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La economía social de mercado, base de la recuperación de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, "surgió como una manera concreta de combinar la libertad y el bienestar de las personas". Frente al capitalismo rentista, el socialismo estatista y el neoliberalismo, promueve la libertad individual y la propiedad privada, la competencia y el espíritu emprendedor, la solidaridad y la inclusión social. Casanova nos plantea en este libro la aplicación de dicho modelo como una "alternativa deseable" en un tiempo en que las economías del mundo requieren fórmulas de crecimiento factibles y sostenibles que garanticen el crecimiento de sociedades innovadoras, participativas y materialmente satisfechas. Con un título que apela a la Revolución francesa para sintetizar en tres palabras la esencia doctrinaria de la economía social de mercado, Casanova destaca que "debemos plantear (…) la necesidad de equilibrar el poder en nuestras sociedades, de liberar al Estado y a la economía de la captura de renta, de promover la competencia y el emprendimiento, de apoyar solidariamente a los sectores rezagados, de ofrecer oportunidades educativas a todos, de dialogar públicamente sobre los problemas colectivos y sus soluciones". "Libertad, emprendimiento y solidaridad" es un texto esclarecedor, escrito sin tecnicismos para el lector no especializado, que nos permitirá comprender los principios de una corriente de pensamiento económico renovadora y de probado éxito.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
ROBERTO CASANOVA
(Caracas, 1962)
Economista de la Universidad Central de Venezuela. Con estudios de maestría en Historia de las Américas, en la Universidad Católica Andrés Bello. Miembro fundador de la Asociación Civil Liderazgo y Visión. Ha sido profesor en la Universidad Central de Venezuela, en la Universidad Católica Andrés Bello y en el Instituto de Estudios Superiores de Administración. Fue gerente en el Fondo de Inversiones de Venezuela, director sectorial en el Ministerio de Planificación y coordinador de proyectos en la Oficina Presidencial para la Descentralización. Fue conductor del programa Enlace futuro, transmitido por Radio Caracas Radio. Ha publicado Bifurcación: entre una visión neocomunista y una visión creadora (2011).
Quiero agradecer a varias personas y organizaciones el apoyo que, de diferentes modos, me prestaron para escribir este libro.
La idea original del proyecto provino del equipo que estaba al frente de la oficina de la Fundación Konrad Adenauer en Venezuela, en el año 2012. Georg Eickhoff e Ivo Hernández vieron, gracias a la iniciativa de un amigo en común, Efrén Rodríguez, la cercanía de mi anterior obra, Bifurcación, con los planteamientos del ordoliberalismo y de la economía social de mercado. Habiéndoles agradado, además, el estilo que había usado en ese trabajo les pareció interesante que lo utilizase para escribir una obra divulgativa sobre la economía social de mercado. Luego de una corta investigación y de pensarlo durante pocas semanas acepté la propuesta. El nuevo equipo de la oficina de Fundación, en especial Henning Suhr y Carlos Romero, acogió el proyecto con entusiasmo. El trabajo, que debía durar poco más de un año, se extendió, por razones solo imputables a mí, a casi tres años. Debí interrumpirlo tres veces para atender otras responsabilidades y, sobre todo, porque resultó ser un reto mayor de lo que, con cierta ingenuidad (¿o arrogancia?), pensé inicialmente. De cualquier forma debo agradecer a la fundación el apoyo y la paciencia que ha tenido. Es casi innecesario advertir que ella no tiene responsabilidad alguna en las ideas que aquí expongo.
Pude realizar este trabajo gracias también al soporte incondicional de la Asociación Civil Liderazgo y Visión, a la que pertenezco desde hace casi veinte años. Esta organización me ha proporcionado, en los años recientes, un invalorable espacio para la reflexión y la escritura. Reconozco que es un privilegio contar con una posibilidad como esa. Por ello deseo expresar mi sincero agradecimiento a todos mis compañeras y compañeros de esa organización.
Mi incorporación a la Fundación Konrad Adenauer me ha permitido entablar enriquecedores diálogos con diversos especialistas. Mi agradecimiento a todos ellos y a David Gregosz, coordinador del SOPLA y a su valioso equipo de trabajo.
Durante el año 2014 pude concentrarme en el trabajo, durante algunos meses, gracias a una estadía en Estados Unidos. Pude entonces aclararme muchas ideas y actualizarme en diversas lecturas. Dos parejas de familiares y amigos nos prestaron, a mi esposa y a mí, sus acogedores hogares. Mi agradecimiento a Yumally y José Manuel, y a Carolina y Gerver.
Algunos amigos y familiares me alentaron durante todo este tiempo para que culminase el trabajo. «¿Y el libro?» se convirtió en una pregunta que invariablemente surgía luego del afectuoso saludo. Mis gracias a José Luis, Oscar, Luis Eduardo, Felipe, Alonso, Rocío.
Eugenio Yáñez, amablemente, leyó el manuscrito y me hizo valiosas observaciones. En particular resaltó la poca influencia en mi pensamiento de varios autores alemanes cuyos libros no han sido traducidos al español o al inglés. Esta es una carencia que, desde ahora, me propongo corregir en una próxima edición. Agradezco a Eugenio su respetuoso y erudito apoyo.
