Libres para amar - Fayrene Preston - E-Book
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Libres para amar E-Book

Fayrene Preston

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Beschreibung

La única debilidad de Kit Baron, su encantador primo Des Baron, se había convertido también en la única posibilidad de conservar su libertad. Injustamente acusada de asesinato, necesitaba su talento como abogado. Pero, enseguida, Kit empezó a necesitar a Des de otra forma más profunda. Y esto la inquietaba, porque había conseguido librarse del control que ejercía sobre ella su padre, un hombre dominante, y se había jurado que ningún hombre volvería a dirigir sus pasos. Aun así, se moría por entregarse a Des. Y cuando su atracción se convirtió en una pasión abrasadora, Kit se enfrentó a un reto tan difícil como probar su inocencia: confesar su amor.

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Seitenzahl: 169

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2001 Fayrene Preston

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Libres para amar, n.º 1064 - octubre 2018

Título original: The Barons of Texas: Kit

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1307-037-7

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Epílogo

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Prólogo

 

 

 

 

 

Des.

El nombre de su primo rompió la paz de la fría mañana invernal y se abrió paso en la consciencia de Kit Baron.

Ella ni se inmutó. Por mucho que odiase la idea, Des Baron nunca se había apartado de sus pensamientos, y menos cuando él estaba en el rancho, como en ese momento.

Como una aparición, Des… sus ojos negros, su enigmática sonrisa, su cuerpo alto y delgado… parecía rondarla, esperando una oportunidad para asaltar sus pensamientos. Era una locura, y Kit no tenía respuesta para ello. Simplemente había aprendido a aguantar hasta que él volviese a abandonar el rancho y ella pudiese respirar más libremente.

Mientras se dirigía hacia los establos, la grava crujió bajo sus pies y se obligó a pensar en otra cosa. El alba empezaba a apuntar en el horizonte. En el rancho, la actividad no había cesado durante horas. Había helado durante la noche, pero el día se calentaría con el sol, y mientras tanto a ella no le importaba el frío. Le aclaraba la mente.

Le encantaban las mañanas invernales en Double B, aunque no se le ocurría ningún día o estación del año que no adorase. Había nacido allí, y a pesar de la rudeza de su padre, Edward Baron con ella y con sus hermanas, se había enamorado de esa tierra a temprana edad. Tess y Jill habían tomado otros rumbos, ansiosas de alejarse de allí, pero su padre había muerto y Kit había tenido tiempo de poner su sello personal al rancho, que más que su hogar, era su vida.

Su naturaleza agreste e impredecible tenía mucho que ver con ella. Se identificaba con la tierra que permanecía indómita a pesar de los grandes esfuerzos del hombre. Era su reino personal.

Según se acercaba a los establos, apretó el paso.

Los establos eran una constante en su vida. De niña, le habían servido de lugar para ocultarse de su dominante padre, un lugar para soñar en una vida mejor y más feliz.

Pero incluso allí, Des había conseguido dejar su huella en el recuerdo de Kit. Una tarde de verano, cuando ella tenía diecisiete años, había corrido a los establos después de que su padre la hubiese hecho trizas verbalmente por algo tan inconsecuente que ni siquiera lo recordaba. Pero sí recordaba a Des Baron.

Entrando en los establos, la había oído llorar. Siguiendo el sonido, la había encontrado en el pajar, al fondo. Sin una palabra, la había abrazado. Pero pronto las reconfortantes caricias se habían hecho más urgentes, y los murmullos se habían transformado en besos. Pronto el calor estaba circulando entre ellos. Si él no se hubiera apartado de ella…

Pero lo había hecho. Y esa noche Kit había aprendido que Des era un peligro para ella como ningún otro. Con increíble facilidad podía hacer que lo desease hasta el punto de que no le importase nada más, hacerle caer bajo su hechizo hasta que él fuera para ella el mundo entero.

No podía permitir que eso sucediera.

