reflejada al natural frente al espejo, radiante un día más.
Al salir a la calle, me enciendo un cigarrillo.
Qué calor.
Pero qué gusto.
Me encanta este tiempo.
De manera elegante, me pongo las gafas de sol y avanzo con paso firme hacia el paseo marítimo. Debo darme prisa.