En una nota más personal quiero referirme a mis padres, quienes viven, en sus años de vejez, las duras circunstancias que describí en el prefacio. No es fácil para ellos recordar mejores tiempos y temer un sombrío porvenir para sus «muchachos». Espero que este libro les ayude a confiar en que es posible un mejor país para nosotros, sus hijos y nietos.
Finalmente, quiero dar las gracias a mi querida esposa, Alida. Sin su amor, soporte y paciencia no habría podido enfrentar el reto de escribir este libro. Esta es también su obra.
Roberto Casanova Caracas, septiembre de 2015
Vivo en Venezuela, una nación que exhibe hoy la economía de peor desempeño en un continente que no se caracteriza por sus éxitos económicos. La sociedad venezolana se halla sumergida en una crisis con múltiples manifestaciones. Tal vez, incluso, no quepa hablar propiamente de crisis si por esta se entiende una situación que se encamina claramente hacia un desenlace. Venezuela es, hoy día, una sociedad cuya institucionalidad, ya de por sí precaria antes de la llegada de la revolución socialista, ha sido desmantelada. El sistema de reglas «revolucionarias» que la ha sustituido solo ha sido capaz de generar empobrecimiento, inseguridad, corrupción, conflicto, represión, escasez, inflación. Así, la crisis es, en todo caso, la actual forma de funcionar del país. Y la causa fundamental de esta tragedia nacional no es difícil de identificar.
El régimen bolivariano que llegó al poder a finales del siglo pasado, cabalgando sobre la legítima crítica a la exclusión social y a la corrupción política que se habían enseñoreado del país, hizo pronto del llamado socialismo del siglo XXI su programa de regeneración de la sociedad. Políticas interventoras, expropiatorias y redistributivas que han mostrado, en reiteradas ocasiones, en diferentes épocas y lugares, su incapacidad para generar estabilidad y desarrollo, fueron adoptadas como si se tratase de innovaciones revolucionarias. Sus funestos resultados han sido los mismos de siempre.
La revolución despilfarró, en medio de la ineficiencia y la corrupción generalizadas, los formidables recursos provenientes del auge del mercado petrolero y de un masivo endeudamiento público. También defraudó la esperanza de millones de personas cuya cotidianidad consiste hoy en hacer interminables colas para comprar productos cada vez más caros y en cuidarse del hampa que gobierna impunemente en las calles.
Rechazada por la mayoría de la sociedad, la élite dominante se aferra desesperadamente al poder. Miente, chantajea y reprime cada vez con menos escrúpulos. Mientras, muchos venezolanos optan por emigrar. Otros se resisten y protestan. La mayoría se adapta o se resigna. Son, sin duda, tiempos oscuros para un país que pudo haber seguido un camino diferente y mejor.
Este es el contexto en el cual he escrito este libro.
Debo advertir, sin embargo, que este no es un libro centrado en el estudio del caso venezolano ni en el experimento revolucionario que allí engendra anarquía e incertidumbre. Aunque no puedo negar que en esta obra subyace una búsqueda: la de un destino de libertad y progreso para mi país. Creo que tal destino es posible. Y no lo afirmo con base en la siempre terca esperanza sino en la experiencia de otras sociedades que pudieron resurgir de similares tiempos calamitosos. Al respecto, la llamada economía social de mercado, tema de este libro, tiene mucho que decir.
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En este libro presento, a un público lo más amplio posible, la economía social de mercado. Esta no es solo un modelo económico, a pesar de lo que el término a primera vista pueda sugerir. Es, en primer lugar, la manifestación de un marco doctrinario que integra valores, principios y teorías provenientes de la ciencia económica, el derecho, la politología, la sociología, la filosofía y la moral. Es, en segundo término, un programa político amplio y flexible.
El título que he dado a este libro –que rememora y trasciende a la famosa tríada «libertad, igualdad, fraternidad» que definió a la Revolución francesa– sintetiza, como se verá, el planteamiento medular de la economía social de mercado y de la doctrina de la cual es manifestación.
Esa doctrina fue llamada ordoliberalismo por algunos de sus creadores. Con tal término querían decir que la libertad debe ser el valor fundamental en una sociedad moderna y que ella es compatible con la creación de un orden social próspero y pacífico. En los términos de uno de sus propulsores, la economía social de mercado se propone «armonizar, sobre la base de una economía de libre competencia, la libertad personal con un creciente bienestar y seguridad social, reconciliando a los pueblos mediante una política de aperturismo mundial» (Erhard, s.f.).
La economía social de mercado estuvo en la base de la impresionante recuperación económica de Alemania Occidental, luego de la Segunda Guerra Mundial. A finales de los 40 y durante los 50, ella fue una opción para quienes no se identificaban con un liberalismo permisivo que no supo hacer frente a la concentración del poder económico, por una parte, ni con el totalitarismo (tanto comunista como fascista) y su temible concentración del poder político, por la otra. Entre ambos extremos, la economía social de mercado surgió como una manera concreta de combinar la libertad y el bienestar de las personas con un orden político orientado a evitar la acumulación de poder de cualquier naturaleza.