Después de vivir bajo la tiranía de su padre había jurado que no volvería a permitir que un hombre la dominase. Una vez en la vida era más que suficiente.

Y así, en público y en la superficie, había entrado en una estúpida competición con sus hermanas por ganar a Des en matrimonio. Sus hermanas y ella deseaban casarse con él por razones de dinero que tenían que ver con el testamento de su padre y, en última instancia, con el control de Baron Internacional, la empresa de la familia. Privadamente, sin embargo, había seguido extremadamente recelosa de Des.

Maldito hombre. ¿Por qué no se lo podía quitar de la cabeza?

Una vez dentro, encendió la luz y se dirigió por el amplio pasillo entre los compartimentos de los caballos. Inmediatamente la envolvió el dulce aroma a heno y a paja y el olor del cuero de las sillas de montar. Desde su infancia, había identificado esos olores con bienestar, con hogar, con seguridad.

Oyó a Dia moviéndose inquieto en su compartimento, pateando y relinchando con nerviosismo. Algo lo había alterado.

Frunciendo el ceño, hizo una rápida parada en el cuarto de los arreos y de la comida, sacó una manzana del frigorífico, descolgó su cabestro y corrió junto a él.

Dia asomaba la cabeza por su compartimento, y relinchó a modo de saludo.

–Buenos días, Dia –dijo ella suavemente, dándole la manzana y acariciándole el cuello–. ¿Qué ocurre, muchacho? ¿Se ha metido uno de los gatos en tu compartimento y te ha asustado? ¿O es que estás ansioso por salir de paseo esta mañana?

Ella sí que lo estaba. Siempre que Des estaba en casa, estaba constantemente nerviosa. Y él había llegado la noche anterior.

Acarició a Dia detrás de las orejas, intentando tranquilizarlo con su presencia y su rutina habitual.

Dia era una alazán con las crines y la cola rubias, al que su anterior dueño había llamado Diablo, y había intentado disuadirla de que lo comprase. Cuando era un potro, Dia había caído en malas manos y se había quedado traumatizado, con un odio hacia todos los humanos. Su anterior dueño iba a deshacerse de él. Cuando ella se enteró, se lo compró inmediatamente.

Kit había pasado dos terceras partes de su vida bajo la tiranía de su padre, que había sido un demonio de hombre. En comparación, Dia era un corderito, aunque nadie más en Double B pensaba así. Pero bueno, tampoco nadie lo comprendía como ella. Algunos hombres tenían la habilidad de destrozar el alma de las personas. A Dia le habían destrozado el alma. Ella tenía que restaurarla.

Abrió la cancela y entró. Dia brincó con entusiasmo.

–Lo sé, precioso –murmuró ella mientras le ponía el cabestro.

Al animal le encantaba su paseo por la mañana temprano tanto como a ella. Era su hora juntos, cuando nadie los molestaba y podían estar solos el uno con el otro, con el viento y la tierra. Pero era más que entusiasmo por su paseo lo que él tenía esa mañana. Había algo más.

Kit dirigió un ojo crítico por el compartimento, y luego salió a buscar una pala. Dando vueltas a la paja, no vio nada raro.

Sacó a Dia al pasillo y lo ató. Él pateó el suelo de arena con los cascos, y los otros caballos se movieron y relincharon inquietos.

–Estaba esperándote.

La voz áspera le produjo a Kit un escalofrío que le atravesó la espalda. Se giró cuando Cody Inman salió de un compartimento vacío tres puertas más allá. Repentinamente el nerviosismo de Dia cobraba sentido.

–¿Qué haces aquí?

Nadie entraba en los establos antes de que ella sacase a Dia.

–Como te he dicho, estaba esperándote. Tenemos que hablar.

Cody era un tipo musculoso y robusto, con el pelo negro y rizado, de veintitantos años. Llevaba trabajando en el rancho unos ocho meses. A veces había ido en el grupo con el que ella salía a bailar. Pero la noche anterior habían estado los dos solos.