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Si me he embarcado en la tarea de publicar esta obra es porque me he convencido, al igual que otros que me han antecedido, de que esa doctrina constituye hoy un marco conceptual y moral de gran utilidad para ubicarnos y actuar dentro del entramado de múltiples e indisociables relaciones en el que consisten nuestras sociedades.
En una época en la que la inestabilidad, el desempleo, la corrupción, la contaminación o la desigualdad, entre otros diversos problemas, nos demandan respuestas factibles y duraderas, esta doctrina emerge de nuevo, cada vez con mayor nitidez, como una alternativa deseable.
La economía social de mercado se diferencia de lo que llamaré capitalismo rentista, producto del intervencionismo estatal y de la acción de los grupos de interés. Se contrapone, también, al socialismo estatista que hoy mantiene maniatadas a sociedades como la cubana o la venezolana, y que pretende ser la única forma de mejorar las condiciones de vida de los sectores populares. Se distingue, asimismo, del llamado neoliberalismo y de la indiferencia que este ha demostrado, en diversos países, por los aspectos sociales y políticos del desarrollo económico.
Mi intención básica es, sin embargo, presentar a la economía social de mercado en relación con algunos de los principales problemas de nuestras sociedades. Una comparación sistemática entre ella y otros modelos económico-políticos exigiría una investigación más extensa y profunda que va más allá del propósito de este libro. Espero tener la oportunidad de abordarla debidamente en otra publicación.
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Desde hace décadas la Fundación Konrad Adenauer ha realizado un encomiable esfuerzo de difusión, a nivel prácticamente mundial, de la economía social de mercado. Dicho esfuerzo se ha focalizado en las esferas de la política y de la academia, mediante excelentes textos, seminarios y otras actividades divulgativas[1]. Me parece necesario, por tanto, ofrecer algunas palabras que justifiquen la publicación de este libro.
En uno de los esfuerzos editoriales más importantes de los años recientes se afirma que, lamentablemente, «en la discusión pública, la economía social de mercado se ha convertido en una fórmula sin contenido que se emplea por doquier», constituyendo, de ese modo, un preocupante ejemplo de cómo «…una idea puede perpetuarse aún en caso de que la aplicación de sus bases se haya vuelto deficiente en muchos ámbitos y su esencia se encuentra amenazada» (Hasse, Schneider y Weigelt (Eds.), 2004).
La economía social de mercado requiere, pues, ser actualizada. Esta es una labor complicada. Supone, entre otras cosas, retornar a los fundadores para identificar las ideas esenciales que definieron originariamente a esta doctrina y al ordoliberalismo del cual es expresión. Mi intención no es, sin embargo, hacer arqueología intelectual para encontrar los dogmas perdidos. Solo pretendo precisar cuáles eran el sentido y alcance propios de este marco de pensamiento e intentar dar forma a una versión renovada del mismo.
Una de las cosas que se me ha hecho evidente durante mi investigación es que no existen textos «canónicos» en torno a la economía social de mercado y al ordoliberalismo. Lo que es posible hallar es un conjunto de obras de autores diversos que pertenecieron a una misma familia intelectual. Y, como suele suceder en toda familia, entre sus miembros existieron diferentes puntos de vista y surgieron disputas más o menos intensas.
Mi intento de actualización de la economía social de mercado tiene el sesgo inevitable que se deriva de la escogencia de ideas y de autores. Tal sesgo aparece con más fuerza cuando me atrevo a reconciliar viejas diferencias y a explorar acercamientos con varios pensadores contemporáneos. Autores de antes y de ahora, que seguramente no se sentirían parte de una escuela de pensamiento ordoliberal, se encuentran aquí aportando sus ideas para construir una versión de la economía social de mercado a la altura, espero, de los nuevos tiempos.
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En mi opinión cualquier intento de renovación de la economía social de mercado debe trascender el debate intelectual y alcanzar a círculos más extensos. En tal sentido, quizás algo que ha faltado sea una amplia estrategia de pedagogía social que tenga como destinatario al ciudadano común. Al fin y al cabo es este quien, en última instancia, legitima a todo modelo económico y político. Ayudarle a desarrollar su comprensión sobre los grandes temas públicos es, sin duda, una tarea necesaria para el progreso de nuestras economías y de nuestras democracias.
Escribí este libro pensando en un ciudadano no especializado en los temas económicos pero sí interesado en contar con un marco de interpretación, sencillo y abarcador a la vez, que le sirva de referencia al momento de opinar y decidir. Este lector no pretendería, en principio, según creo, ahondar en los aspectos técnicos de la economía social de mercado. En consecuencia, he sacrificado la profundidad en el abordaje de los distintos temas aunque no he descuidado la rigurosidad en su tratamiento. Cada capítulo constituye, en cierta forma, una lección en la que se ofrecen la teoría y las propuestas relevantes para cada tema, tratando siempre de mantener el análisis lo más cercano posible a la experiencia cotidiana del lector.
Por diseño, no presento cuadros o gráficos que, en muchas ocasiones, a pesar de sus pretensiones pedagógicas, terminan apartando de la lectura a muchas personas que se sienten cohibidas ante tales tecnicismos. He puesto el énfasis, en cambio, en el uso de una prosa que resulte sencilla y atractiva al lector. Como siempre, será este quien dictamine si tuve éxito.