Con Cody a su lado, había volado en uno de los helicópteros del rancho a la ciudad más cercana, donde había oído que tocaba una buena banda, y durante un rato se había divertido. Pero él había terminado bebiendo demasiado y se había propasado con ella. Como resultado, ella se había visto obligada a interrumpir la velada.

Ahora lo miraba, irritada de que se hubiese inmiscuido en su tiempo privado. Por su aspecto desaliñado, no se había acostado, y por su forma de arrastrar las palabras, había estado bebiendo desde que habían vuelto.

Como jefa del Double B, estaba a cargo de lo que era básicamente un mundo de hombres. A veces se movía por una fina línea entre la jefa y la mujer, pero no estaba en condiciones de olvidar nunca quién era. Y nunca lo hacía.

Tenía dos normas. Solo jugaba con aquellos que sabían que ella estaba jugando y que nunca permitiría que la situación llegase a nada serio. Había pensado que Cody comprendía sus normas. Había pensado que podía utilizar su noche de baile como un escudo para protegerse de sus pensamientos sobre Des y especular sobre la razón por la que él había ido a casa. Pero se había equivocado.

El día anterior por la mañana había recibido un inesperado mensaje de Des, diciendo que llegaba porque quería verla. Presa del pánico, Kit se había asegurado de estar ocupada.

Evitar a Des era una reacción instintiva en ella, una que debería haber dejado atrás hacía años. Sin embargo, salir a bailar era algo que había hecho cientos de veces antes con cientos de diferentes ayudantes del rancho.

Pero nunca más.

Nunca más.

La situación con Cody le había demostrado que no era prudente hacerlo.

–Aléjate, Cody. Estás poniendo nervioso a Dia.

–A ese diablo todo lo pone nervioso.

–No sé dónde se supone que debes trabajar esta mañana, pero no es aquí. Cuando estés sobrio, ponte a trabajar.

Kit se dirigió con paso decidido al cuarto de los arreos y volvió con un cubo de utensilios para cepillar al caballo.

Él la agarró por el codo.

–Ni hablar, nena. Voy a tomarme el día libre. Además, estoy con la jefa. Nadie puede decirme nada.

Le hacía daño.

–Cody, estás borracho. Haz lo que te he dicho.

–¡No me digas lo que tengo que hacer! No soy un trabajador cualquiera. Tú y yo conectamos anoche, y no me voy a ninguna parte hasta que no aclaremos unas cuantas cosas.

Ella se soltó de un tirón y se fue hacia Dia. Al tocarlo, el animal se calmó, pero su piel vibró y se le vio el borde blanco de los ojos.

–No tenemos nada que aclarar. Lo de anoche fue divertido, hasta que empezaste a beber demasiado, pero no volverá a suceder.

–Lo de anoche fue especial, y lo sabes. Pero me despreciaste, y eso no está bien. Podría haber algo bonito entre nosotros si dejaras que sucediera.

Ella dejó escapar un sonido de exasperación.

–Dime una cosa. ¿En qué idioma hablo? Atiéndeme. No ha sucedido nada entre nosotros.

–Vamos, nena. Eres una salvaje, pero he tomado una decisión… voy a ser el que te dome.

–¿Domarme? ¿Hablas en serio?

Ella utilizó los dos cepillos sobre el lomo de Dia en un esfuerzo por terminar cuanto antes de cepillarlo.

–Mira, Kit, lo único que quiero es salir contigo otra vez. ¿Qué hay de malo en eso? Podemos pasar buenos ratos y conocernos mejor.

–Hazme un favor, Cody. Apártate de mi vista… ahora mismo.

Aunque había hecho todo lo posible por mantener el tono tranquilo, Dia había notado algo en su voz y retrocedió, pateando el suelo con sus patas traseras.

–Tranquilo, muchacho.

Kit pudo ponerle a Dia la manta sin incidentes, pero cuando volvió del cuarto de los arreos con la silla, Cody le salió al paso.