De vez en cuando los hechos sociales nos desbordan. Nos parecen innumerables, cambiantes, impredecibles. Nos resulta difícil identificar las relaciones entre ellos y darles algún sentido. Nuestro entorno nos luce entonces ajeno e, incluso, amenazante. En tales circunstancias a muchos nos gustaría encontrar explicaciones integradoras y accesibles que nos ayudasen a comprender, aunque sea de manera general, los problemas. Las interpretaciones especializadas, en ocasiones, lejos de aclararnos las cosas, nos las hacen aún más complicadas.
Este es un terreno fértil para el florecimiento de terribles simplificaciones. Explicaciones que se acomodan bien a nuestro prejuicios y que, con frecuencia, hacen responsable a alguien –individuos, grupos o países– de lo que nos sucede. Su seductora sencillez nos invita a renunciar a la búsqueda de interpretaciones más elaboradas y a rechazar cualquier evidencia o argumento que puedan cuestionar nuestras certezas.
Toda explicación implica, desde luego, algún grado de simplificación de la realidad. No existen hechos, solo interpretaciones, nos recuerdan numerosos filósofos. El asunto está en que algunas interpretaciones pretenden ser definitivas mientras otras permanecen abiertas a la experiencia. Las primeras conducen al fanatismo y al conflicto; las segundas al debate y al aprendizaje. Hay una demanda general de claridad intelectual, pero no todo vale con el fin de alcanzarla.
Muchos vienen argumentando que necesitamos hacer más complejo nuestro pensamiento para comprender mejor una realidad que se ha hecho irremediablemente más compleja. De proceder así tal vez descubramos que nuestro entorno solo es desordenado algunas veces y que, en verdad, el orden es lo más frecuente. Otra cosa es que ese orden no sea de nuestro agrado o que nos perjudique. Que todo ello no nos sea evidente sugiere que, quizás, el problema esté en nuestra mirada, por así decirlo.
Quiero dedicar unos breves párrafos a la complejidad como tema. Las nociones que presento pueden lucir algo abstractas pero me parecen de gran ayuda para entender nuestro contexto. Una economía moderna, en particular, resulta ininteligible sin el uso de conceptos como el de sistema complejo.
La complejidad, como estrategia intelectual, se define ante todo por su aspiración a superar el reduccionismo. Por reduccionismo entiendo la tendencia de cada disciplina a apropiarse de una parcela de la realidad y a tratar de explicar lo que acontece en ella prescindiendo del aporte de otras disciplinas. De acuerdo a ese sesgo intelectual, la ciencia económica se bastaría a sí misma para comprender la economía, la ciencia política para entender el proceso político, la psicología para analizar nuestra realidad psíquica y así sucesivamente. Una perspectiva que asuma la complejidad tiene, por el contrario, la disposición a interconectar diferentes dimensiones de lo real en la búsqueda de explicaciones sobre determinado fenómeno, sin sobrevalorar –ni desconocer totalmente– las fronteras entre disciplinas.
No sugiero que la perspectiva de la complejidad nos permita obtener una teoría unificada de la sociedad ni algo que se le parezca. Tampoco pretendo descalificar el valioso conocimiento especializado. Tan solo sostengo que la perspectiva de la complejidad tiene una propensión unificadora que, probablemente, nos ayude a comprender mejor algunos de los problemas colectivos que hoy enfrentamos y a encontrar maneras más adecuadas para superarlos. En tal sentido, la economía, la filosofía, la política, el derecho y la ecología, entre otras disciplinas, vienen ya sosteniendo un diálogo fecundo que enriquece los análisis en sus respectivas esferas de estudio y, al mismo tiempo, hace surgir síntesis esclarecedoras. El pensamiento que separa y reduce debe, definitivamente, conjugarse con el pensamiento que distingue y religa (Morin, 2001).
Las llamadas ciencias de la complejidad[2] nos permiten hoy tener una mejor comprensión de los sistemas complejos. Se denomina sistema complejo a todo conjunto relativamente grande de elementos que mantienen incontables interacciones de acuerdo a un número limitado de reglas y que logran generar un orden colectivo. En un sistema complejo no existe un control central. Nadie ni nada tiene la capacidad para cumplir tal función y, además, no es necesario pues los sistemas complejos crean su propio orden: se autorganizan. Una simple mirada a nuestro alrededor permite corroborar esta afirmación.
Nuestro entorno está compuesto por innumerables sistemas complejos. Desde una lejana y enorme galaxia a una diminuta molécula, desde nuestra comunidad al conjunto de naciones, desde una empresa a la economía mundial. Nosotros mismos, de hecho, somos sistemas, integrados por elementos que, a su vez, también son sistemas. La pregunta que tal vez deberíamos hacernos sería si hay acaso algo que no sea un sistema. Sí lo hay, desde luego. No constituye un sistema un grupo de elementos que no sigue ningún patrón de organización. Una planta que muere, por ejemplo, deja de ser un sistema vivo (aunque sus elementos no desaparezcan al desvanecerse el patrón que los mantenía organizados y se integren a otros sistemas).
Si pensamos por un momento en una economía podremos apreciar, entre otras cosas, cómo las personas usamos colectivamente enormes volúmenes de conocimiento para crear y distribuir, cada día, incontables productos. Este no es un fenómeno individual: nadie posee ni puede poseer todo ese conocimiento. De hecho, «cuanto mayor es el conocimiento que los hombres poseen, menor es la parte del mismo que la mente humana puede absorber» (Hayek, 1991). No se trata, además, solo de un asunto de cantidad. Buena parte del conocimiento del que hablo es creado y descubierto por cada persona, en sus circunstancias particulares; por ello es difícilmente transmisible. Es conocimiento no solo disperso sino también práctico y subjetivo. Y, a pesar de todo ello, una economía funciona. Lo hace «porque sus miembros forman redes que les permiten especializarse y compartir sus conocimientos con otros» (Hausmann, Hidalgo et al., 2011). Estas redes no son otra cosa que las múltiples interacciones que constantemente mantenemos, de acuerdo con ciertas reglas, a través de organizaciones y mercados. La economía es, en síntesis, un sistema complejo. Uno muy complejo, en verdad.
La complejidad de un sistema se define por el número de elementos que lo componen y por la naturaleza, cantidad y variedad de interacciones entre tales elementos. En sistemas muy complejos, la repetición de un sinnúmero de interacciones crea aceleraciones, inhibiciones, oscilaciones y otros fenómenos casi imposibles de pronosticar. Puede ocurrir, por ejemplo, que un cambio mínimo en alguno de sus elementos sea amplificado de forma impredecible hasta afectar la dinámica global del sistema. Este fenómeno ha sido popularizado como el «teorema de la mariposa»: un hecho tan insignificante como el aleteo de una mariposa en el otro lado del mundo puede ser el inicio de un proceso que acabe produciendo un huracán en nuestros predios.
Con respecto a los sistemas complejos no resulta pertinente hablar de un equilibrio único aunque su dinamismo no es, insisto, caótico. En tales sistemas es factible, más bien, identificar varios estados posibles que atraen a los elementos del sistema. Un sistema tenderá a permanecer en alguno de tales estados –llamados a veces «cuencas» de atracción por analogía a la forma en que son atraídas las aguas de un territorio hacia un río– mientras no experimente otro choque que lo desaloje de allí y lo conduzca a otro estado. En tal sentido el orden económico, por mencionar un ejemplo, es algo que sucede constantemente, no es una situación a la que se llega para permanecer allí, indefinidamente. El orden es proceso constante. Es, repito, autorganización.
El desarrollo de la perspectiva de la complejidad ha estado estrechamente asociado a la revolución de las tecnologías de la información. Hoy es posible obtener y procesar volúmenes inimaginables de datos sobre nuestro entorno y sobre nosotros mismos. Por ello, en el campo de las ciencias sociales –especialmente en la economía– vienen disminuyendo los esfuerzos orientados a crear modelos de ecuaciones sobre sistemas complejos a nivel agregado. Aumentan, en cambio, los intentos dedicados a diseñar programas computacionales que reproduzcan las incontables interacciones de los elementos de diversos sistemas, de acuerdo con ciertas reglas[3]. A partir de estas ideas e instrumentos es posible estudiar dinámicas que estaban, hasta no hace mucho, fuera del alcance de las investigaciones.
Es cierto que ya se había comprendido que, en muchas ocasiones, la consideración de los elementos de un sistema no nos permite entender el comportamiento de este como un todo. La expresión según la cual «el todo no es igual a la sumatoria de las partes» sintetiza la idea de que las propiedades de diversos sistemas no pueden deducirse del comportamiento individual de sus elementos. La explicación de estas propiedades «emergentes» requiere considerar las relaciones entre los elementos, precisamente aquello de lo cual había que hacer abstracción para tratar de modelar un sistema mediante ecuaciones. Las ciencias de la complejidad nos permiten hoy concentrarnos en las relaciones entre los elementos de un sistema y las reglas a las que se ciñen.
Si nuestra mirada permanece a nivel de los elementos de un sistema, el cambio permanente nos dificultará llegar a una explicación global del sistema. Tampoco avanzaremos mucho si solo nos concentramos en el comportamiento del sistema como un todo, prescindiendo de las relaciones entre sus elementos. Ni la macro –ni la micro– perspectivas resultan suficientes para comprender los sistemas complejos. Sin embargo, si logramos identificar las reglas –a veces sorprendentemente sencillas– dentro de las cuales interactúan libremente los elementos, las cosas lucirán diferentes. Descubriremos algo fascinante. A pesar de ser prácticamente imposible conocer con exactitud el estado de un sistema complejo en cualquier momento, veremos que este logrará autorganizarse a partir del uso y producción de información y sin la necesidad de algún mecanismo de control central. La libertad de los elementos que constituyen un sistema complejo, en el marco de un conjunto básico de reglas de interacción, permite el surgimiento de un orden de gran dinamismo. Del aparente caos nace el orden.
Sistemas, complejidad, variedad, autorganización, impredecibilidad, evolución, libertad y reglas son, en definitiva, algunos de los términos que debemos sumar a nuestro léxico si queremos comprender mejor nuestro entorno y actuar eficazmente en él.