–Vamos, cielo –le dijo, agarrándola por los hombros–. Nos calentamos anoche. Tú te calentaste.

La furia la invadió.

–Quítame las manos de encima o lo vas a lamentar.

Kit lo empujó, utilizando el peso de la silla para desequilibrarlo. Cody se tambaleó hacia atrás, pero se recuperó rápidamente. Ella se volvió, pero lo oyó gritar enfurecido. Antes de que pudiera reaccionar, el peso del hombre le golpeó la espalda y ella cayó al suelo sobre la silla, quedándose sin aire.

Dia relinchó con furia y se encabritó, pero ella no podía hacer nada. Se giró justo cuando Cody cayó sobre ella.

–Apártate de mí, bastardo.

–Ni hablar, nena. Ahora eres mía.

Aplastó su boca sobre la de ella con hiriente fuerza y ella saboreó su propia sangre.

Kit se obligó a relajarse un momento, hasta que sintió que él aflojaba las manos y movía las piernas. Entonces levantó la rodilla y le golpeó con fuerza en las ingles. Él gimió y rodó, apartándose de ella.

Kit se puso de pie y se limpió la sangre del labio.

–Recoge tu paga y vete del rancho. Estás despedido.

Cody volvió a gemir.

Ella sacó rápidamente a Dia de los establos. Una vez que estuvo sobre la silla, el animal salió al galope. Ella lo frenó, intentando mantenerlo al paso.

–Tranquilo, muchacho. Calentemos primero.

Se sacó el pelo del cuello de la chaqueta, y cuando pasaron junto al granero, vio a Tio, uno de los vaqueros que llevaba más tiempo en el rancho y lo saludo con la mano.

–¿Kit? –le gritó Tio–. ¿Qué sucede? Pareces un trueno esta mañana.

–Nada, un tipo que no acepta un no por respuesta.

–Pues eso no está nada bien, no señor. ¿Quieres que me ocupe de él?

–No te molestes. Ya lo he hecho yo.

Saliendo de las edificaciones, puso a Dia al trote y luego gradualmente al galope. Cuando creyó que había calentado bastante, lo dejó correr a sus anchas.

Toda la desagradable escena con Cody había tenido su origen a su reacción ante la noticia de que Des quería verla. Qué estúpida era.

Des

¿Dónde estaba?

¿Qué estaba haciendo?

¿Por qué quería verla?

Capítulo Uno

 

 

 

 

 

Cautelosa con su labio partido, Kit dio un sorbo de café caliente, se recostó en la mecedora, puso los pies sobre la barandilla del porche y recorrió el lago con la mirada. La brisa rizaba la superficie mientras el sol iluminaba el agua de plata.

No tenía intención de cabalgar hasta el lago esa mañana. Normalmente dejaba que Dia galopase solo un cuarto de milla, luego lo llevaba al trote otro cuarto de milla aproximadamente, y después de vuelta a los establos.

Pero esa mañana ninguno de los dos parecía querer volver a casa. Así que había cedido a la necesidad de prolongar el momento, lejos del trabajo del rancho que la esperaba, y había dirigido a Dia hacia su pequeña cabaña, en lo alto de un risco, desde donde se veía el lago más grande de Double B. Se alegraba de haberlo hecho.

La verdad era que Dia nunca quería que su paseo matinal terminase. En cuanto a ella, seguía molesta con lo de Cody. Suspiró. Había sido un error invitarlo a salir con ella, pero eso había terminado. Dio otro sorbo de café y volvió a concentrarse en los alrededores. La cabaña del lago era uno de sus lugares favoritos. En cuanto su padre murió, la había construido junto con un corral pequeño y una cuadra. Había sido uno de sus sueños. Allí no había teléfono. Allí nadie la molestaba. A menudo Dia y ella salían a cabalgar en las tardes de verano. Ella nadaba y pasaba allí la noche, y a la mañana siguiente, después de otro baño, volvía a la casa.