En este libro estudio el sistema económico pero este no es un libro solo de economía. Siendo consistente con la mirada compleja a la que me vengo refiriendo consideraré la economía como un sistema basado en un conjunto de reglas que sirve de marco a incontables decisiones individuales, capaz de generar un orden no diseñado por nadie en particular, ni siquiera por el gobierno, que también es parte del sistema. Partiré, además, de la idea según la cual la economía, como sistema, está en constante interacción con otros sistemas de la sociedad. La reflexión me conducirá, en diversas ocasiones, a la política, el derecho, la moral. Esta es, por cierto, una de las razones por las que algunos autores hablaban de economía social, enfatizando algo obvio pero muchas veces olvidado: la economía es un sistema que se halla en permanente interacción con los otros sistemas de la sociedad.
Con respecto a las reglas o instituciones, en el marco de las cuales interactuamos, lo primero a destacar es que algunas de ellas son el resultado de acciones deliberadas mientras otras son, por el contrario, producto de la evolución histórica. Esa distinción no es precisa pero no por eso no deja de ser relevante. Obviarla puede hacer que políticas que se propongan modificar instituciones arraigadas en una sociedad generen grandes males, tal como la experiencia ha mostrado repetidamente. Veremos varios ejemplos sobre este particular a lo largo del libro.
Cualquiera fuese el caso, las instituciones siempre promueven ciertas conductas y disuaden otras. Conforman, como nos gusta decir a los economistas, «estructuras de incentivos». Cada uno de nosotros, actuando en uno o varios de los papeles que puede desempeñar en una economía moderna (consumidor, ahorrista, inversionista, empresario, trabajador, etc.), interactúa constantemente con otras personas, las cuales a su vez desempeñan uno o varios de esos papeles e interactúan con otras personas más. Si lo pensamos bien caeremos en cuenta de la enorme cantidad y variedad de interacciones que a cada instante se realizan en una economía, sin que nadie las coordine centralmente. Ello no se traduce en un desorden descomunal. Al contrario, la economía, como sistema complejo, tiende permanentemente a autorganizarse. Cómo ocurre esto es uno de los asuntos que trataré en estas páginas. Me permito adelantar que las reglas del mercado juegan un papel central en todo ello.
Quizás resulte obvio que no todo orden económico es deseable. El subdesarrollo es un tipo de orden y es una desdicha para quienes lo padecemos. Tal vez sea evidente también que un país no es realmente subdesarrollado: se subdesarrolla cotidianamente. Y este proceso depende, ante todo, de las reglas o instituciones en cuyo marco interactúan personas, empresas y gobiernos.
Aquí abogaré por un orden económico que, a partir de ciertas reglas, promueve el emprendimiento, incentiva la solidaridad social y genera bienestar para todos. Esta es, reitero, una perspectiva compatible con la adoptada por quienes vienen reflexionando sobre la complejidad, las ciencias sociales y las políticas económicas:
En una sociedad con normas favorables, las personas pueden tener una gran libertad de acción, sin dejar de lograr objetivos sociales. Este énfasis en la libertad individual se asocia generalmente con los defensores pro mercado, pero también es propio de los defensores de políticas que asumen la complejidad (…) En el marco de la complejidad, la política está diseñada para desempeñar un papel de apoyo en una ecoestructura que evoluciona –no está diseñada para controlar el sistema (Colander y Kupers, 2014).
Ahora bien, sería ingenuo pensar que un orden que se subdesarrolla pueda ser sustituido por un orden de prosperidad sencillamente cambiando las reglas según las cuales opera la economía. Las cosas no suelen ser tan simples. Una economía subdesarrollada no es como una maquinaria dañada o incompleta que requiere la intervención de algún tipo de «ingeniero» social.
Muchas de las reglas en una sociedad no son ni podrían ser objeto de transformación intencional, como es el caso de ciertas normas culturales. Y aun siendo modificables, algunas reglas están asociadas a determinadas distribuciones de poder difíciles de alterar. De cualquier modo, sí es cierto que sin cambios en las reglas es casi imposible que una economía deje de mostrar las mismas conductas individuales y los mismos resultados colectivos. No todo cambio de reglas nos hará avanzar pero todo avance requiere un cambio de reglas.
Saber qué es posible y deseable modificar en materia de instituciones exige, sobre todo al liderazgo político, reflexión y mesura.
En un sistema complejo, en principio, todo influye en todo lo demás. Con el fin de tomar decisiones sensatas se tienen que elegir los límites para el problema en cuestión. Esto significa que los responsables políticos deben envolver necesariamente sus propuestas en un manto de humildad (Colander and Kupers, 2014).
Comparar el desempeño de las economías implica, esencialmente, comparar las reglas con base en la cuales funcionan. Esto hace de la economía, como ciencia, economía política. Al fin y al cabo, como he dicho, las reglas son, en parte, productos de la acción deliberada. Con más exactitud, del proceso político. Así, al hablar de economía política estamos reconociendo la importancia de la política en la configuración de las instituciones que regulan la economía. «Economía política es, en última instancia, el estudio de los efectos de diferentes mecanismos, y sistemas de mecanismos, utilizados (o utilizables) por las sociedades para operar sus economías sociales» (Phelps, 1985).