Miró el lago. Por desgracia, hacía demasiado frío para nadar esa mañana, y era hora de volver al trabajo.

El ruido de un motor a lo lejos interrumpió sus pensamientos. Se levantó con curiosidad y se dirigió a la esquina del largo porche para poder mirar por el otro lado de la cabaña. El ruido llegaba del sur, lo que significaba que llegaba desde la casa.

Se protegió los ojos del sol con la mano y descubrió un vehículo que se dirigía a toda velocidad hacia ella, dejando una nube de polvo tras él.

Kit se puso tensa. No creía que fuese Cody. Pero…

Según se fue acercando, vio que era una camioneta. Y parecía la que su tío William le había regalado a su hijastro, Desmond Baron, al graduarse en la escuela de derecho.

Se le aceleró el pulso, y arrugó la frente.

Si era Des, ¿por qué la buscaba allí? Había dicho que quería hablar con ella. ¿Era tan importante que había sentido la necesidad de salir a buscarla?

Tenía que ser él. Ningún hombre de Double B se atrevería a maltratar un vehículo del rancho conduciendo tan deprisa por un camino de tierra. Pero tras la muerte de su tío William, hacía cuatro meses, Desmond Baron poseía el cincuenta por ciento de todo el imperio Baron. Podía hacer lo que quisiera.

Con un suspiro, Kit dejó la taza de café sobre la barandilla y bajó los escalones para ir a recibirlo.

Si Des se hubiese criado en una ciudad en lugar de en un rancho, su aspecto podría haberse quedado en un atractivo clásico. Pero se había criado en un gran rancho donde ya realizaba casi todos los trabajos posibles a los catorce años. Con el tiempo, la vida al aire libre lo había marcado con una dureza y una sexualidad tan abrasadora como el sol del oeste de Texas. Llevaba su abundante pelo castaño oscuro apartado de la frente y con cortas patillas. Sus ojos castaños eran tan penetrantes como los de un halcón.

Con la fuerza de su inteligencia y su personalidad, tenía la facultad de dominar cualquier situación, ya fuese en la sala del tribunal, donde se había ganado la reputación de uno de los abogados defensores más duros del país, como en el rancho, donde todos los trabajadores lo miraban con respeto. Era tan duro como las llanuras en las que ambos habían crecido. ¿Qué querría de ella?

Cuando se bajó del coche, a Kit le dio un vuelco el corazón. No había visto a Des desde la lectura del testamento, justo después del funeral del tío William. Llevaba los pantalones vaqueros ceñidos a sus estrechas caderas y a sus largas piernas. Sus botas estaban muy desgastadas, y bajo el chaleco de cuero de oveja llevaba un bonito suéter color pino. Parecía hecho a mano, y Kit no pude evitar preguntarse si se lo habría hecho alguna mujer. La casa donde él se había criado estaba situada a menos de una milla de la de ella, y había tenido incontables oportunidades de verlo a lo lejos, sobresaltándose como una niña cuando lo veía. Siempre había habido mujeres en su vida. Mujeres guapas que parecían dispuestas a hacer cualquier cosa por él. A ella nunca le habían gustado, aunque eso no importaba.

Su olor a piel y especias le llegó con la brisa cuando se detuvo delante de ella. Qué curioso. Desde aquella vez que estuvo tan cerca de él, nunca había olvidado cómo olía. Ni ninguna otra cosa de él, en realidad.

–Buenos días, Kit.

–Buenos días –los ojos de Des parecieron penetrar hasta su corazón y su voz grave resonó dentro de ella–. ¿Qué haces aquí?

Él hizo una pausa, mirándole a Kit su cabello rojo.

–Deberías haber instalado un teléfono aquí.

–Normalmente no estoy mucho tiempo.

–Aun así, en caso de emergencia, deberías llevar un teléfono móvil.

El tono de Des era suave, no dictatorial ni sentencioso. Sin embargo, ella se defendió instintivamente.