La economía política tiene, para decirlo en palabras de economista, una dimensión positiva cuando se propone aclarar y evaluar los distintos sistemas de reglas tal como ellos funcionan en la práctica, y una dimensión normativa al evaluar las ventajas y desventajas de cada sistema, a objeto de recomendar opciones a los ciudadanos y gobernantes. Estas dos dimensiones –la positiva y normativa– están estrechamente conectadas entre sí pues no tiene sentido proponer nuevas reglas sin poseer una adecuada teoría sobre el comportamiento humano y los procesos sociales.
La importancia de las reglas para entender los resultados económicos fue retomada en la ciencia económica hace pocas décadas. En un texto ya clásico, Brennan y Buchanan (1987) sostuvieron que:
Si las reglas influyen en los resultados y si algunos resultados son «mejores» que otros, se sigue que en la medida en que las reglas pueden ser elegidas, el estudio y análisis de reglas e instituciones comparativas se convierte en el objeto propio de nuestra reflexión. Sin comprender cómo los individuos que construyen un orden social actúan entre sí, y cómo los diferentes conjuntos de reglas afectan a estas interacciones, a los participantes les resulta imposible hacer cambios pensados y meditados en las reglas existentes o incluso comportarse prudentemente con respecto a la preservación de aquellas reglas que han probado ser aceptablemente eficientes en el funcionamiento de la sociedad como tal.
Es una lástima que en este debate se olviden o desconozcan los aportes pioneros de diversos autores. Bien vista, la ciencia de la complejidad era la manera de pensar de los liberales. Algunos de ellos, los llamados ordoliberales, poco conocidos fuera de Alemania, dieron forma a una valiosísima escuela de pensamiento. La barrera del idioma puede explicar esta omisión. Aunque es posible que ello sea también expresión de las circunstancias inherentes a una posguerra.
De cualquier forma viene sucediendo que diversos expertos en ciencias de la complejidad empiezan a reconocer el trabajo de los viejos humanistas, quienes tenían una aproximación a los temas más literaria y menos formal. Algunos han dicho, incluso, que si desea obtener un científico de la complejidad tendríamos que combinar la sensibilidad de un humanista con una formación matemática formal (Colander y Kupers, 2014).
El ordoliberalismo se adelantó a su tiempo. Entendió tempranamente la necesidad de la interdisciplinariedad y concibió la economía como un sistema complejo. Más aún, intentó superar la separación entre la reflexión normativa (el deber ser) con la investigación positiva (lo que es), aspirando a articular la defensa de la libertad individual con el ordenamiento de nuestras sociedades a partir de un número limitado de reglas.
El ordoliberalismo adoptó, como valor central, «…el principio del libre desenvolvimiento de la personalidad y de la autodeterminación…» (Erhard y Müller-Armack, 1983), sin dejar de ser consciente de la interdependencia de los diferentes sistemas (u órdenes) que constituyen nuestras sociedades y, en especial, de la importancia de la política en el ordenamiento institucional de una economía libre[4].
Esto significa, entre otras cosas, que para el ordoliberalismo el orden social deseable tiene algo de proceso espontáneo, surgido de las acciones libres de las personas, pero también de búsqueda consciente, resultado de una deliberada política en favor de la libertad. Así, orden (de allí el término «ordo») y libertad son armonizables, desde una perspectiva que trasciende lo puramente económico. El ordoliberalismo sostiene que:
Si bien el orden sin libertad engendra con demasiada frecuencia la coacción, la libertad sin orden, por su parte, muy fácilmente acaba amenazando con desvirtuarse hacia el caos. La historia nos ofrece ejemplos suficientes para ambas tesis (Erhard, s.f.).
El ordoliberalismo –y la economía social de mercado– se alejan de las interpretaciones economicistas de la economía. Concibe la economía dentro de la sociedad y dentro del entorno natural, es decir, como un subsistema con su propia lógica pero en constante interacción con otros subsistemas. No padece –o, al menos, a eso aspira– de «ceguera» sociológica, política, ecológica o moral en su visión de la economía.
Esta es, quizás, una de las diferencias más importantes del ordoliberalismo con respecto a otras escuelas liberales. Röpke (1979) sostuvo que:
… constituía un grave error ignorar la estrecha relación existente entre los diversos órdenes humanos, particularmente la propia del orden político y el económico. Aquí debe radicarse, a todos los efectos, aquello que diferencia al liberalismo alemán de la II posguerra del neoliberalismo de los profesores austriacos de economía y sus seguidores, particularmente los economistas norteamericanos.
El ideal ordoliberal es una sociedad que garantice la dignidad de las personas y su libertad creadora. Plantea que ello solo es posible, de acuerdo al sentido común y a la experiencia histórica, mediante el apropiado ordenamiento institucional de un sistema de mercado, de un sistema democrático y de una política social incluyente.
Pero el ordoliberalismo no propone cualquier economía de mercado sino una en la cual la libre competencia funcione adecuadamente. De igual modo, la democracia a la que se aspira es una que opere con base en un genuino pluralismo. Asimismo, la política solidaria que promueve tiene como propósito integrar a toda persona socialmente excluida al sistema de libertades y no crear mecanismos de dependencia del poder.
El intercambio y la competencia de ideas y de bienes resultarían fundamentales no solo porque son manifestaciones de la libertad sino también porque suscitan el emprendimiento, la innovación y el desarrollo. Todo ello requiere también, como veremos, un sistema de prácticas sociales y de creencias compartidas compatible con la libertad, la responsabilidad y la solidaridad.
La economía social de mercado no constituye un cuerpo intelectual cerrado, una doctrina autosuficiente. Es, en cierta forma, una manera de acercarse, con mesura y con sentido de la interdependencia de los hechos sociales, a los diversos problemas económicos de cada realidad nacional. Es esa flexibilidad la que nos permite usarla como marco para comprender situaciones actuales, en las que los grandes temas públicos se presentan de forma diversa a como lo hicieron en Europa a mediados del siglo pasado.
Esa flexibilidad de la economía social de mercado no significa que adopte una perspectiva historicista y que, por un apego extremo a los hechos de cada realidad concreta, niegue o desconfíe de cualquier generalización. Ella claramente propone, a partir de la reflexión teórica y de su validación empírica, determinados arreglos institucionales como los mejores para atender ciertos problemas económicos. Dicha flexibilidad tampoco implica que asuma una posición pragmática. Por el contrario, todo su esfuerzo intelectual y práctico se orienta a la búsqueda de la más amplia libertad para todos.
La economía social de mercado rechaza cualquier tipo de colectivismo. Algo que fue más que una simple toma de posición para sus primeros promotores, quienes debieron enfrentar, pagando altos costos personales, al totalitarismo en sus dos versiones, la fascista y la comunista. Pero ella ha rechazado también las economías de mercado de tipo oligárquico (en las que el poder económico se concentra en unos pocos grupos o, incluso, en pocas familias) o de tipo monopólico. Uno de sus lineamientos políticos más destacados, como veremos, ha sido siempre la desconcentración del poder en todas sus formas. El ordoliberalismo:
Reconoce la interdependencia entre los órdenes económico, político-legal y cultural; únicamente pide que entre ellos se establezcan las barreras necesarias contra el surgir del totalitarismo en cualquiera de sus formas (la ideologización de la economía, el intervencionismo estatal, el monopolio, la planificación central de la producción, la pretensión a un conocimiento perfecto y exhaustivo acerca de los elementos del mercado y, por consiguiente, sobre los precios, etc.) (Sison, s.f.).
El ordoliberalismo se distingue en aspectos fundamentales de otras doctrinas económicas y políticas. Tal hecho no ha trascendido a la opinión pública actual, dentro de la cual es posible encontrar quien afirme que la economía social de mercado es una modalidad de socialdemocracia o, en el otro extremo, quien piense que ella no se diferencia del liberalismo tradicional. Es un asunto que vale la pena aclarar ahora con el fin de evitar algunos equívocos.
El debate entre la economía social de mercado y otras doctrinas puede ser esbozado con base en dos pares de principios. Diferencio, por una parte, entre: a) el principio que hace descansar el desarrollo económico en la capacidad de emprendimiento de las personas, consideradas individual o colectivamente, y b) el principio que asigna a la acción del Estado el papel protagónico en materia de desarrollo, acción que puede ir desde la intervención en los mercados hasta su control total. Asimismo, distingo entre: a) el principio que asigna a la persona y a la propiedad privada una primacía moral y un papel fundamental en el funcionamiento de la economía, y b) el principio que defiende formas colectivas de vida y de propiedad, bien sea estatal o comunitaria.
La intersección de este par de principios antagónicos nos permite identificar cuatro tipos de doctrinas económico-políticas. La economía social de mercado que aquí presento se define por su apego a la libertad individual y a la propiedad privada. Comparte tal apego con doctrinas como la socialdemócrata (aunque esta lo haga con alguna reticencia), pero se diferencia de ella en la importancia que esta otorga a la intervención directa del Estado en el proceso económico. De modo semejante, la economía social de mercado coincide con doctrinas como el socialismo comunitario en la confianza que ambas tienen en la capacidad creadora de las sociedades (y no en la de los gobiernos), pero considera utópicos los planteamientos que desconectan el emprendimiento de la propiedad privada y de la aspiración al progreso personal. La economía social de mercado, por último, contraría doblemente a las doctrinas socialistas estatistas que niegan la libertad individual y la propiedad privada y que pretenden hacer del Estado el centro decisor e impulsor de la economía.
Estos cuatro enfoques estarían en la base de otros tantos modelos económicos y políticos. Podríamos agrupar tales modelos usando las habituales nociones de capitalismo (sistemas basado en la propiedad privada) y socialismo (sistemas basados en la propiedad colectiva). El problema que surge, sin embargo, es que estas nociones resultan hoy día demasiado generales y requieren ser adjetivadas para ser útiles en el debate público.
Desde la perspectiva de la economía social de mercado hablaré entonces de un capitalismo competitivo, en contra de un capitalismo en el que el gobierno permite o genera oportunidades para el rentismo por parte de monopolios y otros grupos de poder (capitalismo rentista). Asimismo, me referiré a un socialismo que se debate entre la promoción del protagonismo de las comunidades organizadas (socialismo comunitario) y la presencia controladora de quienes ejercen el poder del Estado (socialismo burocrático). El cuadro siguiente resume todo el planteamiento.
